viernes, 26 de mayo de 2017

Poemas III. Ana Buquet.

Desenfadados.

Desenfrenados, airosos,
surgen en el alma los deseos
que el cuerpo por las noches calma.

Claman piedad.
Gritan "ya basta".

Un "nomeolvides",
un "parasiempre"
surgen del alma de los amantes.

Desenfrenados, airosos,
saltan desde su piel los anhelos
que el alma por la mañana
calma.

Ellos,
siempre tan desenfadados,
los amantes,
abriendo el desparpajo de la vida
fundiendo su condición,
no renegando de ella.




Gaviotas y sol.

I
Sal en los cuerpos húmedos
que se entrelazan, se funden...
Fuego en los ojos y los labios.
Él susurra y vibra.
Ella vibra y susurra.
Cada vez más próximos a la entrega
repasan -gozosos-
sus puntos cardinales.
II
Entre luces y sombras
se remonta mi ser...
y se evade hacia un atrás
que -de tan vívido- es hoy.
Éste, aquel tiempo
en que
olvidándolo todo,
éramos nosotros.
III
Nada existe, salvo su pasión.
Caigo en un túnel que,
desbocándose,
me reclama el regreso
hacia arenas desatadas.

Nuestras pieles
-las suyas-
dorándose entre sales y soles,
puros, ardiendo.
Nuestros cuerpos
-los suyos-
rompen en la arena
al son de las olas
que se rehacen,
y nuevas,
se reintegran al mar.

La playa donde siguen desperezándose las gaviotas,
tritura mi alma entre recuerdos y certezas.




Mi hombre.

para Eduardo, mi marido

sabes varón
rondarme
savia y piel
remozarme
con tus manos

viajando interiores
recorremos cimas
recuperamos pasados

ocasos de invierno
contigo
reencarnan
antiguas primaveras




Pasión geométrica.

Debo explicarte mi proyecto.

Decirte que quiero

perfeccionar tus planos

junto con los míos.

Cruzarnos con la escuadra,

encontrarnos en tu recta.

Ser para ti

semicírculo y compás.

Trazar con nuestros cuerpos

una hipérbola

gradual y delineada.

Y de ese modo,

repasar cada noche

nuestra geometría.




Soledad.

Un portarretratos vacío...
Una cama
repleta de inasistencias...
Recuerdos sin nombre.

Cruza la habitación...
se prende a la ventana:
las calles y gentes de oficinas,
los perros de los vecinos,
las veredas y parejas abrazadas.

Aquel beso...
recuerda.
Aquel abrazo.

El hombre que habla solo...
Los versos que no escribió...

Frustraciones de soledad.




Volver a ser.

Sentir de niña el alma
es poder apretar fuerte
el ahora entre los brazos,
hasta que no se vaya.
Es saber dejar atrás
dolores y memoria.
Mirar al frente,
erguirse entre fantasmas.
Darle paso al amor,
sentir la vida
honda y visceral.
Es inventarse alas
y salir a volar
sin destino cierto
y entonces,
renacer entera
cada madrugada.

Poemas II. Ana Buquet.

A veces.

A veces,
cuando las luces se apagan
y se termina la música,
y se me obliga a quedarme sola
con mi enfermedad y mi mundo suspendido.
A veces,
tú entras silenciosamente
y dándome un beso
realizas el milagro
y me haces dormir en paz.




Fin y principio.

Cómo te llamas...cómo...
Acaso vida, muerte,
amor, indiferencia,
posible odio letal,
quizás fin,
mundo entregado,
desilusión,
rompedero de estrellas,
mares confundidos,
resquebrajados cielos negros
todo bombardeado, todo...
Si hay un mañana,
si existe,
te llamarás futuro...
Si existe...
te llamarás
de nuevo Tierra...
Si hay resurrección,
acaso...
si la hubiera,
te llamarías
mundo conjugado
en nueva sangre,
en desaparecidas violencias,
enterradas las armas,
y hasta siempre,
fósiles los fusiles.




Luces y sombras.

La luz de la mañana no me hace bien.
Prefiero las penumbras de la noche y su silencio.
En ellas me encuentro alborotando sueños,
interiorizándome en los espíritus que me son ahora,
que me fueron antes.
Supremos espíritus que quedaron
y existen en mí para siempre.

El silencio de la noche remarca mi presente,
me lleva a mi pasado,
me sueña mi futuro.

La luz de la mañana me da la realidad,
la vida misma,
sin pasado, sin recuerdos,
sin dolores,
sin amores que duelan ni que ahoguen,
sin brazos que me abracen enamorados,
hastiados de placer,
desangrados amores,
eternos.

Pero me gusta el día;
en él , vivo mi presente,
amo a quienes amo,
tengo a quienes tengo.




Pasado con presente, pagan.

Disfrutan del juego.
Entrelazan sus piernas.
Se abrazan.
Olvidan el mundo.
En ellos
no existe más
que un ?nosotros?.
Se huelen - Se besan
El ríe.
Ella goza de su risa.
Se aman
incansablemente.
Se palpan.
Las luces apagadas.
Suave la música de fondo.
Estalla su guerra.
Gozan.
Profundamente
gozan.
Como humanos
sienten.
Con instinto animal
se buscan
una y otra vez.
Estalla su paz.
No recuerdan cómo fueron.
Cuánto hace que no son.
Sólo saben del hoy.
Olvidan que son viejos.




Poeta.

(para Juan José Mestre)


Se deslizan cada día
ante mis ojos,
sus voces.
Caen cual cascadas:
tristes, fuertes, tiernas.
Siempre hermosas.
Ellas cantan sublimes
algunas melodías
de lejanos amores,
e inmediatas nostalgias.
Llega hasta mí aquel rumor,
puro y pleno
como su alma.
Él ha sido mi júbilo de hoy,
y ha espantado de mi esencia
a los espectros.
Todopoderoso en palabras,
amigo mío, poeta.




Sujeto y objeto.

Esencial como el aire
estás ahí siempre,
notable espectador,
Compartes mis lugares.
Te tengo. Eres perpetuo.
Si tiendo la mano
te encuentro mío,
solícito, amigo, compañero.
A tu lado me levanto cada día
y no me pides nada.
Siempre en silencio,
humilde, no pretendes.
Apenas eres
lo que tengo al lado.
Con eso te conformas.
En el lecho
-antes del sueño-
te tomo entre mis manos,
delicado y noble,
sutil y profundo.
No podría estar si ti
y no lo sabes,
querido,
muy querido
libro mío.

Poemas I. Ana Buquet.

A la búsqueda incesante.

Cresta de la ola.
Caes con vértigo feroz
en playas anónimas
de atardeceres calmos.
Mueres mar en la orilla,
y a tu antojo
te desperezas,
te desatas fuerte,
te contraes,
te esfumas.
Llevas a tu encuentro
pasados que no fueron,
crepúsculos de luz mortecina
que alumbraron lujuriosos placeres
y enardecieron profundos dolores.
Cresta de la ola
de este río como mar...
Hoy caes con vértigo
en mi playa.
Estás buscando
más que nunca,
empecinada,
quebrarte en mis pies,
igual que aquel
que quiso morir
por un amor prohibido.
Y buscas tus playas.
Y él busca las suyas.
Persistes en tu loca tenacidad
igual que aquel,
que aún hoy
sigue buscando.
Espera. Insiste.
Quizás, algún día,
puedan morir
los dos,
junto a la orilla,
cuando yo esté contigo.




Ecos.

Espinosos retumban los ecos del pasado.
Reiteran a sabiendas mi dolor.

Nutro fertilidades
para no agonizar masticando ahogos de tristeza,
y tomo mi escafandra:
este presente de vuelos y cánticos
de finos y coloridos pájaros.

Leves se disuelven las nostalgias pétreas,
quedándome sempiternos azules y oros.

Jamás permitiré que mis vísceras
vuelvan a los ocres y grises:
no se retroalimentarán en mi.




Lluvia.

Lluvia que
lava mis pasos
dejando este camino
sin huellas:
moja mi rostro cansado
asombra los ojos compañeros
desnuda mi alma.
Lluvia que
vienes hasta mi casi como madre:
abrázame con fuerza
bésame la frente
dime que no es esto
el adiós que duele
reventando interiores
haciendo trizas
espacios reposados
músicas gratas
amores amaneciendo soles
y recostando lunas llenas.
Lluvia
ábreme el mundo
de adioses insurrectos
y bienvenidas no terminadas.
Horádame la piel
devórame hasta el alma
pero no le permitas
que se vaya.




No se agazaparán.

Gotas de vida resbalan tibias.
mientras mis manos las van secando.
Surgen de mi garganta,
y, en encrespadas escaleras,
ascienden hasta mis ojos.

El presente, precioso,
de claros de luna y mar,
de soles perfectos,
luce su manto de oro
por nosotros bordado
desde que nos encontramos.
Tú y yo,
amándonos, teniéndonos,
somos todo para siempre.

El pasado de cumbres de plata
y falda de tintos ocres,
enmudece mis lunas.

No quiero que vuelvan,
aunque a veces,
acechan cercanos,
buscan agazaparse sobre mí.
Son lobos negros.
Están en cada esquina.
He de eludirlos cuantas veces pueda.
Ellos saben que pueden colarse en mi sangre,
atormentarla.

Torpes y no deseadas gotas de muerte,
resbalan frías
sobre mis manos.
No logro evitar
que surjan de mi garganta
en encrespadas escaleras
y se instalen en mis ojos.

Descuida, amor...
Son apenas segundos.
Ya se van.




Poema a una flor perdida.

Como flor de pasión enardecida,
la enclaustraron en almas
de otoños postergados.

Como amor pertinaz,
fue amordazada tantas veces,
que cayó su vida en la rutina.

Expatriada en la arena,
allá en el río,
está ya de amores
agobiada, exhausta.

No quiere más polizontes en su alma.
Quiere la vida
- sólo eso -
De lo contrario,
nada.




Somos dos, somos uno.

Solos tú y yo.
El asfalto destila silenciosos negros.
Presiento tu proximidad.
Suena un bolero que incita al abrazo.
Te acercas más.
Tus brazos, hechos para el amor,
toman mi cintura,
me aprietan contra tu cuerpo.
Buscas mi cuello con tus labios.
Me recorres.
Te recorro.
Sumisos, irracionales,
nos vamos entregando
poco a poco,
parte a parte.
Nuestros cuerpos se quiebran.
Desatada y mordaz
la pasión nos envuelve entre palabras y besos.
En la cúspide de los sentidos
somos dos, somos uno.
Nos pertenecemos.
Nuestros cuerpos palomas,
únicos,
vuelan desatados.
Renacemos en nosotros.
Saciamos la sed buscada.
Desatamos placeres con furia.
Volamos, volamos...
De un golpe, el silencio.
Seguimos abrazados.
Estamos en paz.