martes, 30 de mayo de 2017

Retrato sin figura. Ana María Rodríguez.

Dijiste:
vendré a mirarte con ojos arrancados al olvido,
pero nuevos, curada la ceguera,
recobrado ya el prisma de la luz
para contarte: equivoqué mi vida,
tomé la curva infiel del precipicio,
te abandoné en el llanto de los sauces.

Y yo llevo dos lustros
pesándome en los párpados sin verte,
inventado una vieja alegoría de lo que fuimos,
creyéndote un escorzo tatuado por las nubes
en otro firmamento inacabado.

Es preferible así.
Y así quiero tu rostro: vago, fugaz,
oscuro centinela,
siempre detrás de mí, pero desconocido.

Hazlo por mí. Ana María Rodríguez.

Tráeme rosas robadas de algún jardín, cualquiera,
pero que sean robadas.
Me gusta lo furtivo, lo oculto, lo callado.
Dicen que hay en la luna un rostro que no vemos.
Tráeme de allí las rosas,
allí crecen sin miedo.
Es suyo el infinito.

T.V. Ana María Rodríguez.

Dentro de las fronteras que nos cierran el paso
hay exilios tumbados sobre el ocre del aire
y de la lengua.
La gente que aparece en la película
no es gente sino impulsos electrónicos,
gnomos en las antenas sinuosas,
gárgolas monstruosas sin mirada.
Ante el cristal estamos yo y los otros,
con la sangre veloz y enmudecida,
escuchando esas voces sin garganta,
aguardando el amor que se nos niega.
¿Acabará mañana la mentira?

Posible afinidad. Ana María Rodríguez.

Ven conmigo, hermana que no se me parece.
En estas calles frías de Londres caminemos
un rato entre la niebla.
A nadie le preocupa si vamos o venimos,
si nos amamos o somos extranjeras,
y es hermoso saberlo. Las fachadas,
las gentes de la lluvia, no nos miran.
Pasan y pasea el río bajo los puentes
su porvenir tranquilo de estuario.
Igual que yo, que tú, tal vez
jamás nos encontremos frente a frente.
Pero no importa. Ven,
tenemos una cita con las aguas
que modelan los blancos promontorios,
allá donde las balsas no se atreven.

Assuán. Ana María Rodríguez.

El color de esta arena milenaria al sol
desafía la luz de los naranjos,
hace que nos sintamos
más cerca de los muertos saqueados,
de sus ritos.
El oeste es algo más que un punto en el espacio.
La rosa de los vientos no tiene sur,
el norte es sólo río para las falúas nubias.
Siempre quise sentarme a la orilla del Nilo
y ahora, ya futuro consumado,
busco un lugar al paso de sus aguas
donde dormir, sin temor, bajo el cielo.
No preguntéis por mí. Mi calle no figura
en el mapa del siglo que os contempla.
Qué angustioso sería volver de este viaje
hacia el origen largamente anhelado de la Historia.
Ya camino cubierta bajo el lino de Isis.
A la sombra del ficus sicomoro,
sueño la siesta dulce del verano infinito.

Sabores. Ana María Rodríguez.

Frutos redondos, dulces, doloridos,
caen al huerto que habitan las futuras palomas,
los enebros de mayo.
Frutos redondos que invitan al deleite.
Sal a cogerlos y bebe su lisura.
Reconoce el sabor que nos separa.

Mitades. Ana María Rodríguez.

Parémonos. Paremos un instante
y oigamos el silencio de la sirena.
Aquí han caído muchos caminantes.
Es un lugar sagrado y nos envuelve
el clamor de tanta muerte antigua.
Renovemos el pacto con la música,
la alianza universal con la Creadora
unívoca en sí misma,
principio y fin de la materia pura.
La sirena callada es el aviso
que ha de romper los goznes.
Detengámonos,
al fin y al cabo nada nos empuja.
Como ella, mitades de mujer,
habitamos un mundo que no es nuestro.

Amata. Ana María Rodríguez.

Tus treinta años se fueron y los míos
son trescientos milenios a la vera del mundo,
junto al arco vencido de un puente que atraviesa
mi arquitectura inmersa en la penumbra.
Tus treinta años tenían la claridad del río,
la simetría del agua anegando las simas,
culminando los pozos.
Yo, con tocado rojo, blanca la vestidura
vestal de mi condena, pasaré treinta siglos
al amor de la lumbre impasible del templo.