miércoles, 8 de marzo de 2017

El sello de R'lyeh. August Derleth (1909-1971)

Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí: «¡Cuidad que siempre esté lejos de la mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer el agua, cuando de hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos -el mío es Piscis- sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos, pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma -lo cual, dicho a la luz del día, resulta un modismo un tanto ambiguo-. Antes de morir mi padre en accidente de automóvil, acostumbraba a repetirlo con frecuencia, también. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas, bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.

Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una universidad del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome todo cuanto poseía. yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra. Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con la mar o la navegación... Era natural, pues, que heredara yo las posesiones de tío Sylvan.

Tenía dos propiedades, y daba la casualidad de que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver la mar, y tal vez comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera. Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo -el que estuvo dedicado al comercio con China- y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.

Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió, pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese a la mar. En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio, sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.

Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones nordoccidentales del continente americano. Era, pues, una colación fascinante, comenzada por mi abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro. Nada había colocado sobre al alfombra.

Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras -también en la que ocupaba el centro del estudio-, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua -acaso elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy- coronando los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en lo más profundo de mi ser:

Pb'glui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgh'nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era el imperioso hechizo de la mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el Este. Lo más cerca que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón. Esta atracción innegable que sentía hacia la mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia. ¿No habían trabajado mis antepasados en la mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿y durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación, todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir tierra adentro y apartarse de la mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero dejar constancia antes de que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y la mar me atraían; ambas constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante -y esto era más extraño aún-, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.

Al principio. no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía. Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.

-¿Es usted de los Phillips? -me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
-¿Hijo de Sylvan?
-Mi tío no llegó a casarse.
-Ya... Eso decía él -replicó-. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
-Ha muerto.
-También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
-Yo soy el último de la mía.
-Los Phillips, en tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua... Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
-¿Es posible?

Me miró un instante casi con incredulidad. Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón, China, las islas... y de allí traían... -aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de hombros- muchas cosas, ¡muchas! -me miró perplejo-. Se va a quedar por aquí, ¿verdad? Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora andaba buscando personal de servicio.

-No encontrará -dijo moviendo la cabeza- La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta. Si quedara alguno de los Phillips... -abrió los brazos con desaliento-. Pero casi todos murieron el año veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
-Marsh -repetí-. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
-Conozco a una -dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para sus adentros.
Así conocí a Ada Marsh.

Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil -un Ford viejísimo de modelo T- y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros. Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me parecían muy cálidos en ciertos momentos. Vino a la mañana siguiente. Al verla andar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.

-No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? -dije.
-Los Marsh y los Phillips son viejos amigos -dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación de que yo sabía que así era, en efecto.
-Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré de que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios -«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»-, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
-¿Ha oído, señor Phillips? -preguntó entonces.
-¿El qué?
-Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.

Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: cogía los libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir, di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca hubiera hecho otra cosa. Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.

-¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar de que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé estar, rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa. Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido de que la casa misma, el peñasco entre el cual se asentaba, y la mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos -en especial los de Dale Nichols- que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos. Entonces me dio la impresión, digo, de que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.

No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto a lo que se refería? No me cabía duda de que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente respirara? Estaba convencido de que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este lugar. Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.

-¿Qué busca usted, Ada? -pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
-Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros... como los Marsh y los Phillips de antes.
-¿Y qué es lo que busca?
-Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... -encogió los hombros-. Su tío me dijo muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas. ¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por carretera.
-Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
-Usted no tiene idea. Usted es como... como un forastero.
-¿Pero me podría usted explicar algo?
-No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.

II.
Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada. Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un cajoncito secreto que abrí por pura casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino que me sentía atraído hacia ella, muchísimo más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi. Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase de latencia, previa a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento -y la lectura, evidentemente- de los papeles. Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra: «Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur. ¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la Plataforma Cont. de Inns. a Singapur?» Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:

«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. El está en R. (en Inns. y Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el primer contacto? ¿En .Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las aguas? Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
-Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas, pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor. ¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche? Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips?...

No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a coger el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
-R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las profundidades, en espera del día de su resurgimiento.
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchísimas más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de Cthulhu y R'lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los Fragmentos de Sussex, del Necronomicon, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R'lyeh, del Gran Cthulhu -el «R.» y el «C.» de sus papeles- y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería. Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.

Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano. También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí. Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde d'Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt, y muchos otros. Pero, ¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.

Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali, en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth... y todos habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn. En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R'lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»

Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal. Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío. De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos. Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos -que, según lo que pude colegir, venían a ser lo mismo- representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal. Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del mal.

¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales, para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente distintos eslabones evolutivos de una misma creencia. Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la humanidad, habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en la mar, conocidos como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o producto quizá de ciertas mutaciones aparecidas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en Quetzalcoatl y otros Dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras ceremoniales de los polinesios y los indios americanos de la costa noroccidental, donde aún persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.

Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho un mar de confusiones. ¿Qué pudo haberle pasado a Johansen, con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso cabía otra explicación? ¿Y por qué el gobierno americano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth?** ¿Y por qué la policía detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones diabólicas con ciertos seres que habitaban en la mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo, durante la noche? ¿Y que le sucedió a Wilmarth en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿y qué fue de todos los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción -Lovecraft, Howard, Barlow-, o lo habían enfocado de forma científica -como Fort-, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio? Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P. Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos -tan inexplicables para la ciencia- recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos -aun rechazando los recopilados por Fort- que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos, estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de emprender la búsqueda del reino sumergido -o de la ciudad sumergida- de R'lyeh. Yo no sabía si era reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico; pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto: «¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato... en espera de que llegue el momento de rebelarse nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues, ¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien? ¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la humanidad, el mal, lo abominable?

Mi tío había buscado R'lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes. Si R'lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo? Entré. Antes de que pudiera abrir la boca, me abordó.

-¡Los ha descubierto! -exclamó.
-¿Cómo sabía usted que existían?
-Porque conocía sus trabajos.
-¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
-No es posible que crea usted en esas cosas -protesté yo.
-¡Cuidado que es usted estúpido! -exclamó coléricamente-. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
-¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
-¡Por favor! A usted no le son de utilidad -insistió.
-Eso ya lo veremos.
-Dígame entonces si él había... si había iniciado sus exploraciones.
-Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiante, y a la vez, de desprecio y de lástima.
-¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo que tiene a sus pies?
-¿La alfombra? -pregunté perplejo.
-No, no... el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de R'lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.

III.
Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil creer aquello, a pesar de que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba de un pasado remoto. Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah -de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos-, y sus hijas, que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí, y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.

En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran, como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo a la mar era debida a que conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario. Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles, tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada, contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.

Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi mítico Necronomicon, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario. Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla -aunque no lo era-, y en su superficie llevaba grabado el sello de R'lyeh.

La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento de la mar. Era como si la casa y la roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el mismo edificio. Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado, próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal, que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la tierra: ¡de debajo de la casa!

Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era, pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser. Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar a la mar. Yo llevaba mucho tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen nadador como -para asombro mío- comprobé que era yo. Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas, tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así, sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio marinero.

De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta la mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al cruzar la gran habitación central de que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me quedé inmóvil, en espera de que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió. Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R'lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Cogí al azar un tomo de las obras de Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.

Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor a mar. ¡No era extraño que se sintiera la mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante movimiento del agua, el chapoteo de la mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella habría cabido la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta la mar. Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado en el piso de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.

No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R'lyeh en mi dedo, percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación con la mar y yo debía encontrarla sin demora. Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, cogí el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en fabulosos rincones de la tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las insondables profundidades de la mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas que había de pasar.

Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona. De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades. Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo, continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección Sur. De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección Sudeste. Continué en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.

Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar de que no sentía la fatiga de nadar -en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad-, siempre regresaba al fondo del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo. En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me dio la impresión de que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por último me di cuenta de que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano. Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba con la soltura y facilidad de un habitante del océano!

IV.
Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua... ¡y así era, en efecto! Sin sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas de la mar... ¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio! Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua, hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.

A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía de la mar y desde el cual se podían ver las luces parpadeantes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían confraternizado con sus hermanos de las profundidades.

-¿Cómo pudiste ignorarlo? -preguntó Ada-. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a seguirte...
-Nunca tuve ocasión de enterarme.
-¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también. Encontraríamos primero el sello de R'lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura de que R'lyeh no se hallaba frente a Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas -ahora en ruinas, como consecuencia de las cargas de profundidad arrojadas en 1928- donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips había mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido numero de hombres determinados a evitar el regreso del gran Cthulhu.

Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra búsqueda. A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos de la mar, con los servidores que aguardan el día de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir. En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes. Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.

¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos, luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver. Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del gran sello bajo el que yace El, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante, animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas cada vez, convencidos de que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte, de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.

Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del enemigo. Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo, descubrimos lo que íbamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R'lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como la mar, agitado por los sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y cuyos sueños significan el dominio de la tierra y de todos los universos, pues El necesitará de Ada Marsh y de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.

Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran Cthulhu para impedir su regreso? ¿y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también del apareamiento de los hombres con las mujeres de la mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.

Suelto aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:
La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado, más o menos, a 47° 53' latitud Sur, y 127° 37' longitud Oeste. Se habían alejado en bote, y abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro alguno del matrimonio Phillips...

Sed negra. Catherine L. Moore (1911-1987)

Northwest Smith echó hacia atrás la cabeza, la apoyó contra el muro del almacén y contempló el negro cielo nocturno de Venus. La calle de los muelles, muy silenciosa aquella noche, era demasiado peligrosa. No podía oír ningún sonido salvo el eterno chapoteo del agua contra los pilotes, pero sabía cuánto peligro y muerte súbita se agazapaban sin voz en la palpitante tiniebla, y quizá había sentido un poco de nostalgia mientras miraba las nubes que ocultaban una estrella verde suspendida amorosamente del horizonte: la Tierra, su hogar. Si pensó aquello, debió de haber sonreído sarcásticamente para sí en la oscuridad, pues Northwest Smith no tenía hogar, y la Tierra no le hubiera recibido muy cordialmente que digamos en aquel momento. Se sentó en la oscuridad, en silencio. Encima de él, en el muro del almacén, una ventana débilmente iluminada arrojó un cuadrado de claridad sobre la calle mojada. Smith retrocedió más en el rincón de la oscuridad que proyectaba la oblicua cornisa, doblando una rodilla. Poco después, oyó unos pasos cautelosos en la calle. Debía de haber estado esperando aquellos pasos, porque volvió rápidamente la cabeza y escuchó, pero no fueron los pasos de un hombre los que oyó, ligeros sobre el pavimento de madera, y por eso frunció el ceño. ¿Una mujer, allí, en aquellos muelles por la noche? Ni siquiera una trotacalles venusiana de la peor clase se hubiera aventurado por los muelles de Ednes en una noche en que no había ningún navío espacial. En aquellos momentos llegaba claramente sobre el pavimento el leve golpeteo de los pies de una mujer.

Smith se refugió más en las sombras y esperó. No tardó en llegar, una negrura en la tiniebla, salvo por la mancha triangular de palidez que era su rostro. Cuando pasó bajo la luz que caía débilmente de la ventana de arriba, supo de repente por qué se había atrevido a caminar hasta allí y quién era. Un manto largo y oscuro la ocultaba, pero la luz caía sobre su rostro en forma de corazón, bajo el tricornio de terciopelo al uso entre las mujeres de Venus, y sobre el bronce de los semiocultos bucles de su cabello; y gracias a aquel dulce rostro triangular de resplandeciente cabellera supo que era una de las doncellas de Minga..., esas bellezas que desde el comienzo de la historia habían sido criadas en la fortaleza de Minga para la hermosura y la gracia, lo mismo que los caballos de carreras en la Tierra, e instruidas desde su más tierna infancia en el arte de agradar a los hombres. Apenas hay corte de los tres planetas que no posea, al menos, una de estas exquisitas criaturas de miembros esbeltos, tez blanca como la leche, cabellera broncínea y rostro adorable y encendido..., siempre que su correspondiente señor posea la suficiente fortuna para comprarla. Reyes de muchas naciones y razas han dejado sus fortunas tras el umbral de Minga, y mujeres jóvenes, refulgentes como oro puro y marfil, lo han franqueado para embellecer mil palacios, y así ha sido desde que Ednes surgió a orillas del Gran Mar.

Aquella joven caminaba sin miedo y sin ser molestada, porque poseía la belleza que la señalaba por lo que era. La pesada mano de Minga se extendía protectora sobre su cabellera de bronce, y ningún hombre a lo largo de los muelles ignoraba los castigos espantosos que caerían sobre él, sólo con que se atreviese a poner un dedo encima de la blancura de leche de una doncella de Minga. Castigos terribles que los hombres sólo se atrevían a susurrar asustados después de consumir sus vasos de whisky de segir en los tugurios portuarios de muchas naciones, castigos misteriosos e innombrables, más espantosos que los que pudiera infligir cualquier cuchillo o pistola de rayos. Aquellos peligros también guardaban las puertas del castillo de Minga. La castidad de las jóvenes de Minga era proverbial, un reclamo comercial. Aquella joven caminaba con una calma y seguridad mayores que las que hubieran acompañado de noche los pasos de una monja en una calle de cualquier barrio bajo de la Tierra. Pero, incluso a pesar de ello, las jóvenes salían muy raramente de las puertas del castillo, y jamás solas. Smith no había visto anteriormente a ninguna de ellas, salvo a lo lejos. Se movió ligeramente para poder verla mejor cuando pasara a su lado y vigilar a su escolta que, ciertamente, debía ir uno o dos pasos detrás, aunque no oyó ningún ruido de pasos que no fuese el de los suyos. La joven captó su ligero movimiento. Se detuvo, escrutó con más intensidad la tiniebla y dijo, con una voz tan dulce y suave como la nata:

-¿Te gustaría ganarte una moneda de oro, amigo?
Un punto de perversidad hizo que Smith no respondiese en el usual dialecto, poco cuidado, porque, con su voz más cultivada, dijo en un esmeradísimo alto venusiano:
-Os lo agradezco, no.

Durante un momento, la mujer se quedó totalmente inmóvil, escrutando las tinieblas en un vano esfuerzo para vislumbrar su rostro. Él sí pudo ver el suyo, un pálido óvalo bajo la luz de la ventana, en tensión, sorprendido. Entonces ella echó hacia atrás su manto, y la débil luz relució sobre una lámpara de bolsillo, antes de que oprimiera su interruptor. Un haz de intensa luz blanca cayó sobre su rostro, cegándole. Durante un instante, la luz pudo con él, mientras se apoyaba contra el muro, vestido con su traje de cuero de hombre del espacio, lleno de quemaduras y roces, con la pistola de rayos en su funda, atada al muslo, muy abajo, y el atezado rostro cosido de cicatrices vuelto hacia el de ella, los ojos sin color, pálidos como el acero, entornados ante el resplandor. Era un rostro típico. Pertenecía a aquel lugar, a los muelles, a aquellas calles sombrías y peligrosas. Pertenecía al tipo que frecuenta esos lugares, a aquellos hombres sin ley que cabalgan los caminos del espacio y viven peligrosamente bajo la ley de la pistola de rayos, pero prudentemente fuera de la jurisdicción de la Patrulla. No obstante, había algo más que todo eso en el atezado rostro lleno de cicatrices que se volvía hacia la luz. Ella debió de percibirlo mientras mantenía apuntado el rayo de luz sobre él, algún rasgo profundamente soterrado de estirpe y alta cuna que no convertían en algo incongruente aquellas inflexiones de alto venusiano. Pero los ojos sin color se burlaban de ella.

-No –dijo, apagando la luz-. No una pieza de oro, sino cien. Y por otro trabajo que estoy pensando.
-Gracias –dijo Smith, sin levantarse-. Debéis excusarme.
-Quinientas –dijo ella, sin un asomo de emoción en su suave voz.
En la oscuridad, Smith frunció el ceño. Aquella situación tenía algo de irreal. ¿Por qué...? Ella debió sentir su reacción casi al mismo tiempo que él, porque dijo:
-Sí, lo sé. Parece una locura. Ya veis... Acabo de reconoceros bajo esta luz, precisamente ahora. ¿Querríais...? ¿Podríais...? No puedo explicároslo aquí, en mitad de la calle...
Smith permaneció en silencio durante treinta segundos, mientras una fulgurante discusión tenía lugar en lo más recóndito de su cauta mente. Después, sonrió para sus adentros en la oscuridad y dijo:
-Iré –y finalmente se puso en pie-. ¿Adónde?
-En el camino a palacio, en los límites de Minga. Tercera puerta a la izquierda, a partir de la puerta central. Decid al guardia de la puerta: “Vaudir”.
-¿Ése es...?
-Sí, mi nombre. ¿Acudiréis dentro de media hora?
Durante un instante aún, la mente de Smith vaciló al borde de la negativa. Después se encogió de hombros.
-Sí.
-Entonces, a la tercera campanada.

Ella hizo la pequeña reverencia venusiana de despedida y se cobijó en su manto. La negrura de éste y la suavidad de sus pisadas la hicieron confundirse sin un sonido con las sombras, pero los entrenados oídos de Smith escucharon sus pasos, muy suaves, sobre el pavimento mientras ella volvía a la negrura. Se quedó allí hasta que ya no pudo detectar el más leve sonido de pies en el muelle. Esperó pacientemente, pero su mente estaba un poco confusa por la sorpresa. ¿Sería un fraude la tradicional inviolabilidad de Minga? ¿En aquellos tiempos se permitía ya a las jóvenes estrechamente guardadas salir a pasear en ocasiones a solas por la noche, y concertar citas a su antojo? ¿No sería alguna mistificación preparada? Durante incontables siglos, la tradición había afirmado que las puertas de la muralla de Minga estaban tan celosamente guardadas por extraños peligros, que ni siquiera un ratón podría deslizarse a través de ellas sin el conocimiento del Alendar, el señor de Minga. ¿Sería, entonces, por orden del Alendar que la puerta se abriría ante él cuando susurrase “Vaudir” a su guardián? ¿Era, quizá, la joven propiedad de algún señor de Ednes, a quien engañaba por oscuros propósitos que sólo ella conocía? Sacudió la cabeza y sonrió hoscamente. Después de todo, el tiempo lo diría. Esperó un poco más en la oscuridad. Pequeñas olas agitaban los pilotes con sonidos de succión, y, en una ocasión, el cielo se iluminó con el largo y cegador rugido de un navío espacial que hendió la tiniebla. Finalmente se levantó y desperezó su largo cuerpo, como si llevase sentado mucho tiempo. Después, acomodó la pistola a su pierna y echó a andar por la negra calle. Caminaba muy ligero con sus botas de hombre del espacio. Un paseo de veinte minutos a través de oscuros callejones, silenciosos y desiertos, le condujo a las afueras de la vasta ciudad dentro de la otra ciudad llamada Minga. Sus oscuros y toscos muros se alzaban sobre él, verdes por las excrecencias parecidas a líquenes del Planeta Caliente. Sobre la carretera de palacio, una puerta central profundamente hundida se abría a los misterios de su interior. Una débil luz azul ardía sobre el arco. Smith avanzó silenciosamente en la oscuridad que quedaba a su izquierda, contando dos estrechas puertas medio ocultas en un hueco del muro. Al llegar a la tercera se detuvo. Estaba pintada de verde rojizo, y una enredadera que caía del muro la ocultaba parcialmente, de suerte que, si no la hubiera estado buscando, hubiese pasado de largo sin verla.

Smith se quedó parado durante un minuto largo, sin moverse, observando los verdes paneles profundamente hundidos en la roca. Escuchó. Incluso husmeó el denso aire. Dudó en la oscuridad, tan prudente como una fiera salvaje. Finalmente, alzó una mano y, con las yemas de los dedos, llamó con mucha suavidad en la puerta verde. Se abrió sin hacer ruido. La negrura de la pez surgió ante él, una arcada de oscura vacuidad en el muro de piedra apenas visible. Y una voz preguntó en voz baja:

-¿Qu’a lo’val?
-Vaudir –murmuró Smith, haciendo una mueca involuntaria.

¡Cuántos jóvenes románticos habrían permanecido ante aquellas puertas en las noches de antaño, musitando esperanzadoramente los nombres de bellezas de cabello broncíneo a los porteros de las sombrías arcadas! Pero a menos que mintiese la tradición, ninguno había pasado por ellas. Él debía ser el primero en muchos años en ser invitado ante aquel pequeño portal de la muralla de Minga y en escuchar al centinela murmurar:

-Entrad.
Smith desabrochó la funda de su pistola que pendía de su costado y agachó la cabeza para pasar bajo el arco. Cuando comenzó a cerrarse la puerta dio unos pasos en el interior de la negrura que se ciñó sobre él como si fuese agua. Se quedó quieto mientras su corazón latía deprisa, con la mano sobre la pistola, escuchando. Una luz azul, tenue y espectral, inundó repentinamente el lugar, y pudo ver que el portero había ido al otro extremo de la pequeña habitación donde se encontraba para dar la luz. Era uno de los eunucos de Minga, una criatura fofa, espléndida bajo su terciopelo carmesí. Llevaba bajo el brazo un manto púrpura, que en aquella penumbra era una explosión de colores regios. Sus ojos oblicuos miraron a Smith bajo unas cejas enarcadas, con una expresión que el terrestre no pudo descifrar. En ella había diversión, un ápice de terror y cierta admiración contenida. Smith miró a su alrededor con franca curiosidad. Al parecer, la pequeña entrada estaba tallada en la propia muralla, enormemente gruesa. Lo único que rompía su desnudez era la adornada puerta de bronce del muro de enfrente. Sus ojos buscaron los del eunuco en una muda interrogación. La criatura se acercó a él, obsequiosa.

-Permitidme... –murmuró, y extendió sobre los hombros de Smith el manto púrpura que llevaba. Sus suntuosos pliegues, tenuemente perfumados, se deslizaron sobre él como una caricia, cubriéndole hasta la suela de las botas, a pesar de su estatura. Retrocedió con un poco de disgusto cuando el eunuco acercó sus manos para abrochar la enjoyada presilla del cuello-. Por favor, cubríos también con la capucha –murmuró la criatura, sin resentimiento aparente, mientras Smith se abrochaba por sí mismo. La capucha cubrió su cabello blanqueado por el sol, y cayó en espesos pliegues sobre su rostro, ocultándolo en una profunda sombra.

El eunuco abrió la puerta interior de bronce y Smith distinguió una larga galería que se curvaba hacia la derecha de manera casi imperceptible. La paradoja de una decoración sencilla, pero a la vez rebuscada, se veía ilustrada en cada uno de los amplios y primorosos paneles de los muros, tan intrincados y exquisitamente trabajados que daban una primera impresión de extraña y rica sencillez. Sus pies enfundados en botas se hundían sensualmente en el profundo pelo de la alfombra a cada paso que daban, mientras seguía al eunuco por el pasillo. En dos ocasiones oyó voces que murmuraban detrás de las livianas puertas, y su mano se posó sobre la culata de su pistola de rayos, oculta bajo los pliegues de su manto, pero no se abrió ninguna puerta y el pasillo siguió estando tan desierto y poco iluminado como antes. Hasta entonces, todo había sido sorprendentemente fácil. O la tradición mentía sobre la inexpugnabilidad de Minga o la joven Vaudir había prodigado sus sobornos con largueza increíble, o –de nuevo aquel pensamiento turbador- el hecho de que él se pasease por allí sin ningún riesgo se debía al consentimiento del Alendar. Pero, ¿por qué? Llegaron a una puerta con una verja de plata, al extremo del corredor en curva, y, a través de ella, accedieron a otro pasillo que subía, tan exquisitamente voluptuoso como el primero. Un tramo de escaleras de bronce que brillaba con tonos deslucidos se curvaba en su extremo. Tras él llegaron a otra galería, iluminada con linternas rosáceas que se balanceaban bajo el techo abovedado, y después, otra escalera, en esta ocasión de metal con nielados de plata, que bajaba en espiral. En todo aquel recorrido no se encontraron con ninguna criatura viva. Smith oyó el murmullo de voces tras las puertas cerradas, y en una o dos ocasiones llegaron a sus oídos varios acordes musicales, pero o los corredores habían quedado vacíos por una orden especial o una suerte increíble los acompañaba. En más de una ocasión tuvo la desagradable sensación de que unos ojos se clavaban en su espalda. Pasaron pasillos sombríos y puertas abiertas con umbrales a oscuras y en más de una ocasión el cabello de su nuca se erizó por la sensación de una presencia humana, hostil y al acecho.

Caminaron durante veinte minutos a través de corredores en curva, subiendo y bajando escaleras de caracol, hasta que los agudos sentidos de Smith estuvieron confusos, de suerte que no podría haber dicho en qué piso por encima del suelo se encontraban o en qué dirección se orientaba el corredor al que, finalmente, fueron a parar. Por aquel tiempo, sus nervios estaban tensos como hilos de acero y sólo con gran esfuerzo podía abstenerse de echar miradas nerviosas por encima del hombro cada vez que pasaban ante una puerta abierta. Un aire de lánguida amenaza se agazapaba perceptiblemente en aquel lugar, o eso le pareció. El sonido de voces apagadas tras las puertas la sensación de ojos, de susurros en el aire, el recuerdo de cuentos medio escuchados en las tabernas portuarias acerca de los secretos de Minga, los peligros innombrables de Minga... Smith llevó la mano a la culata de su pistola mientras caminaba entre el esplendor y la penumbra, con todos sus sentidos asaltados por reclamos voluptuosos, pero con los nervios tensos como cables y la carne de gallina mientras pasaba ante puertas con el umbral a oscuras. Aquello era demasiado fácil. Durante muchos siglos la tradición de Minga se había mantenido intacta, un símbolo de inexpugnabilidad, un bastión guardado por algo más que las espadas, por peligros mayores que la pistola de rayos... y, sin embargo, ahí estaba él, avanzando, incontestable, en lo más recóndito de su corazón, con un manto de terciopelo como único disfraz y una pistola enfundada como única arma, y nadie le amenazaba, ni guardias, ni soldados, ni siquiera nadie que pasara y que notase que un hombre más alto que cualquiera de los moradores de aquel lugar caminaba a grandes pasos por los corredores más profundos de la inviolable Minga. Dejó libre la pistola de rayos en el interior de su funda.

El eunuco envuelto en terciopelo escarlata prosiguió su confiada marcha en cabeza. Sólo dudó en una ocasión. Habían llegado a un pasillo sombrío, y justo cuando se acercaban a su boca, el sonido de un roce suave y deslizante, como de algo que se arrastrase sobre las piedras, llegó a sus oídos. Vio al eunuco sobresaltarse, echar una rápida mirada hacia atrás y, después, apretar el paso, sin aminorarlo hasta no haber puesto por medio dos puertas y la longitud de un corredor iluminado entre ellos y aquel pasaje sombrío. De tal suerte prosiguieron a través de galerías medio iluminadas, bajo un aire perfumado y una penumbra vacía, donde las puertas se cerraban sobre misterios que murmuraban en su interior o se abrían a la tiniebla y a la sensación de unos ojos vigilantes. Finalmente, después de un recorrido interminable y tortuoso, llegaron a un corredor de techo bajo y muros cubiertos de madreperlas, decorado en filigrana y con esculturas, cuyas puertas tenían un enrejado de plata. Cuando el eunuco abrió la puerta de plata que conducía a aquel corredor, sucedió lo que sus nervios en tensión habían estado esperando desde el comienzo de aquel viaje fantástico. Se abrió una de las puertas, una figura salió de ella y se dirigió a su encuentro. Bajo su manto, la pistola de Smith se deslizó suavemente de su funda, sin hacer ruido. Le pareció ver volverse rápidamente al eunuco y dar un paso titubeante, pero sólo durante un instante. Quien acababa de salir era una joven, una esclava con un simple vestido blanco, que al primer vistazo de aquella alta figura vestida de púrpura con rostro encapuchado que se erguía sobre ella, tuvo un pequeño sobresalto y cayó de rodillas, como si hubiese recibido un mazazo. Lo que hacía era una reverencia, pero la joven estaba tan impresionada y aterrorizada que bien hubiera podido tratarse de un desmayo. Apoyó el rostro sobre la mismísima alfombra y Smith, al mirar asombrado hacia abajo a la figura postrada, vio que estaba temblando violentamente.

Deslizó nuevamente la pistola en su funda y contempló durante un momento aquel estremecido homenaje. El eunuco se volvió en redondo para hacerle señas con silenciosa violencia, y, por primera vez desde que comenzara su viaje, Smith tuvo una visión fugaz de su rostro. Relucía de sudor y los ojos oblicuos eran brillantes y huidizos, como los de un animal perseguido. Smith se sintió paradójicamente tranquilo al ver el pánico evidente del eunuco. Allí había peligro, el peligro de lo que queda por descubrir, un tipo de peligro que conocía bien y contra el que podía combatir. Venía a ser esa sensación, que suele poner la carne de gallina, de que hay unos ojos vigilando, de cosas no vistas deslizándose por el suelo de los pasajes sombríos, la que había atenazado tan dolorosamente sus nervios. Y aún así, todo seguía siendo demasiado fácil... El eunuco se había detenido ante una puerta de plata en mitad de la galería y estaba murmurando algo en voz muy baja, la boca contra la verja. Por dentro de la puerta de plata había un panel de brocado verde, de modo que Smith no pudo ver nada del interior, pero tras un momento, una voz dijo: “¡Bien!”, en un desmayado susurro, y la puerta se estremeció levemente y se abrió unas seis pulgadas. El eunuco se arrodilló en un remolino de vestiduras escarlatas, y Smith observó rápidamente que aunque no había perdido su aire asustado mostraba cierto talante de diversión y de respeto. Luego la puerta se abrió del todo y él penetró en su interior. Se encontró en una habitación tan verde como una cueva marina. Los muros estaban tapizados de brocado verde, unos lechos bajos de color verde circundaban la habitación, y en su centro podía verse la resplandeciente belleza de bronce de la joven Vaudir. Llevaba un vestido de terciopelo verde cortado a la sorprendente moda venusiana, que dejaba sin cubrir uno de sus hombros y moldeaba el cuerpo con pliegues ceñidos y adherentes, dejando la falda hendida por un lado, de suerte que a cada movimiento la larga pierna blanca relampagueaba desnuda. Era la primera vez que la veía a plena luz. Increíblemente bella, su cabellera broncínea se derramaba sobre sus hombros, y su rostro pálido e indolente le sonreía. Bajo unas profundas pestañas, los sesgados ojos negros de su raza se encontraron con los suyos. Él señaló impaciente la incómoda capucha de su manto.

-¿Puedo quitarme esto? –dijo-. ¿Estamos a salvo aquí?
Ella rió con un breve sonido metálico.
-¡A salvo! –dijo con ironía-. Quítatela si quieres. Ya he llegado demasiado lejos para preocuparme por menudencias.
Y mientras los ricos pliegues se apartaban y caían deslizándose de su cuero oscuro, ella le contempló a su vez con mayor interés que el que mostró cuando le vio antes, a media luz. Casi parecía grotescamente incongruente en aquella habitación que era como un joyero, todo cuero quemado por el sol y rostro lleno de cicatrices, alerta y preocupado a la luz de la linterna que oscilaba en su cadena de plata. Ella miró por segunda vez aquel rostro, de aguda y curtida perspicacia, y las cicatrices que habían dejado en él las pistolas de rayos, y la marca del cuchillo y la garra, y las huellas de los duros años siguiendo las rutas del espacio. Precaución y resolución eran inconfundibles en aquel rostro, lo mismo que una decisión implacable en cada uno de sus rasgos, y cuando ella se encontró con sus ojos, un pequeño estremecimiento la recorrió. Eran pálidos, pálidos como el desnudo acero, sin color en aquel rostro quemado por el sol. Firmes, claros y sin color, impasibles como el agua. Ojos de asesino. Entonces supo que aquél era el hombre que necesitaba. El nombre y la fama de Northwest Smith habían penetrado incluso en aquellos pasillos de madreperla de Minga. A su manera, habían llegado a lugares mucho más extraños que aquél, mediante caminos extraños y tortuosos y extrañas y tortuosas razones. Pero aunque ella jamás hubiera oído su nombre (ni los hechos que se relacionaban con él, que aquí no nos atañen), hubiese podido deducir, por aquel rostro surcado de cicatrices, aquellos ojos fríos y firmes, que ante ella se hallaba el hombre que buscaba, el hombre que podría ayudarla, si es que alguno podía.

Y con aquel pensamiento, otros similares relampaguearon a través de su mente como hojas entrecruzándose, y bajó sus párpados blancos como la leche ante aquel duelo, para ocultar lo peligroso que eran, y dijo en un murmullo sofocado:

-Northwest... Smith.
-Para lo que ordenéis –dijo Smith en el idioma de ella, aunque una chispa de sorna ardía bajo aquellas corteses palabras.
Pero ella no dijo nada, sino que le miró de arriba abajo con una mirada lenta. Finalmente, él dijo:
-¿Cuál es vuestro deseo...? –y se movió, impaciente.
-Necesitaba los servicios de alguien de los muelles –dijo ella, aún con aquel susurro ahogado-. Entonces no te vi bien... Hay muchos hombres a lo largo del puerto que me hubieran sido útiles, pero ninguno como tú, oh, hombre de la Tierra... –tendió los brazos y se inclinó hacia él, exactamente como un rosal ante la brisa de un lago, y sus brazos se posaron suavemente sobre sus hombros, y su boca estuvo muy cerca...

Smith miró aquellos ojos entornados. Sabía lo suficiente de la gente de Venus para adivinar el mortal duelo de motivaciones que se encuentra detrás de todo lo que hace un venusiano, y ya había vislumbrado aquel particular conflicto antes de que bajara los párpados. Pero si los pensamientos de ella eran como espadas en duelo, los suyos quemaban como disparos de pistola térmica, derechos a su objetivo. En un abrir y cerrar de ojos, conoció una parte de sus motivaciones, la parte más obvia. Y permaneció impasible entre sus brazos. Ella le miró, medio incrédula al no sentir en su cuerpo el estrecho abrazo del cuero.

-¿Qu’a lo’val? –murmuró, caprichosa-. ¿Tan frío eres, terrestre? ¿No soy deseable?

Él la miró sin decir palabra y, a su pesar, su sangre se aceleró. Demasiados eran los siglos durante los cuales las jóvenes de Minga habían nacido y sido adiestradas en el arte de seducir a los hombres, para que Northwest Smith permaneciese allí entre los cálidos brazos de una de ellas sin sentir el deseo de responder a la invitación de sus ojos. Una sutil fragancia ascendía de su cabello cobrizo, y el terciopelo moldeaba un cuerpo cuya blancura él podía adivinar por el destello de la larga pierna desnuda que mostraba la abertura de su falda. Enseñó los dientes en un asomo de sonrisa y se apartó, escapando a la presa de sus manos, que le cogían del cuello.
-No –dijo-. Conocéis bien vuestras artes, querida, pero vuestros motivos no me tientan.
Ella retrocedió y le miró con sonrisa aviesa, cargada de cierto aprecio.
-¿Qué quieres decir?
-Que tendría que conocer más de todo esto antes de comprometerme... aún más.
-No seas ingenuo –ella sonrió-. Ya estás demasiado comprometido, hasta el cuello. Lo estás desde el momento en que cruzaste el umbral de la puerta de la muralla exterior. No hay forma de echarse atrás.
-Por eso fue tan fácil..., demasiado fácil, llegar hasta aquí –murmuró Smith.
Ella dio un paso adelante y le miró entornando los ojos, despojándose, como de un manto, del recurso a la seducción.
-¿También lo notaste? –preguntó casi en un susurro-. ¿También te... lo pareció? Gran Shar, si sólo pudiera estar segura... –había terror en su rostro.
-Supongamos que nos sentamos y que me cuentas de qué se trata –sugirió Smith, con sentido práctico.
La joven extendió una mano –blanca como la nata, suave como el satén- sobre su brazo y le condujo hasta el diván bajo que contorneaba la habitación. Había una coquetería de muchas generaciones en aquel gesto, pero la mano blanca temblaba levemente.
-¿De qué tienes miedo? –preguntó Smith con curiosidad, mientras ambos se hundían en el terciopelo verde-. ¿No sabes que la muerte sólo llega una vez?
Ella agitó desdeñosamente la cabeza enmarcada en bronce.
-No es eso –dijo-. No... del todo. Lo que deseo saber es de qué tengo miedo... y ésa es la parte más espantosa de todo esto. Pero lo que me gustaría..., lo que me gustaría es que no hubiera sido tan fácil traerte hasta aquí.
-El lugar estaba desierto –dijo él, reflexionando-. No había ni un alma a todo lo largo de los corredores. Ni un guardia en ningún lugar. Sólo en una ocasión vimos otra criatura, y era una esclava, justo en la galería delante de tu puerta.
-¿Qué hizo... ella? –la voz de Vaudir desfallecía.
-Cayó de rodillas como si hubiese recibido un disparo. Hubieras pensado de mí que yo era el mismísimo diablo por la manera en que reaccionó.
La joven dejó escapar un suspiro de alivio.
-Entonces está a salvo –dijo agradecida-. Debió de pensar que tú eras... el Alendar –su voz dudó levemente ante aquel nombre, como si se asustara de pronunciarlo-. Lleva un manto como el tuyo cuando recorre las galerías. Pero viene tan raramente...
-Jamás le he visto –dijo Smith-, pero ¡buen Dios!... ¿Acaso es un monstruo? La joven cayó al suelo como si, efectivamente, la hubiesen desjarretado.
-¡Oh, calla, calla! –Vaudir parecía agonizante-. No debes hablar así de él. Él es... él es... Claro que ella se arrodilló y ocultó su rostro. Pediría al Cielo no haber...
Smith la miró de frente y escrutó los velados ojos negros con una mirada tan fría como un mar desierto. Y entonces vio claramente detrás de sus pupilas el tremendo e innominado terror que se agazapaba en sus profundidades.
-¿De qué se trata? –preguntó.
Ella se encogió de hombros, estremeciéndose con un escalofrío, y su mirada pareció asustada mientras recorría con un rápido vistazo la habitación.
-¿No la sientes? –dijo, en esa especie de casi susurro en que su voz se sumía de manera tan acariciante.
Él sonrió, al comprobar lo instintivamente elocuente que en ella era la cortesana: gestos atrayentes, aunque le temblasen las manos, voz suave y seductoramente envolvente, incluso teñida de terror.
-¡... Siempre, siempre! –seguía hablando ella-. ¡Esa amenaza silenciosa, muda, acechante! Merodea por todos estos lugares. ¿No la sentiste al venir?
-Creo que sí –respondió lentamente Smith-. Sí... Esa sensación de algo precisamente más allá del alcance de la vista, ocultándose en la penumbra de las puertas... Una especie de tensión en el aire...
-Peligro –susurró ella-, un peligro terrible e innombrable... Oh, lo siento en cualquier parte adonde vaya... Ha penetrado en mí y a través de mí, hasta llegar a ser parte mía, en cuerpo y alma...
Smith percibió la nota de incipiente histeria de su voz, y dijo rápidamente:
-¿Por qué te dirigiste a mí?
-No lo hice conscientemente –dominó la histeria con esfuerzo y prosiguió la narración, ya un poco más tranquila-. Como dije, realmente estaba buscando a un hombre de los muelles, aunque por una razón diferente. Ahora ya no importa. Pero cuando tú hablaste, cuando encendí mi linterna y vi tu rostro, te reconocí. Había oído hablar de ti, fíjate, y de... del asunto de Lakkmanda, y en un instante supe que, si alguien vivo podía ayudarme, ese alguien serías tú.
-Pero, ¿de qué se trata? ¿Ayudarte en qué?
-Es una larga historia –dijo ella-, demasiado extraña, me parece, para ser creída y demasiado imprecisa para ser tomada en serio. Ahora lo sé... ¿Has oído la historia de Minga?
-Un poco. Se remonta hasta muy lejos.
-Hasta los comienzos... y más aún. Me pregunto si puedes comprender. Fíjate, nosotros, en Venus, estamos más cerca de nuestros orígenes que vosotros. Desde luego que aquí la vida se desarrolló más rápidamente y según direcciones diferentes de las que un terrestre puede comprender. En la Tierra, la civilización emergió con la suficiente lentitud para que... los Elementales... regresaran a las tinieblas. En Venus... ¡Oh, cuán malo es para los hombres desarrollarse tan rápidamente! La vida surge de la tiniebla y del misterio, de cosas demasiado terribles para ser vistas. La civilización de la Tierra creció lentamente, y cuando los hombres estuvieron suficientemente civilizados para mirar hacia atrás ya estaban demasiado lejos de sus orígenes para ver y conocer. Pero aquí, quienes miramos hacia atrás vemos, en ocasiones demasiado claramente, demasiado cerca, demasiado vívidamente, el negro comienzo... ¡Gran Shar, protégeme! ¡Oh, las cosas que he visto!

Sus manos blancas acudieron súbitamente a su rostro para ocultar el repentino terror de su mirada, y su cabellera, como una nube cobriza, se derramó fragante sobre sus dedos. Pero incluso bajo aquel terror poseía un atractivo innato que le era tan natural como el respirar. En el breve silencio que siguió, Smith comenzó a echar miradas furtivas por encima del hombro. La habitación estaba ominosamente silenciosa... Vaudir alzó el rostro por encima de sus manos y echó hacia atrás su cabellera. Le temblaban las manos. Las cruzó sobre sus rodillas de terciopelo y prosiguió.

-Minga –dijo, y su voz era decididamente firme- surgió hace demasiado tiempo, tanto que nadie puede dar una fecha. Surgió antes de que existiera el calendario. Cuando Far-thursa salió de la niebla marina con sus hombres y fundó esta ciudad al pie de la montaña, aprovechó los muros de un castillo que ya se encontraba allí. El castillo de Minga. Y el Alendar vendió las jóvenes de Minga a los marinos, y así nació la ciudad. Aunque todo esto es un mito, Minga ya estaba allí.

“El Alendar vivía en su fortaleza, criando a sus jóvenes de cabellos dorados, entrenándolas en las artes de seducir a los hombres, guardándolas con... con extrañas armas... y vendiéndoselas a precios regios a los reyes. Siempre hubo un Alendar. Yo le vi una vez... Camina por las galerías en raras ocasiones, y lo mejor que se puede hacer cuando se acerca a uno, es arrodillarse y ocultar el rostro. Sí, es lo mejor... Pero, un día, yo pasé cerca de él, y... Es alto, tan alto como tú, terrestre, y sus ojos son como... el espacio entre los mundos. Yo miré en el interior de aquellos ojos ocultos por la capucha que él llevaba... y después ya no he tenido miedo de ningún hombre o demonio. Le miré a los ojos antes de hacerle la reverencia, y... jamás podré librarme del miedo. Observé la maldad como si estuviese mirando el interior de un pozo. Negrura, vacío y maldad elemental de donde surgió la vida. Y ahora sé, casi con completa seguridad, que el primer Alendar no brotó de una semilla humana. Hubo razas antes del hombre... La vida ha pasado de manera espantosa a través de muchas formas malignas antes de alcanzar la fuente de donde brotan los orígenes del hombre. Y el Alendar no tiene ojos de criatura humana, yo los vi... ¡y estoy condenada!

Su voz se extinguió lentamente y ella permaneció inmóvil durante un instante, mirando fijamente hacia delante con ojos cargados de recuerdo.
-Estoy maldita y condenada a un infierno más negro que cualquiera de aquellos con que nos amenazan los sacerdotes de Shar –concluyó-. No, espera... Esto no es histeria. No te he contado la peor parte. Te será difícil de creer, pero es verdad... verdad ¡Gran Shar! ¡Si sólo pudiera tener la esperanza de que no fuese verdad!

“El origen de todo esto se pierde en la leyenda. Pero, ¿por qué al principio el primer Alendar vivió en el castillo rodeado de brumas que se levanta a orillas del mar, solo y sin que nadie le viese, criando a sus jóvenes de cabellos de bronce?... Entonces no era para venderlas. ¿De dónde obtuvo el secreto para conseguir un tipo invariable de mujer? Y el castillo, según dice la leyenda, ya era muy antiguo cuando Far-thursa lo descubrió. Las jóvenes tenían la belleza consumada y perfecta que sólo puede ser conseguida tras generaciones de esfuerzos. ¿Cuánto tiempo llevaba construida Minga, y por quién? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Qué posible razón podía haber para vivir allí, desconocido de todos, criando bellezas civilizadas en un mundo medio salvaje? Hay ocasiones en que creo haber adivinado la razón... Su voz se desvaneció en un silencio elocuente y, durante un instante, permaneció ensimismada mirando sin ver el muro cubierto de brocado. Cuando habló de nuevo, cambió sorprendentemente de conversación.

-¿Te parezco bella?
-Más que cualquier otra mujer que jamás haya visto –contestó Smith sin lisonja.
Ella hizo un mohín.
-En este momento hay mujeres aquí, en este edificio, más hermosas que yo, tanto que me siento humillada al pensar en ellas. Ningún mortal las ha visto jamás, excepto el Alendar, y él... no es del todo mortal. Ningún mortal las verá jamás. No están en venta. Eventualmente desaparecerán.

“Se podría pensar que la belleza femenina debe alcanzar un culmen que no puede sobrepasar, pero no es verdad. Puede crecer y aumentar hasta... No tengo palabras. Y creo sinceramente que, en manos del Alendar, no hay límite para las cotas que puede alcanzar. Y por cada beldad que conocemos y de la que hemos oído hablar, gracias a las esclavas que la atienden, corre el rumor de que hay muchas más, de belleza demasiado inmortal para los ojos mortales. ¿Has pensado en algún momento qué sucedería si esa belleza pudiera ser refinada e intensificada hasta el punto de que apenas fuese posible contemplarla? Pues aquí tenemos historias que hablan de semejantes beldades, ocultas en algunas de las estancias secretas de Minga. Pero el mundo jamás conoció estos misterios. Ningún monarca de los planetas conocidos es lo suficientemente rico para comprar la belleza oculta en las cámaras más recónditas de Minga. No está a la venta. Durante incontables siglos los Alendar de Minga han estado cultivando la belleza en un grado cada vez mayor, al precio de un trabajo infinito... Belleza guardada bajo llave en cámaras secretas, guardada del modo más terrible, de suerte que ni siquiera un susurro que hable de ella traspasa las murallas exteriores, belleza que se desvanece, súbitamente, en un soplo... ¡Así! ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Cómo? Nadie lo sabe. Y de eso es de lo que tengo miedo. No poseo ni una fracción de la belleza de que te hablo y, sin embargo, me aguarda un destino similar... Lo sé de algún modo. He mirado al Alendar a los ojos y... lo sé. Y estoy segura de que habré de mirar nuevamente esos ojos vacíos y negros, aún más profundamente, más espantosamente... Lo sé... y me abruma el terror, porque dentro de poco sabré más...

Me aguarda algo espantoso, que cada vez está más cerca. Mañana, o el día siguiente, o muy poco después, desapareceré, y las muchachas se asombrarán y se estremecerán un poco, y después lo olvidarán. Ya ha sucedido lo mismo antes. ¡Gran Shar! ¿Qué puedo hacer?

Tras aquella queja de desesperanza, casi en tono musical, se sumió en un breve silencio. Luego cambió de talante y dijo, preocupada:

-Y yo te he metido en esto. He roto todas las tradiciones de Minga al traerte aquí, y no ha habido ningún impedimento... Todo ha sido muy fácil, demasiado. Creo que he sellado tu muerte. Cuando llegaste, pensé implicarte tan profundamente que no tuvieses más remedio que hacer lo que te pidiera para conseguir nuevamente la libertad. Pero ahora sé que por el simple hecho de pedirte que vinieras te he involucrado más profundamente de lo que pensaba. Es una convicción que me ha sobrevenido esta noche, no sé cómo ni de dónde. Siento que me asalta... y que me llama irresistiblemente. Pues en mi terror por encontrar ayuda, creo que he precipitado la condenación sobre nosotros. Ahora sé (lo supe en mi alma desde que entraste con tanta facilidad) que no saldrás vivo de aquí..., que “eso” vendrá por mí y que también te arrastrará a ti consigo... ¡Shar, Shar! ¿Qué he hecho?
-Bueno, ¿y qué? –Smith se golpeó en una rodilla, impaciente-. ¿A qué nos enfrentamos? ¿A veneno? ¿A guardias? ¿A trampas? ¿A hipnotismo? ¿Puedes darme, al menos, una idea de qué nos va a suceder?
Se inclinó hacia delante para observar su rostro, y vio cómo fruncía el ceño en un intento de encontrar las palabras que pudiesen velar los misterios que tenía que contar. Sus labios se abrieron, indecisos.
-Los Guardianes –dijo-. Los... Guardianes.

Y entonces, sobre su vacilante rostro se propagó tal oleada de horror que Smith crispó su mano sobre su rodilla y sintió que se le erizaban los cabellos de la nuca. No era miedo a cualquier cosa material, sino un espanto interior, una certeza terrible. Los ojos que habían ido al encuentro de los suyos cobraron una mirada vidriosa y escaparon a la suya, imperiosa, sin desenfocarse. Era como si hubieran dejado de ser ojos y se hubiesen convertido en ventanas oscuras..., vacías. La belleza de su rostro era como la de una máscara, y detrás de las negras ventanas, detrás de la adorable máscara inmóvil, pudo sentir imperceptiblemente la oscura orden que crecía... Ella extendió las manos hasta que se quedaron rígidas y se levantó. Smith se sorprendió de encontrarse de pie, pistola en mano, mientras sentía que se le ponía la carne de gallina y que algo vibraba en el aire de manera tan tangible como un batir de alas. En tres ocasiones, aquel estremecimiento innombrable espoleó el aire y, entonces, Vaudir echó a andar como un autómata y se dirigió hacia la puerta. Caminó rígida en su sueño de enmascarado espanto y atravesó el umbral. Cuando pasó junto a él, Smith alargó una mano vacilante y la posó sobre su brazo, y una pequeña punzada de dolor le hizo estremecerse por el contacto. Una vez más volvió a sentir el batir de alas en el aire. Después, ella pasó a su lado sin demora y él dejó caer su mano. No hizo mayor esfuerzo por despertarla, pero la siguió con pasos felinos, con la misma delicadeza que si caminase sobre huevos. Sin ser consciente de ello, se había agachado ligeramente, y en la mano que empuñaba la pistola, el índice se apoyaba tenso sobre el gatillo. Siguieron el corredor en un silencio entrecortado por la respiración, un corredor desierto, donde no se veía ninguna luz tras las puertas cerradas, donde ningún murmullo de voces rompía la vívida calma. Pero, de algún modo, el aire parecía agitado por pequeños estremecimientos, y el corazón de Smith latía apresuradamente. Vaudir caminaba como una muñeca mecánica, tensa en un sueño de horror. Cuando alcanzaron el final de la galería, Smith vio que la verja de plata estaba abierta, y la franquearon sin detenerse. Pero observó con cierta inquietud que una puerta que daba a la derecha estaba cerrada y asegurada con unos barrotes que se hundían profundamente en los alvéolos del muro. No tenía otra elección que seguirla.

El corredor comenzaba a descender. Pasaron frente a otros que se ramificaban a derecha e izquierda, pero las verjas de plata estaban cerradas y aseguradas con barrotes. Una espiral de peldaños de plata cerraba el pasaje, y la joven comenzó a bajar por ella sin tocar las barandillas, tan rígida como siempre. Era una larga escalera de caracol, que atravesaba muchos pisos, y a medida que descendían por ella, aquella fastuosa luz difusa fue decreciendo, oscureciéndose, y un sutil olor a humedad y a sal invadió el aire perfumado. A cada vuelta en que los peldaños se encontraban con los sucesivos pisos, las puertas estaban protegidas con verjas. Fueron tantos los que Smith vio, a medida que iban bajando, que por alta que hubiera estado la pequeña habitación verde que le recordó un joyero, supo que estaban bajando hacia el interior del planeta. Y la escalera seguía descendiendo. Las galerías que se abrían al otro lado de los barrotes iban siendo cada vez más oscuras y menos suntuosas, hasta que, finalmente, dejaron de aparecer y los peldaños de plata se adentraron en un hueco de la roca, tan débilmente iluminado de tarde en tarde que escasamente podía ver los pulimentados muros negros que los rodeaban. Unas gotas de humedad comenzaron a aparecer sobre la oscura superficie, y el olor fue el de los oscuros mares salobres y el de las húmedas profundidades. Y justo cuando estaba comenzando a creer que la escalera se hundía más y más en el negrísimo y salado corazón del planeta, llegaron abruptamente al fondo. Una delgada y resplandeciente reja floreada clausuraba la escalera, al comienzo de una galería, y los pies de la joven se dirigieron hacia ella sin dudarlo, para recorrer su sombría longitud. Los pálidos ojos de Smith, que escrutaban la penumbra, no encontraron rastros de otra presencia vital que la de ellos; sin embargo había ojos que le miraban... De eso estaba seguro.

Bajaron por el negro corredor hasta una puerta de metal labrado, cuyos barrotes se hundían profundamente en los muros de piedra. Ella la franqueó, con Smith pegado a sus talones y escrutando la oscuridad con ojos rápidos e inquietos como los de un animal salvaje, alerta en una jungla extraña. Y más allá de la gran puerta, otra, con espesas cortinas negras, cerraba la galería. De algún modo, Smith presintió que habían llegado a su destino. En ningún momento, a lo largo de todo aquel viaje, había tenido otra opción que seguir los pasos decididos e impredecibles de Vaudir. Las verjas habían cerrado todas las salidas posibles. Pero tenía su pistola... Las manos de ella se recortaron blancas contra el terciopelo cuando apartó a un lado las cortinas. Durante un instante apareció tremendamente radiante –toda ella verde, oro y blanco- contra la negrura. Después pasó entre ellas, y sus pliegues la rodearon, la luz de una vela extinguiéndose entre terciopelo negro. Smith dudó en el preciso instante de apartar las cortinas y escudriñar lo que había al otro lado. Vio una habitación tapizada de terciopelo negro que absorbía la luz casi con avidez. Aquella luz procedía de una única lámpara que pendía del techo, justamente encima de una mesa de ébano. Iluminaba tenuemente a un hombre..., un hombre muy alto. Permanecía sombrío bajo ella, demasiado sombrío en la oscuridad de la habitación, con la cabeza baja, mirando desde abajo de la negra línea de sus cejas. Sus ojos, en su semioculto rostro, eran pozos de negrura, y bajo sus curvadas cejas, dos resueltos destellos miraban en línea recta no a la joven, sino a Smith, oculto tras las cortinas. Apresaban sus ojos como el imán al acero. Sintió el nítido resplandor hundirse como un puñal en su cerebro, y debido a la penetrante y ardiente puñalada algo dentro de él se estremeció involuntariamente. Introdujo su pistola a través de las cortinas, pasó tranquilamente entre ellas y se detuvo para enfrentarse con ojos pálidos e impertérritos a aquella mirada afilada.

Vaudir se movió hacia delante con una rigidez mecánica que no conseguía ocultar su gracia. Era como si no existiese poder alguno capaz de suscitar en aquel cuerpo adorable otra cosa que no fuese belleza. Llegó junto al hombre y se detuvo ante él. Después, un prolongado espasmo la sacudió de pies a cabeza y cayó de rodillas, tocando el suelo con la frente. Por encima de la dorada belleza de la joven, los ojos del hombre se encontraron con los de Smith, y su voz profunda, profunda como la de unas oscuras aguas que se movieran lentamente, dijo:

-Soy el Alendar.
-Entonces me conoces –dijo Smith, con voz tan dura como el acero en la aterciopelada penumbra.
-Tú eres Northwest Smith –dijo la tersa y profunda voz, carente de pasión-. Un proscrito del planeta Tierra. Acabas de quebrantar la ley por última vez, Northwest Smith. Los hombres no pueden llegar hasta aquí si no son invitados... y seguir vivos. Quizá hayas oído hablar...

Su voz se fundió en el silencio, paulatinamente. La boca de Smith se curvó en una mueca lobuna, sin alegría, y alzó la mano que empuñaba la pistola. El crimen relampagueó implacable en sus ojos pálidos como el acero. Y entonces, con una brusquedad pasmosa, el mundo se disolvió a su alrededor. Un estallido de relámpagos llameó en el interior de su cabeza, danzando, girando y contrayéndose en un remolino de tinieblas hasta convertirse en dos nítidas chispas de luz... Una mirada acerada bajo unas cejas enarcadas... Cuando la habitación se fue deteniendo a su alrededor se encontró de pie, con los brazos sin fuerza, la pistola colgando de sus dedos, un entumecimiento apático retirándose de su cuerpo. Una sonrisa siniestra curvaba levemente la boca del Alendar. La mirada acerada se apartó casualmente de él, dejándole aturdido con un súbito vértigo, y se posó en la joven postrada en el suelo. Sus bruñidos rizos de bronce se derramaron de forma exquisita sobre la negra alfombra. El vestido verde se amoldaba suavemente a la redondez de su cuerpo, y nada en el universo habría sido tan adorable como su blancura de nata sobre el oscuro piso. Los ojos negros como un pozo la recorrieron impasibles y entonces, con su voz tersa y profunda, el Alendar preguntó, de manera sorprendente, aunque en él parecía algo natural:

-Dime, ¿tenéis jóvenes como ésta en la Tierra?
Smith sacudió la cabeza para aclarar sus ideas. Cuando consiguió responder, su voz sonó decidida, y, una vez que hubo vencido su aturdimiento, el súbito giro hacia una conversación trivial no le pareció fuera de lugar.
-Jamás vi una mujer igual en ningún sitio –dijo tranquilamente.
La mirada acerada destelló y le traspasó.
-Ella te ha contado... –dijo el Alendar-. Sabes que aquí tengo beldades que opacan su belleza como hace el sol con una vela. Y sin embargo..., esta Vaudir tiene algo más que belleza... Quizá lo hayas notado, ¿no?
Smith se enfrentó a la mirada interrogante buscando algún signo de burla, pero no encontró ninguno. Sin comprender a qué se refería –momentos antes, aquel hombre había puesto en peligro su vida-, prosiguió la conversación.
-Todas poseen algo más que belleza. ¿Por qué otra razón iban los reyes a comprar las jóvenes de Minga?
-Pero no... no ese encanto. Ella lo posee, pero también algo que es más sutil que la fascinación, mucho más deseable que la belleza. Tiene valor esta muchacha. Tiene inteligencia. De dónde provienen, eso no lo sé. No educo a mis mujeres para esas cosas. Pero en una ocasión, la miré en los ojos, en la galería, como ella te contó... y vi cosas más atrayentes que la belleza. La he llamado... y tú has llegado pegado a sus talones. ¿Sabes por qué? ¿Sabes por qué no moriste en la puerta exterior o en cualquier otro lugar a lo largo de las galerías, mientras efectuabas tu recorrido?
La pálida mirada de Smith se encontró con la otra, oscura e inquisitiva. La voz prosiguió.
-Porque en tus ojos... también hay cosas interesantes. Valor, tenacidad y cierto... poder, me parece. Hay intensidad en ti. Y creo que puedo encontrar algo en lo que me serás útil, terrestre.

Los ojos de Smith se entornaron levemente. Aquella conversación era tan reposada, tan corriente. Pero la muerte se estaba acercando. La sintió en el aire... Conocía de antiguo aquella sensación. La muerte... y quizá cosas aún peores. Recordó los susurros que había escuchado. En el suelo, la joven gimió imperceptiblemente y se movió. Los impasibles y penetrantes ojos del Alendar se movieron hacia ella, mientras decía con suavidad:

-Levántate.
Y ella se levantó, titubeando, y se quedó inmóvil delante de él, con la cabeza agachada. La rigidez la había abandonado. Presa de un impulso, Smith exclamó súbitamente:
-¡Vaudir!
Ella alzó el rostro y se encontró con su mirada, y un escalofrío de horror le recorrió. Había recuperado la conciencia, pero jamás volvería a ser la misma joven asustada que había conocido. Una negra sabiduría emanaba de sus ojos, y su rostro era una máscara en tensión que cubría un horror desnudo... ¡Desnudo! Era el rostro de alguien que ha caminado a través de un infierno más negro que cualquiera de los que haya imaginado la humanidad, y ganado en él un conocimiento que el alma humana no puede asimilar, a menos de morir en el intento. La joven le miró de frente y en silencio durante un largo momento, y luego se volvió nuevamente hacia el Alendar. Pero, poco antes de que apartase sus ojos de Smith, a éste le pareció ver en ellos una desesperada llamada de socorro...

-Ven –dijo el Alendar.
Le volvió la espalda... La mano de Smith que empuñaba la pistola tembló y volvió a caer. No, mejor sería esperar. Siempre había una oportunidad, a menos que viera que la muerte le rodeaba. Avanzó sobre la mullida alfombra siguiendo los pasos del Alendar. La joven iba tras él, caminando despacio, con los ojos bajos, en una horrible parodia de meditación, como si se recogiese en la sabiduría que habitaba de manera tan terrible ojos adentro. La oscura arcada en el extremo opuesto de la habitación los devoró. La luz faltó durante un instante..., un instante sin aliento, mientras la pistola de Smith se alzaba involuntariamente como una cosa viva en su mano, fútil contra la maldad invisible, y su cerebro comenzaba a dar vueltas en la completa negrura que le rodeó. Sólo duró un abrir y cerrar de ojos, y él se preguntó si había llegado a ocurrir, mientras volvía a bajar la mano que sostenía la pistola. Pero el Alendar, mirando por encima de uno de sus hombros, dijo:

-Una barrera que he colocado para guardar a mis... beldades. Una barrera mental que hubiera resultado infranqueable si no hubieses estado conmigo... Ahora lo comprendes, ¿no, mi Vaudir?
Había un guiño indescriptible en la pregunta, que inyectaba en aquella voz inhumana una nota de monstruosa humanidad.
-Lo comprendo –repitió como un eco la joven, con una voz tan hermosa e inexpresiva como una nota musical sostenida. Y el sonido de aquellas dos voces inhumanas que brotaban de los labios humanos de quienes le acompañaban lanzó un estremecido escalofrío por todos sus nervios.

Descendieron en silencio por el largo corredor. Smith caminaba sin hacer ruido con sus botas de hombre del espacio, cada una de sus fibras tensa hasta lo indecible. Se descubrió a sí mismo preguntándose, en medio de tan tensa vigilancia, si cualquier otra criatura dotada de alma humana habría recorrido antes aquel corredor..., si las asustadas jóvenes de cabellos dorados habrían seguido por él al Alendar, en medio de la negrura, o si también ellas habrían sido vaciadas de humanidad e impulsadas hacia aquel horror innombrable antes de que sus pies siguieran a su maestro a través de la barrera negra. El pasillo conducía hacia abajo. El olor a sal se hizo más evidente, y la luz se redujo a un parpadeo en el aire. En un silencio que no era humano, prosiguieron su camino. Poco después, el Alendar comenzó a hablar... y su voz profunda y líquida no pareció romper el silencio, pues se mezcló con él con tanta suavidad que ni siquiera suscitó un eco.

-Te estoy llevando hasta un lugar donde ningún hombre que no fuese el Alendar puso antes sus pies. Me complace preguntarme, precisamente ahora, cómo reaccionarán tus sentidos adormecidos ante lo que vas a presenciar. Estoy llegando a... a una edad –rió en voz muy baja- en que los experimentos me interesan. ¡Mira!

Los ojos de Smith se cerraron, cegados, ante una intolerable llamarada de súbita luz. En la fulgurante oscuridad de aquel instante, mientras el resplandor llameaba a través de sus párpados, le pareció que todo vibraba a su alrededor de manera inexplicable, como si la mismísima estructura de los átomos que formaban los muros se hubiese alterado. Cuando abrió los ojos se encontró en la entrada de una larga galería que resplandecía con una luminosidad suave y deliciosa. Ni siquiera se esforzó en comprender cómo había llegado hasta allí. Se extendía esplendente ante él. Los muros, el suelo y el techo eran de piedra lustrosa. A lo largo de los muros había divanes, dispuestos a intervalos, un estanque azul rompía la uniformidad del suelo, y el aire chispeaba inexplicablemente con luz dorada. Unas figuras se estaban moviendo entre aquellas burbujas de champán... Smith se quedó muy quieto, mirando hacia la galería. El Alendar le observaba con una sutil premonición en la mirada, y el punzante destello de sus ojos era lo suficientemente agudo para taladrar el mismísimo cerebro del terrestre. Vaudir, con la cabeza agachada, cavilaba en el negro conocimiento oculto bajo sus párpados entornados. De los tres, sólo Smith miró hacia la galería y vio lo que se movía a través del dorado esplendor del aire. Eran mujeres. Pero podían haber sido diosas..., ángeles coronados con bucles de bronce, moviéndose despreocupadamente en medio de un cielo dorado, donde el aire chispeaba como el vino. Debía de haber una veintena de ellas, yendo y viniendo por la galería en grupos de dos y de tres, descansando sobre los divanes, bañándose en el estanque. Llevaban el vestido venusiano infinitamente gracioso con un hombro al aire y una abertura en la falda, mudos contrastes de violeta, azul y verde esmeralda, y su belleza cortaba la respiración como un mazazo. Había música en cada gesto que hacía, una gracia fluyente y armoniosa que hacía daño al corazón, por tan completa belleza.

Había creído que Vaudir era hermosa, pero lo que allí veía era una belleza tan exquisita que rayaba en el dolor. Sus voces dulces y tenues suscitaban pequeños estremecimientos de terciopelo en sus nervios y, desde la distancia, sus suaves sonidos se mezclaban tan musicalmente que hubiera podido pensarse que todas cantaban juntas. La dulzura de sus movimientos hizo que su corazón se contrajera súbitamente y la sangre se agolpase en sus oídos...

-¿Las encuentras bellas? –la voz del Alendar se mezcló con el melodioso sonido de las voces, con la misma perfección que si lo hubiese hecho con el silencio. El brillo acerado de sus ojos traspasaba fijamente la pálida mirada de Smith, mientras sonreía imperceptible, débilmente-. ¿Bellas? ¡Pues aguarda!

Avanzó por la galería, alto y muy sombrío en la luz irisada. Smith, que le seguía de cerca, viajaba en una bruma de ilusión. No ha sido dado a cualquier mortal el caminar por el cielo. Sintió el aire tan embriagador como vino, y un perfume delicioso le acarició. Las aureoladas jóvenes se apartaron a su paso, mirando mientras pasaba, con ojos muy abiertos por la sorpresa, su cuero manchado y sus pesadas botas. Vaudir caminaba tranquilamente tras él, con la cabeza agachada; las jóvenes apartaron sus miradas de ella, estremeciéndose levemente. Entonces vio que sus rostros eran tan encantadores como sus cuerpos, enervantes y vivaces. Eran rostros felices, inconscientes de la belleza, inconscientes de cualquier otra existencia que la suya propia..., sin alma. Lo comprendió instintivamente. Allí había belleza hecha carne, física, tangible; pero lo que él había visto en el rostro de Vaudir antes, una chispa de audacia, la ternura del remordimiento de haberle llevado hasta allí, le confería a ella una superioridad indefinible sobre aquella belleza increíble, pero sin alma. Continuaron a lo largo de la galería en súbito silencio, desde el momento en que las voces musicales se callaron, extrañadas. Al parecer, el Alendar era un personaje familiar, pues ellas le dedicaron poca atención. En lo referente a Vaudir, volvían la cabeza con un espasmo de repulsión, prefiriendo no reconocer su existencia. Pero Smith era el primer hombre que veían, aparte del Alendar, y la sorpresa les hacía enmudecer. Prosiguieron su camino en medio de aquel aire vibrante, y las últimas jóvenes adorables, que los miraban fijamente, quedaron atrás. Un portal de marfil se abrió ante ellos, sin que lo tocasen. Ya en su interior, bajaron por unas escaleras y recorrieron otro pasillo, mientras la embriaguez del aire moría y un murmullo de voces musicales surgía a su espalda. Siguieron avanzando hasta que el sonido se perdió. El pasillo quedó a oscuras hasta que reanudaron nuevamente la marcha en medio de la penumbra.

En ese momento, el Alendar se detuvo y se volvió hacia ellos.
-He dispuesto mis joyas más costosas –dijo- en aderezos diferentes. Como éste...
Alargó un brazo y Smith vio una cortina que colgaba del muro. Había otras, más lejos, manchas oscuras en la penumbra. El Alendar apartó los negros pliegues y la luz interior se derramó suavemente a través de una verja para arrojar sombras floreadas sobre el muro opuesto. Smith avanzó y miró fijamente. A través de una ventana enrejada, observó una habitación tapizada de terciopelo negro. Era muy sobria. Apoyado en el muro de enfrente había un diván y en él –el corazón de Smith dio un salto y se detuvo- yacía una mujer. Y si las jóvenes de la galería le habían parecido diosas, aquella mujer era más adorable que todo lo que los hombres se hubiesen atrevido a imaginar, incluso en las leyendas. Sobrepasaba la divinidad: largas piernas blancas sobre terciopelo, dulces formas curvas y planas marcándose bajo el vestido, cabello de bronce derramándose como lava sobre uno de sus hombros, y su rostro, tranquilo como la muerte, de ojos cerrados. Era una belleza pasiva, como de alabastro perfectamente moldeado. Y un encanto, una fascinación totalmente tangible emanaban de ella como en un hechizo mágico. Un encantamiento hipnótico, magnético, poderoso. No podía apartar sus ojos de ella. Era como una avispa atrapada en la miel... El Alendar dijo algo por encima del hombro de Smith, con voz vibrante que estremeció el aire. Los cerrados párpados se abrieron. La vida y la belleza recorrieron el rostro en calma como una ola, iluminándolo de modo insoportable. Aquel encantamiento magistral la despertó y animó con una peligrosa viveza..., atractiva y fascinante. Se levantó, deslizándose lentamente como una ola sobre las rocas; sonrió (los sentidos de Smith cedieron a la belleza de aquella sonrisa) y después se hundió lentamente con una profunda reverencia en el terciopelo del suelo, con el cabello ondulando y cayendo a su alrededor, hasta que yació prosternada en un llamear de belleza bajo la ventana.

El Alendar dejó caer la cortina y se volvió hacia Smith cuando se desvaneció la deslumbrante visión. De nuevo, el destello aguzado se clavó en el cerebro de Smith. El Alendar sonrió una vez más.
-Vamos –dijo, y avanzó por el pasillo.
Pasaron ante tres cortinas y franquearon una cuarta. Posteriormente, Smith recordó que debió de haber apartado la cortina para mirar a través de los barrotes de la ventana, pero el espectáculo que vio borró de su mente cualquier otro recuerdo. La joven que vivía en aquella habitación tapizada de terciopelo estaba de puntillas cuando corrió la cortina, y su belleza y su gracia, de pies a cabeza, dejaron sin aliento a Smith, como si un rayo le hubiese alcanzado en el corazón. Y su encanto irresistible y doloroso le lanzó hacia delante, hasta que se encontró agarrando los barrotes con los nudillos en blanco, ajeno a nada que no fuese aquel deseo acuciante que destruía el alma... Ella se movió, y el espejismo de gracia que recorrió como una canción cada uno de sus gestos causó un tremendo dolor en sus sentidos, por lo puro e inalcanzable de su encanto. Sabía, incluso en aquel torbellino de arrebato, que aunque pudiera estrechar entre sus brazos y para siempre aquel suave y redondeado cuerpo, todavía seguiría ansiando la plenitud que la carne no podría darle. Aquella belleza suscitó un ansia en su alma más enloquecedora que cualquier apetito carnal. El cerebro le daba vueltas por el deseo de poseer esa intangible e irresistible belleza que sabía que nunca podría poseer ni alcanzar mediante los sentidos de que disponía. Aquel deseo incorpóreo bramó en su interior como la locura, con tanta violencia que la habitación osciló y el blanco contorno de la belleza tan inalcanzable como las estrellas se desdibujó ante él. Se quedó sin aliento, se ahogó y retrocedió ante la visión intolerable y exquisita.

El Alendar rió y dejó caer la cortina.
-Vamos –dijo de nuevo, con una sutil hilaridad completamente perceptible en su voz, y Smith le siguió, aturdido.
Recorrieron un largo trecho, pasando junto a cortinas que colgaban a intervalos irregulares a lo largo de los muros. Cuando, finalmente, hicieron un alto, la cortina ante la que se detuvieron apareció levemente iluminada en su contorno, como si algo rutilante se encontrase tras ella. El Alendar apartó sus pliegues.

-Nos estamos aproximando –dijo- a la pura claridad de la belleza, apenas estorbada por las ataduras de la carne. Mira.
Smith sólo echó una mirada para ver quién se hallaba dentro. Y la exquisita impresión de lo que vio sacudió como una tortura cada uno de sus nervios. Durante un instante de locura, su razón vaciló ante la terrible fascinación que emanaba de quien vivía allí, y sus ondas le calaron hasta el alma... Belleza hecha carne que atenazaba con férreos dedos cada uno de sus sentidos y nervios, y algo más intangible, irresistible y profundo que buscaba a tientas las raíces de su ser, arrancándole el alma... Sólo echó una mirada, pero en aquella mirada sintió cómo su alma respondía a aquella atracción, y un deseo terrible se abrió camino, inútilmente, a través de él. Después, levantó un brazo para cubrirse los ojos y retrocedió tambaleándose hacia la oscuridad. Un lamento sin palabras subió hasta sus labios, y la tiniebla se cernió sobre él. La cortina cayó. Smith se aplastó contra el muro y tomó aire entre largos y estremecedores jadeos, mientras los latidos de su corazón iban calmándose gradualmente y la impía fascinación le abandonaba. Los ojos del Alendar resplandecían con fuego verde cuando él se volvió hacia la ventana, y un ansia innombrable se extendió como una sombra sobre su rostro. Y dijo:

-Podría mostrarte otras, terrestre. Pero, al final, sólo conseguirías volverte loco (has estado muy cerca hace sólo unos instantes), y tengo otros planes para ti... Me pregunto si comienzas a comprender, ahora, el propósito de todo esto.
El resplandor verde se fue apagando de aquella mirada cortante como un puñal, a medida que los ojos del Alendar miraban fijamente a Smith. El terrestre sacudió levemente la cabeza para expulsar los vestigios de aquel deseo devorador, y llevó nuevamente su mano a la culata de su pistola. En cierta medida, su familiar contacto le produjo seguridad y, con ella, una nueva conciencia del peligro que le rodeaba. En aquel momento sabía que allí no podría encontrar ninguna gracia para él, a quien los secretos más recónditos de Minga habían sido inexplicablemente revelados. Le esperaba la muerte..., una muerte extraña, en cuanto el Alendar, cansado de hablar... Pero si mantenía los oídos y los ojos bien abiertos no podría –si Dios quería- cogerle tan rápidamente que muriera solo. Una ráfaga de aquella llama azulada como la hoja de una espada era todo lo que pedía en aquel momento. Sus ojos, alerta y hostiles, se enfrentaron resueltamente con la afilada mirada. El Alendar rió y dijo:

-La muerte está en tus ojos, terrestre. Sólo hay asesinato en tu cerebro. ¿Tu mente no puede comprender otra cosa que no sea batallar? ¿No hay curiosidad en ella? ¿No te preguntas por qué te he traído hasta aquí? Sí, la muerte te espera. Pero no una muerte desagradable. Además, de una forma u otra, siempre espera a todos. Atiende, permíteme que te diga... que tengo motivos para desear penetrar en ese caparazón animal de autoprotección que sella tu mente. Déjame que te mire más profundamente... si es que aún te queda algo profundo. Tu muerte será... útil y, en cierta forma, agradable. De otro modo... Bueno, las bestias de las tinieblas tienen hambre. Y la carne sirve para alimentarlas, lo mismo que a mí una bebida más dulce... Atiende.

Smith entornó los ojos. Una bebida más dulce... Peligro, peligro, su aroma llenaba el aire; instintivamente, sintió el peligro de abrir su mente a la penetrante mirada del Alendar, mientras la fuerza de sus impositivos ojos latía en su cerebro como unas luces tremendas...
-Vamos –dijo en voz baja el Alendar, y se desplazó sin hacer ruido en medio de la penumbra. Ellos le siguieron, Smith alerta hasta límites dolorosos, la muchacha caminando con la mirada baja y entornada, su mente y su alma muy lejos, en alguna tiniebla nefanda cuya sombra se mostraba infame bajo sus pestañas.

El pasillo se ensanchó para formar una bóveda y, de repente, al otro lado, un muro desapareció en el infinito y ellos se detuvieron ante el vertiginoso extremo de una galería que daba a un mar negro y viscoso. Smith musitó un juramente de sorpresa. Un momento antes, el camino les había conducido a través de unos túneles de techo muy bajo que se hundían en las profundidades; al instante siguiente se detenían ante la orilla de un vasto cúmulo de ondulante tiniebla, mientras un tímido viento tocaba sus rostros con el hálito de cosas innombrables. Abajo, muy lejos, las oscuras aguas se agitaban. La fosforescencia las iluminaba de manera incierta, y él no estuvo seguro de que fuera agua lo que hervía en la oscuridad. Una fuerte consistencia parecía ser inherente al oleaje, como fango negro que se agitase. El Alendar contempló las olas encrespadas de fuego. Permaneció un instante sin hablar y luego, a lo lejos, en las cenagosas ondas, algo rompió la superficie con un salpicar aceitoso, algo velado piadosamente por la negrura, que volvió a sumergirse, produciendo sobre la superficie un oleaje de señales progresivas.

-Atiende –dijo el Alendar, sin volver la cabeza-. La vida es muy antigua. Hay razas más viejas que el hombre. La mía es una de ellas. La vida surgió del negro fango de las profundidades del mar y se elevó hacia la luz a lo largo de muchas líneas divergentes. Algunas alcanzaron la madurez y la profunda sabiduría cunado el hombre aún se balanceaba en los árboles de la jungla.

“Durante muchos siglos, si contamos el tiempo como hacéis los humanos, el Alendar habitó aquí, cultivando la belleza. En los últimos años ha vendido algunas de sus beldades menores, quizá para explicar a gusto de la humanidad lo que jamás podría comprender si se le contase la verdad. ¿Comienzas a darte cuenta? Mi raza es remotamente afín a aquellas razas que absorban la sangre del hombre, más próxima a aquellas que beben sus fuerzas vitales para alimentarse. Yo he refinado mi gusto aún más. Bebo... la belleza, vivo de la belleza. Sí, en sentido literal. En cierto modo, la belleza es tan tangible como la sangre. Es una fuerza localizada, propia, que habita en los cuerpos de hombres y mujeres. Habrás notado la vacuidad que en tantas mujeres acompaña la perfecta belleza..., la fuerza tan enorme que se sobrepone a todas las demás y vive vampíricamente a expensas de la inteligencia, la bondad, la conciencia y todo lo demás. Aquí, en el origen (pues nuestra raza ya era vieja en los comienzos de este mundo, engendrada en otro planeta, sabia y antigua), cuando nos despertamos de nuestro sueño en medio del cieno, decidimos alimentarnos con la fuerza de la belleza inherente a la humanidad, incluso en los días en que ésta vivía en cuevas. Pero como era un magro alimento, estudiamos la raza para determinar dónde podrían descansar nuestros grandes proyectos, y después seleccionamos especímenes para criarlos, construimos este bastión y nos dedicamos a la tarea de hacer que la humanidad evolucionase hasta el límite de su belleza. Con el paso del tiempo, fuimos desechando todos los tipos hasta llegar al actual. Este último tipo de belleza lo desarrollamos para la raza humana. Es interesante ver lo que hemos conseguido sobre otros mundos, con razas completamente diferentes...

Bien, aquí lo tienes. Mujeres criadas como campo de cultivo para la devoradora necesidad de belleza de que vivimos. Pero... la dieta se hizo monótona, como suele suceder con la comida que se repite. Me quedé con Vaudir porque vi en ella una chispa de algo que, excepto en muy raras ocasiones, había sido cultivado en las jóvenes de Minga. Pues la belleza, como ya he dicho, devora las demás cualidades, excepto a ella misma. Sin embargo, de alguna forma, la inteligencia y el coraje sobrevivieron en estado latente en Vaudir. Ella disminuye su belleza, pero su sabor supone un cambio entre la eterna repetición de las demás. Y eso fue lo que pensé hasta que te vi. Entonces me acordé de todo el tiempo que había pasado desde que probé la belleza del hombre. Es tan rara, tan diferente de la belleza femenina, que casi había olvidado que existía. Pero tú la tienes, muy tenue, de un modo crudo, agreste... Te he contado todo esto para degustar la cualidad de esa... de esa agreste belleza tuya. Si me hubiera confundido en lo referente a las profundidades de tu mente, hubieses ido a alimentar a las bestias de la oscuridad, pero veo que no estaba confundido. Detrás de tu caparazón animal de autoconservación se encuentran esas fuerza y energía profundas que alimentan las raíces de la belleza masculina. Creo que debiera darte un respiro para dejar que crezcan, mediante los métodos coercitivos que conozco, antes... de que beba. Será delicioso...

La voz se extinguió en el silencio de un murmullo, el agudo resplandor sondeó los ojos de Smith. Él intentó evitarlo, aun sin estar totalmente seguro, pero sus ojos se volvieron involuntariamente hacia la penetrante mirada, y la desconfianza murió en él, gradualmente, mientras la imperiosa atracción de aquellos puntos que relucían en pozos de negrura le mantenía completamente inmóvil. Y mientras miraba fijamente aquellos destellos de diamante, vio desvanecerse y apagarse lentamente su fulgor, hasta que los puntos luminosos se convirtieron en pozos que rielaban, y se encontró mirando una negra maldad tan elemental y vasta como el espacio entre los mundos, una nada vertiginosa donde moraba un horror innombrable..., profundo, muy profundo... y a su alrededor se fue cerrando la negrura. Se insinuaron en su mente unos pensamientos que no eran suyos, que salían de aquella negrura inmensa y elemental..., pensamientos que se arrastraban, que se retorcían... hasta que tuvo un atisbo de aquel lugar sombrío donde se revolcaba el alma de Vaudir, y algo tiró de él hacia abajo, cada vez con más fuerza, hasta una pesadilla consciente contra la que no podía luchar...

Entonces, sin saber cómo, aquella fuerza cedió durante un instante. Hubo un momento preciso en que se encontró de nuevo sobre la orilla del viscoso mar, empuñando una pistola con dedos inertes... Después, la negrura se cerró sobre él nuevamente, pero con una oscuridad diferente, inquieta, que no poseía totalmente el poder omnímodo de la otra pesadilla y que le dejaba con las suficientes fuerzas para luchar. Y luchó, y fue un combate desesperado, inmóvil, mudo, en un negro mar de horror, mientras unos pensamientos como gusanos se retorcían en su mente bajo tensión y las nubes le rodeaban y se abrían para volver a rodearle. A veces, en los momentos en que aquella tenaza se debilitaba, tenía tiempo para sentir una tercera fuerza luchando entre aquella fuerza negra y ciega, que le arrastraba hacia abajo, y su propio esfuerzo cansado y frenético para liberarse, una tercera fuerza que estaba debilitando la negra atracción, de forma que él tenía momentos de lucidez cuando se hallaba libre a orillas del océano y sentía el sudor correrle por el rostro y era consciente de su corazón palpitante y de la respiración ahogada que torturaba sus pulmones; y entonces upo que estaba luchando con cada uno de sus propios átomos, en cuerpo, mente y alma, contra la intangible negrura que tiraba de él hacia abajo. Después sintió que la fuerza contra la que luchaba se concentraba en un esfuerzo final –sintió la desesperación de aquel esfuerzo- y se desplomaba sobre él como una marea. Zarandeado, ciego, sordo y mudo, sumergido en la más completa negrura, se debatió en las profundidades de aquel infierno sin nombre donde pensamientos ajenos y repugnantes se retorcían en su cerebro. No tenía cuerpo ni asidero, y mientras se revolcaba en un cieno más repugnante que cualquiera de los terrestres, porque procedía de almas negras e inhumanas de eras anteriores del hombre, fue consciente de que unos pensamientos, como gusanos que se retorcieran en su cerebro, iban formando lentamente conceptos monstruosos... Una sabiduría parecida a un flujo informe se iba derramando a través de su cerebro incorpóreo, una sabiduría tan espantosa que no la podía comprender conscientemente, aunque subconscientemente todos los átomos de su cuerpo y de su alma se sentían asqueados e intentaban, inútilmente, olvidarla. Se vertía sobre él, le impregnaba, se extendía por él más y más con la mismísima esencia del horror... y sintió que su mente se fundía bajo su poder disolvente, fundiéndose y corriendo fluida en nuevos canales y nuevas formas..., formas horribles...

Y justo en ese instante, mientras la locura le envolvía y su mente daba vueltas en el umbral de la aniquilación, sonó un chasquido, y, como una cortina, la negrura desapareció y se encontró aturdido y pasmado en la galería, encima del negro mar. Todo daba vueltas a su alrededor, pero se trataba de cosas corpóreas que relucían y se alzaban ante sus ojos, la bendita roca negra y las olas tangibles que tenían forma y cuerpo... Sus pies pisaron con fuerza y su mente se recuperó, despejándose y volviendo a ser la de siempre. Y en aquel momento, a través de la bruma de debilidad que aún le envolvía, una voz exclamó salvajemente: “¡Mata!... ¡Mata!”, y entonces vio al Alendar titubeando contra la balaustrada, con todos sus rasgos inexplicablemente borrosos e inciertos, y, detrás de él, a Vaudir, con ojos llameantes y el rostro terriblemente devuelto a la vida, gritando “¡Mata!”, con voz escasamente humana. Como una criatura con vida propia, la mano que empuñaba la pistola fue alzándose –no la había soltado a pesar de todo lo que le había sucedido-, y fue escasamente consciente de la violencia del retroceso en su mano y del fogonazo azul que llameó en su boca. Alcanzó de lleno a la oscura figura del Alendar, y entonces hubo un silbido y un resplandor... Smith cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, para quedarse mirando con incredulidad mezclada de disgusto; pues, a menos que la lucha hubiese afectado a su cerebro y que los retorcidos pensamientos aún se revolcasen por su mente, tiñendo todo lo que veía con un horror no terreno..., a menos que aquello fuese verdad, no estaba contemplando a un hombre que acababa de ser acertado entre los pulmones, y que hubiera debido derrumbarse en el suelo, en una masa sangrante, sino... sino...¡Dios! ¿Qué era eso? La oscura figura había resbalado junto a la balaustrada y, en lugar de un borbotón de sangre, una repugnante, innombrable e informe negrura manaba de ella: fango como el del viscoso mar de abajo. Toda aquella forma oscura de hombre se estaba fundiendo, derramándose sobre el charco de negrura que se iba formando a sus pies, en el pavimento de piedra.

Smith empuñó con más fuerza su pistola y esperó con muda incredulidad, y todo aquel cuerpo fue cayendo y fundiéndose lentamente, hasta que perdió toda forma –algo repugnante, horripilante- y en donde se encontrara el Alendar, hubo un montón de cieno viscoso sobre el suelo de la galería, espantosamente vivo, que se hinchaba y ondulaba, en un esfuerzo para levantarse y asumir nuevamente una apariencia de humanidad. Y mientras miraba, perdió incluso aquella forma, y sus bordes se fundieron de modo nauseabundo, y toda la masa se aplanó y volvió a formar un charco de horror espantoso, y, entonces, fue consciente de que iba goteando lentamente por la balaustrada hacia el mar. Siguió observando, inmóvil, cómo aquel montículo rodante y reluciente se fundía, se adelgazaba y pasaba a través de los barrotes, hasta que el suelo estuvo limpio nuevamente, sin que una mancha oscureciese la piedra. Una dolorosa opresión en los pulmones le hizo volver a la realidad y comprendió que había estado conteniendo el aliento, sin creer apenas en lo que veía. Vaudir se había apoyado de nuevo contra el muro, y vio que sus rodillas se doblaban bajo su cuerpo. Entonces se abalanzó hacia ella, cojeando sobre sus inciertos pies para cogerla antes de que cayera.

-¡Vaudir! ¡Vaudir! –la zarandeó con suavidad-. Vaudir, ¿qué ha sucedido? ¿Estoy soñando? ¿Estamos a salvo? ¿Ya... estás despierta?
Muy lentamente, sus blancos párpados se abrieron, y los ojos negros se encontraron con los suyos. Y vio en ellos la sabiduría de aquel vacío reptante que él había vislumbrado, la sombra que jamás podría expulsar. Estaba impregnada y mancillada por aquello. Y la mirada de sus ojos fue tal que, involuntariamente, la soltó y retrocedió. Ella se tambaleó un poco y después recobró el equilibrio y le miró con los párpados entornados. El grado de inhumanidad de su mirada repercutió en su alma, aunque le pareció ver un reflejo de la joven que había sido, torturada aún en medio de la negrura. Y supo que estaba en lo cierto cuando dijo, con voz lejana y sin inflexiones:

-¿Despierta?... No, todavía no, terrestre. He llegado muy abajo en el infierno... Me infligió la peor tortura que conocía, pues aún queda en mí la suficiente humanidad para comprender en qué me he convertido, y para sufrir...
“Sí, se ha ido, ha vuelto al fango que le alimenta. Yo he sido parte de él, una con él y la negrura de su alma, ahora lo sé. Han transcurrido eones desde que la negrura cayó sobre mí, he morado durante eternidades en los mares oscuros y ondulantes de su mente, absorbiendo su conocimiento.... y fui una con él, y ahora que se ha ido, debo morir; pero, si está en mi mano, desearía verte a salvo fuera de aquí, pues fui yo quien te arrastró hasta este lugar. Si pudiera recordar..., si pudiese encontrar el camino...

Se volvió, indecisa, y dio un paso titubeante en el camino por donde había venido. Smith saltó hacia ella y deslizó el brazo que tenía libre a su alrededor, pero ella se estremeció por el contacto.
-No, no. No lo soporto, el roce de la carne humana sin tacha... Rompe el hilo de mis recuerdos... No puedo ver en el interior de su mente como cuando habitaba en ella, y debo, debo...
Ella le apartó y se tambaleó, echando un último vistazo al ondeante mar, y después echó a andar. Avanzó a lo largo del muro de piedra con paso vacilante, apoyando una mano en él para sostenerse; su voz era un susurro discontinuo, que a él le obligaba a caminar muy cerca de ella para oírla, y la mayoría de las veces deseó no haberla oído.
-Cieno negro... Negrura alimentándose de la luz... Todo se agita... El cieno, el cieno y un mar ondulante... Salió de él, ya lo sabes, antes de que la civilización comenzase aquí. Es muy viejo, nada hubo antes sino el Alendar... Y de algún modo (ahora no puedo ver precisamente cómo, ni recordar por qué) descolló sobre los demás, como hicieron en otros planetas algunos de su raza, y tomó forma humana y comenzó a criar a los suyos...

Siguieron por el oscuro corredor, pasaron cortinas que ocultaban la encarnación de la belleza, y los tambaleantes pasos de la joven acompasaron sus tambaleantes palabras, casi incoherentes...
-Vivió aquí durante todas estas eras, alimentando y devorando la belleza (sed de vampiro, qué repugnante deleite beber la fuerza de la belleza), lo sentí y lo recordé cuando era una con él... Espesas capas negras de limo primordial... apagando la belleza humana en el cieno, absorbiendo... Ciega sed negra... Y esta sabiduría era antigua, espantosa y llena de poder... Así podía absorber un alma a través de los ojos y sepultarla en el infierno, y ahogarla en él, como hubiera hecho conmigo si yo no hubiese sido, sin saber por qué, algo diferente de las demás. ¡Gran Shar, desearía no haberlo sido! Mejor hubiera sido haberme hundido en él y no haber sentido en cada uno de mis átomos la horrible suciedad de... de lo que conozco. Pero, en virtud de aquella oculta fuerza, no me rendí del todo, y cuando él empleó todo su poder para subyugarte, pudo luchar en lo más recóndito de su mente, creando una perturbación que le distrajo mientras luchaba contigo, haciendo posible que te liberases lo suficiente para destruir la carne humana con que se había revestido, y así regresó nuevamente al fango. No comprendo totalmente por qué sucedió todo esto... Sólo sé que su debilidad, contigo asaltándole desde fuera y yo luchando encarnizadamente con él en el mismísimo centro de su alma, fue tal que se vio obligado a utilizar la energía que le mantenía con forma humana, lo que le debilitó tanto que se disgregó cuando su forma humana fue atacada. Y así volvió a caer de nuevo en el limo de donde salió, limo negro..., consistente..., viscoso...

Su voz se perdió en un murmullo y tropezó, a punto de caer. Cuando hubo recobrado el equilibrio se colocó delante de él a gran distancia, como si su misma proximidad le resultase repugnante, y el débil balbuceo de su voz le llegó en frases entrecortadas y sin sentido. Poco después, el aire comenzó a crepitar, y ambos franquearon la puerta de plata y entraron en la galería donde el aire burbujeaba como el champán. El estanque azul seguía tan claro como una joya en su aderezo dorado. De las jóvenes no había ni rastro. Cuando llegaron al extremo de la galería, la muchacha se detuvo, volviendo hacia él un rostro contorsionado por el esfuerzo que hacía al recordar.

-Aquí está la señal –dijo, vehemente-. Si sólo pudiera recordar... –se cogió la cabeza entre ambas manos, la agitó violentamente, y añadió-: Ahora no tengo fuerzas... Ya no puedo... No puedo –y aquel débil y lastimero susurro llegó incoherente a los oídos de Smith.
Luego se irguió con resolución, vacilando un poco, y se dirigió hacia él, extendiendo las manos. Él se las cogió, dudando, y vio cómo se estremecía ante aquel contacto y su rostro se contorsionaba de dolor. Y entonces él, a través de aquel contacto, también sintió un estremecimiento y una oleada de asco. Vio cómo ponía los ojos en blanco y su rostro se marcaba con las arrugas de la tensión; un fino rocío perló su frente. Permaneció así durante un largo momento, con un rostro como el de la muerte, y unos profundos estremecimientos recorrieron todo su cuerpo. Sus ojos estaban tan vacíos como la nada que separa los planetas. Cada uno de los estremecimientos que la recorrían se transmitía por entero a él, a través del contacto de sus manos, como una negra ola de espanto, por eso volvió a ver una vez más el viscoso mar, y se revolcó en el infierno del que había luchado por salir mientras estaba en la galería, y supo por vez primera qué tipo de tortura debía estar sufriendo ella, agazapada en lo más profundo de aquel mar inquieto. El pulso se le aceleró y, durante algunos momentos, penetró en la ciega negrura y en el fango, y sintió el cosquilleo de los primeros pensamientos retorcidos en las raíces de su cerebro. Entonces, súbitamente, una completa oscuridad se cerró sobre ellos y, nuevamente, todas las cosas se desdibujaron, como si los átomos de la galería estuvieran cambiando; y cuando Smith abrió los ojos siguió entrando en el oscuro e inclinado corredor, con el olor a sal y a antigüedad que impregnaba fuertemente el aire.

Vaudir gimió imperceptiblemente a su lado, y él se volvió para verla apoyada contra el muro, temblando tanto de pies a cabeza que pensó que iba a caerse al suelo en cualquier momento.
-Estaré mejor... dentro de unos instantes –balbució-. Tuve que usar... casi toda mi fuerza para... que pudiéramos salir... Aguarda...
De tal suerte, permanecieron en la oscuridad, en el corrupto aire salobre, hasta que su temblor se apaciguó y ella dijo, con su vocecita vacilante:
-Vamos.
Y reanudaron la marcha. Ya sólo quedaba un corto trecho hasta la barrera de negro vacío que guardaba la puerta de la habitación donde habían visto por vez primera al Alendar. Cuando llegaron a aquel lugar, ella se estremeció levemente, se detuvo, y extendió con decisión las manos. Cuando él las tocó, sintió una vez más las repugnantes y viscosas olas correr por su cuerpo, y se sumió nuevamente en aquel fangoso infierno. Como antes, la completa negrura relampagueó sobre él en el tiempo de un suspiro. Entonces ella apartó sus manos y ambos volvieron a encontrarse en el portal, mirando la habitación tapizada de terciopelo que habían dejado... hacía eones, o eso le parecía. Se mantuvo alerta, mientras las ondas de cegadora debilidad invadían a la joven, tras aquel supremo esfuerzo. La muerte era visible en su rostro cuando se volvió, finalmente, hacia él.

-Vamos... Oh, vamos, deprisa –susurró, y echó a andar, titubeando.
Él la siguió pegado a sus talones a través de la habitación, y franquearon la gran puerta de hierro y siguieron el pasillo hasta el comienzo de la escalera de plata. Allí se le encogió el corazón, porque tuvo el presentimiento de que la joven no podría subir la larga escalera de caracol hasta arriba del todo. Pero ella puso un pie en el primer peldaño y subió con decisión; mientras la seguía, oyó que hablaba consigo misma:

-Espera... Oh, espera... Déjame llegar hasta arriba... Déjame arreglar al menos esto... y entonces... ¡No, no! Por favor, Shar, ¡no, el cieno negro otra vez no!... ¡Terrestre, terrestre!
Se detuvo en la escalera y se volvió hacia él. Su mirada perdida estaba llena de frenesí de la desesperación y del terror.
-Terrestre, prométeme... ¡que no me dejarás morir de esa manera! Cuando lleguemos arriba... ¡dispárame un rayo! Purifícame con el fuego, o tendré que vivir durante la eternidad en las negras profundidades de las que te he sacado. ¡Oh, prométemelo!
-Te lo prometo –dijo Smith, con voz tranquila-. Te lo prometo.

Y siguieron subiendo. La escalera prosiguió su interminable espiral, y ellos siguieron subiendo de manera interminable. Las piernas de Smith comenzaron a dolerle intolerablemente, y el corazón a latirle salvajemente, pero Vaudir no pareció sentir el cansancio. Subía ágilmente, y no con mayores dificultades que las que había demostrado en las galerías. Después de varias eternidades llegaron arriba. Una vez allí, la joven cayó al suelo. Se derrumbó como muerta en el extremo de la espiral de plata. Durante un instante de cobardía, Smith pensó que le había fallado y que la había dejado morir mancillada, pero momentos después, ella se movió, irguió la cabeza y, con mucha lentitud, se puso en pie.

-Continuaré... Continuaré, continuaré –habló consigo misma, entre susurros-... Si he llegado hasta aquí... debo terminar... –y avanzó, tambaleándose, por el primoroso pasillo de muros nacarados, iluminado de rosa.

Pudo ver lo peligrosamente cerca que ella se encontraba del límite de sus fuerzas, y se maravilló de la tenacidad con que se aferraba a la vida, aunque la fuera perdiendo a cada paso, mientras el latido de las tinieblas la invadía poco a poco. De tal suerte, con una obstinación asombra, recorrió, tambaleándose, el camino, pasando puertas tras puertas de nácar cincelado, bajo luces rosadas que iluminaban su rostro con un espectral simulacro de vitalidad, hasta que llegaron a la puerta de plata, situada al extremo. La cerradura estaba abierta, y el pestillo corrido. Ella empujó la puerta y ambos la franquearon. El viaje de pesadilla prosiguió. Ya debía estar amaneciendo, pensó Smith, pues los corredores estaban desiertos, pero ¿no sentía un hálito de peligro en el aire inmóvil? La entrecortada voz de la joven respondió a aquella pregunta formulada a medias, como si lo mismo que el Alendar, detentase el secreto de leer la mente de los hombres.

-Los... Guardianes... aún merodean por los corredores y ahora están sueltos... Apresta, pues, tu pistola de rayos, terrestre...

Al oír aquello, Smith mantuvo la mirada alerta, trazando en su mente, lenta y dubitativamente, los pasos que habían dado en su viaje de ida. En una ocasión distinguió el suave deslizar de... algo que arañaba el pavimento de mármol y, en dos ocasiones, olfateó, con un estremecimiento súbito, un repentino olor a sal en medio de aquel aire perfumado, y en su mente relampagueó el recuerdo de un mar negro y ondulante... Pero nada los molestó. Paso tras paso, llenos de vacilación, los pasillos fueron quedando atrás, y él comenzó a reconocer algunos puntos de referencia. Los pasos de la joven se hicieron más lentos y vacilantes, mientras avanzaba con un valor increíble, luchando contra el olvido, conteniendo las oscuras olas que caían sobre ella, aferrándose con dedos tenaces a la tenue chispa de vida que la impulsaba. Y, finalmente, después de lo que parecieron horas de esfuerzos desesperados, alcanzaron el corredor iluminado de azul, en cuyo extremo se abría la puerta exterior. El avance de Vaudir se convirtió en una serie de confusos titubeos, interrumpidos por pausas, mientras se agarraba a las puertas esculpidas con dedos tensionados y se mordía unos labios exangües, aferrándose a su última chispa de vida. Él vio cómo la recorría un estremecimiento continuo, y supo que las oleadas de fluida tiniebla debían estar acosándola por todas partes y que los pensamientos retorcidos debían contorsionarse en su cerebro... Pero ella siguió adelante. Cada paso que daba era más débil, como si cambiase el peso de un pie a otro, y a cada paso esperase que le fallaran las rodillas y se precipitase en las profundas negruras que se abrían ante ella. Pero siguió adelante.

Llegó a la puerta de bronce, y con un último esfuerzo, levantó la barra y la abrió. Entonces, aquella tenue chispa se apagó como la llama de una vela. Smith echó un vistazo al interior de la habitación de roca –y a algo horrible que había en su suelo-, antes de verla caer hacia delante, mientras la marea ascendente de un viscoso olvido se cerraba, finalmente, sobre su cabeza. Agonizaba al caer. Smith disparó su pistola de rayos y sintió el retroceso contra la palma de su mano, mientras un resplandor azul relampagueaba y la alcanzaba en mitad del aire. Y él hubiera jurado que sus ojos se iluminaron durante un instante fugaz, y que la valiente joven que había conocido aparecía ante él, purificada e íntegra, antes de que la muerte –una muerte limpia- la velase. Se derrumbó a sus pies, en un desorden confuso, y él sintió el azote de las lágrimas bajo sus párpados mientras la miraba, una masa de blanco y bronce sobre el tapiz. Y mientras la contemplaba, un velo de profanación cubrió su radiante blancura... La corrupción la atacó ante sus ojos y progresó con horrible rapidez y, en menos tiempo del que se tarda en decirlo, se encontró mirando con ojos horrorizados un charco de negro cieno que arrastraba un terciopelo verde.

Northwest Smith cerró sus pálidos ojos y, por un momento, luchó con sus recuerdos, esforzándose en arrancar de ellos las palabras ya olvidadas de una oración aprendida hacía más de veinte años en otro planeta. Después pasó por encima de la cosa lamentable y espantosa que yacía sobre el tapiz y se fue. En la pequeña habitación de roca enclavada en la muralla exterior vio lo que sólo había vislumbrado cuando Vaudir abrió la puerta. El castigo había caído sobre el eunuco. Aquel cadáver debía de haber sido el suyo, pues sobre el suelo se veían los jirones de terciopelo escarlata, pero no había manera de reconocer cuál había sido su forma original. El olor a sal flotaba pesadamente en el aire, y un rastro de cieno negro serpenteaba a través del suelo hacia el muro. Éste era sólido, pero el rastro terminaba en él. Smith apoyó la mano sobre la puerta exterior, tiró de la barra y la abrió. Salió fuera, bajo las colgantes enredaderas, y llenó sus pulmones de aire puro, libre, limpio, sin olor a aromas o a salitre. Un alba nacarada estaba despuntando sobre Ednes.