lunes, 3 de abril de 2017

La sombra: una parábola. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Vosotros los que leéis aún estaís entre los vivos, pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán extrañas cosas, y se sabrás cosas secretas, y pasarán muchos siglos antres de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no cran en él, y otro dudarán, más unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde adentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrella y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos.

Estábamos rodeados por cosas que no puedo explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades intelectuales yacen amodorradas.

Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentabamos cada uno veía la palidez de su propio rostro y el resplandor de las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo – lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte – llenas de Locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre.

Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de las escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo!. Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo habá pagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Más aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaba fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombre de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar.

Y, después de temblar un instante entre las colgaduras del aposento, quedó por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneción inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver como la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cual era su morada y su nombre. Y la sombra contestó:

—¡Yo soy sombra, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte!.

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y variando en sus cadencias de una sílaba a la otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.

La sombra en el ático. H.P. Lovecraft (1890-1937) August Derleth (1909-1971)

Mi tío abuelo Uriah. Garrison no era hombre a quien conviniera contrariar. Moreno, de cejas enmarañadas y revuelto cabello negro, cuando yo era niño su cara me aterrorizaba en sueños. Sólo tuve trato con él durante mi infancia. Mi padre se peleó con él y murió en circunstancias extrañas, asfixiado en la cama, a unas cien millas de Arkham, que es donde vivía mi tío abuelo. Mi tía Sofía le maldijo, y también murió al poco tiempo, como si algo invisible la hubiera empujado por unas escaleras. ¿Cuántos casos más habrá habido como éstos? ¿Quién sabe? Nadie se atrevía a hablar, sino en voz baja y temerósa, de los poderes tenebrosos que obedecían a Uriah Garrison.

Tampoco podría nadie determinar qué proporción de cotilleo supersticioso, infundado y malévolo había en lo que se contaba de él. No le volvimos a ver desde que murió mi padre, pues mi madre odiaba a su tío y le siguió odiando hasta la muerte, lo que demuestra que jamás se llegó a olvidar de él. Tampoco yo me olvidé ni de él ni de su casa, que tenía un tejado picudo y estaba en Aylesbury Street, en una zona de las afueras de Arkham que se extiende al sur del río Miskatonic, no lejos de la Colina del Ahorcado, coronada por un frondoso cementerio. Por cierto que el Arroyo del Ahorcado cruzaba las tierras de la finca, que también estaban cubiertas de espeso arbolado, como el cementerio de la colina. Nunca olvidaré la sombría mansión donde vivía él solo —si exceptuamos a alguien que iba por la noche a arreglarle la casa—, ni sus estancias de techos altísimos, ni el desván solitario y oscuro que todos rehuían incluso de día y donde estaba terminantemente prohibido entrar con una linterna u otra luz cualquiera—, ni sus ventanas emplomadas que miraban a un panorama de árboles y matorrales, ni las puertas de montante semicircular. Era el tipo de casa que nunca deja de ejercer un sombrío hechizo sobre las mentes juveniles e impresionables. A mí me provocaba siniestras fantasías y a veces sueños terroríficos de los que despertaba violentamente para correr a refugiarme junto a mi madre. Una noche inolvidable me equivoqué de camino y me topé con el extraño rostro inexpresivo y lejano de la mujer que venia a cuidar la casa. Nos miramos durante un instante, como a través de insondables abismos espaciales, y yo salí huyendo, espoleado por un terror nuevo que se superponía a los que ya me había provocado la pesadilla.

De mayor nunca se me ocurrió volver por allí. No había quedado amor entre nosotros, ni más relación que las breves felicitaciones que yo le mandaba por su cumpleaños o en Navidad, a las cuales jamás respondió, lo que me parecía perfecto. Por, eso me sorprendió tanto que al morir me legara la finca y una pequeña subvención con tal de que yo habitara la casa durante los meses del verano siguiente a su fallecimiento. Sin duda había tenido en cuenta que mis obligaciones docentes me impedían ocuparla durante el resto del año. No era pedir demasiado. Yo no tenía intención de conservar la finca. Por entonces, Arkham había empezado ya a extenderse por la zona de Aylesbury Pike y la ciudad, que antes quedaba tan lejos de la casa de mi tío abuelo, ahora amenazaba con rodearía en breve, por lo que sin duda la finca no sería difícil de vender. Arkham no tenía ningún atractivo especial para mi, aunque me fascinaban sus leyendas, sus apiñados tejados puntiagudos y su ornamentación arquitectónica del siglo XVIII. Esta fascinación, sin embargo, no era verdaderamente profunda y no me atraía la idea de fijar mi residencia definitiva en Arkham. Pero para vender la casa de Uriah Garrison tenía primero que habitarla, según lo dispuesto en su testamento. En junio de 1928, pese a las protestas de mi madre y a sus sombrías insinuaciones de que Uriah Garrison había sido un hombre especialmente malvado y aborrecido, me trasladé a la casa de Aylesbury Street. No me resultó muy difícil instalarme, pues la habían conservado perfectamente amueblada tras la muerte de mi tío abuelo, acaecida en marzo del mismo año, y era evidente que alguien se había encargado de mantenerla limpia y en condiciones de habitabilidad, según comprobé nada más llegar, procedente de Brattleboro. Sin duda la mujer que atendía a mi tío abuelo había recibido órdenes de seguir prestando sus servicios en la casa, por lo menos hasta que yo me instalara en ella.

Pero el abogado de mi tío abuelo —un sujeto anticuado que iba todavía de alto cuello duro y solemne traje negro— ignoraba que se hubiera tomado medida alguna en tal sentido, según me dijo cuando fui a visitarle para averiguar las cláusulas del testamento.

—No he estado nunca en la casa, Mr. Duncan —dijo- . Si su tío abuelo dejó dispuesto que la mantuvieran limpia, debe existir otra llave. Como usted sabe, yo le he entregado la única que tenía. Que yo sepa, no existe otra.

En cuanto a lo que disponía el testamento de mi tío abuelo, era escueto y sencillo. Yo sólo tenía que habitar la casa durante los meses de junio, julio y agosto, o durante noventa días, a partir de mi llegada, en caso de que mis obligaciones docentes me impidieran ocuparla desde el primero de junio. No se me imponía ninguna otra condición, ni siquiera prohibición alguna relativa al desván, como yo había supuesto.

—Al principio es posible que los vecinos le parezcan poco amistosos —replicó Mr. Saltonstall—.. Su tío abuelo era hombre de costumbres raras y les hizo muchos desaires. Supongo que le molestaba que se fuera instalando tanta gente en los alrededores de su propiedad, y a los vecinos, por su parte, también les debía molestar la altivez e insolidaridad de su tío abuelo, del cual comentaban que prefería la compañía de los muertos a la de los vivos, a juzgar por sus frecuentes paseos por el cementerio de la Colina del Ahorcado.
Al preguntarle qué aspecto había tenido el anciano durante sus últimos años, Mr. Saltonstall repuso:
—Era un viejo robusto y vigoroso, realmente duro. Pero, como tantas veces sucede, en cuanto empezó a decaer se desmoronó rápidamente: al cabo de una semana estaba muerto. De vejez, según el médico.
—¿Y su estado mental? —pregunté.
Mr. Saltonstall sonrió gélidamente.
—Bueno, Mr. Duncan, usted ya sabrá que el estado mental de su tío abuelo fue siempre un poco raro. Tenía ideas muy extrañas que resultan verdaderamente arcaicas. Me refiero, por ejemplo, a sus investigaciones sobre la brujería. Se gastó mucho dinero en estudiar los procesos de Salem. Pero encontrará usted su biblioteca intacta, y está llena de libros sobre el tema. Aparte su interés obsesivo en esta única cuestión, era un hombre fríamente racional. Esto le describe bien. Insociable y altivo.

Así, pues, el tío abuelo Uriah Garrison no había cambiado en los años transcurridos desde mi niñez, ahora que me acercaba a la treintena. Y la casa tampoco había cambiado. Todavía conservaba aquella atmósfera de espera vigilante, como una persona acurrucada para protegerse del frío mientras espera la llegada de la diligencia. No valdría una metáfora más moderna, pues la casa tenía doscientos años y, aunque estaba muy bien cuidada, no le hablan instalado luz eléctrica y su fontanería era viejísima. Exceptuando su contenido y algunos artesonados, la casa en sí carecía de valor. Pero en cambio el terreno valía mucho, debido, como he dicho, al crecimiento de Arkham por aquellas partes. El mobiliario era de cerezo, caoba y -nogal negro, y sospeché que si lo viera Rhoda —mi novia— querría conservarlo para cuando tuviéramos casa propia. Yo pensaba que con el dinero que nos procurara la venta de la finca y el mobiliario podríamos construirnos una casa para nosotros y mantenerla con mi sueldo de auxiliar del departamento de inglés y el suyo de profesora de Filología y Arqueología. Tres meses no era demasiado tiempo para vivir sin luz eléctrica y también podría soportar su deficiente fontanería durante esas semanas, pero en el acto decidí que no estaba dispuesto a prescindir del teléfono. Así que cogí el coche y me acerqué a Arkham para encargar que me lo instalaran sin demora. Ya que estaba en el centro de la ciudad, me detuve en la oficina de telégrafos de Church Street y envié sendos telegramas a mi madre y a Rhoda, comunicándoles mi llegada e invitando a Rhoda a que viniera cuando quisiera para inspeccionar mi recién adquirida propiedad. También aproveché para hacer una buena comida en uno de los restaurantes y comprar unas pocas provisiones necesarias para mis desayunos, a pesar de que no me apetecía nada tener que encender el viejo fogón de la cocina. Por fin regresé fortalecido contra el hambre para el resto del día.

Me había llevado conmigo varios libros y documentos que me hacían falta para la tesis doctoral en que estaba trabajando, y sabía que la biblioteca de la Universidad del Miskatonic, que quedaba a menos de una milla de mi casa, me ofrecería toda ayuda adicional que pudiera necesitar. Thomas Hardy y el condado de Wessex no constituía un tema tan abstruso como para tener que recurrir a la Widener o a otra de las grandes bibliotecas universitarias. Así, pues, me dediqué a mi tesis hasta el anochecer de mi primer día de estancia en el viejo caserón de Uriah Garrison. A esa hora, fatigado, me acosté en la habitación que había sido de mi tío abuelo, en el segundo piso de la casa, en vez de hacerlo en el cuarto de los huéspedes, que estaba en la planta baja.

II.
A última hora del día siguiente me sorprendió una visita de Rhoda. Llegó sin avisar, al volante de su Roalster. Rhoda Prentiss era un nombre demasiado cursi para una joven tan airosa, tan llena de vitalidad y energía. No oí llegar el coche y sólo supe de su presencia cuando abrió la puerta delantera de la casa y me llamó:

-¡Adam! ¿Estás en casa?
De un salto salí del despacho donde, estaba trabajando —a la luz, de una lámpara, pues el. día era oscuro y tormentoso- y allí me la vi, con el largo cabello rubio goteando lluvia, los labios entreabiertos y los limpios ojos azules tornando nota, con viva curiosidad, de todo lo que se hallaba a su alcance. Pero cuando la tuve entre mis brazos, un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¿Cómo vas a soportar tres meses en esta casa?—exclamo.’’
—Está hecha aposta para tesis doctorales —respondí—. Aquí no hay nada que me perturbe.
—Pues a mí me perturbaría toda la casa, Adam —replicó con una seriedad insólita—. ¿No notas en ella algo maligno?
—Lo maligno que había ya se ha muerto: mi tío abuelo. Pero te confieso que cuando vivía la casa entera sudaba malignidad.
—Y la suda.
—Eso si crees en residuos psíquicos.
Parecía como si Rhoda fuera a añadir algo, pero yo cambié de conversación.
—Llegas justo a tiempo de que nos vayamos a Arkham a cenar. Al pie de French Hill hay un restaurante francés antiguo muy interesante.

No contestó nada, pero mantuvo un ligero ceno durante un rato, como si se hubiera quedado con algo dentro. Sin embargo, durante el transcurso de la cena volvió a recuperar su humór habitual; habló de su trabajo, de nuestros planes, de nosotros dos; y pasamos más de dos horas en el restaurante. Luego regresamos a casa. Era natural que se quedara a pasar la noche en el cuarto de los huéspedes, que además estaba debajo del mío y podía avisarme, dando golpes en el techo, sí necesitaba algo o si —como dije yo— «te perturba el residuo psíquico». Pese, sin embargo, a bromear, me había dado cuenta de que en la casa, al llegar mi novia, se había producido como un aumento del nivel de vigilancia. Era como si la casa hubiera arrojado de si toda indolencia, como si de pronto se hubiera tenido que poner alerta, como sí husmeara algún peligro o presintiera de algún modo mi intención de venderla a quien la iba a derribar sin piedad. Esta sensación fue en. aumento durante toda la velada y me provocó, corno respuesta, un inexplicable, pero inconfundible sentimiento de compasión. En realidad, tampoco tenía por qué extrañarme tanto, pues las casas van adquiriendo poco a poco una atmósfera, y una casa de más de dos siglos tiene más atmósfera que otra más moderna. Precisamente son estas casas, que tanto abundan en Arkham, las que dan a la ciudad su peculiar distinción; y no me refiero sólo a los tesoros arquitectónicos, sino también al ambiente de las casas, al saber acumulado y a los ecos legendarios de las vidas humanas nacidas y consumidas dentro de los limites relativamente pequeños de la ciudad.

Y desde aquel momento también empecé a darme cuenta de otra cosa, asimismo relacionada con la casa, pero perteneciente a un plano distinto. No es que se me hubiera contagiado la reacción instintiva de Rhoda, sino sencillamente que su llegada aceleró los acontecimientos, el primero de los cuales sucedió aquella misma noche. Después he pensado que la aparición de Rhoda precipitó unos hechos que de todas maneras iban a haber ocurrido, pero que, en el curso normal de las circunstancias, se habrían producido de modo más insidioso. Aquella noche nos acostamos tarde. Yo caí dormido al instante, pues la casa estaba alejada del tráfico de la ciudad y en ella tampoco había los crujidos o chasquidos tan frecuentes en los caserones antiguos. En el piso de abajo, Rhoda se movía inquieta por la habitación y todavía estaba levantada cuando yo me dejé caer en el sueño. Era después de medianoche cuando algo me despertó. Durante unos segundos permanecí inmóvil, hasta despabilarme del todo. ¿Qué es lo que me había arrancado del sueño? ¿El sonido de una respiración que no era la mía? ¿Una presencia muy próxima? ¿Algo que había en la cama? ¿O las tres cosas a la vez? Tanteé con la mano ¡y palpé el inconfundible pecho desnudo de una mujer! Al mismo tiempo percibí su aliento ardiente, férvido. Pero al instante siguiente se habla ido, ya no estaba en la cama, y la sentí, más que la vi, deslizarse hacia la puerta de la habitación.

Plenamente despierto ya, me quité la sábana ligera que me cubría, pues la noche era húmeda y sofocante, y salté del lecho. Encendí la lámpara con mano un tanto trémula y me quedé ahí de pie sin saber qué hacer. Sólo llevaba puestos unos calzones cortos y lo sucedido me habla alterado más de lo que hubiera querido reconocer. Me avergüenza admitir que durante un instante creí que habla sido Rhoda, lo cual sólo demuestra que el incidente me habla provocado bastante confusión mental, pues Rhoda era incapaz de una acción semejante. De haber deseado pasar la noche en mi cama, lo habría dicho como otras veces. Además, el pecho que yo habla tocado no era, el de Rhoda, que tenía unos senos firmes y bellamente redondeados, mientras que los de la mujer que había estado tendida a mi lado eran fláccidos, viejos, de enormes pezones. A diferencia de los de Rhoda, me habían producido un estremecimiento de horror. Cogí la lámpara y salí de la habitación, dispuesto a registrar la casa. Pero al desembocar en el vestíbulo oí, como si procedieran de un punto situado fuera de la casa y muy por encima de ella, unos tenues, lejanos sollozos de mujer. Era la voz de una mujer que estaba siendo castigada, y me llegaba como desde una distancia desolada, como un fantasma de sonido que no tardó en perderse del todo. No habría durado más de treinta se¬gundos, pero a su modo había resultado tan inconfundible como lo que había palpado en el lecho.

Me quedé parado un rato, agitado interiormente, y por fin me retiré a la cama, donde permanecí insomne durante una hora larga, atento por si pasaba algo. Nada ocurrió, y cuando por fin volví a dormirme, ya había empezado a preguntarme si no habría confundido algún sueño con la realidad. Pero a la mañana siguiente, el nublado rostro de Rhoda me dijo que algo iba mal. Se habla levantado a preparar el desayuno y la encontré en la cocina. Se volvió hacía mí, sin saludarme, y dijo:

—¡Anoche había una mujer en la casa!
-¡Entonces no era un sueño! —exclamé yo.
—¿Quién era? —preguntó.
Moví la cabeza negativamente.
—Me gustaría poder decírtelo.
—Me parece extraordinario que venga la mujer de la limpieza en mitad de la noche —prosiguió.
—¿La viste?
—Si la vi, ¿por qué?
—¿Cómo era?
—Parecía joven, pero me dio la extraña sensación de que no lo era ni mucho menos. Tenía una cara inexpresiva, inmóvil. Sólo tenía vivos los ojos.
—¿Y ella te vio a ti?
—No creo.
-¡Es la mujer que venia a atender a mi tío! -exclamé—. Tiene que ser ella. Al llegar me encontré la casa completamente limpia. Mira qué limpia está. Mi tío abuelo no debió decirle que no volviera y ella ha seguido viniendo. Recuerdo que de niño la vi una vez. Mi tío abuelo la hacia venir siempre de noche. ¡Qué cosa más absolutamente cretina! Uriah Garrison murió en marzo, hace ya tres meses, y esa mujer tendría que ser idiota para no haberse enterado a estas alturas. ¿Quién le paga?
—¿Y yo qué sé? No te puedo contestar.

Además, tal como estaban las cosas, no me atreví a contar a Rhoda mi experiencia nocturna. Sólo pude asegurarle, sin mentir, que no había visto a mujer alguna en aquella casa desde una noche de mis primeros años en que sorprendí cascial y fugazmente a la que hacía la limpieza. -

—Recuerdo que a mi también me dio la misma impresión —dije—. Tenía una cara completamente inexpresiva.
—Adam, eso pasó hace veinte años o más —señaló Rhoda—. No puede ser la misma mujer.
—No sé qué decirte. Sin embargo, imposible no es, supongo. Y diga lo que diga Mr. Saltonstall, tiene que tener llave de la casa.
—Eso no tiene ningún sentido. Y tú prácticamente no has tenido tiempo de contratar a nadie desde que estás aquí.
—No he contratado a nadie.
—Lo creo. No moverías un dedo para limpiar aunque te estuvieras ahogando en polvo —se encogió de hombros—. Tendrás que averiguar quién es y poner punto final al asunto. No me gusta que la gente murmure, ya sabes.

Con este ánimo nos sentamos a desayunar. Yo sabia que Rhoda pretendía partir a continuación. Pero notaba que seguía preocupada. Habló muy poco mientras comía, respondiendo a mis comentarios con breves monosílabos, hasta que por fin estalló.

— ¡Pero, Adam! ¿Cómo es posible que no lo sientas?
—¿Que no sienta qué?
—En esta casa hay algo que te busca, Adam. Yo lo noto. A quien busca la casa es a ti.

Tras mi estupefacción inicial, hice constar con toda frialdad que la casa era un objeto inanimado, que yo no sabía de ninguna otra criatura que viviera en ella sino de mí, salvo qué hubiera ratones y no me hubiera dado cuenta, y que una casa no puede querer ni dejar de querer nada ni a nadie. No se quedó convencida. Al cabo de una hora, cuan¬do ya estaba dispuesta para marcharse, dijo impulsivamente:

—Adam, vente conmigo. —Ahora mismo.
—Sería una locura perder una propiedad tan valiosa, a la que tú y yo podemos dar tan buen uso, sólo por un capricho -contesté.
—Es algo más que un capricho. Ten cuidado, Adam.
En este tono nos separamos. Rhoda prometió volver cuando estuviera más entrado el verano y me obligó a prometerle que le escribiría puntualmente.

III.
Lo sucedido en aquella segunda noche que pasaba en la casa removió mis recuerdos y volví a sentir de nuevo la lúgubre melancolía que durante mi infancia había emanado del lugar, pero especialmente de la terrible presencia de mi tío abuelo Uriah y del cerrado desván donde nadie se atrevía a entrar pese a la frecuencia con que lo hacía el dueño de la casa. Debe ser normal que al fin decidiera recoger el desafío que para mí suponía la existencia de ese desván. La lluvia del día anterior había dado paso a un sol intenso que se derramaba, desde las ventanas apropiadas, por toda la casa, dándole un aire gallardo y gentil que nada tenía de siniestro. Era uno de esos días en que todo lo sombrío y ominoso parece lejano. No vacilé en encender una lámpara que dispersara las tinieblas del desván —que no tenía ventanas— y me lancé hacia las alturas de la casa provisto de todas las llaves que me habla facilitado Mr. Saltonstall. No hizo falta ninguna. La puerta estaba abierta. Y el desván vacío, pensé al entrar. Pero no lo estaba del todo. En el centro de aquel tabuco abuhardillado había una sola silla y, encima de ella, varias prendas vulgares y otra que no lo era tanto: diversas ropas de mujer y una máscara de goma de ésas que se ajustan a las facciones de quienes la llevan puesta. Avancé hasta la silla, asombrado, y dejé la lámpara en el suelo pata mejor examinar lo que había encima.

Lo que había era lo que había visto en el primer vistazo: un vestido corriente de algodón estampado con un dibujo anticuadísimo de cuadritos en distintos tonos de gris, un delantal, un par de guantes de goma de los que se pegan a la piel, medias elásticas, zapatillas de andar por casa y la máscara. Esta última, luego de examinada, resultó ser bastante común, a excepción de que iba provista de cabellos. Los vestidos bien podrían haber pertenecido a la mujer de la limpieza de mi tío abuelo Uriah. Habría sido muy propio de él no permitirle cambiarse de ropa bino en el desván. Pero esta hipótesis no sonaba muy convincente, desde luego, teniendo en cuenta sobre todo el cuidado que siempre había tenido en que nadie más que él entrara en aquella buhardilla. La careta era más difícil de explicar. No estaba seca y agrietada, como lo habría estado de llevar varios años sin usar. Al contrario, estaba suave y flexible, lo que resultaba aún más intrigante. Además, igual que el resto de la casa, el desván estaba impecablemente limpio. Sin tocar la ropa, volví a tomar la lámpara y la mantuve alzada. Entonces vi la sombra que se extendía, más allá de la mía, por la pared y el techo abuhardillado. Era una superficie monstruosa, deforme, ennegrecida, como si una inmensa llamarada hubiera grabado esa imagen en las tablas del desván. La estuve contemplando durante un rato antes de darme cuenta de que, aun grotescamente contrahecha, guardaba cierta semejanza con una figura humana. La cabeza, sin embargo — pues la cosa poseía una especie de excrecencia informe en el sitio de la cabeza— , no se parecía a nada y resultaba horrible.

Me acerqué para verla en detalle, pero al aproximarme sus contornos se difuminaron. Sin embargo, tenía toda la superficie de haber sido como cauterizada en la madera por un chorro de fuego abrasador. Retrocedí de nuevo hasta la silla y un poco más. La sombra parecía haberse producido como consecuencia de una llamarada que hubiese brotado a nivel del suelo. Tenía una angulación extraña e inexplicable. Me di la vuelta entonces y traté de localizar el punto de donde pudiera haber surgido lo que había provocado aquella alteración en el techo y la pared. Al darme la vuelta, la lámpara iluminó el lado opuesto del desván y puso de manifiesto, en el punto donde yo buscaba, la existencia de una abertura entre el techo y el suelo, pues en ese lado del desván no había pared. El agujero no era mayor que el que necesitaría un ratón, y al momento supuse que, en efecto, no era más que una ratonera. No habría retenido mi atención durante más de un segundo de no haber sido por lo que había pintado, con tiza u óleo de color rojo vivo, a su alrededor: una secuencia de curiosas líneas anguladas que me parecieron completamente distintas de cualquier diseño geométrico conocido y que estaban dispuestas de tal modo que el agujero del ratón quedaba en el centro de las mismas. Inmediatamente pensé en el gran interés que siempre había manifestado mi tío abuelo por la magia. Pero no, éstos no eran los habituales pentáculos, tetraedros y círculos de la brujería, sino más bien todo lo contrario. Acerqué la lámpara a las líneas y las examiné. De cerca sólo eran rayas, sin más. Pero vistas desde el centro del desván, componían una especie de diseño desconocido que sugería otras dimensiones, según se me ocurrió pensar. Era imposible determinar cuánto tiempo llevaban allí, pero no parecía haber sido trazadas recientemente, es decir, durante los tres últimos decenios. También era posible que tuvieran un siglo.

Mientras reflexionaba sobre el significado de la extraña sombra y del diseño pintado enfrente de ella, empecé a adquirir conciencia de que en el desván se había ido produciendo como una especie de tensión. Era algo verdaderamente indescriptible, pero lo que yo sentía —qué raro hace ponerlo en palabras— es como si el desván estuviera conteniendo la respiración. Empecé a inquietarme cada vez más, como si no fuera el desván, sino yo el que estaba siendo examinado. La llama de la mecha osciló y empezó a echar humo y la habitación entera pareció oscurecerse. Durante un momento fue como si la tierra, de pronto, se hubiera puesto a girar al revés, o algo así, y yo hubiera quedado suspendido durante un instante en el espacio exterior, antes de precipitarme en una órbita propia. Pero esta impresión fue fugaz. La tierra reanudó la regularidad de su giro, la habitación se iluminó, la llama de la lámpara se serenó. Salí del desván a toda prisa, casi indignamente, perseguido por todas las habladurías de mi infancia, súbitamente escapadas ahora del almacén de la memoria. Me sequé las gotitas de sudor que se me habían formado en las sienes, apagué la lámpara de un soplido e inicié, considerablemente agitado, el descenso de la escarpada escalera. Para cuando llegué a la planta baja había recuperado mi compostura. Pero ya no me resultó tan fácil dar de lado las aprensiones de mi novia con respecto a la casa en que había acordado pasar el verano.

Me enorgullezco de ser un hombre metódico. En sus momentos frívolos, Rhoda me llama «pedante», pero sólo refiriéndose, naturalmente, a mi interés por libros, escritores y cuanto en general se relaciona con la literatura. Da igual. El caso es que la verdad, dígase como se diga, no es por ello menos verdad. Una vez recobrado de la breve, aunque terrorífica experiencia sufrida en el desván, que además había venido a agregarse a los sucesos de la noche anterior, decidí llegar hasta el fondo del asunto y descubrir alguna explicación verosímil para lo ocurrido en ambas ocasiones. ¿Acaso me habla hallado las dos veces en estado alucinatorio? ¿O no? Evidentemente había que empezar la investigación por la mujer de la limpieza. Telefoneé inmediatamente a Mr. Saltonstall, pero se limitó a confirmarme lo que ya me había dicho. El no sabía de ninguna mujer de la limpieza. No tenía conocimiento de que mi tío abuelo hubiera tenido ama de llaves o asistenta de cualquier tipo. Y, que él supiera, no existí a ninguna otra llave de la casa.

—Usted comprenderá, Mr. Duncan —terminó Mr. Saltonstall—, que su tío abuelo era un hombre retraído y solitario, reservado al máximo. Lo que quería que no se supiera, no se sabía. Pero si me permite una sugerencia, ¿por qué no investiga entre los vecinos? Yo sólo he estado una o dos veces en la casa, pero ellos la han tenido durante años en observación. No hay muchas cosas que los vecinos no puedan descubrir.

Le di las gracias y colgué. Pero abordar a los vecinos equivalía a un ataque frontal y además la mayoría de las casas estaban bastante lejos de la de mi tío abuelo. La más próxima estaba a dos parcelas de distancia según se salía del viejo caserón a la izquierda. No había observado en ella muchos signos de vida, pero me asomé a la ventana para verla mejor y divisé en el porche a una persona tomando el sol en una mecedora. Reflexioné durante unos minutos sobre la mejor forma de abordarla, pero no se me ocurrió nada mejor que ir directamente al grano. Conque salí de casa y bajé por el camino que conducía a la del vecino más cercano. Al cruzar la valía vi que el ocupante de la mecedora era un viejo.

—Buenos días, caballero —le saludé—. Vengo a ver si puede usted ayudarme en un asunto.
El viejo cambió de postura.
—¿Quién es usted?
Me identifiqué, lo cual despertó inmediatamente su interés.
—¿Conque Duncan, eh? Nunca le oí al viejo hablar de usted. Pero tampoco hablé con él más de diez o doce veces. ¿En qué puedo servirle?
—Querría ver cómo me puedo poner en contacto con la mujer que venía a arreglar la casa de mi tío abuelo.
Me lanzó una mirada penetrante a través de párpados súbitamente encogido.
—Joven, eso también me gustaría saberlo yo, sólo por pura curiosidad -dijo-. Nunca se la ha visto en ningún otro sitio.
—¿La ha visto usted entrar alguna vez?
—Nunca. Sólo la he visto de noche y dentro de la casa, por las ventanas.
Y salir ¿la ha visto usted salir?
—Nunca la he visto ni entrar ni salir. Ni yo ni nadie. Tampoco la he visto nunca de día. Quizá el viejo la tenía viviendo allí, pero no le sé decir dónde.
Me quedé desconcertado. Pensé durante un momento que el viejo me ocultaba algo, pero no: su sinceridad era evidente por sí misma. No supe qué decir.
—Pero eso no es todo —añadió.—. ¿Ya ha visto usted la luz azul?
-No.
—¿Y ha oído usted algo que no se pueda explicar?
Titubeé. El viejo lanzó una risita.
—Ya me parecía a mí. El viejo Garrison se traía algo entre manos. Y no me extrañaría que se lo siguiera trayendo.
-Mi tío abuelo falleció el pasado marzo —le recordé.
—No me lo puede demostrar —dijo—. Sí, yo vi una capa de muerto que la sacaban de la casa y la llevaban al cementerio de la Colina del Ahorcado, pero no sé más. No sé quién o qué iba dentro.

El anciano siguió hablando en este tono, hasta que no me cupo duda de que, aunque sospechaba muchas cosas, en realidad no sabía nada. Me proporcionó, eso sí, toda clase de insinuaciones y sugerencias, pero nada tangible, y la suma de todo cuanto me dijo apenas añadía nada a lo que yo ya sabía: que mi tío abuelo no veía a nadie, que estaba metido en algún «asunto diabólico» y que mejor estaba muerto que vivo, si es que realmente lo estaba. También había llegado a la conclusión de que algo marchaba mal en casa de mi tío abuelo. Admitió que, si le dejaban solo, él de por sí no molestaba a los vecinos. Y absolutamente solo le habían dejado desde que la vieja Mrs. Barton fuera un dia a su casa para reconvenirle por tener a una mujer escondida y al día siguiente la encontraran muerta en la cama, de un ataque cardiaco: «de terrór, según dijeron».

Era evidente que no había modo de conseguir más información sobre mi tío abuelo. A diferencia del tema de mi tesis doctoral, a éste no hacían referencia las bibliotecas, salvo la suya propia, a la que me trasladé al momento para encontrarme allí con un bloque casi macizo de libros antiguos y modernos sobre magia, brujería y supersticiones afines: por ejemplo, el Malleus Maleficarurm y tomos viejísimos de autores como Olaus Magnus, Eunapius, De Rochas y otros. Aquellos títulos no tenían significado para mí: De natura daemonum, de Anania; Quaestio de lamiis, de De Vignate; Fuga Satanae de Stampa... Jamás había oído hablar de ellos. No cabía duda de que mi tío abuelo se había leído sus libros, porque los tenía llenos de señales, anotaciones y llamadas. No eran difíciles de leer, a pesar de su arcaica impresión, pero todos trataban de temas parecidos. Los que interesaban a mi tío abuelo no se limitaban a las prácticas habituales en la magia y la demonología, sino que denotaban una persistente fascinación por los succubi y por la retención de la esencia de una existencia a otra, sin olvidar la reencarnación, los demonios familiares, las venganzas mediante brujería, los encantamientos y demás. Yo no tenía intención de estudiarme los libros. Pero me molesté en seguir el hilo de algunas de sus referencias bibliográficas sobre la «esencia» y de pronto me encontré saltando de un libro a otro en pos de una argumentación que se iniciaba en la definición de la «esencia», «alma» o «fuerza vital» .—según la llamaban en los distintos libros—, seguía luego por capítulos sobre transmigración y posesión y conducía por fin al modo de ocupar un cuerpo nuevo tras vaciarlo de su. fuerza vital interior y sustituírla por la esencia de uno: la clásica teoría a que se puede aferrar un anciano que está al borde de la muerte.

Todavía estaba enfrascado en los libros cuando llamó Rhoda desde Boston.
-¡Boston! —exclamé, sorprendido—. No te has ido muy lejos.
—No —contestó—. Es que me puse a pensar en tu tío abuelo y me paré aquí, en la Biblioteca Widener, para echar una ojeada a algunos libros raros.
—¿De brujería? —pregunté al azar.
—Sí. Adam, creo que debes irte de esa casa.
-¿Y tirar a la basura una bonita herencia? Ni lo pienses.
—Por favor, no seas testarudo. He estado haciendo algunas averiguaciones. Ya sé que eres un cabezota, pero créeme —dijo con gran seriedad-, tu tío no pensaba en nada bueno cuando dejó esa disposición en el testamento. Quiere que estés ahí por alguna razón. ¿Te encuentras bien, Adam?
—Perfectamente.
—¿Ha ocurrido algo?
Le conté en detalle lo que había ocurrido. Me escuchó en silencio. Cuando terminé, repitió:
—Creo que debes marcharte, Adam.
Me di cuenta de que estaba empezando a irritar su posesividad, el derecho que se atribuía a decirme lo que yo debía hacer o no, su convicción de saber mejor que yo lo que me convenía.
—Me voy a quedar, Rhoda —contesté
—No te das cuenta, Adam. Esa sombra del desván. Por el agujero entró una cosa monstruosa y dejó esa sombra quemada ahí -dijo.
Me temo que solté una carcajada.
—Siempre he sostenido que las mujeres no son animales racionales.
—Adam, esto no es cosa de mujeres u hombres. Estoy asustada.
—Vuelve —dije— Yo te protegeré.
Resignada, colgó el teléfono.

IV.
Aquella noche resultó memorable por algo que, de momento, decidí considerar pura alucinación. Todo empezó, literalmente, con un paso en la escalera. Yo me había acostado hacía poco y agucé el oído por si lo volvía a oír. Luego me bajé de la cama, caminé a ciegas hasta la puerta y la abrí lo suficiente para mirar al exterior. La mujer de la limpieza acababa de pasar por delante de mi puerta y se dirigía al piso de abajo. Retrocedí inmediatamente hacia el interior de mi cuarto, busqué a tientas mi bata, que estaba todavía en la maleta porque hasta entonces no había tenido ocasión de ponérmela, y salí de la habitación dispuesto a enfrentarme a la mujer durante su trabajo. Fui bajando la escalera en silencio y a oscuras, aunque las tinieblas no eran totales, ya que por las ventanas penetraba del exterior cierta iridiscencia lunar. Apenas habla llegado a la mitad cuando volví a sentir aquella curiosa sensación, que ya había tenido antes, de ser vigilado. Me di la vuelta.

Allí, detrás y por encima de mí, como en un pozo de resplandeciente tiniebla, flotaba la apariencia espectral del tío abuelo Uriah Garrison, más tenue que el aire. Durante un instante vi el rostro pesado y barbudo —ligeramente distorsionado por la claridad engañosa de la luna—, los ojos febriles, las greñas despeinadas, los altos pómulos y la piel tirante de las mejillas inconfundible. Pero al momento se desvaneció, como un globo pinchado por un alfiler, y se convirtió en una especie de culebrilla tenue o voluta espiral de alguna sustancia oscura que flotaba y se retorcía en el aire, escaleras abajo, hacia donde yo me encontraba. Por fin desapareció como un jirón de humo. Permanecí helado de horror hasta que la razón volvió a recuperar el control de la mente. Me dije que acababa de sufrir una alucinación, lo cual no era de extrañar habida cuenta de que me había pasado el día dándole vueltas a mi tío abuelo y a sus extrañas aficiones. En realidad debería haber pensado que, en tal caso, lo normal habría sido verlo en sueños y no despierto. Pero en aquel momento estaba incluso dispuesto a poner en duda que me hallaba despierto. Tuve que pensar qué hacía yo allí en la escalera y recordé a la mujer de la limpieza. Sentí el impulso de refugiarme en mi cuarto y meterme en la cama, pero lo reprimí y seguí adelante. En la cocina había luz. A juzgar por el resplandor, debía ser un quinqué puesto al mínimo. Avancé en silencio hasta la puerta y me quedé inmóvil en un punto desde donde podía ver el interior.

Allí estaba la mujer, limpiando, como siempre. Ahora era el momento de abordarla directamente y rogarle que explicara su presencia. Pero algo me lo impidió. En aquella mujer había algo que me repelía. Se agitó el fondo de mi memoria y recordé a aquella otra mujer que había visto allí en mis años infantiles. Poco a poco, pero con certeza, me fui dando cuenta de que las dos eran la misma. Su faz impasible e inexpresiva no había cambiado en más de veinte años, sus movimientos seguían siendo mecánicos ¡y hasta parecía que llevaba el mismo vestido! ¡Además, sabía intuitivamente que su cuerpo era el que había sentido junto a ml la noche antes! Cada vez me disgustaba más le idea de abordarla. Pero me obligué a entrar en la habitación, crucé el umbral de la puerta y me detuve, a punto de pedirle explicaciones. Las palabras no llegaron a salir de mis labios. La mujer se volvió. Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron y en sus ojos vi sendos pozos de fuego ardiente que no eran ojos, sino mucho más: epítome de la pasión y la avidez, cumbre de malignidad, encarnación de lo desconocido. Por lo demás, esta nueva confrontación no difirió de la acaecida en años pasados: la mujer no se movió, su rostro —salvo los ojos— permaneció completamente desprovisto de expresión. Bajé la mirada, incapaz de soportar la suya por más tiempo y retrocedí hacia las tinieblas del pasillo.

Y corrí escaleras arriba a mi habitación, donde permanecí tembloroso, con la espalda apoyada en la puerta y la mente completamente confusa. Me daba cuenta de que aquel ser era algo más que una mujer, pero no sabía qué: una criatura fantasmal al servicio de mi tío abuelo, obligada a retornar noche tras noche para ejecutar esos ritos. De donde venía era un misterio. Mientras yo seguía en la misma posición, volví a oírla. Sus pasos comenzaban a subir la escalera. Durante unos instantes creí que venía a mi habitación — como la noche anterior— y me sentí helado de terror. Pero pasó de largo y subió por la escalera que conducía al desván. A medida que se apagaba el ruido de sus pasos me fue volviendo el valor y me atreví a abrir la puerta y mirar. Todo estaba a oscuras. Pero no: en lo alto de la escalera, por debajo de la puerta del desván, se filtraba un resplandor azul. Cuando empecé a subir las escaleras, observé que el resplandor azul disminuía en intensidad. Cada vez más envalentonado, abrí enérgicamente la puerta. No había señal alguna de la mujer. Pero allí al fondo, en el ángulo que formaban el techo y el suelo, la luz azul que había visto filtrándose por debajo de la puerta ¡desaparecía como si fuera agua por el agujero del ratón! Y las líneas pintadas a su alrededor resplandecían como con luz propia que se fue apagando mientras la observaba.

Encendí una cerilla y la mantuve alzada. Las ropas que llevaba la mujer estaban, como antes, encima de la silla. Y la careta. Avancé hasta la silla y toqué la máscara. Estaba caliente. La cerilla me quemó los dedos y se apagó. Todo quedó negro como la pez. Pero sentí que de la ratonera emanaba un poder que me arrastraba hacia ella. Era como una pulsación consciente y maligna, de tal intensidad que, si no huía inmediatamente de allí, me obli¬garía a ponerme de rodillas e intentar seguir a la luz azul. De nuevo la tierra pareció detener su giro, el tiempo dio como up bandazo y me envolvió una nube de espanto que me paralizó. Permanecí en pie, como una estatua. Entonces, de la ratonera empezó a emanar una espira de luz azul, como una voluta de humo luminoso flotando en la oscuridad, ramificándose, fundiéndose consigo mis¬ma, amenazando con invadir todo el desván. Esta visión rompió el hechizo que me tenía petrificado. Corrí agachado hasta la puerta y me precipité escaleras abajo hacia mi habitación, mirando atrás como si temiera que una cosa horrible se me fuera a abalanzar por la espalda. Nada vi sino negrura, nada sino oscuridad.

Entré en mi dormitorio y me dejé caer vestido en la cama. Allí permanecí tendido, en espera angustiosa de lo que pudiera suceder. Sabía que Rhoda tenía razón y que debía irme, pero al mismo tiempo sentía una extraña repugnancia a dejar la casa de Aylesbury Street, y no ya por la herencia, sino por una especie de vínculo espantoso, casi como un parentesco, que me mantenía atado a ella. En vano esperé a que ni aun el fantasma de un sonido alterase el silencio. Nada captaron mis oídos sino los ruidos naturales de la casa y el viento —pues se había levantado viento— y, de vez en cuando, el extraño maullido de un búho por la parte de la Colina del Ahorcado. Por fin me dormí, completamente vestido como estaba. Y soñé. Soñé que la luz azul crecía y se multiplicaba como hongos e invadía el desván. Luego se deslizaba escaleras abajo y penetraba en mi habitación. De la ratonera situada en el vértice del ángulo que formaban el techo y el suelo del desván salieron, se hincharon y crecieron las figuras de la mujer de la limpieza —ya vestida y enmascarada, ya espantosa de vejez, ya joven, bella y desnuda— y de mi tío abuelo Uriah Garrison, que invadieron la casa, mi cuarto y, por fin, a mí. Me desperté bañado en sudor al filo del alba, que se introducía pálidamente en la habitación antes de dejar paso a los tonos rosados del cielo matutino.

Estaba agotado. Me habría vuelto a dormir si no hubiera sido por los fuertes golpes que sonaron en la puerta principal. Conseguí ponerme en pie y llegar hasta la puerta.

—¡Adam! —gritó—. Tienes un aspecto horrible.
—Vete —contesté—. No te necesitamos.

Durante un instante quedé espantado por mis propias palabras, pero en seguida las asumí y me di cuenta de que había dicho lo que quería decir. Estaba harto de Rhoda y de sus constantes intervenciones. Parecía como si me considerase incapaz de cuidar de mí mismo.

—Así, pues, ya es demasiado tarde —dijo.
—Vete —repetí-. Déjanos solos.

Me apartó a un lado y entró en la casa. Yo la seguí. Se dirigió al despacho y, una vez alh’, ordenó mis libros, mis anotaciones y lo que tenía escrito de la tesis sobre Hardy, lo recogió todo y lo puso delante de mi.

—Ya no necesitas esto, ¿verdad? —preguntó.
—Llévatelo —dije—. Llévatelo todo.
Rhoda cogió los papeles.
—Adiós, Adam —dijo.
—Adiós, Rhoda —contesté.

Apenas podía dar crédito a mis ojos: Rhoda se marchó mansa como un corderito. Y, aunque todavía seguía alterado por los acontecimientos, me di cuenta de que el rumbo que iban tomando me producía una secreta satisfacción.

V.
Pasé casi todo el día descansando y, en cierto modo, esperando los acontecimientos que traería la noche con¬sigo. Ahora me es imposible describir el estado de ánimo en que me encontraba. Todo terror me había abandonado. Me consumía una viva curiosidad no exenta incluso de cierta avidez. El día fue transcurriendo. Pasé durmiendo varias horas. Comí muy poco. El apetito que yo sentía entonces no es de los que se calman comiendo y no me inquietaba lo más mínimo reconocerlo así. Por fin llegaron la noche y las tinieblas y, con emoción anticipada, me senté a esperar a cualquier visitante que viniera del desván. Al principio me había instalado en el piso de abajo, pero llegué a la conclusión de que era en la habitación de arriba —en el viejo dormitorio de mi tío abuelo Uriah- donde debía aguardar a que se produjeran los sucesos nocturnos de la casa. Así, pues, subí al dormitorio y aguarde en la oscuridad. Fueron pasando horas. El viejo reloj del piso bajo dio las campanadas de las nueve, las diez, las once. Esperaba oir de un momento a otro las pisadas de la mujer en la escalera —de la mujer llamada Lilith-, pero el primer fenómeno que se produjo fue la aparición de la luz azul deslizándose por debajo de la puerta, como en el sueño.

Pero ahora ni estaba dormido ni soñando. La luz azul siguió entrando hasta llenar la habitación y permitirme distinguir la forma desnuda de la mujer y la figura, fluida y a medio formar, de mi tío abuelo Uriah, que crecía de tamaño y proyectaba como un tentáculo de humo hacia donde estaba yo... Y en ese momento percibí otro caso más, que me llenó de un súbito terror. Olla a quemado... y ol el crepitar de las llamas. Del exterior me llegó la voz de Rhoda, llamándome.

-¡Adam! ¡Adam!
La visión se desvaneció. Lo último que vi fue una expresión de terrible furor deformando la faz espectral de mi tío abuelo y la rabia de la mujer, que parecía joven y bella en aquella vaga luminosidad, pero que de pronto se transformó en una bruja horrible. A continuación me abalancé a la ventana y la abrí.

—¡Rhoda! —grité.
No había descuidado ningún detalle. En el antepecho de la ventana habla apoyada una escala de madera. La casa ardió hasta los cimientos y con ella todo cuanto contenía. El incendio no afectó a la herencia de mi tío abuelo. Como dijo Mr. Saltonstall, yo estaba cumpliendo, las condiciones impuestas cuando circunstancias ajenas a mi voluntad me habían impedido continuar. Así, pues, heredé la finca, la vendí y Rhoda y yo nos casamos. Pese a sus manías insistentemente femeninas.

—Yo fui la que le prendió fuego —dijo. Cuando se marchó con mis papeles y mis libros, se pasó un día entero en la Universidad del Miskatonic estudiando algunos de los libros de arcanos y brujería que dan justa fama a su biblioteca. Por fin había llegado a la conclusión de que el espíritu que animaba la casa y producía los hechos que en ella tenían lugar era el del tío abuelo Uriah Garrison, y de que la única razón de haberme llevado a vivir allí había sido la de tenerme a su alcance para usurpar mi fuerza vital y tomar posesión de mi cuerpo. La mujer era un súcubo, acaso su amante. La ratonera comunicaba evidentemente con otra dimensión.

Las mujeres son únicas para construir edificios románticos con los materiales más extraños. ¡Súcubos! Sin embargo, hay veces, incluso ahora, en que sus ideas se me contagian. En ocasiones me siento inseguro de mi propia identidad. ¿Soy Adam Duncan o Uriah Garrison? Es preferible no hablar de ello con Rhoda. Una vez mencioné el asunto y lo único que contestó fue:

—Parece que te sienta bien.

Las mujeres son criaturas fundamentalmente no racionales. Jamás nadie podrá quitarle de la cabeza sus ideas sobre la casa de Aylesbury Street. A milo que me mortifica es yerme incapaz de ofrecer una explicación más racional que la suya, una explicación que dé plena respuesta a todas las preguntas que me hago cuando me siento a pensar en aquellos hechos en que tan pequeño —pero importante— papel desempeñé.

La sombra. Emilia de Pardo Bazán (1851-1921)

Aquel rey Artasar, que, después de Suleimán o Salomón, fue el más poderoso y el más opulento del orbe; aquél que soñó tener un palacio como jamás se hubiera visto, para albergar en él las magnificencias de su corte y las fantásticas riquezas de su tesoro, alimentó también otro sueño, más modesto en apariencia, pero de realización infinitamente más difícil: el de aumentar su estatura.

Porque conviene saber que Artasar el Grande y el Temido era de muy corta talla, y en aquellas edades heroicas se rendía culto a la exterioridad de la fuerza y de la robustez corporal. Y cuando Artasar, descendiendo de su palanquín de cedro, marfil y oro, se dirigía solemnemente al templo en que sus antecesores los Magos habían adorado al Dios vivo y donde aún persistía este santo culto, y el pueblo formaba doble muralla para ver pasar al rey, éste sufría cruelmente en el amor propio al comparar la proyección de su sombra, diminuta y sin majestad, con la de los hercúleos oficiales de su guardia nubiana, o la de los hermosos arqueros del Cáucaso, que le precedían abriendo calle. Como una especie de bufón grotesco que fuese a su lado inseparablemente, burlándose de su grandeza nominal, la ironía de su reducida sombra le acompañaba a todas partes.

Para evitar tan triste efecto, ideó Artasar que le construyesen un calzado de suelas quíntuples y que ciñese sus sienes una especie de monumental tiara. Y fue, como suele decirse, peor que la enfermedad el remedio, porque las suelas remedaban un zócalo ridículo y hacían embarazoso y torpe el andar del rey, que parecía ir en zancos; mientras que la tiara, agobiándole con su peso, le obligaba a inclinar la cabeza, y en la sombra adquiría formas extrañas, provocantes a risa.

Desesperado Artasar, abrumado por la mortificación de su vanidad, que sufría cada vez que se mostraba en público, apeló a no salir de su palacio nunca. En el recinto del palacio se encerraban amenísimos jardines y bosquecillos frondosos, y Artasar, solazándose en ellos, fue olvidándose de estudiar la proyección de su sombra y de compararla a la de los demás mortales. Y así que dejó de preocuparse de cómo era su sombra, recobró la tranquilidad del espíritu, la calma del corazón, la alegría de las horas serenas y felices.

¿Qué le importaba su sombra? ¿Acaso la sombra le impedía disfrutar del ruido del agua, de la frescura de las enramadas, de los acordes de las cítaras, de los ojos de gacela y los labios de miel de las cautivas? ¿Acaso le vedaba el goce del estudio, la plenitud intelectual? Un día Artasar recordó, miró a su sombra... y se reconcilió con ella; ya no era irónica, ya no le humillaba; aquella sombra se parecía a todas; era una sombra inofensiva, natural; una sombra buena..

Y Artasar, llamando al escriba que recogía en enceradas tablillas los hechos culminantes del reinado y las máximas formuladas por el monarca para reunirlas en un libro que eclipsase al de los Proverbios de Suleimán (¡lástima que estas tablillas se hayan perdido!), le dictó la sentencia siguiente:

Cuando andamos entre los hombres, no existimos sino por el tamaño de nuestra sombra. Cuando nos retiramos, nos hace vivir la capacidad de nuestra alma.

Solo los inmortales. Lord Dunsany (1878-1957)

Escuché decir que, muy lejos de aquí, en un despreciable lugar del desierto de Cathay, y en un país dedicado a invernar, están todos los años que han muerto. Y hay cierto valle que los encierra y los oculta, según el rumor, del mundo, pero no de la vista de la luna ni de aquellos que los sueñan.

Entonces dije: iré desde aquí por los senderos del sueño y llegaré a ese valle y entraré con luto por los buenos años que han muerto. Tomaré una corona, una corona funeraria, y la pondré a sus pies como signo de mi pena por sus destinos.

Y cuando busqué entre las flores, entre las flores para mi corona funeraria, el lirio pareció demasiado grande y el laurel me pareció muy solemne, y no encontré nada lo bastante delicado ni valioso como para entregar como ofrenda a los años que habían muerto. Y al final hice una delgada corona de margaritas, de una forma que ya había visto hacer, para uno de los años que había muerto.

Esto, —dije—, es menos sutil o valioso que cualquiera de aquellos olvidados años. Entonces tomé con mi mano la corona y fui hacia allí. Y cuando llegué por las rutas del misterio a esa romántica tierra, donde estaba el valle nombrado en el rumor, busqué entre la hierba aquellos pobres años para los que yo había traído mi dolor y mi corona. Y cuando vi que no había nada en la hierba, dije: el Tiempo los ha quebrado y barrido y no ha dejado ningún resto perceptible.

Pero mirando hacia arriba, al resplandor de la luna, repentinamente vi al Coloso sentado, elevándose y borrando las estrellas y cubriendo la noche con negrura; y a los pies de ese ídolo vi reyes que rezaban y hacían reverencias y los días que son y todas las veces y todas las ciudades y todas las naciones y todos sus dioses. Ni el humo del incienso ni la combustión de sacrificios alcanzaban sus colosales cabezas, estaban ahí para no ser alcanzados, para no ser derribados, para no ser despojados.

—¿Quienes son? —interrogué

Alguien respondió: "solo los Inmortales."

Y yo dije con tristeza: no vine a ver dioses pavorosos, sino que vine a verter mis lágrimas a los pies de ciertos pequeños años que están muertos y que jamás volverán.

Y Él me respondió: estos SON los años que están muertos, sólo los inmortales; todos los años son Sus hijos. Ellos modelaron sus sonrisas y sus risas; todos los reyes de la tierra fueron coronados por Ellos, todos los dioses fueron creados por Ellos; todos los hechos y eventos fluyen desde sus pies como un río, los mundos son piedras que Ellos han arrojado al aire, y el Tiempo y todas sus centurias postradas detrás con crestas doblegadas en símbolo de vasallaje a Sus potentes pies.

Cuando escuché esto, dí media vuelta con mi corona, y volví a mi propio y confortable hogar.

La sombra. Hans Christian Andersen (1805-1875)

En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. ÉI y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.

Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle –y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones– había gente asomada, porque uno tiene que respirar, por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba. Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces –sí, más de mil había encendidas–. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los coches, los asnos pasaban –¡tilín, tilín, tilín!– sonando los cascabeles. Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban coheres y las campanas volteaban –sí, había una vida tremenda en la calle–. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser regadas –luego alguien debía haber allí–. La puerta del balcón aparecía también abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos –excepto lo referente al sol–. Su casero dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie y en cuanto a la música se refería, creía que era horriblemente aburrida.

–Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar, siempre la misma. «¡Pues lo tengó que sacar!», dice, pero no lo consigue por mucho que toque.

Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía también resplandecer. De tal forma le deslumbró, que abrió los ojos desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy despacio se acercó a la cortina pero la doncella había desaparecido, el resplandor se había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre; la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como cosa de magia –y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada? Todo el piso bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.

Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen las sombras.

–Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente –dijo el sabio–. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la sombra fuese tan lista como para entrar, mirar en torno suyo y venir después a contarme lo que hubiera visto! Sí, haz algo útil –dijo en broma– ¡Vamos entra! ¡Vamos, ahora!

Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:

–¡Anda, pero no te pierdas!

Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; si por acaso alguien hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la puerta entornada en la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su cuarto y corría la larga cortina tras de sí. A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.

–¿Qué pasa? –dijo, cuando salió al sol–. ¡Me he quedado sin sombra! Luego se marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!

Y eso le enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía la existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual estaba muy bien pensado. Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de sí, en la debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna que volviera. Dijo:

–¡Ejem! ¡Ejem! –pero sin resultado.

Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas cuando salía el sol –quizá la raíz había quedado dentro–. A las tres semanas, tenía una sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países nórdicos, creció más y más durantr el viaje, hasta que al final eran tan larga y tan grande que la mitad hubiera bastado. De esta forma regresó el sabio a su casa y escribió libros sobre cuanto había de verdadero en el mundo, lo que había de bueno y de hermoso, y pasaron días y pasaron años; pasaron muchos años. Una noche estaba sentado en su cuarto cuando llamaron muy quedamente a la puerta.

–¡Adelante! –contestó, pero nadie entró. Así es que fue a abrir y vio ante él a un hombre tan sumamente delgado que quedó atónito. Por lo demás, el hombre iba espléndidamente vestido, debía ser una persona distinguida.
–¿Con quién tengo el honor de hablar? –preguntó el sabio.
–¡Ah!, ya pensé que no me reconocería –dijo el hombre elegante–. Me he hecho tan corpóreo que hasta tengo carne y ropas. Seguro que nunca había pensado usted en verme en tal prosperidad. ¿No reconoce usted a su vieja sombra? No creía usted que volvería, ¿verdad? Me ha ido espléndidamente desde que estuve con usted. ¡He sido, en todos los sentidos, muy afortunado! Si tuviera que rescatar mi libertad, podría hacerlo –y repiqueteó un manojo de preciosos dijes que colgaban del reloj y pasó la mano por la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello. ¡Huy!, todos los dedos fulguraron con anillos de diamantes, todos auténticos.
–No, no puedo hacerme idea de lo que signifca esto –dijo el sabio.
–Ya, no es nada corriente –dijo la sombra–, pero usted tampoco es nada corriente y yo, bien sabe usted, desde que era así de chiquito he seguido sus huellas. En cuanto usted descubrió que yo estaba a punto para ir solo por el mundo, seguí mi camino. Me encuentro en una situación excepcionalmente afortunada, pero me ha acometido cierto deseo de volverle a ver antes de que usted muera –porque usted ha de morir–. También me gustaría visitar este país, porque la patria siempre tira. Veo que tiene usted otra sombra. ¿Le debo algo a ella, o bien a usted? Hágame el favor de decírmelo.
–¡Bueno! ¿Pero eres tú? –dijo el sabio– Es extraordinario! ¡Nunca habría creído que la vieja sombra de uno pudiera regresar como persona!
–Dígame cuánto le debo –dijo la sombra–, porque no me gustaría deberle nada.
–¿Cómo puedes hablar así? –dijo el sabio–. ¿De qué deuda hablas? No me debes nada. Me alegra extraordinariamente tu suerte. Siéntate, querido amigo, y cuéntame cómo te ha ido y lo que viste en la casa de enfrente, allá en los países cálidos.
–Sí que le contaré –dijo la sombra, y se sentó–, pero antes me tiene usted que prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener a una familia.
–¡Estate tranquilo! –dijo el sabio–. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta es mi mano. ¡Palabra de hombre!
–¡Palabra de sombra! –dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.

Era, por otra parte, de veras notable lo humana que se había vuelto la sombra. Vestía del más riguroso negro y el paño más selecto, botas de charol y sombrero que podía cerrarse, hasta quedar reducido a corona y alas –sin hablar de lo ya mencionado: dijes, cadenas de oro y anillos de diamantes. Ya lo creo: la sombra iba extraordinariamente bien vestida, y era precisamente esto la que la hacía tan humana.

–Ahora voy a contarle –dijo la sombra, y plantó sus botas de charol lo más fuerte que pudo sobre el brazo de la nueva sombra del sabio, que yacía como un perro faldero a sus pies. Y esto lo hizo bien por orgullo, bien con la intención de que se le quedase pegada. Y la sombra del suelo permaneció quieta y en silencio, resuelta a no perder detalle; deseaba, sobre todo, enterarse de cómo puede uno manumitirse y llegar a convertirse en su propio señor.
–¿Sabe usted quién vivía en la casa de enfrente? –dijo la sombra–. ¡La más bella de todas, la Poesía! Estuve allí tres semanas y su efecto ha sido como si hubiera vivido tres mil años y hubiera leído cuanto se ha cantado y se ha escrito. Lo digo y es cierto. ¡Lo he visto todo y lo sé todo!
–¡La Poesía! –gritó el sabio–. Sí, sí, vive con frecuencia en las grandes ciudades, en soledad. ¡La Poesía! ¡Sí la vi tan sólo un instante, pero el sueño pesaba en mis ojos! Estaba en el balcón y brillaba como brilla la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta! Estabas en el balcón, entraste por la puerta, ¿y después?
–Me encontré en la antesala –dijo la sombra–. Lo que usted siempre veía era la antesala. No había luz alguna, sólo una especie de crepúsculo, pero las puertas daban unas a otras en una larga serie de salas y salones; y estaba tan iluminado, que la luz me hubiera matado de haber ido directamente ante la doncella; pero fui prudente, y tomé tiempo –como debe hacerse.
–¿Y entonces qué viste? –preguntó el sabio.
–Lo vi todo, y se lo contaré, pero... no es orgullo por mi parte; pero... como ser libre que soy y con los conocimientos que tengo, para no hablar de mi buena posición, mis excelentes relaciones... , desearía que me llamase de usted.
–¡Dispense usted! –dijo el sabio–. Son los viejos hábitos los que más cuesta abandonar. Tiene usted toda la razón y lo tendré presente. Pero cuénteme ahora lo que vio.
–¡Todo! –dijo la sombra–. Lo vi todo y lo sé todo.
–¿Qué aspecto tenían los cuartos interiores? –preguntó el sabio–. ¿Eran como el fresco bosque? ¿Eran como un templo? ¿Eran los cuartos como el cielo estrellado, cuando se está en las altas montañas?
–¡Todo estaba allí! –dijo la sombra–. No entré hasta el final, me quedé en el cuarto delantero, a media luz, pero era un puesto excelente, ¡lo vi todo y lo supe todo! He estado en la corte de la Poesía, en la antesala.
–¿Pero qué es lo que vio? ¿Estaban en el gran salón todos los dioses de la Antigüedad? ¿Luchaban allí los viejos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus sueños?
–Le digo que estuve allí y debe comprender que vi todo lo que había que ver. Si usted hubiera estado allí, no se habría convertido en ser humano, pero yo sí. Y además aprendí a conocer lo íntimo de mi naturaleza, lo congénito, el parentesco que tengo con la Poesía. Sí, cuando estaba con usted no pensaba en ello, pero siempre, sabe usted, al salir y al ponerse el sol, me hacía extrañamente largo; a la luz de la luna me recortaba casi con mayor precisión que usted. Yo no entendía entonces mi naturaleza, en la antesala se me reveló. Me volví ser humano. Al salir había completado mi madurez, pero usted ya no estaba en los países cálidos. Me avergoncé como hombre de ir como iba, necesitaba botas, trajes, todo este barniz humano, que hace reconocible al hombre. Me refugié –sí, puedo decírselo, usted no lo contará en ningún libro–, me refugié en las faldas de una vendedora de pasteles, bajo ellas me escondí; la mujer no tenía idea de lo que ocultaba. No salí hasta que llegó la noche; corrí por la calle a la luz de la luna. Me estiré sobre la pared –¡qué deliciosas cosquillas produce en la espalda! Corrí arriba y abajo, curioseé por las ventanas más altas, tanto en el salón como en la buhardilla. Miré donde nadie puede mirar, y vi lo que ningún otro ve, lo que nadie debe ver. Si bien se considera, éste es un cochino mundo. No querría ser hombre, si no fuera porque está bien considerado el serlo. Vi las cosas más inimaginables en las mujeres, los hombres, los padres y los encantadores e incomparables niños; vi –dijo la sombra– lo que ningún hombre debe conocer, pero lo que todos se perecerían por saber: lo malo del prójimo. Si hubiera publicado un periódico, ¡lo que se hubiera leído! Pero yo escribía directamente a la persona en cuestión y se producía el pánico en todas las ciudades adonde iba. Llegaron a tenerme terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres me hacían trajes nuevos –no me faltaba de nada. EI tesorero del reino acuñaba monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo –y así llegué á ser el hombre que soy. Y ahora me despido. Ésta es mi tarjeta. Vivo en la acera del sol y estoy siempre en casa cuando llueve.

Y la sombra se marchó.

–¡Qué extraordinario! –dijo el sabio.
Pasó tiempo y tiempo y la sombra volvió.
–¿Cómo le va? –preguntó.
–¡Ay! –dijo el sabio–. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo gran importancia.
–Pues a mí no me ocurre igual –dijo la sombra–. Yo, mientras, engordando, que es lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo. Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran placer el llevarle, ¡le pago el viaje!
–¡Qué disparate! –dijo el sabio.
–¡Según como se mire! –dijo la sombra–. El viajar le sentará de maravilla. Si consiente usted en ser mi sombra, todo correrá de mi cuenta.
–¡Esto ya es el colmo! –protestó el sabio.
–Pero así va el mundo –dijo la sombra–, y asi seguirá –y se marchó.

Las cosas no le iban nada bien al sabio, la pena y la preocupación seguían haciendo presa en él, y sus opiniones sobre lo verdadero, lo bueno y lo bello interesaban tanto al público como las rosas a una vaca –hasta que al final cayó enfermo de consideración.

–¡Parece usted totalmente una sombra! –le decía la gente, y esto le produjo un escalofrío, porque le hizo pensar en ella.
–Lo que debe hacer es tomar las aguas –dijo la sombra, que vino de visita–. No hay nada igual. Le llevaré conmigo, por el aquel de nuestra vieja amistad. Yo pago el viaje y usted se encarga de llevar un diario con lo que me resultará el camino más divertido. Quiero ir a un balneario, mi barba no crece como debiera –eso es también una enfermedad– y una barba es algo indispensable. Sea razonable y acepte la invitación, viajaremos como amigos, por supuesto.

Y así viajaron; la sombra hacía de señor y el señor hacía de sombra. Fueron juntos en coche, a caballo, a pie –al lado uno de otro, delante o detrás, según la posición del sol. La sombra sabía ponerse siempre en el lugar del señor, mientras el sabio no prestaba atención a semejante cosa. Tenía un corazón excelente y era sumamente cortés y afectuoso, así que un día le dijo a la sombra:

–Puesto que nos hemos convertido en compañeros de viaje y, además, hemos crecido juntos desde la infancia, ¿por qué no nos tuteamos? Sería más íntimo.
–En eso que dice –contestó la sombra, que ahora era el verdadero señor– hay mucha franqueza y buena intención, por lo que seré igualmente bienintencionado y franco. Usted, como sabio que es, sabe sin duda lo especial que es la naturaleza. Hay quien no aguanta el roce del papel gris, le pone enfermo. A otros se les pasa todo el cuerpo si se rasca un clavo contra un vidrio. Lo mismo siento yo cuando le oigo tutearme, es como si me empujasen de nuevo a mi primer empleo con usted. No se trata de orgullo, sino, como verá, de una sensación. Pero si no puedo permitirle que me trate de tú, con mucho gusto le tutearé a usted, como fórmula de compromiso.

Y así la sombra tuteó a su antiguo señor.

–¡Qué absurdo –pensó éste– que yo le hable de usted y él me tutee! –pero no tuvo más remedio que aguantarlo.

Al fin llegaron a un balneario, donde había muchos extranjeros, y entre ellos una encantadora princesa que padecía la enfermedad de tener una vista agudísima, lo que era en extremo alarmante. Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros.

–Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa– no tiene sombra.

Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos miramientos, por lo que le dijo:

–A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.
–Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente –dijo la sombra–. Sé que vuestra dolencia consiste en que veis demasiado bien, pero debe haber desaparecido; estáis curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No habéis visto a la persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar, pero yo detesto lo corriente. Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa, he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Ved que hasta le he proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.
–¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? –pensó la Princesa–. ¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta extraordinariamente. Con tal que no le crezca la barba y se marche.

Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la Princesa pareja semejante. Ella le dijo qué país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo contestar a la Princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.

–Debe ser el hombre más sabio del mundo –pensó, tal era su admiración por lo que sabía.

Y cuando bailaron de nuevo, la Princesa quedó enamoradísima, de lo que la sombra se dio cuenta, porque ella le atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaría.

–Es un sabio –se dijo–, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también importante. Intentaré examinarle.

Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.

–¡No sabe usted la respuesta! –dijo la Princesa.
–Lo aprendí de párvulo –dijo la sombra–. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la puerta, sabrá contestar.
–¡Su sombra! –dijo la Princesa–. Sería en verdad extraordinario.
–Bueno, no digo que lo sepa –dijo la sombra–, pero creo que sí. Me ha seguido y oído durante tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen humor –y debe estarlo para contestar bien– ha de ser tratado precisamente como una persona.
–Me complacerá hacerlo –dijo la Princesa.

Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna, de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.

–¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabia? –pensó ella–. Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.

Y ambos estuvieron de acuerdo, la Princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo antes de que ella regresase a su reino.

–¡Nadie, ni siquiera mi sombra! –dijo la sombra, y tenía sus particulares razones para ello.
Tras esto, fueron al país donde reinaba la Princesa, una vez que había ella regresado.
–Escucha, amigo mío –dijo la sombra al sabio–. He llegado a ser cuan afonunado y poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre conmigo en Palacio, irás conmigo en mi carroza real y tendrás cien mil escudos al año. Pero permirirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre, y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo, tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me caso con la Princesa. Esta noche será la boda.
–¡No, eso es monstruoso! –dijo el sabio–. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar al país y a la Princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que apenas si eres un disfraz!
–No lo creerá nadie –dijo la sombra–. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!
–¡Iré a ver a la Princesa! –dijo el sabio.
–Pero yo iré primero –dijo la sombra–, y tú irás al calabozo.

Y así fue, porque los centinelas le obedecieron, al saber que iba a casarse con la Princesa.

–¡Estás temblando! –dijo la Princesa, cuando la sombra fue a visitarla–. ¿Ha ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.
–Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir –dijo la sombra–. ¡Imagínate –claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resisrir mucho–; imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo –imagínate, si puedes–, que yo soy su sombra!
–¡Qué horror! –dijo la Princesa–. ¿Lo habrán encerrado, supongo?
–Sí. Me temo que nunca recupere la razón.
–¡Pobre sombra! –dijo la Princesa–. Qué desdicha para él. Sería una verdadera obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo que se hace preciso el quitársela con toda discreción.
–Resulta cruel –dijo la sombra– porque era un buen sirviente –y pareció dar un suspiro.
–¡Qué nobles sentimientos! –dijo la Princesa.

Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La Princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.

El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida.

El solitario. Horacio Quiroga (1878-1937)

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil –artista aún– carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido. Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya –¡y con cuánta pasión deseaba ella!– trabajaba él de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacer amar a la esposa las tareas del artífice, siguiendo con artífice ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida –debía partir, no era para era para ella– caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en cama, sin querer escucharlo.

–Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti, –decía él al fin, tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco. Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento. Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.

–¡Y eres un hombre, tú! –murmuraba.
Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
–No eres feliz conmigo, María –expresaba al rato.
–¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo?... ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo! –concluía con risa nerviosa, yéndose.
Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.
–Sí... No es una diadema sorprendente... ¿Cuándo la hiciste?
–Desde el martes –mirábala él con descolorida ternura–; mientras dormías, de noche...
–¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre que concluyera de una vez, y apenas aderezaba la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos:

–¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú..., y tú... ¡Ni un miserable vestido que ponerme tengo!

Cuando se traspasa cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles. La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor –cinco mil pesos en dos solitarios–. Buscó en sus cajones
de nuevo.

–¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.
–Sí, lo he visto.
–¿Dónde está? –se volvió él extrañado.
–¡Aquí!
Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto.
–Te queda muy bien –dijo Kassim al rato–. Guardémoslo.
María se rió.
–¡Oh, no! Es mío.
–¿Broma?...
–¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo tú duele pensar que podría ser mío...! Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
Kassim se demudó.
–Haces mal... Podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
–¡Oh! –Cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó de la cama y fue a guardarla en su taller bajo llave. Cuando volvió, su mujer estaba sentada en el lecho.

–¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!
–No mires así... Has sido imprudente, nada más.
–¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere...! ¡Me llamas ladrona a mí, infame!

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió. Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos.

–Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual. Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.
–Un agua admirable... –prosiguió él–. Costará nueve o diez mil pesos.
–Un anillo... –murmuró María al fin.
–No, es de hombre... Un alfiler.

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

–Si quieres hacerlo después –se atrevió Kassim un día–. Es un trabajo urgente.

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

–¡María, te pueden ver!
–¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!

El solitario, violentamente arrancado del cuello, rodó por el piso. Kassim, lívido, lo recogió examinándolo y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.

–Y bueno: ¿Por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
–No –repuso Kassim. Y reanudó enseguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima.

Tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. Su cabellera se había soltado, y los ojos le salían de las órbitas.

–¡Dame el brillante! –clamó–. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!
¡Dámelo!
–María... –tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
–¡Ah! –rugió su mujer enloquecida–. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! ¡Y creías que no me iba a desquitar... cornudo! ¡Ajá! Mírame No se te ha ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! –y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó de pecho, alcanzando a cogerlo de un botín.
–¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!

Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

–Estás enferma, María. Después hablaremos... Acuéstate.
–¡Mi brillante!
–Bueno, veremos si es posible... Acuéstate.
–¡Dámelo!

La crisis de nervios retornó. Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas faltaban pocas horas ya para concluirlo. María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

–Es mentira, Kassim –le dijo.
–¡Oh! –repuso Kassim sonriendo–. No es nada.
–¡Te juro que es mentira! –insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano, y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con las mejillas entre las manos, lo siguió con la vista.

–Y no me dice más que eso... –murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después Kassim oyó un alarido.

–¡Dámelo!
–Sí, es para ti; falta poco, María –repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo.

A las dos de la madrugada Kassim pudo dar por terminada su tarea: el brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su pecho y su camisón. Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido. Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dureza de piedra, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer. Hubo una brusca abertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados.

Los dedos se arquearon, y nada más.
La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, se retiró cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

Sombrío relato, narrador aún más sombrío. Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)

Aquella noche yo estaba invitado, oficialmente, a tomar parte en una cena de autores dramáticos, reunidos para festejar el éxito de un colega. Era en B..., el restaurante de moda entre la gente de la pluma. Al principio, la cena fue naturalmente triste.

Sin embargo, tras haber bebido algunas copas de un Léoville añejo, la conversación se animó. Tanto más cuanto que giraba en torno a los incesantes duelos que ocupaban un gran número de las conversaciones parisinas del momento. Cada uno recordaba, con obligada desenvoltura, haber empleado la espada y trataban de insinuar, descuidadamente, vagas ideas de intimidación bajo sabias teorías y guiños sobreentendidos acerca de la esgrima y la pistola. El más ingenuo, un poco achispado, parecía absorto en la combinación de una parada en segunda que imitaba, por encima del plato, con su tenedor y su cuchillo. Bruscamente, uno de los convidados, el señor D... (hombre experto en los entresijos del teatro, una lumbrera en cuanto a la armazón de cualquier situación dramática, en fin, quien, de todos los presentes, mejor había demostrado entender eso de «provocar un éxito»), exclamó:

-¡Ah!, ¿qué dirían, señores, si les hubiera sucedido mi aventura del otro día?
-¡Cierto! -respondieron los invitados-. ¿No eras el testigo del señor de Saint Sever?
-¡Vamos! ¿Si nos contaras (pero eso sí, francamente) lo que pasó?
-Encantado -respondió D...-, aunque aún se me encoge el corazón al pensar en ello.

Tras algunas silenciosas caladas al cigarrillo, D... comenzó en estos términos [Le dejo, estrictamente, la palabra]:

-La quincena última, un lunes, a las siete de la mañana, fui despertado por la campanilla de la puerta: creí que se trataba de Peregallo. Me entregaron una tarjeta; la leí: Raoul de Saint-Sever. Era el nombre de mi mejor compañero del colegio. No nos habíamos visto desde hacía diez anos.

Entró.
¡Claro que era él!

-¡Hace mucho tiempo que no te estrecho la mano! -le dije-. ¡Ah! ¡Qué contento estoy de volver a verte! Mientras desayunamos hablaremos de otros tiempos. ¿Vienes de Bretaña?
-Ayer mismo llegué -me respondió.

Me puse una bata, serví un poco de Madeira, y, una vez sentado:

-Raoul -continué-, tienes un aire preocupado; soñador... ¿has tomado esa costumbre?
-No, es por la emoción.
-¿Por la emoción? ¿Has perdido en la Bolsa?
Negó con la cabeza.
-¿Has oído hablar de los duelos a muerte? -me preguntó muy sencillamente.
La pregunta me sorprendió, lo confieso: era muy brusca.
-¡Divertida pregunta! -respondí por decir algo.
Y lo observé.

Acordándome de sus inclinaciones literarias, creí que venía a consultarme el desenlace de alguna obra suya, creada en el silencio de provincias.

-¡Que si he oído hablar! ¡Pero si mi oficio de autor dramático es urdir, desarrollar y acabar los asuntos de ese género! Los desafíos son mi especialidad y reconocen que en ello soy excelente. ¿No lees nunca las gacetas de los lunes?
-Pues justamente se trata de algo parecido.

Le miré con más atención. Raoul parecía pensativo, distraído. Tenía la voz y la mirada tranquilas, normales. En ese momento tenía mucho de Surville..., incluso del Surville de las buenas actuaciones. Yo pensé que estaba bajo la llama de la inspiración y que podía tener talento... un talento incipiente... pero, en fin, algo.

-¡Aprisa! -exclamé con impaciencia-, ¡la situación! ¡Dime la situación! Tal vez ahondándola...
-¿La situación? -respondió Raoul, abriendo mucho los ojos-, pues es de lo más sencillo. Ayer por la mañana, a mi llegada al hotel, encontré una invitación para un baile, esa misma noche, calle Saint-Honoré, en casa de la señora de Fréville. Debía acudir. Allí, en el transcurso de la fiesta (¡juzga lo que tuvo que pasar!) me vi obligado a lanzar mi guante al rostro de un caballero, delante de todo el mundo.

Comprendí que estaba representando la primera escena de su «trama».

-¡Oh!, ¡oh! -dije-, ¿cómo piensas continuarlo? Sí, es un comienzo. ¡Hay juventud, pasión!, pero ¿la continuación?, ¿el motivo?, ¿la trama de la escena?, ¿la idea del drama?, ~el conjunto? ¡A grandes rasgos!... ¡venga!, ¡va!
-Se trataba de una injuria hecha a mi madre, amigo mío -respondió Raoul, que parecía no escuchar-. Mi madre. ¿Es motivo suficiente?

(Aquí D... se interrumpió, mirando a los invitados que no habían podido impedir una sonrisa con sus últimas palabras.)

-¿Sonríen, señores? -dijo-. Yo también sonreí. El «me bato por mi madre», lo encontraba de un falso y pasado de moda que hacía daño. Era infecto. ¡Veía el drama en escena! El público se hubiera desternillado de risa. Deploraba la inexperiencia teatral del pobre Raoul e iba a disuadirlo de lo que yo tomaba por el abortado plan del más indigesto de los osos, cuando añadió:
-Abajo está Prosper, un amigo bretón: ha venido de Rennes conmigo. Prosper Vidal; me espera en el coche ante tu puerta. En París, sólo te conozco a ti. Bueno: ¿quieres servirme de segundo testigo? Los de mi adversario estarán en mi domicilio dentro de una hora. Si aceptas, vístete deprisa. Tenemos cinco horas de tren desde aquí a Erquelines.

¡Sólo entonces me di cuenta de que hablaba de un hecho real! Me quedé aturdido. Tuvieron que pasar unos momentos para que le estrechase la mano. ¡Yo sufría! No soy más aficionado a la espada que cualquier otro; pero pienso que me habría emocionado menos si se hubiera tratado de mí mismo.

-¡Es verdad!, ¡somos así!... exclamaron los invitados, empeñados en beneficiarse de la observación.
-¡Deberías habérmelo dicho enseguida!... -le respondí-. Ya no te haré más escenas. Eso queda para el público. Cuenta conmigo. Baja, me reuniré contigo.

(Aquí D... se detuvo, visiblemente turbado por el recuerdo de los acontecimientos que acababa de referimos.)

-Una vez solo -continuó-, hice mi plan, mientras me vestía a toda prisa. Ya no se trataba de complicar las cosas: la situación (banal, es cierto para el teatro) me parecía archisuficiente en la realidad. Y su aspecto Closerie des Genêts, sin ofender, desaparecía a mis ojos cuando pensaba que lo que iba a jugarse era la vida de mi pobre Raoul. Bajé sin perder un minuto.

El otro testigo, el señor Prosper Vidal, era un joven médico, muy comedido en su aspecto y en sus palabras; un rostro distinguido, algo realista, que recordaba los antiguos Maurice Coste. Me pareció muy apropiado para la circunstancia. Se lo imaginan, ¿no? Todos los presentes, muy atentos, hicieron con la cabeza la señal que esta hábil pregunta exigía.

-Una vez terminada la presentación, llegamos al bulevar Bonne-Nouvelle, donde estaba la casa de Raoul (cerca del Gymnase). Subí. Encontramos en su casa dos señores abotonados de arriba abajo, en su color, aunque un poco pasados de moda también. (Entre nosotros, creo que en la vida real están un poco atrasados.) Nos saludamos. Diez minutos después, habían acordado las condiciones. Pistola, veinticinco pasos, a la cuenta de tres. En Bélgica. Al día siguiente. A las seis de la mañana. En fin, ¡de lo más normal!
-Podrías haber encontrado algo más nuevo -interrumpió, intentando sonreír, el convidado que combinaba estocadas secretas con su tenedor y su cuchillo.
-Amigo mío -respondió D... con amarga ironía-, ¡eres listo!, ¡te crees muy ingenioso!, pero ves siempre las cosas a través de unos anteojos de teatro.

Si tú hubieras estado allí, te habrías apuntado, como yo, a la simplicidad. No se trataba de ofrecer, como arma, el cuchillo de papel de l’Affaire Clémenceau. ¡Hay que entender que no todo es comedía en la vida! Yo, ven ustedes, me lanzo fácilmente hacia las cosas verdaderas, las cosas naturales... ¡y que ocurren! No todo está muerto en mí, ¡diablos!... y les aseguro que no fue «en absoluto divertido» cuando, media hora después, tomamos el tren de Erquelines, con las armas en una maleta. ¡El corazón me palpitaba!, ¡palabra de honor!, más de lo que nunca me ha palpitado en un estreno.

Aquí D... se interrumpió, bebió de un gran trago un vaso de agua: estaba pálido.

-¡Continúa! -dijeron los convidados.
-Les ahorro el viaje, la frontera, la aduana, el hotel y la noche -murmuró D... con una voz ronca.

Nunca había sentido hacia el señor de Saint-Sever una mayor amistad. A pesar de la fatiga nerviosa que sentía, no dormí un segundo. Finalmente amaneció. Eran las cuatro y media, hacía buen tiempo. Había llegado el momento. Me levanté, me eché agua fría sobre la cabeza. Mi aseo no fue muy largo. Entré en la habitación de Raoul. Había pasado la noche escribiendo. Todos nosotros hemos madurado esa escena. Sólo tenía que acordarme de ella para estar a tono. Dormía junto a la mesa, en un sillón: aún ardían las velas. Con el ruido que hice al entrar, se despertó y miró el reloj. Lo esperaba, yo conozco ese gesto. Entonces comprendí qué oportuno es.

-Gracias, amigo mío -me dijo-. ¿Prosper está dispuesto? Tenemos una medía hora de camino. Sería necesario avisarle.

Algunos instantes después, bajamos los tres y, cuando daban las cinco, estábamos en el camino de Erquelines. Prosper llevaba las pistolas. Ciertamente, yo tenía «miedo», ¡me oyen! No me avergüenzo de ello. Hablaban juntos de asuntos de familia, como si no sucediese nada. Raoul estaba soberbio, todo de negro, un aire grave y decidido, muy tranquilo, ¡imponía verle tan natural! ... Una autoridad en su aspecto... ¿Han visto a Bocageli en Rouen, en las obras del repertorio de 1830-1840? Ha tenido aciertos allí.., quizás mayores que en París.

-¡Eh!, ¡eh! -objetó una voz.
-¡Oh!, ¡oh!, ¡exageras demasiado!... -interrumpieron dos o tres invitados.
-En fin, Raoul me entusiasmaba como nadie lo había hecho -prosiguió D...-, créanlo. Llegamos al lugar al mismo tiempo que nuestros adversarios. Yo tenía un mal presentimiento.

El adversario era un hombre frío, con aspecto de oficial, un hijo típico de buena familia; una fisonomía a lo Landrol; pero menos amplio en su aspecto. Como eran inútiles las divagaciones se cargaron las armas. Yo conté los pasos, y tuve que sostener mi alma (como dicen los árabes) para no dejar traslucir mis apartes. Lo mejor era estar clásico. Mi actuación era contenida. No vacilé. Finalmente se marcó la distancia. Me volví hacia Raoul. Lo abracé y estreché su mano. Yo tenía lágrimas en los ojos, no lágrimas de rigor, sino de las verdaderas.

-Vamos, vamos, mi buen D... -me dijo él-, tranquilidad. ¿Qué es eso?

Ante tales palabras, lo miré. El señor de Saint-Sever estaba magnífico. ¡Se hubiera podido decir que estaba en escena! Lo admiraba. Yo había creído hasta entonces que tal sangre fría sólo existía en el escenario. Los dos adversarios se colocaron el uno frente al otro. Los pies en sus marcas. Hubo una especie de pausa. ¡Mi corazón temblaba! Prosper entregó a Raoul la pistola cargada, preparada; luego, apartando la vista con una espantosa zozobra, volví al primer plano, al lado de la fosa. ¡Y los pájaros cantaban! ¡Yo veía flores al pie de los árboles!, ¡verdaderos árboles! ¡Nunca Cambon ha firmado un amanecer más bello! ¡Qué terrible antítesis!

-¡Uno!... ¡dos! ¡tres! -gritó Prosper, a intervalos regulares, dando palmadas.

Tenía yo tan turbada la cabeza que creí oír los tres golpes del regidor. Una doble detonación sonó al mismo tiempo. ¡Ay! ¡Dios mío, Dios mío!

D... se interrumpió y colocó su cabeza entre las manos.
-¡Vamos!, ¡venga! Sabemos que eres sensible... ¡Acaba! -gritaron por todas partes los convidados, emocionados a su vez.
-Pues bien -dijo D...-, Raoul había caído sobre la hierba, apoyado en su rodilla, tras haber dado una vuelta sobre sí mismo. La bala le había dado en pleno corazón... ¡aquí! (¡Y D... se golpeaba el pecho!) Me precipité hacia él.
-¡Mi pobre madre! -murmuró.

(D... contempló a los invitados, quienes, como gente de tacto, comprendieron esta vez que habría sido de bastante mal gusto repetir la sonrisa de la «cruz de mi madre». El «mi pobre madre» pasó pues como una carta en la oficina de correos; la palabra, si se estaba realmente en situación, era muy plausible.)

-Eso fue todo -retomó D...-. La sangre le salió a borbotones.

Miré al adversario: él tenía un hombro roto. Lo estaban curando. Tomé en mis brazos a mi pobre amigo. Prosper le sujetaba la cabeza.

¡En un minuto, figúrense, recordé nuestros años de infancia; los recreos, las alegres risas, los días de salida, las vacaciones.., cuando jugábamos a la pelota!...

(Todos los convidados inclinaron la cabeza, para señalar que apreciaban la comparación.)
D..., que se exaltaba visiblemente, se pasó la mano por la frente. Continuó en un tono extraordinario y con los ojos fijos en el vacío:

-¡Era... como un sueño! Yo lo miraba. Él ya no me veía: expiraba. ¡Y tan sencillo!, ¡tan digno! Ni una queja. Sobrio. Yo estaba sobrecogido. ¡Y dos gruesas lágrimas cayeron de mis ojos! ¡Dos verdaderas! Sí, señores, dos lágrimas... Quisiera que Frederick las hubiera visto. ¡Él las hubiera comprendido! Balbucí un adiós a mi pobre amigo Raoul y lo extendimos en tierra.

Rígido, sin falsa posición -¡sin pose!-, VERDADERO, como siempre, ¡él estaba allí! ¡La sangre en la ropa! ¡Los puños rojos! ¡La frente muy blanca! Los ojos cerrados. Yo sólo tenía este pensamiento: lo encontraba sublime. Sí, señores, ¡sublime! ¡Tal es la palabra! ¡Oh! ¡Aún me parece verlo! Ya no podía más de admiración! ¡Me desmayaba! ¡Ya no sabía de qué se trataba! ¡Estaba confuso! ¡Yo aplaudía! Yo... yo quería llamarlo de nuevo...
Aquí D..., que se había enardecido hasta llegar a gritar, se paró bruscamente, luego, sin transición, con una voz muy calmada y con una triste sonrisa añadió:

-¡Lástima! ¡Sí! Hubiera querido llamarlo de nuevo... a la vida.
(Un aprobador murmullo acogió esta feliz palabra.)
-Prosper me llevó consigo.
(Aquí D... se irguió, con los ojos fijos; parecía estar realmente transido de dolor; luego, dejándose caer en su sillón):
-¡En fin!, ¡todos somos mortales! -añadió con una voz muy baja. (Después bebió un vaso de ron que depositó, ruidosamente, en la mesa, y lo empujó en seguida como un cáliz.)

D..., al terminar así, con una voz rota, había acabado cautivando de tal forma a su auditorio, tanto por el lado impresionable de su historia como por la vivacidad de su relato, que cuando se calló, estallaron los aplausos. Yo creí que debía unir mis felicitaciones a las de sus amigos.

Todos estaban muy emocionados. Muy emocionados.
-¡Prestigioso éxito! -pensé.
-¡Realmente, tiene talento este D...! -murmuraba cada cual al oído de su vecino.

Todos se acercaron para estrecharle calurosamente la mano. Yo salí. Unos días después me encontré con uno de mis amigos, un literato, y le narré la historia del señor D... tal y como yo la había oído.

-¡Y bien! -le pregunté yo al acabar-: ¿qué te parece?
-¡Sí! ¡Casi es un cuento! -me respondió tras un silencio-. ¡Escríbela!
Lo miré fijamente.
-Sí -le dije-, ahora puedo escribirla: ya está completa.