sábado, 18 de febrero de 2017

Cazadores de brujas. F.

A finales del siglo XIX, una joven y hermosa maestra de enseñanza primaria llamada Lavinia Spencer se estableció en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra cuyo nombre no es necesario especificar. Nadie la conocía ni sabía de dónde procedía exactamente, pero la señorita Spencer no tardó en ganarse los corazones de los vecinos gracias a sus excelentes cualidades personales y profesionales. Los niños la querían, las madres estaban contentas con su labor y muchos padres la deseaban secretamente. Pero nadie estaba tan enamorado de ella como uno de sus alumnos, un chiquillo llamada William Calloway, que poseía unas envidiables dotes innatas para el dibujo artístico y que hizo un primoroso retrato de su maestra, el cual, a la postre, sería la única imagen que se conservaría de ella en la localidad. Mientras tanto, la vida en el pueblo transcurría pacíficamente, hasta que un día cierta muchachita de diez años, llamada Esther Peabody, desapareció misteriosamente. Fue a jugar al bosque con unos amigos de su edad, en un momento dado se separó de ellos por un motivo sin importancia y nunca más volvieron a verla. Una vez denunciada su desaparición, policías y voluntarios peinaron el bosque y los arrabales del pueblo en su busca, pero no pudieron encontrarla, ni viva ni muerta. En cambio, sí hallaron y arrestaron a un inofensivo vagabundo, sobre el cual pesaba orden de busca y captura por unos cuantos hurtos de poca monta. Durante su declaración, el ladronzuelo no negó los cargos que pesaban contra él, pero se ofreció a aportar datos inéditos sobre la desaparición de la pequeña Esther a cambio de indulgencia judicial. Juró haber visto a la niña el mismo día de su desaparición, caminando por una estrecha senda del bosque en compañía de una mujer joven cuya descripción coincidía plenamente con la de la señorita Spencer. La niña no iba forzada, sino que por el contrario parecía sumamente alegre y confiada, pero aun así le pareció que había algo sospechoso en la sonrisa que adornaba el bello rostro de la maestra. Aunque el jefe de policía no se tomó muy en serio la declaración del vagabundo, sí envió un par de hombres a la pequeña casa de las afueras donde vivía la señorita Spencer, con la misión de interrogarla. Pero los agentes no pudieron encontrar a la maestra ni en su casa ni en ningún otro sitio. Era como si se la hubiera tragado la tierra. En cambio, sí hallaron en el sótano de la casa dos cadáveres femeninos, cuyas atroces mutilaciones sugerían las más repulsivas torturas de los crímenes rituales. Uno pertenecía, sin duda, a la niña de los Peabody. El otro era el cuerpo de una mujer de mediana edad, que, según se descubriría tras arduas investigaciones, pertenecía a la verdadera maestra Lavinia Spencer. Al parecer, la señorita Spencer había sido asesinada antes de llegar a su destino en el pueblo, y seguramente su asesina había sido la misma impostora que la había suplantado durante meses. La falsa señorita Spencer nunca apareció, y a nadie le quedó la menor duda de que no sólo era una peligrosa asesina, sino también una bruja.

Más de un siglo después de su desaparición, la leyenda de la bruja asesina seguía viva en el pueblo, y hasta las madres más “modernas” la mencionaban para asustar a sus hijos cuando se portaban mal o no querían comer la sopa. Un día de verano, Neil Larson, un muchacho del pueblo que entonces contaba catorce años de edad, recibió un mensaje telefónico de su mejor amiga, Helen Calloway, la cual era bisnieta del precoz retratista William Calloway. Poco después, Neil se encontraba con Helen en el parque municipal. La muchacha, de carácter normalmente tranquilo e incluso algo frío, estaba inusualmente nerviosa, y le dijo a Neil que tenía que contarle algo “tan fuerte que vas a saber lo que es alucinar”. Pero antes de nada vamos a describir brevemente a Neil y a Helen. El primero era un adolescente bastante guapo, aunque de facciones aún bastante aniñadas y escasa fuerza física. Delgado y de estatura media, su piel clara, su pelo rubio y sus ojos azules reflejaban, del mismo modo que su apellido, un origen escandinavo. Buen estudiante y muy observador, aunque quizás excesivamente imaginativo, sentía un gran entusiasmo, a la vez romántico y pueril, por los misterios sin resolver. Helen era una atractiva muchacha de pelo castaño-rubio, ojos marrones y expresión inteligente, más bien alta para su edad y de cuerpo atlético, forjado en la práctica de la natación sincronizada. Neil y ella eran amigos desde la infancia (en el instituto los consideraban novios, extremo este que ellos no confirmaban ni desmentían) y compartían muchas aficiones, especialmente el gusto por lo extraño y misterioso. Ambos conocían la leyenda de la maestra asesina desde que iban a la guardería, y Helen había examinado muchas veces el retrato de su bisabuelo, que se conservaba en la casa familiar entre otras reliquias del pasado.

Helen dijo:

-Hace una hora estaba caminando por la calle comercial cuando me encontré con una chica exactamente igual a la señorita Spencer, tal como aparece en el retrato de mi abuelo. La misma piel pálida, el mismo pelo negro, los mismos ojos grandes y oscuros, los mismos labios carnosos y rojos como la sangre… ¡incluso el mismo lunar sobre la ceja izquierda! Cuando pasó por delante de una tienda de ropa, yo saqué el móvil y le hice una foto, fingiendo que se la hacía a los modelitos del escaparate.

Helen le enseñó a Neil la foto en cuestión, y el muchacho hubo de admitir que aquel rostro que aparecía en la pantalla del móvil era idéntico al del retrato de William Calloway, que él también había examinado en varias ocasiones. Aun así, dijo:

-Pero puede ser una casualidad. En el mundo hay muchas personas que se parecen entre ella sin tener nada que ver las unas con las otras.

-Espera, que aún no te he contado ni la mitad. Yo me fijé en que ella llevaba en la mano derecha un bono-tarjeta del transporte urbano y, por la dirección que llevaba, supuse que se destino era la parada de autobuses que hay al final de la calle. La adelanté para llegar antes que ella y dejé entre los arbustos que hay un poco antes de la parada, bien escondida para que nadie pudiera verla, una medalla de plata del arcángel San Miguel (se trata de un regalo de mi abuela, que casi siempre llevo conmigo). Ya sabes que en mi casa somos todos muy católicos y creemos que esa reliquia tiene poder contra las brujas y los malos espíritus. Pues bien, yo me senté en el banco a esperar a que ella apareciera, y cuando iba a pasar junto a los arbustos se paró en seco y puso mala cara. Se diría que había chocado con una barrera invisible. Ya se acercaban dos autobuses y ella sólo tenía que dar unos pasos para coger el que más le conviniera, pero no fue capaz de avanzar ni un metro más. Al final, dio la vuelta y se marchó. Yo me levanté del banco con la intención de seguirla. Pero me agaché un instante para recoger la reliquia y cuando me levanté ella ya había desaparecido completamente. Te doy mi palabra de que todo esto es puramente cierto.

Neil creía siempre en lo que decía Helen, por muy inverosímil que fuera. Se decía que las brujas, al igual que los vampiros, podían conservar la juventud durante siglos bebiendo la sangre de niñas y muchachas vírgenes. Y últimamente habían desaparecido misteriosamente varias niñas en la ciudad y en los pueblos cercanos, sin que la policía hubiera podido hasta entonces encontrar el menor rastro de ninguna. Aunque, por supuesto, tampoco se podía entrar en una comisaría contando una historia de brujas inmortales, pues evidentemente los agentes se la tomarían a risa. Neil, tras dudar un poco, preguntó:

-¿Adónde se dirigían los autobuses que se pararon en aquel momento?

Eso quizás nos dé una pista sobre el sitio donde vive esa bruja, o lo que sea.

-Me acordé de comprobarlo, pero no hubo suerte. Cada uno iba a un sitio totalmente diferente, y no hay manera de saber cuál era exactamente el que ella tenía pensado coger. Pero bueno, tú has sido siempre muy bueno buscando cosas perdidas.

Neil captó la indirecta y dijo, con cierto aire de suficiencia fingida:

-¡Ya lo creo que la encontraré! Envíame la foto por correo electrónico y ya te llamaré cuando encuentre alguna pista.

Una vez que hubo recibido la foto, Neil la imprimió ampliada al máximo y durante los días siguientes, aprovechando que era verano y en casa no tenía mucho que hacer, estuvo molestando a los taxistas y conductores de autobuses de la ciudad enseñándoles la foto y preguntándoles si alguna vez habían visto a aquella mujer. Aunque dos o tres personas creyeron reconocer vagamente a aquella mujer de hermoso rostro, Neil no pudo extraer ninguna conclusión definitiva de sus interrogatorios, y decidió cambiar de técnica a partir de que, a raíz de la queja presentada por un taxista demasiado irritable, un agente de policía lo amonestara por andar metiéndose en asuntos ajenos. Neil confiaba en la fuerza del azar (o del Destino) y decidió hacer algo que a muchos podría parecerles una tontería. Se dirigió a la entrada del centro comercial (que en las tardes estivales era el punto más transitado de la ciudad) y a continuación, imitando a ciertos “graciosos” de la localidad, pegó en la pared una copia de la foto, escribiendo en el margen superior LA LIBERTAD ES BELLA y en el inferior SI LA VES, POR FAVOR ¡NO LE DEJES QUE MAÑANA SE CASE! Luego se sentó en un banco cercano y, mientras fingía jugar con el móvil, se puso a observar las reacciones de los transeúntes al ver la foto. La mayoría no le prestaron la menor atención o apenas le dirigieron una mirada indiferente, pero, pasadas varias horas, dos señoras de mediana edad (a las cuales Neil no conocía personalmente, pero a las que recordaba haber visto trabajando como receptoras en el Museo Arqueológico) hicieron estos comentarios:

-¿Y esa de ahí no es la chica que va al museo todas las mañanas?

-Sí, la guapetona esa. Así que se va a casar, vaya vaya… Desde luego, atractiva es, aunque cualquiera diría que tiene novio, porque lo que es en el museo siempre está sola. A ver si engancha a su futuro marido a la arqueología y lo conocemos pronto.

Neil sonrió. Tenía lógica. Sin duda, una mujer que llevaba viva muchos anos (quizás muchos siglos) podía sentir nostalgia de los tiempos pasados y la visita a un museo arqueológico podría ser una buena forma de consolarse. Aquella misma noche Neil llamó a Helen y le propuso hacer una visita al museo la mañana siguiente.

En efecto, al día siguiente los dos amigos ya se hallaban en le museo a primera hora, inmediatamente después de que este hubiera abierto sus puertas. La mujer misteriosa no tardó en aparecer. Neil contempló su entrada radiante de felicidad, pero Helen no pudo reprimir un estremecimiento y agarró con fuerza la reliquia que llevaba en el bolsillo. Durante una hora larga, los dos amigos siguieron a la presunta hechicera, la cual se dedicó a pasear en silencio por los recovecos del museo, contemplando con una mezcla de embeleso y nostalgia las reliquias de tiempos pasados.

Luego salió del edificio y cogió una calle que llevaba a las afueras. Neil la siguió discretamente a cierta distancia, mientras que Helen cogió una calle paralela, pues habían decidido turnarse en la persecución para no levantar sospechas. Tras diez minutos de caminata, Neil le envió una llamada perdida a Helen y luego los perseguidores intercambiaron sus posiciones, de modo que pasó a ser Helen quien seguía los pasos de la desconocida. Un cuarto de hora después, un mensaje de Helen avisó a Neil de que la “bruja” había entrado en una casa abandonada, colándose en el jardín en un punto donde la valla de madera que lo rodeaba había perdido varias tablas y luego entrando en el edificio por una ventana o tragaluz con los cristales rotos, que aparentemente daba al sótano. Poco después, Neil y Helen se reunían cerca de aquella casa, que muy bien podría ser la misma donde había vivido la falsa señorita Spencer durante su primera estancia en la localidad. Mientras comentaban en voz baja sus últimas impresiones, los dos amigos le daban la espalda al edificio, haciendo que observaban el escaparate de una tienda de electrodomésticos que había en la acera de enfrente, pero aprovechando el reflejo en el cristal para observar lo que pudiera suceder en la casa. Era la misma técnica que había usado Helen para poder espiar a la mujer misteriosa sin temor a ser sorprendida por ella. Y de esa misma forma pudieron verla pocos minutos más tarde, saliendo de la casa y del jardín tal como había entrado.

Una vez en la calle, la mujer mandó parar un taxi que pasaba por allí y se marchó. Ante la imposibilidad de seguirla, los dos amigos decidieron que lo mejor sería entrar en la casa para echar un vistazo. Si ella se había ido en taxi, seguramente tardaría en volver, por lo cual no parecía que su nuevo plan revistiera mucho peligro. Neil y Helen se colaron en el jardín y en el sótano de la vieja casa tal como lo había hecho la desconocida (Helen, que era buena deportista, lo hizo sin problemas, mientras que Neil, que siempre había sido más hábil en el plano psicológico que en el físico, no pudo evitar unos cuantos rasguños y desgarrones).

El sótano era un lugar frío, polvoriento y hediondo, sin más iluminación que la proporcionada por los rayos de luz que se colaban por el ventanuco. Si no fuera por las huellas recientes que en los puntos mejor iluminados se podían ver sobre la capa de polvo que cubría el suelo, podría pensarse que Neil y Helen eran los primeros que visitaban aquel lugar en los últimos cincuenta años, contando por lo bajo. Sin embargo, una vez que los ojos de los muchachos se hubieron acostumbrado a la semioscuridad dominante, ambos pudieron ver algo que hizo estremecerse de terror a Neil, mientras que Helen, pese a ser una chica valiente, no pudo reprimir un grito de espanto. En medio del sótano, trazando una circunferencia perfecta sobre el suelo, había media docena de pequeñas calaveras humanas, seguramente pertenecientes a las niñas que habían desaparecido en los últimos tiempos. Y en el centro de la circunferencia se levantaba un atril de madera oscura y carcomida, sobre el cual reposaba un viejo libro de tapas negras y páginas amarillentas. Neil, cuando se hubo repuesto un tanto de la impresión inicial, preguntó, con voz insegura:

-¿Y ese libro? ¿Qué será?

-Es un grimorio cabalista del siglo XIV. Ahí reside toda la sabiduría de nuestros ancestros respecto al mundo invisible que nos rodea.

Helen no sabía lo que era un grimorio y nunca había oído hablar de la Cábala. No había sido ella quien había respondido a las preguntas de Neil. Antes bien, la muchacha había enmudecido a causa del miedo y la sorpresa. Quien había respondido, quien estaba allí mismo, a escasos pasos de los dos amigos, era la misma mujer misteriosa a la habían seguido hasta la casa, que ahora los estaba mirando con ojos malignos y una sonrisa cruel dibujada en su rostro de impecable belleza. La mujer calló un instante, regodeándose en el aterrado pasmo de Neil y Helen, y luego habló de nuevo, con una voz melodiosa y serena, pero no por ello menos inquietante:

-Ahora estáis donde yo quería, en el centro de la tela de araña que he tejido para vosotros. ¿Pensáis que nunca he sido perseguida a lo largo de siglos de vida? Así he aprendido a engaña a mis perseguidores y a intercambiar papeles con ellos. Ignoro cómo empezasteis a sospechar de mí, pero sé que me seguís desde que la señorita aquí presente me hizo una foto el otro día, pensando que yo soy imbécil y no me entero de nada. Ahora os castigaré por vuestra osadía y elevaré a ocho el número de mis trofeos.

La mujer alzó un brazo y este gesto bastó para que una fuerza invisible e irresistible arrojara al suelo a Neil y a Helen. Neil cayó mal, se golpeó en la cabeza contra un viejo arcón y quedó aturdido. Helen, más afortunada, o acaso protegida por la reliquia del arcángel, no se hizo daño y no tardó en levantarse. El haber salido ilesa del primer ataque le hizo recuperar su valentía habitual y, encarándose con su enemiga, le dijo, con una voz bastante segura dadas las circunstancias:

-Creo que has cantado victoria muy pronto. ¿Sabes lo que es esto?

Y la muchacha extrajo un objeto redondo y plateado de su bolsillo. La mujer primero torció el gesto en un ademán de disgusto, pero luego recobró su sonrisa cruel y dijo entre carcajadas:

-¿Una reliquia sagrada? Ya he sentido su fuerza, como la sentí el otro día, en la parada de autobuses. Pero eso aquí no te servirá de nada. Puede que los ángeles del Cielo sean más poderosos que los del Infierno… ¡pero aquí el Infierno juega en casa!

La mujer hizo un nuevo gesto con el brazo y esta vez ninguna fuerza invisible derribó a Helen, pero un murciélago enorme, surgido de las tinieblas que rodeaban el sótano, le mordió en la mano que sostenía el objeto plateado, haciéndola gritar de dolor y arrojar dicho objeto al suelo. A continuación, una rata enorme lo cogió entre sus fauces y se lo llevó consigo fuera del sótano, sin que Helen, anulada momentáneamente por el dolor y la sorpresa, pudiera impedirlo. La bruja dijo:

-Ahora estás indefensa y vas a probar el sabor de mi poder, mientras yo pruebo el de tu sangre. ¡Vas a morir, pequeña estúpida!

Dicho esto, la bruja abrió completamente su lasciva boca y mostró unos siniestros colmillos de lobo, blancos como el marfil y puntiagudos como puñales. Inmediatamente después, lanzó un gruñido animal y se arrojó sobre la indefensa Helen como la pantera que se lanza sobre el cuello de su presa. Pocos segundos después, era Helen quien sonreía, entre aliviada y burlona, mientras su presunta agresora yacía en el suelo, dolorida, aturdida y sin fuerzas ni para articular una queja. En esta ocasión le había tocado a la bruja ser derribada por el impacto de una fuerza invisible, y ello cuando ya creía sentir en sus labios el sabor de la sangre de Helen. Esta sacó del bolsillo un nuevo objeto plateado y se lo mostró a la bruja, quien gimió de dolor y terror al ver grabada en su faz la imagen del príncipe de los ángeles. Helen dijo:

-¿Ves cómo yo también tengo mis astucias? Lo que te enseñé antes no era más que una medalla de plata que gané con mi equipo de natación a los doce años, en un campeonato infantil. Entonces lloré mucho por no haber ganado el oro, pero, mira por dónde, gracias a eso hoy he podido engañarte y hacer que cayeras en mi trampa. Ya sabía yo que eras astuta y que sería peligroso mostrarte todas mis armas desde el primer momento, así que me dejé guardado un as en la manga… o en el bolsillo, para ser exactos. Dicen que es lo que hacen siempre los buenos guerreros, ¿sabes?

La bruja, que tras el impacto ya no tenía fuerzas ni para invocar en su ayuda a las alimañas que habitaban aquella vieja casa, consiguió levantarse a duras penas, miró con odio e impotencia a la victoriosa muchacha y se marchó, no sin antes maldecir a Helen con palabras impregnadas de un furor infernal:

-¡Algún día conocerás mi venganza, maldita mocosa!

A continuación, Helen reanimó a Neil y luego llamó a la policía con su móvil. Cuando llegaron los agentes, los dos amigos les mostraron las calaveras del sótano (que, según declararon, habían descubierto “por pura casualidad” mientras jugaban a los exploradores en aquella casa abandonada) y les dieron una minuciosa descripción de la mujer a la que habían visto rondando por allí, aunque Helen no les mostró la foto que le había hecho para no entrar en contradicciones. Aquella misma noche dos policías estuvieron a punto de detener a la sospechosa cuando estaba a punto de subir a un tren de larga distancia en la estación de la ciudad, pero ella cayó al suelo, como fulminada por un rayo, antes de que pudieran agarrarla. Según la autopsia, se había envenenado mordiendo una cápsula de cianuro que llevaba escondida en la boca y su muerte había sido casi instantánea. Se realizaron laboriosas investigaciones para identificarla y tanto su retrato como su descripción fueron difundidos masivamente por los medios de comunicación, pero todos los esfuerzos resultaron inútiles y fue necesario inhumarla en el cementerio civil de la ciudad, bajo una lápida sin nombre.

Pocos días después del entierro, la lápida apareció destrozada y se interrogó a los familiares de las niñas asesinadas, bajo la acusación de haber profanado la tumba de la criminal.

Aquella misma tarde, Helen se encontraba en su casa, leyendo ávidamente un libro sobre la brujería medieval europea que había pedido prestado en la biblioteca municipal. Estaba sola, pues sus padres estaban trabajando y no volverían hasta la hora de la cena. Entonces oyó que llamaban a la puerta y fue a mirar quién era. A través de la mirilla observó que se trataba de una agente de policía, la cual seguramente querría hablar con ella por algún punto relacionado con el asunto de la casa abandonada, que aún no estaba completamente cerrado. Helen abrió y entonces se quedó paralizada. Aunque se había maquillado para disimular su palidez y estaba peinada de una forma diferente, no pudo dejar de reconocer con horror aquel rostro de belleza sobrenatural, aquellos ojos oscuros y aquellos labios del color de la sangre que le sonreían. Aquella agente de policía era… ¡Pero si estaba muerta! Helen ni siquiera tuvo tiempo de asumir todo el horror de la situación antes de que aquella mujer le tapara la boca con una mano dura y fría como el hierro, ahogando el grito que quería escapar de su boca y convirtiéndolo en un pobre gemido. Luego, la empujó hacia el interior de la casa, desplegando una fuerza sobrehumana contra la cual Helen no hubiera podido luchar ni aun teniendo ánimos para hacerlo, y entró con ella, cerrando la puerta a su paso. Esta vez Helen no llevaba encima ninguna reliquia que pudiera protegerla, pues había dejado la medalla del arcángel en la mesilla de su cuarto, y su enemiga lo sabía. Poco después, Helen estaba arrodillada sobre la cama de matrimonio de sus padres, atada, amordazada e indefensa. Su raptora, más sonriente y temible que nunca, acarició con falso cariño sus pálidas y temblorosas mejillas, manchó varias veces el rostro de la espantada niña con el vicioso carmín de sus labios, sin disimular cierta lujuria lésbica, y dijo con una dulzura más terrorífica que la ira:

-¡Así que pensabas que yo, que llevo siglos burlando a la muerte, iba a morir verdaderamente por culpa de unas gotitas de veneno! ¡Pobre imbécil! El cianuro me sumió en una muerte aparente, pero la pasada noche desperté, más fuerte que nunca, y escapé de mi tumba tan fácilmente como quien sale de su casa para dar un paseo. Más tarde iré por tu amigo, pero quiero que tú seas la primera en morir, pues me has humillado. Además, eres una chica muy guapa y seguro que tu sangre es un néctar divino. ¡Vamos a comprobarlo, querida!
La bruja besó el cuello de Helen y clavó en él sus colmillos, empezando a absorber su sangre primero con suavidad y luego con franca avidez. Fuera por el miedo o por la hemorragia, Helen no tardó en desmayarse.

Cuando se recuperó, seguía en el mismo sitio, tumbada boca arriba sobre la cama de sus padres, y se encontraba muy débil, pero estaba desatada y le habían quitado la mordaza. Junto a la cama, vio con repugnancia un cadáver cubierto de sangre, brutalmente destrozado, como si le hubiera pasado encima una manada de búfalos o como si una jauría de lobos hambrientos lo hubiera descuartizado a mordiscos. Pero lo más sorprendente era que aquel cadáver había llevado encima un uniforme policial. ¡Era el cuerpo de la bruja y esta vez sí estaba completamente muerta, de una vez para siempre! Una vez que hubo hecho acopio de suficientes fuerzas para poder levantarse, insegura y tambaleante, Helen vio un papel escrito sobre la mesilla de noche que había junto a la cama. Tenía el aspecto de una carta manuscrita y estaba escrito en un inglés bastante correcto, dejando aparte algunos arcaísmos y extranjerismos de dudoso origen, aunque la anticuada caligrafía, unida a la debilidad de Helen, dificultó en un principio su comprensión por parte de la muchacha. Pero al final esta pudo leerlo y comprenderlo:

-“Querida amiga:

Te agradezco tu colaboración, que me ha permitido por fin, tras tantos siglos de persecución infructuosa, hallar y eliminar a mi vieja enemiga y competidora, esta bruja que ahora yace a tus pies. Ciertamente tu amigo y tú no habéis sido lo suficientemente hábiles como para acabar verdaderamente con ella, pero gracias a vosotros su imagen ha sido difundida por la prensa, gracias a lo cual he podido localizarla y destruirla para siempre mientras tú yacías inconsciente. Por supuesto, a mí no me engañó con el truco de su falsa muerte, pues la conozco demasiado bien para tragarme sus patrañas. Perdona que haya tardado tanto en intervenir, pero no me interesaba que vieras mi rostro, y, además, creo que merecías llevarte un pequeño susto, para que a partir de hoy aprendas que no es saludable meterse en los asuntos de los que son mucho más viejos y sabios que tú. En todo caso, te he perdonado la vida como muestra de gratitud, lo cual no es poco. Recibe mis saludos, explícales esto a lo policía lo mejor que puedas, sé feliz con tu amigo y espero que tengas la inmensa suerte de no volver a estar cerca de mí nunca más. Con mis más sinceros afectos, DRÁCULA, SEÑOR DELOS VAMPIROS”

Leída la carta, Helen se desmayó de nuevo…

La marca del lobo. F.

Una vez que hubo vuelto a su casa tras haber pasado todo el día de excursión con sus alumnos, Andrés, un joven profesor de Biología aficionado a lo extraño y misterioso, escribió las siguientes palabras en su diario personal:

“Hoy, tras haber dedicado la mañana a las visitas culturales de rigor, hemos aprovechado que hacía buena tarde para acercarnos a la playa y darnos un chapuzón. Helena estaba francamente arrebatadora, con un bikini negro que hacía juego con su piel bronceada y sus cabellos de color azabache. Es una niña guapísima, y aunque apenas acaba de cumplir catorce años ya tiene un cuerpazo digno de una modelo. No pude apartar los ojos de ella mientras paseábamos por la playa. Ya sé que como profesor no debería mirar así a mis alumnas, especialmente cuando van tan ligeritas de ropa, pero soy humano y ciertas cosas me parecen inevitables. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el lunar que tiene en el hombro izquierdo. Era la primera vez que lo veía. Ella me dijo que era una marca de nacimiento, lo cual me extrañó, pues su semejanza con la cabeza de un lobo era tan grande que, de entrada, pensé que debía de ser un tatuaje. Luego, durante el viaje de vuelta, he estado pensando en la historia de su madre. Aquí todo el mundo la sabe. Un par de meses antes de que Helena viniera al mundo, sus padres se fueron a las montañas, a practicar senderismo junto con otros excursionistas, y fueron sorprendidos por una súbita riada. Todos murieron ahogados o sepultados por el lodo, salvo Rosa, la madre de Helena, que fue arrastrada ladera abajo por el ímpetu del agua. Poco después, el equipo de rescate la encontró desmayada entre unos arbustos. La llevaron al hospital y los médicos consiguieron salvarla tanto a ella como a la niña que llevaba en su vientre. ¿Fin de la historia? Quizás. Pero me gustaría ver el lugar donde encontraron a Rosa, y, sobre todo, examinar los arbustos que crecen en esa zona. Creo que el próximo sábado lo dedicaré a hacer una excursión por las montañas.”

El sábado por la mañana, Cati, una de las mejores amigas de Helena, estaba paseando tranquilamente por su barrio cuando dio un mal paso, tropezó y se cayó al suelo, haciéndose daño en una rodilla. Por suerte, un vecino que pasaba por allí la ayudó a levantarse. Se trataba de Alberto, un hombre todavía joven, atractivo y de aspecto agradable, al cual ella apenas conocía de vista y de nombre, pues no hacía mucho que se había establecido en la ciudad. Vivía solo, y nadie lo conocía íntimamente ni sabía de dónde venía o cómo se ganaba la vida, aunque aparentemente se hallaba en una posición económica desahogada. Por lo demás, se mostraba amable y cortés con todo el mundo, de suerte que todos los vecinos hablaban bien de él.

Gracias a la ayuda de Alberto, Cati pudo levantarse y llegar, no sin esfuerzo, a un banco cercano, donde ambos se sentaron. Él le preguntó si quería que la acompañase mientras se recuperaba y Cati, orgullosa de las atenciones que le prestaba aquel caballero tan apuesto e interesante, no se hizo de rogar. La muchacha, siendo de natural extrovertido y un tanto ingenua, le contó a aquel hombre casi desconocido muchas cosas de su vida, de sus estudios, de sus aficiones, de sus incipientes amores de adolescente y, sobre todo, de sus amigas:

-Mi mejor amiga es Helena. Es una chica estupenda, muy guapa y muy inteligente, sin ser una estirada, como la mayor parte de los empollones que conozco. Y siempre te ayuda si te ve en dificultades. El otro día, si no llega a soplarme dos preguntas en el examen de Lengua, hubiera cateado. ¡Se portó genial conmigo!

Alberto era un hombre flemático, pero apenas pudo contener una carcajada ante la inocencia de aquella chiquilla que consideraba “soplar” en un examen el cenit de las virtudes humanas. Al final, se limitó a sonreír y dijo:

-No dudo de que tu amiga Helena sea una buena chica. Pero creo que te equivocas al juzgar a las personas sólo por sus actos externos. La bondad y la maldad son dos estados del alma, y no siempre se hallan en relación con nuestras acciones.

-¡No estoy de acuerdo! Yo creo que a las personas se las conoce por lo que hacen y por cómo tratan a los demás. Eso es lo que realmente importa. Ya lo dice la Biblia, “por sus frutos los conoceréis”.

-Puede que sea cierto, pero a los frutos hay que juzgarlos por la carne y no por la monda. Piensa que esas palabras de la Biblia van por los falsos profetas, y nadie, ni siquiera un santo de verdad, sabe guardar las apariencias mejor que un falso profeta. Tú eres buena en Historia, ¿no? ¿Quién fue para ti el hombre más malo que haya existido jamás?

-Pues… supongo que Adolf Hitler.

-¡Buena elección! ¿Sabes que Hitler de joven quería ser pintor? Pero fracasó y entonces se dedicó a la política. Si hubiera triunfado, hoy quizás lo recordaríamos como un artista austero y apasionado, amante de los perros y cariñoso con los niños, y ni nosotros ni los que lo conocieron en vida hubiéramos llegado a conocer su verdadera naturaleza. Del mismo modo, un monje cristiano retirado en el desierto podría alcanzar la santidad y nadie se daría cuenta.

-Yo no sé de qué sirve ese tipo de santidad. Para mí un santo es alguien que ayuda a los pobres, no uno que vive lejos de los demás. ¿Para qué vale eso?

-¿Quién sabe? Se dice que son los santos así, los más humildes y solitarios, los que justifican la existencia del mundo, y que si no fuera por ellos el Cielo ya se habría derrumbado sobre la Tierra. En fin, volviendo a tu amiga, ¿tienes una foto suya?

Cati sacó su móvil y le enseñó a Alberto una foto que le había hecho a Helena en la playa, durante la excursión. Alberto no pudo dejar de admirar su belleza. Él había elegido a Cati, que también era guapa, pero pensó que Helena podría ser una opción preferible. Fingiendo indiferencia, preguntó:

-¿Y esa chica también vive en este barrio?

Aquella noche, Andrés volvió a la ciudad tras haber invertido casi todo el día en su excursión a las montañas, que había dado los resultados esperados. Tras dejar el coche en el garaje, salió a hacer unas compras y se encontró con Ana, la hermana mayor de Helena. Él tenía mucha confianza con Ana, que trabajaba en el instituto cuidando de los niños discapacitados. E incluso estaba un poco enamorado de ella, quien, al igual que su hermana, era una joven muy atractiva. Ana era de carácter abierto y alegre, pero en aquella ocasión Andrés la encontró pálida y triste, como embargada por una preocupación inusitadamente seria. Él le preguntó qué le sucedía y ella contestó:

-Esta tarde mi hermana salió de casa a hacer unos recados y aún no ha vuelto. Mi madre y yo la hemos llamado al móvil un millón de veces, pero nadie contesta, y sus amigas tampoco saben nada de ella. Se lo hemos dicho a la policía, y en la comisaría dijeron que estarían atentos pero que aún era pronto para iniciar una investigación oficial. Estoy recorriendo la ciudad a ver si la encuentro, pero parece que se la ha tragado la tierra. Esto no es normal en ella y estoy muy asustada.

Andrés intentó animar a su amiga, pero, no sabiendo cómo hacerlo, pues la situación parecía realmente preocupante, decidió que lo más adecuado sería acompañarla en su búsqueda.

Mientras tanto, la mente de Helena, aún aturdida por la droga que le habían inyectado en la sangre horas antes, luchaba sin éxito para romper las cadenas de negrura que la ataban a la inconsciencia y al olvido. Recordaba vagamente a un hombre guapo y simpático que se había acercado a ella mientras se encaminaba al supermercado y que la había detenido para preguntarle una dirección cualquiera. Luego, se sucedían en su memoria un pinchazo, un mareo fulminante, las piernas que le temblaban, la vista que se le nublaba y unos oídos que le zumbaban como locomotoras en marcha, mientras oía el eco de una voz que decía “no se preocupen, a mi sobrina le dan a veces estos síncopes, pero no es nada grave… no, ya me ocupo yo de ella, muchas gracias”.

Aunque no lo sabía, Helena estaba tumbada boca arriba sobre un mullido sofá, en el espacioso salón de una casa desconocida. Todas las ventanas estaban cerradas y con las cortinas corridas, y la luz de la única lámpara encendida apenas bastaba para iluminar aquel salón tan amplio. La inconsciente muchacha presentaba un aspecto provocativo. Le habían quitado la ropa, dejándole sólo las prendas más íntimas, y sus tenis habían sido sustituidos por unos costosos zapatos negros de tacón alto. Le habían atado las muñecas y los tobillos, y también le habían amordazado la boca con una tira de cinta de embalar. Frente al sofá se levantaba un trípode, sobre el cual había una pequeña videocámara que apuntaba su objetivo hacia la chica. Detrás del trípode, tranquilo y silencioso como una estatua, Alberto aguardaba pacientemente a que su presa se despertara completamente. Sin un intenso sufrimiento físico y psicológico por parte de ella, el ritual no podría proporcionarle a Alberto los éxtasis de placer perverso que él aguardaba y que últimamente se habían convertido en una verdadera necesidad para su alma.

Fuera de la casa, Andrés y Ana estaban recorriendo aquellas calles del extrarradio, solitarias y silenciosas a aquellas horas de la noche, cuando el profesor se detuvo en seco, al ver un coche de alta gama aparcado junto a la entrada de la mejor casa del barrio. Él conocía bien aquel coche y había llegado a conocer muy bien a su propietario, del cual no guardaba un recuerdo precisamente agradable. Si la presencia de Alberto en la ciudad coincidía con la misteriosa desaparición de una muchacha, eso seguramente no era una mera casualidad. Algo había oído sobre un desconocido elegante que se había establecido en aquella casa, pero no había imaginado hasta entonces que pudiera tratarse de él. Andrés decidió que, si quería salvar a Helena, no había tiempo para explicaciones ni formulismos legales. Tenía que entrar en aquella casa lo antes posible. Le dijo a Ana, sin disimular su turbación:

-Ana, yo tengo que entrar en esa casa. Tú quédate aquí y, si no he vuelto en diez minutos, llama a la policía. Cuéntales cualquier historia, pero que vengan aquí.

-¡Si se trata de mi hermana, yo quiero ir contigo!

-No, es… un problema personal que debo resolver urgentemente (Andrés mentía porque no deseaba involucrar a Ana en un asunto tan peligroso).

-No te creo.

-Es que… podría ser peligroso.

-Razón de más para que te acompañe.

Sin tiempo ni ganas de prolongar la discusión, Andrés forzó la cerradura de la puerta principal con un alambre y luego los dos amigos penetraron silenciosamente en el sombrío y casi majestuoso vestíbulo de la casa. Vieron que el salón estaba iluminado y se dirigieron a él, caminando sin hacer ruido, casi sin respirar. Pero antes Andrés entró rápidamente a la cocina y cogió un cuchillo que podría servirle de arma.

Alberto se sorprendió, pero no se asustó, al ver cómo Andrés y Ana irrumpían en el salón. Mantuvo la sangre fría, pese al cuchillo con el cual lo amenazaban. Dijo:

-¡Vaya, si es el bueno de Andrés! Parece que quieres meterte de nuevo en mi vida, tan brusca y alocadamente como saliste de ella hace un par de años.

-¡Sí, para ver en lo que te has convertido! Una vez fuiste un hombre inteligente y audaz, y yo te admiraba por ello, pero ahora no eres más que un maldito psicópata.

-Me limito a ser consecuente con mi concepción del mundo. Hace dos años descubrí, tú sabes muy bien cómo, que este universo no es más que el estercolero de la Creación, y que sus habitantes no somos sino ratas cebadas en la inmundicia para servir de alimento a las fauces de dioses terribles y demonios más terribles aún. Desde entonces no he hallado motivos para cambiar de opinión al respecto.

-Puede que tengas razón, pero yo sé que incluso en un estercolero puedes encontrar cosas buenas arrojadas a la basura por error o desidia, y que incluso el dolor de una rata cebada en la inmundicia es digno de compasión. Pero no pretendo convencerte de nada, sino que sueltes a la niña y nos acompañes a la comisaría más próxima, por las buenas o por las malas.
-No estás en condiciones de pretender nada de mí, como muy pronto comprobaréis tu amiga y tú.

Dicho esto, Alberto dejó caer una pequeña bola de cristal, no mayor que una canica, que hasta entonces había sostenido entre dos dedos de su mano derecha. La pequeña esfera se rompió en mil pedazos al impactar contra el suelo y un fragante aroma, semejante al incienso, pero más fuerte y dulzón, invadió rápidamente la estancia. Durante los escasos segundos que tardó aquella fragancia en extenderse, Alberto contuvo la respiración. Andrés y Ana no lo hicieron, y pronto se sintieron irremediablemente invadidos por un intenso mareo que los hizo caer al suelo sin sentido. Andrés, al caer, chocó con el trípode que sostenía la videocámara y esta cayó con él, quedando inutilizada por el golpe.

Cuando recuperaron la conciencia, las tornas habían cambiado. Andrés y Ana se hallaban en la misma situación que Helena, la cual también se había despertado. Sentados sobre el frío suelo del salón y con las espaldas apoyadas contra la pared, ambos estaban atados y amordazados, y también habían sido despojados de casi todas sus ropas. Andrés estaba completamente desnudo salvo por sus slips, mientras que Ana, al igual que Helena, estaba en bragas y sujetador, mientras que sus botas habían sido sustituidos por unos zapatos de tacón, idénticos a los que llevaba su hermana, sólo que de color rojo brillante. Alberto los miró burlón y les dijo, siempre frío y sereno:

-Aún no sé si alegrarme o entristecerme por vuestra intromisión en mis asuntos. Por un lado, me habéis fastidiado la cámara. Pero supongo que me compensaréis esa faena sobradamente con el placer que me proporcionaréis cuando os mate. No, tranquilos, ahora no, eso será después… Primero debo ir al centro comercial antes de que cierre y comprar una nueva videocámara, pues todo esto debe quedar grabado. Así que ahora os dejo para que disfrutéis tranquilamente de vuestros últimos momentos de vida… porque luego me tocará disfrutar a mí.

Dicho esto, Alberto se fue, primero del salón y luego de la casa. Helena y Ana, pálidas de terror, temblaban como hojas movidas por el viento y gimoteaban presas de la desesperación, pues estaban bien atadas y todos sus esfuerzos para liberarse habían sido inútiles. Andrés también estaba asustado, pero mantenía cierta moral, pues tenía un plan en mente. Pese a estar amordazado con un pañuelo, consiguió vocalizar, no sin dificultad, un mensaje audible para Helena. Primero la tranquilizó lo mejor que pudo y luego dijo:

-¿Ves esa gabardina que hay sobre la mesa, en medio del salón? Es mía, y en su bolsillo derecho hay algo que debes ver lo antes posible. Intenta llegar a ella como puedas, y hazlo pronto, por favor, pues ese hombre puede volver en cualquier momento.

Pese a estar atada de pies y manos, Helena, que era una chica ágil y practicaba ejercicios gimnásticos desde pequeña, consiguió levantarse del sofá, tras varios esfuerzos infructuosos, y, aunque los tacones se lo ponían muy difícil, pudo mantener el equilibrio. Luego, al ser incapaz de caminar con los tobillos atados, tuvo que acercarse a la mesa saltando sobre sus dos pies, procurando mantenerse erguida tras cada salto, lo cual, con aquellos zapatos, no resultaba nada sencillo. Ya casi había llegado al borde de la mesa cuando perdió el equilibrio y cayó estrepitosamente (“¡malditos tacones!”). Se dio un fuerte golpe en la cara contra la superficie del mueble y, de no haber sido amortiguado el impacto por la ropa que cubría la mesa, seguramente se hubiera roto el tabique nasal. Una vez que se hubo recobrado del aturdimiento provocado por el golpe, vio que, aunque no podía coger la gabardina teniendo las manos atadas a la espalda, sí podía arrastrarla al suelo, moviéndola con la barbilla y la punta de la nariz. Así lo hizo, y al final su cara y la prenda colisionaron con el suelo simultáneamente. Por suerte, la alfombra del salón era bastante gruesa, por lo que este nuevo impacto, aunque más doloroso que el anterior, tampoco tuvo graves consecuencias. Por otra parte, esta vez Helena no tuvo tiempo ni para aturdirse, pues en aquel preciso instante el ruido del motor de un coche en proceso de aparcamiento estaba anunciando el inminente retorno de su raptor. Se arrastró hasta que su rostro estuvo exactamente sobre el bolsillo derecho de la gabardina. No podía ver ni sacar lo que había allí dentro, pero sintió su olor y aquello fue suficiente.

Aquel día Andrés había encontrado, con la ayuda de un guarda forestal, el lugar exacto donde catorce años antes habían hallado inconsciente a la madre de Helena. En aquel punto, tal como Andrés había supuesto, crecían unos matorrales de una especie muy escasa, casi extinguida en Europa, de cuyas pequeñas flores emanaba un olor tan fuerte que de cerca resultaba casi intolerable. Últimamente los botánicos estaban estudiando en los laboratorios de vanguardia las posibles virtudes medicinales de una droga que se podía sintetizar a partir de aquellas flores, pero aún no sabían gran cosa al respecto. En cambio, los druidas celtas, las brujas de la Edad Media y los expertos en fenómenos extraños, como el propio Andrés, conocían bien las propiedades ocultas de aquellas flores. Sabían que si una mujer encinta aspiraba su aroma, su hijo nacería con la marca del lobo. Y si el hijo en cuestión volvía a aspirar aquella fragancia misteriosa, la marca del lobo se apoderaría de todo su ser, de modo que su máscara humana se disolvería y su verdadero rostro saldría a la luz. Así, el monstruo que duerme en el fondo del alma se manifestaría durante un breve lapso de tiempo con toda su fuerza diabólica, antes de volver a hundirse en el pozo oscuro del Yo. Andrés, sin saber muy bien para qué, había cortado varias ramas florecidas y las había guardado en el bolsillo de su gabardina. Al gustar de nuevo aquel aroma a escasos centímetros de su fuente, tal como ya lo había olido indirectamente antes de nacer, Helena sintió que algo nuevo estallaba en sus entrañas, extendiéndose por todo su organismo y sustituyendo su sangre por otro fluido más ardiente. Y también sintió que su mente se sumergía en un éxtasis indecible de fuerza primordial, mientras su carne se disolvía, ajena a las ligaduras que ya no podían inmovilizarla, y volvía a solidificarse bajo otra apariencia muy distinta.

Ajeno a todo ello, Alberto entraba en aquel momento en el salón, con su nueva cámara dentro de una bolsa y sus nervios, generalmente férreos, alterados por la anticipación de los perversos deleites que le aguardaban aquella noche. Pero se quedó pasmado de sorpresa y (esta vez sí) también de puro miedo cuando abrió la puerta y vio algo increíble. Andrés y Ana seguían allí tal como él los había dejado, pero la otra chica había desaparecido y en su lugar había aparecido una enorme loba, un ser horrible de pelo oscuro como la noche y ojos rojizos como el sol del desierto, que lo estaba contemplando con una mirada llena de odio y lujuria sangrienta. Alberto no intentó defenderse ni huir cuando la bestia se abalanzó sobre él. Sabía muy bien que su muerte no sólo era inevitable, sino también justa. El Destino había decretado su perdición como castigo por sus crímenes, pues durante mucho tiempo había jugado con la vida y la muerte de sus semejantes, usurpando los privilegios de los dioses y de los demonios, hasta el punto de olvidar que él mismo, al igual que sus víctimas, no era, después de todo, nada más que otra pobre ratita, cebada en la inmundicia de este triste universo y destinada a servir de alimento a las terribles deidades de la noche y de la muerte. Casi se sintió aliviado cuando los poderosos dientes del monstruo desgarraron su garganta y hundieron su alma en la negrura definitiva, que él, en el fondo, llevaba mucho tiempo ansiando para sí mismo tanto como para los demás.

Al día siguiente, un vecino entró en la casa de Alberto, sorprendido ante el hecho de que la puerta principal llevase abierta toda la mañana, y halló el cadáver de aquel hombre tan misterioso. Nada parecía indicar que aquella noche hubiera habido otras personas en la casa además del propio Alberto, y la autopsia atribuyó su muerte al ataque de un perro salvaje de gran tamaño, que habría entrado en el interior del edificio por la puerta abierta, y que luego se habría ido de la misma manera, después de haber degollado a la víctima mediante una terrible dentellada. Muchos lamentaron la muerte de un hombre tan amable, pero sólo la buena de Cati lloró por aquel caballero encantador, que tan bondadoso se había mostrado con ella pocas horas antes de su muerte. La pobre Cati nunca llegaría a imaginarse lo que le habría sucedido si Alberto finalmente la hubiera elegido a ella como víctima en vez de a Helena. Ignoramos si su compasión pudo aliviar de algún modo la negrura en la que yacía el alma del difunto Alberto, pero creemos que, si realmente las buenas personas pueden justificar la existencia del universo mediante sus nobles sentimientos, sus lágrimas sí sirvieron para insuflarle un hálito de nueva vida a nuestro pobre mundo.

Aquella tarde dominical, Andrés y Ana, todavía macilentos por la resaca de una noche excesivamente emocionante, se reunieron en un bar del centro comercial y, mientras tomaban unos cafés bien cargados, la muchacha informó al profesor del estado de su hermana:

-Ahora está en casa, con mi madre. No se acuerda de nada, pero tiene mucha fiebre y a veces sufre pesadillas. Llegamos a pensar en llamar a un médico, pero, superada la crisis, ya parecía mucho más tranquila y creemos que no tardará en reponerse por completo.

-Será mejor que nunca le menciones nada, ni siquiera indirectamente, de lo sucedido en aquella maldita casa. Ojalá todos podamos olvidarlo lo antes posible. Y haced todo lo posible para que Helena no se acerque nunca a las montañas donde brotan esas flores. Creo que lo que le sucedió anoche es algo que sólo puede pasar una vez en la vida, o al menos eso dicen las fuentes que he consultado, pero es mejor ser cautos al respecto.

-Vale. Ahora dime una cosa, Andrés. Tú conocías a aquel malvado. ¿Quién era en realidad?

-¿Alberto? Sería muy largo de contar. Para no entrar en detalles, te diré que era un hombre que había llegado a saber mucho, incluso demasiado, sobre la situación del ser humano en el universo, y que extrajo de sus conocimientos unas conclusiones morales… digamos, discutibles. Y hay otros como él en el mundo (¿o pensabas que grababa sus actos para él solo?), así que, aunque por un lado creo que esto ya ha terminado… Bueno, no puedo estar seguro.

Cara de payaso. P.B.

Un día cualquiera, dos parejas de amigos se dirigieron a hacer una ruta de senderismo de montaña en una que quedaba bastante distante del pueblo donde ellos vivían.
A media mañana, dos de los cuatro amigos, al no estar acostumbrados al ejercicio dieron claros signos de fatiga.

-Id avanzando vosotros, chicos -les dijo Mike a sus amigos- enseguida os alcanzamos

Estos, asintieron con la cabeza y siguieron la ruta de senderismo.
La joven pareja de enamorados pasó unos cinco minutos en agradable compañía.

-Vamos, tenemos que seguir si has recuperado el aliento -dijo Mike a su novia.

-Espera ¿Has oído eso? -le preguntó Claudia a Mike

Mike, al igual que Claudia, había oído ruido en unos arbustos cercanos.

-Quédate aquí, no te muevas ¿Vale?

Su novia le miró incrédula

-¿Adonde vas? -le preguntó casi con un susurro

Mike le hizo un gesto para que guardara silencio, cuando se acercó a los arbustos, estos volvieron a moverse. El joven fue a correr los arbustos para ver que se encontraba allí cuando de pronto algo salto desde detrás de ellos. Un inofensivo conejito salto desde detrás de los arbustos e hizo dar un tremendo sobresalto a Mike. El joven escucho la risa de su novia

-Te ha asustado un conejito cariño

-No tiene gracia -le contesto este mientras se pasaba una mano por la frente

-De hecho si que la tiene -le reprocho divertida Claudia

-Es igual, debemos continuar

Pronto llegaron a una bifurcación de caminos. Uno que iba a la derecha y otro a la izquierda.

Tomaron el de la izquierda y si no daban con sus amigos, volverían y tomarían el otro camino

No tardaron en llegar a un claro con una cabaña que parecía abandonada

-De estar, tienen que estar aquí -dijo Claudia- Esta ruta acaba aquí

Los dos jóvenes se acercaron a la vivienda y entraron sin llamar ya que la puerta estaba abierta y pensaron que fueron sus amigos quienes la habían abierto

La cabaña no tenia nada que llamara la atención en su planta baja, tan solo había una enorme mesa destacaba entre todos los cachivaches inútiles que allí había

-Tu sube arriba a ver si los encuentras Mike, yo seguiré mirando por esta planta a ver si los encuentro

Su novio accedió y ambos se separaron. La joven se dirigió a otra habitación de la planta baja donde no había nada destacable tampoco, con la excepción de la entrada a un sótano. Se acercó, aquel lugar desprendía un desagradable olor. Aguantando la respiración abrió la puerta del sótano.

Por su parte Mike había subido ya al piso de arriba. Aquella casa era mas grande de lo que el creía, pues contaba, para su sorpresa hasta con un ático, de donde salía una melodiosa canción

Mike fue a descubrir el origen de aquella canción cuando oyó un chillido que indudablemente era de su novia. Bajo corriendo y cuando llego, la encontró en una esquina fuera del sótano, asustada y temblorosa

Mira ahí -le dijo indicándole el sótano con un dedo

Mike se asomo al sótano y pudo ver que apenas podían bajarse las escaleras de este, ya que estaba completamente infectado de cadáveres

El joven se tapo la nariz y cerro la puerta de golpe. Tras eso cogió a Claudia de la mano para salir de ese espantoso lugar. Pero antes de que pudieran salir de la cabaña, ambos escucharon pasos que se dirigían hacia allí.

La pareja asustada, no tardo en esconderse debajo de la enorme mesa con la esperanza de que lo que entrara por la puerta no los encontrara

La puerta se abrió y entro un hombre que portaba dos cadáveres sobre sus hombros. Los dejo caer pesadamente sobre el suelo

-Dios mio-susurro Claudia-Nuestros amigos…

Su novio escucho que ella empezaba a respirar de forma incontrolada, asique le tapo la boca con su mano. El quito la vista de los cadáveres de sus amigos y la dirigió hacia aquel hombre

Era un hombre de estatura media, aunque fuerte y corpulento, que vestía un atuendo un tanto peculiar para un asesino: traje de esmoquin y una horrible mascara de payaso
El asesino se acercó a la mesa donde se encontraba escondida la pareja y deposito allí un enorme cuchillo de carnicero lleno de sangre, después y arrastrando de uno en uno los cadáveres los subió a la mesa para después ir y venir continuamente de una sala del piso de abajo a la otra, en la cual estaban los jóvenes escondidos
Paso mucho tiempo, o eso le pareció a Claudia, hasta que al asesino le dio por abandonar la sala y subir al piso de arriba.

La joven pareja aprovecho este momento para intentar escapar de allí
Los dos salieron de allí y Claudia no volvió la vista para ver los cadáveres de sus amigos, ya que Mike le había dicho que era mejor así y que no lo hiciera
Abrieron la puerta de la cabaña y se dispusieron a irse de allí, pero antes de que lo hicieran escucharon un terrible gruñido proveniente del piso de arriba. Se volvieron y pudieron comprobar como el asesino había vuelto mas rápido de lo que ellos creían, esta vez, portando un arco de caza y un carcaj con flechas.

-Corre -Grito Mike a Claudia

La pareja salió corriendo de ali lo mas rápido que pudo, una flecha paso silbando sobre sus cabezas. La pareja corrió durante un tiempo que a ambos le pareció una eternidad. Cuando salieron de la casa era atardecer y cuando finalizaron la carrera estaba era prácticamente de noche

Ambos respiraron agitadamente por el esfuerzo

-Claudia escucha. No debemos estar cerca de la carretera por donde vinimos, tenemos que llegar allí, tomar el coche y volver al pueblo para hablar con el Sheriff

Ella asintió rápidamente con la cabeza

-Creo que podemos tomar un respiro-siguió diciendo Mike-creo que le hemos despista…
Claudia, levanto la cabeza al no oír a su novio terminar la frase y vio que la espalda de este había sido atravesada por una flecha. El cayó de rodillas junto a su novia. Ella tras maldecir al destino, incorporo todo lo deprisa que pudo a su novio

-Vamos, tenemos que irnos Mike, no te dejare atrás

Pero apenas acabo de decir esto, una segunda flecha impacto al joven en el rostro, salpicando a Claudia de sangre.

-¡No!-grito ella al ver caer el cuerpo sin vida de su novio al suelo

Alzo la vista y vio al asesino a una considerable distancia de ella, pero ya cargando otra flecha en el arco Claudia dio media vuelta y salió corriendo con el rostro lleno de lágrimas hacia la carretera.

La encontró a unos dos minutos de salir corriendo de allí y cayó rodando por la fina ladera que comunicaba la montaña con la carretera.

No había ni rastro del coche en el cual habían venido, Ella miro a la lejanía y vio el pueblo parcialmente iluminado y ajeno a toda aquella pesadilla, pero sin su coche, tardaría al menos media hora en llegar allí y con un psicópata pisándole los talones.
Aun asi, no le quedaba mas remedio. Cuando se disponía a reanudar su alocada carrera, los faros de un auto la iluminaron. Alguien pasaba en coche por allí

-Pare por favor -Grito la joven desesperada

El coche se detuvo junto a la joven y de el bajo un señor de mediana edad que miro a Claudia preocupado

-¿Estas bien hija? Tienes la cara llena de sangre ¿Qué te ha pasado?
Ella miro en todas las direcciones

-Tiene que ayudarme, un asesino me persigue, ha matado a todos mis amigos y yo soy la siguiente

El hombre la miro alarmado

-Sube al coche, te llevare hasta el pueblo ¡Deprisa!

Claudia se apresuró a entrar y espero al conductor, al ver que no entraba, sino que permanecía allí, inmóvil junto al coche, se paso al asiento del conductor y abrió la puerta para ver cual era la causa por la que el hombre no entraba. Al abrir la puerta el hombre cayo al suelo con una flecha que se había clavado en su ojo derecho y lo había desplazado hasta la punta de la flecha. La chica grito aterrada pero aun así, cerro la puerta, cogió el volante y se alejó de allí. Pasados unos diez minutos al coche le empezó a salir humo del capo y la joven se vio obligada a parar en el camino junto a una solitaria casa.

Salió del coche y no supo si dirigirse hacia la casa o intentar reparar el coche, al no tener conocimiento alguno de como reparar un coche opto por la opción de la casa. En aquella casa debía vivir alguien, ya que estaba iluminada
Cuando estaba a apenas unos pasos de la puerta, esta se abrió de golpe y una anciana salió de su interior

-¿Tu coche se ha averiado jovencita? -Le dijo a modo de saludo- Pasa, mi marido y yo estábamos a punto de cenar

Claudia, tras dudar un momento, acepto y entro en la casa. La anciana la condujo hacia la cocina El marido, al ver a la joven en unas condiciones tan pésimas, se levanto de su asiento

-¡Cielo santo! ¿Qué te ha pasado hija?

Ella hablo lo mas deprisa que pudo

-Tienen que prestarme un coche o algún vehículo, me persigue un asesino, ha matado a todos mis amigos, tienen que ayudarme antes de que llegue aquí y me encuentre-Respiro nerviosa-¿tiene un teléfono?

-No tenemos teléfono, pero podemos prestarte el coche, mi marido bajara a preparártelo, mientras tanto, lávate esa cara cielo

Ella asintió con miedo pero a la vez satisfecha. La mujer la condujo al baño, mientras su marido se marchaba de la cocina

En cuanto entro en el baño, cerró la puerta y echo el seguro, se lavo la cara y dejo escapar todas las lágrimas que hasta aquel momento había contenido. . Cuando paro se dispuso a irse del baño, pero antes de que lo hiciera, se fue la luz y se quedo paralizada. Aterrada, abrió despacio la puerta del baño

-¿Hola? -llamo- ¿Señora donde esta?

La joven avanzo lentamente por la casa sin saber ni adonde iba ni donde se encontraba
De pronto, una mano toco su hombro. La chica se revolvió y grito

-Tranquila soy yo-la calmo la anciana-Se fue la luz, asi que fui por una linterna, vamos mi marido ya debe tener el coche listo

-Gracias, les prometo que se lo devolver-le comunico a la anciana mientras bajaban unas escaleras que daban hacia una especie de garaje

-No te preocupes hija, ya apenas lo usamos, venga sube y márchate- le dijo cuando estuvieron frente al coche

-¿Y su marido donde esta?

-Ha debido de ir a reparar el asunto de la electricidad -Le contesto la anciana sin darle mucha importancia

La chica dio una vez mas las gracias a aquella señora y se subió al coche, era bastante antiguo pero le serviría para llegar al pueblo y avisar al Sheriff
Arranco el coche y se despidió de la anciana. Al hacerlo vio horrorizada como la dueña de la casa era asesinada a sangre fría con un enorme cuchillo de carnicero
La joven iba parecía llevar una maldición con ella, ya que a toda la gente que se había cruzado en este ultimo día había muerto. Acelero y salió del garaje antes de que el asesino pudiera alcanzarla. Cuando salió del garaje dio un sobresalto y un grito al iluminar con los faros del coche al esposo de la anciana, completamente desangrado y ya sin vida cerca de una pequeña cabaña próxima a la casa donde debía estar el sistema de electricidad de la casa

Condujo lo más rápido que pudo hasta que una oscura figura le salió en medio de carretera a varios metros de ella y la obligo a detenerse en seco
Era el asesino que le cerro el paso y la apunto con su arco
La joven, sin pensárselo dos veces, acelero y se dispuso a acabar con ese ser
El arco disparo. La flecha no acertó a Claudia gracias al cristal del coche. Falto poco pero el cristal la salvo
Claudia ya sintiéndose fuera de peligro grito con toda su furia

-¡Muere hijo de puta!

El coche hizo que el asesino saliera por los aires y perdiera su arco y sus flechas en el proceso

La joven quería asegurarse de que acababa con el, asique dio marcha atrás y le paso varias veces por encima

Cuando se hubo desahogado del todo, se bajo del coche y contemplo su obra. Aunque estaba a una distancia considerable, no le cabía duda de que aquel hombre estaba muerto, podía ver como su mascara estaba completamente destrozada y el esmoquin, había adquirido un color rojizo

Ella respiro aliviada y se dispuso a montar en el coche de nuevo para marcharse de ese lugar, cuando escucho pisadas que se dirigían hacia allí
Cuando lo vio no pudo dar crédito y creyó que sus ojos la engañaban, un hombre idéntico al asesino y armado con un cuchillo de carnicero se acercó y se arrodillo junto al cuerpo de su igual. No tardo en levantar la mirada y dirigir su vista hacia una incrédula Claudia
Ella, se metió deprisa en el coche y arranco

-No podrás esconderte, te encontrare haya donde vallas-Escucho decir al asesino antes de que pudiera salir de allí

La joven conto lo ocurrido al Sheriff y el junto con sus compañeros del cuerpo investigaron el caso y encontraron la casa y todos los cadáveres pero no encontraron ni rastro del asesino muerto ni tampoco del que aun estaba con vida, asique Claudia no tardo en mudarse bien lejos a una lejana ciudad cerca de la costa
Pasados diez años, ella estaba casada, tenía un hijo y ya había olvidado prácticamente el asunto. Era de noche y se encontraba sola en casa, ya que su marido y su hijo habían salido a una fiesta con motivo de Halloween. Cuando estaba preparando la cena se apagó la luz y escucho como la puerta de la vivienda se abría lentamente

Un escalofrió recorrió su espalda, agarro un cuchillo cualquiera de la cocina y una pequeña linterna que su hijo guardaba en el cajón de los cubiertos y que le había tocado de sorpresa con unos cereales que regalaban instrumentos de explorador
Ella enfoco el oscuro pasillo y allí no había nadie

-¿Hola?-Dijo sin aventurarse a ir mas allá

-Hola mama-Le respondió la voz de su hijo desde la entrada-Ya estamos aquí
Claudia suspiro aliviada. Se apresuró a ir a la cocina y dejar el cuchillo en su sitio

Su marido no tardo en reparar el problema y la luz volvió a la casa

-¿Estas bien? Estas pálida-Le dijo acariciando su rostro

-Si, si, ahora si-Cambio de tema-Corre a quitarte el disfraz hijo, vamos a cenar ya
Juntos cenaron y posteriormente se fueron cada uno a dormir a su habitación. Claudia se abrazó a su marido y no tardo en quedarse dormida

A la mañana siguiente, despertó en su cama y se estiro. Tras eso se dirigió a su marido, quien estaba completamente tapado

-Despierta dormilón, hora de levantarse-dijo besando la sabana

El no respondió, sino que se agito bajo las sabanas probablemente dormido todavía
Ella se levanto de la cama tras llamare vago

Cuando se levanto y se puso las zapatillas casa vio a la izquierda de su cama, ahora enfrente suya, una brutal escena: su marido y su hijo yacían sentados junto al armario ropero completamente descuartizados y con un mensaje tatuado en sus pechos con su propia sangre

¿Qué se esconde bajo las sabanas?-Decía el mensaje

Claudia se volvió aterrada hacia la cama, justo a tiempo para ver como alguien saltaba sobre ella blandiendo un enorme cuchillo de carnicero.

La grieta en la colina. Javier Fontenla.

Black Creek (en otros tiempos llamado Arroyo Negro) es un pueblo próspero y pacífico, situado en el sur de California. El distrito comprende varias colinas salvajes, en parte rocosas y en parte cubiertas de pinos o chaparros, así como un valle relativamente húmedo y fértil, donde se asientan el pueblo propiamente dicho y las numerosas explotaciones agrarias que lo rodean, así como el río de aguas oscuras que le da nombre a la localidad y riego a los cultivos. Actualmente casi toda la población -compuesta por gentes amables y sencillas, dedicadas en su gran mayoría a las tareas del campo- se concentra en el valle, mientras que las colinas adyacentes se hallan prácticamente deshabitadas, si bien existen proyectos para urbanizarlas en un futuro próximo.

Según ciertas leyendas aún no confirmadas ni desmentidas por las investigaciones de los arqueólogos, las colinas habrían sido, antes de la llegada del hombre blanco, el territorio de ciertos indios sumamente hoscos y agresivos, que, al parecer, habían causado numerosas bajas entre los primeros colonos antes de ser exterminados por los rifles y la viruela. Se dice que aquellos indios celebraban ritos misteriosos en las entrañas de la tierra, que adoraban a un dios-serpiente sin nombre, al cual ofrecían sacrificios humanos todos los equinoccios de primavera, y que guardaban un tesoro escondido en la más profunda y recóndita de sus guaridas subterráneas, aunque los expertos consideran que tras tales habladurías hay más mitología que realidad.

Últimamente habían sucedido dos hechos (no relacionados entre sí) que habían destruido bruscamente la calma hasta entonces imperante en el distrito. Uno había sido un seísmo de cierta intensidad que había azotado la región, provocando desperfectos importantes en la mayoría de las casas y corrimientos de tierra en las colinas. El otro había sido la misteriosa desaparición de una niña de doce años llamada Amanda Farrell, la cual una tarde había salido de su casa para no regresar. Todo parecía indicar que había sido raptada, pero las pesquisas de la policía al respecto habían resultado totalmente infructuosas. En un principio se sospechó de Joel Crowley, un joven solitario y de dudosa reputación que trabajaba como bedel en el centro escolar donde estudiaba la muchacha desaparecida. Pero su implicación en los hechos hubo de ser descartada cuando Crowley probó, mediante la presentación de una factura de hotel en la oficina del sheriff, que había pasado el día de la desaparición en San Diego.

Una mañana, pocos días después del presunto rapto de Amanda, Joel Crowley estaba en la conserjería del instituto, leyendo el periódico, cuando se presentó allí María Cardenal, compañera y amiga de la niña desaparecida. María era una hermosa niña de piel bronceada, grandes ojos negros y bucles de color azabache, por cuyas venas aún corrían algunas gotas de sangre india, heredadas de su abuelo paterno, el difunto Damián Cardenal, a quien en el pueblo habían apodado “el Brujo” por su profundo conocimiento de las antiguas leyendas.

María echó una rápida ojeada a los alrededores, como para asegurarse de que no había moros en la costa, y se dirigió a Joel, con su voz dulce y a la vez vagamente misteriosa, como se supone que debe ser la voz de una joven hechicera:

-Dime, Joel… ¿Owen (el profesor de Historia) ya te ha dejado el examen de mañana para que le hagas las fotocopias?

Joel contempló asombrado a María. En el instituto era un secreto a voces que él les regalaba copias de los exámenes a las chicas que, a cambio, “se dejasen tocar”, pero nunca había esperado que María, quizás la mejor estudiante de todo el centro, llegara a caer tan bajo cuando ella nunca había tenido problemas para sobresalientes por su propio esfuerzo. En todo caso, Joel, aunque por un lado deseaba a la niña, por otra parte no consideraba prudente meterse en líos cuando algunos, a pesar de sus explicaciones, seguían sospechando de él por lo de Amanda, así que, fingiendo sorpresa e indignación, replicó de esta manera:

-¡Mira, guapa, no sé qué mierda te habrán contado por ahí, pero yo…!

María no le dejó acabar. Se llevó una mano al bolsillo derecho de sus tejanos y extrajo de él un objeto pequeño y brillante, que hizo enmudecer a Joel cuando sus ojos se posaron sobre él. Era una moneda de oro, un auténtico doblón español de los tiempos del virreinato de Nueva España. María sonrió al advertir la turbación de Joel y dijo:

-Si me das el examen, esta moneda es tuya. A otras les has hecho favores parecidos sólo por dejarte que les tocaras el culo. Pues yo te ofrezco algo mejor, ¿te gusta?

Joel, no sin esfuerzo, pudo articular:

-Pero… ¿dónde has encontrado eso? ¿Te lo dio tu abuelo o…?

-No. Mi abuelo era muy sabio, pero también muy pobre. Ayer por la tarde estaba paseando por las colinas cuando resbalé y me caí por una de esas grietas que se abrieron en las laderas por culpa del terremoto. Resulta que aquella grieta daba acceso a una especie de cueva que se adentraba en el interior de la colina y, como soy un poco aventurera, decidí explorarla, aprovechando que llevaba una linterna en la mochila. Estuve caminando durante cinco minutos, más o menos, hasta que llegué a un sitio donde la caverna se ensanchaba bastante. Allí, sobre el suelo, había un montón de monedas como esta, y también piedras preciosas y joyas. Ya sabes que se dice que los antepasados de mi abuelo guardaban en el interior de las montañas los tesoros que les robaban a los españoles y a otros indios. Pues bien, resulta que yo por casualidad había encontrado uno de esos tesoros. Cogí esta moneda y…

-¿Pero no cogiste más?

-¡Ay, no! Iba a coger más, pero resulta que allí había un nido de serpientes de cascabel, y yo odio a las serpientes, así que al verlas salí corriendo de la cueva. ¡Uf, qué miedo pasé! No volvería allí por nada del mundo, aunque hubiese cien tesoros en vez de uno.

-¿Y no les has dicho nada a tus padres?

-No. Ni a nadie más, hasta ahora. Mis padres son muy católicos, pero también son muy supersticiosos, y siempre me han dicho que no debo coger nada de las cuevas, pues creen que todo lo que se relaciona con los indios trae mala suerte. Yo no creo en esas tonterías, pero prefiero que no sepan que he estado allí, ni mucho menos que he encontrado un tesoro, para que no se preocupen. Bueno, ¿me das el examen, sí o no?

Joel, sin decir nada más, cogió la moneda que le ofrecía la niña y le entregó una copia del examen. María se fue sin más explicaciones y él se quedó pensando.

Aquella tarde, Joel tomó una decisión. Llevaba años deseando abandonar aquel pueblo donde tantos lo señalaban con el dedo y le torcían la cara, pero necesitaba mucho dinero para establecerse lejos de allí y su sueldo era más bien ínfimo. Además, debía saldar ciertas deudas. Aquella moneda que le había dado la niña podría valer bastante, pero no lo suficiente. Tenía que conseguir más, pero le llevaría mucho tiempo buscar el tesoro, pues ni siquiera sabía en qué colina debía buscarlo, y no estaba dispuesto a esperar tanto. Decidió que iría por María y la obligaría a mostrarle el lugar exacto donde se hallaba el tesoro, por las buenas o por las malas. No sería difícil encontrarla sola, pues su padre era camionero y pasaba días enteros lejos de su familia, mientras que su madre trabajaba por las tardes en el geriátrico del pueblo y no volvía a casa hasta muy tarde. Además, el hogar de los Cardenal estaba lejos del pueblo, en un lugar por donde no solía pasar la gente, así que María sería presa fácil.

Joel cogió un revólver, por si era verdad lo de las serpientes de cascabel, se dirigió a un cobertizo próximo a su casa, donde guardaba herramientas y otras cosas, para asegurarse de que todo estaba en orden y se encaminó hacia la casa de los Cardenal, procurando no ser visto por nadie. Era un hombre de gran habilidad manual y no le fue difícil forzar la cerradura de la puerta trasera. María, tal como él había aguardado, estaba completamente sola, estudiando Historia en su cuarto, cuando él hizo su súbita aparición y le agarró el cuello con la mano derecha, antes de que la pobre muchacha pudiera escapar o gritar. Joel le dijo, sin alzar la voz, pero usando un tono sobradamente amenazante:

-¡Escúchame bien, pequeña zorra! Una de dos, o me llevas a la cueva del tesoro ahora mismo o te estrangulo. ¿Lo captas o quieres que te lo explique de otra manera?

María estaba pálida de miedo, pero, tras unos instantes de estupefacción, pudo decir, con una voz trémula y casi llorosa, poco adecuada para la boca de una pequeña hechicera:

-Va… vale, Joel, yo te llevaré. No… no me hagas daño, por favor.

-No te lo haré si te portas bien. ¡Pero muévete! Y no intentes hacer tonterías, te advierto que llevo un revólver en el bolsillo.

-Vale. Pero por favor, déjame ir al baño antes de nada.

-No tengo inconveniente, pero no tardes mucho.

La temblorosa María entró en el cuarto de baño, pero no tardó ni medio segundo en salir, todavía más pálida y asustada que antes. De algún modo una de las serpientes del desierto había conseguido penetrar en la casa y se hallaba enroscada sobre la alfombrilla que había junto a la bañera. Joel sonrió despectivamente al comprobar el terror infantil que aquella serpiente, perteneciente a una especie totalmente inofensiva, había provocado en la niña, entró en el baño y mató al reptil aplastando su pequeña cabeza de un pisotón. Luego, le dijo a la todavía aterrorizada María:

-Entra en el baño y haz lo que tengas que hacer. Pero hazlo rápido y en silencio, si no quieres acabar como nuestra amiga aquí presente, ¿entendido?

-Sí, Joel… entendido.

Poco después, Joel y María salieron de la casa y se encaminaron hacia la más alta de las colinas por un sendero poco frecuentado que atravesaba un bosquecillo de pinos. En cierta ocasión, María logró zafarse de las manos de Joel, que la sujetaban por los hombros, en intentó escapar, pero tropezó en una de las piedras del camino y fue a caer sobre un charco de agua sucia que había al borde del sendero. Joel la ayudó a levantarse y, tras advertirle que un nuevo intento de huida le costaría un balazo en la espalda, le dijo:

-¡Ahora hueles a mierda, guapa! El río pasa por aquí cerca, si vas a darte un baño rápido nos harías un favor a los dos.

-¡Ya, para que me veas desnuda! ¡Ni lo sueñes!

Joel frunció el ceño. En tales circunstancias no podía prometerle a la niña que le dejaría quitarse la ropa y bañarse sin echarle el ojo encima, pues ella era su prisionera y él no podía dejar de vigilarla en ningún caso. De todas formas, el mal olor era una molestia bastante trivial y Joel le había propuesto a María el baño más por el placer de verla ligerita de ropa que por otra cosa, así que si ella se ponía en plan pudoroso, lo mejor sería seguir adelante. Ya tendría ocasión de desnudarla él mismo y de forzarla a mantener relaciones sexuales cuando el tesoro se hallase en su poder, pero lo primero era lo primero, y lo razonable era satisfacer la ambición antes que la lujuria, así que el ansioso Joel y la empapada María reanudaron su camino hacia la grieta de la colina, que transcurrió sin más incidentes.

Ya no faltaba mucho para el atardecer cuando Joel y María penetraron en las entrañas de la colina a través de la grieta que la niña señaló como aquella que permitía acceder a la cueva del tesoro. Poco después, las monedas de oro y demás alhajas aparecieron, refulgentes y tentadoras, bajo el haz de luz proyectado por la potente linterna que Joel sostenía en sus manos, trémulas de codicia. Por otra parte, no se veía ni rastro de las serpientes de cascabel, que seguramente (según pensó Joel) la propia María se habría inventado en un ingenuo intento de disuadirlo de buscar el tesoro por su propia cuenta. Viendo la fortuna a su alcance, el rufián se abalanzó sobre el tesoro, olvidándose momentáneamente de María en el éxtasis del triunfo, y empezó a introducir puñados de doblones y gemas dentro de su mochila. Por su parte, María se quedó totalmente inmóvil y silenciosa, con la espalda apoyada sobre la pared oriental de la cueva, contemplando con frialdad y aparente indiferencia la febril labor del ladrón de tesoros. Aún no había terminado Joel de llenar la mochila con su valioso botín cuando el sepulcral silencio de la gruta fue roto súbitamente por un silbido aterrador, procedente de una enorme y oscura oquedad abierta en la pared occidental de la cueva. Un minuto después, el silencio y la paz del mundo subterráneo ya se habían restablecido por completo, pero en aquel breve intervalo había habido lugar para seis disparos de revólver y no pocos gritos de terror.

María se acercó tranquilamente a la mochila de Joel, que estaba manchada de sangre, y devolvió las monedas y las joyas al lugar que le correspondían. Allí las habían depositado sus ancestros, como una ofrenda en honor del dios-serpiente, y ahí deberían permanecer hasta que los antiguos dioses fijasen el término de nuestra era. De hecho, no se había perdido nada, pues el doblón que le había entregado a Joel aquella mañana nunca había formado parte del tesoro, sino que era un regalo que le había hecho su abuelo cuando era pequeña. De Joel no quedaba allí nada, salvo unos cuantos charcos de sangre y las seis balas que habían rebotado, inofensivas, sobre las férreas escamas del dios-serpiente, el cual había emergido brevemente de sus misteriosos imperios subterráneos para castigar al asesino de una de sus hijas, las pequeñas serpientes del desierto. Por supuesto, la presencia de una de aquellas serpientes en el cuarto de baño de María no había sido ninguna casualidad, como tampoco lo había sido la caída de la niña en las pestilentes aguas del charco, cuyo hedor había anulado temporalmente su olor humano, poniéndola a salvo del olfato del dios-serpiente y eximiéndola de compartir el atroz destino del ya difunto Joel Crowley.

Sólo quedaba una cosa por hacer. María, como su abuelo y tantos otros de sus ancestros de piel cobriza, tenía por naturaleza el espíritu del chamán, que le permitía ver lo que otros no veían e interpretar los susurros de la Naturaleza. Sus amigos, los cuervos, que todo lo veían desde las alturas celestes, le habían dicho, a su manera, cómo pocos días antes Joel Crowley había vuelto al pueblo desde su hotel en San Diego, del cual había salido discretamente por una ventana, para que el hotelero que le había dado la factura no se hubiera percatado de su ausencia. Y sus otros amigos, los coyotes, que todo lo observaban desde la maleza del bosque, le habían comunicado, también de una forma muy peculiar, lo que guardaba Joel en su cobertizo, además de herramientas. Claro que el testimonio de cuervos y coyotes no hubiera servido para que el sheriff se hiciera con una orden judicial que le permitiera registrar las propiedades de Crowley, pero María no era tan exigente como los jueces.

Ya había anochecido cuando María penetró en el cobertizo de las herramientas y encontró allí, atada y amordazada, pero sana y salva, a su amiga Amanda, a la cual Joel había raptado con el fin de entregársela a un poderoso tratante de blancas, al cual le debía dinero.

Una vez que hubo desatado y tranquilizado a su amiga, María le dijo a Amanda, con su voz dulce y misteriosa de pequeña hechicera:
-Perdona que haya tardado tanto, cariño, pero es que Joel tenía las llaves del cobertizo guardadas en su mochila, y no sabía cómo conseguirlas… hasta que recordé que hoy es el equinoccio de primavera y que así podía matar dos pájaros de un tiro.