viernes, 12 de mayo de 2017

Tumba de pájaro. Amalia Iglesias Serna.

La hierba fulgura más verde que anteayer
y me he acercado.
Al abrigo de los matorrales
un pequeño jardín se sabe dulce alegoría de la muerte.
Como entonces se escucha
un sonido encandilado de élitros
y el viento norte pasa diciendo que no hay nadie.
Veo ahora una niña antigua,
me reconozco en sus dos manos lentas
mientras pliegan las alas mudas en un hueco de tierra
y se inventa una oración
que habla de libertad y cielo azul para mañana
y dice algo de volar muy alto
mientras pasan las yemas de sus dedos
modelando una tumba.
Las mismas yemas de mis dedos
después de veinte años,
húmedas entre la hierba certifican:
no hay cicatriz ni sombra cíe la herida.
Cuando levanto la vista
la niña se ha marchado.

El gran teatro del mundo. Amalia Iglesias Serna.

Caen,
dices,
devotos labios de nácar descreído
y hace mucho que la lluvia
sembró algunos silencios
escandalosamente invisibles.

Pero hemos estado siempre en este instante
donde todos los pájaros ensayan una fuga,
donde ensayan esta cúpula que cierra
el tiempo de la ofrenda
y la derrota.

Pero hemos estado siempre en este instante
de palabra ancestral
y desolada,
como inventando un cuadro eternamente
en el espejo turbio de la escena.

Toma también mis ojos... Amalia Iglesias Serna.

Toma también mis ojos,
la decisión de fecha escurridiza
y llévame a aprender tierra de nadie
o inciertas geografías.

Toma el camino túnel o imán de mi memoria.
Enséñame a mirar senderos, nubes,
nervaduras, metáforas.

El espacio reiterado del deseo
en su mapa de arterias no resuelve
el crucigrama de mi nombre.

Desde nunca te quiero... Amalia Iglesias Serna.

Extíngueme los ojos: puedo verte
tápame los oídos: puedo oírte
y aun sin pies puedo ir hasta ti
y aun sin boca puedo conjurarte.

R. M. Rilke


Desde nunca te quiero y para siempre,
desde todo y quizá y para siempre,
desde el rotundo rayo que sube por la acequia de las horas
al látigo crecido en mis pupilas ponientes,
veloz mi voz, mi viento:
-vértigo de desembocadura.
y el más ingrato delta para acabar el viaje.

Hasta la nada espero,
hasta lo lejos de la memoria inútil
(y el cráter sin crepúsculo,
hasta la duda embriagada de rótulos celestes,
en la fiebre y la luna imantada de agosto.

A través de la vela que tú enciendes
en la retina de la noche,
en los ocultos ámbitos
que otro día robamos con las manos abiertas.

Detrás del volumen vacío y el hueco vulnerable,
donde habita la escarcha tiritando entre ortigas
y otro pájaro múltiple
se hace alquimia improbable.

Hacia los afluentes. Amalia Iglesias Serna.

Esta misma quietud
la reconoces,
el lecho de la luz,
esplendor del estío,
y tu pálido cauce adolescente,
la imagen aún borrosa del clamor y de la yerba.
Como un vaho transterrado
de las fiebres antiguas,
sube todo el silencio
deshojando tu cuerpo.
Este bosque de sauces
que fuera tu dominio,
es hoy el cementerio
del yo que le entregaste.
Mirando hacia esa loma
descubriste el deseo
y el principio de ser memorial abrasado.
Esta misma quietud
la reconoces,
fugaz y transitoria
la voz del epitafio;
y es todo lo que ha muerto
el ayer navegable.

Certidumbre de la ausencia. Amalia Iglesias Serna.

Regreso al mismo café.
Las horas lentas que pasaron en vano
atraviesan conmigo la puerta giratoria.
Y al fondo, entre las mesas,
una sonrisa tuya me mira como entonces.

Pero otra vez esos labios extraviados
tampoco son tus labios,
no hay sonrisa y el mármol de esta mesa
certifica en mis manos un mensaje de frío.