martes, 21 de febrero de 2017

La risa del vampiro. Robert Bloch (1917-1994)

El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis pacientes a la misma institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora -¡ironía de las ironías!- soy su hermano en mi desgracia.

Y no obstante, en realidad no estoy loco. Me enviaron aquí porque quise decir la verdad, y no era la clase de verdad que los hombres se atreven a revelar o a reconocer. Soy consciente de que mi papel en el asunto me llevó a sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero no me afectó demasiado. Mi historia es cierta; lo juro -pero ellos no me creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquella noche repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en vida que aborrezco. Hay otra prueba concreta que podría dar si me atreviera, pero sería demasiado horrible. No debo conducirles al mismo lugar de aquel cementerio desconocido, indicarles el pasadizo que se abre bajo aquella tumba. Es mejor que sufra solo, que el mundo se ahorre el conocimiento que destruye la cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y a la monotonía de mis días se añade el tormento sin fin de mis sueños nocturnos. Es por esto que he decidido escribir este relato. Quizás el desarrollo de mi historia servirá de algun modo a aliviar el difícil peso de mis recuerdos.

El asunto empezó un día del pasado Agosto en mi oficina de la ciudad. Aquella mañana había sido una aburrida espera, y la larga y cálida tarde llegaba a su fin cuando la enfermera hizo entrar al primer paciente. Era un caballero que venía a verme por primera vez; un hombre que se presentó como el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry College. Hablaba de una forma sibilante, con un peculiar acento extranjero que me hizo presumir que no era natural de este país. Le invité a que se sentara y procuré estudiarlo rápidamente mientras aceptaba mi invitación. Era alto y delgado. El cabello comenzaba a blanquear, tirando a platino, aunque por su aspecto general aparentaba tener unos cuarenta años. Sus ojos verdes, vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas cejas largas y oscuras. La nariz era ancha, con sensuales ventanillas, pero sus labios eran delgados, un contraste físico que en seguida llamó mi atención. Las huesudas manos que descansaban sobre la mesa eran extraordinariamente pequeñas, con largos dedos rematados por uñas afiladas, y pensé que se dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su postura flexible era como la de una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de un aventurero y los modales refinados. A la luz del sol pude observar su rostro, y vi que todo su semblante estaba cubierto con una red de finas arrugas. También noté la extraña palidez de su piel, que indicaba alguna afección dermatológica. Pero lo más extraño de él era su modo de vestir. La ropa, evidentemente nueva, era incongruente en dos aspectos: demasiado elegante para presentarse a aquella hora y además, no parecía hecha para él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos de cuero y no llevaba sombrero. Sin duda, era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.

Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era un hombre de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin necesidad de preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la garganta y empezó. Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leido y oído; le proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía. Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus obsesiones estaban fundadas en la realidad. Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus dificultades. Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.

El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la parte más vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus visiones nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche, bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba. Por lo general, sus sueños empezaban de esta manera, en medio de un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un sendero bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los ataúdes. Entonces, se arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.

Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la noche inmemorable. Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y excitado susurro.

El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran los moradores de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín. Habitaban en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses primitivos ante altares en forma de cráneo. Había galerías que condudan a las tumbas y fosos aún más hondos en donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.

Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía más tensa. No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signnicativos que siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las noches. En sus visiones, esos seres no se le acercaban y parecían no preocuparse de su presencia; continuaban entregándose a horrendos festines en las cámaras sepulcrales o a unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no diría más. Sus viajes nocturnos siempre acababan con el tránsito de una vasta procesión de estas monstruosidades por una caverna aún más profunda, un viaje que veía desde el borde superior. Una visión rápida y estremecedora de los reinos inferiores le recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus sueños, mientras veía la procesión demoníaca desde el borde, había perdido pie precipitándose dentro del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su sueño terminaba afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.

Noche tras noche, las visiones se sucedían, pero esto no era lo peor de sus preocupaciones. ¡Su auténtica obsesión, su verdadero pavor consistía en el conocimiento de que estas visiones eran ciertas! Al llegar aquí le interrumpí con impaciencia, pero él insistió en proseguir. ¿No había visitado el cementerio desde sus primeros sueños y no había encontrado la misma bóveda que reconocía a través de sus visiones? ¿Y qué había de los libros? Le habían enviado para que iniciara una extensa investigación entre los libros particulares de la biblioteca de un colega antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido, debía admitir las veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en tales libros como Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el grotesco Ritos Negros, del místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del escondido Bast. Recientemente, había emprendido algunos estudios en el loco y legendario Necronomicon de Abdul Alhazred. No pudo impugnar el misterio que se halla detrás de todas esas cosas como el censurado e infame Fábula de Nyarlathotep, o La leyenda de Elder Saboth.

Aquí irrumpió en un divagador discurso sobre los oscuros secretos míticos, con frecuencia alusiones a las antiguas creencias, como el labuloso Leng, el oscuro N'ken y el diablo encantado Nis; también habló de las blasfemias de la luna de Yiggurath y la secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.

Era evidente que estos desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y con este argumento conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo. Sus lecturas e investigaciones le habían producido este ataque, y añadí que no debía someter su cerebro a estas meditaciones, y que estas cosas son peligrosas para las mentes normales. Había leído y oído lo suficiente para saber que tales ideas no estaban concebidas para que los hombres las buscaran o comprendieran. Además, no debía tomarse demasiado en serio estos pensamientos. pues después de todo, estas leyendas eran únicamente alegóricas. No existen vampiros ni demonios mitológicos, debía verse que estos sueños podían ser interpretados simbólicamente. Cuando terminé, se sentó en silencio durante un momento. Dio un suspiro y luego habló con mucha cautela. Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba diferente. ¿No había reconocido el lugar de sus sueños?

Intervine con una observación sobre la influencia del subconsciente, pero él, sin hacer caso de mi aseveración, continuó. Luego, me informó con una voz que vibraba con una excitación histérica, me contaría lo peor. Aún no me había contado todo lo que sabía y lo que le había ocurrido cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se había detenido al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había llegado aún más lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared; descendió las escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para regresar, nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres, él había siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana siguiente siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos seres! Ahora, debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto irreflexivo. Le calmé con dificultad, mientras procuraba encontrar un método de tratamiento lógico y eficiente. Se hallaba casi al borde de la locura. De nada serviría persuadirle o intentar convencerle de que había soñado todos aquellos incidentes, de que su sistema nervioso le había llevado a alucinaciones afines. No podía esperar que él se diera cuenta, en su estado presente, que los libros responsables de su enfermedad habían sido escritos por mentes desordenadas y con el propósito de producir locos delirios. Era evidente que el único camino abierto era alegrarle, y luego demostrarle concretamente el completo engaño de sus creencias.

Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme la verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete. Le prescribí un sedante suave para que lo tomara aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta la noche siguiente.

Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digo de estudio: un profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño de tres años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida lectura de la edición expurgada del conde d'Erlette Cultes des Goules. El anochecer me encontró dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando la llegada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.

Por fin llegó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja muralla que rodeaba la necrópolis. Luego, me condujo a través de un jardín de grava iluminado por la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la diabólica densidad de las sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable, me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos portales de la tumba que pretendía haber profanado. No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió, ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ningu no de los dos decíamos nada.

Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me las había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que estuviera completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso, su mente podría al fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego?

Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más. Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si me negaba tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar. Fue esto último lo que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba... bueno, pronto lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su lado para que me enseñara el camino. La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico. Bajamos por una escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa del más espantoso pánico ,aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.

Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la segunda espiral del pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su alimentación. Luego, también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia? Al mirar hacia abajo, recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen de lo que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera. Rápidamente, encubriendo mi terror pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en vano traté de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido.

Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que este antiguo sendero no había sido construido para nada normal o parecido a la normalidad, y no temí que mis pensamientos incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más adelante. Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio. Abajo, abajo, abajo, nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura. Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros mientras me aconsejaba que guardara silencio.

Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y sombría caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad. Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba en las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me dejó tan de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta. Me senté en la oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto? En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin piedad.

La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras: eran retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud. Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas. Pero no me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo la escalera subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada más que el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba, jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin!

Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego brotó un ronco aullido en las escaleras directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos, acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban llegando! Seguí corriendo, al rítmico trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas mis fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca, más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto. Por fin se terminaron las escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al hacerlo, la moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar tambaleándome al mundo de los mortales.

Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he llegado a ser. Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los monstuos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.

¡Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres como el Profesor Chaupin!

Rip Van Winkle. Washington Irving (1783-1859)

La siguiente relación se encontró entre los papeles del difunto Dietrich Knickerbocker, un anciano caballero de Nueva York que se interesó profundamente por la historia de las colonias holandesas de la provincia y las costumbres de los descendientes de los primitivos pobladores. Sus investigaciones históricas no se efectuaban, sin embargo, entre libros, sino entre seres humanos, pues en los primeros no abundaban sus temas favoritos, mientras que los encontraba en los viejos burghers y aun más en sus mujeres, que poseían enormes tesoros de aquel folklore, tan valioso para el verdadero historiador. En cuanto hallaba una auténtica familia holandesa, cuidadosamente encerrada entre sus cuatro paredes, en su casa de techo bajo, construida casi debajo de la ancha copa de algún árbol, la consideraba como un pequeño volumen y la estudiaba con el celo de un ratón de biblioteca.

De todas estas investigaciones resultó una historia de la provincia bajo los gobernadores holandeses, que se publicó hace unos años. Existen numerosas opiniones acerca del verdadero carácter literario de ese libro, que, a decir verdad, no es lo que debería ser. Su mérito principal consiste en la escrupulosa exactitud, de la que se dudó al aparecer, pero que ha sido demostrada después sin lugar a dudas. Se le admite ahora en todas las bibliotecas de historia como un libro cuya autoridad es indiscutible. Aquel anciano caballero murió poco después de publicar su obra y, ahora que ha desaparecido, puede decirse, sin ofender su memoria, que su tiempo hubiera estado mucho mejor empleado si se hubiera dedicado a tareas más importantes. Tendría que seguir sus inclinaciones personales, de acuerdo con métodos propios y, aunque alguna que otra vez molestó a sus vecinos y ofendió a amigos, por los cuales sentía gran afecto, hoy se recuerdan sus errores y locuras más con lástima que con rencor y algunos empiezan a sospechar que nunca tuvo la intención de ofender a nadie. De cualquier modo que los críticos aprecien su memoria, la tienen en muy alta estima muchas personas cuya opinión puede compartirse, particularmente ciertos confiteros que en su admiración han llegado a reproducir su efigie en los pasteles de Año Nuevo, dándole así una oportunidad de hacerse inmortal, casi equivalente a la que proporciona una medalla de Waterloo o de la Reina Ana.

Rip Van Winkle
Escrito póstumo de Dietrich Knickerbocker

Cualquier persona que haya viajado río arriba por el Hudson, recordará los montes Kaatskill. Son un desprendimiento aislado del gran sistema orográfico de los Apalaches. Se les ve al oeste del río elevándose lentamente hasta considerables alturas y enseñoreándose del país circundante. Todo cambio de estación o del tiempo, hasta cada hora del día, producen alguna modificación en las mágicas formas de estas montañas; todas las buenas mujeres de los alrededores, y hasta las de lejos, tienen a esos montes por barómetros perfectos. Cuando el tiempo es bueno y se mantiene así, parecen revestirse de azul y púrpura y se destacan nítidamente sobre el fondo azul del cielo; algunas veces cuando el firmamento de la región está completamente limpio de nubes, alrededor de sus picos se forma una corona de grises vapores, que al recibir los últimos reflejos del sol poniente despiden rayos como aureola de un santo. A los pies de estas bellas montañas, el viajero habrá percibido columnas de humo que se desprenden de un villorrio cuyos techos se destacan entre los árboles, allí donde la coloración azul de las tierras altas se confunde con el verde esmeralda de la vegetación de las bajas. Es una pequeña villa de gran antigüedad, pues fue fundada por los primeros colonos holandeses, en los primeros tiempos de la provincia, al iniciarse el período de gobierno de Pedro Stuyvesant, a quien Dios tenga en su gloria; hasta hace unos pocos años, todavía quedaban algunas de las casas de los primeros colonos. Eran edificios construidos de ladrillos amarillos, traídos de Holanda.

En aquella misma villa y en una de esas mismas casas (que, a decir verdad, el tiempo y los años habían maltratado bastante), vivió hace ya de esto mucho tiempo, cuando el territorio era todavía una provincia inglesa, un buen hombre, que se llamaba Rip Van Winkle. Descendía de los Van Winkle que tanto se distinguieron en los caballerescos días de Pedro Stuyvesant y que le acompañaron en el sitio de Fuerte Cristina. Sin embargo, poco había heredado del carácter marcial de sus antecesores. Debo hacer notar que era de buen natural, vecino bondadoso y esposo sumiso, pegado a las faldas de su mujer. A esta última circunstancia, a esta mansedumbre se debía su enorme popularidad, pues estos hombres, que en casa están bajo el dominio de una tarasca, tienden en la calle a ser conciliadores y obsequiosos. Sin duda, sus temperamentos se ablandan y se hacen maleables en el terrible fuego del hogar conyugal; los gritos de su mujer equivalen a todos los sermones del mundo, en lo que respecta al aprendizaje de la paciencia y de la longanimidad. En un cierto sentido, una mujer bravía puede considerarse como una bendición; si así es, Rip Van Winkle estaba bendito tres veces. Cierto es que era el favorito de todas las buenas mujeres de la vecindad que, como es corriente entre el bello sexo, se ponían de parte de Rip en todas las dificultades domésticas de éste; de noche, cuando se dedicaban a comentar las ocurrencias de la villa, todas ellas echaban la culpa a la señora Van Winkle. Los chiquillos lanzaban exclamaciones de júbilo en cuanto se acercaba. Los ayudaba en sus juegos, fabricaba sus juguetes, les enseñaba a hacer cometas y canicas, y les contaba extensos relatos acerca de aparecidos, brujas e indios. En cualquier lugar de la villa que se encontrara, estaba rodeado de un grupo de ellos, colgados de sus faldones o de sus espaldas, y haciéndole mil diabluras con toda impunidad; ni un perro de la vecindad le ladraba. El gran error de Rip consistía en su invencible aversión por toda clase de trabajo provechoso. Eso no procedía de carencia de asiduidad o perseverancia, pues era capaz de pasarse sentado en una roca húmeda, con una caña tan pesada como la lanza de un tártaro, tratando de pescar todo el día, aunque los peces no se dignasen morder el anzuelo ni una sola vez. Con un fusil al hombro, recorría a pie bosques y pantanos durante muchas horas, para matar algún pájaro. Nunca se negaba a asistir a un vecino, hasta para el trabajo más duro. Era el primero en tomar parte en todas las diversiones campesinas, como tostar maíz o construir una empalizada de piedras; las mujeres de la aldea se valían de él para los pequeños servicios y hacer aquellas labores menudas que sus esposos, menos corteses, no querían llevar a cabo. En una palabra: Rip estaba pronto a efectuar cualquier trabajo menos el propio: le era completamente imposible mantener su granja en orden o dar cumplimiento a sus deberes de padre de familia.

Afirmaba que no tenía sentido trabajar sus tierras. En todo el país no se encontraba un predio que contuviera tantas dificultades, en igualdad de tamaño. Todo salía mal y saldría mal, a pesar de cualquier cosa que él hiciera. Su empalizada se derrumbaba sola. Su vaca desaparecía o se metía en la granja vecina. En sus campos crecía más aprisa la maleza que cualquier otra cosa que él plantara. La lluvia parecía empeñada en caer justamente cuando se había propuesto trabajar al aire libre. Por todas estas razones, las tierras heredadas de sus padres se habían ido reduciendo, hasta quedarle sólo una parcela, plantada de patatas y maíz, que a pesar de su reducido tamaño era la granja peor administrada de toda la región. Sus hijos, por lo descuidados, no parecían pertenecer a ninguna familia. Su primogénito, que se llamaba Rip como él, era su propia estampa y parecía heredar, con los trajes viejos de su padre, todas sus características. Se le veía, generalmente, saltando como un potrillo, al lado de su madre, vistiendo un par de pantalones, cortados de otros viejos del autor de sus días, que sostenía con una mano, con la misma elegancia con que una damisela recoge su larga falda, para evitar que se ensucie, cuando hace mal tiempo.

Sin embargo, Rip Van Winkle era uno de esos felices mortales que, gracias a su innata disposición, toman las cosas como se presentan, comen pan negro o blanco, el que pueda conseguirse con menos dificultades y quebraderos de cabeza y que prefieren morirse de hambre con un penique a trabajar por una libra. Si hubiera estado solo se habría desprendido de todas sus dificultades vitales, pero su mujer no cesaba de echarle en cara su haraganería, su descuido y la ruina que su conducta traía a su familia. De mañana, al mediodía, de tarde y de noche, aquella mujer no daba descanso a su lengua; cualquier cosa que dijese o hiciera, provocaba, con toda seguridad, un torrente de elocuencia doméstica. Rip tenía un método propio de replicar a estos sermones y que ya se estaba convirtiendo en hábito. Consistía en encogerse de hombros, sacudir la cabeza, bajar los ojos y no decir una palabra. Sin embargo, esta actitud siempre provocaba una nueva andanada de reproches de su mujer, por lo que se veía obligado a retirarse y refugiarse fuera de la casa, el único lugar que corresponde a un marido demasiado paciente. Sólo un miembro de la familia tomaba partido por él, y era su perro: Lobo, tan perseguido como su dueño, pues la señora Van Winkle consideraba a entrambos como cómplices en la haraganería y hasta atribuía a Lobo el que su marido se perdiera por aquellos andurriales con tanta frecuencia. Cierto es que, en lo que respecta a las cualidades que deben adornar a un perro honorable, Lobo era tan valiente como cualquier otro animal que hubiera rastreado por los bosques. Pero, ¿qué coraje puede aguantar el eterno terror de una lengua femenina, que nada perdona? En cuanto Lobo entraba en la casa, toda su pelambre caía laciamente por los costados, metía el rabo entre las piernas, se deslizaba como si fuera culpable de algún terrible crimen y con el rabillo del ojo vigilaba a la señora Van Winkle; a la menor indicación de una escoba salía disparado hacia la puerta, aullando lastimeramente.

A medida que pasaban los años, la situación se hacía cada vez más intolerable para Rip Van Winkle; el mal genio nunca mejora con la edad y la lengua es el único instrumento cuyo filo aumenta con el uso. Durante algún tiempo se consolaba, cuando debía abandonar el hogar conyugal, frecuentando una especie de club, abierto a todas horas, formado por todos los sabios, todos los filósofos, así como todas las gentes que no tenían nada que hacer. Mantenían sus sesiones en un banco, delante de una pequeña taberna, cuyo nombre derivaba de un rubicundo retrato de su Majestad Británica Jorge III. Acostumbraban sentarse a la sombra, durante los largos días de verano, hablando sobre las murmuraciones propias de una pequeña ciudad o contando larguísimas y soporíferas historias acerca de naderías. Eran dignos de los tesoros de un hombre de estado los profundos comentarios y discusiones que tenían lugar allí, cuando por casualidad algún viajero les dejaba alguna gaceta anticuada. ¡Con qué atención escuchaban a Derrick Van Bummel leerla en voz alta, arrastrando mucho las palabras! Es cierto que el lector era el dómine del lugar, hombre pequeñito, muy sabiondo y siempre cuidadosamente vestido, que no se asustaba ante la palabra más larga del diccionario. ¡Con qué sabiduría discutían los hechos públicos, varios meses después de ocurridos!

Las opiniones de esta junta de notables estaban bajo la influencia de Nicolás Vedder, patriarca de la villa y dueño de la taberna, a cuya puerta estaba siempre sentado, desde la mañana hasta la noche, moviéndose sólo lo estrictamente necesario para evitar el sol y quedar siempre bajo la protectora sombra de un árbol, con lo que los vecinos deducían la hora por su posición con tanta certidumbre como si fuera un reloj de sol. Es cierto que muy raras veces hablaba, pero en cambio fumaba continuamente su pipa. Sus discípulos (pues todo gran hombre los tiene), sin embargo, le entendían perfectamente y sabían comprender sus opiniones. Cuando se leía o se contaba algo que no era de su agrado, fumaba nerviosamente su pipa, echando frecuentes bocanadas de humo con gesto de enojo; pero cuando le gustaba, inhalaba lentamente el humo y lo lanzaba formando nubes ligeras y plácidas. A veces llegaba a sacarse la pipa de la boca, dejando que el oloroso humo girara en volutas alrededor de su nariz, inclinando la cabeza en señal de perfecto asentimiento. Su terrible esposa logró expulsar a Rip hasta de este último reducto, pues muchas veces interrumpió la serena tranquilidad de aquella asamblea para expresar su opinión acerca de cada uno de los presentes. Ni el mismo Nicolás Vedder estaba seguro ante la audaz lengua de aquella harpía, que le acusó públicamente de fomentar la haraganería crónica de su marido.

El pobre Rip llegó así a un estado de verdadera desesperación; su única posibilidad de escapar al trabajo en su granja o a las vociferaciones de su mujer, consistía en tomar la escopeta y recorrer los bosques. Allí se sentaba, a la sombra de un árbol, compartiendo el contenido de su mochila con el pobre Lobo, que gozaba de todas sus simpatías por ser copartícipe de sus sufrimientos. «¡Pobre Lobo!», acostumbraba decir, «tu ama te hace llevar una vida de perros, pero no te preocupes, pues mientras yo viva no te ha de faltar un amigo que te ayude». Lobo meneaba la cola, miraba cariñosamente a su amo y si los perros pueden sentir piedad, estoy plenamente convencido de que respondía con el mismo afecto a los sentimientos de su señor. En uno de estos largos paseos, durante un bello día de otoño, Rip llegó sin darse cuenta a una de las más elevadas regiones de los Kaatskill. Se dedicaba a su pasatiempo favorito: la caza; en aquellas tranquilas soledades, el eco repetía varias veces los disparos de su escopeta. Por encontrarse cansado, se tiró, ya muy entrada la tarde, en un prado cubierto con hierbas de la montaña que terminaba en un precipicio. Desde allí podía divisar hasta gran distancia parte de las tierras bajas. A lo lejos, distinguía el señorial Hudson, que avanzaba majestuosamente, reflejando en sus ondas una nube purpúrea, o el velamen de alguna barca que se deslizaba por su superficie de cristal, para perderse luego en el azulado horizonte. Por el otro lado se veía un estrecho valle, cuyo suelo estaba cubierto con las piedras que habían caído de la parte superior de la montaña. Los rayos del sol poniente difícilmente penetraban hasta su fondo. Durante algún tiempo, Rip observó distraído la escena; avanzaba la tarde; las montañas empezaban a arrojar sus azules sombras sobre los valles; comprendió Rip que sería completamente de noche cuando llegase a su casa y suspiró profundamente al pensar en lo que diría su mujer. Cuando se disponía a descender, oyó una voz que lo llamaba: «¡Rip Van Winkle, Rip Van Winkle!» Miró en todas direcciones, pero no pudo descubrir a nadie. Creyó que su fantasía le había engañado y se dispuso a bajar, cuando oyó nuevamente que le llamaban: «¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!» Al mismo tiempo, Lobo enarcó el lomo y gruñendo se refugió al lado de su amo, mirando aterrorizado hacia el valle. Rip sintió que un miedo vago se apoderaba de él, miró ansiosamente en la misma dirección y pudo observar una extraña figura que subía lentamente por las rocas, llevando una pesada carga sobre los hombros. Se sorprendió al ver un ser humano por aquellas soledades, pero creyendo que fuera alguno de sus vecinos, necesitado de su ayuda, se apresuró a socorrerlo.

Al acercarse, se sorprendió aún más por la extraña apariencia del desconocido. Era un hombre bajo, de edad avanzada, con pelo hirsuto y barba grisácea. Vestía a la antigua usanza holandesa. Llevaba sobre los hombros un pesado barril, que parecía estar lleno de licor; hacía señales a Rip para que se acercara a ayudarle. Aunque desconfiaba algo de su nuevo amigo, Rip acudió con su prontitud habitual y, ayudándose mutuamente, ascendieron por un estrecho sendero, que era aparentemente el lecho de un seco torrente. Mientras proseguían su camino, Rip oyó algunas veces extraños ruidos, como de truenos lejanos, que parecían salir de una estrecha garganta, formada por altas rocas, hacia la cual conducía el áspero sendero que seguían. Se detuvo un momento, pero creyendo que el ruido proviniera de una de esas tormentas momentáneas tan frecuentes en las alturas, prosiguió. Pasando por la estrecha garganta, llegaron a una especie de anfiteatro, rodeado de murallas de piedra perpendiculares, por encima de las cuales se asomaban algunas ramas de árboles. Durante todo el camino, tanto Rip como su compañero habían permanecido en silencio, pues aunque el primero se admiraba de que el segundo llevase un barril de licor a aquellas alturas, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que inspiraba respeto e impedía la familiaridad. Al entrar en el anfiteatro, aparecieron nuevos motivos de asombro. En el centro se encontraba un grupo de extraños personajes que jugaban a los bolos. Estaban vestidos de una manera realmente extraña y anticuada, que se parecía a la del guía de Rip Van Winkle. También sus caras eran peculiares: uno tenía una cabeza larga, una cara ancha y ojillos rodeados de grasa, como los de un cerdo; la cara de otro parecía consistir exclusivamente en nariz, y llevaba sobre la cabeza un sombrero cónico, en cuya cúspide lucía una roja pluma de gallo. Todos tenían barbas de las más diversas formas y colores. Uno de ellos parecía ser el jefe. Era un caballero de edad provecta, muy alto, y cuya apariencia demostraba que había pasado mucho tiempo al aire libre. Aquel grupo le recordaba a Rip las pinturas de la antigua escuela flamenca, que colgaban en el cuarto del párroco y que habían sido traídas de Holanda, en los primeros tiempos de la colonia.

Lo que extrañaba particularmente a Rip era que aquellas gentes, aunque estaban divirtiéndose, ponían unas caras muy serias, mantenían un silencio sepulcral y formaban el más melancólico grupo de personas que Rip hubiera visto jamás. Nada interrumpía el silencio de la escena, excepto los bolos, que cuando rodaban producían entre las montañas un ruido como de truenos. Cuando Rip y su compañero se aproximaron, dejaron repentinamente de jugar y le observaron con una mirada tan fija, más propia de una estatua, y un aire tan extraño que el corazón se le dio vuelta y se le echaron a temblar las piernas. Su compañero vertió contenido del barril en grandes copas e hizo señas a Rip para que las repartiera entre los presentes. Obedeció asustado y temblando; los extraños personajes bebieron y continuaron su juego. Gradualmente desapareció el miedo y la aprensión de Rip. Hasta se atrevió, cuando nadie le miraba, a probar aquella bebida, en la cual encontró el sabor de una excelente ginebra. Como era una naturaleza sedienta, pronto se sintió tentado a repetir el trago. Como no hay dos sin tres, persistió en sus besos a la copa, con tanta asiduidad que finalmente perdió el sentido, le bailaron los ojos, inclinó gradualmente la cabeza y se durmió profundamente. Cuando se despertó, encontróse otra vez en la verde pradera, desde la cual había distinguido por primera vez al extraño viejo. Se frotó los ojos. Era una mañana estival. Los pájaros saltaban entre los árboles. Un águila volaba a gran altura, aspirando el aire puro de la montaña. «Supongo», pensó Rip Van Winkle, «que no habré dormido aquí toda la noche». Recordó los extraños sucesos ocurridos antes de que empezara a dormirse: el desconocido que subía con un barril a cuestas, la garganta entre las montañas, aquel anfiteatro rodeado de rocas, el juego de bolos, la copa. «¡Oh! ¡Aquella maldita copa!», pensó Rip, «¿qué explicación le daré ahora a mi mujer?»

Buscó su escopeta, pero en lugar de su arma bien aceitada y limpia, encontró a corta distancia de donde estaba un caño enmohecido, que tenía roto el gatillo y la culata carcomida. También Lobo había desaparecido, pero era probable que se hubiera escapado detrás de una liebre. Silbó y le llamó por su nombre, pero todo fue en vano: el eco repitió el sonido, pero el can no aparecía por ninguna parte. Se decidió a visitar el lugar de la fiesta de la noche anterior y a pedir explicaciones a sus ocasionales compañeros acerca de su escopeta y de su perro. Al levantarse, comprobó que sus articulaciones no funcionaban como siempre. «Estas montañas no me convienen», pensó Rip, «y si esta fiesta me ha de obligar a guardar cama con reumatismo, ¡vaya el escándalo que me armará mi mujer!» Tuvo muchas dificultades para caminar, pero al fin llegó al principio del sendero que la noche anterior habían seguido él y su compañero; con gran asombro suyo halló que ahora era un verdadero río montañés, que saltaba de roca en roca, formando cascadas de espuma. Intentó ascender por sus orillas, atravesando con gran trabajo los arbustos, que parecían extender ante él una red impenetrable. Finalmente, llegó al punto donde se abría la garganta, pero no quedaban ni rastros de aquel camino. Las rocas presentaban una superficie sólida y unida, por la cual descendía el torrente formando una capa de espuma, cayendo en su lecho ancho y profundo. Aquí el pobre Rip no pudo proseguir. Otra vez silbé y llamó a su perro. Nadie le respondió. ¿Qué hacer? Avanzaba la mañana, y Rip sentía hambre, pues no se había desayunado. Le dolía perder su perro y su arma; además temía encontrarse con su mujer, pero no quería morirse de hambre en las montañas. Sacudió la cabeza, se puso sobre el hombro su descabalada escopeta y con el corazón lleno de miedo y ansiedad se dirigió a su casa.

Al acercarse a la villa encontró diferentes personas, todas desconocidas, lo que le sorprendió sobremanera, pues creía conocer a todos los habitantes de aquella parte del país. También la manera como iban vestidas se diferenciaba de aquella a la cual estaba acostumbrado. Todos le miraban con iguales demostraciones de sorpresa y, en cuanto le veían, se acariciaban la barbilla. La constante repetición de este ademán indujo a Rip a hacer lo mismo, y observó entonces con gran asombro suyo que tenía una barba de casi medio metro. Finalmente, llegó a los suburbios de la villa. Una tropa de chiquillos desconocidos corría detrás de él gritando desaforadamente y burlándose de su barba. Los perros, ninguno de los cuales parecía conocerle, ladraban a su paso. La misma villa había cambiado: era más grande y más populosa. Encontró hileras de casas que nunca había visto; además habían desaparecido muchos lugares familiares. Las puertas tenían inscripciones de nombres desconocidos; se asomaban a las ventanas caras que nunca había visto; no podía reconocer nada. La cabeza le daba vueltas, y llegó al extremo de preguntarse si él o la villa estarían embrujados. Ciertamente este era su lugar natal, del cual había salido el día anterior. Allí estaban los Kaatskill; a una cierta distancia corría el plateado Hudson; cada colina y cada valle se encontraban precisamente donde debían estar. Rip estaba profundamente perplejo. «Esas copas de anoche -pensó- me han trastornado la cabeza».

Lo costó bastante trabajo encontrar el camino hacia su casa, a la que se acercó lleno de sobresalto, esperando oír a cada momento la voz chillona de su mujer. La casa estaba en ruinas: el techo se había desplomado; no quedaba puerta ni ventana en su sitio. Un perro famélico rondaba por allí. Como tenía un cierto parecido con Lobo, Rip le llamó por su nombre, pero el animal le mostró los dientes y siguió de largo. «¡Hasta mi mismo perro me ha olvidado!», dijo Rip con un suspiro. Entró en la casa, que, a decir verdad, la señora Van Winkle había mantenido siempre limpia y en orden. Estaba vacía y aparentemente abandonada. Una intensa desolación se apoderó de él. Llamó a gritos a su mujer y a sus hijos. Resonó su voz en los cuartos vacíos y después reinó otra vez un silencio completo. Echó a correr en dirección a la taberna, pero ésta también había desaparecido. En su lugar se elevaba un edificio de madera, muy amplio, de frágil apariencia, con ventanas irregularmente colocadas, sobre cuya puerta había un letrero que decía: «Hotel Unión, de Jonatán Doolitle». En lugar del árbol, bajo el cual se albergaban los ciudadanos de antaño, había ahora un gran mástil, que en la punta tenía algo que parecía ser un rojo gorro de dormir, además de una bandera, conjunto de estrellas y barras, que era completamente extraño e incomprensible. Reconoció la rubicunda cara del rey Jorge, pero también ésta había sufrido una metamorfosis singular. En lugar de la casaca roja, llevaba otra azul, tenía una espada en la mano, en lugar de un cetro y debajo del cuadro decía en grandes caracteres: general Washington.

Cerca de la puerta se encontraba un grupo de personas, pero Rip no pudo reconocer a ninguna de ellas. Parecía que hubiera cambiado hasta el carácter de la gente. Hablaban con un tono discutidor y gritón, como si estuvieran engolfados en algún asunto importante, en lugar de la acostumbrada flema y soñolienta tranquilidad de antaño. Buscó en vano al sabio Nicolás Vedder, el de la ancha cara, la doble mandíbula y la larga pipa holandesa, que acostumbraba fumar en vez de echar discursos tontos, o a Van Bummel, el maestro de escuela, que les leía en voz alta el contenido de una vieja gaceta. En lugar de aquellas gentes, a las que estaba acostumbrado, un hombre flaco, de aspecto bilioso, echaba una vehemente arenga acerca de los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del Congreso, la libertad, los héroes del 66 y muchas otras cosas más, que para el extrañado Rip Van Winkle sonaban como si se las dijeran en chino. La aparición de Rip Van Winkle con su larga barba gris, su herrumbrosa escopeta, su traje desarreglado, y una procesión de mujeres y de chiquillos detrás de él, pronto atrajo la atención de aquellos políticos de taberna. Se agruparon a su alrededor, observándole de pies a cabeza con gran curiosidad. El orador se apoderó de él y, llevándole aparte, le preguntó por quién iba a votar. Rip le echó una mirada estúpida por lo inexpresiva. Otro hombrecillo, que se movía ágilmente como una ardilla, le arrastró por el brazo y, poniéndose en puntas de pies, le preguntó al oído si era federal o demócrata. Rip se encontró igualmente imposibilitado de responder a esa pregunta, pues no la entendía tampoco. Un anciano caballero, que se daba mucha importancia, se abrió paso a través de la multitud, apartándola a derecha e izquierda con sus codos, se plantó delante de Van Winkle, y con una mirada que parecía querer penetrarle hasta el fondo del alma, le preguntó en tono austero cómo se le ocurría venir a una elección portando armas, con una muchedumbre detrás de él y si era su intención armar un escándalo en la villa.

-Ay, señores -dijo Rip algo asustado-. Yo soy hombre de paz, nacido en esta villa y fiel súbdito de nuestro señor, el rey Jorge, a quien Dios guarde.
Los circunstantes estallaron en exclamaciones: «¡Un espía! ¡Un refugiado! ¡Fuera con él!» Con gran dificultad, aquel anciano caballero, que se daba tanto pisto, logró restablecer el orden. Con un fruncimiento de cejas, que indicaba una austeridad diez veces mayor, preguntó a aquel malhechor desconocido a qué había venido allí y qué buscaba. El pobre Rip aseguró humildemente que no tenía ninguna mala intención y que venía a buscar algunos de sus vecinos que acostumbraban frecuentar la taberna.
-¿Quiénes son? Nómbrelos.
Rip pensó un momento y luego preguntó por Nicolás Vedder.

Reinó silencio durante un momento, interrumpido finalmente por un anciano, que con voz quebradiza exclamó: «¿Nicolás Vedder? Murió hace dieciocho años. Hasta hace poco tiempo todavía quedaba en el cementerio una tabla con su nombre, pero ya ha desaparecido».

-¿Dónde está Brom Dutcher?
-Ese ingresó en el ejército, al principio de la guerra; algunos dicen que fue muerto durante el ataque a Stony Point; otros que se ahogó durante una tempestad. De todas maneras, nunca volvió.
-¿Dónde está Van Bummel, el maestro de escuela?
-También se fue a la guerra. Ahora forma parte del Congreso.
Al pobre Rip se le subía el corazón a la boca al oír todos estos tristes cambios, experimentados por su familia y sus amigos. Se encontraba solo en el mundo. Todas las respuestas le asombraban por referirse a tan enormes espacios de tiempo y a cosas que no podía entender: la guerra, Stony Point, el Congreso. Ya no tenía valor para preguntar acerca de sus amigos, sino que gritó desesperado:
-¿No conoce nadie aquí a Rip Van Winkle?
-¡Oh!, ¡Rip Van Winkle! -exclamaron algunos-; claro, Rip Van Winkle está allí apoyado en un árbol.
Rip miró y vio una reproducción exacta de sí mismo cuando se fue a las montañas. Por lo que se veía, seguía siendo tan haragán como siempre y su desastrado traje no había cambiado nada. El pobre Rip estaba completamente confundido. Dudaba de su propia identidad y no sabía si él era él o cualquier otra persona. En medio de su confusión, oyó que el anciano caballero le preguntaba su nombre.
-¡Sólo Dios lo sabe! -exclamó sin saber ya qué pensar ni qué decir-. Yo no soy yo. Yo soy otro. Es decir, yo estoy allí. No, es otro que se ha metido en mis zapatos. Hasta anoche, yo era yo, pero me dormí en las montañas y me cambiaron hasta la escopeta. Quiero decir, todo ha cambiado. Yo he cambiado y no puedo decir quién soy ni cómo me llamo.

Los circunstantes empezaron a mirarse los unos a los otros y a hacer girar los dedos sobre las sienes. En voz baja, se dijeron que era mejor sacarle la escopeta para evitar que hiciera algún disparate, al oír lo cual el anciano caballero, que se creía muy importante, retiróse con cierta precipitación. En este momento crítico, una mujer que acababa de llegar se abrió paso a través de la muchedumbre, para poder observar a Rip. Tenía en los brazos un chiquillo de cara redonda, que, al verle, comenzó a gritar. «¡Vamos, Rip! -exclamó ella-, ¡tonto!, ese hombre no te va a hacer daño! El nombre del niño, el aspecto de la madre, el tono de su voz, todo despertó en Rip numerosos recuerdos.

-¿Cómo se llama usted, buena mujer? -le preguntó.
-Judit Gardenier.
-¿Cómo se llamaba su padre?
-Rip Van Winkle, ¡pobre hombre! Hace veinte años que desapareció en las montañas con su escopeta y desde entonces nadie ha sabido más de él. Su perro volvió solo a casa. No sabemos si se mató o si se lo llevaron los indios. Yo era entonces muy pequeña.
A Rip le quedaba tan sólo una pregunta por hacer, la que formuló con voz temblorosa:
-¿Dónde está ahora su madre?
-Murió hace muy poco tiempo. Sufrió un ataque consecuencia de una discusión que tuvo con un vendedor ambulante que venía de Nueva Inglaterra.
Por lo menos con esto oía algo reconfortante. El honrado Rip no pudo contenerse más tiempo. Abrazó a su hija y a su nieto.
-Yo soy tu padre. ¿No conoce aquí nadie al viejo Rip Van Winkle?

Todos se quedaron asombrados, hasta que una anciana salió de entre la multitud con paso tembloroso y, poniéndose la mano delante de los ojos, para ver mejor, exclamó: «¡Claro!, es Rip Van Winkle. ¡Es el mismo! Bienvenido, vecino. ¿Dónde has estado todos estos años?» Rip acabó pronto de contar su historia, pues para él aquellos veinte años se reducían a una sola noche. Los vecinos se asombraron al oírle referir tan extraña historia; algunos se hicieron mutuamente señas; el anciano caballero que se creía importante y que había vuelto en cuanto pasó la alarma, sacudió la caza, al ver lo cual toda la asamblea hizo lo mismo. Se decidió preguntar la opinión del viejo Pedro Venderdonk, a quien vieron venir lentamente por el camino. Descendía del historiador del mismo nombre, que escribió una de las primeras crónicas de la provincia. Era él el habitante más viejo de la villa; estaba versado en todos los sucesos maravillosos y tradiciones de la vecindad. Reconoció a Rip enseguida y corroboró su historia de la manera más satisfactoria. Aseguró a los presentes que era un hecho, transmitido de padres a hijos, que los Kaatskill habían sido siempre refugio de extraños seres. Se afirmaba que el gran Hendrick Hudson, el descubridor del país y de la comarca, mantenía allí una especie de vigilancia, visitando la región cada veinte años y vigilando el río y la gran ciudad que llevaba su nombre. El padre de Vanderdonk los había visto una vez, en sus antiguos trajes holandeses, jugando a los bolos, en un rincón de la montaña; él mismo había oído una vez durante el verano el ruido de sus juegos, que sonaban como truenos lejanos. Los circunstantes se dispersaron y volvieron a la elección, que era más importante. La hija de Rip le llevó a su casa a vivir con ella: habitaba un elegante chalet bien amueblado que compartía con su marido, un hacendado enérgico y optimista, a quien Rip reconoció como uno de los chiquillos que acostumbraban jugar con él. En lo que respecta al hijo y heredero de Rip, que era la misma estampa de su padre, y que éste había visto apoyado en un árbol, se decidió emplearlo en trabajar la hacienda, pero demostró una predisposición hereditaria a preocuparse de sus propios asuntos.

Rip reanudó sus viejos paseos y costumbres; pronto encontró muchos de sus antiguos compañeros, aunque el tiempo no los había hecho mejores, por lo cual nuestro personaje prefería hacerse amistades entre la joven generación, que pronto le consideró uno de sus favoritos. No teniendo nada que hacer en casa, y habiendo llegado a aquella feliz edad en que un hombre puede impunemente dedicarse a la holgazanería, ocupó una vez más su lugar en el banco de la taberna, donde se le reverenciaba como uno de los patriarcas de la villa y una crónica viviente de los viejos tiempos «antes de la guerra». Pasó algún tiempo antes de que pudiera encontrar el método actual de murmuración o pudiera comprender los extraños hechos que habían ocurrido durante su sueño: la guerra, la liberación del yugo de Gran Bretaña y la circunstancia de que ahora, en vez de ser un súbdito de su majestad Jorge III, era un libre ciudadano de los Estados Unidos. Rip no era ningún político; las transformaciones de los Estados y de los imperios le hacían muy poca impresión; había una especie de despotismo bajo el cual había gemido durante muchos años: la dictadura de las faldas. Felizmente, eso había terminado, había logrado sacudir el yugo del matrimonio, y podría entrar y salir sin temor a la tiranía de la señora Van Winkle. Cuando se mencionaba su nombre, sin embargo, meneaba la cabeza, se encogía de hombros y bajaba la vista, lo que podía pasar por una expresión de resignación ante su suerte o de alegría por su liberación. Acostumbraba contar su historia a todos los extraños que llegaban al hotel de Doolittle. Al principio, algunos oyentes observaron que variaba en diversos puntos, lo que se debía indudablemente a que acababa de despertarse. Finalmente llegó a contarle exactamente cómo yo lo he relatado aquí; todo hombre, mujer o niño de la vecindad lo conocía ya de memoria. Algunos pretendían dudar de la realidad de la narración e insistían en que Rip había estado loco. Sin embargo, casi todos los viejos habitantes holandeses de la villa le daban entero crédito. Hoy mismo, en cuanto oyen truenos, en una tarde de verano, alrededor de los Kaatskill, dicen que Hendrick Hudson y su tripulación están dedicados a jugar a los bolos; en la vecindad, cuando un marido a quien le ha tocado una mujer demasiado dominadora siente lo pesado de su situación, desea beber un buen trago de la misma copa de Rip Van Winkle.

NOTA. -Es de sospechar que el relato anterior haya sido sugerido al señor Knickerbocker por una superstición alemana acerca del emperador Federico Barbarroja y las montañas de Kiffhäuser. Sin embargo, la nota agregada a este relato demuestra que es un hecho referido con su usual fidelidad: «La historia de Rip Van Winkle puede parecer increíble a muchos, a pesar de lo cual la creo verdadera en todos sus puntos, pues nuestras colonias holandesas han sido siempre escenario de hechos y apariciones maravillosas. Yo mismo he escuchado historias más extraordinarias que ésta en las villas situadas a lo largo del Hudson, todas las cuales eran tan auténticas que no admitían la más mínima duda. Yo mismo he hablado con Rip Van Winkle, quien, cuando le vi por última vez, era un venerable anciano, tan perfectamente lógico y consistente en todos los puntos, que no puedo suponer que ninguna persona consciente pudiera negarse a creerle. He visto un certificado del juzgado de paz sobre esta materia, firmado con una cruz, en la propia caligrafía del juez. Por consiguiente, la historia está fuera de toda duda.»

D. K.

Post scriptum. -En lo que sigue transcribimos algunas notas de viaje del señor Knickerbocker:

Las montañas Kaatsberg o Catskill, como se llaman ahora, han sido siempre una región legendaria. Los indios creían que allí moraban los espíritus que reinan sobre el tiempo, que esparcen las nubes o los rayos del sol, y que conceden abundantes o escasas estaciones de caza. Estaban sometidos a un viejo espíritu femenino, que, según ellos, era su madre. Esa mujer se aposentaba en el pico más alto de los Catskill, desde donde abría y cerraba las puertas del día y de la noche, siempre a la hora conveniente. Suspendía la luna nueva en los cielos y transformaba las otras en estrellas. En los tiempos de sequía, si los sacrificios que se le ofrecían eran de su agrado, hilaba ligeras nubes de verano, con telas de araña y rocío de la mañana y las mandaba a las crestas de las montañas, copo por copo, como si fuera algodón cardado, flotando en el aire, hasta que, disolviéndose por el calor del sol, descendían a la tierra en suaves lluvias, que hacían renacer los pastos, madurar los frutos y crecer rápidamente el maíz. Si, por el contrario, las ofrendas no le placían, soplaba nubes negras como la tinta, sentándose en medio de ellas, como una araña en medio de su red, y cuando estas nubes descendían, ¡ay de los valles!

En tiempos antiguos vivía una especie de Manitú o espíritu que tenía su morada en lo más recóndito de los Catskill y que se complacía en hacer toda clase de males a los pieles rojas. Algunas veces tomaba la forma de un oso, una pantera, o un ciervo, y conducía al extrañado cazador por intrincados bosques o entre peñascales, hasta que el piel roja se encontraba al borde de un precipicio o de un impetuoso torrente. El escondite favorito de este Manitú se muestra todavía hoy al excursionista curioso. Es una gran roca, que por la vegetación silvestre que la adorna se llama el Jardín Rocoso. Cerca se encuentra un pequeño lago. Los indios respetaban mucho este lugar, tanto que el más audaz cazador no perseguía su presa hasta allí. Sin embargo, uno, perdido en las montañas, penetró una vez en él, donde recogió un bejuco de los que crecían en aquel lugar. En su prisa por abandonar el paraje, lo dejó caer entre las rocas, donde se formó un gran río que le arrastró entre precipicios, deshaciéndole en pedazos y abriéndose camino hasta el Hudson, hacia el cual va fluyendo hasta el día de hoy. Trátase del mismo río que se conoce con el nombre de Kaaters-kill.

Ritmo. Chales Spencer Chaplin (1889-1977)

Tan sólo el alba se movía en la quietud de aquel pequeño patio de la prisión española -un alba anunciadora de muerte- mientras aquel joven gubernamental se erguía frente a un piquete de Ejecución. Los preliminares habían terminado. El grupito de las autoridades se había situado a un lado para asistir a la ejecución y ahora la escena se cuajaba en un penoso silencio.
Desde el primero hasta el último, los rebeldes habían conservado la esperanza de que su Estado Mayor enviaría la orden para sobreseer la ejecución. Pues el condenado era adversario de su causa, pero había sido popular en España. Era un brillante escritor humorístico que había sabido regocijar ampliamente a sus compatriotas.
El oficial que mandaba el piquete de ejecución lo conocía personalmente. Eran amigos antes de la guerra civil. Juntos habían obtenido sus títulos en la universidad de Madrid. Juntos habían luchado para derribar la monarquía y el poder de la iglesia. Juntos hablan bebido, habían pasado noches enteras en las mesas de los cafés, reído, bromeado y dedicado largas veladas a discusiones de orden metafísico. De cuando en cuando, se habían peleado por culpa de los diversos modos de gobierno. Sus divergencias de criterio eran entonces amistosas; pero por fin, habían provocado la desdicha y el trastorno de toda España.
Y habían llevado a su amigo ante un piquete de ejecución.
Pero ¿para qué evocar el pasado? ¿Para qué razonar? Desde la guerra civil, ¿para que servía el razonamiento? En el silencio del patio de la cárcel Todas aquellas preguntas se agolpaban, febriles, en la mente del oficial. No. Había que hacer tabla rasa del pasado. Sólo contaba el porvenir. ¿El porvenir? Un mundo que le privaría de muchos antiguos amigos.
Aquella mañana era la primera vez que habían vuelto a encontrarse desde la guerra. No habían dicho nada. Habían cambiado solamente una sonrisa mientras se preparaban a entrar en el patio de la prisión.
El trágico alborear dibujaba unas rayas plateadas y rojas en el muro de la cárcel y todo respiraba una quietud, un descanso cuyo ritmo se unía al sosiego del patio, un ritmo de latidos silenciosos como los de un corazón. En aquel silencio, la voz del oficial que mandaba el pelotón retumbó contra los muros de la cárcel: "¡Firmes!".
Al oír esta orden, seis subordinados apretaron sus fusiles y se irguieron: la unidad de su movimiento fue seguida de una pausa en cuyo transcurso hubiera debido darse la segunda orden.
Pero algo sucedió durante aquel intervalo, algo que vino a quebrar aquel ritmo. El condenado tosió, se aclaró la garganta, y aquella interrupción trastocó el encadenarse de los acontecimientos.
El oficial se volvió hacia el prisionero. Espera oírle hablar. Pero ni una palabra vino de él. Entonces, volviéndose de nuevo hacia sus hombres se dispuso a dar la orden siguiente. Pero una repentina rebeldía se adueño de su espíritu. Una amnesia psíquica que convirtió su cerebro en un espacio vacío. Aturdido, permaneció mudo ante sus hombres. ¿Qué sucedía? Aquella escena del patio de la cárcel no significaba nada. No vio ya, objetivamente, más que un hombre, de espaldas contra el muro, frente a otros seis hombres. Y aquellos otros de allí al lado, ¡qué aire tan estúpido tenían y como se parecían a unos relojes cuyo tic-tac se hubiera detenido de repente! Nadie se movía. Nada tenía sentido. Había allí algo anormal.
Todo aquello no era más que un sueño y el oficial debía evadirse de él,
Oscuramente le volvió poco a poco la memoria. ¿Desde cuándo estaba él allí? ¿Que había sucedido? ¡Ah, sí! Él había dado una orden. Pero... ¿Cuál era la orden siguiente?
Después de ¡firmes!, venía ¡carguen!-, luego ¡apunten! y por fin, ¡fuego! En su inconsciencia, conservaba una vaga idea de ello. Pero las palabras que debía pronunciar parecían lejanas, vagas y ajenas a él mismo.
En su azoramiento gritó de un modo incoherente, con una confusión de palabras carentes de sentido. Pero quedó aliviado al ver que sus hombres cargaban las armas. El ritmo de su movimiento reanimó el ritmo de su cerebro. Y volvió a gritar. Los hombres apuntaron. Pero durante la pausa que siguió, unos pasos apresurados se dejaron oír en el patio de la prisión. El oficial lo sabía: era el indulto. Recobró inmediatamente la conciencia.
-Alto- gritó frenéticamente al piquete de ejecución.
Pero seis hombres tenían el fusil. Seis hombres fueron arrastrados por el ritmo, y seis hombres, al oír el grito de «¡alto!» dispararon.

Rikki-tikki-tavi. Rudyard Kipling (1865-1936)

Ésta es la historia de la gran batalla que sostuvo Rikki-tikki-tavi, sin ayuda de nadie, en los cuartos de baño del gran bungalow que había en el acuartelamiento de Segowlee. Darzee, el pájaro tejedor, la ayudó, y Chuchundra, el ratón almizclero, que nunca anda por el centro del suelo, sino junto a las paredes, silenciosamente, fue quien la aconsejó. Era una mangosta, parecida a un gato pequeño en la piel y la cola, pero mucho más cercana a una comadreja en la cabeza y las costumbres. Los ojos y la punta de su hocico inquieto eran de color rosa; podía rascarse donde quisiera, con cualquier pata, delantera o trasera, que le apeteciera usar; podía inflar la cola hasta que pareciera un cepillo para limpiar botellas, y el grito de guerra que daba cuando iba correteando por las altas hierbas era:

-¡Rikk-tikk-tikki-tikki-tchk!

Un día, una de las grandes riadas de verano la sacó de la madriguera en que vivía con su padre y su madre, y la arrastró, pataleando y cloqueando, a una zanja al borde de la carretera. En ella flotaba un pequeño manojo de hierba al que se agarró hasta perder el sentido. Cuando se reanimó, estaba tumbada al calor del sol en mitad del sendero de un jardín, rebozada de barro, y un niño pequeño decía:

-Una mangosta muerta. Vamos a enterrarla.
-No -dijo su madre-, vamos a meterla dentro para secarla. Puede que no esté muerta.
La llevaron a la casa, y un hombre grande la cogió entre el índice y el pulgar y dijo que no estaba muerta, sino medio ahogada; con lo cual la envolvieron en algodón, le dieron calor, y ella abrió lo ojos y estornudó.
-Ahora -dijo el hombre grande (era un inglés que se acababa de mudar al bungalow)-, no la asusten, y vamos a ver qué hace.

Asustar a una mangosta es lo más difícil del mundo, porque está llena de curiosidad, desde el hocico hasta la cola. El lema de la familia de las mangostas es: «Corre y entérate», y Rikki-tikki hacía honor a su raza. Miró el algodón, decidió que no era comestible, y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa; se sentó alisándose la piel y rascándose, y subió al hombro del niño de un salto.

-No te asustes, Teddy -dijo su padre-. Eso es que quiere hacerse amiga tuya.
-¡Ay! Me está haciendo cosquillas debajo de la barbilla -dijo Teddy.
Rikki-tikki se puso a mirar debajo del cuello de la camisa del niño, le olisqueó la oreja, y bajó por su cuerpo hasta el suelo, donde se sentó, restregándose el hocico.
-Pero ¡bueno! -dijo la madre de Teddy-. ¿Y esto es un animal salvaje? Será que se está portando bien porque hemos sido amables con él.
-Todas las mangostas son así -dijo su marido-. Si Teddy no la coge por la cola, o intenta meterla en una jaula. se pasará todo el día entrando y saliendo de la casa. Vamos a darle algo de comer.

Le dieron un trocito de carne cruda. A Rikki-tikki le gustó muchísimo y, al terminárselo, salió corriendo a la terraza, se sentó al sol y erizó la piel para que los pelos se le secaran hasta las raíces. Entonces empezó a sentirse mejor.

Aún me quedan tantas cosas por descubrir en esta casa -se dijo a sí misma-, que los de mi familia tardarían toda una vida en conseguirlo. Pienso quedarme y enterarme de todo.

Se dedicó a dar vueltas por la casa durante el resto del día. Estuvo a punto de ahogarse en las bañeras, metió la nariz en el tintero que había encima del escritorio, y se la quemó con la punta del cigarro del hombre grande, porque se le había subido a las rodillas para ver cómo se escribía. Al anochecer se metió en el cuarto de Teddy para ver cómo se encendían las lámparas de parafina, y cuando Teddy se metió en la cama, Rikki-tikki hizo lo mismo; pero era un compañero muy inquieto, porque tenía que estar levantándose toda la noche, cada vez que oía un ruido, para ver de dónde venía. A última hora, la madre y el padre de Teddy entraron a echar un vistazo a su hijo, y Rikki-tikki estaba despierta encima de la almohada.

-Esto no me gusta -dijo la madre de Teddy-. Puede que muerda al niño.
-No va a hacer nada semejante -dijo el padre-. Teddy está más seguro con esa fierecilla que si tuviera a un sabueso vigilándolo. Si ahora mismo entrara una serpiente en este cuarto...

Pero la madre de Teddy no quería ni pensar en algo tan horrible. Por la mañana temprano, Rikki-tikki fue a la terraza a desayunar, montada sobre el hombro de Teddy, y le dieron un poco de plátano y de huevo pasado por agua; se fue sentando en las rodillas de todos, uno detrás de otro, porque todas las mangostas de buena familia aspiran a ser mangostas caseras algún día, y acabar teniendo habitaciones en las que poder correr, y la madre de Rikki-tikki (que había vivido en casa del General, en Segowlee) le había explicado cuidadosamente a Rikki-tikki lo que tenía que hacer cuando se encontrara entre hombres blancos. Después Rikki-tikki se fue al jardín para ver si había algo que mereciera la pena. Era un jardín grande, a medio cultivar, con arbustos igual de grandes que los cenadores hechos de rosales del Mariscal Niel; limeros y naranjos, matas de bambú, y partes llenas de hierba alta.

-Esto es un coto de caza espléndido -dijo, y la cola se le infló, poniéndosele como un cepillo para limpiar botellas, nada más pensarlo, y correteó por todo el jardín, olisqueando por aquí y por allí hasta que oyó unas voces muy tristes que venían de un espino.

Era Darzee, el pájaro tejedor, y su mujer. Había hecho un nido precioso juntando dos hojas grandes y cosiendo los bordes con fibras, llenándolo de algodón y pelusa parecida al plumón. El nido se balanceaba de un lado a otro, y ellos estaban sentados en el borde, llorando.

-¿Qué ocurre? -preguntó Rikki-tikki.
-Estamos desolados -dijo Darzee-. Uno de nuestros hijos se cayó del nido ayer, y Nag se lo comió.
-¡Hmm! -dijo Rikki-tikki-, eso es muy triste..., pero yo no soy de aquí. ¿Quién es Nag?

Darzee y su mujer se limitaron a esconderse dentro del nido. Sin contestar, porque de la hierba espesa que había al pie del arbusto salió un silbido sordo, un sonido frío y horrible que hizo a Rikki-tikki saltar hacia atrás medio metro. Entonces, centímetro a centímetro, fue saliendo de la hierba la cabeza y la capucha abierta de Nag, la enorme cobra negra, que medía casi dos metros desde la lengua hasta la punta de la cola. Cuando hubo levantado del suelo una tercera parte del cuerpo, se quedó balanceándose hacia delante y hacia atrás, exactamente igual que una mata de diente de león bamboleándose al viento, y miró a Rikki-tikki con esos ojos tan malvados que tienen las serpientes, que nunca cambian de expresión, piensen lo que piensen.

-¿Que quién es Nag? -dijo-. Yo soy Nag. El gran dios Brahma puso su marca sobre todas las de nuestra especie cuando la primera cobra abrió la capucha para protegerle del sol mientras dormía. ¡Mírame y tiembla!

Abrió la capucha más todavía y Rikki-tikki vio, en la parte de atrás, la marca que parece un par de anteojos, y que es exactamente igual que la parte de un corchete que se llama «hembra». Durante un instante tuvo miedo; pero es imposible que una mangosta esté asustada mucho tiempo, y aunque era la primera vez que Rikki-tikki veía una cobra viva, su madre la había alimentado con cobras muertas, y sabía que el único deber de una mangosta adulta es cazar serpientes y comérselas. Nag también lo sabía, y en el fondo de su frío corazón tenía miedo.

-Bueno -dijo Rikki-tikki, y la cola se le volvió a inflar-, dejando a un lado lo de las marcas, ¿te parece bonito comerse a las crías que se caen de los nidos?

Nag se había quedado pensativo, observando hasta el más mínimo movimiento que se produjera en la hierba detrás de Rikki-tikki. Sabía que, si empezaba a haber mangostas en el jardín, acabaría significando una muerte segura para él y su familia, tarde o temprano, pero quería coger a Rikki-tikki desprevenida. Dejó caer un poco la cabeza hacia un lado.

-Hablemos -dijo-. Tú comes huevos. Y yo, ¿por qué no voy a poder comer pájaros?
-¡Detrás! ¡Mira detrás de ti! -cantó Darzee.
Rikki-tikki era demasiado lista para perder el tiempo mirando. Dio un salto hacia arriba, todo lo alto que pudo, y justo por debajo de ella pasó silbando la cabeza de Nagaina, la malvada esposa de Nag. Se había ido acercando sigilosamente por detrás, para acabar con la mangosta; y ésta la oyó soltar un susurro feroz al errar el golpe. Rikki-tikki cayó casi encima de su espalda y, de haber sido una mangosta vieja, habría sabido que ése era el momento adecuado para romperle el espinazo de un mordisco; pero le dio miedo el terrible latigazo que da la cobra con la cola para defenderse. Mordió, eso sí, pero no durante el tiempo suficiente, y esquivó la sacudida de la cola, dejando a Nagaina herida y furiosa.

-¡Darzee! ¡Malvado! ¡Malvado! -dijo Nag, serpenteando hacia arriba lo más alto que pudo, intentando llegar al nido que había en el espino.
Pero Darzee lo había construido fuera del alcance de la serpiente, y sólo consiguió bambolearlo. Rikki-tikiu notó que los ojos se le estaban poniendo rojos y le ardían (cuando a una mangosta se le ponen los ojos rojos, está enfadada), y se sentó, apoyándose en la cola y las patas traseras, como un canguro pequeño, mirando a su alrededor y temblando de rabia. Pero Nag y Nagaina ya habían desaparecido entre la hierba. Cuando una serpiente falla el golpe, nunca dice nada, ni da pistas sobre lo siguiente que va a hacer. Rikki-tikki no tenía el menor interés en seguirlas, porque no estaba segura de poder ocuparse de dos serpientes a la vez. Correteó hacia el sendero de gravilla que había junto a la casa y se sentó a pensar. Aquél era un asunto serio.

Si cogen un libro antiguo de historia natural, leerán que, cuando una mangosta recibe un mordisco de una serpiente en una pelea, se va corriendo a comer unas hierbas que la curan. Esto no es verdad. La victoria consiste en una cuestión de velocidad, tanto de ojos como de pies; se trata del golpe de la serpiente contra el salto de la mangosta; y como no hay ojo capaz de seguir el movimiento de la cabeza de una serpiente al atacar, esto hace que las cosas ocurran de un modo mucho más maravilloso que si se tratara de hierbas mágicas. Rikki-tikki era consciente de ser una mangosta joven, y precisamente por ello, estaba muy satisfecha de haber esquivado un ataque por la espalda. Le dio confianza en sí misma, y cuando Teddy se acercó corriendo por el sendero, Rikki-tikki estaba dispuesta a dejarse acariciar. Pero justo en el momento en que Teddy se agachaba, algo dio un respingo en el polvo, y su vocecita dijo:

-¡Cuidado! ¡Soy la muerte!
Era Karait, la culebra diminuta de color marrón polvoriento que se mete en la arena adrede, y cuyo mordisco es tan peligroso como el de la cobra. Además, es tan pequeña que nadie piensa en ella, con lo cual resulta más dañina.

A Rikki-tikki se le volvieron a poner los ojos rojos, y se acercó bailoteando hasta Karait, con aquel contoneo tan peculiar que había heredado de su familia. Parece muy gracioso, pero es un movimiento tan equilibrado que permite despegar de un solo salto desde el ángulo que se quiera; y tratándose se serpientes, esa es una gran ventaja. Lo que Rikki-tikki no sabía es que estaba haciendo algo mucho más peligroso que luchar con Nag, porque Karait es tan pequeña y puede retorcerse con tanta agilidad que, a no ser que la mordiera cerca del cogote, recibiría el latigazo en un ojo o en el hocico. Pero Rikki no lo sabía: tenía los ojos ensangrentados y se balanceaba hacia delante y hacia atrás, buscando un buen sitio donde atacar. Karait se lanzó hacia ella. Rikki saltó a un lado y trató de echarse encima de la culebra, pero la cabecita malvada de color gris polvoriento la envistió, casi rozándole el hombro, y tuvo que saltar por encima, con la cabeza de la serpiente pegada a sus patas.

Teddy se volvió hacia la casa, gritando:
-¡Miren! ¡Nuestra mangosta está matando una serpiente!
Rikki-tikki oyó un grito de la madre de Teddy. Su padre salió corriendo con un palo, pero en el tiempo que tardó en llegar, Karait había dado una embestida mal calculada; Rikki-tikki se lanzó, cayó encima de la serpiente, metió la cabeza todo lo lejos que pudo entre sus patas delanteras, mordió lo más cerca de la cabeza que llegó, y se alejó rodando. Aquel mordisco dejó a Karait paralizada, y Rikki-tikki estaba a punto de devorarla empezando por la cola, siguiendo la costumbre de su familia a la hora de la comida, cuando se acordó de que un estómago lleno equivale a una mangosta lenta, y si quería conservar toda su fuerza y agilidad. tendría que procurar estar delgada. Se alejó para darse un baño bajo las matas de aceite de ricino, mientras el padre de Teddy golpeaba a Karait, ya muerta.

¿De qué sirve eso? -pensó Rikki-tikki-. Si yo ya lo he solucionado todo.

Y entonces la madre de Teddy la levantó del polvo y la abrazó, exclamando que había salvado la vida de su hijo, y el padre de Teddy dijo que era una providencia, y Teddy puso cara de susto, abriendo mucho los ojos. Rikki-tikki estaba bastante divertida con todo el alboroto aquel, que, por supuesto, no entendía. Le habría dado igual que la madre de Teddy la hubiera acariciado por jugar en el polvo. Rikki lo estaba pasando estupendamente. Aquella noche, durante la cena, mientras se paseaba entre los vasos de vino de la mesa, podía haber comido el triple de cosas buenas; pero se acordó de Nag y Nagaina, y aunque era muy agradable recibir caricias de la madre de Teddy y sentarse en el hombro del niño, de vez en cuando se le enrojecían los ojos, y lanzaba su largo grito de guerra:

-¡Rikk-tikk-tikki-tikki-tchk!
Teddy se la llevó a la cama con él, e insistió en que Rikki-tikki durmiera bajo su barbilla. Rikki-tikki estaba demasiado bien educada para morder o arañar, pero en cuanto Teddy se durmió, fue a darse un paseo nocturno por la casa, y en la mitad de la oscuridad se encontró con Chuchundra, el ratón almizclero, correteando pegado a la pared. Chuchundra es un animalillo que vive desconsolado. Se pasa toda la noche lloriqueando y haciendo gorgoritos, intentando decidirse a salir al centro de la habitación, pero nunca consigue llegar.

-No me mates -dijo Chuchundra, casi sollozando-. Rikki-tikki, no me mates.
-¿Tú ccrees que el que mata serpientes mata ratones almizcleros? -preguntó Rikki-tikki desdeñosamente.
-Los que matan serpientes son matados por serpientes -dijo Chuchundra, con más desconsuelo que nunca-. ¿Y cómo voy a estar seguro de que Nag no me confunda contigo en una noche oscura?
-No hay ningún peligro -dijo Rikki-tikki-; además, Nag está en el jardín, y sé que tú no sales nunca.
-Mi prima Chua, la rata, me ha dicho... -dijo Chuchundra, y se detuvo.
-¿Te ha dicho qué?
-¡Sssh! Nag está en todas partes, Rikki-tikki. Deberías haber hablado con Chua en el jardín.
-Pues no he hablado con ella..., así que tienes que decírmelo tú. ¡Rápido, Chuchundra, o te doy un mordisco!
Chuchundra se sentó y empezó a llorar, hasta que las lágrimas le empaparon el bigote.
-Soy un pobre desgraciado -sollozó-. Nunca he tenido el suficiente valor para salir al centro de la habitación. ¡Sssh! Es mejor que no te diga nada. ¿No oyes algo, Rikki-tikki?

Rikki-tikki se puso a escuchar. La casa estaba en silencio absoluto, pero le pareció oír un rac-rac muy apagado (un ruido tan suave como el que hace una avispa al andar por el cristal de una ventana), el roce de las escamas de una serpiente arrastrándose sobre unas baldosas.

-Es Nag o Nagaina -se dijo a sí misma- y está deslizándose por la compuerta del cuarto de baño. Tienes razón, Chuchundra; debería haber hablado con Chua.

Se dirigió sigilosamente al cuarto de baño de Teddy, pero no había nadie: después fue al cuarto de baño de la madre de Teddy. Al pie de una de las paredes de yeso, había un ladrillo levantado para que sirviera de compuerta de salida del agua, y Rikki-tikki, al pasar junto al borde de ladrillo en que va encajada la bañera, oyó a Nag y Nagaina cuchicheando fuera, a la luz de la luna.

-Cuando no quede gente en la casa -decía Nagaina a su marido-, se tendrá que ir, y entonces volveremos a tener el jardín para nosotros solos. No hagas ruido al entrar, y recuerda que el hombre que mató a Karait es el primero a quien hay que morder. Luego sal a contármelo, y buscaremos a Rikki-tikki los dos juntos.
-Pero ¿estás segura de que matar a la gente tiene alguna ventaja? -dijo Nag.
-Por supuesto. Cuando no había gente en la casa, ¿teníamos una mangosta en el jardín? Mientras el bungalow esté vacío, seremos el rey y la reina del jardín; y recuerda que, cuando se abran los huevos que hemos puesto en el melonar (cosa que puede ocurrir mañana), a los pequeños les va a hacer falta más espacio y tranquilidad.
-No había pensado en eso -dijo Nag-. Iré, pero no es necesario que busquemos a Rikki-tikki después. Yo voy a matar al hombre grande y a su mujer, y al niño si puedo, y a irme tranquilamente. Entonces el bungalow estará vacío, y Rikki-tikki se irá.

Rikki-tikki notó un cosquilleo por todo el cuerpo al oír esto, y le entró rabia y odio; entonces apareció la cabeza de Nag por la compuerta, con sus casi dos metros de cuerpo helado detrás. Aunque estaba indignada, Rikki-tikki se asustó mucho al ver el tamaño de la enorme cobra. Nag se enroscó, levantó la cabeza, y miró al interior del cuarto de baño en la oscuridad, y Rikki vio cómo le brillaban los ojos.

-Bueno..., si lo mato aquí Nagaina se enterará: y si lucho con él en mitad de la habitación, todas las probabilidades están a su favor. ¿Qué debo hacer? -dijo Rikki-tikkitavi.
Nag se balanceó hacia delante y hacia atrás, y entonces Rikki-tikki lo oyó beber del jarrón de agua más grande, que se usaba para llenar el baño.
-Qué buena -dijo la serpiente-. A ver..., cuando mataron a Karait, el hombre grande llevaba un palo. Puede que aún lo tenga, pero cuando venga a bañarse por la mañana no lo traerá. Voy a esperar aquí hasta que entre. Nagaina..., ¿me oyes? Voy a esperar aquí, al fresco, hasta que llegue el día.

No hubo contestación desde fuera, por lo que Rikki-tikki supo que Nagaina se había marchado. Nag fue enroscando sus anillos, uno a uno, alrededor de la parte más ancha del jarrón, y Rikki-tildu se quedó tan quieta como un muerto. Al cabo de una hora empezó a moverse, músculo tras músculo, hacia el jarrón. Nag estaba dormido, y Rikki-tikki contempló su inmensa espalda, pensando en cuál sería el mejor sitio para dar un mordisco.

-Si no le parto el espinazo al primer salto, podrá seguir luchando, y, como luche..., ¡ay, Rikki!
Se fijó en la parte más gruesa del cuello, debajo de la capucha, pero no iba a poder con aquello; y si lo mordía en la cola, sólo conseguiría enfurecer a Nag.

-Tendrá que ser en la cabeza -dijo finalmente-; en la cabeza, por encima de la capucha, y una vez que esté ahí, no debo soltar.
Entonces se lanzó. La cabeza estaba algo separada del jarrón, por debajo de la curva; y al juntar las dos filas de dientes, Rikki-tikki apoyó la espalda en el bulto que tenía la pieza de cerámica roja, para tener mejor sujeta su presa. Esto le dio sólo un segundo de ventaja, y lo usó al máximo. Después se vio zarandeada de un lado a otro, como una rata cogida por un perro..., de aquí para allá sobre el suelo, de arriba abajo, y dando vueltas, haciendo grandes círculos; pero tenía los ojos rojos y siguió agarrada mientras el cuerpo se convulsionaba por el suelo, tirando el bote de hojalata, la jabonera, el cepillo para la piel; y se golpeó contra las paredes metálicas del baño. Mientras seguía aferrada, iba mordiendo cada vez con más fuerza, porque estaba segura de que iba a morir a golpes, y por el honor de la familia, prefería que la encontraran con los dientes bien apretados. Estaba mareada, dolorida, y le parecía estar hecha pedazos cuando, de repente. algo estalló como un trueno justo detrás de ella; un viento caliente la dejó sin sentido y un fuego muy rojo le quemó la piel. El hombre grande se había despertado con el ruido, y había disparado los dos cañones de una escopeta recortada justo detrás de la capucha de Nag.

Rikki-tikki siguió sin soltarse, con los ojos cerrados, porque ahora sí que estaba completamente segura de haber muerto; pero la cabeza no se movió, y el hombre la levantó en el aire y dijo:
-Aquí tenemos a la mangosta otra vez, Alice; ahora nuestra amiga nos ha salvado la vida a nosotros.
Entonces entró la madre de Teddy, con la cara muy blanca, y vio los restos de Nag; y Rikki-tikki fue arrastrándose hasta el cuarto de Teddy y pasó la mitad de la noche sacudiéndose suavemente para ver si era verdad que estaba rota en cuarenta pedazos como se estaba imaginando. Al llegar la mañana, casi no podía moverse, pero estaba muy satisfecha de sus hazañas.

-Ahora tengo que arreglar cuentas con Nagaina, y va a ser peor que cinco Nags, y además, no hay manera de saber cuándo van a empezar a abrirse los huevos de los que hablaba. ¡Caramba! Tengo que hablar con Darzee -dijo.
Sin esperar al desayuno, Rikki-tikki fue corriendo al espino, donde encontró a Darzee cantando una canción triunfal a pleno pulmón. Las noticias de la muerte de Nag se habían extendido por todo el jardín, porque el hombre que barría la casa había arrojado el cuerpo al estercolero.
-¡Bah, estúpido montón de plumas sin seso! -dijo Rikki-tikjá enfurecida-. ¿Crees que es éste momento para ponerse a cantar?

-¡Nag está muerto..., muerto..., muerto! -cantó Darzee-. La valiente Rikki-tikki lo agarró por la cabeza y no lo soltó. ¡El hombre grande trajo el palo que hace ruido y Nag quedó partido en dos! No volverá a comerse a mis pequeños.
-Todo eso es cierto; pero ¿dónde está Nagaina? -dijo Rikki-tikki, mirando cuidadosamente a su alrededor.
-Nagaina llegó a la compuerta del cuarto de baño y llamó a Nag -siguió Darzee-. Y Nag salió colgado de un palo, porque el hombre que barre lo cogió así y lo tiró al estercolero. ¡Cantemos a la gran Rikki-tikki, la de los ojos rojos! -y Darzee hinchó el cuello y cantó.
-¡Si pudiera llegar a tu nido, echaría al suelo todas tus crías! -dijo Rikki-tikki-. No sabes lo que hay que hacer, ni cuándo hacerlo. Tú estarás muy seguro ahí arriba, en tu nido, pero yo estoy en plena guerra. Deja de cantar un momento, Darzee.
-Por complacer a la grande y hermosa Rikki-tikki, pararé -dijo Darzee-. ¿Qué quieres, justiciera de Nag, el Terrible?
-Por tercera vez, ¿dónde está Nagaina?
-En el estercolero, junto a los establos, llorando la muerte de Nag. ¡Qué grande es Rikki-tikki, la de los dientes blancos!
-¡Vete a paseo con mis dientes blancos! ¿Sabes dónde guarda sus huevos?
-En el melonar, en el lado que está más cerca de la pared, donde da el sol durante todo el día. Los escondió allí hace semanas ya.
-¿Y no se te había ocurrido que sería buena idea contármelo? ¿En el lado que está más cerca de la pared, has dicho?
-Rikki-tikki, ¡no irás a comerte los huevos!
-No; a comérmelos, precisamente, no. Darzee, si tienes una pizca de sentido común, irás volando a los establos y harás como si se te hubiera roto un ala, dejando que Nagaina te persiga hasta este arbusto. Yo tengo que llegar al melonar, pero si voy ahora me va a ver.

Darzee era un animalillo con la cabeza llena de serrín, incapaz de tener en el cerebro más de una idea a la vez: y sólo porque sabía que los hijos de Nagaina nacían de huevos, igual que los suyos, le parecía injusto matarlos. Pero su esposa era un pájaro sensato, y sabía que los huevos de cobra significaban cobras jóvenes al cabo de algún tiempo; por eso salió volando del nido dejando que Darzee se quedara dando calor a los pequeños y cantando sobre la muerte de Nag. Darzee se parecía bastante a un hombre en algunas cosas. Ella se puso a revolotear delante de Nagaina, junto al estercolero, y gritó:

-¡Ay, tengo un ala rota! El niño de la casa me ha tirado una piedra y me la ha roto.
Y empezó a revolotear más desesperadamente. Nagaina levantó la cabeza y siseó:
-Tú avisaste a Rikki-tikki cuando yo iba a matarla. Y, la verdad sea dicha, has cogido un sitio muy malo para ponerte a cojear.
Y avanzó hacia la esposa de Darzee, deslizándose sobre el polvo.
-¡El niño me la ha roto con una piedra! -chilló la mujer de Darzee.
-Bueno, pues puede que te sirva de consuelo saber que, cuando estés muerta, yo arreglaré cuentas con ese niño. Mi marido yace en el estercolero esta mañana, pero, antes de que caiga la noche, el niño de la casa también yacerá inmóvil. ¿De qué sirve intentar escapar? Te voy a coger de todas formas. ¡Tonta! ¡Mírame!

La mujer de Darzee era demasiado lista para hacerle caso, porque un pájaro que mira a una serpiente a los ojos se queda tan asustado que no puede moverse. La esposa de Darzee siguió revoloteando y piando quejumbrosamente. sin apartarse del suelo en ningún momento, y Nagaina empezó a avanzar a mayor velocidad. Rikki-tikki las oyó subiendo por el sendero desde los establos, y se apresuró hacia el lado del melonar que estaba más cerca de la pared. Allí, en un lecho de paja, hábilmente ocultos entre los melones, encontró veinticinco huevos más o menos del tamaño de los de una gallina de Banten, pero cubiertos de piel blanquecina en lugar de cáscara.

-Menos mal que he venido hoy -dijo.
Y es que ya se veían, a través de la piel, unas cobras diminutas y enroscadas, y Rikki-tikki sabía que, en cuanto rompieran los huevos, ya tendrían fuerza para matar a un hombre o a una mangosta. Fue mordiendo la punta de cada huevo a toda velocidad, asegurándose de aplastar las cobritas y removiendo la paja de vez en cuando, para ver si había pasado por alto alguna. Finalmente quedaron sólo tres huevos, y Rikki-tikki soltó una carcajada de alegría; pero en ese momento, oyó a la mujer de Darzee gritando:

-Rikki-tikki, he llevado a Nagaina hacia la casa, y ha subido a la terraza, y, ay, ven corriendo... ¡Va a matar!
Rikki-tikki aplastó dos huevos y rodó hacia atrás por el melonar, con el tercer huevo en la boca, dirigiéndose hacia la terraza todo lo deprisa que le permitían las patas. Teddy, su padre, y la madre, estaban sentados a la mesa para desayunar, pero Rikki-tikki vio que no estaban comiendo nada. Parecían estatuas, y tenían las caras blancas. Nagaina estaba enroscada sobre la estera, junto a la silla de Teddy, tan cerca de la pierna desnuda del niño, que podía lanzarse sobre ella sin ningún esfuerzo; y se balanceaba hacia delante y hacia atrás, cantando una canción triunfal.
-Hijo del hombre grande que mató a Nag -siseó-, no te muevas. Aún no estoy preparada. Espera un poco. Quédense muy quietos, los tres. Si se mueven, ataco, y si no se mueven, también ataco. ¡Ay, esta gente estúpida, que mató a mi Nag...!
Teddy no apartaba los ojos de su padre, y éste no podía hacer más que susurrar:
-Estate quieto, Teddy. No te muevas. Teddy, estate quieto.
Entonces se acercó Rikki-tikki y gritó:
-Date la vuelta, Nagaina. ¡Date la vuelta y lucha!
-Cada cosa a su tiempo -dijo ella, sin mover los ojos-. Voy a arreglar cuentas contigo en seguida. Mira a tus amigos, Rikki-tikki. Están quietos y blancos; tienen miedo. No se atreven a moverse y, si tú te acercas un paso más, los atacaré.
-Ve a ver tus huevos -dijo Rikki-tikki- en el melonar, junto a la pared. Ve a mirar, Nagaina.
La inmensa serpiente se volvió a medias y vio el huevo encima de la terraza.
-¡Aah! Dámelo -dijo.
Rikki-tikki puso las patas una a cada lado del huevo; tenía los ojos ensangrentados.
-¿Cuál es el precio de un huevo de serpiente? ¿Y el de una cobra joven? ¿Y el de una cobra gigante joven? ¿y el de la última..., la ultimísima de una nidada? Las hormigas se están comiendo las demás ahí abajo, en el melonar.

Nagaina giró en redondo, olvidándose de todo por aquel único huevo; y Rikki-tikki vio cómo el brazo del padre de Teddy salía disparado, agarraba al niño por el hombro y lo pasaba por encima de la mesa y de las tazas de té, poniéndolo fuera del alcance de Nagaina.

-¡Te lo has creído! ¡Te lo has creído! ¡Te 1o has creído! ¡Rikktck-tck! -se carcajeó Rikki-tikki-. El niño está a salvo y fui yo..., yo, yo..., quien cogió a Nag por la capucha ayer por la noche, en el cuarto de baño.
Y empezó a dar saltos, con las cuatro patas juntas y la cabeza mirando hacia el suelo.
-Me sacudió hacia todos lados, pero no logró librarse de mí. Estaba muerto antes de que el hombre grande lo volara en pedazos. Fui yo. ¡Rikki-tikki-tck-tck! Anda, ven, Nagaina. Ven a luchar conmigo. Ya te queda poco de ser viuda.
Nagaina comprendió que había perdido su oportunidad de matar a Teddy, y que el huevo estaba entre las patas de Rikki-tikki.
-Dame el huevo, Rikki-tikki. Dame el último de mis huevos y me iré y no volveré jamás -dijo ella, bajando la capucha.
Sí, te irás y no volverás nunca, porque vas a acabar en el estercolero, con Nag. ¡Lucha, viuda! ¡El hombre grande ha ido a buscar su escopeta! ¡Lucha!

Rikki-tikki daba saltos alrededor de Nagaina sin parar, manteniéndose justo fuera de su alcance, y sus ojillos parecían un par de brasas. Nagaina se replegó sobre sí misma, y salió disparada hacia ella. Rikki-tikki saltó hacia arriba y hacia atrás. Una, y otra, y otra vez, volvió a atacarla, y su cabeza siempre iba a parar contra la estera que cubría la terraza, golpeándose con fuerza; y Nagaina volvía a replegarse contra sí misma, como el muelle de un reloj. Entonces Rikki-tikki bailoteó describiendo un círculo, para ponerse detrás de ella, y Nagaina giró en redondo, para no perderla de vista, y el roce de su cola contra la estera era igual que el de unas hojas secas arrastradas por el viento. Rikki-tikki se había olvidado del huevo. Seguía encima de la terraza, y Nagaina se fue acercando a él poco a poco, hasta que finalmente, mientras Rikki-tikki recuperaba el aliento, lo cogió en la boca, se volvió hacia las escaleras de la terraza, y bajó por el sendero como una flecha. Cuando una cobra corre para salvarse la vida, va igual de deprisa que un latigazo atravesando el cuello de un caballo. La mangosta sabía que, si no la cazaba, todos los problemas volverían a empezar. La serpiente enfiló hacia la hierba alta que había junto al espino, y Rikki-tikki, mientras corría, oyó que Darzee seguía cantando aquella canción triunfal tan tonta. Pero la esposa de Darzee era más lista. Salió volando del nido al ver aparecer a Nagaina, y empezó a revolotear alrededor de la cabeza de la serpiente. Si Darzee la hubiera ayudado, puede que la hubiesen hecho volverse; pero Nagaina no hizo más que agachar la capucha y seguir adelante. Aun así, ese instante de retraso permitió que Rikki-tikki llegara hasta ella, y cuando se metió en la ratonera en que había vivido con Nag, la mangosta había logrado clavarle los dientes blancos en la cola; y bajó tras ella..., aunque hay muy pocas mangostas, por viejas y astutas que sean, que se atrevan a seguir a una cobra al interior de su agujero. Éste estaba muy oscuro, y Rikki-tikki no sabía si se ensancharía de repente, dando a Nagaina sitio suficiente para volverse y atacarla. Se agarró con fuerza y clavó las patas para que sirvieran de frenos en aquella cuesta oscura de tierra húmeda.

Entonces la hierba que rodeaba la entrada del agujero dejó de moverse, y Darzee dijo:
-Ya ha terminado todo para Rikki-tikki. Cantemos un himno a su muerte. ¡La valiente Rikki-tikki ha muerto! No hay duda de que Nagaina la matará bajo tierra.

Empezó a cantar una canción muy triste que se inventó en ese mismo momento, y justo cuando llegó a la parte más conmovedora, la hierba empezó a moverse otra vez, y Rikki-tikki, cubierta de barro, se arrastró fuera del agujero, sacando las patas de una en una y relamiéndose los bigotes. Darzee se detuvo, dando un gritito. Rikki-tikki se sacudió, quitándose una parte del polvo que tenía en la piel, y estornudó.

-Todo ha terminado -dijo-. La viuda no volverá a salir.
Las hormigas rojas que viven entre los tallos de hierba lo oyeron, y desfilaron hacia el interior, para ver si era verdad lo que había dicho. Rikki-tikki se hizo un ovillo sobre la hierba y cayó dormida allí mismo... Durmió y durmió hasta muy entrada la tarde, porque había tenido un día muy agitado.
-Ahora -dijo al despertarse-, voy a volver a la casa. Cuéntaselo al Herrerillo, Darzee, que ya se encargará él de informar a todo el jardín sobre la muerte de Nagaina.

El Herrerillo es un pájaro que hace un ruido exactamente igual al de un martillo pequeño repicando sobre un caldero de cobre; y no para de hacerlo porque es el pregonero de todos los jardines indios, y va contando las últimas noticias a todo aquel que quiera oírlas. Mientras Rikki-tikki subía por el sendero, oyó las notas que siempre daba al principio, para pedir atención, como las de una campanilla avisando que ya está lista la comida; y después, un continuo «¡Din-don-toc!». Al oírlo, todos los pájaros del jardín se pusieron a cantar, y las ranas a croar; porque Nag y Nagaina comían ranas, además de pájaros. Cuando Rikki llegó a la casa, Teddy, la madre de Teddy (que aún estaba muy blanca, porque se había desmayado) y el padre de Teddy. salieron y casi se pusieron a llorar encima de ella; y aquella noche comió todo lo que le dieron, hasta que ya no pudo más, y se fue a dormir montada en el hombro de Teddy, y allí estaba cuando la madre fue a echarle un vistazo a última hora.

-Nos ha salvado la vida, y a Teddy también -dijo a su marido-. ¡Fíjate! ¡Nos ha salvado la vida a todos!
Rikki-tikki se despertó, dando un respingo, porque todas las mangostas tienen un sueño ligero.
-Ah, son ustedes -dijo Rikki-tikki-. ¿De qué se preocupan tanto? Todas las cobras están muertas, y, si queda alguna, aquí estoy yo.

Rikki-tikki tenía razón al sentirse orgullosa de sí misma pero no se volvió engreída, y cuidó el jardín como debe hacerlo una mangosta, a base de diente, salto, embestida y mordisco, hasta que no quedó una cobra que se atreviera a asomar la cabeza entre aquellas cuatro paredes.

CÁNTICO DE DARZEE
(Canción en honor de Rikki-tikki-tavi)

Soy cantante y tejedor:
Tengo esa doble alegría.
Es un orgullo volar
Y tejerme la casita.
Yo la música me tejo, tejo también mi casita.

Canta con fuerza a tus hijos,
¡Alza la cabeza, Madre!
La plaga llegó a su fin:
La Muerte en el jardín yace,
El terror que nos acecha muerto en el estiércol yace.

¿Quién nos ha librado? ¿Quién?
Decid su nombre y su nido:
Rikki-tikki, la valiente,
La de los ojos tan vivos.
Rikki, dientes de marfil, cazadora de ojos vivos.

Dadle, pájaros, las gracias.
Decidle -colas al viento-
Palabras de ruiseñor...
No, yo lo haré con más fuego.
¡Esta es la canción de Rikki, la de los ojos de fuego!

(Aquí interrumpió Rikki-tikki, y el resto de la canción se ha perdido)