martes, 4 de julio de 2017

Un nuevo cuento de Navidad. Arthur Machen (1863-1947)

Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido. Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruín y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.

Y, sin duda alguna, los viejos estaban acertados. Ebenezer Scrooge había sido un entrometido. Siempre había estado huroneando en los asuntos de los demás; así que pudo descubrir las consecuencias de sus actos sobre los demás. Muchos hombres de negocios duros se suavizaban ante la idea de Scrooge rondando en sus despachos, creyendo que la ruina se les acerca.

"Mi estimado Sr. Hardman," decía el viejo Scrooge, "ni una palabra más. Tome este giro de 300 libras y úselo como mejor sepa. Usted lo podrá duplicar por mí en el plazo de 6 meses."

Podría irse riendo de ello, y Charles el camarero, en la vieja taberna de la ciudad, donde Scrooge cenaba, siempre decía que Scrooge le traía suerte a él y a la taberna. Todos ordenaban una buena ración de brandy caliente cuando su alegre y sonrosada cara aparecía en el lugar. Estaban en Navidad. Scrooge estaba sentado frente a su crujiente fuego, bebiendo algo tibio y confortable y discurriendo la mejor manera de llevar la felicidad al resto de la gente.

"No voy a soportar la obstinación de Bob," se decía a sí mismo - la firma de la empresa era Scrooge & Cratchit ahora - "él hace todo el trabajo, y no es justo que un viejo inútil como yo tome más que un cuarto de los beneficios."

Un lúgubre sonido resonó a través de la vieja casa. El aire resopló heladamente y lo cálido y confortable se tornó en frío y incómodo. Scrooge bebió nerviosamente. La puerta se abrió y una forma vaga y espantosa surgió en el umbral.

"Sígueme," dijo.

Scrooge no supo con seguridad que pasó luego. Estaba en la calle. Recordaba que quería comprar algunas golosinas para sus pequeños sobrinos y sobrinas, y fue a una tienda.

"Disculpe, pero pasadas las ocho," dijo el encargado, "no podemos atenderlo, señor."

Vagó a través de otras calles que parecían extrañamente alteradas. Se dirigía hacia el lado oeste, y comenzó a sentir frío y debilidad. Creyó que sería conveniente tomar una pequeña copa de brandy con agua, y justo estaba doblando la esquina de la vieja taberna cuando salían las últimas personas y le cerraban las metálicas puertas prácticamente en la cara.

"¿Qué es lo que pasa?" preguntó débilmente al hombre que cerraba las puertas.
"Las diez pasadas," dijo secamente el tipo, y apagó las últimas luces.

Scrooge ya creía que la segunda porción de pastel de carne le había dado indigestión, y que todo aquello era una mera pesadilla. Le parecía como que había caído en un profundo abismo de oscuridad en el que todo le era negado. Cuando volvió en sí, era el día de Navidad, y la gente estaba caminando por las calles. Scrooge se encontró en esa calle y la gente se sonreía y saludaba entre sí con calidez, pero era evidente que no eran felices. Había señales de preocupación en sus rostros, señales que evidenciaban problemas del pasado y ansiedades futuras. Scrooge escuchó a un hombre suspirar al siguiente instante de desearle Feliz Navidad a un vecino. Había lágrimas en el rostro de una mujer que caminaba frente a una iglesia, toda de negro.

"¡Pobre John!" murmuraba ella. "Estoy segura que lo que lo mató fueron los problemas de dinero. Ahora está en el cielo. Pero el vicario dijo en el sermón que el cielo era un mero cuento de hadas." Ella gimió nuevamente.

Todo esto perturbó la paz de Scrooge. Algo parecía estar pujando en su corazón.

"Pero," dijo él, "debo olvidar todo esto cuando me siente a cenar con mis sobrinos y sus jóvenes hijos."

Eran las últimas horas de la tarde; las cuatro en punto y caían las sombras. Era la hora de la cena. Scrooge encontró la casa de su sobrino. Ni una ventana tenía luces y todo estaba oscuro. El corazón de Scrooge se heló."

Golpeó una y otra vez, y jaló la campana que resonó tan lánguidamente que parecía tener un pie en el sepulcro. Al final, una vieja mujer de aspecto miserable, abrió la puerta solo unas pulgadas y miró con desconfianza.

"¿El sr. Fred?" dijo. "Él y sus señora salieron al Hotel Splendid, y no volverán hasta medianoche. Los chicos están fuera, en Eastbourne."
"¡Cenando en una taberna el día de Navidad!" murmuró Scrooge. "¿Qué terrible sino es ese? ¿Quién es tan miserable y tan desolado como para cenar en una taberna en Navidad? ¡Y los niños en Eastbourne!"

El aire se tornó pesado y le pareció escuchar desde una gran distancia la voz de Tiny Tim, diciendo "¡Dios nos ayude, a todos y a cada uno de nosotros!"

De nuevo, el Espíritu apareció. Scrooge cayó de rodillas.

"¡Terrible Fantasma!" exclamó. "¿Quién eres y que quieres? Habla, te lo suplico."
"Ebenezer Scrooge," replicó el Fantasma en un timbre abominable. "Soy el fantasma de las Navidades de 1920. Conmigo traigo la nota del Impuesto sobre la Renta."

El cabello de Scrooge se erizó ante esa visión. Pero se sintió peor cuando vio que la Aparición tenía huellas como las de un gigantesco gato.

"Mi nombre es Pussyfoot. También me llaman Ruina y Desesperanza," dijo el Fantasma, y desapareció.

Luego de esto Scrooge despertó y descorrió los cortinados de su cama.

"¡Gracias a Dios!" exclamó de corazón. "¡Solo fue un sueño!"

Un misterio oriental. Lord Dunsany (1878-1957)

Noviembre llegó de nuevo y los bosques de las afueras de Londres daba gusto verlos, y la ciudad se había sacudido de encima el manto gris que suele llevar en esa estación. El salón del club en donde nos sentamos después de almorzar estaba casi a oscuras; las cortinas que cubrían la única ventana parecían increíbles masas de sombras. Estábamos hablando del misterio de Oriente. En realidad hablábamos de algo más que de misterio; pues uno que lo había encontrado en Port Said, otro en Aden, un tercero que creía haberlo visto en Kilindini, y un coleccionista de mariposas que lo había encontrado por toda la India, estaban contando historias de pura magia. Es mi intención, al relatar las historias que escucho en el club, consignar únicamente aquellas que sabemos que son verídicas y que a la vez me parecen interesantes; pero ninguna de aquellas historias de magia cumplía dichas condiciones, y por tanto no las volveré a contar; no obstante las menciono porque poco a poco lograron despertar a Jorkens, que daba la casualidad de que se había dormido, y le extrajeron lo que yo considero una interesante afirmación.

-Ellos comprenden perfectamente la magia -afirmó.
-¿Qué? ¿Quiénes? -dijimos los demás, sobresaltados por la vehemente afirmación del hombre que creíamos todavía dormido.
-Los orientales -dijo Jorkens-. Quiero decir los que se ocupan de ese asunto en Oriente. Es como si dijera que los occidentales comprenden la maquinaria. Por supuesto podrían encontrarse en Europa millones de personas incapaces de hacer funcionar una máquina, pero los ingenieros sí pueden.
-¿Y en Oriente? -dije yo, para que se ciñera al tema.
-En Oriente -dijo Jorkens-, los magos comprenden la magia.
-¿Puede darnos algún ejemplo que venga al caso? -preguntó Terbut. Y me alegro de que lo hiciera, pues a menudo se oye hablar del misterioso Oriente, pero raras veces, como ahora, de una historia concreta de magia, con todos los detalles que cualquiera podría solicitar.
-Claro que puedo -replicó Jorkens, ya completamente despierto.

Sin duda, Terbut esperaba sorprender a Jorkens en su historia de magia con algo que no pudiera probar; parecía más fácil que en cualquier otra historia más sólida acerca de viajes o deportes. Dejo al lector que juzgue cuán completamente falló. Y entonces Jorkens comenzó su relato.

-Me encontraba a orillas del Ganges, no hace mucho tiempo, contemplando esa perla de río; el agua corría a una o dos yardas de mis pies, y la belleza del lugar se esparcía sobre mí. Anochecía, y el río y el cielo no solamente eran fantásticos, como ustedes pueden suponer, sino que de algún modo parecían más reales que la tierra, con una realidad que todo el tiempo crecía y crecía. De manera que si alguna vez había abandonado el mundo conocido por el de la fantasía y la poesía, que a veces parece discurrir tan próximo a aquél, ahora ya había regresado a él. Pero, mientras miraba a lo lejos el crepúsculo, súbitamente había vuelto a la realidad pisando a un hombre que estaba sentado junto al río. De hecho caí encima de él y me olvidé de toda la luz del Ganges; él, sin embargo, siguió sentado, inmóvil, con los ojos repletos de la belleza del río y del cielo, como probablemente había estado durante horas. Ésa es, supongo, una de las principales diferencias entre nosotros y la gente como él; probablemente podemos apreciar el esplendor de semejante río bajo esa clase de cielo, cuando se encienden las hogueras de las escalinatas, y una nueva luna flota sobre los templos; probablemente podemos apreciarlo casi tanto como ellos; mas no parecemos capaces de sentir apego por él. Bueno, como iba diciendo, había regresado a la tierra, en todos los sentidos de la palabra, y allí estaba ese hombre, desnudo de cintura para arriba y sentado como si yo no estuviera presente. Uno de esos fulanos, me dije. Y de pronto se me ocurrió probarlo.

-¿Cómo lo hizo? -preguntó Terbut.
-Nada más sencillo -respondió Jorkens-. Bueno, en cierta manera no fue tan sencillo, porque tuve que explicarle lo que era una "sweepstake" , y lo que eran los números, de hecho prácticamente todo; y supongo que en realidad no me entendió. Pero una cosa sí le hice comprender: que el número de un boleto que le mostré era el mismo en cualquier otra parte del mundo, y que era cosa suya el conseguir que otro boleto igual a ése saliera el primero del bombo, el primero entre millones. Conseguí que entendiera eso, porque me preguntó el número, y yo le dije que había dinero de por medio. Cuando un hombre comienza a hacerte preguntas casi siempre puedes lograr que te entienda, pues puedes ver exactamente en dónde se ha quedado atascado, y puedes ayudarle en cualquier momento. Así que él dijo que no tenía la potestad de hacer valer mi dinero, y yo le contesté: "No te preocupes por eso". Y prometió hacer el resto. El boleto con ese mismo número saldría el primero del bombo, o el Ganges no tenía ningún poder. Luego me quitó de la mano el boleto y lo sostuvo en alto en medio de aquel resplandor combinado del crepúsculo, la luna y las hogueras; y me lo devolvió y siguió con su meditación. Quise darle las gracias, mas no sirvió de nada; su espíritu estaba lejos en alguna otra parte: lo mismo podía haber intentado hablar con alguno de sus dioses hindúes.

Bien, más vale que les diga que aquella "sweepstake" iba a valer treinta mil libras; y me fui bastante complacido, pues me daba cuenta de que, si existía algo de verdad en la magia, o lo que sea que practique esa gente, el premio estaba asegurado; el hombre había dado su palabra. Por supuesto también pensé que era posible que no existiera nada de cierto en todo aquello; mas, si existía, no era posible dudar de que él era uno de ellos, ni de que había ejercido su poder como dijo. Abandoné el Ganges al día siguiente; abandoné la India esa misma semana; y pueden ustedes imaginar que me encontraba completamente absorto en mis posibilidades de conseguir treinta mil libras. ¿Existiría o no algo de cierto en el misterio de Oriente? Ésa era la cuestión. En el barco había un hombre que lo sabía, de haberlo alguien; un hombre llamado Lupton. Conocía Oriente tan bien como pueda conocerlo cualquier nacido a ese lado del mundo; y, en particular, sabía mucho acerca de esto mismo; me estoy refiriendo a la magia. Desgraciadamente nunca me lo habían presentado, y no me gustaba nada tener que abordarle, era demasiado distinguido para eso; y allí estaba yo, contemplando cómo paseaba a mi lado todos los días, sabiendo que guardaba el secreto de mis treinta mil libras, la sencilla información de si el Oriente era o no capaz de hacer lo que se le reclamaba. Bueno, tarde o temprano a bordo de un barco se llega a conocer a todo el mundo, aunque ya nos encontrábamos en el Mediterráneo cuando me lo presentaron. Casi lo primero que le dije fue:

¿Existe algo de cierto en la magia que, según dicen, se practica en Oriente?
La pregunta casi le hizo callar del todo, creyendo que le hablaba de la magia a la ligera. Pero afortunadamente se dio cuenta de que yo iba en serio. Supongo que vería alguna de las treinta mil lucecitas que debían brillar en mis ojos. Pues, tras un silencio momentáneo, como si no pensara contestar, se volvió y, hablándome amistosamente, dijo: Con igual razón podría usted dudar de la radiotelegrafía.

Entonces le pregunté lo que quería saber: si era posible que un hombre ejerciera su influencia desde Oriente para que un boleto saliera el primero del bombo en Dublín. Y todavía recuerdo las palabras exactas de su respuesta.

-Es un hecho muy poco frecuente -dijo-. Sin embargo, no solamente puede hacerse, sino que conozco a un hombre todavía vivo que es capaz de hacerlo.

Entonces le pregunté por mi amigo el del Ganges, mas no sabía nada de él. Su hombre vivía en el norte de Africa. Mi hombre, dijo, podía también ser capaz de hacerlo, mas quedaban ya muy pocos. La situación presentaba un obvio peligro, difícil de solventar: ¿y si él mismo iba a ver a su amigo africano y se ganaba así las treinta mil libras? Él era un hombre distinguido y yo acababa de conocerlo; era ésa una pregunta nada fácil de hacer. Pero me las arreglé. Por supuesto, disimulé mi pregunta, mas la formulé. Y él me contestó sinceramente.

-Ahora me he establecido cerca de Londres -dijo- con mi jubilación y lo que he ahorrado, y no niego que, si alguien me ofreciera treinta mil libras, le estaría muy agradecido; sólo que, cuando se ha vivido mucho tiempo en Oriente como es mi caso, uno ha tomado demasiada quinina en sus horas libres y al final está mal de los nervios; y, si consiguiera treinta mil libras de esa manera, mediante magia oriental, siempre me preocuparía de que el Oriente me reclamara su parte. Sé que es ridículo por mi parte, pero así es. Probablemente usted no sentirá lo mismo.

-No, no lo creo -dije. No pude añadir nada más por miedo a herir sus sentimientos. Pero treinta mil libras es una cantidad... ¡y temo que el Oriente trate de vengarse! Bueno, dejemos que lo intente: eso es lo que yo sentía. Pero antes que nada, dejemos que lo consiga. Así que le dije:
-¿En qué parte de África dijo usted que vivía ese hombre?
Él sonrió por mi empeño y me lo contó.
-No muy lejos de aquí -dijo-. A día y medio de la costa por tren. Debe usted bajarse en El Kántara; y cabalgar en mula durante unos días hasta llegar a las montañas de Ouled Naïl, en donde vive.
-¿En qué parte de las montañas? -pregunté yo. Pues había dejado de hablar, y una cadena de montañas parecía una dirección bastante incompleta.
-¡Oh!, no es difícil encontrarle -dijo-. Es un hombre santo y es bastante conocido. Simplemente deberá usted preguntar a alguno de los nómadas por Hamid Ben Ibrahim, cuando llegue al pie de las montañas. Además, su casa puede verse desde veinte millas. Tiene sólo diez pies de altura y unas ocho yardas de ancho y de largo; pero está encalada, bajo montañas marrones, y el desierto es llano hasta llegar al Níger. Encontrará a Hamid fácilmente.
-Supongo que no hará todo eso a cambio de nada -dije yo-; como mi amigo del Ganges.

Como ustedes comprenderán, después de mi viaje a la India no disponía de mucho dinero en efectivo, sin contar mi posibilidad de las treinta mil millas.

-No -dijo él-. Pero lo hará a cambio de esto.

Y me entregó un pequeño paquete que sacó del bolsillo; eran polvos, como pude darme cuenta a través del papel.

-¿Qué es esto? -dije.
-Bismuto -contestó él-. Él digiere mal. Pero es demasiado santo para tomar un laxante; nunca lo ha hecho en toda su vida; ni ha fumado; y, por supuesto, ni hablar de coñac. Así que es bastante difícil de curar. Como probablemente sabe, todos los europeos se empeñan en ser médicos allá; de manera que lo primero que hará será contarle a usted sus síntomas y pedirle que le cure; y creo que el bismuto puede lograrlo. Si así ocurre, él conseguirá que su boleto salga ganador. De hecho sabe bastante más de magia que cualquiera de nosotros de medicina. Y puede usted pedirle al médico de a bordo alguna otra cosa que le pueda ir bien. Es bastante grueso y no hace ejercicio. Haga todo lo que pueda por él.
-Desde luego que lo haré -dije. Parecía razonable.
-Yo que usted compraría una tienda de campaña en Argel -dijo- en lugar de alquilar alguna a un árabe. Comprobará que le costará como mucho una cuarta parte. O una octava. Depende de lo bien que usted regatee.

Mientras hablábamos había oscurecido sin que nos diéramos cuenta; y yo miré a lo alto y avisté grupos de estrellas donde antes había púrpura y oro. Y con las estrellas vino el frío, y el rostro de Lupton se entristeció; pues el frío después del crepúsculo parecía ser lo único que no podía soportar, aunque ustedes creyeran lo contrario, dado como vivía, más en tiendas que en casas. De manera que se fue abajo y sus últimas palabras fueron:

-Puede hacerlo perfectamente bien. No lo dude.

No molesté más a Lupton. Por extraño que parezca más bien le evité, pues cualquier conversación que pudiéramos sostener, mientras todos aquellos millones de estrellas salían lentamente para brillar sobre el Mediterráneo, nos habría parecido sumamente trivial después de aquel misterio oriental que me acababa de revelar. Y antes de que terminase la semana llegamos a Marsella. Allí abandoné el barco. Si hubiese continuado hasta Inglaterra, no habría tenido más que volver de nuevo para llegar a África, y los fondos no me habrían alcanzado. Mi única dificultad era cómo conseguir otro boleto en aquella "sweepstake", ya que no quería que los dos sortilegios actuaran sobre el mismo boleto. Pero, ¿saben ustedes?, pude comprar uno en Marsella a un hombre que parecía haber perdido la fe en su buena suerte. Así que me fui a toda prisa a Argel en un barco que cubría el trayecto de Marsella a la costa africana y viceversa, y cuya compañía naviera parecía vacunada contra cualquier monotonía al hacerse llamar Compagnie Générale Transatlantique. No había perdido del todo la fe en mi amigo del Ganges; había guardado su boleto y necesitaba comprobar de lo que él era capaz; pero, naturalmente, después de sostener aquella conversación con uno de los más eminentes orientalistas, me fiaba mucho más del hombre que él me había recomendado. La primera vez que había visto al hombre del Ganges apenas me había parecido posible que pudiera fallar, tan irresistibles me resultaron sus ojos, y tan evidente que su espíritu moraba sólo temporalmente en aquel cuerpo sentado junto al río, y era capaz de ejercer su poder en cualquier lugar. Pero ahora estaba completamente bajo la influencia de Lupton, y únicamente quería encontrar al hombre de las montañas de Ouled Naïl.

Bien: compré una tienda barata en Argel y tomé el tren una tarde; a la mañana siguiente avisté las montañas, ascendiendo en espiral desde El Kántara. Allí les dije a los árabes que era médico y recorría el desierto en busca de salud. Fue muy fácil para ellos creerme, pues había dado pruebas de mis conocimientos médicos con aquella misma observación; ya que, ¿saben ustedes?, hay más salud en el Sahara que a todo lo largo de Harley Street. Mas en cualquier caso era completamente cierto lo que Lupton me había contado de que, en aquellos lugares, a todos los europeos se les supone médicos. Pero yo era un tipo de médico muy especial, y me había llevado unos cuantos laxantes y algo de quinina extra par mejor demostrarlo. Un día en que el viento batía las palmeras bajo aquellos áridos precipicios, me puse en camino a lomo de mula con tres árabes, cabalgando hacia el sudeste. Por alguna razón El Kántara siempre me recuerda el oro de las bóvedas acorazadas: una verde masa de millares de palmeras, única riqueza de aquella gente, rodeada de rocas que nunca han conocido más verde que el que a veces puede verse en un salero.

-Nos hablaba usted -dije- del hombre que andaba buscando en las montañas de Ouled Naïl.
-Dispénsenme -dijo Jorkens-. Sí, cabalgamos hacia el sudeste. Tan pronto como atravesamos el desfiladero nos encontramos en pleno desierto, y cabalgamos dejando las montañas a nuestra derecha. Nunca nos alejamos del agua: antiguos torrentes procedentes de tormentas en las montañas habían socavado centenares de depresiones en los resecos barrancos; y encima de cada una de ellas alguien había colocado una piedra plana, para proteger el agua que allí se había acumulado y que no se la bebiera el sol. El viaje fue cómodo, acampamos cada vez que las mulas estaban cansadas; y, según dejábamos atrás los rebaños de los nómadas, el rumor de mi habilidad como médico me precedía velozmente. ¡Ah!, aquellas tardes en el desierto, con el resplandor crepuscular iluminando las montañas, mientras aquí todo está seguro, ruidoso y lleno de cosas.
-¿Encontró usted las montañas de Ouled Naïl? -dije yo.
-¡Oh, sí! -dijo Jorkens-. Sí, sí, por supuesto. Continuamos por el desierto, y un día apareció toda la cadena montañosa a nuestra derecha. Continuamos por el desierto hasta divisar la casa blanca. La vi de pronto una tarde. No había ninguna señal de vida en las montañas, y de pronto, un atardecer, vi a lo lejos, a muchas millas hacia el noreste, la casa tal y como me la describiera Lupton, con su puerta y sus dos pequeñas ventanas.

Al día siguiente me trasladé a las montañas para obtener agua; y entonces me dije que había encontrado la salud que buscaba y que regresaría a El Kántara; y continuamos adentrándonos en las montañas por un camino que nos aproximaba a la pequeña casa. Por supuesto, tanto nosotros como nuestras mulas fuimos visibles desde la casa durante toda la mañana; y mi reputación como médico había llegado allí bastante antes, de manera que, tan pronto nos acercamos, el hombre santo salió de su casa y vino corriendo hacia nosotros, en la medida que puede decirse de un hombre de semejante aspecto que es capaz de correr. Bien; hablé con él en una especie de árabe, y él habló bastante conmigo en un mal francés, y nos entendimos a la perfección. El diagnóstico es algo fundamental en medicina, como cualquier médico les dirá, pero es particularmente efectivo cuando se puede formular antes de que el paciente abra la boca. ¿Me comprenden ustedes? Gracias a Lupton sabía todo lo referente a ese hombre. De manera que le describí todos sus síntomas. Y luego le di las medicinas apropiadas, y él hizo café para mí y nos sentamos y conversamos durante cinco horas. Bien sea por las medicinas o por el diagnóstico, lo cierto es que ya se encontraba mejor, y cuando vino a ofrecerme una gratificación yo le dije que mi habilidad para curar era más bien consecuencia de la magia que del estudio de la medicina, y que por consiguiente no aceptaba su gratificación. Pero añadí que si él era también mago, como parecían indicar ciertos rumores entre los nómadas, estaría muy contento de que me mostrara un poco de su propia magia. Y saqué el boleto que había comprado en Marsella al hombre que había dejado de tener fe en su buena suerte.

Miró el número del boleto y lo comprendió todo inmediatamente, todo lo contrario que el hombre del Ganges. Sí; podía hacerlo. En aquel momento yo no habría aceptado una oferta de veinte mil libras por ese boleto. Y llevaba razón; podía hacerlo. Lupton tenía razón. Existe en Oriente una magia de la que nada sabemos. Luego volví a El Kántara, y de ahí a Londres, por supuesto en tercera clase todo el trayecto, y metí en un banco los dos boletos, y esperé el sorteo de la lotería.

-Aguarde un momento -dijo Terbut-. Ha dicho usted que el árabe podía hacerlo.
-Naturalmente -dijo Jorkens-. Y el hombre del Ganges también.
-En ese caso conseguiría usted sesenta mil libras -dijo Terbut- en lugar de treinta mil.
-Bueno, léalo usted mismo -dijo Jorkens-. Guardo un recorte de aquel día.

Y sacó un recorte de un periódico irlandés de una vieja cartera de cuero que llevaba consigo. Se lo dio a Terbut, y éste lo leyó en voz baja.

-En el momento decisivo, -leyó- un centenar de azafatas desfilaron ante el bombo, vestidas de ciclistas de comienzos de la era victoriana, precediendo al señor O'Riotty, quien prendió fuego a la salva, asistido por dos ametralladoras. Entonces se abrió la portezuela del bombo y la primera azafata metió la mano para extraer el número afortunado. Accidentalmente sacó dos boletos, y el señor O'Riotty ordenó que los volvieran a meter en el bombo.
-No es necesario que siga leyendo -dijo Jorkens.
-¿Qué? -dijo Terbut.
-No siga -replicó Jorkens-. Cometí un error. Cometí un error -repitió-. Pero, por supuesto, ahora es fácil de ver.
-Ya veo -empezó a decir Terbut con aire pensativo-. Usted cree que ambos boletos...
Pero Jorkens únicamente profirió un jadeo de impaciencia.
-No importa -dije yo-. Tómese un whiskey.
-¡Un whiskey! -dijo Jorkens-. ¿Para qué?

La observación me asombró. Me pareció que indicaba uno de esos cambios que acontecen súbitamente en la vida de un hombre, como un hito que brotase ante un viajero, recordándole algún periodo de su vida. ¿Con qué acontecimiento más trascendente podía concluir este libro?

Uno de los desaparecidos. Ambrose Bierce (1842-1914)

Jerome Searing, soldado raso del ejército del general Sherman, que entonces combatía al enemigo en Kermesaw Mountain, Georgia, dio la espalda al pequeño grupo de oficiales con los que había estado conversando en voz baja, atravesó una estrecha franja de trincheras y desapareció en el bosque. Ninguno de los hombres alineados tras las trincheras le dijo una palabra, y apenas él les dirigió un movimiento de cabeza al pasar, pero todos los que lo vieron comprendieron que a aquel valiente acababan de confiarle una misión peligrosa. Jerome Searing, aunque era soldado raso, no servía en las filas; por razones de servicio estaba destacado en el cuartel general de la división, y en las listas figuraba como asistente. «Asistente» es una palabra que comprende multitud de obligaciones. Un asistente puede ser un mensajero, un oficinista, el criado de un oficial... cualquier cosa. Puede realizar servicios que no están previstos en las instrucciones y reglamentaciones militares. Su naturaleza puede depender de las aptitudes del asistente, del favor de otros o de la mera casualidad. El soldado Searing, un incomparable tirador, joven, fuerte, inteligente e insensible al miedo, era explorador. Al general que comandaba su división no le satisfacía obedecer ciegamente las órdenes, sin saber qué era lo que había frente a sus tropas, incluso cuando éstas no se hallaban destacadas en servicio y sólo formaban una fracción del ejército en línea; ni le agradaba recibir la información por sus vis-á-vis a través de los canales acostumbrados, Quería saber más de lo que le informaban los mandos del ejército y los choques entre los destacamentos y los tiradores. Para ello estaba Jerome Searing, con su audacia extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus observadores ojos y su veracidad en el relato. En esta ocasión, sus instrucciones eran sencillas: llegar tan próximo como fuera posible a las líneas enemigas y averiguar todo cuanto pudiera.

En pocos momentos alcanzó los primeros puestos. Allí, los hombres de guardia descansaban en grupos de dos y de cuatro detrás de los pequeños terraplenes con que habían formado la ligera depresión de tierra en que yacían, con los fusiles sobresaliendo por encima de las ramas verdes con que habían cubierto sus pequeñas defensas. El bosque se extendía sin interrupción frente a ellos, tan solemne y silencioso que sólo un esfuerzo de la imaginación podía concebirlo poblado de hombres armados, vigilantes y alertas -un bosque extraordinario, pleno de posibilidades de lucha. Tras detenerse un momento en una de las trincheras para informar a los hombres de sus intenciones, Searing se arrastró sigilosamente con las manos y las rodillas y pronto se perdió de vista en la densa espesura de la maleza.

-Es lo último de él -dijo uno de los hombres-. Desearía tener su fusil. Esos tipos nos herirán a alguno con él.

Searing continuó arrastrándose, aprovechando todos los accidentes del terreno y la vegetación para cubrirse mejor. Sus ojos lo escudriñaban todo y sus oídos tomaban nota de todos los ruidos. Contenía la respiración. Y cuando unas ramas pequeñas crujieron debajo de sus rodillas, detuvo su avance y se aplastó contra la tierra. Era un trabajo lento, pero no tedioso; el peligro lo hacía incluso excitante, pero la excitación no se manifestaba físicamente. Su pulso era tan regular y sus nervios tan firmes como si estuviera intentando cazar un gorrión.

-Parece mucho tiempo -pensó-. Pero no puedo haber llegado muy lejos; todavía estoy vivo.

Sonrió ante su personal método de calcular la distancia y prosiguió reptando. Un momento después, se aplastó bruscamente contra el suelo y se mantuvo inmóvil un rato, minuto tras minuto. A través de una pequeña abertura entre los arbustos había percibido un pequeño talud de arcilla amarilla: una de las trincheras enemigas. Tras un poco más de tiempo, levantó la cabeza cautelosamente, pulgada a pulgada; después levantó el cuerpo sobre las manos, apoyadas a cada lado sobre el suelo, intentando mirar el montículo de greda. Un instante después estaba de pie, con el fusil en la mano, y corría rápidamente hacia delante sin cuidado alguno de ocultarse. Había interpretado bien las señales, cualesquiera que fuesen; el enemigo se había marchado.

Para asegurarse completamente antes de volver atrás para informar de un hecho de tan gran importancia, Searing siguió avanzando a través de la línea de las abandonadas trincheras, corriendo de una protección a otra en las partes más claras del bosque, con los ojos atentos al descubrimiento de posibles rezagados. Llegó hasta el borde de una plantación, una de aquellas granjas abandonadas y desiertas de los últimos años de la guerra, invadida por las zarzas, afeada por los cercados rotos y las desoladas y vacías construcciones que mostraban descarnadas aberturas en el lugar de las puertas y ventanas. Después de un escrutinio penetrante desde el abrigo seguro de un grupo de pinos jóvenes, Searing cruzó velozmente un campo y una huerta hasta alcanzar una pequeña estructura situada algo aparte de las otras construcciones de la granja, sobre una suave elevación. Pensó que aquella situación le ofrecería una buena panorámica de la comarca, en la dirección que suponía que había tomado el enemigo en su retirada. Aquella construcción, que originalmente había consistido en una sola habitación sostenida por cuatro postes de uno o tres metros de altura, era ahora poco más que un tejado en el suelo; se había desplomado y los tirantes y las tablas se amontonaban en el suelo en desorden, o colgaban del extremo en varios ángulos, no completamente desprendidos de los puntos que los aguantaban. Los mismo postes de soporte habían dejado de ser verticales. Parecía que todo el edificio pudiera desplomarse con sólo tocarlo con un dedo.

Ocultándose entre los escombros de viguetas y solerías, Searing recorrió con la vista el terreno abierto que se extendía entre su punto de observación y una estribación de Kennesaw Mountain, a ochocientos metros de distancia. Un camino que subía y cruzaba la estribación estaba atestado de tropas. Los fusiles de la retaguardia del enemigo en retirada brillaban al sol de la mañana. Searing había averiguado ya todo lo que habría podido desear saber. Ahora su deber era retornar a su compañía con la mayor rapidez posible e informar de su descubrimiento. Pero la columna gris de los confederados ascendiendo penosamente el camino de la montaña era una tentación singular. Su fusil -un Springfield ordinario, pero provisto de una mira esférica y un gatillo al pelo- enviaría fácilmente, silbando en medio de la tropa, su onza y cuarto de plomo. Seguramente eso no afectaría la duración ni el resultado de la guerra, pero el trabajo del soldado es matar. También es su costumbre, si es un buen soldado. Searing amartilló su fusil y «enchufó» el gatillo.

Pero estaba decidido desde el principio de los tiempos que el soldado Searing no asesinara a nadie aquella luminosa mañana de verano, y que no fuera él quien anunciara la retirada de los confederados. Durante innumerables siglos, los acontecimientos se habían ido imbricando de tal manera a sí mismos en ese mosaico maravilloso, del que algunas partes, difícilmente discernibles, llamamos historia, que los actos que ahora el soldado Searing se proponía ejecutar enturbiaban la armonía del modelo. Unos veinticinco años antes, la Providencia encargada de ejecutar esa tarea según el diseño prefijado había prevenido aquel infortunio originando el nacimiento de cierto niño en una aldea situada al pie de los Montes Cárpatos. Lo había criado con todo cuidado, había supervisado su educación, había encaminado sus intereses hacia la carrera militar y, llegado el momento, lo había hecho oficial de artillería. Pero la concurrencia de un número infinito de influencias favorables que predominaban sobre otras influencias desfavorables hizo que aquel oficial de artillería incurriera en una infracción de la disciplina militar y hubiera de huir de su país natal para evitar el castigo. Fue enviado a Nueva Orleáns -en lugar de a Nueva York-, donde un oficial de reclutamiento le recogió en el muelle. Fue alistado y más tarde ascendido, y los sucesos se ordenaron de tal modo que ahora comandaba una batería de los confederados a unos tres kilómetros en línea recta del lugar donde Searing, el explorador federal, amartillaba su rifle. Nada se había descuidado: en cada etapa del desarrollo de las vidas de aquellos dos hombres, y en las vidas de sus contemporáneos y antepasados, y en las vidas de los contemporáneos de sus antepasados, se había hecho todo lo correcto para llegar al resultado deseado. Si algo se hubiese omitido en esta vasta concatenación, el soldado Searing hubiera podido hacer fuego aquella mañana sobre los confederados en retirada y quizá hubiera fallado. Pero sucedió que a un capitán de artillería confederado, sin nada mejor que hacer mientras aguardaba su turno para avanzar, se le ocurrió divertirse apuntando un cañón de campaña oblicuamente hacia su derecha, hacia lo que tomó por un grupo de soldados federales situados en la cima de una colina, y hacer fuego. El obús voló mucho más allá de su objetivo.

Jerome Searing echó atrás el gatillo de su fusil, calculando, con los ojos fijos sobre los distantes confederados, dónde podría plantar su bala con la mayor esperanza de hacer una viuda, un huérfano o una madre sin hijo -incluso, quizá, las tres cosas a la vez-, porque, aunque el soldado raso Searing había rechazado repetidas veces el ascenso, no carecía de cierta ambición. Entonces oyó precipitarse un ruido en el aire, como el de las alas de un pájaro enorme abatiéndose sobre su presa. Demasiado rápido para que pudiera percibir su graduación, el ruido aumentó hasta convertirse en un bramido ronco y temible, al mismo tiempo que el proyectil que lo producía se abalanzaba sobre él desde el cielo, golpeaba con ensordecedor impacto uno de los postes que sostenía el montón de vigas encima de él, lo hacía añicos y derrumbaba con estrépito la descalabrada caseta entre nubes de polvo cegador.

Cuando Jerome Searing recuperó el conocimiento no supo al principio qué había ocurrido. Todavía tardó un tiempo en abrir los ojos. Por un momento creyó que había muerto y había sido enterrado, e intentó recordar algunos fragmentos de los oficios fúnebres. Imaginó que su esposa estaba arrodillada sobre su tumba, añadiendo el peso de su cuerpo al de la tierra que tenía sobre el pecho. Ambos, la viuda y la tierra, habían aplastado el ataúd. A menos de que los niños la convencieran de volver a casa, no lograría seguir respirando mucho tiempo. Experimentó una sensación de injusticia. «No puedo hablarle -pensó-. Los muertos no tienen voz, y si abro los ojos se me llenarán de tierra.»

Abrió los ojos. Una gran extensión de cielo azul por encima de la franja de las copas, de los árboles. En primer plano, ocultando algunos árboles, había un alto y pardo montículo, de contorno anguloso, atravesado por una red intrincada e irregular de líneas rectas; todo a una inconmensurable distancia, una distancia tan inconcebiblemente grande que lo cansaba; cerró los ojos. En el momento en que lo hizo percibió una luz insoportable. En sus oídos retumbó el ruido del trueno sordo y rítmico de un mar lejano, rompiendo en sucesivas olas sobre la playa y, además del ruido, como parte de él o incluso de más lejos de él, entremezcladas con su incesante murmullo, le llegaron unas palabras: «Jerome Searing, estás cogido como una rata en una trampa... en una trampa, trampa, trampa».

Súbitamente, se hizo un gran silencio, una profunda oscuridad y una infinita calma, y Jerome Searing, absolutamente consciente de su condición de rata y convencido de que había caído en una trampa, recordó todo y abrió de nuevo los ojos sin alarma para reconocer la situación, advertir la fuerza del enemigo y planear su defensa. Había quedado atrapado casi tumbado, con la espalda fuertemente apoyada contra una viga. Otro travesaño le cruzaba el pecho y, aunque había logrado apartarse un poco para que no lo oprimiera, el travesaño era inamovible. Un tirante que formaba ángulo con él le había comprimido el lado izquierdo contra un montón de maderas inmovilizándole el brazo. Un montón de cascotes le cubría hasta las rodillas las piernas, algo entreabiertas en el suelo, y tapaba su limitado horizonte. Tenía la cabeza tan rígidamente sujeta como fijada por un tomo; podía mover los ojos y la barbilla pero nada más. Sólo tenía el brazo derecho parcialmente libre. «Tienes que librarnos de esto» le dijo. Pero no podía sacarlo de debajo de la gruesa viga que le cruzaba el pecho ni mover el codo más de seis centímetros.

Searing no estaba gravemente herido ni sufría dolor. Un golpe seco en la cabeza dado por un pedazo del poste astillado, unido al súbito y terrible impacto nervioso, lo habían conmocionado momentáneamente. Su desvanecimiento y recuperación, durante la que había experimentado extrañas fantasías, probablemente no habían sobrepasado unos segundos, pues el polvo producido por el derrumbamiento todavía no se había disipado cuando empezó a entender con claridad la situación. Con la mano derecha en parte libre intentó asir la viga que le aprisionaba, no del todo, el pecho. No pudo hacerlo de ninguna manera. No era capaz de bajar el hombro para empujar con el codo el borde de la viga que tenía más cerca de las rodillas. Al fracasar en este movimiento, tampoco podía levantar el antebrazo y la mano para coger la madera. El tirante que formaba ángulo con la viga por abajo y atrás le impedía cualquier movimiento en esa dirección y el espacio entre el tirante y su cuerpo no era ni la mitad de ancho que la largura de su antebrazo. Era evidente, pues, que no podía pasar la mano ni por encima ni por debajo de la viga; de hecho, no podía ni siquiera tocarla. Comprendiendo que era imposible, desistió de este empeño y empezó a pensar en alcanzar parte de los escombros amontonados sobre las piernas.

Mientras miraba el montón intentando determinar las posibilidades que había, le llamó la atención lo que parecía un brillante aro metálico situado delante de su vista. Al principio le pareció que rodeaba una sustancia completamente negra y que tenía un centímetro de diámetro. De pronto comprendió que la parte negra era solamente una sombra y que el aro era en realidad la boca de su fusil, que sobresalía del montón de escombros. En seguida se alegró de que fuera eso, si es que podía ser una alegría. Cerrando primero un ojo y luego otro, podía ver una parte del caño, hasta el punto en que lo escondían los escombros. Cuando veía el lado correspondiente a un ojo, éste estaba aparentemente en el mismo ángulo que el lado correspondiente al otro ojo. Si miraba con el ojo derecho, el arma parecía dirigida a la izquierda de su cabeza, y viceversa. No lograba ver la superficie superior del caño, pero alcanzaba a distinguir en un breve ángulo la superficie inferior de la culata. El arma, en realidad, apuntaba exactamente al centro justo de su frente.

Cuando el soldado Searing advirtió esta circunstancia y recordó que antes del accidente que le había colocado en aquella desgraciada situación había amartillado el fusil y dispuesto el gatillo para disparar con sólo rozarlo, le asaltó una sensación de inquietud. Pero no fue en absoluto miedo; era un hombre valiente, familiarizado con aquella posición de los rifles, y también con los cañones. Entonces recordó, casi divertido, un incidente que le había ocurrido durante el asalto de Missionary Ridge. Cuando se encaramaba a uno de los parapetos enemigos, donde había visto que un pesado cañón lanzaba carga tras carga de metralla a los asaltantes, por un momento pensó que habían retirado el cañón; sólo conseguía ver un aro en la abertura. Lo comprendió justo a tiempo de saltar a un lado, cuando el cañón lanzó otro picotazo de acero sobre la cuesta plagada de hombres. Dar la cara a las armas de fuego es una de las situaciones más habituales en la vida de un soldado... armas de fuego, además, tras las que resplandece el brillo de unos ojos hostiles. Para eso está hecho un soldado. Sin embargo, el soldado Searing no apreciaba ahora del mismo modo la situación, y apartó la vista.

Tras tantear durante un rato, vagamente, con la mano derecha, hizo un inútil intento de liberar la izquierda. Después, trató de desasir la cabeza, cuya sujeción le resultaba tanto más molesta por ignorar qué era lo que la sujetaba. A continuación, intentó liberar los pies, pero cuando endurecía, a este propósito, los fuertes músculos de las piernas, reparó en que un movimiento de los escombros que las cubrían podía provocar la descarga del rifle; no comprendía cómo había resistido el arma, pero la memoria lo ayudó aportándole varios casos similares. Recordaba uno en particular, en que en un momento de distracción había aporreado a un caballero con el fusil para saltarle los sesos, sin darse cuenta hasta después de que el arma que acababa de blandir por el caño estaba amartillada y con el gatillo puesto, detalle que si hubiera conocido su antagonista le hubiera inducido, sin duda, a una mayor resistencia. Siempre había sonreído ante este recuerdo de sus «inmaduros y juveniles» días de soldado, pero ahora no sonrió. Volvió la mirada otra vez a la boca del fusil y por un instante imaginó que se había movido; parecía algo más próxima.

Apartó otra vez la vista. Las copas de los distantes árboles que había fuera de los límites de la plantación la atrajeron: no había reparado antes en qué ligeros, como plumosos, eran, ni en qué azul intenso tenía el cielo, incluso entre las ramas de los árboles, que de algún modo lo hacían palidecer con su verdor; por encima de él, ya aparecía casi negro. «De día hará un calor insoportable aquí -pensó-. Me gustaría saber en qué dirección estoy mirando.»

A juzgar por las sombras que veía, decidió que tenía la cara al norte; al menos no le daría el sol en los ojos, Y al norte... bueno, era en dirección a su mujer y sus hijos.

-¡Bah! -exclamó en voz alta-. ¿Qué tienen que ver con esto?

Cerró los ojos. «Mientras no pueda salir, lo mejor será que duerma. Los rebeldes han marchado y seguro que alguno de los nuestros pasará por aquí a buscar forraje. Me encontrarán.» Pero no se dormía. Poco a poco empezó a sentir un dolor en la frente, un dolor sordo, casi imperceptible primero, pero que aumentaba y se hacía más y más molesto. Al abrir los ojos desaparecía, pero cuando los cerraba volvía a aparecer.

-¡Al diablo! -exclamó, inútilmente, y miró de nuevo fijamente el cielo. Escuchó el canto de los pájaros, la extraña nota metálica de las alondras de la pradera, que sugería un golpeteo de vibrantes espadas. Se hundió en las memorias agradables de su infancia; jugaba con su hermano y su hermana; atravesaba corriendo los campos, chillando para espantar a las sedentarias alondras; se adentraba en el sombrío bosque alejado y, con tímidos pasos, seguía el borroso sendero que conducía a la Peña del Fantasma; se detenía, por último, con unos estruendosos latidos en el pecho, ante la Cueva del Hombre Muerto e intentaba penetrar su pasmoso misterio. Por primera vez, se dio cuenta de que la abertura de la caverna encantada estaba rodeada por un aro de metal. Entonces, todo se desvaneció y lo dejó escrutando el cañón de su fusil, como antes. Pero mientras que antes parecía cerca, ahora semejaba a una inconcebible distancia y, por ello, más siniestro. Se puso a gritar y, asustado por algo que percibió en su propia voz -el tono del Miedo- se mintió a sí mismo: «Si no grito, puedo quedarme aquí hasta que me muera».

Ya no hizo más intentos de rehuir la amenazadora mirada del cañón del fusil. Si giraba los ojos en algún momento, era para buscar ayuda (aunque no podía ver el terreno que había a cada lado de la ruina), y se permitía después volver la vista otra vez, como obedeciendo una imperativa fascinación. Si cerraba los ojos era por agotamiento, y en seguida los abría, obligado por el punzante dolor en la frente -la profética amenaza de la bala. La tensión nerviosa era demasiado fuerte; la naturaleza venía en su auxilio sumiéndolo en intervalos de inconsciencia. Cuando revivía de uno de estos intervalos percibió un agudo dolor y un escozor en la mano derecha. Movió los dedos y se los frotó contra la palma, y notó que estaban húmedos y resbaladizos. No podía verse la mano, pero conocía aquella sensación: le manaba sangre. En su momento de delirio había golpeado los cascotes desportillados de las ruinas y se había clavado varias astillas. Decidió que se enfrentaría a su destino con más virilidad. Era un soldado raso y vulgar, no tenía religión ni filosofía. No podía morir como un héroe, entre grandilocuentes y sabias palabras, ni aun en el caso de que hubiera habido alguien para escucharlas, pero podía morir «con ánimo», y eso iba a hacer. ¡Pero si pudiera saber cuándo iba a sonar el disparo!

Algunas ratas, que probablemente habían habitado la caseta, se acercaron correteando furtivamente. Una subió a la pila de cascotes que aprisionaban el rifle; le siguió otra y otra. Searing las miró al principio con indiferencia y luego con amistoso interés. Pero después, cuando en su mente extraviada destelló el pensamiento de que podían rozar el gatillo del fusil, las maldijo y les chilló que se marcharan.

-Esto no es asunto de ustedes -les gritó.

Los animales se fueron; volverían más tarde, a atacarle la cara, a roerle la nariz, a desgarrarle la garganta... él lo sabía, pero esperaba estar muerto para entonces. Nada podía apartar ahora su vista del pequeño aro metálico repleto de tinieblas. El dolor en la frente era feroz y no cesaba. Lo sentía penetrar gradualmente en el cerebro a más y más profundidad, hasta que detenía su avance la madera que sostenía su cabeza. Aumentaba por momentos haciéndose intolerable: irracionalmente, empezó a golpear otra vez la mano herida contra las astillas para contrarrestar con otro sufrimiento aquel dolor lacerante. Parecía palpitar con lenta y regular recurrencia, cada pulsación más penetrante que la anterior, y a veces aullaba, creyendo que sentía el disparo fatal. Ningún pensamiento sobre su hogar, su esposa e hijos, la patria o la gloria. Todo recuerdo se había desvanecido de la memoria. El mundo había desaparecido... no quedaba ningún vestigio. Aquí, en esa confusión de vigas y maderas, está el único universo. Aquí está la inmortalidad del tiempo... cada dolor una vida perpetua. Cada pulsación una señal de la eternidad.

Jerome Searing, el hombre valeroso, el enemigo formidable, el fuerte y resuelto guerrero, tenía la palidez de un fantasma. La mandíbula le colgaba; le sobresalían los ojos; le temblaba cada músculo; un sudor frío le bañaba todo el cuerpo; aullaba de miedo. No había enloquecido... estaba aterrado.

Tanteando con la mano derecha, desgarrada y sangrante, logró alcanzar un pedazo de madera; la empujó hacia arriba y sintió que cedía. Estaba paralela a su cuerpo. Dobló el codo todo lo que el estrecho espacio le permitía y logró moverla unos centímetros. Repitió la maniobra varias veces y la tabla quedó desprendida de los escombros que le cubrían las piernas. Pudo alzarla entera del suelo. Le invadió la esperanza, quizá pudiera desplazarla hacia arriba, es decir hacia atrás, lo bastante como para alzarla por el extremo y empujar el fusil a un lado; o, si éste estaba demasiado encajado, colocar la tabla de manera que desviara la bala. Con este objetivo, corrió la madera hacia atrás centímetro a centímetro sin atreverse apenas a respirar por temor a que ello hiciera fracasar su intento, más incapaz que nunca de apartar los ojos del fusil, que podía ahora aprovechar su menguante oportunidad. Algo, al menos, había ganado: en su preocupación por aquel intento de autodefensa era menos sensible al dolor de su cabeza y había dejado de gritar. Pero continuaba mortalmente asustado y los dientes le temblequeaban como castañuelas.

La tabla de madera dejó de moverse bajo la presión de su mano. Tiró de ella con todas sus fuerzas, cambiando su dirección todo lo que podía, pero la tabla había encontrado un obstáculo detrás de él y el extremo de delante estaba todavía demasiado lejos para salir del montón de escombros y alcanzar el caño del fusil. Llegaba casi, sin embargo, hasta el guardamonte, que, no cubierto de escombros, podía entrever con el ojo derecho. Intentó romper la tabla con la mano, pero no tenía apoyo para hacer palanca. Con el fracaso retornó su terror, diez veces aumentado. La negra abertura del fusil parecía amenazar con una muerte más repentina e inminente, como castigo por su rebeldía. El trayecto de la bala a través de su cabeza le hizo sentir un dolor mayor. Tembló otra vez.

De pronto, recuperó la calma. El temblor persistía. Apretó los dientes y frunció las cejas. No había agotado las posibilidades de defensa; en su mente se había formado una nueva idea... otro plan de batalla. Alzando la punta delantera de la tabla de madera, la empujó cuidadosamente hacia delante por entre los cascotes que rodeaban el fusil hasta que tocó el guardamontes. Movió la punta lentamente hasta que notó que lo traspasaba. Entonces cerró los ojos y apretó contra el guardamontes con toda su fuerza. No hubo ninguna detonación. El rifle se había descargado al caerle de la mano cuando el edificio se derrumbó... Pero cumplió su función.

El teniente Adrian Searing, al mando del piquete en aquella línea de combate por la que su hermano Jerome había pasado para cumplir su misión, estaba sentado, con los oídos atentos, en su parapeto tras la línea. No se le escapaba el menor ruido: el chillido de un pájaro, el raspar de una ardilla, el sonido del viento entre los pinos... todo lo captaban ansiosamente sus sentidos agotados. De repente, justo delante de su alineación, escuchó un rumor confuso, apenas perceptible, semejante al estruendo del hundimiento de un edificio, transportado en la distancia. El teniente miró mecánicamente su reloj. Las seis y dieciocho minutos. En aquel momento, un oficial se aproximó a él y lo saludó.

-Mi teniente -dijo el oficial-, el coronel le ordena que haga avanzar su alineación y entre en contacto con el enemigo si lo encuentra. Si no, debe proseguir el avance hasta que se le ordene el alto. Hay motivos para pensar que el enemigo se ha dado en retirada.

El teniente asintió en silencio; el otro oficial se retiró. En poco tiempo los hombres, avisados en voz baja de su obligación por los oficiales, cargaron sus rifles y comenzaron a avanzar en formación, con los dientes apretados y el corazón palpitante. Este piquete de tiradores atravesó rápidamente la plantación dirigiéndose a la montaña. Pasaron por los dos lados de la caseta en ruinas sin observar nada. A poca distancia, en la retaguardia, iba su teniente. Éste miró con curiosidad las ruinas y observó un cadáver semienterrado entre las maderas y las vigas.

Está tan cubierto de polvo que sus ropas son del gris confederado. Tiene el rostro de un blanco amarillento; las mejillas hundidas; las sienes sobresalen con unos bordes angulosos dando a la frente una estrechez lúgubre; el labio superior, levemente alzado, descubre los dientes blancos, rígidamente apretados. El pelo está enteramente impregnado de sudor y el rostro tan húmedo como la hierba cubierta de rocío. Desde donde se encuentra, el oficial no advierte el fusil; en apariencia, el hombre había muerto por el derrumbamiento del edificio.

-Muerto hace una semana -dijo el oficial lacónicamente.

Siguió su camino, consultando su reloj con aire ausente, como para verificar su cálculo de la hora. Las seis y cuarenta minutos.

Un millar de muertes. Jack London (1876-1916)

Había estado en el agua aproximadamente una hora, y el frío y el cansancio, aunados al terrible calambre en el muslo derecho, me hacían pensar que había llegado mi fin. Luchando vanamente contra la poderosa marea descendente, había contemplado la enloquecedora procesión de las luces costeras, pero ya había dejado de luchar con la corriente y me contentaba con los amargos recuerdos de mi vida malgastada, ahora cercana a su fin.

Había tenido la suerte de descender de un buen linaje inglés, pero de padres cuya fortuna en las bancas excedía en mucho sus conocimientos de la naturaleza y educación de los hijos. Aunque nacido con una cuchara de plata en la boca, la bendita atmósfera del círculo hogareño me era desconocida. Mi padre, un hombre culto y reputado anticuario, no dedicaba su atención a la familia, sino que estaba constantemente perdido en medio de las abstracciones de su estudio mientras que mi madre, más famosa por su belleza que por su buen sentido, se sentía satisfecha con las adulaciones de la sociedad en la que parecía permanentemente sumergida. Pasé la habitual rutina de la enseñanza primaria y media como cualquier otro muchacho de la burguesía inglesa y, a medida que los años incrementaban mi fuerza y mis pasiones, mis padres se dieron cuenta, de pronto, de que yo poseía un alma inmortal, y trataron de poner riendas a mis ímpetus. Pero era demasiado tarde; perpetré la más audaz y descabellada locura y fui desheredado por mi familia y condenado al ostracismo por la sociedad a la que había ultrajado tanto tiempo. Con las mil libras que me dio mi padre, con la promesa de no volverme a ver ni a suministrarme más dinero, obtuve un pasaje de primera clase rumbo a Australia.

Desde entonces mi vida ha sido una larga peregrinación -de oriente a occidente, del Ártico al Antártico- para encontrarme, por último, convertido en un experimentado lobo de mar de treinta años, pleno de fuerza viril, que se ahoga en la bahía de San Francisco, tras el desastroso intento de desertar de una nave.

Mi pierna derecha estaba agarrotada por el calambre y estaba sufriendo la más angustiosa de las agonías. Una brisa débil agitaba el mar picado llenándome la boca de agua, que me corría por la garganta sin que pudiera evitarlo. Aunque todavía lograba mantenerme a flote, lo hacía en forma puramente mecánica, pues estaba cayendo por momentos en la inconsciencia. Tengo el desvaído recuerdo de haber sido arrastrado más allá de la escollera, y de entrever la luz de estribor de un vapor; luego todo se hizo oscuridad.

Escuché el débil zumbido de unos insectos y sentí que el balsámico aire de una mañana de primavera acariciaba mis mejillas. Gradualmente se convirtió en un flujo rítmico a cuyas pulsaciones parecía responder mi cuerpo. Flotaba en el suave seno de un cálido mar, alzándome y descendiendo con ensoñador placer cada vez que una ola me acunaba. Pero las pulsaciones se hicieron más fuertes, el zumbido más intenso, las olas más grandes y salvajes... fui maltratado por un mar tormentoso. Una gran agonía se abatió sobre mí. Destellos brillantes e intermitentes relampagueaban a través de mi conciencia interior, en mis oídos atronaba el sonido de las aguas. Luego se produjo la súbita rotura de algo intangible y desperté.

La escena que protagonizaba era realmente curiosa. Un vistazo fue suficiente para saber que me encontraba tirado en el piso del yate de algún caballero importante, en una postura verdaderamente incómoda. A mis costados, aferrando mis brazos y subiéndolos y bajándolos como si fueran palancas de bombeo, estaban dos seres de piel oscura curiosamente vestidos. Aunque conocía la mayor parte de las razas aborígenes no pude deducir su nacionalidad. Habían colocado en mi cabeza una especie de aparato que conectaba mis órganos respiratorios a una máquina que describiré a continuación. Mis fosas nasales, sin embargo, habían sido obturadas para forzarme a respirar por la boca. Deformados por el enfoque oblicuo del ángulo de mi visión contemplé dos tubos, similares a mangueras diminutas pero de diferente composición, que emergían de mi boca y se separaban uno del otro en ángulo recto. El primero terminaba abruptamente y yacía sobre el piso junto a mí, el segundo atravesaba la habitación serpenteando por el suelo, conectándose con el aparato que he prometido describir.

En los días anteriores a que mi vida se hubiera hecho tangencial me había interesado no poco en las ciencias, y conocedor de la parafernalia y accesorios generales de un laboratorio, pude ahora apreciar la máquina que contemplaba. Estaba compuesta principalmente de vidrio, siendo su construcción algo burda como es habitual en los aparatos experimentales. Un recipiente de agua estaba rodeado por una cámara de aire, a la que se unía un tubo vertical terminado en un globo. En el centro de todo esto había un vacuómetro. El agua del tubo se movía hacia arriba y hacia abajo, produciendo inhalaciones y exhalaciones alternas que luego eran comunicadas a través del tubo a mi boca. Con esto y la ayuda de los hombres que movían con tanto vigor mis brazos, el proceso de la respiración había sido artificialmente reiniciado. Subiendo y bajando mi pecho y expandiendo y contrayendo mis pulmones se pudo persuadir a la naturaleza de que volviese a su labor acostumbrada.

Tan pronto abrí los ojos me fue retirado el artefacto que llevaba en la cabeza, nariz y boca. Me hicieron tragar tres dedos de brandy y logré ponerme de pie, tambaleándome, para agradecer a mi salvador. Lo miré y me encontré con... mi padre. Pero los largos años de camaradería con el peligro me habían enseñado a controlarme, y esperé a ver si lograba reconocerme. No fue así, no vio en mí sino un marinero desertor y me trató en consecuencia.

Me dejó al cuidado de los negros y se dedicó a revisar las notas que había tomado de mi resurrección. Mientras devoraba la excelente comida que me era servida, escuché ruidos confusos en cubierta, y por las palabras de los marineros y el tableteo de los motores y aparejos deduje que estábamos zarpando. ¡Era divertido! ¡De crucero con mi solitario padre por el ancho Pacífico! Poco me imaginaba, mientras me reía para mis adentros, quién iba a ser el más perjudicado por esa curiosa broma. Ay, de haberlo sabido hubiera saltado por la borda y regresado de buena gana a las sucias aguas de las que había escapado. No se me permitió salir a cubierta hasta que hubimos dejado atrás los farallones y la última lancha del práctico. Aprecié estas consideraciones de parte de mi padre y me propuse darle las gracias de todo corazón, con los rudos modales de un lobo de mar. No podía sospechar que tenía sus propias razones para mantener oculta mi presencia para todos, excepto para su tripulación. Me habló brevemente de mi rescate por los marineros, asegurándome que el favor me lo debía él a mí, ya que mi aparición había sido realmente oportuna. Había construido el aparato para experimentar algunas teorías concernientes a ciertos fenómenos biológicos, y había estado esperando una oportunidad para utilizarlo.

-Usted ha probado su funcionamiento sin lugar a dudas -dijo, y luego agregó con un suspiro-: pero sólo en el reducido campo de la asfixia.

Pero, para no alargar mi relato, diré que me ofreció un adelanto de dos libras sobre mi futuro jornal por navegar con él, lo cual me pareció excelente, ya que realmente no me necesitaba. Al contrario de lo que esperaba no tuve que unirme al grupo de marineros, en proa, sino que me fue asignado un confortable camarote, y se me designó un lugar en la mesa del capitán. Él se había dado cuenta de que yo no era un marinero común, y resolví aprovechar la oportunidad para recobrar su afecto. Tejí un pasado ficticio para explicar mi educación y presente posición, e hice todo lo posible para entrar en comunicación con él. No tardé mucho en revelar una predilección por la investigación científica, ni él en apreciar mi aptitud. Me convertí en su ayudante, con el correspondiente aumento de mi salario, y a poco comenzó a hacerme confidencias y a exponer sus teorías. Me sentí tan entusiasmado como él.

Los días volaron con rapidez, pues me hallaba profundamente interesado en los nuevos estudios, pasando las horas de vigilia en su bien provista biblioteca, o escuchando sus planes y ayudándolo en el trabajo del laboratorio. Pero nos vimos obligados a diferir algunos experimentos atrayentes por no ser una nave bamboleante el lugar adecuado para trabajos delicados y cuidadosos. Sin embargo me prometió muchas horas agradables en el magnífico laboratorio hacia el que nos dirigíamos. Había tomado posesión de una isla no señalada en mapas de los Mares del Sur, según me dijo, y la había convertido en un paraíso científico.

No llevábamos mucho tiempo en la isla cuando descubrí la horrible red en la que había sido atrapado. Pero antes de que describa los extraños sucesos que acaecieron, debo delinear brevemente las causas que culminaron en una experiencia tan asombrosa como jamás sufrió hombre alguno.

En sus últimos años mi padre había abandonado los mohosos encantos del anticuario y había sucumbido a los más fascinantes que se designan bajo la denominación genérica de biología. Como había sido cuidadosamente instruido en los fundamentos durante su juventud, exploró rápidamente todas las ramas superiores hasta donde había llegado el mundo científico, hasta encontrarse en la tierra virgen de lo desconocido. Era su intención el adelantarse en este territorio inexplorado y en ese punto de sus investigaciones fue cuando el azar nos reunió. Dotado de un buen cerebro, aunque no esté bien que yo mismo lo diga, me sumergí en sus especulaciones y métodos de razonamiento, volviéndome casi tan loco como él. Pero no debería decir esto. Los maravillosos resultados que obtuvimos más tarde señalan a las claras su lucidez. Tan sólo puedo decir que era el ser de más anormal crueldad y sangre fría que jamás hubiera visto.

Después de haber penetrado los misterios duales de la fisiología y la sicología, sus razonamientos lo habían llevado al límite de un gran campo, y para explorarlo mejor, debió iniciar estudios de química orgánica superior, patología, toxicología y otras ciencias y subciencias relacionadas secundariamente con sus hipótesis especulativas. Comenzando con la proposición de que la causa directa del cese de vitalidad, temporal o permanente, era la coagulación de ciertos elementos y compuestos del protoplasma, había aislado y sometido a múltiples experimentos a dichas sustancias. Dado que el cese temporario de vitalidad en un organismo ocasionaba el coma, y el cese permanente la muerte, supuso que mediante métodos artificiales esta coagulación del protoplasma podía ser retrasada, o evitada y hasta combatida en casos extremos de solidificación.

O sea que, olvidándonos del lenguaje técnico, afirmaba que la muerte, cuando no era violenta y en ella resultaba dañado alguno de los órganos, era simplemente vitalidad suspendida; y que, en tales ocasiones, podía inducirse a la vida a reiniciar sus funciones mediante métodos adecuados. Ésta era, pues, su idea: descubrir el método de renovar la vitalidad de una estructura -y probar esta posibilidad práctica por medio de la experimentación- de la que aparentemente ha huido la vida. Desde luego se daba cuenta de la inutilidad del intento luego del inicio de la descomposición; necesitaba organismos que tan sólo el instante, la hora o el día anterior hubiesen estado rebosantes de vida. Conmigo, de forma algo primaria, había comprobado su teoría. Cuando me habían recogido de las aguas de la bahía de San Francisco estaba realmente muerto, ahogado... pero la chispa vital había sido vuelta a encender por medio de sus aparatos aeroterapeúticos, como los llamaba él.

Vayamos ahora a sus oscuros propósitos con respecto a mi persona. Primero me mostró de qué forma me hallaba completamente en su poder. Había enviado lejos el yate por el término de un año, reteniendo tan sólo a los dos negros. Luego me hizo una exposición exhaustiva de su teoría, y esbozó a grandes rasgos el método de prueba que había decidido adoptar, concluyendo con el repentino anuncio de que yo iba a ser su cobayo. Me había enfrentado a la muerte y arriesgado sin temer las consecuencias en muchas aventuras desesperadas, pero nunca en una de esa naturaleza. Puedo jurar que no soy ningún cobarde, y no obstante esta proposición de viajar a uno y otro lado de la frontera de la muerte me produjo un terror pánico. Pedí que me concediera algún tiempo, a lo que él accedió, asegurándome también que tenía un solo camino: el de la sumisión. La huida de la isla estaba fuera de toda cuestión, la huida mediante el suicidio no era nada divertida, pero quizás era realmente preferible a lo que luego iba a sufrir. Mi única esperanza era destruir a mis raptores. Pero esta última posibilidad fue eliminada por las precauciones tomadas por mi padre. Estaba sujeto a una vigilancia constante, incluso durante el sueño, por uno u otro de los negros.

Luego de suplicar en vano, descubrí y probé que era su hijo. Era mi última carta y había puesto todas mis esperanzas en ella. Pero fue inexorable; no era un padre sino una máquina científica. Aún me pregunto cómo fue que se casó con mi madre y me engendró, puesto que no había en su personalidad la más mínima porción de sentimiento. La razón lo era todo para él, y no podía comprender esas nimiedades como el amor o la pena por los otros, excepto como fútiles debilidades que debían ser extirpadas. Así que me informó que si en un principio me había dado la vida, era el más indicado ahora para quitármela. No obstante lo cual, me dijo que no era ese su deseo, que solamente deseaba tomarla prestada de vez en cuando, prometiéndome devolverla puntualmente en el momento señalado. Desde luego que uno se encuentra siempre expuesto a una serie de calamidades, pero no me quedaba otra solución que arriesgarme, tal como sucede con todas las empresas humanas.

Para asegurar su éxito deseaba que me hallase en excelente condición física, así que me sometió a dieta y a entrenamiento como si fuera un gran atleta antes de una prueba decisiva. ¿Qué podía hacer yo? Si tenía que correr el riesgo, lo mejor era hacerlo con la mejor preparación posible. En los intervalos de descanso me permitía ayudarle a preparar los aparatos y asistirlo en los diversos experimentos secundarios. Puede imaginarse el interés que tomé en tales operaciones. Llegué a dominar el trabajo tan bien como él, y a menudo tuve el placer de ver cómo eran puestas en práctica algunas de mis sugerencias o alteraciones. Después de alguno de esos resultados sentía una amarga satisfacción, consciente de estar preparando mi propio funeral.

Comenzó a realizar una serie de experimentos en toxicología. Cuando todo estuvo listo fui muerto por una fuerte dosis de estricnina y convertido en cadáver alrededor de veinte horas. Durante ese período mi cuerpo estuvo muerto, absolutamente muerto. Toda respiración y circulación habían cesado. Pero lo más terrible fue que, mientras tenía lugar la coagulación protoplasmática, retuve la conciencia y pude así estudiarla en todos sus macabros detalles.

El aparato destinado a devolverme la vida era una cámara hermética dispuesta para recibir mi cuerpo. El mecanismo era simple: algunas válvulas, un cilindro con pistón y un motor eléctrico. Cuando estaba funcionando, la atmósfera interior era rarificada y comprimida alternativamente, comunicando a mis pulmones una respiración artificial sin la utilización de los tubos previamente usados. Aunque mi cuerpo estaba inerte y acaso en las primeras etapas de la descomposición, tenía conciencia de todo lo que sucedía. Supe cuándo me colocaron en la cámara, y aunque mis sentidos estaban en reposo sentí los pinchazos de las agujas hipodérmicas que me inyectaban un compuesto que debía reaccionar contra el proceso coagulatorio. Entonces fue cerrada la cámara y puesta en marcha la máquina. Mi ansiedad era terrible, pero la circulación fue restaurada, los diferentes órganos comenzaron a ejecutar sus tareas respectivas, y al cabo de una hora estaba devorando una abundante cena.

No puede decirse que participase en esta serie de experiencias, ni en las subsiguientes, con muy buen ánimo, pero tras dos tentativas de huida fallidas, comencé a tomar el asunto con cierto interés. Además estaba empezando a acostumbrarme. Mi padre estaba fuera de sí por la alegría de su éxito, y al ir transcurriendo los meses sus especulaciones fueron haciéndose cada vez más extremas. Recorrimos las tres grandes series de venenos, los neurológicos, los gaseiformes y los irritadores, pero evitamos cuidadosamente algunos de los irritadores minerales y dejamos de lado a todo el grupo de los corrosivos. Durante el régimen de los venenos me llegué a habituar a morir y hubo un solo incidente que hizo temblar a mi creciente confianza. Haciendo incisiones en algunas veniIlas de mi brazo introdujo una diminuta cantidad del más aterrador de los venenos, el de las flechas o curare. Perdí el conocimiento de inmediato y a continuación se detuvo la respiración y la circulación, de modo tal que la solidificación del protoplasma avanzó con tal rapidez que le hizo perder todas las esperanzas. Pero en el último momento aplicó un descubrimiento en el que había estado trabajando, y obtuvo resultados que lo hicieron renovar sus esfuerzos.

En una campana de vacío, similar pero no idéntica al tubo de Crookes, había colocado un campo magnético. Cuando era atravesado por luz polarizada, no producía fenómeno alguno de fosforescencia, ni proyección rectilínea de átomos, pero emitía unos rayos no luminosos similares a los rayos X. Mientras los rayos X son capaces de revelar objetos opacos ocultos en medios densos, éstos poseían una mayor penetración. Mediante los mismos fotografió mi cuerpo y halló en el negativo un infinito número de sombras desdibujadas, debidas a las actividades eléctricas y químicas que aún proseguían su función. Esto era una prueba infalible de que el rigor mortis en el cual yacía no era real; esto es que aquellas fuerzas misteriosas, aquellos lazos delicados que unían el alma a mi cuerpo todavía estaban en acción. Así pues la acción del curare fue mucho más peligrosa que la de los otros venenos, cuyas resultantes posteriores eran inapreciables, salvo en los compuestos mercuriales, que usualmente me dejaban lánguido por varios días.

Otra serie de experimentos deliciosos fueron hechos con la electricidad. Verificamos la verdad de la aseveración de Tela, quien afirmaba que las corrientes de alta frecuencia eran inofensivas, haciéndome pasar cien mil voltios por el cuerpo. Como esto no me afectaba redujo la frecuencia hasta los dos mil quinientos voltios y así fui electrocutado. Esta vez se arriesgó hasta el punto de dejarme muerto, o en estado de vitalidad suspendida, por tres días. Le llevó cuatro horas volverme a la vida.

En una ocasión me infectó con el tétano, pero la agonía al morir fue tan grande que me negué totalmente a sufrir otros experimentos similares. Las muertes más fáciles fueron por asfixia, tales como sumergirme en agua, estrangularme, y sofocarme con gas; mientras que las llevadas a cabo mediante morfina, opio, cocaína y cloroformo no eran del todo difíciles.

Otra vez, tras ser sofocado, me tuvo en hielo durante tres meses, no permitiendo ni que me descongelara ni que me pudriese. Esto lo hizo sin mi conocimiento previo, y me asusté mucho al descubrir el lapso pasado. Me aterroricé al pensar lo que podía hacerme mientras yacía muerto, y mi alarma fue en aumento al notar la predilección que estaba desarrollando hacia la vivisección. La última vez que fui revivido descubrí que había estado hurgando en mi pecho. Aunque había curado y cosido cuidadosamente las incisiones, éstas eran tan profundas que tuve que guardar cama durante un tiempo. Fue durante esa convalecencia que elaboré el plan mediante el cual finalmente escapé.

Demostrando un entusiasmo desbordante por mi trabajo le pedí, y me fue otorgada, una vacación de mi trabajo de moribundo. Durante ese período me dediqué a experimentar en el laboratorio, mientras él estaba demasiado ocupado en la vivisección de algunos animales atrapados por los negros, como para prestar atención a mi labor.

Fue en estas dos proposiciones que basé mi teoría: primero, la electrólisis, o la descomposición del agua en sus gases constituyentes mediante la electricidad; y segundo, en la hipotética existencia de una fuerza, la contraria a la gravitación, a la que Astor ha denominado "aspergia". La atracción terrestre, por ejemplo, tan sólo mantiene los objetos juntos, pero no los combina; por lo tanto la aspergia es mera repulsión. Sin embargo, la atracción molecular o atómica no sólo junta los objetos sino que los integra; y era la contraria, o sea una fuerza desintegradora, la que no sólo deseaba descubrir y producir, sino también dirigir a voluntad. Tal como las moléculas de hidrógeno y oxígeno reaccionan unas con otras, y crean nuevas moléculas de agua, la electrólisis produce la disociación de estas moléculas, volviéndolas a su condición original, generando los dos gases por separado. La fuerza que yo deseaba tendría que operar no sólo sobre estos dos elementos químicos, sino sobre todos los demás, sin importar bajo qué compuesto se encontrasen. Y si entonces lograba atraer a mi padre a su radio de acción sería desintegrado instantáneamente, y diseminado en todas direcciones como una masa de elementos aislados.

No se debe creer que esta fuerza, cuando estuvo finalmente bajo mi dominio, aniquilaba la materia; no, simplemente aniquilaba su estructura. Ni tampoco, como pronto descubrí, tenía efecto sobre las estructuras inorgánicas; pero para todas las formas orgánicas era absolutamente fatal. Esto me produjo cierto asombro al principio, aunque si hubiera pensado más detenidamente hubiera comprendido con rapidez la razón. Dado que el número de los átomos de las moléculas orgánicas es mucho más grande que el de las complejas moléculas minerales, los compuestos orgánicos se caracterizan por su inestabilidad y por la facilidad con que son disgregados por las fuerzas físicas y los reactivos químicos.

Dos tremendas fuerzas eran proyectadas por dos potentes baterías, conectadas con magnetos construidos para este fin. Separadas una de la otra eran completamente inofensivas, pero cumplían su objetivo al converger en un punto en medio del aire. Después de casi haber demostrado su funcionamiento escapando por un pelo de ser disipado en la nada, preparé la trampa. Escondí los magnetos de forma tal que su fuerza convergía frente a la entrada de mi alcoba en un campo mortal, y coloqué en mi cama un botón desde el cual podía conectar la corriente de las baterías, hecho lo cual me introduje en el lecho.

Los negros todavía vigilaban mi dormitorio, relevándose uno al otro a medianoche. Conecté la corriente tan pronto llegó el primero. Apenas había logrado adormecerme cuando fui despertado por un vibrante tintineo metálico. Allí, en el umbral de la puerta se hallaba Dan, el San Bernardo de mi padre. Mi guardián corrió a tomarlo. Desapareció como una bocanada de aire, sus ropas cayeron al suelo en un montón. Se notaba un ligero olor a ozono en el aire, pero dado que los principales componentes gaseosos del cuerpo son el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno, que son igualmente inoloros e incoloros, no se notaba otra manifestación de su desaparición. No obstante, cuando desconecté la corriente y recogí las vestiduras, hallé un precipitado de carbono en forma de carbón animal, y otros sólidos: los elementos aislados de su organismo, tales como azufre, potasio y hierro. Volví a instalar la trampa y retorné a la cama. A medianoche me levanté y recogí los restos del segundo negro, y luego dormí pacíficamente hasta el amanecer.

Me despertó la estridente voz de mi padre que me llamaba desde el otro lado del laboratorio. Me reí para mis adentros. Nadie lo había despertado y había dormido más de la cuenta. Pude oírlo mientras se acercaba a mi habitación con la intención de hacerme levantar, por lo tanto me senté en la cama, para observar mejor su eliminación, o mejor debería decir su apoteosis. Se detuvo un momento en el umbral, y luego dio el paso fatal. ¡Puf! Fue como el viento soplando entre los pinos. Desapareció. Sus ropas cayeron en un fantástico montón sobre el suelo. Además del ozono noté un débil olor a ajo producido por el fósforo. Algunos sólidos elementales yacían entre sus vestimentas. Eso era todo. El ancho mundo se abría ante mí. Mis carceleros ya no existían.

Un ojo de vidrio; memorias de un esqueleto. Alfonso Castelao (1886-1950)

Lector:
Cierto día se quedó mirándome una vaca. ¿Que me mirará?, pensé yo; y en aquel instante la vaca bajó la cabeza y siguió comiendo hierba. Ahora ya se que la vaca sólo dijo:

—Bah, total un hombre con anteojos.

Y a lo mejor yo no soy más que lo que vió la vaca. He ahí la alegría de pensar que cuando mi calavera esté al descubierto ya no podrá juzgarme ninguna vaca. La muerte no me asusta, y el mal que le deseo a mi enemigo es que viva hasta sobrevivirse. Yo soy de los que se estrujan la cara para palpar la propia calavera y jamás huyo de los cementerios. Tanto es así que tengo un amigo enterrador en un cementerio de la ciudad. Este amigo mío no es, de hecho, amigo mío; es solamente un objeto de experimentación, un conejillo de indias. Un enterrador sabe siempre muchas cosas y las cuenta con humor. Un enterrador de ciudad que desnuda y descalza a los muertos para surtir las tiendas de ropa de segunda mano, tiene que ser el hombre que le hace falta a un humorista. Un enterrador que saca una buena soldada del oro de los dientes de las calaveras tenía que ser amigo mío.

Este enterrador se tiene por hombre de bien y me cuenta cosas trágicas que hacen reír y me cuenta cosas de reír que dan miedo, y con las sorpresas en su conversación se pasan las horas sin que me dé cuenta. Bueno; el cuento fue que un día tomé el camino del cementerio y encontré al enterrador un poquillo… no sé cómo, y después de hablar mucho me dijo que tenía que contarme en secreto una cosa, siempre que fuese yo un hombre de bien y amigo leal. Me quede un poco acobardado por el miedo a la sorpresa desconocida y, después de cogerme por el hombro y acercarme sus labios podridos a la oreja, me dijo en voz baja:

-¡Encontré unos papeles en una caja...! En una caja que no se de quién sería. El esqueleto tenía en la calavera un ojo de vidrio que me miraba con resentimiento.

Y el enterrador saco de entre el abrigo unos papeles arrugados. El enterrador no sabía leer y me los dio a mí para que se los leyese. Eran trozos de periódico, papeles de fumar... todos numerados, y en el primero campaban estas palabras: “memorias de un esqueleto”.

Aquella letra era trabajosa de leer y estaba escrita con un tizón. Cuando terminé la lectura ya había empezado a anochecer y el enterrador, muy mosqueado, juró que si no fuese por Dios se iba al esqueleto y le destrozaba la calavera con una azada. Me despedí de él y cuando ya iba por la carretera, camino de la ciudad, oí que me llamaba desde la puerta del cementerio.

-¡Oiga, venga aquí!
Y después en voz baja y muy solemnemente me dejó en la oreja esta pregunta:
-Usted, que es médico, ¿no sabría dónde compran ojos de vidrio?
Y por cuatro cuartos me hice dueño del ojo de vidrio y de las memorias.

Las memorias del esqueleto son lo que vais a leer. Escuchad pues a un hombre del otro mundo, rogándoos por adelantado que no me hagáis partícipe de sus ideas. Yo nací, crecí y me hice hombre, y un buen día se me enfermó un ojo. Fui a los médicos y me soplaron un puñado de dinero y a fin de cuentas el ojo sanar sanó, pero me quedó turbio. Por aquel tiempo tenía un gallo tan cariñoso que venía a comer de mi mano. Le llamaban Tenorio. Un día estando yo agachado con los granos de maíz en la palma de las manos se vino hacia mi, despacito, pisando la tierra con aquel aire de señorón hidalgo. Se planta delante de mí, levanta el pescuezo para mirar de cerca, quizá burlonamente, aquel malhadado ojo turbio mío, y pensando que sería algo de comer, me dio un picotazo tan bien dirigido que me dejó tuerto. Ahora sí, los médicos, después de sacarme otro puñado de dinero, me pusieron un ojo de vidrio, tan bien imitado que se movía y todo.

¡A cuántas mujeres embauqué guiñándoles el ojo de vidrio…!

Morí entre cobertores como mueren a menudo los buenos hombres, y bien afeitado y bien peinado y con mi traje de los días de fiesta –que por cierto me lo llevó el enterrador al día siguiente de enterrarme- fui para debajo de los terrones sin que nadie se acordase de quitarme el ojo de vidrio. Tumbado en mi caja de pino reposé muchos días, tantos que perdí la cuenta. Me pudrí pronto y a los pocos días de enterrado empezaron los gusanos a hacerme cosquillas. Es necesario decir que aquí no está permitido presentarse en sociedad con harapos de carne apestosa pegada a los huesos, pues los esqueletos que ni ven ni comen, huelen tan bien como los vivos; así fue que mientras los gusanos no comieron el poco magro que traje, no me pude levantar. Fue una noche de luna llena cuando salí de la cueva por primera vez. Trabajito me costó desentumecer las piernas y cuando me levanté y saqué la cabeza fuera de la tierra me quedé pasmado… Aquel ojo de vidrio que de nada me sirviera en vida me sirve ahora para mirar.

Loco de contento me quité el ojo, le di cuatro besos y lo volví a poner en su sitio. De un brinco salté de la cueva y fui hacia la plaza de los esqueletos. Los esqueletos son tan tontos como las personas. Basta decir que no piensan más que en bailar. Para mi todos los esqueletos son iguales. Me pasa en este mundo de huesos lo que me pasaba en el otro con los negros, que todos me parecían iguales. En cambio ellos, entre si, se conocen bien. Debe de ser porque ellos son ciegos y yo veo. Harto de mirar a mis compañeros bailando como si fuesen osos al son de la “Danza macabra” de Saint Saëns, me aparté de la plaza y me fije en un esqueleto que estaba sentado en un claro y que tenía la calavera ladeada (expresión de tristeza y melancolía en este mundo). Me acerqué a él y miré cómo en el hueco de las caderas tenía escondido un esqueleto pequeñito. Pronto me di cuenta de que era un esqueleto de mujer y le pregunté, cariñoso:

-¿Será usted alguna de las mujeres que mataron en Oseira, Nebra, o Sofán?
-No, señor, no –me respondió-. ¡Yo morí de tristeza!

Después me di cuenta de que en los huesos de la cadera no tenía agujero de bala

- Muy honda debió de ser la tristeza – le dije.
- Si, señor. Morí enamorada del hombre que se pudre bajo esta piedra.

Y mirando la piedra pude leer un epitafio en castellano, y colgando de la cruz vi un retrato con marco de varilla dorada. Era un sargento de bigote orgulloso fumando un puro con anilla. No quise saber más y me fui a acostar. En estos días hay muchos entierros. No se si habrá peste, pues revolución no debe haberla con la cobardía que tienen los vivos. Quizá haya huelga de médicos, aunque no creo que los médicos puedan evitar la muerte. Frente a mi enterraron a uno, y para salir de dudas golpeé su caja.

-¿Hay peste en la ciudad?
-¡Yo qué se!- me contestó una voz como si saliese por una boca llena de gachas. (debe tener ya la lengua podrida)
-¿Entonces usted no sabe de qué murió?
-¿Yo? ¡Yo me pegué un tiro!

Me dieron ganas de reír, pero no pude. Los esqueletos no ríen a carcajadas. El estómago es la fuente de la carcajada, y sin estómago no puede haber carcajada.

-¿Entonces habrá huelga de médicos?
-No hay huelga, no; porque antes de enterrarme dos médicos arremangados como dos carniceros me abrieron la cabeza con un serrucho.

Cerca de mi reposa un zapatero. Me contó sus penas en un tono menor.

-Yo tenía una voz de trueno, una voz que metía miedo de lo honda que era, y en calidad de fenómeno entré como bajo en el orfeón; mas al poco de entrar el director me dijo que desafinaba y tuvieron el cuajo de echarme fuera. Dios me había regalado una buena garganta y no me dio oreja… Tan triste quedé que perdí el color y el fuelle para trabajar, me desgané, enflaquecí y me puse a morir. Todas las noches escuchaba los ensayos del orfeón escondidito en las sombras de la calle, suspirando seguido con el alma dolida. La tristeza fue estrujándome la caja del pecho y en el último ensayo del orfeón se me escapó la vida en un suspiro sutil.

El pobre zapatero murió de añoranza. Por matar el tiempo fui al cementerio civil. Allí no se baila; allí todo es serio. Cuando entré me fui hacia un grupo de esqueletos que estaban escuchando la cantinela de una calavera que tenía una agujero en una sien (calavera de suicida muy siglo XIX). Sus palabras les tenían a todos con la boca abierta; pero en la media hora que estuve escuchándolo ni siquiera pude recoger una idea. Aquel suicida tenía un solo ideal: la República. Yo en el mundo también fui un poco republicano aunque nunca pensé que la República fuese suficiente para gobernar España. Lo que más me hirió de aquella gente fue que no quisiesen hablar gallego, sabiendo que los esqueletos no pueden hablar bien el castellano. No hay vuelta que darle: sin garganta no puede pronunciarse la “j” ni la “g” fuerte.

Oyéndoles decir que el progreso va hacia la unidad tomé la palabra para aclarar que el progreso iba hacia la armonía y que si el progreso fuese hacia esa unidad antipática, antiestética, antinatural y criminal, por encima del progreso está la perfección, y que nosotros, los gallegos, por un deseo de perfección y por una dignidad que ya va siendo dignidad personal, no debíamos consentir que en el habla de nuestros abuelos se expresase sólo la incultura que le debemos al centralismo. En aquel momento me olvidé de que no era hombre ni sujeto de derecho. ¡Ay! Yo ya morí y no soy nada y aún seré menos cuando la tierra me coma del todo. Comprendiendo que estaba en el mundo de los esqueletos, volví a decir:

-¿Cómo queréis hablar castellano si no tenéis garganta?

No acababa todavía de soltar la última palabra cuando un esqueleto estirado y fuerte, tirando de mí, me apartó de aquella reunión diciéndome:

-Vostede facer mal falar con oitocentistas. (Usted hacer mal hablar con ochocentistas)

¡Era un inglés que hablaba gallego! Soy muy amigo del inglés. Juntos paseamos muchas veces. Ayer salimos del cementerio y fuimos por la calle hablando de mil cosas; por cierto que un mozo que iba tocando en el acordeón un pasodoble flamenco, al vernos, tiró el acorrercerdos (así le llamaba yo cuando vivía) y huyó como un relámpago. El inglés y yo saltábamos para echar fuera la risa que teníamos en el alma.

Volviéndonos al cementerio hablamos de la tierra.

¡Mucho hablan de la tierra los vivos! Una cosa es la tierra y otra cosa es el paisaje. Para los vivos la tierra es una cosa muy hermosa por cierto, para los muertos la tierra son las tinieblas. Yo pienso que no moriríamos si la tierra no nos necesitase para echar hierbecitas y florecitas y lucirse a cuenta de los que se pudren. Creo que fue María Guerrero quien en un momento de cursilería y para embaucar a un hato de gallegos tontorrones, le dio un beso a un puñado de tierra gallega. ¡Mejor hubiera sido que besara la costra de un pino o la corteza de un roble! La tierra gallega metida en una olla es como la tierra castellana, pongo por comparación. Los hermanos pinos y los hermanos castaños, que ha de tragar la tierra, esos si que son gallegos. Acabo de descubrir un gran defecto en el inglés. El descubrimiento me ha costado una profunda pena. Parece mentira que un alma tan recta y tan inteligente tenga un humor tan poco noble.

El inglés viene a buscarme casi todos los días a mi tumba y, como yo soy perezoso para levantarme, se entretiene hablando y jugando con el esqueleto de un niño que reposa cerca de mí. Mirad qué clase de juego entretenía al inglés. Le daba un coscorrón en la calavera al chico y se la tiraba al suelo, y después se ponía a saltar. El pobre esqueletito buscaba a tientas la calavera y después se la ponía en su sitio diciéndole al inglés:

-¿Qué mal le hice yo? ¡Estése quieto!

El inglés prometía estarse quieto y enseguida volvía a tirarle la calavera al pobre esqueletito. Y así hizo muchas veces. Cuado me di cuenta de ello me enfrenté al inglés, que me respondió fríamente:

-Yo divertirme mucho. Yo sentir no estar en el otro mundo para dar al chico una esterlina.

Los obreros del mundo quieren las patatas baratas, los labriegos quieren que suban las patatas y hay hombres que no viven de las patatas. Aquí las patatas no son ningún problema; mas por lo que fuimos en el mundo respecto de las patatas, nos dividimos en dos castas. En el camposanto hay un patatero que murió de hambre y que hoy tiene un mausoleo de mármol. Fue un hombre de gran merecimiento en vida; pero ahora es insoportable a fuerza de pensar que no nacerá en el mundo quién lo aventaje como poeta. Otro esqueleto de mausoleo de mármol fue un “americano” que, harto de embaucar a los indios en el Chaco con cuentas de vidrio, murió en olor de santidad, dejando dinero para escuelas y hospitales. Su mausoleo tiene en el pico un símbolo de la Caridad en forma de ama de cría. Este filántropo todavía conserva un bisoñé que me hace saltar de risa.

El filántropo y el poeta se tienen mucha manía. El filántropo dice que el poeta no hizo más que “macanas” (supongo que querrá decir versos). El poeta dice que el filántropo fue un bestia. De esos que “sobre el bien y el mal consultan simplemente el código penal”.

El poeta no tiene mucho seso. Anda siempre pidiendo una calavera prestada para recitar el monólogo de Hamlet, y aún hace más locuras. El filántropo no hace ni dice nada que merezca contarse. Sin dinero tiene muertas todas sus actividades. Ahora ya se por qué el inglés me tenía en tan gran estima. ¡Ya lo veo! Me pidió prestado el ojo; pero yo con dulces palabras y muy buenas razones le dije que no se lo prestaba. Debajo de una cruz de palo mal pintada con herrumbre, reposa un esqueleto que, según dice, fue tan desventurado en el otro mundo como feliz es en éste.

-Yo era criada de servir – me contó- . Aunque no era bonita tenía juventud. Un día se me cayó un diente y cierto demonio de señorito, que andaba detrás de mí, me ofreció dinero para que fuese al dentista. Me miré al espejo y enseguida comprendí cuánto me afeaba aquel hueco en la boca, y tanto revolvió el señorito en mi locura juvenil que me dejé poner el diente… ¡Ay!, aquel diente me costó un hijo; aquel hijo me costo el crédito y cuanto tenía de buena moza. Caí en picado y me encontré con la muerte, sin saber lo que era un traje de seda ni un sorbo de champán. Fea viví, maltratada y golpeada; ahora puedo dormir.

Esta sencilla historieta me dejó entristecido. Me acuerdo de que siendo yo niño llegó mi padre de América. El pobre no trajo más que unos borceguíes viejos y un tarro mediado de bicarbonato; venía enfermo y murió pronto. Siempre lloré el fracaso de mi padre que, en mi admiración de hijo, lo tuve por el más bueno, valiente, inteligente y fuerte del mundo entero. Aquellas tierras lejanas que sorbieron la vida de mi padre fueron muy a menudo malditas por mí. Mi padre era digno de volver sano y millonario. Ayer en la plaza hablábamos de nuestras vidas y me llego el turno de contar la mía. Todavía no había terminado de contarla, cuando un esqueleto, de esos esqueletos que parecen tontos, se levantó como un relámpago y me dio un abrazo tan fuerte que me rompió una costilla.

¡Era mi padre! Con cierto esqueleto que se trajo en la cabeza una biblioteca entera hablo de muchas cosas y de todas sabe muchas mi amigo. De todas sabe mucho, menos de lo que es el humorismo. Cuando llegamos en nuestras controversias a tal punto, mi amigo hace cuatro o cinco funambulismos filosóficos, estudia el humorismo de los grandes humoristas, pasan las horas y al final terminamos sin saber nada del asunto. A veces parece que va a llegar a la definición y de repente enreda más el hilo. Un esqueleto tiene que tener humor y un esqueleto gallego mucho más todavía. Un gallego es siempre socarrón o humorista y la socarronería es el humorismo de los incultos así como el humorismo es la socarronería de los cultos. Un esqueleto gallego que trajo una biblioteca en la cabeza debía definir el humorismo y no lo define, y según dice no hubo nadie que lo definiese todavía.

Yo que no traje más de tres o cuatro libros en la cabeza, le pongo ejemplos como estos:

-Un niño pequeñito rompe una botella de aceite en los adoquines de la calle y el pobre se echa a llorar. Un hombre gordo desde la puerta de una tienda mira al niño y se ríe ¿cuál de las figuras le interesa más al humorista?
-Por la puerta de una iglesia salen dos novios recién casados. La novia -¡pobrecilla!- no puede tapar lo que lleva de siete meses. En la puerta de la iglesia hay mucha gente. A una mujer gorda le tiembla la barriga de risa. Un hombre, que tiene un libro debajo del brazo, mira sereno la escena. Una mujer del pueblo pone cara de pena. Otra mujer, también del pueblo, arruga la nariz y murmura por lo bajo palabras como estas: ¡Sinvergüenza! ¿Quién de estos es el humorista?
-Un médico busca el bacilo de Koch en el esputo de un amigo suyo y de repente levanta la cabeza, respira fuerte y dice suspirando: “¡Lo encontré!” ¿Puede ser humorista este hombre?
-Vestir a un niño de torero o de militar en carnaval, ¿puede ser humorismo?
-Le diré... le diré –contesta siempre el esqueleto sabio-. Y no me dice nada.

Yo bien podía escribir algo de la Santa Compaña; pero el pueblo gallego se quedaría sin un misterio en las largas noches de invierno, cuando la imaginación hierve en la cabeza como el caldo en la olla. No; yo callaré como una lápida. El que “anda” con los muertos que pierda el color de las mejillas, que enflaquezca y que muera. La Santa Compaña hace falta en las cocinas cálidas alrededor del lar, cuando silba el viento en las tinieblas de la noche. Hoy mi padre, con un lagarto apresado en las manos, me habló de este modo:

-Tengo que ir a San Andrés de Teixido para cumplir una ofrenda que hice y no cumplí en vida. Mi alma tiene que reencarnarse en este lagarto y tardaré mucho en volver.
Te pido que cuides mi tumba y que de vez en cuando le eches un vistazo a mi esqueleto, porque tengo un vecino cojo y puede robarme una pierna.

Quisiera estar enterrado en un cementerio aldeano, en el atrio de la iglesia… ¡con qué gusto escucharía en las alegres mañanas de domingo las conversaciones de los feligreses! En este cementerio de ciudad la gente no viene más que a hablar de los muertos, ¡y cuántas tonterías dicen…! Luego mis compañeros, acostumbrados a las regalías del otro mundo o fracasados en la vida, no hacen más que llorar por lo que perdieron o por lo que no consiguieron. Desde hace tiempo vengo advirtiendo que un hombre de carne y hueso sale de una tumba, escala por la pared del cementerio y huye hacia la ciudad. De ahí a dos o tres horas vuelve al cementerio enterrándose en un decir amén debajo de la tierra. La primera vez que me di cuenta de tal cosa no quería dar crédito a mi ojo; pero el caso se repitió muchas veces seguidas.

Una noche me puse al acecho esperando a que surgiese de la tierra y fui detrás de él. Correr corría el condenado; pero yo, escurriéndome por las sombras de los muros, no le quité el ojo de encima. Llegó al barrio más pobre de la ciudad y se paró delante de una chabola entrando después en ella por una rendija de la puerta. Yo subí al tejado y salté a la huerta que daba a la parte de atrás de la chabola, y por un agujerito pude ver la escena más horrible que pudiera imaginarse. Una lamparita de aceite alumbraba suavemente la carita flaca y cadavérica de una muchacha que dormía en un lecho misérrimo. El fantasma se acercó a ella y estuvo un montón de tiempo con los labios posados en el cuello de la muchacha. Cuando se levantó tenía la boca orillada de rojo, mientras del pescuezo de la joven corría un hilo de sangre y en la piel de su carita flaca se adivinaba la blancura de la muerte.

Aquel fantasma era un vampiro.

Al día siguiente el fantasma chupó la última sangre que podía dar la pobre muchacha. Cuando todavía estaba caliente la última campanada de las doce en el campanario de la iglesia, aullaron los perros oliendo la muerte. El vampiro siguió sorbiendo la sangre de más víctimas, que iban muriendo como las lámparas de aceite chupadas por los murciélagos. Quise saber quién había sido el vampiro en el mundo de los hombres y fui a leer su nombre de bronce en el rico mármol de la lápida. El nombre solo fue bastante: había sido un canalla que robaba para darle gusto a su estómago de cerdo; dueño de la justicia, robaba desde su cómoda casa. ¿Para qué decir más? Era... ¡era un cacique!

Yo quería encontrar la manera de darle muerte al vampiro. Busca por aquí, revuelve por allá… no pude abarcar en los recovecos de mi mente una buena manera de matarlo, y quise hablar con el esqueleto que trajo una biblioteca en la cabeza para ver si me iluminaba su conversación.

-En el vampirismo creen muchos pueblos y hay muchas pruebas judiciales de apariciones de fantasmas que chupaban la sangre de personas; pero yo creo que no se les debe dar crédito a semejantes cuentos. Pasaron los tiempos en los que el verdugo quemaba los cadáveres sospechosos de vampirismo, y hoy no se permitiría a nadie clavar una estaca en el corazón de un cadáver.

Mi amigo, lleno de ciencia oficial, se burlaba de la gente sencilla que cree en los vampiros. Yo guardé mi secreto para no pasar por tonto y seguí preguntando solapadamente:

-¿Y hay sabios en el mundo que crean en el vampirismo?
-Los hay. La fundadora de la Teosofía habla de eso y cuenta muchos hechos. Si mal no recuerdo recoge la explicación del fenómeno por causas físicas. Cuando un muerto aparente estuvo muy apegado a la materia y fue en vida un malvado, su cuerpo astral, envuelto en su doble etéreo, sale de la sepultura con el objeto de mantener el cuerpo físico con la sangre que chupa de los vivos, y de esta manera se perpetúa el estado cataléptico del enterrado. El cuerpo astral transfiere la sangre de una manera todavía desconocida, pero esperan que cualquier día sea explicado por la ciencia psicológica.
-¿Y usted ni siquiera tiene dudas?
-Yo, que soy un hombre sesudo, no creo; aunque, la verdad, me hacen pensar ciertas cosas, como son las muertes aparentes y el hecho de que se hayan encontrado cadáveres que todavía tenían la carne blanda, los ojos abiertos, la piel sonrosada, la boca y la nariz llenas de sangre fresca, que también surgía de las heridas que, por asesinato o por ajusticiamiento, les produjeron la muerte. Eso cuentan viejos documentos.
-¿Y de qué manera se le da muerte al vampiro?
-Pues para apartar el cuerpo astral del físico no hay otro remedio que quemar el cadáver.

No quise saber más. Me aparté de mi biblioteca y pensé para mis adentros: “vampiros hay; por tanto, por las buenas o por las malas, debía quemarse a todos los caciques. Los caciques son capaces de hacerse los muertos para seguir viviendo a cuenta de los pobrecillos”.

Fin

Lector:
Ya que leíste las memorias del esqueleto enterrado en un cementerio de ciudad y ya que te entretuviste aprendiendo cosas del más allá que no sabías, bien puedes escucharme un ratito a mí para terminar rápido. Una cosa que hice con premeditación y nocturnidad podría llevarme a la cárcel si hubiera testigos, mas yo te aseguro que no fue por hacer mal. Escucha. Con el ojo de vidrio comprado al enterrador de ciudad cogí el camino de la parroquia de Tal y allí, en el atrio de la iglesia y ayudado por un hombre valiente, pasada la media noche, abrí la sepultura donde reposa para siempre jamás un amigo mío. ¡Miedo pasé!

Mi amigo fue un muchacho de gran inteligencia y espíritu superior a toda alabanza. Estudiamos juntos en la vieja Compostela y la gripe me lo escamoteó. Como última prueba de honda amistad quise hacerle el regalo del ojo de vidrio. ¡Después de todo yo no lo quería para nada…! Abrimos la tapa de la caja bien despacio para no descolocar el esqueleto. Oh, lector: mi amigo conservaba su traje y sus zapatos nuevos, prueba de que el enterrador de aldea es mejor cristiano que su colega de la ciudad. En la cuenca derecha de su calavera dejé el ojo de vidrio, encima de sus manos deje un bloc de papel y un lápiz. Y acercándome al agujero del oído, le dije así:

-Querido Pedro: ahí te dejo un ojo de vidrio para que veas, papel y lápiz para que escribas. Serás el rey en este cementerio, pero te ruego que no te vuelvas cacique. Pasados unos meses vendré a recoger cuanto escribas. Perdóname, querido, que no te dé un beso. Adiós y hasta luego.

Si cuanto escriba mi amigo es digno de interés te aseguro que será publicado para que compares y veas que no es lo mismo ser enterrado en el atrio de una iglesia que en un cementerio de ciudad.

Entretente como puedas, lector, y no te digo más.