jueves, 9 de febrero de 2017

La leyenda de María Huamala. Javier Fontenla.

Hace algunos años, cuando aún éramos estudiantes de Magisterio, mi novia, Ana, y yo decidimos dedicar nuestras vacaciones de verano a hacer algo útil para la gente más desfavorecida, más o menos lo que hoy llamaríamos “vacaciones solidarias”. Nuestro destino era una aldea de indios quechua situada en las montañas de Ecuador, entre los Andes y la selva amazónica, donde colaboraríamos con el misionero franciscano don Fausto, tío materno de Ana, especialmente enseñando a leer y escribir a los niños de la aldea. Hay que decir que casi todos los habitantes del pueblo eran analfabetos, de hecho algunos apenas hablaban castellano y se comunicaban entre ellos empleando un dialecto ancestral del quechua. Con nosotros colaboraría Eva Mourelos, una chica gallega muy guapa y simpática, que, según nos contó, estudiaba Medicina en Santiago de Compostela y era miembro de una ONG sanitaria de inspiración católica. Su misión específica era prestar cuidados médicos a los niños que enfermaran o se hicieran daño, pero también se ofreció voluntaria para dar clases básicas de Matemáticas y Ciencias. No tardamos en hacer buenas migas con ella y pocos días después de nuestra llegada a la misión ya hablábamos los tres como si fuéramos amigos de toda la vida.
En cuanto a los indios, llevaban una vida muy dura, pues aquel era un pueblo muy aislado, cuyas casas carecían por completo de electricidad y agua corriente, mientras que la educación y la sanidad dependían por entero de la misión y sus cooperantes. No conocían más industria que la artesanía tradicional ni más comercio que el trueque. Vivían de cultivar patatas en pequeñas huertas y de criar algunas gallinas y ovejas, aunque algunos también conseguían carne y cueros cazando en el monte pequeños animales salvajes, como la paca o el agutí. Aunque teóricamente eran católicos, conservaban viejas supersticiones, siendo la más común y menos inquietante el culto a los “huacas”, es decir, ciertos lugares (rocas, ríos, árboles…) considerados sagrados por su relación con los espíritus.
Más siniestra era la leyenda que corría sobre una mujer llamada María Humala. Según los indios más ancianos, María había sido en su juventud una chica muy guapa, pero una tarde, mientras recogía agua en un río cercano, había sido asaltada sexualmente por un desconocido, quizás el Diablo en persona, y desde entonces nunca había vuelto a ser la misma. Al parecer perdió la razón, dejó de hablar con la gente, de vivir bajo techo y de comer carne cocinada, pues sólo deseaba comer carne cruda y beber sangre. Por su parte, su bello rostro enflaqueció y se deformó rápidamente, hasta se convertir en una faz horrible, como de momia inca, mientras que su cuerpo quedó reducido a poco más que un mero esqueleto. Por fin, dejó la aldea y se fue a vivir al monte, entre los animales salvajes. Los indios, que ya llevaban varios años sin verla, le tenían miedo y la consideraban una bruja o una especie de vampiro de las montañas. Se decía que en las noches sin luna bajaba del monte y rondaba la aldea en busca de una presa. Para aplacarla, los indios dejaban, antes del anochecer, una ofrenda de sangre de animales recién sacrificados, junto a las raíces de un árbol “huaca” que había a medio kilómetro de la aldea. Ofrenda que, por supuesto, a la mañana siguiente había desaparecido. Don Fausto pensaba que María existía o había existido realmente, aunque él no había llegado a conocerla. Para él, no sería otra cosa que una pobre perturbada, que, tras haber sido violada por un vagabundo cualquiera, había perdido la razón a causa del trauma sufrido y que, además, había sufrido una degeneración física a causa de alguna enfermedad venérea. Ni que decir tiene que tanto mis amigas como yo mismo coincidíamos con la apreciación de don Fausto, por lo que no nos preocupamos especialmente por la desdichada María Humala.
Pero, cuando ya llevábamos algún tiempo en el pueblo, y coincidiendo con la llegada de la luna nueva, empezaron a pasar cosas extrañas. Ana y Eva dormían junto a la misión, en una caseta donde se almacenaban utensilios de toda clase, desde cuerdas hasta ropa vieja, mientras que yo lo hacía en el edificio de la misión, al igual que el bueno de don Fausto (Ana y yo habíamos renunciado a dormir juntos para no ofender la moralidad católica del fraile). Una mañana noté a mi novia, que siempre había sido una chica sana y atlética, muy desmejorada, con la piel pálida y el andar vacilante, como si se hallase anormalmente débil. Ella respondió a mis preguntas diciendo que no le pasaba nada, sólo que llevaba varias noches durmiendo mal, pues tenía “malos sueños” que después no podía, o no quería, recordar. Mientras hablaba, me pareció ver unas manchitas moradas, como pequeños hematomas, que resaltaban de forma inquietante sobre la palidez de su cuello.
Para no agobiarla, decidí no hacerle más preguntas, pero decidí hablar a solas con Eva, a ver si ella me podía dar más explicaciones al respecto. Eva dijo:
-“Ni Ana ni yo queríamos decirte nada, pues no somos partidarias de alarmar a la gente por minucias, pero esta noche pasó algo fuera de lo normal. Llevaríamos un buen rato acostadas cuando me desperté al notar un frío anormal. Encendí mi linterna y vi que la cama de Ana estaba vacía, mientras que la puerta de la caseta estaba abierta. Pensé al principio que Ana quizás había ido a la caseta del servicio, pero no me pareció normal que hubiera salido descalza y en pijama, pues sus tenis y su chándal estaban allí, ni tampoco que se hubiera olvidado de cerrar la puerta. Así pues, decidí salir a echar una ojeada. Me vestí y calcé de prisa, y durante varios minutos estuve buscando a Ana por los alrededores. La noche era fría y muy oscura, y no se veía ni rastro de ella. Pero, cuando ya había dejado atrás las últimas casas del pueblo, siguiendo el camino que sube hacia el monte, me pareció oír una especie de gemido o gruñido medio ahogado. Enfoqué la luz de la interna hacia el punto de origen de ese sonido y entonces vi a Ana. Estaba tumbada sobre el suelo, junto a las raíces de ese árbol que los indios llaman “huaca”. A su lado me pareció ver, en un primer momento, algo negro que se movía, quizás un perro vagabundo o un animal salvaje, pero cuando me acerqué Ana estaba totalmente sola. La pobre estaba profundamente dormida, además de sumamente pálida, y respiraba con dificultad, como si estuviera luchando para no ahogarse. Tenía la piel helada y unas pequeñas heridas en el cuello, que no eran profundas pero que sí sangraban bastante. Me costó mucho hacerla volver en sí, como si en vez de dormida estuviera desmayada, y cuando lo conseguí le cubrí el cuerpo con mi bata y le mandé poner mis tenis, antes de ayudarla a volver a nuestra caseta. Una vez allí, le limpié las heridas con desinfectante, mientras la interrogaba sobre sus aventuras nocturnas. Ella dijo que no recordaba nada desde que se había acostado hasta que yo la desperté en el monte, salvo el vago recuerdo de sueños inquietantes y de una voz femenina, muy dulce, que la llamaba hacia un sitio oscuro y desconocido, adonde ella realmente no deseaba ir, aunque la voz de sus sueños era tan hermosa que ella no podía resistir su llamada, como si fuera un marinero hechizado por el canto de las sirenas. Yo creo que todo esto fue un ataque de sonambulismo y que las heridas se las hizo algún murciélago u otro animal del bosque. Al principio pasé miedo por ella, más por el contexto (la noche oscura, el bosque desconocido…) que por el asunto en sí, pero ahora creo que la cosa no tuvo mayor importancia. Como amiga vuestra y futura sanitaria, opino que lo mejor sería olvidar esto y no causarle más preocupaciones a Ana con demasiadas preguntas ni cuidándola en exceso.”
Yo, tras oír la historia de Eva, pensé que ella hablaba de olvidar el asunto más por evitarme preocupaciones que por verdadera convicción, pues me pareció notar una sombra de preocupación tras sus palabras aparentemente tranquilizadoras. Además, me dio la impresión de que se estaba guardando algo, quizás algún detalle siniestro relacionado con aquella cosa oscura que le había parecido ver junto a Ana. En todo caso, aquello no se podía repetir. Ana no podría pasar otra noche a la intemperie sin enfermar seriamente y, además, sus andanzas podían llevarla a perderse en el monte o a ser atacada por algún animal salvaje. Disimulando como pude mi miedo, y haciéndolo pasar por mera preocupación, le rogué a Eva que le pidiera la llave de la caseta a don Fausto y que la usara para cerrar la puerta, para que Ana no pudiera salir al exterior en caso de sufrir un nuevo ataque de sonambulismo. Eva, si bien al principio no parecía muy convencida, me prometió que ella se ocuparía de cerrar la puerta y de guardar la llave, iluminando con una sonrisa tranquilizadora su hermoso rostro.
Llegó la noche. Tras una cena frugal, nos acostamos todos, mientras que las calles del pueblo quedaron desiertas como las de una aldea fantasma, pues ningún indio salía durante aquellas noches sin luna por miedo a María Humala. Las chicas fueron a su caseta y yo me introduje con don Fausto en nuestro dormitorio de la misión. Pero, mientras que el buen fraile no tardó en conciliar el sueño y ponerse a roncar como un bendito, a mí la preocupación me impedía dormir. Gracias a mi desvelo, pude oír un sonido extraño y lejano que rompió de pronto, y durante un instante muy fugaz, el silencio sepulcral de la noche. Era un ruido metálico, como de algo que cayese desde cierta altura, y me pareció que venía de la caseta de las chicas. Con un miedo que no sería capaz de explicar adecuadamente, me levanté de la cama, procurando no despertar al fraile, cogí mi linterna y salí de la misión. Casi sufrí un colapso cuando vi que la puerta de la caseta donde dormían las chicas se hallaba abierta de par en par. Cuando me repuse, entré y si dos cosas que me dejaron nuevamente al borde del pánico. La primera, bastante previsible, era que la cama de Ana se hallaba vacía. En cuanto a Eva, la pobre sí estaba sobre su cama, pero no dormida, sino atada de pies y manso, y con un harapo sucio tapándole la boca a modo de mordaza. En el suelo, junto a su cama, había una silla y una palangana. Eva, imposibilitada para pedir socorro de otra forma, había conseguido tirar la silla y el recipiente que había sobre ella de un puntapié, esperando que el ruido despertara a alguien, como efectivamente había sucedido. Una vez que hube liberado a mi amiga de las cuerdas y de la mordaza, vi que tenía la boca ensangrentada, como si le hubieran partido los labios de un puñetazo, aunque por lo demás parecía hallarse físicamente bien. No encontré palabras para preguntarle qué había pasado, pero ella misma, adivinado la pregunta que no era capaz de formular, me dijo, con la voz jadeante y entrecortada por los nervios:
-“¡Ay, Javi! Es increíble, parece una pesadilla, o una locura, pero es todo real, te lo juro por lo que más quieras. ¡Fue Ana quien me hizo esto, sí, ella misma! Estaba dormida cuando oí un ruido y vi que alguien estaba buscando algo en mi mochila. Era Ana, y al parecer estaba buscando la llave de la puerta. Pero sus ojos no parecían los de siempre, brillaban como los de los gatos y parecían ver en la oscuridad. Y su cara no tenía ninguna expresión, parecía la de un maniquí o la de un muñeco de cera, pero aun así había algo en ella que me metió un miedo atroz. Quise detenerla, pero, cuando le agarré un brazo, ella me dio un puñetazo en la cara que me tumbó y me dejó un rato sin sentido. ¡Yo nunca habría imaginado que ella pudiera ser tan fuerte! Cuando me recobré, ya estaba como me encontraste, atada y amordazada, y ella había desaparecido… No puedo decirte nada más.”
Aquello parecía, en efecto, una locura, pero los hechos eran innegables, tanto para Eva como para mí. La hipótesis menos horrible era que Ana hubiera sufrido un ataque sicótico. La más horrible… realmente, entonces ni me atreví a pensarla. Tampoco era aquel un momento para pensar, sino para actuar. Eva y yo salimos a las tinieblas exteriores, en busca de Ana. Malamente orientados por la pobre luz de nuestras linternas, llegamos al lugar donde más posibilidades habría de encontrarla, en el dudoso caso de que aún hubiera una mínima lógica en medio de aquella pesadilla. Me refiero, claro, al árbol “huaca” próximo a la aldea, donde Eva la había hallado la noche anterior.
Y allí estaba, nuevamente tumbada sobre el frío suelo, boca arriba y aparentemente inconsciente. Pero ahora las heridas de su cuello eran más grandes, de modo que su hombro izquierdo y parte de su pecho se hallaban teñidos de sangre. Agachada a su lado, en ademán de lamer el torrente escarlata que fluía de sus heridas, se hallaba el ser más horrendo que he visto en mi vida. Era una vieja esquelética, envuelta en una especie de poncho de lana oscura, pero su aspecto era tan repulsivo que parecía una momia inca revivida por un hechizo diabólico. Su rostro lívido era como el de una calavera que llevara años pudriéndose en una tumba infestada de gusanos hambrientos, carecía prácticamente de mejillas, de nariz e incluso de labios, mientras que su cabello se reducía a unos pocos pelos, negros y lacios, que le caían sobre la frente hasta tocas con las puntas los párpados superiores, si es que aquellos ojos enfermos aún tenían párpados. Eran estos unos ojos grandes, o más bien engrandecidos por el contraste con sus facciones esqueléticas, brillantes como los de una fiera nocturna y que mostraban una vida larvaria y antinatural, más horrible que la simple putrefacción de la muerte.
Aquella mujer, si mujer era, se levantó con una agilidad y velocidad impensables en semejante cuasicadáver, una vez que las luces de las linternas la hubieron advertido de nuestra presencia. Nos miró con rabia y odio, dejándonos paralizados de terror durante un instante, y nos gritó algo con una voz terrible que parecía más bien el rugido de un león que el producto saludable de un aparato fonador humano, empleando una lengua extraña, quizás el quechua de los indios. Luego, demostrando una vez más una capacidad física aparentemente incompatible con la atroz degeneración de su cuerpo, la vieja se apartó de Ana, que seguía inconsciente, ajena a todo, y empezó a correr hacia unos matorrales que había tras el árbol “huaca”.
Sólo al verla huir pude recuperar mi valor, o al menos mis ánimos, y empecé a perseguir a la bruja, tras pedirle atropelladamente a Eva que intentara reanimar a Ana. No permitiría que aquel fantasma se fuera de rositas sin darme unas buenas explicaciones sobre lo que le había hecho a Ana y yo estaba decidido a conseguir dichas explicaciones por las buenas o por las malas, pues el miedo había sido sustituido por la rabia (si es que mi rabia no era el mismo miedo disfrazado). Pensé que, por muy bien que conociera el monte, aquella vieja no podría huir durante mucho tiempo de alguien de mi edad y condiciones físicas, y lo cierto es que estuve a punto de cogerla. Pero en aquel preciso instante un tigrillo, o gato montés americano, se lanzó sobre mí desde la rama de un árbol cercano, lacerándome la cara con sus garras (si no llevara barba, aún podríais ver las cicatrices que me dejó como recuerdo en la parte izquierda de la mandíbula). Hecho esto, el gato se perdió de un salto entre los arbustos y, cuando me pude recuperar un poco de la impresión (ya que no del dolor), la vieja también se había perdido para siempre entre los matorrales del monte y las tinieblas de aquella terrible noche sin luna. Sintiéndome débil e indefenso en aquel lugar salvaje, donde podían estar acechando bestias salvajes o cosas todavía peores, di media vuelta y volví al árbol, donde Eva estaba atendiendo a Ana, que ya no sangraba, pero que seguía desvanecida, como en estado de shock. A partir de aquella noche, ni yo ni, que yo sepa, nadie más volvió a ver a la vieja.
A la mañana siguiente, fue necesario llevar a Ana al hospital de una ciudad cercana (relativamente hablando, pues para llegar allí hubo que recorrer un largo camino entre las montañas, recorriendo las inseguras carreteras andinas en el tampoco muy fiable Land Rover de don Fausto). Ana había sufrido una importante pérdida de sangre, sin contar las consecuencias de al menos dos noches seguidas a la intemperie, y tanto el fraile como yo pasamos en el hospital todo el tiempo que llevaron su recuperación y convalecencia, mientras Eva se ocupaba de la misión con la ayuda de los indios más capacitados. Una vez más, Ana no recordaba absolutamente nada, salvo sueños o sombras de sueños, y el fantasmal eco de aquella voz dulce y hechicera, que le mandaba ir donde no quería ir y hacer lo que no deseaba hacer. Ni ella ni nosotros ni los médicos podríamos decir qué animal o criatura le había causado las heridas del cuello, y lo importante es que estas, una vez curadas y desinfectadas, se desvanecieron con una rapidez inusitada. Para los indios, a los cuales, pese a nuestros esfuerzos, acabó llegando una versión parcial de los hechos, estaba claro que María Humala, aquel siniestro Drácula femenino de los Andes, había manipulado a Ana con un hechizo para poder beber su sangre, de modo que sólo la suerte había impedido la muerte de mi novia o su conversión en otro ser igualmente repulsivo. Lo cierto es que ni don Fausto ni yo fuimos capaces de contradecirlos.
Pero las sorpresas aún no habían terminado. Cuando volvimos al pueblo, con Ana ya recuperada, aunque todavía bastante débil, los indios nos comunicaron que Eva había abandonado la aldea la tarde del mismo día en el que nosotros habíamos dejado la misión a su cargo, sin despedirse de nadie ni dar ninguna explicación al respecto. De hecho, nadie la había visto marchar ni podía dar razón de su paradero. Entonces caí en la cuenta de algo en lo que no había pensado. Si María Humala, o quien fuese aquella vieja bruja, había mordido a Ana para gustar el jugo de sus venas, ¿por qué no tenía ni una gota de sangre en su asquerosa boca sin labios? Hasta era dudoso que aquella boca putrefacta aún tuviera dientes para morder a alguien. ¿Y quién SÍ tenía aquella noche la boca manchada de sangre, de una sangre que tanto podía ser suya como de otra persona? ¿Quién era la única persona que sabía lo que le había pasado a Ana la noche anterior, que no había dicho nada hasta que fue requerida directamente al respecto y que aun entonces habló de ello como si fuera algo sin importancia? ¿Y quién podía introducirse en los sueños de Ana para llamarla y darle órdenes con una voz mucho más dulce que los rugidos salvajes de la vieja loca María Humala?
Fuera como fuera, Eva Mourelos no volvió a aparecer por el pueblo ni por ningún sitio conocido. Una vez denunciada su desaparición ante las autoridades ecuatorianas y la embajada española, tanto la ONG que colaboraba con la misión como la universidad de Santiago de Compostela negaron todo conocimiento de cualquier persona llamada Eva Mourelos.