sábado, 8 de julio de 2017

Sólo allí. Antonia Álvarez Álvarez.

Salpiqué los rincones de gotas de esperanza,
y a la alcándara muda
encadené los trinos del pájaro encantado.
Sólo allí renacía,
allí sólo, en silencio,
la mágica certeza de la vida que canta.

Emborroné las horas de luces y de espigas,
y en los huecos del aire
dejé escurrir la lava del oro del poniente.
Sólo allí se resume,
allí sólo, albergada,
la lasitud que expira sobre el sur de la noche.

Despegué de los ojos la flor de las aliagas,
y en un campo espinado
quise enredar las almas errantes del poema.
Sólo allí quedé ciega.
Allí sólo, asombrada,
pude ver desde dentro la luz de los tesoros.

Pasiva refleja. Antonia Álvarez Álvarez.

Se ha de cruzar el puente
para alcanzar la orilla
donde la vida arde,
se ha de matar la sombra
con la espada del labio...
¡Y te nombro cobarde!

Se ha de cegar la noche
para alumbrar el alba
donde el amor se expande,
se ha de cubrir el llanto
con ternura infinita...
¡Y te nombro cobarde!

Se ha de mirar la vida,
para vencer la muerte,
con los ojos muy grandes,
con azules de cielo
y el asombro de un niño...
¡Y te nombro cobarde!

Se ha de tender la mano
con la sonrisa blanca
como el batir de un ave,
se ha de luchar de frente,
a corazón abierto...
¡Y me nombro cobarde!

En la mirada. Antonia Álvarez Álvarez.

Cuando el instante mismo se diluye
en su propia amargura
y ya no queda
cielo de qué color, nube
a qué rumbo,
toda la pena salta a la mirada,
la incertidumbre salta a la mirada,
la soledad sin nombre a la mirada,
la desnuda tristeza a la mirada,
y el asombro también, todo el asombro,
el cansancio del mundo, la agonía
de no saber por qué ni en qué camino
estamos,
llueve,
llueve
dolor y más dolor en la mirada,
¡qué preguntas sin fin, a qué la vida
para tanto morir, en la mirada!
Se inunda de neblina la mirada
y no encuentra sosiego ni respuesta
a tanto desamor que amarga el mundo.

Y cuando el llanto llena los aljibes,
se deshojan los ojos...
desbordados.

Violeta. Antonia Álvarez Álvarez.

Aromada de amor, dulce y discreta,
escondida en la hierba y vergonzosa,
nace al sol de febrero que la esposa,
semioculta al abrigo de una grieta.

Eremita sin dueño y sin maceta,
humildemente bella y olorosa,
viene envuelta en verdor y es mariposa
que aletea en los versos del poeta.

Ramillete de añil, flor de lo umbrío,
pincelada de cielo y de dulzura
sin aderezos casi, ni atavío.

Hoy puse en un jarrón tu esencia pura
para empaparme en toda tu hermosura
y soñarte alhajada de rocío.

Se salva el trino. Antonia Álvarez Álvarez.

Se salva el alma que asoma a la mirada
recién bañada en llanto;
se salva el aire recién nacido a la mañana,
aún frío de la luna;
se salva el niño que llora el hueco de sus sueños
y tiende las manitas de pan blanco;
se salva el trino
que astilla soledades y silencios,
alanceando el cielo con su arpegio.

Nos salva el trino.

La guerra. Antonia Álvarez Álvarez.

La guerra tiene labios azulados,
ojos de soledad, carne de frío,
campos de noche eterna, gesto airado,
inviernos sin otoño y sin estío,
la guerra...
tiene niños asombrados,
manitas de miseria y extravío,
cierzos que cortan vidas y sembrados,
grises atardeceres, sol sombrío,
la guerra...
tiene dientes afilados,
cuchillos de acerado desafío,
boquitas de hambre triste y rostro helado,
inmensa podredumbre hacia el vacío,
la guerra...
tiene el ceño ensangrentado,
harapos y negrura de atavío,
alaridos sin nombre y sin soldado,
desbordadas las venas, turbios ríos.

La guerra...,
sal en la herida abierta de la tierra

Así me voy. Antonia Álvarez Álvarez.

Así me voy de ti,
como el estío,
deslizando su mansa inmensidad de siesta
hacia la tibia umbría del otoño
de colores maduros y aromados,
y sabor a olvidanza.
Así,
después del sol a mediodía
?plenilunio de luz y de latido?,
hacia el rubor más núbil de las hojas.
Con el tiempo en las manos:
lentamente a la ausencia.

Tu nombre. Antonia Álvarez Álvarez.

Voy perdiendo tu nombre
por caminos y plazas,
por cristales sin vidrios,
por resquicios
sin sol;
hace frío en mis ojos
?era hoguera tu nombre?,
y una lluvia de olvido,
sin querer,
lo apagó.
Todo lo era tu nombre:
los sabores, la fruta,
el color de la tarde,
la caricia,
la flor...
Sólo quedan dos letras
que tiritan, perdidas,
en desvanes sin dueño,
esperando
el adiós.

Respiro. Antonia Álvarez Álvarez.

Pero la vida, ¡ah!,
pero la vida...,
tacto del tiempo, túmulo de instantes:
un respiro,
una muerte,
otro respiro.
Qué saberse, sin más, sobre la tarde.
Ni lágrimas ni risas hacen falta.
Para la vida, el aire.
Sólo el aire.

La fuente del tiempo. Antonia Álvarez Álvarez.

A la espalda, el ocaso,
en los labios, estío,
la renuncia en los ojos,
y en las manos, el frío.

Una sed de infinito, de infinitos instantes
donde ya no haya noches, ni mañanas, ni antes.

En la fuente del tiempo
los recuerdos cantaban:
los deseos no mueren,
las pasiones se acaban.

Caracola ocarina de susurros remotos?
En la orilla se lavan los amores ya rotos.

En las olas que vienen
se encaraman empeños,
en las olas que marchan
juguetean los sueños.

Una sed que no cesa se ha colado en el alma,
y no tiene veneros, ni vasijas, ni calma.

Con la carne del trigo
se han dorado las eras,
y se van los otoños
a buscar primaveras.

Infinito el instante, infinito el anhelo.
En el alma se aloja una esquirla del cielo.

A medida. Antonia Álvarez Álvarez.

Cada vivir ha de tener su espacio,
su dolor y su fiebre,
su ramo de congojas.
También su propio aire hecho a medida,
aunque a mares le sobre, porque encoge,
aunque a trozos le falte, si tallece.
Pero es la vestimenta que lo tapa
y la caricia fresca que lo aroma.
No debemos robar aires ajenos
ni pisarles la sombra que les duele,
más bien dejar que pasen,
y en su mano
poner en flor abierta nuestros dedos
para sembrar la paz en los rastrojos:
unánimes al canto y a la pena.
Dejemos respirar, y respiremos,
y así cada respiro tenga un hueco
y una estancia feliz donde posarse.

Entonces ya podremos perdonarnos
la inconsolable culpa de estar vivos.