viernes, 3 de febrero de 2017

El regalo de los Reyes Magos. O. Henry (1862-1910)

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad. Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos apartamentos amueblados de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal. Abajo, en el vestíbulo de la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al apartamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young". La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su apartamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un apartamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió el color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el apartamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia. La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle. Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los comercios en busca del regalo para Jim. Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún comercio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca. A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne. Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita". La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña. Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento. Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un apartamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

Recuerdos ocultos. Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)

Y no hay en toda la región un castillo más lleno
de gloria y de años que mi melancólica casa.
Edgar Allan Poe.

Yo desciendo -me dijo-, yo, el último Gaël, de una familia de Celtas, duros como nuestras ro¬cas. Pertenezco a esa raza de marinos, ilustre flor del Amor, origen de singulares guerreros, cuyas brillantes acciones figuran entre las joyas de la Historia.

Uno de mis antepasados, joven aún, pero agotado por la visión del fastidioso comercio de sus parientes, se exiló para siempre, con el corazón lleno de un olvidadizo desprecio, de su casa natal. Había entonces expediciones a Asia; allí se fue a combatir a favor del bailío de Suffren y muy pronto se distinguió, en las Indias, por los misteriosos golpes de mano que llevó a cabo, él solo, en el interior de las Ciudades Muertas.

Esas ciudades, bajo cielos blancos y desiertos, yacen hundidas en medio de horribles bosques. Las faréoles, la hierba, las ramas secas obstaculizan y obstruyen los senderos que antaño fueron populosas avenidas, en las que se ha desvanecido el ruido de los carros, de las armas y de los cánticos guerreros. Ni aliento humano, ni ramajes, ni fuentes existen en la horrorosa calma de esas regiones. Los mismos bengalíes se alejan de los viejos ébanos que antes fueron sus árboles. Entre los escombros, acumulados en los claros del bosque, crecen inmensas y monstruosas erupciones de enormes flores, cálices funestos donde arden, sutiles, los espíritus del Sol, estriadas de azul, matizadas de fuego, con venas de cinabrio, semejantes a los radiantes despojos de una miríada de pavos reales desaparecidos. Un aire cálido de mortales aromas pesa sobre los mudos restos: y es como un vapor de cazoletas funerarias, un azul, embriagante y torturante sudor de perfumes.

El azaroso buitre que, peregrino de las llanuras de Kabul, se detiene en esa comarca y la contempla desde algún datilero negro, no se posa en las lianas, sino para debatirse, de golpe, en una repentina agonía. Aquí y allá, arcadas rotas, informes estatuas, piedras con inscripciones más carcomidas que las de Sardes, Palmira o Khorsabad. En algunas, las que adornaban el frontis, antes perdido en los cielos, de las puertas las ciudades, el ojo puede descifrar aún y reconstruir el zendo, apenas legible, de esta soberana divisa de los pueblos libres de entonces:

¡...Y DIOS NO PREVALECERÁ!

El silencio sólo es turbado por el deslizamiento de los crótalos, que reptan, entre los derribados fustes de las columnas, o se enroscan, silbando, bajo los rojizos musgos. A veces, en los crepúsculos de tormenta, el lejano grito del hemíono, alternado tristemente con los estallidos del trueno, inquieta la soledad. Bajo las ruinas se prolongan galerías subterráneas de perdidos accesos. Allí, desde hace numerosos siglos, duermen los primeros reyes de esas regiones, de esas naciones, más tarde sin dueño, y cuyo nombre ya no existe. Pues tales reyes, según los ritos de alguna sagrada costumbre, fueron sepultados bajo esas bóvedas con sus tesoros. Ninguna lámpara ilumina sus sepulturas.

Nadie recuerda que el eco de los pasos de un cautivo de las preocupaciones de la Vida y del Deseo haya jamás importunado su sueño. Sólo la antorcha del brahmán -ese alterado espectro de Nirvana, ese espíritu mudo, simple testigo de la universal germinación de los aconteceres- tiembla, imprevista, en ciertos instantes de penitencia o ensueños divinos, en la cima de los desiguales escalones y proyecta, de peldaño en peldaño, su oscura llama de humo hasta lo más hondo de las cuevas. ¡Entonces las reliquias, repentinamente inundadas con su luz, brillan en una especie de milagrosa opulencia!... Las preciosas cadenas que se entrelazan en las osamentas parecen surcarlas con súbitos rayos. ¡Las reales cenizas, totalmente polvorientas de pedrerías, centellean! Como el polvo de un camino que enrojece, antes de la oscuridad definitiva, con el último rayo de poniente.

Los Maharajás hacen guardar, por hordas escogidas, los linderos de estos sagrados bosques y, sobre todo, los accesos a los claros donde comienza la confusión de tales vestigios. También están prohibidos los ribazos, las aguas y los hundidos puentes de los éufrates que los atraviesan. Taciturnas milicias de cipayos, con corazón de hiena, incorruptibles y sin piedad, rondan, sin cesar por todas partes, en esos mortales parajes. Muchas tardes, el héroe burló sus tenebrosas trampas, evitó sus emboscadas y confundió su errante vigilancia... Haciendo sonar súbitamente el cuerno en la noche, en diferentes puntos, los aislaba con esas engañosas alertas, y luego, bruscamente, surgía en la sombra, de las altas flores, para acuchillar el vientre de los caballos. Los soldados se aterrorizaban por esta inesperada presencia, como ante un espectro maligno. ¡Dotado del vigor de un tigre, el Aventurero los derribaba entonces, uno a uno, de un solo golpe!, los ahogaba, primero, a medias, en un breve abrazo, para después, tras volver sobre ellos, matarlos placenteramente.

El Exilado se convirtió, así, en el azote, el terror y el exterminio de aquellos crueles guardas de rostros terrosos. En fin, era él quien los abandonaba clavados a gruesos árboles, con sus propios yataganes en el corazón. Aventurándose, en seguida, en el pasadizo destruido, en las avenidas, plazas y calles de esas ciudades antiguas, llegaba, a pesar de los perfumes, a la entrada de los singulares sepulcros donde yacen los restos de aquellos reyes hindúes.

Al no estar defendidas las puertas sino por colosos de jade, especie de monstruos o de ídolos con vagas pupilas de perlas y esmeraldas -formas creadas por la imaginación de teogonías olvidadas-, penetraba tranquilamente, aunque cada peldaño que descendía hiciera remover las largas alas de esos dioses. Allí, tanteando a su alrededor, en la oscuridad, domando el vértigo asfixiante de los negros siglos cuyos espíritus aleteaban, chocando su frente con las membranas, recogía, en silencio, mil maravillas. De la misma manera que Cortés, en Méjico, y Pizarro, en Perú, se apropiaron de los tesoros de los caciques y de los reyes, aunque con menos intrepidez.

Con los sacos de piedras preciosas en medio de su barca, remontaba, sin ruido, los ríos, guardándose de las peligrosas claridades de la Luna. Nadaba, aferrado a los remos, por entre los juncos, sin enternecerse con las infantiles quejas de los caimanes que lagrimeaban a su lado. En pocas horas, alcanzaba una caverna alejada, conocida sólo por él, y en la cual descargaba su botín. Sus hazañas se extendieron. De ahí, las leyendas aún hoy cantadas en las fiestas de los nababs, con gran acompañamiento de tiorbas, por los faquires. Esos miserables trovadores, con un viejo estremecimiento de odiosa envidia o de respetuoso temor, le otorgaron al abuelo el título de Explorador de tumbas.

Sin embargo, una vez, en una circunstancia peligrosa, el intrépido barquero se dejó seducir por los insidiosos y dulces discursos del único amigo que jamás tuvo. Este, por un singular prodigio, escapó. Hablo del famoso, del demasiado célebre coronel Sombra. Gracias a este oblicuo Irlandés, el Buen Aventurero cayó en una emboscada. Cegado por la sangre, acribillado a balazos, cercado por veinte cimitarras, fue cogido de improviso y pereció entre horribles suplicios.

Las hordas himalayas, ebrias por su muerte y con los furiosos saltos de una danza triunfal, corrieron a la cueva. Una vez recuperados los tesoros, retornaron a la comarca maldita. Los jefesarrojaron piadosamente tales riquezas al fondo de aquellos fúnebres antros donde yacen los manes caídos de esos reyes de la noche del mundo. Y las viejas pedrerías allí brillan todavía. semejantes a unas miradas siempre encendidas sobre las razas.

Yo he heredado -yo, el Gaël- sólo los deslumbramientos, ¡ay!, del sublime soldado, y de sus esperanzas. Vivo aquí, en Occidente, en esta vieja ciudad fortificada a la que me encadena la melancolía. Indiferente a las preocupaciones políticas de este siglo y de esta patria, a las fechorías pasajeras de quienes la representan, me detengo cuando los atardeceres del solemne otoño inflaman la nublada cima de los bosques circundantes. Entre los resplandores de la aurora camino, solo, bajo las bóvedas de las negras avenidas, como el Abuelo caminaba bajo las criptas del brillante obituario. También, por instinto, evito, no sé por qué, los nefastos claros de luna y los malignos contactos humanos. ¡Sí, los -evito cuando camino así, con mis sueños!... Porque siento, entonces, que llevo en mi alma el reflejo de las estériles riquezas de un gran número de reyes olvidados.

Regreso a Babilonia. F. Scott Fitzgerald (1896-1940)

—¿Y dónde está el señor Campbell? —preguntó Charlie.
—Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está muy enfermo, señor Wales.
—Lamento saberlo. ¿Y George Hardt? —preguntó Charlie.
—Ha vuelto a América, a trabajar.
—¿Y qué ha sido del Pájaro de las Nieves?
—Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.

Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una dirección en su agenda y arrancó la página.

—Si ve al señor Schaeffer, déle esto —dijo—. Es la dirección de mi cuñado. Todavía no tengo hotel.

La verdad es que no sentía demasiada decepción por encontrar París tan vacío. Pero el silencio en el bar del Hotel Ritz resultaba extraño, portentoso. Ya no era un bar americano, Charlie lo encontraba demasiado encopetado, ya no se sentía allí como en su casa. El bar había vuelto a ser francés. Había notado el silencio desde el momento en que se apeó del taxi y vio al portero, que a aquellas horas solía estar inmerso en una actividad frenética, charlando con un chasseur junto a la puerta de servicio. En el pasillo sólo oyó una voz aburrida en los aseos de señoras, en otro tiempo tan ruidosos. Y cuando entró en el bar, recorrió los siete metros de alfombra verde con los ojos fijos, mirando al frente, según una vieja costumbre; y luego, con el pie firmemente apoyado en la base de la barra del bar, se volvió y examinó la sala, y sólo encontró en un rincón una mirada que abandonó un instante la lectura del periódico. Charlie preguntó por el jefe de camareros, Paul, que en los últimos días en que la Bolsa seguía subiendo iba al trabajo en un automóvil fuera de serie, fabricado por encargo, aunque lo dejaba, con el debido tacto, en una esquina cercana. Pero aquel día Paul estaba en su casa de campo, y fue Alix el que le dio toda la información.

—Bueno, ya está bien —dijo Charlie—, voy a tomarme las cosas con calma.

Alix lo felicitó:

—Hace un par de años iba a toda velocidad.
—Todavía aguanto perfectamente —aseguró Charlie—. Llevo aguantando un año y medio.
—¿Qué le parece la situación en Estados Unidos?
—Llevo meses sin ir a América. Tengo negocios en Praga, donde represento a un par de firmas. Allí no me conocen.

Alix sonrió.

—¿Recuerda la noche de la despedida de soltero de George Hardt? —dijo Charlie—. Por cierto, ¿qué ha sido de Claude Fessenden?

Alix bajó la voz, confidencial:

—Está en París, pero ya no viene por aquí. Paul no se lo permite. Ha acumulado una deuda de treinta mil francos, cargando en su cuenta todas las bebidas y comidas y, casi a diario, también las cenas de más de un año. Y, cuando Paul le pidió por fin que pagara, le dio un cheque sin fondos.

Alix movió la cabeza con aire triste.

—No lo entiendo: era un verdadero dandy. Y ahora está hinchado, abotargado... —dibujó con las manos una gorda manzana.

Charlie observó a un estridente grupo de homosexuales que se sentaban en un rincón.

«Nada les afecta», pensó. «Las acciones suben y bajan, la gente haraganea o trabaja, pero ésos siguen como siempre.»

El bar lo oprimía. Pidió los dados y se jugó con Alix la copa.

—¿Estará mucho tiempo en París, señor Wales?
—He venido a pasar cuatro o cinco días, para ver a mi hija.
—¡Ah! ¿Tiene una hija?

En la calle los anuncios luminosos rojos, azul de gas o verde fantasma fulguraban turbiamente entre la lluvia tranquila. Se acababa la tarde y había un gran movimiento en las calles. Los bistros relucían. En la esquina del Boulevard des Capucines tomó un taxi. La Place de la Concorde apareció ante su vista majestuosamente rosa; cruzaron el lógico Sena, y Charlie sintió la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche.

Le pidió al taxista que se dirigiera a la Avenue de L'Opéra, que quedaba fuera de su camino. Pero quería ver cómo la hora azul se extendía sobre la fachada magnífica, e imaginar que las bocinas de los taxis, tocando sin fin los primeros compases de La plus que lent, eran las trompetas del Segundo Imperio. Estaban echando las persianas metálicas de la librería Brentano, y ya había gente cenando tras el seto elegante y pequeñoburgués del restaurante Duval. Nunca había comido en París en un restaurante verdaderamente barato: una cena de cinco platos, cuatro francos y medio, vino incluido. Por alguna extraña razón deseó haberlo hecho.

Mientras seguían recorriendo la Rive Gauche, con aquella sensación de provincianismo imprevisto, pensaba: «Para mí esta ciudad está perdida para siempre, y yo mismo la eché a perder. No me daba cuenta, pero los días pasaban sin parar, uno tras otro, y así pasaron dos años, y todo había pasado, hasta yo mismo».

Tenía treinta y cinco años y buen aspecto. Una profunda arruga entre los ojos moderaba la expresividad irlandesa de su cara. Cuando tocó el timbre en casa de su cuñada, en la Rué Palatine, la arruga se hizo más profunda y las cejas se curvaron hacia abajo; tenía un pellizco en el estómago. Tras la criada que abrió la puerta surgió una adorable chiquilla de nueve años que gritó: «¡Papaíto!», y se arrojó, agitándose como un pez, entre sus brazos. Lo obligó a volver la cabeza, cogiéndolo de una oreja, y pegó su mejilla a la suya.

—Mi cielo —dijo Charlie.
—¡Papaíto, papaíto, papaíto, papi!

La niña lo llevó al salón, donde esperaba la familia, un chico y una chica de la edad de su hija, su cuñada y el marido. Saludó a Marion, intentando controlar el tono de la voz para evitar tanto un fingido entusiasmo como una nota de desagrado, pero la respuesta de ella fue más sinceramente tibia, aunque atenuó su expresión de inalterable desconfianza dirigiendo su atención hacia la hija de Charlie. Los dos hombres se dieron la mano amistosamente y Lincoln Peters dejó un momento la mano en el hombro de Charlie.

La habitación era cálida, agradablemente americana. Los tres niños se sentían cómodos, jugando en los pasillos amarillos que llevaban a las otras habitaciones; la alegría de las seis de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego y en el trajín típicamente francés de la cocina. Pero Charlie no conseguía serenarse; tenía el corazón en vilo, aunque su hija le transmitía tranquilidad, confianza, cuando de vez en cuando se le acercaba, llevando en brazos la muñeca que él le había traído.

—La verdad es que perfectamente —dijo, respondiendo a una pregunta de Lincoln—. Hay cantidad de negocios que no marchan, pero a nosotros nos va mejor que nunca. En realidad, maravillosamente bien. El mes que viene llegará mi hermana de América para ocuparse de la casa. El año pasado tuve más ingresos que cuando era rico. Ya sabéis, los checos...

Alardeaba con un propósito preciso; pero, un momento después, al adivinar cierta impaciencia en la mirada de Lincoln, cambió de tema:

—Tenéis unos niños estupendos, muy bien educados.
—Honoria también es una niña estupenda.

Marion Peters volvió de la cocina. Era una mujer alta, de mirada inquieta, que en otro tiempo había poseído una belleza fresca, americana. Charlie nunca había sido sensible a sus encantos y siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo guapa que había sido. Desde el principio los dos habían sentido una mutua e instintiva antipatía.

—¿Cómo has encontrado a Honoria? —preguntó Marion.
—Maravillosa. Me ha dejado asombrado lo que ha crecido en diez meses. Los tres niños tienen muy buen aspecto.
—Hace un año que no llamamos al médico. ¿Cómo te sientes al volver a París?
—Me extraña mucho que haya tan pocos americanos.
—Yo estoy encantada —dijo Marion con vehemencia—. Ahora por lo menos puedes entrar en las tiendas sin que den por sentado que eres millonario. Lo hemos pasado mal, como todo el mundo, pero en conjunto ahora estamos muchísimo mejor.
—Pero, mientras duró, fue estupendo —dijo Charlie—. Éramos una especie de realeza, casi infalible, con una especie de halo mágico. Esta tarde, en el bar —titubeó, al darse cuenta de su error—, no había nadie, nadie conocido. Marion lo miró fijamente.
—Creía que ya habías tenido bares de sobra.
—Sólo he estado un momento. Sólo tomo una copa por las tardes, y se acabó.
—¿No quieres un cóctel antes de la cena? —preguntó Lincoln.
—Sólo tomo una copa por las tardes, y por hoy ya está bien.
—Espero que te dure —dijo Marion.

La frialdad con que habló demostraba hasta qué punto le desagradaba Charlie, que se limitó a sonreír. Tenía planes más importantes. La extraordinaria agresividad de Marion le daba cierta ventaja, y podía esperar. Quería que fueran ellos los primeros en hablar del asunto que, como sabían perfectamente, lo había llevado a París. Durante la cena no terminó de decidir si Honoria se parecía más a él o a su madre. Sería una suerte si no se combinaban en ella los rasgos de ambos que los habían llevado al desastre. Se apoderó de Charlie un profundo deseo de protegerla. Creía saber lo que tenía que hacer por ella. Creía en el carácter; quería retroceder una generación entera y volver a confiar en el carácter como un elemento eternamente valioso. Todo lo demás se estropeaba.

Se fue enseguida, después de la cena, pero no para volver a casa. Tenía curiosidad por ver París de noche con ojos más perspicaces y sensatos que los de otro tiempo. Fue al Casino y vio a Josephine Baker y sus arabescos de chocolate. Una hora después abandonó el espectáculo y fue dando un paseo hacia Montmartre, subiendo por Rué Pigalle, hasta la Place Blanche. Había dejado de llover y alguna gente en traje de noche se apeaba de los taxis ante los cabarés, y había cocones que hacían la calle, solas o en pareja, y muchos negros. Pasó ante una puerta iluminada de la que salía música y se detuvo con una sensación de familiaridad; era el Bricktop, donde se había dejado tantas horas y tanto dinero. Unas puertas más abajo descubrió otro de sus antiguos puntos de encuentro e imprudentemente se asomó al interior. De pronto una orquesta entusiasta empezó a tocar, una pareja de bailarines profesionales se puso en movimiento y un maître d’hôtel se le echó encima, gritando:

—¡Está empezando ahora mismo, señor!

Pero Charlie se apartó inmediatamente. «Tendría que estar como una cuba», pensó. El Zelli estaba cerrado; sobre los inhóspitos y siniestros hoteles baratos de los alrededores reinaba la oscuridad; en la Rué Blanche había más luz y un público local y locuaz, francés. La Cueva del Poeta había desaparecido, pero las dos inmensas fauces del Café del Cielo y el Café del Infierno seguían bostezando; incluso devoraron, mientras Charlie miraba, el exiguo contenido de un autobús de turistas: un alemán, un japonés y una pareja norteamericana que se quedaron mirándolo con ojos de espanto. Y a esto se limitaba el esfuerzo y el ingenio de Montmartre. Toda la industria del vicio y la disipación había sido reducida a upa escala absolutamente infantil, y de repente Charlie entendió el significado de la palabra «disipado»: disiparse en el aire; hacer que algo se convierta en nada. En las primeras horas de la madrugada ir de un lugar a otro supone un enorme esfuerzo, y cada vez se paga más por el privilegio de moverse cada vez con mayor lentitud. Se acordaba de los billetes de mil francos que había dado a una orquesta para que tocara cierta canción, de los billetes de cien francos arrojados a un portero para que llamara a un taxi. Pero no había sido a cambio de nada. Aquellos billetes, incluso las cantidades más disparatadamente despilfarradas, habían sido una ofrenda al destino, para que le concediera el don de no poder recordar las cosas más dignas de ser recordadas, las cosas que ahora recordaría siempre: haber perdido la custodia de su hija; la huida de su mujer, para acabar en una tumba en Vermont. A la luz que salía de una brasserie una mujer le dijo algo. Charlie la invitó a huevos y café, y luego, evitando su mirada amistosa, le dio un billete de veinte francos y cogió un taxi para volver al hotel.

II.
Se despertó en un día espléndido de otoño: un día de partido de fútbol. El abatimiento del día anterior había desaparecido, y ahora le gustaba la gente de la calle. Al mediodía estaba sentado con Honoria en Le Grand Vatel, el único restaurante que no le recordaba cenas con champán y largos almuerzos que empezaban a las dos y terminaban en crepúsculos nublados y confusos.

—¿No quieres verdura? ¿No deberías comer un poco de verdura?
—Sí, sí.
—Hay épinards y chou-fleur, zanahorias y haricots.
—Prefiero chou-fleur.
—¿No prefieres mezclarla con otra verdura?
—Es que en el almuerzo sólo tomo una verdura.

El camarero fingía sentir una extraordinaria pasión por los niños.

—¿Qu'elle est mignonne la petite? Elle parle exactement comme une Française.
—¿Y de postre? ¿O esperamos?

El camarero desapareció. Honoria miró a su padre con expectación.

—¿Qué vamos a hacer hoy?
—Primero iremos a la juguetería de la Rué Saint-Honoré y compraremos lo que quieras. Luego iremos al vodevil, en el Empire.

La niña titubeó.

—Me gustaría ir al vodevil, pero no a la juguetería.
—¿Por qué no?
—Porque ya me has traído esta muñeca —se había llevado la muñeca al restaurante. Y ya tengo muchos juguetes. Y ya no somos ricos, ¿no?
—Nunca hemos sido ricos. Pero hoy puedes comprarte lo que quieras.
—Muy bien —asintió la niña, resignada.

Cuando tenía a su madre y a una niñera francesa, Charlie solía ser más severo; ahora se exigía mucho más a sí mismo, procuraba ser más tolerante; tenía que ser padre y madre a la vez y ser capaz de entender a su hija en todos los aspectos.

—Me gustaría conocerte —dijo con gravedad—. Permítame primero que me presente. Soy Charles J. Wales, de Praga.
—¡Papá! —no podía aguantar la risa.
—¿Y quién es usted, si es tan amable? —continuó, y la niña aceptó su papel inmediatamente:
—Honoria Wales, Rué Palatine, París.
—¿Casada o soltera?
—No, no estoy casada. Soltera.

Charlie señaló la muñeca.

—Pero, madame, tiene usted una hija.

No queriendo desheredar a la pobre muñeca, se la acercó al corazón y buscó una respuesta:

—Estuve casada, pero mi marido ha muerto.

Charlie se apresuró a continuar:

—¿Cómo se llama la niña?
—Simone. Es el nombre de mi mejor amiga del colegio.
—Estoy muy contento de que te vaya tan bien en el colegio.
—Este mes he sido la tercera de la clase —alardeó—. Elsie —era su prima— sólo es la dieciocho y Richard casi es el último de la clase.
—Quieres a Richard y Elsie, ¿verdad?
—Sí. A Richard lo quiero mucho y a Elsie también.

Con cautela y sin darle mucha importancia Charlie preguntó:

—¿Y a quién quieres más, a tía Marion o a tío Lincoln?
—Ah, creo que a tío Lincoln.

Cada vez era más consciente de la presencia de su hija. Al entrar al restaurante los había acompañado un murmullo: «...adorable», y ahora la gente de la mesa de al lado, cada vez que interrumpían sus conversaciones, estaba pendiente de ella, observándola como a un ser que no tuviera más conciencia que una flor.

—¿Por qué no vivo contigo? —preguntó Honoria de repente—. ¿Porque mamá ha muerto?
—Debes quedarte aquí y aprender mejor el francés. A mí me hubiera sido muy difícil cuidarte tan bien como aquí.
—La verdad es que ya no necesito que me cuiden. Hago las cosas sola.

A la salida del restaurante, un hombre y una mujer lo saludaron inesperadamente.

—¡Pero si es el amigo Wales!
—¡Hombre! Lorraine... Dunc...

Eran fantasmas que surgían del pasado. Duncan Schaeffer, un amigo de la universidad. Lorraine Quarrles, una preciosa, pálida furcia de treinta años; una más de la pandilla que lo había ayudado a convertir los meses en días en los pródigos tiempos de hacía tres años.

—Mi marido no ha podido venir este año —dijo Lorraine, respondiéndole a Charlie—. Somos más pobres que las ratas. Así que me manda doscientos dólares al mes y dice que me las arregle como pueda... ¿Es tu hija?
—¿Por qué no te sientas un rato con nosotros en el restaurante? —preguntó Duncan.
—No puedo.

Se alegraba de tener una excusa. Seguía notando el atractivo apasionado, provocador, de Lorraine, pero ahora Charlie se movía a otro ritmo.

—¿Y si quedamos para cenar? —preguntó Lorraine.
—Tengo una cita. Dadme vuestra dirección y ya os llamaré.
—Charlie, tengo la completa seguridad de que estás sobrio —dijo Lorraine solemnemente—. Estoy segura de que está sobrio, Dunc, te lo digo de verdad. Pellízcalo para ver si está sobrio.
Charlie señaló a Honoria con la cabeza. Lorraine y Dunc se echaron a reír.
—¿Cuál es tu dirección? —preguntó Duncan, escéptico.

Charlie titubeó; no quería decirles el nombre de su hotel.

—Todavía no tengo dirección fija. Ya os llamaré. Vamos al vodevil, al Empire.
—¡Estupendo! Lo mismo que yo pensaba hacer —dijo Lorraine—. Tengo ganas de ver payasos, acróbatas y malabaristas. Es lo que vamos a hacer, Dunc.
—Antes tenemos que hacer un recado —dijo Charlie—. A lo mejor os vemos en el teatro.
—Muy bien. Estás hecho un auténtico esnob... Adiós, guapísima.
—Adiós.

Honoria, muy educada, hizo una reverencia. Había sido un encuentro desagradable. Charlie les caía simpático porque trabajaba, porque era serio; lo buscaban porque ahora tenía más fuerza que ellos, porque en cierta medida querían alimentarse de su fortaleza. En el Empire, Honoria se negó orgullosamente a sentarse sobre el abrigo doblado de su padre. Era ya una persona, con su propio código, y a Charlie le obsesionaba cada vez más el deseo de inculcarle algo suyo antes de que su personalidad cristalizara completamente. Pero era imposible intentar conocerla en tan poco tiempo. En el entreacto se encontraron con Duncan y Lorraine en la sala de espera, donde tocaba una orquesta.

—¿Tomamos una copa?
—Muy bien, pero no en la barra. Busquemos una mesa.
—El padre perfecto.

Mientras oía, un poco distraído, a Lorraine, Charlie observó cómo la mirada de Honoria se apartaba de la mesa, y la siguió pensativamente por el salón, preguntándose qué estaría mirando. Se encontraron sus miradas, y Honoria sonrió.

—Está buena la limonada —dijo.

¿Qué había dicho? ¿Qué se esperaba él? Mientras volvían a casa en un taxi la abrazó, para que su cabeza descansara en su pecho.

—¿Te acuerdas de mamá?
—Algunas veces —contestó vagamente.
—No quiero que la olvides. ¿Tienes alguna foto suya?
—Sí, creo que sí. De todas formas, tía Marion tiene una. ¿Por qué no quieres que la olvide?
—Porque te quería mucho.
—Yo también la quería.

Callaron un momento.

—Papá, quiero vivir contigo —dijo de pronto.

A Charlie le dio un vuelco el corazón; así era como quería que ocurrieran las cosas.

—¿Es que no estás contenta?
—Sí, pero a ti te quiero más que a nadie. Y tú me quieres a mí más que a nadie, ¿verdad?, ahora que mamá ha muerto.
—Claro que sí. Pero no siempre me querrás a mí más que a nadie, cariño. Crecerás y conocerás a alguien de tu edad y te casarás con él y te olvidarás de que alguna vez tuviste un papá.
—Sí, es verdad —asintió, muy tranquila.

Charlie no entró en la casa. Volvería a las nueve, y quería mantenerse despejado para lo que debía decirles.

—Cuando estés ya en casa, asómate a esa ventana.
—Muy bien. Adiós, papá, papaíto.

Esperó a oscuras en la calle hasta que apareció, cálida y luminosa, en la ventana y lanzó a la noche un beso con la punta de los dedos.

III.
Lo estaban esperando. Marion, sentada junto a la bandeja del café, vestía un elegante y majestuoso traje negro, que casi hacía pensar en el luto. Lincoln no dejaba de pasearse por la habitación con la animación de quien ya lleva un buen rato hablando. Deseaban tanto como Charlie abordar el asunto. Charlie lo sacó a colación casi inmediatamente:

—Me figuro que sabéis por qué he venido a veros, por qué he venido a París.

Marion jugaba con las estrellas negras de su collar, y frunció el ceño.

—Tengo verdaderas ganas de tener una casa —continuó—. Y tengo verdaderas ganas de que Honoria viva conmigo. Aprecio mucho que, por amor a su madre, os hayáis ocupado de Honoria, pero las cosas han cambiado... —titubeó y continuó con mayor decisión—, han cambiado radicalmente en lo que a mí respecta, y quisiera pediros que reconsideréis el asunto. Sería una tontería negar que durante tres años he sido un insensato...

Marion lo miraba con una expresión de dureza.

—...pero todo eso se ha acabado. Como os he dicho, hace un año que sólo bebo una copa al día, y esa copa me la tomo deliberadamente, para que la idea del alcohol no cobre en mi imaginación una importancia que no tiene. ¿Me entendéis?
—No —dijo Marion sucintamente.
—Es una especie de artimaña, un truco que me hago a mí mismo, para no olvidar la medida de las cosas.
—Te entiendo —dijo Lincoln—. No quieres que el alcohol sea una obsesión.
—Algo así. A veces se me olvida y no bebo. Pero procuro beber una copa al día. De todas maneras, en mi situación, no puedo permitirme beber. Las firmas a las que represento están más que satisfechas con mi trabajo, y quiero traerme a mi hermana desde Burlington para que se ocupe de la casa, y sobre todas las cosas quiero que Honoria viva conmigo. Sabéis que, incluso cuando su madre y yo no nos llevábamos bien, jamás permitimos que nada de lo que sucedía afectara a Honoria. Sé que me quiere y sé que soy capaz de cuidarla y... Bueno, ya os lo he dicho todo. ¿Qué pensáis?

Sabía que ahora le tocaba recibir los golpes. Podía durar una o dos horas, y sería difícil, pero si modulaba su resentimiento inevitable y lo convertía en la actitud sumisa del pecador arrepentido, podría imponer por fin su punto de vista.

«Domínate», se decía a sí mismo. «No quieres que te perdonen. Quieres a Honoria.»

Lincoln fue el primero en responderle:

—Llevamos hablando de este asunto desde que recibimos tu carta el mes pasado. Estamos muy contentos de que Honoria viva con nosotros. Es una criatura adorable, y nos alegra mucho poder ayudarla, pero, claro está, ya sé que ése no es el problema...

Marion lo interrumpió súbitamente.

—¿Cuánto tiempo aguantarás sin beber, Charlie? —preguntó.
—Espero que siempre.
—¿Y qué crédito se les puede dar a esas palabras?
—Sabéis que nunca había bebido demasiado hasta que dejé los negocios y me vine aquí sin nada que hacer. Luego Helen y yo empezamos a salir con...
—Por favor, no metas a Helen en esto. No soporto que hables de ella así.

Charlie la miró severamente; nunca había estado muy seguro de hasta qué punto se habían apreciado las dos hermanas cuando Helen vivía.

—Me dediqué a beber un año y medio poco más o menos: desde que llegamos hasta que... me derrumbé.
—Mucho es.
—Mucho es —asintió.
—Lo hago sólo por Helen —dijo Marion—. Intento pensar qué le gustaría que hiciera. Te lo digo de verdad, desde la noche en que hiciste aquello tan horrible dejaste de existir para mí. No puedo evitarlo. Era mi hermana.
—Ya lo sé.
—Cuando se estaba muriendo, me pidió que me ocupara de Honoria. Si entonces no hubieras estado internado en un sanatorio, las cosas hubieran sido más fáciles.

Charlie no respondió.

—Jamás podré olvidar la mañana en que Helen llamó a mi puerta, empapada hasta los huesos y tiritando, y me dijo que habías echado la llave y no la habías dejado entrar.

Charlie apretaba con fuerza los brazos del sillón. Estaba siendo más difícil de lo que se había esperado. Hubiera querido protestar, demorarse en largas explicaciones, pero sólo dijo:

—La noche en que le cerré la puerta...
Y Marion lo interrumpió:
—No pienso volver a hablar de eso.
Tras un momento de silencio Lincoln dijo:
—Nos estamos saliendo del tema. Quieres que Marion renuncie a su derecho a la custodia y te entregue a Honoria. Yo creo que lo importante es si puede confiar en ti o no.
—Comprendo a Marion —dijo Charlie despacio—, pero creo que puede tener absoluta confianza en mí. Mi reputación era intachable hasta hace tres años. Claro está que puedo fallar en cualquier momento, es humano. Pero si esperamos más tiempo perdería la niñez de Honoria y la oportunidad de tener un hogar —negó con la cabeza—. Perdería a Honoria, ni más ni menos, ¿no os dais cuenta?
—Sí, te entiendo —dijo Lincoln.
—¿Y por qué no pensaste antes en estas cosas? —preguntó Marion.
—Me figuro que alguna vez pensaría en estas cosas, de cuando en cuando, pero Helen y yo nos llevábamos fatal. Cuando acepté concederle la custodia de la niña, yo no me podía mover del sanatorio, estaba hundido, y la Bolsa me había dejado en la ruina. Sabía que me había portado mal y hubiera aceptado cualquier cosa con tal de devolverle la paz a Helen. Pero ahora es distinto. Estoy trabajando, estoy de puta madre, así que...
—Te agradecería que no utilizaras ese lenguaje en mi presencia.

La miró, estupefacto. Cada vez que Marion hablaba, la fuerza de su antipatía hacia él era más evidente. Con su miedo a la vida había construido un muro que ahora levantaba frente a Charlie. Aquel reproche insignificante quizá fuera consecuencia de algún problema que hubiera tenido con la cocinera aquella tarde. La posibilidad de dejar a Honoria en aquella atmósfera de hostilidad hacia él le resultaba cada vez más preocupante. Antes o después saldría a relucir, en alguna frase, en un gesto con la cabeza, y algo de aquella desconfianza arraigaría irrevocablemente en Honoria. Pero procuró que su cara no revelase sus emociones, guardárselas; había obtenido cierta ventaja, porque Lincoln se dio cuenta de lo absurdo de la observación de Marion y le preguntó despreocupadamente desde cuándo la molestaban expresiones como «de puta madre».

—Otra cosa —dijo Charlie—: estoy en condiciones de asegurarle ciertas ventajas. Contrataré para la casa de Praga a una institutriz francesa. He alquilado un apartamento nuevo.

Dejó de hablar; se daba cuenta de que había metido la pata. Era imposible que aceptaran con ecuanimidad el hecho de que él ganara de nuevo más del doble que ellos.

—Supongo que puedes ofrecerle más lujos que nosotros —dijo Marion—. Cuando te dedicabas a tirar el dinero, nosotros vivíamos mirando por cada moneda de diez francos... Y supongo que volverás a hacer lo mismo.
—No, no. He aprendido. Tú sabes que trabajé con todas mis fuerzas diez años, hasta que tuve suerte en la Bolsa, como tantos. Una suerte inmensa. No parecía que tuviera mucho sentido seguir trabajando, así que lo dejé. No se repetirá.

Hubo un largo silencio. Todos tenían los nervios en tensión, y por primera vez desde hacía un año Charlie sintió ganas de beber. Ahora estaba seguro de que Lincoln Peters quería que él tuviera a su hija. De repente Marion se estremeció; una parte de ella se daba cuenta de que ahora Charlie tenía los pies en la tierra, y su instinto de madre reconocía que su deseo era natural; pero había vivido mucho tiempo con un prejuicio, un prejuicio basado en una extraña desconfianza en la posibilidad de que su hermana fuera feliz, y que, después de una noche terrible, se había transformado en odio contra Charlie. Todo había sucedido en un periodo de su vida en el que, entre el desánimo de la falta de salud y las circunstancias adversas, necesitaba creer en una maldad y un malvado tangibles.

—Me es imposible pensar de otra manera —gritó de repente—. No sé hasta qué punto eres responsable de la muerte de Helen. Es algo que tendrás que arreglar con tu propia conciencia.

Charlie sintió una punzada de dolor, como una corriente eléctrica; estuvo a punto de levantarse, y una palabra impronunciable resonó en su garganta. Se dominó un instante, un instante más.

—Ya está bien —dijo Lincoln, incómodo—. Yo nunca he pensado que tú fueras responsable.
—Helen murió de una enfermedad cardiaca —dijo Charlie, sin fuerzas.
—Sí, una enfermedad cardiaca —dijo Marion, como si aquella frase tuviera para ella otro significado.

Entonces, en el instante vacío, insípido, que siguió a su arrebato, Marion vio con claridad que Charlie había conseguido dominar la situación. Miró a su marido y comprendió que no podía esperar su ayuda, y, de pronto, como si el asunto no tuviera ninguna importancia, tiró la toalla.

—Haz lo que te parezca —exclamó levantándose de pronto—. Es tu hija. No soy nadie para interponerme en tu camino. Creo que si fuera mi hija preferiría verla... —consiguió frenarse—. Decididlo vosotros. No aguanto más. Me siento mal. Me voy a la cama.

Salió casi corriendo de la habitación, y un momento después Lincoln dijo:

—Ha sido un día muy difícil para ella. Ya sabes lo testaruda que es... —parecía pedir excusas—: cuando a una mujer se le mete una idea en la cabeza...
—Claro.
—Todo irá bien. Creo que sabe que ahora tú puedes mantener a la niña, así que no tenemos derecho a interponernos en tu camino ni en el de Honoria.
—Gracias, Lincoln.
—Será mejor que vaya a ver cómo está Marion.
—Me voy ya.

Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero el paseo por la Rué Bonaparte hasta el Sena lo tranquilizó, y, al cruzar el río, siempre nuevo a la luz de las farolas de los muelles, se sintió lleno de júbilo. Pero, ya en su habitación, no podía dormirse. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a la que tanto había querido, hasta que los dos habían empezado a abusar de su amor insensatamente, a hacerlo trizas. En aquella terrible noche de febrero que Marion recordaba tan vivamente, una lenta pelea se había demorado durante horas. Recordaba la escena en el Florida, y que, cuando intentó llevarla a casa, Helen había besado al joven Webb, que estaba en otra mesa; y recordaba lo que Helen le había dicho, histérica. Cuando volvió a casa solo, desquiciado, furioso, cerró la puerta con llave. ¿Cómo hubiera podido imaginar que ella llegaría una hora más tarde, sola, y que caería una nevada, y que Helen vagabundearía por ahí en zapatos de baile, demasiado confundida para encontrar un taxi? Y recordaba las consecuencias, que Helen se recuperara milagrosamente de una neumonía, y todo el horror que aquello trajo consigo. Se reconciliaron, pero aquello fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con sus propios ojos e imaginaba que aquélla sólo había sido una de las muchas escenas del martirio de su hermana, nunca lo olvidó.

Los recuerdos le devolvieron a Helen, y, en la luz blanca y suave que cuando empieza a amanecer rodea poco a poco a quien está medio dormido, se dio cuenta de que volvía a hablar con ella. Helen le decía que tenía razón en el problema de Honoria y que quería que Honoria viviera con él. Dijo que se alegraba de que estuviera bien, de que le fuera bien. Le dijo muchas cosas más, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, vestida de blanco, y cada vez se balanceaba más, cada vez más deprisa, así que al final no pudo oír con claridad lo que Helen decía.

IV.
Se despertó sintiéndose feliz. El mundo volvía a abrirle las puertas. Hizo planes, imaginó un futuro para Honoria y para él, y de repente se sintió triste, al recordar los planes que había hecho con Helen. Helen no había planeado morir. Lo importante era el presente, el trabajo, alguien a quien querer. Pero no querer demasiado, pues conocía el daño que un padre puede hacerle a una hija, o una madre a un hijo, si los quiere demasiado; más tarde, ya en el mundo, el hijo buscaría en su pareja la misma ternura ciega y, al no poder encontrarla, se rebelaría contra el amor y la vida.

Volvía a hacer un día espléndido, vivificador. Llamó a Lincoln Peters al banco donde trabajaba y le preguntó si Honoria podría acompañarlo cuando regresara a Praga. Lincoln estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para aplazar las cosas. Quedaba una cuestión, el derecho a la custodia. Marion quería conservarlo durante algún tiempo. Estaba muy preocupada con aquel asunto, y se sentiría más tranquila si supiera que la situación seguía bajo su control un año más. Charlie aceptó; lo único que quería era a la niña, tangible y visible.

También estaba la cuestión de la institutriz. Charlie pasó un buen rato en una agencia sombría hablando con una bearnesa malhumorada y con una tetuda campesina bretona, a ninguna de las cuales hubiera podido soportar. Había otras candidatas a quienes vería al día siguiente.

Comió con Lincoln Peters en el Griffon, intentando dominar su alegría.

—No hay nada comparable a un hijo —dijo Lincoln—. Pero tú comprendes cómo se siente Marion.
—Ya no se acuerda de todo lo que trabajé durante siete años en América —dijo Charlie—. Sólo recuerda una noche.
—Eso es distinto —titubeó Lincoln—. Mientras tú y Helen derrochabais dinero por toda Europa, nosotros luchábamos por salir adelante. No he sido ni remotamente rico, nunca he ganado lo suficiente para permitirme algo más que un seguro de vida. Yo creo que Marion pensaba que aquello era una especie de injusticia... Tú ni siquiera trabajabas entonces y cada vez eras más rico.
—El dinero se fue tan rápido como vino —dijo Charlie.
—Sí, y mucho fue a parar a manos de los chasseurs y los saxofonistas y los maîtres d'hôtel... Bueno, se acabó la gran fiesta. Te he dicho esto para explicarte cómo se siente Marion después de estos años de locura. Si pasas un momento por casa a eso de las seis, antes de que Marion esté demasiado cansada, acordaremos los últimos detalles sin ningún problema.

De vuelta al hotel, Charlie encontró un pneumatique que le habían enviado desde el bar del Ritz, donde Charlie había dejado su dirección para un antiguo amigo.

«Querido Charlie:
«Estabas tan raro cuando nos vimos el otro día, que me pregunté si había hecho algo que pudiera molestarte. Si es así, no me he dado cuenta. La verdad es que me he acordado mucho de ti durante el año pasado, y siempre he abrigado la esperanza de que nos viéramos de nuevo cuando yo volviera a París. Lo pasamos muy bien en aquella primavera disparatada, como aquella noche en que tú y yo robamos la bicicleta de reparto del carnicero, y aquella vez que intentamos hablar por teléfono con el presidente, cuando usabas bombín y bastón. Todos parecen haber envejecido últimamente, pero yo no me siento ni un día más vieja. ¿No podríamos vernos hoy, aunque sólo sea un rato, en honor de aquellos viejos tiempos? Ahora tengo una resaca miserable. Pero me sentiré mucho mejor esta tarde, y te esperaré a eso de las cinco en el Ritz, antro de explotación.
Siempre tuya, Lorraine»


La primera sensación de Charlie fue de espanto: espanto de haber robado, ya en edad madura, una bicicleta de reparto para pedalear, con Lorraine a bordo, por la plaza de L'Étoile, de madrugada. Al recordarlo, parecía una pesadilla. Haberle cerrado la puerta a Helen no armonizaba con ningún otro episodio de su vida, pero el incidente de la bicicleta, sí: sólo era uno entre muchos. ¿Cuántas semanas o meses de disipación habían sido necesarios para llegar a ese punto de absoluta irresponsabilidad?

Intentó recordar qué le había parecido Lorraine entonces, muy atractiva; a Helen le molestaba, aunque no dijera nada. Hacía veinticuatro horas, en el restaurante, Lorraine le había parecido vulgar, ajada, estropeada. No tenía ninguna, ninguna gana de verla, y se alegraba de que Alix no le hubiera dado la dirección de su hotel. Y era un consuelo pensar en Honoria, imaginar domingos dedicados a ella, y darle los buenos días y saber que pasaba la noche en casa y respiraba en la oscuridad.

A las cinco tomó un taxi y compró regalos para la familia Peters: una graciosa muñeca de trapo, una caja de soldados romanos, flores para Marion, pañuelos de hilo para Lincoln. Cuando llegó al apartamento, comprendió que Marion había aceptado lo inevitable. Lo recibió como si fuera un pariente díscolo, más que una amenaza ajena a la familia. Honoria sabía ya que se iba con su padre, y Charlie disfrutó al ver cómo, con tacto, la niña procuraba disimular su alegría excesiva. Sólo sentada en sus rodillas le dijo en voz baja lo contenta que estaba y le preguntó, antes de volver con los otros niños, cuándo se irían.

Marion y Charlie se quedaron solos un instante y, dejándose llevar por un impulso, él se atrevió a decirle:

—Las peleas de familia son muy desagradables. No respetan ninguna regla. No son como el dolor ni las heridas, son más bien como llagas que no se curan porque les falta tejido para hacerlo. Me gustaría que tú y yo nos lleváramos mejor.
—Es difícil olvidar ciertas cosas —contestó Marion—. Es cuestión de confianza —Charlie no contestó y Marion preguntó entonces—: ¿Cuándo piensas llevártela?
—Tan pronto como encuentre una institutriz. Pasado mañana, espero.
—No, es imposible. Tengo que prepararle sus cosas. Antes del sábado es imposible.

Charlie cedió. Lincoln, que acababa de volver a la habitación, le ofreció una copa.

—Bueno, me tomaré mi whisky diario.

Se notaba el calor, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los niños se sentían seguros e importantes; la madre y el padre eran serios, vigilaban. Tenían cosas importantes que hacer por sus hijos, mucho más importantes que su visita. Una cucharada de medicina era, después de todo, más importante que sus tensas relaciones con Marion. Ni Marion ni Lincoln eran estúpidos, pero estaban demasiado condicionados por la vida y las circunstancias. Charlie se preguntó si no podría hacer algo para librar a Lincoln de la rutina del banco.

Sonó un largo timbrazo; llamaban a la puerta. La bonne à tout faire atravesó la habitación y desapareció en el pasillo. Abrió la puerta después de que volviera a sonar el timbre, y luego se oyeron voces, y los tres miraron hacia la puerta del salón con curiosidad. Lincoln se asomó al pasillo y Marion se levantó. Entonces volvió la criada, seguida de cerca por voces que resultaron pertenecer a Duncan Shaeffer y Lorraine Quarrles.

Estaban contentos, alegres, muertos de risa. Por un instante Charlie se quedó estupefacto: no podía entender cómo habían podido conseguir la dirección de los Peters.

—Eeehhh —Duncan agitaba el dedo picaramente en dirección a Charlie.

Dunc y Lorraine soltaron un nuevo aluvión de carcajadas. Nervioso, sin saber qué hacer, Charlie les estrechó la mano rápidamente y se los presentó a Lincoln y Marion. Marion los saludó con un gesto de la cabeza y apenas abrió la boca. Retrocedió hacia la chimenea; su hijita estaba cerca y Marion le echó el brazo por el hombro.

Cada vez más disgustado por la intromisión, Charlie esperaba que le dieran una explicación. Y, después de pensar las palabras un momento, Duncan dijo:

—Hemos venido a invitarte a cenar. Lorraine y yo insistimos en que ya está bien de rodeos y secretitos sobre dónde te alojas.

Charlie se les acercó más, como si así quisiera empujarlos hacia el pasillo.

—Lo siento, pero no puedo. Decidme dónde vais a estar y os llamaré por teléfono dentro de media hora.

No se inmutaron. Lorraine se sentó de pronto en el brazo de un sillón y, concentrando toda su atención en Richard, exclamó:

—¡Qué niño tan precioso! ¡Ven aquí, cielo!

Richard miró a su madre y no se movió. Lorraine se encogió de hombros ostensiblemente, y volvió a dirigirse a Charlie:

—Ven a cenar. Estoy segura de que tus parientes no se molestarán. O te veo poco o te veo apocado.
—No puedo —respondió Charlie, cortante—. Cenad vosotros, ya os llamaré por teléfono.

La voz de Lorraine se volvió desagradable:

—Vale, vale, nos vamos. Pero acuérdate de cuando aporreaste mi puerta a las cuatro de la mañana y yo tuve el suficiente sentido del humor para darte una copa. Vamonos, Dunc.

Con movimientos pesados, con las caras descompuestas, irritados, con pasos titubeantes, se adentraron en el pasillo.

—Buenas noches —dijo Charlie.
—¡Buenas noches! —respondió Lorraine con retintín.

Cuando Charlie volvió al salón, Marion no se había movido, pero ahora echaba el otro brazo por el hombro de su hijo. Lincoln seguía meciendo a Honoria de acá para allá, como un péndulo.

—¡Qué poca vergüenza! —estalló Charlie—. ¡No hay derecho!.

Ni Marion ni Lincoln le respondieron. Charlie se dejó caer en el sillón, cogió el vaso, volvió a dejarlo y dijo:

—Gente a la que no veo desde hace dos años y tiene la increíble desfachatez de...

Se interrumpió. Marion había dejado escapar un «Ya», una especie de suspiro sofocado, rabioso; le había dado de repente la espalda y había salido del salón. Lincoln dejó a Honoria en el suelo con cuidado.

—Niños, id a comer. Empezad a tomaros la sopa —dijo, y, cuando los niños obedecieron, se dirigió a Charlie—: Marion no está bien y no soporta los sobresaltos. Esa clase de gente la hace sentirse físicamente mal.
—Yo no les he dicho que vinieran. Alguien les habrá dado vuestro nombre y dirección. Deliberadamente han...
—Bueno, es una pena. Esto no facilita las cosas. Perdóname un momento.

Solo, Charlie permaneció en su sillón, tenso. Oía comer a los niños en el cuarto de al lado; hablaban con monosílabos y ya habrían olvidado la escena de los mayores. Oyó el murmullo de una conversación en otro cuarto, más lejos, y el ruido de un teléfono al ser descolgado, y, aterrorizado, se cambió a otra silla para no oír nada más.

Lincoln volvió casi inmediatamente.

—Charlie, creo que dejaremos la cena para otra noche. Marion no se encuentra bien.
—¿Se ha disgustado conmigo?
—Más o menos —dijo Lincoln, casi con malos modos—. No es fuerte y...
—¿Quieres decir que ha cambiado de opinión sobre Honoria?
—Ahora está muy afectada. No sé. Llámame al banco mañana.
—Me gustaría que le explicaras que en ningún momento se me ha pasado por la cabeza traer aquí a esa gente. Estoy tan ofendido como tú.
—Ahora no le puedo explicar nada.

Charlie dejó la silla. Cogió su abrigo y su sombrero y atravesó el pasillo. Abrió la puerta del comedor y dijo con una voz rara:

—Buenas noches, niños.

Honoria se levantó y corrió a abrazarlo.

—Buenas noches, corazón —dijo, ensimismado, y luego, intentando poner más ternura en la voz, intentando arreglar algo, añadió—: Buenas noches, queridos niños.

V.
Charlie se dirigió directamente al bar del Ritz con la idea furibunda de encontrarse con Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y cayó en la cuenta de que, en cualquier caso, nada podía hacer. No había tocado el vaso de whisky en casa de los Peters, y ahora pidió un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.

—Todo ha cambiado mucho —dijo con tristeza—. Ahora el negocio no es ni la mitad de lo que era. Me han dicho que muchos de los que volvieron a América lo perdieron todo, si no en el primer hundimiento de la Bolsa, en el segundo. He oído que su amigo George Hardt perdió hasta el último céntimo. ¿Usted ha vuelto a América?
—No, trabajo en Praga.
—Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la Bolsa.
—Sí —asintió con amargura—, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.
—¿Vendiendo a la baja?
—Más o menos.

El recuerdo de aquellos días volvía a apoderarse de Charlie como una pesadilla, la gente que había conocido en sus viajes, y la gente que era incapaz de hacer una suma o de pronunciar una frase coherente. El hombrecillo con quien Helen había aceptado bailar en la fiesta del barco, y que luego la insultó a tres metros de su mesa; las mujeres y las chicas que habían sido sacadas a rastras de los establecimientos públicos, gritando, borrachas o drogadas...

Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta, en la nieve, porque la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario. Fue al teléfono y llamó al apartamento de los Peters; Lincoln descolgó.

—Te llamo porque no me puedo quitar el asunto de la cabeza. ¿Ha dicho Marion algo?
—Marion está enferma —respondió Lincoln, cortante—. Ya sé que tú no tienes toda la culpa, pero no puedo permitir que esto la destroce. Me temo que tendremos que aplazarlo seis meses; no puedo arriesgarme a que pase otro mal rato como el de hoy.
—Ya.
—Lo siento, Charlie.

Volvió a su mesa. El vaso de whisky estaba vacío, pero negó con la cabeza cuando Alix lo miró, interrogante. Ya no le quedaba mucho por hacer, salvo mandarle a Honoria algunos regalos; al día siguiente se los mandaría. Más bien irritado, pensó que sólo era dinero, le había dado dinero a tanta gente...

—No, se acabó —dijo a otro camarero—. ¿Cuánto es?

Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba. No volvería a ser joven, lleno de las mejores ideas y los mejores sueños, sólo suyos. Estaba absolutamente seguro de que Helen no hubiera querido que estuviese tan solo.

Reconciliación. E.F. Benson (1867-1940)

La casa de los Garth se esconde en una pequeña depresión de las colinas que, al norte, al este y al oeste, cierran el aislado valle como si de la palma de una mano curvada se tratase. Hacia el sur, dicho valle se ensancha a la vez que las colinas se funden para dejar paso a una amplia franja de llano arrebatado al mar, entrecruzado por diques de drenaje y utilizado como tierra de pastoreo por unas cuantas granjas diseminadas por los alrededores. Los espesos hayedos y robledales que trepan por las colinas hasta sus mismas cimas contribuyen a cobijar aún más la casa, la cual dormita en un clima suave y soleado mientras las desapacibles cumbres que se erigen sobre ella son barridas por los vientos del este que soplan en primavera, o por las ráfagas norteñas que trae el invierno; y sentado en el jardín, disfrutando del suave sol de un despejado día de diciembre, uno puede oír cómo ruge el vendaval sobre las copas de los árboles de las laderas más elevadas, y ver las nubes cruzando a toda velocidad sobre la cabeza sin llegar a sentir el aliento del viento que las impele hacia el mar. Los claros de aquellos bosques aparecen repletos de anémonas y de macizos de primaveras, ya florecidas antes de que el más mínimo brote haya aparecido en las tierras altas, y sus jardines aún brillan con las rojas flores del otoño mucho después de que todas las que rodean el pequeño pueblo que se acurruca en la cima de una de las colinas se hayan ennegrecido por las heladas. Sólo cuando el viento sopla desde el sur se rompe su calma, dejando paso al sonido de las olas y al sabor de la sal marina.

La casa en sí data de principios del siglo XVII, y ha escapado milagrosamente a las destructivas manos de los restauradores. Sus tres pisos fueron construidos con los grandes bloques de piedra gris típicos de la región; para cubrir el tejado se emplearon losas del mismo material, entre las cuales han encontrado anclaje numerosas semillas arrastradas por el viento; y las vidrieras que tapan las anchas ventanas no son de una sola pieza, sino de varias. Ni un solo crujido surge de sus suelos de roble; las escaleras son tan anchas como sólidas; su artesonado es tan firme como los muros a los que está unido. Un débil olor a humo de leña, nacido de los siglos de hogueras realizadas en sus chimeneas, lo invade todo; eso, y un extraordinario silencio. Un hombre que permaneciera despierto toda la noche en una de las habitaciones no oiría ni un susurro procedente de madera quejumbrosa, ni un vidrio tembloroso; ningún sonido del exterior llegaría hasta sus atentos oídos excepto el ulular del búho leonado o, de encontrarnos en junio, la música del ruiseñor. En la parte trasera una franja de jardín había conseguido ser nivelada pese a la oposición de la colina; en la delantera, la inclinación también había sido modificada hasta formar un par de bancales. Bajo ellos, una fuente alumbra un pequeño arroyo que, bordeado de tierras pantanosas sembradas de juncos, se une a otra pequeña corriente, la cual, mucho más sofocada por la vegetación, vaga erráticamente por el jardín de la cocina, para corromperse juntas atravesando las cada vez más extensas marismas hasta llegar al Canal de la Mancha. Siguiendo el margen más alejado de este riachuelo se extiende un sendero que conduce desde el pueblo de Garth, allá arriba en la colina, hasta la carretera principal que atraviesa el llano. Un poco más abajo de la casa hay un pequeño puente de piedra con su propia puerta que atraviesa el riachuelo y permite el acceso a dicho sendero.

Vi por primera vez esta casa, de la que durante tantos años he sido un constante invitado, cuando todavía ni me había graduado en Cambridge. Hugh Verral, el hijo único de su viudo propietario, era amigo mío, y cierto agosto me propuso que pasáramos juntos un mes allí. Su padre, me explicó, iba a pasar las siguientes seis semanas en un balneario en el extranjero. El mío, según tenía entendido, no podía abandonar Londres por motivos de trabajo, y aquella parecía una manera bastante más agradable de pasar el mes que siendo el único y melancólico habitante de la casa o cociéndose en la ciudad. De modo que si la oferta me parecía agradable, no tenía más que conseguir el permiso de mis padres; él, por su parte, ya había conseguido el del suyo. De hecho, Hugh había sido el motivo de que el señor Verral escribiera la siguiente carta, en la cual reflejaba con gran lucidez sus opiniones sobre el modo que tenía su hijo de pasar el tiempo. No te quiero todo agosto rondando por Marienbad (decía), ya que no harías más que diabluras y te gastarías todo lo que te queda de paga para el resto del año. Además, tienes trabajo pendiente; tu tutor me ha informado de que no has dado un palo al agua durante la última evaluación, de modo que más te valdría empezara recuperar el tiempo perdido. Vete a Garth, llévate contigo a algún otro granuja tan perezoso y simpático como tú, y podrás dedicarte a tus estudios. ¡Después de todo allí sí que no encontrarás otra cosa que hacer! Además, nadie quiere hacer absolutamente nada en Garth.

—Está bien, el granuja perezoso también irá —dije yo. Ya sabía que mi padre tampoco me quería en Londres.
—Te advierto que el granuja perezoso también ha de ser simpático ¿eh? —dijo Hugh—. Bueno, el caso es que vendrás... ¡magnífico! Ya verás qué es lo que quiere decir mi padre con eso de que nadie quiere hacer nada. Así es Garth.

A finales de la siguiente semana ya estábamos instalados allí, y nunca, en ninguna de las primeras impresiones que he recibido viendo algunas de las maravillas del mundo, he sentido un hechizo tan mágico y potente como el que me arrebató el aliento aquella tarde de agosto en la que vi Garth por primera vez. Durante el último kilómetro la carretera había serpenteado entre los bosques que cubrían la ladera; entonces mi taxi emergió como de un túnel, y allí, bajo el crepúsculo, con las últimas llamaradas de la puesta de sol brillando sobre ella, se erguía la enorme fachada gris, con sus verdes prados alrededor y su aire de antiquísima tranquilidad. Parecía la encarnación de la misma alma y el mismo espíritu de Inglaterra: allá al sur estaba el mar, y alrededor proliferaban aquellos bosques inmemoriales. Como sus robles, como el terciopelo de sus prados, la casa había crecido del mismísimo suelo, y la riqueza de éste aún la nutría. Venecia no había nacido más auténticamente del mar, ni Egipto del misterioso Nilo, de lo que Garth había nacido de los bosques de Inglaterra. Tuvimos tiempo para dar un paseo por los alrededores antes de que se sirviera la cena, y Hugh me contó casualmente su historia. Sus antepasados la habían poseído desde los tiempos de la reina Ana.

—Pero aún se nos considera intrusos —dijo—, y no demasiado fiables, por cierto. Anteriormente, mi familia había arrendado la granja que hay en lo alto de la colina, por la que debes de haber pasado para llegar hasta aquí, y los propietarios de la casa eran los Garth. Fue un Garth, de hecho, quien la construyó durante el reinado de Isabel.
—Ah, entonces tendréis un fantasma —dije yo—. Eso la haría perfecta. No me digas que no ha habido ningún Garth que haya encantado la casa.
—Puedes pedir lo que quieras —dijo él—, pero eso me temo que no te lo podré conseguir. Llegas demasiado tarde: hace cien años sí que se suponía que la casa estaba encantada por un Garth.
—¿Y qué sucedió? —pregunté.
—Bueno, no sé nada acerca de fantasmas, pero parece ser que el encantamiento se desvaneció por sí mismo. Debe de ser aburrido para un espíritu, ya sabes, eso de estar encadenado a un solo lugar, paseando por el jardín todas las tardes y recorriendo los pasillos y las habitaciones durante las noches sin que nadie te haga caso. A mis antepasados no les molestaba en lo más mínimo, según parece, que hubiera o no un fantasma en la casa. En consecuencia, se evaporó.
—¿Y de quién se suponía que era el fantasma? —pregunté.
—El fantasma del último Garth, que vivió aquí en tiempos de la reina Ana. Lo que sucedió fue lo siguiente. Uno de los miembros más jóvenes de mi familia, Hugh Verrall, igual que yo, se trasladó a Londres en busca de fortuna. Hizo muchísimo dinero en poco tiempo, se retiró estando aún en la mediana edad y se le metió en la cabeza que le gustaría ser un caballero de esos que viven en el campo y que poseen una buena hacienda. Siempre le gustó esta región, de modo que se trasladó a vivir a una casa del pueblo de ahí arriba mientras buscaba algo mejor, aunque sin duda tenía también otros propósitos. Y es que la casa de los Garth pertenecía en aquellos momentos a un tipo desenfrenado llamado Francis Garth, un borracho y un gran jugador. Hugh Verral acostumbraba a bajar hasta aquí noche tras noche para desplumarle. Francis tenía una hija, que por supuesto era la heredera del lugar, y en un primer momento Hugh empezó a cortejarla con el propósito de casarse, pero viendo que no le iba a servir de nada decidió apoderarse de la casa de otro modo. Finalmente, a la manera tradicional, Francis Garth, que para entonces ya le debía a mi ancestro algo así como treinta mil libras, apostó las propiedades de los Garth contra su deuda. Y perdió. Se armó un gran revuelo, la gente hablaba de dados cargados y de cartas marcadas, pero nada se pudo probar, por lo que Hugh desahució a Francis y tomó posesión de la casa. Francis vivió aún algunos años en una granja del pueblo, y cada tarde recorría el sendero hasta aquí para situarse frente a la casa y maldecir a sus habitantes. Con su muerte se inició el encantamiento, pero después, simplemente, desapareció.

—Quizá esté recuperando fuerzas —sugerí—. Quizá pretenda regresar con más intensidad. Deberías tener un fantasma aquí, y tú lo sabes.
—Pues me temo que no hay ni rastro —dijo Hugh—. Aunque me pregunto si tú considerarás que sí queda alguno. Pero es un rastro tan tonto que casi me avergüenza mostrártelo. —Venga, a qué esperas —dije yo.

Señaló hacia el gablete que había sobre la puerta principal. Bajo él, en un ángulo formado por el tejado, había una gran piedra cuadrada de instalación claramente posterior al resto de la pared. En contraste con la de ésta, la superficie de la piedra estaba desmenuzada, y aunque evidentemente había sido tallada y aún se podía ver la forma de un escudo heráldico, no quedaba ni rastro de las armas que en él hubiera podido haber.

—Es una estupidez —dijo Hugh—, pero también es un hecho que mi padre recuerda la instalación de esa piedra. Fue cosa de su padre, y en ella lucían nuestras armas: ya puedes ver el estado en el que se encuentra el escudo. Y aunque es una piedra de la zona, de la misma clase que las demás de la casa, apenas había quedado colocada cuando la superficie empezó a deteriorarse. En diez años nuestras armas habían desaparecido completamente. Es curioso que una de las piedras de la casa muestre un deterioro tan rápido cuando las demás parecen desafiar al tiempo.
Me reí.
—Eso ha sido cosa de Francis Garth, sin lugar a dudas —dije—. Aún queda vida en el viejo perro.
—A veces así lo creo —dijo él—. Que quede claro que nunca he visto ni oído nada que pudiera hacer pensar lo más mínimo en fantasmas, pero sí he sentido constantemente la presencia de alguien que espera y vigila. Nunca se manifiesta, pero está ahí.

Mientras hablaba obtuve una ligera impresión psíquica de lo que me estaba diciendo. Allí había algo, algo siniestro y malvado. Pero la impresión sólo fue momentánea; apenas la había percibido cuando empezó a desvanecerse de nuevo, y la increíble y acogedora belleza de la casa se restableció arrollando cualquier otro sentimiento. Si alguna vez existió un lugar habitado por una paz inmemorial, era aquél. Nos acostumbramos de inmediato a una rutina deliciosa. Siendo como éramos grandes amigos, nos encontrábamos completamente a gusto uno en la compañía del otro; charlábamos si nos veíamos inclinados a hacerlo, y si reinaba el silencio no había en él nada de forzado, pudiendo éste continuar perfectamente hasta que uno de los dos tuviera algo que decir. Por la mañana, durante unas tres horas más o menos, nos aplicábamos al estudio de nuestros libros, pero para la hora del almuerzo ya estaban cerrados y no volvían a abrirse durante el resto del día. Entonces atravesábamos las marismas para darnos un chapuzón en el mar, o paseábamos por el bosque, o jugábamos a la petanca en una franja de césped que había detrás de la casa. El tiempo, completamente abrasador, fomentaba la pereza, y en el interior de aquella depresión formada por las colinas en la que se encontraba la casa resultaba casi imposible recordar lo que era sentirse dinámico. Pero, tal y como había indicado el padre de Hugh, aquel era el estado físico y mental apropiado para residir en Garth. Uno debe sentirse adormilado, hambriento y bien, pero sin deseos ni energías; la vida avanzaba como en un estanque repleto de flores de loto: suave y tranquilamente, sin preocupaciones. Ser perezoso sin sentir escrúpulos ni remordimientos, sino más bien una ronroneante satisfacción, era actuar de acuerdo con el espíritu de Garth. Pero a medida que los días fueron pasando, supe que bajo aquella satisfacción yacía otra cosa, algo que desde nuestro interior se mostraba cada vez más alerta y vigilante, algo que reaccionaba ante aquello que a su vez nos estaba vigilando a nosotros.

Llevábamos allí una semana cuando una tarde de calor inmóvil y sofocante nos dirigimos hacia el mar para disfrutar de un chapuzón antes cenar. Era evidente que se aproximaba una tormenta, pero parecía que tendríamos tiempo de darnos un baño y regresar antes de que estallara. Sin embargo, llegó antes de lo que esperábamos, y aún nos encontrábamos a un kilómetro de la casa cuando empezó a llover intensamente y sin que corriera ni pizca de viento. Las nubes, que se habían extendido por el cielo, habían provocado una oscuridad tal que parecía que ya hubiera anochecido, y para cuando alcanzamos el pequeño camino público que había al otro lado del riachuelo ya estábamos completamente empapados. Justo cuando llegamos hasta el puente vi sobre él la silueta de un hombre, y me extrañé de que estuviera allí, esperando bajo aquel diluvio sin buscar cobijo. Miraba en dirección a la casa, sin moverse apenas. Cuando pasé junto a él pude ver perfectamente su cara, e instantáneamente supe que había visto a alguien muy parecido a él con anterioridad, aunque no podía acordarme exactamente de dónde. Era de mediana edad, iba perfectamente afeitado, y de su perfil magro y moreno emanaba un curioso aire siniestro. En todo caso, no era asunto mío si un extraño elegía permanecer bajo la lluvia contemplando la casa de los Garth, por lo que di otra docena de pasos antes de comentarle a Hugh en voz baja:

—Me pregunto qué estará haciendo ese hombre.
—¿Hombre? ¿Qué hombre? —dijo Hugh.
—Ese hombre junto al que acabamos de pasar en el puente —dije yo.
Hugh se giró para mirar.
—Ahí no hay nadie —dijo.

Parecía imposible que aquel extraño que sin lugar a dudas había estado allí hacía apenas un par de segundos hubiera desaparecido en la oscuridad, por muy espesa que fuera, y por primera vez se me ocurrió que aquella criatura a cuya cara había mirado podía no ser de carne y hueso. Pero apenas había acabado Hugh de hablar cuando señaló hacia el sendero por el que acabábamos de llegar.

—Sí, es verdad, ahí hay alguien —dijo—. Qué raro que no le haya visto antes. Pero si le apetece quedarse bajo la lluvia supongo que está en su derecho.

Seguimos rápidamente nuestro camino hasta llegar a la casa. Después, mientras me cambiaba, me estrujé el cerebro para intentar recordar dónde y cuándo había visto aquella cara con anterioridad. Sabía que había sido a una hora bastante tardía, y también sabía que me había llamado la atención. Y entonces, súbitamente, llegó la respuesta. Nunca había visto a aquel hombre antes, pero sí que había visto un retrato suyo, y aquel retrato colgaba en la larga galería que recorría la parte frontal de la casa, a la que Hugh me había conducido el día que había llegado allí y por la que no había vuelto a pasar. Las paredes estaban repletas de cuadros de Verrals y de Garths, y el retrato en cuestión era el de Francis Garth. Antes de regresar a la planta baja fui a verificarlo y comprobé que no había duda posible: el hombre junto al que había pasado en el puente era la viva imagen de aquel otro que, en los tiempos de la Reina Ana, había perdido la casa en favor del pariente tocayo de Hugh. No le conté nada de a aquello a Hugh, ya que no quería sugestionarle. Él, por su parte, no volvió a hacer alusión al encuentro; era evidente que no le había causado la más mínima impresión, de modo que pasamos la tarde de una manera completamente rutinaria. A la mañana siguiente volvíamos a estar sentados con nuestros libros en la salita que da a la parte del jardín en la que jugábamos a la petanca. Cuando llevábamos una hora estudiando, Hugh se levantó para estirar las piernas durante un par de minutos y se aproximó a la ventana. Yo no seguí sus movimientos con particular atención, pero sí me di cuenta de que de repente habla dejado de silbar a mitad de un paseo. Entonces habló con un tono de voz bastante extraño.

—Ven un momento —dijo.
Cuando me uní a él señaló a través de la ventana.
—¿Es ése el hombre al que viste anoche en el puente? —preguntó. Y allí estaba él, al final de la pista de petanca, mirándonos directamente.
—Sí, es él —dije.
—Iré a preguntarle qué está haciendo ahí—dijo Hugh—. ¡Acompáñame!
Salimos juntos de la habitación y descendimos el corto pasillo que llevaba hasta la puerta del jardín. La silenciosa luz del sol dormitaba sobre la hierba, pero allí no había nadie.
—Qué extraño —dijo Hugh—. Extrañísimo. Vamos un momento a la galería de retratos.
—No hace falta —dije yo.
—Entonces también tú te has dado cuenta del parecido —dijo—. Dime... ¿Se trata sólo de un parecido... o es realmente Francis Garth? Sea quien sea, debe de ser el que nos ha estado vigilando.

La aparición, de la que a partir de entonces hablamos como si se tratara de Francis Garth, había sido vista ya en dos ocasiones. En el transcurso de la siguiente semana pareció acercarse cada vez más a la casa que en otros tiempos había encantado, ya que Hugh le vio justo a la entrada del porche que había en la entrada principal. Y dos días más tarde, al atardecer, estando yo contemplando la pista de petanca mientras esperaba a que Hugh regresara a cenar, le vi en la ventana, observando malévolamente el interior de la habitación. Finalmente, un par de días antes de que mi visita llegara a su fin, mientras regresábamos de una tarde de pasear sin rumbo por el bosque, le vimos los dos a la vez, frente a la gran chimenea del recibidor. En aquella ocasión la aparición no fue momentánea, ya que pese a nuestra irrupción permaneció allí, sin apercibirse de nuestra presencia durante quizá diez segundos, y después se dirigió hacia la puerta más alejada de la entrada. Allí se detuvo y se giró, mirando directamente a Hugh. Entonces le habló y, sin esperar respuesta, atravesó la puerta. Había penetrado en la casa, y a partir de aquel momento sólo volvió a ser visto en su interior. Francis Garth había vuelto a tomar posesión del lugar.

No es que quiera aparentar que la visión de este aparecido no tuvo efecto sobre mis nervios. Lo tuvo y muy desagradable; miedo es quizá una palabra demasiado superficial para describir lo que sentí. Se trataba más bien de un horror oscuro y silencioso que me invadía; para ser precisos, no en el momento exacto en el que veía al espíritu, sino algunos segundos antes, de modo que podía saber gracias a aquella sensación de terror extremo cuándo su aparición estaba a punto de manifestarse. Pero mezclado con todo aquello había una intensa curiosidad y un interés por la naturaleza de aquel extraño visitante, el cual, aunque muerto desde hacía tiempo, aún conservaba el aspecto de los vivos y cubría con vestimentas un cuerpo que llevaba años reducido a polvo. Hugh, en todo caso, no sintió nada parecido; la segunda ocupación de la casa a cargo del espectro le alarmó tanto como a aquellos que habían vivido en ella durante su primera aparición.
—Y además resulta tan interesante... —dijo, mientras me despedía cuando mi visita llegó a su término—. Parece que tiene asuntos por resolver en este lugar, pero ¿de qué asuntos se tratará? Ya te informaré si hay alguna novedad.

A partir de entonces el fantasma fue visto de manera constante. Asustó a algunos e interesó a otros, pero nunca hizo mal alguno a nadie. A menudo durante los siguientes cinco años pasé temporadas allí, y no creo que hubiera ninguna visita en la que por lo menos no le viera en una o dos ocasiones. Y siempre su aparición me fue anunciada mediante aquel sentimiento de terror que, tras haber comentado el tema, supe que ni Hugh ni su padre compartían. Entonces, de manera completamente repentina, el padre de Hugh falleció. Tras el funeral, Hugh vino a Londres para entrevistarse con diversos abogados y para arreglar todos los detalles concernientes al testamento. Me contó que de ninguna manera le iban a su padre tan bien las cosas como aparentaba, y que no sabía si iba a poderse permitir seguir residiendo en un lugar como la casa de los Garth. Pretendía, en todo caso, clausurar un ala de la mansión y reducir el servicio para intentar seguir viviendo allí.

—No quiero abandonarla —dijo—. De hecho, odiaría tener que hacerlo. Por otra parte, tampoco creo que tuviera muchas posibilidades de alquilarla. El rumor de que está encantada a estas alturas está completamente extendido, y no creo que fuera demasiado fácil conseguir un inquilino interesado en ella. Espero, en todo caso, que no sea necesario.
Pero seis meses más tarde se dio cuenta de que, pese a todos los recortes, ya no era posible seguir viviendo allí, de modo que en junio me desplacé para brindarle una última visita, tras la cual, de no haber conseguido un inquilino, le casa quedaría clausurada.
—No puedo expresarte cómo me disgusta tener que marcharme —dijo—, pero no queda otro remedio. ¿Y hasta qué punto crees que resulta ético alquilar una casa encantada? ¿Debería decírselo a los posibles inquilinos? Puse un anuncio la semana pasada en Vida Campestre y ya ha contestado un interesado. De hecho llegará mañana por la mañana con su hija, para echar un vistazo. Se llama Francis Jameson.
—Espero que se lleve bien con el otro Francis —dije—. ¿Le has visto últimamente?
Hugh dio un bote.
—Sí, bastante a menudo —dijo—. Pero hay una cosa que quiero enseñarte. Sal un momento.
Me llevó hasta la parte frontal de la casa y señaló el gablete bajo el cual reposaba el escudo que había contenido sus obliteradas armas.
—No te daré pistas —dijo—. Sencillamente mira y dime qué te sugiere.
—Ahí hay algo que está apareciendo —dije—. Puedo ver dos bandas que se entrecruzan sobre el escudo y un artefacto entre medias.
—¿Y estás seguro de que no lo has visto anteriormente? —preguntó.
—La verdad es que pensaba que la superficie estaba completamente desgastada —dije—. Evidentemente no era así. ¿O es que la estás restaurando?
Se rió.
—Ciertamente no —dijo—. De hecho, lo que ves ahí no es en absoluto parte de mis armas, sino de las de Garth.
—Tonterías. Se trata de dos grietas y del producto de las inclemencias del tiempo, que por casualidad se asemejan, pero se trata de algo completamente accidental.
Volvió a reír.
—No te lo crees ni tú —dijo—. Ni yo, por cierto. Es obra de Francis. Se está manteniendo ocupado.

A la mañana siguiente me acerqué al pueblo para despachar unos asuntos sin importancia, y mientras regresaba por el sendero que hay frente a la casa vi un coche que llegaba hasta la puerta, por lo que deduje que el señor Jameson acababa de llegar. Entré en el recibidor y un momento después me detuve con los ojos y la boca completamente abiertos. Y es que en el interior había tres personas charlando: una era Hugh, la otra una joven encantadora, obviamente la señorita Jameson, y el tercero, o al menos eso me decían mis ojos, era Francis Garth. Con la misma seguridad con la que había identificado al espectro con su retrato que colgaba en la galería, identifiqué a aquel hombre como la viva y humana encarnación del espectro en sí mismo. No es que se pudiera decir que había un parecido: es que eran idénticos. Hugh me presentó a sus dos visitantes y pude ver en su mirada que había experimentado la misma sensación que yo. La entrevista y el intercambio de informes acababa evidentemente de empezar, ya que tras esta pequeña ceremonia el señor Jameson se volvió hacia Hugh para decirle:

—Pero antes de que veamos la casa o el jardín, he de hacerle la pregunta más importante de todas, de tal modo que si su respuesta fuese insatisfactoria no le haría perder más tiempo con una inútil visita.

Pensé que se avecinaba una pregunta sobre el fantasma, pero me equivoqué por completo. Aquella consideración tan decisiva era acerca del clima, y el señor Jameson empezó a explicarle a Hugh, con toda la insistencia del enfermo, sus necesidades. Lo que estaba buscando era una atmósfera cálida y sosegada, con total ausencia de vientos del este y del norte; un refugio soleado. Las respuestas a sus preguntas fueron lo suficientemente satisfactorias como para permitir una inspección de la casa, y de inmediato los cuatro iniciamos el recorrido.

—Adelántate, querida Peggy, con el señor Verrall —le dijo el señor Jameson a su hija—, y deja que os siga a un ritmo más sosegado en compañía de este caballero, si es que él se ofrece gentilmente a escoltarme. De ese modo podremos contrastar diferentes impresiones.

Se me ocurrió que querría hacer nuevas preguntas sobre la casa, y que preferiría recibir la información de alguien que no fuese el dueño pero que conociera la casa sin estar ligado al negocio que suponía alquilarla. Y de nuevo esperé oír preguntas sobre el fantasma. Pero lo que llegó me sorprendió muchísimo más. Esperó, evidentemente a propósito, hasta que la otra pareja se encontrase a cierta distancia, y entonces se volvió hacia mí.

—Verá, me ha ocurrido algo extraordinario —dijo—. Nunca había visto esta casa antes, y sin embargo la conozco íntimamente. Tan pronto como llegamos a la puerta de entrada supe cómo iba a ser esta habitación, y puedo decirle qué es lo que vamos a encontrar cuando sigamos a los otros. Al final de ese pasillo por el que acaban de internarse hay dos habitaciones; una de ellas da a una pista de petanca que hay detrás de la casa, y la otra a un sendero que pasa junto a la ventana y desde el cual se puede observar el interior de la habitación. Desde allí, una ancha escalera asciende en dos pequeños tramos hasta el primer piso, donde en su parte trasera encontraremos varios dormitorios y en la delantera una habitación alargada con muchas ventanas y muchos cuadros. Más allá hay otros dos dormitorios y un cuarto de baño entre ellos. Una pequeña escalera, bastante oscura, asciende desde allí hasta el segundo piso. ¿Es correcto?
—Completamente —respondí.
—No piense que he soñado todo esto —dijo—. Son cosas que estaban en mi subconsciente, no como un sueño, sino como recuerdos reales, como algo que he sabido durante toda mi vida. Y todo va acompañado en mi mente de un sentimiento de hostilidad. También puedo decirle que hace unos doscientos años uno de mis antepasados directos desposó a la hija de Francis Garth y adoptó sus armas. A este lugar se le llama la casa de los Garth. ¿Es que vivió dicha familia aquí en alguna ocasión, o tal vez la casa ha adoptado el nombre del pueblo?
—Francis Garth fue el último de los Garth que vivió aquí —dije—. Apostó la casa y la perdió ante un antepasado directo del actual propietario. Su nombre también era Hugh Verrall.
Por un instante me dirigió una mirada confusa que otorgó a su semblante una expresión aguda y malévola.
—¿Qué significa todo esto? —dijo—. ¿Estamos soñando o estamos despiertos? Hay otra cosa que quisiera preguntarle. He oído... podrían ser meros cotilleos... pero he oído que la casa estaba encantada. ¿Puede contarme algo al respecto? ¿Ha visto alguna vez algo que así lo sugiriera? Digamos, un fantasma, aunque yo particularmente no creo en la existencia de algo semejante. ¿Ha visto alguna vez una aparición inexplicable?
—Sí, bastante a menudo —respondí.
—¿Y podría preguntarle de qué se trataba?
—Por supuesto. Era la aparición del hombre del cual estábamos hablando. Al menos la primera vez que le vi pude reconocerle como el fantasma, si me permite emplear la expresión, de Francis Garth, cuyo retrato cuelga en la galería que tan correctamente ha descrito.
Dudé un momento, preguntándome si no debería decirle que no sólo había reconocido la aparición a partir del retrato, sino que además le había reconocido a él a partir de la aparición. Él percibió mis dudas.
—Hay algo más —dijo.
Por fin me decidí.
—Sí, hay algo más —afirmé—, pero creo que sería mejor si viera usted el retrato con sus propios ojos. Probablemente podrá revelarle de una manera más directa y convincente de qué se trata.
Subimos las escaleras que había descrito sin pasar antes por las otras habitaciones de la planta baja, desde las que nos llegaban las voces de Hugh y de su acompañante. No tuve que señalarle al señor Jameson el retrato de Francis Garth, ya que se dirigió directamente a él para contemplarlo en silencio durante largo rato. Después se volvió hacia mí.
—De modo que debería ser yo el que le hablara a usted del fantasma dijo—, en vez de ser usted el que me hable a mí de él.
En aquel preciso momento se nos unieron los otros, y la señorita Jameson se abalanzó sobre su padre.
—Oh, papá, es la casa más maravillosa que he visto en mi vida —dijo—. Si tú no la alquilas lo haré yo.
—Échale un vistazo a mi retrato, Peggy —dijo él.
Después de esto cambiamos de parejas, y la señorita Peggy y yo paseamos por los alrededores de la casa mientras los otros permanecían en el interior. Ella se detuvo frente a la puerta principal para mirar el gablete.
—Esas armas —dijo— son difíciles de distinguir, y supongo que deben de ser las del señor Verral, pero son sorprendentemente parecidas a las que adornan el escudo de mi padre.
Tras el almuerzo, Hugh y su posible inquilino mantuvieron una charla privada, concluida la cual los visitantes se marcharon.
—Está prácticamente acordado —dijo cuando regresó al recibidor tras haberlos despedido—. El señor Jameson quiere alquilar la casa durante un año con opción a renovación. ¿Qué te ha parecido todo esto?

Examinamos la situación a lo largo y a lo ancho, de arriba abajo y de abajo arriba, y una teoría tras otra todas fueron descartadas, ya que aunque algunas piezas parecían encajar, las demás no se ajustaban a ellas. Finalmente, tras horas de charla, acabamos por encontrar, pese a lo poco creíble del asunto, una explicación razonable, la cual, aunque podría no satisfacer al lector, parece abarcar todos los hechos y presentar lo que quizá podría definir como una uniforme pátina de inexplicabilidad. Por lo tanto, para empezar por el principio, y resumiendo los hechos: Francis Garth, desposeído de manera presumiblemente fraudulenta de su finca, maldijo a los nuevos propietarios para recorrer aparentemente los pasillos de la casa después de muerto. Después sobrevino un largo intervalo en el que nada se supo del fantasmal huésped, pero el encantamiento se reanudó la primera vez que yo estuve en la casa acompañando a Hugh. Finalmente, aquel mismo día, había llegado a la casa un descendiente directo de Francis Garth, que además de ser la viva imagen de la aparición que tan a menudo habíamos visto era también idéntico al retrato del mismísimo Francis Garth. Ya antes de que el señor Jameson entrara en la casa estaba familiarizado con ella y sabía lo que contenía: sus escaleras, sus dormitorios, sus pasillos... y recordaba haber estado allí, a menudo con hostilidad en su alma; la misma hostilidad que habíamos visto reflejada en el rostro de la aparición. ¿Por qué no íbamos a ver (y aquí llega la teoría que tan lentamente se había impuesto) en Francis Jameson una reencarnación de Francis Garth, purgada, por decirlo de alguna manera, de su antigua hostilidad, y de regreso en la casa en la que había vivido hacía doscientos años para volver a encontrar un hogar? Ciertamente, desde aquel día ninguna aparición, hostil o malévola, ha vuelto a mirar a través de sus ventanas o a caminar sobre su pista de petanca.

Finalmente tampoco puedo dejar de ver una correspondencia entre lo que ocurrió entonces y lo ocurrido en los tiempos de la reina Ana, cuando Hugh Verrall tomó posesión de la hacienda; muchos podrían ver este suceso como la otra cara de la moneda, ya que el último Hugh Verrall, negándose a abandonar el lugar por causas que ahora serán puestas de manifiesto, se estableció, al igual que lo había hecho su ancestro, en una casa del pueblo, desde la que acudió a menudo a visitar la casa en la que había nacido, la cual volvía a pertenecer a la familia que la poseía cuando sus antepasados llegaron allí. También veo una correspondencia, que a buen seguro Hugh sería el último en pasar por alto, en el hecho de que Francis Jameson, al igual que Francis Garth, también tenía una hija. En este punto, sin embargo, me complace decir que esa estricta correspondencia se ha roto abruptamente, ya que mientras al primer Hugh Verral le falló la suerte cuando decidió cortejar a la hija de Francis Garth, el segundo Hugh Verral ha gozado de mucha más fortuna en su propósito. De hecho, acabo de regresar de su boda.