jueves, 2 de marzo de 2017

Un sacrificio por amor. William Sydney Porter (1862-1910)

Cuando uno ama su propio arte ningún sacrificio parece demasiado arduo.

Esa es nuestra premisa. Este cuento extraerá de ella una conclusión y, al mismo tiempo, demostrará que la premisa es incorrecta, lo cual constituirá algo nuevo en la lógica y un hecho en la narración de cuentos, más viejo que la gran muralla de China.

Joe Larrabee surgió de las llanuras de robles del medio oeste, palpitando con el genio del arte pictórico. A los seis años dibujó un cuadro representando la bomba de la ciudad, por el lado de la cual pasaba aprisa un ciudadano prominente. Este esfuerzo pictórico fue colocado en un marco y colgado en el escaparate del bar, al lado de una fila irregular de botellas de whisky. A los veinte años partió para Nueva York con una corbata de moño suelto y un capital algo más ajustado.

Delia Caruthers hacía cosas en seis octavas tan promisorias en una aldea de pinos del sur, que sus parientes la alentaron para viajase al norte y se dedicara por completo a la música. Ésa es nuestra historia.

Joe y Delia se conocieron en un atelier donde se había reunido un grupo de estudiantes de arte y música para discutir el claroscuro, Wagner, música, las obras de Rembrandt, cuadros, Waldenteufel, papel de pared, Chopin y Oolong. Se enamoraron uno del otro, o mutuamente, como a usted le agrade, y en poco tiempo se casaron; pues (véase más arriba) cuando uno ama su propio arte ningún sacrificio parece demasiado arduo.

El señor y la señora Larrabee comenzaron a mantener un departamento. Era un departamento triste como el mantenido en la primera octava del piano. Pero ellos se sentían felices, pues tenían su Arte y se sonreían mutuamente. En este punto le daría un consejo a los jóvenes ricos: vendan todas sus posesiones.

Los moradores de departamentos apoyarían mi sentencia de que a ellos solos pertenece la auténtica felicidad. Si en un hogar reina la felicidad, nunca es demasiado estrecho; dejen que el aparador se desplome y se convierta en una mesa de billar; que el manto de la chimenea se trueque en un aparato de remo; el escritorio en un dormitorio de huéspedes; el lavabo en un piano vertical; que las cuatro paredes se junten si así lo desean, siempre que usted y su Delia queden entre ellas. Pero, si el hogar es de otra clase, que sea amplio y largo; entre usted por la Puerta de Oro, cuelgue su sombrero en Hatteras, su capa en el Cabo de Hornos y salga por el Labrador.

Joe pintaba en la clase del gran Magister; usted conoce su fama. Sus honorarios son elevados; sus lecciones, breves; sus luces sutiles le han valido renombre. Delia lo hacía con Rosenstock; usted tiene noticias de su reputación como desbaratador de las teclas del piano.

Fueron muy felices en tanto tuvieron dinero. Así son todos; pero no me mostraré cínico. Sus objetivos eran muy claros y definidos. Joe pronto sería capaz de pintar retratos que viejos caballeros de delgadas patillas y abultadas carteras se atropellarían en su estudio para tener el privilegio de adquirir. Delia se familiarizaría con la música y se tornaría luego desdeñosa hacia el arte de la bella combinación de los sonidos, de manera que cuando vio que las entradas para un concierto no se vendieron, pudo haber tenido dolor de garganta y quedarse en un comedor reservado, rehusándose a salir al escenario.

Pero lo mejor, en mi opinión, era la vida hogareña en el reducido departamento: las ardientes y volubles pláticas que tenían lugar después del estudio cotidiano; las cómodas cenas y los frescos y ligeros desayunos; el intercambio de ambiciones que se mezclaban con las del otro miembro de la pareja, o bien eran imposibles de ser tenidas en cuenta; la ayuda e inspiración mutuas, y —pasen por alto mi naturalidad— las aceitunas y los sándwiches de queso a las once de la noche.

Después de un tiempo, el Arte hizo un alto. Así sucede, a veces, aun cuando ningún guardabarrera le haga señas con la bandera. Todo sale y nada entra, como dicen los vulgares. Faltaba el dinero para pagar al señor Magister y a herr Rosenstock. Cuando uno ama su propio Arte ningún sacrificio parece arduo. Por consiguiente, Delia le manifestó a su esposo que debía dar lecciones de música para conservar la olla hirviendo.

Durante dos o tres días, salió en busca de alumnos. Una noche regresó a su casa triunfante.

—Joe, querido —dijo alegremente—, tengo un alumno. Y, ¡oh!, la mejor gente. La hija del general A. B. Pinkney, que vive en la calle Setenta y Uno ¡Qué espléndida casa, Joe; tienes que ver qué puerta de calle! Creo que tú la llamarías bizantina. ¡Y adentro! ¡Oh, Joe!, nunca había visto una cosa semejante. Mi alumna se llama Clementina. Ya la amo. Es delicada, viste siempre de blanco y posee las maneras más dulces y simples. Tiene sólo dieciocho años. Le voy a dar tres lecciones por semana. Y, ¡date cuenta, Joe!, me pagarán cinco dólares por lección. No tengo, pues, el más mínimo inconveniente en enseñarle; así, cuando tenga dos o tres alumnos más, podré reanudar mis lecciones con herr Rosenstock. Bueno, desarruga ahora ese ceño, querido, y comamos bien.

—Eso te conviene mucho, Delia —repuso Joe, atacando una lata de guisante con un cortaplumas y un tenedor—, pero, ¿qué me dices de mí? ¿Crees que voy a dejar que corras de un lado a otro en busca del sueldo, mientras yo coquetee en las regiones del arte elevado? ¡Por los restos de Benvenuto Cellini, no! Me parece que puedo vender diarios o colocar adoquines en las calles, y ganar un par de dólares.

Delia se le colgó del cuello.

—Joe, querido, eres tonto. Debes continuar tus estudios. No sería lo mismo si yo dejara la música y fuese a trabajar en alguna otra cosa. Mientras enseño, aprendo. No me aparto de los límites de la música. Y, con quince dólares por semana, podemos vivir como millonarios. No debes pensar en abandonar al señor Magister.

—Perfectamente —dijo Joe estirándose para coger el plato azul de verduras—. Pero detesto que des lecciones. Eso no es arte. Pero eres lo suficientemente buena como para hacer eso.

—Cuando una ama su Arte ningún sacrificio es demasiado arduo —dijo Delia.

—Magister exaltó hasta el cielo el boceto que hice en el parque —dijo Joe—. Y Tinkle me dio permiso para colgar dos de ellos en su vidriera. Podré vender alguno si los ve algún idiota adinerado.

—Estoy segura de que lo harás —repuso Delia dulcemente—. Y ahora, agradezcamos al general Pinkey y a este asado de ternera.

Durante la semana siguiente, los Larrabee tomaron el desayuno temprano. Joe se hallaba entusiasmado con los bocetos de efectos matutinos que estaba haciendo en el Parque Central, y Delia lo despidió, desayunado, mimado, ponderado y besado, a las 7. El Arte es una novia comprometedora. Muchas veces, cuando regresaba, eran las 19.

Al final de la semana, Delia, dulcemente orgullosa pero lánguida, colocaba de manera triunfal tres dólares sobre la mesa de centro de ocho por diez (pulgadas) de la sala de ocho por diez (pies) del departamento.

—A veces —dijo la mujer con cierto hastío—, Clementina me acaba. Me parece que no practica lo suficiente y tengo que repetirle todos los días las mismas cosas. Y siempre se viste de blanco, lo cual se torna monótono. ¡Pero el general Pinkey es el viejo más encantador que he visto! Me agradaría que lo conocieses. A veces se presenta cuando estoy practicando con Clementina, y se para frente al piano, tirándose sus blancos bigotes. ¿Y cómo marchan las semicorcheas y las fusas? me pregunta siempre. ¡Me gustaría que vieras cómo tienen arreglada la sala, Joe! Poseen cortinas con ruedo de Astracán. Clementina tiene una tos muy cómica. Espero que sea más fuerte de lo que aparenta. Oh, le estoy cobrando verdadero cariño; ¡es tan cortés y distinguida!... El hermano del general Pinkey fue embajador en Bolivia.

Joe, con el aire de un Montecristo, extrajo un billete de diez dólares, uno de cinco, uno de dos, y uno de uno —todas tiernas notas legales— y los dejó al lado de las ganancias de Delia.

—Vendí la acuarela del obelisco a un hombre de Peoría —le comunicó abrumadoramente.

—No bromees —repuso Delia—, ¡no es de Peoría!

—Te lo aseguro. Me gustaría que lo conocieras, Delia. Es grueso, usa una bufanda de frisa y mondadientes de pluma de ave. Vio el dibujo en la vidriera de Tinkle y al principio creyó que era un molino de viento. Sin embargo, el hombre resultó una bendición, pues luego lo compró. Me pidió otro, un óleo de la estación ferroviaria de Lackawanna. ¡Lecciones musicales! Oh, creo que el Arte radica todavía en eso.

—Estoy muy contenta de que continúes en tus trabajos —dijo Delia cordialmente—. Estás llamado a triunfar, querido. ¡Treinta y tres dólares! Nunca hemos dispuesto antes de tanto dinero. Esta noche comeremos ostras.

—Y filet mignon y champaña —dijo Joe—. ¿Dónde está el tenedor para aceitunas?

El sábado siguiente por la noche Joe llegó a su hogar. Colocó sus dieciocho dólares sobre la mesa de la salita y se lavó la pintura de las manos, que parecían demasiado sucias.

Media hora después se hizo presente su esposa, con la mano derecha vendada.

—¿Qué significa esto? —interrogó Joe después de su usual saludo. Delia rió, pero no muy alegremente.

—Clementina —explicó la mujer— insistió en que comiera conejo de Gales después de la lección. Es una muchacha extraña. Semejante comida a las 17. El general estaba presente. Tendrías que haberlo visto correr con la fuente, Joe, como si no hubiera sirvienta en la casa. Me he dado cuenta de que Clementina no goza de buena salud; es muy nerviosa. Al servir, dejó caer sobre mi brazo un gran trozo de conejo hirviendo. Me quemó horriblemente, Joe. ¡La pobre muchacha estaba muy afectada por lo que le sucedió! El general Pinkey, Joe, casi se vuelve loco. Se lanzó escaleras abajo y envió a alguien, dicen que al cocinero o alguna persona de servicio, a una farmacia, en busca de un poco de óleo calcáreo y vendas para atarme la mano. Ahora no me duele mucho.

—¿Qué es esto? —interrogó Joe tomándole tiernamente la mano y tirando de los algodones que tenía debajo de la venda.

—Es algodón con óleo calcáreo —repuso Delia—. Oh, Joe, ¿vendiste el otro cuadro? —había visto el dinero sobre la mesa.

—¿Si lo vendí? —interrogó el esposo—; pregúntale al hombre de Peoría. Hoy llevó el que representa a la estación. Tal vez me pida el paisaje de un parque y una vista del Hudson. ¿A qué horas te quemaste la mano, Dele?

—Creo que a las 17 —contestó la mujer quejumbrosamente—. La plancha, quiero decir el conejo, lo sacaron del fuego más o menos a esa hora. Tendrías que haber visto al general Pinkey, Joe, cuando ...

—Siéntate aquí un momento, Dele —dijo Joe. La arrastró hasta el sofá, se sentó al lado de ella y la rodeó con sus brazos.

—¿Qué has estado haciendo durante las dos últimas semanas? —interrogó el hombre.

Delia lo desafió durante unos instantes con una mirada preñada de amor y decisión, y murmuró vagamente un par de frases acerca del general Pinkey. Pero, por fin, agachó la cabeza y surgieron la verdad y las lágrimas.

—No pude conseguir ningún alumno —confesó—. Y no me era posible tolerar que abandonaras tus lecciones, de manera que he conseguido una ocupación de lavandera en ese gran taller de lavado y planchado de la calle Veinticuatro. Creo que procedí bien al inventar la existencia del general Pinkey y de Clementina, ¿no te parece! Esta tarde, cuando una muchacha del lavadero me asentó una plancha caliente en el brazo, inventé esa historia del conejo de Gales. ¿No estás enojado, verdad, Joe? Si no hubiera conseguido el trabajo no habrías podido vender tus pinturas al hombre de Peoría.

—No era de Peoría —repuso Joe lentamente.

—Bueno, no interesa de dónde procedía. ¡Qué inteligente que eres, Joe!... Y..., bésame, Joe... ¿Qué fue lo que te hizo sospechar que no daba lecciones a Clementina?

—No sospeché —repuso el hombre— hasta esta noche. Y tampoco habría desconfiado, si no hubiera sido porque esta tarde envié esos algodones y el óleo calcáreo, desde el cuarto de máquinas, para una muchacha del piso alto que se había quemado la mano con la plancha. He estado trabajando en las máquinas de ese lavadero durante las dos últimas semanas.

—Y entonces tú no...

—Mi comprador de Peoría —dijo Joe— y el general Pinkey son ambos creación del mismo arte, al cual no podrías llamar ni pintura ni música.

Ambos rieron y Joe comenzó:

—Cuando uno ama su propio Arte ningún sacrificio parece...

Pero Delia lo interrumpió poniéndole la mano en los labios.

El sacrificio. Algernon Blackwood (1869-1951)

I.
Limasson era hombre religioso, aunque no se sabía cuán, ya que ningún trance de rigor le había puesto a prueba. No era seguidor de ningún credo, sin embargo, tenía sus dioses; y su autodisciplina era probablemente más estricta de lo que sus amigos suponían. Era muy reservado. Pocos imaginaban, quizá, los deseos que vencía, las pasiones, las inclinaciones que domaba y amaestraba, trasmutándolas alquímicamente en canales más nobles. Poseía las cualidades de un creyente, y habría podido llegar a serlo, de no haber sido por dos limitaciones: Amaba su riqueza y, en segundo lugar, en vez de seguir una misma línea de investigación, se dispersaba en múltiples teorías pintorescas. Y cuanto más pintoresco era un papel, más le atraía. Así, aunque cumplía su deber con cierto afecto, se acusaba a sí mismo de satisfacer un gusto sensual por las sensaciones espirituales. Este desequilibrio abonaba la sospecha de que carecía de hondura.

En cuanto a sus dioses, al final descubrió su realidad, tras dudar primero y luego negar su existencia. Esta negación y esta duda fueron las que los restablecieron en sus tronos, convirtiendo las escaramuzas de diletante de Limasson en sincera y profunda fe; y la prueba se le presentó un verano a principios de junio, cuando se disponía a abandonar la ciudad para pasar su mes anual en las montañas.

Las montañas eran para Limasson casi una pasión, y la escalada le reportaba un placer tan intenso que un escalador normal apenas lo habría comprendido. Para él, era como una especie de culto; los preparativos, la ascención, requerían una concentración ritual. No sólo amaba las alturas, la imponente grandiosidad, el esplendor de las vastas proporciones recortadas en el espacio, sino que lo hacía con un respeto que rayaba en el temor. La emoción que las montañas despertaban en él, podría decirse, era de esa clase profunda, incalculable, que emparentaba con sus sentimientos religiosos, aunque estuviesen estos realizados a medias. Sus dioses tenían sus tronos invisibles entre las imponentes y terribles cumbres. Se preparaba para esa práctica anual de montañismo con la misma seriedad con que un santo podría acercarse a una ceremonia solemne de su iglesia.

Y discurría con gran energía el caudal de su mente en esa dirección, cuando le aconteció, casi la víspera misma de su marcha, una serie ininterrumpida de desgracias que sacudieron su ser hasta sus últimos cimientos. Sería superfluo describirlos. La gente decía: ¡Ocurrirle una tras otra de esa manera! ¡Vaya una suerte negra! ¡Pobre diablo!; luego se preguntaron, con curiosidad infantil, cómo lo sobrellevaría. Puesto que ninguna culpa tenía, estos desastres le sobrevinieron de manera tan súbita que la vida pareció saltar en pedazos, y casi perdió interes en seguir viviendo.

La gente movía la cabeza, y pensaba en la salida de emergencia. Pero Limasson era un hombre demasiado lleno de vitalidad para soñar siquiera en autodestruirse. Todo esto tuvo un efecto muy distinto en él: se volvió hacia lo que él llamaba sus dioses, para interrogarles. No le contestaron ni le explicaron nada. Por primera vez en su vida, dudó. Un milímetro más allá, y habría caído en la clara negación.

Las ruinas en que se hallaba sentado, sin embargo, no eran de naturaleza material; ningún hombre de su edad, dotado de valor y con un proyecto de vida por delante, se habría dejado anonadar por un desastre de orden material. El derrumbamiento era mental, espiritual; el ataque había sido a las raíces de su caracter y su temperamento. Los deberes morales que cayeron sobre él amenazaron con aplastarle. Se vio asaltada su existencia personal, y parecía que debía terminar. Debía pasar el resto de su vida cuidando a otros que nada significaban para él. No veía salida, ninguna vía de escape, tan diabólicamente completa era la combinación de acontecimientos que anegaron sus trincheras interiores. Su fe se tambaleó. Un hombre apenas puede soportar tanto y seguir siendo humano. Parecía haber llegado al punto de saturación. Experimentaba el equivalente espiritual de ese embotamiento físico que sobreviene cuando el dolor llega al límite de lo soportable. Se rió, se volvió insensible; luego, se burló de sus dioses mudos.

Se dice que a ese estado de absoluta negación sigue a veces otro de lucidez que refleja con nitidez cristalina las fuerzas que en un momento dado impulsan la vida desde atrás, una especie de clarividencia que comporta explicación y, por tanto, paz. Limasson lo buscó en vano. Estaba la duda que interrogaba, la sonrisa que remedaba el silencio en que caían sus preguntas; pero no había respuesta ni explicación, ni, desde luego, paz. En este tumulto de rebelión, no hizo ninguna de las cosas que sus amigos le aconsejaba o esperaban de él: se limitó a seguir la línea de menor esfuerzo. Cuando llegó la catástrofe, obedeció al impulso que sintió sobre él. Para indignado asombro de unos y otros, se marchó a sus montañas.

Todos se asombraron de que en esos momentos adoptase tal actitud, abandonando deberes que parecían de importancia suprema. Pero en realidad no estaba tomando ninguna medida concreta, sino que iba a la deriva tan sólo, con el impulso que acababa de recibir. Estaba ofuscado de tanto dolor, embotado por el sufrimiento, atontado por el golpe que lo había abatido, impotente, en medio de una calamidad inmerecida. Acudió a las montañas como acude el niño a su madre: instintivamente; jamás habían dejado de traerle consuelo, alivio, paz: Su grandiosidad restablecía la proporción cada vez que el desorden amenazaba su vida. Ningún cálculo movió su marcha, sino el deseo ciego de una relación física como la que comporta la escalda. Y el instinto fue más saludable de lo qu él suponía.

Arriba, en el valle, entre picos solitarios, adonde se dirigío entonces Limasson, encontró en cierto modo la proporción que había perdido. Evitó con cuidado pensar; vivía temerariamente confiando en sus músculos. Le era familiar la región, con su pequeña posada, atacaba pico tras pico, a veces con guía, pero más a menudo sin él, hasta que su prestigio como escalador sensato y miembro laureado de todos los clubs alpinos extranjeros corrió serio peligro. Por supuesto que se cansaba; pero también es cierto que las montañas le infundían algo de su inmensa calma y profunda resistencia. Entre tanto se olvidó de sus dioses por primera vez en su vida. Si en alguna ocasión pensaba en ellos, era como figuras de oropel que la imaginación había creado, estatuas de cartón que decoraban la vida. Sólo que había dejado el teatro y sus simulaciones no hipnotizaban ya su mente. Se daba cuenta de su impotencia y los repudiaba. Esta actitud, empero, era subconciente; no le otorgaba consistencia ni de pensamientio ni de palabra. Ignoraba, más que rechazaba, la existencia de todos ellos.

Y en este estado de ánimo -pensando poco y sintiendo menos-, entró en el vestíbulo del hotel, una noche después de cenar, y tomó maquinalmente el puñado de cartas que el conserje le tendía. No tenían ningún interés para él. Se fue a ordenarlas al rincón donde la gran estufa de vapor mitigaba el frío. Estaban saliendo del comedor la veintena de huéspedes, casi todos expertos escaladores, en grupos de dos o tres; pero Limasson sentía tan poco interés por ellos como por las cartas: ninguna conversación podía alterar los hechos, ninguna frase escrita podía modificar su situación. Abrió una al azar: de negocios, con la dirección mecanografiada. Probablemente, sería impersonal; menos sarcástica, por tanto, que las otras, con sus tediosas fingidas condolencias. Y, en cierto modo, era impersonal el pésame de un despacho de abogado: mera fórmula, unas cuantas pulsaciones más en el teclado universal de una Remington.

Pero al leerla, Limasson hizo un descubrimiento que le produjo un violento sobresalto y una agradable sensación. Creía que había alcanzado el límite soportable de sufrimiento y de desgracia. Ahora, en unas docenas de palabras, quedó demostrada de forma convincente su equivocación. El nuevo golpe fue demoledor.

Esta noticia de una última desgracia desveló en él regiones enteras de nuevo dolor, de penetrante, resentida furia. Al comprenderlo, Limasson experimentó una momentánea parálisis del corazón, un vértigo, un intenso sentimiento de rebeldía cuya impotencia casi le produjo una náusea física. Era como si... se fuese a morir.

¿Acaso debo sufrirlo todo?, brilló en su mente paralizada con leras de fuego. Sintió una rabia sorda, un perplejo ofuscamiento; pero no un dolor declarado, todavía. Su emoción era demasiado angustiosa para contener el más ligero dolor del desencanto; era una ira primitiva, ciega. Leyó la carta con calma, hasta el elegante párrafo de condolencia, y luego lo guardó en el bolsillo. No reveló ningún signo externo de turbación: su respiración era pausada; se estiró hasta la mesa para coger una cerilla, y la sostuvo a la distancia del brazo para que no le molestase al olfato el humo del azufre.

En ese instante hizo un segundo descubrimiento. El hecho de que fuese posible sufrir más incluía también que aún le quedaba cierta capacidad de resignación y, por tanto, también un vestigio de fe. Ahora, mientras oía crujir la hoja del rígido papel en su bolsillo, obeservó cómo se apagaba el azufre, y vio encenderse la madera y consumirse por completo. Igual que la cabeza ennegrecida, el resto de la cerlla se encogió y cayó. Desapareció. Salvajemente, aunque con una calma exterior que le permitía encender su pipa con mano serena, invocó a sus deidades. Y otra vez surgió la interrogante con letras de fuego, en la oscuridad de su pensamiento apasionado.

¿Aún me pedís esto, este último y cruel sacrificio?

Y los rechazó por entero; eran una burla y un fingimiento. Los repudió con desprecio para siempre. Evidentemente, había concluido el teatro. Negó a sus dioses. Aunque con una sonrisa porque ¿qué eran después de todo, sino muñecos que su propia fantasía había imaginado? Jamás habían existido. ¿Era, pues, la variete sensacionalista de este temperamento devocional, lo que los había creado? Ese lado de su naturaleza, en todo caso, estaba muerto, lo había aniquilado un golpe devastador; los dioses habían caído con él. Observando lo que quedaba de su vida, le parecía como una ciudad reducida a ruinas por un terremoto. Los habitantes creen que no puede ocurrir nada peor. Y entonces viene el incendio.

Dos cursos de pensamiento discurrían simultáneamente en él, al parecer; porque mientas por debajo bramaba contra este último golpe, la parte superior de su conciencia se ocupaba seria del proyecto de una gran expedición que iba a emprender por la mañana. No había contratado ningún guía. Conocía bien la región; su nombre era relativamente familiar y en media hora consiguió tener arreglados todos los detalles, y se retiró a dormir tras pedir que le avisasen a las dos. Pero en vez de acostarse, se quedó en la butaca esperando, incapaz de levantarse, como un volcán humano que podía estallar con violencia en cualquier momento. Fumaba en su pipa con tanta calma como si nada hubiese ocurrido, mientras en sus ardientes profundudades seguía leyendo esta sentencia: ¿Aún me pedís este último y cruel sacrificio?. Su dominio de sí, dinámicamente calculado, debió de ser muy grande entonces y, reprimida de este modo, la reserva de energía potencial acumulada era enorme.

Con el pensamiento concentrado en este golpe final, Limasson no se había dado cuenta de la gente se diseminaba por le vestíbulo. Algún que otro individuo, de vez en cuando, se acercaba a su silla con idea de trabar conversación con él; luego, viéndole ensimismado, daba media vuelta. Cuando un escalador, al que conocía, le abordó con unas palabras de excusa para pedirle fuego, Limasson no le dijo nada, porque no le vio. No se daba cuenta de nada. No notó, concretamente, que dos hombres llevaban un rato observándole desde un rincón. Ahora alzó la vista -¿por casualidad?- y advirtió vagamente que hablaban de él. Tropezó con sus miradas, y se sobresaltó.

Al principio le pareció que los conocía. Quizá los había visto en el hotel, aunque desde luego no había hablado nunca con ellos. Al comprender su error, volvió la mirada hacia otra parte, aunque consciente todavía de su atención. Uno era clérigo o sacerdote, su cara tenía un aire de gravedad no extenta de cierta tristeza; la severidad de sus labios era desmentida por la encendida belleza de sus ojos, que revelaban un estusiasmo regulado. Había una nota de majestuosidad en este hombre que intensificaba la impresión que causaba. Sus ropas la acentuaban aún más. Vestía un traje de tweed oscuro de absoluta sencillez. Toda su persona denotaba austeridad. Su compañero, por contraste, parecía insignificante con su traje de etiqueta convencional. Bastante más joven que su amigo, su cabello -detalle siempre revelador- era largo, sus dedos delgados, que esgrimían un cigarrillo, llevaban anillos; su rostro era impertinente, y toda su actitud sugería cierta insulsez. El gesto, ese lenguaje perfecto que desafía la simulación, delataba cierto desequilibrio. La impresión que causaba, no obstante, era gris comparado con la intensidad del otro.

"Teatral", fue la palabra que se le ocurrió a Limasson, mientras apartaba los ojos. Pero al mirar a otra parte, sintió desasosiego. Las tienieblas interiores invocadas por la espantosa carta se alzaron a su alrededor. Y con ellas, sintió vértigo...

A lo lejos, la negrura estaba bordeada de luz; y desde esa luz, avanzando deprisa y con indiferencia como desde una distancia gigantesca, los dos hombres aumentaron súbitamente de tamaño; se acercaron a él. Limasson, en un gesto de autodefensa, se volvió hacia ellos. No tenía ganas de conversación. En cierto modo, había esperado este ataque. Sin embargo, en el instante en que empezaron a hablar -fue el sacerdote el que abrió fuego-, todo fue tan tranquilo y natural que casi saludó con agrado esta distracción. Tras una presentación, se puso a hablar de cimas. Algo cedió en la mente de Limasson. El hombre era un escalador de la misma especie que él: Limasson sintió cierto alivio al oír la invitación, y comprendió, aunque oscuramente, el cumplido que ello implicaba.

-Si desea unirse a nosotros, honrarnos con su compañía -estaba diciendo el hombre, con sosiego; luego añadió algo sobre su gran experiencia y su inestimable asesoramiento y juicio. Limasson alzó los ojos, tratando de concentrarse y comprender.
-¿La Tour du Néant? -repitió, nombrando el pico que le proponían. Rara vez atacada, jamás conquistada, y con un siniestro récord de accidentes, era precisamente la cima que pensaba acometer por la mañana.
-¿Han contratado guía? -sabía que la pregunta era superflua.
-No hay guía que quiera intentar esa escalada -contestó el sacedote, sonriendo, mientras su compañero añadía con un ademán: pero no necesitaremos guía... si viene usted.
-Esta libre, creo, ¿no? ¿Está solo? -preguntó el sacerdote, situándose un poco delante de su amigo, como para mantenerle en segundo término.
-Sí -contestó Limasson.

Escuchaba con atención, aunque sólo con una parte de su mente. Percibió el halago de la invitación. Sin embargo, era como si ese halago estuviese dirigido a otro. Se sentía indiferente, muerto. Necesitaban su habilidad corporal, su cerebro experimentado; y eran su cuerpo y su mente los que hablaban con ellos, y los que finalmente accedieron. Eran muchas las expediciones que se habían planeado de esa forma, pero esa noche notó cierta diferencia. Mente y el cuerpo sellaron el acuerdo; en cambio su alma, que escuchaba y obserbava desde otra parte, guardaba silencio: al igual que sus dioses rechazados, le había dejado, aunque permanecía cerca. No intervenía; no le advertía; incluso aprobaba; le susurraba desde lejos que esta expedición encubría otra. Limasson estaba perplejo ante el desacuerdo entre la parte superior y la parte inferior de su mente.

-A la una de la madrugada, entonces, si le parece bien. -concluyó el de más edad.
-Yo me ocuparé de las provisiones -exclamó el más joven con entusiasmo-; y llevaré mi cámara fotográfica para la cima. Los porteadores pueden llegar hasta la Gran Torre. Una vez allí, estaremos ya a seis mil pies; de manera que... -y su voz se apagó a lo lejos, mientras se lo llevaba su compañero.

Limasson le vio marcharse con alivio. De no haber sido por el otro, habría rechazado la invitación. En el fondo, le era indifierente. Lo que le había decidido finalmente a aceptar fue la coincidencia de ser la Tour du Néant el pico que precisamente pensaba atacar solo, y la extraña impresión de que esta expedición encubría otra; casi, de que esos hombres ocultaban un motivo. Pero desechó tal idea; no valía la pena pensar en ello. Un momento después se fue a dormir él también. Tan sin cuidado le tenían los asuntos del mundo, tan muerto se sentía para los intereses terrenales, que rompió las otras cartas y las arrojó a un rincón de la estancia, sin leer.

II.
Una vez en su frío dormitorio, supo que su mente le había dejado cometer una tontería, se había metido como un colegial en una situación poco prudente. Se había enrolado en una expedición con dos desconocidos, expedición para la que normalmente habría escogido a sus compañeros con el mayor cuidado. Más aún, iba a ser el guía; habían recurrido a él por seguridad, mientras que los que disponían y planeaban eran ellos. Pero ¿quiénes eran estos hombres con los que iba a correr graves riesgos físicos? Los conocía tan poco como ellos a él. ¿Y de dónde le venía, se preguntó, la extraña idea de que en realidad esta ascensión había sido planeada por alguien que no era ninguno de ellos?

Tal fue la idea que le cruzó por la mente: y tras salirle por una puerta, le volvió rápidamente por otra. Sin embargo, no la tuvo en cuenta más que para notar su paso entre la confusión que en ese momento era su pensamiento. Parecía que se había generado espontáneamente. Había surgido con toda facilidad, naturalidad y rapidez. No ahondó más en la cuestión. Le daba igual. Y, por primera vez, prescindió del pequeño ritual, mitad adoración mitad plegaria, que siempre ofrecía a sus deidades al retirarse a descansar. No los reconoció.

¡Cuán absolutamente rota estaba su vida! ¡Qué vacía y terrible y solitaria! Sintió frío, y se echó los abrigos encima de la cama, como si su aislamiento mental tuviese un efecto físico también. Apagó la luz, cuando le llegó un rumor que procedía debajo de su ventana. Eran voces. El rugido de una cascada las volvía confusas; sin embargo, estaba seguro de que eran voces; y reconoció una de ellas, además. Se detuvo a escuchar. Oyó pronunciar su propio nombre: John Limasson. Cesaron. Permaneció un momento de pie, temblando sobre el entariamado, y luego se metió bajo las pesadas ropas. Pero en el mismo instante de arrebujarse, empezaron otra vez. Se levantó y corrió a escuchar. El poco viento que soplaba pasó en ese momento valle abajo, arrastrando el rugido de la cascada; y en ese momento de silecio le llegaron fragmentos claros de frases:

-¿Y dice que han bajado al mundo, y que están cerca? -era la voz del sacerdote, sin duda alguna.
-Llevan días pasando -fue la respuesta: una voz áspera, profunda que podía ser de un campesino, en un tono como de temor-; todos mis rebaños andan desperdigados.
-¿Está seguro de los signos? ¿Los conoce?
-El tumulto -fue la respuesta, en tono mucho más bajo-. Ha habido tumulto en las montañas...

Hubo una interrupción, como si hubiesen bajado la voz para que no les oyesen. A continuación le llegaron dos fragmentos inconexos, el final de una pregunta y el principio de una respuesta.

-¿... la oportunidad de toda una vida?
-Si va por su propia voluntad, el éxito es seguro. Porque la aceptación es... -y al volver el viento, trajo consigo el fragor de la cascada, de manera que Limasson no oyó nada más.

Una emoción indefinible se agitó en su interior. Se tapó las orejas para no oír. Sintió un inexplicable desfallecimiento de corazón. ¿De qué diablos estaban hablando? ¿Qué significaban esas frases? Tras ellas había un grave, casi solemne siginificado. Ese tumulto en las montañas era de algún modo siniestro; de tremenda, pavorosa sugerencia. Se sintió inquieto, desasosegado; era la primera emoción que se agitaba en él desde hacía días. Su débil despertar le disipó el embotamiento. Había conciencia en ella; aunque era algo mucho más profundo que la conciencia. Las palabras se hundieron en algún lugar oculto, en una región que la vida aún no había sondeado, y vibraron como notas de pedal. Se perdieron retumbando en la noche de las cosas indescifrables. Y, aunque no encontraba explicación, presintió que teínan que ver con la expedición de la mañana: no sabía cómo ni por qué; habían pronunciado su nombre; luego esas frases extrañas. En cuanto a la expedición, ¿qué era sino algo de carácter impersonal que ni siquiera había planeado él? Tan sólo su plan adoptado y alterado por otros ¿cedido a otros? Su situación, su vida personal, no tomaban parte en él. La idea le sobresaltó un momento. ¡Carecía de vida personal...!

Luchando con el sueño, su cerebro jugaba al juego interminable del abatimiento, mientras que la otra parte observaba y sonreía, porque sabía. Luego le invadió una gran paz. Era debida al agotamiento, quizá. Se durmió; y un momento después, al parecer, tuvo conciencia de un trueno en la puerta y de una voz que gruñó con rudeza: 's ist bald en Uhr, Herr! Aufstehen!

Levantarse a esa hora, a menos que se tenga muchas ganas, es una empresa sórdida y deprimente; Limasson se vistió sin entusiasmo, consciente de que el pensamiento y el sentimiento estaban exactamente como los había dejado al acostarse. Seguía con la misma confusión y perplejidad; también con la misma emoción solemne y profunda, removida por las voces susurrantes. Sólo un hábito largamente practicado le permitió atender a los detalles, asegurándose de que no olvidaba nada. Se sentía pesado, oprimido. Llevó a cabo la rutina de los preparativos gravemente, sin el menor atisbo de gozo; todo era maquinal. Sin embargo, sentía discurrir, a través de él, la vieja sensación del ritual, debido a la práctica de tantos años; de esa purificación de la mente y el cuerpo para una gran Ascensión: como los ritos iniciáticos que en otro tiempo habían sido para él tan importantes como para el sacerdote que se acercaba a adorar a su deidad en los templos antiguos. Ejecutó la ceremonia con el mismo cuidado que si observase un espectro de su desvanecida fe, haciéndole señas desde el aire. Ordenaba cuidadosamente su mochila, apagó la luz y bajó la crujiente escalera de madera en calcetines, no fuese que sus pesadas botas despertasen a los durmientes. Y aún le resonaba en la cabeza la frase con la que se había dormido, como si la acabaran de pronunciar:

Los signos son seguros; han estado pasando durante días... se han acercado al mundo. Los rebaños andan desperdigados, ha habido tumulto... tumulto en las montañas...

Había olvidado los demas fragmentos. Pero ¿quiénes eran "ellos"? ¿Y por qué la palabra le helaba la sangre? Y a la vez que resonaban las palabras en su interior, Limasson sentía también el tumulto en sus pensamientos y sentimientos. Había tumulto en su vida, y se habían desperdigados todas sus alegrías. Los signos eran seguros. Algo descendió sobre su pequeño mundo, pasó, lo rozó.

Sintió un aletazo de terror.

Fuera, en la oscuridad de la madrugada, le esperaban los desconocidos. Pareció más bien, que llegaban a la vez que él, con igual puntualidad. El reloj del campanario de la iglesia dio la una. Intercambiaron saludos en voz baja, comentaron que el tiempo prometía mantenerse bueno, y echaron a andar en fila por los prados empapados, hacia el primer cinturón del bosque. El porteador, un campesino de rostro desconocido y sin relación alguna con el hotel, abría la marcha con un farol. El aire era maravillosamente dulce y fragante. Arriba, en el cielo, las estrellas brillaban a miles. Sólo el rumor del agua que caía de las alturas y el ruido regular de sus botas pesadas quebraban el silencio. Y recortándose contra el cielo, se alzaba la enome pirámide de la Tour du Néant que prentendían conquistar.

Quizá la parte más deliciosa de una gran ascención es el principio, en la perfumada oscuridad, mentras se halla lejos aún la emoción de la posible conquista. Las horas se alargan extrañamente; la puesta del sol de la víspera parece haber tenido lugar hace días; el amanecer y la luz parecen cosa de otra semana, parte de un oscuro futuro. Es difícil comprender que este frío penetrante previo al amanecer, y el inminente calor llameante, pertencen al mismo hoy.

No sonaba ningún rumor mientras subían por el sendero, a través de los primeros mil quienientos pies de bosque de pino; ninguno hablaba; todo lo que se oia era el golpeteo metálico de los clavos y los picos contra las piedras. Porque el fragor del agua, más que oírse, se sentía: golpeaba contra los oídos y la piel de todo el cuerpo a la vez. Las notas más profundas sonaban ahora debajo de ellos, en el valle dormido; y las más estridentes arriba, donde tintineaban con fuerza los ríos recién nacidos de las pesadas capas de nieve.

El cambio llegó delicadamente. Las estrellas se volvieron menos brillantes, adquirieron una suaviad como de los ojos humanos en el instante de decir adiós. El cielo se hizo visible entre las ramas más altas. Un aire suspirante alisó todas sus crestas en la misma dirección; el musgo, la tierra y los espacios abiertos difundieron perfumes intensos; y la minúscula procesión humana, dejando atrás el bosque, salió a la inmensidad del mundo que se extendía por encima de la líenea de árboles. Se detuvieron, mientras el porteador se inclinaba a apagar el farol. Había color en el cielo de oriente. Se juntaron más los picos y los barrancos.

¿Era el Amanecer? Limasson apartó los ojos de la altura del cielo donde las cumbres abrían paso al día inminente, y miró los rostros de sus compañeros, pálidos, macilentos en esta media luz. ¡Qué pequeños, qué insignificantes parecían, en medio de este hambriento vacío de desolación! Los formidables crestones huían hacia atrás, guíados por tercos picos coronados de nieves perpetuas. Delgadas líneas de nubes, extendidas a medio camino entre lomo y precipicio, parecían el trazo del movimiento; como si viese la tierra girando mientras cruza el espacio. Los cuatro, tímidos jinetes sobre gigantesca montura, se aferraban con toda el alma a sus titánicas costillas, mientras subían hacia ellos, de todos lados, las corrientes de alguna vida majestuosa. Limasson llenaba los pulmones de bocanadas de aire enrarecido. Era muy frío. Eludiendo los pálidos, insignificantes rostros de sus compañeros, fingió interés por lo que decía el porteador: miraba fijamente al suelo.

Pareció que transcurrían veinte minutos, hasta que apagó la llama, y ató el farol a la parte de atrás del bulto. Este amanecer era distinto a cuantos había visto. Porque en realidad, Limasson iba todo el tiempo tratando de ordenar las ideas y sentimientos que le habían dominado durante la lenta ascención, y la empresa no parecía tener mucho éxito. Su impresión era que el Plan, trazado por otros, se había hecho cargo de él; y que había dejado sueltas las riendas de su voluntad y sus intereses personales sobre su marcha firme. Se había abandonado a lo que viniese. Sabedor de que era el guía de la expedición, dejaba sin embargo que fuese delante el porteador, pasando él a ocupar su puesto, detrás del más joven y delante del sacerdote. En este orden habían marchado, como sólo marchan los escaladores expertos, durante horas, sin descansar, hasta que, en mitad del ascenso, se había operado un cambio. Lo había deseado él, e instantáneamente se había producido.

Pasó delante el sacerdote, en tanto su compañero, que andaba tropezando constantemente -el más viejo caminaba firme, seguro de sí mismo-, se situó a la zaga. Y desde ese momento, Limasson fue más tranquilo; como si el orden de los tres tuviese alguna importancia. Se hizo menos ardua la empinada ascención, de asfixiante oscuridad, a través del bosque. Limasson se alegró de llevar detrás al más joven...

Se había reforzado su impresión de que la ascención formaba parte de alguna importante Ceremonia; idea que, de manera casi solapada, se había instalado. Sus propios movimientos y los de sus compañeros, especialmente la posición que ocupaba cada uno respecto del otro, establecían una especie de intimidad que asemejaba a la conversación, surgiendo incluso la pregunta y la respuesta. Y su desarrollo entero, aunque representó horas en su reloj, le pareció más de una vez que había sido en realidad más breve que el paso de un pensamiento. Pensó en un cuadro multicolor pintado sobre una banda elástica. Alguien estiraba la banda, y el cuadro se dilataba. O la aflojaba, y el cuadro se encogía rápidamente, reproduciéndose a una mota estacionaria. Todo sucedió en una simple mota de tiempo.

Y el pequeño cambio de posición, aparentemente trivial, dio lugar a que esta impresión singular actuase, y concibiese en el estrato inferior de su mente que esta ascensión era una ceremonia, como en tiempos antiguos, cuyo significado, sin embargo, se acercaba a la revelación. Sin lenguaje, esto fue lo que comprendió; ninguna palabra habría podido transmitirlo. Comprendió que los tres formaban una unidad, aunque reconocían en cierto modo que él era el principal, el guía. El jadeante porteador no tenía sitio allí, porque esta primera etapa en medio de la oscuridad
era sólo un preámbulo; y cuando comenzara la verdadera ascensión, desaparecería, y el propio Limasson pasaría a ser el primero. Esta idea de que todos participaban en una Ceremonia se hizo firme en él, con el asombro adicional de que, aunque se le había ocurrido muchas veces, ahora lo hizo con plena comprensión.

Vacío de todo deseo, indiferente a una ascensión que en otro tiempo habría hecho vibrar su corazón, comprendió que subir había sido siempre un rito para su alma, y que de su puntual cumplimiento le vendría poder. Era una ascención simbólica. No dilucidaba todo eso con palabras. Lo intuía, sin rechazarlo ni aceptarlo. Le llegaba suave, solemnemente. Penetraba flotando en él mientras subía, aunque de manera tan convincente que comprendía que había debido de cambiar su posición relativa. El más joven iba en un puesto demasiado destacado. Luego, tras el cambio misteriosamente efectuado -como si todos reconociesen su necesidad-, aumentó esta corriente de certidumbre, y se le ocurrió la grande, la extraña idea de que toda la vida es una Ceremonia a escala gigantesca, y que ejecutando los gestos con puntualidad, con exactitud, podría alcanzarse el conocimiento. A partir de ese instante, adoptó una gran seriedad.

Esto discurría con toda certeza en su mente. Aunque su pensamiento no adoptaba la forma de pequeñas frases, su cerebro proporcionaba mensajes detallados que confirmaban esta asombrosa lucubración con el símil e incidente que la vida diaria podía aprehender: que el conocimiento emana de la acción; que hacer una cosa incita a enseñarla y a explicarla. La acción, además, es simbólica; un grupo de hombres, una familia, una nación entera empeñando en esos movimientos diarios que son la realización de su destino, ejecuta una Ceremonia que está en relación directa con la pausa de los acontecimientos más grandes que son doctrina de los Dioses. Que el cuerpo imite, reproduzca -en un dormitorio, en el bosque, donde sea- el movimiento de los astros, y el significado de estos astros penetrará en el corazón.

Los movimientos constituyen una escritua, un lenguaje. Imitar los gestos de un desconocido es comprender su estado de ánimo, su punto de vista, establecer una grave y solemne intimidad. Los templos están en todas partes, porque la tierra entera es un templo; y el cuerpo, Casa de Realeza, es el más grande de todos. Comprobar la pauta que trazan sus movimientos en la vida diaria podía equivalera determminar la relación de esa ceremonia particular con el Cosmos, y así adquirir poder. El sistema entero de Pitágoras, comprendió, podía ser enseñando mediante movimientos, sin una sola palabra; y en la vida diaria, incluso el acto más corriente y el movimiento más vulgar forman parte de alguna gran Ceremonia: un mensaje de los dioses. La Ceremonia, en una palabra, es lenguaje tridimensional, y consiguientemente, la acción es el lenguaje de los dioses. Los Dioses que él había negado le estaban hablando, pasaban en tumulto por su vida asolada. ¡Y era su paso lo que efectivamente causaba esa desolación!

De esta forma críptica le llegó la gran verdad: que él y esos dos, aquí y ahora, participaban en una gran Ceremonia cuyo objetivo último ignoraba. Fue tremendo el impacto con que cayó sobre él esta verdad. Se dio cuenta plenamente al salir de la negrura del bosque y entrar en la extensión de luz temprana y temblorosa; hasta este momento, su mente se había estado preparando tan sólo; en cambio ahora sabía. El innato deseo de rendir culto que había tenido toda su vida, la fuerza que su temperamento religioso había adquirido durante cuarenta años, el anhelo de tener una prueba, en una palabra, de que los Dioses que en otro tiempo había reconocido existían efectivamente, le volvió con esa violenta reacción que el rechazo había generado. Se tambaleó, de pie, donde se hallaba detenido.

Luego, al mirar a su alrededor, mientras los otros redistribuían los bultos que el porteador dejaba para regresar, reparó en la asombrosa belleza del momento, sintiendo que penetraba en él. Desde todas partes, esta belleza se precipitaba sobre él. Una sensación maravillosa, radiante, alada, cruzó por encima, en el aire silencioso. Un estremecimiento sacudió todos sus nervios. Se le erizó el cabello. No le era en absoluto desconocido este espectáculo del mundo de las montañas despertando del sueño de la noche estival; pero jamás se había encontrado así, temblando ante su exquisito y frío esplendor, no había comprendido su significado como ahora, tan misteriosamente detro de él. Un poder trascendente dotado de sublimidad cruzó esta meseta alta y desolada, muchísimo más majestuoso que la mera salida del sol entre los montes que tantas veces había presenciado. Había Movimiento. Comprendió por qué había visto inisgnificantes a sus compañeros. Otra vez se estremeció, y miró a su alrededor, afectado por una solemnidad que contenía un profundo pavor.

Había naufragado, se había hundido la vida personal; pero algo más grande seguía en marcha. Se había fortalecido su frágl alianza con un mundo espiritual. Comprendió su pasada insolencia. Sintió miedo.

III.
La meseta sembrada de piedras enormes se extendía millas y millas, gris en el crepúsculo del alba. Detrás de él descendía el espeso bosque de pinos hacia el valle dormido que aún retenía la oscuridad de la noche. Aquí y allá había manchas de nieve que brillaban débilmente a través de la bruma; entre las piedras saltaban multitud de riachuelos de agua helada empapando una yerba rústica que era el único signo de vegetación. No se veía ninguna clase de vida; nada se agitaba, ni había movimiento en ninguna parte, salvo la niebla callada, y su propio aliento. Sin embargo, en medio de la portentosa quietud, había movimiento: esa sensación de movimiento absoluto da como resultado la quietud, tan inmenso, de hecho, que sólo la inmovilidad era capaz de expresarlo. Así, puede hacerse más real la carrera de la Tierra a través del epacio en el día más tranquilo del verano que cuando la tempestad sacude los árboles y las aguas de su superficie; o gira la gran maquinaria a tan vertiginosa velocidad que parece quieta a la engañada función del ojo. Porque no es por medio del ojo como este solemne Movimiento se da a conocer, sino más bien merced a una sensación global percibida con el cuerpo entero como un órgano perceptor. Dentro del anfiteatro de enormes picos y precipicios que cercaban la mesea y se apiñaban en el horizonte, Limasson percibió la silueta tendida de una Ceremonia. Los latidos de su grandeza llegaban incontenibles hasta dentro de él. Su vasto designio era conocible porque ellos habían trazado su réplica terrena en pequeño. Y el pavor aumentó en su interior.

-Esta claridad es falsa. Todavía falta una hora para que amanezca de verdad -oyó que decía el más joven alegremente-. Las cimas aún son fantasmales. Disfrutemos de esta sensación y aprovechémosla.

Y Limasson, volviendo de pronto de su ensoñación, vio que las cumbres y torres se hallaban efectivamente sumidas en su espesa sombra, débilmente iluminadas aún por las estrellas. Le pareció quie inclinaban sus cabezas tremendas y bajaban sus hombros gigantescos. Que se juntaban, dejando fuera el mundo.

-Es verdad -dijo su compañero-; y la nieves de arriba aún tienen el brillo espectral de la noche. Pero sigamos deprisa, ya que llevamos poco peso. Las sensaciones que sugieres nos entretendrán y nos debilitarán.

Tendió una parte de los bultos a sus compañero y a Limasson. Lentamente, siguieron adelante, y les cercaron las montañas. Entonces Limasson notó dos cosas, al cargar con el bulto más pesado y abrir la marcha: en primer lugar, comprendió de repente qué destino llevaban, aunque aún se le ocultaba el propósito; y segundo, que el haberse marchado el porteador antes de que comenzase la ascensión propiamente dicha significaba en realidad que el verdadero objetivo no era la ascensión en sí. Y también, que el amancer consisitía más en la disipación de los velos de su mente que en la iluminación del mundo visible debida a la proximidad del sol. Una espesa oscuridad envolvía este enorme y solitario anfiteatreo por el que avanzaban.

-Veo que nos guía bien -dijo el sacerdote, unos pies detrás de él, caminado con decisión entre las rocas y los arroyos.
-Pues es extraño -replicó Limasson en tono bajo-; porque el camino es nuevo para mí, y la oscuridad, en vez de disminuir, es cada vez mayor. -le pareció que no elegía él las palabras. Hablaba y caminaba como en sueños.

Más atrás, el más joven les gritó en tono quejoso:

-Van ustedes demasiado deprisa, no puedo mantener esa marcha -y volvió a tropezar, y se le cayó el pico entre las rocas. Parecía que se agachaba continuamente a beber el agua helada, o apartarse a gatas del sendero para comprobar la calidad y espesor de los rodales de nieve-. Se están perdiendo todo el encanto. -gritaba repetidamente- Hay mil placeres y sensaciones en el camino.

Se detuvieron un momento a esperarle; llegó cansado y jadeante, haciendo comentarios sobre las estrellas desvanecientes, el viento sobre las cimas, las nuevas rutas que deseaba explorar, sobre todas las cosas, al parecer, salvo sobre el asunto entre manos. Se le notaba una cierta ansiedad, esa especie de excitación que agota toda energía y consume toda la fuerza de los nervios, augurando un probable derrumbamiento antes de ser alcanzado el arduo objetivo.

-Sigue atento a la marcha -replicó severamente el sacerdote-. En realidad, no vamos deprisa; eres tú, que te vas distrayendo sin motivo. Lo cual nos cansa a todos. Debemos ahorrar energías.
-Estamos aquí para divertirnos: la vida es placer, sensaciones, o no es nada -gruñó su compañero; pero había una gravedad en el tono del de más edad que disuadía de discutir y hacía difícil oponerse. El otro se acomodó su carga por décima vez, sujetando el pico con un ingenioso sistema de correas y cuerda, y se alineó detrás de ellos. Limasson reanudó la marcha nuevamente, y empezó a clarear por fin. Muy arriba, al principio, brillaron las cumbres nevadas con un tinte menos espectral; una delicada coloración rosa se propagó suavemente desde oriente; hubo un enfriamiento del aire; luego, de pronto, el pico más alto, que se alzaba con unos mil pies de roca por encima del resto, surgió a la vista nítidamente, medio dorado, medio rosa. En ese mismo instante disminuyó el vasto Movimiento del escenario entero; hubo una o dos ráfagas terribles de viento, en rápida sucesión; un rugido como de avalancha de piedras retumbó a lo lejos. Limasson se detuvo en seco y contuvo el aliento.

Porque algo había obstruido el camino, algo que sabía que no podía sortear. Gigantesco e informe, parecía formar parte de la arquitectura del desolado escenario que le rodeaba, aunque se alzaba allí, enorme en el amanecer tembloroso, como si no perteneciese a la llanura ni a la montaña. Había surgido de repente donde un momento antes no había habido sino aire vacío. Su imponente silueta cobró visibilidad como si hubiese brotado del suelo. Limasson se quedó inmovil. Un frío que no era de este mundo le dejó petrificado. A unas yardas de él, el sacerote se había detenido también. Más atrás oyeron los pasos torpes del más joven y el débil acento de su voz; un tono inseguro, como del hombre que se siente anulado por un súbito terror.

-Nos hemos apartado del sendero, y no sé por dónde voy -sonaron sus palabras en el aire quieto-. He perdido el pico...¡pongámonos la cuerda...!¡Atención! ¿Han oído ese rugido? -luego oyeron un ruido como si gatease a tientas, avanzando despacio.
-Te has cansado demasiado pronto -contestó el sacerdote con severidad-. Quédate donde estás y descansa, porque no vamos a continuar. Éste es el sitio que buscábamos.

Había en su tono una especie de suprema solemnidad que por un momento desvió la atención de Limasson del gran obstáculo que le impedía el paso. La oscuridad iba levantando velo tras velo, no gradualmente, sino a saltos, como cuando alguien apaga una mecha con torpeza. Entonces se dio cuenta que no tenía delante sólo una Grandiosidad, sino que a todo su alrededor se alzaban otras parecidas, algunas mucho más altas que la primera, formando el círculo que le rodeaba. Con un sobresalto, se recobró. Volvieron el equilibrió y el sentido común. No era rara, a fin de cuentas, la broma que la vista le había gastado, ayudada por el aire enrarecido de las alturas y del hechizo del amanecer. El esfuerzo prolongado del ojo para distinguir el sendero en una luz incierta hace que se equivoque fácilmente en su apreciación de la perspectiva. Siempre sufre una ilusión al cambiar repetidamente de foco.

Estas sombras oscuras en círculo no eran sino baluartes de precipicios aún distantes cuyas murallas gigantescas enmarcaban el tremendo anfiteatro hasta el cielo. Su cercanía era mero efecto de la oscuridad y la distancia. El impacto de este descubrimiento le produjo una momentánea indecisión. Los peñascos, le pareció, retrocedieron instantáneamente a sus sitios de siempre; como si se hubiesen acercado; hubo un tambaleo en los riscos más altos; oscilaron terriblemente, luego se recortaron inmóviles contra un cielo vagamente carmesí. El fragor que Limasson oyó, que muy bien podía haber sido el tumulto de la carrera precipitada de todos ellos, no era en realidad sino el viento del amanecer que chocaba contra sus costados, arrancando ecos de alas irritadas. Y los flecos de bruma, rayando el aire como trazos de rápido movimiento, se enroscaban y flotaban en los espacios vacíos. Se volvió hacia el sacerdote que había llegado junto a él.

-Que extraño -dijo- este principio del nuevo día. Se me ha ofuscado la vista por un momento. Pensé que las montañas se alzaban justo en mitad de mi camino. Y al mirar ahora, me ha parecido que retrocedían a toda prisa.

El hombre le miró fijamente. Se había quitado el gorro, acalorado por la ascensión, y contestó, al tiempo que aleteaba una débil sombra en su semblante. Una levísima oscuridad se lo envolvió, fue como si se le formara una máscara. El rostro ahora velado había estado desnudo. Tardó tanto en contestar que Limasson oyó cómo su mente afilaba la frase como si fuese un lápiz. Habló muy despacio. -Se mueven, quizá, al moverse Sus poderes; y Sus minutos son nuestros años. Su paso es siempre tumulto. Entonces se produce desorden en los asuntos de los hombres, y confusión en sus espíritus. Puede que haya ruina y zozobra; pero del naufragio surgirá una cosecha fuerte y fresca. Pues como un mar, pasan Ellos.

Había en su semblante una grandeza que parecía sacada de las montañas; no hizo ademán ni gesto alguno; y en su actitud había una rara firmeza que transmitía, a través de sus palabras, una especie de sagrada profecía. Largas, atronadoras ráfagas de viento pasaron a lo lejos entre los precipicios. Y en el mismo instante, sin esperar al parecer una réplica a sus extrañas palabras, se inclinó y comenzó a deshacer su mochila. El cambio de lenguaje sacerdotal a este menester práctico y vulgar fue singularmente desconcertante.

-Es hora de descansar -añadió-, y hora de comer. Preparémosnos.

Sacó varios paquetes. Limasson sintió que aumentaba el temor mientras observaba; y con él, un gran asombro. Porque sus palabras parecían presagiosas; como si dijese, de pie en el enlosado de algún templo inmenso: ¡Preparemos un sacrificio! de las profundidades donde había estado oculta hasta ahora, le llegó la conciencia de una idea clave que explicaba todo el extraño proceder: el súbito encuentro con estos desconocidos, la impulsiva aceptación de su proyecto, la actitud grave de ambos como si se tratase de un Ceremonia, el engaño desconcertante de la vista y, finalmente, el lenguaje solemne del hombre que confirmaba lo que él había considerado al principio una ilusión. Todo esto cruzó por su cerebro en espacio de un segundo, y con ello, el intenso deseo de dar media vuelta, retroceder, echar a correr.

Al notar el movimiento, o adivinar quizá la emoción que lo produjo, el sacerdote alzó los ojos rápidamente. En su voz hubo tal frialdad que pareció como si hablara este escenario de glacial desolación.

-Demasiado tarde se te ocurre regresar. Ya no es posible. Ahora estás ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Todo lo que podía ser estorbo, lo has arrojado a un lado valerosamente. Sé ahora valiente hasta el final.

Y mientras oía estas palabras, Limasson tuvo de repente una nueva y espantosa visión interior de la humanidad, un poder que descubría de manera infalible las necesidades espirituales de otros, y por tanto, de sí mismo. Con un sobresalto, se dio cuenta de que el más joven, que les había acompañado con creciente dificultad no era sino un estorbo que retardaba la marcha. Y volvió la mirada para reconocer el paisaje.

-No lo encontrarás -dijo su compañero- porque se ha ido. Nunca, a menos que le llames débilmente, le volverás a ver, ni siquiera oír su voz.

Limasson comprendió que, en el fondo, este hombre no le había gustado en ningún momento por su teatral afición a lo sensacional y lo efectista; más aún, que incluso lo detestaba y depreciaba. Podía haberle visto caer, y consumirse de hambre, y no habría movido un solo dedo para salvarle. Y ahora era con este hombre maduro con quien tenía que resolver un asunto espantoso.

-Me alegro -replicó-; porque al final debe de haber confirmado mi muerte. ¡Nuestra muerte!

Y se acercaron al pequeño círculo de alimento que el sacerdote había dispuesto sobre el suelo rocoso, unidos por un íntimo entendimiento que colmaba la perplejidad de Limasson. Vio que había pan, y que había sal; también había un pequeño frasco de vino. En el centro del círculo había un fuego minúsculo hecho con ramitas que el sacerdote había recogido. El humo se elevaba en forma de delgada hebra azul. No revelaba siquiera un temblor, tan profunda era aquí la quietud del aire de la montaña; pero a lo lejos, entre los precipicios, corría el fragor de las cascadas, y detrás, el rugido apagado como de picos y campos de nieve barridos por un tronar continuo que rodaba en el cielo.

-Están pasando -dijo el sacerdote en voz baja-, y saben que estás aquí. Ahora tienes la ocasión de tu vida; porque, si aceptas por propia voluntad, el éxito es seguro. Te encuentras ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Ellos te ofrecen la vida.
-¡Sin embargo los negué! -mumuró para sí.
-Negar es invocar: les has llamado, y han venido. Todo lo que te piden es el sacrificio de tu pequeña vida personal. Sé valiente... ¡y dásela!

Tomó el pan mientras hablaba, y, cortándolo en tres pedazos, colocó uno delante de Limasson, otro delante de sí mismo, y el tercero sobre la llama, que lo ennegreció al principio, y luego lo consumió.

-Cómelo, y comprende porque es el alimento que hará revivir tu vida.

A continuación hizo lo mismo con la sal. Luego, alzando el frasco de vino, se lo llevó a los labios, ofreciéndoselo después a su compañero. Tras haber bebido los dos, aún quedaba la mayor parte del contenido. Alzó el recipiente devotamente con ambas manos hacia el cielo. Se quedó estático.

-A Ellos ofrendo, en tu nombre, la sangre de tu vida. Por la renuncia que tú consideras la muerte, cruzarás las puertas del nacimiento a la vida de la libertad. Pues el último sacrificio que Ellos te piden es... éste.

E inclinándose ante las cumbres distantes, derramó el vino sobre el suelo rocoso.

El sacerdote permaneció en esta actitud de adoración y obediencia. Cesó el tumulto de las montañas. Un absoluto silencio descendió sobre el mundo. Parecía una pausa en la historia íntima del universo. Todo esperaba, hasta que volvió a levantarse. Y al hacerlo, se disipó la máscara que durante horas se había extendido sobre su semblante. Sus ojos miraron severamente a Limasson. Éste le miró a su vez, y le reconoció. Estaba ante el hombre que mejor conocía del mundo: él mismo.

Había acontecido la muerte. Había acontecido, también esa recuperación espléndida que es el nacimiento y la resurrección.

Y el sol, en ese instante, con la súbita sorpresa que sólo las montañas conocen, asomó nítido sobre las cumbres, bañando de luz inmaculada el paisaje y la figura de pie. En el vasto Templo donde se arrodilló, como en ese otro Tempo interior y más grande que es la verdadera Casa de Realeza de la humanidad, se derramó la Presencia culminante que es la Luz.

-Porque así, y sólo así, pasarás de la muerte a la vida. -cantó una voz melodiosa que ahora reconoció también, por primera vez, como inequívocamente suya.

Fue maravilloso. Pero el nacimiento de la luz es siempre maravilloso. Fue angustioso; pero el parto de la resurrección, desde el principio de los tiempos, ha estado acompañado por la dulzura del intenso dolor. Porque la mayoría se halla aún en estado prenatal, nonato, sin tener conciencia clara de una existencia espiritual. Andan a tientas, frocejeando en el seno materno, perpetuamente dependientes de otros. Negar es siempre una llamada a la vida, una protesta contra la perpetua tiniebla y en favor de la liberación. Sin embargo, el nacimiento es la ruina de todo aquello de lo que se ha dependido hasta entonces. Viene entonces ese estar solo que al principio parece un desolado aislamiento. El tumulto de la destrucción precede a la liberación.

Limasson se puso de pie, se enderezó con dificultad, miró a su alrededor, desde la figura ahora junto a él hasta la cumbre nevada de esa Tour du Néant que nunca escalaría. Volvió el rugido y trueno del paso de Ellos. Las montañas parecían tambalearse.

-Están pasando -susurró la voz junto a él, y dentro de él también-; pero te han conocido, y tu ofrenda ha sido aceptada. Cuando ellos se acercan al mundo, siempre hay naufragios y desastres en los asuntos humanos. Traen desorden y confusión a la mente del hombre; una confusión que parece final, un desorden que parece amenazar con la muerte. Porque hay tumulto en Su Presencia, y un caos que parece hundimiento de todo orden. Después, de esta inmensa ruina, surge la vida con un nuevo proyecto. Su entrada es la dislocación, el desarreglo su fuerza. Ha tenido lugar el nacimiento.

El sol le deslumbró. Aquel rugido distante, como un viento, pasó junto a él y le rozó la cara. Un aire helado, como de una estrella fugaz, suspiró sore él.

-¿Estás preparado? -oyó.

Volvió a arrodillarse. Sin un gesto de vacilación o renuencia, desnudó su pecho al sol y al viento. Un relámpago descendió veloz, instantáneo, y le llegó al corazón con infalible puntería. Vio el destello en el aire, sintió el ardiente impacto del golpe, incluso vio brotar el chorro y caer en el suelo rocoso, mucho más rojo que el vino.

Jadeó, se tambaleó, sintió vértigo, se desplomó; y un instante después tuvo conciencia de que le sujetaban unas manos, y le ayudaban a ponerse de pie. Pero estaba muy débil para sostenerse. Le llevaron a la cama. El conserje, y el hombre que le había abordado para pedirle fuego cinco minutos antes tratando de entablar conversación, estaban uno junto a sus pies y el otro junto a su cabeza. Al cruzar el vestíbulo del hotel, vio que la gente miraba; su mano estrujaba las cartas sin abrir que le habían entregado poco antes.

-En realidad, creo que... me las puedo arrelgar solo -dijo, dándoles las gracias-. Si me dejan, puedo andar. Me he mareado un momento.
-Es el calor del vestíbulo. -empezó a decir el caballero con voz sosegada, comprensiva.

Le dejaron de pie en la escalera, observándole un momento para ver si se había recobrado del todo. Limasson subió sin vacilar los dos tramos hasta su habitación. Se le había pasado el mareo momentáneo. Se sentía totalmente recobrado, fuerte, confiado, capaz de mantenerse de pie, capaz de andar, capaz de escalar.

El salón de Artús. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

Seguramente, querido lector, habrás oído hablar de la antigua y encantadora ciudad comercial de Danzig. Quizá conozcas las cosas dignas de verse que en ella se encuentran por las descripciones varias que abundan; pero lo que más me agradaría sería que hubiese estado en ella en tiempos remotos y hubieses visto la hermosa sala a que te quiero conducir ahora. Me refiero al salón del rey Artús. En las horas del mediodía agítanse en su recinto los hombres de negocios de todas las nacionalidades, y un murmullo ensordecedor resuena en sus ámbitos; pero cuando han transcurrido las horas de la Bolsa, cuando los negociantes están sentados junto a las mesas y sólo pululan por el salón algunos individuos que cruzan de una calle a otra de las dos a que sirve de pasaje, entonces debes visitar el salón del rey Artús siempre que estés en Danzig. La luz tamizada que penetra por las opacas ventanas da animación y vida a todos los cuadros y grabados con que están adornadas las paredes. Los ciervos, con sus cornamentas monstruosas, y otros animales fantásticos te miran con ojos brillantes, aunque tú apenas los puedas distinguir, y conforme se va acentuando la oscuridad tanto más siniestra te resultará la mesa de mármol que se halla en el centro. El gran cuadro que representa todos los vicios y las virtudes, con sus nombres inscritos junto a cada una de las figuras, parece un poco reñido con la moral, pues mientras las últimas están envueltas en una niebla gris que las hace poco menos que invisibles, los primeros tienen forma de mujeres hermosas ataviadas con lujo, que se adelantan sonrientes como tratando de seducirte con un dulce cuchicheo. Con satisfacción detienes la mirada en el friso estrecho que rodea casi todo el salón, y que representa milicias ricamente engalanadas de tiempos antiguos. Los nobles burgomaestres, con sus rostros de facciones enérgicas, cabalgan a la cabeza en hermosos caballos con arreos lujosos, y los timbaleros, los pífanos, los alabarderos los siguen en actitud tan viva que crees escuchar la música marcial y te figuras que ellos van a salirse por la gran ventana y a continuar su marcha por la plaza del mercado. Porque si quisiesen marcharse, no podrás por menos, querido lector, siendo como eres un dibujante experto, de tomar la pluma y la tinta y retratar aquellos nobles burgomaestres con sus lindos pajes. En las mesas de alrededor hay siempre papel, pluma y tinta, costeados por el servicio público; por tanto, a tu disposición tendrías los materiales y te atraería la tarea con fuerza irresistible.

A ti, amable lector, te estaría permitido esto; pero no al joven comerciante Traugott, que en un caso semejante encontróse en mil apuros y dificultades.

-Dé usted cuenta a nuestro amigo de Harburgo del estado del negocio, querido Traugott.

Esto dijo el comerciante Elías Roos, con el que estaba asociado Traugott y con cuya única hija, Cristina, quería casarse. Traugott encontró con dificultad un asiento en las mesas, rodeadas de gente; cogió una hoja de papel y se dispuso a comenzar un primor caligráfico. Cuando estaba pensando en el negocio sobre que tenía que escribir, levantó la vista. Quiso la casualidad que se hallase precisamente delante de una de las figuras del friso que le producían más impresión. Era un hombre muy serio, casi adusto, con barba negra y rizada y muy ricamente vestido; montaba un caballo negro, conducido de las riendas por un hermoso joven, que con sus rizos y su atavío más bien parecía una mujer. La figura y el rostro del hombre despertaban el terror de Traugott; pero el semblante del jovenzuelo le producía un mundo de impresiones dulces. No lograba nunca apartar la vista de las dos figuras, y así le ocurría en aquel momento, en que en vez de mandar el aviso de Elías Roos a Harburgo permanecía contemplando el cuadro y emborronaba el papel sin saber lo que hacía. Debía de llevar algún tiempo en aquella actitud, cuando le tocaron en el hombro por detrás, y una voz ronca dijo: "Bien, muy bien, así me gusta; esto puede resultar." Traugott se volvió, despertando de su sueño, y quedó como herido por un rayo. El asombro, la admiración le dejaron mudo y mirando fijamente a la cara del hombre ceñudo pintado en la pared. Este era quien había pronunciado aquellas palabras, y junto a él hallábase el dulce y hermoso joven, sonriéndole con una especie de amor indescriptible. "¿Sois vos?-exclamó Traugott contra su voluntad-. ¿Sois vos? Os quitaréis en seguida esa horrible capa y os quedaréis con el brillante atavío antiguo."

La muchedumbre se agitaba sin cesar, en el tumulto desaparecieron las dos figuras extrañas, y Traugott continuó con la carta de aviso en la mano, como si se hubiera convertido en estatua, hasta que hubieron transcurrido las horas de Bolsa con exceso y sólo cruzaba la sala alguna que otra persona. Al fin Traugott advirtió que Elías Roos, acompañado por dos caballeros desconocidos, se dirigía a su encuentro.

-¿Qué medita usted, si ya es mediodía, querido Traugott? -preguntó Elías Roos-. ¿Ha enviado usted el aviso que le encargué?
Distraído, alargóle Traugott la hoja de papel; pero Elías Roos se llevó las manos a la cabeza, golpeó el suelo con suavidad primero, luego con furia, y gritó con toda su voz, que resonó en el salón:
-¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Garabatos!... ¡Estúpidos garabatos!... Querido Traugott..., yerno inútil..., asociado infiel... ¿Sois el demonio? El aviso, el aviso. ¡Dios mío! ¡El correo!

Elías Roos estaba a punto de ahogarse de indignación; los amigos se reían, mirando la hoja en que estaba el aviso, que, en verdad, no era muy útil que digamos. Inmediatamente después de las palabras: "Refiriéndonos a su grata del 20 del corriente", Traugott había dibujado los contornos de las dos figuras maravillosas: la del viejo y la de jovenzuelo. Los desconocidos trataron de tranquilizar a Elías Roos hablándole en tono afectuoso; pero él se tiraba de la redonda peluca, daba golpes en el suelo con su bastón de caña y gritaba:

-¡El hijo de Satanás!... Tiene que enviar una nota y se pone a pintar figuras. ¡Diez mil marcos me va a costar el negocio! ¡Diez mil marcos!... -repitió, soplándose los dedos.
-Tranquilícese, querido Roos -dijo, al fin, el más viejo de los amigos-. El correo ha salido ya; pero dentro de una hora va a partir para Harburgo un mensajero que envío yo, al cual se le puede dar la nota, y llegará más pronto que si hubiera ido por el correo corriente. -¡Hombre sin igual! -exclamó Roos, iluminándosele el rostro de alegría.
Traugott, que se había repuesto un poco de su confusión, trató de acercarse a la mesa con objeto de escribir la nota; pero Roos le separó violentamente, mirándole iracundo y murmurando entre dientes:
-No te necesito, hijo mío.
Mientras Elías escribía afanoso, el más viejo de los desconocidos acercóse a Traugott, que permanecía avergonzado, y le habló así:
-Me parece que no está usted colocando en el puesto que le corresponde, querido. A un verdadero comerciante no se le hubiera ocurrido ponerse a dibujar figuras en vez de escribir las notas que debía.
Traugott consideró aquellas palabras como un reproche bien merecido.
-Muy confuso respondió:
-¡Dios mío! ¡Las notas que habrá escrito esta mano sin que me haya ocurrido una cosa semejante a la de hoy! Estas malditas ideas no me dan sino raras veces.
-Amigo mío-continuó el desconocido-, no debe usted considerarlas como ideas malditas. Estoy seguro de que todas las notas comerciales no están tan bien hechas como estos dibujos, valientes y limpios. En ellos se ve el genio.

Al decir estas palabras el desconocido, le cogió de las manos la nota emborronada, la dobló cuidadosamente y se la guardó. Traugott quedóse muy satisfecho, pensando que había hecho algo que valía más que una nota comercial; sintió que en su interior se albergaba un espíritu superior; y cuando Elías Roos, después de terminar su escrito, se acercó a él y con tono agrio le dijo: "Sus garabatos han estado a punto de costarme diez mil marcos", le respondió en voz más alta que de costumbre y con más energía:

-No se ponga así su señoría, porque si no, no vuelvo a escribir en mi vida una carta comercial y nos separaremos.
Elías Roos se colocó la peluca con ambas manos y, mirándole fijamente, le dijo:
-Mi querido asociado, amado hijo, ¿qué tonterías dices?

El amigo viejo intervino, y no necesitó hablar mucho para restablecer la paz, y todos juntos se dirigieron a casa de Roos, que tenía invitados a los dos desconocidos. La joven Cristina recibió a los huéspedes muy compuesta y emperejilada, y en seguida comenzó a manejar con mano experta el pesado cucharón de plata. Quisiera, amable lector, presentarte en efigie a los cinco personajes que están sentados a la mesa, aunque me temo que mis trazos no sean suficientemente claros y sí, desde luego, como es natural, muy inferiores a los empleados por Traugott en emborronar la malhadada nota. La comida, además, se acabará pronto, y la historia del animoso Traugott, que me he propuesto contarte, me atrae con fuerza irresistible.

Que Elías Roos lleva peluca ya lo sabes desde el principio, y no debo, por tanto, repetirlo. Por lo que le has oído hablar, además, puedes imaginarte a este hombrecillo rechoncho con su levita parda y chaleco y pantalones con botones dorados. De Traugott tengo mucho que decir, porque, aparte de que es su historia la que cuento, sobresale bastante por sí mismo. Si es cierto que el modo de pensar y de conducirse salen de dentro del individuo, modelando y formando su exterior, y que lo maravilloso no sirve sino para completar la armonía del conjunto, o sea lo que se llama carácter, espero que con mis palabras te imagines a Traugott como si lo tuvieras delante. Si no es así, entonces mi charla no habrá servid para nada y puedes considerar mi cuento como no contado.

Los dos caballeros desconocidos son tío y sobrino, un tiempo comerciantes, y al presente hombres de negocios, muy relacionados con Elías Roos por amistas y asuntos de interés. Viven en Königsberg, se visten a la inglesa, van acompañados de un criado inglés con botas de color de caoba, poseen un gran gusto artístico y son, sobre todo, gente muy bien educada. El tío tiene una galería artística y colecciona dibujos (videatur la nota robada). Ya no me resta, lector amable, sino presentarte en debida forma a Cristina, pues presumo que apenas si la recordarás, y, por tanto, no está de más que dibuje algunos de sus trazos más salientes, aunque luego desaparezcan. Imagínate, lector, una joven robusta de unos veintidós a veintitrés años, con una cara redonda, la nariz pequeña y un poco respingada y ojos azules claro, que sonríen amables y parece como si le quisieran decir a todo el mundo: "Me voy a casar pronto." Tiene además una piel blanquísima, el cabello demasiado rojizo, unos labios tentadores que forman una boca redonda y más bien grande, que cuando sonríe deja ver dos hileras de dientes perlinos.

Si la casa del vecino se incendia y las llamas llegan hasta su cuarto, se apresurará a dar de comer al canario, guardará la ropa limpia y luego seguramente se irá al escritorio a decir a su padre que su casa está ardiendo. Nunca le ha salido mal una tarta de almendras y siempre logra que espese la salsa blanca, porque jamás la mueve hacia la izquierda y siempre hacia la derecha, haciendo un círculo completo con la cuchara. Mientras Elías Roos servía el último vaso de vino del Rhin al viejo Franz observé yo, como de pasada, que Cristinita quería mucho a Traugott al casarse con él; aunque, después de todo, yo no sé qué es lo que podría hacer si no se convertía en esposa de alguien.

Una vez terminada la comida, Elías Reos invitó a sus huéspedes a dar un paseo por las fortificaciones. Traugott, que aún se encontraba inquieto y emocionado por todo lo maravilloso que le sucediera en aquel día, habríase negado de buena gana a acompañarlos; pero no lo logró, pues en el momento en que intentaba escurrirse, sin siquiera haber besado la mano de su novia, le cogió de la levita Elías Roos, diciéndole:

-Supongo, querido yerno, amable asociado, que no pensará usted en abandonarnos.
Y no tuvo más remedio que resignarse.

Un profesor de Física exponía la teoría de que en el mundo existe en alguna parte una máquina de electricidad, como en cualquier gabinete experimental, y que de ella salen invisibles hilos que se unen a la vida, los cuales nos rodean y nos envuelven lo mejor posible; pero en un momento dado los pisamos, y entonces los rayos y los choques llegan a nuestro interior, cambiando todo lo que existe en nosotros. Traugott debía de haber pisado los hilos invisibles en el instante en que, sin advertirlo, se puso a dibujar lo que tenía a la espalda, pues con la fuerza del rayo le estremeció la presencia de los desconocidos, y le pareció que en aquel preciso momento veía perfectamente claro lo que hasta entonces creyera sueño y suposición. El temor que le hizo enmudecer cuando le hablaron de las cosas que yacían escondidas en el fondo de su alma como un secreto sagrado desapareció por completo, y cuando el tío comenzó a denigrar las imágenes, medio pintadas, medio grabadas, del salón de Artús, considerándolas como faltas de gusto, y, sobre todo, calificó de extravagantes los cuadros de soldados, él sostuvo audazmente la opinión de que bien podía todo aquello no estar conforme con las reglas del buen gusto, pero que él encontraba muy bien hechas algunas de las figuras y aseguraba que en el salón de Artús se había abierto para él un mundo maravilloso y fantástico, y hasta algunas de sus figuras le habían dirigido miradas expresivas y la palabra, haciéndole desear el ser un maestro tan hábil y dibujar y grabar como aquellos cuyas obras tenía delante.

Elías Roos mostrábase más tonto que de costumbre mientras el joven pronunciaba tan sublimes palabras, y el tío le repuso con expresión maliciosa:

-De nuevo me asombra el que quiera ser comerciante y no se haya dedicado por entero al arte.
A Traugott le era aquel hombre profundamente antipático, y por esta razón decidió en el paseo acercarse al sobrino, que le parecía más amable y digno de confianza.
-¡Dios mío! -díjole éste-. No sabe lo que envidio su talento. ¡Si yo supiera dibujar como usted! Y no crea que me falta genio. He dibujado bastante bien ojos, y narices, y orejas, y hasta cabezas enteras; pero ¡los negocios!...
-Yo creía-repuso Traugott- que cuando se tiene verdadero genio y una afición decidida al arte no debía uno dedicar a otro negocio.
-¿Usted piensa ser artista? -preguntó el sobrino-. Parece imposible que diga usted eso. Mire, amigo mío, en estas cosas he reflexionado quizá más que nadie, y como soy entusiasta del arte he procurado profundizar en el asunto más de lo que me permitían las indicaciones que poseía.
El sobrino tomó un aspecto tan serio y pensativo al decir estas palabras, que Traugott sintió por él cierto respeto.
-Me dará usted la razón -continuó, después de tomar un polvo de rapé y estornudar dos veces-, me dará usted la razón si le digo que el arte entreteje de flores la vida. Alegrar y distraer de los negocios serios es la misión de todos los esfuerzos del arte, y tanto más lo conseguirá cuanto más perfectas sean sus producciones. En la misma vida se ve claramente este objeto, pues sólo los que se dedican al arte en esta forma disfrutan de la comodidad, que huye eternamente de aquellos que no advierten la verdadera naturaleza del asunto y consideran el arte como el objeto principal y único de su vida. Por tanto, amigo mío, no tome en serio los consejos de mi tío, con los cuales trata de distraerle de los negocios graves de la vida para empujarlo a una ocupación que no tiene apoyo alguno, y, por consiguiente, tiene que ser insegura.

Aquí el sobrino se quedó callado, como si esperase que Traugott le respondiera algo; pero éste no sabía qué decir. Todo lo que el otro hablaba parecíale una cosa tonta. Se contentó con preguntar:
-¿Qué es lo que usted quiere significar en definitiva con negocios serios?
El sobrino miróle un poco confuso.
-¡Dios mío! -exclamó al cabo-. Me concederá usted que hay que vivir, a lo cual rara vez llega el artista que hace del arte su única profesión.

Metióse en retorcidas frases y en una charla sin ton ni son. De ella venía a sacarse en consecuencia que él llamaba vivir a no tener preocupaciones, sino disponer de mucho dinero, comer y beber bien, tener una mujer bonita e hijos juiciosos que nunca se echasen una mancha de grasa en el traje dominguero. A Traugott aquello le oprimió el corazón, y se consideró por demás dichosos cuando el sobrino se despidió de él y se halló solo en su cuarto. "¡Vaya una vida triste y digna de compasión la que yo llevo! En las hermosas mañanas doradas de primavera, cuando hasta en las calles oscuras de la ciudad sopla el viento tibio como si quisiera hablarnos en su susurro de todas las maravillas que brotan en el bosque y en la llanura, yo me deslizo indolente y de mal humor hacia el escritorio, lleno de humo, de Elías Roos. En él me encuentro con unos cuantos rostros pálidos, que se inclinan sobre informes pupitres, y sólo interrumpe el silencio tétrico en que todos parecen trabajar afanosos el ruidito de las hojas de los libros y el tintineo del dinero. ¿Y el trabajo? ¿Para qué tanto pensar y tanto escribir? Para que aumenten las monedas en las cajas, para que el tesoro maldito de Fafnir continúe luciendo y brillando eternamente. En cambio, ¡qué feliz el pintor o el escultor que puede salir alegre y con la cabeza alta disfrutar de todas las delicias de la primavera que brotan de lo profundo de la tierra, adquiriendo formas hermosas llenas de vida! De los oscuros arbustos emergen seres admirables, que conservan su espíritu y permanecen siendo parte suya, pues en ellos reside el secreto encanto de la luz, del color, de la forma, y así consigue aprisionar todo aquello que ve con los ojos de su inteligencia al representarlo con su arte. ¿Qué es lo que me detiene de soltarme de las ligaduras de esta vida odiosa? El anciano me ha asegurado que tengo vocación de artista, y aún más lo he comprendido en el apuesto joven. Aunque no me dijo una palabra, advertí en su mirada lo que yo anhelo interiormente, y que, sujeto por mil y mil dudas, no me he atrevido nunca a expresar. ¿No podía yo ser un pintor célebre, en vez de arrastrar esta vida triste?" Traugott sacó todo lo que dibujara y lo contempló con mirada escrutadora. Muchos de sus dibujos pareciéronle distintos de cuando los hiciera, y desde luego mejores. Sobre todo se fijó en una hoja hecha en su niñez, en la cual aparecían desfigurados pero perfectamente visibles, los trazos del famoso burgomaestre con el hermoso paje, y recordaba muy bien que ya en aquella época estas figuras ejercían sobre él una influencia extraña, y que una vez, al oscurecer, arrastrado por una fuerza irresistible, huyó de los juegos infantiles y se encerró en el salón de Artús para copiarlas. Traugott sintióse acometido de una inquietud profunda y dolorosa al contemplar aquel dibujo. Tenía que ir a trabajar al escritorio un par de horas, como de costumbre; pero no le fue posible hacerlo, y se marchó a pasear a Karlsberg. Desde allí se dedicó a mirar al mar impetuoso; en las olas, en las nubes, que se agrupaban maravillosamente sobre Hola, trataba de adivinar, como si se reflejara en un espejo mágico, la suerte de su vida futura.

¿No crees tú, lector querido, que todo lo que viene a nosotros desde el reino elevado del amor se nos presenta primero como una impresión dolorosa? Esas son las dudas que atormentan el espíritu del artista. Advierte el ideal y siente la imposibilidad de alcanzarlo; ve que huye de su lado, y le parece que ha de ser para siempre. Luego, sin embargo, recobra la esperanza, lucha denodadamente, y la desesperación se convierte en un anhelo dulce, que lo reconforta y lo anima a esforzarse por llegar al objeto amado, al cual ve cada momento más cerca, sin llegar a alcanzarlo nunca.

Traugott sintió que ese dolor sin esperanza lo invadía por completo. Cuando a la mañana siguiente volvió a mirar los dibujos, que se hallaban esparcidos sobre la mesa, pareciéronle insignificantes y nimios, y recordó las palabras de un artista amigo suyo, que solía decir que la mayor dificultad que había en el arte era que muchos tomaban por verdadera vocación lo que no era sino un impulso del momento. Traugott no se hallaba en manera alguna inclinado a tomar por impulso del momento la impresión que en él producían las figuras del viejo y del joven del salón de Artús; maldijo de su suerte al tener que volver al escritorio, y trabajó con los demás dependientes de Elías Roos, sin parar mientes en el asco que de cuando en cuando le acometía, obligándole a salir corriendo al aire libre. Estos impulsos tomábalos Roos como síntomas de la enfermedad que, en su opinión, debía padecer el joven, y que se advertía en su palidez.

Transcurrió algún tiempo; llegó la feria de agosto de Danzig, a cuya terminación Traugott debía casarse con Cristina y anunciar públicamente su asociación con Elías Roos en los negocios. Aquella época era para él la renunciación a todas sus esperanzas y sueños, y le angustiaba sobremanera ver a Cristinita muy afanosa, que mandaba encerar y frotar los pisos, doblaba por sí misma las cortinas, y daba la última mano a la espetera de latón. Un día, cuando mayor era la concurrencia en el salón de Artús, oyó Traugott una voz inmediatamente detrás de sí, cuyo metal conocido le impresionó mucho.

-¿Debía estar este papel en tan malas condiciones?
Traugott se volvió con rapidez y vio, presumía, al admirable anciano, que se dirigía a un agente para vender un papel cuya cotización en aquel momento era muy baja. El hermoso mancebo permanecía detrás del anciano y miraba amable a Traugott. Éste se acercó al anciano, y le dijo:
-Permítame, señor mío: el papel que quiere usted vender está en este instante muy bajo, como usted ha dicho muy bien; pero la cotización ha de variar en sentido favorable en pocos días. Si quiere seguir mi consejo, guarde el papel algún tiempo, y no le pesará.
-Señor mío -repuso el anciano secamente y con aspereza-, ¿quién le mete en mis asuntos? ¿Sabe usted por ventura si en este momento el papel no me es absolutamente inútil, y, en cambio, necesito dinero contante y sonante?
Traugott, que se quedó un tanto desconcertado al ver que el anciano tomaba tan a mal su consejo desinteresado, trató de alejarse, cuando el joven le dirigió una mirada preñada de lágrimas.
-Lo he hecho con buena intención-respondió con presteza al anciano-, y no consentiré que sufra usted daños considerables. Véndame el papel, con la condición de que le abonaré la diferencia de cotización cuando suba dentro de pocos días.
-Es usted un hombre admirable -dijo el anciano-. Sea como usted quiere, aunque no comprendo su interés en enriquecerme.

Al pronunciar estas palabras echó una rápida mirada al joven, que, avergonzado, bajó la vista. Los dos siguieron a Traugott al escritorio, donde le entregaron al anciano el dinero, que, con expresión seria, se embolsó. Mientras tanto, el joven decía a Traugott en voz baja:

-¿No es usted el mismo que hace unos días hizo unos dibujos tan lindos en el salón de Artús? -Exactamente -respondió Traugott, sintiendo que el recuerdo del cómico incidente con la nota comercial le hacía subir los colores a la cara.
-Entonces -continuó el joven- no le sorprenderá...

El anciano miró iracundo al joven, que se calló inmediatamente. Traugott no podía reprimir cierta angustia en presencia de aquel desconocido, y así continuaron, sin que se atreviera a insinuar la más ligera averiguación sobre la vida y circunstancias de tales personajes. La presencia de ambas figuras tenía algo de prodigioso, que no escapó siquiera al personal del escritorio. El tétrico tenedor de libros se puso la pluma tras de la oreja y los codos apoyados en la mesa, contemplando al anciano con curiosidad.

-¡Dios me valga! -dijo cuando hubieron desaparecido los desconocidos-. Ese individuo, con su barba crespa y la capa negra, parece un retrato del año mil cuatrocientos, de los que hay en la iglesia de San Juan. El señor Roos lo consideró como un judío polaco, a pesar de su apostura noble y su rostro serio de alemán antiguo, y refunfuñó:
-Mala bestia: vende hoy el papel, y dentro de diez días valdrá un diez por ciento más.
Claro está que no sabía nada del trato hecho con Traugott, en virtud del cual éste había de pagarle de su bolsillo la diferencia, cosa que hizo efectivamente cuando, algunos días más tarde, volvió a encontrar al anciano con el jovenzuelo en el salón de Artús.
-Mi hijo -díjole el anciano- me ha recordado que es usted artista, y por eso acepto lo que en otro caso hubiera rechazado.

Estaban junto a una de las cuatro columnas que sostienen la bóveda del salón, muy cerca de las figuras que un día pintara Traugott en la carta comercial. Sin reserva alguna habló Traugott de la semejanza asombrosa de aquellas figuras con el anciano y su acompañante. El anciano sonrió de manera enigmática, puso la mano sobre el hombro de Traugott y comenzó a decirle en voz baja y pensativo:

-¿No sabe usted que yo soy el pintor Godofredo Berklinger y que las figuras que tanto admira están pintadas por mí cuando aún era un aprendiz de artista? En el burgomaestre traté de retratarme de memoria, y el paje que conduce el caballo es mi hijo, de lo cual se convencerá fácilmente si se fija en ambos rostros.
Traugott enmudeció de asombro: comprendió que aquel anciano, que aseguraba ser el artista que doscientos años atrás realizara la obra que admiraban, padecía una locura rara.
-Era una época -continuó el anciano levantando la cabeza y mirando a uno y otro lado-, era una época próspera y brillante sobre toda ponderación cuando yo decoré este salón para honrar al rey Artús y a sus caballeros, pintando en él todos estos retratos. Hasta creo que fue el mismo rey Artús el que, una vez que estaba yo trabajando, se me presentó con toda pompa y me animó a que hiciera una obra más perfecta que todas las anteriores.
-Mi padre -interrumpió el joven- es un artista como hay pocos, señor mío, y estoy seguro de que no se ha de arrepentir si se digna ver sus obras.

Entre tanto el anciano había emprendido la marcha a través del salón, ya vacío, y ordenaba a su hijo que le siguiera, cuando Traugott le rogó que le permitiera ir a ver sus pinturas. El anciano lo miró con mirada penetrante y al fin exclamó muy serio:

-Es usted, en verdad, un poco temerario al intentar penetrar en el santuario sin haber llegado a la edad de aprender; pero... sea como usted quiere. Si no está usted en condiciones de ver, a lo menos podrá adivinar. Vaya usted mañana temprano a mi casa.

Indicóle su vivienda, y Traugott procuró al día siguiente desentenderse pronto de sus quehaceres para dirigirse apresurado a la calle retirada donde vivía el anciano. El joven, vestido a usanza antigua alemana, le abrió la puerta y le condujo a un aposento espacioso, donde se hallaba el anciano sentado en un taburete ante un lienzo enorme preparado en tono gris.

-Llega usted en un momento feliz -exclamó el anciano al ver a Traugott-amigo mío, pues precisamente acabo de dar la última pincelada en el gran cuadro en que llevo trabajando un año entero y que me ha costado no pocos esfuerzos. Es la pareja del gran cuadro que representa el Paraíso perdido, que terminé el año anterior, y que también puede usted ver. Este es, como usted ve, el Paraíso recuperado, y sería muy triste para usted y para mí si quisiera sutilizar en él una alegoría. Los cuadros alegóricos no los hacen más que los débiles y los ignorantes. Mi cuadro no significa una cosa; es una cosa. Usted ve estos grupos apretados de hombres, animales, frutas, flores, piedras que se unen en un conjunto armónico, cuya música celeste es el acorde supremo de la eterna glorificación.

El anciano comenzó a describir los grupos aislados, llamando la atención de Traugott sobre la distribución de la luz y de la sombra, sobre los reflejos de las flores y de los metales, sobre las maravillosas figuras que emergían de los cálices de los lirios, sobre los hombres barbudos que, llenos de vigor y de juventud en sus miradas y en sus movimientos, parecía que conversaban con los animales más extraños. La expresión del anciano hacíase cada vez más fuerte, aunque menos comprensible.

-Deja que brille tu corona de diamantes, gran anciano -exclamó al fin, dirigiendo la vista centelleante al lienzo-. Quítate el velo de Isis que llevas sobre la cabeza cuando los profanos se acercan a ti. ¿Por qué aprietas contra el pecho con tanto cuidado tu sombría vestidura?... Quiero ver tu corazón... Esta es la piedra de la sabiduría, ante la cual se descubren todos los secretos... ¿No eres tú yo?... ¿Por qué te separas con tanta rapidez y tanto empeño de mi lado?... ¿Quieres luchar con tu maestro? ¿Crees que mi pecho puede pulverizar el rubí que llevas en el corazón?... Levántate..., sal..., ven aquí...; yo te he creado..., luego soy yo.

Al llegar a este punto, el anciano cayó al suelo como herido por un rayo. Traugott lo levantó; el joven acercó rápidamente una butaca y colocaron en ella al anciano, que se quedó como sumido en un profundo sueño.
-Voy a decirle a usted, querido señor-dijo él joven en voz baja y lentamente- lo que le ocurre a mi padre. La mala suerte le ha privado de sus facultades, y ya hace varios años que ha muerto para el arte, que era toda su vida. Se pasa los días enteros sentado delante del lienzo preparado, con la mirada rija en él; a eso llama pintar, y ya ha visto usted a qué extremos le lleva su exaltación. Además, está continuamente atormentado por una idea triste que me hace pasar una vida horrible; pero lo sobrellevo con paciencia, por considerarlo como una fatalidad que me ha arrastrado a mí, al tiempo que a él, a la desgracia. Si quiere usted distraerse de este mal rato, venga conmigo a ese otro aposento, donde podrá contemplar algunos cuadros de la época buena de mi padre.

Traugott quedóse admirado al ver una serie de cuadros pintados con arreglo al estilo holandés, que parecían obra de los más reputados maestros. La mayoría eran cuadros de género; por ejemplo: una reunión de personas que, de regreso de la caza, se distraían haciendo música, y otras escenas por el mismo orden, las cuales denotaban un talento grande, siendo, sobre todo, la expresión de las cabezas de lo mejor que se puede admirar. Ya se dirigía Traugott al salón grande cuando se fijó en un cuadro, ante el cual se quedó como petrificado. Representaba a una joven vestida a la antigua usanza alemana, y tenia absolutamente el mismo rostro del joven, con un poco más de color; también la estatura parecía más aventajada. Traugott sintióse estremecido de entusiasmo ante la contemplación de aquella hermosa mujer. El cuadro tenía la fuerza y la vida de una obra de Van Dyck. Los ojos, oscuros, miraban con arrobo a Traugott; los lindos labios, entreabiertos, parecía que susurraban dulces palabras.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -suspiró Traugott ¿Dónde, dónde la podré encontrar?
-Vámonos de aquí -repuso el joven.
Pero Traugott insistió, como loco de alegría:
-Sí, es ella, es la amada de mi corazón, la que llevo hace tanto tiempo grabada en el alma, la que presentía. ¿Dónde, dónde está?
Al joven Berklinger se le saltaron las lágrimas y mostróse muy conmovido y como luchando con un dolor intenso; por fin logró dominarse, y con tono firme dijo:
-Venga, venga; ése es el retrato de mi desgraciada hermana Felicitas, que ha desaparecido para siempre. Nunca la verá usted.
Casi sin darse cuenta hallóse Traugott en la habitación inmediata. El anciano estaba aún dormido; pero de repente despertó, y mirando a Traugott con mirada iracunda, exclamó:
-¿Qué quiere usted? ¿Qué quiere usted?
El joven adelantóse y recordó a su padre que aquel señor había ido a ver su cuadro. Berklinger se quedó como pensando en todo aquello, visiblemente muy débil, y al fin dijo con voz opaca:
-Amigo mío, perdone a un viejo esta falta de memoria.
-Su nuevo cuadro-comenzó a decir Traugott-es admirable, yo no he visto otro igual en mi vida, y se necesita mucho estudio y mucho trabajo para llegar a pintar una cosa parecida. Yo creo que tengo algunas condiciones artísticas, y le ruego encarecidamente, querido maestro, que me acepte como discípulo.

Al anciano le alegró sobremanera la proposición; abrazó a Traugott y le prometió ser su maestro fiel. Traugott, pues, fue a diario a casa del anciano pintor, e hizo grandes progresos en el arte. El negocio, en cambio, le gustaba cada día menos; lo abandonó tanto que Elías Roos se quejaba de él constantemente, y al fin vio con satisfacción que Traugott dejó por completo de asistir al escritorio, so pretexto de una enfermedad desconocida, la cual también le sirvió de achaque para aplazar indefinidamente su boda, con gran indignación de Cristina.

-Su amigo Traugott-díjole un día un compañero a Elías Roos-debe de tener alguna preocupación seria, quizá algún asunto de amor antiguo que querrá resolver antes de casarse. Está palidísimo y descompuesto.
-Estaría bueno -repuso Elías Roos; y luego de transcurrir un rato continuó-: ¿Por qué no le había de hacer una trastada la picaruela de Cristina? El tenedor de libros está enamorado como un burro y le aprieta y le besa la mano siempre que tiene ocasión. Traugott también está enamoradísimo de mi hija, eso me consta... Quizá dándole celos... Voy a ver si le hago saltar.
Por más que hizo no pudo sacar nada en limpio, y al cabo de unos días dijo a su amigo:
-Ese Traugott es un homo de lo más raro, y no hay más remedio que dejarle con sus chifladuras. Si no tuviera en mi casa cincuenta mil duros, ya sabría yo lo que había de hacer con él.

Traugott hubiera sido completamente feliz con la vida que llevaba en las regiones del arte si su amor fogoso por la bella Felícitas, a la que veía con frecuencia en sueños, no le hubiese destrozado el corazón. El retrato desapareció. El anciano se lo llevó, y Traugott no podía preguntar por él sin exponerse a las iras del maestro. Por lo demás, el viejo Berklinger era cada vez más confiado, y consintió en que Traugott mejorase las condiciones de su pobre hogar en vez de pagarle honorarios por la enseñanza. Por el joven Berklinger supo Traugott que el anciano habia sufrido un engaño manifiesto al vender un cuadrito, y que aquel papel que Traugott cambió era parte del dinero recibido y su único patrimonio. Pocas veces podían hablar 'Traugott y el joven a solas, pues en cuanto el anciano los veía juntos procuraba interrumpir su conversación, llegando hasta tratar con dureza a su hijo. A Traugott le molestaba aquello, tanto más cuanto que quería entrañablemente al joven por su parecido con Felicitas. Había momentos en que le parecía que tenía junto a sí la imagen querida, que sentía el hálito dulce del amor, y de buena gana habría estrechado contra su corazón al joven, como si fuera la misma Felicitas.

Transcurrió el invierno; la primavera inundó de alegría montes y praderas. Elías Roos aconsejó a Traugott que se fuera a una cura de aguas o de régimen. Cristina volvió a ilusionarse con la boda, a pesar de que Traugott no la miraba casi ni trataba de reanudar su intimidad. Una liquidación indispensable retuvo un día a Traugott en el escritorio hasta más tarde de lo que solía, y hubo de retrasar la hora de la lección de pintura; tanto, que llegó a casa de Berklinger poco antes de anochecer. No halló a nadie en el aposento de fuera y oyó en el contiguo sonidos de laúd. Nunca había escuchado allí tal instrumento. Escuchó... Como un suspiro, acompañaba a los acordes un canto dulcísimo. Abrió la puerta y, ¡oh cielos!, con la espalda vuelta hacia él vio una figura de mujer vestida a la usanza antigua alemana, con un alto cuello de encaje exactamente igual al retrato. Al ruido que Traugott hizo, sin querer, abriendo la puerta, irguióse un poco, dejó el laúd sobre la mesa y volvió la cabeza. Era ella misma.

-¡Felicitas! -exclamó Traugott entusiasmado, tratando de arrodillarse ante la imagen divina; pero sintió que le cogían por detrás y que lo sacaban de allí a la fuerza.
-¡Traidor!.... ¡Malvado! -exclamó el viejo Berklinger tirando de él-. ¿Esta era tu afición al arte? ¿Quieres asesinarme?
Y lo echó violentamente. En su mano brillaba un cuchillo. Traugott salió huyendo escaleras abajo, y aturdido, medio loco de alegría y de susto, dirigióse apresurado a su casa.
Toda la noche estuvo dando vueltas en la cama sin lograr conciliar el sueño.
-¡Felícitas!... ¡Felicitas! -exclamaba una y otra vez, atormentado por el martirio del amor-. Estás ahí..., estás ahí, y no puedo verte, no puedo estrecharte en mis brazos. Me amas, lo sé. En el dolor que martiriza mortalmente mi corazón siento que me amas."

El sol penetraba por las ventanas del cuarto de Traugott; se levantó presuroso y decidió descubrir el secreto de la casa de Berklinger a toda costa. Dirigióse a la vivienda del anciano; pero quedóse parado al ver todas las ventanas abiertas y a las criadas que limpiaban las habitaciones. Se imaginó lo sucedido. Berklinger había abandonado la vivienda con su hijo a altas horas de la noche, y nadie sabía dónde se había marchado. Un carro con dos caballos llevaba las cajas con los cuadros y los dos cofres pequeños, que constituían todo el ajuar de Berklinger. Él y su hijo salieron media hora después. Todas las pesquisas para averiguar dónde se encontraban fueron inútiles; ningún alquilador había alquilado caballos ni coche a personas cuyas señas coincidiesen con las que daba Traugott; en las puertas de la ciudad tampoco obtuvo dato alguno; en una palabra, Berklinger había desaparecido como si lo hubiera cubierto el manto de Mefistófeles. Desesperado, retornó Traugott a su casa.

-¡Se ha marchado, se ha marchado... la amada de mi corazón!... ¡Todo, todo está perdido!
Así clamaba al pasar por delante de Elías Roos, que se encontraba en el portal de su casa, al dirigirse a su cuarto.
-¡Dios del cielo y de la tierra! -exclamó Elías, dándole vueltas a la peluca-. ¡Cristina... Cristina!... -comenzó a gritar al fin, haciendo retumbar con su voz toda la casa-. ¡Cristina!... ¡Infame! ¡Hija desnaturalizada! Los empleados del escritorio salieron asustados; el tenedor de libros preguntó emocionadísimo:
-¿Pero qué pasa, señor Roos? Este seguía gritando:
-¡Cristina! ¡Cristina!
La señorita Cristina apareció en la puerta de la calle, y mientras se quitaba el sombrero de paja preguntó por qué estaba su padre tan alborotado.
-No admito de ninguna manera tales paseos -dijo Elías Roos-. Mi futuro yerno es un hombre melancólico, y los celos le hacen sentirse turco. Hay que estar en casa, si no se quiere dar lugar a una desgracia. Ahí está mi socio llorando y gimiendo por la novia vagabunda.
Cristina miró asombrada al tenedor de libros, el cual indicó con una mirada expresiva al escritorio, donde se hallaba el armario de cristal en que Roos guardaba el licor de canela.
-Vamos a consolar al novio -continuó diciendo mientras se dirigía al cuarto de Traugott.

Cristina fue al suyo a cambiarse de vestido, a sacar la ropa y a dar órdenes a la cocinera para la comida del domingo, y al mismo tiempo oír alguna de las novedades de la ciudad, dejando para después el ir a ver qué le ocurría a su novio. Ya sabes, querido lector, que todos, en la situación de Traugott, hubiéramos pasado por diferentes fases, como no podía menos de sucederle a él. A la desesperación siguió una especie de sopor, y pasada esta crisis convirtióse en el dolor agudo que la Naturaleza suele emplear como método curativo. En este estado de dolor beneficioso estuvo Traugott durante varios días, en uno de los cuales dirigió sus pasos al Karlsberg, y de nuevo contempló las olas y las nubes grises que se cernían sobre Hela. Pero aquel día no se le ocurrió pensar en cuál sería su suerte futura; todo había desaparecido, todo lo que soñara y lo que anhelara.

-¡Ay! -suspiró-. ¡Qué amargo engaño fue mi vocación artística! Felícitas era la ilusión que me sedujo para creer en lo que no vivía, sino en la fantasía perturbada de un enfermo. Y ha desparecido... Vuelta a la cárcel..., que se ha cerrado tras de mí.

Traugott volvió a trabajar en el escritorio, y la boda con Cristina fijóse de nuevo para una época determinada. El día antes de llegar ésta hallábase Traugott en el salón de Artús, mirando con tristeza las figuras del viejo burgomaestre y su paje, cuando descubrió al agente que en una ocasión quería negociar el papel de Berklinger. Sin reflexionar sobre lo que hacía, casi inconscientemente, acercóse a él y le preguntó:

-¿Conocía usted a aquel viejo extraño de la barba negra rizada que hace algún tiempo solía andar por aquí acompañado de un bello joven?
-¡Cómo no había de conocerle! -respondió el agente-. Era el pintor loco Godofredo Berklinger. -¿Sabe usted qué ha sido de él y dónde se encuentra? -preguntó de nuevo Traugott.
-Ya lo creo -respondió el agente-. Está tranquilo en Sorrento, con su hija, hace una temporada.
-¿Con su hija Felícitas? -exclamó Traugott tan alto y con tanta viveza que todo el mundo se volvió hacia él.
-Claro está -continuó el agente muy tranquilo-,el joven que le acompañaba aquí era ella. Medio Danzig sabía que era una muchacha, a pesar de que el pobre loco suponía que todos lo ignoraban. Le habían predicho que en cuanto su hija se enamorase de alguien moriría él de muerte trágica, y por esta causa trataba de que nadie supiese que tenía una hija, y la hacía pasar por muchacho. Asombrado quedóse Traugott, permaneciendo inmóvil durante un rato; luego echó a correr por las calles y salió al campo, repitiéndose en alta voz: "¡Desgraciado de mí! Era ella...; a su lado he pasado días enteros..., he comido miles de veces..., me he mirado en sus divinos ojos..., he respirado su aliento..., he escuchado sus palabras..., y todo lo he perdido... No, no lo quiero perder. Iré tras ella al país del arte...; la suerte me llama..; me voy a Sorrento."
Volvió a casa. Elías Roos le salió al encuentro, y al verle le sujetó y le obligó a entrar en su cuarto.
-No quiero casarme con Cristina -exclamó-. Se parece a las voluptas y a las Luxuries y tiene los cabellos como las Ira de las pinturas del salón de Artús. ¡Oh, Felícitas, Felícitas!... ¡Divina amada mía!... ¡Tú me tiendes los brazos amorosos!... Ya voy..., ya voy. Y ha de saber usted, Elías -continuó, zarandeando al comerciante-, que no me volverá usted a ver en su maldito escritorio. Me revientan sus libros mayores y sus cuentas. Yo soy un pintor de los mejores; Berklinger es mi maestro, mi padre, mi todo, y usted no es nada, nada.
Y sacudía a Elías Roos, quien gritaba con toda su alma:
-¡Auxilio! ¡ Auxilio!... ¡A mí, a mí; mi yerno se ha vuelto loco... mi socio está furioso!... ¡Auxilio!... ¡Auxilio!....
Todos los empleados acudieron a los gritos; Traugott había soltado a Elías Roos, y, agotado, cayó en una butaca. Todos le rodearon, y él se levantó de un salto, gritando: -¿Qué queréis?
Entonces salieron todos en fila, llevando en medio a Roos. A poco oyóse rumor de seda y una voz que preguntaba:
-¿Es verdad que se ha vuelto usted loco, querido señor Traugott, o es que está usted bromeando?
Era Cristina.
-No me he vuelto loco, ni mucho menos, ángel mío -respondió Traugott-; pero tampoco estoy bromeando. Tranquilícese usted, querida; nuestra boda no se celebrará mañana, ni nunca.
-No es necesario -repuso Cristina, muy serena-; hace mucho tiempo que no me gusta usted nada, y hay personas que se han sabido hacer querer y pueden conducir al altar a la bella Cristina Roos... Adiós.

Y salió de la habitación.
"Se refiere al tenedor de libros", pensó Traugott. Más tranquilo, dirigióse al despacho de Roos y le expuso su deseo de que no contara con él ni para yerno ni para socio. Elías Roos avínose a todo, y en el escritorio aseguró más de una vez que daba gracias a Dios de verse libre del loco Traugott... cuando éste estaba lejos, muy lejos de Danzig. A Traugott parecióle la vida digna de vivirse cuando se halló en el país deseado. En Roma los artistas alemanes lo recibieron en su círculo, y resultó que pasó más tiempo allí del que podía suponerse, dado su anhelo por encontrar a Felicitas. Su afán, sin embargo, se había enfriado un poco; la veía como un sueño delicioso que perfumaba toda su vida, y creía que su manera de ser y el ejercicio de su arte estaban dirigidos a una región más alta y sobrenatural. Todas las figuras de mujer que creaba su mente de artista tenían los rasgos de la divina Felícitas. A los artistas jóvenes chocóles no poco aquel rostro admirable cuyo original no encontraban en Roma, y abrumaban a preguntas a Traugott para que les dijese dónde había visto aquella hermosura.

Traugott tenía cierto temor de contarles su extraña historia de Danzig, hasta que una vez, algunos meses más tarde, un amigo de Köningsberg, llamado Matuszewski, que en Roma vivía en relación con los artistas, le aseguró que había visto en la misma ciudad a la muchacha que Traugott pintaba en todos sus cuadros. Fácil de imaginar es el entusiasmo de Traugott; no tuvo oculto más tiempo el motivo de su afán por el arte y de su viaje a Italia, y todos encontraron la aventura de Danzig tan rara e interesante que le prometieron ayudarle a encontrar a la amada. Los esfuerzos de Matuszewski fueron los más fructuosos: dio con la vivienda de la muchacha, y averiguó que era hija de un pintor viejo que precisamente estaba revocando la pared de la iglesia Trinitá del Monte. Traugott se dirigió con Matuszewski a la plaza donde se hallaba esta iglesia y creyó reconocer a Berklinger en el pintor que estaba encaramado en un alto andamio. Desde allí dirigiéronse apresurados los dos amigos a la casa del pintor, cuidando de no decirle una palabra.

-Ella es -exclamó Traugott cuando distinguió a la hija del pintor, que, ocupada en una labor de aguja, estaba en el balcón-. ¡Felicitas!... ¡Mi Felicitas! -gritó Traugott, penetrando en la casa como una tromba.

La muchacha le miró asustada. Tenía los mismos rasgos que Felícitas, pero no era ella. Traugott sintió un dolor como si le atravesaran el corazón con mil puñales. Matuszewski explicó en dos palabras el caso a la joven. Estaba admirable con sus mejillas cubiertas de un rubor divino y los ojos bajos, y Traugott, que en el primer momento trató de escapar, quedóse como sujeto por lazos fuertes cuando dirigió una mirada a la linda criatura. Dorina levantó las oscuras cortinas de sus ojos y miró al extranjero con sonrisa amable, diciendo que su padre volvería pronto del trabajo y se alegraría mucho de encontrar en su casa artistas alemanes, por los que tenía verdadera admiración. Traugott hubo de confesarse que, fuera de Felicitas, ninguna mujer le había impresionado tanto como Dorina. Era, en realidad, casi igual a Felícitas; pero sus rasgos parecían más acusados y el cabello más oscuro. Era el mismo retrato, pintado por Rafael y por Rubens. Al poco tiempo llegó el viejo, y Traugott vio que el alto andamio le había equivocado por completo. En vez de un hombre fuerte como era Berklinger, tenía delante un viejecillo delgado, tímido, agobiado por la pobreza. Una sombra engañosa le hizo ver en su cara afeitada la barba negra de Berklinger. En cuestiones de arte mostró el viejo conocimientos verdaderamente prácticos, y Traugott decidió cultivar una amistad que en el primer momento tan dolorosa le resultara, pero que luego le pareció muy agradable. Dorina, que era la bondad y la sencillez personificadas, dejó pronto traslucir su inclinación por el joven pintor. Traugott correspondió a ella encantado. Se habituó de tal modo a aquella muchacha de quince años, que se pasaba días enteros con la reducida familia; trasladó su estudio a una habitación espaciosa que estaba vacía, junto a la casa, y concluyó por vivir con ellos. De este modo mejoró su situación económica con delicadeza, haciéndoles participar de su bienestar, y el viejo tuvo la seguridad de que Traugott pretendía casarse con su hija, dándoselo a entender lo más claro que pudo. Traugott se asustó un poco, pues aquello le hizo pensar en el objeto de su viaje. 'tenía siempre a Felicitas delante, y, sin embargo, parecíale que no podía separarse de Dorina. Lo más raro era que no pensaba en la desaparecida para su mujer. Felicitas se le representaba como una imagen espiritual, que nunca perdería para siempre, pero que no lograría alcanzar. Eterna compañía espiritual de la amada..., jamás posesión física. Dorina, en cambio, se le aparecía como su mujer. Sentíase ante ella estremecido por sacudidas dulcísimas, su sangre corría más de prisa por sus venas, y sin embargo, le parecía que era hacer traición a su antiguo amor el unirse a nadie con lazos indisolubles. Traugott luchaba con los más encontrados sentimientos: no podía decidirse; esquivó al viejo. Este creyó que Traugott trataba de engañarle a él y a su hija querida. Habló del matrimonio de Traugott con su hija como de cosa convenida, y dejó traslucir que sólo en ese supuesto había permitido su relación con Dorina, que de otro modo sólo podía servir para hacerle perder la fama.

La sangre italiana del viejo se encendió al fin, y declaró un día a Traugott que o se casaba con su hija o se marchaba inmediatamente, pues no le consentiría que pasase una hora más a su lado. Traugott quedóse confuso e irritado. Parecióle que el viejo era uno de tantos padres que quieren aprovecharse de las circunstancias para colocar a sus hijas, y consideró su conducta como una traición grosera y repugnante hacia Felicitas. La despedida de Dorina le destrozó el corazón; pero se soltó valientemente de los lazos que él creía podían sujetarlo. Dirigióse apresurado a Nápoles y a Sorrento. Transcurrió un año de minuciosas pesquisas tras las huellas de Berklinger y de su hija- pero todo en vano: nadie sabía nada de ellos. Todo lo que pudo sacar en limpio fue una ligera suposición, basada en el dicho de que hacía varios años visitó Sorrento un pintor alemán. Como las olas del mar, que van y vienen sin cesar, estuvo

Traugott en algún tiempo, hasta que al fin se estableció en Nápoles, dedicándose al arte y consiguiendo al cabo que su pasión por Felicitas fuese cediendo en intensidad. Ninguna muchacha le parecía semejante a Dorina, en figura ni en porte, y cuando contemplaba a alguna sentía hondamente la pérdida de aquella dulce niña. Cuando pintaba, nunca pensaba en Dorina, sino en Felicitas; ésta continuaba siendo su ideal. Pasado bastante tiempo recibió cartas de su ciudad natal. Elías Roos, según le anunciaba el notario, había entregado su alma a Dios, y era necesaria la presencia de Traugott para entenderse y ponerse de acuerdo con el tenedor de libros, que, como marido de la señorita Cristina, se había puesto al frente del negocio. En el primer correo salió Traugott para Danzig. Allí volvió a encofrarse en el salón de Artús; entre las columnas de granito y frente a las figuras del burgomaestre y de su paje recordó su aventura extraordinaria, y, acometido de una profunda melancolía, quedóse contemplando al bello joven, que parecía mirarle con ojos expresivos y decirle con una voz dulcísima: "No podías separarte de mí."

-¿No me engañan mis ojos? ¿Está su excelencia ya de vuelta, sano y salvo y curado de su melancolía?
Así graznó junto a Traugott una voz ronca, que pertenecía a su amigo, el conocido agente.
-No los he encontrado -dijo Traugott casi involuntariamente.
-¿A quiénes, a quiénes no ha encontrado su excelencia? -preguntó el agente.
-Al pintor Godofredo Berklinger y a su hija Felicitas -repuso Traugott-. Los he buscado por toda Italia; en Sorrento nadie me dio razón de ellos.
El agente le miró asombrado, y, con los ojos muy abiertos, murmuró al cabo de un rato:
-¿Dónde ha ido su excelencia a buscar al pintor y a su hija Felicitas? ¿A Italia? ¿A Nápoles? ¿A Sorrento?
-Naturalmente -replicó Traugott, iracundo.
El agente cruzó varias veces las manos, exclamando al tiempo:
-¡Gran Dios! ¡Gran Dios! ¡Pero señor Traugott, señor Traugott!
-¿Qué es lo que tanto le admira? -continuó éste-. No haga tanto aspaviento. No creo que tiene nada de particular ir a Sorrento detrás de la amada. Sí, yo estaba enamorado de Felicitas y me fui a buscarla.
El agente seguía dando saltos en un pie y no cesaba de exclamar:
-¡Gran Dios! ¡Gran Dios!
Hasta que Traugott le cogió por el cuello y, mirándolo indignado, le preguntó:
-¿Quiere usted decirme, con mil diablos, qué es lo que encuentra de extraño en todo esto?
-Pero, señor Traugott -respondió al fin el agente-, ¿no sabe usted que el señor Brandstetter nuestro respetable consejero municipal y decano, llama Sorrento a la finca que posee al pie del Karlsberg, en bosque de abetos, camino de Konradshammer? Este individuo compró sus cuadros a Berklinger y se lo llevó con su hija a su casa, es decir, a Sorrento. Allí vivieron varios años, y allí habría podido usted contemplar a la bella Felicitas, paseándose por el jardín con su traje a usanza antigua alemana, como el retrato que tanto le encantó, sólo con que se hubiera molestado en subir a media ladera del Karlsberg, y sin necesidad de ir a Italia. Luego, el viejo...; pero ésta es una triste historia.
-Cuente, cuente -dijo Traugott con voz sorda.
-Pues verá -continuó el agente-: volvió de Inglaterra el hijo de Brandstetter, vio a la señorita Felicitas y se enamoró de ella. La sorprendió en el jardín un día, cayó de rodillas a sus pies a la manera más romántica y juró que había de casarse con ella y libertarla de la tiranía de su padre. El anciano estaba detrás de los jóvenes, sin que ellos lo advirtieran, y en el momento en que Felicitas dijo: "Seré tuya", cayó al suelo lanzando un grito espantoso, y quedó muerto. Debía de estar horrible..., morado y sanguinolento, pues no se sabe cómo le saltó una vena. Felicitas no quiso nada desde aquel momento con el joven Brandstetter, y transcurrido algún tiempo se casó con el magistrado Mathesius de Marienwerder. Allí puede su excelencia visitar a la señora del magistrado, como una relación antigua. Marienwerder no está lejos como el Sorrento de Italia. La amable señora debe de estar muy bien y tener varios hijos.

Mudo y pensativo alejóse de allí Traugott. Aquel desenlace de su aventura le llenó de rabia y de tristeza. "No, no es ella -decíase a sí mismo-, no es ella... no es Felicitas, la criatura angelical, la que encendió en mi pecho una pasión inmensa, tras la que he recorrido países lejanos, viéndola siempre como la estrella luminosa de mi esperanza. ¡Felicitas... esposa del magistrado Mathesius!... ¡Ja, ja, ja!" Traugott, riendo a carcajadas, salió corriendo, como en otro tiempo, por la puerta Oliva, atravesando Langfuhr hasta el Karlsberg. Desde allí contemplo Sorrento con lágrimas en los ojos.

-¡Ah! -exclamó-. ¡Cuán hondamente hiere el pobre pecho del hombre esa fuerza misteriosa que todo lo gobierna! Pero no, no, no, no se puede quejar de dolores incurables quien se arroja a las llamas en vez de mantenerse a cierta distancia del fuego, para gozar del calor y de la luz. La forma me atrajo con fuerza; pero mi mirada no supo distinguir el ser extraordinario, y, engañado, imaginé que lo creado por el maestro adquiría vida para rebajarse conmigo hasta las tristezas de la vida terrena. No, no, yo no te he perdido, Felicitas; vives en mí eternamente, pues eres la facultad creadora y artística que alienta en mí. Hasta ahora no te he reconocido. ¿Qué tienes tú que ver, ni yo tampoco, con la esposa del magistrado Mathesius? Nada, absolutamente nada.
-No sabía que tuviera usted relación alguna con ellos, querido Traugott -dijo una voz.

Traugott despertó de su sueño. Encontróse, sin saber cómo, en el salón de Artús, apoyado en una de las columnas de granito. El que le dirigía la palabra era el marido de Cristina, quién le entregó una carta recién llegada de Roma. Era de Matuszewski, que le escribía: "Dorina está más guapa y más simpática que nunca, aunque un poco pálida y triste, pensando en ti, querido amigo. Te espera a todas horas, pues tiene el convencimiento de que no has de abandonarla. Te quiere apasionadamente. ¿Cuándo te vemos por aquí otra vez?"

-Me alegro mucho -dijo Traugott al marido de Cristina- que hayamos terminado hoy nuestros asuntos, pues mañana me voy a Roma, donde me espera ansiosa una novia querida.