sábado, 25 de marzo de 2017

La silla de ruedas. E.F. Benson (1867-1940)

A los cincuenta años de edad, Edmund Faraday tenía todas las razones para estar satisfecho de la vida: poseía todo lo que realmente deseaba, y además en abundancia. La salud era una de las principales causas de su satisfacción, y a menudo pensaba que la profesión médica tendría muy poca cosa que hacer si todo el mundo fuese como él. Su apreciación de su buena suerte le permitía en ocasiones tentarla: comía sin mesura y consumía grandes (aunque nunca excesivas) cantidades de alcohol proveniente de diversos tipos de licor, aludiendo agradablemente a su inmunidad ante cualquier efecto desagradable. También hacía saber a todo el mundo que cada mañana tomaba un baño de agua fría, que pasaba diez minutos frente a una ventana haciendo ejercicios y flexiones, y que se tomaba el desayuno con gran apetito. No resultaba tan popular, sin embargo, su escaso respeto por aquellos que tenían que cuidarse. Y no es que lo expresase en términos despreciativos, sino más bien al contrario: mostraba una jovial simpatía por todos aquellos hombres, quizá diez años más jóvenes que él, que elegían ser prudentes con el alcohol.

—Eso que se pierde, abuelo —comentaba—, pero ya espabilará.
Además de estas ventajas físicas, era dueño de unos considerables ingresos derivados de sus acciones en una compañía muy segura dedicada a los grandes almacenes, que él mismo había fundado y de la que era presidente: aquello y sus ahorros acumulados le permitían vivir como le apeteciese. Tenía una casa cerca de Ascot en la que pasaba casi todos los fines de semana, desde el viernes hasta el lunes, jugando constantemente al golf, y otra en Massington Square, convenientemente cercana a su negocio. Podía esperar una razonable y próspera travesía en aquel último tramo de la vida que en los hombres acomodados suele continuar hasta bastante después de haber cumplido los setenta. En Londres estaba acostumbrado a jugar todos los días al bridge durante un par de horas en su club, antes de regresar a su hogar de soltero, del que se encargaba su hermana, y desde la mañana hasta la noche su vida se centraba en disfrutar o procurarse placeres.

Alice Faraday era, dentro de su propio campo, una de las claves de su próspera existencia, ya que era la que se encargaba de los asuntos domésticos. El la veía poco, ya que siempre desayunaba solo y durante la mañana únicamente coincidían unos instantes, cuando él descendía las escaleras para dirigirse hacia su oficina y le decía si vendrían algunos amigos a cenar o si por el contrario era él quien cenaría en otro lugar; entonces ella hablaba con el cocinero, telefoneaba a los proveedores, y recorría la casa para asegurarse de que todo estaba ordenado e impoluto. Al final del día era también rara la ocasión en la que recibían juntos la noche, ya que o bien él cenaba fuera dejándola sola, o bien invitaba a tres o quizá a siete amigos, entre los que formaban una o dos mesas de bridge. En aquellas ocasiones, Alice nunca participaba. No le gustaba jugar a las cartas, estaba bastante sorda, mantenía un silencio nada decorativo y sentía que ya había quedado representada por la admirable comida que les había proporcionado tanto a él como a sus amigos. En la residencia de Ascot desempeñaba un papel parecido, acudiendo allí en tren los viernes por la mañana para que la casa estuviera preparada cuando llegara él montado en su coche algo más tarde.

A veces Faraday se preguntaba si no se sentiría más a gusto casándose y proporcionándole a Alice una casa modesta que fuera de su propiedad y una renta equivalente, ya que, aunque raras veces la veía, su presencia le repugnaba ligeramente. Pero el matrimonio era algo arriesgado, especialmente para un hombre de su edad, que se había librado durante tanto tiempo, y además podría topar con una esposa que tuviera voluntad propia, y que no entendiera, del modo que lo hacía Alice, que la única razón de su existencia debería ser hacerle sentir cómodo. De nuevo se preguntó si unos criados tan perfectamente adiestrados como los suyos no podrían llevar la casa de una manera tan eficiente como lo hacía su hermana, en cuyo caso ella estaría mejor en otro lugar; él desde luego se sentiría más a gusto si no viviera bajo el mismo techo. Pero podría pasar que su cocinero se despidiera, o que la chica que limpiaba la casa hiciera mal su trabajo, y además había facturas de las que encargarse, e impuestos que pagar, y había que pensar en el abastecimiento. Alice se encargaba de todo aquello, y lo único que él tenía que hacer era extenderle un cheque mensual, refunfuñando al ver el total. Y respecto a sus ocasionales cenas con ella, aunque era aburridísimo sentarse frente a aquella criatura medio sorda, grosera y huesuda, aquellas noches eran las menos, y en cuanto acababa de cenar se retiraba a su estudio y pasaba una o dos horas tolerables entretenido con un libro o un crucigrama. A qué se dedicaba ella, no tenía ni idea, y tampoco es que le importara mientras ella no le importunase. Probablemente leería aquellos espantosos libros sobre el subconsciente y las ciencias ocultas que tanto le gustaban. Para él, con el consciente ya le bastaba, y ella tenía poco espacio reservado en el suyo. Qué mujer tan desagradable y enigmática: qué extraño que él, tan pulcro y robusto, llevara su misma sangre.

Aquel régimen, sin duda el más cómodo que había podido idear para sí mismo, había sido prácticamente impuesto sobre Alice. Ella había cuidado de la casa de su padre hasta la muerte de éste, quien al ir envejeciendo había caído en las malas costumbres. Había perdido un capital considerable especulando estúpidamente en el mercado de valores, y durante sus últimos cinco años había pasado a depender completamente de su hijo, que los había alojado a ambos en un pequeño y sórdido piso a la vuelta de la esquina de Massington Square. Entonces el viejo sufrió un ataque y quedó parcialmente paralizado, y Edmund, siempre despreciativo de los enfermos y los incapaces, le había tacañeado hasta el último penique del par de cientos de libras que le pasaba anualmente. Al mismo tiempo, admiraba la habilidad para la gestión y la economía exhibidos por su hermana, que conseguía ofrecerle a su padre una existencia cómoda pese a su magra miseria. Por ejemplo, incluso había conseguido comprarle una silla de ruedas de segunda mano, destartalada y desgastada por el uso, con la que los días soleados le paseaba por los jardines de Massington Square, o sencillamente se sentaba a su lado para leerle. Ciertamente, sabía cómo aprovechar el dinero, de modo que, al morir su padre, y ya que era su deber ocuparse de ella, Edmund le ofreció cien libras al año, alojamiento y manutención, a cambio de que llevara la casa por él. Si no aceptaba aquella oferta, debería arreglárselas sola, y dado que no poseía un penique, no estuvo en su mano oponerse. Habían traído consigo la silla de ruedas, y la había guardado en un gran trastero que había en el jardín trasero de la casa de su hermano. Quizá podría ser de algún uso en otra ocasión.

Edmund Faraday era un hombre astuto, pero nunca sospechó que existiese alguna razón, aparte de la necesidad material, por la que Alice hubiera aceptado su oferta de tan buen grado. Brevemente, esta razón era que su hermana le profesaba un odio que se incrementaba y brillaba furioso ante su presencia. Ella lo abrazaba, lo atesoraba y lo alimentaba, pero para hacer todo aquello necesitaba estar cerca de él: de otra manera, podría enfriarse y morir. Oírle llegar alguna tarde la emocionaba al sentir su cercanía; sentarse con él en silencio durante sus escasas y solitarias cenas, observarle, servirle... representaba un festín para ella. No tenía ningún deseo personal de dañarle, incluso aunque eso hubiera sido posible, pero sentía que debía estar cerca, esperando a que cayera sobre él alguna desgracia inconjeturable, la cual, aunque pudiera demorarse todo lo que quisiera, acabaría por llegar con toda seguridad, al menos mientras ella mantuviera la dinamo de su odio constantemente encendida. Toda emoción intensa, ella lo sabía, representaba una fuerza en el mundo, y antes o después acabaría por realizarse con creces. Durante sus horas solitarias, cuando las tareas del hogar estaban completadas, ella centraba su mente en él, como un proyector, y estudiaba libros de magia y ciencias ocultas que le revelaban o le hacían intuir los poderes otorgados por la concentración. Las brujas y los magos, en los tiempos antiguos, ignorantes de la causa subyacente, pronunciaban hechizos y encantamientos o construían muñecos de cera que representasen a sus víctimas, y los ataban y los pinchaban con agujas con el propósito de producir malestar físico y agudos dolores. Pero todo aquel trabajo con símbolos era un juego de niños: la verdadera fuerza que se escondía detrás, aquella que más convendría dejar libre para realizar su voluntad sin interferencias, era el odio. Y no merecía la pena ser impaciente: era la paciencia la que realizaba un trabajo perfecto. Quizá, cuando su maldición empezara a tomar forma, se le podría ayudar de alguna manera: los miedos podían ser potenciados, se podía aumentar la desesperanza... pero nada más. Tan sólo la espera fatigosa, el deseo intenso, la insaciable y negra llama...

A menudo sentía que el espíritu de su padre se mantenía en contacto con ella, ya que también él había aborrecido a su hijo, y mientras yacía paralizado, sin poder hablar, ella inventaba historias sobre Edmund para entretenerle: cómo perdería todo su dinero, cómo se descubriría un gran fraude en su negocio, cómo le traicionaría su tan cacareada salud, y cómo le atenazaría el cáncer o alguna enfermedad degenerativa; entonces, los ojos del viejo brillaban con alegría, gorjeaba sin poder decir nada y se retorcía de placer. Desde la muerte de su padre, Alice aún no había sentido que éste la abandonara; su espíritu estaba cerca de ella y su malevolencia no había disminuido. Ella, por su parte, le hacía el compañero de sus pensamientos: a veces, Edmund llegaba tarde del trabajo, y mientras los minutos se deslizaban sin que él hubiera aparecido aún, ella se sentía como si todavía estuviera inventando historias para su padre, y le contaba que el teléfono sonaría de un momento a otro, y que la llamada provendría de algún hospital al que Edmund habría sido conducido tras sufrir un accidente de tráfico. Pero entonces recordaba que debía mantener a raya sus pensamientos; no debía permitirse definir excesivamente sus ideas ni sugerir nada a la fuerza que se estaba preparando para actuar sobre él. Y aunque en aquellos momentos todo parecía marchar a la perfección, y los siguientes meses incluso le proporcionaron nuevos beneficios, Alice nunca dudó que llegaría el día de la retribución, siempre y cuando ella fuese paciente y mantuviera aquella dinamo del odio en marcha.

Edmund Faraday se había trasladado hacía relativamente poco a la casa que ahora ocupaba. Previamente había vivido en otra de la misma plaza, una docena de puertas más allá, pero siempre había deseado ésta: era más espaciosa, y contaba en la parte trasera con una considerable parcela de tierra rodeada por una alta pared de ladrillo y ocupada por un jardín de césped y lechos de flores. Sin embargo, aún no había conseguido alquilar la otra casa, y el cartel que el agente inmobiliario había colocado frente a ella era sencillamente horroroso, pero lo peor era que mientras estuviera libre habría dinero por ganar. No obstante, aquella noche, mientras se acercaba a ella, caminando vigorosamente al regresar de su oficina, vio que había un hombre asomado al balcón de la sala de estar: evidentemente, había alguien visitándola. Cuando se estaba acercando, el hombre dio media vuelta, dio un par de pasos hacia la puerta y entró en la casa. Faraday pudo darse cuenta de que cojeaba pesadamente, apoyándose en un bastón y arrojando el cuerpo hacia adelante cada vez que avanzaba la pierna izquierda, como si la articulación no siguiera su juego. Pero aquel no era problema suyo, y se sentía satisfecho con pensar que alguien había acudido a visitar su vacía propiedad. A la mañana siguiente, de camino a la oficina, pasó a ver al agente en cuyas manos había dejado la casa, y le preguntó quién se había interesado por ella. El agente no sabía nada al respecto: no le había cedido las llaves a nadie.

—Pero anoche vi a un hombre en el balcón —dijo Faraday—. Tuvo que hacerse con las llaves de alguna manera.

Sin embargo, las llaves estaban en su lugar habitual, y el agente prometió enviar a alguien de inmediato para asegurarse de que la vivienda estuviera apropiadamente cerrada. Faraday se tomó la molestia de pasar de nuevo cuando regresaba a su casa para enterarse de que todo estaba en orden, que tanto la puerta principal como la trasera estaban cerradas y que no había ni rastro de que hubieran entrado ladrones. De alguna manera, aquel extraño incidente se grabó en la mente de Faraday, y algo más de una semana más tarde tuvo motivos para recordarlo. Una mañana vio en la calle, un poco por delante de él, a un hombre que cojeaba y se doblaba sobre su bastón, reconociendo de inmediato al visitante de la casa vacía, ya que su constitución y su modo de moverse eran los mismos, por lo que aceleró sus pasos con el objetivo de intentar echarle un vistazo. Pero la acera estaba repleta de gente, y antes de que pudiera alcanzarle el hombre había saltado a la calzada y había sorteado el abundante tráfico, de modo que Edmund le perdió de vista. En otra ocasión, mientras recorría la plaza hacia su casa, le vio caminando por el otro lado y en dirección opuesta, así que retrocedió para intentar interceptarle en el otro extremo del jardín. Pero para cuando llegó a la otra acera, ya no había ni rastro de él. Recorrió con la mirada la calle de arriba abajo; seguramente aquel modo de andar debería de ser visible desde una gran distancia. Se trataba de un hombre grande, de anchos hombros y fornido: debería haber sido fácil distinguirle. Faraday estaba seguro de que no se trataba de un vecino de la plaza, ya que de otro modo le habría visto con anterioridad. ¿Qué habría estado haciendo en su casa cerrada? ¿Y por qué, de repente, le veía casi cada día? De una manera bastante irracional, sintió que aquel entrometido y sin embargo elusivo extraño tenía algo que ver con él.

Al día siguiente iba a desplazarse hasta Ascot, y aquella noche fue una de esas escasas ocasiones en las que cenó con su hermana. Apenas tenía apetito, y estaba culpando mentalmente a la comida cuando el habitual silencio se rompió. De repente, su hermana le obsequió con una de aquellas risas suyas que parecía un balido y dijo:

—Se me había olvidado decírtelo. Hoy ha venido un hombre que deseaba hablar contigo sobre el alquiler de la otra casa. No dio ningún nombre y le he dicho que eso era cosa del agente inmobiliario, así que le he dado la dirección. ¿He hecho bien, Edmund?
—¿Cómo era? —dijo él violentamente.
—No he llegado a ver su cara con claridad. Cuando yo he bajado al recibidor ya se había colocado de pie frente a la ventana. Pero era corpulento, más o menos como tú, aunque tullido. Cojeaba mucho y se apoyaba en un bastón.
—¿A qué hora ha sido?
—Un par de minutos antes de que llegaras.
—¿Y entonces?
—Bueno, cuando le he dicho que se dirigiera al agente inmobiliario se ha dado la vuelta y se ha marchado y, como te decía, no he llegado a ver su cara. En todo caso tenía algo raro. Le he observado desde la ventana y le he visto rodear la plaza para marcharse por la otra acera. Un par de minutos después te he oído entrar.
Ella le observó mientras hablaba, y vio que la preocupación teñía su cara.
—No logro averiguar quién es ese tipo —dijo él—. Por tu descripción parece un hombre al que vi en el balcón de la otra casa hace una semana. Sin embargo, cuando fui a preguntarle al agente, resultó que nadie le había solicitado las llaves, y la casa estaba completamente cerrada. Le he visto varias veces desde entonces, aunque nunca de cerca. ¿Por qué no le has preguntado su nombre o su dirección?
—Sinceramente no se me ha ocurrido —respondió ella.
—Si vuelve a aparecer, no te olvides de hacerlo. Y ahora, si has terminado, puedes retirarte. Mañana por la mañana irás a Ascot y prepararás una buena comida. Vendrán tres amigos míos a pasar el fin de semana.

Faraday acudió a su ronda de golf del sábado por la mañana de excelente humor: había ganado sobradamente al bridge la noche anterior y se sentía vigoroso y agudo. La mañana era muy calurosa y el sol resplandecía con fuerza, pero un pequeño grupo de oscuras nubes se aproximaba por el este, amenazando con un chaparrón. Además, resultaba desesperante tener que esperar en uno de los hoyos cortos a que la pareja que iba delante de él dejara de enredarse en las trampas de arena que sembraban el green. Finalmente consiguieron superarlas, y Faraday, mientras esperaba a que cambiaran de hoyo, vio que un hombre fornido, que se apoyaba en un bastón y cojeaba pesadamente, les estaba observando.

—Está aquí —dijo para sí—. Ahora podré verle bien.
Pero cuando llegó al green el hombre ya se había marchado, y no pudo encontrar ni rastro de él en ninguna parte. En todo caso, conocía a la pareja que iba delante de él, y podría preguntarles quién era su amigo cuando se encontraran en el club. En aquel momento empezó a llover, durante poco tiempo pero con gran intensidad, por lo que su compañero fue a cambiarse en cuanto entraron en el local. Faraday se burló de aquella precaución: él nunca había cogido un mínimo resfriado, y tampoco había sufrido en su vida la menor punzada de reumatismo, de modo que mientras esperaba a su no tan robusto compañero aprovechó para preguntar sobre quién era aquel tullido a la pareja que había estado jugando por delante de él. Pero ninguno de ellos le conocía: de hecho, ninguno de los dos le había visto siquiera.

De alguna manera aquello estropeó su sensación de bienestar, ya que se trataba de un asunto de lo más extraño. Pero el domingo amaneció despejado y brillante, por lo que nada más despertarse saltó de la cama con la intención de ir a dar un paseo por el jardín antes de tomar su baño. Inmediatamente tuvo que agarrarse a una silla para no caer al suelo. Su pierna izquierda había cedido bajo su peso y un dolor punzante le sacudió la cadera. Qué fastidio: quizá debiera haberse quitado aquellas ropas húmedas la tarde anterior. Se vistió con dificultad y descendió las escaleras cojeando. Alice estaba allí, colocando flores frescas sobre la mesa.

—Vaya, Edmund, ¿qué te pasa? —preguntó.
—Un leve ataque de reumatismo —dijo—. Ya se me pasará en cuanto me mueva un poco.

Pero moverse no resultaba tan fácil: el golf quedaba más allá de toda consideración, y tuvo que quedarse sentado todo el día en el jardín, maldiciendo aquella desacostumbrada aflicción, y durante todo el día la imagen de aquel hombre tullido, cuya complexión era la misma que la suya, se le enterró en el cerebro como un topo. De regreso a Londres, Faraday visitó a un médico fiable, el cual, tras enterarse de sus baños de agua fría y su indisciplinado uso de los placeres de la mesa y la bodega, le puso a régimen, lo que para él era una de las humillaciones más amargas, ya que acababa de alistarse en el despreciable ejército de los cuidadosos.

—Moderación, mi querido señor —dijo el doctor aconsejándole—. Se acabaron para usted los baños de agua fría y el oporto, y ponga límite a su insaciable apetito. Sería también recomendable que empezara a hacer un poco de ejercicio en los días de diario y reducir el de los fines de semana. Siga trabajando, jugando sus partidas y viendo a sus amigos. Pero sobre todo, moderación, y pronto volveremos a tenerle en plena forma.

De acuerdo a aquellos desagradables consejos, Faraday tomó la costumbre de regresar caminando hasta casa cada vez que acudía a cenar cerca del vecindario, y de dar un par de vueltas a la plaza antes de irse a la cama si lo hacía en casa. Aquella semana, contrariamente a la costumbre, las noches pasaron sin invitados, y la última de ellas, antes de regresar al campo, salió cojeando a eso de las once sintiéndose inquieto y mostrando una extraña aprensión hacia el futuro. Aunque la violencia del ataque había remitido, caminar seguía siendo doloroso y difícil, y sus titubeantes pasos, estaba convencido, no podían sino despertar una despreciable compasión en todos aquellos que le conocían y sabían el hombre dinámico y ágil que había sido. La noche aparecía cubierta de nubes y sofocantemente calurosa, y en el ambiente se respiraban una tensión y una opresión que iban a la par con su humor. Todos los placeres de su vida le habían sido arrebatados por aquella indisposición, y en su interior sentía con terrible seguridad que aquello no era sino la sombra de un visitante mucho más espantoso que se estaba acercando. Durante toda aquella semana, además, Alice se había comportado de una manera extraña. Parecía esperar algo, y aquella espera la llenaba de un regocijo secreto. Le vigilaba, tomaba notas, estaba alerta...

Había completado su primera ronda a la plaza y se encontraba ahora realizando la segunda, tras la cual se retiraría. Unos cien metros le separaban de su casa, y tanto la acera como la calzada aparecían completamente desiertas. Entonces, a medida que se acercaba a su puerta, vio que una figura avanzaba en su dirección; como él, cojeaba y se apoyaba en un bastón. Pero aunque hacía una semana había querido encontrarse con aquel hombre cara a cara, algo en su mente había cambiado, y ahora la perspectiva de encontrárselo le llenaba de un tembloroso terror. No había manera, en todo caso, de evitar aquel encuentro, a no ser que volviera a retroceder, y pensar que aquel hombre le estaba siguiendo le parecía algo más intolerable aún que enfrentarse a él. Entonces, mientras se encontraba a unos doce metros, vio que el otro se había detenido justo frente a su puerta, como si le estuviese esperando. Faraday agarró sus llaves, preparado para entrar. No pensaba mirar al tipo en absoluto, sino pasar a su lado con la cabeza inclinada. Cuando apenas se encontraba a medio metro de él, el otro extendió la mano como haciendo un gesto que reclamara su detención, e involuntariamente Faraday se volvió. El hombre se encontraba junto a una lámpara, y su cara aparecía completamente iluminada. Y aquella cara era la cara de Faraday: era como si se estuviera enfrentando a su propia imagen en un espejo... Respirando dificultosamente, entró en su casa y cerró de un portazo. Allí estaba Alice, a su lado, esperándole, con toda seguridad.

—Edmund —dijo, y junto a esa misma seguridad percibió en su voz un temblor que delataba alegría—, acabo de salir para echar una carta al correo y me he encontrado con el hombre que vino el otro día a preguntar por la casa. Qué curioso.
Él se limpió los goterones de sudor frío que le invadían la frente.
—¿Le has visto bien? —preguntó—. ¿Cómo era?
Ella dejó escapar su risa bovina, y sus ojos brillaron alegres.
—¡Es algo de lo más extraordinario! —dijo—. Se te parece tanto que llegué a hablarle antes de darme cuenta de que no eras tú. Su modo de andar, su complexión, su rostro: todo. ¡Extraordinario! Bueno, me voy a la cama. Ya es tarde, pero pensé que querrías saber que estaba por aquí, por si acaso querías charlar con él. Me pregunto quién será y qué querrá. ¡Felices sueños!

A pesar de aquellos buenos deseos, Faraday no durmió bien en absoluto. Siguiendo su costumbre, había abierto completamente las ventanas antes de acostarse, y estaba quedándose dormido cuando oyó en el exterior unos pasos irregulares y el sonido de un bastón golpeando contra el suelo; su propio paso, podría haber pensado, y el sonido de su propio bastón. Se paseaba frente a su casa, de un lado a otro, patrullando su reducido perímetro. A veces cesaba durante un rato, pero tan pronto como el sueño empezaba a rondarle empezaba de nuevo. ¿Debería mirar, se preguntaba, y ver si había alguien ahí? Desechó la idea, ya que la perspectiva de volver a mirarse a sí mismo, a su propia cara y a su propio cuerpo, le inundaba la frente de sudor. Finalmente, incapaz de seguir soportando aquella vigilia, se asomó a la ventana. Desde un extremo al otro, hasta donde le alcanzaba la vista, la plaza estaba vacía salvo por la presencia de un policía que realizaba su ronda en silencio, iluminándose con su linterna.

El doctor Inglis le visitó al día siguiente. Desde su última cita, había examinado las radiografías de la articulación dañada, y podía ofrecerle nuevos detalles. No había rastros de artritis; un reumatismo muscular, el cual sin duda desaparecería con el apropiado tratamiento, era todo el achaque. De modo que Faraday se dirigió a su oficina, mientras que el doctor se quedó para hablar con Alice, ya que, según le había confesado jovialmente el primero, sospechaba que no iba a ser un paciente demasiado obediente, y que debería decirle a su hermana cuáles eran sus instrucciones respecto a la comida y los medicamentos.

—Físicamente no tiene ningún problema demasiado grave, señorita Faraday —dijo—, pero hay algo que quiero consultarle. Le he encontrado muy nervioso y estoy seguro de que quería contarme algo, pero no se ha decidido a hacerlo. Debería haber superado este reumatismo hace días, pero tiene algo en la mente que está minando su vitalidad. ¿Tiene usted idea, en completa confidencialidad, por supuesto, de qué podría tratarse?
Ella lanzó un pequeño balido, riendo.
—Ya sé que no está bien que me ría, doctor Inglis —dijo—, pero es que me alivia tanto saber que no le pasa nada malo a mi querido Edmund... Sí, hay algo que le preocupa... ¡Caramba, es algo tan ridículo que apenas puedo hablar de ello!
—Pero quiero saberlo.
—Bueno, se trata de un tullido al que ha visto en varias ocasiones. Yo también le he visto, y lo más extraño es que es exactamente igual a Edmund. Anoche se lo encontró frente a la casa y entró... bueno, con un aspecto horrible.
—¿Y cuándo le vio por primera vez? Apuesto a que fue después de que le asaltara esta cojera.
—No. Fue antes. Ambos le vimos antes. Era como si... ¡va a sonar tan tonto!... como si esta especie de doble suyo le hubiera mostrado lo que iba a sucederle.

Había regocijo y placer en su voz. Y qué desaliñada y grosera resultaba su apariencia con aquel mechón de pelo gris revuelto sobre su frente y sus manos descuidadas. El doctor Inglis sintió disgusto: se preguntó si estaría del todo bien de la cabeza. Ella se agarró una rodilla con aquellos dedos largos y huesudos.

—De modo que eso es lo que le turba. Oh, le conozco perfectamente —dijo—. A Edmund le aterroriza ese hombre. No sabe lo que es. No quién es, sino qué es.
—¿Pero qué es lo que hay que temer? —preguntó el doctor—. El tullido no es producto de su alterada imaginación, ya que también usted le ha visto. Es un ser humano normal y corriente.
Ella se rió de nuevo y palmeó como una niña complacida.
—¡Oh, por supuesto, así debe ser! —dijo—. De modo que no hay nada que temer. ¡Espléndido! Tengo que decírselo a Edmund. ¡Qué alivio! Y en cuanto a las reglas que usted le ha impuesto, sobre la comida y toda eso, seré muy estricta con él. Comprobaré que hace exactamente lo que le ha dicho. Seré implacable.

Durante una semana o dos, Faraday no volvió a ver a aquel visitante no bienvenido, pero no le olvidó, y en algún lugar de su cerebro, bien enterrada, permanecía aquella sensación de miedo. Entonces llegó una noche en la que había estado fuera cenando con unos amigos: la comida y el vino eran excelentes, y los otros se habían burlado de él por su condición de abstemio, de modo que relajó un poco sus restricciones y disfrutó de una noche alegre, como en los viejos tiempos. Le parecía haber escapado de la sombra que se había cernido sobre él, y regresó caminando a casa de buen humor, cojeando y apoyándose en su bastón, pero con bastante más energía que en los días anteriores. Debía levantarse por la mañana temprano, ya que se aproximaba la asamblea general de su compañía y al día siguiente tenía que acabar de escribir su discurso para los accionistas. Les ofrecería una agradable media hora; los almacenes Faraday habían conseguido un doce por ciento libre de impuestos y un cinco por ciento en el incremento de beneficios.

Tomó un atajo a través de la oscura callejuela en la que había residido su padre durante sus últimos años de enfermedad, y sus pensamientos retrocedieron, con el sentimiento de una carga liberada, a la última vez que le había visto vivo, sentado en su silla de ruedas en el jardín de la plaza, mientras Alice le leía. Edmund se había acercado hasta el jardín para charlar con él, pero su padre sólo le había mirado con malevolencia desde sus hundidos ojos, farfullando y murmullando desde su barba. Era como un mono viejo, pensó Edmund, desdentado, furioso y débil, y entonces, súbitamente, le había golpeado con la mano que aún podía mover. Edmund le había respondido ofreciéndole el lado más agresivo de su labia; le había dicho que más le valía comportarse mejor si no quería que le retirase su pensión. ¡Vaya una manera más agradable de comportarse con un hijo que le había dado hasta el último penique que tenía!

De este modo, meditando agradablemente, salió de aquel desagradable callejón y se aproximó a la plaza. Aquella noche había bastante gente, los coches recorrían una y otra dirección y un taxi se había detenido en la casa que había al lado de la suya, privándole de cualquier otra visión de la calle. Al sobrepasarlo vio que justo debajo de la lámpara, frente a su propia puerta, había una silla de ruedas vacía. Detrás de ella, como si fuera a empujarla cuando su ocupante estuviera preparado, se alzaba un viejo de barba blanca y desordenada. Observándole, Edmund pudo ver sus ojos hundidos y su boca balbuceante, y entonces lo reconoció. Las llaves se le escaparon de la mano, pero sin detenerse para recogerlas se abalanzó sobre las escaleras y, en un acceso de pánico incontrolable, empezó a llamar al timbre y al aldabón de la puerta además de golpearla con sus propias manos. Oyó pasos en el interior, y allí estaba Alice. La empujó y se derrumbó sobre una silla del recibidor. Antes de que ella cerrase la puerta y se le acercara, sonrió y besó la mano de alguien que esperaba en el exterior.

Con dificultad consiguieron subirle hasta su habitación, ya que aunque hasta entonces se hubiera mostrado activo, todas las fuerzas parecían haberle abandonado, los huesos le bailaban en sus articulaciones, y ascendió las escaleras balanceándose y retorciéndose cada vez que subía un escalón. Siguiendo sus directrices, Alice cerró con cerrojo las ventanas y echó las cortinas; él no dijo ni una sola palabra sobre lo que había visto, pero no hacía falta que lo hiciera. Después de dejarle, ella se retiró a su propia habitación, alerta y ansiosa, ya que ¿quién podía saber lo que podría pasar antes de que llegara el día? Qué inteligente había sido dejando el trabajo en otras manos: no había tenido más que concentrarse y pensar, y ahora podía contemplar cómo sus pensamientos y la fuerza que había permanecido oculta detrás de ellos empezaban a tomar forma en el mundo material. El terror, ese gran mecanismo destructivo, tenía atenazado a Edmund, el cual había quedado atrapado entre su maquinaria y estaba siendo arrastrado hacia sus implacables tornos. Y aun así, ella no debía interferir: debía seguir odiándole y deseándole males. Qué momento tan maravilloso había resultado aquel en el que había aporreado la puerta, frenético de terror, y cuando al abrirla había visto la destartalada silla de ruedas y a su padre detrás de ella. Apenas pudo dormir aquella noche, pero yació feliz y preguntándose, reconfortada y tensa, si la fuerza podría volver a reunirse en cualquier momento para otorgar el golpe que acabara de una vez por todas con todo. Pero la breve y cálida noche de verano pronto se convirtió en día, y ella retomó las tareas de la casa, de modo que todo resultara lo más cómodo posible para Edmund.

En aquel momento bajó su criado, con orden de telefonear al doctor Inglis. Después de que el doctor le viera, solicitó volver a hablar con Alice. Esta repetición de su entrevista le resultó tan encantadora... Era como la repetición de un fraseo musical en una sinfonía, amplificado e interpretado por más instrumentos, ya que el punto de vista que sobre su paciente le ofreció fue mucho más pesimista. Aquella repentina rigidez de las articulaciones no podía ser explicada mediante causas físicas, y además había llegado acompañada de una acentuada pérdida de energías que no podía ser explicada con ninguna lesión corporal. Ciertamente había recibido un shock tremendo, mas no quería hablar de ello. De nuevo el doctor le preguntó si sabía algo al respecto, pero todo lo que ella le pudo decir fue que había llegado la noche anterior en un estado de terror absoluto y de colapso completo. Además, había otra cosa. Estaba muy preocupado por el discurso que debía dar en su asamblea general. Era importantísimo que descansara y durmiera, y mientras aquel discurso ocupara su mente, evidentemente no podría conseguirlo. Estaba determinado a levantarse para descender a su estudio, donde tenía los papeles necesarios. Con la ayuda de su criado, podría llegar hasta allí, y cuando su trabajo estuviese acabado, podría descansar tranquilamente. El doctor Inglis regresaría por la tarde para volver a examinarle: también sería recomendable que pasara una o dos semanas en una casa de reposo. Le dijo a Alice que le vigilara intermitentemente, y que si algo la alarmaba enviara a alguien a avisarle. Enseguida volvió al piso de arriba para ayudar a Edmund a bajar, y entonces se oyeron los ruidos de unas pesadas pisadas, y los crujidos del pasamanos, como si un peso muerto se estuviese deslizando sobre él. Aquello le trajo a Alice a la memoria el recuerdo del funeral de su padre, y del momento en el que habían descendido su ataúd por las estrechas escaleras de la pequeña casa que la generosidad de su hijo les había proporcionado.

Acompañó a su hermano y al doctor hasta el estudio y le acomodaron junto a la mesa. La habitación daba al jardín que había en la parte trasera de la casa, y una enorme ventana francesa, que se abría directamente sobre el suelo, se comunicaba con él. Destacaba en su interior un platanero con el follaje veraniego en todo su esplendor; aquella mañana bochornosa la habitación estaba oscurecida por la luz verdosa y crepuscular que se filtraba a través de sus hojas. La mesa estaba repleta de folios desparramados, y Faraday se sentó en una silla dándole la espalda a la ventana. Bajo aquella curiosa y sombría luz su rostro parecía extrañamente incoloro, mientras que los movimientos de sus manos parecían vacilar y tropezar entre los papeles.

Alice regresó una hora más tarde mientras él seguía allí sentado, tan ocupado que ni siquiera le dirigió la palabra, y ella encendió la luz eléctrica porque el día se había oscurecido aún más; y después cerró la ventana del jardín porque había empezado a llover intensamente. Mientras echaba los cerrojos, vio que la figura de su padre se erguía allí afuera, apenas a un metro de distancia. Él sonrió y asintió, y puso un dedo frente a sus labios, como si solicitara silencio; después le hizo un leve gesto indicándole que se retirara, y ella abandonó la habitación, dirigiendo una mirada hacia atrás al cerrar la puerta. Su hermano seguía afanándose con su trabajo, y la figura del exterior se había acercado aún más a la ventana. Alice deseaba quedarse, deseaba ver con sus propios ojos lo que iba a suceder, pero era mejor obedecer aquel gesto y marcharse. El recibidor estaba muy oscuro, y ella permaneció allí unos instantes, escuchando atentamente. Entonces, de la puerta que acababa de cerrar, le llegó el inconfundible chasquido de una llave al ser echada, y de nuevo todo quedó en silencio salvo por el tamborileo de la lluvia y el chapoteo de los canalones rebosantes. Iba a suceder algo: ¿serían los estertores de una mortal agonía los que rompiesen el silencio, o continuarían los canalones borboteando hasta que todo hubiese acabado?
Entonces, el silencio se quebró en mil pedazos. La voz de Edmund se elevó progresivamente, enronqueciéndose en un balbuceo suplicante, hasta convertirse en un alarido que cesó tan repentinamente como si se hubiese tratado de un interruptor que se apaga. En el interior de la habitación algo se desplomó golpeándose contra el suelo. Desde el piso superior bajó el criado de Edmund.

—¿Qué ha sido eso, señorita? —dijo en un susurro asustado, girando la manecilla de la puerta—. Vaya, el señor se ha encerrado.
—Sí, está ocupado —dijo Alice—, quizá no quiere que le molesten. Pero yo también lo he oído, y después he oído algo que caía. Llama a la puerta y mira a ver si responde.

El hombre llamó, esperó un momento y volvió a llamar. Entonces, desde el interior, llegó el sonido de una llave deslizándose en la cerradura, y entraron. La habitación estaba vacía. La luz aún permanecía encendida sobre la mesa, pero la silla en la que había dejado a Edmund hacía cinco minutos yacía volcada, y la ventana que había cerrado estaba abierta de par en par. Alice observó el jardín, que aparecía tan vacío como la habitación. Pero la puerta del trastero en el que estaba guardada la silla de ruedas de su padre estaba abierta, y ella corrió bajo la lluvia para mirar en el interior. Edmund estaba sentado sobre la silla, y su cabeza colgaba inerte sobre el borde.

El silencio de las sirenas. Franz Kafka (1833-1924)

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

La Sima. Pío Baroja (1872-1956)

El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve.

El pastor y su nieto apacentaban su rebaño dé cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja. El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia.

El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba seguido del mastín; hacía zumbar la honda trazando círculos vertiginosos por encima de su cabeza y contestaba alegre a las voces lejanas de los pastores y de los vaqueros, con un grito estridente, como un relincho, terminando en una nota clara, larga, argentina, carcajada burlona, repetida varias veces por el eco de las montañas. El pastor y su nieto veían desde la cumbre del monte laderas y colinas sin árboles, prados yermos, con manchas negras, redondas, de los matorrales de retama y macizos violetas y morados de los tomillos y de los cantuesos en flor...

En la hondonada del monte, junto al lecho de una torrentera llena de hojas secas, crecían arbolillos de follaje verde negruzco y matas de brezo, de carrascas y de roble bajo. Comenzaba a anochecer, corría ligera brisa; el sol iba ocultándose tras de las crestas de la montaña; sierpes y dragones rojizos nadaban por los mares de azul nacarado del cielo, y, al retirarse el sol, las nubes blanqueaban y perdían sus colores, y las sierpes y los dragones se convertían en inmensos cocodrilos y gigantescos cetáceos. Los montes se arrugaban ante la vista, y los valles y las hondonadas parecían ensancharse y agrandarse a la luz del crepúsculo. Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por la cañada, y el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos esos rumores, unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa desolación del paraje como voces misteriosas nacidas de la soledad y del silencio.

-Volvamos, muchacho -dijo el pastor-. El sol se esconde.

El zagal corrió presuroso de un lado a otro, agitó sus brazos, enarboló su cayado, golpeó el suelo, dio gritos y arrojó piedras, hasta que fue reuniendo las cabras en una rinconada del monte. El viejo las puso en orden; un macho cabrío, con un gran cencerro en el cuello, se adelantó como guía, y el rebaño comenzó a bajar hacia el llano. Al destacarse el tropel de cabras sobre la hierba, parecía oleada negruzca, surcando un mar verdoso. Resonaba igual, acompasado, el alegre campanilleo de las esquilas.

-¿Has visto, zagal, si el macho cabrío de tía Remedios va en el rebaño? -preguntó el pastor.
-Lo vide, abuelo -repuso el muchacho.
-Hay que tener ojo con ese animal, porque malos dimoños me lleven si no le tengo malquerencia a esa bestia.
-Y eso, ¿ por qué vos pasa, abuelo?
-¿ No sabes que la tía Remedios tié fama de bruja en tó el lugar?
-¿Y eso será verdad, abuelo?
-Así lo ha dicho el sacristán la otra vegada que estuve en el lugar. Añaden que aoja a las presonas y a las bestias y que da bebedizos. Diz que la veyeron por los aires entre bandas de culebros.

El pastor siguió contando lo que de la vieja decían en la aldea, y de este modo departiendo con su nieto, bajaron ambos por el monte, de la senda a la vereda, de la vereda al camino, hasta detenerse junto a la puerta de un cercado. Veíase desde aquí hacia abajo la gran hondonada del valle, a lo lejos brillaba la cinta de plata del río, junto a ella adivinábase la aldea envuelta en neblinas; y a poca distancia, sobre la falda de una montaña, se destacaban las ruinas del antiguo castillo de los señores del pueblo.

-Abre el zarzo, muchacho --gritó el pastor al zagal.

Este retiró los palos de la talanquera, y las cabras comenzaron a pasar por la puerta del cercado, estrujándose unas con otras. Asustóse en esto uno de los animales, y, apartándose del camino, echó a correr monte abajo velozmente.

-Corre, corre tras él, muchacho -gritó el viejo, y luego azuzó al mastín, para que persiguiera al animal huido.
-Anda, Lobo. Ves a buscallo.
El mastín lanzó un ladrido sordo, y partió como una flecha.
-¡Anda! ¡Alcánzale! -siguió gritando el pastor-. Anda ahí.

El macho cabrío saltaba de piedra en piedra como una pelota de goma; a veces se volvía a mirar para atrás, alto, erguido, con sus lanas negras y su gran perilla diabólica. Se escondía entre los matorrales de zarza y de retama, iba haciendo cabriolas y dando saltos. El perro iba tras él, ganaba terreno con dificultad; el zagal seguía a los dos, comprendiendo que la persecución había de concluir pronto, pues la parte abrupta del monte terminaba a poca distancia en un descampado en cuesta. Al llegar allí, vio el zagal al macho cabrío, que corría desesperadamente perseguido por el perro; luego le vio acercarse sobre un montón de rocas y desaparecer entre ellas. Había cerca de las rocas una cueva que, según algunos, era muy profunda, y, sospechando que el animal se habría caído allí, el muchacho se asomó a mirar por la boca de la caverna. Sobre un rellano, de la pared de ésta, cubierto de matas, estaba el macho cabrío. El zagal intentó agarrarle por un cuerno, tendiéndose de bruces al borde de la cavidad; pero viendo lo imposible del intento, volvió al lugar donde se hallaba el pastor y le contó lo sucedido.

-¡Maldita bestia! -murmuró el viejo-. Ahora volveremos, zagal. Habemos primero de meter el rebaño en el redil.

Encerraron entre los dos las cabras, y, después de hecho esto, el pastor y su nieto bajaron hacia el descampado y se acercaron al borde de la sima. El chivo seguía en pie sobre las matas. El perro le ladraba desde fuera sordamente.

-Dadme vos la mano, abuelo. Yo me abajaré -dijo el zagal.
-Cuidiao, muchacho. Tengo gran miedo de que te vayas a caer.
-Descuidad vos, abuelo.

El zagal apartó las malezas de la boca de la cueva, se sentó a la orilla, dio a pulso una vuelta, hasta sostenerse con las manos en el borde mismo de la oquedad, y resbaló con los pies por la pared de la misma, hasta afianzarlos en uno de los tajos salientes de su entrada. Empujó el cuerno de la bestia con una mano, y tiró de él. El animal, al verse agarrado, dio tan tremenda sacudida hacia atrás, que perdió sus pies; cayó, en su caída arrastró al muchacho hacia el fondo del abismo. No se oyó ni un grito, ni una queja, ni el rumor más leve. El viejo se asomó a la boca de la caverna.

-¡Zagal, zagal! -gritó, con desesperación.
Nada, no se oía nada.
-¡Zagal! ¡ Zagal!

Parecía oírse mezclado con el murmullo del viento un balido doloroso que subía desde el fondo de la caverna. Loco, trastornado, durante algunos instantes, el pastor vacilaba en tomar una resolución; luego se le ocurrió pedir socorro a los demás cabreros, y echó a correr hacia el castillo. Este parecía hallarse a un paso; pero estaba a media hora de camino, aun marchando a campo traviesa, era un castillo ojival derruido, se levantaba sobre el descampado de un monte; la penumbra ocultaba su devastación y su ruina, y en el ambiente del crepúsculo parecía erguirse y tomar proporciones fantásticas. El viejo caminaba jadeante. Iba avanzando la noche; el cielo se llenaba de estrellas; un lucero brillaba con su luz de plata por encima de un monte, dulce y soñadora pupila que contempla el valle.

El viejo, al llegar junto al castillo, subió a él por una estrecha calzada; atravesó la derruida escarpa, y por la gótica puerta entró en un patio lleno de escombros, formado por cuatro paredones agrietados, únicos restos de la antigua mansión señorial. En el hueco de la escalera de la torre, dentro de un cobertizo hecho con estacas y, paja, se veían a la luz de un candil humeante, diez o doce hombres, rústicos pastores y cabreros agrupados en derredor de unos cuantos tizones encendidos. El viejo, balbuceando, les contó lo que había pasado. Levantáronse los hombres, cogió uno de ellos una soga del suelo y salieron del castillo. Dirigidos por el viejo, fueron camino. del descampado, en donde se hallaba la cueva. La coincidencia de ser el macho cabrío de la vieja hechicera el que había arrastrado al zagal al fondo de la cueva, tomaba en la imaginación de los cabreros grandes y extrañas proporciones.

-¿Y si esa bestia fuera el dimoño? -dijo uno.
-Bien podría ser -repuso otro.
Todos se miraron, espantados.

Se había levantado la luna; densas nubes negras, como rebaños de seres monstruosos, corrían por el cielo; oíase alborotado rumor de esquilas; brillaban en la lejanía las hogueras de los pastores. Llegaron al descampado, y fueron acercándose a la sima con el corazón palpitante. Encendió uno de ellos un brazado de ramas secas y lo asomó a la boca de la caverna. El fuego iluminó las paredes erizadas de tajos y de pedruscos; una nube de murciélagos despavoridos se levantó y comenzó a revolotear en el aire.

-¿Quién abaja? -preguntó el pastor, con voz apagada.

Todos vacilaron, hasta que uno de los mozos indicó que bajaría él, ya que nadie se prestaba. Se ató la soga por la cintura, le dieron una antorcha encendida de ramas de abeto, que cogió en una mano, se acercó a la sima y desapareció en ella. Los de arriba fueron bajándole poco a poco; la caverna debía ser muy honda, porque se largaba cuerda, sin que el mozo diera señal de haber llegado. De repente, la cuerda se agitó bruscamente, oyéronse gritos en el fondo del agujero, comenzaron los de arriba a tirar de la soga, y subieron al mozo más muerto que vivo. La antorcha en su mano estaba apagada.

-¿Qué viste? ¿Qué viste? -le preguntaron todos.
-Vide al diablo, todo bermeyo, todo bermeyo.
El terror de éste se comunicó a los demás cabreros.
-No abaja nadie -murmuró, desolado, el pastor-. ¿Vais a dejar morir al pobre zagal?
-Ved, abuelo, que ésta es una cueva del dimoño -dijo uno-. Abajad vos, si queréis.

El viejo se ató, decidido, la cuerda a la cintura y se acercó al borde del negro agujero. Oyóse en aquel momento un murmullo vago y lejano, como la voz de un ser sobrenatural. Las piernas del viejo vacilaron.

-No me atrevo... Yo tampoco me atrevo -dijo, y comenzó a sollozar amargamente.

Los cabreros, silenciosos, miraban sombríos al viejo. Al paso de los rebaños hacia la aldea, los pastores que los guardaban acercábanse al grupo formado alrededor de la sima, rezaban en silencio, se persignaban varias veces y seguían su camino hacia el pueblo. Se habían reunido junto a los pastores mujeres y hombres, que cuchicheaban comentando el suceso. Llenos todos de curiosidad, miraban la boca negra de la caverna, y, absortos, oían el murmullo que escapaba de ella, vago, lejano y misterioso.

Iba entrando la noche. La gente permanecía allí, presa aún de la mayor curiosidad. Oyóse de pronto el sonido de una campanilla, y la gente se dirigió hacia un lugar alto para ver lo que era. Vieron al cura del pueblo que ascendía por el monte acompañado del sacristán, a la luz de un farol que llevaba este último. Un cabrero les había encontrado en el camino, y les contó, lo que pasaba.Al ver el viático, los hombres y las mujeres encendieron antorchas y se arrodillaron todos. A la luz sangrienta de las teas se vio al sacerdote acer­carse hacia el abismo. El viejo pastor lloraba con un hipo convulsivo. Con la cabeza inclinada hacia el pecho, el cura empezó a rezar el oficio de difuntos; contestábanle, murmurando a coro, hombres y mujeres, una triste salmodia; chispo­rroteaban y crepitaban las teas humeantes, y a veces, en un momento de silencio, se oía el quejido misterioso que escapaba de la cueva, vago y lejano.

Concluidas las oraciones, el cura se retiró, y tras él las mujeres y los hombres, que iban sosteniendo al viejo para alejarle de aquel lugar maldito. Y en tres días y tres noches se oyeron lamentos y quejidos, vagos, lejanos y misteriosos, que salían del fondo de la sima.

Silencio. Edgar Allan Poe (1809-1849)

Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos y las grutas están en silencio. (Alcmán)

Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

Sir Edmund Orme. Henry James (1843-1916)

Aunque el fragmento no está fechado, al parecer este relato se escribió mucho después de la muerte de su esposa, que supongo es una de las personas a las que se alude. Sin embargo, no hay nada en esta extraña historia que permita confirmar tal suposición, aunque tal vez ello carezca de importancia. Cuando entré en posesión de sus efectos, encontré estas páginas en un cajón cerrado con llave, entre papeles que hacían referencia a la vida tan breve de la infortunada dama, muerta de parto un año después de su boda: cartas, memorandos, cuentas, fotografías amarillas, tarjetas de invitación. Esa es la única relación que he podido encontrar, y es muy posible, e incluso probable, que el lector la juzgue demasiado arriesgada para tener una base sólida. Reconozco que no tengo pruebas de que en este escrito se haya querido referir a hechos reales, lo único que puedo garantizar es la veracidad general de lo que cuenta. En cualquier caso, era algo escrito para sí mismo, no para los demás. Yo lo presento a los lectores, con pleno derecho para hacerlo, precisamente debido a su singularidad. Con respecto a la forma, que nadie olvide que se escribió exclusivamente para él mismo. No he cambiado nada salvo los nombres.

Si existe una historia en todo esto, puedo indicar el momento exacto en que empezó. Fue en un suave y plácido mediodía de domingo en el mes de noviembre, apenas salir de la iglesia, en el paseo lleno de sol. Brighton rebosaba de gente; estábamos en plena temporada y el día era aún más respetable que hermoso, lo cual contribuía a explicar la afluencia de paseantes. Hasta el mar azul era correcto; parecía dormitar con un leve ronquido -suponiendo que eso sea correcto- mientras la naturaleza predicaba un sermón. Después de haber estado escribiendo cartas durante toda la mañana, yo había salido para contemplarla un momento antes del almuerzo. Me apoyé en la balaustrada que separaba King's Road de la playa y creo que fumé un cigarrillo, cuando fui consciente de una insinuación de chanza al sentir que se apoyaba sobre mis hombros un ligero bastonciilo. Vi que se trataba de Teddy Bostwick, de los Fusileros, y que de este modo me invitaba a charlar.

Fuimos conversando mientras paseábamos -siempre se cogía al brazo de uno para demostrarle que perdonaba su escasa capacidad de comprender su sentido del humor- y miraba a la gente, saludaba a algunas personas, se preguntaba quiénes eran otras y difería en opinión en lo que se refiere a la belleza de las muchachas. No obstante, sobre Charlotte Marden estuvimos de acuerdo cuando la vimos avanzar hacia nosotros en compañía de su madre; y sin duda alguna hubiera sido difícil que alguien disintiera. El aire de Brighton siempre ha hecho parecer más hermosas a las muchachas sin atractivo, y a las atractivas mucho más hermosas, no sé si esa especie de hechizo sigue dándose. Sea como fuere, el lugar era excepcional para resaltar la belleza de la tez, y el encanto de la señorita Marden era tal que la gente se volvía para mirarla. Y bien sabe Dios que también a nosotros nos hizo detenernos o, al menos ésa fue una de las razones, porque ya conocíamos a esas damas.

Dimos media vuelta para unirnos a ellas y las acompañamos. Sólo se proponía ir hasta el final del paseo y volver; acababan de salir de la iglesia. Teddy manifestó ahora su sentido del humor acaparando inmediatamente a Charlotte y dejándome emparejado con su madre. Sin embargo, no podía quejarme; la joven andaba delante de mí y yo podía hablar de ella. Prolongamos nuestro paseo; la señora Marden siguió a mi lado y por fin dijo que estaba fatigada y que necesitaba descansar. Nos sentamos en un banco resguardado y nos pusimos a charlar viendo cómo pasaba la gente. No era la primera vez que me llamaba la atención en ambas que el parecido entre madre e hija era prodigioso, incluso dentro de ese tipo de parecidos, sobre todo teniendo en cuenta que apenas tenía nada que ver con una diferencia de naturaleza. A menudo se oye hablar de madres de edad madura como avisos o postes de señales más o menos desalentadores del camino que pueden seguir las hijas. Pero no había nada disuasorio en la idea de que Charlotte fuese a los cincuenta y cinco años tan bella como la señora Marden, aunque tuviese que tener su misma palidez y su aire preocupado. A los veintidós, tenía una blancura sonrosada y era admirablemente hermosa. Su cabeza tenía la misma forma encantadora que la de su madre y sus rasgos presentaban la misma noble armonía. Y luego había miradas, ademanes y entonaciones de voz -momentos en los que era difícil decir si era algo que se veía o que se oía- que tejía entre las dos toda una red de referencias y recuerdos.

Estas damas disfrutaban de una pequeña fortuna y de una acogedora casita en Brighton, llena de retratos, recuerdos y trofeos -animales disecados sobre los anaqueles de la biblioteca y descoloridos peces barnizados detrás de cristales- a los que la señora Marden tenía mucho apego como recuerdos entrañables. Por indicación de los médicos allí había pasado su esposo los últimos años de su vida, y ella ya me había dicho que en aquél lugar se sentía bajo la protección de la bondad del difunto. Al parecer esta bondad había sido muy grande y en ocasiones su viuda parecía defenderla de vagas insinuaciones. Evidentemente, necesitaba sentirse protegida, notar una influencia benéfica que pudiera evocar; experimentaba una confusa ansiedad, un anhelo de sentirse segura. Necesitaba amigos y tenía muchos. Desde que nos conocimos se había mostrado amable conmigo y yo nunca advertí en ella la vulgar intención de «cazarme»... sospecha desde luego injustificadamente frecuente en los jóvenes presuntuosos. Nunca se me había ocurrido que había puesto los ojos en mí pensando en su hija, ni tampoco, como algunas madres desnaturalizadas, pensando en sí misma. Diríase que ambas compartían una misma necesidad profunda y temerosa que las empujaba a dar a entender. «¡Oh, sea amable con nosotras y no recele! ¡No tema, no esperamos que se case con nosotras!» «Desde luego, mamá tiene un no sé qué que hace que todo el mundo la quiera», me dijo confidencialmente Charlotte en los primeros tiempos de nuestra relación.

Sentía una gran admiración por el aspecto físico de su madre. Era lo único de lo que se vanagloriaba; aceptaba las cejas levantadas como un rasgo encantador y definitivo. «Mi querida mamá siempre parece que esté esperando al médico», me dijo en otra ocasión. «Tal vez usted sea el médico, ¿cree que lo es?» Entonces se vio que yo tenía ciertos poderes curativos. En cualquier caso, cuando descubrí, porque en una ocasión ella dejó caer el comentario, que la señora Marden también opinaba que había en Charlotte algo «muy extraño», la relación existente entre las dos damas no podía por menos de resultarme interesante. En el fondo les unía un sentimiento de felicidad; cada una de ellas pensaba mucho en la otra.

En el paseo continuaba el fluir de los paseantes y pasó Charlotte junto a Teddy Bostwick. Sonrió inclinando la cabeza y siguió su camino, pero cuando volvió a pasar frente a nosotros se detuvo y nos dirigió la palabra. Evidentemente el capitán Bostwick se resistía a retirarse, dijo que la ocasión era demasiado tentadora. ¿Podían dar otra vuelta? La madre dejó caer un «haced lo que queráis», y la joven me dirigió una impertinente sonrisa de soslayo mientras se alejaban. Teddy me miró a través de su monóculo, pero no me importaba. Estaba pensando solamente en la señorita Marden cuando dije riendo a mi acompañante:

-Es un poco coqueta, ¿sabe usted?
-¡No diga eso, no diga eso! -murmuró la señora Marden.
-Las jóvenes más encantadoras siempre lo son... sólo un poquito -argüí mostrándome magnánimo.
-Entonces, ¿por qué siempre son castigadas?
La intensidad de la pregunta me sorprendió; había brotado como en medio de un vivo resplandor. Por eso tuve que pararme a responderle:
-¿Qué sabe usted de esos castigos?
-Bueno, yo también fui una mala muchacha.
-¿Y fue castigada?
-Lo estoy siendo durante toda la vida -dijo desviando la mirada.

De pronto empezó a jadear y se puso en pie mirando fijamente a su hija que había vuelto a acercarse a nosotros siempre en compañía del capitán Bostwick. Permaneció de pie durante unos segundos, con una extrañísima expresión pintada en el rostro; luego se dejó caer de nuevo en el banco y vi que tenía la cara arrebolada. Charlotte, que se había dado cuenta de todo, fue hacia ella y, cogiéndole la mano con un rápido y cariñoso movimiento, se sentó al otro lado de la señora Marden. La joven había palidecido y miraba fijamente a su madre con una expresión asustada. La señora Marden, que había tenido alguna impresión por causas que se nos escapaban, se rehizo; es decir, siguió sentada, inmóvil e inexpresiva, contemplando el gentío indiferente, el aire soleado, el mar adormecido. Sin embargo, mi mirada se posó en las manos enlazadas de las dos mujeres, y en seguida advertí la violenta crispación de las de la madre. Bostwick seguía ante nosotros, preguntándose qué pasaba e interrogándome desde su estúpido monóculo si yo lo sabía; lo cual movió a Charlotte a decirle al cabo de un momento con cierta irritación:

-No se quede ahí plantado, capitán Bostwick. Váyase... por favor, váyase.
Al oír esto me levanté, confiando que la señora Marden no estuviera enferma; pero en seguida nos rogó que no la dejáramos sola, insistiendo mucho en que nos quedásemos y que almorzáramos con ella en su casa. Hizo que volviera a sentarme a su lado y durante un momento sentí que su mano me apretaba el brazo de una manera que tal vez traicionaba involuntariamente un sentimiento de zozobra, si no era una señal secreta. Lo que hubiese querido darme a entender yo no podía adivinarlo. Quizás había visto entre la multitud a alguien o algo anormal. Al cabo de unos minutos nos aclaró que se encontraba perfectamente, que sólo sufría palpitaciones, pero que le desaparecían con tanta rapidez como le asaltaban. Ya era hora de irnos... verdad que nos hizo poner en movimiento. Teníamos la impresión de que el incidente se daba por terminado. Bostwick y yo almorzamos con nuestras hospitalarias anfitrionas, y cuando ambos salimos de su casa me aseguró que jamás había conocido a nadie que fuese más de su agrado.

La señora Marden nos había hecho prometer que volveríamos al día siguiente a tomar el té, rogándonos que, en general, acudiéramos a su casa tan a menudo como pudiéramos. No obstante, al día siguiente, cuando a las cinco en punto llamé a la puerta de su encantadora casita, resultó que las señoras se habían ido a la ciudad. Habían dejado al mayordomo un recado para nosotros: que habían recibido una llamada inesperada y que lo sentían mucho. Su ausencia iba a durar unos cuantos días. Esto fue todo lo que pude averiguar del taciturno criado. Volví tres días después, pero aún no habían regresado; y sólo al cabo de una semana recibí una nota de la señora Marden: «Ya estamos de vuelta», escribía, «venga a vernos y discúlpenos». Recuerdo que fue entonces -al ir a visitarlas poco después de recibir su nota- cuando me dijo que había tenido intuiciones muy claras. Ignoro cuántas personas había en Inglaterra en aquel entonces que se viesen en este trance; pero hubieran sido muy pocas las que lo hubieran mencionado; de modo que sus palabras me sorprendieron y me llamaron mucho la atención, sobre todo cuando me dijo que algunos de esos misteriosos impulsos tenían relación conmigo. Había otras personas presentes -ociosos de Brighton, ancianas de ojos asustados e interjecciones impertinentes- y sólo pude hablar unos pocos minutos con Charlotte; pero al día siguiente cené con las dos y tuve la satisfacción de sentarme al lado de la señorita Marden. Recuerdo esta ocasión como la hora en que cobré plena conciencia de que era una mujer tan bella como generosa. Antes había entrevisto destellos de su personalidad, como una canción de la que sólo nos llegan fragmentos de la tonada, pero ahora estaba ante mí como un amplio resplandor rosado, como una melodía que se hace plenamente perceptible. Oía perfectamente la totalidad de la música, que era de una suave hermosura, y que a menudo iba yo a volver a tararear.

Aquella tarde cambié unas palabras con la señora Marden; fue hacia una hora ya tardía, cuando empezaban a servir el té. Cerca de nosotros pasó un criado con una bandeja, yo le pregunté si quería tomar una taza y al responderme afirmativamente, cogí una para ofrecérsela. Ella tendió la mano y yo dejé en la suya la taza, ajeno a que pudiera producirse algún percance; pero cuando sus dedos estaban a punto de sujetarla, se estremeció y vaciló, de modo que la frágil taza y el delicado recipiente cayeron al suelo en medio de un estruendo de porcelana, sin que ella hiciera ese movimiento tan propio de las mujeres de proteger el vestido. Me agaché para recoger los pedazos y cuando volví a levantarme la señora Marden miraba fijamente al otro extremo de la estancia, donde se encontraba su hija, quien desvió la vista con una sonrisa en la cara, pero con ojos inquietos.

«Pero, ¿qué te pasa, mi querida mamá?» parecía decir la muda pregunta. La señora Marden estaba roja como cuando hizo aquel extraño gesto en el paseo una semana atrás, y cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo con un inesperado aplomo:
-La verdad es que podría usted haber tenido más cuidado.
Empezaba a balbucear una frase en mi defensa cuando advertí sus ojos fijos en los míos, como haciéndome una intensa súplica. Al principio me sentí desconcertado y todo aquello sólo contribuyó a aumentar mi confusión; pero súbitamente comprendí con tanta claridad como si hubiera murmurado: «Finja que ha sido usted, finja que ha sido usted». El criado acudió para llevarse los restos de la taza y limpiar el té derramado, y mientras yo me entregaba a la tarea de fingir que había sido por mi culpa, la señora Marden se alejó bruscamente de mí, escapando a la atención de su hija, y se dirigió a otra habitación. No hizo el menor caso al estado en que se encontraba su vestido.

Aquella noche no volví a ver a ninguna de las dos, pero al día siguiente por la mañana, en King's Road, encontré a la joven con un rollo de música en el manguito. Me dijo que la encontraba sola porque había ido a ensayar unos dúos con una amiga, y yo le pregunté si me permitía acompañarla. Dejó que la acompañase hasta la puerta de su casa, y una vez hubimos llegado le pedí permiso para entrar.
-No, hoy no... prefiero que no entre -dijo con toda franqueza, pero sin dejar de mostrarse amable.

Estas palabras me hicieron dirigir una mirada ansiosa y desconcertada a una de las ventanas de la casa. Y allí vi el pálido rostro de la señora Marden que nos estaba contemplando desde el salón. Permaneció allí el tiempo suficiente para convencerme de que no era una visión, que es lo que estuve a punto de pensar, y luego desapareció antes de que su hija hubiese advertido su presencia. La joven, en el curso de nuestro paseo no me la había mencionado. Como se me había dicho que preferían no verme, estuve un tiempo sin comparecer por allí, y luego una serie de circunstancias motivaron que no volviésemos a coincidir. Finalmente volví a Londres, y una vez allí recibí una insistente invitación para trasladarme sin pérdida de tiempo a Tranton, una antigua y deliciosa finca del condado de Sussex que pertenecía a un matrimonio que había conocido hacía poco. Fui de Londres a Tranton y a mi llegada encontré en la casa a las Marden, junto con una docena de otras personas. Lo primero que me dijo la señora Marden fue:

-¿Me perdonará usted?
Y cuando pregunté qué era lo que tenía que perdonar, respondió:
-Haber vertido el té sobre su traje.
Repliqué que se lo había vertido sobre sí misma, a lo cual me dijo:
-En cualquier caso me porté de un modo muy poco cortés; pero sé que algún día me comprenderá y entonces tal vez pueda disculparme.

El primer día de mi estancia dejó caer dos o tres alusiones -anteriormente ya me había hecho más de una a la iniciación mística que me estaba reservada; empecé, como suele decirse, a hacerla rabiar, diciendo que preferiría una iniciación menos prodigiosa, pero inmediata. Me contestó que cuando se produjera no tendría más remedio que aceptarla, que no tendría otra opción. Estaba íntimamente convencida de que aquello iba a producirse, tenía un hondo presentimiento, ésta, me dijo, es la única razón de haberlo mencionado. ¿No recordaba que ya me había hablado de intuiciones? Desde la primera vez que me vio había estado segura de que yo no podría evitar conocer ciertas cosas. Mientras, lo único que se podía hacer era esperar y guardar la calma, no precipitarse. Recomendaba de un modo especial no caer en un nerviosismo extravagante. Y sobre todo yo no debía ponerme nervioso... uno se acostumbra a todo. Le contesté que aunque no sabía de lo que me estaba hablando estaba terriblemente asustado, ya que al carecer de toda pista la imaginación tendía a desbocarse.

Exageré a propósito; porque si la señora Marden podía ser desconcertante, estaba lejos de creerla inquietante. No acertaba a imaginar a qué se estaba refiriendo, pero mi curiosidad era mucho mayor que mi miedo. Hubiera podido decirme que tal vez estaba un poco desquiciada; pero semejante idea no llegó a ocurrírseme. Me producía la impresión de alguien desesperadamente cuerdo. En la casa había otras jóvenes, pero Charlotte era la más atractiva; y esta opinión estaba tan generalizada que casi llegó a constituir un serio obstáculo para la cacería. Hubo dos o tres hombres, y debo confesar que yo fui uno de ellos, que prefirieron su compañía a la de los ojeadores. En otras palabras, hubo acuerdo general en considerarla como una forma de deporte superior y exquisito. Era amable con todos nosotros... nos hacía salir tarde y volver temprano. Ignoro si coqueteaba, pero varios otros miembros del grupo opinaban que ellos sí lo hacían. Por lo que a él se refiere, Teddy Bostwick, que había acudido de Brighton, estaba plenamente convencido.

El tercero de estos días fue un domingo que justificó un hermoso paseo campo a través para asistir al servicio religioso de la mañana. Hacía un tiempo gris y sin viento, y la campana de la vieja iglesita incrustada en la depresión de la meseta de Sussex sonaba muy próxima y familiar. Avanzábamos en grupos dispersos, en medio de un aire suave y húmedo -que, como siempre en esta estación, con los árboles desnudos, parecía aún mayor, como si el cielo fuese más grande- y yo me las arreglé para quedar sensiblemente rezagado junto con la señorita Marden. Recuerdo que mientras caminábamos juntos sobre la hierba tuve la fuerte tentación de decir algo intensamente personal, algo violento e importante, importante para mí... como por ejemplo, que nunca la había visto tan bonita, o que aquel preciso momento era el más feliz de mi vida. Pero cuando se es joven, ese tipo de frases han estado muchas veces a punto de salir de los labios antes de que se pronuncien efectivamente; y yo tenía la impresión, no de que no la conocía suficientemente bien -eso me importaba poco-, sino de que era ella la que no me conocía lo bastante. En la iglesia, un museo de antiguas tumbas de Tranton y de bronces, el banco grande estaba ocupado. Varios de nosotros nos sentamos en los lugares que quedaban libres, y yo encontré uno para la señorita Marden y otro para mí a su lado, a cierta distancia de su madre y de la mayoría de nuestros amigos. En el banco había dos o tres campesinos de apariencia muy digna que se corrieron para dejarnos lugar, y yo me senté el primero para separar a mi acompañante de nuestros vecinos. Una vez ella se hubo sentado aún quedaba un espacio libre, que siguió vacío hasta que el oficio religioso estuvo por la mitad.

Al menos fue en este momento cuando me di cuenta de que había entrado otra persona y había ocupado aquel lugar. Cuando reparé en él debía ya de llevar unos minutos en el banco; se había sentado y había dejado el sombrero a su lado, tenía las manos cruzadas sobre el pomo de su bastón, y miraba fijamente hacia adelante, en dirección al altar. Era un joven pálido y vestido de negro que tenía el aire de un caballero. Su presencia me sorprendió ligeramente, ya que la señorita Marden no había atraído mi atención hacia él corriéndose para dejarle sitio. Al cabo de unos minutos, al ver que no tenía devocionario, alargué el brazo por delante de mi amiga y dejé el mío ante él, sobre el reborde del banco; gesto cuyos motivos tenían algo que ver con la posibilidad de que, al verme sin libro, la señorita Marden me diese a sostener uno de los lados del suyo encuadernado en terciopelo. Sin embargo, la maniobra estaba destinada a fracasar, ya que en el momento en que ofrecí el libro al intruso -cuya intrusión había así condonado-, éste se levantó sin darme las gracias, salió sin hacer ruido del banco, que no tenía puerta, y de un modo tan discreto que no atrajo la atención de nadie, se dirigió hacia la salida por el pasillo central de la iglesia. Muy pocos minutos le habían bastado para hacer sus devociones. Su proceder era incorrecto, y más aún por irse tan pronto que por haber llegado tarde; pero lo había hecho todo tan silenciosamente que no causó molestias, y al volver un poco la cabeza para seguirle con los ojos comprobé que no había distraído a nadie al salir. Sólo reparé con asombro que la señora Marden al verle se había impresionado tanto que involuntariamente se había puesto en pie en su lugar.

Le miró fijamente mientras pasaba, pero él pasó muy aprisa, y ella también volvió a sentarse en seguida, pero no sin que antes nuestras miradas se cruzaran a través de la iglesia. Cinco minutos después en voz baja pregunté a su hija si era tan amable de devolverme mi devocionario... en realidad había estado esperando a que ella lo hiciera espontáneamente. La joven me devolvió este auxiliar de la devoción, pero había estado tan ajena al libro que no pudo por menos de decirme:

-¿Pero por qué lo había dejado aquí?
Estaba a punto de responderle cuando se arrodilló, ante lo cual consideré preferible callarme. La contestación que tenía en la punta de la lengua era:
-Para ser cortés como es debido.

Después de la bendición, cuando nos disponíamos a irnos, volví a sorprenderme un poco al ver que la señora Marden, en vez de salir con los demás, volvía atrás para ir a nuestro encuentro, al parecer para decirle algo a su hija. Efectivamente habló con ella, pero al instante comprendí que era sólo un pretexto, y que en realidad quería hablar conmigo. Hizo que Charlotte se adelantara y súbitamente me dijo en un susurro:
-¿Le ha visto?
-¿El caballero que se ha sentado aquí? ¿Cómo no iba a verlo?
-¡Chist! -exclamó presa de una gran excitación-. ¡No le diga nada a ella, no le diga nada a ella!
-Deslizó la mano por debajo de mi brazo para que no me moviera de su lado, para mantenerme, al menos eso parecía, apartado de su hija. La precaución era innecesaria, porque Teddy Bostwick ya había tomado posesión de la señorita Marden, y cuando salían de la iglesia delante de mí vi que uno de los hombres de nuestro grupo la escoltaba también por el otro lado. Al parecer consideraban que mi vez ya había pasado. La señora Marden me soltó apenas hubimos salido, pero no antes de que yo comprendiera que necesitaba mi ayuda.
-¡No se lo diga a nadie, no se lo diga a nadie! -repetía.
-No entiendo. Decir a nadie ¿el qué?
-¡Qué va a ser! Que usted le ha visto.
-Sin duda también ellos le han visto.
-Nadie le ha visto, nadie.

Hablaba con una decisión tan apasionada que no pude por menos de mirarla; tenía la mirada fija ante sí. Pero sintió el desafío de mis ojos y se detuvo bruscamente, en el viejo pórtico de oscura madera de la iglesia, cuando los demás empezaban a estar lejos; allí me miró de un modo completamente singular.

-Usted ha sido el único -dijo-; la única persona del mundo.
-Exceptuándola a usted, mi querida señora...
-¡Yo! Oh, sí, claro. ¡Esta es mi maldición!

Y en seguida se alejó rápidamente para unirse al resto de nuestro grupo. Regresé a la casa con paso vacilante y a cierta distancia de los demás, porque tenía muchas cosas que meditar. ¿A quién había visto y por qué la aparición -que volvió a surgir en mi memoria -con claridad- era invisible a los otros? Si se había hecho una excepción para la señora Marden, ¿por qué ello debía considerarse como una maldición y por qué tenía yo que compartir un honor tan dudoso? Esta súplica, que no salió de mi pecho, sin duda me hizo permanecer muy silencioso durante el almuerzo. Después de comer salí a la vieja terraza para fumar un cigarrillo; pero apenas había dado una o dos vueltas cuando sorprendí la cara de la señora Marden tras la ventana de una de las salas que daba a la terraza de losas irregulares. Me recordó la misma presencia fugitiva, detrás de los cristales, en Brighton, el día en que encontré a Charlotte y la acompañé a su casa. Pero esta vez mi enigmática amiga no desapareció; golpeó con los nudillos en los cristales y me hizo señas de que entrase. Era una estancia pequeña y más bien rara, una de las muchas salitas de recibir que había en la planta baja de Tranton; la llamaban la sala india y era de un estilo denominado oriental: tumbonas de bambú, biombos de laca, farolillos con largos flecos y extraños ídolos dentro de vitrinas, objetos todos ellos que no son los más propicios para contribuir a la sociabilidad. El lugar era poco frecuentado y cuando entré estábamos solos.

Apenas aparecí, me dijo:
-Por favor, dígame una cosa: ¿está usted enamorado de mi hija?
Lo cierto es que hice una pequeña pausa antes de responder:
-Antes de contestar a su pregunta, ¿sería usted tan amable de decirme qué es lo que la ha hecho pensar en esto?
No creo haberme mostrado muy explícito.
La señora Marden, que me contradecía con sus ojos hermosos e inquietos, no atendió a la pregunta que le había formulado; siguió hablando con gran apasionamiento:
-¿No le dijo nada a mi hija cuando iban a la iglesia?
-¿Qué le hace pensar que le dije algo?
-Pues el hecho de que usted le viera.
-Que viera ¿a quién, mi querida señora Marden?
-Oh, bien lo sabe usted -respondió con gravedad, incluso con un pequeño matiz de reproche, como si yo tratase de humillarla obligándola a nombrar lo innombrable.
-¿Se refiere al caballero del cual me hizo usted aquel comentario tan extraño en la iglesia, el que se sentó en nuestro banco?
-¡Le ha visto, le ha visto! -dijo en un jadeo, con una curiosa mezcla de consternación y de alivio.
-Naturalmente que le he visto, y usted también.
-Son dos cosas distintas. ¿Lo sintió usted como algo inevitable?
Nuevamente me quedé perplejo.
-¿Inevitable?
-El que usted le viera.
-Evidentemente, dado que no soy ciego.
-Hubiese usted podido serlo. Todos los demás lo son.
Yo no podía estar más desconcertado y se lo confesé con toda franqueza a mi interlocutora, pero la situación distó mucho de aclararse cuando ella exclamó:
-¡Sabía que usted le vería desde que se enamoró de veras de ella! Sabía que ésta iba a ser la prueba, ¿que digo?, la confirmación.
-Este estado maravilloso, ¿comporta, pues, trastornos tan inusitados? -pregunté sonriendo.
-Juzgue usted mismo. ¡Le ve, le ve! -exclamó exultante-. Y le volverá a ver.
-No tengo nada que objetar, pero me interesaría más por él si tuviese usted la amabilidad de decirme quién es.
Esquivó mi mirada, pero luego la afrontó deliberadamente.
-Se lo diré si antes me cuenta usted lo que ha dicho a mi hija camino de la iglesia.
-¿Acaso ella le ha dicho que yo le dije algo?
-¿Necesito que me lo dijera? -preguntó vivamente.
-¡Ah, sí, ya recuerdo! ¡Sus intuiciones! Pero lamento decirle que esta vez han fallado. Porque la verdad es que a su hija no le dije absolutamente nada fuera de lo normal.
-¿Está usted bien seguro?
-Le doy mi palabra de honor, señora Marden.
-Entonces, ¿considera usted que no está enamorado de mi hija?
-¡Esta es otra cuestión! -dije riendo.
-¡Lo está, lo está! Si no lo estuviera no le hubiese visto.
-Pero, vamos a ver, ¿quién demonios es, señora? -pregunté ya un poco irritado.
No obstante, por toda respuesta siguió formulándome preguntas.
-Al menos, ¿sentía usted el deseo de decirle algo, no estuvo casi a punto de decírselo?
Bueno, aquello sonaba más sensato; justificaba las famosas intuiciones.
-Ah, «casi a punto» sería la expresión exacta... diga usted que faltó bien poco. Aún no sé lo que me impidió hablar.
-Con eso basta y sobra -dijo la señora Marden-. Lo importante no es lo que dice, sino lo que siente. Esto es lo que le mueve a él.

Había acabado por enojarme con sus reiteradas alusiones a una identidad que aún no se había aclarado, y junté las manos en una posición de súplica que ocultaba realmente una gran impaciencia, una viva curiosidad e incluso las primeras y breves palpitaciones de un cierto terror sagrado.

-Por lo que más quiera, le ruego que me diga de quién está hablando.
Ella levantó los brazos, desvió la mirada, como si quisiera librarse a un tiempo de cualquier sentimiento de reserva y de toda responsabilidad, y dijo:
-De Sir Edmund Orme.
-¿Y puede saberse quién es Sir Edmund Orme?
Al oír mis palabras se sobresaltó.
-¡Silencio! Ahí vienen.
Siguiendo la dirección de su mirada, vi a Charlotte en la terraza, al otro lado de la ventana, y entonces su madre añadió como una patética advertencia:
-¡Haga como si no le viera! Como si no le viera nunca.
La joven, que se había puesto las manos sobre los ojos a modo de visera, miraba hacia el interior de la sala y, sonriendo, nos hacía señas a través del cristal para que la dejáramos entrar; yo me dirigí hacia la puerta y la abrí. Su madre se apartó y ella entró en la sala con una burlona frase de provocación:
-¿Puede saberse qué conspiran aquí los dos?

Se había hablado de un proyecto -he olvidado cuál- para aquella tarde, y se necesitaba la participación o el consentimiento de la señora Marden, ya que mi adhesión se daba como segura, y la joven había recorrido la mitad de la casa buscándola. Me turbó ver que la madre estaba muy nerviosa; y cuando se volvió para ir al encuentro de su hija disimuló su turbación bajo un cierto aire de extravagancia, arrojándose al cuello y abrazándola. Para atraer la atención de Charlotte, exageré mi galantería:

-Estaba solicitando su mano a su madre.
-¿De veras? ¿Y se la ha concedido? -preguntó muy risueña.
-Estaba a punto de hacerlo cuando la hemos visto a usted.
-Bueno, yo termino en seguida... y les dejo libres.
-¿Te gusta, Charlotte? -preguntó la señora Marden con un candor que yo no esperaba.
-Resulta difícil contestar delante de él, ¿no? -replicó la encantadora muchacha, aceptando el tono humorístico de la situación, pero mirándome como si no le gustara en absoluto.

Hubiera tenido que contestar delante de otra persona más, pues en aquel momento entraba en la salita viniendo de la terraza -la puerta se había quedado abierta- un caballero al que yo no había visto hasta aquel mismo instante. La señora Marden había dicho: «Ahí vienen», pero parecía como si hubiese seguido a su hija a cierta distancia. Le reconocí en el acto como el mismo personaje que se había sentado al lado nuestro en la iglesia. Esta vez le vi mejor, su extraño rostro y su no menos extraña actitud. Le llarno personaje porque, sin saber la razón, uno tenía la impresión de que había entrado en la estancia un príncipe reinante. Se movía con una indescriptible solemnidad, como si fuese distinto de los demás. Pero me miraba con fijeza y gravedad, hasta que me pregunté qué esperaba de mí. ¿Acaso creía que debía doblar la rodilla y besarle la mano? Luego posó la misma mirada sobre la señora Marden, pero ella sabía lo que debía hacer. Una vez superado el primer impulso de nerviosismo, no dio la menor muestra de haber advertido su presencia; entonces recordé la apasionada súplica que me había hecho. Tuve que hacer un gran esfuerzo para imitarla, pues aunque no supiese nada de él excepto que era Sir Edmund Orme, su presencia actuaba como una intensa llamada, casi como una coacción.

Estaba allí sin hablar, era un joven pálido y apuesto, pulcro y bien afeitado, con ojos de un inusitado color azul desvaído y un aire anticuado, como un retrato de tiempo atrás, en su aspecto y la manera de peinarse. Iba de luto riguroso -inmediatamente uno se daba cuenta de que vestía muy bien- y llevaba el sombrero en la mano. Volvió a mirarme con una singular intensidad, como nadie en el mundo me había mirado hasta entonces; y recuerdo que sentí frío en la espalda y que deseé que dijera algo. Nunca un silencio me había parecido tan insondable. Desde luego, ésta fue una impresión intensa y rápida; pero durante este tiempo sólo habían transcurrido unos pocos instantes, como comprendí súbitamente por la expresión de Charlotte Marden, cuyos asombrados ojos se posaban alternativamente en su madre y en mí -él nunca la miraba y ella no parecía verle-, hasta que exclamó:

-Pero ¿qué es lo que les pasa? ¿Por qué ponen esas caras tan raras?
Sentí que el color volvía a mi rostro, y ella continuó:
-¡Se diría que han visto un espectro!...

Yo era consciente de que me había puesto muy rojo. Sir Edmund Orme nunca enrojecía y yo estaba seguro de que ninguna turbación podía afectarle. Había conocido a personas así, pero nunca a alguien con una indiferencia tan total.

-No seas impertinente y diles a todos que ahora voy a reunirme con ellos -dijo la señora Marden con gran dignidad, pero con un temblor de voz que capté.
-Y usted... ¿va a venir? -preguntó la joven volviéndose.

Yo no respondí, acogiéndome a la vaga sensación de que la pregunta iba dirigida a su acompañante. Pero él estaba más silencioso que yo, y cuando Charlotte llegó a la puerta de la terraza -ya que iba a salir por allí-, se detuvo, con la mano en el picaporte, y me miró repitiendo la pregunta. Asentí y me precipité hacia ella para abrirle la puerta, y mientras salía me dijo burlonamente:
-Está usted ido; no tendrá mi mano.

Cerré la puerta y me volví, comprobando entonces que Sir Edmund Orme, mientras yo le daba la espalda, se había retirado. La señora Marden seguía allí, de pie, y nos miramos largamente el uno al otro. Sólo entonces, mientras la muchacha se alejaba con ágiles pasos, comprendí que su hija no se había dado cuenta de nada de lo que había ocurrido. Por extraño que parezca, fue eso lo que me sobresaltó violentamente, y no el que yo hubiera visto a nuestro visitante, cosa que me parecía lo más natural del mundo. Aquello me hizo evocar vívidamente que ella tampoco había advertido su presencia en la iglesia, y los dos hechos juntos -ahora que ya habían pasado- hicieron que mi corazón latiera con violencia. Me sequé el sudor de la frente y la señora Marden dejó escapar un leve gemido quejumbroso:

-Ahora ya conoce usted mi vida... ahora ya conoce usted mi vida.
-Pero, en nombre del Cielo, ¿qué es?
-Un hombre a quien hice daño.
-¿Cómo ocurrió eso?
-¡Oh, fue algo horrible! Hace ya mucho tiempo.
-¿Mucho tiempo? Pero si es muy joven.
-¡Joven! ¿Joven? -exclamó la señora Marden-. Nació antes que yo.
-Pero entonces ¿cómo puede tener este aspecto?
Se me acercó, puso la mano sobre mi brazo y en su rostro vi una expresión que me sobrecogió.
-Pero ¿no lo entiende usted? ¿no lo siente? -me dijo con gran vehemencia.
-¡Lo que siento es una sensación muy extraña! -dije riendo, pero comprendí que en mi voz había algo que me traicionaba.
-¡Está muerto! -dijo la señora Marden, con la cara muy pálida.
-¿Muerto? -exclamé jadeando-. Entonces ese caballero era.... -no pude pronunciar ni una palabra más.
-Llámele como prefiera... hay muchísimos nombres vulgares. Es una presencia perfecta.
-¡Una presencia espléndida! -exclamé-. ¡La casa está encantada, encantada! -me exaltaba articulando esta palabra, como si resumiese todo lo que yo siempre había soñado.
-No es la casa, no, por desgracia -contestó ella, en seguida-. La casa no tiene nada que ver.
-Entonces es usted, mi querida señora -dije como si esta alternativa fuese aún mejor.
-No, tampoco yo. Ojalá fuese yo.
-Tal vez se trate de mí -sugerí con una débil sonrisa.
-Se trata de mi hija... mi inocente, sí, mi inocente hija.

Y al decir eso la señora Marden se derrumbó. Se dejó caer en un sillón y prorrumpió en lágrimas. Balbuceé una pregunta, le dirigí ruegos desconcertados, pero ella se negó a responder de un modo inesperado y tenso. Yo insistí: ¿no podía ayudarla, no podía intervenir de alguna manera?
-Usted ya ha intervenido -dijo entre sollozos-. Ya está dentro, ya está dentro.
-Pues me alegra mucho intervenir en algo tan extraordinario -afirmé audazmente.
-Le guste o no le guste, no tiene elección.
-No quiero quedarme al margen... es demasiado interesante.
-Me alegra saber que se lo toma así -se había apartado de mí, apresurándose a enjugarse los ojos-. Y ahora váyase.
-Pero quiero saber más.
-Ya verá todo lo que quiera. ¡Váyase!
-Pero es que quiero entender lo que veo.
-¿Cómo va usted a entenderlo... si yo misma no lo entiendo? -exclamó con aire desesperado.
-Lo intentaremos juntos... y lo aclararemos.
Se levantó haciendo todo lo posible para borrar el rastro de sus lágrimas.
-Sí; será mejor que nos unamos... por eso me gustó usted.
-¡Oh, lo pondremos en claro! -le dije.
-Entonces debe usted aprender a dominarse mejor.
-Se lo prometo, se lo prometo... lo conseguiré con la práctica.
-Ya se acostumbrará -dijo mi amiga en un tono que nunca olvidaré-. Ahora vaya a reunirse con los demás; yo iré en seguida.

Salí a la terraza pensando que tenía un papel en aquella historia. No temía en absoluto otro encuentro con la «presencia perfecta», como ella le había llamado, en conjunto más bien notaba un sentimiento de placer. Deseaba que volviera a repetirse mi buena suerte. Me sentía muy bien dispuesto a acoger las nuevas impresiones. Di la vuelta a la casa tan aprisa como si esperase sorprender a Sir Edmund Orme. Aquella vez no le sorprendí, pero el día no iba a terminar sin que tuviese que reconocer que, como había dicho la señora Marden, le vería tantas veces como yo quisiera. Hicimos, o, mejor dicho, la mayor parte de nosotros hizo, el paseo colectivo y sociable que en las casas de campo inglesas es -o era en aquellos tiempos- el pasatiempo obligado de las tardes de domingo. Teníamos que ajustar nuestro paso a las posibilidades de las señoras; además las tardes eran cortas y a las cinco ya estábamos reponiendo fuerzas al lado del fuego en el salón grande, con una vaga aprensión, al menos por mi parte, de que hubiéramos podido hacer algo más para merecer nuestro té. La señora Marden había dicho que iría con nosotros, pero no había comparecido; su hija, que la había visto antes de que saliéramos, se había limitado a darnos por toda explicación que estaba cansada. Siguió sin dejarse ver durante toda la tarde, pero concedí poca importancia a este detalle, como tampoco se la di al hecho de no haber podido estar con Charlotte, ni siquiera durante cinco minutos, en el curso de todo nuestro paseo. Estaba demasiado absorto con otra cuestión para que aquello me preocupara; sentía bajo mis pies el umbral de una puerta extraña, en mi vida, que de pronto se había abierto y de la que salía un aire tan sutil como nunca lo había respirado y de un sabor más fuerte que el vino.

Había oído hablar muchas veces de apariciones, pero era muy distinto haber visto una, y saber que había muchas probabilidades de verla habitualmente, por así decirlo, de nuevo. La estaba acechando como un piloto el resplandor de una luz giratoria, preparándome para generalizar acerca de este terrorífico tema, y a decir al primero que se presentase que los fantasmas eran mucho menos inquietantes y mucho más divertidos de lo que suele suponerse. Sin duda alguna estaba muy excitado. No acertaba a comprender la causa del privilegio que se me había conferido, la excepción en el sentido de un ensanchamiento místico de visión hecha en mi favor. Al mismo tiempo creo que comprendí la ausencia de la señora Marden, que venía a ser, pensé, como una glosa a lo que me había dicho: «Ahora ya conoce usted mi vida». Probablemente había tenido que sufrir a nuestro fantasma durante años, y al carecer de mi firmeza, aquello había sido demasiado para ella. Sus nervios no lo habían soportado, aunque aún había sido capaz de afirmar que, en cierto modo, uno se acostumbraba. Ella se había acostumbrado a darse por vencida.

El té de la tarde, cuando se hacía la oscuridad muy pronto, era una hora deliciosa en Tranton; el resplandor de las llamas danzaba por el amplio salón blanco del siglo pasado; las afinidades casi se confesaban por sí mismas, todo el mundo se demoraba, antes de vestirse para la cena, en hondos sofás, todavía con las botas enfangadas, para cambiar unas últimas palabras después de los paseos; e incluso si alguien se absorbía solitariamente en el tercer volumen de una novela que algún otro estaba deseando leer, la cosa podía pasar como una muestra de afabilidad. Estuve esperando el momento oportuno y abordé a Charlotte cuando vi que estaba a punto de retirarse. Las señoras ya habían salido del salón una a una, y después de haberme dirigido especialmente a ella, los tres hombres que aún quedaban cerca se fueron dispersando poco a poco. Sostuvimos una breve charla muy descosida -ella tal vez estaba muy inquieta, y bien sabe Dios que yo sí lo estaba- y después me dijo que tenía que irse porque no quería llegar tarde a la cena. Le demostré que aún faltaba mucho tiempo y ella objetó que de todos modos quería subir a ver a su madre, ya que temía que se encontrara indispuesta.

-Al contrario, yo le aseguro que se encuentra mejor de lo que se ha encontrado en mucho tiempo -dije-. Ha comprendido que puede confiar en mí y esto le ha hecho mucho bien.

La señorita Marden se había vuelto a dejar caer en su sillón, yo seguía de pie ante ella, y la joven levantaba los ojos hacia mí, sin sonreír, con una oscura congoja en su hermosa mirada; no exactamente como si yo la estuviera hiriendo, sino como si ya no estuviera dispuesta a seguir tratando lo que había ocurrido como una broma -fuera lo que fuese no era nada que se prestase a una solemnidad excesiva- entre su madre y yo. Pero yo podía responder a sus interrogantes con toda afabilidad y franqueza, ya que en el fondo era consciente de que la pobre señora había descargado una parte de su carga sobre mí y que se sentía relativamente aliviada y tranquilizada.

-Estoy seguro de que ha dormido toda la tarde como hacía años que no dormía -seguí diciendo-. No tiene más que preguntárselo.
Charlotte volvió a levantarse.
-Se las da usted de muy útil.
-Todavía dispone de más de un cuarto de hora -dije-. ¿No tengo derecho a charlar con usted de esta manera, a solas, cuando su madre me ha concedido su mano?
-¿Y ha sido la madre de usted la que me ha concedido su mano? Se lo agradezco mucho, pero no la quiero.
Opino que nuestras manos no pertenecen a nuestras madres... ¡yo diría que son bien nuestras! -terminó riendo la joven.
-¡Siéntese, siéntese y déjeme hablarle! -le rogué.

Yo seguía de pie, insistiendo, con la esperanza de que accediese a lo que le pedía. Ella miraba a su alrededor, dirigiendo vagamente sus ojos en una u otra dirección, como bajo los efectos de una coacción que le resultase ligeramente penosa. El salón desierto estaba silencioso... oíamos el sonoro tictac del gran reloj. Entonces lentamente se sentó y yo acerqué una silla. Quedé ahora frente a la chimenea y al hacer este movimiento descubrí con estupor que no estábamos solos. Al cabo de un instante, aunque ello sea tan extraño que no acierto a explicármelo, mi turbación en vez de ir en aumento desapareció, ya que la persona que estaba ante la chimenea era Sir Edmund Orme. Estaba allí igual que le había visto en la sala india, mirándome con una fijeza inexpresiva que debía su gravedad a su sombría elegancia. Ahora sabía mucho más de él y tuve que reprimir un ademán de reconocimiento, algo que atestiguase su presencia. Una vez estuve seguro de ella y de que se prolongaba, la sensación de que Charlotte y yo no estábamos solos me abandonó; por el contrario, la sensación que tuve fue la de que aquello nos unía más. Ella no era sensible a ninguna influencia de nuestro compañero, e hice un esfuerzo muy grande, que puedo considerar como casi fructífero, para ocultarle que mi capacidad sensitiva era distinta a la suya y que mis nervios estaban tan tensos como las cuerdas de un arpa. Digo «casi fructífero» porque ella me miró un momento mientras las palabras no acababan de salir de mis labios- de una manera que me hizo temer que iba a volver a decirme, como me había dicho en la sala india:

«Pero, ¿qué es lo que le pasa?»
Lo que me pasaba me apresuré a decírselo, porque cuando lo comprendí plenamente me avasalló junto con la conmovedora visión de la inconsciencia de ella. La joven resultaba conmovedora en presencia de aquel extraordinario augurio. Si auguraba peligro o desdicha, felicidad o castigo, eso era secundario; lo único que yo veía, mientras la tenía sentada enfrente, era que, inocente y encantadora, estaba al borde de algo horroroso, seguramente así lo hubiera llamado, que en aquel momento permanecía oculto para ella, pero que podía mostrársele de un momento a otro. Descubrí que a mí no me preocupaba... o que al menos era una preocupación soportable; pero era muy posible que sí le afectase a ella, y si todo aquello era curioso e interesante, podía convertirse fácilmente en aterrador. Si no me preocupaba por mí mismo más tarde comprendí que era sobre todo porque estaba absorto con la idea de protegerla. De pronto, al pensar en ello, mi corazón empezó a palpitar con fuerza; decidí hacer todo lo que pudiera para conseguir que sus sentidos no se abriesen.

Quizá me hubiera sido difícil orientarme en cuanto a mi proceder si, a medida que pasaban los minutos, no me hubiera ido haciendo cada vez más consciente de que la quería. La única manera de salvarla era quererla, y la mejor manera de quererla era decírselo inmediatamente. Sir Edmund Orme no me lo impidió y al cabo de un momento nos volvió la espalda y se quedó contemplando discretamente el fuego de la chimenea. Al cabo de unos instantes apoyó la cabeza sobre un brazo contra el delantero de la chimenea, en una postura de progresivo abatimiento, como un espíritu más apesadumbrado que discreto. Charlotte Marden se levantó bruscamente cuando empezó a oírme, se puso en pie rápidamente como para huir de mis palabras; pero no se consideró ofendida; el sentimiento que yo estaba expresando era demasiado sincero. Se limitó a pasear de un lado a otro de la estancia con un murmullo de desaprobación, y yo estaba tan ocupado en tratar de ganar terreno, por pequeño que fuese, que no reparé en la manera como Sir Edmund Orme desaparecía. Pero de pronto descubrí que su lugar estaba vacío. Aquello no cambió nada pues no me había molestado en lo más mínimo; sólo recuerdo que me impresionó súbitamente, como algo inexorable, el lento y triste saludo con la cabeza que me dirigió Charlotte.

-No pido que me dé una respuesta ahora mismo -le dije-; sólo quisiera poder estar seguro... de que usted sabe la suma importancia de lo que acabo de decirle.
-¡Oh, no pienso darle una respuesta ni ahora ni nunca! -replicó-. Odio esta conversación; se lo ruego... ¿sería posible que me quedara sola?
Pero luego, como para mí hubiera podido sonar un poco duro este irreprimible grito, tan sincero, de la beldad asediada, añadió, con una rápida y vaga amabilidad, en el momento de abandonar el salón:
-Gracias, gracias... se lo agradezco muchísimo.

En la cena fui lo suficientemente generoso como para alegrarme por ella de que, al sentarse en el mismo lado de la mesa que yo, no pudiera verme. Su madre estaba casi enfrente de mí y muy poco después de que nos sentáramos la señora Marden me dirigió una larga y penetrante mirada que expresaba en un grado máximo nuestra extraña comunión. Desde luego significaba «me lo ha contado», pero también significaba otras cosas. En cualquier caso, sé bien que mi muda respuesta quería decir: «¡He vuelto a verle, he vuelto a verle!». Todo ello no impidió que la señora Marden tratara a sus vecinos de mesa con su habitual y escrupulosa amabilidad. Después de cenar, cuando los hombres se reunieron con las mujeres en el salón, y yo me dirigí directamente a ella para decirle lo mucho que deseaba, me dijo al momento en voz baja, fijando la vista en su abanico que abría y cerraba sin cesar:

-Está aquí... está aquí.
-¿Aquí? -miré a mi alrededor, pero sin verle.
-Mire donde está ella -dijo la señora Marden, con un levísimo matiz de acritud.

En realidad Charlotte no estaba en el salón principal, sino en otro más pequeño que había al lado y al que se llamaba la sala de la mañana. Di unos pasos y vi por una puerta abierta que estaba de pie en medio de la sala, conversando con tres caballeros que casi puede decirse que me volvían la espalda. Por un momento mi búsqueda pareció infructuosa; luego comprendí que uno de los caballeros -el de en medio- no podía ser más que Sir Edmund Orme. Esta vez me pareció asombroso que los demás no le vieran. Charlotte parecía estar mirándole cara a cara y dirigirse a él. Sin embargo, al cabo de un momento me vio e inmediatamente abandonó el grupo. Volví al lado de su madre con el creciente temor de que la joven pudiera creer que la estaba vigilando, lo cual hubiese sido injusto. La señora Marden había encontrado un pequeño sofá un poco apartado y me senté junto a ella. Tenía tantas ganas de hacerle varias preguntas que hubiera deseado que nos encontrásemos de nuevo en el salón indio. No obstante, en seguida comprendí que el lugar era lo suficientemente discreto. Nos comunicábamos de un modo tan íntimo y completo, y con una reciprocidad tan silenciosa, que ello nos bastaba en cualquier circunstancia.

-Sí, está aquí -dije-; y hacia las siete y cuarto estaba en el salón principal.
-En aquel momento lo sabía... ¡y me he alegrado tanto! -respondió sin ambages.
-¿Dice que se ha alegrado?
-Que esta vez se tratara de usted y no de mí. Es un gran alivio.
-¿Ha dormido toda la tarde? -pregunté.
-Como no podía dormir hacía meses. Pero, ¿cómo lo sabe?
-Del mismo modo, supongo, que usted ha sabido que Sir Edmund estaba en el salón. Evidentemente ahora cada uno de nosotros sabe cosas... cuando le están ocurriendo al otro.
-Cuando le están ocurriendo a él -me corrigió la señora Marden-. Es maravilloso que usted se lo tome así -añadió con un largo y suave suspiro.
-Lo tomo -repliqué inmediatamente- como un hombre que está enamorado de su hija.
-Claro, claro. -Por intenso que fuese el sentimiento mío por la muchacha, no pude por menos de reírme un poco por el tono con que pronunció estas palabras, y ella inmediatamente añadió:
-De no ser así, no le hubiera usted visto.
A decir verdad, apreciaba en su justo valor mi privilegio, pero tenía que hacer una objeción.
-¿Acaso le ven todos los que se enamoran de ella? Porque deben de ser docenas.
-Los demás no se han enamorado de ella como usted.
Comprendí lo que quería decir y no pude por menos de aprobarlo.
-Naturalmente, sólo puedo hablar por mí mismo... y antes de la cena he encontrado una ocasión propicia para hacerlo.
-Me lo ha dicho apenas me ha visto -replicó la señora Marden.
-Y ¿puedo tener alguna esperanza, alguna posibilidad?
-Yo no deseo otra cosa y rezo por ello.
La dolorosa sinceridad de esta confesión me emocionó.
-Ah, ¿cómo podría agradecérselo? -murmuré.
-Creo que todo esto pasará... si ella le quiere a usted -siguió diciendo la pobre mujer.
-¿Que todo esto pasará? -yo estaba un poco confuso.
-Quiero decir que entonces nos libraremos de él... que nunca más volveremos a verle.
-Oh, si ella me quiere, no me importa volver a verle a menudo -repliqué francamente.
-Ah, usted se lo toma mejor de lo que yo he podido tomármelo -me dijo-. Tiene usted la suerte de no saber... de no comprender.
-Ciertamente que no. Pero, ¿se puede saber qué es lo que quiere?
-Quiere hacerme sufrir -al decir estas palabras volvió hacia mí su palidísimo rostro, y por vez primera vi con toda claridad que si ésta había sido la intención de nuestro visitante, había logrado por completo su propósito-.Por lo que yo le hice -explicó.
-¿Y qué le hizo usted?
Me dirigió una mirada inolvidable.
-Le maté.
Como yo le había visto a cincuenta yardas de distancia cinco minutos antes, estas palabras me hicieron sobresaltar.
-Sí, le he impresionado a usted; tenga cuidado. Sigue estando aquí, pero se dio la muerte. Le destrocé el corazón... él creyó que yo era espantosamente mala. Nosotros debíamos casarnos, pero rompí mi compromiso... en el último momento. Conocí a alguien que me atrajó más; ésta fue la única razón. No fue por interés ni por dinero ni por vanidad ni por ningún otro motivo bajo. El lo tenía todo. Fue sencillamente que me enamoré del comandante Marden. Cuando le conocí estaba enamorada de Edmund Orme; mi madre y mi hermana mayor, ya casada, lo habían arreglado todo. Pero él me quería, y yo sabía -¡quiero decir que casi sabía!- hasta qué punto era grande su amor. Pero le dije que eso no me importaba, que no podía casarme con él, que nunca me casaría con él. Le rechacé y él ingirió no sé qué droga o licor abominable que tuvo consecuencias fatídicas. Fue espantoso, fue horrible, le encontraron en este estado... murió entre sufrimientos. Me casé con el comandante Marden, pero no sin dejar transcurrir cinco años. Fui feliz, completamente feliz... el tiempo lo borra todo. Pero cuando mi marido murió empecé a verle.

Yo la escuchaba muy atento y confuso.
-¿A ver a su marido?
-¡Oh, no, eso nunca, nunca! ¡No de esa manera, gracias a Dios! ¡A verle a él... y con Chartie, siempre con Chartie. La primera vez casi me costó la vida... hace unos siete años, cuando ella se presentó en sociedad.
Nunca cuando estoy a solas... únicamente con ella. A veces no le veo durante meses, luego todos los días durante una semana. Lo he probado todo para romper el hechizo... médicos, regímenes, cambios de clima; le he suplicado a Dios de rodillas. Aquel día en Brighton, en el paseo con usted, cuando usted creyó que me encontraba enferma era que le veía por vez primera desde hacía mucho tiempo. Y luego aquella tarde, cuando derramé el té, y el día en que usted estaba en la puerta con ella y yo les miraba desde la ventana... cada vez él estaba allí.
-Comprendo, comprendo -yo estaba más impresionado de lo que era capaz de expresar-. Es una aparición como otra cualquiera.
-¿Como otra cualquiera? ¿Es que ha visto usted otra? -exclamó.
-No, quiero decir que es el tipo de cosas de las que uno ha oído hablar. Es enormemente interesante conocer un caso.
-¿Me llama usted «un caso»? -exclamó mi amiga con un exquisito rencor.
-Me refería a mí mismo.
-Oh, usted es la persona más adecuada -dijo-. No me equivoqué al confiar en usted.
-Le estoy sumamente agradecido por haberlo hecho; pero ¿qué le indujo a confiar en mí? -pregunté.
-He pensado mucho en toda esta cuestión; he tenido tiempo de sobra a lo largo de esos terribles años durante los cuales él me estaba castigando en la persona de mi hija.
-Es mucho suponer -objeté-, ya que la señorita Marden nunca ha llegado a enterarse de nada.
-Eso es lo que me aterraba, que en una u otra ocasión llegara a enterarse. Tenía un miedo indecible al efecto que pudiese causarle.
-¡No se enterará, no se enterará! -le aseguré en voz lo suficientemente alta como para que varias personas se volvieran hacia nosotros.

La señora Marden me hizo levantar y nuestra conversación tocó a su fin por lo que a aquella noche se refiere. Al día siguiente le dije que era mejor que me fuera de Tranton... no era ni agradable ni delicado quedarse en calidad de pretendiente rechazado. Se quedó desconcertada, pero aceptó mis razones, apelando tan sólo a mí con ojos llenos de tristeza:

-¿Va a dejarme sola con mi carga?

Desde luego, los dos convinimos que durante una serie de semanas a partir de entonces no sería discreto por mi parte «agobiar a la pobre Charlotte»; éstos fueron exactamente los términos con los que, dando muestras de una curiosa inconsecuencia femenina y maternal, aludió a una actitud mía que ella alentaba. Me dispuse a tener un tacto heroico, pero consideré que la mayor de las delicadezas me autorizaba a decir unas palabras de despedida a la señorita Marden antes de partir. Después del desayuno, le rogué, pues, que diese una vuelta conmigo por la terraza, y como ella parecía vacilar y mirarme con un aire distante, le hice saber que sólo quería formularle una pregunta y decirle adiós... que me iba por ella.

Salió conmigo y dimos lentamente tres o cuatro vueltas completas a la casa. Nada más hermoso que esa gran plataforma oreada desde la cual la vista abarca una gran extensión de tierra, con el mar en el horizonte. Es posible que al pasar frente a las ventanas llamáramos la atención de nuestros amigos de la casa, que tal vez se preguntasen sarcásticamente por qué estaba tan significativamente locuaz. Pero no me importaba; lo único que no dejaba de preguntarme era cómo era posible que aquella vez no viesen a sir Edmund Orme, que se unió a nosotros para dar una o dos vueltas, y que avanzaba a pasos lentos al otro lado de Charlotte. No sé cuál era su extraña naturaleza; no tengo ninguna teoría acerca de él -dejo esta cuestión a los demás-, como tampoco opino sobre cualquiera de mis semejantes mortales (y de la norma que rige sus vidas) que habré encontrado a lo largo de mi existencia. Era un hecho tan efectivo, tan individualizado y definitivo como cualquiera de ellos. Por encima de todo, según todas las apariencias, estaba hecho de una mezcla tan sutil y sensitiva, como rigurosamente digna; de modo que no se me hubiese ocurrido tomarme una libertad, o hacer un experimento, con él, tocarle, por ejemplo, o dirigirle la palabra, ya que daba el ejemplo del silencio, como tampoco me hubiera pasado por la cabeza hacer cualquier otra inconveniencia social. Mostraba siempre, como más adelante comprobé sin ningún género de dudas, un perfecto dominio de su situación, se presentaba siempre impecable y acicalado, y en todos los detalles se comportaba del modo justo que exigía cada momento. Indiscutiblemente su presencia me parecía extraña, pero, sin saber muy bien por qué, tenía la sensación de que estaba en su lugar.

Muy pronto llegué a asociar una idea de belleza con su irreconocible presencia, la belleza de una antigua historia de amor, dolor y muerte. Y terminé por presentir que estaba de mi parte, velando por mis intereses, vigilando para que no pudieran engañarme, para que, mi corazón al menos, no quedara destrozado. Oh, bien en serio había tomado su propia pena y su decepción... sin duda alguna eso lo había demostrado suficientemente en su momento. Si la pobre señora Marden, tal como me había dicho, había reflexionado mucho sobre la cuestión, yo también intenté proceder al análisis más profundo que fui capaz de realizar. Era un caso de justicia, hacer pagar a los hijos los pecados de las madres, ya que no de los padres. Aquella desdichada madre iba a pagar, sufriendo, el sufrimiento que había infligido, y como podía existir una predisposición a burlarse de nuevo de las legítimas aspiraciones de un hombre sincero, y que la hija repitiese conmigo su drama, la joven debía ser examinada y vigilada, para que tuviese que sufrir en caso de hacer el mismo daño. Quizás emulase a su madre por algún rasgo de perversidad característica, del mismo modo que se parecía a ella en los encantos; y si podía comprobarse semejante inclinación, si llegaba a ser sorprendida, por así decirlo, faltando a su palabra o cometiendo alguna acción cruel, sus ojos, por una solapada lógica, se abrirían allí mismo, súbita e implacablemente, a la «perfecta presencia», que a partir de entonces tendría que incorporar como pudiese al concepto del universo que tuviera aquella señorita. Yo no sentía grandes temores por ella, pues no tenía la impresión de que obrase movida por la frivolidad, y sabía que si yo estaba confuso ello se debía a que había ido demasiado aprisa. Aún faltaba mucho camino por recorrer antes de que hubiera posibilidades de que ella tuviese la culpa de mi sufrir. No podía arrebatar lo que había dado antes de dar todavía bastante más. El que yo pidiera más ya era otro asunto, y la pregunta que le hice en la terraza aquella mañana era la de si durante el invierno podía seguir visitando la casa de la señora Marden. Prometí no ir demasiado a menudo ni hablarle durante tres meses del tema sobre el que habíamos conversado el día anterior. Me respondió que podía hacer lo que gustara, y de ese modo nos separamos.

Cumplí la promesa que le había hecho; callé durante tres meses. Inesperadamente para mí, hubo momentos en el curso de este tiempo en que pareció que echaba de menos mis asiduidades, aunque quizá fuera indiferente a mi felicidad. Yo tenía tales deseos de complacerla que me convertí en sutil e ingenioso, prodigiosamente atento, pacientemente diplomático. En ocasiones creía haberme ganado la recompensa, haber conseguido que me dijese: «Bueno, bueno, está visto que usted es el mejor de todos ellos... ahora ya puede hablarme». Pero luego había una frialdad más total que nunca en su belleza y algunos días un brillo burlón en sus ojos, un resplandor que parecía significar: «Si no anda usted con más cuidado le aceptaré, y así acabaré con usted definitivamente».

La señora Marden era para mí una gran ayuda, simplemente porque creía en mí, y yo apreciaba en su justo valor su confianza porque sabía que seguía concediéndomela durante una súbita interrupción del prodigio que se había obrado en favor mío. Después de nuestra estancia en Tranton, Sir Edmund Orme nos dio vacaciones, y reconozco que al principio me sentí decepcionado. Quiero decir que tenía la impresión de estar menos destinado, menos implicado y relacionado con Charlotte.

-¡Oh, no cante victoria antes de tiempo! -era el comentario de su madre-; en ocasiones me ha dado un respiro de hasta seis meses. Aparecerá de nuevo cuando menos lo espere... sabe muy bien lo que hace.

Para ella estas semanas fueron de felicidad y fue lo suficientemente discreta como para no hablar de mí a su hija. Tuvo la condescendencia de asegurarme que estaba obrando de la mejor manera posible, que daba la impresión de sentirme seguro y de que a la larga las mujeres cederían ante mi firmeza. Había conocido casos en que había ocurrido así, aun cuando el hombre era un insensato adoptando ese aire de seguridad... un insensato en todos los aspectos. Por lo que se refiere a ella, eran muy buenos tiempos, casi los mejores de su vida, una especie de veranillo de San Martín del alma. Se encontraba mejor de lo que había estado en bastantes años y creía que me lo debía a mí. El significado de aquellas visitas le era llevadero, ya no sentía angustia cada vez que miraba a su alrededor. Charlotte me llevaba la contraria una y otra vez, pero aún se contradecía más a menudo a sí misma. Aquel invierno, junto al antiguo mar de Sussex, fue una maravilla de bonanza, y con frecuencia nos sentábamos al aire libre para tomar el sol. Yo paseaba en compañía de la joven, y la señora Marden, a veces sentada en un banco, a veces en una silla de ruedas, nos esperaba y nos sonreía al vernos pasar. Yo siempre trataba de leer un aviso en su cara: «Está con usted, está con usted» (ella le hubiera visto antes que yo), pero no pasaba nada; la estación nos había aportado también una especie de blandura espiritual. A fines de abril el tiempo era tan parecido al de junio que, al encontrar a mis dos amigas cierta noche en una reunión social de Brighton -una velada con música a cargo de aficionados-, saqué a la joven, sin posibilidad de que opusiera resistencia, a un balcón al que se abría la puerta abierta de una de las habitaciones. La noche era oscura y sofocante, las estrellas tenían un brillo apagado, y a nuestros pies, bajo el acantilado, se oía el sordo rumor de la marea. Lo escuchamos un momento, mientras del interior llegaban hasta nosotros los sones de un violín que acompañaba a un piano, ejecución que había sido nuestro pretexto para escabullirnos.

¿Le parezco un poco mejor? -dije bruscamente al cabo de un minuto-. ¿Puede escucharme de nuevo?
Apenas había acabado de hablar cuando me cogió del brazo y me lo apretó con cierta fuerza.
-¡Calle! Me parece que no estamos solos.
Tenía los ojos fijos en la oscuridad del otro extremo del balcón. Este balcón daba la vuelta a toda la casa y era de gran anchura, como solía ocurrir en las mejores casas antiguas de Brighton. Había cierta luz que procedía de la puerta abierta que estaba detrás de nosotros, pero las otras puertas, con las cortinas corridas por dentro, no alteraban para nada la oscuridad, de modo que sólo percibí borrosamente la silueta de un caballero que estaba de pie allí mirándonos. Iba vestido de etiqueta, como un invitado -distinguía el vago resplandor de su pechera blanca y el pálido óvalo de su rostro- y hubiera podido ser muy bien un invitado que hubiese salido antes que nosotros a tomar el aire. Al principio Charlotte lo creyó así, pero luego, al cabo de unos pocos segundos, tuvo que rendirse a la evidencia de que la intensidad de su mirada no era normal. Si vio algo más, no llegué a saberlo; yo estaba demasiado absorto con mis propias impresiones para captar algo que no fuese la rápida proximidad de su turbación. De hecho, mis propias impresiones eran una sensación fortísima de horror; porque todo aquello, ¿qué podía significar sino que la joven por fin veía? Oí que emitía un súbito gemido y se metió precipitadamente en la casa. Sólo después comprendí que yo también había experimentado una emoción enteramente nueva... mi horror se había convertido en cólera y mi cólera en un brusco movimiento hacia adelante en el balcón, acompañado de un ademán reprobador. Todo aquello quedaba reducido a la visión de una adorable muchacha amenazada y aterrada. Avancé para salvaguardar su seguridad, pero no encontré nada ante mí. O todo había sido un error o Sir Edmund Orme se había desvanecido.

Fui en seguida tras ella, pero cuando entré en el salón encontré allí que se había producido un gran revuelo. Una señora se había desmayado, la música se había interrumpido; se oía mucho ruido de sillas y la gente se agolpaba. La dama en cuestión no era Charlotte, como yo temía, sino la señora Marden, que se había sentido súbitamente indispuesta. Recuerdo el alivio con que recibí la noticia, porque ver sufrir a Charlotte hubiese sido insoportable, y lo de su madre podía distraerla de su agitación. Naturalmente, los que se hicieron cargo de la situación fueron los anfitriones y las señoras y yo no intervine en los cuidados prodigados a mis amigas ni en el acompañarlas hasta su coche. La señora Marden se recuperó e insistió en volver a su casa, después de lo cual me retiré muy intranquilo.

Al día siguiente las visité con la esperanza de que me dieran mejores noticias, y me dijeron que se encontraba mejorada, pero al preguntar si Charlotte accedería a recibirme, se me dio una disculpa por toda respuesta. No me quedaba más que vagar de un lado a otro durante todo aquel día, con el corazón palpitante. Sin embargo, al caer la tarde recibí una nota escrita a lápiz que se me entregó en mano: «Por favor, venga; mi madre quiere verle». Cinco minutos después volvía a estar en su puerta y me hicieron pasar al salón. La señora Marden estaba tendida en el sofá y apenas verla reconocí en su cara la sombra de la muerte. Pero lo primero que me dijo fue que se encontraba mejor, incluso mucho mejor; su pobre, viejo y alborotado corazón había vuelto a traicionarla, pero ahora volvía a portarse bien y estaba en calma. Me alargó la mano y yo me incliné sobre ella, mirándola fijamente a los ojos y de esta manera pude leer en ellos lo que no dijeron sus labios: «La verdad es que estoy muy enferma, pero finja que cree al pie de la letra todo lo que digo». Charlotte, que estaba de pie a su lado, no parecía asustada, pero tenía un aire muy serio, y sus ojos evitaban encontrarse con los míos.

-Me lo ha dicho, me lo ha dicho -dijo la madre.
-¿Que se lo ha dicho?
Miré alternativamente y con intensidad a ambas, preguntándome si mi amiga quería decir que la muchacha le había hablado de la inexplicable aparición de la noche anterior.
-Que usted ha vuelto a hablar con ella, que le es admirablemente fiel.
Al oírla sentí un impulso de alegría; aquello significaba que esta cuestión la interesaba por encima de todo y también que su hija había preferido decirle lo que contribuyese a calmarla, no a inquietarla. No obstante, ahora yo estaba seguro, tan seguro como si la señora Marden me lo hubiese dicho, que ella lo sabía y que lo había sabido en el mismo momento en que su hija había tenido la visión.
-Sí, le hablé, le hablé, pero ella no me dio ninguna respuesta -dije.
Ahora le responderá, ¿no es así, Chartie? Lo deseo tanto, tanto... -murmuró con una indecible ansiedad en su voz.
-Es usted demasiado bueno conmigo.
Charlotte se dirigía a mí, muy seria y afectuosa, pero con la mirada fija en la alfombra. Había en ella algo diferente, diferente como de todo el pasado. Había descubierto algo, sentido una coacción. Vi que no podía dominar su temblor.
-¡Ah, si usted me dejara demostrarle lo bueno que puedo ser! -exclamé tendiéndole las manos.

Mientras pronunciaba estas palabras, tuve el convencimiento de que algo acababa de pasar. Al otro lado del sofá se había ido espesando una forma, y esta forma se inclinaba sobre la señora Marden. Todo mi ser se concentró en una muda plegaria para que Charlotte no la viera y para que yo fuese capaz de no delatarme. El impulso de dirigir una mirada a su madre era aún más fuerte que el movimiento involuntario de darme por enterado de la presencia de Sir Edmund Orme; pero conseguí dominar esta inclinación, y la señora Marden permaneció completamente inmóvil. Charlotte se levantó para tenderme la mano, y entonces, en el momento de hacer este ademán, vio el horror. Dio un chillido, sus ojos expresaron el desaliento, y en aquel mismo momento llegó a mis oídos otro sonido, un gemido de condenado. Pero yo ya me había precipitado hacia la mujer que amaba para protegerla, para cubrirle la cara, y ella se había arrojado apasionadamente en mis brazos. La tuve abrazada un momento, fuertemente, abandonándome a ella, sintiendo cada uno de los latidos de su corazón que se confundían con los míos sin que fuese posible distinguirlos; en seguida, de pronto, fríamente, tuve la seguridad de que estábamos solos. Ella se soltó. La forma que había estado al lado del sofá había desaparecido, pero la señora Marden seguía en su lugar con los ojos cerrados, y había algo en su inmovilidad que renovó nuestro horror. Charlotte lo expresó claramente con un grito de «¡Madre, madre!» y se arrojó sobre ella. Yo me arrodillé a su lado... La señora Marden había muerto.

Lo que había oído cuando Chartie gritó -me refiero al otro grito, aún más trágico- ¿era el grito de desesperación de la desdichada mujer al recibir el golpe de la muerte o el sollozo articulado (fue como una ráfaga de una gran tormenta) del espíritu exorcizado y apaciguado? Posiblemente esto último, porque aquélla fue, misericordiosamente, la última de las apariciones de Sir Edmund Orme.