lunes, 27 de febrero de 2017

La cabina. B.B.

Una mañana de invierno una de las azafatas del avión que hacía cualquier ruta de vuelo se dirigía por el pasillo del avión hacia la cabina de mando después de atender a los pasajeros. Entonces se acercó a uno de los pilotos y le informó de que la cabina de descanso estaba libre. Entonces el hombre se levantó y se marchó a dormir un rato. Cuando el piloto entró en la pequeña cabina estaba totalmente oscura, pero al apoyar una mano en una de las literas notó un bulto. Había alguien durmiendo, pero la azafata le había comunicado que la pequeña cabina estaba vacía. Alumbró con una linterna de bolsillo hacia la cama y observó con sorpresa que había una niña de unos cinco años tumbada en la litera . La arropó con la manta y sin hacer mucho ruido salió de la habitación y cerró la puerta.
Al momento fue a buscar a la azafata y le contó lo que había sucedido. Ésta, le dijo que era imposible porque no iban niños en ese vuelo. El piloto no se lo podía creer, el había tocado con sus propias manos el cuerpo de la pequeña.¡¡ Incluso notó su respiración mientras dormía!!
Entonces la azafata con cara de preocupación le dijo – ¿Ve usted esa pareja de allí al fondo? ¿ La ve?- repetía, dirigiéndose con la cabeza hacia una joven pareja con los rostros pálidos y demacrados.
Sí, sí, por supuesto que los veo… afirmó el piloto.
¿ Pero qué tienen que ver ellos en la historia? Preguntó con cara de intriga
Se dirigen al entierro de su hija, ella va abajo en un ataúd, junto con el resto de mercancías…contestó ella.
El piloto se quedó pálido al escuchar la noticia y salió corriendo a la cabina donde vio a la niña. Allí no había nadie. Se acercó al baño a refrescarse la cara y al mirarse al espejo se dio cuenta de que había escrito algo con un pequeño dedo, decía: Gracias por arroparme…

El anciano andrajoso. U.

En la carretera que lleva a San Francisco Chimalpa hay una cuesta que es preciso remontar, de preferencia en auto. No he sabido de quien, en días de lluvia, no vea a un anciano andrajoso, de bigote más poblado que la barba, ir bajando cansinamente la cuesta sin que parezca que se moja. Algo carga a sus espaldas, en un costal, y mira constantemente al suelo. Un testigo me contó haberlo visto tanto al subir la cuesta como al bajarla, con la particularidad de que el viejo siempre va en dirección contraria. Un osado conductor, acompañado (no sé si prudentemente) por su familia, divisó al viejo, bajó la velocidad y se atrevió a preguntarle si quería que lo llevaran a su destino. El viejo lo miró de refilón, hizo una mueca con la boca y agitó una mano, declinando la oferta.
No ha faltado quien gire en U para seguir al viejo, pero siempre pasa lo mismo: como en algún momento hay que dejar de verlo para ocuparse de la maniobra, cuando uno cambia el sentido del trayecto descubre que el viejo va hacia la otra parte. Este ser fascinante también ha sido visto por la noche, cuando la luz de la luna le imprime una especie de fosforescencia leve.
No se tiene memoria de cuándo comenzó a aparecer y a nadie le importa suponer hasta cuándo hará sus recorridos incomprensibles.

La ruta. L.P.

Mañana de verano en la que parte de los compañeros de clase decidimos ir a merendar al rio de un pueblo cercano, Villar de otero, de apenas cincuenta habitantes.

A penas llevavamos recorrido un kilómetro cuando, agotados por el calor, decidimos darnos un descanso y fue cuando Andrea, una chica que conocía bien la zona ya que su abuela residía en Villar de Otero nos dijo que conocía una ruta alternativa que cruzaba la montaña y nos recortaría una hora de camino, además se avecinaba una tormenta que no tenía muy buena pinta.

Ninguno nos opusimos a la propuesta de Andrea salvo Pablo, uno compañero que nos advirtió de que no era muy buena idea ya que allí no habría cobertura y la tormenta se les venía encima.

Nadie hize caso a Pablo y nos salimos de la carretera para meternos de lleno en un estrecho camino que bajaba montaña abajo.

Los truenos sonaban cada vez más cerca y Andrea, que había tomado el control del grupo, aceleró el paso y se la notaba nerviosa.
A medida que bajábamos la cobertura disminuía hasta llegar a ser nula. Fue entonces cuando me dí cuenta de que algo no iva bien y que me tenía que haber quedado en casa.

Llegamos al punto más bajo de aquel siniestro sendero donde había un puento que cruzaba un arrollo.

Fue entonces cuando Pablo se sobresaltó y nos dijo que se volvía a casa. Todos intentamos convencerle pero no fue posible, cuando ya se inció a caminar se olló una voz que dijo:
– Yo en tu lugar no haría eso…
Todos nos dimos la vuelta y había sido Andrea la que había soltado esas palabras tenebrosas.
Andrea nos contó una historia aterradora sobre esa ruta: nos dijo que era un antigüo paso entre montaña muy transitado que se cerró por la muerte de una mujer, que cayó ladera abajo y de la que no se supo nada de ella. Desde entonces la ruta dejó de usarse porque había personas que aseguraban oir gritos de auxilio de una mujer.

A todos nos recorrió un escalofrio y Pablo rectificó sobre su idea de dar la vuelta por donde habíamos venido.

Seguimos adelante ignorado la historia y llegamos a Villar de Otero sin mayor problema. Todos nos olvidamos de la historia hasta que llegó la hora de volver a casa.
Parte del grupo se quedó a dormir ene l pueblo pero yo y Pablo teníamos que volver a casa porque nuestros padres mo nos dejaban dormir allí.

El sol empezaba a ponerse y nos dijeron que les promeíéramos que volveríamos por la carretera y no por la ruta que habíamos venido o no nos dejarían irnos.

Nosotros admitimos y partimos rumbo a casa. Cuando pasamos frente a la bifurcación donde se entraba a aquel camino que tan prohibido nos tenían tomar, Pablo dijo:
-¿Vamos?
-No, es muy peligroso, está haciéndose de noche y no me da muy buena espina.
-Tú haz lo que quieras pero yo si voy, mis padres me esperan y llego tarde.
-Está bien, pero nos damos prisa que no quiero que la noche nos pille en ese camino.

Giramos hacia la ruta y avanzamos con paso ligero, la tormenta nos pilló de lleno y nos llovió como si de un diluvio se taratse.

Cuando ya llevávamos un buen rato de camino, tomamos una curva y vimos algo que me heló completamente. En el horizonte del camno había una mujer, una mujer con una mochila a la espalda, que caminaba muy despacio, con los brazos flácidos y tambaleandose.

Pablo y yo nos miramos y compartimos la misma mirada de pánico.
Cada vez llovía más y ya era prácitcamente de noche.

Decidimos aminorar la marcha y dejar que se alejase y no acecrarnos nada a aquella mujer tan aterradora.

Cuando la perdimos de vista hechamos a correr, correr como núnca habíamos corrido, cuando parecía que estábamos saliendo de aquel camino infernal me caí, perdí el conocimiento.
Cuando desperté era noche cerrada, miré mi móvil y eran las 10:00 PM y Pablo, Pablo no estaba.

Sólo quería salir de allí, me levanté y caminé cojeando haciala carretera.

Cuando llegue a casa me encontré a mis padres preocupadísimos y llorando.
Nos abrazamos y le dije:
-¿Y Pablo?,¿Ha llegado?
-No, han venido sus padres a preguntar por él.

Buscaron a Pablo durante meses, años y no hubo rastro de él. Se cerró esa ruta con piedras y tierra y ahora nadie se atreve a cruzar la montaña por la ruta, porque dicen que se oyen gritos de auxilio de una mujer… y de un niño.

Kazumi. U.

Nakayama ascendió en la yakuza y decidió poner el acento en el control de la prostitución. En poco tiempo dominó diversas casas de citas del distrito de Shinjuku. Era temido, sanguinario y, sobre todo, celoso, así que de inmediato reservó un lugar a Kazumi, su esposa, en un calabozo destinado a la práctica del sadomasoquismo. Kazumi no tuvo más remedio que obedecer y, tras algunas lecciones proporcionadas por su propio esposo, se convirtió en experta en nawa shibari (por supuesto) y, noche tras noche, se entregó a atar artísticamente a cuantos compatriotas (y extranjeros) se presentaban para solicitar sus servicios.
Los ataba concienzudamente, siempre en silencio, y al final aderezaba su obra con latigazos, baños en cera, puntapiés en los testículos y penetraciones con dildos. Sus esclavos la adoraban, al tiempo que Nakayama, severo a más no poder, supervisaba de cerca las funciones de su esposa.
Hubo un esclavo joven, de origen europeo, que robó el corazón de Kazumi; era un tipo apuesto, fanático de las ataduras, que empezó a combinar su cautiverio con el cortejo de su ama. Hablaba japonés fluidamente y sabía de memoria diversos poemas de grandes autores locales, sobre todo de épocas pasadas; eran románticos y sonaban exquisitamente; mientras Kazumi se ocupaba del joven, éste se dedicaba a recitar poemas y agregaba frases propias destinadas a ganar el amor de la oyente.
Durante meses, Kazumi consiguió pasar por alto el ascendiente que el cliente ejercía en ella; hubo días en que lo tuvo amordazado todo el tiempo, pero el afán de oírlo declamar tan bellamente pudo más y, a la larga, la movió a ordenarle que le recitara poemas nuevos en cada sesión, a despecho de que fatalmente se enamorara del infeliz.
Ocurrió. Ella no toleraba el talante celoso de Nakayama. No lo amaba; se había casado con él para evitar muertes en su familia, que el pretendiente había jurado masacrar en caso de ser rechazada su propuesta matrimonial. Kazumi rompió finalmente con la máxima regla de las diosas de la dominación: no tener sexo con los esclavos. Se acostumbró a acostarse con el extranjero noche tras noche, a veces incluyendo ataduras, que normalmente ella administraba, aunque a veces el otro se aventuró a probar su habilidad con las cuerdas (con resultados pobres).
Kazumi nunca supo que sus sesiones eran videograbadas secretamente. Un sicario envió a Nakayama una selección de imágenes de lo que su amada Kazumi hacía. El engañado perdió los estribos (porque hacía tiempo que carecía de razón), se presentó de súbito en el calabozo, degolló al extranjero (quien estaba suspendido en excelente bondage) y obligó a Kazumi a verlo desangrarse. Acto seguido, tomó un cuchillo temible y cortó la boca de su mujer, abriéndole las comisuras de los labios hasta las orejas. La insultó, le dijo que ya nadie la amaría porque había perdido la hermosura, y le aseguró que por nada del mundo la dejaría ir.
Kazumi pasó un rato en cama, convaleciendo de sus heridas. No se le practicó cirugía alguna, y los “cuidados” recibidos no eran de médicos profesionales, de modo que el aspecto de su rostro acabó siendo escalofriante. Al verse en un espejo perdió la razón. Continuó como bondage rigger, en el calabozo de siempre; ahora siempre usaba un cubrebocas negro. Nakayama la instruyó sobre cómo conducirse de entonces en adelante; él le enviaría a los clientes, normalmente pobres diablos con deudas con la yakuza, y ella decidiría matarlos o no. Llegaba el condenado, Kazumi lo ataba en un santiamén y luego preguntaba: “¿Soy hermosa?” La víctima, a juzgar por lo que veía (los ojos), decía que sí. Entonces ella se quitaba el cubrebocas y decía: “¿Y ahora?” La víctima, horrorizada, solía pegar de gritos y mover la cabeza negativamente, ante lo cual recibía un cuchillazo en la boca, que desfloraba las mejillas. Agitarse era inútil, las ataduras eran soberbias; la sangre brotaba hasta que no quedaba vida alguna en quien la derramaba. Los cadáveres eran desaparecidos posteriormente.
La venganza sobre los enemigos inflamó la vanidad de Nakayama, quien siguió ascendiendo en la organización (terminó de cubrirse de tatuajes). Le encantaba particularmente ver los videos de su esposa matando (sobre todo de susto) a los miserables que habían creído que podían jugar con el amo de Shinjuku. El hampón se entregó a la bebida y decidió estar presente en las sesiones de Kazumi.
Una noche, más bebido que de costumbre, se quedó dormido. A esas alturas, Kazumi sabía ya dónde estaba el operador de las cámaras (en un cuarto adyacente); lo sorprendió y le cortó la garganta con maestría. Regresó junto a su esposo, lo desnudó, lo ató y lo suspendió del techo. Cuando recobró la conciencia, Nakayama la emprendió a insultos contra la mujer, demandó ser desatado enseguida, profirió amenazas, vomitó de coraje. Kazumi aprovechó que el otro se ponía a carraspear para preguntarle si era hermosa, ante lo cual Nakayama, horrorizado, rompió a llorar y orinó patéticamente. Quizá como recurso desesperado para salvar la vida, dijo que sí; entonces, Kazumi se descubrió la mitad de la cara y preguntó que tan hermosa era ahora. El llanto de Nakayama arreció; sin querer movió la cabeza negativamente, y algo iba a decir para sortear su horrible destino cuando unas enormes tijeras le cortaron la boca espantosamente, arrancándole incluso un par de dientes. Tardó tres minutos en morir desangrado, ante la mirada inexpresiva de su esposa.
No volvió a saberse de ella, aunque se dice que transeúntes despistados la han visto en Shinjuku, a deshoras, y han tenido que responder sus preguntas con resultados funestos.

Aokigahara. U.

No tenía de qué quejarse. Apenas lo habían ascendido en el trabajo y su novia era de las más codiciadas de su círculo social. Se preparaba para vivir más que holgadamente el resto de sus días cuando aceptó una invitación a visitar Japón. Tres amigos decidieron llevarlo para festejar su ascenso y, supuestamente, mostrarle el lado underground del país, consistente en visitar burdeles equipados con mujeres de variados talentos. Aceptó la invitación, comentó el asunto con la novia y la calmó respecto de la forma en que se comportaría allá (alegó que las orientales le repugnaban).
Pero uno de los amigos era afecto a la escalada; en varios países del mundo se había sumado a partidas creadas para conquistar la cima de famosos promontorios, desde el miserable Ajusco hasta el imponente Everest (a cuya punta nunca llegó). Ahora, ese amigo recomendó escalar el Monte Fuji. No serían los cuatro quienes emprendieran el ascenso; el recién ascendido, tras haber degustado las mieles del sexo perverso en manos de mujeres de ojos rasgados y grandes dotes como amantes, prefirió recorrer el extenso bosque sito al pie del Fuji.
Los otros tres le permitieron hacer su santa voluntad; ellos ya se habían provisto de equipo para escalar la montaña y sólo pensaban en llegar tan alto como pudieran. Su amigo vagó por el pie del Monte y, casi inadvertidamente, se aventuró al interior del Aokigahara, de 35,000 km2 de extensión. Lo que más le llamó la atención no fue la densidad del bosque, sino el silencio que privaba en él. Anduvo más de un kilómetro sin toparse con nadie, aunque aquí y allá encontró pruebas de que otros humanos solían pasear por ahí.
Notó tarde que ignoraba si podría regresar por donde había venido. No se había fijado en el camino recorrido y destacaba por ser desorientado. Se limitó a volver sobre sus pasos, mirando al cielo, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que oscureciera. Los nervios se le destrozaron cuando, de pronto, vio a cuatro personas al pie de un árbol; eran una anciana, un hombre y dos niños japoneses, cubiertos de harapos y de rara mirada. Parecían estar famélicos, pues acompañaban una suerte de demandas en japonés con gestos que aludían al acto de comer. El interpelado, seguro de que algo no andaba bien, se limitó a emprender la huida a la carrera, que interrumpió al notar la ausencia total de veredas. Mientras pensaba en cómo salir de aquel atolladero, observó que en un tronco había un anuncio escrito en japonés (que ignoraba) e inglés (que dominaba), recomendando a la gente pensarlo dos veces antes de utilizar el bosque para fines suicidas; era mejor (decía el anuncio) buscar ayuda profesional en lugar de ceder a la depresión.
El anuncio lo horrorizó; tomó su celular (modernísimo) para llamar a sus amigos y rogarles que fueran por él, pero notó que el aparato no recogía señal alguna, así como que el famoso GPS (que el artilugio incluía) no le servía para maldita la cosa. Se persignó, pensó en la novia, en la familia, acopió esperanza, se echó a andar. Divisó, en la entrada de una caverna, una figura quizá femenina que le hacía señas para acercarse. Él, urgido de ayuda aunque con desconfianza, acudió al llamado. Anocheció poco después.
Los amigos no habían llegado ni a la mitad del Fuji; cansados y frustrados, decidieron hallar a su compañero y limitarse a gozar de la vida nocturna de ciudades niponas. Sabían que el desparecido había ido al bosque, de modo que lo buscaron con la ayuda de un guía que, para no ilusionarlos, les aclaró que quizá su amigo ya estaba muerto, no por tener tendencias suicidas, sino porque los demonios que poblaban el bosque hacían a la gente ver cosas de las que la muerte era el único alivio. Airados, los sobrevivientes exigieron la intervención de las autoridades para dar con el desaparecido.
Por fin, tres días después de comenzada la búsqueda, el cuerpo del viajero infeliz fue descubierto dentro de una caverna, con las muñecas cercenadas. De inmediato se coligió que había sido suicidio. Los amigos buscaron desmentir ese dictamen, pero no tuvieron suerte. Al final, ya en la patria, aceptaron que quizá el suicida, en su fuero interno, arrastraba una depresión de origen desconocido.