lunes, 15 de mayo de 2017

El muerto que venía en la procesión. José Silva.

Patricia, obedeciendo un extraño impulso mucho mas fuerte que ella, es que llegó hasta ahí. Parada por fuera del “Colegio de San Nicolás de Hidalgo”, sobre la Av. Madero, escuchaba cada vez mas cerca los solemnes y acompasados sonidos de los tambores; cuanto mas se acercaban, cada golpe, seguido de los marcados y cortos pasos redoblados de los tamborileros, cadenciosos, como murmullos, le resultaban mas impresionantes, impactantes, enervantes, la procesión del silencio se está acercando.

Levanto la mirada para ver la luna llena que majestuosa por el oriente iluminaba con palidez, en el agonizante crepúsculo la hermosa avenida con las luces apagadas. No pudo evitar derramar dos hilillos de lágrimas, el recuerdo es aún lacerante, la herida con todo su inmenso dolor está muy viva. A tan solo tres meses que sucedió aquel terrible accidente, el amor de su vida, su único amor, Octavio, pereció trágicamente; todo por un maldito estúpido ebrio que lo sacó de la carretera en su acostumbrada moto, a la que casi no le pasó nada; y él parecía estar dormido cuando lo vio en el SEMEFO con solo un poco de sangre en el cráneo, pero ese golpe fue mortal.

Con los ojos cerrados, evocaba ahora el recuerdo de su amado novio.

Un día antes de aquella tragedia fue que le dio la noticia; estaba embarazada, esperaba un hijo de él. Octavio, lleno de emoción le dijo que aquello era maravilloso y que a mas tardar en dos semanas se casarían, mientras tanto guardarían el secreto hasta entonces para sorprender a todos gratamente.

Con inmensa alegría acordaron que si es niño se llamará Octavio, y si es niña, Patricia. La proximidad de la procesión del silencio anunciada con aquel místico resonar de tambores, la sacó de sus casi palpables pensamientos. Abrió los ojos lentamente, justo cuando pasaban frente a ella precedidos por dos motociclistas de transito. Enseguida, cargando y escoltando a las veneradas imágenes, los encapuchados de blanco, negro, morado y rojo, flanqueados por las cuerdas de seguridad de los niños y jóvenes exploradores. Aquel momento le pareció mágico, ajeno a este mundo; hasta el pequeño ser que llevaba en el vientre ahora de cuatro meses, sintió como se movía cuando la lenta marcha se detuvo. Se percató entonces que el encapuchado de negro más cercano, la miraba fijamente a través de los orificios del atuendo característico; el movimiento estaba a punto de reanudarse cuando aquella voz tan conocida le dijo…

___ ¡Ya no llores Paty! ¡Que donde yo estoy no existe el llanto! … ¡Cuida a nuestro hijo! … ¡Y ponle Octavio como acordamos, porque será niño! … ¡Rehace tu vida y se feliz!___
Patricia quedó paralizada por el impacto, intentó hablar pero no pudo, al fin en un susurro logró articular una sola palabra ___ ¡Octavio!___ Los encapuchados ya habían avanzado algunos metros, corrió hasta el que creyó era su ser amado, con ansiedad infinita grito su nombre ___ ¡Octaviooooo! ¡mi amooooor! ¡Octaviooooo! ___ Solo consiguió los reproches de la gente que le demandaron silencio… Impotente, abatida, se dejó caer al piso con amargo llanto; la procesión del silencio continuaba pasando lentamente. Los acompasados y lentos golpes de los tambores se alejaban cada vez más. Algunas personas compadecidas la levantaron con suavidad; al quedar sola, Paty sintió entonces el fresco aire de la noche que acariciaba sus mejillas, algo en ella se había transformado. Un inmenso deseo de vivir y de luchar por su hijo invadió de pronto todo su ser, como una extraña energía. Él le había dicho claramente. “Donde yo estoy no existe el llanto, cuida a nuestro hijo y ponle Octavio como acordamos, porque será niño; rehace tu vida y sé feliz”.

Patricia ya no lloraba; caminó con la frente en alto por la Avenida Madero, en sentido contrario de la procesión del silencio. La acompañaba una determinación increíble que desconocía hasta ese momento. Enfrentaría la vida como viniera, pero ahora una enorme fuerza interior la poseía. Estaba segura que esta provenía de Dios.

El fin de la historia. Javier Fontenla.

Aun ahora sólo puedo pensar en ti. Y sobre todo sentir tu ausencia. Es un vacío en mi corazón. Una noche sin Luna ni esperanza de aurora. Una tumba de agua fría y oscura en las profundidades de un mar helado. Un camino que no lleva a ningún sitio.
Supongo que debería recordar especialmente la última vez que te vi. Pero más aún recuerdo la última vez que pude haberte visto y no te vi. Ya te habías marchado. Yo te llamé y te pedí que fueras a mi casa. Quería enseñarte el último cuadro que había pintado. Bueno, el cuadro era real, pero existía exclusivamente por ti y para ti, lo había pintado únicamente para que tú lo vieras, y sobre todo para que yo pudiera verte por última vez. No me prometiste nada. Me dijiste que estabas muy ocupada, pero que te acercarías si lograbas encontrar un hueco.
Yo te esperé durante toda aquella tarde infinita. No viniste ni me enviaste ningún mensaje. Realmente, no tenías por qué hacer ni una cosa ni la otra. Llamarte para pedirte explicaciones hubiera sido una grosería imperdonable. Ya era de noche cuando comprendí que no vendrías. Tenía que comprar algo para la cena y faltaba poco para que cerrasen el súper. Salí. El trayecto era tan corto que ni me molesté en ponerme un anorak, aunque hacía bastante frío. Además, el frío apenas me importaba. Sólo podía pensar en ti. No pensaba, desde luego, en el color del único semáforo que se interponía entre el súper y yo. No podría decir cómo era aquel maldito coche… Sí recuerdo el dolor, la oscuridad, el primer sabor del vacío… Luego la nada.

Mi despertar fue lento y fatigoso. Duró días enteros, quizás. Por lo demás, no me reportó ningún alivio, ninguna luz, ni siquiera la holgura necesaria para poder mover libremente mis miembros agarrotados. En un éxtasis de terror comprendí que se me había adjudicado lo que, según Poe, era el más cruel de los destinos humanos: ¡el entierro prematuro! Fue el único momento en el que el miedo me impidió pensar en ti.
No recuerdo cómo conseguí huir del cementerio. Estoy seguro de que las circunstancias de mi huida fueron tan atroces que mi cerebro tuvo que relegarlas al olvido para conservar algo parecido a la cordura. Sólo recuerdo que era de noche. Bueno, al menos estoy seguro de que era de noche momentos después, mientras vagaba confuso por calles vacías y mal iluminadas que no podía reconocer. Seguramente sentía (o, al menos, tendría que haber sentido) sed, hambre y frío, pero eso tampoco lo recuerdo. Alguna vez cayó un aguacero, pero la lluvia apenas me molestó. Una vez más, sólo podía pensar en ti. Eso era lo único que me dolía.
Llegó el alba. Era una mañana fría y gris de otoño, más triste que la misma noche. Se apagaron los faroles. Vi algún coche a lo lejos, pero ningún transeúnte. Por fin me encontré con una tienda de ropa que ya había abierto sus puertas. A través del escaparate vi cómo una solitaria dependienta, con los ojos todavía soñolientos, encendía las luces y se sentaba, a la espera de algún improbable cliente madrugador. Era una chica muy joven y bastante guapa. Ni su cara ni el nombre del establecimiento me decían nada. Pero necesitaba entrar, hablar con ella, pedirle que me dejara usar el teléfono y, sobre todo, escuchar una voz humana que me confirmase mi retorno al mundo de los vivos. Aunque ese retorno sólo supusiese para mí una nueva forma de soledad, acaso tan implacable como la de la tumba.
Entré, intenté decir algo… ella oyó mis pasos, me miró con sus pupilas amodorradas. Entonces una palidez mortal decoloró sus mejillas, sus labios emitieron un gemido de terror y salió corriendo de la tienda, empujándome y dando gritos como una loca. Yo me quedé atónito. Sin duda mi aspecto no podía ser muy agradable, dadas las circunstancias, pero… Entonces miré hacia un lado y lo vi. Posé mi mirada sobre la pesadilla que había asustado a la pobre chica.
Era una abominación terrorífica y, sobre todo, repugnante, un amasijo de putrefacción semilíquida vomitada por alguna cripta infernal. Ropas harapientas sobre un cuerpo más harapiento todavía. Encima del pescuezo descarnado, una especie de calavera pelada, sin más rasgos que los de la muerte. Ojos enfermos sin párpados, dos pozos negros donde debería estar la nariz, dientes putrefactos en una boca carente de labios. Una piel lívida, teñida de podredumbre leprosa, salpicada de llagas supurantes, a través de las cuales se podían ver huesos amarillentos y carcomidos.
Y aquella cosa estaba a mi lado. Sólo tendría que extender un poco mi brazo para tocarla. Y, en un arrebato de locura que nunca podré explicarme, decidí enfrentarme a aquel engendro, en vez de huir, como había hecho la chica. Vi que la diestra esquelética del monstruo se acercaba a mi mano izquierda, de forma lenta y vacilante, pero con la indudable intención de agarrarme, de frustrar una posible huida antes de que consiguiera ponerme fuera de su alcance. Nuestras manos entraron en contacto. Fue entonces cuando llegó lo peor. Yo estaba mentalizado para sentir cómo un tacto viscoso, repulsivo, hería mis nervios. Pero no esperaba lo que pasó realmente.
Al tocar la zarpa obscena que me amenazaba no sentí cómo mis dedos se hundían en su podredumbre ni cómo sus garras se clavaban en mi piel. Sentí únicamente el contacto de una lisa, fría, implacable superficie de cristal pulido.

Nada más natural que la presencia de un espejo grande en una tienda de ropa.

Si al menos hubieran sido tus ojos los que me hubieran reflejado por última vez…

El documento anterior fue hallado sobre el mostrador de una tienda de ropa por dos agentes de la Policía Nacional, que entraron en dicho establecimiento alertados por las incoherentes explicaciones de una aterrorizada dependienta. Nadie ha identificado hasta ahora la mano que pudo haberlo escrito, como tampoco se ha podido identificar el cadáver, en avanzado estado de descomposición, que yacía sobre el suelo de la tienda, aunque sí se sabe a ciencia cierta que se trataba de un varón adulto. A falta de una explicación mejor, la Policía piensa que todo esto no ha sido sino una broma macabra planeada por algún desconocido poco escrupuloso y aficionado a la profanación de tumbas. Sin embargo, esta teoría difícilmente explicará el hecho de que los forenses hayan encontrado restos recientes de lágrimas sobre las lívidas y descarnadas mejillas del cadáver.

Más allá de la vida. C.

Realmente… ¿Qué sabemos de la vida…? ¿Qué sabemos de nada…? El ser humano es insignificante, es una mota de polvo en el universo conocido y por lo tanto no vemos mas allá de lo que nos dejan ver nuestros ojos.
Todo empezó en una página online donde yo y mucha gente jugábamos a juegos de mesa. Yo tenía un compañero llamado García que siempre que coincidíamos jugábamos juntos como pareja contra otro equipo. Lo bueno de jugar juntos es que nos reíamos y nos lo pasábamos genial. Ganáramos o perdiéramos él tenía una forma muy peculiar de saludarme.
-Hola compi
Yo le contestaba ¿Qué tal compi?, era nuestra forma de empezar cuando conectábamos, hasta que un día, un sábado sobre las 4:30 de la madrugada ocurrió lo siguiente…
– Hola compi
– Hola compi – le contesté como siempre
– ¡¡Ayúdame!!
– ¿Qué? Ya empezamos – pensé – ¿Qué le pasará a éste tío?
– ¡¡Ven!! – me volvía a insistir
¿Pero qué dices?, no puede ser contigo, venga abro una partida y entras.
Entonces García apagó su conexión repentinamente.
A decir verdad, todo había sido un poco raro, pero no le di mayor importancia.
Habían transcurrido unos 15 días sin tener señales de mi amigo cuando una tarde estando en el ordenador García se volvía a conectar.
-Hola Toni
-¡cómo! tú no eres García, esa forma de empezar… a mí no me engañas.
-No es mi intención engañarte soy su hermano.
-Hola que tal, ya me comentó García que tenía un hermano. ¿Qué le pasa que hace un par de semanas que no se conecta? ¿Está malo o qué? – tardó unos 20 segundos más o menos en contestarme.
-Estás equivocado, dirás un par de meses.
-Que va, si estuve jugando con él hará unos 15 días, segurísimo – le contesté extrañado.
-Te voy a contar algo Toni, mi hermano falleció hace ahora 15 días, pero primero estuvo dos meses en coma por un accidente.
De repente todo lo que me rodeaba, todos esos ruidos de la calle, niños, coches, todo se silenció y se me hizo un nudo en la garganta.
-¡Pero era él, estoy seguro! – contesté yo.
-No lo creo, además lo puedes ver en los periódicos locales de aquí por internet, bueno sólo entré para decírtelo, él me habló mucho de ti, de que tenía un compañero de juego y se lo pasaba en grande, era para que lo supieras y que no lo esperes más, adiós .
Entonces sin parar un segundo fui directo a los periódicos de su ciudad y busqué accidentes que sucedieron en esos meses y desgraciadamente ahí estaba en mayúsculas, UN FATÍDICO ACCIDENTE ENTRE LAS 4:00 Y LAS 5:00 DE LA MADRUGADA DEL SABADO SE LLEVA LA VIDA DE DOS JÓVENES Y OTRO INGRESA EN COMA eran tres jóvenes de entre 20 a 23 años de edad.
Yo en ese momento no sabía que pensar, que hacer, ¿era una broma o iba en serio?, desde luego los nombres y la edad coincidían, pero yo sólo pensaba que no podía ser.
A partir de ese momento, todos los sábados a las 4:33 cuando estoy acostado en mi habitación se enciende el ordenador con un mensaje en mi pantalla.
-Hola compi
Desde entonces en mis sueños aparece un muchacho de unos 23 años con el rostro desfigurado y con los brazos levantados golpeando una especie de burbuja de cristal gritando, ¡¡ayúdame!! ¡¡ven!! ¡¡ ayúdame!! ¡¡ ven!! Cada vez son más frecuentes los sueños.
Muchas veces pienso que si hubiera indagado más podría haber hecho algo, incluso lo que él me pedía que le ayudara tal vez le hubiera salvado la vida o el alma, ahora a lo mejor está en esa burbuja para siempre por mi culpa, por no ir, no ayudar, me lo dijo tantas veces… desde entonces ya no soy el mismo y esos sueños se están apoderando de mi.
PD. Esta es una historia original del gran autor Tonico, su primera obra literaria.

Realmente… ¿Qué sabemos de la vida…? ¿Qué sabemos de nada…? El ser humano es insignificante, es una mota de polvo en el universo conocido y por lo tanto no vemos mas allá de lo que nos dejan ver nuestros ojos.
Todo empezó en una página online donde yo y mucha gente jugábamos a juegos de mesa. Yo tenía un compañero llamado García que siempre que coincidíamos jugábamos juntos como pareja contra otro equipo. Lo bueno de jugar juntos es que nos reíamos y nos lo pasábamos genial. Ganáramos o perdiéramos él tenía una forma muy peculiar de saludarme.
-Hola compi
Yo le contestaba ¿Qué tal compi?, era nuestra forma de empezar cuando conectábamos, hasta que un día, un sábado sobre las 4:30 de la madrugada ocurrió lo siguiente…
– Hola compi
– Hola compi – le contesté como siempre
– ¡¡Ayúdame!!
– ¿Qué? Ya empezamos – pensé – ¿Qué le pasará a éste tío?
– ¡¡Ven!! – me volvía a insistir
¿Pero qué dices?, no puede ser contigo, venga abro una partida y entras.
Entonces García apagó su conexión repentinamente.
A decir verdad, todo había sido un poco raro, pero no le di mayor importancia.
Habían transcurrido unos 15 días sin tener señales de mi amigo cuando una tarde estando en el ordenador García se volvía a conectar.
-Hola Toni
-¡cómo! tú no eres García, esa forma de empezar… a mí no me engañas.
-No es mi intención engañarte soy su hermano.
-Hola que tal, ya me comentó García que tenía un hermano. ¿Qué le pasa que hace un par de semanas que no se conecta? ¿Está malo o qué? – tardó unos 20 segundos más o menos en contestarme.
-Estás equivocado, dirás un par de meses.
-Que va, si estuve jugando con él hará unos 15 días, segurísimo – le contesté extrañado.
-Te voy a contar algo Toni, mi hermano falleció hace ahora 15 días, pero primero estuvo dos meses en coma por un accidente.
De repente todo lo que me rodeaba, todos esos ruidos de la calle, niños, coches, todo se silenció y se me hizo un nudo en la garganta.
-¡Pero era él, estoy seguro! – contesté yo.
-No lo creo, además lo puedes ver en los periódicos locales de aquí por internet, bueno sólo entré para decírtelo, él me habló mucho de ti, de que tenía un compañero de juego y se lo pasaba en grande, era para que lo supieras y que no lo esperes más, adiós .
Entonces sin parar un segundo fui directo a los periódicos de su ciudad y busqué accidentes que sucedieron en esos meses y desgraciadamente ahí estaba en mayúsculas, UN FATÍDICO ACCIDENTE ENTRE LAS 4:00 Y LAS 5:00 DE LA MADRUGADA DEL SABADO SE LLEVA LA VIDA DE DOS JÓVENES Y OTRO INGRESA EN COMA eran tres jóvenes de entre 20 a 23 años de edad.
Yo en ese momento no sabía que pensar, que hacer, ¿era una broma o iba en serio?, desde luego los nombres y la edad coincidían, pero yo sólo pensaba que no podía ser.
A partir de ese momento, todos los sábados a las 4:33 cuando estoy acostado en mi habitación se enciende el ordenador con un mensaje en mi pantalla.
-Hola compi
Desde entonces en mis sueños aparece un muchacho de unos 23 años con el rostro desfigurado y con los brazos levantados golpeando una especie de burbuja de cristal gritando, ¡¡ayúdame!! ¡¡ven!! ¡¡ ayúdame!! ¡¡ ven!! Cada vez son más frecuentes los sueños.
Muchas veces pienso que si hubiera indagado más podría haber hecho algo, incluso lo que él me pedía que le ayudara tal vez le hubiera salvado la vida o el alma, ahora a lo mejor está en esa burbuja para siempre por mi culpa, por no ir, no ayudar, me lo dijo tantas veces… desde entonces ya no soy el mismo y esos sueños se están apoderando de mi.

La venganza del ahorcado. J.

El campesino Jared Selum fue ejecutado en la temible horca la madrugada del día 15 de Junio de 19… Su dramático proceso de cuatro meses culminó tras un breve periodo de negociaciones y un juicio que, a fin de cuentas, no sirvió para probar su tan peleada inocencia.

Su penuria había iniciado ocho meses antes, cuando el cuerpo acuchillado del terrateniente Wallace fue encontrado a orillas del pueblo Hallert por la policía.
La saña con que fueron infringidas las heridas encontradas en el cuerpo del hombre, hizo pensar a los agentes que a Wallace le había asesinado alguna clase de demente…o alguien con quién tuviera viejos y grandes rencores. Pronto, las sospechas recayeron sobre dos personas: Reth Zader, antiguo socio del terrateniente, acusado de robo por este y condenado a pasar seis años en prisión; y el pobre campesino Selum, de quien Wallace se había aprovechado antiguamente, despojándolo de sus tierras. Ambos tenían motivos para asesinar al terrateniente, y ambos conocían sus movimientos y negocios. Por ello, a nadie sorprendió el hecho de que fueran aprehendidos como principales sospechosos.

Los interrogatorios –como según afirmarían los agentes del orden tiempo después- fueron de los más confusos y peculiares. Zader, astuto, se veía seguro y contestaba
a todas las preguntas de forma clara y tranquila. Afirmaba encontrarse muy lejos del lugar del asesinato cuando éste se realizó, y que (a pesar de sus dudosos antecedentes penales)sería incapaz de matar a un ser humano, y mucho menos a su “viejo amigo” Wallace. Su tranquilidad aminoró las sospechas de la policía y logró despejar ligeramente la suspicacia.

Respecto a Selum, se tuvo una opinión completamente opuesta a la del comerciante. El campesino hablaba nerviosamente, y estrujaba sus manos sudorosas con fuerza. Sus palabras denotaban un profundo odio y rencor hacia Wallace. Lo identificaba como el principal culpable de su ruina y pobreza, mientras que les deseaba dolor y sufrimiento a los familiares del hombre. A pesar de todo, negó haber asesinado al terrateniente, dando como argumento el hecho de que, efectivamente, lo odiaba, pero era un hombre cuya fe y convicciones religiosas le impedían realizar dicho acto.
Su nerviosismo podía explicarse. El simple hecho de estar en medio de un interrogatorio de la policía podía crisparle los nervios a algunos hombres –los
agentes recordaron anécdotas sobre ello-, pero su actitud y apariencia los hizo dudar. La forma de vestir de un campesino siempre es bastante simple, y la de Selum no era una excepción. De mirada recia y dominante, el sujeto de rostro frío y manos curtidas por la tierra del campo, a simple vista aparentaba un tipo fuerte y salvaje….pero al escuchar su voz débil y temblorosa, denotaba una personalidad nerviosa e impresionable.

Se realizaron las investigaciones, y el humilde Selum fue el principal sospechoso, a fin de cuentas. A esto siguieron cuatro meses de juicio; pero todo fue tristemente inútil: un inocente más murió en la despiadada horca. Se dio por cerrado el caso y nadie recordó más al pobre campesino que un día pasara bajo la sombra del verdugo y se balanceara agónicamente en la temible cuerda de la muerte. No obstante, y también, nadie estaba lo suficientemente preparado para lo que ocurriría tiempo después…

II

La noche del siguiente 15 de Junio quedó en la memoria de todo Hallert como la más siniestro y terrorífico que el pueblo hubiese visto en toda su historia, a causa de
los terribles acontecimientos acaecidos en ella.

Esa noche, el comerciante Zader se revolvía temeroso e inquieto en su camastro. Desde mucho, en sus sueños, contemplaba la fantasmal y carcomida imagen del campesino Selum, quién le sonreía y señalaba macabramente. La visión era acompañada de un gutural sonido, semejante a un chasquido animal y profano, mientras que la voz del muerto se dejaba oír en todo su esplendor. Zader nunca pudo ver más de aquellos sueños, pues su indescriptible horror le hacía despertar, temblando y bañado de sudor frío y pegajoso.

El hombre trató de justificar sus peculiares temores con razones lógicas y obvias. Era ya un año desde la ejecución de Selum, el “presunto” asesino de Wallace, pero quien en realidad había sido inocente de todo crimen. Tomó como algo absolutamente natural a sus pesadillas…tal vez el recuerdo de su muerte lo hacía sentirse culpable. Después de todo, tenía ya dos víctimas en su conciencia… Zader dejó escapar una risa estúpida de alivio, y dio un ligero masaje a su cuello.Doce lentas campanadas, provenientes del chapitel de una iglesia lejana, resonaron en los oídos del hombre. La medianoche envolvió al pueblo dormido, con su fantasmal
y mística oscuridad. Los sonidos de la noche sonaron más fuertes, acentuados; y el continuo aullar de los perros viajó a través del helado y silbante aire nocturno. Había calma…los minutos corrían lentamente.

Zader –ya incorporado- observaba por la ventana el calmado paisaje que representaba la calle, vacía y silenciosa. Estiró su mano y tomó una botella de whisky que descansaba sobre una mesa. La abrió rápidamente y bebió algunos tragos. El viento mecía las ramas de los árboles cuando decidió abrir de par en par la ventana de su
habitación y sentir esa brizna fresca del verano. Sintió calma al pasar el licor por su garganta y estirar los brazos para desperezarse cómodamente. Apoyó su rostro en su mano derecha, sin prisa, calmada y perezosamente. Los faroles de la calle se habían fundido días atrás, dejando sin luz mercurial a las rústicas viviendas del pequeño barrio. Este adjetivo era bastante acertado: la extensión del vecindario de Zader era muy poca y en raras ocasiones podía verse a algún transeúnte paseando, y, claro está, mucho menos durante la noche. Zader, casi adormilado por el alcohol,
dejó caer la cabeza sobre el pecho, cuando creyó escuchar un sonido macabro que le resultó horriblemente familiar: una extraña y peculiar sucesión de chasquillos guturales. La botella resbaló de su mano y fue a dar al suelo, donde estalló,derramando el whisky por todos lados. Sintió un escalofrío y subió la cabeza para observar por la ventana abierta. La calle permanecía igual que antes; solitaria, sin una sola alma. Más sin embargo, aquellos horripilantes chasquidos seguían escuchándose. Sí, a Zader no le quedó duda alguna…eran los mismos chasquidos que, durante diez noches, escucharía incesantemente en lo más profundo de sus sueños.

El hombre respiró con dificultad y aguzó la vista. La oscuridad, negra y espesa como un manto, lo cubría todo. Únicamente la luna alumbraba con su débil luz blancosa a los tejados de algunas casas. El sonido aumentaba de forma considerable. Zader creyó escucharlo a pocos metros de él, resonando cruelmente y avanzando con lentitud.

Presa del pánico, dejó escapar un sollozo patético y lastimero cuando a lo lejos, iluminado por un rayo de luz lunar, distinguió a la misteriosa figura que emitía los sonidos. Caminando lentamente, un hombre de vestimenta blanca y manchada, se dirigía hacia la ventana desde la cual observaba el comerciante. El individuo, alto y
extremadamente delgado, llevaba en la mano derecha una manta carcomida y andrajosa, teñida con manchas de color tierra. Poco a poco, la misteriosa figura avanzaba, y a su paso los chasquidos subían de tono, hasta volverse cacofónicos e insoportables.
Zader, llorando cobardemente, intentó alejarse de la ventana, pero estaba inmovilizado por completo. La luna brilló con intensidad momentáneamente, bañando con su luz al sujeto. Fue en ese momento cuando Zader creyó enloquecer de horror. Frente a él, una visión espantosa, horrenda, le sonreía burlonamente. De piel putrefacta y rostro descarnado, el ser aullaba de forma espectral y demoníaca. Ese engendro de la noche, cuyos miembros secos y cadavéricos brillaban nauseabundamente bajo la luz nocturna, alargó los brazos en busca del tembloroso comerciante, mientras en sus ojos huecos brillaba una ansiosa luz fosforescente de triunfo consumado…

III

Al día siguiente, los agentes policíacos del pueblo de Hallert no lograban determinar que cosa era más horrenda: La brutal forma en que el comerciante Reth Zader había sido muerto la noche anterior o la expresión que tenía este en su rostro. Zader había sido ahorcado en la rama de un árbol, con una soga vieja y rasposa. Sus pies y manos fueron salvajemente arrancados y esparcidos por los alrededores, junto con numerosas machas de sangre que el asesino marcó sádicamente. El pecho, completamente rasgado, aún goteaba sangre, roja y caliente.

Su rostro –lo más horrible del macabro conjunto- causó una fuerte impresión en la policía. Los músculos de la cara estaban contraídos en una mueca de horror indefinible, como de alguien que contempló una visión aterradora antes de morir…
A pesar de la magnitud del caso, por una extraña razón fue cerrado ante la admiración pública. Existió un motivo para que los agentes desistieran en sus investigaciones…un motivo que se mantuvo en secreto bajo la más estricta confidencialidad. La policía de Hallert no es supersticiosa, ni mucho menos creyente de hechos fantasmales y demoníacos. Pero lo que encontraron en el cementerio del viejo páramo fue motivo de una larga serie de conmoción y debates:
El reporte de una tumba violada movilizó a un par de agentes, quienes se llevaron una macabra sorpresa. El osario era aquél donde reposaban los retos del infeliz campesino Selum, muerto en la horca un año antes. Había tierra porosa por todos lados, y la tapa del ataúd de madera apareció completamente rota y astillada. Más lo
que provocó que aquellos hombres huyeran aterrados del cementerio fue la visión del putrefacto cadáver…porque allí, en el fondo de la impía caja sepulcral, el asqueroso cuerpo sostenía fuertemente entre sus cadavéricas manos, lo que parecía una pierna humana, burdamente arrancada a partir de la rodilla y todavía sangrante.
Y en su horripilante boca, vagaba una mueca de risa, propia de alguien que ha cumplido su añorada venganza…

El encontronazo. A.

El matrimonio Velarde salió en la madrugada de casa de unas amistades, donde habían celebrado una reunión con abundancia de licores. Emma no bebió tanto como Heberto, de modo que, desoyendo protestas de éste, se dispuso a conducir el auto de vuelta a casa.
Aquello ocurrió en el Estado de México, de modo que tendrían que desandar el camino rumbo al Distrito Federal. El problema fue que Heberto se quedó dormido poco después de empezado el trayecto. “Problema” porque no pudo hablarle a su mujer del encontronazo.
Se llamó “el encontronazo” a una leyenda urbana según la cual, cuando los conductores enfilan cierta carretera estrecha y encajonada entre cerros, de la nada aparece un fulano ataviado sólo con pantalones cortos de mezclilla y con evidentes heridas en el cuerpo, que corre en sentido contrario a los autos con clara intención de no detenerse. Supuestamente, muchos accidentes se han producido por tal causa, pues los conductores, con tal de no atropellar al corredor, dan volantazos, logrando solamente impactarse contra el pie de los cerros y, casi siempre, volcar. Así, presuntamente, han muerto quién sabe cuántos desdichados.
A Heberto le había sucedido el fenómeno, pero como había oído tantas veces de él, lo consideró producto de su imaginación, así que no movió el volante en ningún momento, alegrándose de que no se produjera colisión alguna. El corredor en sentido contrario no era más que un producto de la autosugestión.
Lástima que, dado el carácter impresionable de Emma, su esposo jamás le contó ni la leyenda urbana ni las veces que a él le había tocado afrontar al descamisado. Así, en cuanto la mujer tomó la carretera estrecha y encendió las luces altas para diluir la tremenda oscuridad, de pronto vio que un fulano de pantalón corto, claramente herido y sin intención de detenerse salía de ninguna parte, corriendo hacia el auto. Emma alcanzó a ver que el tipo carecía de globos oculares. Al ritmo de un grito dio un volantazo que produjo consecuencias funestas.
Volcaron; como Heberto, por imprudente, no se había colocado el cinturón de seguridad, fue proyectado por algún lado y la mitad superior de su cuerpo acabó aplastada bajo el auto, en tanto que su mujer, semiinconsciente, intentó quitarse dicho cinturón para salir del vehículo destrozado, antes de que viniera otro y se estrellara contra él.
Dicho y hecho. Un tráiler de doble semi-remolque hizo acto de presencia y acabó de matar a aquellos infelices, que fueron reconocidos gracias a los dientes.