sábado, 24 de junio de 2017

Un extraño suceso en la vida de Shalken, el pintor. Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873)

(De los papeles dejados por el difunto Francis Purcell, Párroco de Drumcoolagh)
Sin duda le sorprenderá a usted, mi querido amigo, el tema de la presente narración. ¿Qué tengo yo que ver con Schalken o Schalken conmigo? Sin duda, habría vuelto a su país natal, y probablemente estaría ya muerto enterrado antes de nacer yo; jamás visité Holanda ni hablé con un natural de ese país. Creo que todo esto ya lo sabe usted. Debo, pues, en primer lugar, demostrarle que sé de buena tinta lo que sé, y manifestarle con franqueza cómo ha llegado hasta mí la extraña historia que voy a exponer ante usted. Yo tuve amistad, en mis años mozos, con cierto capitán Vandael, cuyo padre había servido al rey Guillermo en los Países Bajos y también en mi desdichada patria durante la campaña irlandesa. No sé por qué me agradó la compañía de este hombre, pues diferíamos en ideas políticas y religión; pero el caso es que me agradaba; y precisamente gracias al libre intercambio de ideas a que nuestra amistad dio lugar, llegué a conocer el curioso relato que va a oír seguidamente. Con frecuencia me había llamado la atención, cuando iba a casa de Vandael, un cuadro notable, en el que, a pesar de no ser ningún connoisseur, no podía dejar de discernir ciertas peculiaridades muy llamativas, particularmente en la distribución de luces y sombras, así como también una singularidad en el dibujo mismo, que despertaron mi interés. El cuadro representaba el interior de lo que podría tomarse por cámara de algún antiguo edificio religioso. El primer término estaba ocupado por una figura femenina envuelta en una especie de blanca hopalanda, cuya parte superior le ocultaba parcialmente la cabeza a modo de velo. El hábito, sin embargo, no pertenecía estrictamente a ninguna orden religiosa concreta. En su mano, la figura porta una lámpara, a cuya sola luz están iluminadas su figura y su rostro; las facciones están animadas por una sonrisa pícara, semejante a la que las mujeres bonitas suelen mostrar cuando ponen en práctica, con éxito, alguna travesura; al fondo, totalmente en sombras, excepto en un rincón, donde se divisa la tenue luz roja de un fuego agonizante que sirve para definir las formas, se alza la figura de un hombre vestido a la antigua usanza, con jubón y todo lo demás, en actitud de alarma, colocada su mano en la empuñadura de la espada, la cual parece estar a punto de desenvainar.

—Hay cuadros —dije a mi amigo—, que le dan a uno, no sé por qué, la impresión de que representan no sólo las meras formas ideales que hayan cruzado por la imaginación del artista, sino escenas, caras y situaciones que han tenido algún día existencia real. Cuando miro ese cuadro tengo la certeza de que estoy contemplando la representación de una realidad.
Vandael sonrió y, fijando su vista en la pintura, musitó:
—Su fantasía no le engaña, mi buen amigo, pues ese cuadro es testimonio, y creo que muy fiel, de un suceso notable y misterioso. Fue pintado por Schalken, y la cara de la figura femenina que ocupa la parte más destacada de la obra es un exacto retrato de Rose Velderkaust, sobrina de Gerard Douw, la cual fue el primero y creo que el único amor de Godfrey Schalken. Mi padre conoció bien al pintor, y supo de sus propios labios la historia del drama misterioso, una de cuyas escenas reproduce el cuadro. Esta tela, que se considera como un finísimo ejemplo del estilo de Schalken, fue legada a mi padre por voluntad del artista; y, como usted ha observado, es una producción tan sorprendente como interesante.

Rogué a Vandael que me refiriese la historia del cuadro y fui complacido en seguida; así es como puedo ahora ofrecerle a usted una fiel relación de cuanto oí yo mismo, dejando a su criterio el rechazar o aceptar la veracidad de la tradición. Sólo le haré esta única advertencia: que Schalken fue un holandés rudo y honrado, totalmente incapaz de dejarse arrastrar por su imaginación; y más aún, que Vandael, de quien oí la historia, parecía firmemente convencido de su veracidad. Pocas figuras hay sobre las que el manto del misterio y de lo novelesco parezca flotar más tenebrosamente que sobre la del tosco y grosero Schalken —el rústico holandés —, hombre rudo y terco, pero también el más hábil de los pintores cuyas obras entusiasman a los expertos de hoy en día casi tanto como sus modales disgustaron a los refinados de su tiempo; y, sin embargo, este hombre tan rudo, tan terco, tan descuidado, casi debería decir salvaje en su porte y modales durante su época de éxito posterior, había sido elegido por la diosa caprichosa, en su años mozos, como héroe de una novela no desprovista de interés ni misterio. ¿Quién puede decir cuán apto habría sido en sus años jóvenes para representar el papel de amante o héroe? ¿Quién puede decir que en su mocedad haya sido el mismo áspero, huraño y tosco patán que fue en su edad madura? ¿O hasta qué punto la descuidada rudeza que ulteriormente caracterizó su aspecto y modales no puede haber sido el desarrollo de esta apática indiferencia que a menudo se origina en las amargas desgracias y conflictos de los años tempranos? Estas preguntas ya nunca podrán ser respondidas. Debemos contentarnos, pues, con la simple relación de los hechos, o al menos, de lo que como tales han sido recibidos y transmitidos, dejando a un lado el tipo de especulación.

Schalken era un adolescente en su época de estudios con el inmortal Gerard Douw; y pese a la constitución flemática y modales impasibles de que gozaba (según tenemos entendido), al igual que la mayor parte de sus compatriotas, no fue capaz de sentir hondas y vivas impresiones; está demostrado que el joven pintor sentía considerable interés por la bella sobrina de su poderoso maestro. Rose Velderkaust era entonces muy joven, no habiendo alcanzado, en la época a que se remonta esta narración, los diecisiete años todavía; y, si la tradición es cierta, poseía todos los dulces y risueños encantos de las bellas y rubias doncellas flamencas. No llevaba aún Schalken mucho tiempo estudiando en la escuela de Gerard Douw, cuando empezó a sentir que este interés se hacía más profundo, hasta transformarse por fin en un sentimiento más agudo e intenso de lo que era compatible con la paz de su honrado corazón holandés; y al mismo tiempo percibió, o creyó percibir, halagüeños síntomas de reciprocidad en el objeto amado, lo cual acabó con cualquier indecisión que hasta entonces pudiera haber tenido y bastó para impulsarle a consagrar a ella exclusivamente todas las esperanzas y sentimientos de su corazón. En pocas palabras: estaba tan enamorado como puede estarlo un holandés. No anduvo remiso en dar a conocer su pasión a la hermosa doncella que la inspiraba; y su declaración provocó una confesión similar por parte de la joven.

Schalken, sin embargo, era hombre pobre y no poseía ninguna ventajosa compensación, en cuanto a linaje o de otro tipo, que indujese al viejo maestro a consentir una unión que complicaría a su sobrina y ahijada en las dificultades de un joven artista sin amigos ni recursos. Estaba por ello dispuesto a esperar hasta que el tiempo le diese oportunidad de alcanzar el éxito; y entonces, si sus trabajos resultaran suficientemente lucrativos, era de esperar que su proposición fuese al menos escuchada por el celoso tutor. Pasaron meses y, estimulado por las sonrisas de la joven Rose, los esfuerzos de Schalken se redoblaron de tal modo que pronto pudo alimentar razonables esperanzas de que se realizasen sus deseos, así como de adquirir fama y nombre en su arte antes de que transcurrieran muchos años. El mismo curso de esta feliz prosperidad estaba, sin embargo, destinado a experimentar una brusca y formidable interrupción; y ésta sería, además, de un cariz tan extraño y misterioso que frustraría toda investigación ulterior y arrojaría sobre los propios sucesos una sombra de horror casi sobrenatural.

Schalken se había quedado una tarde en el estudio del maestro hasta bastante más tarde que sus condiscípulos, quienes, menos aplicados, se habían aprovechado alegremente de la excusa que la media luz del crepúsculo les ofrecía, para abandonar sus tareas y terminar la jornada en el alegre bullicio de la taberna. Pero Schalken trabajaba en pos de la perfección, o, mejor dicho, del amor. Además, estaba ahora ocupado simplemente en esbozar un dibujo, tarea ésta que, a diferencia de la de colorear, podía ser continuada mientras hubiese luz suficiente para distinguir el lienzo del carboncillo. No había descubierto aún, ni por supuesto lo hizo hasta mucho después, los peculiares poderes de su lápiz, y se dedicaba a la sazón a componer un grupo de trasgos y demonios extremadamente pícaros y grotescos, entregados a la tarea de inflingir ingeniosos tormentos a un panzudo y sudoroso San Antonio, reclinado en medio de ellos, y aparentemente en último grado de embriaguez. El joven artista, sin embargo, aunque capaz aún de ejecutar, o incluso de apreciar, algo verdaderamente sublime, tenía, no obstante, discernimiento suficiente para no caer en el vicio de la complacencia a toda cosa ante su propia obra; y muchas eran las pacientes borraduras y correcciones que habrían sufrido los miembros y rasgos de santo y demonios, sin que ninguna de ellas, empero, produjese, en su nuevo arreglo, mejoría alguna en el efecto general. El vasto salón, pasado de moda, estaba en silencio y, a excepción de él, totalmente desierto. La luz del día había declinado ya, y el crepúsculo iba dando paso rápidamente a la oscuridad de la noche. La paciencia del joven estaba agotada, y permaneció en pie ante su incompleta producción, sumido en no muy agradables reflexiones, una mano enterrada entre las mechas de su largo cabello oscuro, y la otra sosteniendo el trozo de carboncillo con que tan mal ejecutaba su obra, y que ahora frotaba con irritada premura y sin preocuparse mucho de las rayas negras que esto originaba en sus amplios pantalones flamencos.

—¡Psché! —dijo el joven en voz alta—. ¡Así se hundirá el cuadro, con diablos, santo y todo, donde debiera estar: en el infierno!

Una breve y súbita carcajada, proferida sorprendentemente cerca de su oído, respondió al instante su exclamación. El artista giró vivamente en redondo y por primera vez se dio cuenta de que un desconocido había estado contemplando sus esfuerzos. A cosa de yarda y media detrás de él se erguía un hombre, al parecer, de cierta edad; llevaba una capota corta y un sombrero de alas anchas y copa cónica y, en su mano, que estaba protegida por un pesado guantelete, sostenía un largo bastón de ébano rematado por lo que parecía —pues así brillaba, tenuemente en la media luz— un macizo de puño de oro; y sobre el pecho, entre los pliegues de la capa, relucían los eslabones de una rica cadena del mismo metal. La habitación se hallaba tan oscura que no se podían distinguir más detalles de aquella figura, ya que la cara estaba también sombreada por la pesada ala del sombrero, y no se podían discernir sus rasgos. Bajo ese sombrero tenebroso se escapaba una masa de cabello oscuro, circunstancia esta que, en relación con el porte firme y erguido del intruso, indicaba que su edad aproximada no debía exceder de los sesenta años, había gravedad e importancia en el porte de este personaje, y también algo indescriptiblemente extraño, casi terrorífico, en la perfecta inmovilidad pétrea de aquella figura que tan bruscamente había reprimido los enojados dicterios que empezó a proferir el irritado artista. Éste, por tanto, tan pronto se hubo recobrado de la sorpresa, rogó al desconocido, educadamente que se sentase, y deseó saber si tenía algún recado que dar a su maestro.

—Decid a Gerar Douw —dijo el desconocido sin alterar el menor grado de actitud—,que Minheer Vanderhausen, de Rotterdam, desea hablar con él mañana por la tarde, a esta misma hora y, si le place, en esta misma estancia, sobre asuntos de peso. Eso es todo. Buenas noches.

El forastero, una vez terminado de dar su mensaje, giró bruscamente, y con pasos rápidos, pero silenciosos, abandonó la estancia antes de que Schalken tuviera tiempo de pronunciar una sola palabra en respuesta a las suyas. El joven sintió curiosidad por ver qué dirección tomaría el ciudadano de Rotterdam al salir del estudio; y, con este objeto, se dirigió a la ventana que daba encima justo del portal de la calle. Entre la puerta interior de la estancia del artista y el portal de salida a la calle mediaba un corredor de considerable extensión, de modo que Schalken ocupó su puesto de observación mucho antes de que el viejo caballero hubiera podido alcanzar aquélla. Sin embargo, esperó en vano. No había otra salida. ¿Se había desvanecido el viejo? ¿Quizá se había quedado acechando en algún recodo del corredor? Esta última posibilidad llenó a Schalken de un vago horror, el cual pronto llegó a ser tan inexpresablemente intenso que le aterró por igual quedarse en la estancia solitaria o atravesar el corredor. Sin embargo, y merced a un esfuerzo aparentemente desproporcionado al que la ocasión requería, se armó de valor suficiente para abandonar el cuarto; y tras cerrar con doble llave la puerta y guardarse aquélla en el bolsillo, se lanzó sin mirar a derecha ni a izquierda, a través del pasaje que tan recientemente había contenido —y quizá aún contenía— a la persona de su misterioso visitante, sin atreverse apenas a respirar hasta que llegó a la calle.

—Minheer Vanderhausen —decía Gerard Douw al día siguiente cuando ya se iba acercando la hora de la cita—. ¡Minheer Vanderhausen, de Rotterdam! Nunca oí ese nombre hasta ayer. ¿Qué puede querer de mí? ¿Quizá que le pinte un retrato; o que enseñe el oficio a un hijo suyo o a un pariente pobre; o que evalúe una colección; o... bueno, no hay nadie en Rotterdam que me pueda dejar una herencia. Bien, sea cual fuere el negocio, pronto sabremos de qué se trata.

Ya caía la tarde y no había nadie ante ninguno de los caballetes, excepto el de Schalken. Gerard Douw recorría la estancia con pasos inquietos de impaciente expectación, tatareando de vez en cuando un pasaje de una pieza musical que él mismo estaba componiendo; pues, aunque no muy versado en este arte, lo admiraba. A veces se detenía a echar una ojeada al trabajo de sus ausentes discípulos; pero lo que con más frecuencia hacía era colocarse en la ventana, desde la cual podía observar a los transeúntes que recorrían la oscura calleja a que daba su estudio.

—¿No dijiste, Godfrey —exclamó Douw, tras una larga e infrectuosa espera en su puesto de observación, y volviéndose hacia Schalken—, no dijiste que la cita era a las siete por el reloj del Ayuntamiento?
—Acababan de dar las siete cuando le vi por primera vez, señor —contestó el estudiante.
—Entonces ya falta poco para esa hora —dijo el maestro, consultando un reloj tan grande y tan redondo como una naranja en la plenitud de su sazón.—. Minheer Vanderhausen, de Rotterdam, ¿no es así?
—Ése era su nombre.
—¿Hombre de edad, ricamente vestido? —continuó Douw.
—Así le vi yo —replicó su discípulo—; no era joven, ni tampoco anciano; y sus ropas eran ricas y severas, de hombre pudiente y considerado.

En ese momento, con sonoro estruendo, el reloj del Ayuntamiento dio, campanada tras campanada, las siete; los ojos, tanto del maestro como del discípulo, se clavaron en la puerta; y sólo cuando hubo cesado de vibrar el último eco de la vieja campana, exclamó Douw.

—Bueno, bueno, ya no tardará en llegar su merced, es decir, si mantiene la palabra; si no, tú te quedarás a esperarle, Godfrey, si es que deseas mantener amistad con ese caprichoso ricachón; por lo que a mí respecta, creo que nuestra vieja Leyden contiene bastantes individuos de esos para que sea necesario importarlos de Rotterdam.

Schalken rió, como por obligación y, tras una pausa de algunos minutos, Douw exclamó de pronto:

—¿Y si todo esto no fuese más que una broma, una farsa organizada por Vankarp o por algún otro? Me gustaría que te hubieses arriesgado y hubieses propinado una buena tunda al viejo burgomaestre, estatúder o lo que sea. Apostaría una docena de monedas a que su merced habría alegado vieja amistad antes de la tercera aplicación.
—Aquí llega, señor —dijo Schalken en voz baja y admonitoria; y, volviéndose instantáneamente hacia la puerta, Gerard Douw observó la misma figura con que tan inesperadamente había tropezado el día anterior su discípulo Schalken.

Había algo en el aire y en el porte de la figura que en seguida convenció al pintor de que no se trataba de farsa de ningún tipo y de que realmente estaba en presencia de un hombre de categoría, y, por ello, se quitó el sombrero sin vacilar y saludando cortésmente al desconocido le rogó que se sentase. El visitante agitó suavemente la mano, como en reconocimiento de la cortesía, pero continuó de pie.

—¿Tengo el honor de hablar con Minheer Vanderhausen, de Rotterdam? —dijo Gerard Douw.
—El mismo —fue la lacónica respuesta de su visitante.
—Entiendo que vuestra merced desea hablar conmigo —continuó Douw—, y aquí me tiene, según se me citó, esperando vuestras órdenes.
—¿Es hombre de confianza? —dijo Vanderhausen indicando a Schalken, que permanecía a poca distancia detrás de su maestro.
—Ciertamente —replicó Gerard.
—Entonces ordénele que tome esta caja y vaya al más próximo joyero u orfebre para que tase su contenido y vuelva luego aquí con un certificado de valor.

Al mismo tiempo colocó un pequeño estuche, como de nueve pulgadas cuadradas, en las manos de Gerard Douw, quien quedó muy asombrado de su peso, así como de la extraña brusquedad con que le había sido entregado. De acuerdo con los deseos del desconocido, lo depositó en las manos de Schalken, y repitiendo sus instrucciones, le despachó para que realizase la misión. Schalken colocó su preciosa carga en lugar seguro bajo los pliegues de su capa, y atravesando rápidamente dos o tres estrechas callejas se detuvo en una esquina ante una casa cuya planta baja estaba entonces ocupada por la tienda de un orfebre judío. Schalken entró, y llamando al menudo hebreo que estaba en la oscuridad de la trastienda, procedió a extender ante él el paquete de Vanderhausen. Al ser examinado a la luz de la lámpara, resultó estar enteramente forrado de plomo, cuya superficie exterior aparecía muy arañada, sucia y blanquecina por la edad. Quitaron esta funda parcialmente y con dificultad descubrieron una caja de cierta madera oscura singularmente dura; también ésta fue forzada y, después de quitar dos o tres lienzos que envolvían el contenido, vieron que éste consistía en una masa de lingotes de oro, estrechamente apilados y, según declaró el judío, de la más perfecta calidad. Cada lingote soportó el meticuloso examen del hebreo, quien parecía sentir un placer epicúreo en tocar y probar los pedazos del glorioso metal; y cada uno de ellos fue devuelto a su lugar con la misma exclamación:

—¡Mein Gott, que perfección! ¡Ni un gramo de aleación! ¡Hermoso, hermoso!
Al fin se concluyó la tarea y el judío certificó de su puño y letra la tasación de los lingotes sometidos a su examen, la cual se remontaba a muchos miles de pesos. Con el deseado documento en el pecho y la rica caja de oro cuidadosamente sujeta bajo el brazo y oculta por la capa, rehizo Schalken su camino y, entrando en el estudio, halló a su maestro y al forastero en íntima conferencia. Tan pronto como el joven había abandonado la estancia, con el fin de ejecutar la comisión que le fuera encargada, Vanderhausen se había dirigido a Gerard Douw en los siguientes términos:

—No debo demorarme esta noche con vuestra merced sino unos pocos minutos; por ello os diré brevemente el motivo de mi visita. Vuestra merced visitó la ciudad de Rotterdam hace unos meses y entonces vi, en la iglesia de San Lorenzo, a vuestra sobrina, Rose Velderkaust. Deseo casarme con ella y, si os convengo por mis riquezas, mucho mayores que las de cualquier otro esposo con que podáis soñar para ella, espero que activéis, imponiendo vuestra máxima autoridad, la superación de todo inconveniente que pudiera surgir. Es decir, si aprobáis mi proposición podéis cerrar el trato inmediatamente, pues no puedo perder tiempo en cálculos sin demoras.

Gerard Douw se quedó tan asombrado como cualquier otro en su lugar ante la inesperada proposición de MinheerVanderhausen; pero no dejó escapar ninguna descortés expresión de sorpresa, pues, además de los motivos exigidos por la prudencia y la educación, el pintor experimentaba, en presencia del extravagante forastero, una especie de sensación helada y opresiva, semejante a la que se supone debe afectar a un hombre colocado, sin saberlo, en contacto inmediato con algo hacia lo cual sienta natural adversión —un horror indefinido, una ansiedad vaga—, que le incapacitaba para decir o hacer nada que pudiera parecer ofensivo o ser razonablemente tomado como tal.

—No dudo —dijo Gerard, después de dos o tres tosecillas preparatorias— que la unión con vuestra merced sería tan ventajosa como honrosa para mi sobrina; pero sabed que ella tiene voluntad propia y puede no estar conforme con lo que nosotros decidamos en bien suyo.
—No intentéis burlarme, señor pintor —dijo Vanderhausen—; sois su tutor, ella es vuestra ahijada; ella es mía si vuestra merced gusta que así sea.

El hombre de Rotterdam, mientras hablaba avanzó un paso, y Gerard Douw, sin saber apenas por qué, rogó interiormente que Schalken no tardase en volver.

—Deseo —dijo el misterioso caballero— colocar inmediatamente en vuestras manos una prueba segura de mi riqueza y de mi generosidad para con vuestra sobrina. El muchacho volverá dentro de un minuto o dos con una suma cuyo valor es cinco veces la fortuna total que ella tiene derecho a esperar de su marido. Ésta quedará en vuestras manos, junto con su dote, y podréis aplicar la suma de ambas cantidades como mejor convenga a sus intereses; todo ello será propiedad exclusiva de ella mientras viva: ¿no es esto generosidad?

Douw asintió, e interiormente pensó que el destino se mostraba extraordinariamente amable para con su sobrina; el forastero —pensó— debía ser tan rico como generoso, y una oferta semejante no era nada despreciable ni aunque procediese de un excéntrico o de un personaje de no muy atractiva presencia. Rose no podía tener aspiraciones muy altas, pues su dote era muy exigua; y así seguiría siéndolo, excepto en los límites en que esta deficiencia fuera suplida por la generosidad de su tío; tampoco tenía ella derecho alguno a mostrar escrúpulos contra su pareja por motivos de alcurnia y linaje, pues su origen tampoco era, en forma alguna, elevado; y, en cuanto a otras posibles objeciones, Gerard se decidió, según la usanza de los tiempos, a no prestarles oído en absoluto.

—Señor —dijo, dirigiéndose al forastero—, vuestra oferta es ciertamente de lo más liberal, y si no me acabo de decidir a cerrar el trato inmediato esta vacilación se debe tan sólo a que no tengo el honor de conocer a nadie de vuestra familia o condición. Sobre estos puntos podréis, por supuesto, satisfacerme sin dificultad.
—En cuanto a mi respetabilidad —dijo el desconocido secamente—, podéis darla por probada desde este mismo momento. No me incomodéis con vuestras preguntas; no podéis descubrir de mí más que lo que yo quiera haceros saber. Tenéis ya suficientes garantías de mi respetabilidad: mi palabra, si sois hombre de honor; si sois avaro, mi oro.
—He aquí a un viejo caballero enojadizo —pensó Douw—; él sabrá sus motivos; pero, considerando todas las circunstancias, está justificado que le entregue mi sobrina; tendría que ser mi propia hija y lo mismo haría con ella. Sin embargo, no me comprometeré innecesariamente.
—No os comprometeréis innecesariamente —dijo Vanderhausen, profiriendo las mismas palabras que acababan de rondas la mente de su interlocutor; pero lo haréis si es necesario, supongo; y yo demostraré que lo considero imprescindible. Si os place el oro que pretendo dejar en vuestras manos, y si no deseáis que retire inmediatamente mi proposición, antes de que yo abandone esta estancia debéis escribir vuestro nombre en este contrato.

Y tras de hablar así, puso un papel en las manos de Gerard, cuyo contenido expresaba el compromiso adquirido por Gerard Douw de entregar en matrimonio a su sobrina Rose Velderkaust a Wilken Vanderhausen, de Rotterdam, etcétera, en el plazo de una semana a partir de la fecha. Mientras el pintor estaba ocupado en leer este documento, Schalken, como queda dicho, entró en el estudio y, habiendo depositado la caja y la tasación del judío en las manos del desconocido, se iba a retirar cuando Vanderhausen le ordenó que esperase; y, presentando el estuche y el certificado a Gerard Douw, esperó en silencio hasta que éste hubo quedado satisfecho de la inspección de ambos, así como del valor del compromiso en sus manos. Por fin dijo:

—¿Estáis conforme?
El pintor dijo que desearía tener otro día más para considerar la propuesta.
—Ni una hora —dijo fríamente el demandante.
—Bien, entonces —dijo Douw—, estoy conforme. Es un negocio.
—Entonces firmad en seguida —dijo Vanderhausen—, ya estoy cansado. Al mismo tiempo le presentó un pequeño estuche de útiles de escritura y Gerard firmó el importante documento.
—Que este joven sea testigo del acuerdo —dijo el viejo; y Godfrey Schalken, inconscientemente; firmó el instrumento que otorgaba a otro aquella mano que él tanto tiempo había considerado como objeto y recompensa de sus esfuerzos. Estando así finalizado el contrato, el extraño visitante dobló el papel y lo guardó en un bolsillo interior.
—Os visitaré mañana por la noche, a las nueve, en vuestra casa, Gerard Douw, y veré al objeto de nuestro contrato. ¡Hasta entonces! —y diciendo esto, Wilken Vanderhausen salió silenciosa, pero velozmente, de la estancia.

Schalken, deseoso de resolver sus dudas, se había colocado junto a la ventana, con el objeto de expiar la puerta de la calle; pero el experimento sólo sirvió para dar pie a sus sospechas, pues el viejo no salió por la puerta. Aquello era muy raro, muy extraño, muy aterrador. Él y su maestro se fueron juntos, pero apenas hablaron durante el camino, pues cada uno de ellos iba perdido en sus reflexiones, en sus ansiedades y en sus esperanzas. Schalken, sin embargo, no presentía la ruina que se cernía sobre sus dulces proyectos. Gerard Douw no sabía nada de la afección que había nacido entre discípulo y sobrina; e incluso de haberla sabido, es dudoso que hubiese considerado su existencia como obstáculo serio a los deseos de Minheer Vanderhausen. Los matrimonios eran, entonces y allí, materia de tráfico y especulación; habría parecido absurdo a los ojos del tutor hacer un mutuo afecto elemento esencial de un contrato de matrimonio, ya que, además, en tal caso —se decía— habrían tenido que redactar el contrato matrimonial en términos propios de una novela caballeresca. El pintor, sin embargo, no comunicó a su sobrina el importante paso que había dado en relación con ella, y esta decisión se debió, no a que sospechase oposición por su parte, sino solamente a la ridícula conciencia de que si ella, como sería lo más natural, le pidiese que describiera el aspecto del novio que le destinaba, se vería obligado a confesar que no le había visto la cara y, aun si llegara a ello, que le sería imposible identificarlo. Al día siguiente, después de comer, llamó a su sobrina junto a sí y, habiendo examinado toda su persona con aire de satisfacción, la tomó de la mano y, contemplando su rostro bello e inocente con una sonrisa de cariño, dijo:

—Rose niña mía, esa cara que tienes hará tu fortuna —Rose se ruborizó y sonrió—.Un rostro y un carácter como el tuyo rara vez van unidos; pero cuando lo van, esa unión es un filtro de amor al que muy pocas cabezas o muy pocos corazones puedan resistir; confía en mí, pronto estarás prometida, chiquilla; pero esto no tiene importancia, dejémoslo. Ahora tengo prisa, así que haz que preparen el salón grande para las ocho de la noche y da las órdenes para que esté la cena a las nueve. Espero a un amigo esta noche; y fijate bien, hija mía, sal airosa de tu cometido. No me gustaría que nos creyera pobres o descuidados.

Con estas palabras abandonó la habitación y se dirigió a la estancia a que ya hemos tenido ocasión de introducir a nuestros lectores aquella en que trabajaban sus discípulos. Al caer la tarde, Gerard llamó a Schalken, que ya iba a irse a su oscuro e inhóspito alojamiento, y le rogó que fuera esa noche a cenar en su casa con Rose y Vanderhausen. La invitación, por supuesto, aceptada y pronto se encontraron Gerard Douw y su discípulo en la hermosa y en cierto modo anticuada habitación, que había sido preparada para recibir al forastero. En la espaciosa chimenea ardía un alegre fuego de leña; a un lado estaba colocada la mesa de antigua factura, con patas ricamente talladas, destinada, sin duda, a servir para la cena, cuyos preparativos seguían adelante; y alineada con exacta regularidad, se extendían las sillas de alto respaldo, cuya falta de garbo estaba más que compensada por su comodidad. La pequeña reunión, consistente en Rose, su tío y el artista, aguardaba la llegada del esperado visitante con considerable impaciencia. Dieron, por fin, las nueve y, al mismo tiempo, sonaron golpes en la puerta de la calle, que, siendo prontamente atendidos fueron seguidos de lentos y enfáticos pasos en la escalera; los pasos recorrieron pesadamente el corredor, se abrió lentamente la puerta de la estancia en que el grupo descrito se hallaba reunido, y entró una figura que estremeció al flemático holandés, y casi hizo gritar de espanto a Rose; era la forma y eran los atavíos de Minheer Vanderhausen; el porte, el aire, la estatura eran los mismos, pero ninguno del grupo había visto antes sus rasgos faciales. El forastero se detuvo en la puerta de la estancia y mostró por entero la figura y la cara. Portaba una capa de paño oscuro, corta y amplia, que no llegaba a las rodillas; sus piernas iban enfundadas en medias de seda color púrpura oscuro, y los zapatos estaban adornados con rosas del mismo color. La abertura delantera de la capa mostraba las ropas que llevaba debajo, hechas de algún material muy oscuro, quizá de piel, y sus manos estaban enfundadas en un par de pesados guantes de cuero que le llegaban hasta bastante más arriba de la muñeca, en forma de guantelete. En una mano llevaba su bastón y sombrero, que se había quitado, y la otra pendía pesadamente a su costado. Una masa de cabellos grises le descendía en largas mechas y sus extremos descansaban sobre los pliegues y sus extremos descansaban sobre los pliegues de una gola almidonada que le ocultaba totalmente el cuello. Hasta aquí todo iba bien; ¡pero la cara...!

Toda la carne del rostro tenía ese color azulado, plomizo, que a veces se produce por acción de medicinas metálicas administradas en excesiva cantidad; los ojos eran enormes, y lo blanco aparecía tanto por arriba como por debajo del iris, lo que les daba una expresión de locura, aumentada por su fijeza vítrea. La nariz no era notable, pero la boca estaba considerablemente retorcida por uno de sus lados, donde se abría con objeto de dar salida a dos largos, descoloridos, colmillos de bestia que se proyectaban desde la mandíbula superior hasta muy por debajo del labio inferior. El color de los labios mantenía su habitual relación con el de la cara y era, por consiguiente, casi negro; el carácter de la cara era maligno, incluso satánico; y ciertamente, apenas se podía concebir tal cúmulo de horrores sino en el cadáver de algún atroz malhechor que hubiese colgado largo tiempo, ennegreciéndose, de la horca, hasta haberse convertido al cabo en morada de un demonio, espantoso objeto de posesión satánica. Era muy notorio que el importante forastero procuraba que su carne se viese lo menos posible, por lo que, durante su visita, no se quitó ni una vez los guantes. Habiendo permanecido durante unos momentos ante la puerta, Gerard Douw consiguió al final hallar ánimo y aliento para darle la bienvenida y, con una muda inclinación de cabeza, el forastero entró en la habitación. Había algo indescriptiblemente extraño e incluso horrible en sus movimientos, algo indefinible, pero antinatural, inhumano —como si sus miembros fuesen guiados y dirigidos por un espíritu no habituado a manejar la maquinaria del cuerpo—. El desconocido apenas dijo nada durante su visita, que no excedería la media hora; y su anfitrión apenas pudo hacerse del valor necesario para proferir los escasos saludos y cortesías requeridos por la situación; y, ciertamente, era tal el terror nervioso que inspiraba la presencia de Vanderhausen, que habría bastado muy poco para que todos sus acompañantes huyeran, gritando, de la estancia. No habían, sin embargo, perdido el domino de sí mismos hasta el punto de no observar dos extrañas peculiaridades del visitante. Durante el tiempo que estuvo allí no permitió que se cerrasen sus párpados ni un instante fugaz, ni aun que se moviesen el menor grado; y más aún, en toda su persona había una cadavérica inmovilidad, que incluso se manifestaba en la total ausencia del palpitante movimiento del pecho causado por el proceso de la respiración. Estas dos peculiaridades, aunque puedan parecer banales al ser relatadas, producían un efecto muy sorprendente y desagradable al ser vistas y observadas. Vanderhausen, por fin, liberó al pintor de su desfavorable presencia; y con no poca gratitud oyó el pequeño grupo el ruido de la puerta al cerrarse tras él.

—Querido tío —dijo Rose—; ¡qué hombre tan horrible! No quisiera verle otra vez ni por todas las riquezas del mundo.
—¡Bah, chiquilla tonta! —dijo Douw, que, en el fondo no se sentía muy tranquilo—.Un hombre puede ser feo como un demonio y, sin embargo, si su corazón y sus acciones son buenos, vale más que todos esos muñecos bonitos y perfumados que pasean por el Mall. Rose, niña mía, cierto es que no tiene una cara hermosa, pero sé que es rico y generoso; y, aunque fuese diez veces más feo, lo cual es inconcebible —observó Rose—,estas dos virtudes serían suficientes —continuó su tío— para compensar toda su deformidad; y, aunque no sean capaces de alterar la forma de sus rasgos, sí pueden, al menos, impedir que se los considere perversos.
—¿Sabes, tío? —dijo Rose—. Cuando le vi parado ante la puerta me recordó muchísimo a la vieja figura de madera pintada que tanto solía asustarme en la iglesia de San Lorenzo, de Rotterdam.

Gerard rió, aunque no pudo dejar de reconocer, en su fuero interno, la justeza de la comparación. Estaba decidido, sin embargo, a reprimir, en la medida de sus posibilidades, toda inclinación de su sobrina a ridiculizar la fealdad de su pretendido novio; y le agradó no poco observar que ella pareciese totalmente exenta de ese misterioso terror que —no podía disimularlo ante sí mismo— le afectaba a él tan considerablemente como a su discípulo Godfrey Schalken. A la mañana siguiente, temprano, llegaron para Rose, procedentes de distintos barrios de la ciudad, ricos presentes de sedas, terciopelos y joyas; y también un paquete dirigido a Gerard Douw, en el que, al abrirlo, se halló un contrato de matrimonio, formalmente extendido y redactado, entre Wilken Vanderhausen, del Muelle de Botalón, en Rotterdam, y Rose Valderkaust, de Leyden, sobrina de Gerard Douw, maestro en el arte de pintar, también de la misma ciudad, y contenía otro documento en el que Vanderhausen se comprometía a dar a su prometida una dote mucho mayor de lo que había hecho creer a su tutor, dote que debería emplearse exclusivamente en beneficio de la novia, a saber, poninendo el dinero en manos del propio Gerard Douw.

No describiré ahora escenas sentimentales, ni crueldad de guardianes, ni magnanimidad de tutores, ni tormentos de amantes. La relación que tengo que hacer es sólo de sordidez, codicia e interés. En menos de una semana a partir de la primera entrevista que hemos descrito, el contrato de matrimonio se llevó a efecto, y Schalken vio a su amada —por la que habría arriesgado todo en la vida—, arrebatada triunfalmente por su atractivo rival. Durante dos o tres días se ausentó de la escuela; luego, volvió y trabajó, si bien con menos alegría, sí con mucha más terca resolución que antes: los sueños de amor habían dejado paso a los de ambición. Pasaron meses y, contrariamente a sus deseos y también a las promesas concretas de los recién casados, Gerard Douw no tuvo noticias de su sobrina ni de su respetable esposo. Los intereses de la dote, que deberían haber sido reclamados trimestralmente, se fueron acumulando en sus manos. Empezó a sentirse sumamente inquieto. Tenía en su poder la dirección de MinheerVanderhausen en Rotterdam; tras alguna irresolución, se decidió finalmente a dirigirse allí —empresa banal, fácilmente realizable—, para así quedar tranquilo respecto a la seguridad y bienestar de su pupila, por quien sentía un fuerte y honrado afecto. Sus búsquedas fueron infructuosas, sin embargo; en Rotterdam nadie conocía a MinheerVanderhausen. Gerard Douw no dejó de visitar ni una casa del Muelle del Botalón, pero todo fue en vano: nadie le pudo dar el menor informe que se refiriese en lo más mínimo al objeto de su búsqueda; y así fu como se vio obligado a retornar a Leyden sin saber más que cuando había salido de allí. A su llegada corrió al establecimiento donde Vanderhausen había alquilado el traqueteante vehículo —aunque de lo más lujoso, si tienen en cuenta la época— que los recién casados habían empleado para trasladarse a Rotterdam. Supo por el conductor de este carruaje que, habiendo viajado con lentitud y haciendo muchos altos, habían llegado cerca de Rotterdam bien entrada la noche, pero que, antes de entrar en la ciudad, y faltando cosa de una milla para llegar a ella, había aparecido en el centro de la carretera, obstruyendo el paso del carruaje, un pequeño grupo de hombres, sobriamente ataviados y de acuerdo con la antigua moda, con puntiagudas barbas y bigotes. El conductor frenó sus caballos, muy temeroso, por la oscuridad de la hora y la soledad del camino, de que intentasen cometer algún daño. Se aliviaron, sin embargo, sus temores cuando vio que esos hombres portaban una ancha litera, de antigua factura, y que inmediatamente la depositaron en el suelo, adonde también descendió el novio, tras haber abierto desde dentro la portezuela del coche, y habiendo ayudado a su mujer a hacer otro tanto, la condujo, llorando ella amargamente y retorciéndose las manos, a la litera, donde ambos entraron. Entonces fue ésta levantada por los hombres que la rodeaban y velozmente transportada en dirección a la ciudad; y antes de que hubieran recorrido mucha distancia las sombras de la noche la ocultaron a la vista del cochero holandés. En el interior del vehículo encontró una bolsa cuyo contenido pagaba más de tres veces cumplidas el alquiler de coche y cochero. No había visto más de MinheerVanderhausen ni de su bella esposa y, por tanto, no pudo contar nada más. Este misterio se convirtió en fuente de profunda ansiedad y casi de duelo para Gerard Douw. Evidentemente, había habido un fraude en la conducta de Vanderhausen para con él, aunque ignoraba con qué propósito. Se preguntaba angustiado hasta qué punto era posible que un hombre cuya apariencia externa mostraba los más demoníacos sentimientos, no fuese en realidad más que un villano; y cada día que pasaba sin noticias de su sobrina, en vez de inducirle a olvidar sus temores, al contrario, le exasperaba cada vez más. La perdida de su compañía encantadora le deprimía también los ánimos, y con objeto de disipar este desaliento, que a menudo se deslizaba en su mente una vez cumplidas las laboras del día, solía invitar a Schalken a cenar con él en casa para aliviar en cierto modo con su presencia la melancolía de una cena que de otro modo sería solitaria.

Una noche, el pintor y su discípulo estaban sentados junto al fuego, después de haber dado fin a una copiosa cena, y habían caído en un silencio pensativo al que a veces induce el proceso de la digestión, cuando sus reflexiones fueron interrumpidas por un gran estruendo de golpes dados en la puerta de la calle, como ocasionados por alguna persona que se arrojase violenta y repentinamente contra ella. Un criado corrió sin demora a averiguar la causa del incidente y le oyeron interrogar por dos o tres veces a la persona que tan perentoriamente solicitaba su admisión, sin obtener, no obstante, la menor respuesta ni que cesasen los golpes. Le oyeron abrir la puerta del vestíbulo, seguidos a continuación de rápidos pasos por la escalera. Schalken echó mano a su espada y avanzó hacia la puerta. Se abrió antes de que él la alcanzase y Rose se precipitó en la estancia. Su aspecto era macilento y enloquecido y estaba pálida de agotamiento y terror; pero su vestidura les sorprendió tanto o más que su inesperada aparición. Consistía en una especie de envoltura o túnica de lana blanca, cerrada en torno al cuello y que caía, en pliegues, hasta el mismo suelo. El extraño ropaje estaba muy ajado y sucio, sin duda, por el viaje. La pobre criatura había apenas entrado en la estancia cuando cayó inconscientemente al suelo. Con cierta dificultad consiguieron reanimarla y, al recobrar sus sentidos, exclamó instantáneamente, en un tono de ávida y aterrada impaciencia:

—Vino, vino, deprisa, o estoy perdida.
Muy alarmados por la extraña ansiedad con que la petición había sido hecha, accedieron inmediatamente a sus deseos y la joven bebió un poco de vino con una avidez que les sorprendió. Apenas lo había tomado volvió a exclamar con la misma urgencia:
—Comida, comida, en seguida, o pereceré.

En la mesa había un considerable pedazo de asado y Schalken se lanzó inmediatamente a cortar un trozo, pero Rose se le anticipó, pues tan pronto como lo divisó también se abalanzó sobre él con la rapacidad de un buitre y cogiéndolo con sus manos arrancó la carne con los dientes y la devoró. Cuando se hubo apaciguado un poco el paroxismo del hambre, pareció de pronto darse cuenta de cuán extraña había sido su conducta o también puede ser que otros pensamientos más inquietantes volviesen a su mente, pues empezó a llorar amargamente y a retorcerse las manos.

—Oh, enviad a buscar un ministro de Dios —dijo—; no estaré a salvo mientras no venga; mandad aprisa por él.

Gerard Douw despachó a un mensajero inmediatamente, y persuadió a su sobrina de que le aceptara su propia alcoba para descansar; también la convenció de que se retirase en seguida a ella; su sobrina consintió con la condición de que no la dejasen sola ni un momento.

—¡Oh, si el sacerdote estuviera ya aquí! —dijo—; él me puede liberar... Los muertos no pueden ser igual que los vivos... Dios lo ha prohibido.

Con estas misteriosas palabras se entregó a los cuidados de sus acompañantes y todos caminaron hacia la cámara que Gerard Douw le había asignado.

—No, no me dejéis sola ni un momento —dijo—; estoy perdida para siempre si lo hacéis.
La alcoba de Gerard Douw estaba precedida por una espaciosa antecámara, que debían atravesar, y en la cual se hallaban ahora a punto de entrar. Gerard Douw y Schalken portaban cada uno una vela de cera, de tal modo que ambos arrojaban un suficiente grado de luz sobre los objetos que les rodeaban. Estaban penetrando en la vasta estancia que, como he dicho, comunicaba con la alcoba de Douw, cuando Rose de pronto se detuvo y con un susurro trémulo de horror, dijo:
—¡Oh, Dios! Está aquí, está aquí; mirad, mirad, ahí va.

Señalaba hacia la puerta de la habitación interior y Schalken creyó ver una forma sombría y mal definida deslizándose dentro de dicha estancia. Desenvainó la espada y levantando la vela para iluminar más distintamente los objetos de la habitación, entró en la cámara donde la sombra se había deslizado. Ninguna figura había allí, nada sino el mobiliario propio de la habitación y, sin embargo, no podía haberse equivocado respecto a que algo había entrado antes que él en la estancia. Cayó sobre él un terror enfermizo y de su frente brotó el sudor frío en pesadas gotas; tampoco le alivió la creciente urgencia, la agonía de súplica, con que Rose les imploró que no la dejasen sola ni un momento.

—Le he visto —dijo—; está aquí. No me puedo equivocar... Le conozco... está junto a mí... está conmigo... está en la habitación; por amor de Dios, si queréis salvarme no os mováis de mi lado.

Por fin consiguieron que se tendiera en el lecho, donde ella continuó suplicándoles que no la dejaran sola. Frecuentemente profería frases incoherentes, repitiendo una y otra vez: «No puede ser igual un muerto que un vivo... Dios lo ha prohibido», y luego otra vez:

«que descanses el que vigila... que duerma el que camina en sueños». Continuó profiriendo esstas frases misteriosas e inconexas hasta la llegada del sacerdote, Gerard Douw empezó a temer, naturalmente, que la pobre muchacha, por terror o malos tratos, estuviera trastornada; y casi sospechaba, por lo súbito de su aparición, lo intempestivo de la hora, y sobre todo por lo extraño y aterrorizado de sus modales, que debía, sin duda, haberse escapado de algún asilo de lunáticos, por cuyo motivo sentía miedo de verse perseguida. Decidió solicitar consejo médico tan pronto como su sobrina hubiese sido tranquilizada por los oficios del sacerdote, cuya asistencia tan ávidamente anhelaba, y hasta que este objetivo no fuese alcanzado no se atrevería a hacerle ninguna pregunta que quizá sirviera para reavivarle dolorosos u horribles recuerdos, aumentar su agitación. Pronto llegó el sacerdote —hombre de porte ascético y edad venerable— a quien Gerard Douw respetaba mucho como veterano polemista, ya que era quizá más temido como orador que amado como cristiano; era hombre de moral pura, cerebro sutil y frío corazón.

Entró en la cámara que comunicaba con aquella en que reposaba Rose, y nada más entrar le rogó la joven que rezase por ella y también por alguien que era presa de Satán y que sólo del cielo podía esperar liberación. Para que nuestros lectores puedan ahora comprender claramente todas las circunstancias del suceso que vamos a intentar describir a continuación, es necesario hacer constar las posiciones relativas que ocupaban los personajes implicados en él. El viejo sacerdote y Schalken estaban en la antecámara de la que hemos hablado; Rose yacía en la alcoba, cuya puerta estaba abierta, y al lado de la cama, según sus deseos fervientes, estaba su tutor; en la alcoba ardía una vela y tres iluminaban la otra estancia. El anciano religioso aclaró su voz como si fuese a comenzar a hablar, pero antes de tener tiempo de hacerlo, una súbita ráfaga de aire apagó la vela que servía para iluminar la estancia en que yacía la pobre muchacha, y ésta, con alarma, se apresuró a exclamar:

—Godfrey, trae otra vela; la oscuridad es peligrosa.
Gerard Douw, olvidando por un momento los repetidos requerimientos de la joven y siguiendo un impulso momentáneo, salió de la alcoba a la otra habitación con el fin de hacer lo que ella pedía.
—¡Oh, Dios! ¡No te vayas, querido tío! —gritó la desdichada joven, y al mismo tiempo saltó del lecho y se lanzó tras él con la intención, a juzgar por su actitud, de detenerle. Pero el aviso llegó demasiado tarde, pues apenas él había cruzado el umbral y escasamente había tenido tiempo su sobrina de proferir su asustada exclamación cuando la puerta que separaba las dos habitaciones se cerró violentamente entre ambos, como empujada por una ráfaga de viento. Schalken y él se precipitaron a la puerta, pero sus esfuerzos unidos y desesperados sólo consiguieron hacerla estremecer. Un grito tras otro fueron brotando de la alcoba cerrada con toda la agudeza taladrante del terror desesperado. Schalken y Douw aplicaron todas sus energías —lastimando dolorosamente todos sus músculos— a tratar de forzar la puerta y abrirla, pero todo fue en vano. En la alcoba no se oía ningún tumulto de lucha, pero los chillidos parecían aumentar en intensidad; al mismo tiempo oyeron el ruido que hacían los cerrojos de la ventana emplomada al descorrerse, y de la propia ventana al rechinar sobre su antepecho como si se abriese. Un último chillido, tan largo, taladrante y agónico que apenas parecía humano, se hinchó y creció en la habitación, e inesperadamente fue seguido por un silencio de muerte. Unos leves pasos se oyeron cruzando el piso como si fueran del lecho a la ventana, y casi al mismo instante, la puerta se abrió y cediendo de pronto a la violenta presión de los que desde fuera empujaban, precipitó a éstos dentro de la habitación. Estaba vacía. La ventana se hallaba abierta y Schalken saltó sobre una silla para asomarse a la calle y al canal que corría bajo aquélla. No vio figura alguna pero creyó contemplar cómo las aguas del ancho canal, bajo las ventana, se agitaban formando anillos y más anillos que se ensanchaban en pesados círculos, como si un momento antes hubieran sido alterados por la caída de una masa grande y pesada.

Nunca se descubrió la menos señal de Rose, ni nada cierto se supo nunca ni aun se sospechó respecto a su misterioso esposo, no hallándose pista alguna que permitiese desentrañar el intrincado laberinto y llegar a alguna conclusión clara. Pero ocurrió un incidente que, aunque probablemente, a juicio de los más racionales de nuestros lectores, no esclarece el asunto en lo más mínimo, sí produjo una fuerte y duradera impresión en la mente de Schalken. Muchos años después de los sucesos que hemos detallado, Schalken, que a la sazón vivía muy lejos de allí, recibió noticia de que había fallecido su padre y de la fecha fijada para su entierro en la iglesia de Rotterdam. Era necesario que la fúnebre comitiva recorriese un camino muy largo y, como se comprenderá fácilmente, que no fuese muy numerosa. Schalken, por su parte, llegó con dificultades a Rotterdam en las últimas horas del día fijado para la ceremonia. Pero aún no había llegado el cortejo. Cayó la noche y aún seguía sin aparecer. Schalken entró y vagó por la iglesia —que encontró abierta— donde, según le habían notificado, se iba a verificar el entierro, y en la cual ya estaba abierta la cripta en que se depositaría el cuerpo. El sacristán, al ver un caballero bien trajeado, cuyo objeto evidente era asistir al citado entierro, y que paseaba ocioso por la nave de la iglesia, le invitó hospitalariamente a compartir con él los placeres de un luminoso fuego de leña. Según costumbre suya para tales ocasiones invernales, había encendido la chimenea en una cámara que comunicaba, mediante un tramo de peldaños, con la cripta subterránea. En esa cámara se sentaron Schalken y su acompañante, y el sacristán, después de varios intentos infructuosos de entablar conversación con su invitado, se vio obligado a dedicarse a su pipa y su tabaco para distraer la soledad. Pese a su tristeza y preocupaciones, las fatigas de un rápido viaje de casi cuarenta horas seguidas fueron apoderándose gradualmente de la mente y el cuerpo de Godfrey Schalken, y se hundió en un profundo sueño del que fue despertado por golpecito suave en el hombro.

Al principio creyó que le llamaba el viejo sacristán, pero éste no estaba en la habitación. Se levantó, y tan pronto como pudo observar con claridad cuando le rodeaba, percibió una figura femenina, vestida con una especie de ligera túnica de muselina, cuya parte superior estaba dispuesta en forma de velo que le ocultase el rostro y que llevaba una lámpara en la mano. La figura se movía, alejándose de él en dirección al tramo de escalones que conducían a las bóvedas de la cripta. Schalken sintió un vago temor ante la visión de esta figura, pero al mismo tiempo un impulso irresistible a seguir sus indicaciones. La siguió hacia la cripta, pero al llegar al comienzo de la escalera se detuvo. La figura también hizo un alto y volviéndose dulcemente hacia él dejó ver, a la luz de la lámpara que portaba, el rostro y los rasgos de su primer amor, Rose Valderkaust. No había nada horrible, ni aun triste, en su apariencia. Al contrario, mostraba la misma dulce sonrisa que tanto encantara al artista en otros tiempos, en sus días felices. Una sensación de pavor e interés, demasiado intensa para resistirla, le incitó a seguir al espectro, si espectro era. Descendió ella los peldaños —él la siguió— y torciendo a la izquierda y atravesando un estrecho pasadizo, le condujo, para su infinita sorpresa, al interior de lo que parecía ser una antigua vivienda holandesa, tal como las pinturas de Gerard Douw habían inmortalizado. En la estancia había un abundante y costoso mobiliario antiguo, y en un rincón se alzaba una cama con cuatro columnas, rodeada de pesadas cortinas de paño oscuro. La figura frecuentemente se volvía hacia él con la misma dulce sonrisa. Cuando llegó junto al lecho, levantó sus cortinas y, a la luz de la lámpara con que iluminó su contenido, mostró al horrorizado pintor, sentada, rígida, enhiesta, la forma lívida y demoníaca de Vanderhausen. Apenas la vio, cayó Schalken al suelo, sin sentido, donde fue descubierto a la mañana siguiente por las personas encargadas de cerrar los pasajes del interior de la cripta. Yacía en una amplia celda, derrumbado junto a un gran sarcófago sostenido por pequeños pilares de piedra para preservarlo del ataque de los gusanos.

Hasta el día de su muerte estuvo Schalken convencido de la realidad de esta visión; nos ha dejado una curiosa prueba de la impresión que le produjo, en un cuadro ejecutado poco antes después de los sucesos que acabamos de narrar y que es estimable, no sólo por exhibir las peculiaridades que han hecho tan célebre posteriormente la obra de Schalken, sino también por contener un retrato, tan exacto y fiel como sea posible ejecutar de memoria, de su temprano amor, Rose Velderkaust, cuyo misterioso destino quedará para siempre como tema de discusión. El cuadro representa una cámara de viejos sillares, tal como se puede encontrar en la mayor parte de las catedrales antiguas y está iluminada tenuemente por la lámpara que lleva en la mano una figura femenina, tal como más arriba hemos tratado de describir; y al fondo, y a la izquierda del que contemple la pintura, se yergue la forma de un hombre aparentamente recién salido del sueño y en actitud de temor, con la mano en la empuñadura de su espada; esta última figura está iluminada sólo por el agonizante resplandor de un fuego de leña o carbón. Toda la obra es un perfecto ejemplo de esa artística y singular maestría en la distribución de luces y sombras que ha hecho inmortal el nombre de Schalken entre los artistas de su país. Este relato es puramente tradicional, y el lector deducirá fácilmente del hecho observable de que muchos extremos de la relación quedan sin aclarar, cuando cualquier detalle adicional podría haber añadido algún color y no poco efectismo al relato, que lo que hemos pretendido presentar ante él no es una invención de la imaginación, sino una tradición relativa y perteneciente a la biografía de un artista famoso.

Un error trágico. Henry James (1843-1916)

Un bajo faetón inglés estaba detenido frente a la puerta de la estafeta de Correos de una ciudad portuaria francesa. Sentada en él estaba una dama, con el velo echado y con una sombrilla pegada a su rostro. Mi relato comienza cuando un caballero sale de la estafeta y le entrega una carta. El caballero permaneció unos instantes de pie junto al carruaje antes de subirse. Ella le entregó su sombrilla para que la sostuviese y a continuación se retiró el velo descubriendo una hermosa faz. La pareja parecía despertar un gran interés entre los transeúntes, muchos de los cuales los observaban fijamente e intercambiaban elocuentes miradas. Las personas que estaban mirando en ese momento vieron cómo el rostro de la joven palidecía mientras sus ojos recorrían la carta. Su compañero también lo vio, e inmediatamente se sentó junto a ella, tomó las riendas y condujo el carruaje velozmente por la calle principal de la ciudad, cruzando el puerto hasta una carretera abierta que bordeaba el mar. Aquí aflojó la marcha. La dama estaba recostada, con el velo nuevamente echado y la carta desplegada sobre su regazo. Su actitud era casi de inconsciencia y el caballero pudo observar que tenía los ojos cerrados. Con esa convicción, se apoderó súbitamente de la carta y leyó lo que sigue:

Southampton, 16 de julio de 18—
Mi querida Hortense:
Verás por el matasellos que estoy mil leguas más cerca de casa que la última vez que escribí, pero apenas tengo tiempo para explicar el cambio. M.P— me ha concedido un inesperado congé. Después de tantos meses de separación, podremos pasar unas semanas juntos. ¡Alabado sea el Señor! Hemos llegado de Nueva York esta mañana, y he tenido la gran suerte de encontrar un barco, el Armorique, que zarpa directo a H—. El correo parte sin demora, pero nosotros probablemente estemos detenidos unas horas por la marea; así que esta carta te llegará un día antes de mi arribada; el capitán calcula que llegaremos el jueves temprano. ¡Ah, Hortense, qué lento pasa el tiempo! Tres días completos. Si no te escribí desde Nueva York fue porque no estaba dispuesto a atormentarte con una expectativa que, de ser así, me atrevo a suponer, encontrarías demasiado larga. Adiós. ¡Por un cálido reencuentro! Tuyo devoto, C. B.

Cuando el caballero dejó de nuevo la carta sobre el regazo de su compañera, su rostro estaba casi tan pálido como el de ella. Permaneció unos instantes mirando al vacío con la vista perdida, y sus labios abortaron una maldición. Entonces sus ojos se volvieron sobre su acompañante. Tras unos momentos de indecisión, durante los cuales aflojó hasta tal punto las riendas que el caballo redujo el paso, la tocó suavemente en el hombro:

—Vaya, Hortense —dijo él en un tono amable—, ¿qué ha pasado, te has quedado dormida?
Hortense abrió lentamente los ojos y, observando que habían dejado atrás la ciudad, se retiró el velo. Sus facciones estaban agarrotadas por el miedo.

—Lee esto —dijo ella tendiéndole la carta.
El caballero cogió la misiva y fingió leerla de nuevo.
—¡Ah!, Monsieur Bernier regresa. ¡Estupendo! —exclamó.
—¿Cómo, estupendo? —preguntó Hortense—. No debemos bromear en momentos tan críticos, querido.
—Cierto —dijo él— será un encuentro solemne. Dos años de ausencia es mucho tiempo.
—¡Oh, cielos! No seré capaz de mirarle a la cara —sollozó Hortense, rompiendo a llorar.

Se cubrió el rostro con una mano y tendió la otra hacia la de su amigo, pero él estaba sumido en un sopor tan profundo que no percibió el movimiento. De repente, volvió en sí alertado por sus sollozos.

—Vamos, vamos —dijo, en el tono propio de quien trata de convencer a otro para hacerle dudar de un peligro del que él mismo no se siente muy seguro, pero frente al cual, la indiferencia de un amigo, le aliviaría—. ¿Y qué, si viene?, no tiene por qué enterarse de nada. No estará más que unos días y embarcará de nuevo tan confiado como llegó.
—¡Qué no tiene por qué enterarse de nada!, me sorprendes. Cada lengua que le dé la bienvenida, con sólo pronunciar bon jour, se moverá a un compás que le revelará conducta tan reprochable.
—¡Bah!, la gente no piensa en nosotros tanto como imaginas. Tú y yo, n’est-ce-pas?, tenemos poco tiempo para preocuparnos por las los defectos de nuestros vecinos. Pues nadie está libre de pecado, para bien o para mal. Si un barco naufragara contra aquellas rocas mar adentro, los pobres diablos que tratasen de alcanzar tierra firme flotando sobre los restos de los mástiles no dirigirían demasiadas miradas a aquellos que se baten con las olas junto a ellos. Sus ojos están fijos en la orilla, y toda su preocupación sería su propia salvación. En la vida, todos somos náufragos a la deriva en un tempestuoso mar, luchando por alcanzar una terra firma de salud, de amor o de placer. El rugir de las olas que levantamos en nuestro derredor y la espuma que arrojamos sobre nuestros ojos nos ensordece y nos ciega frente a los actos y palabras de nuestros semejantes. Con tal que podamos ponernos a salvo, ¿a qué preocuparnos por ellos?

—Ay, pero ¿si no lo logramos? Cuando hemos perdido nuestras propias esperanzas, tratamos de hundir a los demás. Colgamos piedras de molino de sus cuellos y nos sumergimos en los más sucios fondos en busca de cantos que lanzarles. Amigo mío, no eres capaz de sentir los disparos que no se dirigen a ti. No es de ti de quien la ciudad murmura, sino de mí: una pobre mujer se arroja desde aquel muelle y muere ahogada antes de que una amable mano tenga tiempo de hacerla recapacitar, y su cadáver flota sobre la superficie a la vista de todo el mundo. Cuando su marido se aproxima para ver qué significa esa muchedumbre, ¿le faltarán amigos gentiles para darle la buena nueva de la muerte de su esposa?

—Mientras que la mujer sea suficientemente ligera para flotar, Hortense, no se le da por muerta. Sólo cuando se hunde más allá del alcance de la vista, se pierden las esperanzas.
Hortense permaneció un momento en silencio, mirando el mar con los ojos hinchados.
—Louis —dijo finalmente— estábamos hablando metafóricamente: estoy a punto de ahogarme, literalmente.
—¡Tonterías! —dijo Louis—, un reo se declara “inocente” y, si ha de colgarse, lo hace en la prisión. ¿Qué dicen los periódicos?, la gente habla ¿no?, ¿no puedes tú hablar igual que ellos? Una mujer se equivoca desde el momento en que retiene su lengua y rehúsa luchar. Y eso es lo que tú haces demasiado a menudo. Ese pañuelo es casi como una bandera blanca.
—Seguro que estoy equivocada —dijo Hortense con aire indiferente—, acaso sea así.
Hay momentos de dolor en los que determinados aspectos del objeto de nuestra angustia parecen tan irrelevantes como aquellos otros completamente ajenos a ellos. Los ojos de ella seguían fijos en el mar. Hubo otro silencio.
—¡Oh, mi pobre Charles! —murmuró, y finalmente—: ¡A qué clase de corazón regresas!
—Hortense. El caballero hizo como si no la hubiese escuchado, aunque, a una tercera persona le habría parecido que fue precisamente porque le había oído por lo que dijo: No necesito decirte que jamás se me ocurriría traicionar nuestro secreto. Pero te garantizo que mientras Monsieur Bernier permanezca en su hogar, ningún otro mortal pronunciará una sola palabra sobre este asunto.
—Qué más da —susurró Hortense—. No podremos estar diez minutos juntos sin que él lo adivine todo.
—Oh, en cuanto a eso —dijo secamente su compañero— es cosa tuya.
—¡Monsieur de Meyrau! —chilló la dama.
—Me parece —continuó el otro— que, con tales garantías, he cumplido con mi parte.
—¡Tu parte! —sollozó Hortense.

Monsieur de Meyrau no contestó pero con un fuerte chasquido del látigo envió al caballo al galope por el camino. No se dijo nada más. Hortense permanecía recostada en el carruaje con el rostro sepultado en un pañuelo, gimiendo. Su compañero sentado, erguido, con el ceño fruncido y los dientes firmemente apretados, miraba fijamente hacia delante y, con eventuales latigazos, mantenía el caballo a un frenético paso. Un caminante podría haberle tomado por un raptor escapando con su víctima, exhausta por la resistencia. Los viajeros para quienes eran conocidos, podrían, acaso, haber percibido un profundo significado en esta accidental analogía. De este modo, dando un détour, regresaron a la ciudad. Cuando Hortense llegó a casa, subió directamente a un minúsculo tocador en la segunda planta y se encerró en él. El cuarto se encontraba en la parte trasera de la casa, y su doncella, quien en ese momento se hallaba caminando por el amplio jardín que se extendía hasta el mar, donde había un embarcadero para botes de escaso calado, la vio echar las cortinas y apagar las luces, vistiendo aún su sombrero y su capa. Permaneció sola un par de horas. A las cinco en punto, un poco antes de la hora a la que normalmente era requerida para vestir de noche a su señora, la doncella llamó a la puerta de Hortense y ofreció sus servicios. La señora respondió, desde el interior, que tenía una migraine,y que no se vestiría.

—¿Le preparo algo a la señora? —preguntó Josephine—; ¿una tisana, un caldo, alguna cosa?
—Nada, nada.
—¿Cenará la señora?
—No.
—La señora no debería acostarse en ayunas.
—Tráigame una botella de vino,… o de brandy.

Josephine obedeció. Cuando regresó, Hortense estaba esperando en el umbral de la puerta y, como una de las contraventanas había sido momentáneamente abierta, la mujer pudo ver que, aunque el sombrero de su señora había sido arrojado sobre el sofá, aún no se había desprendido de la capa y su rostro estaba muy pálido. Josephine estimó que no debía mostrarse compasiva ni formular más preguntas.

—¿No tomará nada más la señora? —se atrevió a preguntar mientras le entregaba la bandeja.
La señora negó con la cabeza, y cerró y echó la llave a la puerta. Josephine permaneció de pie por un momento; desconcertada, indecisa, a la escucha. No percibió ningún ruido. Al final, lentamente, se inclinó y aplicó su ojo a la mira de la cerradura. Esto es lo que vio: su señora se había aproximado hasta la ventana abierta y permanecía de pie, de espaldas a la puerta, mirando hacia el mar. Mantenía la botella asida por el cuello en una mano, que colgaba lánguidamente a lo largo de costado; la otra descansaba en un vaso a medio llenar que se encontraba junto a una carta abierta, en una mesa situada a su lado. Mantuvo esta posición hasta que Josephine se cansó de esperar. Pero justo cuando empezaba a perder la esperanza de ver recompensada su curiosidad, la señora levantó la botella y el vaso, y llenó por completo este último. Josephine observó entonces con mayor fruición. Hortense lo alzó contra la luz y lo sostuvo así un momento antes de apurarlo por completo.

Josephine no pudo contener un silbido involuntario. Pero su sorpresa se convirtió en asombro cuando vio a su señora a punto de tomar un segundo vaso. Hortense lo dejó, no obstante, antes de apurarlo, como si un repentino pensamiento la hubiese golpeado, y cruzó apresuradamente la habitación. Se inclinó frente a una vitrina y sacó un pequeño vaso ópera. Con él regresó a la ventana, lo puso frente a sus ojos y de nuevo dedicó unos momentos a mirar hacia el mar. Josephine no pudo entender el propósito de este proceder. El único resultado que pudo apreciar fue que su señora dejó repentinamente los impertinentes sobre la mesa y se dejó caer sobre un sillón, cubriéndose el rostro con las manos. Josephine, incapaz de contener su asombro mucho tiempo, bajó apresuradamente a la cocina.

—Valentine, ¿qué demonios puede pasarle a la señora? —le dijo a la cocinera—, no quiere cenar nada y está apurando vasos de brandy; hace un momento estaba mirando hacia el mar con unos impertinentes, y ahora está hecha un mar de lágrimas con una carta abierta sobre el regazo.
La cocinera, que se encontraba mondando patatas, alzó la vista y le hizo un expresivo guiño.

—Pues qué puede ser —dijo—, sino que el señor regresa.

II.
Al dar las seis en punto, Josephine y Valentine estaban todavía sentadas discutiendo sobre las posibles causas y consecuencias del hecho insinuado por esta última. De repente, la campanilla de Madame Bernier sonó. Josephine estuvo encantada de contestar. Se encontró con su señora cuando ésta bajaba las escaleras, peinada, envuelta en su capa y con el velo echado, sin visos de agitación, pero con el rostro muy pálido.

—Voy a salir —dijo Madame Bernier—, si el señor vizconde viniese, dígale que estoy en casa de mi suegra y ruéguele que me espere hasta que regrese.
Josephine le abrió la puerta a su señora y permaneció de pie observándola mientras cruzaba el patio.
—En casa de su suegra —murmuró la doncella—, ¡vaya desvergüenza!

Cuando Hortense llegó a la calle, se dirigió, no a través de la ciudad hacia el casco viejo, donde esa anciana dama —la madre de su marido— vivía, sino que tomó una dirección bien diferente. Siguió el camino del muelle, que discurría paralelo al puerto, hasta llegar a una zona muy concurrida, principalmente por pescadores y barqueros. Al llegar allí se retiró el velo. Empezaba a anochecer. Caminaba procurando no atraer la atención y escrutando minuciosamente la concurrencia en medio de la cual se encontraba. Su atuendo era sencillo, de suerte que no había nada en su apariencia que solicitase la atención; sin embargo, si por alguna razón a un transeúnte se le hubiese ocurrido fijarse en ella, la intensidad contenida con la cual examinaba a cada persona con quien se cruzaba le habría impresionado inevitablemente. Su comportamiento era el de quien trata de reconocer a un viejo amigo al que no ve hace tiempo o, quizás, mejor dicho, el de quien busca a un viejo enemigo entre una multitud. Finalmente, se detuvo frente a un tramo de escalera, al pie del cual había un embarcadero para media docena de botes, empleados en ocasiones para transportar pasajeros entre los dos extremos del puerto cuando se cerraba el puente levadizo para la navegación. Estando allí, de pie, fue testigo de la siguiente escena: Un hombre tocado con un gorro de pescador de lana roja, estaba sentado en la parte alta de la escalinata, fumando una pipa de caño corto, con el rostro vuelto hacia el agua. Al girar la cabeza, su vista se fijó en un mocoso que cruzaba apresuradamente el muelle en dirección a una lúgubre casa de vecindad cercana, con una jarra en los brazos.

—¡Eh, rapaz! —gritó el hombre—, ¿qué tienes ahí?. Ven aquí.
El chiquillo miró hacia atrás pero, en lugar de obedecer, aceleró el paso.
—¡Que el diablo te lleve, te he dicho que vengas! —repitió el hombre enfadado— …o te retorceré tu miserable cuello, ¿es que no vas a obedecer a tu propio tío?

El chico se detuvo y se dirigió hacia su pariente con aire de arrepentimiento, volviendo la cabeza varias veces hacia la casa, como apelando a alguna autoridad superior.

—¡Vamos, date prisa o tendré que ir a buscarte! —prosiguió el hombre—. ¡Venga!
El muchacho avanzó hasta quedarse a unos pasos de la escalinata y allí se paró en seco, y se puso a observar cautelosamente al hombre aferrando con fuerza la jarra.
—Date prisa, pequeño miserable, acércate más.

El joven mantuvo, empero, un imperturbable silencio y permaneció inmóvil. Bruscamente, su sedicente tío se inclinó hacia delante y con un amplio movimiento de su brazo agarró la bronceada muñeca del chico y lo atrajo hacia él.

—¿Por qué no vienes cuando se te llama? —preguntó al tiempo que agarraba con su otra mano la desgreñada mata de pelo del infante, y sacudía su cabeza hasta hacerle tambalearse—. ¿Por qué no viniste, pequeño salvaje maleducado?, ¿Eh?, ¿eh?, ¿eh? — preguntó acompañando cada interrogación con una nueva sacudida.

El chico no respondió. Intentaba por todos los medios volver la cabeza, a despecho de la furia del hombre y transmitir alguna llamada de auxilio a la casa.

—Vamos, deja de retorcer la cabeza. Mírame y contéstame: ¿qué hay en esa jarra? Y no mientas.
—Leche.
—¿Para quién?
—Para la abuelita.
—Que la cuelguen.

El hombre lo soltó y arrebató la jarra de los débiles brazos del chico, la inclinó hacia la luz e inspeccionó su contenido, se la llevó a los labios y la apuró. El chico, aunque ya libre, no retrocedió. Permaneció observando cómo su tío daba cuenta de la jarra. Después, mirándole a la cara le dijo:

—Era para el crío.
El hombre vaciló por un instante. Pero el chico pareció tener una premonición del resentimiento de su pariente, y por ello, apenas terminó de decirlo, retrocedió corriendo como una flecha justo a tiempo de evitar el jarrazo que le lanzó el hombre y que fue a estrellarse en sus talones. Cuando perdió de vista al muchacho, se volvió de nuevo hacia el mar, se colocó la pipa entre los dientes, frunció el ceño y murmuró algo que a Madame Bernier le sonó muy parecido a “Ojalá se ahogara ese rorro”. Hortense fue muda espectadora de este minúsculo drama. Cuando terminó, se volvió y desanduvo sus pasos unos veinte metros con la mano en la cabeza. Después caminó muy erguida y se dirigió al hombre:

—Buen hombre —dijo en un tono amable—. ¿Es usted el patrón de alguno de estos botes?
El hombre levantó la vista hacia ella. En un instante, la pipa estaba fuera de la boca y en su lugar había una amplia sonrisa. Se levanto llevándose la mano a la gorra.

—Lo soy, señora, a su servicio.
—¿Podría llevarme a la otra orilla?
—No necesita un bote; el puente esta bajo —dijo uno de sus compañeros al pie de la escalera, mirando en dirección al puente.
—Lo sé —dijo Madame Bernier—, pero desearía ir al cementerio, y un bote me evitaría caminar casi un kilómetro.
—El cementerio está cerrado a esta hora.
—Allons, deja en paz a la señora —dijo el hombre al que se dirigió inicialmente—. Por aquí, señora mía.
Hortense se sentó en la popa del bote. El hombre cogió los remos.
—¿Cruzamos directamente? —preguntó el hombre.
Hortense miró en derredor.
—Es una bonita tarde —dijo—, ¿por qué no me lleva hasta el faro y en el camino de regreso me deja en el punto más cercano al cementerio?
—Muy bien —replicó el barquero—. Quince sueldos —dijo, y comenzó a remar vigorosamente.
—Allez, le pagaré bien —dijo Hortense.
—Quince sueldos es la tarifa —insistió el hombre.
—Déme un agradable paseo y le daré cien —dijo Hortense.

Su acompañante no dijo nada. Evidentemente trataba de actuar como si no hubiese oído la observación. El silencio era probablemente la forma más digna de recibir una promesa demasiado munificente para no ser sino una broma. El silencio se mantuvo por algún tiempo, roto únicamente por el batir de los remos y por los sonidos procedentes de la costa y de las naves próximas. Madame Bernier estaba sumida en un profundo escrutinio, a hurtadillas, del rostro del barquero. Era un hombre de unos treinta y cinco años, de rostro obstinado, cruel y sombrío. Estos indicios estaban, quizás, exagerados por la pesada monotonía de su tarea. Sus ojos no mostraban ya ese destello de picardía que habían transparentado cuando estaba tan empressé en el ofrecimiento de sus servicios, su rostro era mejor entonces, esto es, si el vicio es mejor que la ignorancia. Decimos que un rostro se “ilumina” con una sonrisa; y de hecho, ese breve titilar hace los oficios de una vela en una habitación oscura. Proyecta un rayo de luz sobre la sombría tapicería de nuestras almas. El semblante de los pobres conoce generalmente pocas variaciones. Existe una vasta clase de seres humanos cuya fortuna se restringe a un único cambio de expresión o, quizás, mejor dicho, a una única expresión. ¡Ah, yo! ¡Los rostros que visten la desnudez o harapos; cuyo reposo es anquilosamiento, cuya actividad, vicio; ¡ignorantes en sus peores momentos, infames en los mejores!

—No reme tan fuerte —dijo finalmente Hortense—. ¿No sería mejor que se tomase un respiro?
—La señora es muy amable —dijo el hombre, apoyándose sobre los remos—. Pero si me ha contratado por horas —añadió con esa despiadada sonrisa de nuevo en su rostro—no debería pescarme holgazaneando.
—Supongo que su trabajo es muy duro —dijo Madame Bernier.
El hombre sacudió levemente la cabeza, como para dar a entender la insuficiencia de cualquier suposición para captar el verdadero alcance de su trabajo.
—Me he levantado a las cuatro de la mañana, llevo acarreando fardos y cajas en el muelle y navegando con mi bote desde entonces, sudando, sin cinco minutos de descanso. C’est comme ça. A veces le digo a mi amigo, creo que me voy a dar un chapuzón en la ensenada para ver si me seco un poco. ¡Ja, ja, ja!
—Y, por supuesto, no ganará usted mucho —dijo Madame Bernier.
—Menos que nada. Lo justo para mantenerme lo suficientemente orondo para dar de comer al hambre.
—¿Cómo?, ¿no le llega siquiera para la comida precisa?
—Precisa es una palabra muy elástica, señora. Puede reducirla hasta el punto de que el grado superior a nada signifique lujo. Mi alimento preciso es a veces aire enrarecido. Si no me privo de él, es porque no puedo.
—¿Es posible ser tan desdichado?
—¿Quiere saber qué he comido hoy?
—Dígamelo —dijo Madame Bernier.
—Un pedazo de pan negro y un arenque en salazón es todo lo que ha pasado por mi gaznate en las últimas doce horas.
—¿Por qué no se busca otro trabajo, una ocupación más apropiada?
—Si tuviese que morir esta noche —prosiguió el hombre sin hacer caso de la pregunta—, cual un hombre cuyas ansias de auto-compasión le conducen más allá de las señales de auxilio, ¿qué quedaría para enterrarme? Con estas ropas que llevo podría comprarme una buena caja, por el precio de este viejo y desarrapado traje, que no me ha durado siquiera un año, podría conseguir un ataúd que durara más de cien años. La bonne idée!
—¿Por qué no busca otro trabajo en el que paguen mejor? —repitió Hortense.

El hombre dejó de nuevo los remos.
—¿Un trabajo mejor pagado? Tengo que trabajar para conseguir trabajo. Tengo que ganármelo también. Un trabajo significa un salario. Cuento con la esperanza de un trabajo para la próxima semana como la mejor parte de mis gastos para el sábado noche. Hacer rodar cincuenta toneles desde el barco hasta el almacén significa dos cosas: treinta sueldos y cincuenta barriles más para descargar al día siguiente. Así que una mano rota o un hombro dislocado significan veinte francos para el boticario y bon jour a mi negocio.
—¿Está casado? —preguntó Hortense.
—No, doy gracias. No he sido maldecido con esa dicha. Pero tengo una vieja madre, una hermana y tres sobrinos que dependen de mí. La anciana mujer es demasiado vieja para trabajar; la chica es demasiado perezosa y los pequeños son demasiado jóvenes. Pero ninguno de ellos es demasiado joven o demasiado viejo para no tener hambre, allez. ¡Que me aspen si no soy un padre para todos ellos!

Hubo una pausa. El hombre había retomado los remos. Madame Bernier permanecía sentada sin moverse, examinando la fisonomía de su vecino. El agonizante sol daba de lleno sobre la cara del hombre, cubriéndola de una brillante luz. Las facciones de la dama quedaban oscurecidas contra el cielo de poniente, lo que la hacía indiscernible para su compañero.

—¿Por qué no abandona este lugar? —dijo finalmente ella.
—¡Abandonarlo!, ¿cómo? —contestó, mirándola con la basta avidez con la que la gente de su clase recibe propuestas que rozan sus intereses, incluyendo las sugerencias filantrópicas, esa ansia desconfiada con la cual la experiencia les ha enseñado defender su propia parte del trato, la única clase de propuesta con la que ella les había familiarizado.
—Ir a otra parte —dijo Hortense.
—¿Adónde, por ejemplo?
—A un nuevo país, América.

El hombre estalló en una sonora carcajada. La cara de Madame Bernier reveló evidencias de un mayor interés en el juego de sus rasgos que en esa turbación que generalmente acompaña a la conciencia del ridículo.

—¡Ése sí que es un proyecto digno de una dama! Si encuentra un apartamento amueblado, lá-bas, no podría desear nada mejor. Pero nada de saltos en el vacío. América y Argelia son bonitas palabras para atiborrar estómagos vacíos cuando estás holgazaneando al sol, sin trabajo, igual que cuando llenas tu pipa de tabaco y dejas que el humo ascienda formando volutas alrededor de tu cabeza. Pero se desvanecen tras un buen chuletón y una botella de vino. Cuando la tierra sea tan llana y el aire tan puro que la costa americana pueda divisarse desde aquel muelle, entonces prepararé mi hato. No antes.
—¿Teme, entonces, arriesgarse?
—Yo no temo nada, moi. Pero tampoco soy un necio. No quiero darles un puntapié a mis sabots hasta no tener un buen par de zapatos. Puedo caminar descalzo aquí, pero no quiero encontrarme agua donde esperaba pisar tierra firme. En cuanto a América, ya he estado allí.
—¡Ah!, ¿ha estado allí?
—He estado en Brasil, México, California y en las Indias occidentales.
—¡Ah!
—También en Asia.
—¡Ah!
—Pardieu, en China y la India. ¡Oh, he visto todo el mundo! He doblado tres veces el Cabo.
—¿Ha sido marino, entonces?
—Sí, señora, catorce años.
—¿En qué barco?
—Pobrecita, en medio centenar.
—¿Franceses?
—Franceses, ingleses y españoles, la mayoría españoles.
—¿Sí?
—Sí, en buena hora.
—¿Cómo es eso?
—¡Oh, fue una vida de perros! Habría ahogado a cualquier perro que me hubiese jugado la mitad de las malas pasadas que solía presenciar.
—¿Y nunca tuvo que intervenir en alguna usted mismo?
—Pardon, lo di todo. Fui tan buen español y tan valiente como cualquiera. Medí mi cuchillo con los mejores, y lo desenvainé tan rápido y lo hundí tan profundo como ellos. Le enseñaría las cicatrices si no fuera una dama. Pero le aseguro que podría encontrar sus gemelas en el pellejo de docenas de españoles.

Los recuerdos le hicieron remar con renovado vigor. Hubo un breve silencio.
—Cree usted —dijo Madame Bernier al cabo de unos minutos—, recuerda Usted, quiero decir, ¿recuerda usted si alguna vez mató a un hombre?

Hubo un momentáneo flaqueo en los remos del barquero. Le dirigió una repentina mirada a su pasajera, quien sin embargo permanecía aún lo suficientemente oscurecida por su posición como para resultar indistinguible. El tono de su interrogatorio había trascendido la pura y simple curiosidad. Vaciló unos instantes, y luego ofreció una de esas conscientes, prudentes, ambiguas sonrisas que pueden ocultar bien la asunción criminal de algo más que la verdad o el rechazo culpable de ésta.

—Mon Dieu! —dijo encogiéndose de hombros—. ¡Hay una cuestión!… Nunca maté a nadie sin una razón.
—Por supuesto que no —dijo Hortense.
—Si bien una razón en Sudamérica, ma foi! —añadió el barquero —, no sería una razón aquí.
—Supongo que no. ¿Cuál podría ser una razón allí?
—Bueno, si hubiera matado a un hombre en Valparaíso, y no digo que lo hiciera, cuidado, sería porque mi cuchillo habría ido más lejos de lo que pretendía.
—Pero ¿por qué habría de desenfundarlo?
—No lo hice. Pero si lo hubiera hecho, habría sido porque él lo desenfundó primero contra mí.
—¿Y por qué habría hecho él eso?
—Ventrebleu!, por tantas razones como barcos hay en el puerto.
—¿Por ejemplo?
—Bueno, porque me hubiesen dado a mí el puesto que él buscaba en una tripulación.
—¿Por cosas como ésa? ¿Es posible?
—Oh, por cosas más nimias: por una docena de naranjas que me hubiera dado una muchacha que anteriormente se las había prometido a él.
—¡Qué extraño! —dijo Madame Bernier con una estridente risa—. Un hombre que te guarda un resentimiento de esa clase sería capaz de acercarse y apuñalarte, supongo, como si tal cosa.
—Exacto. Te clava un cuchillo en la espalda hasta la empuñadura escupiéndote una maldición, y cinco minutos más tarde está partiendo un melón con ese mismo cuchillo mientras entona una cancioncilla.
—Y cuando una persona tiene miedo, o vergüenza, o de algún modo se siente incapaz de vengarse por sí mismo, ¿debe él (o puede que sea una mujer), debe ella buscar a alguien que lo haga en su lugar?
—Parbleu!, pobres diablos a la espera de ese tipo de encargos son tan abundantes en toda la costa sudamericana como los commissionaires en las esquinas de este país. —El barquero estaba claramente sorprendido por la fascinación que acerca de tan infame tema se había apoderado de una dama tan elegante; pero teniendo, como se puede observar, una lengua dispuesta, es posible que el placer que encontraba en ser capaz de complacer la curiosidad de la dama y en escucharse a sí mismo fuesen aún mayores—. Y allí abajo —continuó— nunca olvidan una deuda. Si un tipo no te ajusta cuentas un día, lo hará otro, el odio de los españoles es como el sueño perdido, puedes aplazarlo un tiempo, pero al final te pasa factura. Los bribones siempre mantienen sus promesas… Un enemigo a bordo es tremendamente divertido, es como dos toros encerrados en un mismo ruedo, no puedes permanecer quieto ni medio minuto, si no es contra la barrera. Incluso cuando traba amistad contigo, su acogida nunca es de fiar. Provocarle es como beber de una jarra de peltre. Y es así en todas partes. Deja que tu sombra se cruce una sola vez en el camino de un español, y él siempre la verá ahí. Si no ha vivido nunca fuera de esas malditas cuadriculadas ciudades europeas, no puede imaginarse cómo son las cosas en una de esas ciudades portuarias sudamericanas, la mitad de la población esperando tras la esquina a la otra mitad. Pero no veo que sea mucho mejor aquí, donde unos vigilan a otros. Allí te encuentras un asesino a cada paso, aquí un sergent de ville… En todo caso, la vida là-bas solía recordarme, más que cualquier otra cosa, a la navegación por un canal de aguas poco profundas, donde no sabes qué infernal roca puede hacerte encallar. Todo el mundo tiene cuentas pendientes con sus vecinos, como las tienen las señoras con sus fournisseurs;y, ma foi, ésas son las únicas cuentas que saldan. El capitán del Santiago puede que me pague algún día de éstos por los bonitos calificativos que le jalée cuando nos despedimos, pero seguro que nunca me pagará el salario que me debe.

Una corta pausa siguió a esta exposición de las virtudes de los españoles.
—Entonces, ¿usted no ha mandado al otro mundo a nadie? —continuó Hortense.
—¡Oh, claro que sí!… ¿Se siente horrorizada?
—En absoluto. Sé que el hecho es a menudo justificable.
El hombre permaneció en silencio un instante, acaso sorprendido, y lo siguiente que dijo fue:
—¿Es usted española?
—En ese sentido, quizás lo sea —respondió Hortense.

Su compañero guardó de nuevo silencio. La pausa se prolongó. Madame Bernier lo rompió con una pregunta que mostró que los pensamientos de ambos habían estado siguiendo el mismo curso.

—¿Cuál sería una razón suficiente en este país para matar a alguien?
El barquero lanzó una fuerte carcajada sobre el agua. Hortense se envolvió bien con su manto.
—Me temo que no la hay.
—¿No existe el derecho de legítima defensa?
—Por supuesto, y eso es algo de lo que yo debería saber. Pero es una defensa que ces messieurs du Palais podrán dejar en nada.
—En Sudamérica y esos países, cuando un hombre te hace la vida imposible, ¿qué puedes hacer?
—Mon Dieu! Supongo que matarle.
—¿Y en Francia?
—Supongo que suicidarte. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!

En ese momento habían alcanzado el extremo del gran rompeolas, que terminaba en un faro; el límite, por una parte, del interior del puerto. El sol se había puesto.

—Ya estamos en el faro —dijo el barquero—; está oscureciendo, ¿regresamos?
Hortense se incorporó en su sitio unos instantes, y permaneció así mirando hacia el mar.
—Sí —dijo finalmente—, puede regresar, despacio.

Cuando el bote hubo girado, se sentó de nuevo en la misma posición, y extendió una de sus manos más allá del borde del bote, garabateando en la superficie del agua mientras avanzaban y fijando la mirada en las largas ondas. Finalmente, alzó la vista hacia su compañero. Ahora que su rostro reflejaba las últimas luces del poniente, el hombre pudo ver que estaba mortalmente pálida.

—Debe de resultarle duro arreglárselas en la vida —dijo ella—. Estaría encantada de poder ayudarle.

El hombre se puso en marcha y la miró fijamente unos instantes. ¿Sería porque esa observación no encajaba con la expresión que podía discernir tenuemente en sus ojos? A continuación se llevó la mano a la gorra.

—Madame es muy amable. ¿Qué haría para ayudarme?
Madame Bernier le sostuvo la mirada.
—Confiaré en usted.
—¡Vaya!
—Y le recompensaré.
—¿Sí? ¿Madame tiene un trabajo para mí?
—Un trabajo —asintió Hortense.
El hombre no dijo nada, esperando aparentemente una explicación. Su rostro mostraba esa leve irritación que sienten las naturalezas inferiores cuando se las intriga.
—¿Es usted un hombre valiente?

La luz pareció llegar en esta pregunta. La pronta expansión de sus rasgos la contestó. No puedes tocar determinados asuntos con un inferior sino mediante el sacrificio de las barreras que te separan de él. Hay pensamientos y sentimientos y vislumbres y prefiguraciones de pensamientos que nivelan todas las desigualdades de clase.

—Soy lo bastante valiente —dijo el barquero— para cualquier cosa que usted quiera que haga.
—¿Es lo bastante valiente como para cometer un crimen?
—No de balde.
—Si le pidiera que pusiese en peligro su tranquilidad de espíritu, que arriesgase su seguridad personal por mí, indudablemente no sería como un favor. Le daría diez veces el peso en oro de cada gramo en que la carga de su conciencia se viese incrementada por mi causa.
El hombre le dirigió una dura y prolongada mirada en la penumbra.
—Sé lo que quiere que haga —dijo finalmente.
—Muy bien, —dijo Hortense—. ¿Y lo hará?
Continuó mirándola fijamente. Ella le devolvía la mirada como una mujer que ya no tiene nada más que ocultar.
—Exponga el caso.
—¿Conoce un navío llamado el Armonique, un barco de vapor?
—Sí; viene de Southampton.
—Llegará mañana temprano. ¿Podrá cruzar la barra?
—No, no hasta el mediodía.
—Eso pensaba. Espero a una persona: un hombre.
Madame Bernier parecía incapaz de continuar, como si hubiese perdido la voz.
—¿Y bien? —preguntó su compañero.
—Él es la persona. —Calló de nuevo.
—La persona que…
—La persona de la que me gustaría deshacerme.
Se hizo el silencio durante unos instantes. El barquero fue el primero en hablar.
—¿Tiene un plan?
Hortense asintió.
—Escuchémoslo.
—La persona en cuestión —dijo Madame Bernier— estará impaciente por desembarcar antes del mediodía. La casa a la que regresa estará a la vista desde el navío si, como usted dice, permanece anclado. Si puede tomar un bote, seguro que desembarcará. Eh bien!, ya me comprende.
—¡Ajá!, quiere decir mi bote, este bote.
—¡Oh, Dios!

Madame Bernier se levantó de su sitio, distendió los brazos y se dejó caer de nuevo, enterrando el rostro entre sus rodillas. Su acompañante levantó rápidamente los remos y puso las manos sobre los hombros de la mujer.

—Allons, donc, en nombre del diablo, no se derrumbe —dijo él—; llegaremos a un acuerdo.
Arrodillado en el suelo del bote y sosteniéndola con su abrazo, logró levantarla aun cuando su cabeza permanecía inclinada.
—¿Quiere que acabe con él en el bote?
No hubo respuesta.
—¿Es un hombre mayor?
Hortense negó levemente con la cabeza.
—¿De mi edad?
Ella asintió.
—Sapristi!, no es tan fácil.
—No puede nadar —dijo Hortense, sin levantar la vista—. Él…, él es cojo.
—Nom de Dieu! —El barquero dejó caer las manos. Hortense levantó rápidamente la vista—. ¿Han visto pantomima? No importa —añadió finalmente el hombre—, eso servirá como señal.
—Mais oui. Además de eso, pedirá que le lleven a la mansión Bernier, la casa cuya parte trasera da al mar, en la prolongación del gran muelle. Tenez, casi se puede ver desde aquí.
—Conozco el lugar —dijo el barquero, y se quedó callado, como si se formulase y contestase él mismo una pregunta.

Hortense estaba a punto de interrumpir el hilo de pensamientos que se daba cuenta que él estaba siguiendo, cuando él se le adelantó.

—¿Cómo puedo estar seguro de lo mío?
—¿Se refiere a su recompensa? He pensado en ello. Este reloj es un anticipo de lo que podré y estaré encantada de entregarle después. Su caja está cubierta de perlas por valor de dos mil francos.
—Il faut fixer la somme —dijo el hombre sin tocar el reloj.
—Depende de usted.
—Bien. Sabe que tengo derecho a pedir un precio más alto.
—Desde luego. Fije una cifra.
—Únicamente en el supuesto de una gran suma consideraría su propuesta. Songez donc, es un ASESINATO lo que me está pidiendo.
—El precio, diga el precio.
—Tenez —continuó el hombre—, la caza furtiva es siempre arriesgada. Las perlas en este reloj son tan caras porque llegar hasta ellas puede costar la vida de un hombre. Usted quiere que yo sea su pescador de perlas. Que así sea, pero me tiene que garantizar un descenso seguro, se trata de un descenso, sabe, ja, me tiene que proporcionar una escafandra segura; un pequeño agujero para respirar mientras hago mi trabajo; sólo en pensar en mi gorra llena de napoleones.
—Mi buen hombre, no deseo decirle ni escuchar sutilezas. Solamente quiero saber el precio. No estoy regateando por un par de gallinas. Proponga una cantidad.

El barquero por entonces había retomado ya su sitio y sus remos. Se estiró para dar un largo y lento impulso, lo que le llevó cara a cara con su tentadora. Mantuvo esta posición; el cuerpo inclinado hacia delante y los ojos fijos en el rostro de Madame Bernier, durante unos segundos. Tal vez, afortunadamente para el propósito de Hortense en ese momento —había ayudado a menudo a sus propósitos ya antes— era una mujer bella. Un rostro poco agraciado habría hecho hincapié en la absolutamente repulsiva naturaleza de la negociación. Repentinamente, con un rápido y convulso movimiento, el hombre completó la remadura.

—Pas si bête! Proponga una usted.
—Muy bien —dijo Hortense—, si así lo desea. Voyons: le daré lo que puedo. Tengo joyas por valor de quince mil francos. Se las daré o, si pueden suponerle un problema, su valor en metálico. En casa tengo, en una caja, mil francos en oro. También serán suyos. Pagaré su pasaje y su equipamiento a América. Tengo amistades en Nueva York. Les escribiré para que le consigan un trabajo.
—Y les concederá su colada a mi madre y a mi hermana, ¿hein? ¡Ja! ¡ja! Joyas, quince mil francos; que con mil más hacen dieciséis; pasaje a América, en primera clase, quinientos francos; equipamiento, ¿qué entiende exactamente Madame por eso?
—Todo lo necesario para que pueda salir adelante là-bas.
—¿Un certificado escrito de que no soy un asesino? Ma foi, sería mejor no despojarme de esa imagen, me ha sido de una gran ayuda, al menos a este lado de charco. Pongamos veinticinco mil francos.
—Muy bien; pero ni uno más.
—¿Puedo confiar en usted?
—¿No lo estoy haciendo yo? Tiene suerte de que no me permito a mí misma pensar en lo que estoy haciendo.
—Quizás en eso estemos igualados. Ninguno de los dos podemos permitirnos darle importancia a ciertas posibilidades. Tranquila, yo también confiaré en usted. …Tiens! —añadió el barquero, ya estamos junto al muelle. A continuación, con un solemne y fingido toque de su gorra añadió—: ¿Todavía desea Madame visitar el cementerio?
—Vamos, rápido, déjeme bajar —dijo Madame Bernier impaciente.
—En cierto modo, ya hemos estado entre los muertos, —porfió el barquero mientras le ofrecía su mano.

III.
Eran más de las ocho cuando Madame Bernier llegó a su casa.
—¿Ha venido Monsieur de Meyrau? —preguntó a Josephine.
—Sí, señá; y al enterarse de que Madame estaba fuera, dejó una nota, chez Monsieur.

Hortense encontró una carta lacrada sobre la mesa del vetusto despacho de su marido. Decía lo siguiente: Me quedé muy triste al ver que no estabas. Tenía algo que decirte. He aceptado una invitación para cenar y pasar la noche en C—, pensando que me sentaría bien. Por la misma razón he decidido coger el toro por los cuernos, y subir a bordo del vapor a mi regreso para dar la bienvenida a Monsieur Bernier —el privilegio de un viejo amigo. Me han dicho que el Armorique anclará al otro lado de la barra al amanecer. ¿Qué opinas?, aunque es demasiado tarde para hacérmelo saber. Celebra mi savoir faire —lo harás, en todo caso, al final. Verás como eso suavizará los problemas.

—¡Maldición!, ¡maldición! —siseó Madame cuando hubo leído la nota—. ¡Dios me libre de mis amigos!

Fue de un lado al otro de la habitación varias veces y al final comenzó a hablar sola entre murmullos, como suele hacer la gente en momentos de emociones intensas—: ¡Bah! Nunca se levanta al amanecer, se quedará dormido, especialmente después de la cena de esta noche. El otro llegará antes que él… ¡Oh, pobre cabeza mía, has sufrido demasiado para fracasar al final!
Josephine reapareció para ofrecerse a ayudar a su señora a desvestirse. Esta última, en su deseo de tranquilizarse, preguntó lo primero que se le ocurrió:

—¿Estaba Monsieur de Meyran solo?
—No, señora; otro caballero le acompañaba; Monsieur de Saulges, creo. Vinieron en un coche de caballos, con dos baúles de viaje.

Aunque hasta el momento he considerado mejor, seguramente desde un exagerado temor a atrincherarme en el terreno de la ficción, relatarles lo que esta pobre mujer hacía y decía en lugar de lo que pensaba, debo ahora revelarles lo que pasaba por su mente en ese momento: “¿Será un cobarde?, ¿irá a abandonarme?, o simplemente, ¿va a pasar estas últimas horas jugando y bebiendo? Tendría que haberse quedado junto a mí. ¡Ah!, amigo mío, qué poco haces por mí, cuando tanto hice por ti!; quien comete un crimen, y (¡que el cielo me ayude!), ¡se suicida por ti!… Pero supongo que él sabe lo que más le conviene. En todo caso, saldrá de juerga hasta tarde”.

Cuando la cocinera llegó esa noche, Josephine, que se había quedado levantada esperándola, le dijo:

—No te puedes hacer idea del aspecto que tiene Madame. Parece diez años mayor que esta mañana. ¡Virgen Santa, qué día ha debido de tener!
—Espera a mañana —dijo la oracular Valentine. Más tarde, cuando las mujeres subieron a la alcoba, advirtieron una luz por debajo de la puerta de Hortense, y durante la noche Josephine, cuya habitación estaba sobre la de Madame, y quien no pudo dormir (por simpatía, permítasenos decir), oyó movimientos debajo, lo que indicaba que su señora estaba incluso más desvelada que ella.

IV.
Había bastante ajetreo en torno al Armonique cuando ancló fuera de la bahía de H—, con las primeras luces del día siguiente. Un caballero, con abrigo, bastón y una pequeña bolsa de viaje, se puso a la altura del vapor en un pequeño bote pesquero y lo abandonó para subir a bordo.

—¿Se encuentra Monsieur Bernier a bordo? —preguntó a uno de los oficiales, el primer hombre con el que se encontró.
—Creo que ha desembarcado, señor. Vino un barquero preguntando por él hace unos minutos, y creo que se lo ha llevado.

Monsieur de Meyrau reflexionó unos instantes. Después cruzó al otro extremo del buque, mirando hacia tierra. Inclinándose sobre el macarrón vio un bote vacío amarrado a la escalera de mano que subía por el costado del buque.

—Este bote va a la ciudad, ¿no? —preguntó a uno de los marineros que andaba ocioso.
—Sí, señor.
—¿Dónde está el patrón?
—Supongo que estará aquí en unos instantes. Lo vi hablando con uno de los oficiales justo hace un momento.

De Meyrau descendió por la escalerilla y se sentó en la popa del bote. Mientras el marinero al que acababa de dirigirse estaba pasándole su bolsa, un rostro con gorra roja se asomó por encima de los macarrones.

—¡Buen hombre! —gritó De Meyrau—, ¿es éste su bote?
—Sí, señor, a su servicio —respondió el de la gorra roja que llegó a la parte superior de la escalerilla, y estudió detenidamente el bastón y el baúl de viaje del caballero.
—¿Puede llevarme a la ciudad, a la casa de Madame Bernier, al final del nuevo muelle?
—Claro, señor —dijo el barquero deslizándose por la escalerilla—. Es usted justo el caballero a quien buscaba.

Una hora más tarde Hortense Bernier salió de la casa, y comenzó a atravesar lentamente el jardín en dirección a la terraza desde la que se divisaba el mar. Las sirvientas, al bajar temprano, la habían encontrado levantada y vestida, o mejor dicho, aparentemente no se había desvestido, ya que llevaba las mismas ropas que la noche anterior.

—Tiens! —exclamó Josephine al verla—, Madame envejeció diez años ayer, y ha envejecido otros diez durante la noche.

Cuando Madame Bernier llegó al centro del jardín se detuvo, y permaneció inmóvil unos instantes, en actitud de escucha. A continuación, articuló un terrible grito. Vio cómo de la parte baja de la terraza emergía una figura y se dirigía hacia ella cojeando, con los brazos extendidos.