sábado, 27 de mayo de 2017

Una cuestión de identidad. Robert Bloch (1917-1994)

Mis miembros eran de plomo. Mi corazón era como un reloj que pulsaba en vez de latir, muy lentamente. Mis pulmones eran como esponjas de metal, mi cabeza un cuenco de bronce lleno de lava fundida que se movía como mercurio, atrás y adelante, en ardientes oleadas. Atrás y adelante... mientras la conciencia y el inconsciente jugaban entremezclados contra un fondo de lento y sordo dolor. Sentía eso, nada más. Tenía corazón, pulmones, y cuerpo... pero no sentía nada externo; mi cuerpo no "tocaba" nada. No estaba sentado, ni de pie, andando o tendido, ni haciendo nada que pudiera sentir. Sólo tenía corazón, pulmones, cuerpo y cabeza en las tinieblas que estaban llenas de la pulsación de una muda agonía. Esto era yo.

Pero, ¿quién era yo?

Me asaltó la idea: la primera idea real, ya que antes sólo había estado enterado de existir. Me pregunté cuál sería la naturaleza de mi ser. ¿Quién era yo? Era un hombre. La palabra "hombre" evocó ciertas asociaciones que lucharon por surgir de entre el dolor, de entre la pulsación del corazón y la sensación jadeante de los pulmones. Si era un hombre, ¿qué estaba haciendo? ¿Y dónde estaba yo?

Como respuesta a la idea, mí conocimiento aumentó. Yo poseía un cuerpo, por tanto, tenía manos, orejas, ojos Debía pues, tratar de sentir, oír y ver. Pero no podía. Mis brazos estaban agarrotados como masas de hierro inamovibles. Mis oídos sólo captaban el sonido del silencio y la pulsación que resonaba dentro de mi torturado cuerpo. Mis ojos estaban sellados por el peso plúmbeo de mis enormes párpados. Comprendí esto y sentí pánico. ¿Qué había sucedido? ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía sentir, ver y oír? Había sufrido un accidente y me hallaba tendido en un lecho de hospital bajo los efectos del éter. Esta era una explicación. Tal vez estuviese tullido: ciego, sordo, mutilado. Sólo mi alma existía débilmente, como el susurro de las ráfagas de viento por entre las ruinas de una casa muy antigua.

¿Pero qué accidente? ¿Dónde me hallaba antes del mismo? Claro, debía haber vivido. ¿Cuál debía ser mi nombre? Me resigné a la oscuridad mientras forcejeaba por aclarar estos enigmas, y la oscuridad era grata. Mi cuerpo y la oscuridad parecían hallarse igualmente separadas, pero mezclándose entre sí. Era sosegado... demasiado sosegado para los pensamientos que zumbaban en mi cerebro. Los pensamientos luchaban y gritaban, y finalmente atronaron mi mente hasta que me desperté. Sentí la sensación que recordaba vagamente de tener "un pie dormido". Pero ahora esta sensación se extendía por todo mi cuerpo, de forma que una ligera picazón me dio la sensación, poco a poco, de tener unos brazos, unas manos, un pecho y unas piernas y pies. Sus líneas fueron "emergiendo", quedando definidas por aquella picazón. Algo taladró mi espinazo, como si la broca del dentista la estuviese atravesando. Simultáneamente, tuve conocimiento de que mi corazón era un tambor congoleño dentro de mi pecho, mis pulmones hinchadas calabazas que se elevaban y descendían a un ritmo frenético. Me gocé en el dolor, ya que por él sentía. La sensación de separación desapareció y comprendí que yo, completo, intacto, yacía sobre algo blando. Pero ¿dónde?

Esta fue la pregunta siguiente y de súbito tuve las suficientes energías como para solucionar el problema. Abrí los ojos. No vieron nada más que la continuación de la negrura que se agitaba tras mis entornados párpados. Si acaso, una oscuridad más profunda, más mórbida. No podía divisar nada de mi cuerpo y, sin embargo, tenía los ojos abiertos. ¿Estaba ciego? Mis oídos no captaban otro sonido que el de la misteriosa inspiración de mis pulmones. Mis manos se movieron tan lentamente en mis costados, rozando una tela, que me dijeron que mis miembros estaban arropados, pero no abrigados. Unos centímetros... Mis manos tropezaron con superficies sólidas, seguras, a cada lado. Alcé las manos hacia arriba, impulsado por el temor. Veinte centímetros y otra sólida superficie de madera. Extendí los pies y a través de las puntas de los zapatos toqué madera. Abrí la boca y surgió un sonido. Fue sólo un estertor, aunque yo había querido gritar. Por entre mis ideas giraba vertiginosamente un nombre..., un nombre que se abrió paso a través de la bruma y se elevó como un símbolo de mi irrazonable miedo. Yo sabía un nombre y quise proclamarlo.

"Edgar Alan Poe".

Entonces, mi ronca voz susurró lo que yo temía estaba en relación con este nombre:
-¡El entierro prematuro! -susurré-. Poe lo escribió. ¡Yo soy... un ser vivo!

Estaba en un ataúd de madera, con el aire viciado de mi propia corrupción penetrando en mis pulmones, quemándolos, a través de mi olfato. Me hallaba en un ataúd, enterrado en la tierra y, sin embargo, estaba vivo. Entonces hallé fuerzas. Mis manos comenzaron a arañar y empujar frenéticamente la superficie que tenía sobre mi cabeza. Logré aferrar los costados de mi prisión y empujé con todas mis fuerzas, en tanto mis pies golpeaban el extremo inferior de la caja. Pegué puntapiés, vigorosos puntapiés. Una nueva fuerza, la fuerza de los locos, penetró en mi sangre. Con salvaje frenesí, en una agonía nacida del hecho de no poder gritar y darle expresión, golpeé con ambos pies el extremo del ataúd, y por fin sentí cómo cedía la madera, astillándose. Los lados también crujieron, mis ensangrentados dedos se aferraron a la tierra y rodé sobre mi mismo, escarbando la húmeda y blanda tierra. Seguí escarbando hacia arriba, en una especie de desesperación y anhelo incontenibles mientras trabajaba. Sólo el instinto combatía el insano horror que se había apoderado de mi ser y lo transformaba en la actividad que sólo podía salvarme.

Debieron enterrarme apresuradamente, ya que había poca tierra sobre mi tumba. Medio asfixiado y sofocado, me abrí camino hacia arriba después de interminables siglos de delirio, durante los cuales el polvo de mi sepultura me cubrió, en tanto yo me escurría como un gusano hacía la superficie. Mis manos lograron por fin formar una cavidad. Ascendí vigorosamente y salí al exterior. Me arrastré a la luz de la luna que inundaba un mundo compuesto de hongos de mármol, que surgían abundantemente de los montones de hierba que me rodeaban. Algunas de las fantásticas losas tenían forma de cruz, otras lucían cabezas o grandes bocas como urnas. Eran las lápidas de las sepulturas, naturalmente, pero sólo las veía como hongos, gordos, bajos, de una palidez mortal, que extendían sus raíces bajo tierra para buscar su alimento. Me quedé tendido, mirándolo todo, así como el pozo por el que acababa de pasar de la muerte a la vida nuevamente.
No podía, no quería pensar. Las palabras "Edgar Allan Poe" y Entierro prematuro, habían asaltado imprevistamente mi cerebro y ahora, por un desconocido motivo, empecé a susurrar con una voz ronca, rasposa, que por fin sonó más clara:

-¡Lázaro, Lázaro, Lázaro...!

Gradualmente, mi jadeo cesó y logré aspirar grandes bocanadas de aire fresco que cantó al hundirse en mis agotados pulmones. Volví a contemplar la sepultura..., mi sepultura. No tenía lápida. Era una tumba miserable, en un sector miserable del cementerio. Probablemente un Campo de Alfarero. Estaba cerca de los límites de la necrópolis, y la maleza asediaba aquellas míseras tumbas. No había lápidas, lo cual me recordó mi pregunta. ¿Quién era yo?

Era un problema único. Antes de morir yo había sido alguien, pero ¿quién? Seguramente se trataba de un nuevo caso de amnesia. El retorno a una nueva vida en el verdadero sentido de la frase. ¿Quién era yo? Era gracioso que pudiese recordar palabras como "amnesia" y, sin embargo, no pudiese asociarlas con algo personal de mi pasado. Mi mente estaba completamente en blanco. ¿Era el resultado de la muerte? ¿Era algo permanente o mi mente despertaría al cabo de unas horas, lo mismo que había sucedido con mi cuerpo? De lo contrario, me vería en un terrible apuro... Ignoraba mi nombre, mi estado, lo que había sido. A través de mi cerebro pasaron alocadamente los nombres de diversas ciudades: Chicago, Milwaukee, Los Angeles, Washington, Bombay, Shangai, Cleveland, Chichen Itzá, Pernambuco, Angkor Wat, Roma, Omks, Cartago... No pude asociar ni una sola conmigo, ni explicar cómo conocía tales nombres. Recordé calles: Mariposa Boulevard y Michigan Avenue, Broadway, Center Street, Park Lane y Champs Elisées. Nada significaban para mí. Pensé nombres propios: Felix Kennaston, Ben Blue, Ralph Waldo Emerson, Studs Lonigan, Arthur Gordon Pym, James Gordon Bennet, Samuel Butler, Igor Stravinsky... y no forjaron ninguna imagen en mi cerebro. Podía ver todas las calles, visualizar a toda la gente, imaginarme todas las ciudades, pero no podía asociarme con ninguno de tales nombres.

Comedia, tragedia, drama: era una triste escena para ser interpretada en un cementerio a la caída de la noche. Me había escurrido de una tumba sin lápida, y lo único que sabía era que yo era un hombre. Pero ¿quién? Mis ojos se pasearon por mi persona, tendida en la hierba. Bajo el barro y el polvo distinguí un traje oscuro, desgarrado en varios lugares, y descolorido. Cubría el cuerpo de un hombre de alta estatura; un cuerpo delgado, poco musculado y un pecho aplastado. Mis manos, al recorrer mi persona, eran largas y extrañamente delgadas; no eran manos de campesino. No pude saber nada de mi cara, aunque pasé mis manos por todas sus facciones. De una cosa estaba seguro: fuese cual fuese la causa de mi aparente muerte, yo no estaba físicamente mutilado. La fuerza me impulsó a levantarme. Me puse de pie y me tambaleé sobre la hierba. Durante unos minutos sentí la ebria sensación de flotar, pero gradualmente el terreno se tomó sólido bajo mis pies, y trabé conocimiento con la frialdad de la noche y del viento que azotaba mi frente, al tiempo que escuchaba con indecible gozo el chirrido de los grillos en un próximo lodazal. Di una vuelta por las tumbas, contemplé el encapotado cielo y sentí caer el rocío y la humedad.

Pero mi cerebro estaba solo, separado, luchando con los invisibles demonios de la duda. ¿Quién era yo? ¿Qué iba a hacer? No podía vagar por las calles en mi desordenado estado físico. Si me presentaba a las autoridades me encerrarían por loco. Además, no quería ver a nadie. De pronto comprendí esto. No quería ver luces ni gente. Yo era... diferente.

"Tenía en mi la sensación de la muerte". ¿Estaría aún...?

Incapaz de soportar esta idea, busqué pistas frenéticamente. Traté por todos los medios de despertar mi dormida memoria. Caminando incansablemente durante la noche, combatiendo el caos y la confusión, batallando contra las nubes tenebrosas que rodeaban mi cerebro, anduve arriba y abajo por los más apartados rincones del cementerio. Exhausto, miré el iluminado cielo. Y entonces mis ideas se alejaron, y también mi confusión. Sólo estaba seguro de una cosa, de la necesidad de descansar, de tener paz, olvido. "¿Era un deseo de muerte? ¿Había salido de la tumba sólo para volver a ella?"

No lo supe ni me importaba. Movido por un impulso tan inexplicable com6 arrollador, me arrastré hacia las ruinas de mi sepultura, entré, envolviéndome en las tinieblas como un agradecido gusano, y la tierra me cayó encima. Había suflciente aire para permitirme respirar mientras estuviese tendido en mi ataúd. Mi cabeza cayó hacia atrás y me instalé en mi ataúd para dormir...

Los rumores y ruidos de mis sueños murieron sin poder recordarlos. Se alejaron de mis sueños y volví a la realidad hasta que me incorporé y empecé a empujar la tierra que me oprimía. ¡Estaba en la tumba! Otra vez el terror. Había albergado la esperanza de que todo fuese un sueño, y que el despertar me traería a la bella realidad. Pero estaba en la tumba, y la tormenta reinaba en lo alto. Me arrastré al exterior. Todavía era de noche, o más bien, el instinto me hizo comprender que volvía a ser de noche. Debí dormir todo el día. Esta tormenta mantenía a la gente lejos del cementerio y por esto no habían podido darse cuenta del estado de mi tumba. Me icé a la superficie y la lluvia me azotó desde el cielo con inusitada furia. Y sin embargo me sentí feliz; feliz por la vida que ya conocía. Bebí la lluvia; el trueno me maravilló como si fuese una sinfonía. Me admiró la esmeraldina belleza del relámpago. ¡Yo estaba vivo!

A mi alrededor, los cadáveres corrompidos y putrefactos no podían, a pesar del furor desencadenado de todos los elementos, alimentar una chispa de existencia o de memoria. Mis pobres pensamientos, mi pobre vida, eran infinitamente preciosos en comparación con aquellos desdichados. Yo había engañado a los gusanos y las larvas. ¡Que aullara la tormenta! Yo aullaría con ella, compartiendo aquella cósmica majestad. Vitalizado en el verdadero sentido de la palabra, eché a andar. La lluvia se llevaba las manchas de mis ropas y mi cuerpo. Singularmente, no sentía frío ni la humedad que me rodeaba. Estaba enterado de todo ello, pero no penetraban en mi cuerpo. Por primera vez comprendí otra cosa extraña: no estaba hambriento ni tenía sed. Al menos, no parecía tenerlos. ¿Habría muerto mi apetito con mi memoria? Reflexioné. Memoria..., el problema de la identidad todavía me apremiaba. Seguí andando, impulsado por la tormenta. Aún meditando, los pies me condujeron más allá de los confines del cementerio. La galerna parecía guiar mis pasos por la acera de una calle desierta. Anduve, casi sin darme cuenta.
¿Quién era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir? Anduve bajo la lluvia, por la oscura calle, solo en el mojado terciopelo de la noche. ¿Quién era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir?

Atravesé una calle, penetré en otra más estrecha, aún empujado por el viento y la risotada de los truenos que se burlaban de mi asombro. ¿Quién era...? Lo sabia. Mi nombre... la calle me lo dijo. Summit Street. ¿Qulén vivía en Summit Street? Arthur Derwin, de Summit Street. Yo era Arthur Derwin. Era... algo que no podía recordar. Había vivido muchos años y, sin embargo, sólo conseguía recordar mi nombre. ¿Cómo había muerto?

Había acudido a una sesión espiritista; se apagaron las luces y la señora Price invocó a alguien. Dijo algo sobre las influencias del mal y las luces se encendieron.

Pero no se encendieron.
Y debían de haberse encendido.
Sí, estaban encendidas, pero no para mí.

Yo había muerto. Muerto en la oscuridad de la sesión. ¿Qué me mató? ¿Tal vez el espanto? ¿Qué sucedió después? La señora Price había callado. Yo vivía solo en la ciudad; me habían enterrado apresuradamente en una tumba de pobre.

-Un ataque al corazón -sentenció el coroner. Nada más.

Esto fue todo. Y, sin embargo, yo era Arthur Derwin, y seguramente a alguien le habría importado mi muerte. "Bramin Street", anunció la enseña de la calle a la luz del relámpago. Bramin Street... A alguien le habría importado: a Viola. Viola era mi prometida. Habla amado a Arthur Derwin. ¿Cuál era su apellido? ¿Dónde la conocí? ¿Cómo era?

"Bramin Street".
Otra vez la enseña. Inconscientemente, mis pies continuaron su camino. Estaba recorriendo Bramin Street sin pensar en la tormenta. Bien. Dejé que mis pies me guiasen. No quería pensar. Mis pies me conducirían, por costumbre, a casa de Viola... Allí sabría... Bien, no debía pensar. Sólo andar en medio de la tormenta. Anduve, con los ojos cerrados ante las tinieblas que azotaba el trueno. Me alejaba de la muerte y ahora tenía hambre. Tenía hambre y sed en la noche, hambre de ver a Viola y sed de sus labios. Por ella regresaba de la muerte..., ¿o era esto demasiado poético?

Salí de la tumba y volví a dormir en ella y de nuevo me levanté y sondeé el mundo sin memoria. Era algo grotesco, fúnebre, macabro. Yo fallecí en la sesión. Mis pies iban chapoteando en la calle inundada por la lluvia. No sentía frio ni la humedad. Por dentro estaba ardiendo, ardiendo con el recuerdo de Viola, de sus labios, de su cabello. Era rubia. Tenía una cabellera como la luz del sol, ojos azules y tan profundos como el mar, y una tez con la blancura de los flancos de un unicornio. Recordé habérselo dicho mientras la tenía entre mis brazos. Sabía que su boca era como una hendidura escarlata que producía el éxtasis. Ella era el hambre que yo sentía, ella el ardíente deseo que me conducía a su puerta a través de las nieblas de mi memoria. Jadeaba, pero sin saberlo. Dentro de mí giraba como una rueda que había sido antaño mi cerebro y ahora era sólo un volante verde que giraba dejándome ver imágenes caleidoscópicas de Viola, de la tumba, de una sesión de espiritismo, de presencias perversas y de una muerte inexplicable. Viola estaba interesada en el misticismo. Fuimos juntos a la sesión. La señora Price era una médium famosa. Yo me morí en la sesión y me desperté en la tumba. Y ahora regresaba para ver a Viola. Regresaba para averiguar algo de mí mismo. Ahora sabía quién era yo y cómo había muerto. ¿Pero cómo revivía?

"Cómo revivía". "Bramin Street». Mis pies chapoteaban.

Luego, el instinto me condujo hacia el porche. Fue el instinto el que hizo que mi mano se dirigiese al familiar picaporte sin llamar, y el instinto quien me hizo cruzar el umbral. Me quedé en el pasillo, un pasillo desierto. Había un espejo y por primera vez iba a poder verme. Tal vez me asombraría mi completo reconocimiento, mi completo recuerdo. Me contemplé, pero el espejo se tornó borroso ante mi mirada. Me sentí debilitado, mareado. Pero esto se debía al hambre que me atenazaba, el hambre que me consumía. Era tarde. Viola nn estaría abajo, sino arriba, en su dormitorio. Subí la escalera, goteando a cada paso y andando silenciosamente, apartándome de los diminutos charcos de agua que mis ropas iban dejando. De repente me abandonó la debilidad y volví a sentirme vigoroso. Tuve la sensación de estar ascendiendo por la escalinata del Destino. Como si al llegar a lo alto fuese a conocer la verdad de mi futuro.

Algo me había traído desde la tumba a casa de Viola. Algo se movía detrás de esta misteriosa resurrección. La respuesta estaba arriba. Llegué a lo alto y me interné por el oscuro y familiar pasillo. La puerta del dormitorio se abrió a la presión de mi mano. Junto a la cama ardía una vela, nada más. Entonces divisé a Viola tendida en su lecho. Dormía, como una encarnada belleza. Dormía. Era muy joven y adorable en aquel momento. Me apiadé de ella, por lo que sabría al despertar. Llamé suavemente:

-Viola...

Repetí el nombre suavemente, mientras mi cerebro daba vueltas a la última de mis tres acuciantes preguntas.

"¿Cómo revives?", preguntaba mi cerebro.
-¡Viola! -gritó mi voz.
Abrió los ojos y la vida los inundó. Me vio.
-¡Arthur...! -jadeó-. ¡Estás muerto!
Por fin chilló.
-Sí -dije en voz baja.
¿Por qué contesté "sí"?
"¿Cómo revives?", volvió a insistir mi cerebro.
La joven se incorporó, temblando.
-¡Estás muerto! ¡Eres un fantasma! Nosotros te enterramos. La señora Price tenía miedo. Falleciste en la sesión. ¡Vete, Arthur, vete...! ¡Estás muerto!

Gimió una y otra vez. Miré su beldad y sentí hambre. Mil recuerdos de la última noche me asaltaron de golpe. La sesión, y la señora Price invocando a los espíritus del mal; la frialdad que se apoderó de mi en la oscuridad y mi súbito hundimiento en el olvido. Después mi despertar y mi búsqueda en pos de Viola para que apaciguase mi hambre. No de comida. No de bebida. No de amor. Un nuevo apetito. Un nuevo apetito que sólo conocía de noche. Un nuevo apetito que me hacía evitar a los hombres y olvidarme de mí mismo. Un nuevo apetito que odiaba los espejos.
Apetito... de Viola.

Avancé hacia ella lentamente, y mis mojadas prendas susurraron cuando extendí mis brazos tranquilizadoramente y la cogí entre mis brazos. Por un instante lo sentí por ella, pero el apetito se presentó más agudo e incliné la cabeza. La última pregunta volvió a cruzar fugazmente por mí cerebro.

"¿Cómo revives?"

La sesión, la amenaza de los malos espíritus, contestaron a esta pregunta. La contesté yo mismo.
Ya sabía por qué me había levantado de la tumba, quién y qué era, cuando cogí en brazos a Viola. Sí, la cogí entre mis brazos y clavé mis colmillos en su garganta. Esto contestó la pregunta.

Yo era un vampiro.

Una cruz de siglos. Henry Kuttner (1915-1958)

Lo llamaron Cristo. Pero no era el Hombre que cinco mil años atrás había recorrido trabajosamente el largo camino hacia el Gólgota. Lo llamaron Buda y Mahoma, lo llamaron Cordero, y Bendito de Dios. Lo llamaron Príncipe de la Paz y el Inmortal.

Su nombre era Tyrell. Ahora acababa de ascender por otro camino, el escarpado sendero que llevaba al monasterio de la montaña, y por un momento se detuvo parpadeante ante la brillosa luz del sol. Su túnica blanca estaba teñida del color negro ritual. La muchacha que lo acompañaba le tocó el brazo y lo estimuló suavemente para seguir adelante. Entró en la sombra del portón. Entonces vaciló y volvió la mirada hacia atrás. El camino lo había conducido hasta la pradera de la montaña donde se levantaba el monasterio, de color verde deslumbrante en la incipiente primavera. Tenuemente, a lo lejos, sintió que lo desgarraba la idea de abandonar todo ese esplendor, pero intuyó que la situación mejoraría muy pronto. Y el esplendor estaba lejos. Ya no era del todo real. La muchacha le volvió a tocar el brazo y él asintió obediente y caminó hacia adelante, preocupado por la sensación de una pérdida inminente que su mente fatigada no alcanzaba a comprender.

Estoy muy viejo, pensó.

En el patio los sacerdotes se inclinaron ante él. Mons, el jefe, estaba de pie en la otra punta de un amplio estanque que devolvía el azul indiferente del cielo. De cuando en cuando una brisa suave, fresca, agitaba la superficie del agua. Viejas costumbres enviaban mensajes a lo largo de sus nervios. Tyrell elevó una mano y los bendijo a todos. Serenamente su voz pronunció las recordadas frases.

—Que haya paz. En la tierra afligida, en todos los mundos y en el santo cielo de Dios que está entre ellos, que haya paz. Los poderes de... de... —su mano vaciló; luego volvió a recordar— los poderes de la oscuridad no tienen fuerza para oponerse al amor y la comprensión de Dios. Yo les traigo la palabra de Dios. Es amor; es comprensión; es paz.

Aguardaron hasta que terminó. Era el momento inadecuado y el ritual equivocado. Pero no tenía importancia, porque él era el Mesías. Del otro lado del estanque Mons hizo una seña. La muchacha que acompañaba a Tyrell apoyó suavemente las manos sobre los hombros de su túnica.

—Inmortal —exclamó Mons—, ¿te quitarás tus vestiduras manchadas y con ellas los pecados del tiempo?

Tyrell miró vagamente hacia el otro extremo del estanque.

—¿Bendecirás los mundos con otro siglo de tu santa presencia?

Tyrell recordó algunas palabras.

—Yo parto en paz; yo regreso en paz —dijo.

La muchacha le quitó suavemente la túnica blanca, se arrodilló y le retiró las sandalias. Desnudo, Tyrell quedó de pie sobre el borde del estanque. Parecía un muchacho de veinte años. Tenía dos mil. Sintió la herida de alguna profunda inquietud. Mons lo convocaba con un brazo en alto, pero Tyrell miró a su alrededor confusamente y encontró los ojos grises de la muchacha.

—¿Nerina? —murmuró.
—Entra al estanque —susurró ella—. Crúzalo a nado.

Él extendió la mano y tocó la de ella. La muchacha sintió esa maravillosa corriente de dulzura que era su fuerza indomable. Le apretó la mano con vehemencia, tratando de atravesarle las nubes de la mente, tratando de hacerle saber que todo volvería a estar bien, que ella esperaría, como ya tres veces, en los últimos trescientos años, había esperado su resurrección. Era mucho más joven que Tyrell, pero también era inmortal. En los ojos azules de Tyrell la niebla del cansancio se aclaró por un instante.

—Espérame, Nerina —dijo. Luego, recobrando su antigua destreza, se sumergió en el estanque con una zambullida impecable.

Ella lo observó nadar firme y seguro. En su cuerpo todo funcionaba bien; siempre funcionaba igual, por más que envejeciera. Era sólo su mente la que se endurecía, se hundía más profundamente en los surcos acerados del tiempo y perdía el roce con el presente de suerte que su memoria se iba fragmentando poco a poco. Pero los recuerdos más viejos tardaban más en partir, y los recuerdos automáticos eran los más perdurables. Ella tenía conciencia de su propio cuerpo, joven y fuerte y hermoso, como lo sería siempre. Su mente... también había una respuesta para eso. Estaba contemplando la respuesta.

Soy inmensamente bienaventurada, pensó. De entre todas las mujeres de todos los mundos, yo soy la Novia de Tyrell, y el único ser inmortal que existe además de él. Con amor y veneración lo miró nadar. A sus pies estaba la túnica desechada, manchada con las memorias de cien años. No parecía tan lejano. Podía recordar muy claramente la última vez que había observado a Tyrell cruzar a nado el estanque. Y antes de esa vez había habido otra, y esa había sido la primera. Para ella; para Tyrell, no.

Tyrell salió del agua chorreando y vaciló. Ella sintió mucha angustia ante su cambio, su sólida seguridad era ahora asombrada interrogación. Pero Mons estaba listo. Avanzó y lo tomó de la mano. Condujo al Mesías hacia una puerta enclavada en el elevado muro del monasterio, y juntos desaparecieron por ella. Nerina pensó que Tyrell se volvía para mirarla, con la permanente ternura de su sosiego profundo y maravilloso. Un sacerdote tomó la túnica manchada tendida a sus pies y se la llevó. Ahora la lavarían y la colocarían sobre el altar, el tabernáculo esférico con la forma del mundo natal. Volvería a lucir blanca y resplandeciente, y sus pliegues caerían suavemente ondulados sobre la tierra. La lavarían por completo, así como lavarían también la mente de Tyrell, le limpiarían el atestado depósito de recuerdos acumulados en un siglo. Los sacerdotes salieron en fila. Ella miró furtivamente hacia atrás, más allá del portón abierto, al verde intenso y hermoso del prado montañés, a la hierba de primavera que con sensualidad se estiraba hacia el sol después de la nieve invernal. Inmortal, pensó, mientras elevaba los brazos hacia el cielo y sentía en el cuerpo la cadencia profunda de su sangre eterna, licor de los dioses. Era Tyrell el que sufría. Yo ningún precio debo pagar por esta... maravilla.

Veinte siglos. Y el primero debió ser de horror total. Su mente regresó de las escondidas brumas de la historia que ahora era leyenda, y sólo tuvo un resplandor del sereno Cristo Blanco que surcaba ese caos de estruendosa maldad cuando la tierra se ennegreció, cuando se tino del color escarlata del odio y la angustia. ¡Ragnarok, Armageddón, Hora del Anticristo... dos mil años atrás! Acosado, inmutable, con su prédica de amor y de paz, el Mesías Blanco había atravesado como una luz el descenso de la tierra a los infiernos. Y había vivido, y las fuerzas del mal se habían destruido a sí mismas, y los mundos habían encontrado la paz... habían encontrado la paz hacía ya tanto tiempo que la Hora del Anticristo estaba perdida en el recuerdo, era leyenda. Perdida, aún para la memoria de Tyrell. Nerina se alegraba de que fuera así. Hubiera sido terrible de recordar. Se estremeció al pensar cuál habría sido su martirio. Pero hoy era el Día del Mesías, y Nerina, el único ser inmortal además de Tyrell, contempló con veneración y amor la puerta vacía por donde él había salido.

Miró el estanque azul. Un viento fresco le rizaba la superficie; una nube pasaba suavemente junto al sol y ensombrecía el brillo de la jornada. Pasarían setenta años hasta que ella volviera a nadar en el estanque. Y al despertar los ojos azules de Tyrell la estarían mirando, él le tomaría las manos y la llamaría para que se unieran en la juventud primaveral en que vivían eternamente. Los ojos grises de Nerina lo observaron; apoyó una mano en la de él mientras permanecía recostado en el lecho. Pero no despertó. Ella miró a Mons ansiosamente. Él inclinó la cabeza con un gesto tranquilizador. Ella sintió un movimiento levísimo junto a su mano. Los párpados de Tyrell temblaron. Se abrieron lentamente La seguridad sosegada y profunda aún seguía allí, en los ojos azules que tanto habían visto, en la mente que tanto había olvidado. Tyrell la miró un momento. Luego sonrió. Trémula, Nerina dijo:

—Siempre tengo miedo de que me olvides.
—Siempre le devolvemos sus recuerdos de ti —dijo Mons—, Bendita de Dios. Siempre lo haremos. —Se inclinó sobre Tyrell— Inmortal, ¿estás verdaderamente despierto?
—Si —dijo Tyrell y se incorporó balanceando las piernas sobre el borde del lecho, poniéndose de pie con movimientos ágiles y decididos. Miró a su alrededor, vio la nueva túnica lista, completamente blanca, y se la puso. Tanto Nerina como Mons advirtieron que ya no había vacilación en su conducta. Más allá del cuerpo eterno, la mente estaba joven, segura y despejada otra vez.

Mons se arrodilló, y Nerina se arrodilló también. El sacerdote dijo suavemente:

—Agradecemos a Dios que nos permita una nueva Encarnación. Que la paz reine en este ciclo, y en todos los ciclos futuros.

Tyrell tomó a Nerina de la mano y la hizo ponerse de pie. Se agachó y también alzó a Mons.

—Mons, Mons —dijo con tono casi de reprensión—. Cada siglo que pasa me tratan menos como a un hombre y más como a un dios. Si hubieras vivido hace unos cientos de años... pues, rezaban cada vez que me despertaba, pero no se ponían de rodillas. Soy un hombre, Mons. No lo olvides.
—Trajiste paz a los mundos —dijo Mons.
—¿Entonces, me podrían dar algo de comer, como recompensa?

Mons hizo una reverencia y salió. Tyrell se volvió rápidamente hacia Nerina La firme delicadeza de sus brazos la rodeó.

—Si no despertara, alguna vez... —dijo—. Renunciar a ti sería lo más difícil de todo. No sabía lo solo que estaba hasta que encontré a otro inmortal.
—Nos quedaremos una semana en el monasterio —dijo ella—. Una semana de retiro antes de volver a casa. Me gusta estar aquí contigo más que cualquier otra cosa.
—Espera un poco —dijo él—. Algunos siglos más y perderás esa actitud de veneración. Me gustaría que así fuera. El amor es mejor... ¿y a qué otra persona puedo amar de esta manera?

Ella pensó en los siglos de soledad que había tenido Tyrell, y todo el cuerpo le dolió de amor y compasión. Después del beso Nerina se echó hacia atrás y lo miró pensativamente.

—Has vuelto a cambiar —dijo—. Sigues siendo tú, pero..
—¿Pero qué?
—Estás más suave, de alguna manera.

Tyrell se rió.

—Cada vez me lavan la mente y me dan un nuevo surtido de recuerdos. Oh, casi todos los viejos, pero el conjunto es un poco distinto. Siempre lo es. Las cosas están ahora más tranquilas que hace un siglo. Así que me reacondicionan la mente para que se adecue a la época. De lo contrario me convertiría gradualmente en algo anacrónico. —Frunció ligeramente el ceño—. ¿Quién es ése?

Ella miró hacia la puerta.

—¿Mons? No. No hay nadie.
—¿Oh? Pues... sí, tendremos una semana de retiro. Tiempo para pensar e integrar mi personalidad reacondicionada. Y el pasado... —Volvió a vacilar.
—Me gustaría haber nacido antes —dijo Nerina—. Podría haber estado contigo...
—No —replicó él rápidamente—. Al menos, no hace mucho tiempo.
—¿Tan malo fue?

Él se encogió de hombros.

—Ya no sé cuánto hay de verdad en mis recuerdos. Me alegro de no recordar más de lo que recuerdo. Pero recuerdo lo necesario. Las leyendas dicen la verdad. —El dolor le ensombreció el rostro—. Las grandes guerras... el infierno se desató. ¡El infierno era omnipotente! El Anticristo salía a caminar a la luz del día, y los hombres temían lo que está en las alturas.. —Alzó los ojos hacia el pálido cielo raso de la habitación, y vio más allá—. Los hombres se volvieron bestias. Demonios. Les hablé de la paz, e intentaron matarme. Resistí. Era inmortal, por gracia de Dios. Sin embargo, hubieran podido matarme. Soy vulnerable a las armas. —Tomó aliento con una respiración profunda, prolongada—. La inmortalidad no bastaba. La voluntad de Dios me protegió, para que pudiera seguir predicando la paz hasta que, poco a poco, las bestias contrahechas se acordaron de sus almas y salieron del infierno...

Nerina nunca lo había oído hablar así. Suavemente le tocó la mano. Tyrell volvió a ella.

—Ya pasó —dijo Tyrell—. El pasado está muerto. Tenemos el día de hoy.

A lo lejos los sacerdotes entonaban un himno de júbilo y gratitud. La tarde siguiente ella lo vio en el extremo de un corredor, inclinado sobre un bulto, agazapado y oscuro, y corrió hacia allí. Estaba agachado junto al cuerpo de un sacerdote, y al ver a Nerina tembló y se levantó; tenía el rostro pálido y consternado. Ella miró hacia abajo y su rostro también palideció. El sacerdote estaba muerto. Tenía marcas azules en la garganta, el cuello quebrado y la cabeza monstruosamente retorcida. Tyrell se movió para resguardar el cuerpo de la mirada de Nerina.

—Lla... llama a Mons —dijo él, inseguro, como si hubiera llegado al final de los cien años—. Rápido. Esto... llámalo.

Mons llegó, miró el cuerpo y quedó estupefacto. Sus ojos encontraron la mirada azul de Tyrell.

—¿Cuántos siglos han pasado, Mesías? —preguntó, con voz trémula.
—¿Desde que termino la violencia? Ocho siglos, o más. Mons, nadie, nadie es capaz de esto —dijo Tyrell.
—Si —dijo Mons—. Ya no hay violencia. Ha sido desterrada de la raza. —Súbitamente se puso de rodillas—. ¡Mesías, vuelve a traer la paz! ¡El dragón ha resurgido del pasado!

Tyrell se irguió, una figura de poderosa humildad en su túnica blanca. Levantó los ojos y rezó. Nerina se arrodilló, su horror se disipó lentamente en el poder abrasador de la oración de Tyrell. El murmullo recorrió el monasterio y volvió tembloroso desde el aire azul, transparente que se extendía más allá. Nadie sabía quién había cerrado mortalmente las manos en la garganta del sacerdote. Nadie, ningún humano era capaz de matar; como había dicho Mons, la capacidad de odiar, de destruir, había sido desterrada de la raza. El murmullo no trascendió los muros del monasterio. La batalla tenía que celebrarse en secreto, ningún indicio debe perturbar la prolongada paz de los mundos. Ningún humano. Pero creció otro murmullo: El Anticristo ha vuelto a nacer. Acudieron a Tyrell, al Mesías, en busca de consuelo.

—Paz —dijo—, paz; combatan el mal con la humildad, inclinen la cabeza en actitud de oración, recuerden el amor que salvó al hombre cuando hace dos mil años el infierno se abatió sobre los mundos.

Por la noche, lloró en sueños junto a Nerina, y luchó contra un enemigo invisible.

—¡Demonio! —gritó, y despertó temblando.

Ella lo estrechó en sus brazos, con orgullosa humildad, hasta que se volvió a dormir. Un día Nerina y Mons fueron al cuarto de Tyrell para comunicarle el nuevo horror. Habían encontrado a un sacerdote muerto, salvajemente tajeado por un cuchillo filoso. Abrieron la puerta y lo vieron frente a ellos, sentado ante una mesita baja. Estaba rezando mientras contemplaba, con enferma fascinación, el cuchillo sangriento apoyado sobre la mesa.

—Tyrell... —dijo ella, y de improviso Mons inhaló una bocanada de aire rápida y temblorosa y giró bruscamente. La empujó hacia el otro lado de la puerta.
—¡Espera! —dijo con urgencia violenta—. ¡Espérame aquí! —antes de que pudiera decir una palabra la puerta se cerró y Nerina oyó que Mons le echaba cerrojo.

Permaneció allí, sin pensar, durante un rato largo. Después Mons salió y cerró la puerta suavemente tras de si. La miró.

—Todo está bien —dijo—. Pero... ahora debes escucharme. —Y se quedó en silencio.

Intentó de nuevo.

—Bendita de Dios... —Volvió a respirar con dificultad—. Nerina. Yo... —rió en forma extraña—. Es raro. No puedo hablar a menos que te llame Nerina.
—¿Qué sucede? ¡Déjame ver a Tyrell!
—No, no. Se pondrá bien. Nerina, él está enfermo.

Ella cerró los ojos, tratando de concentrarse. Oyó la voz de Mons, insegura pero cada vez más fuerte.

—Esos asesinatos. Los cometió Tyrell.
—Mientes —dijo ella—. ¡Es mentira!

Mons replicó, casi bruscamente:

—Abre los ojos. Escúchame. Tyrell es... un hombre. Un gran hombre, un hombre muy bueno, pero no un dios. Es inmortal. Si no lo matan vivirá eternamente, como tú. Ya ha vivido mas de veinte siglos.
—¿Para qué decírmelo? ¡Ya lo sé!
—Debes ayudar —dijo Mons—. debes comprender. La inmortalidad es un accidente genético. Una mutación. Una vez cada mil años, tal vez cada diez mil, nace un ser humano inmortal. Su cuerpo se renueva a sí mismo; no envejece. Tampoco su cerebro. Pero su mente sí envejece...
—Hace sólo tres días —dijo Nerina desesperadamente—, Tyrell nadó en el estanque del renacimiento. Su mente no volverá a envejecer por un siglo. ¿Está...? ¿No se está muriendo?
—No, no. Nerina, el estanque del renacimiento no es más que un símbolo. Tú lo sabes.
—Sí. El verdadero renacimiento viene después, cuando nos metes en esa máquina. Lo recuerdo.
—La máquina —dijo Mons—. Si no se la usara cada siglo, tú y Tyrell se hubieran vuelto seniles e Impotentes hace mucho tiempo. La mente no es Inmortal, Nerina. Después de un tiempo ya no puede cargar con el peso del conocimiento, el saber, los hábitos. Pierde flexibilidad, la enturbia el rigor de la vejez. La máquina despeja la mente, como se puede despejar las unidades de memoria de una computadora. Entonces reemplazamos algunos recuerdos, no todos, y ponemos los necesarios en una mente clara y fresca, para que pueda crecer y aprender durante cien años más.
—Pero todo esto ya lo sé...
—Esos nuevos recuerdos forman una nueva personalidad, Nerina.
—¿Una nueva...? Pero Tyrell sigue siendo el mismo.
—No del todo. Cada siglo que pasa cambia un poco, a medida que la vida mejora y que los mundos son más felices. Cada siglo que pasa la nueva mente, la nueva personalidad de Tyrell se modifica, está más de acuerdo con el siglo que empieza que con el que acaba de terminar. Tú has renacido mentalmente tres veces, Nerina. No eres exactamente la misma que la primera vez. Pero no lo puedes recordar. No conservas todos los viejos recuerdos que alguna vez tuviste.
—Pero... pero qué...
—No sé —dijo Mons—. He hablado con Tyrell. Creo que esto es lo que sucedió. Al cabo de cada siglo en que la mente de Tyrell se limpiaba, se borraba, quedaba una mente en blanco, y sobre ella construíamos un nuevo Tyrell. No muy distinto. Sólo un poco, cada vez. ¿Pero más de veinte veces? Su mente ha de haber sido muy diferente hace veinte siglos. Y...
—¿Qué tan diferente?
—No lo sé. Suponíamos que cuando la mente se borraba, la estructura de la personalidad... desaparecía. Ahora pienso que no desapareció. Quedó sepultada. Reprimida, tan profundamente oculta en la mente que no podía emerger. Se tornó inconsciente. Así ocurrió siglo tras siglo. Y ahora Tyrell tiene más de veinte personalidades sepultadas en la memoria, tiene una personalidad múltiple que ya no puede mantenerse en equilibrio. En las tumbas de su mente hubo una resurrección.
—¡El Cristo Blanco nunca fue un asesino!
—No. En realidad, aún su primera personalidad, hace veinte siglos, ha de haber sido muy grande y buena para traer paz a los mundos, en aquellos tiempos del Anticristo. Pero a veces, en la sepultura de la mente, algo puede cambiar. Quizás alguna de esas personalidades enterradas se haya convertido en... en algo menos bueno que lo que fuera originariamente. Y ahora salió a la superficie.

Nerina se volvió hacia la puerta.

—Debemos estar muy seguros —dijo Mons—. Pero podemos salvar al Mesías. Podemos despejarle el cerebro, explorar muy profundamente, extirpar el espíritu maligno... Podemos salvarlo y devolverle la integridad. Debemos comenzar de inmediato. Nerina, reza por él.

La miró prolongada y afligidamente, se volvió y salió de prisa por el corredor. Nerina esperó, sin siquiera pensar. Al rato oyó un sonido leve. En un extremo del corredor había dos sacerdotes inmóviles; en el otro extremo, otros dos. Abrió la puerta y fue hacia Tyrell. Lo primero que vio fue el cuchillo manchado de sangre sobre la mesa. Después vio la oscura silueta junto a la ventana, contra la doliente intensidad del cielo azul.

—Tyrell —dijo, vacilante.

Él se volvió:

—Nerina. ¡Oh, Nerina!

Su voz era todavía dulce con la profunda fuerza de la calma. Nerina se arrojó rápidamente a sus brazos.

—Estaba rezando —dijo él, y reclinó la cabeza para apoyarla sobre su hombro—. Mons me dijo... estaba rezando. ¿Qué es lo que hice?
—Eres el Mesías —dijo ella firmemente—. Salvaste al mundo del mal y del Anticristo. Eso hiciste.
—¡Pero el resto! ¡El demonio se apoderó de mi mente! Esta semilla que creció aquí, sin ver los rayos del sol de Dios... ¿en qué se convirtió? ¡Dicen que yo mato!

Al cabo de una larga pausa Nerina murmuró:

—¿Es cierto?
—No —dijo él, con certidumbre absoluta—. ¿Cómo habría podido? Yo, que he vivido por amor, más de dos mil años, no podría dañar a ningún ser viviente.
—Lo sabía —dijo ella—. Eres el Cristo Blanco.
—El Cristo Blanco —dijo él suavemente—. No quería semejante nombre. Soy sólo un hombre, Nerina. Nunca fui más que eso. Pero... algo me salvó, algo me mantuvo vivo en la Hora del Anticristo. Fue Dios. Fue Su mano. Dios... ¡ayúdame en este momento!

Ella lo estrechó con fuerza y traspuso con los ojos los límites de la ventana hacia el cielo brillante, el prado verde, las elevadas montañas con los picos rodeados de nubes. Dios estaba allí, y también más lejos, detrás del azul, en todos los mundos y en los abismos que los separaban, y Dios significaba paz y amor.

—Él te ayudará —dijo ella firmemente—. Anduvo a tu lado hace dos mil años. No se ha Ido.
—Sí —susurró Tyrell—. Mons debe estar equivocado. Cómo eran las cosas... lo recuerdo. Hombres como bestias. El cielo era fuego abrasador. Había sangre... había sangre. Más de quinientos años de sangre derramada por los hombres-bestias que luchaban.

Ella descubrió en él una súbita rigidez, un tembloroso endurecimiento, una nueva tensión aguda. Él alzó la cabeza y la miró a los ojos. Ella pensó en el hielo y en el fuego, hielo azul, fuego azul.

—Las grandes guerras —dijo él, con la voz rígida, entorpecida.

Después se cubrió los ojos con las manos.

—¡Cristo! —la palabra estalló en su garganta tiesa—. Dios, Dios..
—¡Tyrell! —ella gritó su nombre.
—¡Atrás! —gruñó él, y Nerina retrocedió con un tropiezo, pero Tyrell no hablaba con ella—. ¡Atrás, demonio! —Se arañó la cabeza, se la restregó entre las manos y se inclinó hasta quedar casi arrodillado ante ella.
—¡Tyrell! —gritó—. ¡Mesías! Eres el Cristo Blanco...

El cuerpo agazapado se levantó de un salto. Nerina contempló el nuevo rostro. Quedó sobrecogida de horror y repugnancia abismales. Tyrell se quedó mirándola. Luego, de modo aterrador, le hizo una reverencia fanfarrona, teatral. Ella sintió el borde de la mesa a sus espaldas. Tambaleó y tocó la pesada densidad de la sangre seca en la hoja del cuchillo. Era parte de la pesadilla. Estiró la mano hacia la empuñadura, consciente de que el acero podía resultarle mortal, dejando que su pensamiento se adelantara a la centelleante punta acerada apoyada contra su pecho. La voz que oyó estaba teñida por la risa.

—¿Está filoso? —preguntó él—. ¿Todavía está filoso, amor mío? ¿O se desafiló con el sacerdote? ¿Lo usarás conmigo? ¿Lo intentarás? ¡Otras mujeres lo intentaron! —la risa espesa se le estranguló en la garganta.
—Mesías —musitó Nerina.
—¡Mesías! —se burló Tyrell—. ¡Un Cristo Blanco! ¡Príncipe de la Paz! Que pronuncia palabras de amor, que camina ileso en medio de las guerras más sangrientas que jamás hayan asolado a un mundo... oh sí, una leyenda, amor mío, de dos mil años de edad y todavía más. Y una mentira, ¡Se han olvidado! ¡Todos han olvidado cómo fueron realmente aquellos tiempos!

Ella sólo pudo sacudir la cabeza en impotente desmentida.

—Oh sí —dijo él—. Tú no vivías todavía. Nadie vivía. Salvo yo, Tyrell. ¡Qué carnicería! Yo sobreviví. Pero no por predicar la paz. ¿Sabes qué les ocurría a los que predicaban amor? Morían... pero yo no morí. Yo sobreviví, no por predicar.

Se balanceó, riendo.

—Tyrell el Sanguinario —exclamó—. Fui el más sanguinario de todos. Lo único que entendían era el miedo. Y en aquel tiempo no se asustaban fácilmente, no los hombres semejantes a bestias. Pero si me temían a mi.

Alzó las manos; los dedos como garras, los músculos tensos en un éxtasis de atroz recordación.

—El Cristo Rojo —dijo—. Pudieron llamarme así. Pero no lo hicieron. No cuando demostré lo que debía demostrar. Entonces me pusieron un nombre. Conocían mi nombre. Y ahora... —le hizo una mueca sarcástica—. Ahora que los mundos tienen paz, ahora me adoran como Mesías. ¿Qué puede hacer hoy Tyrell el Sanguinario?

La risa le brotó lenta, horrible y satisfecha. Dio tres pasos y la abrazó. La carne de Nerina se contrajo ante el contacto de tanta iniquidad. Y entonces, súbita, extrañamente, Nerina sintió que el mal lo abandonaba. Los brazos rígidos temblaron, se retiraron, y luego la volvieron a estrechar, con frenética ternura, mientras él inclinaba la cabeza y ella sentía el repentino calor de las lágrimas. Tyrell no pudo hablar por un rato. Fría como la piedra, ella lo sostuvo. De algún modo se encontró sentada en un sofá, y él estaba de rodillas ante ella, el rostro escondido en su falda. No pudo comprender muchas de sus palabras ahogadas.

—Recuerdo... yo recuerdo... los viejos recuerdos... No lo puedo soportar, no puedo mirar atrás... ni adelante... ellos... ellos me pusieron un nombre. Ahora recuerdo...

Ella le apoyó una mano sobre la cabeza. Tenía el cabello frío y húmedo.

—¡Me llamaban Anticristo!

Tyrell alzó la cabeza y la miró.

—¡Ayúdame! —gritó con angustia—. ¡Ayúdame, ayúdame!

Entonces su cabeza volvió a caer y se apretó los puños contra las sienes, en un susurro inarticulado. Ella recordó lo que tenía en la mano derecha, levantó el cuchillo y lo hundió con toda la fuerza que pudo, para brindarle la ayuda que él necesitaba. Se paró, frente a la ventana, de espaldas a la habitación y al inmortal difunto. Esperó que el sacerdote Mons regresara. Él sabría qué hacer a continuación. Probablemente habría que guardar el secreto, de alguna manera. No le harían daño, eso lo sabía. La veneración que había rodeado a Tyrell también la circundaba a ella. Seguiría viviendo, sería ahora el único ser inmortal nacido en tiempo de paz, y viviría eternamente sola en los mundos de paz. Quizás algún día, alguna vez, nacería otro como ella, pero ahora no quería pensar en eso. Solamente quería pensar en Tyrell y en su soledad.

A través de la ventana contempló el azul y el verde brillante, el día puro de Dios, limpio ya de la última mancha roja del sangriento pasado humano. Sabía que Tyrell se hubiera alegrado de ver esa limpieza, esa pureza que se mantendría siempre. Ella la vería mantenerse. Era parte de esa pureza, así como Tyrell no lo había sido. Y aún en la soledad que ya sentía, había de algún modo un sentimiento de compensación. Estaba consagrada a los siglos del hombre por venir. Llegó más allá de su pena y su amor. Desde lejos pudo oír el solemne cántico de los sacerdotes. Era parte de la justicia que por fin llegaba a los mundos, después del largo y sangriento sendero del nuevo Gólgota. Pero era el último Gólgota, y ella seguirla adelante como debía hacerlo, consagrada y segura.

Inmortal.

Elevó la cabeza y miró firmemente el azul. Miraría adelante, hacia el futuro. El pasado estaba olvidado. Y para ella, el pasado no representaba una herencia sangrienta, una corrupción profunda que persistiría oculta en el infierno negro de los abismos de la mente hasta que la semilla monstruosa germinara para destruir la paz y el amor de Dios. De pronto recordó que había cometido un crimen. Su brazo se estremeció nuevamente con la violencia del golpe; sintió en la mano el hormigueo de la sangre derramada. Con extrema rapidez cerró el paso de los recuerdos a la conciencia. Miró hacia el cielo, y contuvo con fuerza las puertas clausuradas de su mente como si la embestida ya se precipitara contra los frágiles barrotes.

Una estación de amor. Horacio Quiroga (1878-1937)

Primavera.
Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto en el coche la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:

–¿Quién es? No parece fea.
–¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece...

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil. Tenía, bajo cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas. Tal vez un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o gran terquedad. Pero sus ojos, tal como eran, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.

–¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de papel, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al galante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y aún al carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador.

–Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja.
–El doctor Arrizabalaga... Cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica... Es cuñada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia. Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano. Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían, volviendo la cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías. Mas sobre el almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda de los jazmines del país. Nébel saltó con él sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.

–¡Pero loca! –le dijo la madre, señalándole el pecho–. ¡Ahí tienes uno!

El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido del estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo casi fuera del coche. Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, sino de cuerpo. Y he aquí que desde el segundo día perdía toda su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto!

–¡Qué encanto! –se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y profundamente deslumbrado –y enamorado, desde luego.

¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con que la joven había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con que lo esperó –y en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo. ¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de dieciocho años que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar y mirándose infinitamente. La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella. Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? -¡Oh, no volver yo!- Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio –y al vestido, corto aún, de la tiernísima novia.

Verano.
El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma el último resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de verla. Hasta que un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo, esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso, erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la fila de muchachos. Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo. Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.

–Parece que no se acuerda más de ti –le dijo un amigo, que a su lado había seguido el incidente.
–¡No mucho! –se sonrió él–. Y es lástima, porque la chica me gustaba en realidad.

Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que creía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum! –repetía sin darse cuenta–. ¡Pum! ¡Todo ha concluido!

De golpe: ¿Y si no me hubieran visto?... ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro se animó de nuevo, y acogió esta vaga probabilidad con profunda convicción. A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado; y acaso la viera. Fue allá. Una súbita carrera por el patio respondió al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a la puerta vidriera. Vio a Nébel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus brazos la ligereza de su ropa, huyó más velozmente aún. Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su antiguo conocido con más viva complacencia con mayor complacencia que cuatro meses atrás. Nébel no cabía en sí de gozo; y como la señora no parecía inquietarse por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un millón de veces tal presencia a la del abogado.

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente. Y como tenía dieciocho años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin cortedad, su inmensa dicha.

–¡Tan pronto, ya! –le dijo la señora–. Espero que tendremos el gusto de verlo otra vez... ¿No es verdad? ... ¿no es verdad?
–¡Oh, sí, señora!
–En casa todos tendríamos mucho placer... ¡Supongo que todos! ¿Quiere que consultemos? –se sonrió con maternal burla.
–¡Oh, con toda el alma! –repuso Nébel.
–¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.

Lidia llegó cuando él estaba ya de pie. Avanzó al encuentro de Nébel, los ojos centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con adorable torpeza.

–Si a usted no le molesta –prosiguió la madre–, podría venir todos los lunes... ¿Qué le parece?
–¡Que es muy poco, señora! –repuso el muchacho–. Los viernes también ¿Me permite?
La señora se echó a reír.
–¡Qué apurado! Yo no sé... Veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?
La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí! en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.
–Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.
Nébel objetó:
–¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario...
–¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo y huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma proyectada al último cielo de la felicidad.

II.
Durante dos meses, en todos los momentos en que se veían, en todas las horas que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había en su mutuo amor más nube que la minoría de edad de Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y demás superfluidades, quería casarse. Como probado, no había sino dos cosas: que a él le era absolutamente imposible vivir sin Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello. Presentía –o más bien dicho, sentía– que iba a escollar rudamente. Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con terrible vigor. A fines de agosto habló un día definitivamente a su hijo:

–Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.
Nébel vio toda la tormenta en esa forma de dignidad, y la voz le tembló un poco al contestar:
–Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que te hable de eso.
–¡Bah! Como gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo... Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?
–Sí.
–¿Y te reciben formalmente?
–Creo que sí...
El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.
–¡Está bueno! Muy bien!... Óyeme, porque tengo el deber de mostrarte el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede pasar?
–¿Pasar?... ¿Qué?
–Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?
–¡Papá!
–¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! No pongas esa cara... No me refiero a tu... novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes de qué viven?
–¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre...
–¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte, qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su cuñado, ¡pregunta!
–¡Sí! Ya sé que ha sido...
–Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!
–¡...!
–¡Sí, ya sé! ¡Tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay impulso más bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes llegar tarde... ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a tu novia, creo, como te he dicho, que no está. Contaminada, aún por la podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera, dile que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos y que antes se lo llevará el diablo que consentir en ese matrimonio. Nada el diablo que consentir en eso. Nada más te quería decirte.

El muchacho quería mucho a su padre, a pesar del a su padre, a pesar del carácter de éste; salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no lo ignoraba. La madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en vida de su marido, y aun cuatro o cinco años después. Se veían aún de tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en su artritis de solterón enfermizo, distaba mucho de ser respecto de su cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo hacía por una especie de agradecimiento de ex amante, y sobre una especie de compasión de ex amante, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que hinchaban su vanidad.

Nébel evocaba a la madre; y con un estremecimiento de muchacho loco por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos y reclinados una «Illustration», había creído sentir sobre sus nervios súbitamente tensos un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la mirada de ella, mareada, posarse pesadamente sobre la suya. ¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con raras crisis explosivas; los nervios desordenados repiqueteaban hacia adentro y de aquí la enfermiza tenacidad en un disparate y el súbito abandono de una convicción; y en los pródromos de las crisis, la obstinación creciente, convulsiva, edificándose con grandes bloques de absurdos. Abusaba de la morfina por angustiosa necesidad y por elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy gruesos y encendidos que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, sus ojos lo parecían por el corte y por tener pestañas muy largas; pero eran admirables de sombra y fuego.

Se pintaba. Vestía, como la hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora la histeria había trabajado mucho su cuerpo –siendo, desde luego, enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso, pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma histeria que le deshacía los nervios era el alimento un poco mágico que sostenía su tonicidad. Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las burguesas histéricas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz –esto es, para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad. Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo en lo más hondo de sus cuerdas de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia? Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, era, ya no prueba de pureza, sino escalón de noble gozo por el que Nébel ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida, la flor que pedía por él.

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga, había sentido loco deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro. Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le habría sido manchar. ¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de forzar a la moral burguesa a doblar las rodillas ante la misma inconveniencia que despreció. Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con alusiones a «mi suegro».... «mi nueva familia»..., «la cuñada de mi hija». Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con más sombrío fuego. Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su padre esa noche.

–Será difícil –dijo Nébel después de un mortificante silencio–. Le cuesta mucho salir de noche... No sale nunca.
–¡Ah! –exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra pausa siguió, pero ésta ya de presagio.
–Porque usted no hace un casamiento clandestino, ¿verdad?
–¡Oh! –se sonrió difícilmente Nébel–. Mi padre tampoco lo cree.
–¿Y entonces?
Nuevo silencio, cada vez más tempestuoso.
–¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?
–¡No, no señora! –exclamó al fin Nébel, impaciente– Está en su modo de ser... Hablaré de nuevo con él, si quiere.
–¿Yo, querer? –se sonrió la madre dilatando las narices–. Haga lo que le parezca... ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre? Este sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.

–Puedes hacer eso, y todo lo que te dé la gana. Pero mi consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

Después de tres días Nébel decidió concluir de una decidió aclarar de una vez esa vez con ese estado de cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.

–Hablé con mi padre –comenzó Nébel–, y me ha dicho que le será completamente imposible asistir.

La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito fulgor, se estiraban hacia las sienes.

–¡Ah! ¿Y por qué?
–No sé –repuso con voz sorda Nébel.
–Es decir... que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí.
–¡No sé! –repitió él, obstinado a su vez.
–¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha figurado? –añadió con voz ya alterada y los labios temblantes–. ¿Quién es él para darse ese tono?
Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su familia.
–¡Qué es, no sé! –repuso con la voz precipitada a su vez–. Pero no sólo se
niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.
–¿Qué? ¿Que se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado para esto!
Nébel se levantó:
–Usted no...
Pero ella se había levantado también.
–¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su familia!... ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para ir a dormir con su mujer antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo pase bien!

III.
Nébel vivió cuatro días en la más honda desesperación. ¿Qué podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer, recibió una esquela: «Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su presencia podría calmarla. María S. de Arrizabalaga»

Era una treta, no ofrecía duda. Pero si su Lidia en verdad... Fue esa noche, y la madre lo recibió con una discreción que asombró a Nébel: sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que pide disculpas.

–Si quiere verla...
Nébel entró con la madre, y vio a su amor adorado en la cama, el rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los catorce años, y las piernas recogidas. Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo: no hacían sino mirarse y sonreír. De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre surgió nítida: «Se va para que en el transporte de mi amor reconquistado pierda la cabeza, y el matrimonio sea así forzoso». Pero en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecían adelantado a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho de dieciocho años sintió –como otra vez contra la pared– el placer sin la más leve mancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio. Sólo Nébel pudo decir cuán grande fue su dicha recuperada en pos del naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero tenía la más fría decisión de apartar a la madre de su vida, una vez casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama que se había destendido una punta para él, encendía la promesa de una voluptuosidad íntegra, a la que no había robado prematuramente el más pequeño diamante. A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el zaguán oscuro. Después de largo rato la sirvienta entreabrió la ventana.

–¿Han salido? –preguntó él extrañado.
–No, se van a Montevideo... Han ido al Salto a dormir a bordo.
–¡Ah! –murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.
–¡El doctor? ¿Puedo hablar con él?
–No está; se ha ido al club después de comer.

Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos con mortal desaliento: ¡Se acabó todo! ¡Su felicidad, su dicha reconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía que esta vez no había redención posible. Los nervios de la madre habían saltado a la loca, como teclas, y él no podía ya hacer más. Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil bajo el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dio una vuelta manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca más! Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fue a su casa y cargó el revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un dibujante alemán que antes de suicidarse un día –Nébel era adolescente– iría a verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad, cimentada sobre largas charlas filosóficas. A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.

–¿Es ahora? –le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza la mano.
–¡Pst! ¡De todos modos!... –repuso el muchacho, mirando a otro lado.
El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de amor.
–Vaya a su casa –concluyó–, y si a las once no ha cambiado de idea, vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que quiera. ¿Me lo jura?
–Se lo juro –contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con grandes ganas de llorar.
En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia: «Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más grande. Pero mamá ha visto que si me casaba con usted, me estaban reservados grandes dolores, he comprendido como ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca. tu Lidia»
–¡Ah, tenía que ser así! –clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo con espanto su rostro demudado en el espejo. ¡La madre era quien había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo su amor en la redacción–. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada de mi alma!...

Temblando fue hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su nueva promesa, y durante un larguísimo tiempo permaneció allí de pie, limpiando obstinadamente con la uña una mancha del tambor.

Otoño.
Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tranvía cuando el coche se detuvo un momento más del conveniente, y Nébel, que leía, volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba entre los asientos. Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, Nébel reanudó la lectura. La dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a su vecino. Nébel, aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él, prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro extrañado.

–Ya me parecía que era usted –exclamó la dama–, aunque dudaba aún... No me recuerda, ¿no es cierto?
–Sí –repuso Nébel abriendo los ojos– La señora de Arrizabalaga...

Ella vio la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana que trata aún de parecer bien a un muchacho. De ella –cuando Nébel la conoció once años atrás–sólo quedaban los ojos, aunque más hundidos, y ya apagados. El cutis amarillo, con tonos verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto a la elegante mujer que un día hojeó la «Ilustration» a su lado.

–Sí estoy muy envejecida... y enferma, he tenido ya ataques a los riñones... Y usted –añadió mirándolo con ternura–, ¡siempre igual! Verdad es que no tiene treinta años aún... Lidia también está igual.
Nébel levantó los ojos:
–¿Soltera?
–Sí... ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?
–Con mucho gusto... –murmuró Nébel.
–Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para usted... En fin, Boedo, 1483; departamento 14... Nuestra posición es tan mezquina...
–¡Oh! –protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.

Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir su promesa. Fue allá –un miserable departamento de arrabal–. La señora de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

–¡Conque once años! –observó de nuevo la madre–. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!
–Seguramente –sonrió Nébel, mirando a su rededor.
–¡Oh! ¡No estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su casa... Siempre oigo hablar de sus cañaverales... ¿Es ése su único establecimiento?
–Sí... En Entre Ríos también...
–¡Qué feliz! Si pudiera uno... ¡Siempre deseando ir a pasar unos meses en el campo, y siempre con el deseo!

Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este, con el corazón apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en su alma.

–Y todo esto por falta de relaciones... ¡Es tan difícil tener un amigo en esas condiciones!

El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró. Ella estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una frescura de los catorce años no se vuelve a hallar más en la mujer de veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en su cuello mórbido, en la mansa tranquilidad de su mirada, y en todo lo indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía guardar velado para siempre el recuerdo de la Lidia que conoció. Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:

–Sí, está un poco débil... Y cuando pienso que en el campo se repondría enseguida... Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo... ¿No podríamos pasar una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!
–Soy casado –repuso Nébel.
La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su decepción fue sincera; pero enseguida cruzó sus manos cómicas:
–¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya sabe!... No sé lo que digo... ¿Y su señora vive con usted en el ingenio?
–Sí, generalmente... Ahora está en Europa.
–¡Qué desgracia! Es decir... ¡Octavio! –añadió abriendo los brazos con lágrimas en los ojos–: A usted le puedo contar, usted ha sido casi mi hijo... ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre –concluyó con una pastosa sonrisa y bajando la voz–: Usted conoce bien el corazón de Lidia, ¿no es cierto?
Esperó respuesta, pero Nébel permanecía callado.
–¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar cuando ha querido?

Ahora había reforzado su insinuación con una lenta con una leve guiñada. Nébel valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja, la morfina y la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez había sentido un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

–¿No sabes, Lidia? –prorrumpió la madre alborozada, al volver su hija–. Octavio nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué te parece?
Lidia tuvo una fugitiva contracción de cejas y recuperó su serenidad.
–Muy bien mamá...
–¡Ah! ¿No sabes lo que dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi de su familia...
Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con dolorosa gravedad.
–¿Hace tiempo? –murmuró.
–Cuatro años –repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo para mirarla.

Invierno.
No hicieron el viaje juntos por un último escrúpulo de Nébel en una línea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron todos en el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues –a más de su propia frugalidad– su mujer se llevaba consigo toda la servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa como una tía anciana y su hija, que venían a recobrar la salud perdida. Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía vertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto y pesadísimo, y en sus facies angustiosa la morfina, que había sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una corrida por dentro de aquel cadáver viviente. Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñón, íntimamente atacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino precipitar. Ya en el coche, no pudiendo resistir más, la dama había mirado a Nébel con transida angustia:

–Si me permite, Octavio... ¡No puedo más! Lidia, ponte delante.

La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el crujido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo. Los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió como una máscara aquella cara agónica.

–Ahora estoy bien... ¡Qué dicha! Me siento bien.
–Debería dejar eso –dijo duramente Nébel, mirándola de costado–. Al llegar, estará peor.
–¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.

Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero al caer la tarde, y a ejemplo de las fieras que empiezan a esa hora a afilar las empiezan a esa hora a afilar las garras, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos escalofríos. Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.

–¡Huy! ¡Qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?

Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó la suya enseguida. Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto Lidia.

–¡Quién es! –sonó de pronto la voz azorada.
–Soy yo –murmuró apenas Nébel.

Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo fresco, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.
...
Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel el santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante candor. Pensó en las palabras de Dostoyevsky, que hasta ese momento no había comprendido: «Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida, que un recuerdo puro».

Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora yacía allí, enfangada hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta. Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas. Ella a su vez recordaría... Y las lágrimas de Lidia continuaban una tras otra, regando, como una tumba, el abominable fin de su único sueño de felicidad.

II.
Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy pocas veces solos; y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún entonces largo tiempo callados. Lidia misma tenía bastante qué hacer cuidando a su madre, postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya podrido, y aun a trueque del peligro inmediato que ocasionara. Nébel pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que, entrando bruscamente en el comedor, sorprendió a Lidia que se bajaba precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó en Nébel su mirada espantada.

–¿Hace mucho tiempo que usas eso? –le preguntó él al fin.
–Sí –murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.
Nébel la miró aún y se encogió de hombros.

Sin embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella desgraciada, sustrayéndole la droga.

–¡Octavio! ¡Me va a matar! –clamó ella con ronca súplica–. ¡Mi hijo Octavio! ¡No podría vivir un día!
–¡Es que no vivirá dos horas, si le dejo eso! –contestó Nébel.
–¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!
Nébel dejó que los brazos se tendieran a él inútilmente, y salió con Lidia.
–¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?
–Sí... Los médicos me habían dicho...
Él la miró fijamente.
–Es que está mucho peor de lo que imaginas. Lidia se puso blanca, y mirando afuera ahogó un sollozo mordiéndose los labios.
–¿No hay médico aquí? –murmuró.
–Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.
Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel abrió una carta.
–¿Noticias? –preguntó Lidia inquieta, levantando los ojos a él. Quieta los ojos a él.
–Sí –repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.
–¿Del médico? –volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.
–No, de mi mujer –repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.
A las diez de la noche, Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.
–¡Octavio! ¡Mamá se muere!...

Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:

–Pla... pla... pla...
Nébel vio enseguida sobre el velador el frasco de morfina, casi vacío.
–¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto? –preguntó
–¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido... Seguramente lo fue a buscar a tu cuarto cuando no estabas... ¡Mamá, pobre mamá! –cayó sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.

Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes manchas violetas. A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó que Lidia concluyera de vestirse mientras los peones cargaban las valijas en el carruaje.

–Toma esto –le dijo cuando ella estuvo a su lado, tendiéndole un cheque de diez mil pesos.
Lidia se estremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron de lleno en los de Nébel. Pero él sostuvo la mirada.
–¡Tonta, pues! –repitió sorprendido.
Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel entonces se inclinó sobre ella.
–Perdóname –le dijo–. No me juzgues peor de lo que soy.

En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le tendió la mano, que Nébel retuvo un momento en silencio. Luego, sin soltarla, recogió a Lidia de la cintura y la besó hondamente en la boca. El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que se perdía. Pero Lidia no se asomó.

Una conflagración impefecta. Ambrose Bierce (1842-1914)

En junio de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me produjo una tremenda impresión. Fue antes de mi boda, cuando aún vivía en Wisconsin con mi familia. Estábamos mi padre y yo en la biblioteca de casa repartiéndonos el producto de un robo que habíamos cometido aquella noche. Se trataba, en su mayor parte, de enseres domésticos, y la tarea de dividirlos equitativamente se presentaba difícil. Al principio nos entendimos muy bien sobre el reparto de las servilletas, toallas y cosas así, e incluso el reparto que hicimos de la plata fue bastante justo; pero cuando le tocó el turno a una caja de música, vimos que era muy problemático dividirla entre dos sin que esta división diera mucho resto.

Aquella caja fue la que ocasionó el desastre y la desgracia de mi familia: si no la hubiéramos robado, mi padre aún estaría vivo.

Era una obra de la más bella y exquisita artesanía, con incrustaciones de ricas maderas labradas con gran trabajo. No sólo tocaba una gran variedad de melodías sino que, incluso sin haberle dado cuerda, podía silbar como una codorniz, ladrar como un perro y cacarear al amanecer, además de recitar los Diez Mandamientos.

Esta última característica fue la que más gustó a mi padre y le llevó a cometer el único acto deshonroso de su vida (aunque de haber seguido viviendo habría cometido alguno más): trató de ocultarme la caja y me juró por su honor que no la había cogido. Sin embargo, yo sabía de sobra que su intención al intervenir en el robo no había sido otra que la de hacerse con ella.

La había escondido bajo su capa (nos las habíamos puesto para evitar ser reconocidos) y afirmaba solemnemente que no la tenía. Yo sabía que era mentira y además estaba al tanto de algo que él desconocía: si conseguía prolongar el reparto de los beneficios hasta el amanecer, la caja cacarearía y le delataría. Y así fue. Cuando la luz de gas de la biblioteca empezaba a palidecer y se adivinaban las formas de las ventanas tras las cortinas, un largo kikirikí salió de la capa de mi padre, seguido de unos cuantos compases del Tannhauser que terminaron en un sonoro «click». El hacha que habíamos utilizado para entrar en la desafortunada mansión estaba sobre la mesa. La cogí. El anciano, al comprender que era inútil ocultar la caja por más tiempo, la sacó y la puso sobre la mesa.

—Bueno, pártela por la mitad si así lo prefieres —dijo—. Yo sólo intentaba salvarla de la destrucción.

Mi padre era un apasionado amante de la música: tocaba el acordeón con gran sentimiento.

—No discuto la pureza de tus razones. Sería presuntuoso por mi parte juzgarte.

Pero los negocios son los negocios y estoy dispuesto a disolver nuestra sociedad con este hacha a menos que consientas llevar un cascabel en los robos futuros.

—Imposible —dijo después de reflexionar—. No, no podría hacerlo, sería como una confesión de mi deshonra. La gente diría que no confiabas en mí.

Su carácter y sensibilidad resultaban admirables. Me sentí orgulloso de él y a punto estuve de pasar por alto su falta. Pero una mirada rápida a la caja ricamente adornada me decidió y, como dije, despaché al viejo de este valle de lágrimas.

Después de hacerlo me sentí un poco a disgusto. No sólo era mi padre —mi procreador—, sino que además iban a descubrir su cuerpo. Era ya pleno día y mi madre podía entrar en la biblioteca en cualquier momento. En tales circunstancias, lo más oportuno era acabar también con ella, y eso fue lo que hice. Después, pagué a los criados y los despedí.

Aquella misma tarde fui a ver al comisario de policía; le conté todo y le pedí consejo. Sería muy doloroso para mí que los hechos salieran a la luz. Todo el mundo condenaría mi conducta y, si alguna vez intentaba presentarme a unas elecciones, los periódicos sacarían a relucir el asunto. El comisario comprendió el peso de estas consideraciones —él también era un asesino con gran experiencia. Tras consultar con el magistrado que presidía el Tribunal de Jurisdicción Variable, me aconsejó que ocultara los cadáveres en una de las estanterías de la biblioteca, que hiciera un buen seguro a la casa y le prendiera fuego. Enseguida me puse manos a la obra.

En la biblioteca había una estantería que mi padre había comprado a un inventor chiflado hacía poco tiempo y que aún estaba vacía. Su forma y tamaño recordaban a los armarios antiguos que hay en los dormitorios que no tienen ropero.

Se abría de arriba a abajo, como los camisones de señora, y las puertas eran de cristal.

Había amortajado a mis padres hacía unas horas y sus cuerpos estaban bastante rígidos para mantenerse erectos. Entonces los metí en una estantería, a la que había quitado las baldas, y tapé sus cristales con unas cortinas. Aunque el inspector de la compañía de seguros pasó media docena de veces por delante, no se dio cuenta de nada.

Por la noche, después de obtener la póliza, prendí fuego a la casa y, a través del bosque, me dirigí a la ciudad que quedaba a unas dos millas. Allí me las ingenié para que me vieran en el momento en que más animación había. Dos horas después de haber provocado el incendio, me uní a la multitud y, dando gritos de dolor por la suerte de mis padres, volví a la casa en llamas. Cuando llegué, toda la ciudad estaba allí. El fuego había arrasado la casa, pero entre los rescoldos aún incandescentes, cerrada y en pie, estaba la estantería, completamente intacta. Las cortinas, evidentemente, habían ardido y, al quedar los cristales a la vista, la luz de las ascuas iluminaba su interior. Allí estaba mi querido padre, «tal y como era», y a su lado la compañera de sus penas y alegrías. No tenían ni un solo pelo chamuscado y sus ropas estaban como nuevas. Las heridas que me vi obligado a causarles para llevar a cabo mis planes se podían apreciar claramente, en la cabeza y en la garganta. La gente se había quedado sin habla, como en presencia de un milagro. El respeto y el temor habían paralizado sus lenguas. Yo también me sentía muy afectado.

Unos tres años después, cuando los sucesos aquí relatados ya casi se habían borrado de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar unos bonos falsificados. Un día, al mirar el escaparate de una tienda de muebles, vi la réplica exacta de la estantería.

—La compré por una miseria a un inventor arrepentido —me explicó el propietario—. Decía que era una estantería a prueba de fuego, que los poros de la madera habían sido rellenados con alumbre y que el cristal estaba hecho de asbestos.

Supongo que no será cierto. Se la dejo al precio de una estantería normal.

—No —dije—. Si no me puede garantizar que es a prueba de fuego, no la quiero.

Le di los buenos días y me marché. No me la habría quedado por nada del mundo. Despertaba en mí unos recuerdos excesivamente desagradables.

Fiesta selecta. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Un Hombre con Fantasía celebró una fiesta en uno de sus castillos imaginarios e invitó a un número de distinguidos personajes para que le honraran. La mansión, aunque no tan espléndida como muchas de la misma región, era de una magnificencia que raramente conocen los que sólo ven la arquitectura terrenal. Sus fuertes cimientos y muros macizos habían sido extraídos de una repisa de nubes pesadas y oscuras que se hallaban suspendidas y meditabundas sobre la tierra, con la apariencia de ser tan densas y pesadas como el granito, durante todo un día otoñal.

Al darse cuenta de que el efecto general era triste -pues el castillo imaginario se parecía a una fortaleza feudal, o un monasterio de la Edad Media o a una prisión estatal de nuestra época, en lugar de a la casa de placer y reposo que él pretendía-, el propietario decidió, sin prestar atención a los gastos, recubrir el exterior. Afortunadamente en ese momento recorría el aire abundante luz solar del atardecer. Tras recogerla y derramarla en abundancia sobre tejado y muros, les imbuyó una especie de alegría solemne; entonces las cúpulas y pináculos brillaron con el oro más puro, y las cien ventanas destellaron con una luz alegre, como si el propio edificio se regocijara. Si entonces las gentes del mundo inferior mirasen desde el torbellino de su insignificante confusión, probablemente confundirían el castillo imaginario con un amontonamiento de nubes del atardecer a las que la magia de la luz y de la sombra había impartido el aspecto de una mansión de construcción fantástica. Para esos espectadores sería irreal porque carecían de fe imaginativa. Si hubieran sido dignos de traspasar sus puertas, habrían reconocido la verdad: que los dominios que el espíritu conquista para sí mismo entre lo irreal llegan a ser mil veces más reales que la tierra que pisan, y dirían: Esto es sólido y fuerte; a esto lo podríamos considerar un hecho.

A la hora designada el anfitrión se situó en pie en su gran salón para recibir a los invitados. Era una sala amplia y noble, cuyo techo abovedado se sujetaba por una doble fila de columnas gigantescas que habían sido cortadas de una pieza de masas de nubes jaspeadas. Habían, sido pulidas con tanto brillo, y trabajadas tan exquisitamente por la habilidad del escultor, que asemejaban a los más hermosos ejemplares de esmeralda, pórfido, ópalo y crisolita, produciendo con ello una delicada riqueza de efecto que su tamaño inmenso no hacía incompatible con la grandeza. Sobre cada una de estas columnas se hallaba suspendido un meteorito. Cruzan continuamente el firmamento miles de estos brillos etéreos, ardiendo hasta gastarse, pero capaces de impartir una radiación útil a cualquier persona que tenga el arte de convertirlos en fines propios.

Utilizados en el salón, resultan mucho más económicos que las lámparas ordinarias. Sin embargo, era tal la intensidad de su brillo que había sido conveniente cubrir cada meteorito con una esfera de niebla de atardecer, amortiguando así la incandescencia demasiado potente, que queda convertida en un esplendor suave y confortable. Era como la brillantez de una imaginación poderosa pero sumisa: una luz que parecía ocultar todo lo que fue indignó de ser observado y dar relieve á todo atributo hermoso y noble. Por tant cuándo los invitados avanzaron hacia el centro del salón tenían mejor aspecto que nunca antes su vida.

El primero que entró, con una puntualidad pasada de moda, era una figura venerable vestida como en tiempos pasados, con los cabellos blancos flotan sobre sus hombros y una barba reverente sobre el pecho. Se apoyaba en un baste cuyo trémulo golpeteo cuando lo dejaba caer cuidadosamente en el suelo se repetía en un eco por el salón a cada paso. Reconociendo de inmediato al personaje, que tantos problemas y averiguaciones le había costado descubrir, anfitrión avanzó casi tres cuartas partes de la distancia entre las columnas para recibirle y darle la bienvenida.

-Venerable señor -dijo el Hombre de la Fantasía inclinándose hacia suelo-. El honor de está visita no lo olvidaré nunca aunque el término de existencia se prolongue felizmente tanto como la suya.
El anciano caballero recibió el cumplido con condescendencia. Se puso entonces las gafas sobre la frente y pareció examinar críticamente el salón.
-Nunca, que yo recuerde, había entrado en un salón más espacioso y noble observó-. ¿Se ha asegurado de que está construido con materiales sólidos y que la estructura será permanente?
-Oh, no tema, mi venerable amigo -contestó el anfitrión-. En comparación con una vida como la suya, es cierto que podría decirse que mi castillo es edificio temporal. Pero se mantendrá lo suficiente como para satisfacer todos los propósitos con los que se levantó.

Hemos olvidado que el lector no conoce todavía al invitado. No es otro que personaje universalmente acreditado al que nos referimos constantemente en todas las estaciones frías o de calor: el que recuerda los domingos calurosos y viernes fríos; el testigo de una era pasada, cuyas reminiscencias negativas se abre camino en todos los periódicos, pero que cuya antigua y oscura morada está ensombrecida por los años acumulados y por los amontonados edificios modernos que sólo el Hombre de la Fantasía podría haberlo descubierto: era, en suma, el hermano gemelo del Tiempo, el mayor antepasado de la humanidad, uña y cara y compañero de todas las cosas y los hombres olvidados: el Habitante Más Antiguo El anfitrión habría entrado en conversación de buena gana, pero sólo consigo: provocar algunos comentarios acerca de la atmósfera oprimente de esa tarde verano en comparación con la que el invitado había experimentado unos ochenta años atrás. En realidad el anciano estaba rendido por el viaje entre las nubes, q para un cuerpo tan incrustado de tierra por su larga permanencia en una regló„ inferior era inevitablemente más fatigoso que para los espíritus más jóvenes. Por tanto le condujo hacia un sillón, bien mullido y con buenos cojines de suavidad vaporosa, y le dejó que reposara un poco.

El Hombre de la Fantasía discernió entonces otro invitado que estaba en parado a la sombra de una de las columnas que fácilmente podría no haberlo visto.

-Mi querido señor -exclamó el anfitrión tomándole de la mano- permítame que le salude como al héroe de la tarde. Y le ruego no tome esto como un cumplido vacío, pues aunque no hubiera otro invitado en mi castillo, se hallaría totalmente invadido por su presencia.
-Se lo agradezco —respondió el otro-. Pero aunque usted no me había visto, no acabo de llegar. Vine muy temprano; y con su permiso me quedaré hasta que se haya ido el resto del grupo.

¿Y quién imagina el lector que era ese invitado tan modesto? Era el famoso ejecutante de las imposibilidades reconocidas: un personaje de virtud y capacidad sobrehumanas; y, de creer a sus enemigos, de defectos y debilidades no menos notables.

Con una generosidad de la que él solo es ejemplo, examinaremos de pasada sus atributos más nobles. Es el que prefiere el interés de los demás al suyo propio, y una posición humilde a otra elevada. Despreocupado de la moda, la costumbre, las opiniones de los hombres y la influencia de la prensa, asimila su vida al nivel de la rectitud ideal, mostrándose así como el único ciudadano independiente de nuestro país libre. En cuanto á la habilidad, muchas personas declaran que él es el único matemático capaz de cuadrar el círculo; el único mecánico que conoce el principio del movimiento perpetuo; el único filósofo científico que puede obligar al agua á ascender colina arriba; el único escritor cuyo genio es igual a la producción de un poema épico; y finalmente, tan variados son sus logros, el único profesor de gimnasia que ha conseguido saltar hasta el nivel de su propia garganta. Sin embargo, a pesar de todos esos talentos, tan lejos está de ser considerado miembro de la buena sociedad que en cualquier reunión de moda se censuraría gravemente afirmar que está presente este notable individuo.

Evitan particularmente su compañía los oradores públicos, conferenciantes y actores de teatro. Por razones especiales no tenemos la libertad de revelar su nombre, y sólo mencionáremos otro rasgo de él -un fenómeno de lo más singular en la filosofía natural-, que cuando mira un espejo, contempla a Nadie reflejado en él.

En ese momento hicieron su aparición algunos otros invitados, y entre ellos, conversando con enorme volubilidad, un caballero pequeño y vivo que se encuentra siempre de moda en toda buena sociedad, y que no es desconocido de los diarios públicos con el título de Monsieur On-Dit. El nombre parece indicar que es francés, pero con independencia de cuál sea su país está totalmente versado en todas las lenguas de la época, y puede expresarse con la misma fluidez en inglés que en cualquier otro idioma. Apenas habían terminado los saludos ceremoniales cuando esa charlatana personilla acercó la boca al oído del anfitrión y murmuró tres secretos de estado, un importante secreto comercial y un ingrediente sustancial de un escándalo de moda.

Aseguró entonces al hombre de la fantasía que no se le olvidaría poner en circulación en la sociedad del mundo inferior una detallada descripción del magnífico castillo imaginario y de las fiestas á las que había tenido el honor de ser invitado. Y tras decir eso, Monsieur On-Dit hizo una reverencia y se acercó presuroso á otro miembro del grupo, pues parecía conocerlos a todos y poseer algún tema interesante o divertido para cada uno de ellos. Al llegar finalmente al Habitante Más Antiguo, que dormitaba cómodamente en el sillón, acercó la boca á su venerable oído.

-¿Y llevándose dice usted? -gritó el anciano despertando sobresaltado de la siesta, llevándose una mano á la oreja para que le sirviera de trompetilla.
Monsieur On-Dit volvió a inclinarse y repitió el mensaje.
—Que yo recuerde, nunca había oído hablar de un incidente tan notable exclamó el Habitante Más Antiguo levantando las manos de asombro.

Entró entonces el Secretario del Clima, invitado como deferencia a su posición oficial, aunque el anfitrión era bien consciente de que era poco probable que su conversación contribuyera a la diversión general. Enseguida se situó en una esquina con su conocido de toda la vida, el Habitante Más Antiguo, y empezó a comparar notas con él que hacían referencia a grandes tormentas, vendavales y otros hechos atmosféricos que se habían producido durante el siglo anterior. Regocijó mucho al Hombre de la Fantasía el que su venerable y muy respetado huésped hubiera encontrado un amigo con el que congeniara tanto. Tras rogarles a ambos que se consideraran en su casa, se dio la vuelta para recibir al Judío Errante. Sin embargo, últimamente este personaje se había vuelto tan común, por mezclarse con todo tipo de sociedad y hallarse a la disposición de todo artista que difícilmente podía considerársele un invitado adecuado para un círculo tan exclusivo. Además, como estaba recubierto de polvo por sus vagabundeos continuos por las carreteras del mundo, realmente parecía fuera de sitio en una fiesta de etiqueta; por eso el anfitrión se sintió aliviado cuando el inquieto individuo en cuestión, tras una breve estancia, se despidió para partir rumbo a Oregón.

La enorme puerta estaba atestada ahora por una multitud de gentes sombrías a las que el Hombre de la Fantasía había conocido en su juventud visionaria. Les había invitado para observar si podían compararse ventajosa mente o no con los personajes reales a quienes había conocido en su vida madura. Eran seres de imaginación tosca, como los que se deslizan ante la vista de un hombre joven pretendiendo ser habitantes reales de la tierra; los sabios e ingeniosos con los que después mantendría relaciones; los amigos generosos y heroicos cuya devoción se vería pagada con la del anfitrión; la hermosa mujer de los sueños que se convertiría en la compañera de sus penas y fatigas humanas, e inmediatamente en la fuente y la participante de su felicidad. ¡Ay! No es bueno que el hombre adulto examine detenidamente a esos viejos conocidos, sino que es mejor reverenciarlos más bien desde lejos, a través de los años que polvorientamente se han levantado entre medias. Había algo falso y risible en su andar pomposo y sentimientos exagerados; ni eran humanos ni se asemejaban tolerablemente a la humanidad, sino más bien máscaras fantásticas que volvían ridículos la naturaleza y el heroísmo con el grave absurdo de su pretensión de tener tales atributos; y en cuanto a la dama sin igual de los sueños, ¡contémplala! Allí avanzaba por el salón con el movimiento de una muñeca articulada, una especie de figura de ángel hecha en cera, una criatura tan fría como la luz de la luna, un artificio en falda de can-can, con un intelecto hecho de frases hermosas y sólo algo que se parecía a un corazón, aunque en todos estos particulares fuera verdaderamente el tipo de amante imaginaria de un hombre joven. Sólo con dificultad pudo la cortesía puntillosa del anfitrión evitar una sonrisa cuando presentó sus respetos a esa irrealidad y se enfrentó a la mirada sentimental con la que el Sueño trataba de recordarle sus anteriores historias amorosas.

-No, no, bella dama -murmuró él en medio de un suspiro y una sonrisa-. Mi gusto ha cambiado. He aprendido a amar lo que hace la Naturaleza más que mis propias creaciones disfrazadas de mujer.
-Ah, falso, tu inconstancia me ha aniquilado -gritó la dama del sueño pretendiendo desmayarse, aunque en realidad se disolvió en el delgado aire del que salía el murmullo deplorable de su voz.
-Así sea -contestó el cruel Hombre de la Fantasía para sí mismo-. Váyase en horamala.

Junto con estas sombras, y procedente de la misma región, entró una multitud de formas que no habían sido invitadas y que en algún momento de su vida habían atormentado al Hombre de la Fantasía con sus estados de ánimo de morbosa melancolía o le habían acosado con el delirio de la fiebre. Los muros de su castillo imaginario no eran lo bastante densos como para mantenerlos fuera, y tampoco la más fuerte arquitectura terrenal habría servido para excluirlos. Allí estaban esas formas de terror oscuro que le habían acosado al principio de la vida, librando combate con sus esperanzas; allí los horribles desconocidos del principio, como los que acosan a los niños por la noche. Particularmente le sorprendió la visión de una anciana negra y deforme que él imaginaba que habitaba en el desván de su casa y que de niño había acudido una vez junto a su cama, y le había sonreído, durante la crisis de una escarlatina. Esa misma sombra negra, junto con otras casi igual de horribles, se deslizaba ahora entre las columnas del magnífico salón, sonriendo al reconocerse, hasta que el hombre volvió a estremecerse con los terrores olvidados de su infancia. Le divirtió, sin embargo, observar que la mujer negra, con el capricho malévolo peculiar de esos seres, se acercó al sillón del Habitante Más Antiguo y escudriñó las ensoñaciones de su mente.

-Jamás, que yo recuerde, vi un rostro semejante -murmuró horrorizado el venerable personaje.

Casi inmediatamente después de las irrealidades que acabamos de describir llegó un grupo de invitados a quienes el incrédulo lector se verá inclinado a catalogar igualmente entre las criaturas de la imaginación. Los que más dignos resultaban de mención eran un Patriota incorruptible; un Erudito sin pedantería; un Sacerdote sin ambición mundana; una Mujer Hermosa sin orgullo ni coquetería; una Pareja Casada cuya vida no se había visto nunca turbada por incongruencias del sentimiento; un Reformista que no se veía trabado por sus teorías; y un Poeta que no sentía envidia de los demás devotos de la lírica. En realidad el anfitrión no era uno de esos cínicos que consideran que esos modelos de excelencia, sin defecto fatal, son rarezas en el mundo; y les había invitado a su fiesta selecta principalmente por deferencia humilde al juicio de la sociedad, que les considera casi imposibles de encontrar.

-En mi juventud -observó el Habitante Más Antiguo- podían verse esos personajes en las esquinas de cada calle.

Sea como sea, esas muestras de la perfección demostraron no ser como compañeros ni la mitad de entretenidos que las personas con defectos ordinarios. Apareció entonces un extraño al que nada más reconocerlo el anfitrión, con un exceso de cortesía que no había empleado en ningún otro, se apresuró a cruzar todo el salón para rendirle enfáticos honores. Y sin embargo era un hombre joven mal vestido, sin ninguna insignia de rango ni eminencia reconocida, ni nada que le distinguiera de la multitud salvo una frente alta y blanca bajo la cual brillaban con luz cálida unos ojos profundos. Emitía una luz que nunca ilumina la tierra salvo cuando un gran corazón arde con el fuego de un gran intelecto. ¿Y quién era él?

¿Quién sino el Genio Maestro que nuestro país busca ansiosamente entre la niebla del Tiempo y está destinado a realizar la gran misión de crear una literatura; americana tallándola, por así decirlo, del granito sin trabajar de nuestra cantera intelectual? Bien moldeada en la forma de un poema épico o asumiendo un disfraz, totalmente nuevo, tal como el mismo espíritu pueda determinar, de él recibiremos, nuestra primera gran obra original que hará todo lo que falta por hacer para, conseguir nuestra gloria entre las naciones. Poca importancia tiene mencionar cómo fue descubierto por el Hombre de la Fantasía ese hijo de un poderoso destino. Baste decir que habita, todavía sin honrar, entre los hombres, sin ser reconocido por aquellos que desde la cuna le conocen; el noble semblante que debería distinguirse por un halo difundido a su alrededor pasa diariamente entre la multitud de gentes que se afanan e inquietan por las insignificancias de un momento, y ninguno presta reverencia al trabajador de la inmortalidad. Y tampoco le importa mucho a él, en su triunfo sobre los tiempos, el que una o dos generaciones de su época cometan el error de no tenerle en cuenta.

Para entonces Monsieur On-Dit se había enterado del nombre y el destino del desconocido y lo susurraba entre los otros invitados.
-¡Bah! -exclamó uno-. Nunca existirá un genio americano.
-¡Uf! -gritó otro-. Ya tenemos buenos poetas, como cualquier nación del mundo. Por mi parte, no deseo ver ninguno mejor.

Y el Habitante Más Antiguo, cuando propusieron presentarle al Genio Maestro, suplicó que le excusaran, observando que un hombre que había sido honrado con el conocimiento de Dwight, Freneau y Joel Barlow, podía permitirse un poco de austeridad en el gusto. El salón se estaba llenando ahora rápidamente con la llegada de otros personajes notables, entre los que destacaban Davy Jones, el distinguido personaje náutico, y un hombre mayor rudo, descuidadamente vestido, atolondrado, conocido por el apodo de El Viejo Harry. Sin embargo este último, cuando le indicaron un vestidor, reapareció con los cabellos grises bien peinados, las ropas cepilladas y una pechera limpia sobre el cuello, y tan cambiado de aspecto como para merecer el apelativo más respetuoso de Venerable Henry Joel Doe y Richard Roe aparecieron cogidos del brazo acompañados por un Hombre de Paja, un endosador ficticio, y varias personas que no tenían existencia salvo como votantes en las elecciones muy enfrentadas. El famoso Seatsfield, que entró entonces, al principio se consideró que pertenecía a la misma hermandad, hasta que fue evidente que era un hombre real de carne y hueso y tenía su domicilio terrenal en Alemania. Entre los que llegaron al final, como cabía razonablemente esperar, había un invitado del futuro lejano.

-¿Le conoce? ¿Le conoce? -susurraba Monsieur On-Dit, que por lo visto conocía a todo el mundo-. Es el representante de la Posteridad, el hombre de una época que ha de venir.
-¿Y cómo se ha presentado aquí? -preguntó una figura que evidentemente era el prototipo de una foto de moda de una revista, y podía pensarse que representaba las vanidades del momento pasajero—. Ha infringido nuestros derechos al llegar antes de su tiempo.
-Pero os olvidáis de dónde estamos -respondió el Hombre de la Fantasía, que había oído el comentario—. Es cierto que la tierra inferior será un terreno prohibido para él durante muchos años todavía; pero un castillo imaginario es una especie de tierra de nadie, donde la Posteridad puede moverse entre nosotros en términos de igualdad.

En cuanto su identidad fue conocida una multitud de invitados se reunió alrededor de la Posteridad, expresando todos el interés más generoso acerca de su bienestar, y jactándose muchos de los sacrificios que tendrían que hacer, o pensaban hacer, en su nombre. Algunos, de la manera más secreta posible, deseaban conocer su juicio acerca de ciertos versos o grandes manuscritos de prosa; otros le acosaban con la familiaridad de los viejos amigos, dando por supuesto que él conocía muy bien sus nombres y personajes. Al final, viéndose acosado de ese modo, el representante de la Posteridad perdió la paciencia.

-Caballeros y buenos amigos -gritó soltándose de un poeta neblinoso que se esforzaba por sujetarle de los botones-. ¡Les ruego que atiendan sus propios asuntos y me dejen a mí cuidar de los míos! Espero no deberles nada, a menos que haya ciertas deudas nacionales, y otras molestias e impedimentos, físicos y morales, que me resultarán lo bastante turbadores como para apartarlos de mi camino. En cuanto a sus versos, les ruego que los lean a sus contemporáneos. Sus nombres son para mí tan desconocidos como sus rostros; y aunque fuera de otra manera -permítanme decírselo en secreto-, el recuerdo frío y glacial que pueda tener una generación de otra sólo es una pobre recompensa para pagar por ella toda una vida. Pero si verdaderamente desean que yo les conozca, el modo más seguro, el único, consiste en vivir auténtica y sabiamente para su propia época, pues si hallan ustedes una fuerza original podrán vivir para la posteridad.

-Es absurdo -murmuró el Habitante Más Antiguo, que como hombre del pasado se sentía celoso de que toda la atención que a él le quitaban se empleara en el futuro-. Es un verdadero absurdo desperdiciar tantos pensamientos en lo que sólo habrá de ser.

Para distraer las mentes de sus invitados, que con este pequeño incidente se habían sentido considerablemente confusos, el Hombre de la Fantasía les condujo a través de diversos salones del castillo, recibiendo sus cumplidos por el gusto y la variada magnificencia que cada uno de ellos mostraba. Una de esas salas se hallaba llena por la luz de la luna, que no entraba por la ventana, sino que era la suma de toda la luz lunar esparcida por la tierra en una noche de verano cuando no había ojos despiertos que disfrutaran de su belleza. Los espíritus del aire la habían recogido allí donde la encontraron brillando sobre el fondo amplio de un lago, o de color de plata en los meandros de un torrente, o reluciendo entre las ramas de un bosque agitadas por el viento, y la habían acumulado en ese espacioso salón. Iluminadas por la intensidad suave de la luz de la luna a lo largo de las paredes había múltiples estatuas ideales, las concepciones originales de las grandes obras del arte antiguo o moderno, que los escultores sólo lograron poner en mármol imperfectamente; pues no debe suponerse que la idea pura de una creación inmortal deja de existir: sólo es necesario saber dónde están depositadas para poseerlas. En los huecos de otra amplia estancia se había dispuesto una biblioteca espléndida cuyos volúmenes eran inestimables porque no eran las realizaciones reales, sino las obras que los autores sólo habían planeado sin encontrar nunca el momento feliz de escribirlas. Para dar sólo algunos ejemplos conocidos, estaban allí los relatos nunca escritos de los Cuentos de Canterbury de Chaucer; los cantos jamás escritos de la Reina de las Hadas; la conclusión del Christabel de Coleridge; y toda la épica que había proyectado Dryden sobre el tema del Rey Arturo. Los estantes se hallaban atestados, pues no sería excesivo afirmar que todo autor ha imaginado y dado forma en su pensamiento a más y mejores obras que las que salieron realmente de su pluma. Y allí estaban, también, las concepciones no realizadas de los poetas jóvenes que murieron por la fuerza misma de su genio antes de que el mundo hubiera captado un murmullo inspirado de sus labios.

Cuando las peculiaridades de la biblioteca y la galería de estatuas le fueron explicadas al Habitante Más Antiguo, éste pareció infinitamente perplejo y exclamó, con más energía de la habitual, que nunca que él recordara había oído tal cosa, y que además no entendía en absoluto cómo resultaba posible.

-Aunque creo que mi cerebro no es tan claro como solía -dijo el buen anciano-.Ustedes, jóvenes, supongo que pueden abrirse camino entre esos asuntos extraños. Pero yo, abandono.
-También yo -murmuró el Viejo Harry-. Esto basta para asombrarme el... ¡Ejem!

Dando la menor respuesta posible a esas observaciones, el Hombre de la Fantasía condujo al grupo a otro salón noble cuyas columnas estaban hechas de rayos solares dorados sólidos extraídos del cielo a primera hora de la mañana. Por ello, como retenían todo su lustre vivo, la habitación estaba llena de la irradiación más alegre que quepa imaginar, aunque no era excesivamente deslumbrante, por lo que podía soportarse con comodidad y placer. Las ventanas estaban hermosamente adornadas con cortinas hechas de nubes de amanecer de múltiples colores, todas empapadas de luz virginal, y colgando en festones magníficos desde el techo hasta el suelo. Había además fragmentos de arcoiris esparcidos por la habitación, por lo que los invitados, asombrados, veían recíprocamente sus cabezas glorificadas por los siete colores primarios; o si lo preferían, podían coger un arcoiris en el aire y convertirlo en su atavío y adorno. Pero la luz de la mañana y el arcoiris esparcido sólo eran un tipo y un símbolo de las verdaderas maravillas de la estancia. Por una influencia afín a la magia, aunque absolutamente natural, todos los medios y oportunidades de la alegría que se olvidan en el mundo inferior habían sido cuidadosamente recogidos y depositados en el salón del sol de la mañana. Se entiende pues que había material suficiente para proporcionar no sólo una tarde gozosa, sino una vida feliz, y para más personas que las que esa espaciosa estancia podía contener. El grupo pareció renovar su juventud; durante todo el tiempo ese modelo y nivel proverbial de la inocencia, el Niño Nonato, correteaba de aquí para allá entre ellos, comunicando su ale gría sin gastar a todos los que tenían la buena fortuna de presenciar sus retozos.

-Mis honrados amigos -dijo el Hombre de la Fantasía después de que hubieran disfrutado un rato-. Voy a requerir ahora su presencia en el salón de banquetes, donde les aguarda una ligera colación.
-¡Ah, bien dicho! -exclamó una figura cadavérica que había sido invitada no por otra razón que la de que tenía el hábito constante de cenar con el Duque Humphrey-.Estaba empezando a preguntarme si un castillo imaginario estaría provisto de cocina. Resultó verdaderamente curioso ver lo instantáneamente que los invitados se apartaron de los elevados placeres morales, que habían estado degustando con tan evidente entusiasmo, ante la sugerencia de los placeres más sólidos y líquidos de una mesa festiva. Se amontonaron tras el anfitrión, que les condujo entonces a un elevado y amplio salón, en el que de un extremo a otro se hallaba dispuesta una mesa que relucía por los innumerables platos y copas de oro. Resulta inseguro si aquellos ricos artículos se habían hecho para la ocasión con haces solares fundidos o recubriéndolos con los restos del naufragio de galeones españoles que yacían durante siglos en el fondo del mar. Al extremo más elevado de la mesa le daba sombra un dosel, bajo el cual había una silla de elaborada magnificencia que el anfitrión declinó ocupar, pidiendo a sus invitados que lo asignaran al más digno de entre ellos. Como adecuado homenaje a su incalculable antigüedad y eminente distinción, en principio se ofreció el puesto de honor al Habitante Más Antiguo. Sin embargo éste lo rechazó requiriendo el favor de un cuenco de gachas en una mesa auxiliar en la que pudiera recuperarse con una tranquila siesta. Vacilaron un poco con respecto al siguiente candidato, hasta que Posteridad tomó de la mano al Genio Maestro de nuestro país y le condujo hasta la silla presidencial bajo el dosel principesco. Una vez que le contemplaron en el lugar que le era apropiado, el grupo reconoció la justicia de la elección con una larga y estruendosa salva de vehementes aplausos.

Se sirvió entonces un banquete que combinaba, si no todas las delicadezas de la estación, al menos sí todas las rarezas que unos cuidadosos proveedores habían encontrado en forma de carne, pescado y verduras procedentes de los mercados de la tierra de Ninguna Parte. La factura desgraciadamente se había perdido, por lo que sólo podemos mencionar un fénix asado en sus propias llamas, aves del paraíso conservadas en frío, helados de la Vía Láctea y compendios, batidos y extractos de jalea de avena del Paraíso de los Locos, donde se consumían en gran cantidad. En cuanto a las bebidas, los temperados se contentaron con agua, como de costumbre, pero era agua de la Fuente de la Juventud; las damas sorbieron nependa; a los heridos por el amor, los agobiados por las preocupaciones y los acosados por las penas les ofrecieron copas desbordantes de leto y sagazmente se conjeturó que una cierta jarra dorada que sólo los invitados más distinguidos fueron invitados a compartir contenía néctar que llevaba madurando desde los días de la mitología clásica. Se quitó el mantel y el grupo, como de costumbre, cobró elocuencia con el licor y se entregó a una sucesión de brillantes discursos, recayendo la tarea de informar de ellos sobre la adecuada habilidad del Consejero Gill, cuya indispensable cooperación el Hombre de la Fantasía había tenido la precaución de asegurarse.

Cuando el banquete se hallaba en su punto más etéreo, el Secretario del Clima fue visto levantarse de la mesa y meter la cabeza entre las cortinas moradas y doradas de una de las ventanas.

-Mis queridos comensales -comentó en voz alta tras observar cuidadosamente los signos de la noche-, aconsejo a los que vivan lejos que se marchen lo antes posible; pues ciertamente se avecina una tormenta eléctrica.
-¡Que Dios se apiade de mí! -gritó Madre Carey, que había dejado su nidada de pollos para acudir allí vestida con gasas y medias de seda rosa-. ¿Cómo podré regresar a casa?

Entonces todo fue confusión y marcharse presurosamente, con escasas y superfluas despedidas. Sin embargo el Habitante Más Antiguo, fiel a la norma de los días lejanos en los que había estudiado su cortesía, se detuvo en el umbral del salón iluminado por meteoritos para expresar su enorme satisfacción por el entretenimiento.

-Nunca, que yo recuerde, había tenido la buena fortuna de pasar una tarde más agradable ni en compañía más selecta -comentó el gracioso anciano.

En ese momento el viento se llevó su aliento, se llevó también en un remolino su sombrero de tres picos hacia el espacio infinito y ahogó cualquier cumplido que tuviera el propósito de pronunciar. Muchos de los invitados tenían previamente concertados fuegos fatuos para que les llevaran a casa; y el anfitrión, en su general cuidado benefactor, había contratado al Hombre de la Luna para que con una inmensa linterna en forma de cuerno guiara a las desoladas solteronas que no podían valerse por sí mismas. Pero una ráfaga de la naciente tempestad apagó todas sus luces en un instante. Si en la oscuridad que siguió los invitados lograron regresar a la tierra, o si la mayor parte de ellos no lo consiguió y siguen deambulando entre nubes, nieblas y ráfagas de viento tempestuoso, magullados por las vigas del derribado castillo imaginario, y engañados por todo tipo de irrealidades, son cuestiones que les conciernen mucho más a ellos que al autor o al público. La gente debería pensar en esas cosas antes de lanzarse a una agradable fiesta en el reino de Ninguna Parte.