viernes, 2 de junio de 2017

Un día de pesca algo extraño. D.

La lluvia golpeaba fuertemente el vidrio de mi ventana y el frío de la mañana me abrazaba mientras dormía. Me encontraba acostada en mi cama, consiente pero dispuesta a seguir durmiendo, hasta que el despertador comenzó a sonar, me incliné hacia un costado y lo agarré, eran las 9:30 horas, al visualizar aquellos números me levanté rápidamente.
El día anterior mi padre me había prometido que iríamos de pesca y que no lo suspenderíamos por nada, ni siquiera por una densa lluvia, así que una vez que me cambie fui a buscar mi caña de pescar y luego me dirigí a la habitación de mi padre para despertarlo.
Cuando estuvimos preparados, nos subimos a la camioneta y emprendimos el viaje.
Al llegar, me sorprendí al notar que el lugar se encontraba tal como lo recordaba. Me Hubiera gustado seguir viniendo, pero siempre surgían distintos inconvenientes.
Papá alquiló un pequeño bote, gracias al cual nos pudimos adentrar más en el mar. Preparamos las cañas con los anzuelos y nos sentamos a esperar que algún pez ingenuo pesque la carnada.
El silencio se apoderó del lugar ya que nos quedamos observando el paisaje sombrío y desalentador. Seguía lloviendo, por suerte llevábamos trajes impermeables. El sol no parecía dispuesto a aparecer y deslumbrarnos con sus rayos brillantes y calurosos. Las olas se movían con rencor e impaciencia, definitivamente no era el día indicado para pescar y lo sabíamos.
Mi concentración fue interrumpida por un leve movimiento de mi caña de pescar, tiré de ella, una y otra vez…pero nada, en cambio, el movimiento cada vez aumentaba más.
Mi padre, que se hallaba a mi lado, se encontraba dormido. No me sorprendió que no se despertara ya que tiene un sueño pesado.
Tiré nuevamente de la caña de pescar, pero esta vez el pez ejerció mayor fuerza y me hizo tambalear. Me quedé en la orilla del bote y con otro pequeño tirón del pez perdí el equilibrio y caí al agua. Fue tan inesperado y rápido que no pude tomar aire antes de sumergirme y trague agua.
El océano era muy hondo y cada vez me sumergía más, no entendía ni sabía por qué razón, pero algo tiraba de mí hacia el fondo del mar.
Luego de desesperarme me di cuenta que todavía sujetaba la caña de pescar. El pez seguía enganchado en el anzuelo y me estaba conduciendo hacia la profundidad. Al darme cuenta de aquello, solté la caña y nadé hacia la superficie. Una vez allí miré a mi alrededor buscando el bote, pero no encontré nada, todo lo que se distinguía era el agua azul del mar y el cielo nublado. Pero a lo lejos pude visualizar algo, no supe qué era, pero mi intuición me decía que me dirija allí y eso hice.
Cuando estuve más cerca pude ver que era una cueva, así que entré en ella. La oscuridad era agobiante y el agua que se encontraba allí estaba helada.
Algo que me entusiasmó fue ver, en el medio de la cueva, un pequeño bote.
Rápidamente me subí a él, me sentí más débil y algo mareada, me tambaleé y al instante cayeron al suelo dos monedas que, al parecer, estaban ocultas en algún bolsillo del traje impermeable. Me iba a agachar a recogerlas pero en al instante ya no estaban más y en su lugar apareció una figura encapuchada que tomó los remos y comenzó a remar; yo no entendía nada, ni sabía a dónde me dirigía, pero algo más fuerte que yo me decía que me quede allí, accedí y me senté en un rincón del bote.
El paisaje cada vez se tornaba más oscuro, ya era imposible visualizar algo. Luego de un largo rato, en el paisaje se empezaron a dibujar pequeñas luces rojas, hasta que todo a mí alrededor quedó cubierto por un rojo sangre. El barco ya no navegaba sobre el agua del océano. Era como si hubieran teñido el agua de color rojo, pero de ella salía vapor, como si se estuviese evaporando, eso no era agua… ¿sería lava?
Decidí no prestarle atención para no asustarme.
El bote toco puerto.
Parecía que habíamos llegado a una especie de isla enorme, no había cielo, sólo oscuridad y vapor. Justo frente a mis ojos se encontraba un castillo, con detalles perfectamente tallados en una especie de roca negra. Seguido al bote en donde me encontraba, se hallaban miles de botes pequeños con distintos ocupantes acompañados por seres encapuchados. Era imposible verles el rostro ya que gracias a la capucha solo se podía observar una densa oscuridad.
Los ocupantes empezaron a desalojar los botes y caminaban en fila, que no se podía distinguir dónde terminaba.
Salí del bote y tuve la necesidad de sumarme a esa fila de personas, pero seguí derecho y me dirigí al castillo.
Este se hallaba rodeado por una gruesa reja, que se encontraba entreabierta. Mi intuición me decía que no siga, pero la ignoré y seguí adelante.
Caminé despacio y luego empecé a correr al sentir que algo me seguía, ese algo ladraba como un perro furioso. Me di vuelta y pude ver qué era lo que me perseguía, era un perro…pero no uno cualquiera, tenía el tamaño de diez perros juntos y poseía tres cabezas. Entonces corrí lo más fuerte que me permitieron mis piernas y cuando llegué a la puerta del castillo comencé a golpear, fuertemente, con el puño. Apenas fue abierta entré rápidamente y cerré la puesta atrás mío.
Me encontraba asustada y aturdida.

-¿Quién rayos eres?- preguntó una voz masculina

Al instante dirigí la mirada hacia donde provenía la voz. Frente a mí se hallaba un muchacho, de extrañas fracciones, con cabello oscuro y ojos grises

-Me preguntaba lo mismo…-dije, enojada, por su falta de educación

-Esta es mi casa…-dijo desafiante

-De acuerdo…me llamo Demetria Lovato-dije resignada-¿Y tú?-pregunté con amabilidad

-No te incumbe…no suelo conversar con los muertos-dijo con asco

-¿Cómo dices…qué dijiste?- exclame asustada-¡No estoy muerta!

-Todos dicen lo mismo…ya caerás en la cuenta…no debes estar aquí, tienes que estar con los demás…ya sabes-dijo esquivando decir la palabra “muertos”

No podía creer lo que escuchaba… Me sentía deprimida, asustada y con ganas de llorar…pero no podía, por mas que no intentara, mis ojos estaban secos ¿En verdad había muerto? ¿Como habría sucedido? ¿Y mi padre?

-Me llamo Atham- dijo con una voz más suave y angelical – Lo siento- se disculpó por sus malos tratos

-¿Cómo morí? ¿Estoy en el cielo?- Cuando pronuncié la última pregunta a Atham se le escapó una carcajada

-¿En el cielo?-repitió con un tono chistoso-¡Ja!… esto es el infierno…no te asustes-dijo al ver en mi rostro un gesto de espanto- es mucho mejor que el cielo…

-¿Qué hice para llegar aquí?…soy una buena persona-dije desconcertada

-Sí, pero…te llamas Demetria Lovato ¿Eh?-murmuró pensativo- Déjame observar tu expediente-dijo cerrando los ojos

No hablé, pero mi mente me formulaba miles de preguntas por segundo

-Tu expediente dice que te suicidaste, te ahogaste…-dijo rompiendo el silencio- Los que se suicidan no son dignos de entrar al templo de dios…ya que allí entran los que aman la vida…-me explicó- si no me equivoco fue en el mar ¿Verdad?-me preguntó refiriéndose al lugar en donde me había ahogado

-¡No fue un suicidio! Fue un accidente…me olvidé de que sujetaba la caña de pescar-grité furiosa-Si esto es el infierno… ¿Tu eres el diablo?-pregunté

Otra carcajada se le escapó

No, soy su hijo-dijo sonriente

De repente, la imagen de Atham se volvió borrosa, mi mente se puso en blanco, sentí un enorme cansancio, mis ojos se empezaron a cerrar y caí en un profundo sueño.

Un sonido insoportable comenzó a molestarme, abrí los ojos y me encontraba en mi habitación, el despertador sonaba y sonaba.
Todo se encontraba como si nada hubiese ocurrido y me inundo un repentino sentimiento de alivio y alegría.
Apagué el despertador, me acurruqué en la cama y no paré de repetirme una y otra vez:
“fue sólo un sueño, no te asustes”

"Ella no". U.H.S.

Tovalín llevó a su esposa a las cercanías de Cuernavaca porque necesitaba alejarse de la gran ciudad. Su familia se había vestido de luto los últimos días. Eduviges, una de las tías más longevas, había muerto. Tras 102 años de tolerar la soltería y una virginidad más supuesta que comprobada, fue a alcanzar a su hermana Raquel. Emma, la esposa de Tovalín, se encontraba en el extranjero cuando ocurrió el deceso. Su marido no era proclive a contarle las desgracias familiares. Sentía que ello suponía inmiscuirla demasiado en asuntos que no le eran propios.
La familia de Tovalín poseía una cabaña solitaria. Una desviación en la carretera de cuota a Cuernavaca los llevó al silente sitio, largamente deshabitado. Una señora morelense lo visitaba una vez a la semana para adecentarlo, pero se negaba a permanecer ahí. No era mucho lo que podía limpiarse; la casa necesitaba diversas reparaciones. Sólo podía usarse una de las habitaciones, pues las otras dos se estragaban lentamente por culpa de la humedad. Sin embargo, la cocina y un baño completo estaban en perfectas condiciones.
Tovalín se veía medianamente relajado. El embarazo de su esposa lo mantenía inquieto, pues añoraba que algo lo interrumpiera. Descreía de la paternidad y contaba con un hijo ilegítimo, a quien mantenía clandestinamente so pena de que la madre hablara. Emma, en cambio, deseaba privacidad; su estado podía impedirle pasar momentos eróticos, pero nada le impedía conversar largo y tendido con su esposo. Le encantaba comunicarse con él en beneficio de su relación, sobre todo porque la cuestión laboral les impedía pasar juntos mucho tiempo. Durante el viaje platicaron sobre trivialidades. Tovalín no contó nada sobre el deceso de Eduviges ni sobre el porqué del abandono de la cabaña.
Llegaron a media tarde. Emma no se sintió complacida por la triste apariencia de la cabaña. Temió que la humedad pudiera afectarla. Le daba pánico que su embarazo tuviera alteraciones. Tovalín se limitó a conducirla a la zona habitable y la invitó a relajarse en la cama. Aunque el viaje había sido breve, Emma se sentía cansada. No tardó en quedarse dormida. Tovalín se sentó a su lado y la contempló. El frío arreció, obligándolo a tomar una manta del clóset para cubrir a la durmiente. Acto seguido se puso una gruesa chamarra y continuó mirando a su mujer. Al rato, quizá movido por el silencio, exploró visualmente su derredor. Sabía la historia que podía contar el cuarto. A punto estaba de rumiar su necedad para que fueran a ese sitio cuando le sobrevino el sueño.
Para cuando se acostó junto a Emma ya había anochecido. La oscuridad se cernió sobre ellos y el silencio prevaleció. De súbito, Tovalín percibió la ansiedad de Emma. Abrió los ojos de inmediato y la vio agitándose. Seguía dormida, pero era claro que padecía un sueño alarmante. La sacudió con vehemencia para despertarla y, cuando al fin lo logró, le pareció que la salvaba de un destino horrendo. Emma estaba pálida y jadeaba. Miró con espanto alrededor y luego echó los brazos al cuello de su marido. Él procuró tranquilizarla con palabras dulces, enfatizando que todo había sido una pesadilla. Pero Emma no estuvo de acuerdo. Señaló que había sido “demasiado real”, como si hubiera estado ocurriendo. Tovalín le pidió que se explicara.
Emma contó la pesadilla. Estaban los dos justamente donde se hallaban, durmiendo uno al lado del otro. Entonces la puerta se abrió entre crujidos y entraron dos figuras. Una de ellas era mujer, mientras que la otra no pudo ser identificada, aunque fue la única que habló. La mujer, una anciana cuajada de arrugas, con escaso pelo blanco, boca desdentada y nariz prominente, se inclinó sobre Emma y la miró a los ojos. Emma no podía hablar ni moverse, justo cuando su afán era gritar de horror y sacudir a su marido para despertarlo. La anciana extendió una mano hacia Emma y empezó a respirar agitadamente. La otra figura, no más que una silueta que oscilaba sin parar, dijo con voz cavernosa:
—Ella no.
Su indicación no fue atendida, pues la anciana pretendió posar la mano sobre el pecho de Emma.
—Ella no —repitió enérgicamente la figura—. Está embarazada.
El vejestorio retiró la mano a regañadientes y, cuando clavó la vista en Tovalín, el terror culminó. Emma había despertado. Tras contar la experiencia aparentó más tranquilidad, pero volvió a perderla al notar el estado de su marido. Tovalín había palidecido, sus labios temblaban y sus manos se habían congelado.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma—. ¿Qué tienes?
—Viste a mi tía Eduviges —contestó el interpelado.
Tuvo que narrar la reciente muerte de aquella mujer, y añadir que en el cuarto donde estaban se había suicidado Raquel, la otra tía, quien perdiera la razón por no haber podido nunca tener un hijo. Desde entonces, la fatalidad obligaba a los visitantes a ocupar esa habitación, pero nadie había podido dormir en paz durante toda una noche.

Más que pesadillas. S.

Un día sola en mi habitación me dispuse a dormir, últimamente había tenido pesadillas, pesadillas que sólo de recordar se me eriza la piel.

Aquella noche soñé algo realmente terrorífico: estaba en un lugar que conocía hasta poco después, era como una calle muy antigua en los alrededores las casas apunto de desplomarse, y en el aire un olor a azufre. Me encontraba con unos amigos muy cercanos a mi, caminabamos en círculos, no podíamos salir de ahí, el olor era más sofocante, comenzamos a correr y llegamos a un callejón, era muy alto para trepar, cuando nos dimos la media vuelta, algo o alguien se apareció frente a nosotros, no se podía ver su rostro, pero era muy alto y no hablaba, se dio la vuelta y siguio, cometimos un grave error, seguirlo.

En voz baja hablabamos de la apariencia de aquel extraño ser, pero confiamos; entró a una casa, los pisos rechinaban cuando se caminaba, lo seguimos hasta adentro, – probablemente nos diga como salir de este maldito lugar – dijo uno, el resto nos quedamos a la espectativa.

Eramos muy inquietos asi que sin dar importancia a aquel hombre nos separamos y comenzamos a “investigar la casa”, vi a mis amigos irse juntos del otro lado del pasillo, yo seguí del lado contrario, me había llamado la atención un hermoso ventanal, un poco cubierto de telarañas, así que las comencé a quitar presurosamente, era más bello de lo que pensé, pero esa admiración se vio interrumpida por un escalofrío que recorrio mi cuerpo entero, sentí que alguien exalaba su aliento en mi cuello, no quise voltear, pero algo me obligó a hacerlo, era aquel hombre, o lo que fuese, solo vi sus ojos, eran negros, y lo único que me transmitían era terror, sólo quería salir corriendo, pero estaba petrificada.

Reaccioné con los gritos de mis amigos, intenté correr, pero me detuvo aquel ser, y con su mano me decía no. No me soltaba por más que me jaloneaba era imposible soltarme, me llevó arrastrando a una habitación y me encerró, sólo podía escuchar sus gritos y mis golpes en la puerta, el olor a azufre era más intenso ahí, casi insoportable; esperé y esperé, los gritos habían cesado, no sabía que pensar, era horrible imaginar lo que pasaba allá afuera.

Por fin la puerta se abrió sola, corrí temerosa hacia donde se fueron mis amigos, pero nada me preparó para lo que iba a encontrar; entré a otra habitación vi sus cuerpos, llenos en sangre, pero la expresión de sus rostros me aterraba, parecía como si literalmente los hubieran matado de miedo, sus ojos abiertos, salí corriendo, y vi que esa cosa me seguía, no paraba de gritar.

En un momento estaba de nuevo en mi cama estaba sudando, aún con el recuerdo de mi pesadilla, llamé a todos, sus teléfonos mandaban a buzones de voz, recordé que se habían ido de viaje, no fui porque estaba enferma, así que me tranquilicé – probablemente ya los apagaron -pensé, el resto de la noche fue tranquila.

Al despertar me levanté a desayunar, y sonó mi teléfono.
– Diga –
– ¿usted hablo a este número en la madrugada? –
– si así es, es mi amigo –
– siento informarle que su amigo y otros jóvenes que estaban con él se encontraron en una casa asesinados, la mantendremos al tanto –

Mi mundo se detuvo, ¿acaso estaba soñando? ¿acaso estoy loca?. Unos días despues la policia fue para que reconociera los cuerpos, fui, eran ellos, y no dudé en preguntar – ¿como los encontraron? – el investigador me dijo que donde fueron hallados sería demolido, para construir edificios nuevos, así que entraron para ver la estructura y les llegó un olor desagradable, eran cuerpos humanos, – no es la primera vez que sucede -.

Así que me llevaron al lugar, era aquel que soñé, me quedé sin habla, ¿quién podría hacer tal cosa?, una y otra vez me lo preguntaba, yo hubiese querido que nada ocurriera, pero no puedo cambiar el destino de aquellos que ya no están conmigo.

Esto me cambio para siempre, la policía nunca encontró al responsable, desde ese día ya casi ni duermo, me aterra saber que una de mis pesadillas se hizo realidad, el lugar existe, pero nunca volveré ahí, y espero que nadie lo haga, no querrá tener el final de mis amigos.