jueves, 18 de mayo de 2017

El Uhu. Jean Ray (1887-1964)

Mis compañeros estaban ligeramente borrachos.

–Quisiera saber...—comencé a decir.

Seis cabezas se alzaron, desafiantes.
La gente del mar y de la costa no gusta que se la interrogue, ni siquiera después de tener las tripas lavadas con (whisky gratuito como el agua que envía del cielo el buen Dios). Sobre todo, cuando schoonen sospechosos rondan por las brumas desgarradas de llamadas misteriosas, la desconfianza reina como dueña y señora.

—Quisiera que me contarais...

Seis gruñidos de bestia acorralada; seis miradas de odio y de temor.
Un decorado de vetusta miseria rodeaba su desconfianza y mi vana curiosidad: una posada-taberna, en donde se sacaba el whisky del mismo tonel embreado con una inmensa caja de madera gue servía de mostrador y repleta de jarros de hierro, una mesa y taburetes polvorientos, un tabernero de una fealdad de museo: enano, jorobado, tripudo y negro como una locomotora, con mirada de loco... y todo esto bajo la luz de sangre y d6 crimen de una gigantesca lámpara de cobre, espléndida, con una llama redonda y gruesa como manzana de un huerto infernal.

-Si, me gustaría mucho saber...

Doloridos y furiosos por haber sido cogidos en la trampa de bebidas generosamente ofrecidas, no tocaban ya el whisky, negro como salmuera. La piojosa posada-taberna se alzaba en el centro de una inmensa landa desierta, de ciénagas feroces, que no devolvían jamás la presa caída en sus fétidos fangos. donde la selva gris de las aliagas estaba poblada por todas las aves ladinas y maléficas de las aguas estancadas: chorlitos, que chillan a la muerte y apuñalan a las sombras con su? picos de pesadilla; fúlicas mecánicas; agachadizas chillonas; cercetas atormentadas; palos silbadores, ebrios de podredumbre; tadornas acechadoras; negretas brutales; caballeros melancólicos: somormujos misteriosos; alcaravanes tristes: chorlitos reales llorones; pollas de agua malolientes y con feas garras; avefrías dóciles y rascones fangosos.

Por el Norte corría la línea de tinta pálida del mar; hacia el Oeste, tres o cuatro tejados de paja humeaban mezquinamente sobre el borde de las turberas; más allá estaba el horizonte vacío, en donde surgía, a veces, el vuelo solemne de las zancudas migratorias.

—Pues bien —dije—, yo quisiera saber... Me gustaría que me hablaran del Uhu.
—¡Maldición!

Seis bocas torcidas por el estupor y la rabia gritaron el juramento: los pequeños cristales de las ventanas, negros y brillantes de noche, se estremecieron. Agaché la cabeza.

—No sabía... —empecé a decir.
—Hay que saber —dijo uno.
—Usted se ha atrevido... —dijo otro.
—Es usted un loco y un malvado.
—Si nos sucede algo esta noche, le mataremos.
—Sí, le mataremos.
—Pero... —protesté débilmente, con el corazón traspasado por la angustia.
—¡Hablar de eso esta noche!
—¡Esta noche precisamente!

Oí, entonces, las bofetadas del viento contra la argamasa de las paredes, y voces en el exterior se burlaron extrañamente de nuestro terror.

—Tadornas —dijo uno de los hombres.
—No. La tempestad que arrecia —dijo otro.
—Tadornas, también —dijeron, por último, tranquilizados.
—Sírvanse whisky —dije entonces.
—Ahora sería mejor que rezáramos—respondió uno de los hombres.

Un zumbido de abejas cansadas llenó la sala y subió, en un crescendo doloroso, para terminar en un amén seco y claro como un golpe de mandíbulas. Pasó sobre nosotros una ola de silencio, más espantosa que un huracán de cóleras y de rabias..., y vi que todas las caras se habían vuelto hacia la pez brillante de la ventana. Una ventana en la noche es un espanto. He conocido personas que se volvieron locas nada más que por haber esperado al ser de pesadilla, surgido de las tinieblas, que pegaría su cara mortal a los cristales. Pero la oscuridad, tras los cristales, era tan negra que enviaba reflejos oscuros dentro de la sala como si quisiera robar nuestra luz y nuestro calor.

De repente, un grito de terror surgió de nuestras gargantas. Corrían por la landa.

—¡Dios!... ¡Dios mío!... Esos pasos... —sopló uno de los hombres.
—¡Son pasos humanos! —dijo otra voz.
—¡Esta noche. Señor!
—¡Esta noche precisamente!

Contra la puerta pegaron una patada desesperada. Se oyeron gritos, lloros, furiosos rezos entre sollozos.

—¡No se puede abrir! —dijeron los hombres.
—¡Piedad, por amor de Dios!—clamó una voz de mujer al otro lado de la puerta.
—¡Es una mujer! —dije—. Abran...
—No —respondieron todos. Y sus ojos se hicieron duros y malvados—. ¡ Ha sido culpa de usted! Hablar esta noche de...

Pero yo había descorrido ya el pesado cerrojo. En medio de un aluvión de juramentos aterrorizados, abrí la puerta y la mujer rodó al interior de la sala como al impulso de un empujón invisible.

—¡Cielo! —exclamó uno—. ¡Es Margaret!
—Desgraciada, ¿qué hacías...?

Pero todos se callaron. Los ojos de la mujer se abrieron... Ojos inverosímiles. Ojos que habían visto el Espanto. Un estremecimiento recorrió su cuerpo; sus dientes castañetearon... Luego, murmuró con extraña voz de quimera:

—El Uhu...
—¡Maldición! —repitieron los hombres.

Margaret se desplomó, se hizo un ovillo y permaneció sin moverse. Entonces, de la lejanía de la landa, surgió un ruido, insensato, imposible.

—Señor, en tus manos nos confiamos —gimieron los hombres.
—¡Señor, estamos perdidos! —repitió la locomotora humana.
—El Uhu —gimió Margaret.
—¡Silencio, bribona, carroña, ave del mal! —rugieron todos.
—¡Evocar eso esta noche! —se lamentó una voz.

El ruido sobre la landa se acercó, más aterrador, más formidablemente horrible, porque escapaba a todas las definiciones de la memoria y de la inteligencia. Era el ritmo de un paso, pero de un paso de una monstruosidad sin igual: la marcha de un ser extraño, cuya cabeza debía de rozar las estrellas.

—Imposible —dije.

Y, de pronto, la landa entera gritó su terrible miedo. Un concierto infernal de gritos, de silbidos, de lloros y de batir de alas rodeó la cabana como tempestad frenética. Un cristal se rajó como la piel de un tambor; luego, otro... Y una gaviota se retorció, sangrando y destrozada, en el suelo.

—¡Apaguen la luz! —gritó la mujer—. ¡Ella los atrae! Vienen...

No hubo tiempo de obedecer: un ejército de monstruos blancos surgía de la oscuridad hacia la llama enloquecida. Un grito desgarró esta máscara de locura, y tuve la impresión, mejor dicho, la rápida visión de un inmenso chorlito clavando de un golpe furioso su horrible pico en el ojo del enano. Un largo chorro oscuro saltó, y surgió la oscuridad, el tintineo acre de las botellas rotas, una corta cabellera de llama azul corriendo al techo..., y luego, lamentos, lamentos, lamentos... Una vida transformada, de pronto, en miedosa desde que todo estaba a oscuras, hormigueaba alrededor de nosotros.

Voluptuosamente retorcía cuellos suaves, arrancaba plumas, rompía patas menudas. A través del tibio escudo de las plumas, mis uñas buscaban carnes y entrañas. Experimenté una alegría de maldito haciendo morir las aves que, aquella noche, no eran otra cosa que nuestras hermanas en el miedo. Pero la mujer gritó de nuevo:

—Ahí está...

Las alas monstruosas subían y bajaban cerca de nosotros; el aire, producido por sus gigantescos movimientos, batía la choza como ráfagas de huracán. De repente surgió el trueno definitivo de un aplastamiento: crujidos secos, roturas estrepitosas, salpicaduras atroces, y mis miembros se estrujaron contra el suelo como si quisieran hundirse en la tierra azotada. A mi alrededor, comenzaron, monótonas en las tinieblas, las agonías. Durante horas aparté escombros de madera, fango y piedras. Rechacé abyectas cosas tibias y pegajosas. Luego vi, a través de grotescos revoltijos, deslizarse la claridad opaca y débil de la aurora. Sentía ya la brisa del aire libre, el yodo del mar lejano y la podredumbre de las simas próximas, cuando los pasos sonaron de nuevo, lejos..., lejos, amortiguados por la distancia. Pero sonaron.

Cerré los ojos. Luego me atreví... Me atreví a mirar.

¡Oh Dios! Espero que esto no sea verdad, porque fue más breve, más rápido, que el guiño de un ojo. Quiero creer que fue una nube, un humo, una niebla, un último jirón de tinieblas. A lo lejos, se hundía en el horizonte, que ocupaba por completo, una máscara formidable. Dos ojos fijos miraban a ras de la landa, como un vagabundo de pesadilla espía por encima de la línea divisoria de una tapia...

No, no...

Fueron dos normes agujeros glaucos en el Este, en la oscuridad de la noche que desaparecía... Fue eso y nada más. Frecuentemente, las nubes, en el cielo, se prestan a las más abominables fantasmagorías... Lo repetiré siempre: fue eso y nada más. Porque presiento que un Ser semejante no permitiría que ninguna criatura humana pusiera sus ojos en él. Si no, durante las horas de guardia, en medio de los mares solitarios y lívidos, vendría a espiar a ras del horizonte, a las hormigas que nosotros somos, y su paso resonaría en el fondo de los abismos marinos como en la landa lejana...

No.

¡No lo he visto!

¡No quiero haber visto al Uhu!...

Ubbo Sathla. Clark Ashton Smith (1893-1961)

-Ya que Ubbo—Sathla es el principio y el fin. Antes de la llegada de Zhothaqquah o Yok—Zothoth o Kthulhut procedentes de las estrellas, Ubbo—Sathla habitaba en las bocas humeantes de la Tierra recién creada: era una masa sin cabeza ni miembros, que generaba las deformes salamandras grises que serían los primeros prototipos de vida terrenal... Y toda la vida de la Tierra volverá, de acuerdo con la tradición, a través del gran círculo del tiempo, a Ubbo—Sathla.

Libro de Eibon.


Paul Tregardis encontró el vidrio lechoso entre un montón de curiosidades de muchos países y muchas épocas. Había entrado en la tienda del anticuario sin propósito alguno, excepto el de entretenerse con la distracción que siempre proporciona el curioseo y manoseo de objetos dispares y acumulados. Al echar una ojeada poco entusiasta, le llamó la atención un resplandor opaco procedente de una mesa; por último, pudo rescatar la extraña piedra en forma de globo de su oscuro retiro entre un pequeño ídolo azteca bastante feo, un huevo de didornis fosilizado, y un fetiche harto obsceno tallado en madera negra del Níger.

El extraño objeto tendría el tamaño de una naranja pequeña, con los polos ligeramente achatados, igual que un planeta. Tregardis se sintió intrigado, ya que no era un cristal ordinario, puesto que presentaba una superficie opaca y cambiante, así como un resplandor intermitente en el corazón, como si por dentro se iluminase y se apagase a intervalos. Sujetándolo delante de la ventana, por donde penetraba la mortecina luz invernal, lo estudió durante un buen rato sin poder determinar el secreto de dicha intermitencia. En breve su intriga se vio complicada por una sensación vaga de familiaridad irreconocible, como si ya hubiera visto el objeto con anterioridad, pero en circunstancias que había olvidado por completo.

Recurrió al anticuario, un hebreo menudo que rezumaba él mismo antigüedad, dando la impresión de estar totalmente ajeno a las consideraciones comerciales, e inmerso en una maraña de ensueño cabalístico.

—¿Podría decirme algo sobre esto?
El vendedor se encogió de hombros, a la vez que arqueaba las cejas.
—Es muy antiguo; podría decirse que paleoegeo. No es mucho lo que puedo decirle, ya que es poco lo que sabemos. Un geólogo lo encontró en Grecia, bajo el cielo glaciar, en un estrato micénico. ¿Quién sabe? Puede que perteneciera a algún mago de la Thula primaveral. En épocas micénicas Grecia era una región caliente y fértil. No hay duda de que se trata de un cristal mágico, y cualquiera puede contemplar extrañas visiones en su corazón, si lo mira durante el suficiente tiempo.

Tregardis se sobresaltó, ya que la sugerencia aparentemente fantástica del vendedor le había recordado sus propias investigaciones en una rama de la sabiduría harto oscura, remitiéndole concretamente al Libro de Eibon, el más extraño y raro volumen de las ciencias ocultas olvidado hacía tiempo, y que según la tradición perduró a través de una serie de traducciones diversas desde el original prehistórico, escrito en el perdido idioma de Hyperbórea. No sin gran dificultad, Tregardis pudo conseguir la versión medieval francesa —copia que había pertenecido a muchas generaciones de hechiceros y adoradores de Satán—, pero nunca pudo encontrar el manuscrito griego de donde salió dicha versión. El fabuloso y remoto original fue obra de un gran mago hyperbóreo, quien le había dado su nombre. Se trataba de una colección de mitos oscuros y densos, de liturgias, rituales e invocaciones esotéricas dedicadas al mal. A lo largo de sus estudios, un tanto extraños para cualquier persona corriente, Tregardis se había dedicado, no sin cierto temor, a la comparación del volumen francés con el terrible Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred. Había encontrado numerosas correspondencias cuyo significado era tan negro como escalofriante, junto con muchos datos prohibidos que, o bien eran desconocidos para el árabe, o bien los había omitido él mismo... o sus traductores.

¿Era esto lo que había tratado de recordar —se preguntaba Tregardis—, la referencia breve y casual en el Libro de Eibon, a un cristal opaco que perteneciera al mago Zon Mezzamalech, en Mhu Thulan? Evidentemente, era demasiado fantástico, demasiado hipotético, demasiado increíble; pero Mhu Thulan, esa parte septentrional de la antigua Hyperbórea, parecía haber correspondido más o menos con la Grecia actual, que a su vez estuvo unida como península al continente. ¿Sería posible que la piedra que tenía en la mano, por un maravilloso azar, fuera el cristal de Zon Mezzamalech? Tregardis se sonrió para sí mismo, con una ironía interna, ante la idea de concebir semejante consideración absurda. Esas cosas no solían ocurrir, por lo menos en el Londres actual; por otro lado, lo más probable es que el Libro de Eibon no fuese más que una mera fantasía supersticiosa. No obstante, había algo en el cristal que seguía atrayéndole, y terminó por adquirirlo a un precio bastante moderado. El vendedor pronunció una cifra y el comprador la pagó sin regateo alguno.

Con el cristal en el bolsillo, Paul Tregardis regresó inmediatamente a sus habitaciones, en vez de continuar su paseo. Instaló el blanquecino globo sobre su escritorio, donde se posó sobre uno de sus lados planos. Entonces, sonriéndose aún ante su propio absurdo, tomó el amarillento manuscrito de pergamino con el Libro de Eibon de su sitio, entre una colección de literatura rebuscada. Abrió la cubierta de cuero bermellón con cerrajes de hierro mohoso y leyó para sí mismo, traduciendo del francés antiguo el párrafo referente a Zon Mezzamalech:

-Este mago, poderoso entre los hechiceros, había encontrado una piedra nublada, con forma de orbe y achatada por los lados, en cuyo interior se podían contemplar muchas visiones del pasado terrenal, retrocediendo incluso hasta el principio de la Tierra, cuando Ubbo—Sathla, la fuente no concebida, se extendía vasta e hinchada, germinando entre el fango humeante... Pero de lo que él contemplara, poco dejó escrito Zon Mezzamalech; y la gente cuenta que desapareció inmediatamente después, en forma desconocida, perdiéndose entonces en el cristal nublado.

Paul Tregardis dejó a un lado el manuscrito. Una vez más, sintió que había algo que le atraía y le intrigaba, algo parecido a un sueño perdido o una memoria condenada al olvido. Movido por un sentimiento que no se detuvo ni a interrogar ni a escrutar, se sentó ante la mesa y comenzó a contemplar intensamente el interior frío y nebuloso del globo. Experimentó una expectación que, de alguna manera, le era tan familiar, tan inherente a su consciente, que no tuvo ni que definírsela a sí mismo. Permaneció sentado minuto tras minuto, contemplando la luz intermitente y misteriosa que brotaba del corazón del cristal. Lentamente, y sin darse cuenta, le invadió una sensación de dualidad ensoñadora, con respecto a su persona y a su entorno. Seguía siendo Paul Tregardis, y al mismo tiempo otra persona; la habitación era la de su apartamento londinense, pero también una recámara de otro lugar extraño pero harto conocido. Y desde ambos sitios contemplaba intensamente el mismo cristal. Después de un prolongado intervalo, y sin sorpresa alguna por parte de Tregardis, se completó el proceso de reidentificación. Supo que Zon Mezzamalech era un mago de Mhu Thulan, así como un estudiante de todos los conocimientos anteriores a su propia época. Sabio en secretos terribles pero desconocidos para Paul Tregardis, estudioso aficionado a la antropología y ciencias ocultas en el moderno Londres, deseó adquirir un conocimiento mayor y más terrible aún por medio del cristal nublado.

Había comprado la piedra en circunstancias dudosas y en un lugar bastante siniestro. Era una pieza única, sin paralelo alguno en ningún sitio ni en ninguna época. Se creía que todo lo ocurrido en la historia del mundo a través de los años estaba reflejado en sus profundidades, revelándose a quien la contemplase recientemente. Y a través del cristal, Zon Mezzamalech soñó con recuperar la sabiduría de los dioses que habían muerto antes de que naciera la Tierra. Habían pasado el vacío sin luz, dejando inscrita su sabiduría en tablas de piedra ultraestelar; dichas tabletas quedaron bajo la custodia del demiurgo deforme, primitivo e idiota, llamado Ubbo—Sathla. Así, sólo mediante el cristal podría Zon Mezzamalech encontrar las tablas y leerlas. Era la primera vez que ponía a prueba las famosas cualidades del cristal. Se encontraba en una cámara cuyas paredes estaban cubiertas con paneles de marfil, y donde se acumulaban los libros e instrumentos de magia, visión que se apreciaba en medio de una consciente nebulosa. Ante él, sobre una mesa de alguna madera oscura de Hyperbórea grabada con cifras grotescas, el cristal se hinchaba y se hundía visiblemente, mientras que en su nublada profundidad proyectaba una serie de escenas difusas que se esfumaban como burbujas de jabón. Como si contemplase un mundo de verdad, las ciudades, los bosques, las montañas, los mares y las praderas se sucedían bajo él, encendiéndose y apagándose como si estuvieran sujetos al paso de los días y de las noches en una corriente de tiempo muy acelerada.

Zon Mezzamalech se había olvidado de Paul Tregardis, perdiendo conciencia incluso de su propia entidad y entorno en Mhu Thulan. A cada momento, la visión fugaz que se reflejaba en el cristal se hacía más definida y distinta, mientras que el propio globo se hacía denso hasta marearle, como si mirase desde una altura insegura a un abismo insondable. Sabía que el tiempo retrocedería dentro del cristal, desenrollando para él las imágenes de todos los días pasados; pero pronto se apoderó de él una alarma extraña, y no se atrevió a seguir su contemplación. Como si hubiera estado a punto de caer de un precipicio, dio un respingo y se retiró del globo misterioso. Ante sus ojos surgió otra vez el gran mundo vertiginoso en que se había zambullido como si fuera un cristal pequeño y nublado, que se posaba sobre su desgastada mesa en Mhu Thulan. Entonces, y progresivamente, tuvo la sensación de que la gran habitación con paneles esculpidos de marfil de mamut disminuyese para convertirse en otra estancia más reducida y sucia; y Zon Mezzamalech, perdiendo su sabiduría sobrenatural así como sus poderes mágicos, retornó, mediante una regresión extraña, a la persona de Paul Tregardis.

Pero al parecer no pudo volver del todo. Entre mareado y asombrado, Tregardis se encontró ante el escritorio donde depositara la esfera achatada. Sentía la confusión de quien ha soñado y todavía no se ha despertado del todo. La habitación le intrigaba en cierto modo, como si el tamaño o la decoración hubiesen cambiado; por otro lado, su recuerdo de la compra del cristal al anticuario se mezclaba extrañamente con la impresión de haberlo adquirido de muy distinta manera. Experimentó la sensación de que le había pasado algo muy extraño al mirar dentro del globo, si bien no podía recordar exactamente de qué se trataba. Lo único que le quedaba era una especie de atontamiento psíquico, parecido al que suele producir una porción de hachís. Se aseguró a sí mismo que en efecto no era otro que Paul Tregardis, que vivía en una determinada calle de Londres, y que el año era 1933. Pero dichas verdades tan prosaicas carecían en ese momento de validez y significado, ya que tenía la sensación de estar flotando en un mundo de sombras e insustancial. Las paredes parecían temblar como el humo; la gente de la calle eran los fantasmas; y él mismo no era más que una sombra perdida, un eco errante de algo olvidado hacía mucho.

Decidió no repetir el experimento de contemplar el globo de cristal. Los efectos eran demasiado desagradables y confusos. Pero al día siguiente, movido por un impulso irracional ante el cual se rindió casi mecánicamente, sin esfuerzo alguno, se encontró sentado delante del poderoso globo. Una vez más se convirtió en el hechicero Zon Mezzamalech, de Mhu Thulan; una vez más soñó que recobraba la sabiduría de los dioses premundanos; una vez más se retiró del profundo cristal víctima del miedo de quien teme caer; y, de nuevo, volvió a ser Paul Tregardis, si bien con menos claridad que la vez anterior. Tregardis repitió tres veces la misma experiencia a lo largo de los días subsiguientes, y en cada ocasión, tanto su persona como el mundo que le rodeaba se fue haciendo más tenue y confuso. Sus sensaciones eran las de un soñador que está a punto de despertar, y el propio Londres le parecía tan irreal como los países que surgen entre sueños, retrocediendo en una niebla densa y una luz nublada. Ajeno a todo, experimentó la opresión de grandes visiones, desconocidas y a la vez casi familiares. Era como si la fantasmagoría del tiempo y del espacio se disolviese a su alrededor, con el fin de revelarle una realidad palpable, u otro sueño de espacio y tiempo. Por fin llegó el día en que se sentó ante el cristal y no regresó como Paul Tregardis. Fue el día en que Zon Mezzamalech, desobedeciendo insolentemente advertencias perversas pero poderosas, decidió superar su miedo lleno de curiosidad y dejarse caer en el mundo visionario que contemplara, miedo que hasta entonces le había impedido seguir la corriente en retroceso del tiempo. Se hizo ver a sí mismo que si algún día quería leer las tablas perdidas de los dioses no le quedaba más remedio que superar su propio miedo. Sólo había contemplado algunos fragmentos de los años de Mhu Thulan inmediatamente posteriores al tiempo presente; es decir, los años de su propia vida..., y entre estos años y el Principio se extendían ciclos inestimables.

El cristal volvió a intensificarse una vez más ante sus propios ojos, reflejando escenas y acontecimientos que se sucedían en una corriente retrospectiva. De nuevo, se borraron las cifras mágicas de la mesa oscura, mientras que las paredes talladas mágicamente se derritieron en sus sueños. Una vez más, se mareó víctima de un vértigo fatal al inclinarse sobre los torbellinos en los terribles golfos del tiempo, dentro del globo con forma terráquea. Preso de terror, y a pesar de su decisión, se hubiera retirado, pero ya era demasiado tarde, pues era mucho lo que había visto. Tenía la sensación de una caída abismal, como si fuera arrastrado por vientos desatados, por torbellinos que le llevaban a través de inestables visiones de su propia vida pretérita, empujándole hacia eras y dimensiones anteriores al mundo. Tuvo la sensación de sufrir los dolores de un cambio irreversible, hasta que dejó de ser Zon Mezzamalech, el sabio e instruido observador del cristal, para formar parte integrante de la extraña y veloz corriente que se apresuraba por regresar al Principio.

Tuvo la sensación de vivir innumerables vidas, de morir muertes fantásticas, olvidando en cada ocasión las vidas y las muertes previas. Luchó como guerrero en batallas semilegendarias; existió como niño jugando entre las ruinas de una antigua ciudad en Mhu Thulan; por último, fue el rey que reinó durante el apogeo de la ciudad, así como el profeta que presagió la construcción y la caída de la misma. Fue mujer llorando a los muertos perdidos en una necrópolis derruida; antiguo mago susurrando encantamientos sencillos, propios de hechicería primitiva; sacerdote al servicio de un dios prehumano, forjando el cuchillo de sacrificios en templos excavados en cuevas y con pilares de basalto. Vida a vida, era a era, retrocedió los largos y condensados ciclos por los que atravesara Hyperbórea desde su estadio de salvajismo hasta el de civilización.

Se convirtió en un bárbaro perteneciente a una tribu troglodita, deslizándose desde los hielos lentos y picudos de la primitiva era glaciar hasta los países perpetuamente iluminados por las llamaradas de los volcanes. Entonces, después de innumerables años, dejó de ser hombre y pasó al estadio de semibestia depredadora, habitando en bosques de helechos y arbustos gigantes, entre las ramas de los poderosos tilos.

Había alguien —o algo— que a través de eones de sensaciones anteriores, de pasión primitiva y de hambre, de un terror y una locura aborígenes, seguía retrocediendo en el tiempo. La muerte se convirtió en nacimiento, y el nacimiento en muerte. A lo largo de una visión lenta de cambio, la tierra parecía deshacerse, descender de las colinas y montes hasta los estratos ulteriores. El sol se agrandaba y se hacía más caliente sobre los pantanos humeantes que exultaban con una vida más intensa, con una vegetación más frondosa. Y lo que en sus tiempos fuera Paul Tregardis y Zon Mezzamalech, ahora formaba parte de toda la monstruosa evolución. Voló con las alas con forma de garra de un pterodáctilo, nadó por los mares tibios con el cuerpo gigantesco y retorcido de un ictiosaurio, rugió salvajemente a la enorme luna que ardía a través de nieblas liásicas, con la claveteada garganta de un arcaico hipopótamo.

Por último, después de eones de brutalidad inmemorial, se convirtió en uno de los perdidos hombres reptiles que elevaron sus ciudades de piedra volcánica y lucharon sus venenosas guerras en el primer continente del mundo. Caminó ondulante por calles prehumanas y bajo bóvedas extrañamente retorcidas; contempló las primeras estrellas desde elevadas torres de Babel, y se inclinó ante los grandes ídolos—serpiente, recitando letanías silbantes. Regresó a través de los años y años de la era de los anfibios, como algo que se arrastraba en el fango, y que aún no había aprendido a pensar, a soñar y a construir. Y llegó un momento en que ya no hubo continente, sino un enorme y caótico pantano, un mar de fango, sin límites ni horizonte, que rezumaba vapores amorfos.

Allí, en el gris amanecer de la Tierra, la masa deforme de Ubbo—Sathla reposaba entre el fango y los vapores. Sin cabeza, sin órganos y sin miembros, segregaba por sus costados porosos, con un movimiento ondulante y lento, las formas amébicas que serían los arquetipos de la vida terrestre. Era algo horrible, si se hubiera podido captar el horror; y desagradable, en caso de que existiera capacidad de aversión y desagrado. Sobre dicha masa, destacando en medio del barro estaban esparcidas las poderosas tablas de piedra estelar donde había quedado escrita la inconcebible sabiduría de los dioses anteriores al mundo.

Y allí, hacia la meta de una búsqueda olvidada, fue arrastrada la cosa que había sido —o que sería en ocasiones— Paul Tregardis y Zon Mezzamalech. Al convertirse en un ente deforme y primitivo, se arrastró desdeñoso y olvidadizo por encima de las tablas caídas de los dioses, y luchó y se peleó ciegamente con los seres que segregaba Ubbo—Sathla. No existe ninguna mención referente a la desaparición de Zon Mezzamalech y su propia persona, excepto el breve párrafo en el Libro de Eibon. En cuanto a Paul Tregardis, también desaparecido, apareció una noticia corta en varios periódicos londinenses. Nadie parece saber nada acerca del mismo; se fue como si nunca hubiera existido; y al parecer, el cristal ha desaparecido igualmente; por lo menos, nadie lo ha encontrado.

La última hoja. O. Henry (1862-1910)

En un pequeño barrio al oeste de Washington Square las calles, como locas, se han quebrado en pequeñas franjas llamadas "lugares". Esos "lugares" forman extraños ángulos y curvas. Una calle se cruza a sí misma una o dos veces. Un pintor descubrió en esa calle una valiosa posibildad. ¡Supongamos que un cobrador, con una cuenta por pinturas, papel y tela, al cruzar esa ruta se encuentre de pronto consigo mismo de regreso, sin que se le haya pagado a cuenta un sólo centavo! Por eso los artistas pronoto empezaron a rondar por el viejo Greenwich Village, en pos de ventanas orientadas al norte y umbrales del siglo XVIII, buhardillas holandesas y alquileres bajos. Luego importaron algunos jarros de peltre y un par de platos averiados de la Sexta Avenida y se transformaron en una colonia.

Sue y Johnsy tenían su estudio en los altos de un gordo edificio de ladrillo de tres pisos. Johnsy era el apodo familiar que le daban a Joanna. Sue era de Maine; su amiga, de California. Ambas se conocieron junto a una mesa común de un delmónico de la calle ocho y descubrieron que sus gustos en materia de arte, ensalada de achicoria y moda, eran tan afines que decidieron establecer un estudio asociado. Eso sucedió en mayo. En noviembre, un frio e invisible forastero a quien los médicos llamaban Neumonía empezó a pasearse furtivamente por la colonia, tocando a uno aquí y a otro allá con sus dedos de hielo. El devastador intruso recorrió con temerarios pasos el East Side, fulminando a veintenas de víctimas; pero su pie avanzaba con más lentitud a través del laberinto de los "lugares" más angostos y cubiertos de musgo. El señor Neumonía no era lo que uno podría llamar un viejo caballeresco. Atacar a una mujercita, cuya sangre habían adelgazado los céfiros de California, no era juego limpio para aquel viejo tramposo de puños rojos y aliento corto. Pero, con todo, fulminó a johnsy; y ahí yacía la muchacha, casi inmóvil en su cama de hierro pintado, mirando por la pequeña ventana holandesa del flanco sin pintar de la casa de ladrillos contigua. Una mañana el atareado médico llevó a Sue al pasillo, y su rostro de hirsutas cejas se oscureció.

-Su amiga sólo tiene una probabilidad de salvarse sobre ... digamos, sobre diez -declaró, mientras agitaba el termómetro para hacer bajar el mercurio-. Esa probabilidad es que quiera vivir. La costumbre que tienen algunos de tomar partido por la funeraria pone en ridículo a la farmacopea íntegra. Su amiguita ha decidido que no podrá curarse. ¿Tiene alguna preocupación?
-Quería... quería pintar algún día la bahía de Nápoles -dijo Sue.
-¿Pintar? ¡Pamplinas! ¿Piensa esa muchacha en algo que valga la pena pensarlo dos veces? ¿En un hombre, por ejemplo?
-¿Un hombre? -repitió Sue, con un tono nasal de arpa judía-. ¿Acaso un hombre vale la pena de ...? Pero no, doctor... No hay tal cosa.
-Bueno -dijo el médico-. Entonces, será su debilidad. Haré todo lo que pueda la ciencia, hasta donde logren amplicarla mis esfuerzos. Pero cuando una paciente mía comienza a contar los coches de su cortejo fúnebre, le resto el cincuenta por ciento al poder curativo de los medicamentos. Si usted consigue que su amiga le pregunte cuáles son las nuevas modas de invierno en mangas de abrigos, tendrá, se lo garantizo, una probabilidad sobre cinco de sobrevivir en vez de una sobre diez.

Cuando el médico se fue, Sue entró al atelier y lloró hasta reducir a mera pulpa una servilleta. Luego penetró con aire afectado en el cuarto de Johnsy llevando su tablero de dibujo y silvando ragtime. Su amiga estaba casi inmóvil, sin levantar la más leve onda en sus cobertones, con el rostro vuelto hacia la ventana. Sue la creyó dormida y dejó de silbar. Acomodó su tablero e inició un dibujo a pluma para ilustrar un cuento de una revista. Los pintores jóvenes deben allanarse el camino del Arte ilustrando los cuentos que los jóvenes escriben para las revistas, a fin de facilitarse el camino el la Literatura.

Mientras Sue bosquejaba unos elegantes pantalones de montar sobre la figura del protagonista del cuento, un vaquero de Idaho, oyó un leve rumor que se repitió varias veces. Se acercó rápidamente a la cabecera de la cama. Los ojos de Johnsy estaban muy abiertos. Miraba la ventana y contaba... contaba al revés.

-Doce -dijo. Y poco después agregó-. Once - y luego -: diez... nueve... ocho... siete... - casi juntos.
Sue miró, solícita, por la ventana. ¿Qué se podía contar allí? Apenas se veía un patio desnudo y desolado y el lado sin pintar de la casa de ladrillos situada a siete metros de distancia. Una enredadera de hiedra vieja, muy vieja, nudosa, de raices podridas, trepaba hasta la mitad de la pared. El frío soplo del otoño le había arrancado las hojas y sus escuálidas ramas se aferraban, casi peladas, a los desmoronados ladrillos.
-¿Que sucede, querida? -preguntó Sue.
-Seis -dijo- Johnsy, casi en un susurro -. Ahora están cayendo con mas rapidez. Hace tres días había casi un centenar. Contarlas me hacía doler la cabeza. Pero ahora me resulta fácil. Ahí va otra. Ahora apenas quedan cinco.
-¿Cinco qué, querida? Díselo a tu Susie.
-Hojas. Sobre la enredadera de hiedra. Cuando caiga la última hoja también me iré yo. Lo se desde hace tres días. ¿No te lo dijo el médico?
-¡Oh nunca oí disparate semejante! -se quejo Sue, con soberbio desdén-. ¿Que tienen que ver las hojas de una vieja enredadera con tu salud? ¡Y tú le tenías tanto cariño a esa planta, niña mala! ¡No seas tontita! Pedro si el médico me dijo esta mañana que tus probabilidades de reponerte muy pronto eran -veamos, sus palabras exactas -... ¡de diez contra una! ¡Es una probabilidad casi tan sólida como la que tenemos en Nueva York cuando viajamos en tranvía o pasamos a pie junto a un edificio nuevo! Ahora, trata de tomar un poco de caldo y deja que Susie vuelva a su dibujo, para seducir al director de la revista y así comprar oporto para su niña enferna y unas costillas de cerdo para ella misma.
-No necesitas comprar más vino -dijo Johnsy, con los ojos fijos más allá de la ventana -. Ahí cae otra. No, no quiero caldo. Sólo quedan cuatro. Quiero ver cómo cae la última antes de anochecer. Entonces también yo me iré.
-Mi querida Johnsy -dijo Sue, inclinéndose sobre ella-. ¿Me prometes cerrar los ojos y no mirar por la ventana hasta que yo haya concluido mi dibujo? Tengo que entregar esos trabajos mañana. Necesito luz: de lo contrario, oscurecería demasiado los tintes.
-¿No podrías dibujar en el otro cuarto? -preguntó Johnsy, con frialdad.
-Prefiero estar a tu lado -dijo Sue-. Además, no quiero que sigas mirando esas estúpidas hojas de la enredadera.
-Apenas hayas terminado, dímelo -pidió Johnsy cerrando los ojos y tendiéndose, quieta y blanca, como una estatua caída -. Por que quiero ver caer la última hoja. Estoy cansada de esperar . Estoy cansada de pensar. Quiero abandonarlo todo, e irme navegando hacia abajo, como una de esas pobres hojas fatigadas.
-Procura dormir -dijo Sue-. Debo llamar a Behrman para que me sirva de modelo a fin de dibujar al viejo minero ermitaño. Volveré inmediatamente. No intentes moverte hasta que yo vuelva.

El viejo Behrman era un pintor que vivía en el piso bajo. Tenía más de sesenta años y la barba de un Moisés de Miguel Angel, que bajaba, enroscándose, desde su cabeza de sátiro hasta su tronco de duende. Era un fracaso como pintor. Durante cuarenta años había esgrimido el pincel, sin haberse acercado siquiera lo sufciente al arte. Siempre se disponía a pintar su obra maestra, pero no la había iniciado tadavía. Durante muchos años no había pintado nada, salvo, de vez en cuando, algún mamarracho comercial o publicitario. Ganaba unos dólares sirviendo de modelo a los pintores jóvenes de la colonia que no podían pagar un modelo profcesional. Bebía ginebra inmoderadamente y seguía hablando de su futura obra maestra. Por lo demás, era un viejecito feroz, que se nozaba violentamente de la suavidad ajena, y se consideraba algo así como un guardián destinado a proteger a las dos jóvenes pintoras del piso de arriba. En su guarida mal iluminada, Behrman olía marcadamente a nebrina. En un rincón había un lienzo en blanco colocado sobre un caballete, que esperaba desde hace veinticinco años el primer trazo de su obra maestra. Sue le contó la divagación de Johnsy y le confesó sus temores de que su amiga, liviana y frágil como una hoja, se desprendiera también de la tierra cuando se debilitara el leve vínculo que la unía a la vida.

El viejo Behrman, con los ojos enrojecidos y llorando a mares, expresó con sus gritos el desprecio y la risa que le inspiraban tan estúpidas fantasías.

-¡Was! -gritó-. ¿Hay en el mundo gente que cometa la estupidez de morirse porque hojas caen de una maldita enredadera? Nunca oí semejante cosa. No, yo no serviré de modelo para ese badulaque de ermitaño. ¿Cómo permite usted ue se le ocurra a ella semejanteimbecilidad? ¡Pobre señorita Johnsy!
-Está muy enferma y muy débil -dijo Sue-, y la fiebre la ha vuelto morbosa y le ha llenado la cabeza de extrañas fantasías. Está bien, señor Behrman. Si no quiere servirme de modelo, no lo haga. Pero debo decirle que usted me parece un horrible viejo... ¡un viejo charlatán!
-¡Se ve que usted es sólo una mujer! -aulló Behrman-. ¿Quien dijo que no le serviré de modelo? Vamos. Iré con usted. Desde hace media hora estoy tratando de decirle que le voy a servir de modelo. Gott! Este no es un lugar adecuado para que esté en su cama de enferma una persona tan buena como la señoríta Johnsy. Algún día, pintaré una obra maestra y todos nos iremos de aquí. Gott! ya lo creo que nos iremos.

Johnsy dormía cuando subieron. Sue bajó la persiana y le hizo señas a Behrman para pasar a la otra habitación. Allí se asomaron a la ventana y contemplarón con temor la enredadera. Luego se miraron sin hablar. Caía una lluvia insistente y fría , mezclada con nieve. Behrman, en su vieja camisa azul, se sentó como minero ermitaño sobre una olla invertida. Cuando Sue despertó a la mañana siguiente, despues de haber dormido sólo una hora, vió qur Johnsy miraba fijamente, con aire apagado y los ojos muy abiertos, la persina verde corrida.

-¡Levántala! Quiero ver -.ordenó la enferma, en voz baja.

Con lasitud, Sue obedeció.

Pero después de la violenta lluvia y de las salvajes ráfagas de viento que duraron toda esa larga noche, aún pendía, contra la pared de ladrillo, una hoja de hiedra. Era la última. Conservaba todavía el color verde oscuro cerca del tallo, pero sus bordes dentados estaban teñidos con el amarillo de la desintegración y la putrefacción. Colgada valerosamente de una rama a unos siete metros del suelo.

-Es la última -dijo Johnsy-. Yo estabe segura de que caería durante la noche. Oía el viento. Caerá hoy y al mismo tiempo moriré yo.
-¡Querida, querida! -dijo Sue, apoyando contra la almohada su agotado rostro-. Piensa en mi, si no quieres pensar en ti misma. ¿Que haría yo?

Pero Johnsy no respondió. Lo más solitario que hay en el mundo es un alma que se prepara a enprender ese viaje misterioso y lejano. La imaginación parecía adueñarse de ella con más vigor a medida que se afojaban, uno por uno, los lazos que la ligaban a la amistad y a la tierra. Transcurrió el día, y cuando empezó a anochecer ambas pudieron aún distinguir entre las sombras la solitaria hoja de hiedra adherida a su tallo, contra la pered. Luego, cuando llegó la noche el viento norte volvió a zumbar con violencia mientras la lluvia seguía martillando las ventanas y los bajos aleros holandeses.

Al día siguiente, cuando hubo suficiente claridad, la despiadada Johnsy ordenó que levantaran la persiana. La hoja aún seguía allí. Johnsy se quedó tendida largo tiempo, mirándola. Y luego llamó a Sue, que estaba revolviendo su caldo de gallina sobre el hornillo.

-He sido una mala muchacha, Susie -dijo-. Algo ha hecho que esa última hoja se quedara alli, para probarme lo mala que fui. Es un pecado querer morir. Ahora, puedes traerme un poco de caldo y de leche, con algo de oporto y... no; tráeme antes un espejo. Luego ponme detras unas almohadas y me sentaré y te miraré cocinar.

Una hora después, Johnsy dijo:

-Susie, confío en que algún día podre pintar la bahía de Nápoles
Por la tarde acudió el médico y Sue encontró un pretexto para seguirlo al comedor cuando salía.
-Hay buenas probabilidades -dijo el médico, tomando en la suya, la mano delgada y temblorosa de Sue -. Cuidándola bien, usted la salvará. Y ahora tengo que ver a otro enfermo en el piso bajo. Es un tal Behrman... un artista, según parece. Otro caso de neumonía. Es un hombre viejo y débil y el acceso es agudo. No hay esperanzas de salvarlo; pero hoy lo llevan al hospital para que esté más cómodo.

Al día siguiente el médico le dijo a Sue:

-Su amiga está fuera de peligro. Usted ha vencido. Alimentación y cuidados, ahora. Eso es todo.
Y esa tarde Sue se acercó a la cama donde Johnsy, muy contenta, tejía una bufanda de lana muy azul y muy inútil, y la ciñó con el brazo, rodeando hasta las almohadas.
-Tengo que decirte una cosa -dijo-. Hoy murió de neumonía en el hospital el señor Behrman. Sólo estuvo enfermo dos días. El mayordomo lo encontró en la mañana del primer día en su cuarto, impotente de dolor. Tenía los zapatos y la ropa empapados y fríos. No pudieron comprender dónde había pasado una noche tan horrible. Luego encontraron una linterna encendida aún, y una escalera que Behrman había sacado de su lugar y algunos pinceles dispersos y una paleta con una mezcla de verde y amarillo... y... Mira la ventana, querida, observa esa última hoja de hiedra que está sobre la pared ¿No es extraño que no se moviera ni agitara al soplar el viento? ¡h querida! Es la obra maestra de Behrman: la pintó allí la noche en que cayó la última hoja.

El Twonky. Henry Kuttner (1915-1958) Catherine L. Moore (1911-1987)

El reemplazo de personal de la Electrónica del Medioeste era tal que Mike Lloyd no podía seguirle la pista a sus hombres. Los empleados continuaban yéndose a trabajar a otro lado, con mayores salarios. Por esa razón, cuando volvió a distinguir al hombrecillo cabezón vagabundeando inciertamente ante la puerta de un depósito, Lloyd echó una mirada al overoll marrón que llevaba puesto (provisto por la Compañía) y dijo suavemente:

—El silbato sonó hace ya más de media hora. Vuelva inmediatamente al trabajo.
—¿Tra-ba-j-jo? —El hombrecillo parecía tener serios inconvenientes con la palabra.

¿Estaría borracho? Lloyd, desde su posición de capataz, no podía bajo ningún concepto permitir una cosa semejante. Arrojó su cigarrillo, y acercándose más al hombrecillo, lo olió: no, no era licor. Miró rápidamente la placa sujeta al overoll, y leyó:

—Dos-cuatro. M-mm... ¿Eres nuevo aquí?
—Nuevo... ¿Uh? —repitió el hombre, frotándose un creciente chichón en su frente. Era un sujeto pequeño y de extraña apariencia, calvo como un tubo de vacío, y con un pálido rostro contraído, que mostraba unos diminutos ojos abiertos en un
admirado gesto de asombro.
—¡Vamos Joe, despiértate! —Lloyd estaba comenzando a impacientarse—. Tú trabajas aquí, ¿verdad?
—Joe —repitió el hombrecillo, pensativamente—. Trabajar. Sí, yo trabajo. Yo los hago. —Sus palabras brotaban extrañamente de su boca, como si tuviera el paladar hendido.
Echando una nueva mirada a su placa, Lloyd aferró el brazo de Joe, y lo arrastró hasta el cuarto de montaje.
—Aquí está tu puesto. Quédate en él. ¿Sabes lo que tienes que hacer?
El otro irguió su esmirriado cuerpo.
—Soy un... experto —aseguró—. Puedo hacerlos mucho mejor que Ponthwank.
—Perfectamente —dijo Lloyd—. Entonces comienza a hacerlos.

El hombre llamado Joe dudó, acariciando el chichón de su frente. Los overoll atrajeron entonces su atención, y los examinó con asombro. ¿Dónde...? ah, sí. Los había hallado colgando en el cuarto donde había emergido la primera vez. Sus propias ropas, naturalmente se habían disipado durante el viaje... ¿qué viaje? Amnesia, pensó. Se había caído desde... algún lado... cuando algo había aminorado su marcha hasta detenerse. ¡Qué extraño resultaba aquel almacén, atiborrado de máquinas de todo tipo! No llegaba a provocar en él ningún recuerdo anterior. Amnesia, eso era lo que le sucedía. El era un operario. Hacía cosas. Sin embargo, teniendo en cuenta los objetos poco familiares que lo rodeaban, eso no significaba nada. Aún se sentía aturdido. No obstante, las nubes de su mente se retirarían pronto. En realidad, ya habían comenzado a desaparecer. Trabajar. Joe efectuó una rápida recorrida alrededor del cuarto, tratando de aguijonear su defectuosa memoria. Pudo ver varios operarios en overoll, construyendo diversas cosas. ¡Pero qué infantiles... qué elementales! Quizás aquello era un jardín de infantes.

Al cabo de unos momentos de inspección, Joe se dirigió a un depósito, examinando algunos modelos terminados de combinados estereofónicos. Así que era eso. Le parecieron torpes e incómodos, pero aquella especialidad no le correspondía. No. Su trabajo consistía en construir Twonkies. ¿Twonkies? El nombre asaltó su memoria nuevamente. Por supuesto que sabía cómo construir Twonkies. Los había hecho durante toda su vida... había sido especialmente entrenado para esa tarea. Por lo visto, ahora usaban un modelo de Twonky diferente, pero, ¡qué demonios! ¡Aquello era un juego de niños para un operario hábil como él! Joe volvió al cuarto de montaje, y encontró un banco de trabajo vacío, donde comenzó de inmediato a construir su primer Twonky. De tanto en tanto, se deslizaba fuera del cuarto, y se apoderaba de los materiales que iba necesitando. Solo en una ocasión, en que no pudo localizar un trozo de tungsteno que le era imprescindible, construyó apresuradamente un pequeño dispositivo que pudiera proveérselo, a partir de los elementos de que disponía en cantidad.

Su banco de trabajo se encontraba ubicado en un rincón alejado de los demás, y escasamente iluminado, aunque parecía demasiado brillante a los ojos de Joe. Ninguno de los otros operarios reparó en la consola que rápidamente tomaba forma en aquel rincón; Joe trabajaba muy rápidamente. Ignoró el silbato del mediodía, y ya para la hora de salida, su trabajo estaba terminado. Quizás podría alegarse que necesitaba otra mano de pintura; en realidad carecía del tono resplandeciente de los Twonkies estándares, pero tampoco ninguno de los otros lo tenía. Joe suspiró, se agachó debajo de su banco de trabajo, buscando en vano su correspondiente colchón-relajador, y al no encontrarlo, se acostó directamente sobre el piso. Unas pocas horas más tarde, despertó. La fábrica estaba completamente vacía. ¡Qué extraño!; quizás los horarios de trabajo habían cambiado. Quizás... la mente de Joe se sentía extrañada. El sueño había despejado las últimas nubes de la amnesia, si es que eso era lo que le había sucedido, pero aún se sentía algo aturdido. Murmurando para sí, envió al Twonky al depósito contiguo y lo comparó con los otros. Superficialmente era idéntico a uno de los amplificadores estereofónicos de modelo más reciente. Siguiendo el esquema de los demás, Joe había camuflado y disimulado bajo aquella apariencia los distintos órganos y bobinas de reacción de su propio dispositivo.

Luego de almacenar su Twonky, se dirigió nuevamente al salón de ventas, y fue entonces cuando los últimos jirones de niebla se disiparon de su mente. Los hombros de Joe se estremecieron convulsivamente.

—¡Por todos los Dioses! —exclamó—. ¡Así que era eso! ¡He caído en una grieta temporal!
Con una asombrada mirada a su alrededor corrió de vuelta hacia el depósito en el que había emergido por primera vez. Allí se quitó rápidamente el overoll y lo devolvió a la percha donde lo había encontrado. Luego de ello, se dirigió hacia uno de los rincones del cuarto, tanteó el aire a su alrededor, asintiendo con satisfacción, y se sentó en el vacío, a un metro por sobre el suelo. Y a continuación, Joe se desvaneció en la nada.

—El tiempo —estaba diciendo Kerry Westerfield— es curvo. Eventualmente, y a plazos determinados, regresa al mismo lugar donde comenzó. —Colocó un pie en una apropiada saliente de las rocas de la chimenea, y se estiró voluptuosamente. Desde la cocina se oía el tintineo de los vasos y las botellas que Martha estaba manipulando.
—Ayer, a esta misma hora —seguía diciendo Kerry— tomé un Martini. La curva temporal indica que debería tomar otro ahora. ¿Me estas escuchando, ángel?
—Lo estoy sirviendo —contestó el ángel, distraídamente.
—Entonces has comprendido perfectamente mi argumento.
Aquí va otro: el tiempo describe una trayectoria en forma de espiral, y no circular como se cree. Si llamas 'A' al primer ciclo, el segundo será 'A más 1'... ¿comprendes? Todo eso significa un Martini doble esta noche.
—Ya sabía dónde terminaría tu conferencia —comentó Martha, entrando al amplio salón enchapado en roble. Era una pequeña mujer de pelo negro, con un rostro singularmente bonito, y una figura que hacía juego con él. El diminuto delantal de algodón que llevaba puesto se veía ligeramente absurdo en combinación con sus pantalones ajustados y la blusa de seda.
—Además, no se fabrica gin de graduación infinita. Aquí está tu Martini —dijo, sacudiendo la coctelera y preparando las copas.
—Revuélvelo despacio —le avisó Kerry—. Jamás lo sacudas.
Así esta bien. —Aceptó la copa que ella le tendía, y la contempló apreciativamente. Su cabello negro, salpicado de gris, brilló bajo la luz de la lámpara, cuando bebió un sorbo de su Martini—.Bueno, muy bueno.

Martha bebió lentamente de su copa, mientras contemplaba a su esposo. Realmente un tipo buen mozo, Kerry Westerfield. Andaba por los cuarenta-y-tantos años, agradablemente feo, con una boca ancha, y un ocasional brillo sardónico en sus ojos grises cuando contemplaba la vida. Llevaban ya doce años de casados, y ambos se hallaban contentos de ello. Desde el exterior, llegaba a través de los ventanales el tardío y tenue fulgor de la puesta del sol, reflejándose en el gabinete del equipo estéreo ubicado contra la pared, a un lado de la puerta. Kerry lo miró con un gesto de apreciación.

—Costó un ojo de la cara —comentó—. Aunque...
—¿Qué? Ah, sí. Los obreros tuvieron realmente un trabajo duro para subirlo por las escaleras. ¿Por qué no lo pruebas, Kerry?
—¿No lo has hecho tú, ya?
—No; ya bastante complicado era el anterior —explicó Martha con un gesto de desconcierto—. Dispositivos... me confunden. Yo fui educada con una radio Edison. Tú le dabas cuerda con una manivela, y unos sonidos extraños brotaban de una bocina. Eso era algo comprensible para mí. Pero ahora... aprietas un botón y suceden cosas extraordinarias. Ojos electrónicos, selectores de tono, discos que se tocan de ambos lados, con el acompañamiento de fantasmagóricos gruñidos y chasquidos provenientes del interior de la consola. Probablemente tú entiendas de esas cosas; yo ni siquiera lo intento. Cada vez que pongo un disco de Bing Crosby en un aparato colosal como ése, Bing parece avergonzado.
—Voy a poner un disco de Debussy —dijo Kerry, comiendo la aceituna de su Martini—. Hay un nuevo disco de Crosby allí para ti. El último.
Martha se contorsionó alegremente:
—¿Puedo ponerlo, Kerry, sí?
—Aja.
—Pero tendrás que enseñarme cómo.
—Es muy simple —dijo Kerry, dirigiéndose hacia la consola—.Estos pequeños son realmente buenos, ¿sabes? Pueden hacer cualquier cosa, excepto pensar.
—Me gustaría que también lavaran los platos —comentó Martha encaminándose hacia la cocina, luego de dejar su copa.

Kerry encendió una lámpara cercana, y se dirigió a examinar su nuevo equipo. El modelo más moderno de Electrónica del Medioeste, con todas sus últimas innovaciones. Cierto que había resultado caro, pero, después de todo, ¿qué demonios? Podía darse el gusto. Y además, le habían cotizado muy bien el anterior. Al acercarse, observó que el aparato no estaba enchufado, tampoco se veían conexiones por ningún lado... ni siquiera un cable a tierra. Quizá se trataba de una innovación más. La conexión a tierra y la antena incorporada, o algo así. Kerry se agachó, buscando un tomacorriente, e insertó en el la ficha del aparato. Una vez hecho esto, abrió las puertas del gabinete, y observó los diales con una amplia sonrisa de satisfacción. Un rayo de luz azulada brotó repentinamente del aparato, enfocándose en sus ojos. Al mismo tiempo se escuchaba un débil y cuidadoso chasquido, proveniente de las profundidades de la consola. El sonido cesó abruptamente, y Kerry parpadeó, manoseando nerviosamente los diales e interruptores, mientras se mordisqueaba una uña.

—Esquema psicológico probado y registrado... —anunció la radio, con una voz remota.
—¿Eh? ¿Qué es eso? —se preguntó Kerry, girando el sintonizador—. ¿Un radio-aficionado? No, no puede ser. Ellos no emplean esta frecuencia. Mm-m-m. —Se encogió de hombros, y fue a sentarse en una silla cercana a los estantes de los álbumes.

Su mirada pasó rápidamente por los títulos y los nombres de los compositores. ¿Dónde estaba El cisne de Tuonela? Ah, allí estaba, junto a Finlandia. Kerry bajó el álbum de su estante, abriéndolo sobre sus rodillas. Con su mano libre extrajo un cigarrillo del bolsillo, colocándolo entre sus labios, y tanteando sobre la mesa, en busca de la caja de fósforos. El primero que encendió, se apagó al instante. Lo arrojó a la chimenea, y estaba a punto de encender otro, cuando un débil sonido atrajo su atención. La radio estaba caminando a través del salón, acercándose a él. Un tentáculo similar a un látigo surgió de algún lugar, recogió un fósforo y lo raspó contra la tapa de la mesa (igual que lo había hecho Kerry), acercando la llama al cigarrillo del hombre. Los reflejos instintivos respondieron rápidamente. Kerry aspiró profundamente, y explotó en una tos humeante y atormentada, que lo obligó a doblarse en dos, jadeante y momentáneamente ciego. Cuando por fin pudo ver nuevamente, la radio estaba de nuevo en su lugar acostumbrado. Kerry se mordisqueó pensativamente el labio inferior, y luego llamó:

—Martha.
—La sopa está lista —contestó la voz de ella.

Kerry no contestó. Se levantó, dirigiéndose hacia el aparato, observándolo dubitativamente. El cable del enchufe había sido arrancado de su tomacorriente. Kerry lo repuso cautelosamente en su lugar. Luego se agachó para examinar las patas de la consola. Ante sus ojos, parecían construidas de madera, y finamente terminadas. Una mano exploratoria no pudo ampliar esta observación. Madera... dura y quebradiza. Cómo demonios...

—¡La cena está lista! —lo llamó Martha.
Kerry arrojó su cigarrillo a la chimenea, y salió lentamente de la habitación. Su esposa, colocando una salsera en la mesa, lo miró fijamente.
—¿Cuántos Martinis tomaste?
—Solo uno —contestó Kerry, vagamente—, me debo haber adormilado por un minuto. Sí, eso es lo que debe haber pasado.
—Bueno, ya puedes arrojarte sobre la comida —autorizó su esposa—. Después de todo, es la última oportunidad que tienes de comportarte como un cerdo mientras comes mis comidas; al menos por una semana.
Kerry buscó su billetera con un gesto ausente, sacó de ella un sobre y se lo tendió a su esposa:
—Aquí está tu boleto, ángel. No lo pierdas.
—¡Oh! ¡Parece que merezco un compartimiento para mí sola! —Martha colocó nuevamente la tarjeta en su sobre, y gorgoteó alegremente—. Eres realmente un buen muchacho. ¿Seguro que podrás arreglártelas sin mí?
—¿Eh? ¡Ah, sí!... creo que sí —dijo Kerry, agregándole sal a su palta. Se estremeció ligeramente, y pareció salir de un ligero aturdimiento—. Seguro que podré arreglármelas. Tú vete a Denver y ayuda a Carol a tener su bebé. Así todo quedará en familia.
—Bue-eno, es mi única hermana... —Martha sonrió al decir esto—. Tú sabes cómo son ella y Bill. Completamente chiflados. Necesitarán a alguien que los tranquilice justamente ahora.
No recibió contestación alguna. Kerry estaba meditando profundamente sobre un bocado de su palta. Ante su pregunta, musitó algo acerca del Venerable...
—¿Qué pasa con él?
—Hay una conferencia mañana. Por alguna extraña razón, todos los términos lectivos nos empantanamos en el Venerable Beda. En fin...
—¿Y tienes tu conferencia lista?
—Claro —asintió. Kerry. Había enseñado durante ocho años en la misma Universidad, y por cierto que sabía los programas para ese entonces.
Más tarde, luego de haber servido el café y encendido sendos cigarrillos, Martha echó una mirada a su reloj pulsera.
—Ya es casi la hora de tomar el tren. Es mejor que termine de empacar. Los platos...
—Yo los lavaré —afirmó Kerry, acompañando a su esposa al dormitorio, donde solo consiguió entorpecer su labor. Al cabo de un tiempo, volvió a bajar, acarreando las valijas hasta el auto.

Martha se le reunió, y juntos se encaminaron hacia la estación. El tren llegó en el horario previsto, y media hora después de haber salido, Kerry volvió a instalar el coche en el garaje, y se dirigió hacia la casa, bostezando profundamente. Se sentía cansado. Bien, entonces lavaría los platos, luego una cerveza, y se acostaría a leer un libro. Con una intrigada mirada a la radio, entró a la cocina y comenzó con los platos. Y ese fue el momento que eligió el teléfono del hall para comenzar a sonar. Kerry se secó las manos en una toalla, y se dirigió a. atenderlo. El que llamaba era Mike Fitzgerald, profesor de psicología en su misma Universidad.

—Hola Fitz.
—Hola, ¿Martha se fue?
—Sí. Recién llego de acompañarla a la estación.
—¿Te sientes con ánimo como para conversar, entonces? Conseguí un escocés bastante pasable. ¿Por qué no te vienes y charlamos un rato?
—Me gustaría —contestó Kerry, bostezando nuevamente— pero estoy muerto. Mañana es un día pesado. ¿Quedamos comprometidos para mañana?
—Perfecto. Es que recién acababa de terminar de corregir mis papeles, y sentí la necesidad de aguzar mi mente. ¿Qué sucede?
—Nada; espera un momento —Kerry dejó el receptor, y miró por sobre su hombro frunciendo el ceño. Se oían extraños ruidos, procedentes de la cocina. ¡Qué demonios!...
Cruzó rápidamente el hall, y se detuvo en la puerta de la cocina, inmóvil y estupefacto. El aparato de radio estaba lavando los platos. Al cabo de un momento, retornó al teléfono, donde le oyó preguntar a Fitzgerald:
—¿Sucede algo?
—Es mi nuevo combinado —contestó Kerry cautelosamente—. Está lavando los platos.
Fitz permaneció silencioso por unos instantes. Cuando contestó lo hizo con una risita indecisa:
—¿Cómo?
—Te llamaré más tarde —dijo Kerry, colgando el receptor.

Permaneció allí parado, inmóvil por un momento, mordisqueando su labio inferior. Luego se encaminó de vuelta a la cocina, y se detuvo a observar. El aparato estaba parado frente a la pileta, volviéndole la espalda. Varios miembros similares a tentáculos manipuleaban los platos, sumergiéndolos expertamente en agua jabonosa caliente, frotándolos con la pequeña esponja, enjuagándolos concienzudamente y colocándolos luego prolijamente en el escurridor de alambre. Aquellos miembros semejantes a látigos eran su único signo de actividad fuera de lo común. Las piernas eran aparentemente sólidas.

—¡En! —exclamó Kerry.
No obtuvo respuesta alguna. Se deslizó entonces furtivamente dentro de la cocina, hasta que pudo examinar el combinado desde más cerca. Los tentáculos surgían desde un hueco debajo de uno de los diales, mientras que el cable del enchufe se balanceaba libremente. Entonces carecía de energía. Pero que... Kerry dio unos pasos hacia atrás, y extrajo un cigarrillo. Instantáneamente, el tocadiscos giró, tomó un fósforo de la caja colocada sobre la cocina, y se acercó a él. Kerry parpadeó, estudiando sus patas. Aquello no podía ser madera. Se doblaban mientras la... cosa se movía, elásticas y flexibles, como si fueran de goma. El aparato tenía un singular movimiento furtivo, que no se parecía a ninguna otra cosa sobre la Tierra. Encendió el cigarrillo de Kerry, e inmediatamente regresó a la pileta, donde recomenzó el interrumpido lavado. Kerry telefoneó nuevamente a Fitzgerald:

—No estaba bromeando. Tengo alucinaciones, o algo así. Ese maldito combinado acaba de encenderme un cigarrillo.
—Espera un momento —la voz de Fitzgerald sonaba indecisa —. Esto es una broma, ¿verdad?
—¡No! Y no creo que sea una alucinación, tampoco. Está dentro de tu campo. Puedes venir ahora, y ver cómo andan mis reflejos.
—Está bien —dijo Fitz—. Dame diez minutos. Y ten un trago preparado.

Cortó la comunicación, y Kerry, dejando el receptor de vuelta en la horquilla, pudo volverse a tiempo para ver a la radio salir caminando de la cocina, dirigiéndose a la sala de estar. Su perfil cuadrado, similar a una caja, resultaba sutilmente horripilante, como alguna versión bizarra de algún extraño espantapájaros. Kerry se estremeció, pero al fin siguió al combinado, encontrándolo en su lugar original, inmóvil e impasible. Se acercó a él y abrió las puertecillas del frente, observando cuidadosamente el plato, el brazo del pickup, y todos los otros botones y dispositivos. Aparentemente, no había nada fuera de lo normal. Tocó las patas una vez más; no eran de madera, después de todo. Era algún tipo de plástico, y parecía bastante duro. O... quizás fuera madera al fin y al cabo. Era muy difícil estar seguro, especialmente sin dañar la terminación del mueble. Y Kerry sentía repulsión ante la idea de utilizar un cuchillo contra su propio tocadiscos. Probó la radio, sintonizando sin ninguna dificultad varias de las emisoras locales. El tono era bueno... quizás desusadamente bueno, pensó. Y el tocadiscos... Tomó al azar el disco de Hasvorsen, La entrada de los Boyardos, y lo deslizó en su lugar, cerrando la cubierta. No pudo escuchar ningún sonido proveniente del aparato. Una investigación mas cuidadosa demostró, sin embargo, que la púa estaba moviéndose rítmicamente a lo largo del surco, pero sin ningún resultado audible. ¿Y entonces?

Kerry retiró el disco al escuchar la campanilla de la puerta de entrada. Era Fitzgerald, un hombre de apariencia taciturna, extremadamente delgado, con un rostro apergaminado, coronado por un enmarañado matorral de opacos cabellos grises. Al llegar, extendió hacia Kerry una larga y huesuda mano.

—¿Dónde está mi trago?
—Hola Fitz. Ven a la cocina. Lo prepararé. ¿Tomarás un Highball?
—Un Highball estará bien.
—Enseguida lo preparo —dijo Kerry, iniciando el camino hacia la cocina—. Sin embargo, no lo bebas demasiado pronto. Quiero mostrarte mi nuevo combinado.
—¿El que lava platos? —preguntó Fitzgerald—. ¿Qué otra cosa sabe hacer?
Kerry entregó al otro su copa:
—No toca discos.
—Bueno, ese es un problema menor, si va a hacer las tareas de la casa. Vamos a echarle una mirada —agregó, dirigiéndose hacia el salón. Allí seleccionó La siesta de un fauno y se acercó al combinado—. No está enchufado.
—Eso no hace ninguna diferencia —contestó Kerry violentamente.
—¿Tiene baterías? —preguntó Fitzgerald, mientras deslizaba el disco en su posición, y operaba los interruptores—. Veinticinco centímetros... ya está. Ahora veremos. —Se volvió triunfante hacia Kerry: —¿Y bien? Está sonando ahora.
Y lo estaba.
—Inténtalo con aquella pieza de Halvorsen. Tómala —al decir esto, alargó el disco hacia Fitzgerald, quien pulsó el interruptor de expulsión, y se quedó contemplando la elevación del brazo del pickup.
Pero esta vez el tocadiscos rehusó funcionar. Evidentemente no le agradaba La entrada de los Boyardos.
—Es curioso —gruñó Fitzgerald—. Probablemente el problema resida en el disco. Probemos otro.
No tuvieron problemas con Daphnis y Cloe, pero el aparato rechazó silenciosamente el Bolero, del mismo compositor. Kerry se sentó e invitó a Fitz con un ademán, a hacerlo en una silla vecina, comentando:
—Eso no prueba nada. Ven aquí y observa. No tomes nada aún. ¿Te sientes perfectamente, este... normal?
—Seguro. ¿Y bien?

Kerry sacó un cigarrillo. El combinado caminó a través del cuarto, recogiendo una caja de fósforos a su paso, y sostuvo gentilmente la llama. Una vez encendido el cigarrillo, regresó a su lugar junto a la puerta. Fitzgerald no efectuó comentario alguno. Al cabo de unos instantes, extrajo a su vez un cigarrillo de su bolsillo, y esperó. Nada sucedió esta vez.

—¿Entonces...? —preguntó Kerry.
—Un robot. Esa es la única respuesta posible. Por los huesos de Petrarca ¿dónde lo conseguiste?
—No pareces muy sorprendido.
—Sin embargo, lo estoy. Pero ya he visto robots anteriormente: La Westinghouse los probó, y tú lo sabes. Solo que este... —Fitzgerald comenzó a golpear suavemente sus dientes con la uña de su dedo índice—. ¿Quién lo hizo?
—¿Cómo demonios quieres que lo sepa? —preguntó Kerry, airado—. La gente de la fábrica de tocadiscos, supongo.
—Espera un minuto —interrumpió Fitzgerald, con los párpados entornados—. No entiendo muy bien...
—Es que no hay nada que entender. Compré este combinado hace pocos días. Entregué el viejo como parte de pago. Me lo enviaron esta misma tarde, y... —Kerry explicó todo lo que había sucedido.
—¿Quiere decir que no sabías que era un robot?
—Exactamente. Lo compré como una radio. ¡Y ahora esa... esa maldita cosa parece estar viva!
—No —Fitzgerald se levantó, sacudiendo la cabeza, e inspeccionó cuidadosamente la consola—. Es un nuevo tipo de robot. Al menos... ¿qué otra cosa queda por pensar? Sugiero que te pongas al habla con la gente de la Medioeste mañana mismo, y los consultes.
—Abramos el gabinete, y echemos una mirada al interior —sugirió Kerry.

Fitzgerald aceptó gustosamente, pero el experimento demostró ser imposible de llevar a cabo. Los paneles exteriores, presumiblemente de madera, no estaban, como era de prever, atornillados en su lugar, y no había aparentemente ninguna manera de abrir la caja del aparato. Kerry buscó un destornillador, y comenzó a utilizarlo, delicadamente al principio, y luego con reprimida furia. Aun así, sus esfuerzos fueron inútiles, no solo para abrir alguno de los paneles, sino que tampoco fueron capaces de rayar la oscura y pulida terminación del gabinete.

—¡Maldita sea! —dijo finalmente—. Bueno, tus suposiciones son tan buenas como las mías. Es un robot. Sólo que no estaba enterado de que pudieran construirlos tan avanzados. ¿Y por qué con forma de combinado?
—No me preguntes a mí —dijo Fitzgerald, encogiéndose de hombros—. Consúltalo mañana. Este es el primer paso.

Naturalmente, estoy un poco desconcertado. Si han conseguido inventar una nueva clase de robot especializado, ¿por qué ponerlo en un gabinete de tocadiscos? ¿Y qué es lo que hace que esas patas se muevan? No hay ningún tipo de ruedas en ellas.

—Yo también me estuve preguntando lo mismo.
—Cuando se mueve, las patas parecen... de goma; solo que no lo son. Son duras como... madera. O plástico.
—Estoy asustado de la cosa ésa —comentó Kerry.
—¿Quieres quedarte en casa esta noche?
—N-no, creo que no será necesario. El... robot no puede hacerme daño.
—No creo que lo desee. Hasta ahora te ha estado ayudando, ¿no es así?
—Sí —contestó Kerry, y salió para preparar otros tragos.

El resto de la conversación transcurrió en forma intrascendente. Varias horas más tarde, Fitzgerald partió para su casa, algo preocupado. En realidad, no había estado tan indiferente, sino que solo lo había aparentado, en consideración a los nervios de Kerry. El impacto de algo tan absolutamente inesperado dentro de la vida normal, era sutilmente aterrador. Y a pesar de todo, como él mismo había dicho, el robot no parecía amenazante. Kerry subió a su cuarto, llevando consigo una novela policial que aún no había comenzado a leer. El tocadiscos lo siguió al dormitorio, y delicadamente le quitó el libro de las manos. Kerry se aferró instintivamente a él.

—¡Eh! —exclamó—. Qué demonios...
El combinado salió nuevamente del dormitorio en dirección a la sala de estar, y Kerry lo siguió, justo a tiempo para verlo reponer el libro en su estante correspondiente. Al cabo de un momento, se retiró silenciosamente, cerrando su puerta con llave y durmió desasosegadamente hasta la mañana siguiente. Aún con sus pijamas y en pantuflas, bajó tambaleante para observar nuevamente el tocadiscos. Estaba de nuevo en su lugar original, y parecía como si jamás se hubiera movido: bastante pálido, comenzó a preparar su desayuno. Sin embargo, cuando fue a tomarlo, sólo le fue permitido una única taza de café. El tocadiscos apareció, retirándole reprobadoramente la segunda taza de la mano, y la vació en la pileta. Aquello fue más que suficiente para Kerry Westerfield. Buscó apresuradamente su sombrero y su sobretodo, y abandonó la casa casi corriendo. Había tenido el horrible presentimiento que el combinado podría seguirlo, pero éste se abstuvo de hacerlo, afortunadamente para su salud mental. Estaba comenzando a preocuparse seriamente por ella.

Durante la mañana encontró algo de tiempo para telefonear a la Electrónica del Medioeste, pero el vendedor no sabía nada al respecto. El equipo era un combinado de modelo estándar, el más moderno de ellos. Si no funcionaba satisfactoriamente, por supuesto estaría muy contento de...

—¡Oh, no! Está perfectamente —contestó Kerry—. ¿Pero quién lo construyó? Eso es lo que me interesaría saber.
—Un momento, por favor —y luego de una demora, la voz informó—. Proviene del Departamento del señor Lloyd. Uno de nuestros capataces.
—Comuníqueme con él, por favor.
Pero Lloyd no fue de mucha ayuda. Luego de mucho pensarlo, recordó que el combinado había sido colocado en el depósito sin número de serie y que hubo que agregárselo posteriormente.
—¿Pero ¿quién lo fabricó?
—En este momento no pudo decírselo con seguridad. Pero creo que puedo averiguárselo. ¿Qué le parece si lo llamo más tarde?
—No se olvide —pidió Kerry, y retornó a sus clases. La conferencia sobre el Venerable Beda no resultó demasiado exitosa ese año.
Durante el descanso del mediodía pudo ver a Fitzgerald, quien pareció aliviado cuando Kerry se acercó a su mesa.
—¿Encontraste algo más acerca de tu robot-mascota? —preguntó el profesor de psicología.
No había nadie dentro del radio de alcance de sus voces. Con un suspiro de cansancio, Kerry se dejó caer en una silla, y encendió un cigarrillo.
—Absolutamente nada. ¡Oh, es un placer poder hacer esto por mí mismo! —exclamó, expulsando el aire de sus pulmones—. Telefoneé a la Compañía.
—¿Y?
—No saben nada. Excepto que el combinado no tenía número de serie.
—Eso puede ser significativo —comentó Fitzgerald.
Kerry comentó con su amigo acerca de los incidentes con el libro y el café, y Fitzgerald desvió la mirada hacia su vaso de leche.
—Yo te he efectuado varios psicotests, y te dije que demasiada excitación era perjudicial para ti.
—¡Pero una novela de detectives! —Bueno, admito que es demasiado exagerado; pero puedo entender las razones por las que el robot actuó de esa manera. Aunque confieso que no sé cómo se las arregló para hacerlo. —Aquí dudó un instante—. Sin inteligencia quiero decir.
—¿Inteligencia? —Kerry pasó la lengua por sus labios—. Y o no estoy muy seguro que sea simplemente una máquina. Y yo no estoy loco.
—No, no lo estás. Pero tú dijiste que el robot estaba en la habitación del frente. ¿Cómo pudo saber qué era lo que estabas leyendo? —A menos que cuente con algún tipo de visión de rayos-X, escudriñadores superveloces y poderes asimilativos, no puedo siquiera imaginármelo. Quizás no quisiera que leyera nada.
—Eso tiene sentido —gruñó Fitzgerald—. ¿Sabes algo acerca de máquinas teóricas de ese tipo?
—¿Robots?
—Puramente teóricos. Tu cerebro es un coloide, tú lo sabes. Compacto, complicado... pero lento. Supón que llegas a desarrollar un dispositivo con varios trillones de unidades radioatómicas, alojadas en un material aislante. El resultado es un cerebro, Kerry. Un cerebro con una tremenda cantidad de unidades, interactuando a velocidades lumínicas. Una lámpara de radio ajusta el flujo de corriente cuando el dispositivo está operando a cuarenta millones de señales diferenciadas por segundo. Y, teóricamente al menos, un cerebro radioatómico del tipo que te he mencionado, puede incluir capacidades de percepción, reconocimiento, evaluación, reacción y ajuste, a razón de cien mil por segundo.
—Pero eso es pura teoría.
—Sí, yo también lo creía. Sin embargo, me gustaría saber de dónde proviene tu combinado.
Uno de los mozos comenzó a llamar en voz alta:
—¡Teléfono para el Sr. Westerfield!

Kerry se excusó y salió. Cuando regresó, podía apreciarse en su rostro una mirada preocupada, que unía las pobladas cejas. Fitzgerald se quedó mirándolo interrogativamente.

—Era un tipo llamado Lloyd, de la planta de la Medioeste. Había estado hablando con él acerca del tocadiscos.
—¿Tuviste suerte?
—No... Bueno, no mucha —contestó Kerry, sacudiendo la cabeza—. No pude averiguar quién pudo haber construido la cosa.
—Pero ¿fue construida en la planta?
—Sí. Hace más o menos dos semanas atrás... pero no existen registros sobre quién la hizo. Lloyd parece pensar que es muy, muy extraño. Si el combinado fue construido en la planta, ellos tendrían que saber quién lo hizo.
—¿Y entonces?
—Entonces, nada. Y cuando le pregunté como se abre el gabinete, me dijo que era muy sencillo: simplemente desatornillando el panel posterior.
—Es que no hay ningún tornillo allí —dijo Fitzgerald.
—Ya lo sé.
Se miraron mutuamente, hasta que Fitzgerald rompió el silencio:
—Daría cincuenta dólares por saber si ese robot fue construido realmente hace sólo dos semanas atrás.
—¿Por qué?
—Porque un cerebro radioatómico necesita cierto entrenamiento. Incluso para ciertas cosas simples cómo encender un cigarrillo.
—Es que me vio encender uno.
—Y siguió el ejemplo. Y en cuanto al lavado de platos... hm-mm. Inducción, supongo. Si ese dispositivo ha sido entrenado previamente, es un robot. De lo contrario... —Fitzgerald hizo una pausa.
Kerry parpadeó, y luego lo instó:
—¿De lo contrario qué?
—Entonces no sé qué demonios puede ser. En ese caso tendría la misma relación con un robot, que nosotros con el Eohippus... Sólo sé una cosa, Kerry: es muy probable que ningún científico de nuestros días posea los conocimientos necesarios como para diseñar una... una cosa como ésa.
—Estás argumentando en círculos —dijo Kerry—. Alguien tiene que haberlo hecho.
—Es verdad. Pero ¿Cómo... cuándo... y quién? Eso es lo que me tiene preocupado.
—Bueno, tengo una clase en cinco minutos. ¿Por qué no vienes a casa esta noche?
—No puedo. Tengo una conferencia en el Salón. Pero te llamaré cuando termine.

Kerry se despidió con un gesto, tratando de desechar los pensamientos sobre el tema, y consiguiéndolo regularmente bien. Sin embargo, aquella noche, mientras cenaba solo en un restaurant, comenzó a sentir una general falta de deseos de regresar a su casa. Sabía que había un espantapájaros esperándolo.

—Cognac —ordenó el camarero—. Que sea doble.
Dos horas más tarde, un taxi dejaba a Kerry en la puerta de su casa. Se encontraba notablemente borracho; los objetos se movían en forma imprecisa delante de sus ojos. Caminó inestablemente hacia la puerta, subiendo los escalones con exagerado cuidado, y entró en la casa. Encendió la luz. El combinado se acercó inmediatamente a él y unos delgados tentáculos, resistentes como el acero se arrollaron alrededor de su cuerpo, manteniéndolo inmóvil. Un aguda punzada de violento terror azotó a Kerry; luchó desesperadamente por liberarse, mientras trataba infructuosamente de gritar, pues su garganta estaba completamente seca. Del panel frontal de la radio surgió un relámpago de luz amarilla, que encegueció momentáneamente al hombre. Luego se deslizó en dirección a su pecho, deteniéndose allí por un instante. Repentinamente, un sabor insólito inundó la boca de Kerry. Al cabo de un minuto aproximadamente, el rayo se apagó, los tentáculos desaparecieron de la vista, y el combinado regresó a su rincón acostumbrado. Kerry se tambaleó débilmente hasta una silla, y se dejó caer en ella, tragando saliva espasmódicamente. Estaba completamente sobrio. Lo que era absolutamente imposible. Catorce cognacs debían haber infiltrado una considerable cantidad de alcohol dentro de su sistema circulatorio.

Y uno no puede agitar una varita mágica y alcanzar instantáneamente un estado de completa sobriedad. Sin embargo, eso era exactamente lo que había pasado. El... robot tratando de ser útil. Sólo que Kerry hubiera preferido permanecer borracho. Se levantó cautelosamente y se deslizó más allá del tocadiscos en dirección a la biblioteca. Con un ojo fijo en el combinado, tomó nuevamente la novela policial que había tratado de leer la noche precedente. Como había esperado, los tentáculos del aparato la retiraron de su mano, para reponerlo en su estante correspondiente. Kerry, recordando las palabras de Fitzgerald, echó una mirada a su reloj. Tiempo de reacción, cuatro segundos. Retiró de un estante contiguo un tomo de Chaucer, y la radio permaneció inmóvil. Sin embargo, cuando Kerry buscó un volumen de historia, este le fue quitado suavemente de sus manos. Tiempo de reacción, seis segundos. Kerry localizó un libro de historia dos veces más grueso que el anterior.

Tiempo de reacción, diez segundos. Oh, oh. Así que el robot realmente leía los libros. Aquello significaba algún tipo especial de rayos X y reacciones superveloces. ¡Por las barbas de Josafat! Kerry comenzó a intentar con nuevos títulos, preguntándose cuál era el criterio de juicio del combinado. Alicia en el País de las Maravillas fue arrebatado de sus manos; los poemas de Millay fueron aprobados. Kerry confeccionó una lista, a dos columnas, para futuras referencias. De acuerdo con todo lo que había sucedido, el robot no era un simple sirviente. Era un censor. Pero, ¿cuál era su patrón de comparación? Al cabo de un momento, recordó su conferencia del día siguiente, y comenzó a repasar sus apuntes; varios párrafos entre ellos necesitaban ser verificados. Con cierta indecisión localizó el libro que necesitaba como referencia... y el robot lo arrebató de su mano.

—Espera un momento —dijo Kerry—, ¡necesito ese libro!
Trató de arrancar el volumen del apretón de los tentáculos, pero infructuosamente; el aparato no le prestó atención, y remplazó calmosamente el libro en su correspondiente estante. Kerry permaneció donde estaba, mordisqueando su labio inferior. Esto era ya demasiado. El maldito robot era un monitor. Se deslizó furtivamente hacia el libro, lo atrapó rápidamente, y salió de la habitación antes que el robot pudiera moverse. La cosa lo estaba persiguiendo. Podía oír el suave roce de sus... sus pies. Kerry se escabulló dentro del dormitorio, y cerró la puerta con llave. Allí esperó, con su corazón palpitando aceleradamente, contemplando como el tocadiscos probaba suavemente el picaporte. Un tentáculo delgado como un cabello se deslizó a través de la juntura de la puerta, y comenzó a tantear torpemente la llave. Kerry saltó repentinamente hacia adelante, y corrió el cerrojo auxiliar. Sin embargo, eso tampoco ayudó. Las herramientas de precisión del robot —las antenas especializadas— lo descorrieron nuevamente; y entonces el combinado abrió la puerta, entrando al dormitorio, para dirigirse directamente hacia Kerry. Este se sintió dominado por el pánico. Con un respingo arrojó el libro en dirección a la cosa, y ésta lo atrapó hábilmente en el aire.

Aparentemente, eso había sido todo lo que deseaba, pues inmediatamente giró sobre sí misma y salió de la habitación, hamacándose torpemente sobre sus patas flexibles, llevándose el volumen requisado. Kerry maldijo suavemente. En ese momento, llamó el teléfono. Era Fitzgerald.

—Y bien... ¿Cómo van las cosas?
—¿Tienes un ejemplar de la Literatura social de las edades, de Cassens?
—No, no creo que lo tenga, ¿por qué?
—No importa: ya lo conseguiré mañana en la biblioteca de la Universidad —Kerry explicó lo que había sucedido, y Fitzgerald silbó suavemente.
—Con que interfiriendo, ¿eh? Hm-m-m... Me pregunto...
—Estoy asustado de esa cosa.
—No creo que intente hacerte ningún daño. ¿Dices que te puso sobrio?
—Sí. Con un rayo amarillo. Eso no es muy lógico.
—Podría serlo. El equivalente vibratorio del cloruro de tiamina.
—¿Luminoso?
—Existe una vitamina contenida en la luz del sol, tú sabes. Pero ese no es el punto más importante. Está censurando tus lecturas... y aparentemente puede leer los libros, con unas reacciones superrápidas. Ese dispositivo, sea lo que fuere, no es un robot.
—Y tú me lo dices a mí —observó Kerry—. ¡Es un Hitler!
Fitzgerald no rió ante la broma. En lugar de ello, sugirió sobriamente:
—¿Y si pasaras la noche en mi casa?
—No —contestó Kerry, con voz obcecada—. Ningún tocadiscos de tal-por-cual va a conseguir echarme de mi propia casa. Antes que eso, lo destrozo con un hacha.
—Bueno, supongo que sabes lo que estás haciendo. Llámame si... si sucede algo.
—Lo haré —afirmó Kerry, colgando el receptor. Se dirigió a la sala de estar, y contempló fríamente al combinado. ¿Qué demonios era aquello... y qué estaba tratando de hacer? Por supuesto que no era un simple robot. Asimismo, era igualmente cierto que no estaba vivo, al menos en el sentido en que está vivo un cerebro coloidal.

Con sus labios apretados, fue hacia el aparato, y comenzó a manipular sus diales e interruptores. Desde la consola llegó a sus oídos el ritmo palpitante y errático de una oscilación de banda, como respuesta a sus operaciones. Intentó la frecuencia correspondiente a la onda corta... nada inusual en ella. ¿Y entonces? Entonces nada. No había respuesta para todo aquello. Luego de unos momentos más de meditación, se fue a dormir. Durante el almuerzo del día siguiente, llevó el tomo de La literatura social de Cassens, para mostrárselo a Fitzgerald.

—¿Qué pasa con él? —preguntó su amigo.
—Mira aquí —dijo Kerry, pasando las páginas rápidamente, para indicarle un párrafo—. ¿Esto significa algo para ti?
—Sí —contestó Fitzgerald, luego de leerlo—. Sí. El punto central parece residir en que el individualismo es necesario para la producción literaria. ¿Estás de acuerdo?
—No lo sé —contestó Kerry, mirándolo.
—¿Cómo?
—Mi mente divaga.
Fitzgerald despeinó aún más su cabello gris, entrecerrando sus ojos, y observando intensamente al otro hombre:
—Empecemos otra vez. En realidad yo no quise...
Kerry lo interrumpió con mal reprimida impaciencia.
—Esta mañana fui a la biblioteca y consulté esta referencia. La leí cuidadosamente, pero no significa nada para mí. Solo un montón, de palabras. Tú sabes lo que sucede cuando estás fatigado por haber estado leyendo mucho. Llegas a una oración con demasiadas cláusulas subordinadas, y no llegas a captar su significado. Bueno, fue algo parecido a eso.
—Léela ahora —ordenó calmosamente Fitzgerald, empujando el libro a través de la mesa.
Kerry obedeció, levantando luego la vista con una sonrisa irónica:
—Nada.
—Léela en voz alta. Yo la seguiré contigo, paso por paso.
El intento fue en vano. Kerry parecía absolutamente incapaz de asimilar el sentido del párrafo.
—Puede ser un bloqueo semántico —manifestó Fitzgerald, rascándose una oreja—. ¿Es la primera vez que te sucede?
—Sí... estee... no. Bueno, no lo sé...
—¿Tienes alguna clase esta tarde? Bueno, entonces corramos a tu casa.
—Está bien —dijo Kerry, apartando su plato—. Después de todo, no tengo hambre. Cuando quieras...

Media hora más tarde, estaban observando el combinado. Parecía bastante inofensivo. Fitzgerald perdió algún tiempo tratando de quitar alguno de los paneles, pero al fin lo descartó como un esfuerzo inútil. En lugar de ello, buscó lápiz y papel, se sentó frente a frente con Kerry, y comenzó a hacerle preguntas. En una de ellas se detuvo y comentó:

—No me habías mencionado eso anteriormente.
—Supongo que me habré olvidado.
Fitzgerald se golpeó suavemente los dientes con el cabo de su lápiz:
—Hm-m-m. La primera vez que el combinado actuó...
—Me enfocó en los ojos con un rayo azul.
—No, eso no. Quiero saber lo que dijo.
—¿Qué dijo? —Kerry parpadeó, dudando—. «Esquema psicológico probado y registrado», o algo parecido. Yo pensé que había sintonizado alguna estación de radio, y que la frase formaba parte de algún programa de preguntas y respuestas, o algo así. ¿Quieres decir...?
—¿Las palabras eran fáciles de entender? ¿En un inglés correcto?
—Ahora que lo recuerdo, no —dijo Kerry, ceñudo—. Estaban bastante mal pronunciadas. Como si las vocales estuvieran acentuadas en exceso.
—Aja. Bueno, continuemos. —Y comenzaron un test de asociación de palabras.
Finalmente, Fitzgerald se echó hacia atrás, frunciendo el ceño:
—Quiero cotejar todo este material con los últimos tests que te tomé hace algunos meses. Me parece curioso... muy curioso. Me sentiría mucho mejor si supiera exactamente de qué tipo de memoria se trata. Hemos hecho un considerable trabajo acerca de la mnemotecnia... la memoria artificial. Sin embargo, podría no ser nada de eso en absoluto.
—¿Eh?
—Esa... máquina. O bien la han provisto de una memoria artificial, o la han entrenado minuciosamente, o ha sido ajustada para un medio ambiente y una cultura diferentes. Te ha afectado...
bastante.
—¿De qué manera? —preguntó Kerry, pasándose la lengua por los labios resecos.
—Implantando bloqueos en tu mente. No los he correlacionado todavía. Cuando lo haga, quizás podamos imaginarnos algún tipo de respuesta para todo esto. No, esa cosa no es un robot. Es mucho más que eso.

Kerry tomó un cigarrillo, y el combinado se dirigió rápidamente a encendérselo. Los dos hombres lo contemplaron con un débil estremecimiento de horror.

—Es mejor que te quedes en mi casa esta noche —sugirió Fitzgerald.
—No, gracias —contestó Kerry, estremeciéndose.
Al día siguiente, Fitzgerald buscó a Kerry durante el almuerzo, pero el joven no apareció. Al no encontrarlo, telefoneó a su casa, y Martha atendió el teléfono.
—¡Hola! ¿Cuándo regresaste?
—Hola, Fitz. Hace sólo una hora. Mi hermana se me adelantó y tuvo su bebé sin mí... así que decidí volverme. —Ella se detuvo, y Fitzgerald se sintió súbitamente alarmado por su tono.
—¿Dónde está Kerry?
—Está aquí. ¿Puedes venir enseguida, Fitz? Estoy muy preocupada.
—¿Qué le sucede?
—No... no lo sé. Ven inmediatamente, por favor.
—Está bien —contestó Fitzgerald, y colgó el receptor, mordiéndose nerviosamente los labios.

Cuando llamó a la puerta de los Westerfield, pocos minutos más tarde, descubrió que sus nervios estaban peligrosamente fuera de control. Sin embargo, la aparición de Martha consiguió tranquilizarlo. La siguió rápidamente hasta el living, donde la mirada de Fitzgerald se dirigió automáticamente hacia el tocadiscos, que permanecía exactamente igual, y luego a Kerry, sentado inmóvil junto a una de las ventanas. El rostro de este último mostraba una expresión vacía, desconcertada. Sus pupilas estaban ampliamente dilatadas, y apenas dio señales de reconocerlo, aunque muy lentamente.

—Hola, Fitz —saludó.
—¿Cómo te sientes?
—Fitz, ¿qué sucede? —interrumpió Martha—. ¿Está enfermo? ¿Llamo al médico?
Fitzgerald se sentó, mientras preguntaba:
—¿Has notado algo extraño acerca de esa radio?
—No, ¿por qué?
—Entonces, escucha. —Le relató toda la historia, viendo como la incredulidad luchaba contra una recelosa aceptación de los hechos, reflejada nítidamente en el rostro de Martha. A pesar de todo, intentó objetar.
—Pero no puedo creer...
—Si Kerry saca un cigarrillo, esa cosa tratará de encendérselo.
¿Quieres ver cómo lo hace?
—N-no. Es decir, sí; creo que sí —dudó Martha, con los ojos muy abiertos.
Fitzgerald ofreció un cigarrillo, y sucedió lo esperado. Martha permaneció silenciosa. Cuando el combinado hubo regresado a su sitio acostumbrado, se estremeció, dirigiéndose hacia Kerry. El la contempló vagamente.
—Necesita un médico, Fitz.
—Sí —comentó Fitz, sin mencionar que un doctor resultaría totalmente inútil.
—¿Qué es esa... cosa?
—Es algo más que un robot. Y ha estado tratando de «reajustar» a Kerry. Ya te he dicho lo que ha pasado. Cuando controlé los esquemas psicológicos de Kerry, encontré que habían sido alterados. Ha perdido la mayor parte de su iniciativa.
—Nadie en la Tierra podría haber hecho esa...
—Ya he pensado en eso —la interrumpió Fitzgerald, con el ceño fruncido—. Parece ser producto de una cultura bien desarrollada, bastante diferente de la nuestra. Quizás marciana.

Es algo tan especializado, que sólo encajaría naturalmente dentro de una cultura sumamente sofisticada. Pero no puedo entender por qué tiene la apariencia exacta de uno de los tocadiscos que produce la Electrónica del Medioeste. Martha posó su mano sobre la de Kerry.

—¿Quizás se trate de un camouflage?
—Pero..., ¿por qué? Tú fuiste una de mis mejores alumnas de Psicología, Martha. Contémplalo desde el punto de vista lógico. Imagina una civilización donde un dispositivo como éste tenga un lugar apropiado. Y entonces usa el método de razonamiento inductivo.
—Estoy tratando de hacerlo, pero no puedo pensar muy lógicamente. Fitz, estoy muy preocupada por Kerry.
—Yo estoy perfectamente bien —intervino Kerry.
Fitzgerald unió las yemas de sus dedos:
—No se trata tanto de un combinado como de un monitor. En la otra civilización de la cual proviene, quizás cada ser humano tiene uno, o tal vez sólo algunos pocos... los que los necesitan. Y el aparato los mantiene adaptados al medio ambiente.
—¿Destruyendo sus iniciativas?
—¡No lo sé! —contestó Fitzgerald, con un gesto de impotencia—. Funcionó así en el caso de Kerry. En otros casos... ¡no puedo saberlo!
Martha se levantó decididamente.
—No creo que sea necesario hablar más. Kerry necesita un doctor. Después de eso, podremos conversar con respecto a eso —dijo, señalando el combinado.
—Sería una lástima destruirlo —dijo Fitzgerald—, pero... —su mirada era significativa.

En ese momento, el tocadiscos se movió. Se desprendió de su rincón acostumbrado, con un paso furtivo y bamboleante, y se dirigió en dirección a Fitzgerald. Cuando éste intentó saltar fuera de su trayectoria, los tentáculos, similares a látigos, se dispararon para inmovilizarlo. Un pálido rayo iluminó por un instante los ojos del psicólogo. El resplandor se apagó casi al instante; los tentáculos aflojaron su tensión, y el aparato se retiró a su lugar de origen. Fitzgerald permaneció donde estaba, inmóvil. Martha había saltado sobre sus pies, llevando una mano a su boca.

—¡Fitz! —llamó, con voz estremecida.
—¿Sí? —contestó él, dudando—. ¿Qué sucede?
—¿Estás herido? ¿Qué te hizo?
—¿Eh? —preguntó él, frunciendo ligeramente el entrecejo—. ¿Herido? ¿Por qué habría de estarlo?
—El tocadiscos. ¿Qué te hizo?
La mirada de él se dirigió hacia la consola.
—¿Qué pasa con ella? Me temo que no entiendo mucho de electrónica, Martha.
—Fitz —ella se adelantó, aferrándose a su brazo—.Escúchame. —Las palabras se atropellaban para salir de su boca.

El combinado. Kerry. La discusión que habían tenido. Fitzgerald la miró sin expresión, como si no entendiera sus palabras.

—Creo que estoy un poco estúpido hoy, pero no puedo entender de qué estás hablando.
—El tocadiscos... ¡Tú sabes! Tú mismo dijiste que había alterado a Kerry... —Al llegar aquí, Martha hizo una pausa, observando atentamente al hombre.

Fitzgerald se sentía realmente intrigado. Martha estaba actuando de una forma extraña. Peculiar. El la había considerado siempre como una muchacha bastante inteligente, pero ahora se estaba comportando como si no lo fuera. Al menos, él no podía ni imaginar qué quería decirle. Simplemente, sus palabras no tenían sentido. ¿Y qué estaba diciendo con respecto al combinado? ¿Acaso no funcionaba bien? Kerry había dicho que se trataba de una buena adquisición, con un sonido magnífico, y los últimos adelantos de la electrónica. Por un fugaz instante, se preguntó si Martha habría enloquecido repentinamente. De cualquier forma, ya se había hecho tarde para su próxima clase. Cuando lo mencionó, Martha no trató de detenerlo, y él partió rumbo a la Universidad. El rostro de Martha estaba pálido como la tiza. Kerry extrajo un cigarrillo. El combinado se apresuró a alcanzarle un fósforo encendido.

—¡Kerry!
—¿Sí, Martha? —preguntó él, con voz átona.

Ella contempló fijamente al... combinado. ¿Marte? ¿Quizás otro mundo... otra civilización? ¿Qué era aquello? ¿Qué quería? ¿Qué estaba tratando de hacer? Martha salió de la casa, dirigiéndose rápidamente hacia el garaje. Cuando regresó, llevaba una pequeña hachuela firmemente apretada en su mano. Kerry observaba sus movimientos. Vio a Martha dirigirse directamente hacia el tocadiscos y levantar el hacha... y entonces un cegador relámpago surgió de la consola, y Martha se desvaneció en el aire. Unas pocas motas de polvo flotaron suavemente en la luz del crepúsculo.

—Destrucción de un ataque amenazante, proveniente de una forma de vida —comunicó el combinado, exagerando la pronunciación de las palabras.
El cerebro de Kerry se trastornó. Repentinamente se sintió enfermo... aturdido y absolutamente vacío.
—¡Martha...!

Su mente se rebeló. El instinto y las emociones lucharon contra algo que trataba de someterlos. Repentinamente, todas las represas cedieron, los bloqueos desaparecieron, y las barreras fueron bajadas. Kerry gritó ronca, inarticuladamente, y saltó sobre sus pies.

—¡Martha! —aulló nuevamente.
Ella había desaparecido. Kerry miró desesperadamente a su alrededor. ¿Dónde...?
¿Qué era lo que había pasado? No podía recordar...

Se dejó caer nuevamente sobre la silla, frotándose la frente. Su mano libre extrajo un cigarrillo, en una reacción instintiva que le procurara un instante de reposo. Instantáneamente, el tocadiscos avanzó hacia él, sosteniendo un fósforo encendido. Kerry emitió un sonido enfermizo, jadeante, y saltó de la silla. Ahora recordaba. Recogió el hacha del suelo, y se arrojó hacia la consola, los dientes desnudos en un rictus de desesperación. Una vez más brilló aquel relámpago cegador. Y Kerry se desvaneció. La hachuela golpeó con ruido sordo sobre la alfombra. El combinado se dirigió de vuelta a su lugar, y se detuvo allí una vez más, inmóvil. Un débil chasquido surgió de su cerebro radioatómico.

—Sujeto básicamente inapropiado —comunicó, luego de un momento—. La eliminación se consideró imprescindible. ¡Click! Preparación para nuevo sujeto completada! Click.
—Bueno, la tomaremos —dijo el muchacho.
—Puede estar seguro de no cometer un error —sonrió el agente inmobiliario—. Es una casa tranquila, aislada, y el precio es muy razonable.
—Bueno, no tan razonable —agregó la chica—. Pero es justo lo que estábamos buscando.
El agente se encogió de hombros:
—Por supuesto, una casa sin amueblar les saldría más barata, pero...
—No hemos estado casados el tiempo suficiente como para tener muebles —sonrió el muchacho, pasando un brazo sobre los hombros de ella—, ¿Te gusta, querida?
—Hm-m-m. ¿Quién vivió aquí anteriormente?
El vendedor se rascó una mejilla.
—A ver... déjenme ver. Fue un matrimonio llamado Westerfield, creo. Me la habían dado para alquilar hacía sólo una semana. Es un lugar agradable. Si no tuviera mi propia casa, me precipitaría yo mismo sobre ella.
—Hermoso tocadiscos —comentó el muchacho—. Ultimo modelo, ¿no es verdad? —agregó, adelantándose para examinar la consola.
—Ven acá —exigió la muchacha—. Vamos a ver nuevamente la cocina.
—Bueno, amor.

Salieron todos juntos de la habitación. Desde la sala llegó el sonido de la suave voz del agente, debilitándose a medida que se alejaban. La cálida luz del verano se filtraba a través de los grandes ventanales. Por unos momentos, todo fue silencio en la habitación, y entonces... ¡Click!

El último deseo. Theóphile Gautier (1811-1872)

Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años son muchos instantes.
Eres de color rosa, yo soy pálido,
yo soy invierno y tú la primavera.

Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron,
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.

Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte,
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.

Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso,
para que así una vez esté en mi tumba,
en paz el corazón pueda dormir.

Las tumbas de Saint-Denis. Alejandro Dumas (1802-1870)

En 1793, había sido nombrado director del Museo de Monumentos franceses y, como tal, estuve presente en la exhumación de los cadáveres de la abadía de Saint-Denis cuyo nombre había sido cambiado por los patriotas ilustrados por el de Franciade. Cuarenta años después, puedo contarles las cosas extrañas que acompañaron a aquella profanación.

El odio que habían logrado inspirarle al pueblo en contra del rey Luis XVI, y que la guillotina del día 21 de enero no había podido saciar, había retrocedido hasta los reyes de su dinastía: quisieron perseguir a la monarquía hasta en su origen, a los monarcas hasta en su tumba, lanzar al viento las cenizas de sesenta reyes. Además es posible también que tuvieran curiosidad por comprobar si los grandes tesoros que decían estaban encerrados en algunas de aquellas tumbas se habían conservado tan intactos como pretendían. El pueblo se abalanzó pues sobre Saint-Denis. Del 6 al 8 de agosto destruyó cincuenta y una tumbas, la historia de doce siglos. Entonces, el gobierno resolvió regularizar aquel desorden, excavar por su cuenta las tumbas y heredar de la monarquía a la que acababa de golpear en la persona de Luis XVI, su último representante. Pues se trataba de aniquilar hasta el nombre, hasta el recuerdo, hasta los huesos de los reyes; se trataba de borrar de la historia catorce siglos de monarquía. Pobres locos los que no compenden que los hombres pueden a veces cambiar el futuro... pero jamás el pasado.

Habían preparado en el cementerio una gran fosa común según el modelo de las de los pobres. En aquella fosa, y sobre un lecho de cal, debían ser arrojados, como a un basurero, los huesos de los que habían hecho de Francia la primera de las naciones, desde Dagoberto hasta Luis XV. Así se daría satisfación al pueblo, pero sobre todo se daría placer a los legisladores, a los abogados, a los periodistas envidiosos, aves de rapiña de las revoluciones, cuyo ojo queda herido por cualquier esplendor, como el ojo de sus hermanas, las aves nocturnas, es herido por cualquier tipo de luz. El orgullo de los que no pueden edificar es destruir.

Fui nombrado inspector de las excavaciones; era para mí una posibilidad de salvar gran cantidad de cosas valiosas, y acepté. El sábado 21 de octubre, mientras se instruía el proceso de la reina, mandé abrir la cripta de los Borbones, al lado de las capillas subterráneas y empecé por sacar el ataúd de Enrique IV, asesinado el 14 de mayo de 1610, a la edad de cincuenta y siete años. Su estatua del Pont-Neuf, obra maestra de Jean de Bologne y de su discíplo, había sido fundida para hacer monedas de perra gorda. El cuerpo de Enrique IV estaba maravillosamente conservado; las facciones, perfectamente reconocibles, eran sin duda las que el amor del pueblo y el pincel de Rubens han consagrado. Cuando lo vieron salir de la tumba y mostrarse a la luz en su sudario, bien conservado como él, la emoción fue grande, y poco faltó para que el grito de «¡Viva Enrique IV!», tan popular en Francia, no brotara instintivamente bajo las bóvedas de la iglesia. Cuando vi aquellas muestras de respeto, yo diría incluso de amor, mandé colocar el cuerpo de pie, apoyado sobre una de las columnas del coro, y así cada cual pudo acercarse a contemplarlo. Estaba vestido, como en vida, con su jubón de terciopelo negro, sobre el que destacaban la gola y las puñetas blancas; calzas de terciopelo semejante al del jubón, medias de seda del mismo color, y zapatos de terciopelo. Sus hermosos cabellos canosos seguían formando una aureola alrededor de la cabeza, su bella barba blanca le caía sobre el pecho. Entonces comenzó una inmensa procesión como la que se organiza para honrar las reliquias de un santo: unas mujeres venían a tocar las manos del buen rey, otras besaban la orla de su capa, otras obligaban a sus hijos a ponerse de rodillas susurrando en voz baja: «¡Ah! si él viviera, el pueblo no sería tan desgraciado» Y habrían podido añadir: «Ni tan feroz», pues lo que origina la ferocidad del pueblo es la infelicidad.

La procesión se prolongó durante las jornadas del sábado 12 de octubre, del domingo 13 y del lunes 14. El lunes las excavaciones se reanudaron después del almuerzo de los obreros, es decir, hacia las tres de la tarde. El primer cadáver que salió a la luz después del de Enrique IV fue el de su hijo, Luis XIII. Estaba bien conservado y, aunque las facciones estaban hundidas, se le podía reconocer aún por el bigote. Luego salió el de Luis XIV, reconocible por los rasgos que han hecho de su cara la máscara típica de los Borbones, sólo que estaba negro como la tinta. Luego salieron sucesivamente los de María de Médicis, segunda esposa de Enrique IV; de Ana de Austria, esposa de Luis XIII; de María Teresa, infanta de España y esposa de Luis XIV; y del gran Delfín. Todos aquellos cuerpos estaban putrefactos. Sólo el del gran Delfín estaba en putrefación líquida.

El martes 15 de octubre las exhumaciones continuaron. El cadáver de Enrique IV seguía estando allí de pie sobre la columna, asistiendo impasible a aquel amplio sacrilegio que se cometía a la vez con sus predecesores y con su descendencia. El miércoles 16, justo en el momento en que se le cortaba la cabeza a la reina María Antonieta en la Plaza de la Revolución, es decir, a las once de la mañana, se sacaba de la cripta de los Borbones el ataúd del rey Luis XV. Estaba, según la antigua costumbre del ceremonial de Francia, situado a la entrada de la cripta esperando a su sucesor, que no iría a reunirse con él. Lo cogieron, lo trasladaron y sólo lo abrieron en el cementerio, al borde de la fosa. Cuando se sacó el cuerpo del ataúd de plomo, bien envuelto en paños y vendas, parecía entero y bien conservado; pero una vez que se le retiró lo que le envolvía, no ofrecía sino la imagen de la más repugnante putrefación y se desprendía de él un hedor tan infecto, que todos huyeron, y hubo que quemar varias libras de pólvora para purificar el ambiente. Arrojaron de inmediato a la fosa lo que quedaba del héroe del Parc-aux-Cerfs, del amante de Madame de Châteauroux, de Madame de Pompadour y de Madame du Barry, y caídas sobre un lecho de cal viva, se recubrieron además con más cal aquellas inmundas reliquias.

Me había quedado el último para quemar la pólvora y arrojar la cal cuando oí un gran ruido en la iglesia; entré rápidamente y vi a un obrero que se debatía en medio de un grupo de compañeros, mientras las mujeres le enseñaban el puño y lo amenazaban. El miserable había abandonado su penoso trabajo para ir a contemplar un espectáculo más triste aún, la ejecución de María Antonieta; y luego, embriagado por los gritos que había lanzado y había oído lanzar, por el espectáculo de la sangre que había visto derramar, había vuelto a Saint-Denis y, acercándose a Enrique IV, apoyado sobre su pilar y rodeado aún de curiosos, yo diría incluso de devotos, le espetó: «¿Con qué derecho sigues ahí de pie, cuando se corta la cabeza de los reyes en la Plaza de la Revolución?». Y, simultáneamente, agarrando la barba con la mano izquirda, que había arrancado, con la derecha daba una bofetada al cadáver real. El cadáver había caído al suelo produciendo un ruido seco semejante al de un saco de huesos que se hubiera dejado caer.

De inmediato, un grito resonó por todas partes. A cualquier otro rey, se podría haber arriesgado a hacerle un ultraje semejante, pero un ultraje a Enrique IV, el rey del pueblo, era casi un ultraje al pueblo mismo. El obrero sacrílego corría pues el mayor peligro cuando acudí en su ayuda. Tan pronto como vio que podía encontrar apoyo en mí, se puso bajo mi protección. Pero, mientras lo protegía, quise dejarlo bajo el peso del acto infame que había cometido.

—Muchachos, —dije a los obreros— dejad a este miserable; aquel a quien ha insultado se encuentra en buena posición allá arriba como para obtener de Dios su castigo.

Luego, tomando la barba que le había arrancado al cadáver y que aún tenía en la mano izquierda, lo expulsé de la iglesia, anunciándole que ya no formaba parte de los obreros a mis órdenes. Los abucheos y amenazas de sus compañeros lo acompañaron hasta la calle. Temiendo que se produjeran nuevos ultrajes a Enrique IV, ordené que fuera transportado a la fosa común; pero hasta llegar allí, el cadáver fue acompañado de muestras de respeto. En lugar de ser arrojado, como los demás, al osario real, fue bajado, depositado suavemente y acostado en una de las esquinas; luego una capa de tierra, en lugar de la capa de cal, fue piadosamente extendida sobre él. Una vez terminada la jornada, los obreros se retiraron y sólo quedó el guarda; era un buen hombre que yo había colocado allí por miedo a que por la noche entraran en la iglesia, bien para realizar nuevas mutilaciones, bien para operar nuevos robos; aquel guarda dormía de día y vigilaba de siete de la tarde a siete de la mañana. Pasaba la noche de pie, paseándose para calentarse, o sentado junto a una hoguera encendida junto a uno de los pilares más próximos a la puerta

En la basílica todo presentaba la imagen de la muerte, y la devastación convertía esa imagen de la muerte en algo más terrible aún. Las tumbas estaban abiertas y las lápidas apoyadas sobre los muros; las estatuas rotas cubrían las losas de la iglesia; aquí y allá, ataúdes forzados habían devuelto los muertos de los que creían no tener que dar cuenta sino el día del Juicio Final. Todo abocaba al espíritu humano, si era elevado, a la meditación; y si era débil, al terror. Afortunadamente, el guarda no era un espíritu sino una materia organizada. Contemplaba todos aquellos restos como si hubiera contemplado un bosque talado o un campo segado, y sólo se preocupaba de contar las horas de la noche en la monótona voz del reloj, único objeto vivo aún en la basílica desolada. Cuando dieron las doce y la última campanada resonaba aún en las oscuras profundidades de la iglesia, oyó grandes gritos provenientes del lado del cementerio. Aquellos gritos eran llamadas, quejas prolongadas, dolorosos lamentos. Tras el primer momento de sorpresa, se armó con un piocha y se dirigió hacia la puerta que comunicaba la iglesia y el cementerio; y, una vez abierta aquella puerta, reconociendo claramente que los gritos procedían de la fosa de los reyes, no se atrevió a ir más allá, volvió a cerrar la puerta, y corrió a despertarme al hotel en el que me alojaba.

Me negué en un primer momento a creer en la existencia de aquellos gritos saliendo de la fosa real; pero como me alojaba justamente enfrente de la iglesia, el guarda abrió mi ventana y, en medio del silencio turbado sólo por el ruido sordo de la brisa invernal, me pareció oír efectivamente largos lamentos que me parecieron que no eran sólo el lamento del viento. Me levanté y acompañé al guarda hasta la iglesia. Cuando llegamos allá, y una vez que cerramos la cancela detrás de nosotros, oí más claramente las quejas de las que me había hablado. Era tanto más fácil distinguir de dónde provenían los lamentos, cuanto que la puerta del cementerio, mal cerrada por el guarda, se había vuelto a abrir cuando él se marchó. Era pues, efectivamente, del cementerio de donde venían los lamentos. Encendimos dos antorchas y nos dirigimos hacia la puerta; pero por tres veces, al acercarnos a la puerta, la corriente de aire que se establecía entre el exterior y el interior, las apagó. Comprendí que era algo similar a los estrechos difíciles de franquear, y que una vez que estuviéramos en el cementerio, la dificultad disminuiría. Mandé encender un farol además de las antorchas. Las antorchas se apagaron, pero el farol aguantó. Franqueamos el estrecho y, una vez en el cementerio, volvimos a encender las antorchas, que el viento respetó. No obstante, a medida que nos acercábamos, los lamentos habían ido apagándose y en el momento en que llegamos al borde de la fosa, habían desaparecido prácticamente. Pasamos las antorchas por encima de la ancha abertura y, en medio de los esqueletos, sobre la capa de cal y tierra agujereada por ellos, vimos algo informe que se debatía. Aquel algo se parecía a un hombre.

—¿Qué le pasa y qué desea? —pregunté a aquella especie de sombra.
—¡Ay! —murmuró— soy el miserable obrero que abofeteó a Enrique IV.
—Pero ¿cómo es que te encuentras ahí? —pregunté.
—Sáqueme primero de aquí, señor Lenoir, porque me estoy muriendo; luego lo sabrá todo.

Desde el momento en que el guarda de los muertos estuvo convencido de que tenía que vérselas con un vivo, el terror que antes se había apoderado de él, desapareció; había levantado una escalera que se encontraba sobre la hierba del cementerio, y manteniendo de pie la escalera, esperaba mis órdenes. Le ordené que introdujera la escalera en la fosa, e invité al obrero a subir. Se arrastró, efectivamente, hasta el pie de la escalera; pero, una vez llegado allí, cuando quiso ponerse de pie y subir los peldaños, se dio cuenta de que tenía una pierna y un brazo rotos. Le lanzamos una soga con un nudo corredizo; la pasó por debajo de los brazos. Yo sujeté al otro extremo la soga entre mis manos; el guarda bajó unos cuantos escalones y, gracias a aquella doble ayuda, conseguimos sacar a aquel vivo de la compañía de los muertos.

Apenas estuvo fuera de la fosa, se desmayó. Lo transportamos junto al fuego; lo acostamos sobre un lecho de paja, luego envié al guarda a buscar un médico. El guarda volvió con un médico antes de que el herido hubiera recuperado el conocimiento, y sólo abrió los ojos durante la cura. Cuando ésta estuvo concluida, le di las gracias al médico y, como quería saber por qué extraña circunstancia se encontraba el profanador dentro de la fosa real, despedí también al guarda. Éste no pedía nada mejor que ir a acostarse después de las emociones de una noche semejante, y me quedé a solas con el obrero. Me senté sobre una piedra cerca de la paja en la que estaba acostado y frente a la hoguera, cuyas llamas temblorosas iluminaban la parte de la iglesia en la que nos encontrábamos, dejando todas las profundidades en una oscuridad tanto más densa, cuanto que la parte en la que estábamos estaba muy iluminada. Interrogué al herido, y esto es lo que me contó:

Su despido lo hay inquietado poco. Tenía dinero en el bolsillo y hasta entonces había visto que con dinero no falta de nada. Por lo que había ido a sentarse en una taberna. En la taberna, había empezado a atacar una botella, pero al tercer vaso había visto entrar al dueño.
—¿Acabamos pronto? —había preguntado éste.
—¿Y eso por qué? —había contestado el obrero.
—Porque he oído decir que eras tú el que había abofeteado a Enrique IV
—¡Pues sí, soy yo! —dijo insolentemente el obrero— ¿Qué pasa?
—Pasa que yo no quiero darle de beber a un mal tipo como tú, que atraerá la mala suerte sobre mi casa.
—Tu casa, tu casa es la casa de todo el mundo y desde el momento en que uno paga, está en su casa.
—Sí, pero tú no pagarás.
—¿Y eso por qué?
—Porque yo no quiero tu dinero. Por lo tanto, como no pagarás no estarás en tu casa sino en la mía; y como estarás en mi casa, yo tendré derecho a ponerte en la calle.
—Sí, si eres el más fuerte.
—Si no soy el más fuerte, llamaré a mis muchachos.
—¡Ah, bien! llámalos, para que veamos.

El tabernero había llamado; tres chicos, avisados por anticipado, habían entrado al oír su llamada, cada uno con un bastón en la mano, y aunque tuviera ganas de resistir, el obrero se había visto obligado a marcharse sin decir palabra. Entonces había salido, había errado un rato por la ciudad y, a la hora de la cena, había entrado en el figón en el que los obreros acostumbraban a comer. Acababa de tomarse la sopa cuando los obreros que habían terminado la jornada de trabajo entraron. Al verlo, se detuvieron en el umbral y, llamando al figonero, le dijeron que si aquel hombre seguía comiendo en su establecimiento, ellos dejarían de venir desde el primero hasta el último. El figonero preguntó qué había hecho aquel hombre para ser víctima de la reprobación general. Le dijeron que era el hombre que había abofeteado a Enrique IV.

—Entonces, ¡sal de aquí! —dijo el figonero dirigiéndose a él— ¡y que lo que te acabas de comer te sirva de veneno!

Había menos posibilidades de resistir en el figón que en la taberna. El obrero maldito se levantó amenazando a sus compañeros, que se apartaban para dejarlo pasar, no por las amenazas que había proferido, sino por la profanación que había cometido. Salió con rabia en el corazón, erró una parte de la noche por las calles de Saint-Denis, jurando y blasfemando. Luego, hacia las diez de la noche, se dirigió hacia su pensión. En contra de la costumbre de la casa, las puertas estaban cerradas. Llamó a la puerta. El hospedero se asomó a una ventana. Como la noche era oscura, no pudo reconocer al que llamaba.

—¿Quién es? —preguntó.
El obrero dijo su nombre.
—¡Ah! —dijo el hospedero— tú eres el que ha abofeteado a Enrique IV; espera.
—¡Qué! ¿qué hay que esperar? —dijo impaciente.
Al intante, un paquete cayó a sus pies.
—¿Qué es esto? —preguntó el obrero.
—Todo lo tuyo que hay aquí.
—¡Cómo! Todo lo mío que hay aquí.
—Sí, puedes ir a dormir adonde quieres; no tengo ganas de que se me caiga la casa encima.
El obrero furioso, tomó un adoquín y lo lanzó contra la puerta.
—Espera —dijo el hospedero— voy a despertar a tus compañeros, y vamos a ver.

El obrero comprendió que no podía esperar nada bueno. Se marchó y como encontró una puerta abierta a unos cien pasos de allí, entró y se acostó en un hangar. En el hangar había paja; se acostó sobre la paja y se quedó dormido. A las doce menos cuarto, le pareció que alguien le tocaba en un hombro. Se despertó, y vio ante él una forma blanca que tenía el aspecto de una mujer, y que le hacía señas para que la siguiera. Creyó que era una de esas desgraciadas que tienen siempre una cama y placer que ofrecer a quien puede pagar ambas cosas; y, como tenía dinero, como prefería pasar la noche a cubierto y acostado en una cama, antes que pasarla en un hangar acostado sobre paja, se levantó y siguió a la mujer.

La mujer bordeó primero las casas del lateral izquierdo de la calle Mayor, luego cruzó la calle y se introdujo en una calleja a la derecha, haciéndole constantemente señas al obrero para que la siguiera. Éste, acostumbrado a aquel trajín nocturno, conociendo por experiencia las callejas en las que normalmente viven las mujeres del tipo de la que seguía, no puso ninguna dificultad, y se introdujo en la calleja. La calleja desembocaba en el campo; pensó que aquella mujer vivía en alguna casa aislada, y la seguía. Al cabo de cien pasos, pasaron por un portillo; pero, de repente, al levantar la vista, vio ante él la antigua abadía de Saint-Denis, con su gigantesco campanario y las ventanas ligeramente tintadas por la hoguera interior junto a la cual velaba el guarda. Buscó a la mujer, pero ésta había desaparecido. Se encontraba en el cementerio. Quiso volver a salir por el portillo. Pero en el portillo, sombrío, amenazador, con un brazo tendido hacia él, le pareció ver el fantasma de Enrique IV.

El fantasma dio un paso hacia delante, el obrero un paso hacia atrás. Al cuarto o quinto paso, la tierra le faltó bajo los pies y cayó de espaldas en la fosa. Entonces, creyó ver erguirse a su alrededor todos aquellos reyes, predecesores y descendientes de Enrique IV; creyó que levantaban sobre él unos sus cetros, otros sus manos de justicia, deseándole desgracia al sacrílego. Entonces, le pareció que al contacto con aquellas manos de justicia y aquellos cetros, pesados como el plomo y ardientes como el fuego, sus miembros se rompían uno tras otro. Fue en aquel momento cuando sonaron las doce y cuando el guarda oyó sus lamentos.

Hice cuanto pude por tranquiizar a aquel desgraciado; pero había perdido la razón, y después de un delirio de tres días murió pidiendo clemencia.

-Perdón, —dijo el doctor— pero no comprendo muy bien la consecuencia de su relato. El accidente de su obrero prueba que, con la cabeza preocupada por lo que le había ocurrido durante la jornada, bien en estado de vigilia, bien en estado de sonambulismo, se había puesto a errar por la noche; caminando, había entrado en el cementerio y mirando hacia arriba en lugar de hacia sus pies, había caído en la fosa donde, naturalmente, al caer se había roto un brazo y una pierna. Pero usted ha hablado de una predicción que se ha cumplido y yo no veo en esto ni la más mínima predicción.
—Espere, doctor —dijo el caballero— la historia que acabo de contar y que, usted tiene razón, no es sino un hecho, conduce directamente a la predicción de la que voy a hablarle, y que es un misterio.

Ésta es la predicción: hacia el 20 de enero de 1794, después de la demolición del panteón de Francisco I, se abrió el sepulcro de la condesa de Flandes, hija de Felipe el Largo. Aquellas dos tumbas eran las últimas que quedaban por excavar: todos los esqueletos estaban en el osario. Una última sepultura permanecía sin identificar: la del cardenal de Metz que, según decían, había sido enterrado en Saint-Denis. Todas las criptas habían sido cerradas más o menos, la de los Valois, la de los Carlos. Sólo faltaba la cripta de los Borbones que debíamos cerrar al día siguiente.

El guarda pasaba su última noche en la iglesia y como ya no había nada que guardar en ella, se le dio permiso para que durmiera, y él aprovechó el permiso. A medianoche, lo despertaron el sonido del órgano y unos cantos religiosos. Se despertó, se frotó los ojos y volvió la cabeza hacia el coro, es decir, hacia el lugar de donde provenían los cantos. Entonces vio con sorpresa que la sillería del coro estaba ocupaba por los religiosos de Saint-Denis; vio un arzobispo que oficiaba en el altar; vio la capilla ardiente encendida; y bajo la capilla ardiente encendida, el gran paño mortuorio dorado que, normalmente, sólo cubre el cuerpo de los reyes. En el momento en el que se despertaba, la misa había concluido y empezaba el ceremonial del entierro.

El cetro, la corona y la mano de justicia, colocados sobre cojines de terciopelo rojo, eran entregados a los heraldos que los presentaban a tres príncipes, que los cogían. Inmediatamente se adelantaron, más deslizándose que andando y sin que el ruido de sus pasos despertara el menor eco en la sala, los nobles de la Cámara que cogieron el cuerpo y lo trasladaron a la cripta de los Borbones, la única que permanecía abierta, pues las otras habían sido cerradas de nuevo. Entonces el rey de armas descendió y cuando estuvo abajo, gritó a los demás heraldos que bajaran y cumplieran con su misión. Los heraldos era cinco. Desde el fondo de la cripta, el rey de armas llamó al primer heraldo, que descendió llevando las espuelas; luego al segundo, que descendió llevando los guanteletes; luego al tercero, que descendió llevando el escudo; luego al cuarto, que descendió llevando el almete; luego al quinto, que descendió llevando la cota de mallas. Luego llamó al primer lacayo, que trajo el pendón; al escudero mayor, que trajo la espada real; al primer chambelán, que trajo el estandarte de Francia; al gran maestre, ante el que pasaron todos los maestresala arrojado sus bastones blancos a la cripta y saludando a los tres príncipes que sostenían la corona, el cetro y la mano de justicia, a medida que iban desfilando; luego a los tres príncipes que depositaron a su vez el cetro, la mano de justicia y la corona.

Entonces, el rey de armas gritó en voz alta y por tres veces: «El rey ha muerto. ¡Viva el rey! — El rey ha muerto. ¡Viva el rey! — El rey ha muerto. ¡Viva el rey!». Un heraldo, que había permanecido en el coro, repitió el triple grito. Finalmente, el gran maestre rompió su baqueta como símbolo de que la casa real había acabado, y que los oficiales del rey podían establecerse. Entonces sonaron las trompetas y el órgano se despertó. Luego, mientras las trompetas iban sonando cada vez más suavemente, mientras el órgano gemía cada vez más bajo, las luces de los cirios palidecieron los cuerpos de los asistentes desaparecieron y, tras el último lamento del órgano y el último sonido de la trompeta, todo desapareció.

A la mañana siguiente, el guarda, llorando, contó el entierro real que había visto, y al que el pobre hombre había asistido solo; prediciendo que las tumbas destrozadas serían restauradas y que, pese a los decretos de la Convención y al trabajo de la guillotina, Francia volvería a ver una nueva monarquía y Sainte-Denis a nuevos reyes. Esta predicción le valió la cárcel y casi la guillotina al pobre diablo que, treinta años después, es decir, el 20 de septiembre de 1824, detrás de la misma columna junto a la que había tenido su visión, me decía tirándome del faldón de mi levita:

—Y bien, señor Lenoir, cuando le dije que nuestros pobres reyes volverían algún día a Saint-Denis, ¿me equivocaba?

Efectivamente, aquel día se procedía al entierro de Luis XVIII con el mismo ceremonial que el guarda de las tumbas había visto realizar teinta años antes.