viernes, 31 de marzo de 2017

Las cabezas de la medusa. T.

Era una chica que vivía sola en la casa de sus abuelos porque se quedó sin trabajo y no tenía dónde más vivir. Un verano su tía y sus primos fueron a pasar quince días con ella y el día que tuvieron que marcharse, desaparecieron misteriosamente. Justo una semana después, con toda la familia preocupándose de dónde fueron los desparecidos, fueron otros.
Alfredo se fijó que su prima estaba un poco rara y a veces, anotaba cosas en un cuaderno de notas que no dejaba ver a nadie. Un día se acercó a ella, pues era el que mejor la conocía y le preguntó si sabía algo de los desaparecidos. Ella le dijo que no sabía dónde estaban pero se habían portado mal. Él le dijo, horrorizado, si pensaba también que ellos se portaban mal y ella no contestó. Creyéndose el más importante de todos, porque era con el que más hablaba, le pidió de broma que por favor no podía hacerles nada, que eran de la familia. Ella aceptó pero no parecía entender la indirecta. Él ni siquiera se planteó denunciarla ya que quería a su prima, pero la estuvo observando y se fijó en qué clase de cosas apuntaba. Cuando su hermana decía un taco, ella anotaba. Cuando su madre criticaba a alguien, ella anotaba. Cuando su padre pegaba un grito, anotaba, y cuando él discutía con alguien o decía algún taco, volvía a anotar. Una noche ella estaba muy rara. Era el día antes que tenían que irse. Alfredo no durmió y la estuvo vigilando desde las sombras de su cuarto. Esperó toda la noche por si veía que ella salía y finalmente ella salió. Fue directa a la habitación de sus padres, semidesnuda, caminando como si estuviera sonámbula. Cuando abrió la puerta y encendió la luz, esperaba que ellos se asustaran y le preguntaran qué hacía. Pero no escuchó nada, la siguió y entró tras ella. Ambos la miraban como petrificados por la mirada de la sobrina. Ella portaba en la mano un cuchillo de cocina. Sin pensarlo dos veces él se abalanzó sobre ella y le quitó el cuchillo, despertándola a ella. En el envite, vio que algo había sobresalido de su pecho pero se le metió dentro del cuerpo antes que pudiera fijarse. En cuanto dejó de mirar a sus padres ellos volvieron a dormirse como si no hubieran visto nada. Su prima se asustó tanto al intervenir él que se desmayó en sus brazos y tuvo que llevarla a su cama.
Estaba tan preocupado que buscó la libreta en la habitación de ella, en la que anotaba sus cosas, y la encontró debajo de su cama. La abrió y vio los nombres de los desaparecidos con cinco cruces cada uno. En su familia solo sus padres tenían las cinco cruces, su hermana tenía cuatro y él dos. En la parte de atrás del diario había una llave pegada con cinta adhesiva. La cogió y la metió en su bolsillo.
Esa noche buscó información de algo que le recordaba a ella, de la mitología griega. Las medusas. Al parecer, petrificaban con la mirada como ella. La forma de acabar con ellas era cortándoles la cabeza con ayuda de un espejo pero no podía cortarle la cabeza a su prima.
Entonces recordó la llave y pensó que podía ser de la bodega de la casa. Se dirigió hacia allí y encontró los cuerpos mutilados de los desaparecidos… Aterrado volvió a buscarla y vio que no estaba en su habitación, corrió por el pasillo y la encontró en la habitación de sus padres con el cuchillo en alto y ellos petrificados o hipnotizados. Ella tenía el torso desnudo y vio que le sobresalían cinco culebras del pecho. Saltó sobre ella, le quitó el cuchillo de las manos y le cortó tres de las cinco cabezas. Las otras dos volvieron a meterse bajo su piel. Lo peor de todo fue que todos volvieron a quedar dormidos y seguía siendo el único que sabía lo que había pasado. Al ver a su prima desmayada, decidió llevarla a su cama y volver a esperar que se levantara. Debía tener una especie de maldición griega y necesitaba cortar las dos cabezas que le quedaban dentro. Eran las cuatro de la mañana y no se movió de su cama, estuvo tanto tiempo escondido tras las cortinas que se reclinó sobre la pared y terminó quedándose dormido. Cuando se despertó fue al escuchar un golpe seco. Abrió los ojos y ella no estaba en su cama. Corrió cuanto pudo y llegó a donde sus padres. Ella sostenía en una mano la cabeza de su padre y el cuchillo estaba ensangrentado. Dejó caer la cabeza e iba matar a su madre cuando él llegó a tiempo y le arrancó el cuchillo de las manos. En ese acto de furia le cortó una de las cabezas de serpiente y ésta al caer al suelo se convirtió en agua hirviente y desapareció.
Cuando iba a cortar la última ella le miró a los ojos y se quedó petrificado. Tenía una mirada luminosa que le bloqueaba todos los pensamientos. Ella estaba dudando, aunque la cabeza de serpiente que salía de su pecho parecía estar diciéndole lo que debía hacer. Le hizo un corte largo desde el cuello hasta el ombligo y él empezó a sentir que sangraba abundantemente. Le hizo otro corte a otro lado y ni siquiera pudo gritar por el dolor. Entonces su madre se abalanzó sobre ella y la hizo caer de espaldas, perdiendo contacto visual con él. Entonces Alfredo le arrebató el cuchillo y antes de que la cabeza de la culebra se escondiera, logró agarrarla con una mano y la cortó con el cuchillo.

Justo después despertó en su cama, cubierto de algo líquido y caliente que pensó que era sangre pero solo era sudor. Se levantó, angustiado, y fue a ver a sus padres. Seguían en la cama. Su prima también y, por supuesto, ninguno recordaría nada.

Cuando se estaban despidiendo de ella él vio que en la basura había una libretita, la que había visto bajo su cama. El cuaderno donde ella anotaba sus cruces. Le preguntó a su prima qué era aquello y ella le respondió que no sabía, que lo había encontrado y que estaba todo escrito, así que lo tiró.
La familia desaparecida contactó con ellos y les dijeron que se habían ido a la playa, se disculparon por no haber dicho nada a nadie y todos quedaron más tranquilos.
Todos menos él, que lo recordaba todo.
¿Habría sido una mera pesadilla?

Mis amadas sombras. Damián Fryderup.

Todo empezó uno de esos días, en los que se le agradece al mismo padre de los cielos de haber nacido. Un día esplendoroso, con un sol radiante y con los pajarillos cantando como los serafines.
Pero siempre, cuando uno piensa que éste es su día, en sólo cuestión de segundos se da cuenta de lo contrario y la rueda del destino efectúa un giro de trescientos sesenta grados.
Mi mujer, me había dado como recado el de ir en busca de víveres al súper; que estaba a tan sólo unos pasos del vecindario. Que por cierto, era muy tranquilo y lleno de vecinos solidarios, que ponían la mejilla antes de entrar en algún pleito. Sin dudas, un barrio de beatos.
Cuando iba camino al súper, ajeno ante todo, como un chiquillo cuando se dirige a un kiosco con unos centavos para comprar algunos dulces. Sucedió lo incomprensible, en cuestión de segundos el cielo se cubrió de negro como si la noche se hubiese adelantado.
Los cielos se deformaban con la oscuridad, terribles sombras se encargaban de cubrirlo todo, como si fueran madres tapando a sus hijos con frazadas, en esas noches gélidas de invierno.
Pero junto con estas sombras, venían unas criaturas muy pequeñas, con unos ojos amarillos que centellaban en sus contornos. Esto, erizó cada tejido cutáneo de mi cuerpo y me impulsó a correr, sin ningún rumbo, sólo yendo hacia adelante como una topadora sin control.
Me alejé lo bastante de las sombras, pero no lo suficiente y en esos momentos que la adrenalina corría por mi alma escuché una voz, que jamás hubiese querido escuchar, una voz que al parecer me conocía como a la palma de su mano o al menos, si tenía mano.
-David…
Los susurros no eran aterradores, sino más bien, eran como los de un ángel. Pero yo, no era estulto y jamás hubiese dejado que me atrapasen esas sombras que irradiaban oscuridad hacia todas las direcciones.
-David…
La voz esotérica seguía musitando.
En aquellos momentos tan terroríficos, mientras corría, pasaban muchas preguntas por mi mente. -¿Por qué me conoce? ¿Qué es lo que ocurre? ¿De dónde han surgido estos mantos de oscuridad? ¿Por qué a mí?- En fin, sin lugar a dudas no comprendía esta situación. Pero de lo que sí estaba seguro era, que esta oscuridad no traía paz y amor. Sino que traía, odio y destrucción.
Logrando mirar en un breve espacio del tiempo hacia mis espaldas (mientras corría), pude avistar como estas sombras mortíferas, arrasaban con todo como si lo devorarán con un hambre voraz. Las sombras, estaban cubriendo todo a mis espaldas, casas, personas, autos, todo, no tenían compasión alguna por nada, ni nadie.
Mi corazón y mis pulmones me estaban ordenando que descansase, pero yo sabía que esto era casi como un suicidio. Pero, como soy humano, y los humanos somos tan impredecibles, decidí hacer lo más estúpido de toda mi vacua vida. Me adentré en un callejón sin salida, mientras las sombras con los mantos oscuros y las bestias con sus ojos amarillos fieles en su lugar, me seguían desenfrenadamente como si estuviesen en época de caza.
-David… no te resistas… es inútil…
La oscuridad, seguía con su labor susurrándome, como si esa voz estuviera a sólo un palmo de mis oídos.
Acorralado contra una pared, sólo aguardaba a morir con dignidad como lo habían hecho todas las personas de la manzana. Pero lo que ocurrió en aquellos momentos me dejó perplejo. Porque estas sombras que traían el mismo averno a la tierra, me susurraron otra vez, sólo que en esta ocasión fueron tres y me dijeron algo aliviador para mi alma.
-David… ¿Te sientes bien?
La voz era suave, pero penetrante para el sentido auditivo.
-David… ¿Quieres jugar?
Una invitación amena, pero poco convincente ya que provenía de las sombras aberrantes.
-David… ¿Quieres ayuda?
Algo que precisaba en aquel espacio del tiempo pero que era inaceptable para mi lucidez, sin dudas porque la ayuda provenía de quién sabe qué regente infernal.
En aquellos momentos pensé en contestarles pero no lo hice. Hice algo, que se basaba en la ingenuidad completa. Ingenuidad aún peor, que la de haberme metido en aquel callejón sin salida.
Corrí contra los mantos sombríos, como nadando en un río contra la corriente. Mantos, que estaban custodiados por las criaturas oscuras y pequeñas, con los ojos amarillos en forma de óvalos.
Audazmente logré abrirme paso, por la barrera de demonios que por cierto, sólo demostraban ser amedrentadores, ya que su falta de fuerzas era muy considerable. Cuando empujé a éstas pequeñas alimañas me sentí como esos héroes de Hollywood, que enfrentan a cualquier peligro y siempre salen victoriosos.
Una vez que atravesé los mantos me pude aunar con la avenida principal, que aún hacía notar un considerable gentío. Pero si hubo algo que me dejó atónito en aquellos momentos fue, lo que me decía la gente.
-¿Por qué corres?
Decía un hombre delgado, gesticulando duda.
-¿Estás loco?
Me juzgaba con anticipación una anciana con semejanza a un simio fugado de un zoológico.
-¡Imbécil!
Una mujer de rizos dorados, pero lengua viperina y palabras de poca educación, no se ausentaba en la fiesta denigrante que efectuaban hacia mi persona.

Cuando escuché esto, no me detuve a contestarles, ya que las sombras aún me perseguían. Sin dudas, estas personas querían morir o no querían darse cuenta de la gravedad de la situación.
Yo, seguí con mi trabajo de escapista pero cuando quise darme cuenta, los susurros habían desaparecido, como las sombras y las criaturas provenientes del mismísimo inframundo.
Realmente, nunca supe lo que ocurrió aquel día y quizá jamás lo sabré. Pero, de lo que sí estoy seguro es que todo lo que había vivido fue real y, que todo aquello me había llenado de júbilo. Tanto, que me encantaría volver a repetirlo, no es que esté loco, sino que esas sombras que traían el mismo infierno, fueron los únicos seres en el mundo que me hicieron las tres preguntas más divinas de toda mi insulsa vida.
“¿Te sientes bien?”-siempre, tuve focos depresivos en mi austera vida y jamás, ningún ser cercano me hizo esta pregunta.
“¿Quieres jugar?”-de niño, nunca tuve la oportunidad de conocer una buena y digna infancia. Nunca nadie me había invitado a jugar, ya que en ningún momento tuve la oportunidad de hacerlo, por el peso de tener una madre prostituta y un padre alcohólico, los cuales me pegaban todos los santos día de mi niñez.
“¿Quieres ayuda?”-jamás alguien, me había preguntado si necesitaba ayuda, lo único que hacía mi hermosa familia todos lo milagrosos días era decirme:-papá, has esto… querido, compra esto… papá, termina esto… yerno, esto está sucio límpialo…
Los días pasaron, y nunca más volví a presenciar los mantos sombríos a los que jamás olvidaré. Mantos de sombras, que me hicieron crecer como persona.
Muchos vecinos, piensan que soy un desquiciado, por lo que sucedió aquella vez. Pero yo, realmente pienso que soy un afortunado del destino.
El mismo día que me dirigía hacia el súper por un recado de mi mujer, me iba arrojar contra un auto, sin dudas, con la intención de líbrame de la penosa vida que llevaba. Gracias a esas sombras, que sólo lograron ver mis divinos ojos color azul, me recuperé de mi depresión y ahora, estoy más firme que nunca, rebalsado en júbilo y a la vez inundado en carácter.
Ahora nadie me ordena nada, todos me invitan a jugar y todos están constantes en mi sentir humano.
Mis sombras interiores ya son cosa del pasado y murieron con mi antiguo ser. Ahora, lo único que llevo en mi alma, es la hermosa luz radiante de mi superación emocional.

El ciclo sin fin. E.K.

-¿Qué?… ¿qué es esto?… ¿don… dónde estoy?

No se donde me encuentro, estoy mareado y todo está obscuro.

-¿Dónde diablos estoy?-digo-no… no veo nada…-en ese momento empieza a llover y escucho como un susurro.

-¿Hola?… ¿Hay alguien? – pero no hay respuesta -¿Hola?… ¿hol…- cae un rayo y yo me asusto -Diablos- digo junto con una risa -A ver si avisas- empiezo a tantear la pared en busca de un interruptor.

Nuevamente escucho el susurro y, al girar, cae otro rayo pero… esta vez, no me asuste por el rayo sino que, con la luz provocada por el mismo rayo, vi un cuerpo… un cuerpo colgado.

Rápidamente voy a verlo y, lo que daba antes por un susurro, era en realidad era la voz del tipo que decia:

-“Ayúdame… por… por favor… ayúdame…”

Intenté descolgarlo pero, como yo pensaba, no estaba colgado de una soga, así que creí que estaría colgado en un gancho que estaría en la pared.

De repente escucho como si un vidrio se rompiera, luego un sonido de puñalada y luego un bulto que cae.

Poco a poco, me voy acostumbrando a la luz y veo que el tipo está tirado en el piso con un pedazo de espejo en su cuello.

Finalmente encuentro el interruptor pero, despues de varios y varios intentos fallidos, no encendía.

-Maldita sea… y ahora ¿qué hago?… ¿huh? ¿qué es eso?

veo una ventana… me acerco a ella y veo que estoy en un edificio alto, en el antepenúltimo piso y la ventana da a un callejon… quizás, si tiro el cadáver, nadie lo encontraría.

Levanto el cadáver, le saco el pedazo de espejo que tenía y lo arrojo por la ventana al mismo tiempo que deja de llover… ya está… está en el suelo… ahora debo salir de aquí.

Intento abrir la puerta principal pero está cerrada con llave… por alguna razon me urge ver por la ventana…

-¡¿Pero que demonios?!… ¡es imposible!

El cadáver ya no estaba, por la impresión retrocedo y tropiezo con algo es… ¡UNA PERSONA! busco el pedazo de vidrio pero ya no está, miro hacia un armario y el espejo ya no está roto…

-¡¿Qué demonios está pasando aquí?!

En ese momento siento como un empujón que me hace chocar contra la pared… no podía moverme luego veo que la persona que estaba tirada se levanta, intenté pedirle ayuda pero, no podia hablar muy bien, por lo que solo pude susurrar al mismo tiempo que empieza a llover.

-“¿Hola?… ¿hay alquien?”

Me quedé paralizado… ¿esa persona era yo? gracias a un rayo reacciono e intento hablarle de nuevo, él gira y, gracias a otro rayo pudo verme y corrió hacia mí y le dije:

-Ayúdame… por… por favor… ayúdame…

Él intentó de todas maneras ayudarme mientras que vi en el espejo una figura que se reía de mí… luego el espejo se rompe y una parte de el se enzarta en mi cuello… pero… no estoy muerto… si paralizado… pero no muerto… ¿como podía ser?

Quedé tirado en el suelo un largo rato hasta que él me levanta, me saca el pedazo de espejo, lo deja en el suelo y me arroja por la ventana al mismo tiempo que deja de llover y… aquí estóy… cayendo al vacío… tengo miedo… mucho miedo… unas gotas de lágrimas se desprenden de mis ojos hasta que mi cabeza toca el suelo…

Minutos después me despierto y digo:

-¿Qué?… ¿qué es esto?… ¿don… dónde estoy?

No se donde me encuentro, estoy mareado y todo está obscuro…

Paralizado. L.

Como todas las noches, me fui a dormir tarde. Me cambié y fui directo a la cama.
No lograba conciliar el sueño, cuando logro dormirme. Un ruido me despierta, veo mi habitación, todo estaba calmado como siempre.

La puerta estaba abierta, veo una sombra. Pensé que era mamá, que se había despertado como yo por el ruido, pero me equivocaba. Intenté llamarla, mi voz no se escuchaba, intenté moverme no podía. Solo era un observador en aquel momento.

La sombra se acercaba y no podía hacer nada, el sudor por mi frente corría, sentía escalofríos. Se abre la puerta del todo y veo a una mujer, no podía ver su cara, su pelo la tapaba. Se acercaba a mi, intenté gritar moverme, pero no lo lograba estaba paralizado. Aquella horrorosa mujer de vestido blanco se me acercaba, la miro a los ojos, eran negros. En ese momento sentí algo inexplicable, el frío recorrió todo mi cuerpo. Con sus uñas me arañaba la cara, intenté protegerme, gritar, pedir ayuda.

Estaba en aquel cuarto, paralizado y con un ser extraño que intentaba matarme.
La mujer se me acerca y me susurra al odio “Tu maadree vendraá conmigo”.

Mi miedo aumentaba, la mujer desapareció y los gritos desesperados de mi padre llamándome me despertaron.

Si todo era un sueño por suerte, estaba un poco mas tranquilo, pero con un poco de susto todavía. Mi padre llamándome desesperadamente, me levantó de la cama de un salto, voy donde mi padre estaba. Llego a la habitación había mucha sangre, mi madre estaba tirada en el suelo toda arañada y sin vida ya. Miro hacia mi pierna y también estaba arañada.

Miro hacia el espejo y en la pared decía:”Ya es mía” y veo a esa mujer de vestido blanco. Volteo a la pared y no había nada.

Se lo conté todo a mi padre, él no me creyó. Me encerró en un hospital, estuve doce años en el. Al principio juraba ver eso, pero luego me resigné.

Hoy se cumplen doce años de aquella trágica noche. Nunca mas logre dormir, siempre se me aparece aquella mujer. Tras un tiempo de investigación descubrí porque…

Unas noches antes de aquel suceso, con mis amigos habíamos jugado al juego de la ouija y cortamos el juego sin preguntar.

El espíritu había dicho que si lo hacíamos cosas malas iban a pasar. Era de una mujer, que había muerto incinerada por su madre.

Aun me arrepiento de haber jugado. Por eso por favor, no jueguen con los espíritus, no saben lo que les puede pasar.

Última carta de despedida. A.

Veinte segundos pasaron aproximadamente después de acostarme para darme cuenta de que no sería una noche igual que las demás. Francamente, ninguna de mis noches son lo que puede considerarse como “normales”, siempre en mis sueños se encuentra la tétrica manta de mis oscuras pesadillas, que me hacen despertar cubierta de sudor en la madrugada.

No importa cuanto lo haya intentado, o cuantas noches me haya quedado despierta tratando de distraer mi mente con pensamientos forzados, ellas siempre vuelven. ¿Aficionada a lo sobrenatural? Puede ser. Pero esto que me sucede cada noche excede los límites.

Todo indicaba que, como otras veces, me seria difícil conciliar el sueño, entrar en ese túnel oscuro, donde mis más grandes miedos se hacían lugar, para luego despertar y encontrarme nuevamente con la oscuridad rodeándome.

Pensamientos enredados y fuera de lugar daban vueltas por mi cabeza, como millones de mariposas negras volando sin detenerse, y golpeando los muros que rodean mi subconsciente.

Finalmente me dispuse a cerrar los ojos, y tratar de hacer lo que tantos días me fue imposible. Nada. Nada puede arrebatar de mi cabeza tan macabros pensamientos. Pensé en ponerle fin a mi vida, para entrar en un descanso eterno donde las pesadillas no serían bienvenidas, pero estaría jugando su mismo juego. Haría lo que ellas esperan que haga.

No, debo seguir. Debo vencer mis miedos y volver a mi vida antes de que todo esto comenzara a suceder. ¿Por qué me resulta tan difícil? Estoy agotada de esperar a que esto termine. Ya me estoy quedando sin fuerzas. Cada día que pasa me debilito más y más. No espero un milagro, solo un mañana.

Pero aquí estoy, luchando por mi vida. Sé que nadie me entiende, esos psicólogos que me aconsejaron mis familiares y amigos, solo sirvieron para empeorar mi estado, para que todos comiencen a pensar que estaba perdiendo el juicio. Pero no, solo mi almohada y yo conocemos lo que realmente sucede.

Ni siquiera aquí, donde nadie puede escucharme, ni intentar comprenderme, donde todos me tratan como si realmente estuviera loca, esas pesadillas dejan de atormentarme noche tras noche. Minuto a minuto. Pensaron que con un chaleco podrían evitar que en mi piel aparecieran esas marcas de rasguños y cortaduras. Fue en vano, les advertí que no era yo la que las causaba. No me escucharon. Nunca lo han hecho.

Ahora ya es tarde. Las sombras lograron atravesar lo más profundo de mi interior, donde se refugiaban mis últimas fuerzas que me mantenían con vida. Me despido con esta carta que escribo pese a mi estado, relatando mis últimos momentos de vida, mientras me encuentro dentro de esta prisión de cuatro paredes blancas y acolchadas, donde lo único que puede penetrarlas son las pesadillas que me agobian cada noche.

La cólera de las entrañas. Damián Fryderup.

Una voz me susurró.
-Hola…
-¿Quién eres?-pregunté.
-Soy alguien a quien muchos llamarían conciencia, conocido por muchos, desconocido por tantos-me respondió, justo y claro, pero igualmente yo, no lograba comprender su respuesta.
-¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué no logro ver tu corpóreo ser?
-Porque yo, no debo ser visto, para muchos soy representado por un angelillo que revolotea a la derecha de tu cabeza, para otros, no soy más que un diablillo con un tridente que te pica, al lado izquierdo de tu cabeza. Pero en realidad… no soy ni él uno, ni él otro.
-Vaya… esto se torna un tanto extraño, cualquiera que estuviera en mi situación creería que se ha vuelto loco-le dije, tan desconcertado como una monja en un festival de rock.
-Pues sí… tú estás desjuiciado, loco, demente, pero por sólo una cosa…
-¿Y qué es esa cosa?-pregunté, muy intrigado, como cuando era pequeño y se aproximaba navidad, siempre insistiendo a mis padres, el saber de qué regalo me habían comprado.
-No dejar salir tu extenso potencial, que guardas con tanto ímpetu en las profundidades de tu mente y en las entrañas de tu corazón-me contestó, casi como un poeta.
-Debes… ser más específico conmigo-le dije la verdad, ya que mi mente era un tanto lenta.
-A lo que me refiero es… que debes dejar salir todos esos abismos y mundos que tu mente esconde y, que tu corazón encarcela.
-Prosigue…
-Todo eso a lo que tu llamarías imaginación, don o inteligencia humana, quiere salir de la gran cárcel donde están atrapados, y esa cárcel… son las paredes de tu fornido y escultural cuerpo-me dijo.
-¿Pero, de qué me hablas?-sin dudas, yo, aún seguía pasmado sin comprender en lo más mínimo lo que este espectro, alma, conciencia o lo que fuese, me quería explicar.
-Sólo… deja que “eso”, que guardas con tanta vehemencia salga de su jaula, como lo hacen los pajarillos que son liberados para tener una nueva oportunidad en su habitad natural.
-Pero… cómo hago para liberar eso como tú, le llamáis.
-Pues ésta es la parte más irónica, sólo tú, sabes cómo liberar “eso”-esta situación además de tornarse confusa, también era bastante tenebrosa.
Después de varios intentos, con mucho fracaso, no lograba hacer salir “eso”, como le llamaba la cosa incorpórea con la que hablaba.
-¡No puedo!-exclamé-¡Porque no tengo ni la más pálida idea de lo que me hablas!
-Todo a su tiempo… “la paciencia es del sabio, no del troglodita”-me dijo.
Intenté e intenté hasta que por fin, como un regalo del cielo o del infierno, pude liberar desde las entrañas de mi cuerpo a “eso”.
-¡Lo hicisteis!-exclamó, el ser desconocido que no se dejaba ver, ni porque le pagarán con todo el oro del mundo.
Realmente lo había hecho, pude dejar salir eso que encarcelaba en las profundidades de mí.
Lo que sucedió en aquellos momentos fue tan presuroso, como una bala disparada de un revólver de calibre potente.
-Esto es de lo que yo te hablaba, por fin has dejado salir tu belleza interna-me dijo.
Lo que sucedió, cuando el mundo cambió fue muy placentero, pero a la vez horroroso. Ya que el planeta conocido por los humanos, ya no era más que un triste pasado. Mi habitación permanecía intacta, sólo que al mirar por un ventanal que daba hacia los exteriores, me di cuenta que era lo que yo encarcelaba con tanta furia y pasión a la vez.
-¿Te gusta lo que ven tus ojos?-me preguntó, en un tono irónico.
No le contesté, pero sí pude ver de lo que él me hablaba. Cuando miré por el ventanal de forma rectangular, pude apreciar el cambio grotesco de todo el entorno que agazapaba mi hogar.
Un nuevo mundo emergía desde el cosmos, con cielos bermellones mezclados con tonos naranjas y amarillos, como las mismas fraguas del tártaro. Además un mundo, que escaseaba de la presencia de alguna forma de vida humana. Algo que ponía mi piel como la de una gallina y hacía que los pelos de mi cuerpo de hombre rudo, se erizaran como los de un gato al enfrentarse contra algún peligro.
Pero lo que realmente llamó mi completa atención y además, arrebató mi testosterona fue, ver las infinidades de bestias que resultaban ser tan truculentas como el mismo padre de la discordia “Lucifer”. Bestias, que revoloteaban en los cielos del mismo pandemónium, como si estuviesen danzando al compás de algún tipo de música arcana. También, lograba ver pero no comprender a otros engendros que sólo transitaban por las veredas del habitad humana.
La gran mayoría de éstas horripilantes bestias provenientes del séptimo círculo del infierno, no tenían ojos, como si no los necesitasen siguiendo sus vidas apaciblemente, ajenas a las vidas de sus vecinos. Algunas, hacían notar su desnutrición tomando el cuerpo de un palillo consumido por llamas devoradoras de materia y se les podía avistar a leguas un tipo de herpes que se encargaba de cubrir sus cuerpos como un manto de peste. Y en sus cuerpos secos y consumidos por la putrefacción, tenían agujeros dispersos en toda la carne por los cuales asomaban una especie de parásitos blancos.
También, en aquel mundo, existían unos monstruos que eran obesos con cuerpos dañados por algún castigo físico, para ser más exacto, un castigo de flagelación, bien adecuado a la labor dejando senderos de carne mutilada en sus cuerpos. Pero lo que realmente aterraba a mi alma era, que en el estómago estas bestias repulsivas tenían cabezas de bebés sin piel, como si les hubiesen despojado con ganchos de carne, ya que tenían incisiones profundas que comenzaban desde el mentón y llegaban hasta la nuca.
En aquellos momentos me retiré del ventanal para no seguir presenciando a los demonios aberrantes y me preguntaba a mí mismo. -¿Esto, es lo que yo escondía, en las profundidades más remotas de mi ser? ¿Tanta era mi locura o esto simplemente no era locura? ¿Sólo era mi gran potencial demostrado por mis más horribles dimensiones oníricas?-Después de hacerle estas preguntas a mi propio ser, me dispuse a hacerle una pregunta a mi conciencia. O más bien a esa voz que susurraba y, que nunca daba a conocer su forma carnal.
-¡Eh!-llamé, su completa atención.
No contestaba nadie, como si esos susurros que se habían comunicado conmigo en un principio pasado, se hubiesen perdido en los abismos del tiempo dejando atrás una estela de sapiencia o ignorancia, sólo yo podía saberlo y realmente no lo sabía.
Fueron otros tres llamados y esta voz, no acudió ante mí. Pero, de lo que yo no me había percatado era, que cuando me retiré del ventanal no quité un espacio de mi tiempo para voltear nuevamente y ver si aún seguían esas criaturas notorias y deformes. Una situación realmente extraña, porque una vez que miré nuevamente hacia las afueras me di cuenta sin ser muy intelectual, que mi mundo había regresado y que todo volvía a ser como antes, con un grado elevado de normalidad adecuado a lo mundano y banal de un mundo trivial.
Sin dudas, mi pasmo moriría conmigo. A la vez, me sentía contento de haber regresado, pero a la vez, necesitaba de aquel mundo lleno de morbosidad y sadismo. Pero lo que realmente me preocupó fue, el no saber si esto había sido real y, otra vez me pregunté a mí mismo. -¿Qué fue esto? ¿Es qué acaso ahora me termino de convencer, de que estoy totalmente desquiciado? ¿Realmente esto pasó o fue un simple sueño despierto, como suelen tener los humanos?-En ese momento de preguntas infinitas, sentí un ruido lo bastante normal, como para no entrar en un grado elevado de alteración. Era la puerta, mi mujer me estaba llamando y con su angelical voz de una virgen pura, me preguntó.
-Mi amor… ¿Te encuentras bien?
-Sí. Adelante, pasa-le respondí.
-¿Qué es lo que ocurría? ¿Con quién hablabas? Se podían escuchar susurros tuyos, dirigidos hacia otra persona-mi divina musa, estaba tan preocupada como si yo estuviese a punto de viajar hacia el hades.
-Nada… querida. A veces, tengo la desquiciada costumbre de parlotear solo o más bien, acompañado-realmente ni yo, sabía si le estaba mintiendo o no, porque ni yo, tenía el conocimiento exacto de lo sucedido.
-Está bien… cuando termines con tu trabajo. Te espero en el comedor, el almuerzo ya está listo-como siempre, tan buena, tan comprensiva, tan soportable, tan mujer como a mí me gustaba.
Muchas veces le agradecía con tanta pasión a mi dios padre, por haberme concedido una mujer tan excelsa. Y otras veces me preguntaba, si realmente yo merecía el calor de esta musa radiante.
Una vez que mi amada mujer se retiró del cuarto, dejándome el aviso de que el almuerzo ya estaba listo, (almuerzo que aguardaba de mí para que me recomponga de energías). Otra vez, volví a lanzar preguntas hacia las corrientes de aire que viajaban libres sin problema alguno, que por cierto, estas corrientes eran puras y no sofocantes como las de un principio.
-¿Qué es lo que sucedió? ¡Contéstame ánima perdida, conciencia mía, esencia disuelta! ¿Dónde estás?-le pregunté con una rabia eterna.
Lo mismo, nadie contestaba. Pero esto había llenado de júbilo mi alma, porque me había dado cuenta, de que no estaba convirtiéndome en un completo desquiciado como yo lo pensaba, debido a mi trabajo como médico forense. Algo que jamás quise ser, pero que por obras del destino lo fui.
Algunos médicos forenses compañeros dicen, que sólo se pueden enfrentar a las atroces muertes que se ven cotidianamente, con humor. Otros dicen, que sólo es un trabajo y que los muertos, muertos están, el verdadero peligro son los vivos. Pero yo, por otro lado, nunca lo he dicho pero sí lo he pensado, es que jamás me acostumbraré y en momentos de mi vida que por cierto han sido muchos, he llegado a soñar con los muertos de mi labor. El simple y verdadero caso es que este trabajo no es para algunos, sino que para todos los capaces de hacerlo. Y yo, fui capaz de llevar el peso de esta labor sólo en tiempos pasados cuando era un joven ingenuo. Porque en lo que respectaba de la actualidad cada vez más y más, los muertos de mi trabajo se aunaban para atormentarme gozosamente. Mi trabajo, era algo que estaba robando poco a poco mi sano juicio.
Me retiré del cuarto, y cuando estaba a punto de atravesar el marco de la puerta que me conduciría al pasillo. Escuché esa maldita voz, algo que jamás hubiese querido oír, algo que me hacía desear estar completamente sordo.
-Yo, no existo… sólo persisto…

Por la carretera. T.

-Mamá, Sofía manchó el asiento con mayonesa –dijo Tere, mientras Sofía le hacia señas de que no dijera nada.
-Pero ya lo estoy limpiando
-¡Lo estás embarrando más! Mamá ¡regáñala!
La pelea fue interrumpida con el sonido ensordecedor que hizo un trailer al pasar junto al vochito en el que viajaban.
-¿Falta mucho mamá? –preguntó Sofía- ya me enfadé.
-Ya casi llegamos, allá esta la brecha por la que vamos a ir.
Tere y Sofía hicieron una mueca de disgusto, al principio les había parecido muy buena idea viajar de un pueblito a otro, conociendo lugares interesantes del norte del país pero, después de una semana en carretera, estaban muy enfadadas lo único que veían era un paisaje árido, seco, sin interés. Su mamá se esforzaba por señalarles los cactus y los animales que encontraban a su paso, para ellas todo se veía igual.
El carro no tenía aire acondicionado, el calor era insoportable y por las ventanas entraba un aire caliente que las sofocaba.
Ahora estaban buscando la zona del silencio, extraño lugar en donde pasaban cosas inexplicables, había quien afirmaba que la zona del silencio era una puerta a otra dimensión, aparentemente el lugar atraía meteoritos, naves espaciales y curiosos como ellos. A mamá le había parecido interesante incluir un lugar misterioso en la expedición.
Al final del viaje llegarían a casa de sus abuelos, en donde se reunirían con su papá para pasar las verdaderas vacaciones.
-Creo que ya nos pasamos mamá, llevamos mucho rato por este camino y no se ve nada.
-¿Y qué quieres que se vea? Es la zona del silencio, no se tiene que ver, se tiene que escuchar. ¡Que tonta eres!
-Mamá, Tere me dijo tonta
Esta vez su mamá no le prestó atención, estaba preocupada, ya deberían de haberse topado con alguna señal, con alguna persona.
Nada. A su alrededor solo había desierto.
-Mamá ¿ya vamos a llegar? Tengo mucho sueño – dijo Sofía, mientras veía una lagartija parada sobre una roca. La lagartija le sonreía. Sofía pensó que eso era lo más horrible que había visto.
Sofía y Tere se durmieron.
Sofía vio una enorme bola de fuego que caía del cielo, quemándolo todo a su paso, ella quería gritar, quería correr, su cuerpo no le respondía. Sintió el calor en sus brazos, en sus manos que trataban de proteger sus ojos. Su cabeza ardía, abrió los ojos y vio a su hermana carbonizada. Un grito desgarrador, de miedo y dolor, salió de su garganta.
Sofía despertó.
Habían pasado unos segundos. Todavía podía ver a la lagartija sonriente. Como si no hubieran avanzado de lugar.
-Mamá ¿ya vamos a llegar? –Sofía tocó a su mamá porque no le respondía, su mamá se desmoronó quedando convertida en un montoncito de arena.
Sofía despertó.
-Mamá tuve una pesadilla horrible, soñé que te desmoronabas y…
Sofía se dio cuenta de que seguía soñando porque ahora se encontraba en el carro con los esqueletos de su mamá y su hermana.
-Por favor, quiero despertar
-¿Estás bien? – preguntó su mamá.
-Por fin –dijo Sofía-, tengo pesadillas. ¿Ya vamos a llegar?
-No lo sé –dijo su mamá–, sigo manejando para salir de aquí, pero todo se ve tan igual. No sé en donde estamos.
Nunca llegaron a la casa de los abuelos. Papá las buscó. Todavía las está buscando.