domingo, 16 de abril de 2017

Último amante. Pierre Louys (1870-1925)

Mancebo, no pases de largo
     sin gustar mi amor:
desnuda en la noche, mi carne
     recobra esplendor;
más sabio y feliz que cualquiera
     frágil primvera
mi otoño te entrega su ardor.

No esperes placer de las vírgenes :
     ese arte sutil
lo ignoran ingenuas doncellas,
     no es cosa de abril.
Viviendo su rlto constante,
     al último amante
dar quiero la esencia febril.

Mi último amante ha llegado:
     eres tú, doncel.
Toma, pues, mis labios -cisterna
     de ansioso tropel-.
y toma también mis cabellos
     que aún guardan ellos
de Safo divina la miel.

Tendrás de mis cálidas vides
     el jugo mejor;
aún los más hondos recuerdos
     quemaré en tu honor.
Serán tuyas mis joyas más ricas .
     la flauta de Lykas
y de Nasdyka el ceñidor.

Versión de Carlos López Narváez

Poemas II. Pierre Louys (1870-1925)

La cabellera.

Me dijo: "Anoche tuve un sueño...
sentía alrededor de mi cuello tus cabellos
como un negro collar sobre mi pecho".

"Los acariciaba... eran los míos".
"Y estábamos ligados para siempre
así, por una misma cabellera; con las bocas unidas,
tal como dos laureles, a menudo, sólo una raíz tienen".

"Me parecía que, lentamente,
los miembros de tal modo confundidos,
yo era tú misma.
que tú estabas en mí; ése fue el sueño".

Cuando el relato terminó, las manos
suavemente posó sobre mis hombros.
Me miraba, tiernos los ojos, con amor tan hondo,
que yo bajé los míos
estremecida.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







La carta perdida.

¡Ay de mí! He perdido su carta. La había puesto entre el estrofión y la piel, al calor del seno. Pero, he corrido
y ha debido perdérseme.

Desandaré el camino para buscarla, pues si alguien la encontrase, la llevaría a mi madre, y ésta me azotaría
ante la burla de mis hermanas.

Si la hallase un hombre, me la devolvería, y tal vez intentaría hablarme en secreto. En ese caso, creo saber
la manera de arrebatársela.

Pero, si es una mujer quien la ha leído, ¡oh, Zeus guardián, protégeme! Porque lo contará a todo el mundo,
o me birlará a mi amante.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White






La copa.

Lykas me vio llegar
a campo abierto,
vestida con una exómida de esclava
que me dejaba un seno descubierto.

¡Es tan abrumadora esta luz flava!

Luego él quiso mi seno moldear.

Hiñó en cercana fuente cristalina
un Puñado de arcilla suave y fina
y lo aplicó a mi piel, que acariciaba
la arcilla dúctil; mas, tan fría estaba...
Me sentí desmayar.

Una copa redonda, umbilicada,
con forma de mi carne moldeada
puso a secar al sol.
La decoró después en un diseño
de púrpuras y de ocres, con beleño
y con rojo ababol.

Fuimos luego a la fuente
que surge por ahí,
a las ninfas campestres consagrada,
y en su clara corriente
arrojamos la copa, ya colmada
con flores de alelí.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







La noche.

Ahora soy yo quien lo busca.
Todas las noches, en sigilo,
salgo de casa, y por la fasca
senda voy al campo tranquilo
para contemplarlo dormir.

Sin una palabra decir
me quedo allí por largo instante,
dichosa al poder acercar
mis labios hasta su semblante,
por sólo su aliento besar.

Me extiendo sobre él, de pronto;
despierta en mis brazos el tonto;
y al no poderse levantar,
renuncia a la lid; y cual gamos
toda la noche así jugamos.

¡Ah, malvada claridad diurna!,
aurora cruel, ¿ya has llegado?
¿En qué gruta siempre nocturna,
o en algún subterráneo prado,
puede Amor haber olvidado
tu remembranza taciturna?

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White






La tumba de las Náyades.

Caminaba por el bosque arropado de escarcha. Mis cabellos, sobre la boca, florecían de carámbanos diminutos.
Casi no podía levantar las sandalias por el peso de la nieve fangosa que se les adhería.

Él me dijo: "¿Qué buscas?" "Voy siguiendo -le contesté- la pista de un sátiro. Las huellas de sus pequeños cascos
hendidos van alternándose como huecos en el níveo manto". Él me dijo: "Los sátiros han muerto.
Ya murieron los sátiros, y las ninfas también. Hace más de treinta años
que no hacía un invierno tan crudo. Las huellas que ves son las de un macho cabrío. Quedémosnos aquí.
Junto está la tumba".

Con su azada quebró el hielo del manantial en donde, en otro tiempo, reían las náyades. Cogió luego grandes pedazos
de hielo y, alzándolos a los ojos, miraba... miraba al trasluz el cielo pálido.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White






Los senos.

Dulce, blandamente
la túnica abrió;
y como se llevan
al ara de un dios
vívidas palomas
de terso plumón,
con su mano leve
los senos me dió.

-Ámalos -me dijo-
con igual pasión
con que yo los amo:
son niños en flor.
A ellos me entrego
cuando sóla estoy;
arrullos y mimos
sé para los dos.

Con leche los baño
y rayos de sol;
y son mis cabellos
el lino mejor
que calca y enjuga
su rojo botón.
Entre finas lanas
triunfa su primor;
yo los acaricio
con trémula voz.

Como en mis entrañas
nunca habrá un dolor,
sé tú el pequeñuelo,
busca su pezón.
Y como besarlos
jamás podré yo,
dáles en mi nombre
mil besos de amor.

Versión de Carlos López Narváez







Los tres amantes.

El primer amante
me ciñó un collar
de perlas nacidas
en ignoto mar;
con él, un palacio
y esclavas sin par
y un templo y un trono
pudiera comprar.

El segundo amante
dijo en mi loor:
-Si de tus cabellos
el negro esplendor
desatas, la noche
se esparce en redor;
y de tus azules
ojos al fulgor
la mañana enciende
su primer albor .

El tercer amante
-lo tuve hasta ayer-
de toda hermosura
tenía en su ser;
tan solo mirarlo
era ya un placer
que aún a su madre
hacía estremecer...
Su frente, su boca
-tibio rosicler-
sobre mis rodillas
venía a poner.

Tú, nada me dices;
tú, nada me das:
ni joyas, ni versos,
ni es bella tu faz;
nunca fina clámide
ceñiste quizás...
Sin embargo, túya
siempre me verás
cual los tres amantes
me vieran jamás.

Versión de Carlos López Narváez







Palabras maternales.

Me baña mi madre en la oscuridad, me viste a cielo abierto y me peina al sol. Mas, si voy a salir en noches claras de luna,
me ciñe más el cíngulo y le hace doble nudo.

Y me ha dicho: "Juega con las vírgenes; danza con los niños; mas no te asomes nunca a la ventana, ni escuches requiebros
de mancebos; y duda, duda mucho de consejos de viudas".

"Una tarde, pequeña, como a todas, alguno vendrá a llevarte en medio de fastuoso cortejo, de timbales sonoros
y de amorosas flautas".

"Esa tarde, cuando te vayas, Bilitis mía, me dejarás tres odrezuelos de hiel: uno para la mañana, otro para el mediodía;
y el tercero, el de más amargo sabor, el tercero será para los días de fiesta".

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







Remordimiento.

Me quedé muda, en mi delirio;
mi corazón latía convulso;
y el batir loco de mi pulso
era en mis senos un martirio,
vivo rubor en mis mejillas.

Gemía "no, no", al resistir.
No pudieron lograr el beso
sus labios, ni su amor obseso
franqueó con rudo insistir
la barrera de mis rodillas.

Perdón, después, él me ha pedido.
Besó mis cabellos; su aliento
quemaba mi rostro encendido.
Y luego partió... Sólo el viento
suaviza mi aflicción acerba.

Vacío contemplo el sendero.
La selva, sin vida, desierta;
la hollada pradera está yerta...
Y en sangre mis puños lacero
y ahogo mi llanto en la hierba.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







Rosas en la noche.

Cuando la noche va cubriendo el cielo, el mundo es nuestro... y de los dioses. Él y yo erramos de las campiñas
 la fuente, de la umbrosa arboleda a los sitios abiertos, dondequiera nos conducen nuestros desnudos pies.
Las estrellas, pequeñitas, dan claridad suficiente paracolumbrar las esfumadas, breves sombras que somos.
A veces, en el sigilo de la fronda baja, logramos sorprender una cierva dormida.

Más lleno de encanto, en la noche, que otro lugar o cosa alguna, es un sitio sólo por nosotros conocido,
que irresistiblemente nos atrae a través de la selva: un misterioso matorral, florecido de rosas.

Nada iguala en la tierra al perfume de las rosas en la noche. Antes, cuando vagaba sola, ¿por qué no me exaltaría?

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White

Poemas I. Pierre Louys (1870-1925)

Bilitis.

De lana viste la vecina ruda;
hay mujeres que lucen sedas, oro;
otras, con hojas cubren su decoro;
otra, las flores con primor anuda.

Yo no quiero vivir sino desnuda.
T ámame, amante, como voy. Adoro
de joyas y damascos el tesoro,
mas, no a Bilitis una gasa escuda.

Son mis labios de un rojo sin ardides;
es negro mi cabello, sin tocado,
flota libre en mi frente un solo rizo.

Una noche de amor así me hizo
mi madre. Tómame cual soy, amado:
mas, si te gusto, dímelo... no olvides.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







Canción.

Cuando lo vi, al regreso,
el rostro entre las manos oculté.
Él me dijo: "No temas, nuestro beso
¿quién, quién lo pudo ver?"

"Nos vio la noche" -díjele- "y la luna;
nos vio el alba, de fijo;
las estrellas, también.
Se miraba en el lago la importuna
y al agua bajo los sauces se lo dijo".

"Lo contó el agua al remo
y el remo, a la barquilla;
y al pescador, la quilla.
Ahí no quedó todo, bien lo temo,
pues, ¡ay! el pescador lo contó a su mujer".

"Si la mujer lo dijo a una comadre,
ya lo sabrá mi madre,
hasta mi hermana,
y la Hélade entera, esta mañana.
Todos, hasta mi padre, ya lo habrán de saber".

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







El apogeo.

Psiqué, hermana mía, escucha inmóvil, y tiembla.
La dicha llega, nos toca y nos habla de rodillas.
Estrechémonos las manos. Sé grave. Escucha aún... Nadie
es más feliz esta noche, más divino que nosotros.

Una ternura inmensa atrae entre las sombras
nuestros ojos semi-cerrados. ¿Qué queda todavía
del beso que se calma, del suspiro que se pierde?
La vida ha dado la vuelta a nuestro áureo reloj de arena.

Esta es nuestra hora eterna; eternamente grande.
La hora que sobrevivirá al efímero amor
como un velo impregnado de rosa y lavanda
conserva, cien años después, la juventud de un día.

Más tarde, hermosa mía, cuando noches ajenas
hayan pasado sobre ti, que ya no me esperarás,
cuando otros, acaso, amiga de las suaves manos,
celosos de mi nombre, rozarán tus pies desnudos.

Acuérdate de que un día vivimos los dos juntos
la única hora en que los dioses conceden, un instante,
a la cabeza inclinada, a la espalda temblorosa,
el puro espíritu vital que huye con el tiempo.

Acuérdate de que una noche, en nuestro lecho,
acariciándonos con deseos ansiosos de unirse,
cambiamos de boca a boca
la perla imperecedera en la que duerme el recuerdo.

Versión de L.S.







El árbol.

A un árbol, desnuda, subí cierta vez:
         la lisa corteza mis muslos asían,
         en húmedo musgo fincaba los pies.
Tan alto que, apenas, las hojas mojadas
         del sol me cubrían
         con sombra discreta,
         me puse a horcajadas
         en cómoda horqueta
         y balanceaba feliz, al desgaire,
         los pies en el aire.
De lluvia temprana, besando mi piel
         las gotas rodaban del fresco dosel;
         de zumo de flores bermejas tenía
         las plantas, y el musgo mis brazos cubría.
Y al soplo impetuoso
         del viento -al empuje de fuerzas internas-
         el árbol hermoso
         tremaba de vida...
Lo sentí de pronto, toda estremecida,
         y apreté las piernas
         y posé, entreabiertos, los labios en llama
         sobre la vellosa nuca de la rama.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White







El bucoliasta.

Entre los dedos ágiles la flauta estremecida
como femíneo talle, dócil a la ternura,
un enjambre de arpegios cautivos apresura
a hermanar del rebaño con la voz dolorida.

Al tañedor infante que a la canción convida
responde sólo el eco de la yerma llanura;
los dioses nunca amaron la pastoril ventura
que arrullan las cigarras en la noche transida.

Y el efebo así canta: ¡Oh Febo! Sé clemente;
soy bucoliasta y puro, de los dioses ferviente:
dáme el laurel ansiado que tu poder recata.

Y cuando me concedas tu indulgente sonrisa,
consagraré en el ara que la grama tapiza
mi rústica siringa a tu lira de plata.

Versión de Carlos López Narváez







El deseo.

Ella entró, y apasionadamente, los ojos
cerrados, unió sus labios a los míos y
nuestras lenguas se conocieron... Nunca hubo
en mi vida un beso como aquél.

Ella estaba de pie contra mí, toda amorosa
y complaciente. Una de mis rodillas, poco
a poco, se colocó entre sus muslos cálidos,
que cedieron como para un amante.

Mi mano deslizándose sobre su túnica,
buscaba adivinar el cuerpo desnudo que curva
a curva ondulante se plegaba, donde se combaba,
se atiesaba con los roces de la piel.

Con sus ojos en delirio, designaba el lecho,
pero no teníamos el derecho de amarnos antes
de la ceremonia de nupcias y nos separamos
bruscamente.

Versión de L.S





El viejo y las ninfas.


Un viejo solitario habita la montaña.
Hace muchos inviernos se cerraron sus ojos
por mirar a las ninfas -peligrosos antojos-.
Desde entonces el recuerdo de tal visión lo baña.

Vive de ese recuerdo. -Sí, las ví, me contesta.
Helopsikria y Limnantis, las de cabellos lisos.
Estaban en la orilla como para una fiesta,
junto a las aguas verdes del estanque de fisos.

Inclinaban sus frentes eróticos instintos
bajo la cabellera. Las uñas transparentes.
Los pequeños tesoros de los senos ardientes
eran maravillosos cálices de jacintos.

Paseaban sus largos dedos sobre las linfas,
engarzando nenúfares de tallos elegantes.
y en redor de los muslos ágiles de las ninfas
formaba el agua círculos cada vez más distantes.

Versión de Víctor Sánchez Montenegro







En la estela de Leconte de Lisle.

Peregrino: en la estela que entre lauros triunfales
alza sobre mi fosa su funeral decoro
esculpió un lapidario la cigarra de oro,
la faz del astro rey y los pavos reales.

Canté las epopeyas, los héroes inmortales,
y la sagrada Atenas y el rutilante coro,
y exalté con visiones purpúreas el tesoro
del Trópico hechizante, sus golfos y corales.

He aquí mi sepulcro. No la natal comarca
con esplendor de sueños orientales enmarca
ni entibia con sus vahos mis despojos proscritos.

Pero el viviente triste ya es el muerto glorioso:
alado fue mi espíritu a res'catar ansioso
los nombres de los dioses y el alma de los mitos.

Versión de Carlos López Narváez







La amiga recién casada.

Esta tarde casó Melisa, mi mejor amiga. Era propicio el signo: nuestras madres se hallaban
encintas. En la ruta del cortejo no se han marchitado aún las rosas; brilla aún en las antorchas la llama nupcial.

Deshago el camino con mi madre, y sueño, sueño... Tal como ella fue hoy, pudiera serlo yo. ¿Acaso no florece
mi infancia en pubertad?

Ese mismo fastuoso cortejo, las flautas, los aires nupciales y el carro florido del esposo, la pompa y la fiesta
-una tarde- será todo para mí, por mí, entre los gajos de olivo.

Y así como a esta hora Melisa se muestra desnuda ante un hombre, yo dejaré caer mis velos, y habré de saber,
en la noche perfumada y atónita, qué es el amor. Y más tarde, quizá, ansiosos pequeñines mamarán
de mis pródigos senos.

* * *

Confidencias.

A la siguiente mañana
fui a su casa.
Tímidas amapolas,
las mejillas en brasa.
Y para estar a solas
me hizo entrar a su alcoba, muy ufana.

¡Tenía por preguntarle tantas cosas!
Pero al mirar su cíngulo ceñido
a la altura de las nuevas esposas,
¡por las diosas!
sufrí total olvido
y no osé ni abrazar su cuello erguido.

No ver cambio indiscreto
en su rostro me llenaba de asombro. Todavía
era mi amiga fiel, me parecía.
Pero desde la víspera nupcial, ese secreto
que me llenaba de susto reprimido,
mi amiga habría aprendido.

Súbito, me senté en su regazo;
en redor de su cuello puse el brazo,
y murmuré a su oído
como vivaz epodo,
las preguntas ansiosas.
Entonces ella, con las mejillas juntas, ruborosas,
-entonces ella me lo dijo todo.

De "Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White