lunes, 8 de mayo de 2017

Tren de vuelta. Álvaro García.

Después de un año vuelven a su sitio
mis libros y yo vuelvo con la idea
de no marcharme más. Toda la tarde
la paso en la terraza, hasta esa hora
en que nos ve el vecino aunque nosotros
no lo vemos a él. Pero la noche

no ha llegado y probablemente tarde
un buen rato en hacerse con nosotros
y nuestras ganas de poner en hora
el reloj del afecto. Si esta noche
saliese ¿habría amigos en el sitio
de siempre y aburriéndose? Ni idea.

Es absurdo el momento de la noche
cuando te has decidido un poco tarde.
Casi te olvidarías de la idea
de llamar, aunque uno de nosotros
no se va a molestar por media hora
y su familia viva en otro sitio.

Si pensé que ya iba siendo hora
de no asociar la vida a un solo sitio
y me marché a otro en una noche
ferroviaria y vulgar y con la idea
de huir antes que fuese ya muy tarde
(le ha pasado a cualquiera de nosotros),

he visto que el instinto nos idea
otro futuro y no hallamos la hora
de renunciar: o el éxito o nosotros;
y queremos volver al viejo sitio,
aunque sea intuyendo que esa noche
aplazamos la gloria hasta más tarde.

Empieza así una edad para nosotros
en ese tren de vuelta y esa noche
fatal: la de instalarnos en un sitio
para movernos muy de tarde en tarde,
la de hacernos finalmente a la idea
de esperar a que llegue nuestra hora.

Tarde o temprano, aceptaré la idea
y, a la hora propicia de una noche,
la muerte se hará sitio entre nosotros.

Muerte. Álvaro García.

Noche final, si al fin tengo que verte,
sé una duelista noble y dame el sable
con el que en nuestro duelo inevitable
no esté dejado yo sólo a mi suerte.

Si la naturaleza no subvierte
su orden por más lucha que se entable,
déjame por lo menos la improbable
ocasión de intentar matar mi muerte.

Mientras me agujereas el jersey,
con el aroma aún del largo abrazo
que tú reducirás a signo puro,

sólo se negará a tu única ley
la intemporalidad a la que emplazo
amando hacia el pasado y el futuro.

(De 'Ser sin sitio', 2014)

El río de agua. Álvaro García.

(fragmento)
[...] Rocas,
islas que no llegan a islas,
reticentes de erizos;

buceas
y sales luego al aire del rompeolas,
con cara de saber secretamente,
oculta tras tus gafas de buceo.
Me veo en su transparencia,
sumergido en tu fondo en superficie
como en un agua oscura.
Tú y yo
descendemos al fondo, un cielo hundido.
Buceamos. Hay algo en este vértigo
parecido a volar por aire de agua,
amenazados, protegidos de agua
sobre campos que oscilan silenciosos.
Se abren en el fondo abismos, grietas,
las montañas del mar, los valles lentos
de macizos de algas y de peces,
el mar como una savia sobre el mundo,
agua hundida en el agua,
mar que pesa
sobre tu espalda que huye en cada abrirse
tus brazos que te apartan mar, más hondo
y cada vez más lejos de la luz,
mojado el sol como una luna arriba
en el techo de agua y de silencio.
El día se transforma desde abajo.
No se oyen las voces. No se oyen
las olas o bramar de espuma el tiempo.
Aquí está el latir vivo, la presencia.
Habitar en el agua nada más,
densidad del final y del principio.
En qué valle de instante ya no somos.
Donde el agua se canse empieza el mundo.
Queda lejos ser junio y ser nosotros.
Aquí se desactiva nuestra muerte.
Flotamos entre el agua, no en el tiempo,
y se refugia aquí la eternidad.

(De 'El río de agua', 2005)

Tiempo. Álvaro García.

Tiempo que nos desunes y nos unes,
tiempo que eres abstracto y tan concreto
que, por mucho que guardes tu secreto,
reaparece en las cosas más comunes:

para que con tu norma no importunes
el sitio sin lugar, te lanzo el reto
de intemporalidad al que me someto:
al escribir y amar somos inmunes,

amando y escribiendo rompo el pacto
de que tú, el invencible, vencerás
un tiempo hecho de amor y nada más:
alta inexactitud contra ti, exacto

pero que desconoces, tiempo idiota,
esta inutilidad que te derrota.

(De 'Ser sin sitio', 2014)

Los días de guardar. Álvaro García.

Estás en el estante
con la mirada fija
en nadie, imagen íntegra,
fotogénico amor
de mi desvelo.
Ya no miro a diario
esta fotografía,
ni otras como ésta.
Aquel año llevabas
lacio el pelo.

El acero. Álvaro García.

Aquí en el ascensor, la torre arriba
y abajo, fuera y dentro ?extraños, yo amo
que nuestros cuerpos vayan al reclamo
de este azar de botón y pasión viva.

Mecánica carnal a la deriva
descendente, ascendente, tramo a tramo,
en la que me proclamas, te proclamo
divinidad de sexo y de saliva.

Fuera y dentro del mundo, arder a ciegas
en la caja, rumor y espejo, instante
cuyo destino va marcando el dedo.

Me entrego al no lugar al que te entregas:
fondo y cielo y acero terminante
y temblor al que cedes y al que cedo.

(De 'Ser sin sitio', 2014)

Reding. Álvaro García.

He mirado la verja de unas tumbas,
la fuente en que bebían los caballos,
el sosiego que guarda para sí este paseo
de escaparates mínimos, sin gente.
Esta ciudad no es ya el poder de tedio
que yo un día temí como a un murmullo.
He visto el mar con alguien,
apenas una voz que ha reído a mi lado
esos submarinismos minuciosos
del pájaro que pesca
y eso es, pienso ahora, la ciudad,
un contemplar pagano,
sin pedirme a mí nada ni yo a ella:
mi ciudad, la hoja rosa, el alto seto.

La noche junto al álbum. Álvaro García.

Tenía en aquel tiempo el pelo más oscuro
y se tendía a un sol filtrado por los árboles
sobre el blanco mosaico de sus siestas de anciana.
Os hizo tomar sopa y varias precauciones
contra aquel barrio de óxido y, ahora,
la noche junto al álbum, ve la bruma
de los días perdidos igual que un oleaje
o lo que fue la vida, lejos, rara,
en un país de insomnio y de sobrinos.

Caída. Álvaro García.

4

Algo hace quien pasa de una luz
a menos claridad, quien surca oscuro
el transitar del aire a menos aire.
Quien se encomienda a algún anochecer.
Quien trata realidades con el nombre
que en la noche, sin más, le sale al paso.
Quien vive en transición. A cada paso
se insinúa el instante de una luz
de la que nadie sabe aún el nombre.
Tan sólo sé que late ahí en lo oscuro,
como la hoguera del anochecer
entabla un parloteo con el aire.
Hasta que apaga el fuego el mismo aire
y es desnudez la estela de su paso:
aflora entonces el anochecer
que la llama ocultaba entre la luz
como si, brusca dueña de lo oscuro,
tomara decisiones en su nombre.
Vivir es intentar ponerle nombre
a las cosas que marchan a su aire.
Y nos acoge un indagar oscuro
en el que es inseguro cada paso.
Las palabras son una escueta luz
que tiembla hasta que vuelve a anochecer.
Anochece tras cada anochecer
y sólo sé nombrarlo con tu nombre,
tú la única certeza, tú la luz;
la melodía que le robo al aire.
Tú, senda sin temor. Contigo paso
por la alegría de un camino oscuro.
Si vamos tú y yo juntos no es oscuro,
no es tan grávido el simple anochecer.
La soledad es así un rito de paso
que se disuelve al pronunciar tu nombre:
se abre una ventana y entra el aire
y es casi el movimiento de la luz.
La luz encuentra luz entre lo oscuro.
Respiro el aire de este anochecer.
Lleva tu nombre y anda con tu paso.

(De 'Caída', 2002)