lunes, 19 de junio de 2017

Trasmundo, 24 de noviembre. Ángel García López.

Mirarme hoy es ponerse más triste que una calle
a la que el viento hubiese dejado sin visillos.
Es ser como una alcoba sin camas habitables,
como un tejado roto que asustara los nidos.

Me miras y te afliges y quieres acercarle
la memoria a mis ojos de nuestro tiempo vivo.
Hoy tengo la esperanza color de algunos árboles,
de aquellos que en otoño se mueren de amarillo.

No sé dónde ponerme los huesos en la carne,
cómo esconderle al pecho su largo pasadizo.
Mirarme hoy es ponerse más triste que una clase
sin tiza y sin pupitres, donde no hubiese niños.

Confieso que te quiero más que nunca esta tarde,
hoy que tiemblas de miedo junto a mi maleficio.
Tus ojos se me entregan com el rostro de un parque
donde, nuevos, los sauces emigraran de sitio.

Me miras y sostienes un pájaro en el aire,
el cielo respirable que me ha sido prohibido.
Tus manos me consuelan con su fruta abundante,
van sanándome dentro más despacio que un siglo.

Miras como ofreciendo tus ojos inyctables,
tus ojos enfermeros frescos como un racimo.
Mirarme hoy es ponerse más triste que un paisaje
donde nunca las ramas despertaran de mirlos.

Y yo, porque te amo, me oculto en este traje
de sábanas que lavan su muerte los domingos.
Me asomo a tus dos ojos como a dos ventanales.
Confieso que te quiero como nadie me quiso.

Porque tú, que me miras, ya no encuentras a nadie.
Nadie que me conozca puede decir que existo.
Acuden a mis ojos tus ojos a llorarme.
Llegas a despedirte. Te has mentido, amor mío.

Perversificaciones (fragmentos). Ángel García López.

16

Cuando llegaste al ascensor se puso
color de tu cabello el aire todo.
Todo era rubio como tú y bellísimo.
Tus piernas paseaban en los ojos
de cuantos iban ascendiendo al cielo
y a la planta tercera. Y yo, que estaba
tras ti, tan indefenso, contemplando
la luz de tus caderas no usuales,
cuando apoyaste sobre mí tu cuerpo
y vino a regalarme un dios y a verme,
sentí que el pantalón se entusiasmaba
y que, dentro de él, nuevo el verano,
iba a buscarte el sol que le ofrecías,
muriéndose de pie, bajo el vestido.

17

De todo cuanto estuvo en el espejo
-góndola bella que al amor rendía
y que yo deseé como otros muchos
que te gozaron- no te queda sino
memoria que se fue.
Mas no te duelas
en esta circunstancia no punible
de perder mi apetito ni el de aquellos.
Puedes, lasciva, mejorarlo sólo
con ofertar mullida la demanda
que fue famosa desde tantas voces.
Y así ofrecerle -toda guía es ciega-
y un poco más de tu redondo asilo
a quien te compre su placer al peso.

18

Te falta indecisión, miedo y un poco
de sabor a mujer, pues eres joven
y, aun sabiendo la mucha miel oculta
que en poca edad para el amor se ofrece,
yo, que a lo hermoso no rehusé hasta ahora,
lamento confesar, ante tu oferta
de hojaldre quebradizo y pan caliente,
no haber cumplido esos sesenta años
en que se aprende a agradecer un postre.

19

Ya nunca pensaré, cuando esté libre
de lo imposible de este amor, que tienes
los ojos parecidos a las aves
y un sexo en el que yo me quedaría
a pasar este invierno.
Pondré un hilo
de seda al corazón por no olvidarme
que tengo que olvidar. Y hacer posible
lo que sé no es posible. Porque eres
lo más bello, en el otro, de este mundo.

20

De todas las que amé, tú eres la única
que, lo que nadie supo hacer, lo supo.
e hiciste bien. Pues luego de marcharte
de mí, que te adoré, tan largo tiempo
de andar pidiendo a innumerables otras
repitan el camino que anduviste,
ninguna alcanza a ti.
De tal manera
que, decidido como estoy a verte
y tú dispuesta a no olvidar mi afecto,
te ruego que ejercites con los otros
tu inigualable perfección aquélla
hasta que puedas, otra vez, matarme.

23

A ti, que ya has dejado de alegrarme
como lo hicieras en aquel verano,
te vengo a ver las tardes de este invierno
huidizo hasta tu casa de la nieve.
Porque ya no te quiero. Así que, cuando
solícita me obligas a aceptarte
y accedo a lo que pides por el frío,
no pienses que es mi amor el que a ti acude.

26

Tardará más o menos, pero un día,
sin que nos demos cuenta, habrás caído
en redes del amor. Y, cuando quieras
huir de lo que amas, no habrá mano
que te libre de mí. Ni yo tampoco
desasirme podré. Pues ese juego,
que sólo procurara complacerme
con la demanda de tu carne joven,
convertido se habrá ya en lo que nadie
deshacerlo podrá, ni tú no amándome.

28

Cuando nos fuimos a acostar, en ese
momento confidente de quitarnos
las ropas y de hablar de inanidades,
me sorprendió que una mujer hermosa
como eras tú, tuviese a media noche,
tan corta luz con que alumbrar la escena.
Cuenta me di que tu caligrafía
no era lo grácil que pensé al cazarte
y tu sintaxis resultaba oscura.
Bien visto, qué más daba. Estabas buena
como un durazno, tu caliente hogaza
no era igual ni común -torpe y lentísima-
y te gustaba compartir mi cuerpo...

Lo demás un exceso hubiera sido.


36

Has hecho bien en olvidarme. Hubiera
apagado ese fuego aquella noche
sólo dos veces más, y sólo a ratos,
y tú pides el mar en cada instante.
Así que has hecho bien. Mas compadezco
a aquel que tendrá sitio ya en tu hoguera,
pues no sabe el traidor qué incendio el tuyo
cuando imagines que conmigo yaces.

37

Después de que te fueras, no poseo
ni siquiera mis ojos. Y hoy querría
tenerlos en tus pechos todavía
y temblar, como entonces, de deseo.

Ya inútiles sin ti desde aquel día
en que, desnuda, me dejaras ciego,
por saber no habría nunca ya otro luego,
los di a tu cuerpo. Y a tu lejanía.

38

De todos los lugares donde hicimos
arder tu juventud, recuerdo como
sitio nunca olvidable la bañera,
a la cual me llevaste -yo tan limpio
de cuerpo y corazón- con el sigilo
de darme a conocer, líquido, el fuego.

Y, en verdad, conocí cuánta y distinta
puede la lava ser en los volcanes.
Fue tan perfecta la ocasión de amarnos
igual que los delfines en el agua
-ahogándonos a ratos y creciendo
por encima del mar: muslos convictos,
senos en desazón, piel en naufragio,
la hirviente red en la que el pez moría-,
que, desde entonces, casi medio año
-limpio de corazón y no de cuerpo-,
no me he vuelto a bañar
por olvidarte.

39

Nadie tuvo la suerte que yo tuve
la vez que te encontré. Pero ninguno
tampoco desdichado como fuera
yo aquella tarde junto a ti, preciosa.
Pues te probé en sazón, como a las uvas
dispuestas a romper entre los dedos
su joven zumo tras la piel guardado.
Y fui feliz y, al parecer, lo eras.
Mas también desdichado, porque hoy busco
por los mercados y las fruterías
y nadie ofrecer puede otro racimo
tan distinto al sabor como fue el tuyo.

40

Al desvestirte observo tu belleza
lo mucho sobrepasa en varios dones,
y es comprensible que, al censar tus bienes
te acosen deseándote los ojos
y quieran sostenerte tantos labios
en mitad de la noche.
No prudente,
oh incitadora del incendio ajeno,
será poner a prueba cuánto abarcas
ni cuántos pueden resistir tu canto.
Vigila que tu cuerpo tomó dueño
y, aunque torpe su esmero ante tal tuyo,
fiel has de ser a quien te desposara.
Por eso, y comprendiendo cuán difícil
rehuir la incitación que en ti prodigas
incluso para aquél que es tu marido,
por esta vez perdonaré tu engaño.

Con él acepto sólo me traiciones.

42

Sé que preguntas aún por mí, que quieres
volver conmigo y recobrar el tiempo
perdido con aquél que te encontrara.
Si volviese a tu amor me perdería
esta vez yo, y al caminar lo andado.
Mucho es el riesgo de adorarte, diosa.
Pues no quisiera malversar de nuevo
mi prestigio de adúltero con alguien
que pudiera esta vez abandonarme
quién sabe si quizás por su marido.

49

Ella no es joven. Mas las dos estáis
por dentro y fuera, hechas de la misma
materia y proporción, cuerpo con algas
donde olvidarse, pues tenéis el mismo
espacio de la flor en que oler mucho
por cuantas veces cada tiempo exija.

Conoces bien que, de las dos, tú eres
quien puede más. Que nadie pone en hora
el reloj de mi amor como tú haces
al llegar el verano.
Pero el año tiene
doce meses que son distancia grande.
Y si ella cerca cuando tú lejana,
¿que puedo hacer sino sufrir paciente
su mucha caridad con tu marido?

50

Te he sido infiel innumerables veces.
Mas, si ello te consuela, de esas muchas,
sólo dos repetirlas merecieron.
Las otras fueron del montón e ingratas
y no procede ni lamento ahora.

51

Si los ojos dejaran sus señales
en aquello miran, no pudieras
moverte ni ya andar. Porque tendrías
heridas y arañazos en las piernas,
cicatrices de amor, rastros de hambre,
mordiscos de jaguar bajo tus medias.

52

Cuando es la noche y, en mi cama, a solas,
pasan los trigos con tu piel, tus pechos
del tamaño del agua, las cerezas
maduras que comí o el cuerpo tuyo
que ha nacido perfecto; cuando todo
huele a la noche que tu flor me abriera,
no tengo otro consuelo que abrasarme,
fingirme otra vez yo, darle a la mano
lugar donde mentir lo que, allí sido,
repite de tu amor lo que, ay, no eres.

56

Desde que no me esperas y el deseo
se muere a media tarde sin la cita,
alguien, que no eres tú y a ti parece,
siempre a las horas en que te veía,
pone al olvido -a tu recuerdo- un dardo.

Camina como tú y, a veces, utiliza,
para mentirse a mi interés, del cuerpo
que niega -ya oferente- su vendimia,
como si tú le hubieses dicho tiene
que ser cual tú para que me consiga.

58

Estoy pensando en serio que no vuelvo
a subir, porque siempre haces lo mismo
cuando me llevas a tu casa. Pides
que intente ser feliz, mientras desnudas
muy despacio mi cuerpo. Me colocas
en una posición de estatua griega
que distiende voraz su lozanía
pidiendo en ti anidar su prisa tanta.
Y en lugar de incitarme a que te ame,
que es justo a lo venido, a las dos horas
de hacerme mármol para ti, me dices
no alcanzas a saber quién te recuerdo.

En un lago asustado se confía. Ángel García López.

En un lago asustado se confía
la exacta cuadratura de tu nieve
y, ya un espejo rosa, roza leve
la leve forma de tu geografía.

Por saber tu jersey topografía
asoma en dos colinas lo más breve;
lo más punzante, donde no se atreve
un alfiler a ser fotografía.

Y debajo, ciñendo tu cintura,
tu cuerpo sometió a la arquitectura
lo más desconocido del rocío.

Debajo, acampanándose en la tela,
lo más rosado de la duermevela
y un claro arroyo convertido en río.

Quien puso en ti su mano. Ángell García López.

Quien puso en ti su mano tuvo ardiendo
la carne y perfumó su corazón.
Desde entonces mi piel se ha acostumbrado
a dormir en una sola habitación.

Después de tanto tiempo de visita
los dedos aprendieron la lección.
Las brasas de por fuera son por dentro
distintas al tocarlas como son.

Andar entre tus cosas una noche
es igual que asomarse a algún balcón.
Los brazos se hacen huéspedes sabiéndose
un jubileo y una jubilación.

Desde entonces no hay nada que no sepa
a mercado y a venta de ocasión.
Quien puso en ti su boca ha conocido
las pavesas de su incineración.

Amar es muchas veces una herida
con una cicatriz de quita y pon.
Quien deja sus dos ojos en tus labios
enferma al encontrar su curación.

Ahora recuerdo cómo anduve a tientas
hasta oírle la voz a la emoción.
Quien puso en ti su mano ha sucumbido
al fuego de su propia combustión.

Música de saxo para dejar entre las flores de Bowling Green. Ángel García López.

Recuerdo a Miss Gilmore, preludio de la nieve,
ébano solitario, violeta lastimada,
con un pájaro loco bullendo entre las manos
y en las tersas caderas un surtidor de agua.

Recuerdo sus cabellos, sus ojos infinitos
con un rumor de lumbres y selvas africanas,
y una cinta de flores llenándole los labios
de una fiel primavera de besos y de magias.

Parece que está cerca, que estoy tocando el fuego,
su cintura pequeña envidia de las palmas,
o los negros alcores de su cuerpo perdido
lleno de luces tibias y luces de Manhattan.

Viajero de los mares, un jazz de golondrinas
me acercó el imposible perfil de las acacias.
Siento sus manos, oigo como una lluvia triste,
como un gorrión herido temblando en mis espaldas.

Fue una vez -¿hace siglos?-, cuando el aire venía
indagando el secreto del polen de las blancas.
Antes de ser recuerdo su boca de azabache,
sus labios combatidos, magnolia inexpungada.

Y hoy perdida en el Este, subiendo rascacielos,
llevando soles altos al nido de la escarcha,
Miss Gilmore imposible, postal de un sueño apenas.
Perdida de mi cielo, turista de galaxias.

Contigo a orillas del Atlántico. Ángel García López.

Amor, contigo sólo y con la ola
en risa nueva y prisa apresurada.
Que tu boca me aloca, desbocada,
con bocados de mar y caracola.

Amor, ¿estoy contigo a solas, o la
luna cambia mi sombra desvelada?
¿O es tu boca la poca, la tasada
punzada que me toca y que me inmola?

¡Oh, cuánto mar, amor, diese, daría,
si beso el vaso, el cántaro suave
de la boca que libo y que me aboco!

Si llego, llaga amante, a la bahía
del claro faro que remonta el ave
tu mucho pico que besando es poco.

Tú, que tienes tiempo. Ángel García López.

Tú, que tienes el tiempo sobre la mano y lloras
y piensas de mi vida que un astro es apagado,
me ofreces una carne de sueños y de esporas
y una larga abundancia desde el lecho habitado.

No encuentro otro homenaje más hermoso que verte.
Mirarte es entenderle su inocencia al rocío.
Tu cuerpo es en la tarde como una almena fuerte
donde hacerse una casa protegida del frío.

Abeja de ti misma, libas de ti, frecuentas
el calor que a la noche destinas y desmayas.
Eres como una alcoba donde el aire aposentas,
como una nube joven que enviudase en las playas.

Solo un campo contiene soledad tan desnuda.
Tiembla, frágil, la alondra que en tus pechos anida.
Me miras y te ofreces desconsolada y muda.
Vuelas como una lluvia que creciese dormida.

Oculto anda en tus ojos un olivar furtivo.
Por dentro de tus pechos se muere un gladiolo.
Tus labios se hacen grandes y el sol diminutivo.
Grita un corzo en tu cuello desamparado y solo.

Detrás de tus mejillas un pueblo hace su fiesta.
Tendida eres un lago que su vientre inaugura.
Eres tu misma sombra, destronada y depuesta,
que amanece gigante desde su desventura.

Por no hacerle la guerra a la costumbre. Ángel García López.

Por no hacerle la guerra a la costumbre,
allí, en el probador. Allí tus pechos,
tan blancos, tan franceses, tan derechos,
tan altos como el álamo y la cumbre.

Buscando habitaciones en la lumbre,
sitios para la nieve, tibios lechos,
el mar se hizo cascada en tus estrechos,
ronda de espuma en cárceles de azumbre.

Allí, en el probador, ya desbocados,
luchando con la seda y el encaje,
la lanza de la miel rompió la herida.

Y altivos, sin ceder, soliviantados,
Mont Blanc del probador y su paisaje,
alzan triunfantes su total medida.

La mancha de carmín. Ángel García López.

Por ser tu boca tanta, tan segura,
y abril tan loco y poco recatado,
yo llegué hasta tu labio desbocado
en busca de tu boca y su aventura.

Y te probé la miel, y su dulzura
dejó mi labio rojo tan manchado,
que mi pañuelo luce hoy un bordado
envidia de la aguja y la costura.

Por ser tu boca tanta y tan esquiva,
se bordó tu inicial en mi pañuelo
con "B" de beso y letras en cursiva.

Y ahora es como un pájaro. Su vuelo
lleva una mancha roja en carne viva
subiendo hacia los aires, hacia el cielo.

Besarte no es amor. Ángel García López.

Besarte no es amor, es irte oliendo
igual que huele el macho a su collera;
es saberte paloma mensajera
al gavilán las alas abatiendo.

Besarte no es amor, es ir pidiendo
besana donde hundir mi sementera;
es ser igual que el toro en la pradera
huyendo de la hembra y embistiendo.

Igual que el ciervo oculta el baluarte
donde el celo resiste y le reclama,
así mi boca llega hasta tu boca.

Porque besarte entonces, no es besarte.
Es dejar en los labios la proclama
donde la sangre asusta de tan loca.