lunes, 1 de mayo de 2017

Poemas IV. Luis López Anglada (1919-2007)

Seguirá siendo el sol, cuando amanece...

Seguirá siendo el sol, cuando amanece,
hermosamente bello y cada día
la vida será buena todavía
cuando en cada rosal Mayo florece,

Seguirá el mar sereno cuando ofrece
a su virginidad la poesía
de la luna que al cielo desafía
cuando sobre las olas aparece.

Todo seguirá igual que cuando ella
con su callada vocación de estrella
inauguraba todo lo que existe.

Y todo estará igual; el sol, la rosa,
las estrellas, el mar, la luna hermosa;
sólo yo, para siempre, estaré triste...







Soneto de amor.

Te sigo, amor; herido en tus colmenas
tengo mi corazón sin esperanza.
Sé que eres fuego y siento cómo avanza
tu posesión de llamas por mis venas.

Sé que eres hierro, amor, y me encadenas
sellando de agonías tu alianza.
Sé que eres sed y siento cómo avanza
mi corazón y de avidez lo llenas.

Herido estoy, amor; certeramente
sigo tu luz o sigo tu amargura
sin comprender mi corazón siquiera.

Sólo sé que te sigo ciegamente
y es posesión de cielos mi ventura
y claridad de gloria mi ceguera.






Soneto de amor en Gredos.

Amarte en Gredos, en la roca, es darte
razón de eternidad. La tierra ama
como mi corazón y, roca o llama,
en fuego acabaré de eternizarte.

La soledad y tú me dáis la parte
que el alma necesita. El tiempo llama
con más dureza y, cada vez, reclama
lo que doy por salvarme y por salvarte.

Amarte aquí, en la inmóvil serranía
donde el mundo se acaba y todavía
no pisó el hombre, es redimir la tierra.

Es coronar el tiempo de futuro
y hacer de luz y fuego el trozo oscuro
de soledad que somos yo y la Sierra.







Soneto de amor en la Puerta del Sol, donde comienzan todos los caminos.

Como mi corazón es este cero
de todos los caminos y del tuyo.
Cuanto de mí comienza en ti concluyo.

De solo a Sol basta una letra, pero
también para morir basta un murmullo
de soledad. A tus caminos huyo.

Pero si nada vale a tu distancia
mi continuo nacer a esta fragancia
de ir entre rosas a buscarte y verte,

desengaña a mi amor recién nacido
y déjame en la nada confundido
de una quietud más dura que la muerte.







Soneto para el final.

Tal vez, cuando después de haber vivido
llegue un amanecer a despertarme
les diga a los que puedan escucharme:
¡Qué sueño tan extraño el que he tenido!.

Porque, efectivamente, si no ha sido
mas que un sueño la vida, al acordarme
de todo lo que vino a enamorarme
tendré que darlo todo por perdido.

Tanto peregrinar, tantos sucesos,
tanto cambiar las penas por los besos,
tanto opinar y tanto desengaño,

cuando, de pronto, acabe con la muerte,
con el que al otro lado me despierte
comentaré: ¡Que sueño tan extraño!

Poemas III. Luis López Anglada (1919-2007)

Imagina el poeta a su amada en la ducha.

Con recato...

Ésta que en nieve y sueño la clausura
viola y la canción del agua fría;
Venus de soledad, mitología
del azulejo y la temperatura.

Ésta que en dos palomas la estatura
divide en rosas que el rosal querría,
por donde el agua que resbala ansía
quedar, dormir, morir en su blancura.

Ésta que al níquel alza los asombros
del rocío y redime por los hombros
del agua desahuciada del cabello,

es ella, amor, que, en soledad, ensaya
a dar forma a la espuma, pero... calla
que nada tienes tú que ver con ello.







La bodega.

Bajé, contigo, amor, a la bodega
y me acerqué al tonel que allí dormía
por ver si era verdad que en él crecía
la flor del vino, diminuta y ciega..

Y para poder ver lo que trasiega
el vino al corazón, pensé que unía,
para jugar, tu boca con la mía,
porque el amor no sabe a lo que juega.

Uniendo así en tus labios vino y mieles
le dimos a la flor de los toneles
como vaso tu labio femenino.

Y todo fue tan dulce y abundante
que nunca la bodega vio otro amante
ebrio de tanto amor y tanto vino.







Madrigal.

Desde esta mañana, amor,
la rosa será más rosa
y más vivo el ruiseñor.

¡Y tú sin saberlo, amor!

La fuente mucho más clara
mojándome de alegría
con agua fresca la cara.

Y el cielo, desde hoy, azul,
y, dentro del cielo, dios...

¡Y tú sin saberlo amor!







Noche de vendimia.

Era de tanto amor la noche aquella
que hasta el alba rompió su compromiso
de clausurar las sombras y no quiso
partir la noche y apagar la estrella.

Subió a su boca el vino y puso en ella
tan breve y embriagante paraíso
que, robando a sus labios el permiso,
busqué su rastro y apuré su huella.

Tantas veces mezclamos vino y beso
que, al fin, el sueño la rindió, por eso
le sirvieron mis brazos como almohada.

Y cuando pudo el sol alzar el vuelo
estaba rojo, como el vino, el cielo
y azul, como sus ojos, la alborada.
   







Recuerda el poeta los primeros tiempos de su amor.

Déjame que del tiempo de otro día
miré prados de amor, recuerde aroma,
y en el agua pasada la paloma
moje otra vez el alma en que bebía.

Que si ha ganado el tiempo la porfía
y ya la nieve por la sien asoma
fuego otra vez cada ceniza toma
y un campo de pasión hay todavía.

Déjame que confunda en tu cintura
lunas perdidas, que la luna nueva
no contó el tiempo ni perdió blancura.

Alma y cabellos el pasado nieva
pero la llama es fiel y a la ventura
hoy, como ayer, tu corazón me lleva.

Poemas II. Luis López Anglada (1919-2007)

Despertar.

Mi niña, al despertar, desaliñada,
casi como las rosas, o más breve,
duda entre niña y pájaro, se atreve
a inaugurar la aurora de la almohada.

Mi niña de la nube o de la nada
debe venir cuando despierta. O debe
de los vientos venir, de los que bebe
mi vida a sus rosales limitada.

Beber vientos, atarse a una camisa
que duda entre las alas y la brisa,
diminuta extensión que el mar quisiera.

¿Qué rey me compra el despertar? ¿Quien sabe
porque es tan breve el mundo y por qué cabe
en una habitación, la primavera?







El poeta camino de Francia.

Me voy, me voy, me voy. Una barrera,
una muga de piedra y un sendero
y ya para mis pies el mundo entero
poniendo al corazón una frontera.

Y tan lejos estás que no hay siquiera
un pañuelo en el aire ni un  «te quiero» .
En otra tierra ya. Soy extranjero.
-¿Cómo se dice amor?-  . Nadie me espera.

Y ya ves, sigo andando y sigo andando
y, paso a paso, te me vas quedando
como un lejano sueño desvaído.

Otra luz, otra tierra, otra belleza.
Y el corazón se llena de tristeza








El poeta cita a su amada, junto al Museo del Prado.

El Prado y yo, la tarde y el museo,
esperaremos con el alma en vilo
donde Velásquez sueña y, a su asilo,
los pájaros de otoño y mi deseo.

Contará el corazón cada gorjeo
y el agua que en las fuentes, hilo a hilo,
desmadeja un Neptuno en paz, tranquilo
tenedor de esperanza en el paseo.

Te esperaré cuando la tarde apoya
sus últimos desmayos sobre un goya
de piedra ya, pues no alcanzo a mirarte.

Y hasta que llegues tú, de trecho en trecho,
yo me pondré la mano sobre el pecho,
que estallará de amor por esperarte.







En este soneto intenta describirse una rodilla.

Donde la pierna asciende a maravilla
y apunta hacia el misterio y la cautela;
donde acaba el vestido y se desvela
el sueño del encaje por la orilla.

Visible rosa donde el viento humilla
su giratorio afán de falda y tela.
Flor de la pierna, nudo, centinela
del campo de la seda; la rodilla.

Desde aquí, alta columna adivinada,
es clandestino el roce y la mirada
se ciega entre su nieve y la clausura.

Y en duda de ser ala o de ser viento
asciende femenino el movimiento,
tierra en los pies y cielo en la cintura.







Geografía.

Abriré las nevadas cordilleras
que componen, amor, tu geografía
y subirá un caballo de alegría
hasta el gozo floral de tus caderas.

Horizontales nardos y  laderas
que la espuma del mar envidiaría
le pondrán a mis besos, como guía,
el distintivo de tus primaveras..

Apuraré los últimos pudores
que limitan el reino de las flores
allí donde la vida canta y cuenta.

Y quedaré  junto a tus campos puros
como quedan los árboles maduros
después de haber vencido a la tormenta.

Poemas I. Luis López Anglada (1919-2007)

A una muchacha que se matriculó en la Escuela de artes y oficios.

Yo vi al amor comprar papel sellado
para matricularse por novicio
allí donde ni el arte ni el oficio
vieron jamás papel enamorado.

Raro aprendiz, alumno aventajado,
llenó con su esperanza el edificio
humilde y escolar, pero propicio
a jugar con lo vivo y lo pintado.

Cuando le vio llegar, el viejo Apeles,
tras de cambiar las flechas por pinceles
de los ojos de Amor desató el velo.

¿Quién pudo sospechar lo que vería?
Mandi, que estaba allí, sí lo sabía:
mi corazón sirviendo de modelo.







A unas iniciales grabadas en un árbol.

Iniciales de amor en la madera
vino a grabar la mano bordadora.
Fue lino el tronco, bastidor la aurora
y testigo la blanca primavera.

Bordado amor quedó y eterno fuera
sin la mano del tiempo, leñadora,
que en seca savia y a cercén ahora,
con filo poderoso lo partiera.

¡Oh, frágil tiempo, tronco, blanca mano!
¿Por qué grabar amor en ramas tiernas,
muerto despojo ya de vendavales?

Aquí tenéis mi corazón humano.
Venídmelo a grabar y tendrá eternas,
con heridas de amor, las iniciales.







Celebra el poeta haber hablado por teléfono con su amada...

Al hilo de tu voz y asida al hilo
tengo el alma, mi amor, para escucharte.
Viento de muchos álamos comparte
tu voz conmigo y la sostiene en vilo.

Asiento para pájaros y asilo
de enamoradas nubes. Por hablarte
hoy, pasando lo azul de parte a parte,
se atraviesan los cielos con su filo.

Un fresco olor a tierra que se labra
y a manantial con luna se improvisa
para inundar tu voz cuando navegue

la quilla dulce y fiel de tu palabra.
Y un silencio de pájaros avisa
mi muerte, amor, cuando el silencio llegue.







Cuenta cómo sucedió lo de enamorarse.

Sucedió que aquel año se decía
que los tiempos cambiaban. Cierto era;
aquel año empezó la primavera
cuando apenas enero se moría.

Aquel año la tarde convertía
en campos de pasión la Tierra entera
que, por cazar, el alma fue campera
y la caza le hirió que perseguía.

Sucedió que era invierno, que el destino
preparaba un asombro campesino
de manos blancas y sandalia breve.

Y me encontré en Castilla deslumbrado
con todo el corazón enamorado
como una antorcha en medio de la nieve.








De cómo robó el poeta un racimo en un viñedo.

Cuando en algún momento del viaje
viste un viñedo donde el sol cantaba
me pediste un racimo. Todo estaba
coronando a Septiembre en el paisaje.

Corté un racimo para ti y lo traje
tan maduro a tus labios que estallaba
como si el dulce zumo que sangraba
a tus labios rindiera un homenaje.

Nunca a más suavidad llevó el destino
lo que en las uvas iba para vino
y encontró en tu garganta su condena.

Y nunca ya mí corazón amante
volvió a encontrar, como en aquel instante
tan bello el hurto de la viña ajena...