miércoles, 19 de abril de 2017

Un reencuentro memorable. Z.

Un dolor de cabeza atroz. Salgo de trabajar después de un pésimo día, para variar hace un frío horrendo, me dirijo a casa donde nadie me espera pero aún así deseo estar ahí. Tomo el autobús y todo parece usual, patéticamente usual, pero de pronto se sienta a mi lado un chico, no mayor que yo y francamente atractivo. Aún así no estoy de humor y dirijo la mirada a la ventanilla. Él me mira y me saluda, yo sin mayor emoción le devuelvo un cortés pero seco saludo.

-Valla clima, ¿no crees?, hace un frío terrible. Él insiste en conversar.

-Sí, pero qué hacer. -A toda costa quiero que me deje tranquila, pero al parecer esa no es una opción.

-Jajajajajaja ¿en serio no me recuerdas? Veo que eres bastante distraída, yo te reconocí desde que subí al autobús.

De qué rayos hablaba ese sujeto, ¿Acaso si lo conocía y no podía recordarlo? De inmediato lo miré tratando de encontrar algo familiar en él pero nada.

-Vamos, cómo es posible, tan rápido te olvidas de los amigos de “parranda” Mira que yo bien que te recuerdo y más lo que hacíamos junto con los demás.

Al escucharlo me quedé helada, eso no era posible, ¿cómo es que me reconoció y más aún cómo demonios se atreve a hablarme? De inmediato llegaron a mí todos esos recuerdos de ese grupo de adolescentes al que pertenecí y en el cual no hacíamos más que solo tomar o drogarnos, de ese grupo donde hice cosas atroces y de las cuales quería olvidarme a toda costa.

-Jajajajajaja, por lo visto sí me recuerdas y veo que te quedaste sin palabras, bueno, para ser franco también me sorprende verte así por casualidad, aunque en realidad te estuve buscando pero ya casi me rendía hasta que te vi ahora, Jajajajajaja valla valla, que buena suerte la mía.

No pude evitarlo, de inmediato un escalofrió recorrió mi cuerpo y supe de inmediato que nada estaría bien a partir de ese momento, quería escapar, quería que me dejara tranquila pero por desgracia sabía que eso no iba a pasar.

-No recordaba que fueras de tan pocas palabras, pero en fin al grano, la siguiente parada es la nuestra, quiero que me acompañes a una pequeña reunión con nuestros viejos compañeros, todos irán, solo faltabas tú pero por fortuna ya no será así.

No dije nada, es más apenas pude reaccionar solo sentía una extraña sensación, al principio creí que era miedo pero pronto descubrí que era algo mucho peor, lo único que despertó en mi fue esa antigua descarga de adrenalina y ese deseo de causar dolor que en el grupo siempre compartimos.

Un momento staba pensado “no eso no es posible no puedo repetir lo que hacíamos en nuestras viejas andanzas”; no podía regresar con esas personas enfermas que reían y disfrutaban al ver sufrir y gritar de dolor a otros, ya dejé eso atrás, fue solo un error que cometí y del cual me arrepentía una y otra vez.

Hundida en mis pensamientos solo lo seguí como un robot, sin voluntad, caminamos algunas cuadras sin siquiera poner atención de dónde estábamos, hasta que lo noté: era una vieja zona de la ciudad casi abandonada y llena de muchas bodegas y locales cerrados, abandonados por haber quebrado.

Me condujo al sótano de una de esas bodegas, todo era casi penumbra, había polvo y basura, de pronto noté que no estábamos solos, había tres personas más y claro, eran ellos, esos compañeros a los que a toda costa quería olvidar, dos chicos más y una chica, en total éramos cinco los reunidos. Pero un momento, dijo que estarían todos y no es así, falta uno, ¿Dónde rayos estará? ¿Para qué nos trajo aquí?

-Bueno bueno ya estamos todos, es un gusto reunirnos. El tono de nuestro “anfitrión” tenía un toque de euforia pero también de enojo, de mucho enojo. -Seguro se preguntaran por qué los he reunido rompiendo nuestro convenio de alejarnos y jamás jamás volver a vernos, pero créanme, es una razón muy importante la que me hizo romper las reglas.

-Ya está bien, deja de tonterías y dinos de una maldita ves qué pasa.

Con una notoria impaciencia lo cuestionó uno de los chicos, el más alto de todos.

-Viejo, que carácter, pero tienes razón, seré directo, los traje por una razón muy delicada, hace días me topé con que uno de nosotros es un traidor.

-Eso es una estupidez, ninguno sería tan tonto como para hacerlo. Dijo la otra chica quien se notaba muy ansiosa.

-Eso se supone, querida, pero aparecer alguien sí que es tonto, se trata de nuestro amigo faltante aquí, ese maldito bastardo que pensó que no seríamos tan listos para saber lo que hacía.

-Pero de qué hablas, cómo se supone que nos traicionó, eso es casi imposible y más aun sería estúpido pues se delataría también. -El otro chico fue quien interrumpió- Me parece que es paranoia tuya y nada más.

-Ojalá fuera eso pero no, hace unas semanas me topé con que hay un nuevo escritor de novelas de misterio y crímenes, ¿y quién es el flamante escritor? Pues nuestro querido compañero, el idiota que pensó que era buena idea plasmar nuestras actividades en un libro.

-¿Qué? Ja, eso es absurdo, además qué importa, sólo es un estúpido libro y nada más. -Dijo la chica con un tono un poco más tranquilo.

-No seas estúpida. -Repeló el chico más alto-. ¿No ves lo que pasa?, todo lo que hicimos fue investigado por la Policía y, si llegan a darse cuenta que lo descrito en el libro es lo mismo que les hicimos a esos mendigos y mujerzuelas, empezaran a investigar una vez más y ese idiota los guiara directo a nosotros.

-Exacto, mis amigos, eso mismo pensé y es por eso que hay que tomar cartas en el asunto y deshacernos de cualquier cabo suelto.

-¿Qué propones hacer? Intrigado habló el otro chico.

-Ya lo verán, síganme.

Los cuatro empezamos a seguirlo, yo estaba atónita, me sentía como en un horrible sueño y quería despertar, pero en el fondo sabía que no lo era, se trataba de la realidad, de la triste y obscura realidad de la cual siempre me quise ocultar.

Entramos en una especie de habitación, la cual mas bien era una cámara de enfriamiento abandonada. Al entrar, lo que vi me dejó más que impactada, en el centro de la habitación estaba el chico faltante atado a una mesa completamente desnudo… Al verlo entendí lo que pasaría y a lo que se refería con deshacerse de cualquier cabo suelto.

-Un momento, estás bromeando, ¿cierto?. -Al hablar sentí la voz ahogada como si en realidad no fuera mía.

-Jajajajajaja, creí que te habías quedado muda, desde que estábamos en el autobús no habías dicho nada, y broma, por favor ¿Cuándo hemos bromeado con algo así?

-Es solo que puede que haya otra solución. -Estaba hecha un manojo de nervios.

-No seas ingenua, ¿crees que con decirle a este bastardo que deje de hacerlo lo hará?. Respondió el chico alto. ¿No lo ves?, éste es un maldito ambicioso y es capaz de vender a su propia madre para tener dinero.

-Así es, querida, esta es la mejor solución y digamos que además es para recordar los viejos tiempos. Jajajajajaja. -Esto lo decía el “anfitrión” mientras sacaba una mesa llena de cuchillos, equipo médico y de mas indumentaria útil para la ocasión.

De inmediato la cara de todos pareció iluminarse, sin pensarlo más se dejaron llevar por ese instinto asesino y empezaron a tomar un instrumento cada quien. Yo estaba totalmente inmóvil y no sabía qué hacer.

-Bueno chicos, que la diversión comience y de paso le damos una lección a este infeliz. Que pena que no saldrás vivo pues habría sido una buena historia, ¿o no?. Al tiempo que decía esto la chica le mutilaba un dedo sin siquiera titubear, de inmediato un grito ahogado por la mordaza se escuchó.

A la par los demás rieron eufóricos y totalmente embriagados por el momento, pero de pronto el anfitrión me miró y se acercó hasta a mí con una macabra sonrisa.

-Vamos, cariño, estamos juntos en esto, ¿o acaso prefieres estar de su lado?

De inmediato negué con la cabeza, entonces él colocó un pequeño cuchillo en mi mano y con un tono aterrador me dijo:

–Vamos, linda, únete a la fiesta. Me guió despacio hasta la mesa y me colocó al lado derecho de nuestra víctima, al verlo noté su mirada suplicándome que no lo dañara, veía las lágrimas correr por su rostro aterrado pues sabía que moriría. Y fue en ese preciso momento cuando algo pasó: en mi rostro se formó una sonrisa, una burlona sonrisa y sin más tome el cuchillo y lo clavé en su antebrazo y poco a poco fui destrozando su piel.

Mientras él gritaba de dolor los demás me animaron a seguir y justo entonces los cinco nos abalanzamos sobre su cuerpo, mutilando, destrozando, lacerando y torturando. Todo era tan rápido, tan excitante, atrocidad tras atrocidad y solo nos detuvimos hasta que no pudimos más y hasta que la última gota de vida había abandonado al traidor del grupo.

-Bueno, chicos, sí que ha sido una reunión fantástica. Hablaba jadeante nuestro anfitrión.

-En efecto, ahora viene lo aburrido: limpiar los estragos de la fiesta Jajajajajaja. Dijo el chico alto.

-Sí, que mal, pero en fin, gajes del oficio. Jajajajajaja. -Dijo el otro chico.

Sumamente exhaustos fue lo que hicimos, limpiar y limpiar para no dejar ni una sola huella. Todos terminamos cansadísimos apenas con fuerza para movernos, pero aún así todos estábamos de maravilla, en espacial yo, tantos años luchando por olvidarme de esto y de ellos, tantas noches arrepentida y ahora todo era claro: ésta era yo y no la mediocre empleada de un banco. Esta tarde había dejado salir a mi verdadera yo, la que me hacía feliz y plena, aún y cuando no era lo ideal para el resto.

Una vez que terminamos decidimos salir no sin antes recibir unas palabras de nuestro anfitrión.

-Bueno, chicos, asunto resuelto: ya no hay manera de que alguien hable de “nuestras aventuras” y claro, además como extra una tarde de diversión desenfrenada. Y viendo el éxito obtenido propongo que cada año nos reunamos, bueno, solo espero que el próximo juguete no sea un miembro más del grupo. Jajajajajaja.

Todos reímos y estuvimos de acuerdo, sin más empezamos a salir del lugar y a dispersarnos para regresar a nuestras miserables y monótonas vidas. Llegué a casa y me di una larga ducha, pues aunque nos habíamos limpiado antes de salir necesitaba descansar y mientras tanto repasaba una y otra vez lo ocurrido. Sin duda algo había cambiado esa tarde y en mi interior se alojaba el anhelo de una nueva y memorable reunión…

Inocente retorcida. B.

Las apariencias no demuestran lo que en realidad existe en un corazón. Yo era una niña de pelo castaño claro y ondulado, piel blanca y ojos casi tan negros como la noche. Mi mirada era tierna y llena de dulzura. No sospechaban que tenía un mal habito desde los 7 años, pues muchas veces me llenaba de una ira incontrolable por problemas con mis padres o simplemente porque ese sentimiento me invadía y para no demostrarlo frente a otras personas iba tranquilamente a encerrarme en el baño y empezaba a trazar líneas suavemente con una navaja para ver la sangre caer, la hermosa y excitante sangre que tanto me tranquilizaba. Así pasó el tiempo hasta que las cortadas leves ya no me causaban placer ni calmaban mi sed de sangre.

-Dios, por favor saca de mi estos malos pensamientos. No soy una mala persona… lo sabes. Si lo fuera ya le hubiese hecho daño a alguien.

-Kirielys? Hija, ¿de qué hablas?

-No tienes que escuchar mis plegarias!! Lárgate de mi maldito cuarto!

-Lo que me faltaba, cada vez estas más malditamente loca. No se porque te tuve, ni te imaginas lo mucho que me arrepiento de haberlo hecho.

Un día ya no aguante más y decidí ceder a mis bajos instintos, vacié la mochila de la escuela y la llené de cuchillos, tijeras, una muda de ropa parecida a la que traía puesta, una soga, guantes y fui en busca de mi primera víctima.

Ahí fue cuando la vi sola, no tuve que caminar mucho. Ella estaba en una esquina de la calle parada de forma provocadora y con ropa sensual, seguro era una prostituta… Esa mujer no podía tener más de 25 años, era delgada y de piel oscura, sin duda una mujer hermosa. Lastima que no iba a poder disfrutar su juventud.

-Disculpe sabe dónde está el motel?

-Motel? Qué edad tienes!? 13 o 14? Ve a tu casa niña, no es hora que estés en la calle sola.

-Tengo mucho miedo, solo quiero pasar la noche en un cuarto de motel para mañana temprano llamar a la Policía y denunciar las violaciones de mi padre.

Sin pensarlo dos veces comencé a llorar tan real como pude. Debí haberlo hecho bien porque vi sus ojos humedecerse y llenarse de preocupación.

-¿Qué te han hecho, niña? Yo misma te llevaré al motel que no está muy lejos y me aseguraré que estés segura.

-Muchas gracias, señora, Dios la recompensará por su buen corazón.

Una vez estuvimos dentro del cuarto sentía como mis nervios se alborotaban, iba a matar por primera vez, iba a disfrutar ver correr la sangre de alguien que no era yo.

En cuanto me dio la espalda la agarré por el cabello y golpee su cabeza contra la pared con toda mi fuerza una y otra vez hasta que quedó inconsciente.

Una vez inconsciente até fuertemente sus manos al igual que sus pies, tanto que le iba a ser imposible sentir sus extremidades. Abrí mi mochila y empecé a sacar mis hermosos cuchillos. A la mujer la logré cargar y ponerla en la cama, solo tenia que esperar a que despertara ya que si empezaba sin ella consiente no sería la misma emoción.

Cuando desperté pude ver su cara de confusión, miraba hacia todos lados como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Sentí como en mi interior ese deseo de sangre aumentaba y como me satisfacía ver a esa mujer tan indefensa y saber que yo tenía el poder de jugar con ella, saber que yo tenía el poder de quitarle su vida.

-No es nada personal -le dije mientras la amordazaba para que no gritara.

Era obvio que su confusión y pánico aumentaban con cada segundo, su mirada suplicante la delataba. Pero con cada lágrima que corría por su rostro sentía como algo crecía en mi interior, algo maligno y retorcido, lo que desde los 7 años intentaba reprimir.

Cogiendo un cuchillo reluciente le dije:

-Por cierto, tengo 11 años y mi plan desde un principio fue escogerte como mi primera víctima.

Una risa salió de mi boca, tan retorcida y escalofriante como lo que estaba a punto de hacer.

Comencé deslizando el cuchillo desde su antebrazo hasta su mano. Vi sangre salir por montones de esa profunda cortadura. Fue tan hermoso el contraste que hacía con su piel, pero la complementación perfecta era sus gemidos de dolor y su cara suplicando piedad. Cada corte fue perfecto, cada vez más profundo, la sangre salía por montones, inundando mi vista y mi olfato, llenándome de un placer intenso y adictivo a mi corta edad.

Pasé horas y horas lastimándola lentamente, cortando su cuerpo de forma superficial para que no se desmayara pero lo suficientemente profundo como para que me iluminara con su sangre y sus sollozos. Cuando estuve satisfecha y vi que estaba lo suficientemente débil, la viré y corté su blusa hasta dejar su espalda descubierta. Escogí un cuchillo más pequeño y lo clavé profundamente con fuerza y delicadeza a la vez, lo hice una y otra vez hasta que estuviera muerta. Así fue como sentí el placer de matar, me sentía tan satisfecha. Luego escribí en la espalda baja una I, el número uno en romano.

Esa era la forma de representar que ésta fue la primera vida que tomé, la primera de muchas…

Amaneció. S.

Amaneció.
Y con el amanecer vino la amargura. Me invadió la sensación de desesperanza que me acompañaba últimamente, recordándome que le había fallado. Desde ese día, vivo con un dolor constante, que me oprime los pulmones.

Cuando era pequeña no entendía por qué la gente guardaba secretos, hasta que viví el horror de aquel día, que tatuó con su sangre, un secreto en mi alma.

Cuando algo te duele, no te das cuenta de cuándo comienza a dolerte, te despiertas un día, y el dolor se despierta contigo.

Puedo decir que le amaba. Con todo mi corazón, le amé desde la primera vez que lo ví, hasta el momento en que cerré los ojos. Me mostró un mundo que me parecía imposible, un sueño, una declaración.

Al llegar a casa ese día, lo encontré en el suelo, llorando sangre, agonizante. Me quedé en la puerta, mirándolo, aterrada, sin saber qué hacer, mientras su vida se desvanecía ante mis ojos. Sabía que era demasiado tarde, que no había nada que pudiera hacer para que se quedara a mi lado. Tenía que dejarlo marchar.

Por el rabillo del ojo capté una silueta, que desde la ventana, se burlaba en silencio de mi dolor. Lo miré directo a los ojos, sin sentir odio, ni miedo, no sentía absolutamente nada, a pesar de saber que la criatura que me contemplaba en ese momento, era responsable de la agonía del único ser por el que he sentido algo.

Su pulso disminuyó notablemente, y lo dejé morir. Se llevó un pedazo de mi vida, las lágrimas de mis ojos, mi capacidad de sentir.

El recuerdo de su rostro se ha borrado con el paso del tiempo, lo único que perdura, clavado como mil estacas en mi alma, son aquellos ojos mudos, aquellos ojos fríos, que anunciaron el fin de todo lo que era importante en mi mundo.

Querida madre. G.

-¿Sabe quién soy?.

Un cuerpo se asomaba de las penumbras, las sombras cubrían su cara mientras ella intentaba zafarse de la silla. Sus ojos se encontraban enganchados por dos grapas en sus cejas, dolía, pero tenía que salir viva de ahí. No sabía cómo había llegado a ese lugar; frente a ella se encontraba una pequeña mesa de color rosa con tazas blancas, con algunos peluches y demás muñecos que parecían observarla; sus manos parecían atadas por un alambre punzante que trataba de cortar poco a poco sus venas en cada movimiento.

-¿Acaso no recuerdas quién soy? -dijo acercándose más.

Aquel extraño llevaba una máscara, simulaba un pequeño puerco, estaba hecha con hojas de papel y cartón, se notaba a leguas que la había pintado con acuarelas, aún tenía algunas marcas sin pintar; su cuerpo pasaba de un metro ochenta y era de aspecto delgado; se encontraba cubierto por una sabana con estampados de conejos, unas largas mechas de cabello de oscuro color caían sobre sus hombros. Se acercaba más y más, no había rastros de luz, ni tan solo una vela, o alguna luciérnaga que pasara por las ventanas de la habitación. Predominaba el aura de oscuridad.

Reconocia aquel lugar, sabia que era, el jardin de preescolar donde solia trabajar de joven, solo que no recordaba quien era la persona que se encontraba en aquel lugar, frente a ella, se acercaba a su cara y podia oler aquel fetido aliento que probenia de entre su boca.-Porfavor dejame ir, yo no te e hecho nada.- Susurraba entre ruegos la ahora anciana, su garganta se encontraba algo seca y casi no podia levantar la voz.

-Claro que has hecho y mucho, tan solo mirame, yo soy la prueba vivinte de tus malditos planes de estudio, maravillosos no crees.- decia sumamente furiosa, su sombra solo se asomaba tomando aquel maravilloso cafe.- ¿Quieres un poco querida Sally?.- La anciana se quedo paralizada, como es que sabia su nombre, se aserco pasando por la penumbra cara a cara.

La mano de aquel ser envuelto entre la sabana de conejos sonrientes abria los labios de la vieja cuidadora, -Te gustará.- Susurro lo desconcido entre las sombras, el cafe ardia y resvalaba por su boca hasta llaegar a su garganta, quemaba como si un fogon pasara por su cuello, un grito sofocante salio desde lo mas profundo de su pecho.

-Duele, ¿cierto?.- Atonita solo con la miraba lloriqueaba como si fuera un bebé esperando su mamila hambriento.- Te e preguntado mujer, y si te pregunto me tienes que contestar.- Dijo enfurecida, sentada sobre aquella mecedora que daba un constante rechinido.- Recuerdo que era lo que decias cuando no aprendiamos a leer rapido, el castigo ¿lo recuerda?, ¿porque mejor no le hago recordar lo que le hacia a unos pequeños niños pobres?- Encendio una vela con una cerilla que estaba cerca, la acerco a su cara, era algo calido, bajo hasta su pecho y de ahi a sus piernas, levanto un poco la falda que tenia puesta y aquel ardiente liquido fue vaciado en su carne, grito un poco, hasta que se secaba y no ardia, vaciaba cada vez mas, en algunos momentos contenia sus alaridos pero no era suficiente para callar su dolor se detuvo un rato y se alejo, empezo a dar vueltas alrededor de Sally, hasta encontrar aquel punto fijo, ella no dejaba de observarla, se detuvo un momento y saco un cigarrillo, lo encendio y empezo a fumar, el humo era fuerte y lo recordaba aquella profesora, se quedo quieta y dejo de lloriquear.-Acaso ¿ya lo recuerdas?.- Hablo desde la mascara que ocultaba su cara, mientras inhalaba el humo.

-Si, claro que si.- Una lagrima destello de sus ojos, asintio una y otra vez, sabia lo que habia hecho recordaba todo.- Si, me merezco todo esto que esta pasando, inclusive ir al infierno, lo siento, por todo lo que hice, hija, Mell, espero que me perdones, espero que…- Aquella mujer dio un fuerte puñetazo en la cara de su madre, algunas gotas de sangre salieron, mientras esta retiraba la mascara que cubria su cara.

Sus ojos aun mantenian ese lado humano, su nariz estaba quebrada y dilatada, tenia varias costuras y cicatrizes en torno a ella, sus mejillas estaban completamente quemadas, al parecer provocadas por cigarro, faltaba parte de su labio inferior al igual que uno de sus oidos, en su frente tenia varias heridas marcadas con la inscripcion “Propiedad de Sally”.-Ahora recuerdas, porque lo hiciste, tanto daño incluida yo, tu hija, no te detuviste a pensar si quiera un segundo en los demas solo en ti, no te hagas llamar “Madre” nunca mas, eres solo un trozo de carne con mierda en el cerebro, recuerdo cuando decias , y tu debes muchos castigos.- Tomo entre sus dedos el cigarro del cual estaba fumando, se acerco a su rostro.- Yo tenia una linda cara, hasta que la tocaste.- Lanzo el cigarillo en sus labios y depues en uno de sus parpados, grito lo mas que pudo, experimentaba como habian sufrido varios niños, aquella linda mujer que aseguraba ser protectora de niños, era un monstruo, que ahora suplicaba por su vida o por una muerte sin dolor, al fin y al cabo, ninguna la tendria, Mell se puso de pie, y de un golpe dejo inconciente a su madre.- Ahora sentiras el dolor que tantos niños sufrieron.-

El ruido de una motocicleta la desperto a un era noche y aquella guarderia que en alguna vez trabajo hoy parecia un almacen abandonado, los jugetes parecian observarla y en una pequeña pizarra tenia una inscripcion: “Cuidado donde pisas”.

Miles de fotografias cubrian el suelo, eran los rostros del dolor, las victimas inocentes de sus atrozes delitos. Parecia que su pequeña Mell se habia apiadado de ella, estaba suelta y en libertad, al fin, uno de sus tobillos estaba mal, parecia que se lo huvieran cortado, no respondia su pie, el dolor era fuerte al apoyarse.

Tropezo, y su pecho cayo sobre un metal, empezo a activarse cada una de las trampas al contacto, se cerraban con sus colmillos de acero, uno a uno, en sus manos, en sus piernas, brazos, hasta su cara, con el que en el ultimo aliento pudo leer, “Ahora lo vez, ahora lo sientes”.

Tal vez la venganza no sea buena, tal vez no este aprobada por nadie, pero, desahoga, hace que respires, se siente bien cuando sabes que la mierda de persona no respira tu mismo oxigeno, la venganza tal vez funcione en algunas ocaciones, las desiciones son voluntarias y todos hemos tomado las nuestras y para pruebas ahora quedo demostrado ante el crudo recuerdo de una madre, cuyos delitos al final fueron pagados.

El acólito de la aberración. Damián Fryderup.

Todo empezó cuando llegué a aquel lugar de mala muerte, un pueblo donde escaseaba el gentío en las calles y donde los abismos de la soledad gobernaban sin ser derrocados.

Tenía que atravesar aquel sitio con mi automóvil, para lograr llegar hasta mi destino final. Viajaba solo, hacia casa de mis tíos que se encontraba cruzando el pueblo en el que me hallaba.

Pero por obras macabras del destino mi auto se estancó en la nieve y no hubo forma alguna de lograr moverlo. Lo único que me quedaba por hacer era hospedarme en algún hotel pueblerino, -que era más que seguro- que no existía ninguno en tal lugar.

Una vez que bajé del coche, emprendí viaje en busca de refugio. Luchando contra las terribles ventiscas de nieve, que azotaban una y otra vez contra mi rostro, como si se hubiesen puesto en complot para congelarlo.

Caminado vagamente por el pueblo, logré encontrar una especie de casa para forasteros. Me di cuenta de esto porque su nombre lo decía sin vergüenza. Sin dudas, los habitantes de este pueblo no se gastaban mucho en los nombres para sitios de huéspedes -ni mucho menos-, en promulgar la industria del turismo, puesto que sus anuncios eran realmente vacíos.

“CASA PARA FORASTEROS”

Sin titubear me adentré en aquella casa,-de proporciones ciclópeas-. Una vez que estaba en el interior, logré avistar a la primera persona en todo aquel pueblo, que se hallaba tras un mostrador de atención al público. Esta persona carecía de vista y no tenía rostro de hacer buenos amigos, era un hombre gordo, sucio y deteriorado. Pero lo que más arrebató mi atención hacia aquel burdo ser fue, un tatuaje que tenía en su cuello, ya que su tamaño era lo bastante grande como para cubrir semejante parte anatómica de aquel grotesco hombre.

Para hacer notar mi presencia, rompí el vacuo silencio en aquella casa anticuaria de hospedaje.

-Hola-dije, en un tono lo bastante fuerte como para llamar su atención.

El hombre no contestaba; como si le hubiesen comido la lengua. Pero no solía rendirme tal fácilmente.

-¡Hola!-esta vez grité.

Otra vez, nada. Este hombre, ocultaba algo realmente oscuro y tenebroso. Además cuando le hablé me dio la espalda de una manera tan grosera, que me irrité.

Al darme cuenta que no podía lograr oírme, me acerqué hacia su posición y cuando estaba a punto de tocar su hombro, este demoniaco ser se me adelantó, mostrándome su verdadero rostro. Era como si en el instante en el que había volteado, su rostro se manifestaba de otra forma.

Forma que mostraba lo más horrible de un humano. Aquella persona tenía un rostro que remplazaba los dientes comunes, por unos amedrentadores colmillos a los que jamás había visto en mi austera vida. Este hombre tenía cara simiesca, con ojos color blanco como la misma nieve de las afueras y piel tan seca que parecía estar completamente deshidratado.

Cuando mis ojos presenciaron aquella cosa anti natural, rompí el silencio con un fuerte grito. Y esta bestia, batallando todo límite de espacio, materia y tiempo, desapareció esfumándose en las etéreas sombras de aquel caserón antiguo, -como si de humo se tratase-.

En aquellos momentos había llegado a comprender que estaba totalmente desquiciado. Pero todo cambió cuando escuché una voz que provenía del segundo piso. Una voz a la que seguí con un cierto grado de hipnotización.

Subiendo las traicioneras escaleras de aquella casa antigua, logré llegar hasta el segundo piso. Y sin perder el tiempo, seguí la voz tan extraña y a la vez tan apaciguadora.

-Ven…ven…

La voz musitaba sin control.

-Ven, hijo de la luna… Ven hijo del sol…

Una vez que mis oídos lograron captar los sonidos provenientes de aquella voz. Logré encontrar el cuarto de la discordia. Esta habitación tenía una puerta lo bastante vetusta como para caerse sola, además poseía unas escrituras lo suficientemente ominosas como para que la situación se tornase macabra. Eran escrituras -o más bien-, símbolos que al mirarlos detenidamente mi piel se ponía como la de una gallina, y los eternos escalofríos que surgían desde mis entrañas, no hacían ausencia en la situación.

Cuando abrí aquella maltratada puerta, pude ver quién era el dueño de la voz. Éste, era un hombre con un tono de piel pálida, ojos color azul y cabellos oscuros como las mismas sombras que danzaban por los rincones de aquel lugar. Pero no estaba solo, a su lado había una mujer que sólo tenía un diente y que hacía notar su cabello lacio de color bermellón; sin olvidar sus exóticos ojos color amarillo. También existía un tercero y éste era un hombre obeso que no podía ponerse en pie, el cual hacía notar una especie de castigo en su cuerpo de inmundicia. Pero lo que quitó gran parte de mi valentía al ver a aquel hombre de peso pesado era, que tenía su boca desgarrada y tan sólo hacía notar un ojo en su rostro pestilente, inundado en pelos parecidos a los de un cerdo.

Mientras estaba viéndolos pasmadamente casi a punto de que la baba saliese por mi boca, la mujer fue la primera en iniciar la conversación que me traería muchas conveniencias en un futuro o que en vez de eso, traería mi verdadera perdición.

-Hola, querido-me dijo.

-Hola-le contesté amablemente.

-Sabemos que tienes un altercado.

-¿En serio?

-Tu auto se ha quedado inmóvil por las grandes barreras de nieve.

-¿Eres adivina, mujer? -le pregunté con sarcasmo.

Gesticuló, dibujando una pequeña risita en su rostro; que indiscutiblemente carecía de belleza.

-Soy más que eso. Y… puedo ayudarte mucho más de lo que te imaginas.

-¿Y cómo podrías? -pregunté.

-Sólo debes hacer un trabajo, para nosotros tres -me dijo-Y créeme, que serás recompensado.

-Pues dime…

-Debes matar a un huésped de este hotel. Una vez que lo hagas, ensarta este objeto en su cuerpo y tráelo de vuelta a nuestras manos.

-Pero, eso me convertiría en un asesino -le dije, exaltado.

-No, ese hombre es un violador pedófilo. Matar a una peste de tal calaña no es asesinato -me dijo, tratando de aliviarme.

-Está bien, todo sea por la recompensa y por la justicia.

-La habitación es… “la número dos” -me informó.

-Comprendido.

Esta mujer me entregó aquel objeto tan extravagante, que tenía forma de una jeringa sólo que ésta era de oro y, con unos signos grabados realmente extraños para la mente de un humano trivial. Mientras que ella me daba el objeto, sus dos compañeros de cuarto permanecían inmóviles, con sus rostros amedrentando los aires del lugar.

Salí del cuarto e inicié mi búsqueda de la habitación número dos. En un periquete logré dar con ella, y allí estaba durmiendo el maldito condenado, el hombre que no era hombre, el violador pedófilo o al menos así lo etiquetaban los tres seres que me habían prometido la mejor recompensa.

En aquella habitación había una mesa de luz y sólo por razones que conocía el destino, había un revólver. Sin pensar mucho cual iba a ser el arma del homicidio, tomé el revólver y le disparé tres veces en la cabeza al violador. Este tipo se hallaba boca arriba. Su rostro parecía colador con los huecos que le había hecho. Las tres balas no se dirigieron precisamente al mismo lugar. Una impactó en su ojo derecho haciéndolo estallar por completo. Otra en su nariz, borrándola del mapa anatómico y la última se introdujo por su boca para luego salir despedida creando otro orificio en la parte trasera de su cabeza. La sangre no paraba de fluir por las blancas sabanas de la cama, formando ríos rojizos tras la nuca del condenado.

Después de matarlo hice lo que me habían pedido los extraños del cuarto. Ensarté aquella especie de jeringa y ésta empezó a succionar la sangre del difunto, como si fuese una sanguijuela que no había bebido durante años.

Una vez finalizado el trabajo fúnebre, con la herramienta vampírica, en cuestión de segundos volví hasta donde estaban los seres extraños que me habían prometido una colosal recompensa.

Cuando estaba nuevamente frente a frente con ellos, le dije a la mujer horrenda.

-Tarea realizada.

-Muy bien…

Le di la jeringa, de la cual desconocía totalmente su uso final y la mujer me dijo:

-Realmente, has cumplido a la perfección con tu trabajo.

-Gracias… ¿pero dónde está mi recompensa? -le pregunté, impaciente.

-Oh… Que descuido el mío. Sólo cierra tus ojos y la recompensa será infinita.

Hice a la par de la letra lo que me pidió, cerré mis ojos y en cuestión de segundos noté algo diferente en el aire. Noté como si estuviese flotando y en un intento de abrir mis ojos, no pude.

Pasaron unos minutos -calculo- y desperté en un lugar al que jamás había visto en toda mi vida. No estaba en Egipto, no estaba en Grecia, no estaba en Argentina, no estaba en Inglaterra. Me encontraba, en un mundo esotérico y tenebroso.

Un mundo donde la vegetación estaba compuesta por carne humana. Un sitio donde los seres que lo habitaban carecían de belleza. Un mundo donde el aire era tan turbio que por poco no se podía respirar. Un lugar donde la peste era algo divino. Un mundo donde la imaginación de los humanos era puesta a prueba.

Sin entender nada sobre la situación, exploré aquel despreciable lugar del cosmos. Y sin encontrar respuestas decidí informarme con alguno de los seres que habitaban el planeta de la putrefacción. Pero por más que lo intentaba, estos engendros no contestaban -era como si yo no existiese-. Como si fuese un espectro vagabundo en un territorio demoníaco.

En una situación desesperada, arrojé gritos hacia todas las direcciones para lograr dar con los tres malditos que me habían conducido hasta aquel lugar.

El tiempo pasó, y vagué por toda la eternidad, sin ser escuchado ni comprendido por ninguna de las criaturas de aquel horripilante sitio.

A veces me preguntaba a mí mismo si el hombre al que había matado era realmente un pedófilo, o si sólo era un simple mortal. O hasta un elegido del rey de reyes.

Con el tiempo pude darme cuenta, que mi recompensa era todo lo que estaba viviendo.

Una recompensa que consistía en vagar por los sinfines del tiempo. Un premio por toda la eternidad, de estar en aquel espacio equivocado, sin respirar, sin sentir, y viviendo sólo con el sufrimiento que me llevaría a la eterna locura o la salvación divina que aguardaba mi alma.

Los ojos del búho blanco. A.D.

El cielo resplandecía de un gris brillante. El columpio seguía en movimiento, cubierto por una fina capa de nieve.
Una niña se arrodilló en el suelo, congelando sus delicadas piernas en el frío. Colocó sus manos sobre su rostro y empezó a sollozar. Las lágrimas salían entre sus dedos pálidos. Sintió que el aire comenzó a ser cálido y levantó la fiel mirada de sus ojos azules. Allí, entre las ramas de color negro se encontraba un búho blanco, que era el marco perfecto de la imagen que reflejaban sus pupilas. Se puso de pie, limpió sus zapatos de cuero y se acercó al ave sin miedos. Entre el viento se escuchaban susurros vacíos, la soledad estaba transformando el ambiente. Sintió que había algo tras ella, entonces volteó y la última escena de ese marco invernal fue el columpio, que seguía hamacándose con el apoyo del viento fresco.

El agua de la tina se rebalsó. Megan se había quedado en la tina relajada y el sueño la movilizó y la sacó de ese estado volviéndola a la realidad. El teléfono sonaba en la sala principal, esta se puso de pie y se colocó una toalla que iba desde sus rodillas hasta la parte superior de su pecho. Caminó dejando su apartamento con el suelo mojado hasta que llegó al teléfono. Ella lo contestó.

– Hola

– Buenas Noches Megan, soy Beth.

– Buenas Noches Elizabeth, ¿Cómo has estado?

– Bastante bien por suerte, te llamaba para preguntarte si irás mañana al hospital.

– Si, el resfrío ya se me ha pasado, gracias por cubrirme, como están los pacientes.

– Muy histéricos, te han extrañado, entre enfermeras claro.

– Si, me lo imagino. Bueno, pueden estar tranquilas, mañana estaré firme con ustedes.

– Que bien, bueno Megan, nos vemos mañana.

– Adiós Beth, buenas noches.

Colgó el teléfono. Ya una vez sintiéndose en silencio y cerrando sus ojos, las imágenes de ese sueño se reflejaron en su cabeza como una película. Su cara mostraba confusión, pues no entendía ese sueño. El lugar le parecía familiar. Hace mucho tiempo, cuando era niña, iba con sus 3 hermanos a caminar por el parque. En un lugar donde siempre reinaba el calor del sol, había juegos para niños. Lo más llamativo de ese lugar, era un columpio, en el que nadie se columpiaba, ni siquiera sentarse sobre el.

Megan sacudió sus pensamientos y fue a cambiarse, ya que estaba empapando el suelo.

– Sr. Stanley ¿Qué piensa del triple asesinato?

– No lo se. Me he quedado muy sorprendido.

– ¿Sabe usted que significaban los dibujos en la pared y en los espejos de los baños?

– Ya he dicho que no se nada. Si bien la figura me parece familiar, pero…

Los periodistas siguieron preguntando.

– Es increíble- Dijo Beth a Megan, mientras veían el noticiero en la sala de espera.

– De verdad, da un poco de miedo.

La imagen del televisor cambió de repente.

-Es difícil de interpretar tu sueño, por lo simbólico, pero yo te diría que esto parece una señal de que puedes entrar, que tienes capacidad para hacer algo.- Decía la mujer de la tv. Se estaba dirigiendo a otra joven que estaba frente a ella.

– ¿Porqué un búho blanco?

– Es según lo que sea importante para ti. En otros significados, se podía decir que puedes hacer cosas que no cualquiera hace, que tienes un potencial importante, puedes participar de proyectos, trabajos importantes y esas cosas. Por un lado espiritual, te diría que, muchas cosas extrañas pueden pasar. El búho es muy misterioso, guarda sus secretos en su mirada.

– Su mirada- Repitió Megan saliendo de la pantalla del televisor. Beth la miró muy extraña.

– Voy al baño- Dijo Megan alejándose de los demás.

La chica se miró en el espejo. Tenía una cortada en su rostro. Se la tocó suavemente, y esta se abría más. Siguió tocando y su herida seguía creciendo, hasta que se asusto y calló al piso. Se puso de pie, mientras su respiración se aceleraba. La herida seguía ahí, pensó que era su imaginación, pero seguía de la misma manera. Salió del baño corriendo en busca de Beth para que la ayudara, pero cuando salió no había nadie.

En el suelo se iban marcando unas rojizas pisadas que se dirigían a una habitación. Podía ser un paciente que se había accidentando, pero alguien ya lo abría atendido. De todas formas Megan lo siguió.
El camino de los pies rojos no terminaba. En un momento Megan se paró para ver hasta donde seguirían. Mientras levantaba la mirada sintió que sus pies se mojaban con algo.

Litros y litros de sangre de un rojo vivo, salían debajo de las puertas. Taparon las pisadas completamente. Las luces se apagaban de apoco, dejando a Megan en la oscuridad. La Sangre había dejado inmovilizados sus pies. Comenzó a gritar de la desesperación. Las lágrimas salían de sus ojos de una forma excesiva, estaba muy asustada. Por fin una luz se prendió. Esta daba a una ventana que dejaba ver las copas vacías de los árboles. En una de esas ramas negras estaba un búho blanco que la miraba. Los ojos del búho cambiaban de amarillo a azul cada vez que miraba a un lugar distinto. Megan se quedó atónita mirando esa escena.

– ¡Megan!

– ¿Qué?- Decía mientras despertaba.

– Te desmayaste. Me llamó la atención que no volvieras y fui a buscarte. ¿Qué paso? Tienes lágrimas.

– Yo… Beth, necesito que me lleves a casa.

Beth llevó a Megan en su auto.

-¿Qué ocurrió? – Decía Beth mientras manejaba.

– No lo se. Te lo explicaré mejor cuando lleguemos a casa.
Llegaron al apartamento de Megan. Se hicieron un café y Megan comenzó a hablar de lo sucedido.

Al terminar el relato Beth le transmitió su opinión.

– Escucha, creo que, deberías ver a un psicólogo. No digo que estés loca, simplemente me siento incapaz de ayudarte.
Megan bajo la mirada. – Tienes razón. De todas formas, gracias por ayudarme.

Beth abrazó a Megan y se retiró.
La joven se quedo sola en su apartamento.
Ella se dirigió hacía la ventana.
Entre las ramas de un árbol estaba otra vez ese búho blanco. Megan no se alarmo, pensó que si tenía que vivir con esto iba a enfrentarlo de la mejor manera, sobreviviendo.

Dió un gran suspiro. El búho dirigió la mirada hacía ella. Otra vez hubo una conexión entre los ojos del ave y ella. Megan no se había dado cuenta desde entonces que lo analizó con más tranquilidad, esos eran sus ojos.

Un brisa helada recorrió su rostro.
Cuando abrió los ojos nuevamente, observó el lugar en el que estaba.
El cielo resplandecía de un gris brillante. El columpio seguía en movimiento, cubierto por una fina capa de nieve.

Una niña se arrodillo en el suelo, congelando sus delicadas piernas en el frío. Colocó sus manos sobre su rostro y empezó a sollozar. Las lágrimas salían entre sus dedos pálidos. Sintió que el aire comenzó a ser cálido y levantó la fiel mirada de sus ojos azules. Allí, entre las ramas de color negro se encontraba un búho blanco, que era el marco perfecto de la imagen que reflejaban sus pupilas. Se puso de pie, limpió sus zapatos de cuero y se acercó al ave sin miedos. Entre el viento se escuchaban susurros vacíos, la soledad estaba transformando el ambiente. Sintió que había algo tras ella, entonces volteó.
Megan observó el rostro de la niña y se sorprendió.

La niña echo a correr. Megan la seguía.

Era un bosque que solo tenía 3 cosas. Un cielo gris, nieve, y arboles negros de copas vacías. Complementando finalmente la escena, Megan y la niña.

Ella seguía corriendo. La niña desapareció después de pasar por enorme y majestuoso árbol.

Megan rodeo el árbol buscando a la niña.

Luego sintió como si algo cortará su respiración. Tenía la impresión del que el aire no podía pasar por su boca.

Colóco sus manos alrededor de su cuello y se tiró de rodillas a la fría
nieve.

Mientras más tocaba su cuello más le costaba respirar, entonces las quitó y vió mucha sangre en ellas. Su cuello estaba siendo cortado poco a poco.

La niña apareció y se acerco a ella. Los ojos de esa chica eran iguales a los del búho, pero los que la salvarían. Megan conecto la mirada con ella y comenzó a escuchar susurros confusos.

Mientras más se conectaba más le costaba respirar, esa niña estaba terminando con ella.

Megan bajo la mirada y comenzó a arrastrarse hacia el lado contrarió, donde vió al búho la primera vez.

Ella se arrastraba dejando un rastro de sangre en la nieve.
No quería voltear, pero tenía la sensación de que la seguían, ese escalofrío que recorre tu cuerpo cuando sientes que no eres el único allí.

Ya no era su cuello, si no todo su cuerpo es que se estaba cortando.
Parecía que en la nieve hubiesen muchos alfileres que pichaban su cuerpo poco a poco.

Sus labios estaban morados y su cabello negro ya había atrapado algunos copos de nieve como si fuera una telaraña con sus presas atrapadas entre los transparentes hilos.

Megan seguía arrastrandose, y el destino estaba cerca. Ella no pensaba en otra cosa solo quería llegar allí y ver a ese búho, pero por alguna razón, un pensamiento pesimista decía que no estaba allí, tanto se convenció de esa idea que fue real.

Megan termino de arrastrarse y miró hacia atrás. Allí no había nada.
El bosque desapareció junto a sus árboles, nieve, y aquella niña.

Megan dió su último suspiro y cerró los ojos.

Despertó exaltada. Se había dormido en su sofá.
Unas lágrimas recorrieron su rostro.

Al día siguiente, Megan no fue a trabajar. Decidió ir a la librería a conseguir un libro de auto-ayuda. Si un psicólogo o psiquiatra la veía iban a llevarla al manicomio.

Encontró un libro muy interesante.

Un libro sobre la interpretación de visiones o cosas sobrenaturales.
Megan se sorprendió por que pensó que que hablaría de rituales o demonios.

Allí había un explicación lógica.

Megan lo pensó un rato.
Ella tiene el control.
Se levantó y se fue del lugar. Recorrió las calles de la ciudad hasta llegar a un cementerio.

Detrás del cementerio había un bosque, su deseo era ir allí.
Mientras pasaba entre lápidas se tropezó con algo que estaba escondido en la tierra.

Era una lápida más. Ella quitó la tierra.
Era la lápida de su madre.
La furia de los recuerdos resurgía.
Ella se sentía vacía.

Corrió al bosque mientras todos los recuerdos, los gritos, la sangre de aquella noche se acercaba.

El cielo se volvió negro y los árboles blancos. La nieve estaba manchada con sangre. El rastro de la misma llevaba a su casa. Llegó, Megan respiró hondo y giro el picaporte. Estaba como la primera vez. Todo estaba apagado. Había olor a comida recién hecha. Ella recorrió la sala principal, en uno de los sillones había un libro de cuentos.
En el habían niños jugando en una ronda. Habían sido marcados por un crayón rojo, habían símbolos extraños, las demás hojas del cuento habían sido cortadas de forma violenta.Luego se escucho el murmullos y una canción de cuna. Megan subió las escaleras. La canción de provenía del baño. Megan se asomo. Allí había una niña rubia. La canilla del lavabo estaba abierta. Unas gotitas de sangre caían se dejaban llevar por la corriente del agua. La niña tenía entre sus manos las manos las hojas de ese cuento. Al principio parecia que lo estaba leyendo. Pero no. Una de sus manos estaba bien estirada. Ella pasaba el filo de las hojas en la separación del dedo indice y el pulgar. Lo frotaba cada vez más cortándose. Megan estaba aguantando los sollozos. Esa era su hermana menor. Apartó la mirada de allí

– Alice, no te hagas eso.- susurro Megan. Luego miró nuevamente y Alice no estaba allí.

Megan se confundió. Ella se dió la media vuelta y se encontró con el rostro de su hermana. Sus labiós estaban cortados, segurmanete también con el papel. Megan se asusto. La boca de su hermana se llenó de sangre, finalmente la niña cayó en el suelo ensangrentada. Megan intentó aguantarse las lágrimas y el asco. La espalda de su hermana estaba llena de apuñaladas. El corazón de Megan latía cada vez más. Las lágrimas se rebalsaron. Se metió al cuarto de enfrente. Allí había mucha más sangre…

Un charco rojo provenía de una gran maleta. Megan sabía que no debía abrir allí, pero tenía que afrontar sus miedos. Saco el seguro y la abrió.

Su estomago se estremeció y Megan no se pudo controlar y vomito.
Su hermano mayor estaba descuartizado en pequeñas partes. Se apartó y observó las paredes de la habitación estaba todo escrito con sangre.
“El bebé, el bebé, el bebé, duerme en su cuna”

Del otro lado de la habitación de escuchaba una mujer cantando. Ahora tendría que afrontar su peor miedo.

El picaporte que llevaba a esa habitación estaba llena de sangre, no podía imaginar lo que había allí dentro.

Decidió entrar. La canción se paro, no había nadie allí, solo un bebé llorando. La cuna de movía de lado a lado violentamente. Megan se acercó poco a poco y el llanto del bebe se calmo. Megan observó dentro de la cuna y solo, allí, había un pequeño corazón que seguía bombeando.
Ella no lo soportaba más, salió de la habitación y bajo las escaleras.

Pero luego lo recordó.

Salió de la casa, en busca de solo eso, el columpio.
Había mucha sangre en el bosque, ella sentía que sus hermanos la perseguían todos ensangrentados.

Megan corría cada vez más y allí la vio.
La niña estaba allí, en su columpio, de espaldas.
Una nueva imagen llamó la su atención.
Megan se cubrió el rostro con sus manos. Su madre estaba ahorcada en el árbol.
Luego lo pensó mejor.

– No.- susurró para si misma.

La niña tenía un gran cuchillo en sus manos.
Megan callo al suelo. La niña dejo de columpiarse y miró hacía atrás.

Finalmente solo sonrió.