miércoles, 24 de mayo de 2017

El mismísimo diablo en el espejo. H.H.

Estábamos todos tomando unas cervezas en un bar de mi ciudad. estábamos entre risas y tomando lo normal, cuando apareció un flaco moreno, con vestimenta gótica, de unos 21 años, como nosotros. Pablo, uno de mis amigos que allí se encontraban, lo saludó, puesto que eran amigos. Se sentó con nosotros y hablamos durante unas horas.

Al cabo de unas, más o menos, 3 horas, el tema de conversación pasó a ser historias de miedo, como que ya había anochecido y nos encontrábamos ahora en un descampado. Nos contábamos historias terroríficas y acabamos realmente asustados. Entonces Geronimo, el pibe gótico, dijo que conocía una forma de ver al Diablo. Lo escuchamos, la verdad, con la misma atención de cuando te cuentan un chiste. El procedimiento que hay que seguir es el siguiente:

(Textualmente)”En Nochebuena, justamente a las 12 de la noche, el Diablo hace la inspección en la Tierra, la única en el año, así que si queremos verlo tiene que ser ese mismo día a esa misma hora. Vete al baño, puesto que es el lugar más propicio para realizar el evento, y cerra la puerta. Encendé 12 velas, al poder ser negras, y cuando quede poco para que sean las 12, cerras los ojos y te paras frente al espejo. Manténlos cerrados hasta que quede solo una campanada de las doce que debe sonar. En ese segundo verás al Diablo en el espejo”

Todos nos lo tomamos en joda, pero David, otro amigo, dijo que lo haría sin problema. estábamos a 20 de Diciembre, así que en cuatro días lo haría, solo pedía que hubiese un testigo, y que sería en su casa. Ese testigo fui yo.

24 de Diciembre, las 23:55. Todo estaba preparado y nadie nos molestaría. Entró David solo, yo tengo mucho miedo a esas cosas. Se cerró la puerta y esperé sentado afuera. Las campanadas sonaron, y yo estaba al acecho de que alguien estuviese espiando para darme un susto, pero no pasó nada. Suspiré, aliviado, llamé a David. No contestó. Atemorizado, abrí la puerta de un golpe, y lo encontré en el suelo, agarrándose el corazón. Y en el aire se olía el inconfundible rastro del azufre. Llamé a la ambulancia y se lo llevaron al hospital.

Le diagnosticaron un infarto al corazón a causa de un sobresalto, una crisis nerviosa. Yo no pude dormir durante meses, hasta que fui tratado por un psicólogo. Cuando por fin David se recuperó, me dijo a mí sus primeras palabras:

“Lo vi. . . Tengo mucho miedo”

Ahora ya conseguí dormir, pero David no es ya el mismo. Recuperó algo de su vitalidad, pero aún se le nota muy apagado, triste. Dicen que es porque el infarto lo deja a uno mal. No fue eso: fue lo que vio en el espejo. Y estará así hasta que se muera.

La boca del pozo. F.

Don Tomás Paz era un hombre de 40 años, severo y materialista, dueño de un viejo casco de estancia ubicado a 10 kilómetros de un pequeño pueblo en San Juan. Su esposa había fallecido 5 años atrás, y desde entonces no había vuelto a casarse.

– Patrón, tiene que venir a ver esto-, le dijo su capataz aquel día. El sol ardía, y los peones no estaban realizando sus tareas cotidianas.

– ¿Qué sucede ahora José?-, preguntó Don Tomás, confundido y de mala gana. Tenía dolor de cabeza y una tremenda acidez estomacal, pero en su enorme y lujosa casa tampoco lograba sentirse a gusto. Así que siguió al muchacho hacia afuera.
En pleno campo, donde antes se hallaban las vacas, los terneros, las ovejas, los caballos, y el resto de animales en sus respectivos corrales. Sin embargo, ahora estaban muertos, despedazados a mordiscos y cubiertos de sangre.
-¿Qué paso aquí?, inquirió el hombre a sus empleados, que se hallaban reunidos alrededor de la enorme maraña de animales muertos, pero ninguno supo responder, ni tampoco se atrevían a hacerlo. Esa cantidad era nueva. Entonces, Don Tomás volvió a recordar como había muerto su esposa: la había matado un animal, el más peligroso del campo de todos los tiempos. El famoso hombre-lobo, más bien conocido como lobizón, que se transformaba en las noches de luna llena y salía a cazar toda clase de cosas. Él nunca había hecho mucho caso a esas leyendas que se contaban por ahí, pero simplemente durante los últimos años no había podido ignorarlas por el hecho de que estaban vinculadas con la mujer que el tanto había amado y con sus reses muertas.
Así que, unos días después, ordenó a los peones que pusieran una trampa para atraparlo. Obviamente, iba en contra de sus instintos, pero tenía la certeza de que si lo cazaba, su esposa podría descansar en paz (al igual que todas las personas a las que había devorado) y en el pueblo lo reconocerían como un héroe.

– Caven un profundo pozo a mitad del campo, de unos 10 metros de largo y unos 5 de ancho aproximadamente. Que la boca del pozo sea lo suficientemente ancha para que entre ese monstruo, y después cúbranla con ramas, pasto y hojas secas para que no sospeche. Les va al llevar tiempo, pero les prometo que tendrán una buena recompensa si logran atraparlo. ¡Vayan!-, les ordenó, y todos obedecieron.
Esa noche había luna llena, como la misma vez que hubo cuando su mujer falleció y como tantas veces hubo cuando devoraron su ganado y desaparecieron personas.

– Hace cuanto tiempo que no voy a ver a mis hermanos…y a mi padre. Deben estar extrañándome mucho-, pensaba, acostado en la cama, pero sin convencerse demasiado.
Así, fue lentamente cerrando los ojos, hasta sumirse en un profundo sueño.

Al otro día, despertó sobresaltado. Había tenido una pesadilla: soñó con las mismas garras filosas y puntiagudas que habían desgarrado a su esposa, cortándola en mil pedazos y desparramando sangre por todas partes, y la habían dejado así, de la misma manera en que el la encontró, en el lago.

– ¿Qué hora es?, se pregunto, y quiso mirar su reloj que tenía sobre la cómoda. Pero no había ninguna cómoda allí. Y tampoco se hallaba en su cama.

-¿Dónde estoy?-, dijo. Entonces se paro cautelosamente sobre el suelo. Este estaba rasposo: era tierra. De repente vio luz arriba, y lo comprendio:10 metros aproximadamente arriba se hallaba la boca, la boca del pozo.

Diario de un homicida. B.

Recuerdo a mi madre, una fanática religiosa, que constantemente me golpeaba con lo que tenía a la mano cuando me comportaba mal o simplemente existía la ocasión, ya que buscaba una excusa para hacerlo.

Mi padre, en cambio, era cariñoso conmigo, me compraba cosas, ropas o lo que le pedía, pero tenía un defecto: era alcohólico. Iba al bar, venía de madrugada y borracho. Entraba a su pieza, y golpeaba a mi madre. Yo, desde mi cuarto, oía el llanto y los gritos de ella suplicándole a mi padre que la dejara de golpear. Pero siempre ella, cuando amanecía, se desquitaba.

Un día mi madre, ya cansada de los maltratos de su marido, decidió pedirle el divorcio y mi tutoría. Él aceptó, porque en esos días él andaba sin trabajo y no sabía cómo mantenerme a mí y a él.

A los dos meses, mi madre conoció a un hombre, del cual se enamoró y termino casándose. Ahora el sufrimiento era el doble, porque mi padrastro también me torturaba, como si fuera un maldito muñeco. Entre ellos me infligían quemaduras de cigarrillos, bofetadas, hambre y hasta cortaduras.

A los tres meses mi madre perdió el trabajo y, como no sabía cómo mantenerme, me mandó a un orfanato. Allí, los maltratos hacia mí continuaban.

Una noche, mientras dormía, un niño de ahí se paró sobre mi cama, sacó su miembro y comenzó a orinarme encima. Me desperté y los demás niños, que participaban como espectadores, se morían de la risa. Lo agarré de las piernas y lo tiré al suelo: eso lo enfureció y comenzó a golpearme. Y todas las noches era lo mismo.

Pero un día, ya cansado de que me humillara, decidí vengarme. Era un martes, 12:13am. Tomé dos medias y las junté para formar una bola y dos cinturones para atarle sus pies y muñecas. Silenciosamente fui hasta su cama y muy lentamente fui sujetando sus muñecas y pies con los cinturones. Cuando vi que se estaba levantando, me apresuré en ajustarlos para que no hiciera ningún movimiento y coloqué la media en su boca para que no gritara. Lo llevé arrastrando hacia la cocina y con una cuchilla lo fui cortando, muy cuidadosamente, porque no quería matarlo sino que mi placer era que sufriera.

“¿Te gusta la meada, puerquita babe?”, le decía mientras me sacaba el pene y él, lloriqueando, me decía que no con la cabeza. Yo, viendo que lloraba, lo comencé a orinar por todo el cuerpo.

Lo arrastré hacia la habitación, le saqué los cinturones y lo amenacé diciéndole que, si comentaba esto con alguien o volvía a molestarme, la próxima no tendría piedad y lo mataría. Se sacó la media de la boca y, sin limpiarse, volvió a la cama.

Pasando los meses me sentí tranquilo, me sentí libre por primera vez. Fue en junio cuando vi a mi madre en el orfanato firmando papeles. Me venía a buscar, después de seis meses metido en esta puta cárcel infantil.

Por el camino a casa, me contó mi mama que mi padre murió de un infarto de miocardio mientras esperaba el tren en la estación.

Pasaron los años y, a mis 12 años, como mi mama estaba trabajando y no se acordaba que hoy cumplía años, fui a su pieza y hurté de su cartera $50. Luego salí a la calle en busca de prostitutas.

Fue María Esposito con quien tuve mi primera vez, me había hecho servicio completo por la plata que tenia a mi alcance y, como fue mi primera vez, me perdonó ya que ella cobraba $80. Después del servicio le di las gracias y volví a mi casa.

Al día siguiente salí de mi casa y comencé a caminar hacia la escuela. Llegué. Mi primera clase fue Matemáticas, como odio esa materia. Tras 80 minutos de números y aburrimientos tocó el timbre y salí al patio. “Cómo me había gustado lo que me hizo la prostituta ayer”, pensé. Entonces llamé a una de mis compañeras, la llevé detrás de la escuela y empecé a manosear sus tetas así como también fui introduciendo mi otra mano por debajo de su pollera. Coloqué mis dedos dentro de su vagina y comenzó a gritar.

-Cierra la puta boca si no quieres que te corte la garganta- le dije mientras sacaba mi mano debajo de su pollera.

Después de de tanto masturbarla, acabó y meó sobre mi mano, la levanté y comencé a chupar mis dedos.

-Ni una palabra sobre esto o voy a tu casa y los mató a vos y a tu familia- . Amenacé a la niña por las dudas que me mandara al frente.
Ella dijo que no lo haría mientras que se subía las bragas. Todos los días lo mismo, pero con una compañera de curso distinto. Hasta llegué a tener relaciones sexuales detrás de mi escuela. Nadie se enteró de esto.

Ya cansado de mis compañeras de curso, mis visitas a los burdeles se hicieron frecuentes: es más, vivía en ellos.

Ya mayor, fui y los proxenetas me corrieron porque fui borracho y corté a una prostituta en el brazo. No quedó otra que volver a mi casa. Por el camino, compré otra botella de cerveza. Era tal la borrachera que tenía, que tropecé con una piedra.

Un niño discapacitado, llamado Tobías Bueno, comenzó a reírse de mí.

-¿De qué te ríes? ¿Me podés decir, mongólico enfermo? – le pregunté mientras levantaba la botella que se me había caído.

El niño comenzó a gritar…Me bastó con cortarle la garganta para que cerrara su boca. Como vi que se desangraba, decidí dejarlo así. “Que Dios se encargue ahora”, me dije a mí mismo. Ese fue mi primer asesinato. Yo tenía 28 años.

Pasaron los días y seguían las noticias sobre el asesinato del chico especial. La Policía no tenia pista alguna. Me sentí aliviado.

El 11 de julio de 1924, Beatriz karvallo, de 8 años de edad, jugaba sola en la granja de sus padres. Me acerqué hacia ella y le pregunté si me podía acompañar a juntar flores y le dije que por su compañía le iba a dar dinero. Ella se levantó, le pasé mi mano y apareció su madre y me ahuyentó. Entonces me fui. No conforme con lo sucedido decidí volver. Esa misma noche la esperé en el mismo lugar, escondido detrás de un arbusto. Me dormí. Me despertó un piedrazo, era el padre de la niña quien me corría a piedrazos amenazándome con llamar a la Policía si volvía.

El 25 de mayo de 1928, en un café, compré un diario y, mientras tomaba mi bebida vi un anuncio: “Hombre joven, 18 años, desea posicionarse en el país. Eduardo Barbosa”. Tres días después decidí ir a visitar a la familia Budd, bajo el pretexto de contratarlo.

Me presenté a mi mismo como un granjero llamado Facundo Espindola. La madre, emocionada por que contestaron al anuncio de su hijo, llamó a su hija más chica, Graciela Barbosa de 10 años, para que buscara a su hermano. Excitado por su belleza, me arrodillé y le ofrecí un dulce. Ella con una sonrisa me agradeció y salió. A los cinco minutos volvió con su hermano. Después de charlar y observar a la niña y tomar café me despedí prometiendo que volvería por Eduardo. A los dos días volví y accedí a contratar al muchacho pero con una condición: la de dejar que su hija Graciela me acompañara a la fiesta de cumpleaños de mi nieta. Los padres de la niña, Dolores Fernández y Alberto Barbosa, me dijeron que primero lo iban a hablar. Afirmé con la cabeza y fueron a una pieza de alado. Diez minutos después volvieron.

Yo, adelantándome, le dije que cuando terminara el cumpleaños la volvería a traer. Los padres, aunque no muy convencidos y pensando que realmente iba a contratar a su hijo, dijeron que sí. Ya con Graciela en mis manos, me despedí diciendo que la traería antes que anochezca y que se prepare Eduardo que la semana que viene vendría por él. Vi la cara de felicidad de la familia y me fui. Nunca más volví a ese lugar.

Con la niña recorrí todo los lugares de compras. Ella me pedía dulces y yo la complacía. Nos tomamos un tren y después de dos horas de viaje llegamos. Yo, antes de traerla, había alquilado una casa en medio de la nada para esta ocasión. Bajamos del tren y le seguimos a pie.

Llegamos al fin- le dije a Graciela- junta flores mientras yo voy dentro de la casa a hacer los preparativos para la fiesta.

Entré a la casa, subí unas escaleras y me quité la ropa, hasta quedar desnudo completamente. Con una emoción abrí una de las ventanas de la pieza y llamé a la niña. Mientras que escuchaba los pasos de Graciela subiendo los escalones, cerré la puerta de la habitación y me oculté en un armario que estaba dentro del cuarto. Cuando escuché el crujir de la puerta. Abrí la puerta del armario y salí de un salto. Ella, al verme desnudo, comenzó a llorar y a tratar de escapar escalera abajo. La atrapé y me dijo que se lo diría a su mama mientras yo la desvestía. Me pateó y rasguñó y no tuve más remedio que estrangularla. Ya muerta, la dejé en el suelo, me vestí y salí afuera a pensar qué haría con su cuerpo. Fumé un cigarro y entré, me vestí de vuelta y la corté en pedazos. La cociné y la comí.

Al cabo de unos días volví a mi casa. Ni un rastro se encontraba de la Policía. Vi qué decían los diarios. Me quedé aliviado.

Pasado más de un año, el 5 de septiembre de 1930, vi que la Policía había arrestado a un tal Carlos Edgardo Parra como sospechoso del rapto. Carlos tenía 66 años y fue acusado por su mujer.

Ya pasados 7 años, en noviembre de 1934, envié una anónima a los padres de Graciela, la anónima decía: “Estimada señora Barbosa en 1894, un amigo mío fue enviado como asistente de plataforma en un barco de vapor hacia Hong Kong, China. Al llegar ahí bajaron, fueron a un bar y se embriagaron. Cuando regresaron el barco había zarpado. En aquel tiempo cualquier tipo de carne costaba de 1-3 dólares por libra. Tan así era el sufrimiento entre los pobres, que se vendía niños menores de 12 años como alimento. Ud. podía entrar a cualquier tienda y pedir corte en filete. La parte del cuerpo de un niño o una niña sería sacada y lo que Ud. quisiera seria sacado. El trasero de un niño era vendido como chuleta de ternera a un precio muy alto. Mi amigo permaneció mucho tiempo por allí y adquirió el buen gusto por la carne humana. Al regresar a nuestro país él rapto 2 niños, uno de 7 y otro de 11 años. Los despojó de su ropa y los ató a un armario. Varias veces él azotaba a los dos niños y me decía, mientras que yo observaba ese acto, que así se hace la carne buena y tierna. Mató a los dos primero que al de 11 años porque tenía el trasero más gordo y por supuesto una mayor cantidad de carne en él. Todo su cuerpo fue cocinado excepto la cabeza, los huesos y los intestinos. El chico pequeño fue el siguiente y murió de la misma manera que el otro. Él me decía frecuentemente cuan buena era la carne humana, y yo decidí probarla. El 3 de junio de 1928 fui a visitarlo. Almorzamos, Graciela se sentó en mi regazo y me besó. Decidí comerla. Con el pretexto de llevarla a una fiesta ( a la que Ud. dijo que sí), la llevé a una casa que alquilé en medio del bosque. Cuando llegamos le dije que se quedara fuera, subí y me quité mis ropas. Yo sabía que si no lo hacia lo abría manchado de sangre. Cuando todo estuvo listo, la llamé, la desnudé mientras que ella me decía que me acusaría con Ud. Por este hecho, la estrangulé y la corté en pequeños pedacitos. La cociné y la comí. Me llevó nueve días comer su cuerpo entero. Murió virgen, aunque si yo hubiera querido la hubiera violado.”

La señora Dolores Fernández, madre de Graciela, era analfabeta y por ella misma no podía leer la carta, así que llamó a su hijo para que se la leyera. Viendo el joven los horrores en esa carta, salió de la casa en busca de la Policía. La Policía comenzó a preguntar cómo era yo y comenzó la búsqueda. Fueron a los lugares que yo me hospedaba, y no se cómo llegaron a lo de mis hijos. Ya con la información de dónde me hospedaba fueron a mi casa. Los policías esperaron fuera de mi habitación en la espera de mi llegada. Accedí ir a la comisaria para ser interrogado. Confesé que realmente pretendí asesinar a Eduardo, pero cuando vi a Graciela hubo cambio de planes.

Mi juicio por el asesinato de Graciela Barbosa, que duro 11 días, comenzó el 11 de marzo de 1935. Alegué locura, porque dije que Dios era el que me decía que tenía que matar a esos niños. El jurado, después de pasar por varios psiquiatras, me encontró cuerdo y culpable.

El 16 de enero de 1936 fui llevado a la silla eléctrica, lugar donde afirmé: “no sé porque estoy aquí, pero al menos la pesadilla terminó para siempre”.

Bueno esa es mi historia, les guste o no yo existí. Cometí esos actos porque él me decía que si no los hacía me mataría. Y como dijo un hombre: “un día los hombres mirarán para atrás y dirán que conmigo comenzó el siglo 20”. Y así fue.