domingo, 9 de abril de 2017

El caballero Malfredo. R.

Malfredo era todo un caballero, de oficio desfacedor de entuertos y rescatador de desamparados, aunque algo malandrín. Cierta vez, cuando iba a liberar a una dama presa de un dragón, cambió de opinión, y quien le dio pena fue la bestia y no la dama, por lo que liberó al dragón, y encadenó a la mujer tras bajarla de la alta torre donde era confinada. Otra vez encontró en el campo a un sirviente que era apaleado por su señor, que le castigaba por haberle robado dos quesos de leche de cabra de kilo y medio cada uno. Malfredo preguntó al joven si era culpable de tal terrible acusación, y fue que no lo negó, y que además lo volvería a facer.”Déle unas cuantas más de mi parte” le recomendó Malfredo al amo de un criado tan ladrón. Y así hizo muchas más veces, que es llegar y comprobar la contraria.
Llegó el día en que nuestro caballero debía de jubilarse, pues ya la edad no le perdonaba de cuando era lozano y fuerte, y desfacer por última vez tuvo. En concreto, debía desfacer el oscuro misterio que rodeaba un castillo enfantasmado. Presentose a la medianoche, cuando los fantasmas salen a pulular. La puerta estaba abierta y dentro todo a muy oscuras. Pero siempre preparado nuestro caballero valeroso, encendió su antorcha de emergencia, y vio otras antorchas en las sucias paredes que prendió, apagando la suya para una futura contingencia. Dominaba un bello mobiliario y bellos tapices de gloriosas batallas de antaño, pero de apagados colores. Y fue, cuando de repente oyóse un ruido muy estruendoso que provenía de unas muy empinadas escaleras sitas al fondo, frente a Malfredo. Por ellas bajó con gran embolismo una dama enlutada portando un candelabro en la mano diestra; mas no descendía con pies en suelo, si no levitando cual bruja sin escoba y con los ojos muy tenebrosos y grandes, como abultados.
-¿Sois vos un fantasma?-preguntó él.
-Muerta al menos sí lo estoy -respondió ella con carraspeante voz sonora.
-Entonces… ¿por qué no en la tumba dormís?
-Porque mi alma en paz no está.
-¿A qué se debe ello?
-Mi marido me mató, y él sí reposa muy feliz en su lecho eterno. Lo cual, justo no es.
-Ciertamente… ¿Y cómo se remediaría ello?
-Clavándole una estaca en el corazón esta mesma noche si posible llegara a ser.
-Vamos pues, y guiadme vos.
Marcharon por lúgubres pasillos de telarañas llenos y muy gordas y antiguas en el subsuelo aterrador y húmedo en extremo. Finalmente llegaron a las aún más nefandas catacumbas, y más en concreto, a una mohosa tumba.
-Aquí yace el desgraciado de mi esposo -dijo ella enojada- Fácil es su apertura, con premura debéis.
Pero he aquí, que la enlutada dama abrió su boca con dos muy poderosos y picudos colmillos, para prestarse a hincárselos a Malfredo ahora agachado y muy indefenso ante tal amenaza mortal. Pero nuestro caballero, ducho en mil y una andanzas de lo más variopinto, se lo había olido, y revolviéndose veloz, clavole el mango de su antorcha en medio del corazón de la vampira dama enlutada, no quedando más que cenizas pardas a sus pies. Sólo por curiosidad, abrió la tumba del yacente, pero no encontró más que una nota manuscrita sobre un compacto montón de tierra húmeda, y la cual decía de esta guisa:
“Sólo un héroe posar podrá sus ojos sobre este antiguo papel con sangre humana escrito, la mía, la de Lady Margeritte, Condesa de Bragamonte. Por un largo viaje en Transilvania la mala suerte tuve de ser atacada y mordida por vampiro, y en tan horrenda criatura comvertime casi al instante. Las gracias le doy por ya al fin mi alma estar en paz por la eternidad. Fui la dueña de este fermoso castillo, y bajo la tierra se hallan los documentos que tal acreditan, además de un testamento a rellenar… vos, héroe, si lo deseáis, estampad vuestro nombre y vuestra rúbrica en él prestamente, siendo menester acabar con el sello que también encontraréis, y suyo será mi castillo ante notario para que lo disfrutéis hasta vuestra muerte, y que dios quiera tarde mucho en llegar.”

Malfredo tentado estuvo, mas desdeñó tal herencia y quemó cuanto había bajo la tierra de la tumba. Con su casita en el campo le valía y sobraba para un buen retiro.

Karma de sangre. T.

Nunca se enamoraba, era una norma. Nunca se acercaría a chicas demasiado atractivas o que tuvieran esa chispa peligrosa. Sus amigos le admiraban porque era capaz de liarse con la chica que se propusiera, lo que no sabían era que él sabía perfectamente a lo que podía aspirar.
En aquella ocasión, Jaime le señaló a una pelirroja y le enseñó un billete de diez euros.
– Esta vez tendrás premio si te ligas a esa. Fíjate, ha rechazado ya a tres tíos mazas -le retó.
Echó una mirada y vio que la chica estaba sentada en la barra, sola, aburrida, como si estuviera esperando a alguien. Justo en ese momento se le acercó otro chico, un tío de casi dos metros de alto que parecía jugador de baloncesto. Su sonrisa confiada tardó apenas dos segundos en convertirse en una expresión de odio profundo.
No podía verle bien la cara a la chica, pero tenía una malla negra y una blusa ceñida que hacía adivinar el cuerpazo que tenía. En un momento giró la cabeza y vio uno de los rostros más bonitos que había visto en su vida. Su mirada era al mismo tiempo confiada y melancólica.
– Lo siento, esa mujer espera a alguien, es casi imposible -explicó Charly.
Jaime soltó una carcajada jocosa y se llevó la mano a la cartera.
– Tío, sé que puedes hacerlo pero necesito verlo. Esa tía está que rompe y tú no fallas nunca. Está bien,… -Rebuscó en su cartera y extrajo un billete de veinte euros.
– No voy a… -Iba a protestar.
– Este dinero no es para que te la ligues tú, sino para que me ayudes a conocerla. Si puedo enrollarme con esa tía podré morir con una sonrisa en la boca, ¿entiendes?
– Es casi imposible para mí, ¿cómo puedes esperar que te la consiga a ti?
Jaime se sintió ofendido.
– Tú tienes la labia, macho. Yo tengo el cuerpo.
– Sí claro -replicó Charly.
– Cincuenta euros -zanjó Jaime-. Ahora no tengo tanto, pero te lo doy mañana. Tío, ese caramelo tiene que ser mío.
– Me das pena -se burló Charly-. Voy a intentarlo pero si no puede ser, luego no me llores con que te dejó en ridículo.
– Eso es imposible, mi leyenda -señaló hacia su pene, con suma confianza-, siempre satisface a las tías. Lo que me falla es al conocerlas, no sé qué decirles. Tú preséntanos que yo haré el resto.
– Como quieras -respondió-. Tú espera aquí.
– Tú puedes, avísame campeón.
Jaime le dio una palmada en el pecho. Charly se acercó a la barra con confianza y se metió entre la chica y el que estaba a su lado, luchando por conseguir una copa.
– Hola -se presentó, ofreciendo su mano-. Tengo una cosa que proponerte.
– Piérdete -respondió ella enojada.
– No lo entiendes…
– Tú sí que no lo entiendes, gilipollas -replicó ella, con la mirada de odio más fuerte que nadie le había echado nunca-. O te largas o tendré que hacerte daño.
– Pero solo es…
Los ojos marrones de la pelirroja se incendiaron y por un momento pensó que habían cambiado de color e incluso se habían iluminado en un tono rojo sangre. Le dio tanto miedo que dio varios pasos atrás y tropezó con otros que pasaban por allí.
– ¡Mira por donde andas! -escupió uno al que pisó.
– Perdona…
Volvió con Jaime y éste le miraba con evidente decepción.
– ¿Qué ha pasado? -Preguntó, intrigado.
– Colega, esa tía no es para nosotros. Más vale que te fijes en otras.
– No me fastidies. ¡Me debes cincuenta napos!
Charly negó con la cabeza. Nunca debió aceptar esa estúpida apuesta, no tenía ni para pagar una copa más.
– Espera, espera, lo intentaré de nuevo.
Jaime sonrió.
– Ese es mi colega. ¡Dale caña campeón!
Charly se dio la vuelta bastante nervioso. La pelirroja era increíblemente atractiva y encima era una tía con carácter. Ahora le atraía mucho más que al principio y pensó que si la conseguía entrar y ligársela prefería perder los cincuenta euros y quedársela para él. Aunque parecía tan difícil que en lo único que podía pensar era en no perder la apuesta. Solo tenía que conseguir presentársela a Jaime, eso no debía ser tan difícil.
Se volvió a acercar a ella y se puso en la barra como si fuera a pedir una copa a su lado.
No pasó por alto que la chica le miraba con bastante fastidio.
– Camarero -llamó Charly.
Ella le ignoró por completo. Volvió a dirigir su atención al resto de la gente, como si buscara a una persona.
– ¿Qué quieres? -Preguntó el camarero, al verle gesticular tanto.
– Ehm… Dame un Malibú con piña, por favor.
Sin decir nada, el camarero se puso manos a la obra para prepararle la mezcla.
– ¿Quieres que te pida algo? -Preguntó, como si le hiciera un favor a la pelirroja.
– Piérdete -replicó ella, enojada.
– Mira, te voy a ser sincero -respondió él, como si no la hubiera escuchado-. ¿Ves a ese chico de allí?
– ¿Aún sigues hablándome? -exclamó ella.
– Si vas a hablar con él, te doy veinticinco euros. Puedes decirle que se vaya a la mierda, no importa, pero ve y habla con él.
La pelirroja se volvió lentamente y le miró como si no pudiera creer lo que oía.
– Sabes qué… -sonrió, le mostró los dientes más perfectos y bonitos que había visto nunca.
– ¿Vas a ir?
– No, vamos a salir fuera tú y yo… Me impresiona tanta insistencia.
No parecía una proposición indecente sino una amenaza.
– Aquí tienes, son doce euros -interrumpió el camarero, al poner el vaso de tubo en el mostrador.
– Tenga -sacó la billetera y pagó.
– ¿A qué esperas? -insistió ella.
Estaba tan nervioso que cogió su bebida y se la bebió de un trago, a pesar de que se le heló la garganta por el paso de un líquido tan frío.
– Cuando quieras, preciosa -aceptó con la voz ronca por el esfuerzo de beber tan deprisa.
Ella le cogió de la mano y se lo llevó fuera. Pasaron entre la gente como si fueran sombras. Charly estaba excitado porque no sabía lo que pasaría fuera, aunque estaba seguro de que no quería estar en el pellejo de nadie más. Esa noche sería inolvidable.

Era el inconveniente de estar hambrienta. Llevaba veinticuatro horas sin probar la sangre y su naturaleza depredadora la hacía tan irresistible que no pasaba desapercibida. Pero lo tenía decidido, esa noche iría a por un chico malo, uno malo de verdad que hiciera daño a las mujeres, alguien que mereciera la muerte. Necesitaba sentirse más humana y cada vez que hacía daño a un chico corriente se sentía vacía, como un monstruo. Esa sensación la llevaba a desear su propia destrucción. Era como el sexo, antes de beber su sangre pensaba que era algo necesario, algo que la haría subir al séptimo cielo y después de dejarles muertos se hundía.
No había detectado ningún alma oscura en aquel Pub, muchos se le habían acercado pero solo uno había logrado sacarla de sus casillas. Puede que no mereciera morir por eso, pero estaba volviendo a sentir el dolor intenso en el estómago, un dolor que amenazaba con hacerla gritar. Nunca quería dejar pasar tanto tiempo porque la sed de sangre podía ser tan dolorosa que perdía completamente la razón y podía atacar a cualquiera, lo que la exponía demasiado a la sociedad ya que tenía que usar la fuerza y ser violenta para conseguir la siguiente víctima aceptable.
La sed se volvía tan dolorosa que su estómago se contraía como si alguien se lo cogiera desde dentro y se lo apretara con fuerza, tirando de él hacia abajo. Solo la sangre cálida podía calmar ese dolor. Y no bastaba un trago, cuando el dolor la mortificaba tenía que beber hasta la última gota de sangre a su próxima víctima.
– Tienes mucho valor, chico -felicitó con sorna.
– Si puedo conocer a una chica magnífica como tú, cualquier sacrificio merece la pena.
– ¿No dijiste que habías apostado con tu amigo para que me presentaras?
El chico se ruborizó, asustado. Sin conocerla ya sabía que cualquier cosa que dijera podía suponer la muerte prematura. Claro que él no lo sabía, para él solo era una muerte figurada. Pensaba que si se enojaba otra vez con él huiría con el rabo entre las piernas…
– Estoy perdiendo los cincuenta euros por salir contigo aquí fuera -reconoció, finalmente.
– Puede que pierdas mucho más que eso -se jactó ella, sonriente.
– Tienes razón, Jaime no volverá a hablarme después de esto…
– ¿Qué piensas que va a pasar entre nosotros? -preguntó, conteniendo una mueca por el dolor del abdomen.
Estaban caminando demasiado despacio y esa calle estaba muy transitada. No podía llamar la atención.
– ¿Tienes coche? -se precipitó, acariciándole el antebrazo, melosa.
– No,… Caray, estás congelada y no hace tanto frío…
– Soy muy friolera.
No solo eso, su piel empezaba a arrugarse por la sed, su belleza estaba a punto de empezar a deteriorarse. Necesitaba beberle la sangre inmediatamente.
– Ven aquí anda -ofreció el muchacho, rodeándola por la cintura con su brazo.
La arteria carótida de su cuello estaba tan cerca que el olor agudizaba sus convulsiones internas. Ser vampiresa era la peor tortura que existía, ese sufrimiento era el castigo de Dios por su vida terrible y despiadada. Deseó curarse esa enfermedad si es que era posible, pero no sabía ni dónde encontrar más vampiros, mucho menos cómo curarse el vampirismo.
– Déjame besarte -siseó, empujándolo contra una pared.
Golpeó su espalda contra la vitrina de un escaparate y besó su cálido cuello con ansiedad. Le pasó los brazos por detrás, le abrazó con fuerza y él soltó un gemido de placer. Su piel se erizó momentáneamente, le había hecho sufrir un escalofrío con su sensual contacto. Estaba a su merced y nadie que pasara por la calle sospecharía. Sus comillos se alargaron por el instinto depredador y los clavó en su tierna piel mientras con la mano derecha le tapaba la boca para evitar que gritara. Él forcejeó en sus brazos, trató de luchar pero la sangre ya estaba entrando por su gaznate, el cálido flujo la cegaba por completo, podía sentir cada latido de su corazón e incluso la angustia que sentía. Por la manera de luchar podía saber si esa persona dejaba mucho atrás o no. Ese chico luchó con mucho coraje pero en seguida se rindió a ella, sus rodillas se aflojaron y poco a poco fue perdiendo fuerza hasta que ella le sostenía en sus brazos mientras su corazón bombeaba sus últimos latidos.
Cuando sintió que se detenía se sentía repleta, succionó la última sangre que había sido bombeada y pasó la lengua por la herida. Su saliva podía cicatrizar al instante la piel humana, nadie vería los mordiscos y cuando lo encontraran por la mañana la policía pensaría que había muerto por alguna clase de anemia agudizada por la borrachera.
La gente que pasaba por la calle se apartaba de ellos pensando que eran una pareja de enamorados. Demasiada gente, maldita sea, sería difícil fingir que su novio se había quedado dormido durante su beso en el cuello. La cabeza del muchacho cayó hacia un lado y una chica que pasaba junto a ellos gritó al verlo.
Sam se volvió hacia ella, enfurecida. Iba acompañada por dos amigas y cuando las miró retrocedieron aterradas. Sus ojos debían estar aún rojos, sus labios manchados de sangre, era una vampiresa demasiado llamativa. Y no solo lo era en el aspecto, también era un animal salvaje desbocado. Antes de que pudiera contenerse había matado a dos de ellas de sendas patadas que reventaron sus cajas torácicas y estaba encarando a la que había gritado, que había retrocedido tanto que estaba pisando la carretera. De alguna forma eso le evitó el problema. Un autobús le pasó por encima haciendo un fuerte chirrido con los frenos y el derrape de sus ruedas.

En lo que pareció apenas un pensamiento, estaba sobre la azotea del edificio de al lado. Se estaba clavando las uñas en sus palmas con fuerza, otra vez había perdido el control, otra vez había tenido que matar a muchos más de los necesarios. Pero a quién quería engañar… Ella era un monstruo y no había algo llamado “conciencia” en su interior.
Aquella era su rutina.
La muerte.

Sweet blood. N.

Era la mañana mas fría de la temporada, estaba tan oscuro y tan lleno de neblina que apenas se podía ver a cinco pasos de donde estaba parada, odiaba ir al colegio con este clima tan espantoso. Era extraño comúnmente cuando salía de mi casa a las 6 y 30 de la mañana veía a alguien, pero esta vez no había nadie.

La calle estaba tan desierta que me daba un poco de miedo y de pronto pensé no es nada tonta ya llegaras a la parada del colectivo y ya solo son unos pasos. Por extraño que parezca tenía la ligera impresión de que alguien me miraba, pero me daba vuelta una y otra vez y no había nadie ¿me estaría volviendo loca? era muy probable ¡tonteras! pensé y arrogantemente seguí caminando. Cuando empezó a sonar mi celular salte como una cobarde hacia atrás y este cayo, en ese momento mi corazón se detuvo, mi vida estaba en ese pequeño objeto, pero al seguir escuchando la canción que había puesto como tono de mensaje me reconforto. Ahora bien no podía encontrarlo por la neblina y la oscuridad, su luz había desaparecido eso significaba que cayó del lado de la pantalla. Camine casi a ciegas y después de buscarlo parada me arrodille para intentar encontrarlo con los dedos, no estaba muy lejos, lo escuchaba cerca.

De pronto dejó de sonar y de la nada unos zapatos oscuros detuvieron mi camino. ¡que vergüenza me dio, levante con lentitud los ojos, pasando por los pantalones de vestir color negro que llevaba, el traje era hasta llegar a los ojos del sujeto. Era definitivamente el hombre más apuesto que habían visto mis ojos. Su tez era pálida, sus labios eran carnosos, tenia el rostro que cualquier modelo soñaría con tener, llevaba su cabello oscuro en irregulares mechones que le daban un toque informal a su elegante apariencia, sus ojos era de un profundo color verde azulado.

Me quede sin aliento cuando me sonrió y mas aun cuando vi el pequeño objeto que llevaba en su mano era mi celular. Lo sacudió en su mano y yo me levante de inmediato del suelo, cuando quise tomarlo y agradecerle él lo levanto y yo quede a unos centímetros de su boca. Lo que hizo después me desconcertó por completo tomo mi cintura y me acerco a él levantándome un poco y sin aviso alguno me besó.

Sus labios estaban helados, mi fuerza se iba escapando, no podía moverme sentía el cuerpo entumecido hasta que me desmaye en sus brazos. no sentí nada mas a partir de ese momento era como si mi alma y mis sentidos no se encontraran en mi cuerpo. De pronto sentí unas manos frías que tomaron mi rostro con fuerza.

– Regresa. dijo la voz ansiosa. – Regresa.

Volvió a repetir y una la mano impacto en mi rostro, me sacó de mi estado inerte y abrí los ojos, frente a mi una niña de no más de 9 años me miraba ansiosa, la pequeña era simplemente hermosa, con su pelo rojizo en bucles que bailaban sobre sus hombros, sus ojos eran del mismo tono azulado verdoso de aquel hombre que me beso.

– Bien, esta viva Liam, no mataste a esta. Dijo y salto de arriba a mío aterrizando elegantemente sobre la punta de sus zapatos, era muy extraño parecía como si bailara con cada movimiento era hipnótico verla. Pero no todo estaba bien tenia un extraño gusto a sangre en la boca y lo peor era el grillete que llevaba en mi pierna derecha.

Era una habitación muy amplia y con un decorado antiguo y pulcro, la cama era bastante cómoda y grande lastima que no podía apreciarlo por estar atada en ese lugar. encontré a la niña revisando mis cosas y de inmediato me enoje.

– Oye niña ¿qué demonios haces deja eso? La pequeña se levantó y me miró fijamente a los ojos.
– ¿Niña me dices comida? tengo 467 años ¿y te atreves a llamarme niña mocosa insolente? sabes si no fuera por mi estarías tocando el arpa.
– ¿467 años? ¡mentira! La niña rió de manera cristalina y no se como hizo pero de pronto estaba sentada encima de mi con su rostro a unos centímetros del mío, no se porque pero le creí su mirada no era la de una niña sino la de una persona que ha vivido muchos años pero, iba contra toda lógica.

– ¿Quieres saber que soy pequeña verdad? pues te lo diré soy un vampiro al igual que Liam. Y señalo a las sombras de la nada se materializó ese sujeto, parecía como si todo el tiempo observaba la escena como si fuera parte de las sombras. Me quede congelada ¿vampiros? no podía ser verdad no quería creerlo.

– Créelo pequeña ese sujeto casi te mata y yo te traje de vuelta, fue difícil traerte al mundo de los vivos pero estas viva y descuida sigues siendo humana.
– ¿Quienes son ustedes porque me hacen esto que harán conmigo?…
– Hey espera un segundo jovencita ¿porque tantas preguntas? dijo el sujeto llamado Liam.
– Tu me secuestraste.
– Lo lamento moyerie pero tenia hambre y tu eras un buen aperitivo.
– ¿Qué harán conmigo?
– Pues eso no lo pensamos.
– ¿Qué haremos con ella? tiene la sangre dulce y sabe de nosotros. Se me congelo la sangre con su comentario ¿me iban a comer entre los dos? la niña me miro a los ojos y dijo.
– No la mates, se ve que es una niña gentil, déjala ella no dirá nada ¿verdad?
yo asentí con mi cabeza aterrada, el sonrío y dijo.
– siempre tan gentil Eleonor, de acuerdo confío en tu buen criterio y con un movimiento de sus manos el grillete se abrió. La niña brincó hacia atrás aterrizando en sus brazos ágilmente, que encantadora pensé.
– Recuerda no dirás nada ¿me oíste? olvídate de nosotros.
Asenté nerviosa con la cabeza, ellos me llevaron cerca de mi casa con los ojos vendados y desaparecieron en la niebla, al parecer todo había ocurrido muy rápido y era tarde para ir a la escuela, así que regrese cansada a mi hogar…

El libro. Javier Fontenla.

¿Por qué me debería extrañar que mi vida se hubiera convertido de pronto en una pesadilla? Eso es la cosa más normal del mundo, hasta pienso que no se trató de una conversión, sino de una mera toma de conciencia. Pues, ¿qué es toda vida humana sino una pesadilla escalofriante, enturbiando los sueños de algún Dios Desconocido? Algunos, los más afortunados, no se enteran de eso hasta que la Muerte se lo revela. Yo (¡ay de mí!) lo comprendí hace ya bastante tiempo, cuando compré el Libro en aquella humilde librería, situado en el callejón más tenebrosos y olvidado de Whitechapel. O, para ser más exactos, unas horas más tarde, cuando supe por la radio que aquel viejo judío de ojos inquietos había sido asesinado, en circunstancias tan misteriosas como atroces, apenas unos pocos minutos después de que yo hubiera abandonado su establecimiento.
Aquella misma tarde comenzó la huida. Debía escapar, en primer lugar, de la Policía, que me atribuía el asesinato. Pero sobre todo tenía que burlar a los hombres que habían asesinado al librero y que no dudarían en matarme a mí también para hacerse con el Libro.
Así hasta que llegué a aquella pequeña estación rural, en los albores de una mañana otoñal, grisácea y gélida. Tenía que coger un tren, no importaba adónde fuera ni que el precio del billete acabara definitivamente con el poco dinero que me quedaba. Había pasado toda la noche vagando en la oscuridad, por páramos desconocidos, y sabía que no podría aguantar más noches a la intemperie. Me senté en un banco próximo al andén y esperé por el primer tren que me hiciera el favor de detenerse en aquel lugar (cuyo nombre, por cierto, ya he olvidado). Sólo llevaba conmigo los harapos en los que se habían convertido mis ropas, unas pocas libras en el bolsillo y una bolsa de plástico, muy mojada, en la mano. Dentro de la bolsa estaba el Libro. En el páramo me había sorprendido un fuerte chaparrón y no podía permitir que el Libro se mojara.
Durante un buen rato estuve solo en la estación. El pueblo se encontraba a casi una milla y no se veía a nadie en las oficinas. A lo mejor era aún demasiado temprano o quizás era así siempre (los pocos billetes que se despacharían en aquel lugar tan aislado malamente podrían amortizar el salario de un empleado). Fuera como fuera, le tendría que comprar el billete al revisor del tren. ¡Qué más me daba, lo importante era que el tren llegara lo antes posible! ¡Y cuánto tardaba!
Más tarde, llegó a la estación una chica de unos veinte años, que, tras un tímido “good morning” se sentó en mi mismo banco. Llevaba consigo una maleta grande de ruedas, de la cual extrajo un libro de Derecho Civil, que empezó a leer con cara de extrema concentración. Una universitaria, sin duda. A falta de otra cosa mejor que hacer, y también para no estar pensando siempre en asuntos desagradables, me dediqué durante algunos minutos a observarla de reojo, examinando su hermosura juvenil, mientras ella, aparentemente sumergida en la lectura, no me dedicaba ni la mínima atención.
En eso estábamos los dos cuando, de pronto, sentí, más que oí, unos pasos furtivos a mis espaldas. No tuve tiempo ni de girar la cabeza para ver el rostro de mi enemigo. Un ruido terrible que estalló cerca de la nuca, una explosión de dolor que llegó a colapsar mi ya debilitado sistema nervioso, las tinieblas, el olvido, la nada… Durante algún tiempo, dejé de existir.
Tras recobrar la conciencia, me levanté y, antes de abandonar aquella maldita estación, eché una ojeada a mi alrededor. Allí ya no había nadie. Por supuesto, mi Libro había desaparecido. En cambio, sí estaba allí, tirado en el suelo junto a la maleta, el libro de la chica. ¡Así que también se la habían llevado a ella! Claro, no podían dejar testigos. O tal vez… No, si ella fuera de la banda no habría dejado allí un libro y una maleta con sus huellas digitales. Pero, si sólo querían cerrarle la boca, ¿por qué no la habían matado allí mismo? ¿Y si…? Sentí una corriente helada en el alma cuando pensé en la posibilidad de que… ¡Pobre muchacha!
Como allí yo ya no pintaba nada en absoluto, decidí abandonar para siempre aquel lugar infausto e ir en busca de la chica. En mi estado difícilmente hubiera podido hacer nada por ella, pero en todo caso sentía que mi deber ineludible era buscarla. Y si al menos funcionara… ¿Quién sabe?
Antes de abandonar la estación, no pude evitar dedicarle una última ojeada a lo que dejaba atrás: una cosa muy querida, que yacía sobre el frío y húmedo suelo del andén. Pero era algo que ya no podía seguir llevando conmigo. Nuestros caminos se habían separado para siempre y yo no podía hacer otra cosa que aceptarlo. Aun así, fue un momento duro.
No tuve que buscar demasiado. Me guiaron lo que parecían gemidos ahogados, procedentes del interior de una granja abandonada, situada junto al camino de tierra que, tras atravesar pastizales y tierras de labranza, comunicaba el pueblo con la estación. Me arrimé a una de las casi derruidas paredes del viejo edificio, me asomé al hueco que una vez había hecho el papel de ventana y observé el interior, donde vi justo lo que esperaba (y temía) ver.
La chica de la estación se hallaba en el suelo, tumbada sobre un montón de paja y harapos sucios. Estaba atada de pies y manos, además de amordazada, con su hermoso rostro pálido y desencajado por el miedo (razones, desde luego, no le faltaban). Cerca de ella, ajeno a sus gemidos y lágrimas, había un hombre de pie. Era un individuo macilento y delgado, aún joven, pero con cabellos blancos de albino, que sostenía en sus manos un volumen de pastas negras y estaba recitando una especie de invocación infernal. Por supuesto, aquel volumen era mi Libro, la fuente de todas mis desgracias: el único ejemplar que quedaba en el mundo de la versión inglesa del Al-Azif, el libro de magia negra escrito por el nigromante árabe Abdul Alhazred en el Damasco medieval. Y la invocación se dirigía a aquel terrible djinn o demonio-vampiro al que los hechiceros medievales llamaban Magnum Innominatum, pues nadie conocía su verdadero nombre. O, mejor dicho, sólo lo conocía Abdul Alhazred, quien osó mencionarlo en su Libro. Los que conocieran el verdadero nombre, no sólo podrían invocar al djinn, sino que además podrían usarlo con cualquier fin perverso, a cambio de una buena ofrenda de sangre caliente para calmar su sed eterna. Aquel hombre era, sin duda, un agente de la secta esotérica que me había perseguido durante los últimos años para arrebatarme el Libro, con el fin de emplearlo para invocar al vampiro, mientras que la pobre chica estaba destinada a ser la ofrenda con la cual el monstruo vería recompensados sus servicios. ¿Qué podía ser mejor que la sangre fresca de una hermosa jovencita para colmar los deseos de un vampiro?
El hombre leyó con voz gangosa, tan siniestra como su rostro espectral: “A ti, que vagas por las sendas de la noche y llevas la muerte a los hijos de la carne mortal, te llamo para que aceptes la ofrenda de sangre que te presento… ¡Ven a mí y acepta mi sacrificio, terrible Ix-tab!”
Aún no se habían extinguido los ecos de la última sílaba cuando se sintió un viento tan frío que me estremeció incluso a mí, aunque yo, dadas mis circunstancias, ya debería de estar por encima de tales sensaciones. Luego se escuchó una risa cruel que venía al mismo tiempo de todas partes y de ninguna. La invocación había sido atendida y sus consecuencias no se harían esperar mucho tiempo.
Así fue, en efecto. Ante los ojos estupefactos de la pobre chica, que cada vez debía de comprender menos en qué lío la había metido su extraño raptor, este, sin la menor vacilación, y casi mecánicamente, extrajo una pistola de su bolsillo y se reventó el cerebro de un tiro. Hecho esto, se volvió a oír la misma risa diabólica durante unos segundos y luego se perdió para siempre. Por lo menos, mi plan de venganza para el caso de que lograran arrebatarme el Libro había servido para algo. Yo sólo había tenido que manipular hábilmente una única letra del manuscrito para convertir el verdadero nombre del vampiro en Ix-tab, nombre de la diosa maya del suicidio. Ix-tab había respondido a la invocación del sectario, aceptando la involuntaria ofrenda de su propia vida y anulando su libre albedrío para convertirlo en juguete de su terrible voluntad. Y ahora, mientras observo cómo unos campesinos, alertados por el disparo, liberar a la chica, no puedo dejar de sonreír al pensar en la ironía de que ahora sólo yo conozca el verdadero nombre del vampiro… ¡Ahora que yo ya estoy muerto!

Hijas de la noche. A.

Siempre he sido un hombre de la noche, un amante de la vida nocturna, un apasionado de los bailes, de las mujeres exuberantes, de los tragos exquisitos y de absolutamente todo el glamour de los centros nocturnos. Pero nunca iba solo, siempre concurría a las fiestas con mi amigo Sergio, gran compañero para la noche. Hemos vivido muchas anécdotas juntos en cuanto a historias con mujeres en las discos y pubs. Pero una de estas historias ha sido realmente extraña y sangrienta, hecho que me ha marcado para el resto de mi vida en la cual aún sigo siendo víctima.

Fue una noche de verano, un sábado, creo que del año 2005, mi amigo fue a buscarme a mi casa como a las diez de la noche y de ahí partimos para un baile llamado “Dance Bloody”, era uno de nuestros lugares favoritos. Un lugar totalmente grande, lúgubre, con un toque rústico, pero prolijo, muy prolijo, utilizando como decorado varias cortinas blancas, negras y rojas con velones en las barras donde sirven variedades de tragos, y también en las mesas.

Hacía un tiempo que concurríamos a dicho lugar donde conocíamos a mucha gente, clientela fija que siempre iba al baile, pero mas que nada conocíamos muchas hermosas chicas con quienes sociabilizábamos para luego invitarlas a tomar algo y finalmente irnos con ella a algún hotel o quien sabe donde.

Esa noche, después de llegar al baile, saludamos a todo el mundo y nos dirigimos a la barra a tomar un par de tragos mientras fumábamos algunos cigarros. Al rato, notamos la presencia de dos chicas que nunca habíamos visto en el lugar, eran muy hermosas, totalmente exuberantes, altas y delgadas, cabellos oscuros, tez muy pálida y vestidas con hermosas prendas negras a la moda, llevaban pequeñas carteras y botas también negras. Tenían frescura en su sonrisa, pero frialdad en sus miradas. Se sentaron en una mesa cerca de la barra de donde estábamos y pidieron un par de tragos flameados. En ese momento fue cuando nos miraron con sus ojos fríos mientras esbozaban una sonrisa picara; quedamos perplejos ante tanta belleza misteriosa. Sin dudarlo nos acercamos y comenzamos a dialogar con las mujeres. Estábamos muy nerviosos por el misterio que encerraban en sus miradas, pero ellas estaban totalmente tranquilas y accesibles. A la larga, la conversación se convirtió en algo muy cómodo para luego bailar y seguir bebiendo hasta sentirnos en un estado de alegría total por el alcohol y la situación tan perfecta de estar con dos bellas mujeres.

Alrededor de las dos de la mañana, partimos con las chicas a un motel de la zona, las damas accedieron sin ningún tipo de titubeo. Al llegar al hotel, dejamos los documentos en la recepción a pedido de una señora regordeta con cara de aburrida que atendía el local, y nos dirigimos a diferentes habitaciones. Yo fui con la chica llamada Selene y mi amigo con la otra llamada Luna.

La habitación no era gran cosa, pero bastante accesible y con comodidades básicas, como el baño, un pequeño refrigerador y un televisor con acceso a cable. Selene comenzó a desvestirse de a poco, mientras yo la observaba disfrutando de un buen vaso de whisky. Tenía un cuerpo pálido, frágil y perfecto, con sus grandes curvas. También tenía un llamativo y gran tatuaje trivial en su cadera. La hacia mas interesante.

Me desvestí rápido mientras ella me esperaba en la cama llamándome con su cuerpo fresco. Fue un gran momento de pura sensualidad, goce y placer.

En ese momento sentí un grito desgarrador y escalofriante que venía de la otra habitación. “Ese es mi amigo Sergio”, dije. En ese segundo de confusión, en la cual ella estaba encima de mí produciéndome gran placer con su boca, la miro a los ojos y los tenía totalmente rojos con grandes colmillos que salían de su boca. Me dijo con una voz ronca, como poseída: “Ese es tu amigo, creo que mi amiga se esta alimentando con él”. No podía reaccionar, quede estupefacto y fue cuando ella se abalanzo sobre mí me clavó sus colmillos provocando un grito helado en mi, pensé que ese era el fin, morir desangrado o algo peor. Pero no, ella solo se limitó a beber mi sangre haciéndome tajos con sus colmillos en mi órgano. Luego que finalizara su obra, me dijo: “Te dejaré con vida y por eso serás mi esclavo por el resto de tu vida” y termino diciendo: “Tu amigo no tuvo tanta suerte”. En ese momento entró la otra chica, Luna, y las dos comenzaron nuevamente su tortura, yo estaba muy débil, pero seria una noche larga, muy larga, la cual se repetirá por muchos días, meses o años… hasta que decidan matarme.

La guarida del vampiro. José Silva.

¡Holaaaaaa!… ¡Hay alguien aquiiiiii!… ¡Contestennnnnnnn!… ¡Quien vive en este lugaaaaaarr? ¡Vaya…que tétrico sitio!… Esta enorme casona en la montaña parece abandonada.

Bueno…no importa, yo solo quiero un rincón donde pasar la noche…mas bien lo que resta de la noche…en cuanto amanezca trataré de encender mi carro, seguramente la batería se descargó.

Exploraré un poco más la casona con la luz de mi linterna.
Que lugar tan extraño…huele a humedad y está demasiado frío…realmente es escalofriante…creo que mejor me regreso al carro.

¡Pero!… ¿Qué es eso?… No lo puedo creer…un ataúd con la tapa levantada, está vacío…esto no me gusta nada…siento que algo maligno, perverso, flota en el aire enrarecido.

¡Escucho pasos!… ¡Alguien se acerca!… ¡Que no se apague mi linterna por Dios!

¡Que es esa enorme sombra negra que se aproxima?… ¡Un poco mas y estará al alcance de mi linterna!…quizá es una de las personas que viven aquí… ¡Hola que tal!

¡Pero!… ¿Qué es eso Dios mío?… ¡No puede ser!… ¡Esto es una pesadilla!… ¡Yo creía que no existían!… ¡O solo en las películas!… ¡Es un!… ¡Auxiliooooooo!… ¡Socorrooooooo!… ¡Aaaaaaagggggh!

Entonces, la enorme sombra cayó sobre el pesadamente. Después, se alejó por donde llegó con pasos lentos y resonantes. Atrás quedó el cadáver con los ojos abiertos y un rictus de terror infinito…dos orificios en el cuello con sangre coagulada y un cuerpo inerte, iluminado amarillezcamente por la luz de la luna llena que se filtraba a través de los altos ventanales.