miércoles, 12 de abril de 2017

Sueño escarlata. C.L. Moore (1911-1987)

Northwest Smith compró el mantón en el Mercado de Lakkmanda de Marte. Uno de sus mayores placeres consistía en vagar sin rumbo entre los puestos y barracones de aquel gigantesco mercado, cuyas mercancías procedían de todos los planetas del sistema solar, y de aún más lejos. Han sido cantadas tantas canciones y narrados tantos relatos sobre ese fascinante caos llamado Mercado de Lakkmanda, que se hace innecesario describirlo de nuevo. Smith caminaba entre una multitud cosmopolita y variopinta, con las lenguas de mil razas zumbándole en los oídos y los olores de perfumes, sudor, especias y comidas y otros mil aromas sin nombre asaltando su olfato. Los vendedores voceaban sus mercancías en los idiomas de una veintena de mundos.

Mientras paseaba entre la apretada multitud, saboreando la confusión, los aromas y las imágenes correspondientes a un sinfín de países, captó su atención un ramalazo de un peculiar rojo escarlata que parecía sobresalir corpóreamente de su fondo y asaltaba la vista con una violencia casi física. Correspondía a un mantón descuidadamente extendido sobre un baúl tallado; el baúl era un típico trabajo de las tierras secas de Marte como se apreciaba por la exquisita minuciosidad de la talla, tan extrañamente cambiante como las características de la ruda raza de las tierras secas. Smith reconoció también el origen venusiano de la bandeja de bronce que había sobre el mantón, e identificó los pequeños objetos de marfil labrado que contenía la bandeja como obra de una de las más recientemente descubiertas razas de la mayor luna de Júpiter. Pero a pesar de su vasta experiencia no lograba recordar ningún trabajo similar a aquel mantón. Intrigado, se detuvo ame el puesto y preguntó a su encargado:

—¿Cuánto vale el mantón?
El hombre, un marciano de los canales, se alzó de hombros y dijo indolentemente:
—Ah, eso. Se lo doy por medio cris. Me produce dolor de cabeza mirarlo.
Smith hizo una mueca y dijo:
—Le doy cinco dólares.
—Diez.
—Seis y medio, y es mi última oferta.
—De acuerdo, lléveselo. —El marciano sonrió y apartó la bandeja llena de objetos de marfil que había sobre el baúl.

Smith cogió el mantón. Se adhirió a sus manos como una cosa viva, más suave y ligero que la lana marciana. Pensó que debía de estar hecho con el pelo de algún animal más que con una fibra vegetal, dada su peculiar adherencia, como de cosa viva. Y el loco dibujo lo turbaba con su indescriptible rareza. Distinto de cualquier dibujo que hubiera visto en todos los años de sus correrías, aquel violento escarlata enredaba su indescriptible arabesco en una línea continua y enmarañada sobre el oscuro azul del fondo. El fondo azul estaba exquisitamente matizado de verde y violeta, suaves colores vespertinos en contraste con los cuales el violento escarlata llameaba como algo más vivo y siniestro que un simple color. Casi le pareció que podía meter la mano entre el color y la tela, tan vividamente se destacaba sobre el fondo.

—¿De dónde procede esto? —le preguntó al vendedor.
El hombre se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Estaba en un lote de ropa procedente de Nueva York. A mí también me inspiró curiosidad, y pregunté sobre su procedencia. Me dijeron que había sido vendido por un vagabundo venusiano que aseguraba haberlo hallado en una nave abandonada que flotaba alrededor de un asteroide. No sabía de qué nacionalidad era la nave: dijo que parecía un modelo muy antiguo, probablemente una de las primeras naves espaciales, construidas antes de que se adoptaran los emblemas de identificación. Me extrañó que lo vendiera en un lote de ropa vieja; hubiera podido conseguir por él mucho más en cualquier sitio.
—Qué curioso —dijo Smith, mirando el extraño dibujo—. Bueno, es bastante cálido y ligero. Si no me vuelvo loco mirando el dibujo, dormiré caliente por las noches.

Apelotonó el mantón en una mano; cabía holgadamente en su palma todo entero. Se metió el sedoso paquete en un bolsillo y se olvidó de él hasta su regreso a su alojamiento, aquella noche. Había alquilado uno de los cubículos de acero en el gran edificio metálico en que el gobierno marciano alojaba a los viajeros por una módica cantidad. El objetivo de aquel edificio era alojar esa abigarrada horda de hombres del espacio que pululan por todas las ciudades portuarias de los planetas civilizados, ofreciéndoles un acomodo lo suficientemente satisfactorio y barato como para que no fueran a parar a los bajos fondos de la ciudad y se mezclaran con los malhechores. El gran edificio de acero en el que se alojaba Smith y un sinfín de otras personas no estaba del todo libre de la influencia de los bajos fondos marcianos, y si la policía hubiera hecho allí una redada un buen porcentaje de sus inquilinos hubieran sido transferidos a las prisiones del Emperador... Smith entre ellos, pues sus actividades rara vez estaban de acuerdo con la ley, y aunque en aquel momento no podía recordar ninguna falta concreta cometida en Lakkdarol, cualquier investigador hubiera podido seguramente formular algún cargo contra él. De todos modos, la probabilidad de una redada policial era muy remota, aunque Smith sabía que el lugar estaba lleno de piratas del espacio, fugitivos y delincuentes de todas las calañas.

Una vez en su pequeño cubículo, encendió la luz y vio una docena de borrosas réplicas de sí mismo reflejadas en las paredes de acero. En aquella curiosa compañía, se sentó en una silla y sacó el mantón. Al reflejarse en las bruñidas paredes y en el suelo y el techo del cubículo, produjo un súbito serpenteo de dibujos escarlata que por un momento convirtieron la habitación en un extraño caleidoscopio, como si las paredes se abrieran a una nueva dimensión donde aquel dibujo escarlata parecía agitarse como una cosa viva. Luego los reflejos se aquietaron, y solo quedó la imagen de un hombre alto y bronceado de pálidos ojos con un curioso mantón en las manos. Había un extraño y sensual placer en la forma en que aquella especie de lana sedosa se adhería a sus dedos, en su calidez y ligereza. Extendió el mantón sobre la mesa, intentando seguir con el dedo las líneas de aquel intrincado diseño, y cuanto más lo miraba más se convencía de que debía de haber un propósito en aquel trazado, y que si lo examinaba lo suficientemente a fondo daría con su significado... Aquella noche, al acostarse, extendió el mantón sobre su cama, y su brillo coloreó sus sueños fantásticamente... El retorcido dibujo escarlata era un laberinto por el que deambulaba ciegamente, y a cada vuelta se volvía y veía miles de réplicas de sí mismo vagando sin rumbo por el laberinto. A veces el camino se agitaba bajo sus pies, y cada vez que creía haber llegado al final se retorcía en nuevos recovecos. El cielo era un gran mantón con un recamado escarlata que fluctuaba ante sus ojos, hasta convertirse en una fantástica Palabra de un idioma sin nombre, cuyo significado estuvo a punto de captar, despertando aterrorizado justo en el instante en que la comprensión iba a abrirse paso en su mente.

Se durmió de nuevo y vio el mantón colgando en una azul oscuridad... Ahora era una puerta y el dibujo escarlata estaba grabado en ella... una extraña puerta en un alto muro, apenas perceptible a través de una neblinosa penumbra exquisitamente matizada de verde y violeta, de modo que no parecía una penumbra de este mundo, sino el extraño y dulce crepúsculo de un lugar donde el aire estaba impregnado de vetas coloreadas y el viento no existía. Avanzó hacia la puerta sin realizar esfuerzo alguno, y ésta se abrió ante él. Subía por una larga escalera. La coloreada penumbra aún velaba el aire, por lo que solo podía ver vagamente los escalones que se alzaban ante él y penetraban en la niebla. Entonces, súbitamente, percibió un movimiento en la oscuridad, y apareció una joven corriendo escaleras abajo. En su rostro se leía el terror, y estaba cubierta de sangre de la cabeza a los pies. En su ciega huida no había visto a Smith, pues chocó bruscamente con él. El impacto estuvo a punto de hacerle caer, pero sus brazos se cerraron instintivamente alrededor de ella, y por un momento la mujer permaneció inmóvil, profundamente agotada, sollozando contra su pecho y demasiado exhausta para preguntarse siquiera quién había interceptado su fuga. El olor de sangre fresca procedente de sus horriblemente impregnadas ropas asaltó el olfato de Smith. Por fin ella alzó la cabeza, mostrando un rostro bronceado y unos labios color fresa. Su cabello salpicado de sangre era tan increíblemente dorado que casi parecía naranja. Sus ojos eran castaños con un toque rojizo, y la fantástica belleza de su rostro tenía un salvaje matiz distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Debía de ser la mirada de aquellos ojos.

—Oh... —sollozó ella—. Eso... Eso la está... ¡Suéltame! Déjame ir...
Smith la sacudió suavemente.
—¿De qué hablas? ¿De qué tienes miedo? —le preguntó—. Estás cubierta de sangre... ¿Estás herida?
Ella sacudió la cabeza violentamente.
—No... no... Déjame ir... Tengo que... No es mi sangre... es de ella...

Un violento sollozo cortó su frase, y acto seguido se desmayó en brazos de Smith, que alzó su cuerpo exánime y prosiguió escaleras arriba, a través de la niebla violeta. Transcurrieron unos cinco minutos antes de que la penumbra se aclarara un poco y pudiera ver que la escalera terminaba en un largo corredor abovedado. A un lado del corredor había una hilera de puertas bajas, y Smith entró en la más próxima. Daba a una galería cuyos arcos se abrían a un espacio azul. Había un banco bajo las ventanas de la galería; Smith fue hacia él y depositó suavemente a la joven.

—Mi hermana —sollozó ella—. Eso tiene a mi hermana... ¡Oh, mi hermana!
—No llores —dijo Smith, sorprendiéndose al oír su propia voz—. Es solo un sueño. No llores... no hay ninguna hermana... tú tampoco existes... no llores de ese modo.

La mujer alzó la cabeza y por un momento dejó de sollozar, contemplándole con sus ojos castaños bañados en lágrimas. Miró con ojos inquisitivos su tez bronceada, su traje de hombre del espacio, su rostro surcado de cicatrices, sus ojos pálidos como acero. Y entonces una mirada de infinita piedad suavizó aquel extraño rostro, y la joven dijo dulcemente:

—Oh... vienes de... de... ¡Todavía crees que estás soñando!
—Sé que estoy soñando —insistió Smith con infantil obstinación—. Estoy durmiendo en Lakkdarol y sueño contigo y con todo esto, y cuando despierte...
Ella sacudió la cabeza tristemente.
—Nunca despertarás. Has venido a parar a un sueño mucho más terrible de lo que nunca podrías imaginar. No se regresa de este país.
—¿Qué dices? ¿Por qué no?

Un pánico absurdo se iba insinuando poco a poco en la mente de Smith al oír el tono de infinita piedad de su voz y la convicción de sus palabras. Sin embargo aquél era uno de esos sueños durante los cuales uno sabe perfectamente que está soñando. No podía equivocarse...

—Hay muchos países del sueño —dijo ella—, muchos nebulosos e irreales lugares donde vagan las almas de los durmientes, lugares que solo poseen una momentánea y leve existencia... Pero aquí (ha ocurrido otras veces, ¿sabes?) uno no puede llegar sin traspasar una puerta que solo se abre en una dirección. Y quien tiene la llave adecuada para abrirla puede entrar, pero nunca podrá encontrar el camino de vuelta a su propio mundo. Dime, ¿qué llave te abrió la puerta a ti?
—¡El mantón! —susurró Smith—. Claro... El maldito dibujo rojo...
—¿Cómo era? —preguntó ella sin aliento—. ¿Puedes recordarlo?
—Un dibujo rojo —dijo él lentamente—. Un bordado escarlata en un mantón azul... Un dibujo de pesadilla... grabado sobre la puerta por la que entré... Pero solo es un sueño, por supuesto. En unos minutos despertaré...
—¿Puedes recordar? —insistió ella excitada—. El dibujo, el dibujo rojo... ¿No había una palabra?
—¿Una palabra? —murmuró como atontado—. ¿Una palabra... en el cielo? No... no, no puedo recordar. Era un dibujo enloquecedor. No puedo borrármelo de la mente, pero tampoco podría describirlo, ni reproducirlo. Nunca vi nada igual... afortunadamente. Estaba sobre el mantón...
—Bordado sobre un mantón —susurró ella para sí—. Sí, por supuesto. Pero no entiendo cómo pudiste venir a través de él... cuando eso... cuando eso... ¡Oh!
El recuerdo de la tragedia que la había empujado escaleras abajo volvió bruscamente, y de nuevo estalló en lágrimas.
—¡Mi hermana!
—Cuéntame lo que ha pasado —la apremió Smith, saliendo de su atontamiento al oír sus sollozos—. ¿Puedo ayudarte? Por favor, déjame intentarlo... Cuéntame lo que pasa.
—Mi hermana —dijo ella desmayadamente—. Eso la agarró... La agarró ante mis ojos y me salpicó con su sangre...
—¿Eso? ¿Qué es eso? —preguntó mientras su mano se movía instintivamente hacia su pistola.
Ella captó el gesto y sonrió tristemente.
—Eso —dijo—. La... la Cosa. Ninguna pistola puede herirlo, ningún hombre puede combatirlo... Apareció y eso es todo.
—Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo es? ¿Está cerca?
—Está en cualquier lugar. Nunca se sabe... hasta que la niebla empieza a espesar y se ve a través de ella la pulsación roja... pero entonces es demasiado tarde. Nosotros no lo combatimos, ni pensamos en ello demasiado... de lo contrario la vida sería insoportable. Pues eso tiene hambre y debe ser alimentado, y nosotros le servimos de alimento...
—¿De dónde vino eso? ¿Qué es?
—Nadie lo sabe... Siempre ha estado aquí... Siempre estará... Es demasiado nebuloso para morir o ser muerto... Es algo que procede de algún extraño lugar que no podemos ni imaginar... Algún lugar tan lejano en alguna dimensión tan inconcebible que nunca tendremos el menor conocimiento de su origen...
—Si come carne —dijo Smith— debe de ser vulnerable... Y yo tengo mi pistola.
—Inténtalo, si quieres —susurró ella—. Otros lo han intentado y eso siempre vuelve. Creemos que habita aquí, si es que habita en algún lugar. Nos... coge... más a menudo... en esos corredores que en ningún otro lugar. Si quieres puedes esperarlo con tu pistola bajo estas bóvedas. No tendrás que esperar mucho.
—Todavía no estoy preparado para intentarlo —dijo Smith—. Si la Cosa vive aquí, ¿por qué venís?
Ella se estremeció penosamente.
—Si no venimos, eso viene tras nosotros cuando está hambriento. Y nosotros venimos aquí para... para alimentarnos... No podrías entenderlo; pero, como has dicho, es un lugar peligroso. Deberíamos irnos ahora. Vendrás conmigo, ¿verdad? Ahora estoy sola.
—Por supuesto. Lo siento. Haré lo que pueda por ti... hasta que despierte.
—No despertarás —dijo ella serenamente—. Es mejor que no te hagas ilusiones. Estás atrapado aquí con todos nosotros, y aquí permanecerás hasta que mueras.
El se levantó y le tendió su mano.
—Vamos, entonces —dijo—. Tal vez tengas razón, pero... Bueno, vámonos.

Ella tomó su mano y se levantó. Su cabello anaranjado, de un color demasiado fantástico para algo que no fuera un sueño, ondeó tras ella, luminoso. Smith observó que llevaba una sencilla vestidura blanca, corta y ceñida, sobre su cuerpo bronceado. La mujer constituía una imagen de extraño y vivido encanto, toda blanca, dorada y cubierta de sangre en la luminosa penumbra de la galería.

—¿Dónde vamos? ¿Fuera? —preguntó Smith señalando hacia el espacio azul que se veía al otro lado de las ventanas.
Ella tuvo un ligero estremecimiento de disgusto.
—¡Oh, no! —exclamó.
—¿Qué es eso?
—Escucha —dijo ella cogiéndole por los brazos y mirándole seriamente—. Si te quedas aquí, y tendrás que quedarte, pues solo hay un camino para salir, aparte de la muerte, y ese camino es incluso peor que morir, has de aprender a no hacer preguntas sobre el... el Templo. Esto es el Templo. La Cosa mora aquí. Y aquí no-nosotros nos... alimentamos. Conocemos ciertos corredores y nos limitamos a ellos. Es más sensato. Tú me has salvado la vida cuando me detuviste en las escaleras. Nadie ha bajado nunca en medio de esa niebla y ha vuelto. Debería haberme dado cuenta al verte subir que no eras uno de los nuestros... Sea lo que fuere lo que hay más allá, adonde quiera que lleven estas escaleras... es mejor no saberlo. Es mejor no mirar por las ventanas de este lugar. Pues desde fuera el Templo parece bastante extraño, pero, mirando al exterior desde dentro, se pueden ver cosas que es mejor no ver... Qué es este espacio azul o adonde da esta galería, no lo sé y no tengo deseos de saberlo. Hay aquí ventanas que se abren a cosas extrañas, pero nosotros apartamos la vista cuando pasamos frente a ellas. Tú aprenderás a hacer lo mismo.

Ella tomó su mano, sonriendo levemente.
—Ahora ven conmigo.

En silencio, dejaron la galería que daba al espacio y regresaron al corredor donde la niebla azul flotaba con sus bellos matices de verde y violeta confundiendo la vista, rodeados de una gran quietud. El corredor conducía en línea recta hacia los grandes portales del Templo, que en forma de un fabuloso triple arco se abrían al exterior, a un extraño día como nunca había visto en ningún planeta. La luz no procedía de una fuente visible, y tenía una extraña calidad, como si uno estuviera mirando a través de un cristal o a través de un agua clara que temblara levemente de vez en cuando. Sobre ellos había un cielo tan insólito como todo en aquel maravilloso país de ensueño. Permanecieron bajo el gran arco del Templo, mirando al exterior. Posteriormente, Smith nunca pudo recordar exactamente qué era lo que hacía aquel paisaje tan profundamente extraño, tan vagamente terrible. Había árboles, masas de verde y bronce sobre la brillante hierba, y a través de las hojas pudo ver el brillo del agua no muy lejos. A primera vista parecía una escena totalmente normal... Sin embargo, ciertos pequeños detalles captaron su atención y le hicieron sentir escalofríos. La hierba, por ejemplo... Cuando bajaron y empezaron a cruzar el prado hacia los árboles tras los cuales resplandecía el agua, se dio cuenta de que las briznas eran cortas y suaves como el pelaje de un animal, y parecían adherirse a los pies descalzos de su compañera. Además se dio cuenta de que grandes extensiones de hierba ondeaban desde todas direcciones hacia ellos, como si el viento soplara de todas partes a la vez hacia el lugar que ellos ocupaban. Sin embargo, no había ni un soplo de viento.

—Está... está viva —susurró—. ¡La hierba!
—Claro —dijo ella con indiferencia.

Entonces se dio cuenta de que las copas de los árboles también se agitaban de vez en cuando, a pesar de que no había viento. Se movían en todas direcciones, animados por una vida propia. Cuando llegaron a la franja boscosa miró intrigado hacia arriba y oyó el susurro de las hojas sobre él, inclinándose hacia abajo como si sintieran curiosidad a su paso. Las hojas nunca se inclinaron lo suficiente como para tocarlo, pero un siniestro aire de expectación, de vitalidad, flotaba en todo aquel paisaje viviente, y el estremecimiento de la hierba les seguía a donde quiera que fuesen. El lago, como la penumbra del Templo, era de un profundo azul matizado de violeta y verde, y no parecía agua de verdad, ya que las manchas coloreadas no se extendían ni cambiaban al moverse. En la orilla, un poco más arriba de la línea del agua, había un edificio pequeño, parecido a un sepulcro o templete, construido con una especie de piedra cremosa, cuyas paredes se reducían a una serie de arcos abiertos a aquel día azul y translúcido. La joven le condujo a la entrada con negligentes ademanes.

—Yo vivo aquí —dijo sencillamente.

Smith contempló aquello. Estaba prácticamente vacío, a excepción de dos pequeñas camas, cubiertas cada una de ellas por dos cobertores azules. Tenía un aspecto muy clásico, por su blancura y austeridad y con aquellos arcos abiertos a un paisaje boscoso y verde.

—¿No tienes frío aquí? —le preguntó Smith—. ¿Dónde comes? ¿Y dónde tienes tus libros, tu ropa, tu comida?
—Tengo algunas túnicas bajo mi cama —dijo ella—. Eso es todo. Aquí no hay libros, ni más ropa ni comida. Nosotros comemos en el Templo. Y nunca hace más frío ni más calor que ahora.
—Pero, ¿qué es lo que hacéis?
—¿Hacer? Oh, nadar en el lago, dormir y pasear por los bosques. El tiempo pasa rápidamente.
—Idílico —murmuró Smith—, pero, en mi opinión, un poco aburrido.
—Cuando uno sabe —respondió ella—, que el instante siguiente puede ser el último, la vida se saborea profundamente. Se goza lo más que se puede cada una de las horas. A nosotros no nos resulta aburrido.
—¿Pero no tenéis ciudades? ¿Dónde es tan los demás?
—Lo mejor es no formar grupos numerosos. Parece que atraen más a... la Cosa. Vivimos en grupos de dos o tres... a veces solos. No tenemos ciudades. Y no hacemos nada... ¿Para qué emprender algo si sabemos que no veremos su fin? ¿Para qué preocuparnos demasiado por nada? Ven, vamos al lago.

Le tomó de la mano y le condujo a través de la hierba viviente hacia la orilla arenosa del agua. Smith contemplaba la superficie del lago donde vagos colores se mezclaban con el azul, tratando de no pensar en las fantásticas cosas que le estaban pasando. Además, le resultaba difícil pensar allí, en medio de aquel azul y del silencio, en medio de aquel aire de ensueño que le rodeaba... El agua difusa golpeaba la orilla produciendo sonidos débiles, sofocados, como la respiración de alguien que duerme. Aquel lugar parecía soñoliento, con aquélla calma y aquellos colores de ensueño, así que Smith, después de todo, no estaba seguro de si en su sueño se había dormido por unos momentos. Porque ahora oyó que algo se movía y vio que la joven se sentaba de nuevo a su lado, cubierta por una túnica; se había lavado las manchas de sangre. No pudo recordar en qué momento ella se había separado de él, pero, en todo caso, tampoco le preocupó. Durante un momento, la luz había disminuido, haciéndose borrosa, e, imperceptiblemente, una luz azul de atardecer los envolvió, una luz que parecía salir del lago, porque parecía participar de la misma difusa tonalidad azul, realmente onírica, mezclada con vagos colores. Smith pensó que le agradaría no abandonar nunca aquella fría arena, quedarse allí para siempre, en medio de aquella penumbra difusa y del silencio de su sueño. No hubiera sabido decir cuánto tiempo había permanecido allí sentado. La paz azul le envolvía profundamente, hasta que quedó impregnado de aquellos suaves colores del atardecer y transido por aquella calma.

La luz se fue oscureciendo hasta que no pudo percibir nada más que las olitas más cercanas, lamiendo la arena. En torno a él, aquel mundo onírico se mezcló con la penumbra azul-violeta. No recordaba haber vuelto la cabeza, pero ahora se encontraba mirando a la joven que tenía junto a él. Estaba tumbada sobre la pálida arena, y su cabello era una mancha oscura que enmarcaba la palidez de su cara. En la penumbra su boca era también oscura, y desde la oscuridad que se formaba bajo sus pestañas, Smith se fue dando cuenta poco a poco de que ella le miraba sin parpadear. Permaneció allí sentado en silencio, durante un largo tiempo, con sus ojos fijos en los de la chica. Y entonces, con ese movimiento propio de los sueños, se dirigió hacia ella tendiéndole los brazos. La arena era fría y suave y la boca de la mujer sabía a sangre. En aquella tierra no salía el sol. Se hacía lentamente de día sobre el palpitante país, mientras la hierba y los árboles se agitaban en su despertar, movimiento terrorífico en la belleza de la mañana. Cuando Smith se despertó, vio que la chica salía del lago, con el agua azul desprendiéndose de sus cabellos naranja. Gotitas azules se deslizaban por su piel cremosa, y ella reía, chorreando de pies a cabeza en el ardiente amanecer. Smith se incorporó en la cama y apartó el cobertor azul.

—Tengo hambre —dijo—. ¿Cuándo y cómo vamos a comer?
La sonrisa se desvaneció del rostro de la mujer en un suspiro. Agitó violentamente sus cabellos y dijo extrañada:
—¿Hambre?
—¡Un hambre mortal! ¿No me habías dicho que encuentras tu comida en el Templo? Vayamos, pues.
La mujer le lanzó una mirada enigmática bajo sus largas pestañas y se dio la vuelta.
—Muy bien —dijo.
—¿Algo anda mal? —La tomó mientras pasaba y la sentó sobre sus rodillas, depositando un beso fugaz en su boca. De nuevo notó aquel sabor a sangre.
—Oh, no —ella agitó sus cabellos y se levantó—. Estaré lista en un momento, y enseguida vamos.

Volvieron a pasar por aquel lugar donde los árboles se inclinaban expectantes, y atravesaron la extensión de hierba, palpitante. Desde todas direcciones llegaban a ellos olas de aquella hierba como había sucedido antes. Smith se esforzó por ignorarlo. Contemplaba la escena matutina mientras una corriente indefiniblemente desagradable recorría la superficie de aquella maravillosa tierra. Mientras atravesaban la hierba viviente, de repente recordó algo y dijo:

—¿Qué quisiste decir ayer cuando hablaste de que no había otra salida que la muerte?
Al responderle, ella no le miró a los ojos, pero su voz denotaba turbación.
—Peor que la muerte, fue lo que dije. Una salida de la que no voy a hablarte aquí.
—Si no existe ninguna salida, yo debo saberlo —insistió Smith—. Dímelo.
Sus cabellos de color naranja caían como una cortina que les separase. Bajando la cabeza, ella dijo con una voz sin matices:
—No podrías salir. Es una salida muy difícil. Y... y yo no deseo que te vayas ahora...
—Debo conocerla —dijo Smith impaciente.
Entonces ella se detuvo y le miró con sus ojos avellana alterados.
—Está bien —dijo finalmente—. Es en virtud de la Palabra. Pero esa puerta no se puede atravesar.
—¿Por qué?
—Pronunciar la Palabra significa la muerte. Literalmente. Yo no la conozco ahora, no podría decírtela aunque quisiera. Pero en el Templo existe una habitación donde esta Palabra se encuentra grabada en rojo sobre la pared, y su poder es tan inmenso que su eco resuena eternamente en la habitación. Si uno se sitúa ante la inscripción y permite que su fuerza le golpee el cerebro, la escuchará y la conocerá... y gritará las pavorosas sílabas en voz alta... y eso mata. Se trata de una palabra tan ajena a nuestro ser que, al pronunciarla, el eco que produce en la garganta de un ser humano es lo suficientemente disgregador como para rasgar cada una de las fibras del cuerpo y desintegrarlas, atomizarlas, para destruir el cuerpo y la mente de forma tan drástica como si nunca hubieran existido. Y como el sonido es tan violento, consigue abrir durante un instante la puerta que existe entre tu mundo y el mío. Pero el peligro es aterrador, porque puede abrir también las puertas de otros mundos por las que podrían introducir cosas más terribles que las que jamás podríamos soñar. Algunos dicen que fue así como la Cosa llegó a nuestro mundo hace millones de años. Además, si uno no se coloca exactamente en el lugar donde se abre la puerta, en el preciso rincón de la habitación que está protegido (al igual que el centro de un ciclón está en calma), y si no pasas en el preciso instante en que suena la Palabra, te romperá en pedazos. Ya ves que resulta impos...

En ese instante ella guardó silencio y miró hacia abajo con una cierta expresión de fastidio, después dio dos o tres pequeños pasos corriendo y se volvió.

—La hierba —explicó tristemente, señalando a sus pies. En sus bronceados pies podían verse leves señales de sangre—. Si uno se detiene demasiado en un lugar sin mover los pies, la hierba puede perforar la piel y beber; qué tonta he sido al olvidarlo. Pero ven.

Smith fue junto a ella, mirando a su alrededor con recelo aquella adorable y hermosa tierra, demasiado bella y aterradora para no formar parte de un sueño. A su alrededor, la hierba hambrienta se deslizaba formando olas mientras ellos avanzaban. ¿Comerían también carne los árboles? Árboles caníbales y hierba vampira; Smith sintió un estremecimiento. El Templo se alzaba ante ellos, un edificio construido con un extraño material del mismo tono azul difuso que adquieren las montañas de la Tierra cuando se las contempla de lejos. Esa calidad difusa no disminuyó ni aumentó a medida que se aproximaban. También los contornos del lugar resultaban misteriosamente difíciles de precisar en la mente. Smith nunca pudo entender por qué. Cuando intentaba concentrarse en un punto particular, en una torre o en una ventana, aquello permanecía borroso, como si aquel extraño y difuso edificio estuviera situado justo en el borde de otra dimensión. Desde el inmenso triple arco de la entrada, un arco que no se parecía en nada a lo que había visto antes, pero que resultaba tan difícil de apreciar con claridad que no podría haber dicho en qué consistía la diferencia, apareció, mientras se aproximaban, un hilo de humo azul pálido. Cuando penetraron dentro comenzaron a caminar a través de una penumbra que Smith acabaría conociendo muy bien. El inmenso corredor aparecía borroso ante ellos, pero después de algunos pasos la mujer le atrajo junto a ella, haciéndole penetrar por otra entrada que daba a una larga galería, a través de cuya neblina pudo distinguir filas de hombres y mujeres, arrodillados cara a la pared, con la cabeza baja, en actitud de oración. Ella le llevó hasta el final, y entonces vio que estaban arrodillados delante de pequeños caños insertos en el muro a intervalos regulares. Ella se arrodilló ante uno de ellos e hizo que él la imitara; luego inclinó la cabeza y puso sus labios sobre la pequeña espita. Vacilante, Smith siguió su ejemplo. En el preciso instante en que su boca tocó aquello, brotó una extraña y cálida sustancia que penetró en su boca, a la vez dulce y salada. Tenía un extraño sabor acre, y cuanto más bebía más deseos le entraban de hacerlo. Resultaba endiabladamente delicioso, y sentía al beberlo que una sensación cálida recorría todo su cuerpo. Sin embargo, algo oculto en las profundidades de su memoria hacía brotar en él una sensación de desagrado... En algún lugar, de alguna manera, él había conocido aquel sabor cálido, acre y salado y... una repentina sospecha le sacudió como un latigazo y apartó sus labios de aquello como si quemara. Un fino reguero escarlata salía del muro. Se pasó el dorso de la mano por los labios y al retirarlo vio que estaba teñido de rojo. Entonces reconoció aquel olor.

La mujer continuaba arrodillada junto a él con los ojos cerrados, con una extraordinaria avidez marcada en cada uno de sus rasgos. Cuando Smith la miró, ella se volvió y abrió unos ojos en los que se marcaba una expresión de protesta, pero no apartó los labios del caño. Smith se agitó violentamente, y tras una última y prolongada succión, ella se levantó mirándole con irritación, poniendo un dedo sobre sus enrojecidos labios. Echó a andar y él la siguió en silencio, a través de las hileras que formaban los arrodillados. Cuando alcanzaron la salida, él se dirigió hacia la mujer y la sacudió irritado por los hombros.

—¿Qué era eso? —le preguntó.
Ella apartó la vista y dijo con acritud:
—¿Qué esperabas? Aquí nos alimentamos como podemos. Tendrás que aprender a beberlo sin repugnancia, si antes no has muerto.

Por un momento, él miró inquisitivamente su evasivo y extrañamente bello rostro. Después, sin pronunciar una palabra, se dirigió a la puerta de la salida. Escucho sus pasos tras él, pero no se volvió para mirarla. Y hasta que no hubieron salido a la luz del día y atravesado un buen trecho de aquella tierra cubierta de hierba, no tuvo la calma suficiente para mirar a su alrededor. Ella se detuvo junto a él, sin levantar la cabeza, mientras su cabello color naranja se agitaba a cada movimiento de su rostro, con elocuente tristeza. La sumisión de la joven le afectó, y se dirigió hacia ella con una ligera sonrisa, contemplando aquella luminosa cabeza. Ella le mostró una cara en la que se reflejaba una expresión trágica. En sus ojos color avellana había lágrimas. Así que no tuvo más remedio que sonreírle y besarla para devolverle la sonrisa. En ese momento Smith comprendió el extraño sabor amargo de sus besos.

—Ha de haber otro tipo de alimento que no sea... éste —dijo Smith cuando hubieron llegado junto al templete—. ¿No hay trigo por aquí? ¿No viven animalillos en el bosque? Y los árboles, ¿no dan frutos?
Ella le dedicó otra larga mirada bajo las espesas pestañas.
—No —respondió—. No hay nada sino la hierba que crece aquí. En esta tierra no habita más ser viviente que el hombre y la Cosa. Y en cuanto a la fruta de los árboles, da gracias a que no florece más que una vez en sus vidas.
—¿Por qué?
—Es mejor... no hablar de eso —respondió ella.

Las constantes evasivas en sus frases comenzaron a atacar los nervios de Smith. No dijo nada más; le dio la espalda y caminó hacia la playa, esperando que la arena le volvería a proporcionar la tranquilidad y la paz de la noche anterior. Su hambre había quedado curiosamente satisfecha, pese a lo poco que había tomado de aquello, y, gradualmente, aquel sosiego que sintiera el día anterior volvió a renacer en él en profundas oleadas. Después de todo, era una tierra encantadora. El día llegó oníricamente a su fin, y la oscuridad volvió a surgir del lago, y volvió a encontrar en los besos aquel sabor a sangre que, sin embargo, le sumergía en una profunda dulzura. Por la mañana se despertó con la primera luz del día, nadó junto a la joven en las azules y misterios as aguas del lago, e, inexplicablemente, volvió a atravesar el bosque y aquella extensión de hierba viva en dirección al Templo, impulsado por un hambre mayor que su repugnancia. No podía evitar la náusea, pero tampoco aquella avidez. Una vez más, el Templo apareció ante él difuso e indefinido bajo el resplandeciente cielo, y una vez más se adentró en la penumbra de sus corredores, caminando con el paso seguro de quien conoce su camino, y se arrodilló por su propia voluntad en aquella fila de bebedores que se extendía a lo largo del muro. Al primer sorbo, la náusea brotó violentamente de lo más profundo de su ser; pero cuando el calor de la bebida se extendió por todo su cuerpo la náusea se apagó y solo sintió hambre y avidez, y bebió ciegamente hasta que la mano de la joven que se apoyó sobre su hombro le volvió a la realidad. Se había desencadenado en él una especie de intoxicación cuando el líquido ardiente y salado penetró en sus venas, y caminó tambaleándose sobre la hierba viviente. Transcurrió otro día y de nuevo la oscuridad surgió del lago.

Y así transcurría la vida en aquella tierra. Pasaban con una simpleza extraordinaria los días y las noches, entre los viajes al Templo para beber de aquellas fuentes, y los amargos besos de la joven de los cabellos color naranja. El tiempo había cesado para él. Los días transcurrían lentos e iguales, desarrollándose eternamente el mismo círculo vital, y el único cambio, que quizás él no percibía, se hallaba en la profunda mirada de los ojos de la joven cuando permanecían juntos, sus cada vez más prolongados silencios. Una noche, en el mismo instante en que la oscuridad envolvía el aire y la bruma surgía del lago, se le ocurrió mirar a su superficie y creyó ver a través de la niebla las siluetas de unas montañas muy lejanas. Le preguntó con curiosidad a la joven:

—¿Qué es lo que hay detrás del lago? Me parece que veo unas montañas.
La joven volvió rápidamente la cabeza y sus ojos color avellana se oscurecieron con una expresión que parecía de temor.
—No lo sé —dijo—. Nosotros pensamos que es mejor no averiguar qué es lo que hay más allá del lago.
Súbitamente, la irritación de Smith ante las nuevas evasivas hizo explosión violentamente.
—¡Al diablo con vuestras creencias! Estoy harto de recibir la misma respuesta a cualquiera de las preguntas que hago. ¿Tú nunca te has preocupado por averiguar nada de nada? Estáis tan paralizados por el terror de algo desconocido que cada idea de vuestro espíritu os parece mortal.
Los ojos de la mujer le dirigieron una triste mirada.
—Aprendemos con la experiencia —dijo—. Aquellos que se hacen preguntas, aquéllos que investigan... mueren. Vivimos en medio del peligro en una tierra que está viva, un peligro incomprensible, intangible, terrible. La vida se hace soportable si no investigamos demasiado, solo si aceptamos ciertas condiciones, condiciones que aceptan la mayoría. No debes hacer preguntas si deseas continuar vivo. Tanto las montañas como todas las cosas que desconocemos y que se hallan más allá del horizonte son algo tan inalcanzable como un milagro. Porque en una tierra que no ofrece ningún tipo de alimento, en la que nos es preciso visitar el Templo diariamente, ¿qué tipo de provisiones podría llevar cualquier explorador para su viaje? No, estamos sujetos a este lugar por lazos irrompibles, y debemos vivir aquí hasta que nos llegue la muerte.

Smith no respondió. Comenzaba a apoderarse de él el relax de la noche, y el breve estallido de irritación había muerto tan rápidamente como había nacido. Sin embargo, fue entonces cuando comenzó su descontento. De alguna forma, a pesar de la adorable quietud del lugar, a pesar de la dulce amargura de las fuentes del Templo y la amargura aún más dulce de los besos que obtuvo como respuesta, no pudo apartar de la mente la visión de aquellas montañas difusas. La inquietud se había despertado en él, y como el hombre que sale de su sueño, sentía cada vez más el deseo de la acción, de la aventura, de darle otra utilidad a su cuerpo que no fueran simplemente las exigencias del sueño, la comida y el amor. Por todas partes se alzaban inquietos bosques. La hierba ondeaba, y en el oscuro horizonte las montañas le atraían. Incluso el misterio del Templo y de su eterna penumbra comenzaron a atormentar sus momentos de lucidez. Le zumbaba en la mente la idea de explorar los corredores que evitaban los habitantes de aquellas tierras, de mirar a través de aquellas extrañas ventanas que se abrían a un azul inexplicable. La vida, incluso allí, debía tener un significado diferente del que él le confería. ¿Que había tras aquellos bosques y praderas? ¿Qué misterioso país encerraban aquellas montañas? Comenzó a acosar a sus compañeros con preguntas que provocaron cada vez con más frecuencia la aparición de una mirada de terror en sus ojos, pero con ello obtenía una pequeña satisfacción. Aquél era un pueblo sin historia, sin ambición, cuyas vidas se inclinaban a atormentarse en los momentos de mayor tranquilidad como si anticiparan el terror que habría de sobrevenirles después. La evasión era la llave de su existencia, quizás con razón. Quizá todos los espíritus aventureros que habían existido entre ellos, se habían internado, curiosos, en el peligro y habían perecido, de forma que los que quedaban eran los espíritus sumisos, llevando unas vidas bucólicas y voluptuosas en aquel Elíseo sombreado por el horror.

En aquel colorístico país, el recuerdo del mundo que habían perdido se hizo para Smith cada vez más vivido: recordaba la abigarrada multitud de las capitales de los planetas, con las luces, el ruido, las risas. Se imaginó naves espaciales atravesando el cielo de la noche con sus llamas, atravesando el espacio de un planeta a otro. Recordó los alborotos que se formaban en las tabernas, los pilotos de las naves, los tumultos, el rayo azul de las pistolas y el olor a carne quemada. Aquella vida pasaba como una película ante sus ojos, violenta, vívida, hombro con hombro, con la muerte. Y sintió nostalgia de aquellos mundos maravillosos, aunque también terribles, que había dejado tras él. Por el día, la intranquilidad le aumentó. La joven hizo patéticos intentos para encontrar algún tipo de entretenimiento que ocupara su mente ausente. Le acompañó en tímidas incursiones por los bosques vivientes, e incluso superó su horror por el Templo siguiéndole mientras exploraba algunos corredores que hicieron nacer en ella un angustiado terror. Pero debió darse cuenta de que no había esperanza. Un día, mientras estaban tumbados sobre la arena mirando ondear el lago azul bajo un cielo cristalino, los ojos de Smith, que no se apartaban de las extrañas sombras de las montañas, se entornaron súbitamente, intensificando su palidad de acero. Se puso en pie bruscamente, apartándose de la joven que había permanecido apoyada contra sus espaldas.

—Estoy harto —dijo ásperamente, y se levantó.
—¿Qué... qué... quieres decir? —la mujer se tambaleaba sobre sus pies.
—Me voy... a cualquier lugar. Creo que hacia las montañas. ¡Y me voy ahora mismo!
—Pero, entonces ¿es que deseas morir?
—Es mejor un peligro real que una vida abúlica como ésta —dijo—. Al menos encontraré algo más de animación.
—Pero ¿qué llevarás como alimento? No hay nada que te permita mantenerte vivo, aun en el caso de que escaparas de peligros mayores. Si te quedas sobre la hierba por la noche... te comerá vivo. No tienes ninguna posibilidad de sobrevivir si abandonas este lugar... y a mí.
—Si he de morir, moriré —dijo—. Lo he estado pensando y he decidido que sea así. Podría explorar el Templo y llegar ante Eso y morir. Pero, desde luego, debo hacer algo, y me parece que mi oportunidad está en intentar llegar a algún lugar donde la tierra dé alimentos. Y voy a intentarlo. No puedo seguir así.

Ella le miró con una inmensa tristeza, mientras las lágrimas afluían a sus ojos de color avellana. El abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir una sola palabra ella se echó a reír con una risa aterrorizadora.

—Tú no irás —le dijo—. La muerte viene ahora por nosotros dos.
Lo dijo de una forma tan serena, tan carente de todo miedo, que Smith no la entendió hasta que ella le señaló algo con el dedo y se volvió hacia allí. El aire que había entre ellos y el templete estaba curiosamente agitado. En el momento en que Smith se volvió a mirar, comenzó a convertirse en una nebulosa azul que se iba haciendo cada vez más espesa y oscura... Borrosos tonos verdes y violeta penetraron a través de aquello de forma difusa, y después, imperceptiblemente, un color rosado apareció en el centro, que cada vez se iba haciendo más intenso hasta adquirir un tono escarlata que hirió sus ojos; entonces Smith se dio cuenta de que Aquello había llegado. Un aura de amenaza parecía irradiar de Aquello, penetrando en su mente. Lo sintió de forma tan tangible como lo había visto... Un peligro difuso que se dirigía inexorablemente hacia ellos. La mujer no estaba asustada. Smith se dio cuenta de ello aunque no se volvió para mirarla, pues no podía apartar sus ojos de aquella Cosa escarlata hipnóticamente palpitante... Ella le susurró muy suavemente:

—Yo tenía razón, estoy contenta —y el sonido de su voz le liberó de la trampa en que le tenía preso aquella masa palpitante.

Smith soltó una carcajada de lobo, abrupta, como dando la bienvenida a aquella diversión que le sacaba del idilio eterno en el que estaba viviendo, y la pistola apareció en su mano y de su cañón brotó la llama azul de forma tan repentina que dejó sin respiración a la mujer, que estaba tras él. Aquel resplandor de un azul acerado iluminó la envolvente neblina, pasó a través de ella sin encontrar ningún obstáculo y fue a estrellarse en la tierra unos metros más allá. Smith apretó los dientes y disparó repetidas veces contra aquella niebla, tiñéndola de azul. Y cuando aquel chorro de fuego cruzó aquella Cosa escarlata, el impacto sacudió violentamente aquella nebulosa de tal forma que sus contornos ondularon y la masa escarlata chisporroteó vivamente, comenzando a debilitarse con gran rapidez. Smith siguió barriendo con su rayo toda aquella nebulosa. Un instante después palidecía y se desintegraba, desvaneciéndose en un último destello rosa mientras la llama de su pistola seguía incidiendo en la niebla hasta quemar el suelo tras ella. Sacudió la cabeza y jadeó mientras aquella nube de muerte se hacía cada vez más tenue, hasta desvanecerse ante sus ojos, hasta que no quedó ni rastro de ella y el aire se volvió de nuevo luminoso y transparente.

El inconfundible olor de carne quemada llegó a su nariz y se preguntó por un momento si la Cosa se habría materializado en un núcleo corpóreo; pero después vio que aquel olor procedía de la hierba quemada por su llama. Las delgadas briznas semejantes al pelaje de un animal se retorcían en torno al círculo quemado, tumbándose a ras de suelo como si un fuerte viento soplara sobre ellas, y del área ennegrecida surgió una tenue columna de humo que esparcía el olor de carne quemada. Smith, recordando sus hábitos vampirescos, volvió la cabeza con náuseas. La chica había corrido hacia la arena que había tras él temblando violentamente ahora que el peligro había pasado.

—¿Era... esto la muerte? —preguntó ella respirando entrecortadamente cuando por fin pudo dominarse.
—No lo sé. Probablemente no.
—¿Qué vas... a hacer ahora?
Smith volvió a enfundar su pistola.
—Lo que había pensado hacer.
La joven gritó con desesperación:
—¡Espera! ¡Espera! —y se agarró a su brazo. Y él esperó hasta que el temblor que la sacudía hubo cesado. Entonces ella insistió—: Vuelve al templo otra vez antes de irte.
—Está bien, no es una mala idea. Puede que transcurra bastante tiempo antes de mi próxima... comida.

Así pues volvieron a atravesar la hierba viviente que se agitaba en torno a ellos en forma de amplias olas procedentes de todas partes. El Templo apareció oscuro e irreal ante ellos, y cuando entraron la penumbra azul volvió a envolverlos. Smith iba a ir como de costumbre hacia la galería de los bebedores, pero la mujer sujetó su brazo con una mano y murmuró:

—Ven por aquí.
El la siguió, cada vez más sorprendido, por el corredor a través de las extrañas neblinas, lejos de la galería que tan bien conocía. Le pareció que la bruma se hacía más espesa a medida que avanzaban, y en medio de aquella luz incierta creyó ver, aunque no podía estar seguro de ello, que los muros ondeaban de una forma tan nebulosa como el propio aire. Sintió un curioso impulso de atravesar sus intangibles barreras y salir del pasillo hacia... ¿hacia qué? Entonces notó bajo sus pies unos peldaños y tras un instante la presión sobre su brazo se hizo más fuerte. Pasaron por un bajo y grueso arco de piedra y penetraron en la habitación más extraña que jamás había visto. Parecía ser heptagonal y, cosa curiosa, en el suelo había profundamente grabadas líneas convergentes. Creyó sentir que ciertas fuerzas que escapaban a su comprensión se debatían violentamente contra los siete muros, girando huracanadamente en la oscuridad hasta que la habitación quedó sumida en un invisible tumulto. Cuando levantó sus ojos hacia el muro, supo dónde se encontraba. Grabado sobre la oscura piedra, brillando a través de aquella penumbra como si fuera un fuego procedente de otra dimensión, la figura escarlata se retorcía sobre el muro. No sabía cómo, pero la simple visión de aquello provocó una conmoción en su cerebro y sintió que la cabeza le daba vueltas y las piernas se le doblaban cuando finalmente respondió a la presión de su brazo. Vagamente, se dio cuenta de que se encontraba justo en el centro de aquellas líneas convergentes y sintió fuerzas inexplicables recorriéndole y despertando en su interior un conocimiento que poseía. Luego sintió unos brazos que se cerraban en torno a su cuello y un cálido cuerpo que se estrechaba contra el suyo, mientras una voz susurraba en su oído:

—Si tienes que dejarme, retrocede hacia la puerta, querido... La vida sin ti... es más terrorífica que una muerte como ésta.

Depositó en sus labios un beso que sabía a sangre. Después aquel contacto desapareció y se encontró solo. A través de la penumbra pudo percibirla vagamente recortada contra la Palabra, y pensó, mientras estaba allí, que era como si las corrientes invisibles la estuvieran golpeando de forma que su cuerpo se bamboleaba ante él y sus rasgos se hacían borrosos para formarse después de nuevo, como si las fuerzas de las que él estaba tan misteriosamente protegido la tuvieran a su merced. Y vio que un cierto conocimiento se reflejaba de forma terrible sobre su rostro, como si el significado de la Palabra estuviera penetrando lentamente en la mente de la mujer. El dulce y bronceado rostro de la joven se deformó horriblemente, sus sangrientos labios se movieron para pronunciar una Palabra. En un momento de claridad vio realmente cómo su lengua se movía de forma increíble para formar las sílabas de la indefinible Palabra que nunca labios humanos habían pronunciado. Su boca se abrió en una forma imposible... Emitió sonidos en medio de aquella niebla y gritó.

Smith caminaba por un sendero serpenteante de un color escarlata tan vivo que resultaba insoportable a la vista, un sendero que se hundía, se alzaba y temblaba bajo sus pies de forma que le hacía trastabillar a cada paso. Andaba a tientas a través de una neblina violeta y verde mientras en sus oídos zumbaba un susurro aterrador, la primera sílaba de una impronunciable Palabra... Siempre que se acercaba al final del sendero, éste se agitaba y se duplicaba, mientras una debilidad como la producida por una droga penetraba en su cerebro y los colores de la onírica penumbra le arrullaban, y...

—¡Se está despertando! —sonó una voz exaltante junto a su oído.
Smith abrió pesadamente los ojos y vio una habitación sin paredes, una habitación en la que múltiples figuras se extendían hasta el infinito...
—¡Smith! ¡Northwest Smith! ¡Despierta! —urgía una voz familiar que llegaba de alguna parte.

Smith parpadeó. Aquella miríada de figuras desperdigadas se concentraron en las de dos hombres dentro de una habitación de especulares paredes metálicas. El rostro amistoso de su compañero, el venusiano Yarol, apareció sobre él.

—Por Pharon, Northwest Smith —dijo aquella bien conocida voz—, has estado durmiendo durante toda una semana. Creíamos que nunca despertarías; debió de ser una borrachera terrible.

Smith hizo una débil mueca que decía bien a las claras lo débil que se sentía y dirigió una interrogante mirada hacia la otra persona.

—Soy médico —dijo el individuo cuando captó su inquisitiva mirada—. Su amigo me llamó hace tres días y desde entonces estoy ocupándome de usted. Debe de hacer cinco o seis días que entró en coma. ¿Tiene alguna idea de qué es lo que pudo causárselo?

Los pálidos ojos de Smith recorrieron la habitación. No pudo encontrar lo que buscaba, y aunque su débil murmullo contestó la pregunta del doctor, el hombre no llegó nunca a entenderlo.

—¿Un mantón?
—He sido yo quien te ha quitado aquella cosa peligrosa de encima —confesó Yarol—. Estuvo sobre ti durante tres días y después te la quité. Ese dibujo rojo me ha dado el peor dolor de cabeza que he tenido desde que encontré la botella de vino negro sobre aquel asteroide, ¿te acuerdas?
—¿Dónde...?
—Se lo di a un tipo que iba hacia Venus. Lo siento. ¿Realmente lo querías? Te compraré otro.

Smith no respondió. La debilidad se apoderaba de él intermitentemente. Cerró los ojos escuchando el eco de aquella primera y terrorífica sílaba susurrada en su cabeza... Un susurro que procedía de un sueño... Yarol le oyó murmurar suavemente:

—Y... nunca logré saber... su nombre...

El sueño. O. Henry (1862-1910)

Murray tuvo un sueño.

La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro mayor inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, "gemelo de la muerte". Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray. Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes.

Murray aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso del comedor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría de un lado a otro y Murray le bloqueaba el camino con un sobre. La electrocutación tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más sabio de los insectos.

En el pabellón había siete condenados a muerte. Desde que estaba ahí, tres habían sido conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en una trampa; otro, no menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde, se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla.

Se preguntó como responderían por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que ya casi serían las nueve. Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente, estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos agentes que fueron a arrestarlo. Muchas veces, de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su contrincante invisible.

La gran voz retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:

-Y, señor Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?
-Muy bien, Carpani -dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre y depositándola con suavidad en el piso de piedra.
-Así me gusta, señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el último partido de damas. Quizás volvamos a jugar otra vez.

La estoica broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien alentó a Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.

Los encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank -no, eso era antes- ahora se llamaba el reverendo Francisco Winston, amigo y vecino de sus años de miseria.

-Logré que me dejaran reemplazar al capellán de la cárcel -dijo, al estrechar la mano de Murray.
En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta. Murray sonrió levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido hablar, pero no sabía que decir. Los presos llamaban a este pabellón de veintitrés metros de longitud y nuevo de ancho, Calle del Limbo. El guardia habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del bolsillo un porrón de whisky, y se lo ofreció a Murray diciendo:

-Es costumbre, usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.

Murray bebió profundamente.

-Así me gusta -dijo el guardia-. Un buen calmante y todo saldrá bien.

Salieron al corredor y los siete condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los condenados sabían que eran casi las nueve, y que Murray iría a su silla, a las nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen. El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la rata humana, a la araña, y a la serpiente. Por eso solo tres saludaron abiertamente a Murray, cuando se alejó por el corredor, entre los guardias: Carpani y Marvin que al intentar una evasión habían matado a un guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo qeu matar porque un inspector, en un tren, no quiso levantar las manos. Los otros cuatro guardaban humilde silencio.

Murray se maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las ejecuciones había unos veinte hombres, entre empleados de la cárcel, periodistas y curiosos que...

Nota: En este punto el relato original quedó interrumpido. A partir de aquí comienza el austero final que proponemos.

Murray, el Murray asesino de su esposa, encara su destino con una serenidad inquietante. Un par de brazos firmes lo conducen a la silla de ruedas, lo amarran. Súbitamente, el escenario se hace irreal: la silla, los electrodos, los espectadores, el espantoso y opresivo habitáculo, se tornan irreales.

Es un error, un horrible y desagradable malentendido. ¿Qué ha hecho para merecerlo? ¿De qué se lo acusa?

Una claridad suave y arrebatadora se posa sobre sus párpados. Despierta. Junto a él yace el cuerpo cálido de su esposa. Oye a los niños en la casa.

Temblando, besa la frente de su esposa, en el mismo momento en que es ejecutado.

Y es que Murray ha soñado el sueño equivocado.

El sueño del rey Karna-Vootra. Lord Dunsany (1878-1957)

El rey Karna-Vootra, sentado en su trono que todo lo domina, dijo:

-La pasada noche vi con toda claridad a la majestuosa Vava-Nyria. Aunque estaba parcialmente oculta por grandes nubarrones que continuamente pasaban por delante de ella, dando vueltas a su alrededor, su rostro estaba descubierto y en él resplandecía el claro de luna.

Le dije a ella:

-Pasea conmigo por los grandes estanques de la hermosa y llena de jardines Istrakhan, donde flotan lirios que producen deliciosos sueños; o, descorriendo la cortina de orquídeas colgantes, ven conmigo a través de un sendero secreto a la otra jungla impenetrable que cubre el único paso entre las montañas que rodean a Istrakhan. La cercan y la contemplan con alegría por la mañana y al anochecer, cuando los estanques todavía no están habituados a la luz, e incluso, a veces, en su alegría, derriten la fatal nieve que mata a los montañeros en las cumbres solitarias. Entre ellas hay valles más antiguos que los pliegues de la luna.

Ven conmigo allí o quédate aquí e iremos a tierras románticas, de esas que los hombres de las caravanas únicamente evocan en sus canciones; o si no, pasearemos indiferentemente por una tierra tan encantadora que incluso las mariposas que por ella revolotean se asustan de su belleza al ver sus imágenes reflejadas en los estanques sagrados; y por la noche oiremos a innumerables ruiseñores cantando a coro a las estrellas hasta morir. Si te decides, enviaré heraldos lejos de aquí con noticias de tu belleza, los cuales se apresurarán y llegarán a Séndara y hablarán de ella a los hombres que cuidan los rebaños de ovejas marrones; y desde Séndara el rumor se esparcirá por las dos orillas del río sagrado Zoth, e incluso los constructores de cercas de las llanuras oirán hablar de tu belleza y la cantarán. Más tarde, los heraldos irán hacia el norte atravesando las colinas hasta llegar a Sooma. Y en esa ciudad de oro informarán a los reyes, sentados en sus arrogantes tronos de alabastro, de tu extraña e inesperada sonrisa. Y, a menudo, tu historia será contada en mercados lejanos por los mercaderes de Sooma, entre otros cuentos despreocupados con los que atraen a la gente hacia sus mercancías.

Y los heraldos llegarán incluso a Ingra, donde la gente está siempre bailando. Y allí hablarán de ti, de manera que tu nombre será cantado en aquella alegre ciudad. Y pedirán allí camellos prestados y atravesarán las arenas y, por caminos desiertos, irán a la distante Nirid a hablar de ti a los hombres solitarios de los monasterios de las montañas.

Ven conmigo ahora, pues es primavera.

Y, cuando dije aquello, ella movió su cabeza, ligera aunque perceptiblemente. Y sólo entonces recordé que yo había perdido la juventud y que ella estaba muerta desde hacía cuarenta años.

El sueño. Mary Shelley (1797-1851)

La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por los bandos enemigos. Existían entre los que ahora parecían tan unidos, enemistades privadas y el recuerdo de daños mortales; y, a menudo, las manos que se habían apretado en aparente saludo amistoso, cuando soltaban su apretón, asían la empuñadura de su daga, haciendo más caso a sus pasiones que a las palabras de cortesía que acababan de salir de sus labios. Muchos de los más fieros católicos se retiraron a sus distantes provincias; y, mientras ocultaban en soledad su profundo descontento, anhelaban no menos ansiosamente el día en que pudieran mostrarlo abiertamente.

En un enorme y fortificado château, construido en una empinada ladera dominando el Loira, no lejos de la ciudad de Nantes, moraba la última de su raza y heredera de su fortuna, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. El año anterior lo había pasado en completa soledad en su apartada mansión; y el luto que llevaba por su padre y dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era una gentil y buena razón para no aparecer en la corte, y mezclarse en sus festejos. Pero la huérfana condesa había heredado un título de alcurnia y extensas tierras; y pronto comprendió que el rey, su guardián, deseaba que ella otorgara ambos, junto con su mano, a algún noble cuyo nacimiento y talentos personales le dieran derecho a la dote. Constanza, como respuesta, expresó su intención de profesar votos y retirarse a un convento. El rey se lo prohibió seria y resueltamente, creyendo que semejante idea era el resultado de la sensibilidad sobreexcitada por la pena, y confiando en la esperanza de que, después de un tiempo, el genial espíritu de la juventud despejarla esta nube.

Había pasado un año y la condesa todavía persistía; y, finalmente, Enrique, partidario de no ejercer presión, y deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que habían conducido a una joven tan hermosa, y agraciada con los favores de la fortuna, a desear enterrarse en un claustro, anunció su intención de visitar su château, ahora que había expirado el período de su luto; y si no aportaba, dijo el monarca, suficientes atractivos para hacerla cambiar de plan, daría su consentimiento para su realización.

Constanza había pasado muchas horas tristes, muchos días de llanto, y muchas noches de doloroso insomnio. Había cerrado sus puertas a todos los visitantes; y, como la Lady Olivia de «TweIfth Night», hizo votos de soledad y llanto. Dueña de sí misma, fácilmente silenció los ruegos y protestas de sus subordinados, y alimentó su pesar como si fuera la única cosa que amara en este mundo. Con todo, era demasiado penetrante, demasiado amargo, demasiado ardiente, para ser un huésped favorecido. De hecho, Constanza, joven, ardiente y vivaz, luchaba, forcejeaba y anhelaba abandonarlo; pero todo lo que era alegre en sí mismo, o hermoso en su apariencia externa, servía únicamente para renovarlo; y con paciencia podía soportar mejor el peso de su aflicción, cuando, cediendo ante ella, la oprimía pero no la torturaba.

Constanza había abandonado el castillo para vagar por las tierras vecinas. Aun siendo excelsos y vastos los aposentos de su mansión, se sentía acorralada entre sus paredes, bajo los calados techos. Asociaba las extensas tierras altas y el viejo bosque con los queridos recuerdos de su vida pasada, lo que la inducía a pasar horas y aun días bajo sus frondosos abrigos. El movimiento y el cambio perpetuo, como el viento agitando las ramas, o el viajero sol esparciendo sus rayos sobre ellas, la calmaban y la disuadían a abandonar ese tedioso pesar que embargaba a su corazón con tan implacable agonía bajo el techo de su castillo.

Existía un lugar al borde del bien arbolado parque, un rincón de tierra, desde donde podía percibir el campo que se extendía más allá, todavía muy poblado de altos y umbrosos árboles; un lugar del que ella había abjurado, pero hacia donde, inconscientemente, todavía tendían siempre sus pasos, y en donde de nuevo, por veintava vez ese día, se encontró de improviso. Se sentó en un montículo herboso y contempló melancólicamente las flores que ella misma había plantado para adornar el frondoso escondrijo, templo de la memoria y del amor para ella. Cogió la carta del rey, que era para ella motivo de tanto desespero. El abatimiento se apoderó de sus facciones, y su noble corazón preguntaba al hado por qué, siendo tan joven, frágil y desamparada, tenía que enfrentarse a esta nueva forma de vileza.

«Únicamente deseo —pensó— vivir en la mansión de mi padre, lugar familiar a mi infancia, para rociar con mis frecuentes lágrimas las tumbas de los que amé; y aquí en estos bosques, donde me posee un loco sueño de felicidad que me induce a festejar eternamente las exequias de la Esperanza.»

Un crujido entre las ramas llegó a sus oídos; su corazón latió velozmente; todo de nuevo estaba en calma.

—¡Qué tonta soy! —medio murmuró—. Víctima de mi vehemente fantasía: porque aquí fue donde nos conocimos, aquí me senté a esperarle, y ruidos como éste anunciaban su deseada proximidad; cada conejo que se agita, cada pájaro que despierta de su silencio, hablan de él. ¡Oh, Gaspar, en una ocasión mío! ¡Nunca alegraréis de nuevo con vuestra presencia este amado lugar, nunca más!

De nuevo se agitaron las ramas, y se oyeron pasos entre los matorrales. Constanza se levantó; su corazón latía a gran velocidad; debía ser la tonta de Manon, con sus impertinentes súplicas para que regresara. Pero los pasos eran más firmes y más silenciosos que los de su doncella; y entonces, emergiendo de las sombras, pudo percibir directamente al intruso. Su primer impulso fue huir, y luego de nuevo verle, oír su voz, estar juntos antes de que ella interpusiera votos eternos entre arribos, y rellenar el inmenso abismo que la ausencia había abierto; eso ofendería a los muertos y suavizaría la fatal pena que hacía palidecer sus mejillas.

Y ahora él estaba frente a ella, el mismo ser querido con él que ella ha intercambiado promesas de felicidad. Parecía, como ella, triste. Constanza no pudo resistir la suplicante mirada que le imploraba que se quedara.

—Vengo, señora— dijo el joven caballero— sin ninguna esperanza de lograr doblegar vuestra inflexible voluntad. Vengo de nuevo a veros, y a despedirme antes de partir para Tierra Santa. Vengo a suplicaros que no os enterréis en vida en un oscuro claustro para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien nunca veréis más. Muera o no en el empeño, ¡Francia y yo partimos para siempre!

—Eso sería tremendo, si fuera cierto —dijo Constanza—. Pero el rey Enrique nunca perdería así a su cavallier favorito. El trono que le ayudasteis a edificar, todavía debéis protegerlo de sus enemigos. No, si alguna vez influí en vuestros pensamientos, no iréis a Palestina.

—Una sola palabra vuestra, Constanza, podría detenerme... una sonrisa... —Y el joven amante se arrodilló ante ella.

La intención más cruel de la dama fue anulada por la imagen antes tan querida y familiar, ahora tan extraña y prohibida.

—¡No os demoréis más aquí! —gritó—. Ninguna sonrisa, ninguna palabra mía, serán de nuevo para vos. ¿Por qué estáis aquí, donde vagan los espíritus de los muertos reclamando esas sombras como propias? ¡Maldita sea la falsa doncella que permita que el asesino disturbe el sagrado reposo de sus víctimas

—Cuando nuestro amor era reciente y vos amable —replicó el caballero— me enseñabais a penetrar las bifurcaciones de estos bosques, y me dabais la bienvenida a este querido lugar donde una vez os juré que seríais mía bajo estos mismos árboles vetustos.

—¡Fue un nefando pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de la casa de mí padre al hijo de su enemigo, y abrumador debe ser el castigo!

El joven caballero recuperaba su valor al hablar; todavía no se atrevía a moverse, no fuera que ella, que parecía en todo momento lista para huir, le sorprendiera pese a su momentánea tranquilidad. Pero le replicó despacio.

—Aquellos fueron días felices, Constanza, llenos de terror y de profunda alegría cuando la tarde me traía a vuestros pies; y mientras el odio y la venganza se apoderaban de aquel torvo castillo, este frondoso cenador iluminado por las estrellas era el santuario del amor.

—¿Felices? ¡Días miserables! —repitió Constanza—, cuando pienso en el bien que podría reportar que faltara a mi deber, y en que esta desobediencia sería recompensada por Dios. ¡No me habléis de amor, Gaspar! ¡Un mar de sangre nos separa para siempre! ¡No os acerquéis! Los difuntos y los seres queridos permanecen con nosotros incluso ahora: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, y me amenazan por escuchar a su asesino.

—¡Yo no soy eso! —exclamó el joven—. Mirad, Constanza, cada uno de nosotros somos los últimos de nuestras respectivas estirpes. La muerte nos ha tratado cruelmente y estamos solos. No era así cuando nos amamos por vez primera; cuando mi padre, mis parientes, mi hermano, más aún, mi propia madre, lanzaban maldiciones sobre la casa de Villeneuve, y yo la bendecía a pesar de todo. Os veía, adorable Constanza, y bendecía vuestra casa. El Dios de paz implantó el amor en nuestros corazones, y durante muchas noches de verano nos estuvimos viendo en secreto y con misterio en los valles bañados por la luz de la luna; y cuando llegaba el amanecer, en este dulce escondrijo eludíamos su escrutinio, y aquí, incluso aquí, donde ahora os suplico de rodillas, nos arrodillábamos juntos y nos hacíamos promesas. ¿Debemos romperlas?

Constanza lloró al recordar su amante las imágenes de horas felices.

—¡Nunca! —exclamó—. ¡Oh, nunca! Ya conocéis, o pronto las conoceréis, la fe y la resolución de alguien que se atreve a no ser vuestra. ¡Lo nuestro era hablar de amor y de felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre hacían furor en torno! Las efímeras flores que nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas en los mortíferos encuentros entre enemigos mortales. La mía a manos de vuestro padre; y poco importa saber sí, como juró mi hermano, y vos negasteis, vuestra mano fue o no la que asestó el golpe que le destruyó. Vos ibais con los que le mataron. No digáis más, no más palabras: escucharos es una impiedad hacia los muertos sin reposo eterno. Idos, Gaspar; olvidadme. A las órdenes del caballeresco y valiente Enrique vuestra carrera puede ser gloriosa; y algunas hermosas doncellas escucharán, como yo hice una vez, vuestras promesas, y serán felices por ello. ¡Adiós! ¡Que la Virgen os bendiga! En la celda del claustro no olvidaré el mejor precepto cristiano: rezar por nuestros enemigos. ¡Adiós Gaspar!

Constanza se deslizó con premura del cenador: a paso rápido se abrió camino por el claro del bosque y se dirigió al castillo. Una vez en la soledad de su propio aposento, se entregó al brote de pesar que desgarraba su gentil corazón como si fuera una tempestad; para ella era esta aflicción lo que borraba alegrías pasadas, haciendo que el remordimiento aplazase el recuerdo de la felicidad, y uniendo el amor y la culpa imaginada en una tan terrible asociación, como cuando un tirano encadena un cuerpo vivo a un cadáver. Súbitamente, un pensamiento afloró en su mente. Al principio lo rechazó por pueril y supersticioso; pero no lo ahuyentó. A toda prisa llamó a su doncella.

—Manon —dijo—, ¿has dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

—¡Que el Cielo no lo permita! —contestó Manon, persignándose—. Nadie lo hizo desde que yo nací, salvo dos personas: una se cayó al Loira y se ahogó; la otra, únicamente contempló la estrecha cama, y volvió a su casa sin decir palabra. Es un lugar atroz; y si el devoto no llevaba una vida piadosa y de provecho, ¡la calamidad acontece cuando su cabeza reposa sobre la sagrada piedra!

Constanza se persignó a su vez, añadiendo:

—En cuanto a nuestras vidas, solamente del Señor y de los benditos santos podremos esperar la virtud. ¡Dormiré en ese lecho mañana por la noche!

—¡Mi querida señora! Y el rey llega mañana.

—Mayor razón para tornar una resolución. No es posible albergar en el corazón un sufrimiento tan intenso, sin que se encuentren remedios. Esperaba ser la que llevase la paz a nuestras casas; y si la tarea ha de ser para mí una corona de espinas, el Cielo me dirigirá. Mañana por la noche descansaré en el lecho de Santa Catalina: y si, como he oído, los santos se dignan dirigir a sus devotos en sueños, ella me guiará; y, creyendo actuar según los dictados del Cielo, me resignaré a lo peor.

El rey venía de París hacia Nantes, y durmió esa noche en un castillo, distante solamente unas pocas millas, Antes del amanecer, un joven cavalier fue introducido en su cámara. Tenía un aspecto serio, o, mejor aún, triste; y aunque era hermoso de facciones y de figura, parecía fatigado y macilento Permaneció silencioso en presencia de Enrique, quien, activo y alegre, volvió sus animados ojos hacia su huésped, diciendo gentilmente:

—¿Así que tropezaste con su obstinación, no Gaspar?

—La encontré resuelta sobre nuestro mutuo sufrimiento. ¡Ay, mi señor! ¡No es, creedme, el menor de mis pesares que Constanza sacrifique su propia felicidad, destrozando la mía!

—Y ¿crees que rechazará al gallardo caballero que nosotros le presentemos?

—¡Oh, mi señor! ¡No pienso en eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente, muy profundamente, vuestra generosa condescendencia, Pero si no la ha podido persuadir la voz de su amante a solas, ni sus súplicas, cuando el recuerdo y la reclusión contribuyen al encanto, se resistirá incluso a las órdenes de vuestra majestad. Está decidida a entrar en un convento; y yo, si os place, me despediré ahora: de aquí en adelante seré un Cruzado.

—Gaspar —dijo el monarca—, conozco a la mujer mejor que tú. No es con sumisión ni con lacrimosos lamentos como se la puede conquistar. La muerte de sus parientes naturalmente sentó muy mal al corazón de la joven condesa; y, alimentando a solas su pesadumbre y su arrepentimiento, se imagina que el propio Cielo prohíbe vuestra unión. Deja que le llegue la voz del mundo, la voz del poder y la bondad terrenales, una ordenando y la otra suplicando, pero ambas encontrando respuesta en su propio corazón; y, por mí palabra y la Santa Cruz, ella será tuya. Deja nuestro plan tranquilo. Y ahora al caballo: la mañana se agota y el sol está alto.

El rey llegó al palacio del obispo, y se dirigió sin dilación a la misa de la catedral. Siguió un suntuoso almuerzo, y era ya por la tarde cuando el monarca atravesó la ciudad del Loira en dirección al lugar en donde estaba situado, un poco más alto que Nantes, el Château Villeneuve. La joven condesa le recibió en la puerta. Enrique buscó en vano sus mejillas pálidas por el sufrimiento, o el aspecto de desesperación y abatimiento que esperaba encontrar. En su lugar, sus mejillas estaban encendidas, sus modales eran animados, y su voz casi trémula. «No le ama — pensó Enrique —o su corazón ya ha dado su consentimiento.»

Se preparó una colación para el monarca; y, después de algunas pequeñas vacilaciones a causa de la alegría de su semblante, le mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y replicó velozmente:

—Mañana, mi buen señor. Os pido un respiro sólo hasta mañana; entonces todo estará decidido. Mañana me consagraré a Dios o...

Parecía confusa, y el rey, a la vez sorprendido y complacido, dijo:

—Entonces no odias al joven De Vaudemont; le perdonaste la sangre enemiga que corre por sus venas.

—Nos han enseñado que debemos perdonar, que debemos amar a nuestros enemigos —replicó la condesa, ligeramente temblorosa.

—Por San Dionisio, que es una respuesta de la novicia favorablemente acogida—.dijo el rey, riendo—. ¿Qué? ¡Mi fiel servidor, Don Apolo, disfrazado! Adelántate y agradece a tu señora por su amor.

Disfrazado de manera que nadie le reconociera, el caballero había estado observando a sus espaldas, y contempló con infinita sorpresa el comportamiento y el semblante tranquilo de la dama. No pudo oír sus palabras, pero ¿era la misma que había visto temblando y sollozando la tarde anterior?, ¿la misma cuyo corazón estaba destrozado por la conflictiva pasión?, ¿la misma que vio los pálidos fantasmas de su padre y de su pariente interponerse entre ella y el amante a quien más adoraba en este mundo? Era un enigma difícil de resolver. La visita del rey llegó al unísono con su impaciencia, y se precipitó. Estaba a sus pies, mientras ella, todavía abrumada por la pasión pese a la tranquilidad que asumía profirió un grito al reconocerle, y se desplomó al suelo sin sentido.

Todo era inimaginable. Incluso cuando sus doncellas la devolvieron a la vida, siguió otro ataque y luego apasionados torrentes de lágrimas. El monarca, mientras, esperaba en el vestíbulo, mirando —de reojo la medio consumida colación, y tarareando algún romance en celebración de la tozudez de la mujer; no sabía cómo responder a la mirada de amarga desilusión y ansiedad de Vaudemont. Finalmente, el mayordomo de la condesa vino con una justificación.

—La dama está enferma, muy enferma. Mañana se postrará a los pies del rey, a la vez para solicitar su perdón y revelar su propósito.

—¡Mañana, otra vez mañana! ¿Hay previsto algún encanto para mañana, doncella? —dijo el rey—. ¿Puedes explicarnos el enigma, preciosa? ¿Qué extraño enredo ocurrirá mañana, que todo depende de su advenimiento?

Manon se sonrojó, miró hacia abajo, y vaciló. Pero Enrique no era un novicio en el arte de atraerse con halagos a las doncellas de las damas para descubrir sus propósitos. Manon estaba además asustada por el plan de la condesa, quien todavía se obstinaba en llevarlo adelante; así que era muy fácil inducirla a traicionarlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, descansar en un estrecho saliente por encima de los profundos rápidos del Loira, y, si como era lo más probable, el soñador sin suerte escapaba a todo eso, soportar las inquietantes visiones que ese turbador sueño pudiera producir al dictado del Cielo, era una locura de la que, incluso Enrique, apenas podía creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podía Constanza, cuya belleza era tan sumamente espiritual, y a la cual él había oído constantemente elogiar su fortaleza de ánimo y sus talentos, podía ser tan extrañamente apasionada? ¿Puede tener la pasión semejantes caprichos? Como la muerte, nivelando incluso la aristocracia de las almas, y trayendo al noble y al campesino, al listo y al tonto, bajo la misma servidumbre. Era extraño. Sí, debía salirse con la suya. Que vacilase en su decisión era excesivo; y era de esperar que Santa Catalina no tuviese una mala actuación. Podría ser, de otra manera, que su intención, disuadida mediante un sueño, estuviera influenciada por pensamientos despiertos. Alguna defensa habrá que oponer al más material de los peligros.

No hay sentimiento más atroz que el que invade a un débil corazón humano, inclinado a satisfacer sus ingobernables impulsos en contradicción con los dictados de la conciencia. Está dicho que los placeres prohibidos son los más agradables; así debe ser para las naturalezas rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la contienda, que encuentran la felicidad en una riña y gozan con los conflictos pasionales. Pero el gentil temple de Constanza era más suave y más dulce; y el amor y el deber contendían, abrumando y torturando su pobre corazón. Confiar su conducta a las inspiraciones de la religión, o de la superstición, si así se la puede llamar, es un bendito alivio. Los mismos peligros que amenazan su empresa le dan más sabor. Atreverse por su propio bien fue una bendición; la misma dificultad del camino que conducía al cumplimiento de sus deseos, complació su amor y, a la vez, distrajo sus pensamientos de la desesperación. Si se decretara que ella debería sacrificarlo todo, el riesgo de peligro, y aun de muerte, sería de insignificante importancia en comparación con la congoja, de la que siempre tendría su ración.

La noche amenaza tormenta; el violento viento sacudía los marcos de las ventanas, y los árboles agitaban sus descomunales y umbríos brazos, cual gigantes en fantástica danza y mortal pendencia. Constanza y Manon, sin comitiva, abandonaron el château por la poterna y comenzaron a descender la colina. La luna no había salido todavía; y aunque el camino le era familiar a ambas, Manon se tambaleaba y temblaba, mientras que la condesa bajaba con paso firme la empinada pendiente, arrastrando su capa de seda. Llegaron a orillas del río, donde una pequeña barca estaba amarrada, y, esperaba un hombre. Constanza se introdujo en ella, y ayudó a su temerosa compañera, En pocos segundos estuvieron en mitad de la corriente. El cálido y tempestuoso viento equinoccial las arrastraba. Por primera vez desde que se puso de luto, un escalofrío de placer llenó el pecho de Constanza; y ella acogió la emoción con doble regocijo. No puede ser, pensó, que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. Nunca podría amar a otro; moriré si me separan de él; y este corazón, estos miembros tan radiantemente vivos, ¿están ya predestinados a una tumba prematura? ¡Oh, no! La vida clama dentro de ellos. Viviré para amar. ¿No aman todas las cosas? Los vientos cuando susurran a las impetuosas aguas; las aguas cuando besan los márgenes floridos y se apresuran a mezclarse con el mar. El cielo y la tierra se sostienen y viven por y para el amor. Si su corazón había sido siempre un profundo, efusivo y desbordante manantial de verdaderos afectos, ¿se vería obligada Constanza a taponarlo y cerrarlo definitivamente?

Estos pensamientos prometían sueños placenteros; y quizá por eso la condesa, adepta a la creencia popular en el dios ciego, se entregó a ellos con más facilidad. Pero mientras estaba absorbida por suaves emociones, Manon la agarró del brazo.

—¡Señora, mirad! —gritó—. Viene, aunque todavía no se oyen los remos. ¡Ahora que la Virgen nos ampare! ¡Ojalá estuviéramos en casa!

Un oscuro bote se deslizó junto a ellas. Cuatro remeros, cubiertos con capas negras, manejaban los remos, que, como dijo Manon, no hacían ruido; otro iba sentado junto al timón: como el resto, iba cubierto con un manto oscuro, pero no llevaba gorra; y aunque ocultó su rostro, Constanza reconoció a su amante.

—Gaspar —gritó en voz alta—. ¿Vivís todavía?

Pero la figura del bote ni volvía la cabeza ni contestó, y rápidamente se perdió en las sombrías aguas.

¡Cómo cambió ahora el ensueño de la bella condesa! El Cielo había iniciado ya su prodigio, y formas sobrenaturales la rodeaban, mientras forzaba la vista por entre las tinieblas. Primero vio, y luego perdió, a la barca que la había asustado; y le pareció que iba en ella otra persona, portadora de los espíritus de los muertos; y su padre le hacía señales desde la orilla, y sus hermanos la desaprobaban.

Mientras tanto se acercaron al embarcadero. Su barca fue amarrada en una pequeña ensenada, y Constanza tomó pie en la orilla. Temblaba, y casi se rindió a los ruegos de Manon por su regreso; hasta que la indiscreta suivanté mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que mañana se les daría. ¿Qué respuesta si ella se volvía atrás en su intento?

Constanza corrió a lo largo del quebrado terreno que bordeaba el río hasta llegar a una colina que abruptamente surgía de. la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos, la condesa extrajo la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba a oscuras, salvo una pequeña lámpara, tremulante al viento, que ofrecía una incierta luz frente a la imagen de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron y oraron; luego, se levantaron y la condesa, con acento complaciente, dio las buenas noches a su doncella. Luego abrió una pequeña y baja puerta de acero. Conducía a una angosta caverna. Más allá se oía el rugido de las aguas.

—No debes seguirme, mí pobre Manon —dijo Constanza—. Ni siquiera con el deseo: es una aventura para mí sola.

Fue extremadamente difícil dejar sola en la capilla a la temblorosa sirvienta, que no tenía esperanza, ni miedo, ni amor, ni pena que la entretuviera. Pero en aquellos días los escuderos y las criadas hacían, a menudo, de subalternos en el ejército, ganando golpes en lugar de fama. A su lado, Manon estaba segura en un recinto sagrado. Mientras tanto, la condesa seguía su camino a tientas en la oscuridad por el estrecho y tortuoso pasadizo. Finalmente, lo que parecía una luz oscureció por largo tiempo el juicio que se había manifestado en ella. Alcanzó una caverna abierta en la pendiente de la colina mirando hacia la impetuosa corriente de abajo Contempló la noche. Las aguas del Loira se daban prisa (como desde ese día se han apresurado siempre), cambiantes pero siempre lo mismo; los cielos estaban densamente velados por nubes, y el viento en los árboles era tan lúgubre y de tan mal agüero como si soplara alrededor de la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y miró por encima de su lecho, una estrecha repisa de tierra y una musgosa piedra al borde mismo del precipicio. Se quitó el manto (era una de las condiciones del prodigio); inclinó la cabeza, y se soltó las trenzas de su cabello oscuro; se descalzó; y así, completamente preparada para sufrir a lo sumo la escalofriante influencia de la fría noche, se extendió a lo largo sobre la estrecha cama, que apenas le proporcionaba espacio para el descanso, y por tanto, si se movía en sueños, podía precipitarse a las frías aguas de debajo.

Al principio creyó que ya nunca más volvería a dormirse. No sería muy extraño que la exposición al soplo del viento y su peligrosa posición le impidieran cerrar los párpados. Por fin, cayó en una ensoñación tan delicada y sosegante, que deseó velar; y luego, sus sentidos se aturdieron gradualmente. Estaba en el lecho de Santa Catalina; el Loira se precipitaba debajo, y el salvaje viento arrasaba. ¿Qué tipo de sueños le enviaría la santa? ¿La conduciría a la desesperación, o le ofrecería su amparo para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la oscura corriente, vigilaba otra persona, que temía a un millar de cosas y apenas se atrevía a tener esperanza. Su intención había sido preceder a la dama en su trayecto, pero cuando descubrió que se había demorado demasiado tiempo, con los remos silenciados y jadeante premura, se precipitó hacia la barca que contenía a su Constanza; y ni siquiera volvió la cabeza a su llamada, temeroso de incurrir en culpa ante ella, así como de sus órdenes de regresar. La había visto surgir del corredor, y se estremeció cuando ella se arrimó al precipicio. La vio seguir adelante, vestida de blanco como iba, y pudo advertir cómo se tumbaba en la repisa que sobresalía arriba. ¡Qué vigilia guardaron los amantes! Ella, entregada a pensamientos visionarios; y él, sabiendo —y el conocimiento conmovía su corazón con extraña emoción— que el amor, el amor por él, la había conducido a ese peligroso lecho; y que, mientras la rodeaban peligros del tipo que fueran, ella sólo vivía para la voz callada que susurraría a su corazón el sueño que iba a decidir su destino. Quizá ella durmiese, pero él veló y vigiló; y pasó la noche ora rezando, ora arrebatado por la esperanza y el miedo alternativamente, sentado en su, bote, con los ojos fijos en la vestidura blanca de la durmiente de arriba.

La mañana. ¿Está la mañana forcejeando con las nubes? ¿Vendrá la mañana a despertarla? ¿Se habrá dormido? Y ¿qué sueños de bienestar o de infortunio habrán poblado su dormir? Gaspar se impacientaba cada vez más. Ordenó a sus remeros que continuaran esperando, y él se arrojó al agua, intentando escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, y más aún, de la imposibilidad del empeño. Se pegó a la abrupta faz de la colina, y encontró puntos de apoyo donde parecía que no había. La ascensión no era, verdaderamente, muy elevada; los peligros de la cama de Santa Catalina provienen de la posibilidad que tiene cualquiera que duerma en un lecho tan estrecho, de precipitarse a las aguas de abajo. Gaspar continuó afanándose en la ascensión de la pendiente, y finalmente alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cima. Ayudado por sus ramas, consiguió posarse —en el mismo borde de la repisa, cerca de la almohada sobre la que yacía la descubierta cabeza de su amada. Sus manos estaban recogidas sobre el pecho; su cabello oscuro le caía alrededor de la garganta y soportaba su mejilla; su rostro estaba sereno: dormía con toda su inocencia y todo su desamparo; sus más frenéticas emociones estaban silenciadas, y su corazón palpitaba regularmente. Podía verle latir por la elevación de sus hermosas manos cruzadas sobre él. Ninguna estatua labrada en mármol de efigie monumental fue nunca la mitad de hermosa; y dentro de esta incomparable forma moraba un alma verdadera, tierna, sacrificada y afectuosa, como jamás templó pecho humano.

¡Con qué profunda pasión miraba fijamente Gaspar, concibiendo esperanzas de la placidez de su angelical semblante! Una sonrisa ceñía sus labios; y él también sonrió involuntariamente al percibir el, feliz presagio. Súbitamente, sus mejillas se encendieron, su pecho palpitó, una lágrima se escabulló de sus oscuras pestañas, y entonces cayó un verdadero aguacero.

—¡No! —comenzó a gritar Constanza—. ¡No morirá! ¡Desataré sus cadenas! ¡Le salvaré!

La mano de Gaspar estaba allí. Cogió su ligera figura a punto de caerse de su peligroso lecho. Constanza abrió los ojos y contempló a su amante, que había velado su fatal sueño, y la había salvado.

Manon también durmió bien, soñando o no poco importa, y se sobrecogió por la mañana al descubrir que había despertado rodeada por una multitud. La pequeña y lúgubre capilla estaba adornada con tapices; el altar tenía cálices de oro; el sacerdote cantaba misa a una considerable formación de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba también; y buscó con la mirada a otro, que no pudo encontrar, cuando la puerta de acero del corredor de la caverna se abrió, y salió de él Gaspar de Vaudemont, delante de la hermosa Constanza, que, con sus ropas blancas y su oscuro cabello desgreñado, y un rostro en el que sonrisas y rubores contendían con emociones más profundas, se acercó al altar, y, arrodillándose con su amante, profirió los votos que los unirán para siempre.

Pasó mucho tiempo hasta que Gaspar consiguiera de su dama el secreto de su sueño. Pese a la felicidad de que ahora gozaba, Constanza había sufrido mucho al recordar con terror aquellos días en que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso conectado con ellos mostraba un aspecto atroz.

—Muchas visiones —dijo— tuvo ella aquella terrible noche. Vio en el Paraíso a los espíritus de su padre y de sus hermanos; contempló a Gaspar combatiendo victoriosamente entre los infieles; lo volvió a contemplar en la corte del rey Enrique, querido y favorecido; y a ella misma, ora lánguida en un claustro, ora de novia, ora agradecida al Cielo por haberla colmado de felicidad, ora llorando en sus días tristes, hasta que, súbitamente, pensó en tierra pagana; y a la misma santa, Santa Catalina, guiándola invisible a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio y contempló a los herejes celebrando su victoria. Luego, descendiendo a las mazmorras de abajo, tantearon su camino a través de húmedas bóvedas, y corredores bajos y enmohecidos, hasta una celda más oscura y espantosa que el resto. Sobre el suelo yacía una forma humana vestida con sucios harapos, el pelo en desorden y una barba salvaje y enmarañada. Sus mejillas estaban consumidas; sus ojos habían perdido el brillo; su figura era un simple esqueleto; sus descarnados huesos pendían flojamente de unas cadenas

—Y ¿fue mi aspecto en aquella atractiva situación, y mi vestimenta victoriosa lo que ablandó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonríen—, do por esta pintura de lo que nunca será.

—De veras —replicó Constanza—. Pues mi, corazón me susurró que debía hacer eso. ¿Quién podría hacer volver la, vida que mengua en vuestro pulso, restaurarla, sino la persona que la destruyó? Mi corazón nunca se apasionó tanto con el caballero, cuando estaba vivo y feliz, como lo hizo con su consumida imagen yaciendo, en sus visiones nocturnas, a mis pies. Un velo cayó de mis ojos la oscuridad se desvaneció ante mí. Me pareció entonces que sabía por vez primera lo que era la vida y la muerte. Me ordenaron creer que una vida feliz consistía en no ofender a los muertos; y sentí cuán inicua y cuán vana era esa falsa filosofía que colocaba a la virtud y al bien al lado del odio y la crueldad. Vos no moriríais; rompería vuestras cadenas y os liberaría, y os ofrecería una vida consagrada al amor. Me precipité, y la muerte que desaprobaba en vos, presumiblemente habría sido mía (justo cuando por vez primera sentía el verdadero valor de la vida), pero vuestro brazo estaba allí para salvarme, y vuestra querida voz para rogarme que sea feliz por siempre jamás.

Los sueños en la casa de la bruja. H.P. Lovecraft (1890-1937)

Walter Gilman no sabía si fueron los sueños los que provocaron la fiebre, o si fue la fiebre la causa de los sueños. Detrás de todo se agazapaba el horror lacerante y mohoso de la antigua ciudad y de la execrable buhardilla donde escribía, estudiaba y luchaba con cifras y fórmulas cuando no estaba dando vueltas en la mezquina cama de hierro. Sus oídos se estaban sensibilizando de manera poco natural e intolerable, y ya hacía tiempo que había parado el reloj barato de la repisa de la chimenea, cuyo tictac había llegado a parecerle como un tronar de artillería. Por la noche, los rumores de la ciudad oscurecida, el siniestro corretear de las ratas en los endebles tabiques y el crujir de las ocultas tablas en la centenaria casa bastaban para darle la sensación de barahúnda. La oscuridad siempre estaba llena de inexplicables ruidos, y no obstante Gilman se estremecía a veces temiendo que aquellos sonidos se apagaran y le permitieran oír otros rumores más leves que acechaban detrás de ellos.

Se encontraba en la inmutable ciudad de Arkham, llena de leyendas, de apiñados tejados a la holandesa que se tambaleaban sobre desvanes donde las brujas se ocultaron de los hombres del Rey en los oscuros tiempos coloniales. Y en toda la ciudad no había lugar más empapado en recuerdos macabros que el desván que albergaba a Gilman, pues precisamente en esta casa y en este cuarto se había ocultado Keziah Mason, cuya fuga de la cárcel de Salem continuaba siendo inexplicable. Aquello ocurrió en 1692: el carcelero había enloquecido y desvariaba acerca de algo peludo, pequeño y de blancos colmillos que había salido corriendo de la celda de Keziah, y ni siquiera Cotton Mather pudo explicar las curvas y ángulos dibujados sobre las grises paredes de piedra con algún líquido rojo y pegajoso. Posiblemente Gilman no debiera haber estudiado tanto. El cálculo no euclidiano y la física cuántica bastan para violentar cualquier cerebro, y cuando se los mezcla con tradiciones folklóricas y se intenta rastrear un extraño fondo de realidad multidimensional detrás de las sugerencias espantosamente crueles de las leyendas góticas y de los fantásticos susurros junto a una esquina de la chimenea, apenas puede esperar encontrarse completamente libre de una cierta tensión mental. Gilman era de Haverhill, pero sólo después de haber ingresado en el colegio universitario de Arkham empezó a asociar sus conocimientos matemáticos con las fantásticas leyendas de la magia antigua. Algo había en el ambiente de vieja ciudad que actuaba oscuramente sobre su imaginación. Los profesores de la Universidad de Miskatonic le habían recomendado que fuera más despacio y habían reducido voluntariamente sus estudios en varios puntos. Además, le habían prohibido consultar los dudosos tratados antiguos sobre secretos ocultos que se guardaban bajo llave en la biblioteca de la Universidad. Pero estas precauciones llegaron tarde, de modo que Gilman pudo obtener algunos terribles datos del temido Necronomicón de Abdul Alhazred, del fragmentario Libro de Eibon, y del prohibido Unausspreclichen Kulten de Von Junzt, que correlacionó con sus fórmulas abstractas sobre las propiedades del espacio y la conexión de dimensiones conocidas y desconocidas.

Sabía que su cuarto estaba en la antigua Casa de la Bruja; en realidad lo había alquilado por tal motivo. En los archivos del Condado de Essex figuraban numerosos datos acerca del proceso contra Keziah Mason y lo que esta mujer había admitido bajo presión del tribunal de Oyer y Terminer fascinó a Gilman hasta un punto realmente irrazonable. Keziah le había hablado al juez Hathorne de líneas y curvas que podían trazarse para señalar direcciones, a través de los muros del espacio, hacia otros espacios de más allá insinuando que tales líneas y curvas eran utilizadas frecuentemente en ciertas reuniones de medianoche celebradas en el sombrío valle de la piedra blanca, situado más allá de la Loma del Prado, y en el islote desierto del río. También había hablado del Hombre Negro, del juramento que ella había prestado y de su nuevo nombre secreto, Nahab. Tras de lo cual trazó aquellas figuras en la pared de su celda y desapareció. Gilman creía cosas extrañas acerca de Keziah, y sintió un raro estremecimiento al enterarse de que la casa en que había vivido la anciana seguía en pie después de más de doscientos treinta y cinco años. Cuando oyó los rumores que corrían por Arkham entre susurros acerca de la persistente presencia de Keziah en la antigua casa y en los estrechos callejones, acerca de marcas irregulares, como de dientes humanos, observadas en ciertos durmientes de aquella y de otras casas, acerca de los gritos infantiles oídos la víspera del Día de Mayo y en el Día de Todos los Santos, del hedor percibido en el ático del viejo edificio precisamente después de esos días temidos, y acerca de la cosa pequeña y peluda, de afilados dientes, que rondaba por la vieja casa y por laciudad y acariciaba a la gente curiosamente con el hocico en las oscuras horas que preceden al amanecer, decidió vivir allí a toda costa. Una habitación resultaba fácil de obtener, pues la casa era impopular y dificil de alquilar y desde hacía tiempo se dedicaba a alojamiento barato. No hubiera podido decir lo que esperaba encontrar allí, pero sabía que deseaba estar en aquel edificio donde alguna circunstancia había dado, más o menos repentinamente, a una vulgar anciana del siglo xvii, un atisbo de profundidades matemáticas tal vez más atrevidas que las más modernas elucubraciones de Planck, Heisenberg, Einstein y de Sitter.

Estudió las maderas y las paredes de yeso en busca de dibujos crípticos en los lugares accesibles donde se había desprendido el empapelado, y al cabo de menos de una semana logró alquilar el ático del este en donde se decía que Keziah se había dedicado a la brujería. Había estado desalquilado desde el principio, ya que nadie se había mostrado dispuesto a ocuparlo por mucho tiempo, pero el patrón polaco tenía miedo de alquilarlo. Sin embargo, nada en absoluto le ocurrió a Gilman hasta que le dio la fiebre. Ninguna Keziah fantasmal merodeó en los sombríos pasillos o en los aposentos, ninguna cosa pequeña y peluda se deslizó al interior del tétrico cuarto para hocicar a Gilman, ni éste encontró rastros de los conjuros de la bruja pese a su constante búsqueda. Algunas veces, paseaba por el oscuro laberinto de callejuelas sin pavimentar y que olían a moho, donde las misteriosas casas pardas de ignorada antigüedad se inclinaban, se tambaleaban v hacían muecas burlonas a través de las ventanas de pequeños cristales. Sabía que allí habían ocurrido en otros tiempos cosas extrañas, y flotaba en el aire una vaga sugerencia de que quizá no todo lo perteneciente a aquel pasado anómalo había desaparecido, al menos en las callejuelas más oscuras, estrechas e intrincadamente retorcidas. En dos ocasiones remó también hasta el maldecido islote del río e hizo un croquis de los extraños ángulos descritos por las hileras de piedras grises cubiertas de crecido musgo que allí se alzaban y cuyo origen era oscuro e inmemorial. La habitación de Gilman era de buen tamaño pero de forma irregular; la pared del norte se inclinaba perceptiblemente hacia el interior mientras que el techo, de poca altura, bajaba suavemente en igual dirección. Aparte de un evidente agujero correspondiente a un nido de ratas y los rastros de otros tapados, no había entrada ninguna, ni señales de que la hubiera habido, al espacio que debía de existir entre la pared inclinada y la recta pared exterior de la parte norte de la casa, aunque desde el exterior se veía una ventana que había sido tapiada en un tiempo muy remoto. El desván situado encima del techo, que debía haber tenido inclinado el suelo, era asimismo inaccesible. Cuando Gilman subió con una escalera . al desván lleno de telarañas que quedaba directamente encima de su habitación, encontró vestigios de una abertura antigua hermética y pesadamente cerrada con antiguos tablones y asegurada con fuerte estacas de madera, corrientes en la carpintería de los tiempos coloniales. Sin embargo, el casero, a pesar de sus muchos ruegos, se negó a permitirle investigar lo que había de trás de aquellos espacios cerrados.

A medida que transcurría el tiempo, aumentó su interés por la pared y el techo de su cuarto, pues comenzó a adivinar en los extraños ángulos de la construcción un significa do matemático que parecía brindar vagos indicios a su objetivo. La vieja hechicera podía haber tenido muy buenas razones para vivir en una habitación de extraños ángulos ¿acaso no decía haber traspasado los límites del mundo espacial conocido a través de ciertos ángulos? Su interés fu desviándose gradualmente de los espacios vacíos situados a otro lado de las paredes inclinadas, pues ahora parecía que la finalidad de tales superficies atañía al lado del cual se encontraba. La fiebre y los sueños comenzaron a principios de febrero. Durante algún tiempo, parece que los extraños ángulos de la habitación de Gilman tuvieron sobre él un raro efecto casi hipnótico; y, a medida que el sombrío invierno avanzaba, se encontró contemplando con creciente intensidad la esquina en donde el techo descendente se unía con la pared inclinada. En aquella época, le preocupó gravemente su incapacidad para concentrarse en sus estudios y comenzó a temer seriamente por los resultados de los exámenes parciales. También le molestaba aquel exacerbado sentido de la audición. La vida se había convertido para él en una persistente y casi insufrible cacofonía, y tenía la constante y amedrentadora impresión de percibir otros sonidos procedentes, tal vez, de regiones situadas más allá de la vida, temblando al mismo borde de la percepción. En cuanto a ruidos concretos, los peores eran los que hacían las ratas en los antiguos tabiques. A veces, su rascar parecía no sólo furtivo, sino deliberado. Cuando llegaba desde más allá de la pared inclinada del norte, estaba mezclado con una especie de castañeteo seco; y cuando procedía del desván situado encima del techo inclinado, clausurado hacía más de un siglo, Gilman siempre se preparaba para lo peor, como si esperara algo horrible que sólo aguardara su momento antes de bajar para aniquilarlo totalmente.

Los sueños estaban más allá del límite de la cordura, y Gilman pensaba que eran resultado conjunto de sus estudios de matemáticas y de sus lecturas sobre leyendas populares. Había estado pensando demasiado en las vagas regiones que, según sus fórmulas, tenían que existir más allá de las tres dimensiones conocidas, y en la posibilidad de que la vieja Keziah Mason, guiada por alguna influencia imposible de conjeturar, hubiera encontrado la puerta de acceso a aquellas regiones. Los amarillentos legajos del juzgado del distrito que contenían el testimonio de aquella mujer y el de sus acusadores sugerían terriblemente cosas fuera del alcance de la experiencia humana, y las descripciones del frenético y pequeño objeto peludo que le hacía las veces de demonio familiar eran desagradablemente realistas, a pesar de ser increíblemente detalladas. Ese ser, de tamaño no mayor que el de una rata grande y al que las gentes del pueblo llamaban caprichosamente «Brown Jenkin», parecía haber sido fruto de un notable caso de sugestión colectiva, pues en 1692 no menos de doce personas atestiguaron haberío visto. También los rumores recientes acerca de él coincidían de una manera desconcertante e incomprensible. Los testigos decían que tenía el pelo largo y forma de rata, pero que la cara, con afilados dientes y barba, era diabólicamente humana, en tanto que sus zarpas parecían diminutas manecillas. Llevaba recados de la vieja al diablo y se alimentaba con la sangre de la hechicera que sorbía como un vampiro. Su voz era una especie de risita detestable y podía hablar todos los idiomas. De las múltiples monstruosidades que Gilman veía en sus pesadillas ninguna le provocaba tanto pavor y repugnancia como aquel malvado y diminuto híbrido, cuya imagen se le presentaba en forma mil veces más odiosa de lo que su mente despierta había deducido de los viejos legajos y los rumores modernos.

Las pesadillas de Gilman consistían por lo general en soñar que caía en abismos infinitos de inexplicable crepúsculo coloreado y llenos de confusos sonidos, abismos cuyas propiedades materiales y de gravitación Gilman ni siquiera podía concebir. En sus sueños ni caminaba ni trepaba, ni volaba ni nadaba, ni reptaba; pero siempre experimentaba una sensación de movimiento, en parte voluntaria y en parte involuntario. No podía juzgar bien acerca de su propio estado, pues brazos, piernas y torso siempre le resultaban imposibles de ver, desvanecidos en alguna clase de alteración de la perspectiva; pero percibía que su organización física y sus facultades quedaban transmutadas de manera mágica y proyectadas oblicuamente, aunque conservando una cierta grotesca relación con sus proporciones y propiedades normales. Los abismos no estaban vacíos, sino poblados de indescriptibles masas anguladas de sustancia de colorido ajeno a este mundo, algunas de las cuales parecían orgánicas y otras inorgánicas. Algunos de los objetos orgánicos tendían a despertar vagos recuerdos dormidos, aunque no podía formarse una idea consciente de lo que burlonamente imitaban o sugerían. En los últimos sueños empezó a distinguir categorías independientes en las que los objetos parecían dividirse y que suponían en cada caso una especie radicalmente distinta de normas de conducta y de motivación básica. De estas categorías, una le pareció que incluía objetos algo menos ilógicos y desatinados en sus movimientos que los pertenecientes a las demás.

Todos los objetos, tanto los orgánicos como los inorgánicos, eran completamente indescriptibles, e incluso incomprensibles. A veces Gilman comparaba los inorgánicos a prismas, a laberintos, a grupos de cubos y planos, y a edificios ciclópeos; y las cosas orgánicas le daban sensaciones diversas, de conjuntos de burbujas, de pulpos, de ciempiés, de ídolos indios vivos y de intrincados arabescos vivificados por una especie de animación ofidia. Todo cuanto veía era indescriptiblemente amenazador y terrible, y si uno de los entes orgánicos parecía, por sus movimientos, haberse fijado en él, sentía un terror tan espantoso y horrible que generalmente se despertaba sobresaltado. De cómo se movían los entes orgánicos no podía decir más que de cómo se movía él mismo. Con el tiempo observó otro misterio: la tendencia de ciertos entes a aparecer repentinamente procedentes del espacio vacío, o a desvanecerse con igual rapidez. La confusión de gritos y rugidos que retumbaba en los abismos desafiaba todo análisis en cuanto a tono, timbre o ritmo, pero parecía estar sincronizada con vagos cambios visuales de todos los objetos indefinidos, tanto orgánicos como inorgánicos. Gilman experimentaba el continuo temor de que pudiera elevarse hasta algún grado insufrible de intensidad durante alguna de sus oscuras e implacables fluctuaciones. Pero no era en estas vorágines de alienación total cuando veía a Brown jenkin. Aquel horror abominable estaba reservado para ciertos sueños más ligeros y vívidos que le asaltaban inmediatamente antes de caer profundamente dormido. Gilman permanecía echado en la oscuridad, luchando para mantenerse despierto, cuando una leve claridad parecía relucir en torno a la centenaria habitación revelando en una neblina violácea la convergencia de los planos angulados que de manera tan insidiosa se habían apoderado de su mente. El horror parecía salir del agujero de las ratas en el rincón y avanzar hacia él, deslizándose por las tablas del suelo combado, con una maligna expectación en su diminuto y barbado rostro humano; pero, afortunadamente, el sueño siempre se desvanecía antes que la aparición se acercara demasiado a él para acariciarlo con el hocico. Tenía los dientes diabólicamente largos, afilados y caninos. Gilman trataba de taponar el agujero de las ratas todos los días, pero noche tras noche los verdaderos habitantes de los tabiques roían la obstrucción, fuera lo que fuera. En una ocasión hizo que el casero clavara una lata sobre el orificio, pero a la noche siguiente las ratas habían abierto un nuevo agujero, y al hacerlo habían empujado o arrastrado un curioso trocito de hueso.
Gilman no informó de su fiebre al doctor, pues sabía que si ingresaba en la enfermería de la Universidad no podna pasar los exámenes, para cuya preparación necesitaba todo su tiempo. Aun así, le suspendieron en cálculo diferencial y en psicología general superior, aunque le quedaba la esperanza de recuperar el terreno perdido antes de terminar el curso. En marzo, un nuevo elemento entró a formar parte de su sueño preliminar, y la forma de pesadilla de Brown jenkin comenzó a verse acompañada por una nebulosa sombra que fue asemejándose cada vez más a una vieja encorvado. Este nuevo elemento le trastornó más de lo que pudiera explicar, pero acabó por decidir que era igual a una vieja con la que se había encontrado dos veces en el oscuro laberinto de callejas de los abandonados muelles. En aquellas ocasiones, la mirada maliciosa, sardónica y aparentemente injustificada de la bruja, casi le había hecho estremecer, especialmente la primera vez, cuando una rata de gran tamaño, que atravesó la boca en sombras de un callejón vecino, le hizo pensar irrazonablemente en Brown Jenkin. Y pensó que aquellos temores nerviosos se estaban reflejando ahora en sus desordenados sueños.

No podía negar que la influencia de la vieja casa era nociva, pero los restos de su morboso interés le retenían allí. Se dijo que las fantasías nocturnas se debían sólo a la fiebre, y que cuando desapareciera se vería libre de las monstruosas visiones. No obstante, aquellas apariciones tenían una absorbente vivacidad y resultaban convincentes, y siempre que despertaba conservaba una vaga sensación de haber vivido gran parte de lo que recordaba. Tenía la horrenda certidumbre de haber hablado en sueños olvidados con Brown Jenkin y con la bruja, los cuales le habían apremiado para que fuese a alguna parte con ellos a encontrarse con un tercer ser más poderoso. Hacia finales de marzo empezó a mejorar en matemáticas, aunque las otras asignaturas le fastidiaban de un modo creciente. Estaba adquiriendo una habilidad intuitiva para resolver ecuaciones riemannianas, y asombró al profesor Upham con su comprensión de la cuarta dimensión y de otros problemas que sus compañeros ignoraban. Una tarde se discutió la posible existencia de curvaturas caprichosas en el espacio y de puntos teóricos de aproximación, o incluso de contacto, entre nuestra parte del cosmos y otras regiones diversas tan remotas como las estrellas más lejanas o los mismos vacíos transgalácticos, e incluso tan fabulosamente distantes como unidades cósmicas hipotéticamente concebibles más allá del continuo tiempo- espacio einsteniano. La forma en que Gilman trató el tema dejó admirados a todos, aunque algunas de sus ilustraciones hipotéticas provocaron un aumento de las siempre abundantes habladurías sobre su nerviosa y solitaria excentricidad. Lo que hizo que los estudiantes sacudieran la cabeza fue su teoría sobriamente enunciada de que un hombre con conocimientos matemáticos fuera del alcance de la mente humana podía pasar de la Tierra a otro cuerpo celeste que se encontrara en uno de los infinitos puntos de la configuración cósmica.

Para ello, dijo, sólo serían necesarias dos etapas: primero, salir de las esfera tridimensional que conocemos, y segundo, regresar a la esfera de las tres dimensiones en otro punto, tal vez infinitamente lejano. Que esto se pudiera hacer sin perder la vida era concebible en muchos casos. Cualquier ser procedente de un lugar del espacio tridimensional podría sobrevivir probablemente en la cuarta dimensión; y la supervivencia en la segunda etapa dependería de qué parte extraña del espacio tridimensional eligiera para su reentrada. Los habitantes de algunos planetas podían vivir en otros, incluso en astros pertenecientes a otras galaxias o a similares fases dimensionales de otro continuo espacio-tiempo, aunque, naturalmente, debía existir un inmenso número de ellos mutuamente inhabitables, aunque fueran cuerpos o zonas espaciales matemáticamente yuxtapuestos. También era posible que los habitantes de una zona dimensional determinada pudieran soportar la entrada en muchos dominios desconocidos e incomprensibles de dimensiones más numerosas, o indefinidamente multiplicadas, de dentro o de fuera del continuo tiempo-espacio dado, y lo contrario podría darse. Esto era cuestión de conjetura, aunque se podía estar bastante seguro de que el tipo de mutación que supondría pasar de un plano dimensional dado al plano inmediatamente superior no destruiría la integridad biológica tal como la entendemos. Gilman no podía explicar muy claramente las razones que tenía para esta última suposición, pero su vaguedad en este punto quedaba más que compensada por su claridad al tratar otros temas muy complejos. Al profesor Upham le causó especial placer su demostración de la relación que existía entre las matemáticas superiores y ciertas fases de la magia transmitidas a lo largo de los milenios desde tiempos de indescriptible antigüedad, humanos o prehumanos, cuando se tenían mayores conocimientos acerca del cosmos y de sus leyes. Alrededor del 1 de abril, Gilman estaba muy preocupado porque la fiebre no desaparecía. También le inquietaba lo que sus compañeros de hospedaje decían acerca de su sonambulismo. Parece que se ausentaba frecuentemente de la cama, y los crujidos de la madera del suelo de su habitación a ciertas horas de la noche despertaron más de una vez al huésped de la habitación de abajo. Aquel sujeto habló también del ruido de pies calzados durante la noche; pero Gilman estaba seguro de que en esto se equivocaba, porque sus zapatos y también el resto de la ropa siempre estaban en su sitio por la mañana. En aquella casa vieja y deteriorada podían experimentarse las sensaciones más absurdas. ¿Acaso el propio Gilman no estaba seguro de oír, en pleno día, ciertos ruidos, aparte del rascar de las ratas, procedentes de las negras bóvedas situadas más allá de la pared inclinada v del techo descendente? Sus oídos, de sensibilidad patológica, comenzaron a captar débiles pasos en el desván, cerrado desde tiempo inmemorial, encima de su habitación, y algunas veces la ilusión de tales pasos tenía un realismo angustioso.

Sin embargo, sabía que su sonambulismo era cierto, pues dos noches habían encontrado vacía su habitación con toda la ropa en su lugar. Se lo había asegurado Frank Elwood, el compañero de estudios, cuya pobreza le había obligado a hospedarse en aquella escuálida casa, de manifiesta impopularidad. Elwood había estado estudiando hasta la madrugada, y subió para que Gilman le ayudara a resolver una ecuación diferencial, encontrándose con que no estaba en su cuarto. Había sido algo atrevido de su parte abrir la puerta, que no estaba cerrada con llave, después de llamar y no recibir respuesta, pero necesitaba ayuda y pensó que a Gilman no le importaría demasiado que lo despertara suavemente. Pero Gilman no estaba allí ninguna de las dos veces, y cuando Elwood le contó lo sucedido se preguntó dónde podía haber estado vagando, descalzo y sólo con sus ropas de dormir. Decidió investigar el asunto si continuaban las noticias acerca de sus paseos sonámbulos, y pensó en esparcir harina sobre el suelo del pasillo para averiguar a dónde se dirigían sus pisadas. La puerta era la única salida concebible, ya que la estrecha ventana daba al vacío. Avanzado el mes de abril, llegaron a oídos de Gilman, aguzados por la fiebre, las dolientes plegarias de un hombre supersticioso que arreglaba telares llamado Joe Mazurewicz, y cuya habitación se encontraba en la planta baja. Iazurewicz había contado absurdas historias acerca del fantasma de la vieja Keziah y de aquel ser husmeante, peludo y de dientes afilados, afirmando que algunas veces le perseguían de tal manera que sólo su crucifijo de plata (que con ese propósito le había regalado el padre lwanicki, de la iglesia de San Estanislao) podía darle algún alivio. Ahora rezaba porque se acercaba el Sabbath de las brujas. La víspera del primero de mayo era la Noche de Walpurgis, cuando los espíritus infernales vagaban por la tierra y todos los esclavos de Satanás se congregaban para entregarse a ritos y actos indecibles. Siempre era una mala fecha en Arkham, aunque la gente de categoría de la avenida Miskatonic y de las High y Saltonstall Streets pretendían no saber nada acerca de ello. Ocurrirían cosas desagradables, y probablemente desaparecerían uno o dos niños. Joe sabía de estas cosas, pues su abuela, en su país de origen, lo había oído de labios de la suya. Lo más prudente era rezar el rosario en este período. Hacía tres meses que ni Keziah ni Brown jekin se habían acercado a la habitación de joe, ni a la de Paul Choynski, ni a ningún otro sitio, y esto era un mal síntoma. Algo deberían estar tramando.

El día 16, Gilman fue al consultorio del médico y se sorprendió al comprobar que su temperatura no era tan alta como había temido. El médico le interrogó a fondo y le aconsejó que fuese a ver a un especialista de los nervios. Gilman se alegró de no haber consultado al médico de la Universidad, un hombre más inquisitivo. El viejo Waldron, que ya anteriormente le había restringido el trabajo, le hubiera obligado a tomarse un descanso, cosa imposible ahora que estaba a punto de obtener grandes resultados con sus ecuaciones. Se encontraba indudablemente próximo a la frontera entre el universo conocido y la cuarta dimensión, y nadie era capaz de predecir hasta dónde podría llegar. A veces se preguntaba sobre el motivo de tan extraña confianza, incluso cuando pensaba así. ¿Provenía este peligroso sentido de inminencia de las fórmulas con que cubría tantos papeles día tras día? Los pasos amortiguados, furtivos e imaginarios del clausurado desván le alteraban. Y ahora, además, tenía la creciente sensación de que alguien estaba tratando de persuadirle constantemente de que hiciera algo terrible que no podía hacer. ¿Y el sonambulismo? ¿A dónde iba algunas noches? ¿Qué era aquella leve sugerencia de sonido que a veces parecía vibrar a través de la confusión de rumores identificables, incluso a plena luz del día y en plena vigilia? Su ritmo no correspondía a nada terreno, como no fuera a la cadencia de uno o dos innombrables cantos de aquelarre, y algunas veces temía que correspondieran a ciertos atributos de los vagos gritos o rugidos oídos en aquellos abismos soñados totalmente extraños. En tanto los sueños se iban haciendo atroces. En la fase preliminar más ligera la vieja malvada se le aparecía claramente, y Gilman comprendió que era la que le había atemorizado en los barrios pobres. La encorvado espalda, la nariz ganchuda y la barbilla llena de arrugas eran inconfundibles, y sus ropas pardas e informes eran las que él recordaba. La cara de la vieja tenía una expresión de horrible malevolencia y exultación, y cuando Gilman despertaba podía recordar una voz cascada que persuadía y amenazaba. Gilman tenía que conocer al Hombre Negro e ir con ellos hasta el trono de Azatoth, en el mismo centro del Caos esencial. Esto era lo que decía la bruja. Tendría que firmar en el libro de Azatoth con su propia sangre y adoptar un nuevo nombre secreto, ahora que sus investigaciones independientes habían llegado tan lejos. Lo que le impedía ir con ella y Brown Jenkin y el otro al trono del Caos, en torno del cual tocan las agudas flautas descuidadamente, era porque había visto el nombre «Azatoth» en el Necronomicón, v sabia que correspondía a un mal primordial demasiado horrible para ser descrito.

La vieja se materializaba siempre cerca del rincón donde se unían la pared inclinada y el techo descendente. Parecía cristalizarse en un punto más cercano al techo que al suelo, y cada noche se acercaba un poco más y era más visible antes de que el sueño se desvaneciera. También Brown jenkin estaba un poco más cerca del final, y sus colmillos amarillentos relucían odiosamente en la fosforescencia sobrenatural de color violeta. Su repulsiva risita de tono agudo resonaba continuamente en la cabeza de Gilman, y por la mañana recordaba cómo había pronunciado las palabras «Azatoth» y «Nyarlathotep». En los sueños más profundos todas las cosas eran también más visibles, y Gilman tenía la sensación de que los abismos en penumbra crepuscular que le rodeaban eran los de la cuarta dimensión. Los entes orgánicos, cuyos movimientos parecían inconsecuentes y sin motivo, eran probablemente proyecciones de formas vitales procedentes de nuestro propio planeta, incluidos los seres humanos. Lo que fueran los otros en su propia esfera, o esferas dimensionales, no se atrevía a pensarlo. Dos de las cosas movedizas menos incongruentes, un conjunto bastante grande de iridiscentes burbujas esferoidales alargadas, y un poliedro mucho más pequeño de colores desconocidos y ángulos formados por superficies y que cambiaban a gran velocidad, parecían observarle y seguirle de un lado a otro o flotar delante de él a medida que cambiaba de posición entre gigantescos prismas, laberintos, racimos de cubos y planos, y formas que casi eran edificios; y continuamente los gritos y rugidos se hacían cada vez más estentóreos, como si acercaran algún monstruoso clímax de insoportable intensidad. En la noche del 19 al 20 de abril sucedió algo nuevo. Gilman estaba moviéndose, medio involuntariamente, por los abismos en penumbra con la masa burbujeante y el pequeño poliedro flotando delante, cuando percibió los ángulos de extraña regularidad que formaban los bordes de unos gigantescos grupos de prismas vecinos. Unos segundos después se hallaba fuera del abismo tembloroso, de pie en una rocosa ladera bañada por una intensa y difusa luz de color verde. Estaba descalzo y en ropa de dormir, y cuando trató de andar encontró que apenas podía levantar los pies. Un torbellino de vapor ocultaba todo menos la pendiente inmediata, y se estremeció al pensar en los sonidos que podían surgir de aquel vapor.

Vio entonces dos formas que se le acercaban arrastrándose con gran dificultad: la vieja y la pequeña cosa peluda. La bruja se puso trabajosamente de rodillas y consiguió cruzar los brazos de singular manera, en tanto que Brown jenkin señalaba en cierta dirección con una zarpa horriblemente antropoide que levantó con evidente dificultad. Movido por un impulso involuntario, Gilman se arrastró en la dirección señalada por el ángulo que formaban los brazos de la bruja y la diminuta garra del diabólico engendro, y antes de dar tres pasos arrastrando los pies se encontró nuevamente en los ensombrecidos abismos. Bullían a su alrededor formas geométricas, y cayó vertiginosa e interminablemente, para acabar despertando en su lecho, en la buhardilla demencialmente inclinada de la vieja casa embrujada. Por la mañana se sintió sin fuerzas para nada, y no asistió a ninguna de las clases. Alguna desconocida atracción dirigía su vista en una dirección al parecer incongruente. pues no podía evitar el mirar fijamente a cierto punto vacío del suelo. Según fue avanzando el día, su mirada sin vista cambió de situación, y para mediodía había dominado el impulso de contemplar el vacío. A eso de las dos salió a comer, y mientras recorría las angostas callejuelas de la ciudad se encontró girando siempre hacia el sudeste. Con gran es-fuerzo se detuvo en una cafetería de Church Street, y después del almuerzo sintió el misterioso impulso con mayor intensidad. Tendría que consultar a un especialista de los nervios después de todo, pues tal vez aquello estuviera relacionado con su sonambulismo, pero mientras tanto podría intentar al menos romper por sí mismo el morboso encantamiento. Indudablemente, era aún capaz de resistir el misterioso impulso, de modo que se dirigió deliberadamente y muy decidido hacia el norte por Garrison Street. Cuando llegó al puente que cruza el Miskatonic le corría un sudor frío, y se agarró a la barandilla de hierro mientras contemplaba el islote de mala fama, cuyas regulares ringleras de antiguas piedras en pie parecían cavilar sombríamente en medio del sol de la tarde. Y algo le sobresaltó entonces. Pues había un ser vivo claramente visible en el desolado islote, y al volver a mirar se dio cuenta de que era la extraña vieja cuyo siniestro aspecto tanto le había impresionado en sus sueños. También se movían las altas hierbas cerca de ella, como si algún otro ser vivo se estuviese arrastrando por el suelo. Cuando la vieja empezó a volverse hacia él, Gilman huyó precipitadamente del puente v se refugió en el laberinto de callejas del muelle. Aunque el islote estaba a buena distancia, sintió que un maleficio monstruoso e invencible podía brotar de la sardónica mirada de aquella figura encorvado y vieja vestida de marrón.

La atracción hacia el sudeste todavía continuaba, y Gilman tuvo que hacer un gran esfuerzo para arrastrarse hasta la vieja casa y subir las desvencijadas escaleras. Estuvo varias horas sentado, silencioso y enajenado, mientras su mirada se iba volviendo paulatinamente hacia el Oeste. A eso de las seis, su aguzado oído oyó las dolientes plegarias de Joe Mazurewicz dos pisos más abajo; cogió desesperado el sombrero y salió a la calle dorada por el atardecer, dejando que el impulso que lo empujaba hacia el Sudeste lo llevara adonde quisiera. Una hora más tarde la oscuridad le encontró en los campos abiertos que se extendían más allá de Hangmas Brook, mientras las estrellas primaverales parpadeaban sobre su cabeza. El fuerte impulso de andar se estaba transformando gradualmente en anhelo de lanzarse místicamente al espacio, y entonces, repentinamente, supo de dónde procedía la fortísima atracción. Era del cielo. Un punto definido entre las estrellas ejercía dominio sobre él y lo llamaba. Al parecer era un punto situado en algún lugar entre la Hidra y el Navío Argos, y comprendió que hacia él se había sentido impulsado desde que despertó poco después de amanecer. Por la mañana había estado debajo de él, y ahora se encontraba aproximadamente hacia el sur, pero deslizándose hacia el oeste. ¿Qué significaba esta novedad? ¿Se estaba volviendo loco? ¿Cuánto duraría? Afianzándose en su resolución, dio la vuelta y se encaminó una vez más hacia la siniestra casa. Mazurewicz le estaba aguardando en la puerta y parecía ansioso y reticente a la vez por susurrarle alguna nueva historia supersticiosa. Se trataba de la luz maléfica. joe había participado en los festejos de la noche anterior -era el Día del Patriota en Massachussetts-, regresando a casa después de medianoche. Al mirar hacia arriba desde afuera, le pareció al principio que la ventana de Gilman estaba a oscuras, pero luego vio en el interior el tenue resplandor de color violeta. Quería advertirle sobre ese resplandor, ya que en Arkham todos sabían que era la luz embrujada que rodeaba a Brown Jenkin y al fantasma de la propia bruja. No lo había mencionado antes, pero ahora tenía que decirlo, porque significaba que Keziah y su familiar de largos colmillos andaban detrás del joven. Algunas veces, Paul Chovnski, Dombrowski, el casero, y él habían creído ver el resplandorfiltrándose por entre las rendijas del clausurado desván, encima de la habitación que ocupaba el señor, pero los tres habían acordado no hablar del asunto. Sin embargo, más le valdría al señor buscar habitación en algún otro lugar y pedir un crucifijo a algún buen sacerdote como el padre lwanicki.

Mientras charlaba el buen hombre, Gilman sintió que un pánico desconocido le aferraba la garganta. Sabía que Joe debía estar medio borracho al regresar a casa la noche antes, pero la mención de una luz violácea en la ventana de la buhardilla tenía una espantosa importancia. Aquella era la clase de luz que envolvía siempre a la vieja y al pequeño ser peludo en los sueños más ligeros y claros que precedían a su hundimiento en abismos desconocidos, y la idea de que una persona despierta pudiera ver la soñada luminosidad resultaba inconcebible. Sin embargo, ¿de dónde había sacado aquel hombre tan extraña idea? ¿Acaso no se había limitado él a vagar dormido por la casa, sino que también había hablado? No, joe dijo que no. Pero tendría que averiguarlo. Tal vez Frank Elwood pudiera decirle algo, aunque le molestaba mucho preguntarle.
Fiebre.... sueños insensatos..., sonambulismo..., ilusión de ruidos.... atracción hacia un punto del cielo.... y ahora la sospecha de decir dormido cosas de loco... Tenía que dejar de estudiar, ver a un psiquiatra y procurar dominarse. Cuando subió al segundo piso se detuvo ante la puerta de Elwood, pero vio que el otro estudiante había salido. Siguió subiendo a disgusto hasta su habitación, y en ella se sentó a oscuras. Su mirada continuaba sintiéndose atraída hacia el sur, pero también se encontró aguzando el oído para captar algún ruido en el clausurado desván de arriba, y medio imaginando que una maléfica luminosidad violácea se filtraba a través de una rendija muy pequeña del techo inclinado y bajo. Aquella noche, mientras Gilman dormía, la luz violeta cayó sobre él con inusitada intensidad, y la bruja y el pequeño ser peludo se acercaron más que nunca y se mofaron de él con agudos chillidos inhumanos y diabólicas muecas. Gilman se alegró de hundirse en los abismos crepusculares, aunque la persecución de aquel grupo de burbujas iridiscentes y del pequeño y caleidoscópico poliedro resultaba amenazadora e irritante. Luego sobrevino un cambio, cuando vastas superficies convergentes de una sustancia de aspecto escurridizo aparecieron encima y debajo de él, cambio que culminó con una llamarada de delirio y un resplandor de luz desconocida y extraña, en la cual se mezclaban demencial e inextricablemente el amarillo, el carmesí y el índigo.

Estaba medio tumbado en una alta azotea de fantástica balaustrada que dominaba una infinita selva de exóticos e increíbles picos, superficies planas equilibradas, cúpulas, minaretes, discos horizontales en equilibrio sobre pináculos e innumerables formas aún más descabelladas, unas de piedra, otras de metal, que relucían magníficamente en medio de la compuesta y casi cegadora luz que sobre todo ello derramaba un cielo polícromo. Mirando hacia arriba vio tres discos prodigiosos de fuego, todos ellos de diferente color 5 situados a distinta altura por encima de un curvado hori’zonte, infinitamente lejano, de bajas montañas. Detrás de él se elevaban filas de terrazas más altas hasta donde alcanzaba la vista. La ciudad se extendía a sus pies hasta donde alcanzaba la vista, y Gilman deseó que ningún sonido brotara de ella. El suelo del cual se levantó fácilmente era de una piedra veteada y bruñida que no pudo identificar, y las baldosas estaban cortadas en formas caprichosas, que más que asimetricas le parecieron estar basadas en alguna simetría ir-rracional, cuyas leyes era incapaz de entender. La balaustrada lellegaba hasta el pecho y estaba delicada y fantásticamente forjada, y a lo largo del barandal se veían intercaladas, de trecho en trecho, pequeñas figuras de grotesca concepción y exquisita talla. Las figuras lo mismo que la balaustrada parecían ser de un metal brillante, cuyo color no se podía adivinar en el caos de mezclados fulgores, y cuya naturaleza invalidaba todas las conjeturas. Representaban algún objeto acanalado en forma de barril y con delgados brazos horizontales que salían como radios de rueda de un anillo central y con abultamientos o bulbos que salían de la cabeza y de la base. Cada uno de estos bulbos era el eje de un sistema de cinco brazos, largos, planos, rematados en triángulos dispuestos alrededor del eje, como los brazos de una estrella de mar, casi horizontales, pero ligeramente curvados desde el barril central. La base del bulbo inferior se fundía en el largo barandal con un punto de contacto tan delicado que varias figuras se habían roto y desprendido. Medían éstas alrededor de cuatro pulgadas y media de altura, Y los aguzados brazos tenían un diámetro máximo de unas dos pulgadas y media.

Cuando Gilman se levantó, las losas le dieron una sensación de calor en los pies. Estaba completamente solo, y lo primero que hizo fue acercarse a la balaustrada y contemplar con vértigo la infinita y ciclópea ciudad que se extendía a casi dos mil pies por debajo de la terraza. Mientras escuchaba, le pareció que una rítmica confusión de tenues sonidos musicales que recorrían una amplia escala diatónico ascendía desde las estrechas calles de abajo, y deseó poder ver a los habitantes del lugar. Al cabo de un rato se le nubló la vista, y hubiera caído al suelo de no haberse agarrado instintivamente a la reluciente balaustrada. Su mano derecha fue a dar en una de las figuras que sobresalían, y el contacto pareció infundirle cierta fortaleza. Sin embargo, la presión era excesiva para la exótica delicadeza de aquel objeto metálico, y la figura erizada se le rompió en la mano. Aún medio mareado, continuó apretándola mientras su otra mano se agarraba a un espacio vacío en la lisa balaustrada. Pero ahora sus oídos hipersensibles captaron algo a sus espaldas, y Gilman volvió la cabeza y miró a través de la horizontal terraza. Vio cinco figuras que se acercaban silenciosamente, aunque sus Movimientos no eran furtivos; dos de ellas eran la vieja y el animalejo peludo y de afilados colmillos. Las otras tres fueron las que le redujeron a la inconsciencia, pues eran representaciones vivas, de unos ocho pies de altura, de las equinodérmicas figuras de la balaustrada, que avanzaban valiéndose de las vibraciones de los brazos inferiores de estrella de mar que agitaban como una araña mueve las patas... Gilman despertó en la cama, empapado de sudor frío v con una sensación de escozor en la cara, manos y pies. Saltando al suelo, se lavó y vistió con frenética rapidez, como si le fuera indispensable salir de la casa lo antes posible. No sabía adónde quería ir, pero comprendió que tendría que sacrificar las clases otra vez. La extraña atracción hacia aquel punto situado entre la Hidra y el Navío Argo había disminuido, pero otra fuerza todavía más potente la había reemplazado. Ahora notaba que tenía que dirigirse hacia el norte, infinitamente al norte. Sintió miedo de cruzar el puente desde el cual se veía el islote en medio del río Miskatonic, de modo que se dirigió al puente de la avenida Peabody. Tropezaba a menudo, pues ojos y oídos permanecían encadenados a un altísimo punto del vacío cielo azul.

Después de una hora aproximadamente, consiguió un mayor dominio de sí mismo y vio que se había alejado mucho de la ciudad. Todo cuanto le rodeaba tenía la estéril tristeza de las salinas, y el estrecho camino que se alejaba delante de él conducía a Innsmouth, esa antigua ciudad abandonada que la gente de Arkham estaba, curiosamente poco dispuesta a visitar. Aunque la atracción hacia el norte no había disminuido, la resistió como había aguantado la otra y finalmente acabó por descubrir que casi podía contrarrestarlas una con otra. Regresó a la ciudad y, luego de tomar una taza de café en un bar, se arrastró hacia la biblioteca pública y allí estuvo hojeando distraídamente una serie de revistas amenas. Unos amigos observaron lo quemado que estaba por el sol, pero Gilman no les habló de su paseo. A las tres almorzó algo en un restaurante y observó que la atracción o se había atenuado o se había dividido. Se metió en un cine barato para matar el tiempo, y vio la misma película una y otra vez sin prestarle atención. A eso de las nueve de la noche volvió a casa y entró en ella lentamente. Joe Mazurewicz estaba allí mascullando oraciones y Gilman subió apresuradamente a su buhardilla sin detenerse para ver si Elwood estaba en casa. Fue al encender la débil luz cuando le atenazó la sorpresa. Vio inmediatamente que sobre la mesa había algo que no debía estar allí, y una segunda ojeada no dejó lugar a dudas. Tumbada sobre un costado, pues no podía tenerse en pie, estaba la exótica y erizada figura que en el monstruoso sueño había arrancado de la fantástica balaustrada. No le faltaba ningún detalle. El asomado centro en forma de barril, los delgados brazos radiados, los abultamientos en los dos extremos y los delgados brazos de estrella de mar, ligeramente curvados hacia afuera, que salían de aquellos abultamientos; todo estaba allí. A la luz de la bombilla, el color parecía ser una especie de gris iridiscente veteado de verde; y Gilman pudo ver, en medio de su horror y de su asombro, que uno de los abultamientos acababa en un borde irregular y roto correspondiente al anterior punto de unión con la soñada balaustrada.

Tan sólo el estar próximo al estupor le impidió gritar. Aquella fusión de sueño y realidad resultaba imposible de soportar. Aturdido, tomó el objeto bajó tambaleándose a la habitación de Dombrowski, el casero. Las dolientes plegarias del supersticioso Mazurewicz se oían todavía en los humedos pasillos, pero a Gilman ya le tenían sin cuidado. Dombrowski estaba en casa y le acogió amablemente. No. no había visto nunca aquel objeto y nada sabía acerca de ello. Pero su mujer le había dicho que había encontrado una cosa rara de latón en una de las camas cuando limpiaba a mediodía, y tal vez fuera aquello. Dombrowski llamó a su mujer y ella entró contoneándose como un pato. Sí, era aquello. Lo había encontrado en la cama del señor, en la parte más cercana a la pared. Le había parecido raro, pero, claro, el señor tenía tantas cosas raras en la habitación, libros, objetos curiosos, cuadros... Desde luego, ella no sabía nada acerca de aquella figura. De modo que Gilman volvió a subir las escaleras más desconcertado que nunca, convencido de que estaba todavía soñando o de que su sonambulismo le había llevado a extremos inconcebibles y a robar en lugares desconocidos. ¿En dónde habría cogido aquel extraño objeto? No recordaba haberío visto en ningún museo de Arkham. Claro que de algún sitio había tenido que salir; y el verlo mientras lo cogía en sueños debía haber provocado la escena de la terraza con la balaustrada. Al día siguiente haría algunas cautelosas indagaciones, e iría a consultar al especialista en enfermedades nerviosas. En tanto, trataría de vigilar su sonambulismo. Al subir al piso de arriba y cruzar el pasillo de la buhardilla, esparció en el suelo algo de harina que había pedido prestada al casero después de explicarle francamente para qué la quería. Entró en su cuarto, puso el aguzado objeto sobre la mesa .se echó en la cama, completamente agotado mental v físicamente, sin detenerse para desnudarse. Desde el hermético desván le llegó el apagado rumor de uñas y pasos de patas, diminutas, pero se encontraba demasiado cansado para preocuparse por ello. Aquella misteriosa atracción hacia el norte comenzaba de nuevo a ser fuerte, aunque ahora parecía proceder de un lugar del cielo mucho más cercano.

A la cegadora luz violeta del sueño, la vieja y el pequeño ser peludo de afilados colmillos se presentaron de nuevo, con mayor claridad que en ninguna ocasión anterior. Esta vez llegaron hasta él, y Gilman sintió que las secas garras de la bruja le agarraban. Sintió también que le sacaban violentamente de la cama y le conducían al vacío espacio, y durante un momento oyó los rítmicos rugidos y vio el amorfo crepúsculo de los abismos difusos que hervían a su alrededor. Pero el momento fue fugaz, pues inmediatamente se encontró en un pequeño y descuidado recinto limitado por vigas y tablones sin cepillar que se elevaban para juntarse en ángulo por encima de él y formaban un curioso declive bajo sus pies. En el suelo había cajones achatados colmados de libros muy antiguos en diversos estados de conservación, y en el centro había una mesa y un banco, al parecer sujetos al suelo. Encima de los cajones había una serie de pequeños objetos de forma y uso desconocidos, y a la brillante luz violeta Gilman creyó ver un duplicado de la erizada figura que tanto le había intrigado. A la izquierda, el suelo bajaba bruscamente dejando un hueco negro y triangular del cual surgió, tras un segundo de secos ruidos, el odioso ser peludo de amarillentos colmillos y barbado rostro humano. La bruja, con una horrible mueca, todavía le tenía agarrado, y al otro lado de la mesa estaba en pie una figura que Gilman no había visto nunca, un hombre alto y enjuto de piel negrísima, aunque sin el menor rasgo negroide en sus facciones, completamente desprovisto de pelo o barba, y que COMO única indumentaria llevaba una túnica informe de pesada tela negra. No se le veían los pies a causa de la mesa y el banco, pero debía de ir calzado, pues cuando se movía se oía ruido como de zapatos. No hablaba, ni había expresión alguna en su rostro. Únicamente señaló un libro de prodigioso tamaño que esttaba abierto sobre la mesa en tanto que la bruja le ponía a Gilman en la mano derecha una inmensa pluma de ave color gris. Se respiraba un clima de miedo aterrador, y se llegó a la culminación cuando el ser peludo trepó hasta el hombro de Gilrnan agarrándose a sus ropas, descendió por su brazo izquierdo y finalmente le hundió los colmillos en la muñeca justo por debajo del puño de la camisa. Cuando brotó la sangre, Gilman se desmayó.

Se despertó el día 22 con la muñeca izquierda dolorida y vio que el puño de la camisa estaba manchado de sangre seca. Sus recuerdos eran muy confusos, pero la escena del hombre negro en el espacio desconocido permanecía muy clara en su memoria. Supuso que las ratas le habían mordido mientras dormía, provocando el desenlace del terrible sueño. Abrió la puerta y vio que la harina que había esparcido sobre el suelo del pasillo estaba intacta, exceptuando las enormes pisadas del hombre que se hospedaba en el otro extremo de la buhardilla. De modo que esta vez no había andado en sueños. Pero algo tenía que hacer para acabar con las ratas. Hablaría con el dueño. Una vez más trató de tapar el agujero de la parte baja de la pared inclinada metiendo a presión una vela que parecía tener el tamaño indicado. Le zumbaban los oídos terriblemente, como con el eco de algún espantoso ruido percibido en sueños. Mientras se bañaba y mudaba de ropa, trató de recordar qué había soñado después de la escena que vio en el espacio iluminado de violeta, pero en su mente no cristalizó nada concreto. La escena debía haber correspondido al desván clausurado de arriba, que tan violentamente había comenzado a obsesionarle, pero las impresiones posteriores eran débiles y confusas. Percibió señales de vagos abismos envueltos en una luz crepuscular, y de otros aún más vastos y oscuros que quedaban más allá, abismos sin ninguna sugerencia fija. Le habían llevado hasta allí los grupos de burbujas y el pequeño poliedro que siempre se le escapaba; pero ellos, como él mismo, se habían transformado en jirones de niebla en aquel vacío ulterior de oscuridad definitiva. Algo le había precedido, un jirón mayor que a veces se condensaba y adquiría una forma vaga, y Gilman pensó que su avance no se había producido en línea recta, sino más bien a lo largo de las curvas.y espirales de alguna vorágine etérea que obedecía a leyes desconocidas para la física y las matemáticas de cualquier cosmos concebible. Finalmente, hubo una insinuación de inmensas sombras que saltaban, de una monstruosa pulsación semiacústica y del monótono sonido de flautas invisibles; pero nada más. Gilman llegó a la conclusión de que esto último procedía de lo que había leído en el Necronomicón acerca de la insensata entidad, Azatoth, que impera sobre el tiempo y el espacio desde un negro trono en el centro del Caos.

Cuando se lavó la sangre de la muñeca, comprobó que la herida era muy leve y Gilman sintió curiosidad por la posición de los dos diminutos pinchazos. Se dio cuenta que no había sangre en la sábana donde había estado acostado, un hecho muv raro considerando la gran cantidad que manchaba su piel v el puño de la camisa. ¿Habría estado caminando dormido por la habitación y la rata le había mordido mientras estaba sentado en una silla, o detenido en alguna posición menos lógica? Examinó todos los rincones buscando manchas de sangre, pero no encontró ninguna. Pensó que tendría que esparcir harina en la habitación además de hacerlo en el pasillo, aunque, después de todo, no necesitaba más pruebas de su sonambulismo. Sabía que caminaba dormido, y debía curarse de ello. Tendría que pedirle a Frank Elwood que le ayudara. Aquella mañana, los extraños impulsos procedentes del espacio parecían menos fuertes, describir lo que escuchó, su voz se convirtió en un susurro inaudible. Elwood no podía imaginar qué había impulsado a los supersticiosos a murmurar, pero suponía que sus imaginaciones respondían al continuo trasnochar de Gilman, a su sonambulismo y a la proximidad de la Noche de Walpurgis, tradicionalmente temida. Era evidente que Gilman hablaba dormido y al escuchar por el ojo de la cerradura, Desrochers había imaginado lo de la luz violácea. Esas gentes ignorantes estaban siempre dispuestas a suponer que habían visto cualquier cosa extraña de la que hubieran oído hablar. En cuanto a un plan de acción, lo mejor sería que Gilman se trasladara a la habitación de Elwood y evitara dormir solo. Si empezaba a hablar o se levantaba dormido, Elwood le despertaría, si es que él estaba despierto. Además, debía ver a un psiquiatra con urgencia. En tanto llevarían la figura a varios museos y a ciertos profesores para tratar de identificarla diciendo que la habían encontrado en un montón de escombros. Y Dombrowski tendría que poner veneno para acabar con aquellas ratas. Reconfortado por la compañía de Elwood, Gilman asistió a clase aquel día. Continuaban acosándole extraños impulsos, pero consiguió vencerlos con considerable éxito. Durante un descanso mostró la extraña figura a varios profesores que se mostraron profundamente interesados, aunque ninguno de ellos pudo arrojar ninguna luz sobre su naturaleza u origen. Aquella noche durmió en un diván que Elwood le pidió al patrón que subiera a la segunda planta, y por primera vez en varias semanas durmió completamente libre de pesadillas. Pero continuaba teniendo algo de fiebre, y los rezos de Mazurewicz seguían molestándole.

En los días sucesivos, Gilman se vio casi totalmente libre de síntomas morbosos. Elwood le dijo que no había manifestado ninguna tendencia a hablar o a levantarse dormido; en tanto, el patrón estaba poniendo veneno contra las ratas por todas partes. El único elemento perturbador era la charla de los supersticiosos extranjeros, cuya imaginación se encontraba muy excitada. Mazurewicz insistía en que debía conseguir un crucifijo, y finalmente le obligó a aceptar uno que había sido bendecido por el buen padre lwanicki. También Desrochers tuvo algo que decir; insistió en que había oído pasos cautelosos en el cuarto vacío que quedaba encima del suyo las primeras noches que Gilman se había ausentado de él. Paul Choynski creía oír ruidos en los pasillos y escaleras por la noche, y aseguró que alguien había tratado de abrir suavemente la puerta de su habitación, en tanto que Mrs. Dombrowski juraba que había visto a Brown jenkin por primera vez desde la noche de Todos los Santos. Pero estos ingenuos informes poco significaban y Gilman dejó el barato crucifijo de metal colgando del tirador de un cajón de la cómoda de su amigo. Durante tres días Gilman y Elwood recorrieron los museos locales tratando de identificar la extraña imagen erizada, pero siempre sin éxito. Sin embargo, el interés que provocaba era enorme, pues constituía un tremendo desafío para la curiosidad científica la completa extrañeza del objeto. Uno de los pequeños brazos radiados se rompió; lo sometieron a análisis químico, y el profesor Ellery encontró platino, hierro y telurio en la aleación, pero mezclados con ellos había al menos otros tres elementos de elevado peso atómico que la química era incapaz de clasificar. No solamente no correspondían a ningún elemento conocido, sino que ni siquiera encajaban en los lugares reservados para probables elementos en el sistema periódico. El misterio sigue hoy sin resolver, aunque la figura está expuesta en el museo de la Universidad Miskatónica.

En la mañana del 27 de abril apareció un nuevo agujero hecho por las ratas en la habitación en que se hospedaba aunque les reemplazó otra sensación todavía más inexplicable. Era un vago e insistente impulso de escapar de su actual estado, sin ninguna sugerencia de la dirección concreta en que deseaba huir. Cuando cogió la extraña figura que tenía sobre la mesa, le pareció que la antigua atracción del norte se hacía más intensa, pero, aun así, ésta quedaba dominada por la nueva y asombrosa necesidad. Llevó la erizada imagen a la habitación de Elwood, tratando de no escuchar las dolientes plegarias del reparador de telares, que subían desde la planta baja. Elwood estaba allí, gracias a Dios, y al parecer se movía por su cuarto. Tenían tiempo para charlar un rato antes de salir para desayunar e ir al Colegio, y Gilman le contó apresuradamente sus recientes sueños y temores. Su amigo se mostró muy comprensivo y estuvo de acuerdo en que había que hacer algo. Le impresionó el aspecto enfermizo que presentaba su compañero y notó que estaba muy quemado por el sol, como otros lo habían notado la semana anterior. Sin embargo, no fue mucho lo que pudo decirle. No había visto a Gilman andar en sueños, y no tenía la menor idea de lo que podía ser la curiosa imagen. Pero había oído al canadiense francés que se hospedaba debajo de Gilman conversando con Mazurewicz una noche. Hablaban del temor que les inspiraba la próxima Noche de Walpurgis, para la que sólo faltaban pocos días, e intercambiaban comentarios compasivos sobre el pobre y predestinado Gilman. Desrochers se había referido a los pasos nocturnos de pies calzados y descalzos que resonaban en el techo de su cuarto, que quedaba debajo del de Gilman, y a la luz violácea que había visto una noche en que se había decidido a subir para fisgar a través del ojo de la cerradura de la puerta de Gilman. Pero, según dijo a Mazurewicz, no se había atrevido a mirar cuando había percibido aquella luz por las rendijas de la puerta. También había oído hablar en voz baja, pero cuando empezó a describir lo que escuchó, su voz se convirtió en un susurro inaudible.

Elwood no podía imaginar qué había impulsado a los supersticiosos a murmurar, pero suponía que sus imaginaciones respondían al continuo trasnochar de Gilman, a su sonambulismo y a la proximidad de la Noche de Walpurgis, tradicionalmente temida. Era evidente que Gilman hablaba dormido y al escuchar por el ojo de la cerradura, Desrochers había imaginado lo de la luz violácea. Esas gentes ignorantes estaban siempre dispuestas a suponer que habían visto cualquier cosa extraña de la que hubieran oído hablar. En cuanto a un plan de acción, lo mejor sería que Gilman se trasladara a la habitación de Elwood y evitara dormir solo. Si empezaba a hablar o se levantaba dormido, Elwood le despertaría, si es que él estaba despierto. Además, debía ver a un psiquiatra con urgencia. En tanto llevarían la figura a varios museos y a ciertos profesores para tratar de identificarla diciendo que la habían encontrado en un montón de escombros. Y Dombrowski tendría que poner veneno para acabar con aquellas ratas. Reconfortado por la compañía de Elwood, Gilman asistió a clase aquel día. Continuaban acosándole extraños impulsos, pero consiguió vencerlos con considerable éxito. Durante un descanso mostró la extraña figura a varios profesores que se mostraron profundamente interesados, aunque ninguno de ellos pudo arrojar ninguna luz sobre su naturaleza u origen. Aquella noche durmió en un diván que Elwood le pidió al patrón que subiera a la segunda planta, y por primera vez en varias semanas durmió completamente libre de pesadillas. Pero continuaba teniendo algo de fiebre, y los rezos de Mazurewicz seguían molestándole. En los días sucesivos, Gilman se vio casi totalmente libre de síntomas morbosos. Elwood le dijo que no había manifestado ninguna tendencia a hablar o a levantarse dormido; en tanto, el patrón estaba poniendo veneno contra las ratas por todas partes. El único elemento perturbador era la charla de los supersticiosos extranjeros, cuya imaginación se encontraba muy excitada. Mazurewicz insistía en que debía conseguir un crucifijo, y finalmente le obligó a aceptar uno que había sido bendecido por el buen padre lwanicki. También Desrochers tuvo algo que decir; insistió en que había oído pasos cautelosos en el cuarto vacío que quedaba encima del suyo las primeras noches que Gilman se había ausentado de él. Paul Choynski creía oír ruidos en los pasillos y escaleras por la noche, y aseguró que alguien había tratado de abrir suavemente la puerta de su habitación, en tanto que Mrs. Dombrowski juraba que había visto a Brown jenkin por primera vez desde la noche de Todos los Santos. Pero estos ingenuos informes poco significaban y Gilman dejó el barato crucifijo de metal colgando del tirador de un cajón de la cómoda de su amigo.

Durante tres días Gilman y Elwood recorrieron los museos locales tratando de identificar la extraña imagen erizada, pero siempre sin éxito. Sin embargo, el interés que provocaba era enorme, pues constituía un tremendo desafío para la curiosidad científica la completa extrañeza del objeto. Uno de los pequeños brazos radiados se rompió; lo sometieron a análisis químico, y el profesor Ellery encontró platino, hierro y telurio en la aleación, pero mezclados con ellos había al menos otros tres elementos de elevado peso atómico que la química era incapaz de clasificar. No solamente no correspondían a ningún elemento conocido, sino que ni siquiera encajaban en los lugares reservados para probables elementos en el sistema periódico. El misterio sigue hoy sin resolver, aunque la figura está expuesta en el museo de la Universidad Miskatónica. En la mañana del 27 de abril apareció un nuevo agujero hecho por las ratas en la habitación en que se hospedaba Gilman, pero Dombrowski lo tapó durante el día. El veneno no estaba produciendo mucho efecto, pues se continuaban oyendo carreras y rasgueos en el interior de las paredes. Elwood volvió tarde aquella noche y Gilman se quedó levantado esperándole. No quería dormir solo en una habitación, especialmente porque al atardecer le había parecido ver a la repulsiva vieja cuya imagen se había trasladado de manera tan horrible a sus sueños. Se preguntó quién sería y qué habría estado cerca de ella golpeando una lata en un montón de basura que había a la entrada de un patio miserable. La bruja pareció verle y dedicarle una maliciosa mueca, aunque esto quizá fue cosa de su imaginación. Al día siguiente, los dos muchachos estaban muy cansados y comprendieron que dormirían como troncos cuando llegara la noche. Por la tarde hablaron de los estudios matemáticos que tan completa y quizá perjudicialmente habían absorbido a Gilman, y especularon acerca de su conexión con la antigua magia y con el folklore, cosa que parecía oscuramente probable. Hablaron de la bruja Keziah Mason, y Elwood convino en que Gilman tenía buenas razones científicas para pensar que la vieja podía haber tropezado casualmente con conocimientos extraños e importantes. Los cultos secretos a que se entregaban estas hechiceras guardaban y transmitían frecuentemente secretos sorprendentes desde antiguas,,, olvidadas épocas; y no era de ninguna manera imposible que Kezhiah hubiera dominado el arte de atravesar los muros dimensionales. La tradición subraya la inutilidad de las barreras materiales para detener los movimientos de una bruja, y ¿quién puede decir qué hay en el fondo de las antiguas leyendas que hablan de viajes a lomos de una escoba a través de la noche? Faltaba por ver si un estudiante moderno podía adquirir poderes similares tan sólo mediante investigaciones matemáticas. Conseguirlo, según Gilman, podía conducir a situaciones peligrosas e inconcebibles, pues ¿quién podría predecir las condiciones imperantes en una dimensión adyacente pero normalmente inalcanzable? Por otra parte, las posibilidades pintorescas eran enormes. El tiempo podía no existir en ciertas franjas del espacio, y al entrar y permanecer en ellas se podría conservar la vida y la edad indefinidamente, sin padecer jamás metabolismo o deterioro orgánico, excepto en cantidades insignificantes y como resultado de las visitas al propio planeta o a otros similares. Por ejemplo, se podría pasar a una dimensión sin tiempo y volver de ella tan joven como antes en un período remoto de la historia de la Tierra.

Resultaba imposible conjeturar si alguien había intentado conseguirlo. Las leyendas son vagas y ambiguas, y en épocas históricas todas las tentativas de cruzar espacios prohibidos parecen estar mezcladas a extrañas y terribles alianzas con seres y mensajeros del exterior. Existía la figura inmemorial del delegado o mensajero de poderes ocultos y terribles, el «Hombre Negro» de los aquelarres y el «Niarlathotep» del Necronomicón. Existía también el desconcertante problema de los mensajeros inferiores o intermediarios, esos seres semianimales y extraños híbridos que la leyenda nos presenta como familiares de las hechiceras. Cuando Gilman y Elwood se fueron a acostar, demasiado cansados para continuar hablando, oyeron a Joe Mazurewicz entrar tambaleándose en la casa, medio borracho, y se estremecieron al oír los tonos angustiados de sus plegarias. Aquella noche Gilman volvió a ver la luz violeta. Oyó en sueños rascar y mordisquear al otro lado de la pared, y le pareció que alguien trataba torpemente de abrir la puerta. Y entonces vio a la bruja y al pequeño ser peludo avanzando hacia él por la alfombra. El rostro de la hechicera estaba iluminado por una inhumana exultación y el pequeño monstruo de colmillos amarillentos dejaba oír su apagada risita burlona mientras señalaba la forma de Elwood, profundamente dormido en el diván del extremo opuesto de la habitación. El temor le paralizó y le impidió gritar. Como en otra ocasión, la horrenda bruja agarró a Gilman por los hombros, lo sacó de la cama de un tirón y lo dejó flotando. De nuevo, una infinidad de abismos rugientes pasaron ante él como un rayo, pero al cabo de unos instantes le pareció encontrarse en un callejón oscuro, fangoso, desconocido y hediondo con paredes de casas viejas y medio podridas alzándose en torno suyo por todos lados.

Delante de él estaba el hombre negro de flotantes vestiduras que había visto en el espacio poblado de picos de su otro sueño, en tanto que la hechicera, más cerca de él, le hacía señales y muecas imperiosas para que se acercara. Brown jenkin se estaba restregando con una especie de cariño juguetón contra los tobillos del hombre negro ocultos en gran parte por el barro. A la derecha había una puerta abierta que el hombre negro señaló silenciosamente. La bruja echó a andar sin que se borrase su mueca, arrastrando a Gilman por las mangas del pijama. Subieron una escalera que crujía amenazadoramente y sobre la cual la hechicera parecía proyectar una tenue luz violácea, y finalmente se detuvieron ante una puerta que se abría en un rellano. La hechicera anduvo en el picaporte y abrió la puerta, indicando a Gilman que aguardara v desapareciendo en el interior. El oído hipersensible del muchacho captó un espeluznante grito ahogado, y pasados unos momentos, la bruja salió de la habitación llevando una pequeña forma inerte que tendió a Gilman como ordenándole que lo cogiera. La vista de este bulto y la expresión de su rostro rompieron el encanto. Aún demasiado aturdido para gritar, se precipitó imprudentemente por la ruidosa escalera hasta llegar al barro de la calle, deteniéndose sólo cuando le encontró y le sofocó el hombre negro que allí aguardaba. Poco antes de perder el sentido, oyó la aguda risita del pequeño monstruo de afilados colmillos, semejante a una rata deforme. La mañana del día 29, Gilman se despertó sumido en una vorágine de horror. En el mismo instante en que abrió los ojos se dio cuenta de que algo horrible había ocurrido, pues se encontraba en su vieja buhardilla de paredes y techo inclinados, tendido sobre la cama deshecha. Le dolía el cuello inexplicablemente, y cuando con un gran esfuerzo se sentó en la cama, vio con espanto que tenía los pies y la parte baja del pijama manchados de barro seco. A pesar de lo nebuloso de sus recuerdos, supo que había estado andando dormido. Elwood debía haber estado demasiado profundamente dormido para oírle y detenerle. Vio sobre el suelo confusas pisadas y manchas de barro, que, curiosamente, no llegaban hasta la puerta. Cuanto más las miraba, más extrañas le parecían, pues, además de las que reconoció como suyas había unas marcas más pequeñas, casi redondas, como las que podían dejar las patas de una silla o de una mesa, con la salvedad de que la mayoría estaban partidas por la mitad. También había curiosos rastros de barro dejados por ratas que partían de un nuevo agujero de la pared y a él volvían. Un total asombro y el miedo a la locura atormentaban a Gilman cuando se encaminó hasta la puerta tambaleándose, y vio que al otro lado no había huellas. Cuanto más recordaba su horrible sueño, más terror sentía, y los lúgubres rezos de Mazurewicz dos pisos más abajo acrecentaron su desesperación. Bajó a la habitación de Elwood, le despertó y comenzó a contarle lo sucedido, pero Elwood no podía imaginar lo que había ocurrido. ¿Dónde podía haber estado Gilman? ¿Cómo había regresado a su cuarto sin dejar huellas en el pasillo? ¿Cómo se habían mezclado las manchas de barro con aspecto de huellas de muebles con las suyas en la buhardilla? Eran preguntas que no tenían respuesta. Luego estaban aquellas oscuras marcas lívidas del cuello, como si hubiera tratado de ahorcarse. Se las tocó con las manos, pero vio que no se ajustaban a ellas ni siquiera aproximadamente. Mientras hablaban, entró Desrochers para decirle que habían oído un tremendo estrépito en el piso de arriba a altas horas de la noche. No, nadie había subido la escalera después de las doce, aunque poco antes había oído pasos apagados en la buhardilla, y también otros que bajaban cautelosamente y que habían despertado sus sospechas. Añadió que era una época del año muy mala para Arkham. Sería mejor que Gilman llevara siempre el crucifijo que Joe Mazurewicz le había dado. Ni siquiera durante el día se estaba seguro; después del amanecer se habían oído unos ruidos extraños, especialmente el grito agudo de un niño, rápidamente sofocado. Gilman asistió a clase mecánicamente aquella mañana, pero le fue imposible concentrarse en los estudios. Se sentía poseído de un indecible temor y de una especie de expectación Y parecía estar aguardando algún golpe demoledor. A mediodía almorzó en el University Spa, y cogió un periódico del asiento de al lado mientras esperaba el postre. Pero no llegó a comerlo nunca, pues una noticia de la primera página del periódico le dejó sin fuerzas y con la mirada desvariada y sólo fue capaz de pagar la cuenta y volver a la habitación de Elwood con pasos vacilantes.

La noche anterior se había producido un extraño secuestro en Ornes Gangway; un niño de dos años, hijo de una obrera llamada Anastasia Wolejko que trabajaba en una lavandería había desaparecido sin dejar rastro. La madre, al parecer, temía tal acontecimiento desde hacía algún tiempo, pero los motivos que aducía para explicar sus temores fueron tan grotescos que nadie los tomó en serio. Dijo que había visto a Brown jenkin rondando su casa de vez en cuando desde principios de marzo, y que sabía, por sus muecas y risas, que su pequeño Ladislas estaba señalado para el sacrificio en el aquelarre de la Noche de Walpurgis. Había pedido a su vecina, Mary Czanek, que durmiera en su cuarto y tratara de proteger al niño, pero Mary no se había atrevido. No pudo recurrir a la policía, porque no creían en tales cosas. Todos los años se llevaban a algún niño de esta forma, desde que ella podía recordar. Y su amigo Pete Stowacki no había querido ayudarla, porque deseaba librarse del niño. Pero lo que más impresionó a Gilman fueron las declaraciones de un par de trasnochadores que pasaron caminando por la entrada del callejón poco después de medianoche. Reconocieron que estaban bebidos, pero ambos aseguraron haber visto a tres personas vestidas de manera estrafalaria entrando en el callejón. Una de ellas, según dijeron, era un negro gigantesco envuelto en una túnica, la otra una vieja andrajosa y el tercero un muchacho blanco con su ropa de dormir. La vieja arrastraba al muchacho, y una rata mansa iba restregándose contra los tobillos del negro y hundiéndose en el barro de color oscuro.

Gilman permaneció sentado toda la tarde sumido en estupor, y Elwood, que ya había leído los periódicos y conjeturado ideas terribles con lo que allí se decía, así le encontró cuando llegó a casa. Esta vez no podían dudar de que algo muy grave había ocurrido y los estaba amenazando. Entre los fantasmas de las pesadillas y las realidades del mundo objetivo se estaba cristalizando una monstruosa e inconcebible relación, y solamente una intensísima vigilancia podría evitar acontecimientos todavía más horrorosos. Gilman tenía que consultar a un psiquiatra, antes o después, pero no precisamente ahora cuando todos los periódicos se ocupaban del rapto. Lo que había sucedido era muy enigmático, y por el momento tanto Gilman como Elwood suponían en voz baja las cosas más descabelladas. ¿Acaso Gilman había conseguido inconscientemente un éxito mayor del que suponía, con sus estudios sobre el espacio y sus dimensiones? ¿Había salido realmente de nuestro entorno terrestre, para llegar a lugares no adivinados e inimaginables? ¿En dónde había estado, si es que había estado en algún sitio, aquellas noches de demoníaco extrañamiento? Los abismos en penumbra resonando con sonidos terribles, la loma verde, la terraza abrasadora, la atracción de las estrellas, el negro torbellino final, el hombre negro, el callejón embarrado y la escalera, la vieja bruja y el horror peludo de afilados colmillos, los grupos de burbujas y el pequeño poliedro, el extraño tostado de su piel, la herida de la muñeca, la imagen inexplicada, los pies manchados de barro, las señales en el cuello, las leyendas y temores de los extranjeros supersticiosos..., ¿qué significaha todo aquello? ¿Hasta qué punto podían aplicarse a un caso semejante las leyes de la cordura?

Ninguno de los dos pudo conciliar el sueño aquella noche, pero al día siguiente no fueron a clase y estuvieron dormitando durante horas. Eso fue el 30 de abril; con el crepúsculo llegaría la diabólica hora del aquelarre que todos los extranjeros y los viejos supersticiosos temían. Mazurewicz regresó a casa a las seis de la tarde con la noticia de que la gente susurraba en el molino que el aquelarre tendría lugar en el oscuro barranco al otro lado de Meadow Hill, donde se levanta la antigua piedra blanca, en un paraje extrañamente desprovisto de toda vegetación. Algunos habían informado a la policía aconsejando que buscaran allí al desaparecido niño de la Wolejko, aunque no creían que se hiciera nada. joe insistió en que el joven estudiante no dejara de llevar el crucifijo que colgaba de la cadena de níquel, y Gilman le obedeció para complacerle dejando que le pendiera por debajo de la camisa. Avanzada la noche, los dos muchachos estaban sentados medio dormidos en sus sillas, arrullados por los rezos del mecánico de telares en el piso de abajo. Gilman escuchaba a la par que cabeceaba, y sus oídos, sobrenaturalmente agudizados, parecían esforzarse en captar algún sutil y temido murmullo casi apagado por los ruidos de la vieja casa. Recuerdos malsanos de cosas leídas en el Necronomicón y en el Libro Negro brotaron en su mente, y se encontró balanceándose ajustando los movimientos a execrables ritmos supuestamente pertenecientes a las más grotescas ceremonias del aquelarre, cuyo origen se decía se remontaba a un tiempo y a un espacio ajenos a los nuestros. Al cabo se dio cuenta de que estaba tratando de escuchar los infernales cánticos de los celebrantes en el distante y tenebroso valle. ¿Cómo sabía él tanto acerca de la cuestión? ¿Cómo conocía la hora en que Nahab v su acólito iban a aparecer con la rebosante vasija que seguiría al gallo y a la cabra negros? Vio que Elwood se había quedado dormido y trató de llamarle para que despertara. Pero algo le cerró la garganta. No era dueño de sí mismo. ¿Acaso habría firmado en el libro del hombre negro después de todo? Y, entonces, su febril y anormal sentido del oído captó las lejanas notas llegadas en alas del viento. A través de millas de colinas, de prados y de callejones, llegaron hasta él, y las reconoció pese a todo. La hoguera ya estaría encendida y los danzarines dispuestos a iniciar el baile. ¿Cómo evitar el marchar hacia allí? ¿En qué red había caído? Las matemáticas, las leyendas, la casa, la vieja Keziah, Brown jenkin... y ahora advirtió que había un agujero recién abierto por las ratas en la pared cerca de su diván. Por encima de los distantes cánticos y de las más cercanas preces de Mazurewicz oyó otro ruido: el sonido de algo que escarbaba furtivamente, pero con decisión, en la pared. Temió que fuera a fallar la luz eléctrica. Y entonces vio la colmilluda y barbada carita asomando por el agujero de las ratas, la maldita cara que acabó por darse cuenta de que se parecía sorprendente y burlonamente a la de la hechicera, y oyó el rumor de alguien que andaba en la puerta. Estallaron ante él los abismos oscuros y llenos de gritos, y se sintió inerme en la presa informe de las agrupaciones iridiscentes de burbujas. Ante él, corría velozmente el pequeño poliedro caleidoscópico y en todo el vacío envuelto en turbulencia se percibió un aumento y una aceleración de la vaga configuración tónica que parecía presagiar un clímax indecible e inaguantable. Le pareció saber lo que iba a ocurrir: la monstruosa explosión del ritmo de Walpurgis, en cuyo cósmico timbre se concentrarían todos los torbellinos primitivos y postreros del espacio-tiempo que yacen más allá de las masas de materia y algunas veces trascienden en medidas reverberaciones y penetran levemente todos los niveles de entidad dando un espantable significado en todos los mundos a ciertos temidos períodos.

Pero todo se desvaneció en un segundo. Ahora estaba otra vez en el espacio angosto y picudo bañado por una luz violácea, con el suelo inclinado, las cajas de libros, el banco y la mesa, los extraños objetos y el abismo triangular a cada lado. Sobre la mesa había una figura blanca y pequeña, la figura de un niño desnudo e inconsciente, y al otro lado estaba la monstruosa vieja de horrible expresión con un brillante cuchillo de grotesco mango en la mano derecha y un cuenco de metal de color claro, de extrañas proporciones, curiosos dibujos cincelados y delicadas asas laterales, en la izquierda. Entonaba alguna especie de cántico ritual en una lengua que Gilman no pudo entender, pero que parecía algo citado cautelosamente en el Necronomicón. A medida que la escena se aclaraba, Gilman vio a la hechicera inclinarse hacia delante y extender el bol vacío a través de la mesa. Incapaz de dominar sus emociones, Gilman alargó los brazos, tomó el cuenco con ambas manos y advirtió al hacerlo que pesaba poco. En el mismo momento, el repulsivo Brown Jenkin trepó sobre el borde del triangular vacío negro de la izquierda. La bruja le hizo señas a Gilman de que mantuviera el cuenco en determinada posición, mientras ella alzaba el enorme y grotesco cuchillo hasta donde se lo permitió su mano derecha sobre la pequeña víctima. El ser peludo de afilados colmillos continuó el desconocido ritual riendo entre dientes, en tanto que la bruja mascullaba repulsivas respuestas. Gilman sintió que un profundo asco dominaba su parálisis mental y emotiva, y que el cuenco de liviano metal le temblaba en las manos. Un segundo más tarde el rápido descenso del cuchillo rompía el encantamiento y Gilman dejaba caer el cuenco con ruido semejante al tañido de una campana en tanto que sus dos manos se agitaban frenéticamente para detener el monstruoso acto.

En un instante llegó hasta el borde del piso en declive, rodeando la mesa, y arrancó el cuchillo de las garras de la bruja arrojándolo por el agujero del angosto abismo triangular. Pero, pasados unos instantes, las garras asesinas se cerraban sobre su cuello, en tanto que la arrugada cara adquiría una expresión de enloquecida furia. Sintió que la cadena del crucifijo barato se le hundía en la carne, y en medio del peligro se presentó cómo afectaría la vista del objeto a la diabólica vieja. La fuerza de la hechicera era completamente sobrehumana, pero mientras ella trataba de estrangularle, Gilman se abrió la camisa con esfuerzo y tirando del símbolo de metal, rompió la cadena y lo dejó libre. Al ver la cruz, la bruja pareció ser víctima del pánico y aflojó su presa lo suficiente como para que Gilman pudiera zafarse de ella. Se liberó de las garras que le atenazaban el cuello y hubiera arrastrado a la bruja hasta el borde del abismo si aquellas garras no hubieran recobrado nuevas fuerzas para cerrarse de nuevo sobre su cuello. Esta vez Gilman decidió responder de igual manera y agarró la garganta de la hechicera con sus propias manos. Antes que ella pudiera darse cuenta de lo que él hacía, le rodeó el cuello con la cadena del crucifijo y un momento después apretó lo suficiente hasta cortarle la respiración. Cuando ya se agotaba la resistencia de la hechicera, Gilman notó que algo le mordía en el tobillo y vio que Brown jenkin había acudido en defensa de su amiga. Con un salvaje puntapié lanzó a aquel engendro al interior del abismo y lo oyó quejarse desde el fondo de algún lugar lejano.

No sabía si había matado a la bruja, pero la dejó sobre el suelo en donde había caído, y, al volverse, vio sobre la mesa algo que casi acabó con los últimos vestigios de su razón. Brown Jenkin, dotado de fuertes músculos y cuatro manos diminutas de demoníaca destreza, había estado ocupado mientras la bruja trataba de estrangularlo. Los esfuerzos de Gilman habían sido en vano. Lo que él había evitado que hiciera el cuchillo en el pecho de la víctima, lo habían logrado, en una muñeca, los colmillos amarillentos del peludo engendro y el cuenco que había caído al suelo, estaba lleno junto al pequeño cuerpo sin vida. En su soñado delirio Gilman oyó el diabólico cántico del ritmo inhumano del aquelarre llegando desde una distancia infinita, y supo que el hombre negro tenía que estar allí. Los confusos recuerdos se mezclaron con la matemática, y se le antojó que su inconsciente conocía los ángulos que necesitaba para guiarse y regresar al mundo normal, solo y sin ayuda, por primera vez. Se sintió seguro de encontrarse en el desván, herméticamente cerrado desde tiempo inmemorial, de encima de su habitación, pero le parecía muy dudoso escapar a través del suelo en declive o de la trampa cerrada hacía tantos años. Además, huir de un desván soñado, ¿no le conduciría sencillamente a una casa imaginada, a una proyección anómala del lugar que realmente buscaba? Se encontraba completamente ofuscado en cuanto a la relación sueño- realidad de lo que había experimentado. El tránsito por aquellos vagos abismos sería terrible, pues el ritmo de Walpurgis estaría vibrando, y al final tendría que oír el latido cósmico que tanto temía y que hasta ahora había estado velado. Incluso podía percibir una apagada sacudida monstruosa cuyo ritmo sospechaba demasiado claramente. En la noche del Sabbath siempre se hacía más sonora y resonaba a través de los mundos para convocar a los iniciados a ritos indescriptibles. La mitad de los cánticos de la noche del Sabbath se ajustaban al ritmo de aquel latido escuchado suavemente que ningún oído humano podría soportar en su desvelada plenitud espacial. Gilman también se preguntó si podría fiarse de sus instintos para regresar parte del espacio que le correspondía. ¿Cómo estar seguro de no aterrizar en aquella ladera de luminosidad violácea de un planeta lejano, en la terraza almenada sobre la ciudad de monstruos provistos de tentáculos, en algún lugar situado más allá de nuestra galaxia, o en las negras vorágines de ese postrer vacío de Caos, en donde reina Azatoth, el demonio- sultán desprovisto de mente?

Inmediatamente antes de lanzarse, se apagó la luz violeta y Gilman quedó en la más completa oscuridad. La bruja, la vieja Keziah, Nahab, aquello debía significar su muerte. Y mezclados con los remotos cánticos de la noche del Sabbath, y con los quejidos de Brown jenkin en el abismo inferior, le pareció oír otros gemidos más frenéticos que llegaban desde profundidades desconocidas. joe Mazurewicz, sus conjuros contra el Caos Reptante, que ahora se convertía en un aullido de triunfo, mundos de sardónica realidad que invadían los torbellinos de sueños febriles, lá, ShubNiggutah, El Macho Cabrío con el Millar de Crías... Encontraron a Gilman en el suelo de la buhardilla de extraños rincones mucho antes de que amaneciera, pues el terrible grito había hecho acudir inmediatamente a Desrochers y a Choynski, a Dombrowski y a Mazurewicz, e incluso había despertado a Elwood, que dormía en su sillón. Estaba vivo, con los ojos abiertos y fijos, pero parecía medio inconsciente. Tenía en el cuello las señales dejadas por las manos asesinas, y una rata le había mordido en el tobillo. Tenía la ropa muy arrugada y el crucifijo de Joe había desaparecido. Elwood pensó atemorizado, rehusando imaginar la respuesta, qué nueva fórmula había adoptado el sonambulismo de su amigo. Mazurewicz estaba medio aturdido por una «señal» que decía haber recibido en respuesta a sus preces y se persignó frenéticamente cuando se oyó el chillido de una rata que llegaba desde el otro lado de la pared inclinada. Una vez acomodado Gilman en la cama, en la habitación de Elwood, enviaron a buscar al Dr. Malkowski, un médico de la vecindad de probada discreción. Le puso éste dos inyecciones hipodérmicas que le relajaron y le sumieron en un sueño reparador. El enfermo recobró el conocimiento varias veces durante el día y narró a Elwood algunos pasajes de sus pesadillas más recientes. Fue un proceso muy penoso, y desde el principio se puso de manifiesto un hecho desconcertante.

Gilman, cuyos oídos habían mostrado últimamente una anormal sensibilidad, estaba completamente sordo. Volvieron a llamar al Dr. Malkowski sin tardanza y éste dijo que Gilman tenía los dos tímpanos rotos como resultado de algún estruendo superior al que cualquier ser humano pudiera concebir o soportar. Cómo había podido oír semejante ruido en las últimas horas sin que despertara todo el valle del Miskatonic, era más de lo que el honrado médico podía decir. Elwood escribió su parte de la conversación, y así pudieron comunicarse los dos amigos. Ninguno de los dos podía explicarse aquel caótico asunto y decidieron que lo mejor que podían hacer era pensar en ello lo menos posible. Pero estuvieron de acuerdo en marcharse de aquella maldita casa lo antes posible. Los periódicos de la noche hablaron de una batida llevada a cabo por la policía poco antes del amanecer en un desfiladero de más allá de Meadow Hili, donde alborotaban unos curiosos noctámbulos, mencionando que la piedra blanca había sido objeto de supersticiones desde hacía mucho tiempo. No se habían practicado detenciones, pero entre los fugitivos que huyeron se creyó ver a un negro enorme. En otra columna se decía que no se habían encontrado rastros del niño desaparecido, Ladislas Wolejko.

El horror que coronó todo sobrevino aquella misma noche. Elwood jamás lo olvidaría, y no pudo volver a clase durante el resto del curso debido a la crisis nerviosa que sufrió como consecuencia de ello. Le pareció oír a las ratas del otro lado del tabique durante toda la velada, pero les prestó poca atención. Fue luego, mucho después de que Gilman y él se hubieran acostado, cuando comenzaron los atroces gritos. Elwood saltó de la cama, encendió la luz y se acercó hasta el sofá en que dormía su amigo. Gilman daba gritos de naturaleza realmente inhumana, como si estuviera sometido a una tortura indescriptible. Se retorcía bajo las sábanas, y una gran mancha roja empezaba a extenderse en las mantas. Elwood apenas se atrevió a tocarle, pero, poco a poco, fueron disminuyendo los gritos y la agitación. Para entonces, Dombrowski, Choynski, Desrochers, Mazurewicz Y el huésped del piso alto se habían reunido en la puerta dé la habitación, y el casero había enviado a su mujer a telefonear al Dr. Malkowski. Un grito se les escapó a todos cuando algo que parecía una rata de gran tamaño saltó del ensangrentado lecho y huyó por el suelo hasta un nuevo agu.iero recién abierto en la pared. Cuando llegó el médico v c@ menzó a retirar las ropas de la cama, Walter Gihnan muerto.Sería una atrocidad hacer algo más que insinuar lo que causó la muerte a Gilman. Casi tenía un túnel abierto en el cuerpo, y algo le había comido el corazón. Dombrowski, desesperado porque el veneno que había esparcido contra las ratas no había surtido efecto, rescindió su contrato de alquiler y antes de que transcurriera una semana se había ido con todos sus antiguos huéspedes a una casa destartalada pero menos vieja, situada en Walnut Street. Durante algún tiempo lo peor fue mantener callado a Mazurewicz, pues el taciturno mecánico de telares jamás estaba sobrio y siempre andaba gimiendo y mascullando acerca de espectros y cosas terribles.

Parece que aquella última y espantosa noche joe se había agachado para ver de cerca las huellas rojas que había dejado la rata desde la cama de Gilman hasta el agujero de la pared. Sobre la alfombra aparecían confusas, pero había un trozo de suelo al descubierto desde el borde de la alfombra hasta el friso de la pared. Allí Mazurewicz encontró algo monstruoso, o creyó encontrarlo, pues nadie se mostró de acuerdo con él a pesar de la indudable extrañeza de las huellas. Las marcas del suelo eran muy diferentes de las dejadas habitualmente por las ratas, pero ni siquiera Choynski y Desrochers quisieron reconocer que eran como huellas de cuatro diminutas manos humanas. Nunca se volvió a alquilar la casa. Tan pronto como la dejó Dombrowski, empezó a cubrirla el manto de la desolación definitiva, pues la gente la rehuía, tanto por su mala fama como por el pésimo olor que en ella se advertía. Tal vez el veneno contra las ratas del inquilino anterior había surtido efecto después de todo, pues al poco tiempo de su partida, la casa se convirtió en una pesadilla para la vecindad. Los funcionarios de Sanidad encontraron que el mal olor procedía de los espacios cerrados que rodeaban la buhardilla del este de la casa y dedujeron que el número de ratas muertas debía de ser enorme. Pero decidieron que no valía la pena abrir y desinfectar aquellos lugares tanto tiempo clausurados, ya que el hedor desaparecería pronto y el vecindario no era muy exigente. De hecho, siempre circularon rumores acerca de hedores inexplicables en la Casa de la Bruja inmediatamente después de la víspera del Día lo de Mayo y de la noche de Todos los Santos. Los vecinos se resignaron por desidia, pero el mal olor fue un elemento más en contra de aquel lugar. Finalmente, la casa fue declarada inhabitable por las autoridades.

Los sueños de Gilman y las circunstancias que los rodearon no han sido explicados nunca. Elwood, cuyas ideas sobre aquel episodio son a veces casi enloquecedoras, volvió a la Universidad el otoño siguiente y se graduó en el mes de junio. A su regreso notó que los comentarios habían disminuido en la ciudad, y, en efecto, pese a ciertos rumores que aún circulaban sobre risas fantasmales que resonaban en la casa desierta, rumores que duraron casi tanto tiempo como el propio edificio, no se ha vuelto a murmurar acerca de las apariciones de la vieja Keziah o de Brown Jenkin desde que Gilman murió. Fue una suerte que Elwood no se encontrara en Arkham después, aquel año en que ciertos sucesos hicieron que se reanudaran bruscamente los rumores acerca de pasados horrores. Por supuesto, oyó hablar del asunto más tarde y sufrió los indecibles tormentos de oscuras y desconcertadas conjeturas, pero peor habría sido que hubiera estado allí y hubiera visto las cosas que probablemente habría visto. En marzo de 1931, un gran vendaval arrancó el tejado y la gran chimenea de la Casa de la Bruja, entonces ya abandonada, y muchos ladrillos, tejas cubiertas de moho, tablones medio podridos y vigas se derrumbaron sobre el desván atravesando el suelo. Todo el piso de la buhardilla quedó sembrado de escombros, pero nadie se tomó la molestia de limpiar hasta que le llegó a la casa la hora de la demolición. Esto ocurrió en diciembre y cuando se procedió a limpiar lo que había sido habitación de Gilman y se encargó esta labor a unos obreros que se mostraron aprensivos y poco deseosos de hacerla, comenzaron los rumores. Entre los escombros caídos a través del derrumbado techo inclinado, los obreros descubrieron ciertas cosas que les llevaron a interrumpir su trabajo y llamar a la policía. Ésta requirió posteriormente la presencia de un juez de primera instancia y de varios profesores de la Universidad. Había allí huesos, triturados y astillados, pero fácilmente identificables como humanos, huesos cuya evidente contemporaneidad no encajaba con la remota fecha en que tuvieron que ser introducidos en el desván de bajo techo inclinado, cerrado desde muchísimo tiempo atrás a todo ser humano. El médico forense dictaminó que algunos de los huesos correspondían a un niño pequeño, en tanto que otros, que se encontraron mezclados con jirones de tela podrida de color oscuro, pertenecían a una mujer más bien pequeña y de edad avanzada. El cuidadoso examen de los escombros permitió también encontrar gran cantidad de huesos de ratas atrapadas en el derrumbamiento, y otros huesos más antiguos roídos de tal modo por unos pequeños colmillos que fueron y son aún motivo de controversia y reflexión.

Se hallaron también trozos de libros y papeles, y un polvo amarillento consecuencia de la total desintegración de volúmenes y documentos todavía más antiguos. Todos los libros y papeles sin excepción parecían ser de magia negra en sus formas más avanzadas y espantosas, y la fecha evidentemente reciente de algunos de ellos sigue siendo un misterio tan inexplicable como la presencia allí de huesos humanos. Un misterio todavía mayor es la absoluta homogeneidad de la complicada y arcaica caligrafía encontrada en una gran diversidad de papeles cuyo estado y filigrana hacen pensar en diferencias temporales de por lo menos ciento cincuenta o doscientos años. Para algunos, el mayor misterio de todos es la variedad de objetos, completamente inexplicables, encontrados entre los escombros en diverso estado de conservación y deterioro, cuya forma, materiales, manufactura y finalidad no ha sido posible explicar. Uno de los objetos que interesó profundamente a varios profesores de la Universidad Miskatónica, es una reproducción muy estropeada y parecida a la extraña imagen que Gilman donó al museo del centro, excepto que es de gran tamaño, está tallada en una rara piedra azul en lugar de ser de metal, y tiene un pedestal de insólitos ángulos con jeroglíficos indescifrables. Los arqueólogos y los antropólogos todavía están tratando de explicar los raros dibujos grabados sobre un cuenco aplastado, de metal ligero, cuya parte interior mostraba cuando se encontró unas sospechosas manchas de color oscuro. Los extranjeros y las crédulas comadres muestran igual asombro acerca de un moderno crucifijo de níquel con la cadena rota hallado entre los escombros y que Joe Mazurewicz identificó temblando como el que le había regalado al pobre Gilman hacía muchos años. Creen algunos que las ratas arrastraron el crucifijo hasta el desván cerrado, en tanto que otros piensan que debió quedar tirado en algún rincón del cuarto que ocupó Gilman. Y aun hay otros, entre ellos el mismo Joe, que sostienen teorías demasiado descabelladas y fantásticas para que pueda creerlas ninguna persona sensata.

Cuando se derribó la pared inclinada de la habitación de Gilman, se vio que el espacio triangular cerrado que quedaba entre el tabique y el muro norte de la casa contenía una cantidad muy inferior de escombros, incluso teniendo en cuenta su tamaño, que la propia buhardilla. Pero fue encontrado allí un horrible depósito de materiales de mayor antigüedad y que dejó a los obreros paralizados de espanto. En pocas palabras, el suelo era un verdadero osario de huesos infantiles, unos bastante recientes, mientras que otros retrocedían en infinita gradación hasta un período tan remoto que su pulverización era casi total. Sobre esa profunda capa de huesos descansaba un gran cuchillo de evidente antigüedad, de forma grotesca y exótica, y muy ornado, sobre el cual se habían acumulado los escombros. En medio de esos desechos, embutido entre un tablón caído y un montón de ladrillos de la chimenea, había un objeto destinado a provocar en Arkham mayor perplejidad, disimulado temor y rumores supersticiosos que los que hubiera despertado cualquier otra cosa hallada en la casa maldita. Era el esqueleto, parcialmente aplastado, de una enorme rata enferma cuyas anomalías anatómicas todavía son tema de discusión y motivo de singular reticencia entre los miembros del departamento de anatomía de la Universidad. Es muy poco lo que ha trascendido acerca de ese esqueleto, pero los obreros que lo descubrieron susurran con voz autorizada acerca de los largos pelos de color castaño oscuro relacionado con él.
Los huesos de las diminutas patas, según los rumores, hacen pensar en la capacidad prensil típica de un mono diminuto más que de una rata, mientras que el pequeño cráneo con sus afilados colmillos de color amarillo es extraordinariamente anómalo y, visto desde ciertos ángulos, se asemeja a una parodia, degradada de manera monstruosa y en miniatura, de un cráneo humano. Los obreros se santiguaron aterrados cuando encontraron este blasfemo vestigio, pero luego encendieron velas de agradecimiento en la iglesia de San Estanislao porque pensaron que aquella risita aguda y fantasmal ya nunca se volveria a oír.