martes, 9 de mayo de 2017

La tristeza. Anton Chéjov (1860-1904)

La capital se envuelve en penumbras. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles, se extiende, fina, suave, sobre los tejados, sobre los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros. El cochero Yona está blanco, como un fantasma. Sentado en su trineo, encorvado, permanece inmóvil. Se diría que ni un alud de nieve le sacaría de su quietud.

Su caballo también está blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo parece, aun de cerca, un caballo de caramelo de los que se les compran a los niños por un copec. Se halla sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado vasta la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, todo ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada. Las sombras se van cerrando. La luz de los faroles se hace más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

-¡Ten cuidado! -grita otro cochero, colérico-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil!
-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los insultos del otro cochero. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confundido, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra. El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

-¿Qué?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

-Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
-¿De veras?... ¿De qué murió?

Yona, alentado por la pregunta, se vuelve hacia el cliente y dice:

-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y... Dios que lo ha querido.
-¡A la derecha! -oye de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo. Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle. Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco manto caballo y trineo.

Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.

-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes. Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

-¡Bueno, en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
-¡Bueno, bueno! Arrea un poco tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, Vaska y yo nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas.
-¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
-¡Palabra de honor!
-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe agudamente.

-¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el jorobado-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale firme al vago de tu caballo. ¡Qué diablos!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el jorobado-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
-¿Oyes, viejo estas enfermo?-grita el deforme-. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
-¿Yo? ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

-¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada instante es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero. Yona ve a un portero que se asoma con un paquete y trata de entablar conversación.

-¿Qué hora es? -le pregunta, amable.
-Casi las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

-No puedo más -murmura-. Hay que acostarse.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado. En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca la cabeza y busca algo con la mirada.

-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
-Sí.
-Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro. Su difunto hijo ha dejado en la aldea a una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar a alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo. Se viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno.

-¿Comes? -le dice Yona, acariciándole el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno. Soy demasiado viejo para ganar mucho. A decir verdad, no debería ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

Tras una corta pausa, Yona continúa:

-Sí, amigo, ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera. Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

Tres líneas de francés antiguo. Abraham Merritt (1884-1943)

-Por rica que fuera la guerra para las ciencias quirúrgicas -concluyó Hawtry-, al abrir por medio de las torturas y las mutilaciones, zonas inexploradas en las que el ingenio del hombre se apresuró a entrar, descubriendo medios, al hacerlo, para darles jaque mate a los sufrimientos y la muerte, porque siempre, amigos míos, el destilado de sangre y sacrificio es progreso, por grande que todo ello fuera, la tragedia mundial laa abierto aún otra zona en la que pueden descubrirse, quizá, conocimientos todavía mayores. Fue una clínica insuperable para los sicólogos, todavía más que para los cirujanos.

Latour, el gran doctor francés, se inquietó, extirpándose de las profundidades del gran sillón; las luces de la chimenea danzaban sobre su rostro enjuto.
-Eso es cierto -dijo-. Si, es cierto. En ese horno, la mente humana se abrió, como una flor bajo un sol demasiado brillante. Castigados en esa tempestad colosal de fuerzas primitivas, atrapados en el caos de energías tanto físicas como síquicas, que, aunque el hombre mismo era su creador, hicieron que pareciera una polilla en medio de un remolino de aire, todos esos factores oscuros y misteriosos de la mente, a los que los hombres, por falta de conocimientos, hemos llamado alma, quedaron libres de sus inhibiciones y obtuvieron la fuerza para actuar.
-¿Cómo podía suceder otra cosa, cuando los hombres y las mujeres, oprimidos por tristezas y alegrías vibrantes, manifiestan las emociones de las profundidades ocultas de sus espíritus..., cómo hubiera podido suceder otra cosa en ese crescendo mantenido constantemente de emociones?

McAndrews intervino.
-¿A qué región sicológica se refiere usted, Hawtry? -inquirió.
Estábamos cuatro de nosotros instalados junto a la chimenea del Science Club: Hawtry, que ocupa la cátedra de sicología en una de nuestras principales universidades y cuyo nombre se honra en todo el mundo; Latour, un inmortal de Francia; McAndrews, el famoso cirujano estadounidense, cuyo trabajo durante la guerra ha escrito una nueva página en el libro brillante de la ciencia, y yo mismo. Los nombres de mis tres acompaitantes no eran verdaderamente esos; pero sí eran tal y como los he descrito. No voy a esforzarme en identificarlos más.

-Me refiero al campo de la sugestión -replicó el sicólogo-. Las reacciones mentales que se revelan como visiones, una formación accidental en las nubes que se convierte para las imaginaciones sobreexcitadas de los dominadores en las multitudes de Juana de Arco saliendo de los cielos, el reflejo de la luna en los bordes de las formaciones de nubes que se convierten para los asediados en una cruz sostenida por arcángeles; la desesperación y la esperanza, que se transforman en leyendas tales como la de los arqueros de Mons, arqueros fantasmales que dominan y abruman con sus flechas a los arqueros enemigos; jirones de niebla, en la tierra de nadie, que son interpretados por los ojos cansados de los vigilantes, en la forma del mismo Hijo del Hombre, que camina con tristeza entre los muertos. Señales, portentos y milagros; las multitudes de premoniciones, de apariciones de seres amados, habitantes todos de esa región de las sugestiones; nacidos todos ellos del desgarramiento de los velos del subconsciente. En este caso, con sólo que se logre reunir una milésima parte, será ya suficiente para que los ana lizadores sicológicos trabajen ininterrumpidamente durante veinte años.

-¿Y los límites de esa zona? -preguntó McAndrews.
-¿Los límites?
Resultaba evidente que Hawtry estaba perplejo.
Durante unos momentos, McAndrews permaneció en silencio. Luego, sacó del bolsillo una hoja de papel amarillento, un cablegrama.
-El joven Peter Laveller murió hoy -dijo, en tono aparentemente casual-. Murió donde lo había manifestado, en los restos de las trincheras que atraviesan los antiguos dominios de los señores de Tocquelain, cerca de Bethune.
-¡Murió allí! -el asombro de Hawtry era profundo-. Sin embargo, leí que lo habían llevado a casa; en realidad, ¡que se trataba de otro de sus triunfos, McAndrews!
-Dije que fue allí a morir -repitió el cirujano, lentamente.

Así pues, eso explicaba la curiosa reticencia de los Laveller con respecto a lo que le había ocurrido a su hijo soldado, un secreto que había causado sorpresa entre los periodistas profesionales durante varias semanas, ya que el joven Peter Laveller era uno de los héroes de la nación. Hijo único del viejo Peter Laveller, y tampoco este es el nombre verdadero de la familia, ya que, como sucede con los demás, no puedo revelarlo, era el heredero de los millones del viejo y taciturno rey del carbón, y el latido secreto y más amado de su corazón. Al comenzar la guerra se había alistado con los franceses. La influencia del padre pudo abrogar la ley del Ejército Francés, según la cual todos los hombres deben comenzar desde abajo -no lo sé-; pero el joven Peter no lo quiso. Con una gran determinación, lleno del fuego de los primeros cruzados, tomó su lugar en las filas.

De estampa limpia, ojos azules v un metro ochenta de estatura, de sólo veinticinco años de edad, quizá un poco soñador, era un tipo capaz de excitar las imaginaciones de los "peludos" (soldados franceses), que lo apreciaban. Fue herido dos veces, en el curso de los días más peligrosos, y cuando los Estados Unidos intervinieron en la guerra, fue transferido a nuestras fuerzas expedicionarias. Fue en el asedio a Mount Kemmel donde recibió las heridas que lo hicieron regresar junto a su padre y su hermana. Yo sabía que McAndrews lo había acompañado hasta ultramar y que, en opinión de todos, había logrado "remendarlo".

¿Qué había ocurrido entonces? ¿Y por qué había regresado Laveller a Francia, a morir, como lo había dlcho McAndrews?
Volvió a meterse el cablegrama en el bolsillo.
-Hay un límite, John -le dijo a Hawtry-. El caso de Laveller era de los limítrofes. Voy a explicártelo.
Dudó unos instantes.
-Quizá no debiera hacerlo. No obstante, tengo la idea de que a Peter le agradaría que lo relatara; después de todo se consideraba como descubridor.
Volvió a hacer una pausa. Luego, tomó definitivamente una decisión y se volvió hacia mí.
-Merritt, puedes utilizar este relato, si lo consideras conveniente. Pero si te decides a ello, cambia los nombres y asegúrate de que no publicarás ningún detalle que facilite la identificación. Después de todo, lo importante es lo que sucedió, si es importante, y no interesan en absoluto los protagonistas.

Se lo prometí, y he cumplido con mi promesa. Relato todo tal y como lo reconstruyó la persona a la que llamo McAndrews, en la habitación sumida en la penumbra, donde permanecíamos en silencio, hasta que él entró...

Laveller permaneció en pie detrás del parapeto de una trinchera de primera línea. Era de noche, una noche de principios de abril en el norte de Francia, y al decir esto, no hace falta añadir nada para quienes han estado ya en esos lugares.

A su lado había un periscopio de trinchera. Su fusil se encontraba muy cerca. El periscopio es prácticamente inútil durante la noche; por consiguiente, a través de una rendija, entre los sacos de arena, observaba la extensión, de unos cien metros, que era la tierra de nadie. Frente a él sabía que otros ojos permanecían fijos, mirando por rendijas simílares, en el parapeto alemán, del mismo modo que lo hacía él, registrando hasta los menores movimientos. Por toda la tierra de nadie estaban diseminadas formas grotescas, y cuando se encendían los obuses y llenaban con su resplandor aquella zona, esas formas parecían agitarse, moverse, algunas de ellas incluso levantarse, gesticular y protestar. Y eso resultaba horrible, ya que quienes se movían bajo la iluminación eran los cadáveres franceses e ingleses, prusianos y bávaros, fragmentos de un cargamento llevado a la gran prensa de vino tinto de la guerra, que se había instalado en aquel sector.

Había dos escoceses muertos en el terreno, uno segado por las balas de una ametralladora, en el momento en que trataba de atravesar la tierra de nadie. El choque de la muerte rápida y múltiple había hecho que pasara su brazo izquierdo sobre el cuello del camarada más cercano, y este último había sido herido en aquel preciso momento. Se encontraban allí tirados, abrazados, y conforme los obuses explotaban y se apagaban, iluminaban el terreno y morian, parecían girar, querer liberarse de los alambres de espino, lanzarse hacia adelante y regresar. Laveller estaba cansado, fatigado más allá de toda comprensión. Aquel sector era uno de los peores y más agitados. Durante casi setenta y dos horas había permanecido sin dormir, ya que los pocos minutos que se permitía de estupor, de vez en cuando eran interrumpidos por las alarmas constantes, haciendo que resultaran peor que el sueño. El bombardeo había sido continuo, y los alimentos escaseaban y era peligroso obtenerlos; cinco kilómetros atrás, a través del fuego enemigo, se habían visto obligados a recogerlos. Las raciones enviadas desde el aire no podían acercarse más.

Constantemente era preciso reconstruir los parapetos y reparar los alambres, y cuando se efectuaba esa labor, los obuses los destrozaban de nuevo y era preciso efectuar, una vez más, la rutina horrible de su reparación, ya que tenían órdenes de conservar aquel sector a toda costa. Todo lo que le quedaba de conciencia a Laveller estaba concentrado en sus ojos Sólo permanecía con vida su facultad de ver. Y la visión, obedeciendo a las órdenes rígidas inexorables de conservar todas sus reservas de vitalidad en el deber que estaba ejecutando, no veía otra cosa que la franja de terreno que debía vigilar Laveller, hasta que fuera relevado. Sentía el cuerpo anquilosado, no sentía el suelo bajo sus pies y, a veces, parecía flotar en el aire, como los dos escoceses que se encontraban sobre la alambrada. ¿Por qué no podían estarse quietos? ¿Qué derecho tienen los hombres cuya sangre se les ha escapado, para formar el charco oscuro bajo ellos, a bailar y hacer piruetas, al ritmo de las explosiones? ¡ Malditos sean! ¿Por qué no podría algún obús arrojarlos al suelo y enterrarlos?

Había un castillo como a ochocientos metros de allí, a mano derecha. Al menos los restos de lo que había sido un castillo. Bajo él había sótanos profundos, en los que era posible arrastrarse y dormir. Lo sabía, debido a que hacía infinidad de tiempo, al llegar a aquella parte de las lineas, había dormido allí durante una noche. Sería como volver a entrar al paraíso el arrastrarse nuevamente a ese sótano, protegiéndose de la lluvia inclemente, y dormir, una vez más, con un techo sobre la cabeza. "Dormiré, dormiré y dormiré. y dormiré, dormiré y dormiré", se dijo. Luego se puso rigido a medida que la repetición de la palabra hizo que la oscuridad comenzara a reunirse en torno suyo. Los obuses explotaban y se apagaban, se iluminaban y desaparecían. Llegó basta él el tableteo de una ametralladora, pero debían ser sus dientes que castañeteaban, hasta que lo poco que le quedaba de conciencia le hizo comprender de qué se trataba en realidad: algún soldado alenáin demasiado nervioso que trataba de detener el movímiento interminable de los cadáveres. Oyó un arrastrar de pies sobre el barro calizo. No necesitaba mirar hacia allá, eran amigos, ya que de lo contrario no hubieran pasado junto a los centinelas que se encontraban en las esquinas de la posición. No obstante, de manera involuntaria, sus ojos se volvieron hacia los sonidos, tomando nota de que se trataba de tres figuras oscuras que lo observaban.

En aquel momento flotaba sobre ellos una media docena de luces, y por medio de sus resplandores pudo reconocer a los recién llegados. Uno de ellos era aquel famoso cirujano que había llegado desde el hospital de la base de Bethune para ver cómo se infligían las heridas que curaba. Los otros eran su mayor y su capitán. Sin duda, todos ellos se dirigían hacia los sótanos del castillo. ¡Vaya, algunos tenían toda la suerte! Volvió a mirar a través de la rendija, entre los sacos de arena.

-¿Qué sucede?
Era la voz de su mayor, que se dirigía al visitante.
-¿Qué sucede?, ¿qué sucede?, ¿qué sucede?
Las palabras se repetían con rapidez y de manera insistente en el interior de su cerebro, una y otra vez, tratando de despertarlo.
-Bueno, ¿qué sucede?
¡No sucedía nada! ¿No estaba allí él, Laveller, vigilando? El cerebro atormentado se reveló con furia. ¡No sucedía nada! ¿Por qué no se iban y lo dejaban vigilar en paz? Le hubiera parecido mucho más agradable.
-Nada.
Era el cirujano, y nuevamente las palabras se repitieron en los oídos de Laveller, como en un susurro, una y otra vez.
-Nada, nada, nada, nada.
Pero, ¿qué era lo que estaba diciendo el cirujano? De manera fraccionaria, comprendiendo sólo a medias, las frases se registraron:
-Es un caso perfecto de lo que les he estado diciendo. Ese muchacho, extraordinariamente cansado, desgastado, con toda su conciencia centrada en una sola cosa: la vigilancia... La conciencia se encuentra desgastada hasta el punto máximo... Detrás de ello, todo su subconsciente trata de escapar... La conciencia responderá sólo a un estímulo-movimiento, procedente del exterior..., pero el subconsciente, tan cercano a la superficie y controlado en forma tan ligera..., ¿qué hará si se suelta esa ligera suspensión?... Es un caso perfecto.
¿De qué estaban hablando?
Sólo llegaban ya hasta él susurros.
-Así pues, si me dieran permiso...

Era de nuevo el cirujano quien hablaba. ¿Permiso para qué? ¿Por qué no se iban y dejaban de molestarlo? ¿No era suficientemente duro tener que vigilar, sin que le hicieran también escuchar? Algo pasó ante sus ojos. Lo miró ciegamente, sin reconocerlo. Su visión debía estar nublada. Levantó una mano y se frotó los párpados. Sí, debía tratarse de sus ojos, ya que la visión había desaparecido. Un pequeño circulo de luz brilló contra el parapeto, cerca de su rostro. Lo lanzaba una pequeña lámpara. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué miraban? Una mano apareció en el circulo, una mano de dedos largos y flexibles que se agitaban sobre un pedazo de papal en el que estaba escribiendo. ¿Querían también que leyera? ¡No sólo vigilar y escuchar, sino también leer! Reunió todas sus fuerzas para protestar.

Antes de que pudiera obligar a sus labios rígidos a moverse, sintió que le desabrochaban el botón superior de su capote, que una mano se deslizaba por la abertura y arrojaba algo al bolsillo de su guerrera, inmediatamente por encima de su corazón. Alguien susurró:
-Lucie de Tocquelain.
¿Qué quería decir aquello? Esa no era la palabra de contraseña.
Sentía ruidos muy fuertes en su cabeza, como si se estuviera hundiendo en el agua. ¿Qué era aquella luz que danzaba ante él, incluso cuando cerraba sus párpados? Abrió los ojos con dificultad.

Laveller miró directamente hacia el disco de un sol dorado, que se elevaba por encima de una hilera de robles. Parpadeó y bajó la mirada. Estaba de pie sobre un césped verde y suave que le llegaba hasta los tobillos, y que era interrumpido por pequeñas plantas con florecitas azules. Las abejas se paseaban entre sus cálices. Entre ellas se deslizaban mariposas de alas amarillentas. Soplaba una brisa suave, cálida y fragante. De forma rara, no sintió ninguna extrañeza. Era un mundo absolutamente normal, tal y como debía serlo. Pero recordó que en cierto momento había estado en otro mundo, remoto y muy diferente de este: un mundo lleno de miseria y dolor, de barro manchado de sangre y suciedad, de frío y humedad; era un mundo lleno de crueldad, cuyas noches eran disturbadas por el infierno de luces brillantes, los sonidos cortantes y los hombres atormentados, que trataban en vano de descansar y dormir, mientras los cadáveres danzaban. ¿Qué era aquello? ¿Había existido en realidad aquel mundo? Ya no se sentía soñoliento.

Levantó las manos y se las miró. Estaban rugosas, sucias y llenas de cortaduras. Llevaba un capote húmedo, sucio y salpicado de barro. Sus piernas estaban protegidas por botas altas. Junto a un pie incrustado en el lodo había un manojo de florecitas azules, medio aplastadas. Gimió, con piedad, y se inclinó, tratando de levantar los capullos rotos.
-¡Ya hay demasiados muertos, demasiados! -suspiró.
Luego hizo una pausa.
¡Había llegado desde un mundo de pesadilla! De otro modo, ¿cómo era posible que en aquel mundo limpio y feliz estuviera tan sucio?
Por supuesto que era así, pero, ¿dónde estaba? ¿Cómo había logrado abrirse paso hasta allí? ¿Se había pronunciado una contraseña?, ¿cuál era?
La recordó de pronto.
-¡Lucie de Tocquelain!
Laveller gritó ese nombre todavía de rodillas.
Una mano suave y pequeña se posó en su mejilla, y una voz delgada, de tono suave, le acarició los oídos.
-Soy Lucie de Tocquelain. Y las flores volverán a crecer -dijo-; pero es muy emocionante que se sienta triste por ellas.

Laveller se puso en pie de un salto. A su lado se encontraba una muchacha, una joven esbelta, de unos dieciocho años de edad, cuyo cabello era como una nube voluptuosa que rodeaba su cabeza diminuta y orgullosa, en cuyos ojos grandes y de color castaño, posados en él, podía observarse la ternura y una piedad no exenta de alegría. Peter permaneció en pie silenciosamente, bebiéndosela con la mirada; su frente blanca, amplia y suave, los labios curvados y rojos, los hombros blancos y redondeados que destacaban a través del tejido plateado de su chal; el cuerpo dulce y esbelto en el vestido pendiente y de calidad, con su cinturón elevado, de cuero. Era bastante hermosa, pero a los ojos cansados de Peter era más que eso, como un manantial que surgía en el árido desierto, el primer soplo de brisa fresca, de penumbra, sobre una isla agobiada por el calor; la primera visión del paraíso para un alma surgida de una permanencia de varios siglos en el infierno. Y bajo la admiración ardiente de sus ojos, los de la joven descendieron hasta el suelo. Cierto rubor tiñó la garganta blanca y se elevó hacia el cabello oscuro.

-Yo... soy la señorita de Tocquelain, señor -murmuró-. Y usted...
-Laveller... Me llamo Peter Laveller -tartamudeó-. Excuse mi brusquedad, pero no sé cómo llegué aquí, ni tampoco de dónde, con la excepción de que se trataba de un lugar muy distinto. Y usted es muy hermosa, señorita.
Los ojos claros volvieron a levantarse durante un instante, con cierta emoción reflejada en sus profundidades, y volvieron a descender de nuevo. Pero el rubor se hizo más acentuado.
Laveller la observó, mostrando en sus os todo su corazón, que comenzaba a despertar; luego, se despertó su perplejidad y lo agobió insistentemente.
-¿Puede usted decirme qué lugar es este, señorita? -tartamudeó-. ¿Y cómo llegué aquí, si usted...? -hizo una pausa.

Desde algún lugar remoto, a muchas leguas en el espacio, un cansancio insoportable estaba extendiéndose sobre él. Lo sintió acercarse y apoderarse de él, cada vez más. Se hundía profundamente, y caía, caía... Dos manos suaves y cálidas se apoderaron de las suyas. Su cabeza cansada se desplomó sobre ellas. De las palmas pequeñas de aquellas manos se desprendía reposo y fuerza. El cansancio comenzó a retirarse..., poco a poco..., hasta desaparecer por completo. Detrás quedó un deseo incontrolable de llorar..., de llorar de alivio porque había pasado el cansancio, de que el mundo infernal cuyas sombras se arrastraban todavía en su memoria, estaba tras él, y que estaba allí, con aquella joven. Y sus lágrimas brotaron, mojando las diminutas manos. ¿Sintió la cabeza de la joven inclinada sobre la suya, y sus labios que se posaban dulcemente en sus cabellos? Consiguió sosegarse y levantó la cabeza, con el rostro lleno de vergüenza.

-No sé por qué he llorado, señorita... -comenzó a decir.
Entonces se dio cuenta de que los dedos pequeños y blancos de la joven estaban reposando sobre los suyos. Los soltó, con un terror repentino.
-Lo siento -tartamudeO-. No debo tocarla...
La joven alargó la mano rápidamente y volvió a cogerle las manos entre las suyas, dándole palmaditas, mientras sus ojos relampagueaban.
-Yo no veo sus manos como usted, señor Pierre -respondió Lucie-. Y aunque lo hiciera, ¿no son para mi sus manchas como trazos de los bravos corazones de los hijos de los gonfalones de Francia? No piense más en sus manchas, señor, a no ser como condecoraciones.
¿Francia?... ¿Francia? ¡Ese era el nombre del mundo del que había salido, del mundo que había dejado atrás; donde los hombres trataban inútilmente de dormir y los cadáveres danzaban!
Los cadáveres danzaban..., ¿qué quería decir aquello?
Volvió sus ojos llenos de extrañeza hacia la joven.
Y con un grito de piedad, la muchacha se apretó contra él.
-Está usted tan cansado..., tan hambriento... -se dolió-. No piense más ni trate de recordar nada, señor, en tanto no haya comido y bebido con nosotros, descansando un poco.
Se habían vuelto y Laveller pudo ver, a corta distancia, un castillo. Era alto y severo, lleno de serenidad y grandeza, con sus torres esbeltas lanzadas hacía el cielo, como plumas tomadas del casco de algún príncipe altivo.
Tomados de la mano, como niños, la señorita de Tocquelain y Peter Laveller se acercaron a la construcción, a través del verde césped.
-Ése es mi hogar, señor -dijo la joven-. Ahí, entre los rosales, mi madre me está esperando. Mi padre se encuentra lejos y se pondrá triste por no haberlo conocido, pero ya lo verá cuando usted regrese.

Entonces, debía regresar. Eso quería decir que no podría quedarse. Pero, ¿adónde tendría que irse?... ¿De dónde debería regresar? Su mente trabajaba febrilmente, se cegaba y volvía a aclararse. Caminaban entre rosales; por todas partes había rosas, grandes y fragantes, con capullos abiertos de escarlatas y azafranes, de colores rosados y blancos; macizos y macizos de flores trepando por las terrazas y ocultando la base del castillo con sus pétalos fragantes. Y cuando, todavía tomados de la mano, pasaron entre ellos, llegaron junto a una mesa cubierta de manteles níveos y con vajilla de porcelana fina. Una mujer estaba instalada a la mesa. Peter estimó que acababa apenas de dejar atrás su primera juventud. Vio que tenía el cabello blanco por el polvo y las mejillas blancas y sonrosadas como las de un niño. Sus ojos chispeaban y tenían el mismo color castaño de los de la señorita. Era graciosa, muy graciosa, opinó Peter, como una gran dama de la antigua Francia. La señorita le hizo una breve reverencia.

-Mamá -dijo-, te presento al señor Piene la Valliere, un caballero muy valeroso y galante que ha venido a visitarnos brevemente.
Los ojos límpidos de la dama lo observaron con mucha atención. Luego, la cabeza blanca se inclinó y una mano delicada se tendió hacia Peter, sobre la mesa. Comprendió que debería tomarla y besarla, pero dudó, sintiéndose desgraciado y sucio y observando sus propias manos, llenas de barro.
-El señor Pierre no se ve a sí mismo como lo hacemos nosotros -dijo la joven con una especie de tono alegre de reproche, luego soltó una carcajada que resonó como el tañido cristalino y acariciador de un carillón de oro-. Madre, ¿hacemos que se vea las manos como lo hacemos nosotros?

La dama de cabello blanco sonrió, asintiendo, con una expresión llena de amabilidad en los ojos y, notó Laveller, al mismo tiempo, con la misma piedad que había observado en los ojos de su hija, cuando la vio por primera vez. La señorita tocó ligeramente los ojos de Peter; luego le tomó las manos y le puso las palmas frente a los ojos. ¡Eran blancas, finas y limpias y, en una forma extraña, hermosas! Nuevamente un temor profundo se apoderó de él, pero se impuso su temperamento. Venció su sentimiento de extrañeza, se inclinó cortésmente, tomó entre sus dedos la mano ofrecida por la dama y la levantó hasta sus labios. La mujer hizo sonar una campanilla de plata. Entre los rosales aparecieron dos hombres altos, en librea, que tomaron el capote de Laveller. Los seguían cuatro niños negros, vestidos con ropa alegre, de color escarlata, con bordados dorados. Llevaban bandejas de plata en las que había carne, pan blanco muy fino y pastelillos, así como vino en frascos altos de cristal.

Peter recordó lo hambriento que estaba. Pero de aquella fiesta fue poco lo que recordó..., hasta cierto punto. Lo único que sabía era que estaba sentado allí, lleno de un gozo y una felicidad mayores que los que había sentido nunca, en sus veinticinco años de vida. La madre habló muy poco, pero la señorita Lucie y Peter Laveller conversaron y se rieron como niños, cuando no permanecían en silencio, bebiéndose el uno al otro con la mirada. En el corazón de Laveller fue tomando cuerpo una especie de adoración hacia aquella señorita encontrada de manera tan extraña. Ese sentimiento creció hasta que le pareció que su corazón era incapaz de contener tanta alegría. También los ojos de la joven, cuando reposaban en él, se hacían más suaves, llenos de ternura y promesas; el rostro orgulloso de la madre, bajo el cabello níveo, mientras los observaba, tomó la esencia de esa dulzura infinitamente grande que es el alma de las madonas. Finalmente, la señorita de Tocquelain, al levantar la mirada y encontrarse con la mirada de su madre, enrojeció, bajó sus largas pestañas e inclinó la cabeza; luego, volvió a levantar la mirada valerosamente.

-¿Está contenta, madre? -preguntó con gravedad.
-Estoy muy contenta, hija -fue la respuesta sonriente.

Repentinamente sucedió lo increíble, lo más terrible en aquella escena de belleza y paz que era, dijo Laveller, como el golpe relampagueante descargado por la garra de un gorila en el pecho de una virgen. Un alarido surgido de lo más profundo del infierno y que interrumpía los cánticos de los ángeles. A su derecha, entre las rosas, comenzó a brillar una luz, una luz resplandeciente que lo iluminaba todo y se apagaba, volvía a iluminar y a apagarse. En esa forma podía distinguir dos figuras. Una de ellas tenía un brazo pasado en torno al cuello de la otra; permanecían abrazados bajo la luz, y parecían hacer piruetas, tratando de liberarse, de lanzarse hacia adelante, regresar y bailar. ¡Eran los cadáveres que danzaban!

Un mundo en el que los hombres buscaban reposo, donde trataban de dormir, sin que les fuera posible hacerlo. En él ni siquiera los muertos hallaban reposo, ¡debían danzar al ritmo del estallido de los obuses! Peter gruñó, se puso en pie de un salto y observó la escena, temblando con todo su cuerpo. La joven y la dama siguieron su mirada rígida, se volvieron de nuevo hacia él y sus ojos estaban llenos de compasión y lágrimas.

-¡No es nada! ¡No es nada! ¡Puede ver que no hay nada!

Una vez más le tocó los párpados y la luz y las figuras oscilantes desaparecieron. Pero Laveller sabía ya a qué atenerse. En el fondo de su conciencia se agitaba la marea plena de los recuerdos, en su memoria vio nuevamente el barro y la suciedad, las manchas y los sonidos desgarradores, la crueldad, la miseria y los odios; el recuerdo de hombres despedazados y cadáveres atormentados. Sabía de dónde procedía: de las trincheras. ¡Las trincheras! ¡ Se había dormido y todo aquello no era más que un sueño! Se había quedado dormido en su puesto, mientras que sus camaradas confiaban en que estaba vigilando. Y aquellas dos figuras fantasmales, entre las rosas, eran los dos escoceses, colocados sobre la alambrada, y que le recordaban cuál era su deber. Le pedían que regresara. ¡Era preciso que se despertara! ¡Debía despertarse! Se esforzó desesperadamente en liberarse de aquella ilusión, obligarse a regresar a aquel mundo endemoniado en el que, durante aquella hora de encanto, había sido, para su mente, tan sólo como una nube en un horizonte lejano. Y mientras se esforzaba, la señorita de ojos castaños y la dama de cabellos blancos lo observaban, derramando lágrimas con una conmiseración infinita.

-¡Las trincheras! -gritó Laveller-. Santo cielo, debo despertarme! ¡ Debo regresar! ¡Dios santo, despiértame!
-Entonces, ¿no soy yo más que un sueño?
Era la voz de la señorita Lucie, un poco decepcionada y temblorosa.
-Debo regresar -gruñó, aunque la pregunta hecha por la joven parecía destrozarle el corazón-. ¡Déjenme despertar!
-¿Soy un sueño? -la voz sonaba llena de enojo. La señorita se le acercó-. ¿No soy real? -un pie diminuto tropezó furiosamente con el de él, una manita ascendió y le pellizcó con fuerza, cerca del codo. Peter sintió el dolor y se frotó, mirándola con extrañeza-. ¿Cree usted que soy un sueño? -murmuró la joven.

Levantó las palmas de las manos, se las colocó en las sienes, haciéndole bajar la cabeza, hasta que sus ojos quedaron prendidos en los de ella. Laveller observó y observó, descendiendo hasta las profundidades de aquellos ojos y perdiéndose en ellos. El aliento cálido y dulce de la joven le acariciaba las mejillas; fuera donde fuera que estuviera, en todo caso, Lucie no era un sueño.
-¡Pero debo regresar..., debo volver a la trinchera!
Su carácter de soldado le mostraba el camino que debía seguir.
-Hijo mio -era la madre quien hablaba-. Hijo mio, estás en tu trinchera.
Peter la miró, asombrado. Recorrió con los ojos la escena maravillosa que le rodeaba. Cuando se volvió de nuevo hacia ella, lo hizo con la expresión de un niño absolutamente perplejo.
La dama sonrió.
-No tema -le dijo-. Todo está bien. Está en su trinchera, pero en esa trinchera hace siglos. Sí, hace doscientos años, si contamos el tiempo como lo hacen ustedes... y como lo hacíamos también nosotros antes.
Laveller sintió un sudor muy frío. ¿Estaban locas? ¿Estaba loco él? Su brazo resbaló sobre un hombro suave; la sensación le hizo recuperarse y le dio fuerzas para seguir adelante.
-¿Y ustedes? -se esforzó en preguntar.
Sorprendió un intercambio rápido de miradas entre las dos mujeres, y como respuesta a una pregunta no formulada, la madre asintió. La señorita Lucie oprimió sus suaves manos en el rostro del soldado, y le miró de nuevo a los ojos.
-¡Mi amor! -dijo con amabilidad-, hemos estado... -vaciló- lo que llaman muertas... en tu mundo..., durante doscientos años.

Pero antes de que hubiera podido pronunciar esas palabras, creo que Laveller había presentido ya lo que iban a decirle, y durante un instante sintió que por todas sus venas corría el hielo. No obstante, esa sensación de frialdad se desvaneció tras la exaltación que le recorrió. Se desvaneció como el rocío bajo los rayos candentes del sol, porque si aquello fuera cierto entonces la muerte no existía. ¡Y era cierto! ¡Era cierto! Lo supo con una seguridad absoluta y sin la menor sombra de duda; pero, ¿hasta qué punto su deseo de creer estaba incluido en aquella seguridad? Miró al castillo. ¡Por supuesto! Eran sus ruinas las que había estado viendo cuando el resplandor de los obuses rompía la oscuridad de la noche, aquel en cuyo sótano se había acostado a dormir. La muerte... ¡Oh, qué corazones más tontos y temerosos tenían los hombres! ¿Era aquello la muerte? ¿Aquel lugar maravilloso, lleno de paz y hermosura? ¡Y aquella joven maravillosa, cuyos ojos castaños eran las llaves de los deseos del corazón! ¡La muerte...! Soltó una carcajada interminable.

Otro pensamiento le sorprendió y le corrió como un torrente. Debía regresar a las trincheras y decirles la gran verdad que habla descubierto. Era como un viajero procedente de un mundo moribundo que tropieza, de pronto, con un secreto capaz de hacer que aquel mundo de muerte se convirtiera en un paraíso lleno de vida. Ya no habla necesidad de que los hombres temieran la metralla de los obuses que explotaban, las balas que los desgarraban, del plomo o el acero cortante. ¿Qué podía importarle, si aquello, aquello era la verdad? Tenía que regresar a decirselo. Incluso aquellos dos escoceses permanecerían tranquilos sobre las alambradas cuando se lo susurrara. Pero se olvidaba...: ellos ya lo sabían. Sin embargo, no podían regresar a decirlo, como podía hacerlo él. Estaba loco de alegría, sintiéndose elevado hasta los cielos, como un semidiós. Era el portador de una verdad que liberaría al mundo endemoniado de su infierno; un nuevo Prometeo que le devolvería a la humanidad una llama más preciosa que la que le devolvió el antiguo.

-¡Debo irme! -gritó- ¡Debo decírselo! ¡Indíquenme cómo regresar... rápidamente! -lo asaltó una duda; reflexionó en ello-. Pero no podrán creerme -susurró-. No. Debo llevar pruebas. Es preciso que lleve algo que se lo demuestre.

La señora de Tocquelain sonrió. Tomó un pequeño cuchillo de la mesa y, alargando la mano hacia uno de los rosales, cortó un racimo de capullos, que lanzó hacia las manos ansiosas del soldado. Antes de que pudiera atraparlas, la señorita lo había hecho ya.
-¡Espere! -murmuró-. Le voy a dar otro mensaje.
Sobre la mesa había tinta y una pluma, y Peter se preguntó cómo habrían llegado allí. No las había visto antes... Pero, entre tantas maravillas, ¿qué importaba una más?
La señorita Lucie tenía en la mano un pedazo de papel. Inclinó su cabeza diminuta y hermosa, y escribió; sopló al papel, lo agitó en el aire para secarlo, suspiró, le sonrió a Peter y envolvió en él el tallo del racimo de capullos de rosas, lo colocó en la mesa y alargó la mano, retirando la de Laveller.
-Su capote -dijo-. Lo necesitará porque ahora debe regresar.
Peter metió los brazos en la prenda de vestir. Se estaba riendo, pero los ojos grandes y castaños estaban llenos de lágrimas; la boca roja estaba muy apretada.
Entonces la madre se levantó y volvió a extenderle la mano; Laveller se inclinó y se la besó.
-Lo estaremos esperando aquí, hijo mío -le dijo con dulzura-, hasta cuando le llegue el momento. .. de regresar.
Peter alargó la mano para tomar las rosas envueltas en el papel. La señorita colocó una mano sobre ellas y las levantó, antes de que pudiera tocarlas.
-No deberá leerlo basta que se haya ido -le dijo.
Sus mejillas y su garganta se cubrieron nuevamente de rubor.

Tomados de la mano, como niños, se apresuraron a atravesar el verde césped, hasta el lugar en que Peter la vio por primera vez. Se detuvieron una vez allí, mirándose el uno al otro, con gravedad. Entonces, aquel otro milagro que le había ocurrido a Laveller, y del cual se había olvidado a causa de su importante descubrimiento, se presentó nuevamente.
-¡La amo! -le susurró Peter a su viva, aunque muerta desde hacía tiempo, señorita de Tocquelain.
Ella suspiró y se lanzó a sus brazos.
-¡Sé que me ama! -gritó ella-. Sé que lo hace, mi amor..., pero tenía mucho miedo de que se fuera sin decírmelo.
La joven levantó sus dulces labios, los oprimió largamente contra los de él y retrocedió.
-Yo lo amé desde el primer momento que lo vi, en pie, en ese mismo lugar -explicó-. Estaré esperándolo aquí cuando regrese. Y ahora debe irse, mi amor; pero espere... -sintió que una mano se deslizaba al bolsillo de su guerrera y oprimía algo contra su corazón-. Los mensajes -dijo Lucie-. Tómelos. Y recuerde... que le estaré esperando. Se lo prometo yo..., Lucie de Tocquelain.
Peter sintió como un cántico en su cabeza. Abrió los ojos. Estaba de regreso en la trinchera, y en sus oídos resonaba todavía el nombre de la señorita, sintiendo junto a su corazón la presión de su mano. Tenía la cabeza vuelta hacia los tres hombres que lo estaban observando.

Uno de ellos tenía un reloj en la mano, era el cirujano... ¿Por qué miraba aquel reloj? ¿Había permanecido ausente durante mucho tiempo? De todos modos, ¿qué importaba eso, cuando era portador de un mensaje semejante? Ya no se sentía cansado sino transformado, lleno de júbilo. Tenía el alma llena de alegría. Olvidándose de la disciplina, se lanzó hacia los tres hombres.

-¡La muerte no existe! -les gritó-. ¡Debemos enviar ese mensaje a todos, inmediatamente! Inmediatamente, ¿lo comprenden? Díganselo al mundo...; una prueba...
Tartamudeaba en su apresuramiento. Los tres hombres se miraron uno al otro. Su mayor levantó su lámpara eléctrica de bolsillo, dirigiendo los rayos de luz hacia el rostro de Peter y mirándolo extrañado. Luego, con calma, avanzó y se colocó entre su subordinado y el fusil.
-Recupere el aliento, amigo..., y cuéntenos después todo lo ocurrido -dijo.
Parecían estar muy poco impresionados. Bueno, que esperaran hasta que escucharan lo que tenía que decirles.

Y Peter lo hizo, suprimiendo de su relato, tan sólo, lo que había sucedido entre él y la señorita. De todos modos, ¿no era esa una cuestión personal? Lo escucharon en silencio y con gravedad, pero la preocupación reflejada en los ojos de su mayor fue haciéndose cada vez más profunda, a medida que avanzaba en su relato.

-Desde luego..., regresé con tanta rapidez como pude para decírselo a todos. Para liberarnos de todo esto...
Sus manos trazaron en el aire un amplio circulo, con un gesto de profundo desagrado.
-¡Porque no importa nada de eso! ¡ Cuando morimos... vivimos! -concluyó.
En el rostro del hombre de ciencia podía observarse una profunda satisfacción.
-¡Es una demostración perfecta! ¡Mejor de lo que hubiera podido imaginarme! -le dijo al mayor, por encima de la cabeza de Laveller-. ¡Cuán grande es la imaginación de los hombres!
Su voz tenía cierta tonalidad extraña.
¿Imaginación? Peter comprendió lo que ocurría. ¡No le creían! ¡Pero iba a demostrárselo!
-¡Tengo pruebas! -les gritó.
Se abrió el capote, metió la mano en el bolsillo de la guerrera y su mano se cerró sobre un pedazo de papel que rodeaba a un tallo. ¡Ahora iba a demostrárselo!
Lo sacó y se los mostró.
-¡Miren!

Su voz sonó como un toque triunfal de trompeta. ¿Qué les pasaba? ¿No alcanzaban a ver? ¿Por qué lo miraban a la cara, en lugar de tratar de comprender qué era lo que les estaba mostrando? Bajó la mirada hacia lo que tenía en las manos. Luego, con incredulidad, se lo acercó todavía más a los ojos, sintiendo un sonido en los oídos, como si el universo se alejara de él, y como si su corazón se hubiera olvidado de latir. En su mano, con el tallo envuelto en el papel, no se encontraba el racimo de capullos frescos y fragantes que había cortado para él la madre de su señorita de ojos castaños. No. No tenía más que un manojo de capullos artificiales, gastados y rotos, manchados, ajados y viejos. Peter sintió un enorme desaliento. Miró en forma extraña al cirujano, a su capitán y al mayor, cuyo rostro reflejaba ya una enorme preocupación e, incluso, cierta decepción.

-¿Qué significa eso? -murmuró.
¿Había sido todo un sueño? ¿No existía la radiante Lucie, excepto en su propia mente? ¿No había ninguna señorita de ojos castaños que le amaba y a la que también él amaba?
El científico dio un paso al frente, tomó de entre los dedos flojos el pequeño manojo de capullos ajados y el pedazo de papel resbaló, permaneciendo en la mano del soldado.
-Naturalmente, se merece usted saber con exactitud lo que le ha estado sucediendo, amigo mío -le dijo la voz citadina y que denotaba una gran capacidad-. Sobre todo, después de la reacción que tuvo usted ante nuestro pequeño experimento -añadió, riéndose de manera agradable.
¿Experimento? ¿Experimento? Una rabia sorda comenzó a desarrollarse en el interior de Peter. La furia se iba apoderando lentamente de él.
-¡Señor!
Era el mayor quien lo llamaba, advirtiéndolo en cierto modo, según parecía, preocupado por su distinguido visitante.
-No se inquiete, mayor -siguió diciendo el gran hombre-. Se trata de un muchacho de elevada inteligencia y educado, lo cual puede verse por el modo en que se expresó. Estoy seguro de que lo comprenderá.
El mayor no era científico, sino un francés, humano y con una imaginación propia.
Se encogió de hombros, pero se acercó un poco más al fusil que reposaba en el suelo.
-Estuvimos conversando sus oficiales y yo -siguió diciendo la voz del visitante-. Los sueños son el esfuerzo hecho por las mentes semidormidas para explicar algún contacto, algún sonido poco familiar, o cualquier cosa que amenace al sueño. Por ejemplo, alguien que está adormecido tiene cerca una ventana rota, que cruje. El que duerme oye, su consciente se empeña en darse cuenta de todo, pero el control ha pasado ya al subconsciente. Este último entra en acción, acomodándose a las circunstancias, pero no puede responder, y sólo puede expresarse por medio de imágenes.

Toma el sonido y fabrica un pequeño romance en torno a él. Hace lo mejor que puede para explicarlo. Desgraciadamente, lo mejor que puede hacer es fabricar una mentira, más o menos fantástica..., reconocida como tal por la conciencia, en el momento en que despierta. Y el movimiento del subconsciente en esa presentación de imágenes es inconcebiblemente rápido. Puede representar, en una fracción de segundo, toda una serie de incidentes que, si ocurrieran en realidad, necesitarían varias horas... o incluso días. ¿Me ha comprendido hasta ahora? ¿Reconoce quizá la experiencia que acabo de describirle? Desde luego, debería hacerlo.

Laveller asintió. La rabia amarga que lo consumia estaba haciéndose cada vez más fuerte. Sin embargo, exteriormente parecía calmado, prestando toda su atención. Deseaba escuchar lo que aquel demonio tan satisfecho había hecho con él y luego...
-Sus oficiales estaban en desacuerdo con algunas de mis conclusiones. Lo vi a usted aquí cansado, concentrado en el deber presente, medio hipnotizado por la tensión y el continuo encenderse y apagarse de las luces. Era usted un sujeto clínico perfecto, un testigo de laboratorio excelente...
¿Podría impedir que sus manos se cerraran sobre aquella garganta, antes de que hubiera concluido su explicación? Laveller se lo estaba preguntando.
Lucie, su Lucie, era una mentira fantástica...
-Tranquilícese, amigo mío... -le susurró el mayor. Cuando atacara debería hacerlo con rapidez ya que aquel oficial estaba demasiado cerca. No obstante, debía ocuparse de su vigilancia, en su lugar, observando a través de la rendija, entre los sacos de arena. Quizá estuviera mirando hacia afuera cuando saltara Peter.
-Y así pues... -el tono de voz del cirujano era como el de un profesor dando una conferencia a nuevos doctores en una clínica-, así pues, tomé un pequeño manojo de flores artificiales que encontré entre las hojas de un antiguo misal, que recogí en las ruinas del castillo. En un pedazo de papel escribí una frase en francés, porque pensé que era usted de esa nacionalidad. Era una frase simple de la balada de Aucassin y Nicolette:
Y ella lo espera, para saludarlo, cuando todos sus días hayan pasado.
-Asimismo, hahia un nombre escrito en la portada del misal. Sin duda el de su propietaria, fallecida desde hacía ya mucho tiempo: "Lucie de Tocquelain"...
¡Lucie! La rabia y el odio de Peter quedaron sumidos ante un gran impulso de ansiedad que se hizo más fuerte que nunca.
-Por consiguiente, pasé el manojo de flores ante sus ojos que no veían, que no veían conscientemente, quiero decir, porque estaba seguro de que su subconsciente tomaría buena nota. Le mostré la línea escrita. Su subconsciente la absorbió también, con la sugestión de una aventura amorosa, una separación y una espera. Envolví el tallo de las flores en el papel y le metí ambas cosas en el bolsillo, susurrándole al oído el nombre de Lucie de Tocquelain.

El problema consistía en saber qué haría su subconsciente con esas cuatro cosas: las viejas flores, la sugestión de la frase escrita, el contacto y el nombre susurrado. ¡Era en verdad un problema fascinante! Y apenas había retirado la mano, casi antes de que mis labios se cerraran sobre las palabras que acababa de pronunciar, cuando se volvió usted hacia nosotros gritándonos que no existía nada semejante a la muerte; explicándonos, a renglón seguido, ese relato tan notable..., construido totalmente por su imaginación.

Pero no siguió hablando, la rabia mortal de Laveller había roto todos sus controles. Se abalanzó hacia adelante, lleno de furia, lanzándose, sin producir ningún sonido, hacia la garganta del cirujano. Sus ojos despedían chispas, como si tuvieran llamas rojas y vivas. Lo matarían por ello, pero le quitaría la vida a aquel adversario de sangre fría que era capaz de sacarle a un hombre del infierno, hacerle entrever el paraíso y permitir que regresara una vez más a un infierno que era ya cien veces más cruel debido a la pérdida de la esperanza para toda la eternidad. Antes de que pudiera hacer daño, unas manos fuertes lo sujetaron, zeteniéndole. La cortina de color escarlata brillaba ante sus ojos; luego desapareció. Pensó escuchar una voz llena de ternura y musical, que le susurraba:

-¡No es nada! ¡ No es nada! ¡Tienes que verlo, como lo hago yo!
Estaba de pie entre sus oficiales, que lo sujetaban a ambos lados. Guardaban silencio, observando al cirujano de rostro repentinamente pálido, con una expresión bastante fría y llena de animosidad.
-¡Amigo mío, amigo mío... -la placidez y la calma habían abandonado al científico-. No lo comprendo... De ningún modo. Nunca pensé que lo tomaría tan en serio.
Laveller les habló a sus oficiales con calma:
-Todo ha pasado, señores. Ya no necesitan sujetarme.
Lo miraron, lo soltaron y le dieron palmaditas en el hombro, mientras observaban a su visitante con la misma frialdad.

Peter, con movimientos inseguros, se volvió hacia el parapeto. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cerebro, su corazón y su alma no eran sino una desolación, un desperdicio extraordinariamente árido de esperanza e, incluso, de todo deseo de seguir esperando. Aquel mensaje suyo, la verdad sagrada que iba a hacer que se afirmaran los pies de un mundo atormentado, en el sendero del paraíso, era sólo un sueño. Lucie, su señorita de ojos castaños, que le había susurrado su amor, era un objeto que se componía de una sola palabra, un contacto, una frase escrita y flores artificiales. No podía ni deseaba creerlo. Todavía sentía el contacto de sus dulces labios contra los suyos. Su cuerpo cálido que temblaba entre sus brazos. Y le había dicho que regresaría, prometiéndole esperarlo. Laveller arrugó el pedazo de papel con furia..., lo levantó y se dispuso a tirarlo a sus pies.
Alguien pareció detenerle la mano.
Con lentitud desplegó el mensaje.

Los tres hombres que lo observaban vieron que en su rostro se extendia una expresión llena de felicidad parecida a la de un alma redimida de la tortura infinita. Su pena y su dolor desaparecieron, dejándole, una vez más, lleno de alegría. Permaneció en pie, soñando, con los ojos muy abiertos. El mayor dio un paso al frente, le quitó a su subordinado el papel con suavidad y se dispuso a leerlo. En ese momento, varias luces aparecieron en el cielo y la trinchera estaba muy iluminada, de modo que era imposible leer con facilidad lo escrito. En su rostro, cuando lo alzó, se reflejaba una profunda impresión... Y cuando los demás le quitaron el papel y lo leyeron, en sus rostros apareció aquella misma expresión de incredulidad. Sobre la frase que había escrito el cirujano había tres líneas en francés antiguo:

No temas, mi amor, no temas por las apariencias...
Después de los sueños viene el despertar.
Quien te ama,
LUCIE

Ese era el relato de McAndrews, y fue Hawtry quien rompió al fin el silencio que siguió.
-Por supuesto, esas frases debían haber estado ya en el papel -dijo-. Probablemente estaban poco marcadas, y su cirujano no las había visto. Estaba lloviznando, de modo que la humedad las hizo resurgir.
-No -respondió McAndrews-. No había nada antes.
-¿Cómo puede estar usted tan seguro de ello? -insistió el sicólogo.
-Porque yo era ese cirujano -declaró McAndrews, con calma-. El papel era una página arrancada de mi libreta de notas. Cuando enrollé en él el manojo de flores, estaba limpio..., con excepción de la frase que yo mismo había escrito.

"Además, había otra... Bueno, ¿podriamos llamarle otra prueba, John? La escritura del mensaje de Laveller era la misma que la que vi en la misiva en que estaban encerradas las flores. Y la firma "Lucie", era exactamente la misma, curva por curva y trazo por trazo, con el mismo estilo anticuado." Siguió un silencio prolongado, roto una vez más, con brusquedad, por Hawtry.

-¿Qué pasó con el papel? -inquirió-. ¿Se analizó la tinta? ¿Trató usted de...?
-Mientras permanecíamos allí, haciéndonos preguntas -lo interrumpió McAndrews-, se abatió sobre la trinchera un soplo violento de viento que me arrebató el papel de las manos, llevándoselo. Laveller lo observó, sin hacer ningún esfuerzo por recuperarlo.
"-Ya no importa. Ahora lo sé -dijo.
"Y me sonrió, con la felicidad de un niño lleno de gozo.
"-Perdóneme, doctor... Es usted el mejor amigo que he tenido. Creí, al principio, que me había hecho lo que ningún hombre puede hacerle a uno de sus prójimos... Ahora comprendo que hizo por mí lo que ningún otro hombre pudiera hacer.
"Y eso es todo. Permaneció durante toda la guerra sin buscar la muerte, ni evitarla. Llegué a amarlo como a un hijo. Se hubiera muerto después de Mount Kemmel, de no haber sido por mí. Deseaba vivir lo suficiente para despedirse de su padre y su hermana, y lo curé. Fue a despedirse, y luego regresó a la antigua trinchera, a la sombra del viejo castillo en ruinas, donde había encontrado a su señorita de ojos castaños."
-¿Por qué? -preguntó Hawtry.
-Porque pensó que desde allí podría regresar con mayor rapidez junto a ella.
-Esa conclusión me parece absolutamente desprovista de fundamento -dijo el sicólogo con irritación, casi con enojo-. Todo eso debe tener alguna explicación natural y simple.
-Por supuesto, John -le respondió el cirujano, en tono apaciguador-. Por supuesto que existe. Díganosla usted, ¿quiere?
Pero Hawtry, según parecía, no podía ofrecer ninguna explicación en absoluto.

La tristeza de las sirenas. Catulle Mendès (1841-1909)

Un día que pasaba a orillas del mar, oí el lamento de unas Sirenas bajo la soledad azul y completamente melancólica de la luna.
«¡Oh, qué desgracia! ¡Qué desgracia! Se acabaron los tiempos en los que los bellos muchachos de la tierra, hechizados por nuestras llamadas, prendados de nuestras blancuras entrevistas bajo el misterio diáfano del agua, nos seguían a las profundidades y morían por nuestros besos sobre un lecho flotante de algas. Vanas resultan ya nuestras audacias cerca de las orillas, nuestros cantos en el crepúsculo, nuestros brazos levantados; nadie nos escucha o no se detiene; ¡y nuestros suspiros se confunden hasta el amanecer con el lamento vago de las olas!»
Como yo escuchaba atentamente, pude distinguir entre las voces una más triste que decía:
«Todas las noches, allá, entre dos rocas, se ilumina una ventana, y veo, a través de la sombra y las cortinas, una forma acodada, con la cabeza hacia unos libros. Renace en mí la esperanza, me deslizo entre las olas, me aproximo a la claridad ascendiendo por la arena, desgarrando con los guijarros mis costados y mis senos. ¡Escúchame, trabajador solitario, que consumes en estériles esfuerzos la hora nocturna de los besos! No hay realidad humana que valga la quimera de mi amor. ¡Abandona los decepcionantes libros! ¡Desprecia la vana ciencia! Es en mis ojos glaucos dónde podrás leer el más dulce de los secretos; mi boca te revelará el misterio de la alegría. ¡Oh, ven! te enseñaré las languideces en la que duerme el pensamiento amargo. Pero aquél al que llamo permanece inmóvil, acodado en su mesa, y desdeñoso, no toma en consideración mi suplicante ternura, como si se tratase de los gemidos de las rachas de viento, o como los golpes de alas contra el cristal de una gaviota deslumbrada.»
La voz se calló. Otra se elevó, más triste todavía, diciendo:
«En una noche de verano, vi en la proa de un navío a un hombre que se inclinaba, mirando temblar el cielo en el mar. Como era muy joven y tenía mucha dulzura en los ojos, creí que su corazón no sería cruel, y, dándome la vuelta, cruzando detrás de mi cuello mis brazos, le mostré mi encantador vientre luminoso, mientras le hablaba entre los ruidos susurrantes de la espuma y el agua. ¡Contémplame, tú que sueñas! ¿No soy más hermosa que tus pensamientos? ¿Acaso prefieres un astro del cielo a la doble estrella rosada que se ilumina en la blancura de mi pecho?, ¿y qué cielo reflejado en el mar vale el infinito de mis verdes pupilas?» En los países lejanos a dónde te lleva tu navío no hay frutas tan sabrosas como mis labios al ser besados; ninguna siesta es tan dulce, ni en los bosques soleados, ni entre los calurosos perfumes y trinos de los nidos, que el sueño bajo mis cabellos, que el rumor de mis risillas y mis susurros. ¡Oh! ¡ven, tú que te exilias en un exilio más encantador que todas las patrias, en el mundo ignoto de inefables delicias! Pero aquél al que yo llamaba no interrumpió su sueño; seguía inclinado en la proa del navío, teniendo ante él la inmensidad y detrás los fardos de mercancías dispuestos sobre el puente. Y entonces me percaté de que no miraba temblar el cielo en el mar, sino que contaba, a la luz de las estrellas, monedas de oro en una bolsa abierta.»
Otra voz se hizo escuchar entre los desolados silencios de la luna.
«Lleno de un ruido de multitudes y tintineo de armas entrechocar, una nave más grande que todas las naves atravesaba el tumultuoso mar; la claridad del amanecer, entre los sonidos del cobre se desplegaba sobre los cascos y los sables en mil destellos de acero; y nosotras, semejantes a un vuelo de gaviotas, haciendo emerger nuestros brazos donde la espuma parecía convertirlos en alas, envolvimos la nave en marcha con nuestros juegos y nuestras risas que sonaban alegremente en el estrépito de las olas. ¡Ah! ¡Qué locos! ¿A dónde iban? ¿Hacia la batalla? ¿Hacia el odioso tránsito? ¡Cómo! ¿Por esas vanas quimeras que los hombres llaman honor, gloria, patria, cuantos jóvenes corazones dejarían de luchar, y cuántas bocas no conocerían otro beso que el de la pálida muerte? ¿Es que no hay lechos más agradables que los campos de masacres, empapados de fango y sangre? ¡Pero nos creeréis, jóvenes hombres! Lejos de las guerras, las fatigas y los estériles triunfos, vendréis con nosotras, con nosotras tan rubias y cariñosas; preferiréis al rudo cuerpo a cuerpo las caricias de nuestra desnudez desarmada. ¡Oh, venid! ¡Somos la belleza, el amor, el goce. ¡Oh, matarifes, nosotras somos la vida! ¿Acaso la sangre de nuestros labios no es más bella que la sangre de las heridas? Si anheláis combates, aceptar este dónde la victoria es segura, – segura y tan deliciosa. ¡Triunfad sobre nosotras, guerreros! No hay botín más valioso que nuestros senos desnudos, nuestros brazos abiertos, y después de nuestras felices derrotas, besos con los que, prisioneras, pagaremos nuestro rescate! Pero los hombres armados nos desdeñaban, nos rechazaban con un gesto de desprecio. Como yo me había aferrado al borde del navío, sentí en mi brazo levantado por un agarrón, la fría mordedura de una lama de acero, y volví a caer en las olas donde la espuma se volvió roja. »
Habiendo escuchado todo esto, dije a las tristes Sirenas:
«¡No esperéis que os compadezca, peligrosas tentadoras! Los hombres se han vuelto serios y están asiduamente ocupados con sus deberes o sus negocios, por lo que se aparten de vosotras con razón; no desconocen que tenéis con que turbar las almas más decididas, con que romper los más útiles propósitos; ni el sabio, ni el comerciante, ni el soldado, nadie, si os escuchase, seguiría su camino. Nosotros también sabemos, sabemos sobre todo que breve es la embriaguez que vosotras nos prometéis. ¡Oh mentirosas crueles! la muerte es la consecuencia de vuestros besos.»
Las Sirenas respondieron:
«¡Es cierto que somos temibles! Nuestro juego más querido consiste en debilitar con nuestras caricias el orgullo viril de las energías. Es cierto que somos pérfidas! nuestros amantes mueren en nuestro primer abrazo. ¿Pero que raza loca y despreciable sois vosotros, hombres de hoy en día, que preferís al goce la imbécil vanidad de las tareas humanas, y juzgáis que no vale la pena morir por un beso?»

El tratado Middoth. M.R. James (1862-1936)

Una tarde de otoño, un señor mayor de grises patillas empujó la puerta que daba acceso al vestíbulo de cierta famosa biblioteca y, dirigiéndose a un empleado, le manifestó que creía tener derecho a utilizarla, y le preguntó si podía sacar un libro. Sí, si estaba en la lista de los que gozaban de ese privilegio. Mostró su tarjeta: Sr. John Eldred. Y consultado el registro, la respuesta que recibió fue afirmativa.

-Ahora otra cosa -dijo-: hace bastante tiempo que no vengo y no recuerdo el edificio; además, es casi hora de cerrar y me es imposible andar subiendo y bajando. Aquí está el título del libro que necesito: ¿hay alguien disponible que me lo pueda buscar?

Tras pensar un momento, el empleado hizo una seña a un joven. -Señor Garrett -dijo-: ¿tiene un minuto para atender a este señor?
-Con mucho gusto. Creo que lo encontraré en seguida; casualmente está en la sección que he inspeccionado; pero voy a mirar en el catálogo para asegurarme. Supongo que desea esta edición concreta, ¿verdad, señor?
-Sí, si no le importa; ésa exactamente -dijo el señor Eldred-. Se lo agradezco muchísimo.
-No faltaba más, señor- dijo el señor Garrett, y se fue corriendo.
-Lo sabía -dijo para sí cuando su dedo, tras recorrer las páginas del catálogo, se detuvo-: Talmud. Tratado Middoth; con comentarios de Nachmanides. Amsterdam, 1707. 11.3.34. Sección de Hebreo, naturalmente. No va a ser difícil.

El señor Eldred, acomodado en el vestíbulo, esperó ansioso el regreso de su mensajero. Pero su desencanto al ver bajar a un señor Garrett con las manos vacías fue de lo más evidente.

-Siento decepcionarle, señor -dijo el joven-; pero el libro está servido.
-¡Vaya por Dios! -dijo el señor Eldred-. ¿Seguro? ¿No se habrá equivocado?
-No hay mucha posibilidad, señor. Aunque, si no le importa esperar un minuto, podría hablar con el señor que lo tiene. No tardará en abandonar la biblioteca, y creo que le he visto tomar el libro de la estantería.
-¿Y le reconocería? ¿Es profesor o estudiante?
-Creo que no. Desde luego, no es profesor. Lo conocería; aunque no hay buena luz en esa parte de la biblioteca. Me ha parecido más bien un señor viejo y bajo, clérigo quizá, con capa. Si espera un momento, puedo preguntarle si necesita el libro de manera especial.
-No, no -dijo el señor Eldred-, no quiero... No puedo esperar ahora, gracias. Tengo que marcharme. Pero volveré mañana, y tal vez haya averiguado usted quién lo tiene.
-Por supuesto, señor; y le tendré preparado el libro si... -pero el señor Eldred se había ido ya, más deprisa de lo que se juzgaría prudente para sus años.

Garrett, que tenía un momento disponible, se dijo: -Iré otra vez a esa estantería a ver si encuentro al anciano. Es muy probable que pueda renunciar al libro por unos días. Quizá el otro señor no necesite tenerlo mucho tiempo- Así que se dirigió a la Sección de Hebreo. Pero al llegar estaba desierta, y el libro, con la signatura 11.3.34 se hallaba en su sitio. Era vejatorio para su propia autoestima haber defraudado a un consultante con tan poco fundamento; y de no haber ido contra las normas de la biblioteca, le habría gustado bajar el libro al vestíbulo en este momento, a fin de tenerlo allí cuando llegase el señor Eldred. Pero estaría pendiente, por la mañana, de la llegada del señor Eldred, y pidió al empleado del mostrador que le mandase recado en cuanto se presentase. Pero el hecho es que él mismo se encontraba en el vestíbulo cuando llegó el señor Eldred, poco después de que abriesen la biblioteca, y cuando no había casi nadie en el edificio aparte del personal.

-Lo siento mucho -dijo-; no suelo tener a menudo despistes estúpidos de esta clase, pero estaba convencido de que el anciano que vi tomaba ese libro y lo retenía sin abrirlo, como suele hacer la gente cuando piensa sacarlo en préstamo y no consultarlo aquí mismo. Se lo bajo en un segundo.

Hubo una pausa. El señor Eldred midió los pasos del vestíbulo, leyó los anuncios, consultó su reloj, se sentó a vigilar la escalera e hizo todo lo que hace un hombre devorado por la impaciencia, hasta que transcurrieron unos veinte minutos. Por último fue al mostrador y preguntó si estaba muy lejos esa parte de la biblioteca a la que había ido el señor Garrett.

-Precisamente estaba pensando que es muy raro, señor: es un joven bastante vivo por lo general; pero puede que el bibliotecario le haya mandado a algún recado; aunque de todos modos podía haberle dicho que estaba usted esperando. Le llamaré por el tubo a ver -y le llamó por el tubo.

Mientras escuchaba la respuesta, le iba cambiando la expresión; hizo una o dos preguntas complementarias que fueron contestadas brevemente. Después se acercó al mostrador y dijo en tono bajo:

-Siento decirle que ha habido un pequeño contratiempo. Por lo visto al señor Garrett le ha ocurrido algo, y el bibliotecario lo ha mandado a su casa en un coche por la otra salida. Ha sido víctima de un ataque, por lo que me han dicho.

-¡Cómo! ¿Quiere decir que le han herido?
-No, señor; nada de violencia, por lo que he entendido. Le ha dado un ataque, podríamos decir, de enfermedad. No es de constitución fuerte el señor Garrett. En cuanto a su libro, señor, quizá pueda buscarlo usted mismo. Sería una contrariedad que por este percance se quedara sin él otra vez.
-Sí... bueno; siento mucho que el señor Garrett se haya enfermado. Creo que es mejor que me olvide del libro de momento y vaya a verle. Supongo que puede darme su dirección -el empleado se la dio; al parecer el señor Garrett vivía no lejos del trabajo-. Y otra pregunta: ¿observó ayer si un señor anciano, clérigo quizá, con una... sí, con una capa negra, abandonó la biblioteca después que yo? Creo que puede ser un... o sea, creo que puede estar viviendo... o mejor dicho, puede que le conozca.
-¿Con una capa negra? No, señor. Sólo quedaban dos señores cuando usted se fue; y los dos bastante jóvenes. Eran el señor Carter, que sacó un libro de música, y un profesor que se llevó un par de novelas. No vi a nadie más, después me fui a cenar, y muy contento de hacerlo. Gracias, señor, muchas gracias.

El señor Eldred, dominado por la ansiedad, paró un coche y se dirigió al domicilio de Garrett; pero el joven aún no estaba en condiciones de recibir visitas. Se encontraba mejor, pero su patrona opinaba que había sufrido una conmoción. Por lo que había dicho el médico, creía que podría verle mañana. El señor Eldred regresó a su hotel al anochecer y pasó la velada en un estado de ánimo bastante sombrío. Al día siguiente pudo ver al señor Garrett. Era un joven alegre y de aspecto agradable. Ahora en cambio era un ser pálido y tembloroso, derrumbado en una butaca junto a la chimenea, que se estremecía por nada y no paraba de mirar hacia la puerta. Pero si había visitas que no estaba dispuesto a recibir, el señor Eldred no era una de ellas.

-En realidad soy yo el que debe pedirle disculpas; y ya había perdido toda esperanza de poderlo hacer, porque no sabía sus señas. Pero me alegro de que haya venido. Siento mucho causarle todo este trastorno; aunque comprenderá que no podía prever este... este ataque que he sufrido.
-Pues claro; pero veamos, yo soy algo médico. Perdone que le haga unas preguntas; aunque por supuesto, le han atendido debidamente. ¿Es una caída lo que sufrió?
-No. Me caí al suelo, pero no desde ninguna altura. En realidad, fue una impresión.
-¿Quiere decir que le sobresaltó algo? ¿Fue algo que creyó ver?
-No fue cuestión de creer, me temo. Sí: fue algo que vi. ¿Recuerda la primera vez que acudió usted a la biblioteca?
-Sí, claro. Pero ahora, permítame rogarle que no trate de describirlo: no le hará ningún bien recordarlo, se lo aseguro.
-Pero sería un alivio para mí contárselo a alguien como usted: quizá usted me lo podría explicar. Fue justo cuando iba a entrar en la sección donde está su libro...
-De veras se lo ruego, señor Garrett; además, el reloj me indica que dispongo de muy poco tiempo para recoger mis cosas y tomar el tren. No, no insista; podría resultarle más penoso de lo que imagina. Pero hay una cosa que sí quiero que me diga. Me siento indirectamente responsable de su indisposición, y creo que debo costear los gastos que...

Pero este ofrecimiento fue rechazado de plano. El señor Eldred se marchó en seguida sin repetirlo, aunque no sin que el señor Garrett le pidiese antes que tomase nota de la signatura del Tratado Middoth, a fin de que, como dijo, pudiese ir a buscarlo él mismo. Pero el señor Eldred no volvió a aparecer por la biblioteca.

Ese día William Garrett tuvo otra visita en la persona de un joven compañero suyo de la biblioteca, un tal George Earle. Earle era uno de los que había encontrado a Garrett en el suelo, inconsciente, en la sección o cubículo (que se abría al corredor central de una espaciosa galería) donde se hallaban los libros de hebreo, y naturalmente había estado muy preocupado por su amigo. En cuanto concluyó el horario de trabajo se presentó en la pensión.

-Bueno -dijo después de hablar de otras cosas-, no sé qué te pasó, pero me da la impresión de que hay algo insano en la biblioteca. Justo antes de que te encontráramos iba con Davis por la galería, y le dije: ¿Habías notado antes el olor a moho que hay aquí? No puede ser saludable. Porque si uno pasa mucho tiempo expuesto a olores de esa clase (te aseguro que era lo más repugnante), seguro que le penetra en el organismo y le acaba afectando de alguna manera, ¿no crees?

Garrett negó con la cabeza.

-Todo eso me parece muy bien; pero ese olor no está desde siempre, aunque lo llevo notando hace un día o dos: es una especie de olor a polvo, pero no es eso lo que me afectó. Fue algo que vi. Y te lo quiero contar: entré en la Sección de Hebreo a coger un libro para un señor que había preguntado por él. Ahora bien, el día antes había tenido un despiste con ese mismo libro: había ido por él para servírselo al mismo señor, y estoy seguro de que vi a un cura viejo con capa que lo acababa de tomar. Le dije al señor que lo tenían ocupado y se marchó diciendo que volvería. Subí otra vez a ver si el cura podía prescindir de él, pero ya no había ningún cura y el libro estaba en su sitio. Bueno, pues ayer, como digo, volví a ir. Imagínate: eran las diez de la mañana, la hora en que hay más luz en esas secciones; y allí estaba otra vez el cura, de espaldas a mí, mirando los libros de la estantería a la que iba yo.

-Había dejado el sombrero en la mesa, y vi que era calvo. Me detuve un segundo o dos a observarle. Te aseguro que tenía la calva más repugnante que he visto. Parecía reseca, cubierta de polvo, y las hebras que la recorrían parecían más telarañas que cabellos. Bueno, hice ruido a propósito, tosí y di unos pasos. Entonces se volvió y pude verle la cara. Una cara que yo no había visto nunca. Te lo repito: no estoy equivocado. Aunque por alguna razón no se la pude ver entera, le vi la parte de arriba; y la tenía completamente seca, con los ojos muy hundidos; y sobre los ojos, desde las cejas a los pómulos, tenía telarañas... unas telarañas espesas. Eso me dejó fuera de combate como suele decirse; y no sé más.

No vale la pena que nos detengamos en las explicaciones que se le ocurrieron a Earle de este fenómeno; el hecho es que no convencieron a Garrett de que no había visto lo que había visto. El bibliotecario insistió a Wiliam Garrett que se tomase una semana de descanso y cambiara de aires antes de reintegrarse al trabajo. Pocos días después se hallaba en la estación, y buscando un compartimiento de fumadores en el que hacer el viaje a Burnstow-on-Sea, pueblo que no había visitado nunca. Al parecer sólo había un único compartimiento así. Pero al acercarse vio delante de la puerta una figura tan parecida a la relacionada con su reciente experiencia que, con una aprensión insuperable, y casi sin saber lo que hacía, abrió impulsivamente la puerta del compartimiento que tenía al lado y se metió en él como si el diablo le pisara los talones.

El tren se puso en marcha. Garrett debió de desmayarse; porque lo primero de lo que tuvo conciencia a continuación fue de un frasco de sales que le ponían debajo de la nariz. Su médico era una señora mayor de aspecto agradable que, con su hija, era la única pasajera que había en el vagón. Si no llega a ser por este incidente, no es probable que hubiera trabado conversación con sus compañeras de viaje. En cambio así, los agradecimientos y las preguntas y la conversación general surgieron de manera inevitable; y antes de terminar el viaje Garrett se encontró provisto no sólo de médico, sino también de patrona; porque la señora Simpson alquilaba habitaciones en Burnstow, lo que pareció providencial en todos los respectos. El pueblo estaba vacío en esta época del año, de manera que Garrett no tuvo más remedio que incorporarse a la sociedad de la madre y la hija. En ellas encontró una compañía agradable. A la tercera noche de su estancia, su trato con ellas era ya tal que le invitaron a pasar la velada en el cuarto de estar privado de ambas.

En sus charlas salió a relucir que Garrett trabajaba en una biblioteca.
-¡Ah, las bibliotecas son un lugar admirable! -dijo la señora Simpson; dejando la labor con un suspiro-; aunque los libros me han jugado una mala pasada; o mejor dicho me la ha jugado uno.
-A mí, señora Simpson, los libros me dan de comer, y lamentaría tener nada contra ellos; no me agrada la noticia de que le han causado un perjuicio.
-Tal vez el señor Garrett pueda ayudarnos a resolver nuestro enigma, madre -dijo la señorita Simpson.
-No quiero que el señor Garrett se meta en una búsqueda que podría durar una vida entera, cariño; ni molestarle con nuestros asuntos personales.
-Pero si piensa que hay alguna posibilidad de que pueda serle útil, señora Simpson, por remota que sea, le pido por favor que me cuente cuál es ese enigma. Si se trata de averiguar algo sobre un libro, estoy en bastante buena situación de poder hacerlo, como ve.
-Sí, me doy cuenta; pero lo peor es que no sé el título del libro.
-¿Tampoco de qué trata?
-Tampoco.
-Salvo que creemos que no está en inglés, madre. Aunque eso es como si nada.
-Está bien, señor Garrett -dijo la señora Simpson, que aún no había vuelto a su labor y miraba el fuego pensativa-, le voy a contar la historia. Me hará el favor de no contársela a nadie, ¿verdad? Gracias. Pues verá, es la siguiente: yo tenía un anciano tío, un tal doctor Rant. Puede que haya oído hablar de él. No porque fuera un hombre notable, sino porque eligió una extraña manera de que le enterraran.
-Me parece que he leído su nombre en alguna guía turística.
-Es posible -dijo la señorita Simpson-. Dejó instrucciones (¡era un hombre horrible!) para que le pusieran sentado a una mesa, con su ropa habitual, en una cámara de ladrillo que había mandado construir bajo tierra en un campo cercano a su casa. Naturalmente, los vecinos del lugar dicen que suele vérsele por allí con su vieja capa negra.
-Bueno, cariño, yo de eso no sé mucho -prosiguió la señora Simpson-; lo que sé es que murió hace veinte años o más. Era clérigo, aunque le aseguro que no imagino cómo lo consiguió; de todos modos no ejerció en la última etapa de su vida, lo que creo que estuvo bien, y vivió de sus propiedades, una hermosa finca que cae no lejos de aquí. No tenía mujer ni familia; sólo una sobrina, o sea yo, y un sobrino. Pero no nos tenía especial cariño a ninguno de los dos; ni a nadie. Si acaso quería más a mi primo que a mí, porque John se parecía mucho más a él en su mezquina manera de ser. Otra cosa hubiera sido si no me llego a casar; pero me casé, y no me lo perdonó. Pues bien: aquí le tenía usted con su tierra y un montón de dinero totalmente a su disposición; y se daba por supuesto que a su muerte le heredaríamos mi primo y yo a partes iguales. Un invierno, hará más de veinte años como he dicho, cayó enfermo, y me mandó llamar para que le cuidase. Por entonces aún vivía mi marido; pero el viejo no quiso ni oír hablar de que me acompañase. Al llegar vi a mi primo John que se marchaba en un cabriolé y, por lo que pude ver, de muy buen humor. Subí y atendí a mi tío en lo que era buenamente posible, pero en seguida comprendí que iba a ser su última enfermedad, y que él se daba cuenta también. El día antes de morir me tuvo todo el tiempo sentada junto a él, y noté que quería decirme algo, y que lo estaba dejando hasta donde le permitiesen sus fuerzas... me temo que para tenerme en vilo.

-Finalmente lo soltó: Escucha, Mary -dijo-: he hecho el testamento a favor de John; lo va a heredar todo-. Naturalmente, la noticia me cayó como un mazazo, porque nosotros, mi marido y yo, no éramos personas ricas. De haber vivido con un poco de desahogo, creo que mi marido habría vivido unos años más. Pero le dije poco a mi tío; nada, salvo que tenía derecho a hacer lo que quisiera: en parte porque no se me ocurría nada que decir, y en parte porque estaba segura de que aún había más; como así era.

-Pero, Mary -dijo-, no le tengo especial cariño a John, y he hecho otro testamento a tu favor. Tienes una posibilidad de quedarte con todo. Sólo necesitas dar con ese testamento, ¿entiendes?; porque yo no pienso decirte dónde está-. Y rió por lo bajo. Esperé, porque estaba segura de que no había terminado. -Buena chica -dijo al cabo de un rato-; un poco de calma, y te diré lo mismo que le he dicho a John. Pero deja que te recuerde que no puedes ir al juzgado con lo que te acabo de decir, porque no podrías presentar ninguna prueba para avalar tus palabras, y John es un hombre que puede poner las cosas difíciles, declarando bajo juramento si es menester. Así que eso queda claro. Bien, pues se me ha ocurrido no escribir el documento en cuestión de una manera convencional, sino hacerlo en un libro. En un libro impreso, Mary. Y hay varios miles de libros en esta casa. Pero escucha, no te molestes buscando en ellos porque no está en ninguno de los que hay aquí. Se encuentra guardado en otra parte: en un sitio al que John puede ir a buscarlo cualquier día si se entera, y tú no puedes. Es un testamento en toda regla: puntualmente firmado por mí y los testigos; pero no creo que encuentres fácilmente a los testigos.

Yo seguía sin decir nada: de haberme movido, habría sido para agarrar al viejo miserable y zarandearlo. Él se reía para sus adentros; y dijo finalmente:

-Bien, bien; te lo has tomado con mucha calma; y como quiero que empecéis los dos en igualdad de condiciones, y John tiene la pequeña ventaja de poder ir a donde está el libro, a ti te voy a dar dos pistas que no le he dicho a él. El testamento está en inglés, pero no te darás cuenta si alguna vez lo tiene delante. Ésa es una de las pistas; la otra es que cuando yo haya muerto encontrarás un sobre en mi escritorio dirigido a ti, y dentro algo que te ayudará a encontrarlo si tienes cabeza.

-Unas horas después había expirado; y aunque quise hacer entrar en razón a John Eldred sobre el particular...
-¿John Eldred? Perdone, señora Simpson, creo que he conocido a un tal John Eldred. ¿Qué aspecto tiene?
-Hace lo menos diez años que no le he visto: ahora será un hombre mayor; delgado y, a no ser que se las haya quitado.
-Sí, ése es.
-Dónde le ha conocido, señor Garrett?
-No recuerdo bien -dijo Garrett con mendacidad-; en algún lugar público. Pero no ha terminado usted.
-En realidad no queda mucho que añadir; sólo que John Eldred, como es natural, no hizo ningún caso de las cartas que le mandé y ha disfrutado de la propiedad desde entonces, mientras que mi hija y yo hemos tenido que alquilar habitaciones, cosa que, debo decir, no ha resultado ni mucho menos tan desagradable como yo temía al principio.
-Pero, ¿y el sobre?
-¡Es verdad! Bueno, pues ahí está el enigma. Enséñale al señor Garrett el papel que hay en mi mesa.

Era una cartulina en la que no había más que cinco cifras sin puntos ni comas: 11334. El señor Garrett se quedó pensando, aunque tenía una lucecita en los ojos. De repente hizo una mueca y preguntó:

-¿Cree que el señor Eldred puede tener alguna pista más de las que tiene usted respecto al título del libro?
-A veces pienso que sí -dijo la señora Simpson-, y por un motivo: mi tío debió de hacer el testamento no mucho antes de morir, y se deshizo del libro a continuación. Pero todos sus libros estaban meticulosamente catalogados; y John posee ese catálogo; puso especial empeño en que no se vendiese ningún libro de la casa. Y me han dicho que está visitando constantemente las librerías y las bibliotecas, por lo que imagino que debe de haber averiguado qué libros de los registrados en el catálogo faltan de la biblioteca de mi tío, y sin duda anda buscándolos.
-Exacto, exacto -dijo el señor Garrett; y se quedó pensativo.

Al día siguiente recibió una carta que, como dijo a la señora Simpson con pesar, hacía absolutamente necesario dar por finalizada su estancia en Burnstow. Aunque sentía dejarlas (ellas lo sintieron igual), había empezado a pensar que muy posiblemente estaba a punto de acontecer algo trascendental para la señora (¿y para la señorita, debo añadir?) Simpson.

En el tren, Garrett iba nervioso. Se devanaba los sesos tratando de averiguar si la signatura del libro que el señor Eldred había estado buscando coincidía con los números de la cartulina de la señora Simpson. Pero, para su desaliento, se daba cuenta de que el desvanecimiento que había sufrido la semana anterior le había afectado de modo que no recordaba ni el título, ni la naturaleza del libro, ni la sección a la que había ido a buscarlo. Sin embargo, las demás regiones topográficas de la biblioteca y el trabajo las tenía tan claras y presentes como siempre.

Y una cosa más -dio una patada de enfado al pensarlo-: al principio había vacilado y después había olvidado preguntar a la señora Simpson dónde vivía Eldred. Aunque podía preguntárselo por carta. Al menos tenía una pista en las cifras. Si eran una signatura de su biblioteca, el número de combinaciones sería reducido. Podían distribuirse en 1.13.34, 11.33.4 o 11.3.34. Comprobar las tres posibilidades sería cuestión de minutos; y si faltaba alguno de esos tres libros, contaba con todos los medios para localizarlo. Se puso rápidamente en marcha, aunque antes tuvo que entretenerse unos momentos en explicar su regreso repentino a la patrona y después a sus compañeros. El 1.13.34 estaba en su sitio y no contenía escritos extraños de ningún género. Cuando se acercaba a la sección 11 de la misma galería le vino el recuerdo de su experiencia como un escalofrío. Pero debía seguir. Tras una rápida ojeada al 11.33.4 (el primero que le saltó a la vista: un libro completamente nuevo), paseó la mirada por la fila de los en cuarto que llena la sección 11.3: allí estaba el hueco que temía: faltaba el 34. Se detuvo un momento a comprobar que no estaba mal colocado, y bajó al vestíbulo.

-¿Se han llevado el 11.3.34? ¿Recuerda haber anotado ese número?
-¿Recordar el número, señor Garrett? ¿Por quién me toma? Tenga, hojeo usted mismo las papeletas, si es que tiene el día libre.
-Está bien, ¿ha vuelto a venir por aquí ese tal señor Eldred, el señor mayor que vino el día en que me desmayé? ¡Vamos! De él sí se acordará.
-¿Qué se ha creído? Pues claro que me acuerdo. No, no ha vuelto desde que usted se fue de vacaciones. Aunque me parece... Espere. Seguro que Roberto lo sabe. Roberts, ¿recuerda el apellido Heldred?
-Desde luego -dijo Roberts-. Es el que mandó un chelín de más parad franqueo del paquete; ojalá hicieran todos igual.
-¿Quiere decir que ha mandando libros al señor Eldred? ¡Hable! ¿Es eso?
-Vamos a ver, señor Garrett, si un lector manda el formulario con los datos correctos y el secretario da su aprobación, y adjunta la etiqueta preparada con las señas para el envío, y dinero suficiente para pagar el franqueo, ¿qué habría hecho usted, si me permite la libertad de hacerle la pregunta? ¿Se habría tomado la molestia de satisfacer esa solicitud, o la habría echado al cajón del mostrador y...?
-Ha obrado usted perfectamente, Hodgson. Pero ¿haría el favor de enseñarme el formulario que ha mandado el señor Eldred para ver su dirección?
-Por supuesto, siempre que después no vengan a llamarme la atención y a decirme que no sé mis obligaciones, estaré encantado de ayudarle en todo lo que esté en mi mano. Aquí tiene la papeleta: J. Eldred 11.3.34. Título de la obra: T-a-1- m... bueno, léalo usted mismo; no es una novela, me atrevería a decir. Y aquí está la nota del señor Eldred solicitando el libro en cuestión, que según veo dice que es un tratado.
-Gracias, gracias; pero ¿y la dirección? La nota no trae ninguna.
-Ah, bien; sí... Un momento, señor Garrett; aquí la tengo. La nota vena dentro de la caja, que traía las señas puestas para ahorrar molestias, y preparada para mandarla de vuelta con el libro dentro. Y si ha cometido algún error en todo este asunto, es el de haber olvidado registrar las señas en el cuaderno que llevo aquí. Aunque me atrevo a decir que había buenos motivos para no hacerlo. Pero vaya, no tengo tiempo, ni creo que usted tampoco, para andar buscándolas en este momento. Y... no, señor Garrett; las tengo en la memoria; si no, de qué serviría llevar este cuaderno, un cuaderno normal y corriente como ve, la mar de práctico para anotar nombres y direcciones cuando considero oportuno.
-Admirable precaución. En fin, gracias. ¿Y cuándo se envió el libro?
- Esta mañana a las diez y media.
-Ah, bien; y es la una en punto.

Garrett subió sumido en pensamientos. ¿Cómo podría conseguir la dirección? Poniendo un telegrama a la señora Simpson; pero perdería un tren mientras esperaba la respuesta. Sí; había otra salida. La señora Simpson le había dicho que Eldred vivía en la propiedad de su tío. Si era así, podría averiguar el lugar consultando el registro de donaciones a la biblioteca, cosa que podía hacer rápidamente, ahora que sabía el título del libro. No tardó en tener el registro ante sí; y sabedor de que hacía más de veinte años que el anciano había muerto, se saltó un buen espacio de tiempo, hasta 1870. Sólo había una anotación que podía ser: 14 de agosto de 1875.-Talmud. Tractatus Middoth cum comm. R. Nachmanide. Amstelod. 1707. Donado por J. Rant, Doc. en Teol., de Bretfield Manor.

Un nomenclátor le aclaró que Bretfield estaba a tres millas de un apeadero de la línea principal. Ahora sólo era cuestión de preguntar al empleado del mostrador si recordaba si el nombre del paquete era algo así como Bretfield. No, ni hablar. Era, ahora que me lo pregunta, Bredfield o Britfield; pero nada parecido al nombre que usted dice.

De momento todo iba bien. Ahora a ver: el horario de trenes. Podía coger uno que salía dentro veinte minutos e invertir dos horas en el viaje. Era la única posibilidad, y no debía desaprovecharla. Así que tomó ese tren. Si el viaje anterior lo había hecho en un estado de gran nerviosismo, en éste iba al borde del desquiciamiento. ¿Qué iba a decirle a Eldred si le encontraba? ¿Que se había descubierto que el libro era una rareza y venía a recogerlo? Una mentira demasiado evidente. ¿Que creían que contenía importantes anotaciones manuscritas? Como es natural, Eldred le enseñaría el libro, del que ya habría arrancado la hoja. Quizá encontrara indicios de la hoja arrancada; pero ¿quién podía rebatir lo que sin duda diría Eldred: que él también había observado y lamentado la mutilación? Total, que esta persecución tenía muy pocas perspectivas de éxito. La única posibilidad estaba en que el libro había salido de la biblioteca a las diez treinta, de modo que no podían haberlo enviado en el primer tren de la mañana, que salía alas diez y veinte. Admitido esto, entonces podía tener la suerte de llegar a la vez que él, e inventar algún cuento para hacer que Eldred se lo diera.

Caía ya la tarde cuando bajó al andén; y como la mayoría de las estaciones rurales, ésta estaba casi desierta. Esperó hasta que un pasajero o dos que habían bajado con él se hubieron ido, y entonces preguntó al jefe de estación si vivía cerca el señor Eldred.

-Sí, muy cerca. Creo que pasará por aquí a recoger un paquete que espera. Ya ha venido hoy una vez a ver si había llegado; ¿verdad, Bob?
-Sí, señor, así es. Y por lo visto pensaba que tenía yo la culpa de que no hubiera llegado en el de las dos. Bueno, pero ya lo tengo aquí -y el mozo agitó un paquete cuadrado, que una ojeada confirmó a Garrett que contenía lo único que le importaba en ese momento.
-¿Bretfield, señor? Sí, está a unas tres millas. Atajando por esos tres prados reduce el camino a media milla. Mire: ahí viene el coche del señor Eldred.

Se acercaba un coche con dos hombres, de los que Garrett, al cruzar el carruaje el pequeño rellano junto a la estación, reconoció fácilmente a uno. El hecho de que fuera Eldred el que conducía jugaba a su favor, porque lo más probable era que no abriese el paquete en presencia de su criado. Pero por otro lado, llegaría a casa rápidamente; y a menos que Garrett estuviera allí unos minutos antes, todo estaría perdido. Tenía que darse prisa, y se la dio. El atajo le llevó por un lado del triángulo, mientras que el vehículo tenía que recorrer dos; además, éste se entretuvo un poco en la estación, de manera que Garrett andaba por el tercer prado cuando oyó el traqueteo de las ruedas relativamente cerca. Había ido todo lo deprisa que podía, pero la celeridad a la que marchaba el carruaje le hizo desesperar. A ese paso llegaría a la casa diez minutos antes que él; y diez minutos eran más que suficientes para que el señor Eldred cumpliera su propósito.

En ese momento cambió la suerte de Garett. El atardecer era tranquilo, y le llegaban claramente los ruidos. Rara vez ha producido un alivio tan grande como el que ahora oyó: el del coche al detenerse. Sus ocupantes cambiaron unas palabras, y volvió a ponerse en movimiento. Garrett se detuvo, presa de indecible nerviosismo, y pudo verlo cruzar el paso de la cerca junto al cual estaba Garrett ahora, y que en él sólo iba el criado; a continuación descubrió que Eldred seguía a pie. Desde detrás del alto seto observó la figura tiesa y delgada con el paquete bajo brazo; iba registrándose los bolsillos. Justo al cruzar el paso del seto se le cayó algo del bolsillo que fue a parar a la hierba, haciendo tan poco ruido que Eldred no se dio cuenta. Un segundo después Garrett pudo cruzar el paso sin peligro, llegar al camino y recogerlo: era una caja de cerillas. Eldred seguía andando. Y sin detenerse, se puso a hacer con los brazos una serie de rápidos movimientos difíciles de interpretar debido a las sombras de los árboles que oscurecían el camino. Pero mientras le seguía precavidamente fue encontrando restos de objetos que los explicaban —un trozo de bramante, la envoltura del paquete—, que Eldred había pretendido arrojar por encima del seto, pero que se habían quedado prendidos en él.

Ahora Eldred caminaba más despacio. Era evidente que había abierto el libro y pasaba hojas. Se detuvo, no veía bien porque la luz era cada vez más débil. Garrett se metió por una abertura del seto, pero siguió observando Eldred, tras echar una ojeada a su alrededor, se sentó en un tronco que había junto al camino y se acercó el libro a los ojos. De repente lo dejó abierto: sobre sus rodillas y se palpó los bolsillos: claramente en vano, y claramente para gran enojo suyo. ¡Cómo te gustaría tener unas cerillas ahora!, pensó Garrett. Seguidamente cogió una hoja; y había empezado a arrancarla con cuidado, cuando ocurrieron dos cosas. Primero cayó algo negro sobre la hoja blanca y se escurrió por ella. La otra fue que al sobresaltarse Eldred y volverse a mirar hacia atrás pareció surgir de la sombra de detrás del tronco una forma pequeña y oscura, y de ella dos brazos rodeando una masa negra que se abatió sobre Eldred y le cubrió la cabeza y el cuello. Eldred comenzó a agitar desesperadamente los brazos y las piernas, aunque sin proferir un solo grito. Un momento después cesaron sus sacudidas. Estaba solo, caído de espaldas en la hierba, detrás del tronco. El libro había ido a parar al camino.

Garrett, disipados de momento su enojo y su recelo al ver el espantoso forcejeo, acudió corriendo al tiempo que gritaba -¡Socorro!-; y para inmenso alivio suyo, lo mismo hizo un campesino que acababa de surgir del prado de enfrente. Se inclinaron los dos e incorporaron a Eldred, aunque en vano. Comprobaron que estaba muerto.
-¡Pobre señor! -dijo Garrett al campesino una vez que lo depositaron en el suelo ¿Qué cree que puede haberle ocurrido?
-No estaba ni a doscientas yardas -dijo el hombre-, cuando he visto al señor Eldred sentarse a leer el libro. Para mí que le ha dado un ataque de esos... me ha parecido que se le ponía la cara toda negra.
-Exactamente -dijo Garrett-. ¿Ha visto a alguien junto a él? ¿No habrá sido una agresión?
-No es posible; nadie podría haber echado a correr sin que le viéramos usted y yo.
-Eso creo. Bueno, tenemos que pedir ayuda, y avisar al médico y a la policía; y quizá sea mejor que les entregue este libro.

Era evidente que el caso daría lugar a una investigación, y era evidente también que Garrett tendría que quedarse en Bretfield para prestar declaración. El examen médico reveló que, aunque se había encontrado un polvo negro en la cara y la boca del cadáver, la causa de la muerte había sido una emoción demasiado fuerte para su corazón débil y no la asfixia. Salió a relucir el libro fatídico, un venerable volumen en cuarto impreso totalmente en hebreo, cuyo aspecto no es probable que atrajese siquiera al espíritu más sensible.

-¿Dice usted, señor Garrett, que le pareció que un momento antes del ataque el fallecido intentaba arrancar una hoja de este libro?
-Sí; creo que una guarda.
-Hay una guarda parcialmente arrancada. Tiene algo escrito en hebreo. ¿Quiere examinarlo, por favor?
-Hay tres nombres en inglés también, señor, y una fecha. Pero siento decir que no sé hebreo.
-Gracias. Los nombres tienen aspecto de ser firmas. Son John Rant, Walter Gibson y James Frost, y la fecha es 20 de julio de 1875. ¿Conoce alguien de aquí alguno de estos nombres?

El rector, que estaba presente, se ofreció a declarar; y explicó que el tío del fallecido, del que era heredero, se llamaba Rant. Al facilitársele el libro, meneó la cabeza con escepticismo.

-Esto no se parece al hebreo que yo he aprendido.
-Pero ¿seguro que es hebreo?
-¿Eh? Sí... supongo... No, señor; tiene mucha razón; es decir, su pregunta ha dado en el clavo. Naturalmente... no es hebreo en absoluto. Es inglés, y es un testamento.

No tardaron muchos minutos en poner en claro que, efectivamente, se trataba de un testamento del doctor John Rant, por el que legaba todas las propiedades que había retenido John Eldred a la señora Mary Simpson. Como es evidente, la aparición de semejante documento justificaba de sobra la agitación del señor Eldred. En cuanto a la hoja medio arrancada, el juez de instrucción señaló que no conducía a ninguna parte meterse en especulaciones cuya exactitud jamás podría establecerse. Como es natural, el juez de instrucción se hizo cargo del Tratado Middoth para posteriores investigaciones, y el señor Garrett le explicó en privado su historia, y los sucesos tal como él los había conocido o deducido.

Al día siguiente emprendió el retorno a su trabajo, y de camino a la estación pasó por el escenario de la tragedia del señor Eldred. Casi no habría podido irse sin echar otra mirada, aunque el recordar lo que había visto allí le produjo un estremecimiento, incluso en esta espléndida mañana. No sin cierta aprensión, dio la vuelta alrededor del tronco caído. Detrás había aún algo oscuro, que le hizo echarse atrás con un sobresalto; pero no se movía. Lo miró más de cerca, y vio que era una masa espesa de negras telarañas. Al removerlas con el bastón, salieron despavoridas varias arañas enormes y se n ron entre la hierba.

No es difícil imaginar cuáles han sido los pasos por los que William G; ha llegado de auxiliar de una gran biblioteca a su actual posición de dueño de la mansión de Bretfield, hoy ocupada por su suegra la señora Simpson.