miércoles, 25 de enero de 2017

La puerta del infierno. Washington Irving (1783-1859)

A unos diez kilómetros de la célebre ciudad de Manhattoes, en aquel brazo de mar que queda entre el continente y Nassau o Long Island, se encuentra una angostura donde la corriente queda violentamente comprimida entre los promontorios que se proyectan hacia el mar y las rocas que forman numerosos peñascales. En el mejor de los casos, por ser una corriente violenta e impetuosa, ataca estos obstáculos con poderosa rabia: hirviendo en torbellinos con ruido ensordecedor y deshaciéndose en olas; rabiando y rugiendo en fuerte oleaje; en una palabra, cayendo en un paroxismo equivocado. En esas ocasiones, ¡ay de la desgraciada embarcación que se aventurase entre sus garras!

Sin embargo, este humor malvado prevalece en ciertos momentos de la marea. Cuando el agua está baja, por ejemplo, es tan pacífico que da gusto verlo; pero tan pronto sube aquélla, empieza a enojarse; a media marca ruje potentemente, como un marinero que pide más alcohol, y cuando la marea ha llegado a su altura máxima, duerme tan tranquilamente como un alcalde después de la comida. Puede comparársele con una persona dada a la bebida que se comporta pacíficamente mientras no bebe o no ha tomado todavía lo suficiente, pero que se parece al mismo diablo cuando ha terminado el viaje.

Este pequeño estrecho, tan poderoso, tan gritón, tan bebedor, capaz de sacar a uno de sus casillas, era un lugar de gran peligro para los antiguos navegantes holandeses, puesto que sacudía sus barcas en forma de bañera, deteniéndolas en remolinos capaces de marear a cualquiera que no fuera un holandés, o, lo que ocurría con frecuencia, colocándolas sobre rocas y restingas. Es lo que hizo con la célebre escuadra de Oloffre «El Soñador», cuando buscaba un lugar para fundar la ciudad de Manhattoes, con lo que, de puro avergonzados, decidieron llamar al lugar Helle-Gat (Puerta del Infierno), encomendándolo solemnemente al diablo. Desde entonces esa denominación ha pasado al inglés con el nombre correcto de Hell-Gate, que significa lo mismo, aunque algunos, que no saben inglés ni holandés, lo traducen por Hurl-Gate (Puerta o estrecho de los rizos). ¡Que San Nicolás los confunda!

En mi niñez el estrecho de Hell-Gate era un lugar que nos infundía mucho miedo, y en el cual emprendíamos peligrosas aventuras, pues tengo algo de marinero. En esos pequeños mares corrí más de una vez el riesgo de naufragar y ahogarme, en el curso de ciertos viajes a los cuales era muy aficionado, junto con otros chiquillos holandeses.

En parte por el nombre y en parte por diferentes circunstancias que se relacionaban con el lugar, éste tenía para los ojos de mis compañeros y los míos, quizá porque íbamos por allí cuando faltábamos a la escuela, un aspecto más terrorífico que el que presentaba Escila y Caribdis de los tiempos de Maricastaña.

En medio del estrecho, cerca de un grupo de rocas llamadas Las Gallinas y Los Pollos, se encontraba el casco de una embarcación que, atrapada por los remolinos, había encallado allí. Se contaba una terrible historia, según la cual era el resto de una embarcación pirata que se había dedicado a sangrientas empresas. No puedo recordar ahora en sus detalles ese relato que nos inducía a considerarla con gran terror, y mantenernos alejados de ella durante nuestras excursiones.

El desolado aspecto del casco abandonado y el terrible lugar donde acababa de pudrirse, eran suficientes para provocar las más extrañas ideas. Una parte del maderamen ennegrecido por el tiempo destacábase por encima de la superficie del agua en la alta marea; en la baja, quedaba al aire libre una parte considerable del casco mostrando el maderamen que carecía de las planchas de unión, pero que estaba cubierto de algas, por lo que parecía el esqueleto de algún monstruo marino. Todavía se mantenía erguido un pedazo de alguno de los mástiles, del cual colgaban algunas vergas y motones, que bailaban zamarreados por el viento, haciendo un ruido al que acompañaban los albatros, que giraban y gritaban alrededor del melancólico esqueleto. Tengo un vago recuerdo de un cuento, relatado por marineros, acerca de fantasmas que aparecían de noche en el casco, con el cráneo desnudo y fosforescencias azules en sus órbitas, pero he olvidado todos los detalles.

De hecho, toda esta región, como el estrecho ya citado de los tiempos de Maricastaña, era un lugar de fábula y encantamiento para mí. Desde el Estrecho hasta Manhattoes, las costas de aquel brazo de mar eran sumamente irregulares, llenas de rocas, entre las cuales crecían los árboles, que le daban un aspecto desolado y romántico. Durante mi niñez se relataban numerosas tradiciones acerca de piratas, fantasmas, contrabandistas y dinero enterrado, todo lo cual tenía un efecto maravilloso sobre las jóvenes mentes de mis compañeros y la mía propia.

Cuando llegué a la edad madura, efectué diligentes investigaciones acerca de la veracidad de estos extraños relatos, pues siempre he tenido mucha curiosidad por averiguar el fundamento de las valiosas aunque obscuras tradiciones de la provincia donde nací. Encontré infinitas dificultades para llegar a cualquier dato preciso. Es increíble el número de fábulas que hallé al tratar de establecer la verdad de un solo hecho. Nada diré de las Piedras del Diablo -sobre las cuales el archienemigo del género humano se retiró desde Connecticut hasta Long Island, a través del estrecho- en vista de que esta materia será tratada como merece por un contemporáneo con cuya amistad me honro, historiador al cual he suministrado todos los detalles. Tampoco diré nada del hombre negro con el sombrero de tres picos, sentado al timón de un bote y que aparecía en Hell-Gate durante el tiempo tormentoso; se llamaba el spooke; se dice que el gobernador Stuyvesaent disparó una vez con una bala de plata. Nada puedo opinar sobre esto por no haber encontrado ninguna persona de confianza que afirmase haberlo visto, a no ser la viuda de Manus Conklen, el herrero de Frogasnesk, pero la pobre mujer era un poco cegatona, por lo que es probable que se equivocara, aunque decían que en la obscuridad veía más lejos que la mayoría de la gente.

Sin embargo, todo esto era muy poco satisfactorio en lo que respecta a la leyenda de piratas y sus tesoros enterrados, acerca de lo cual yo tenía la mayor curiosidad. Lo que sigue, es lo único que he podido oír y que tiene ciertos visos de autenticidad.

La puerta tapiada. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

I.
En las orillas solitarias de un lago del Norte se ven todavía las ruinas de una antigua finca que lleva el nombre de R... Unos áridos brezales la rodean por entero; cierran el horizonte por uno de sus lados las aguas tranquilas y profundas, y por el otro un bosque de pinos que cuentan siglos remeda en medio de la niebla unos brazos negros de espectros. Un cielo siempre enlutado cobija como únicos moradores unos pájaros de fúnebre aspecto. A un cuarto de hora del camino, cambia de pronto la decoración: surge una aldea risueña en medio de unos prados salpicados de flores; y en un extremo de esta aldea, no lejos de la mancha verde de un bosque de alisos los vecinos señalan al viajero los cimientos de un castillo que uno de los señores de R... proyectaba levantar en aquel oasis la naturaleza pródiga. Quizá poco dispuesto a compartir con los mochuelos el caserón familiar, el barón Roderich de R... no se preocupó de continuar la construcción de la mansión de recreo comenzada por sus antecesores. Se había limitado a llevar a cabo alguna reparación en los puntos más castigados, para encastillarse en la antigua finca con un grupo de servidores, no menos taciturnos que él, y mataba el tiempo recorriendo a caballo las orillas del lago; raramente se le veía en la aldea de sus vasallos, de manera que su nombre había pasado a ser una especie de «coco» para asustar a los chicos. Había mandado disponer por encima de la atalaya, una especie de azotea provista con todo el instrumental de astronomía conocido hasta aquella fecha, y allí se pasaba a veces días y noches enteros, en compañía de un intendente, que compartía todas sus extravagancias.

En la comarca le atribuían extensos conocimientos en artes mágicas, y algunos llegaban a afirmar que le habían expulsado de Curlandia por haberse permitido sin reboso tener relaciones ilícitas con el espíritu maligno. Sentía Roderich por el caserón de los suyos un afecto supersticioso; para restablecer su importancia feudal se decidió a erigirlo en mayorazgo. Pero, ni si hijo Huberto, ni el actual poseedor de la primogenitura, que se llamaba Roderich como su abuelo, compartían las ideas de su pariente y habían arraigado en sus dominios de Curlandia, donde la vida era más llevadera y no tan sombría. El barón Roderirch daba hospitalidad a dos hermanas de su padre, venerables ruinas de la más rancia nobleza. Las cocinas ocupaban la planta baja; una especie de palomar destartalado daba abrigo a un montero casi inválido, que hacía las veces de guardián, y los servidores restantes habitaban en la aldea con el señor intendente. Todos los años, a fines de otoño, el castillo salía del silencio lúgubre que pesaba sobre él como una mortaja, y vibraban los viejos muros al ladrido de las jaurías. Las amistades del barón Roderich festejaban alegremente las cacerías en que se les ponían a tiro lobos y jabalíes. Hasta seis semanas se prolongaban las partidas, y durante este tiempo el mayorazgo se convertía en posada pródiga para todos. De ningún modo descuidaba el Barón su señorío y asesorado por el abogado V... administraba justicia a sus vasallos. De generación en generación, la misma familia se había encargado de los asuntos legales de R...

En el año 179..., el digno abogado, cuya cabeza entrecana contaba ya más de sesenta inviernos, me dijo un día con una sonrisa sutilmente irónica: —Primo— yo era sobrino segundo del abogado, pero me llamaba primo por el hecho de llevar ambos el mismo nombre de pila—, me siento tentado a llevarte a R... El viento Norte, el grato frescor de las aguas y las heladas tempranas comunicarán a tus órganos algo del vigor que necesitas para consolidar tu salud. Allá podrás prestarme más de un servicio en la redacción de las actas que van amontonándose, y tendrás para distraerte los cotos de caza—. Sabe Dios cómo me llenó de júbilo la proposición de mi tío-abuelo. Al día siguiente corríamos en una berlina, bien equipados, y con buenos abrigos de pieles, a través de una comarca cuyo carácter agreste se acentuaba cuanto más nos acercábamos al lado Norte, entre nieves y bosques de pinos interminables. Para hacerme el viaje más agradable, mi tío me contaba anécdotas de la vida del barón Roderich —el fundador del mayorazgo—. Sirviéndose de pintorescas figuras, me ponía en el secreto de los hábitos y de las aventuras del viejo señor de R... y se lamentaba de que ese gusto por la vida agreste llegara a absorber toda la inteligencia del heredero actual, un joven que era antes de carácter más bien amable, y de naturaleza enclenque. Me manifestó, por lo demás, que me encontraría muy a mis anchas en el castillo, y acabó describiendo las habitaciones a ambos destinadas, que daban por un lado a la antigua sala de las audiencias de los señores del castillo y por el otro a la habitación de las dos damas a que antes me he referido.

Era ya noche cerrada cuando llegamos al territorio de R... La aldea estaba de fiesta; resonaba la música en la casa del intendente, iluminada de arriba abajo, y la única posada rebosaba de gozosos convidados. Y volvimos a emprender el viaje por la carretera ya casi intransitable a causa de la nieve que la cubría. Un cierzo helado rizaba las aguas del lago y hacía crujir el ramaje de los pinos con ruido siniestro y la silueta del caserón, con los rastrillos echados, se recortaba en negro en medio de una especie de mar de niebla. Reinaba en el interior un silencio de muerte y no asomaba ni un rayo de luz a las ventanas, que más bien parecían troneras.

—¡Ea! ¡Franz! ¡Franz!—gritaba mi tío-abuelo—. ¡Levántate! Nos cae encima la nieve y nos iría muy bien un buen fuego—. Un perro guardián fue el primero en responder a nuestra llamada, y hasta al cabo de un rato no se oyó ningún indicio de vida humana en el interior; los reflejos de una antorcha agitaron las sombras, rechinaron pesadamente en la cerradura unas toscas llaves, y el viejo Franz nos dirigió un: —¡Buenas noches, señor letrado! ¡Bienvenido!... Pero, ¡qué tiempo del demonio!—. Con una mala librea, que parecía bailar sobre su cuerpo mísero, mal calzado, nos daba la bienvenida una figura de las más cómicas. Impresa en sus arrugadas facciones se veía una sumisión embobada, y su oficioso recibimiento llegaba casi a hacer olvidar su fealdad—. Mi digno señor —dijo—, nada tenemos a punto para recibir a usted; hiela en los cuartos, no están puestas las camas y, además, el viento hace sonar sus esquilas de Levante a Poniente a través de los cristales rotos. Ni con la lumbre encendida se puede soportar—. Y tú viejo pícaro —exclamó mi tío, sacudiendo la nieve de su abrigo de pieles—, ¿no podrías, ya que eres el guardián de esta casa, velar por la reparación de lo que esté averiado? Dices, tan desenvuelto, que mi cuarto está inhabitable— Casi, casi —respondió Franz, haciendo una reverencia hasta el suelo en correspondencia a mi estornudo—. El cuarto del señor abogado se encuentra a estas horas sembrado de escombros. Hace tres días que se hundió el pavimento de la sala de audiencias a consecuencia de una sacudida imponente—. Mi tío se disponía a lanzar una exclamación de asombro, pero se refrenó y volviéndose a mí y calándose más hondo el casquete de piel de zorro: —Primo —me dijo—, veremos de arreglarnos como se pueda. En principio, procuremos evitar las preguntas que se refieran a este maldito castillo, porque serían capaces de innovarnos cosas mil veces más desesperadoras. Veamos —insistió dirigiéndose a Franz—. ¿No podrá habilitarnos otro cuarto? —Nos hemos adelantado a lo que el señor pide —replicó con vivacidad el viejo servidor; y abriendo él la marcha, nos llevó, por una escalerilla de caracol a una larga galería, iluminada por una sola antorcha que prestaba formas fantásticas a los objetos más comunes. Al llegar al cabo de la galería, que se ramificaba en múltiples ángulos, nos guió a través de varias salas, húmedas, sin un mueble, y abriendo una última puerta nos introdujo en un salón, en cuya chimenea ardía un generoso fuego. La vista de las llamas me confortaba, y mi tío paseaba alrededor una mirada en la que se agitaba algo inquietante. —¿Es ésta la sala que en lo sucesivo ha de servir para las recepciones?—. Franz adelantó unos pasos hacia uno de los ángulos del salón, y a la luz de la antorcha que llevaba, distinguí sobre la pared un rastro blanco, alto y ancho, que por sus proporciones parecía una puerta tapiada.

Luego Franz se afanó en preparar lo que necesitábamos. Puso la mesa, muy diligente, y después de una cena reparadora, mi tío preparó un ponche caliente que bebido hasta la última gota había de proporcionarnos un largo y reposado sueño. Franz, una vez terminado su servicio se retiró discretamente. La luz de dos velas y las llamas que se extinguían en la chimenea prodigaban los más caprichosos reflejos en la decoración gótica de la sala. Adornaban las paredes unos cuadros que representaban cacerías o escenas de guerra, y los parpadeos de las llamas parecían dar movimiento de vida a los personajes de aquellos cuadros. Noté unos retratos de familia, de tamaño natural, que seguramente perpetuaban los rasgos de los miembros más significados de la estirpe de los señores feudales de R... Las viejas arcas y arquimesas adosadas a las paredes, que los años habían patinado, daban todavía más carácter a la mancha blanca cuyo aspecto me había sorprendido. Sencillamente, supuse que había existido allí una puerta de comunicación, que más tarde había sido tapiada, sin que cuidara nadie de disimular aquella labor de albañil echando encima una capa de pintura que correspondiera con el decorado de la sala. Bastante ocupada estaba mi imaginación, y más que la realidad vivía unos sueños heterogéneos. Poblaba el castillo de apariciones por encima de lo natural, creándome un ambiente de miedo. Hasta que la casualidad o la oportunidad quisieron que, echando mano a mi bolsillo, diera con un libro que era en aquel entonces el inseparable de la juventud —me refiero al «Visionario»—. Esta lectura estimuló con creces la actividad de mi imaginación. Engolfado en un medio alucinante motivado por las escenas que en la lectura pasaban por mis ojos, me pareció oír unos pasos ágiles, que atravesaban la sala. Azuzando el oído percibo un sordo gemido, que cesa de pronto, para volverse a oír inmediatamente. Diríase que alguien escarba en el muro detrás de la mancha blanca parecida a una puerta tapiada. No hay duda, allí detrás está encerrado algún mísero viviente. Voy a golpear el suelo con el pie y cesará el ruido o bien el cautivo dará señales de vida... ¡Oh, terror! No cesan de escarbar con verdadera furia... Aparte de este ruido, todo permanece en silencio, la sangre parece helarse en mis venas y me asedian las ideas más incoherentes. Estoy como clavado en la silla —no me atrevo a moverme— cuando la garra misteriosa deja por fin de escarbar y vuelven a oírse los pasos. Me levanto, como impulsado por un resorte, y sin más luz que la de una antorcha a punto de extinguirse, ando hacia el extremo de la habitación. De pronto siento una corriente de aire helado en las mejillas, y en el mismo instante asoma la Luna por detrás de la nube, y veo iluminarse temblorosamente el retrato de un hombre en pie, de cara repulsiva, y me rodean unas voces, que no son como las de la tierra, murmurando estas palabras muy parecidas al sollozo:

—¡No adelantes un paso más! ¡Vas a caer en el abismo del mundo invisible! La sala se estremece con el ruido de una puerta que se cierra con violencia y oigo unos pasos que corren a lo largo de la galería, y luego, abajo, las herraduras de unos caballos que hieren las baldosas del patio. Se ha levantado el rastrillo... Sale alguien, y a poco vuelve a entrar... ¿Es realidad o un sueño de mi espíritu en delirio? Mientras estoy bregando con mis dudas, oigo a mi tío que suspira en el cuarto inmediato. ¿Se habrá despertado? Con el candelabro en la mano entro en su cuarto. Estaba revolviéndose contra la congoja de un sueño cruel; le estrecho la mano para que despierte, y da un grito ahogado, pero me reconoce en seguida. —Gracias, primo —me dice—. Tenía una terrible pesadilla, en la que figuraba este aposento mezclado a unos viejos sucesos que en él he vivido. Pero, ¡bah!... Volveré a probar si me duermo, y será mejor—. Con estas palabras se arropó bien, se subió el embozo hasta cubrirse la cara, y en efecto me pareció que conciliaba nuevamente el sueño. Pero, apenas hube apagado las candelas y me hube vuelto a mi exigua cama, oí que mi digno tío murmuraba en voz baja unas plegarias, y maquinalmente hice como él.

Al día siguiente nos levantamos muy temprano y entramos en funciones. Hacia el mediodía nos hicimos anunciar a las dos damas. La antesala fue larga. Una anciana jorobada con un vestido de seda de color de hoja seca nos acompañó a sus habitaciones. Las dos castellanas que vestían a la moda de antaño, me miraban con un pasmo tan cómico que estuve a punto de echarme a reír en sus barbas; pero mi tío se apresuró a decirles con su jovialidad habitual que yo era un joven versado en Leyes que estaría de temporada en R... La faz de aquellas dos antiguallas femeninas se alargó de tal modo que hacía sospechar que no confiaban mucho en mi porvenir profesional. En resumen la visita no me satisfizo gran cosa. Agitado por los incidentes que me habían ocurrido en la noche anterior, creía recordar a una bruja disfrazada de oropeles, como los que daban a las damas de R... un aspecto de gonfalones. Sus figuras, macilentas, sus, ojillos bordeados de un rojo de sangre, su nariz puntiaguda y su acento gangoso, únicamente podían pertenecer lógicamente a unos seres escapados de otro mundo. Llegó el ocaso de esta primera jornada. Sentados ambos en el cuarto de mi pariente, con las piernas cruzadas, y calentándonos los pies al amor de la lumbre, me preguntó mi tío, el excelente abogado: —¿Qué diablo te tiene embrujado desde ayer? No te apetecen ni comida ni bebida, y pones una cara que pareces un sepulturero...—. Me creí en el deber de confesarle lo que causaba mi malestar. A medida que le hablaba, la seriedad de su rostro iba en aumento—. ¡Qué rareza! —me dijo—. Todo lo que me estás contando lo he visto yo en sueños la noche pasada. He visto un inquietante fantasma que entraba en tu cuarto, que se arrastraba hasta la puerta tapiada, y que rascaba en ella con tal furor que sus dedos quedaban desgarrados; y luego bajó al patio, mandó ensillar un caballo de la cuadra, y lo volvió al establo al poco rato. Hasta que no volví en mí no logré vencer el íntimo horror que nace hasta de los más insignificantes tratos con el mundo invisible—. No me atrevía a hacer ciertas preguntas al anciano. Y él me dijo: —¿Tendrás bastante valor para esperar a mi lado, con los ojos abiertos, la próxima visita del fantasma?—. Sin vacilar acepté la idea—. Pues, bien, aguardemos la noche —concluyó—. Tengo fe en la buena intención que me impulsa a luchar contra el genio adverso a este castillo. Sea cual fuere el éxito de mi propósito quiero que participes tú también de lo que pueda acontecer para que des testimonio de ello, y espero con la ayuda de Dios quebrantar el hechizo que mantiene alejados de esta finca a los herederos de R... Si sucumbiera en la empresa me quedará, por lo menos, la satisfacción de inmolarme a esta buena intención. Y en cuanto a ti, primo mío, ningún peligro te amenaza en lo que suceda. El espíritu del mal no podrá nada contra ti.

Franz nos atendió como el día anterior. Nos regaló con una cena excelente y un buen jarro de ponche, y se retiró luego. Una vez solos vimos en el cielo la luna llena en todo su esplendor; oíamos silbar el viento en torbellinos por encima de los bosques, y de minuto en minuto las vidrieras parecían dar quejas removidas en sus marcos de plomo. Mi tío había puesto sobre la mesa su reloj de repetición. Al dar las doce... la puerta se abrió con estrépito, y volvieron a oírse los pasos que rozaban el pavimento, como la noche anterior. Mi tío palideció, pero, sin ceder a la flaqueza, se levantó y se volvió hacia el lado de donde procedía el ruido, con el brazo izquierdo apoyado en la cadera, y extendiendo la mano derecha en actitud heroica. Al roce de los pasos se mezclaban ahora unos sollozos, y luego se oyó rascar con fuerza contra la puerta tapiada. Mi tío se adelantó y llamó en voz alta: —¡Daniel! ¡Daniel! ¿Qué haces a estas horas?—. Respondió a la llamada un gran lamento, seguido de la caída de un cuerpo pesado—. ¡Pide gracia al pie del trono de Dios! —exclamó mi tío con un acento cada vez más animado—. Y si el Señor no te perdona sal de estos lugares donde no hay sitio para ti.

Hubiera dicho que un gemido prolongado se perdía afuera mezclándose a los murmullos del viento. Mi tío volvió pausadamente a su sillón cerca de la lumbre. Tenía un no sé qué de iluminado, con los ojos centelleantes como ascuas, y con las manos juntas y la mirada puesta en alto, parecía orar. Después de un breve silencio me dijo: —Ea, primo, ¿qué te parece de todo lo que va sucediendo?—. Dominado por el terror y el respeto, me arrodillé ante el anciano y cubrí sus manos de lágrimas. Me dio un fuerte abrazo y añadió: —Ahora a descansar. Se ha restablecido la calma—. Y tenía razón; nada más turbó las noches, y en los días que siguieron conseguí volver a experimentar lo que es la franca alegría en la cual más de una vez pagaban la fiesta las ancianas baronesas con sus ridiculeces, si bien, por lo demás, eran bastante buenas personas.

A poco de instalarnos en R... llegó nada menos que el mismo barón Roderich acompañado de su esposa, y llegó con ellos la servidumbre precisa para la época de las cacerías. Acudieron en gran número los invitados y el castillo parecía adquirir una fisonomía festiva, muy diferente de sus trazas en el resto del año. El Barón vino a saludamos, contrariado al parecer en los primeros momentos a causa del cambio de cuarto a que hubiera de verse obligado el señor abogado de V. Al poner los ojos en la puerta tapiada su semblante se puso sombrío y se pasó la mano por la frente como para ahuyentar un penoso recuerdo. Increpó severamente al pobre Franz porque nos había destinado unas habitaciones tan destartaladas, y rogó a mi tío que mandara y dispusiera de todo el castillo, como si estuviera en su casa. Me di cuenta de que los modales del Barón para con su abogado no solamente eran muy corteses, sino que iban entreverados de señales de un respeto casi filial, que podía hacer suponer entre ambos relaciones más íntimas que las que apreciaba la gente. A mí no alcanzaban esas demostraciones de cordialidad; el Barón me trataba con creciente altanería, y estoy seguro que, a no ser por la intervención tutelar de mi pariente, nuestro desacuerdo se habría traducido en alguna escena de acrimonia, y aún de violencia.

La esposa del barón Roderich de R... me había causado desde buen principio una impresión que no dejaba de contribuir a que yo soportara con paciencia las asperezas del castellano. Serafina resultaba un delicioso contraste con sus dos ancianas parientas, que ya empezaban a acabarme la paciencia. Su belleza, realzada por todas las seducciones propias de la juventud tenía un sello de idealidad sorprendente. Me pareció un ángel de luz, más poderoso que cualquier exorcismo para echar fuera a los genios malignos que rondaban el castillo. La primera vez que la adorable criatura tuvo a bien dirigirme la palabra fue para preguntarme cómo me iba la sombría soledad de R... Me sobrecogieron de tal manera el encanto de su voz y la celeste melancolía de sus ojos de ensueño, que no hallé más respuesta que unos monosílabos incoherentes. Debí parecerle el más tímido y el más torpe de los adolescentes. Las viejas tías, convencidas de mis cortos alcances, se propusieron encomendarme a las bondades de la dama; lo hicieron con una oficiosidad tan cargada de orgullo, que no pude menos que dedicarles algunos cumplidos que rayaban en sarcasmo. Desde aquel día vino a unirse a la pena que me hacía sentir mi posición de inferioridad, el calor de una pasión; por muy convencido que estuviera de la locura de un sentimiento tal, me era imposible resistirle y pronto se convirtió en una especie de delirio. Durante mis largos insomnios llamaba a Serafina en los transportes de la desesperación. Una noche mi tío despertó sobresaltado al oír mis monólogos extravagantes. —Primo, ¿has perdido el seso? Si te agrada tienes el día para sentirte enamorado —me gritó desde su cama—. La noche es para dormir—. Lo que yo temía era que mi tío hubiera oído el nombre de Serafina escapar de mis labios, y que me echara una seria reprimenda; pero su conducta en el caso fue de lo más reservado y discreto. Al día siguiente, cuando entramos en la sala donde estaban reunidos todos para la audiencia de justicia, dijo en voz alta: —Quisiera Dios que todos y cada uno sepan velar con prudencia sobre sí mismos—. Y, como yo me sentara a su lado, se inclinó hacia mí y añadió: —Primo, procura escribir sin que se turbe el pulso para que yo pueda descifrar, sin estropearme la vista, tus garrapatos judiciales.

Mi tío se sentaba a la mesa a la derecha de la bella Baronesa, y no dejaba de despertar celos en algunos esta preferencia. Yo, según se presentara la oportunidad, iba de un lado a otro entre el cuadro de convidados, que solía componerse de oficiales, de la guarnición vecina, que nos ponían a prueba en las proezas de la bebida y de la charla. Durante una cena, la casualidad me acercó a Serafina, de la que siempre me había mantenido a distancia; yo acababa de ofrecer el brazo a su dama de compañía para pasar al comedor, cuando al volvernos para los saludos de rúbrica me di cuenta, con grato sobresalto, de que estaba cerca de la Baronesa. Con una dulce mirada me permitió que me sentara a su lado, y durante la cena, que dejé casi intacta, entré únicamente en conversación con la dama de compañía, pero todo lo que se me ocurría de delicado y de amable se dirigía a la Baronesa y a ella iban también mis miradas. Después de la cena, al hacer Serafina los honores de la sala, se acercó a mí, y como el primer día, con la misma graciosa afabilidad, me preguntó si la estancia en el castillo me era agradable. Respondíle, lo mejor que supe, que al principio aquel agreste lugar me había parecido más bien enojoso, pero el aspecto había cambiado desde la llegada del señor Barón; y que, si valía mi voto, únicamente suplicaría que se me excusara de tomar parte en las partidas de caza. —Creo haber oído decir —observó la Baronesa— que es usted músico y que escribe versos. A mí las artes me agradan con pasión y he logrado algún resultado en el arpa; pero es un placer del que me veo privada porque a mi marido le desagrada la música—. Me apresuré a replicar que la señora Baronesa podría permitirse el gusto de dedicarse a la música durante las largas partidas de caza de su marido. Era imposible que entre el mobiliario del castillo no se escondiera algún instrumento de música. No le valió a la señorita Adelaida, la dama de compañía, jurar que nadie recordaba que jamás hubiera resonado en R... otra música que la de los cuernos de caza y los ladridos de las jaurías. Yo insistía en mi idea cuando acertó a pasar Franz. —He aquí el último hombre, que yo sepa —exclamó la señorita Adelaida—, capaz de dar una solución atinada a los asuntos más embarazosos; desafío a quien le haga pronunciar la palabra: «imposible»—. Le llamamos. El bonachón de Franz, después de haber dado mil vueltas entre los dedos a su gorro, acabó por recordar que la esposa del señor Intendente, que vivía en la aldea vecina, tenía un clave con el que en otro tiempo se acompañaba para cantar con acento tan patético que al oírla no había quien no llorara como si se hubiera frotado los ojos con una corteza de cebolla. —¡Un clave! ¡Tendremos un clave! —exclamó la señorita Adelaida—. Sí —dijo Franz—, pero sufrió un percance; el organista de la aldea quiso ensayar en él un cántico de su composición y dislocó el instrumento... —¡Dios mío! —exclamaron a una voz la Baronesa y su dama—. De manera —continuó Franz— que fue preciso llevar el clave a la ciudad para componerlo—. ¿Pero, no estará ya reparado? —le interrumpió con viveza la señorita Adelaida—. Sin duda, noble señorita —replicó Franz—, y la esposa del señor Intendente se verá muy honrada, encantada—. En este momento el Barón se paraba delante del grupo, y pasó luego adelante, mientras decía a su esposa: —¿Qué hay, querida? Parece ser que el viejo Franz no desmiente su fama de hombre de recursos—. La Baronesa no halló respuesta y Franz permanecía como clavado en el suelo con los brazos caídos. Las viejas tías llegaron poco después y se llevaron a Serafina; la señorita Adelaida las siguió, y yo no me moví del sitio, soñando en la feliz casualidad que me había deparado una conversación tan grata, y renegando del barón Roderich, a quien sólo podía concebir como a un tirano brutal, indigno de una mujer tan admirable. Allí me hubiera quedado plantado a no ser por mi tío, que me buscaba hacía un rato y me dijo, golpeándome la espalda, con su bondadosa voz y en todo amistoso: —Primo, primo, no te manifiestes tan asiduo cerca de la Baronesa. Deja para los insensatos que no tienen en qué ocuparse la peligrosa profesión de suspirante—. Yo le hice un largo discurso para probarle que no me había permitido nada que pasara de los límites de lo decoroso; pero él se encogió de hombros, atiborró la pipa y empezó a hablar de la partida de caza del día anterior. Una noche hubo baile en el castillo. La señorita Adelaida había tenido la ocurrencia de reclutar una banda de músicos ambulantes. Mi tío, amigo de la comodidad, se acostó a la hora de todos los días. Pero la juventud y el amor hacían que yo bendijera la ocasión del baile improvisado. Acababa de acicalarme cuando Franz llamó a mi puerta, anunciándome que habían traído el clave de la señora del Intendente en un trineo, y que la Baronesa había mandado colocarlo en su cuarto, donde me esperaba con su dama de compañía. Júzguese del estremecimiento de felicidad que circulaba en todo mi ser al oír la invitación. Embriagado de amor y de deseos, corrí al lado de Serafina. La señorita Adelaida no cabía en sí de gozo, pero la Baronesa, ya vestida para el baile, estaba en pie, más bien silenciosa y en actitud de melancolía, cerca de la caja que encerraba el tesoro de acordes que en mi calidad de músico y de poeta yo tenía que despertar. —Teodoro —me dijo llamándome, como es costumbre en el Norte, por mi nombre de pila—, aquí tenemos el instrumento esperado. Dios quiera que cumpla usted lo prometido—. Me acerqué al clave, pero apenas había levantado la tapa, se rompieron ruidosamente varias cuerdas, y las enteras debían ser de tan mala calidad que únicamente lograban producir un sonido ofensivo al oído menos exigente. —Aseguraría que el organista ha querido ensayar una vez más —exclamó la dama de compañía, con una alegre carcajada. Pero Serafina no compartía su humor risueño. — ¡Fatalidad! —dijo a media voz—. ¡Está visto que aquí no podré nunca procurarme ni un solo placer!—. Pero, rebuscando en la caja del clave, tuve la suerte de dar con un juego de cuerdas de recambio—. ¡Estamos salvados! —exclamé—. ¡Paciencia y ánimo! Ayúdenme; pronto estará arreglado—. La Baronesa ayudó a la tarea con sus dedos delicados, mientras Adelaida desenvolvía cada una de las cuerdas, a medida que yo iba indicándolas por los números del clave a que correspondían. Después de más de una docena de pruebas, coronó nuestra perseverancia un éxito completo. Como por encanto se restableció la armonía; faltaba poco para que el instrumento quedase afinado, y este celo, este amor al arte ejerciéndose en común habían hecho desaparecer las distancias. La bella Baronesa participaba ingenuamente de la dicha de un éxito prometedor de gratas distracciones. El clave se convirtió en algo como un vínculo activo; se borraron mi timidez y mi desmaña y quedó el amor, el amor que dominaba todo mi ser. Preludié en el acariciado instrumento una de las tiernas sinfonías que tan poéticamente pintan las pasiones del mundo meridional. Serafina, en pie delante de mí, me escuchaba con toda el alma; me llegaban los rayos de luz de sus ojos y los escalofríos que agitaban su seno; volaba alrededor de mí su aliento como el beso de un ángel y mi alma ascendía al empíreo. De pronto su semblante pareció inflamarse, sus labios murmuraron unas notas cadenciosas, olvidados de tiempo; mis dedos recorrían el instrumento, y fui recordando nota por nota la melodía, en tanto que la voz de Serafina prorrumpía en música, como un repique de campanillas de cristal.

Era un verdadero alarde de divina poesía, un océano de armonías, en el cual se engolfaba mi corazón rogando a Dios que nos llevara a su reino... Al salir del éxtasis, me dijo Serafina: —Le agradezco la hora que le debo y que no olvidaré jamás—. Me tendió la mano, y yo caí de rodillas para besarla. Me parecía sentir la cobración de sus nervios; pero la fiesta la reclamaba y desapareció. Mi tío me acogió con expresión más severa que nunca. No ignoraba los detalles de mi entrevista con la Baronesa. —Mucho tiento, primo —me dijo—, porque te deslizas sobre un hielo quebradizo que oculta un abismo insondable. ¡Que el demonio se lleve la música si ha de servirte únicamente para cometer necedades y sembrar la perturbación en la vida de una mujer inclinada a lo romántico! Mucho tiento, porque no hay nada tan cerca de la muerte como un enfermo que se cree sano.

—Pero, tío —le dije, dispuesto a sincerarme—, ¿me creería usted capaz de soñar siquiera en abusar de la benevolencia de la Baronesa?—. ¡Qué fantoche eres! —exclamó él hiriendo en suelo con el pie—. ¡Si por un minuto creyera tal cosa ya te habría echado ventana abajo!

La vuelta del Barón había cambiado el aspecto de las circunstancias, y por mucho tiempo nuestra tarea profesional no me permitió acercarme a Serafina. Pero nuestro trato se reanudó poco a poco. La dama de compañía cumplió a menudo el encargo de hacerme llegar misivas secretas de parte de su señora y en las frecuentes ausencias del Barón nos reuníamos alrededor del clave. La presencia de la dama de compañía, cuyo carácter era bastante adocenado, nos impedía, por otra parte, la posibilidad de una excursión hacia el país del sentimentalismo. Serafina abrigaba en su alma un fondo de tristeza que minaba lentamente su vida. Un mediodía, no apareció a la mesa. Los convidados se apresuraron a preguntar al Barón si la indisposición de su esposa era o no inquietante. —¡De ningún modo! —respondió el castellano—. El aire estimulante de esta comarca, sumado a la ronquera que puede resultar del abuso de las sesiones musicales deben ser la causa de su indisposición; pero es cosa pasajera—. Al decir esto el Marón me miró de soslayo con expresión muy significativa. La señorita Adelaida comprendió la alusión hasta el punto de ruborizarse. No levantó los ojos, pero su postura parecía indicarme que en lo sucesivo sería preciso tomar nuevas precauciones para no excitar los celos del Barón, del cual era de temer alguna mala partida. Se apoderó de mi espíritu una viva ansiedad; no sabía qué decidir. El aire amenazador, revestido de sorna, del Barón, me irritaba más todavía porque mi conciencia estaba tranquila; pero temía los arrebatos del Barón cerca de Serafina. ¿Era aconsejable salir del castillo? Renunciar a Serafina me parecía un sacrificio superior a mis fuerzas. Supe que todo el grupo iba a salir para la caza después de la comida; y anuncié a mi tío que yo sería también de la partida. —¡Enhorabuena! —me dijo el anciano—. Es un ejercicio propio de tu edad, y puedes desde luego disponer de mi fusil y de mi cuchillo de caza.

Partimos. En el bosque vecino se señalaron los apostaderos para cercar a los lobos. Caía la nieve en copos espesos, y cuando el día iba hacia el ocaso se abatió la bruma encima de todo, de modo que no se veía ningún objeto a seis pasos. Yo sentía más frío a cada momento, y busqué abrigo en lo más frondoso del bosque; después de apoyar en el tronco de un pino mi fusil, volví a mis sueños a propósito de Serafina. Pero, he aquí que suenan unos disparos sucesivos, de puesto en puesto, y a diez pasos de la espesura en que busqué abrigo veo plantado un lobo enorme; apunto, disparo, me falla el tiro... y el lobo corre hacia mí; pero no pierdo la serenidad y recibo al animal enfurecido sobre la punta de mi cuchillo de caza, hundiéndole el acero hasta la guarda. Acude a sus aullidos uno de los monteros, repliéganse hacia nuestro lado los cazadores, y el Barón viene hacia a mi encuentro. —¿Está usted herido? —No, señor —le respondo—; mi mano ha sido más certera que la carabina—. Dios sabe los elogios que me valió aquella proeza. El Barón se empeñaba en que me apoyara en su brazo para la vuelta al castillo. Un montero se hizo cargo de mi fusil. Estas atenciones que el señor de R... me prodigaba me conmovieron en el alma, y desde entonces formé de él otro juicio. Vi que era hombre de bien y enérgico; pero no por ello logré dejar de pensar en Serafina. Convencido de que las distancias se habían acortado, concebí las más audaces esperanzas. Cuando por la noche, radiante de orgullo, conté a mi tío la aventura, se contentó con decirme compasivamente: —Dios demuestra su poder por la mano de los débiles.

Hacía mucho rato que había sonado la hora de recogerse cuando, al cruzar la galería para ir a mi cuarto, se me pone delante una figura blanca, con una lamparita en la mano. Era la señorita Adelaida. —Buenas noches, gran cazador de lobos —me dijo soltando la risa—. ¿Por qué pasea usted sin luz ni compañía, como un espectro auténtico?—. Al oír las últimas palabras me estremecí de pies a cabeza, recordando las dos primeras noches de mi estancia en el castillo. Y ella se dio cuenta de la impresión—. Pero, ¿qué le pasa? —exclamó, cogiéndome la mano—. Tiene la mano fría como el mármol. Venga conmigo a que le devuelva salud y vida. La Baronesa se desvive aguardándole.

Sin resistencia, pero también sin gozo, me dejé llevar. Una fatal preocupación me dominaba. Al vernos entrar, la Baronesa se adelantó unos pasos hacia mí e inició una exclamación, que ahogó en su garganta antes de acabar, como herida por una sospecha fatal. Le cogí la mano, que no retiró y se la besé; y ella dijo: —Teodoro, ¿cómo le ha ocurrido ir de caza? ¿Cómo puede manejar las armas y puede matar la mano que crea unos acordes de tanta dulzura?—. Penetró hasta mi alma el timbre de su adorada voz, se nublaron mis ojos, y ni sé cómo sucedió, pero al despertar a la realidad me encontré sentado al lado de Serafina en el sofá, y le conté mi rara aventura de caza. Al enterarse de las atenciones de su marido, que contrastaban acentuadamente con su envaramiento habitual, me interrumpió, y con la voz más amable que nunca me dijo: —Teodoro, no conoce usted todavía al Barón; es aquí únicamente donde su temple se muestra tan poco grato. Todas las veces que viene le persigue una idea fija: que este castillo viene llamado a ser teatro de alguna catástrofe terrible para nuestra familia y para su propia tranquilidad. Se obstina en creer que un enemigo invisible ejerce sobre esta finca un poder que se convertiría tarde o temprano en una desgracia inmensa. Cuéntanse cosas extraordinarias del hombre que instituyó este mayorazgo, y puedo asegurar, por mi parte, que el castillo encierra un secreto de familia; la pavorosa tradición se hace realidad; un fantasma frecuenta el castillo y asedia a su propietario de modo que todos permanecen aquí poco tiempo. Cada vez que vengo con mi marido vivo en un terror continuo, y sólo al arte de usted debo esta vez algún alivio, que no sé cómo agradecerle dignamente.

Esta confidencia me dio ánimos y le conté a mi vez las aprensiones que experimentaba; ocultándole los pormenores demasiado horribles vi que su rostro se cubría de una palidez mortal, y entendí que era preferible revelárselo todo a dejar rienda suelta a la imaginación. Cuando le refería lo de la garra misteriosa que escarbaba detrás de la puerta tapiada, Serafina exclamó:

—¡Sí, sí, en ese muro se encierra el misterio fatal! —. Y escondiendo la cara entre las manos, cayó en una profunda reflexión. Hasta este punto no me di cuenta de que Adelaida se había retirado. Ni yo referí nada más, ni Serafina decía una sola palabra. Hice un esfuerzo para levantarme y acercarme al clave. Algunos acordes que de él arranqué la sacaron de su abatimiento; me escuchó apaciblemente mientras yo cantaba una tonada triste como nuestras almas, y vi inundarse de lágrimas sus ojos. Me arrodillé a sus pies, y ella se inclinó hacia mí y se unieron nuestros labios en un beso celeste; luego se alejó de mis brazos, y ya en el umbral del cuarto se volvió y me dijo: —Querido Teodoro, su tío es un hombre digno, que ha actuado siempre, creo yo, como protector de esta casa. ¡Dígale, se lo ruego, que rece todos los días por nosotros, para que Dios quiera guardarnos de todo mal!

La dama de compañía volvía a estar en la habitación. Yo no sabía qué responder a Serafina; estaba tan conmovido, que seguramente hubiera dicho sandeces. La Baronesa me tendió la mano. —Hasta la vista, querido Teodoro —me dijo—. No olvidaré esta noche.

Encontré a mi tío durmiendo. Yo tenía los ojos llenos de lágrimas; el amor de Serafina me oprimía dolorosamente el corazón, y mis sollozos fueron al poco rato tan precipitados y tan vehementes, que mi pariente despertó. —Decididamente, primo, padeces de locura, diría yo. Hazme el favor de ir a acostarte, pero ¡vivo!—. Este vulgar apostrofe me devolvió, con algo de aspereza, a la vida real. No quedaba más remedio que obedecer. Unos instantes después oí un ir y venir de pasos, ruido de puertas al abrirse o cerrarse, y luego rumor de pasos en la galería. Llamó alguien a mi puerta. —¿Quién es? —pregunté con voz de pocos amigos—. Señor Letrado —respondieron desde fuera—. ¡Pronto! ¡Levántese! —. Era la voz del viejo Franz—. ¿Hay un incendio? —pregunté. Al oír la palabra incendio, mi tío, saliendo del sueño dio un brinco y se dispuso a abrir—. ¡Apresúrese, por Dios! —decía Franz—. El señor Barón le llama; la señora Baronesa está grave—. El pobre servidor tenía la cara lívida. Acabábamos de encender una antorcha—. ¿Podría hablar inmediatamente con usted, querido V...?—. Era la voz del Barón —¡Diablo! —exclamó mi tío—. ¿Qué vas a hacer? —Verla una vez más, decirle que la amo, y morir luego —respondí con una voz quebrada y profunda—. Hubiera debido suponerlo —replicó mi severo pariente, cerrando la puerta y guardándose la llave en el bolsillo. En la embriaguez de la cólera quise hacer saltar la cerradura, pero, volviendo en mí, a la idea de las consecuencias que pudiera acarrear mi corazonada resolví esperar con paciencia que volviera mi tío, decidido por otra parte a escurrirme, costara lo que costara así que estuviera de vuelta. Le oí hablar con el Barón a cierta distancia, pero sin que pudiera distinguir el sentido de las palabras; en ellas se mezclaba mi nombre. La ansiedad se me hacía intolerable. Por fin, el Barón se alejó. Mi tío quedó estupefacto al hacerse cargo de mi estado de delirio. —¿Ha muerto? —grité al verle—. Voy a bajar; la veré ahora mismo y si intenta impedirlo me levanto la tapa de los sesos delante de usted—. Mi tío, impasible, midiéndome con una mirada fría, me dijo: —¿Acaso crees que doy tanto valor a tu vida y que la amenaza de que te vales ha de impresionarme? Tú, ¿qué papel representas cerca de la esposa del Barón? ¿Qué derecho tienes para ocupar un sitio en el cuarto de un difunto, cuyo umbral te está vedado, ahora más que nunca, después de tu ridícula conducta?—. Sin consuelo, aniquilado, me dejé caer sobre un sillón—. Ahora —prosiguió mi tío— me cumple decirte que el pretendido riesgo de la Baronesa no era más que una nadería. Has de saber que a la señorita Adelaida cualquier cosa le hace perder el tino, y entonces tienen que acudir las dos tías ancianas y prodigar a la pobre Serafina sus cuidados y sus elixires; pero luego todo acaba en un desmayo o en una crisis de nervios, que el Barón atribuye a los efectos de la música. Ahora, pues, que estás al parecer más tranquilo, voy a fumar una pipa, con tu permiso, y después ni por todo el oro del mundo renunciaría a reanudar el sueño hasta el amanecer. Mira, primo —insistió, después de una pausa, y echando una densa bocanada de humo—, te aconsejaría que no tomes en serio la categoría de héroe que te están colgando, a raíz de tu aventura de la caza de lobos. Un pobre diablo como tú se expone a veces a malos trances, cuando por pura vanidad pretende salir de su esfera. Recuerdo que en mis tiempos de estudiante tuve amistad con un joven de carácter sencillo, apacible y siempre igual. El azar le enredó en un lance de honor, y se portó con una firmeza que dejó a todos estupefactos. Desgraciadamente, el éxito y la admiración que le rodearon de halagos dieron de pronto un nuevo sesgo a su carácter, y el que había sido sencillo y formal se convirtió en un tipo pendenciero y fanfarrón... Resumiendo, un día insultó a un camarada sólo por el gusto de la bravata; pero le mataron como a una mosca. Si te cuento esta historia, primo, es únicamente para ocupar en algo el tiempo; pero podría ser que llegada la oportunidad te aprovechara. Y ahora, a ver si logramos dormir un par de horas. La pipa está vacía y el alba todavía tardará.

En este momento, la voz de Franz nos anunciaba el estado de la enferma. —La señora Baronesa se ha repuesto del todo de la indisposición, que atribuye a una pesadilla—. Al oírle iba a soltar una exclamación de júbilo, pero selló mis labios una mirada de mi tío-abuelo—. Perfectamente —dijo a Franz—. Es lo que esperaba para recobrar el sueño, porque a mis años el insomnio es perjudicial. ¡Que Dios nos guarde, y acabe la noche en paz!—. Franz se retiró, y si bien se oían cantar los gallos en la aldea vecina, el abogado se arropó de nuevo hasta las narices.

Muy de mañana bajé con paso silencioso para pedir a la señorita Adelaida noticias acerca de la salud de mi querida Serafina. Pero en el umbral di con el Barón; midiendo mi cuerpo de arriba abajo con una mirada penetrante me preguntó con voz ahogada: —¿Qué busca usted por aquí?—. No me fue difícil frenar la emoción y sobreponiéndome contesté con bastante aplomo que deseaba informarme de la salud de la señora Baronesa, de parte de mi tío—. Todo va bien —respondió fríamente el Barón—. Como otras veces, sólo ha sido un ataque de nervios. Está descansando; y espero que hoy mismo la veremos en el comedor. Dígale esto. Puede retirarse.

El tono de la respuesta delataba impaciencia, como si el Barón estuviera más inquieto de lo que demostraba. Saludé e iba a retirarme, pero él me cogió del brazo, me echó una mirada, que yo juzgué fulminante, y dijo: —He de hablarle, joven—. El tono que imprimió a sus palabras me movía en aquellos momentos a hacer las más temibles suposiciones. Me veía en presencia de un marido que había adivinado lo que en mis afectos sucedía, y que al parecer se disponía a exigir cuenta rigurosa de lo que pudiera ofenderle. Mi única arma era un cuchillito primorosamente labrado, regalo de mi tío; lo palpaba en el fondo del bolsillo. Era un momento supremo, y una sensación de seguridad reaccionó en mí. Seguí al Barón, decidido, si las cosas tomaban un sesgo trágico, a vender cara mi vida. Una vez en su cuarto, el Barón cerró la puerta con cautela, paseó varias veces su extensión, y acabó parándose delante de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho: —Joven, he de hablarle —replicó. Puse en el trance toda mi energía y contesté: —Espero señor Barón, que lo que va a decirme no necesitará por mi parte ninguna exigencia de reparación—. El Barón me miró, como si no hubiera comprendido bien, bajó los ojos, y volvió a pasear el cuarto de un cabo a otro, con las manos juntas a la espalda. Le vi descolgar su fusil y examinar la carga; bajo la aprensión del peligro sentí arder la sangre, y con la mano hundida en el bolsillo abría mi cuchillito y adelanté un paso hacia el Barón, a fin de que no pudiera apuntar. —Bonita arma —dijo él. Y dejó el fusil en un ángulo. Yo no sabía qué actitud tomar, cuando el Barón, volviéndose hacia mí, me puso la mano en el hombro y me dijo: —Teodoro, esta mañana debo resultarle algo excéntrico. Efectivamente, las congojas de anoche me han trastornado. La crisis nerviosa de mi mujer no ha sido en sí misma inquietante, pero hay en este castillo no me explico qué genio fatídico que pone crespones de luto en todo lo que uno ve. Es la primera vez que la Baronesa se encuentra enferma aquí, y la culpa de esas crisis la tiene usted—. Verdaderamente —dije yo con toda calma— no me explico... —Quisiera —me interrumpió él— que ese clave infernal se hubiera roto en mil pedazos el mismo día que entró en esta casa. Desde el primer día debí haber vigilado lo que aquí está pasando. Mi esposa es de complexión tan delicada que el menor exceso en las sensaciones puede causarle la muerte. Yo había hecho el propósito de traerla conmigo, para que el clima tonificante junto con los ejercicios propios de la vida en el campo promovieran en ella una reacción favorable; pero usted parece haberse propuesto enervarla más todavía con sus lánguidas melodías. Como si no estuviera y bastante predispuesta por su exaltada imaginación a experimentar penosas sacudidas, llega usted y le asesta un rudo golpe refiriendo en su presencia no sé qué peregrina historia de almas en pena. Lo sé por su tío, de modo que no puede usted negarlo. Lo que le pido es que me repita lo que pretende haber visto.

El giro que había tomado la conversación me tranquilizó lo bastante para que me fuera dado obedecer a las órdenes del Barón. Las únicas interrupciones a mi detallado relato fueron alguna que otra exclamación que inmediatamente reprimía. Cuando le describí la escena del poderoso conjuro de mi tío al fantasma invisible, levantó al cielo las manos juntas exclamando: —Sí, él es genio tutelar de la familia, y cuando Dios le llame, quiero que sus restos reposen con todos los honores cerca de los de mis antepasados—. Y notando mi silencio, me cogió la mano y prosiguió: —Joven, es usted quien involuntariamente ha sido causa de los trastornos de mi esposa. De usted le ha de venir, pues, la curación—. Sentí que el rubor me subía a la cara. El Barón, que me observaba, sonrió al ver mi perplejidad y en un tono que lindaba con la ironía, continuó: —No se trata de una enferma peligrosa; y le diré el servicio que pienso pedirle. La Baronesa se encuentra bajo la influencia de la música, y suprimirla sería una crueldad. Le autorizo, pues, a continuar, pero le exijo que cambie el género de las piezas que ejecute para ella. Concierte una selección graduada de sonatas, cada vez más enérgicas; combine hábilmente lo alegre y lo serio; y ante todo háblele a menudo de la aparición que ya le ha relatado. Que se familiarice con la idea, y acabará por no darle importancia. Usted me comprende, ¿no es cierto? Confío en que cumplirá usted exactamente mis deseos—. Después de darme estas instrucciones se despidió de mí. En la confusión de verme juzgado como a un ser tan inofensivo, incapaz de despertar los celos de un hombre con mis asiduidades cerca de la mujer más hermosa que fuera posible imaginar, se rompía mi sueño de heroísmo y me encontraba al nivel del niño que en sus diversiones toma en serio su corona de papel dorado.

Persuadido de que había hecho una escapatoria, mi tío esperaba con impaciencia mi regreso. —¿De dónde vienes? —me preguntó en cuanto me vio—. Vengo —le dije serenamente— de conversar con el Barón—. ¡Ay de nosotros! —dijo el digno abogado—. ¡Cuando te advertí que eso acabaría mal! —. La carcajada con que mi tío acompañó la afirmación me daba una prueba patente de que por todas partes se burlaban de mí. Sufría mucho, pero me guardé muy bien de exteriorizarlo. Tenía tiempo por delante para vengarme de los que me daban tan poca importancia. La Baronesa asistió a la comida. Su blanquísimo vestido se hermanaba con la palidez mate de sus mejillas. Su fisonomía irradiaba como nunca la más suave nostalgia. Ante su presencia el corazón se me derretía en el pecho. Yo, no obstante, a despecho de su divina belleza experimentaba algo de adverso hacia ella, algo de la cólera que el Barón me había inspirado. Me parecía como si aquellos dos seres se confabularan para abusar de mi credulidad. Me parecía ver traslucir en los ojos velados de Serafina un no sé qué de irónico, y toda la amabilidad con que antes me había acogido me dolía ahora como un embuste odioso. Cuidé muy bien de alejarme lo más posible de ella y me senté entre dos militares, con los cuales chocamos repetidamente nuestros vasos colmados. Hacia el fin de la comida, un camarero me puso delante una bandeja llena de almendras en dulce, y me susurró al oído: —De parte de la señorita Adelaida—. En la mayor leí estas palabras trazadas con la punta del cuchillo: —¿Y Serafina?—. Sentí una corriente de fuego en las venas. Miré furtivamente a Adelaida, y ella me hizo una seña como diciendo: —¿Se olvida usted de beber a la salud de Serafina, señor bebedor?—. Inmediatamente acerqué el vaso de los labios, lo vacié de una vez, y al dejarlo sobre la mesa me doy cuenta de que la bella Baronesa y yo hemos bebido en el mismo instante. Las miradas se cruzan; pasa una nube delante de mis ojos, y el resquemor de mi ingratitud me remuerde en el alma. Ya no tengo derecho a dudar de que Serafina me ama; mi dicha está a punto de convertirse en locura. Pero he aquí que uno de los comensales se levanta, y como es costumbre en el Norte, propone beber a la salud de la castellana. No sé qué despecho bulle en mi cerebro; levanto el vaso y me quedo rígido e inmóvil. Fueron unos instantes de fascinación en que me pareció que iba a caer a los pies de la amada. —¡Ea! ¿Qué espera usted, amigo? —me advierte mi vecino. Estas palabras rompen el hechizo; mis ojos vuelven a ver claramente los objetos. Pero Serafina ha desaparecido.

Al salir del comedor mi embriaguez se había hecho tan imperiosa que me sentía impulsado a salir del castillo, y sin hacer caso de los torbellinos del huracán ni de la nieve que caía en espesos copos, me eché a correr entre las matas que bordean el lago. Gritaba con todas mis fuerzas: — ¡Cómo hace bailar el diablo al necio que pretendía coger el fruto vedado en el jardín del amor...!—. Y corría corría hasta perder el aliento. Sabe Dios dónde hubiera ido a parar si una voz conocida, que me llamaba por mi nombre en el bosque no me hubiera retenido. Era la del jefe forestal de R... —¿Cómo le va, querido señor Teodoro? ¿A qué diablos viene, hundiendo los pies en la nieve y exponiéndose a pillar un enfriamiento mortal? Le he buscado por todos lados; el señor abogado le está aguardando en el castillo hace dos horas largas—. Vuelto a las sendas del sentido común al recuerdo de mi tío, seguí como un autómata al guía que él había mandado salir en mi busca.

Encontré a mi tío en la sala de audiencias, ya ocupado en sus graves funciones. Esperaba que iba a reprenderme, pero él, siempre bondadoso, dio muestras de la mayor indulgencia: —Primo —me dijo, sonriendo—, has hecho muy santamente paseando el vino, pero en lo sucesivo ten más juicio, que no es edad la tuya para permitirte tales calaveradas—. Viendo que no le respondía y que, semejante a un escolar que ha incurrido en alguna falta, procuraba desviarle de su tema, poniéndome al trabajo. —Cuéntame al menos —insistió mi tío— lo que ha sucedido entre el Barón y tú—. Le confesé sin reservas lo sucedido—. Muy bien— me interrumpió él, ya enterado de lo que deseaba—; ¡ahí es nada la misión que el Barón te confía! Y suerte tiene de que salgamos mañana de aquí—. A estas palabras me pareció que iba a caerme. Pero al día siguiente mi tío cumplía lo que acababa de afirmar, y desde entonces no he visto nunca más a Serafina.

Pocos días después de la salida del castillo, el digno abogado sufrió unos accesos de gota muy violentos. El dolor le convirtió en un hombre malhumorado y taciturno; a pesar de todas mis solicitudes y de los auxilios de la medicina, la enfermedad fue de mal en peor. Una mañana me mandó llamar con urgencia. Acababa de sufrir un ataque más grave que los anteriores, en el que había llegado casi a la muerte. Le encontré en cama, apretando en la mano una carta; reconocí la escritura del intendente de los dominios de R... Pero, mi dolor era tan grande, que vencía cualquiera curiosidad. Temblaba creyendo ver morir a aquel anciano de mi sangre, tan querido y que me había dado pruebas de tan sincero afecto. Por fin, tras unas horas de angustia, pudo más la vida: el pulso volvió a latir y la robustez del anciano venció a las asechanzas de la muerte. Poco a poco se alejó el peligro, pero mi tío pasó unos meses todavía sin moverse apenas, confinado en su cama de enfermo. La sacudida había quebrantado de tal manera su salud, que se vio forzado a abandonar sus funciones de administrador de justicia. Desaparecieron mis esperanzas de volver a R... El pobre enfermo no toleraba otros cuidados que los míos y para descansar de los sufrimientos no conocía mayor consuelo que el conversar conmigo. Nunca hablaba de nuestra estancia en R..., ni yo me atrevía a recordársela. Cuando a costa de cuidados y de largos desvelos hube logrado devolver a mi tío una salud aparente, despertó en mi corazón el recuerdo de Serafina, rodeado de un encanto más poderoso que nunca.

Un día, al abrir una carpeta que había usado durante mi estancia en R..., se deslizó de ella algo blanco: era un lazo de seda que ataba un mechón de pelo de Serafina; al examinar esta prenda de un afecto que el hado había roto apenas nacido, vi una mancha rojiza en el lazo. ¿Era sangre? Y, si tal era, ¿no presagiaba algún acontecimiento trágico? Mi imaginación se entregó a las suposiciones más infaustas pero yo no disponía de ningún medio ni para comprobar mis sospechas ni para ponerles término. Entre tanto mi tío-abuelo recobraba las fuerzas paso a paso, con el buen tiempo. En una noche tibia le había llevado a pasear bajo los olorosos tilos de nuestro jardín. Él tenía el humor risueño.

—Primo —me dijo—, mi fortaleza es todavía bastante firme, pero no he de engañarme acerca del mañana: esta recuperación de salud es parecida a los vivos destellos de una lámpara que va a extinguirse. Antes de entrar en el sueño último, cuya inminencia siento, debo saldar contigo una deuda. Bien te acuerdas de nuestra temporada en R... Pesa sobre los señores del castillo una historia de misterio, en la que estuviste a punto de verte mezclado por tu falta de prudencia... Ahora que el peligro ha pasado, óyeme: antes que la muerte nos separe quiero revelarte hechos extraños, de cuyo conocimiento tal vez saques provecho con el tiempo. Y he aquí lo que me contó mi tío, hablando de sí mismo en tercera persona.

II.
Durante una noche borrascosa del año 176..., los habitantes del castillo de R... despertaron sobresaltados por una sacudida semejante al terremoto. Los servidores de la sombría finca reconocieron con pavor todas las dependencias, para averiguar la razón de aquel fenómeno, pero no pudieron hallar ningún vestigio de destrucción, y la antigua residencia de la familia de R... volvió a su calma secular. Pero Daniel, el viejo mayordomo, el único que subió a la sala de los Caballeros, adonde se retiraba todas las noches el barón de R... después de sus trabajos de alquimia, a los que se entregaba con fervor, quedó aterrorizado a la vista de un lamentable espectáculo; entre la puerta del cuarto de Doderich y la de otro cuarto, había una tercera puerta que daba salida a lo alto de la torrecilla, y allí tenía el señor de R... su pabellón para los experimentos que hemos dicho. Al abrir Daniel esta puerta una ráfaga de viento apagó la antorcha que llevaba en la mano; unos ladrillos se desprendieron del muro y con un rumor bronco cayeron al abismo. A Daniel le flaquearon las piernas y cayó de rodillas exclamando: —¡Misericordia! ¡Nuestro buen señor ha perecido de muerte terrible! —. Los desolados servidores volvieron a poco llevando en brazos el cuerpo exánime, lo vistieron con sus mejores galas y lo pusieron en la capilla ardiente erigida en el centro de la sala de los Caballeros. Del examen sobre el terreno resultó que la bóveda superior de la torre se había hundido interiormente; el peso de las piedras que formaban la clave había roto el pavimento, las vigas arrastradas en el derrumbamiento derrocaron bajo su peso una parte de pared medianera, y atravesaron las plantas interiores, de modo que al abrir en la obscuridad la puerta del salón era inevitable que quien pretendiera poner el pie en la torre se abismara a una profundidad de más de cien pies.

El viejo barón Roderich había presagiado la fecha de su muerte y lo había anunciado a su hijo primogénito, Wolfgang, al cual pasaba el mayorazgo de R... Recibido en Viena el mensaje de su padre, el joven hidalgo se había puesto en camino sin demora, y a la llegada vio cruelmente confirmado aquel anuncio y cayó casi sin sentido al lado del lecho mortuorio: — ¡Pobre padre! —exclamó con voz quebrada por los sollozos, tras una larga pausa de silenciosa impotencia y de desesperación—. ¡Pobre padre! ¡El estudio de los misterios del universo no ha podido darte la ciencia que prolonga la vida!

Ya celebrados los funerales del viejo castellano, el joven barón quiso que Daniel le contara los detalles del hundimiento de la torre, y como el mayordomo solicitara sus órdenes para llevar a cabo las reparaciones — ¡nunca! —había dicho Wolfgang—. ¿A mí qué me importa esta vieja morada donde mi padre gastaba en obras de magia los tesoros a que yo tenía derecho como heredero? Yo no creo que la bóveda de la torre viniera abajo por efecto de un accidente ordinario; mi padre ha perecido víctima de la explosión de sus crisoles malditos en los que disolvía mi fortuna. No saldrá de mi bolsa ni un florín para reponer siquiera una piedra a este triste caserón. Prefiero que acaben de construir el pabellón de recreo que empezó a levantar en el valle uno de mis antepasados—. Pero —observó Daniel— ¿qué va a ser de los antiguos y leales servidores de que es albergue esta finca? ¿Habremos de verles mendigando el pan de la misericordia? —Y a mí ¿qué? —replicó el heredero—. ¿De qué me servirán todos esos vejestorios? En cambio, daré a cada uno de ellos una gratificación proporcionada al tiempo que hayan durado sus servicios.

— ¡Ay de mí! —se lamentaba Daniel, el mayordomo—. ¡Verme despedido a mis años de la casa donde esperaba que mis huesos reposarían en paz! —¡Perro maldito! —rugió Wolfgang levantando el puño contra él—. Hipócrita condenado, ¿qué favores esperas de mí? ¿Crees engañarme, después de haber secundado a mi padre en los sortilegios que tragaban día tras día lo más saneado de mi patrimonio, y después de haber instado el corazón de un viejo a todas las extravagancias de la codicia? ¿No merecerías que te matara a palos?—. El miedo de Daniel llegó al colmo y se arrastró para humillarse a los pies de su nuevo señor, el cual le hizo rodar al suelo sin compasión de una violenta patada. El mísero mayordomo ahogó un grito en la garganta como una fiera herida de muerte, y se levantó a duras penas, echando una mirada de soslayo, cargada de odio y sed de venganza, y sin recoger siquiera un bolso de monedas de oro que el barón Wolfgang había dejado caer, como para alivio de los malos tratos impuestos a su servidor.

El nuevo propietario de R... creyó conveniente, como primera providencia, compulsar el estado de las rentas en el mayorazgo con la ayuda de su abogado V..., mi tío-abuelo. Terminado este examen, que se llevó a cabo con minucioso cuidado, el abogado quedó convencido de que el viejo barón Roderich no podía haber gastado el total de las rentas anuales de su dominio; y como entre sus papeles únicamente se habían hallado unos valores insignificantes en letras de cambio, resultaba evidente que el numerario debía de estar oculto en algún sitio, del cual sin duda poseía el secreto el mayordomo Daniel, confidente del difunto. El barón Wolfgang contó al abogado la escena violenta en medio de la cual había descargado unos golpes sobre Daniel, y le expuso su temor de que éste, para vengarse, se negara a descubrir el escondrijo en que probablemente estaban los ducados. El señor abogado, como hombre de buen sentido y legista de recursos, hábil en hacer cantar la palinodia a la gente, aconsejó tranquilidad a Wolfgang, y le declaró que él se encargaba de interrogar a Daniel. A los primeros tientos respondió Daniel con una sonrisa sardónica: —Por Dios, señor administrador de justicia, no crea que voy a hacer ningún misterio del paradero de unos miserables escudos. Buen acopio de ellos encontrará usted en una cueva que linda con el dormitorio de mi pobre señor. Y si le interesa el resto —añadió con luminosos reflejos de color de sangre en los ojos— sería preciso buscarlos entre los derribos de la torre. ¡Apuesto cualquier cosa a que se podría sacar de allí oro bastante para comprar una provincia! Siguiendo estas instrucciones, se excavó y salió a la luz un arca grande de hierro, colmada de piezas de oro y de plata, y un pergamino enrollado debajo de la tapa en que constaban, de puño y letra del viejo barón, las siguientes palabras: «Después de mi muerte, el heredero del mayorazgo de R... retirará de este fondo la cantidad de ciento cincuenta mil ducados, y es mi última voluntad que los emplee para construir en el ángulo occidental de este castillo, y para reemplazar a la torre que hallará derruida, un faro que deberá encenderse todas las noches para iluminar a los viajeros del lago.»

Iba firmado este original testamento con el nombre y las armas de Roderich, barón de R..., y llevaba la fecha de la noche de San Miguel de 176...
Una vez verificado el recuento de los ducados, Wolfgang se volvió a Daniel: —Has sido un fiel servidor—le dijo— y me duele haberte tratado con violencia, sin razón ninguna. Para resarcirte, te deseo que sigas aquí en tus funciones de mayordomo. Se dará cumplimiento al deseo de que tus huesos reposen en este castillo; pero, antes que esto suceda, sabe que siempre que te haga falta dinero puedes bajarte a la cueva y sacarlo a manos llenas—. Un ronco gemido fue la única respuesta de Daniel. El abogado se estremeció al oír el tono excepcional de esta voz que parecía sollozar en una lengua infernal: —No quiero para nada tu oro. Es tu sangre lo que quiero—. Wolfgang, deslumbrado a la vista de aquel montón de riqueza que resbalaba entre sus dedos, no había observado la expresión equívoca de Daniel al encorvarse, con el acobardamiento de un perro apaleado, para besar la mano de su señor y darle las gracias por sus bondades.

Cerró el arca Wolfgang, y guardándose la llave en el bolsillo salió de la cueva. —¿Sería muy difícil —dijo a Daniel con la frente sombría—, descubrir los tesoros enterrados en las ruinas de la torre?—. Mudo, Daniel abrió la puerta que salía a la torre; apenas abierta, un torbellino de viento proyectó en la sala una estela de nieve, y se levantó del abismo un mochuelo que después de algunos vuelos circulares volvió a sumergirse en él, amedrentado, dando unos gritos lúgubres. El Barón se adelantó hasta el borde del abismo, y no pudo reprimir un estremecimiento al sondear con los ojos su negra profundidad. El abogado, temiendo los efectos del vértigo, obligó a Wolfgang a que retrocediera, mientras Daniel cerraba a toda prisa la puerta fatal y se lamentaba: — ¡Así es!... Allí yacen enterrados, a pedazos, los instrumentos de la elevada ciencia de mi honrado señor, objetos de gran precio—. ¡Pero tú me hablabas —observó el Barón— de tesoros en monedas, de cantidades considerables!

—¡Oh! —replicó Daniel— lo que quise decir es que los telescopios, las retortas, los círculos y los crisoles debieron costarle un dineral... No sé nada más—. Y nada más pudo sacarse del mayordomo.
El barón Wolfgang gozaba de tener a su disposición el dinero suficiente para atender a los gastos de la nueva edificación, a la que deseaba dar cumplimiento. Llamó a un arquitecto de fama para diseñar los planos a elegir; pero no se decidía por ninguno y optó por dibujar él mismo un boceto de la elegante morada. Por lo demás, no le dolieron prendas, y pagaba liberalmente a los obreros encargados de la edificación. Daniel parecía olvidar sus resquemores, y se portaba con el Barón con un respeto y una discreción evidentes. Un tiempo después de estos acontecimientos, la vida apacible de los moradores de R... fue turbada por la presencia de un nuevo personaje, Huberto, el hermano menor de Wolfgang. Su inesperada visita causó una impresión singular al titular del mayorazgo; mantuvo a distancia a su hermano en sus efusiones, y le llevó sin ninguna amabilidad a un cuarto, en el que permanecieron encerrados unas horas. Después de una larga entrevista salió Huberto visiblemente consternado, y montó a caballo, dispuesto a partir. El abogado V..., en la confianza de que el acercamiento no podía menos de restablecer la concordia entre los dos hermanos, demasiado tiempo divididos por las disensiones familiares, rogó a Huberto que prolongara su estancia unas horas al menos, y Wolfgang unió sus ruegos a los del abogado. —Espero —dijo a su hermano— que cederás dentro de poco a la reflexión—. Pareció que estas palabras calmaban la agitación de Huberto, que optó por quedarse en el castillo.

Al anochecer subió mi tío al cuarto de Wolfgang para consultarle a propósito de un detalle de orden administrativo relativo al mayorazgo. Dominado por una violenta ansiedad, recorriendo el cuarto a largos pasos, Wolfgang parecía presa de una obsesión. —Mi hermano —dijo— ha llegado hace poco y me ha dado nuevas pruebas de la aversión, originada por asuntos de familia, que me profesa desde hace años. Huberto me odia porque soy rico, y él ha devorado como un verdadero pródigo casi toda su fortuna. Me acosa como si fuera yo el responsable de sus locuras, pero no puedo ni quiero desprenderme en lo más mínimo de las rentas del mayorazgo, aunque, como buen hermano, consentiría en cederle la mitad que me pertenece de un vasto dominio que mi padre poseía en Curlandia. Este sacrificio permitiría a mi hermano hacer frente a las deudas que ha contraído, y sacar de la escasez a su mujer y sus hijos, que actualmente sufren las consecuencias de su imprevisión y sus desórdenes. Pero, figúrate, mi querido V..., que este pródigo singular ha descubierto, no sé con qué sortilegios, la existencia del arca que encierra los ciento cincuenta mil ducados, y pretende obligarme a que le ceda la mitad. ¡Un rayo me parta antes que ceder; y si acaso él medita alguna mala partida contra mí, que Dios me guarde y haga fracasar sus intenciones!

No perdonó medios el abogado para presentar a Wolfgang la vista de su hermano bajo un aspecto menos odioso. Por fin el Barón le confió el encargo de negociar una transacción con Huberto, y el abogado puso en esta misión un celo ilimitado. Huberto, acosado por la necesidad apremiante de dinero, aceptó las ofertas de Wolfgang, pero exigió dos condiciones: la primera, que Wolfgang añadiría a su parte de la herencia un suplemento de cuatro mil ducados, destinados a calmar las instancias de los acreedores más encarnizados; la segunda, que le sería permitido prolongar por algunos días la estancia en R... al lado de su querido hermano. A esta última petición respondió Wolfgang con viveza que no podía acceder, tanto más cuanto que su mujer estaba a punto de llegar al castillo; tocante a la donación, prometió a Huberto dos mil piezas de oro. Al oír el mensaje del abogado, Huberto frunció las cejas. — Reflexionaré —dijo—, pero, provisionalmente, me he instalado aquí y de aquí no me muevo— El abogado agotó sus recursos para disuadirle de su resistencia a los deseos del Barón. Huberto no sabía resignarse a ver el mayorazgo en manos de un hermano privilegiado gracias a los derechos de primogenitura. La ley se le antojaba soberanamente injusta, y más dura de soportar que una injuria la generosidad de Wolfgang. —¡Así, pues —exclamó—, mi hermano me trata como a un mendigo! No lo olvidaré jamás; y espero que abrirá pronto los ojos a las consecuencias de su modo de proceder para conmigo—. Cumpliendo lo dicho, Huberto se instaló en una de las alas del viejo caserón. Salía de caza, acompañado algunas veces de Daniel, el único de los moradores cuyo trato parecía convenirle. En retiro casi absoluto, evitaba sobre todo los encuentros con su hermano. No tardó el abogado en concebir sospechas y desconfiar de la existencia misteriosa de Huberto. Éste entró una mañana en su habitación para anunciarle que sus puntos de vista habían cambiado, y estaba dispuesto a abandonar R... para siempre, con tal de que le abonaran al punto las dos mil monedas de oro. Según dijo, partiría al día siguiente por la noche. Saldría a caballo para la ciudad de K..., en la que pensaba establecer su morada, y pediría que le fuera librada la cantidad convenida por medio de una letra de cambio dirigida al banquero Isaac Lazarus de aquella ciudad. La noticia causó gran satisfacción a Wolfgang. —Mi querido hermano —dijo mientras firmaba los documentos pertinentes— ha abandonado sus enojosas disposiciones hacia mí. Por fin se restablece entre nosotros la buena armonía, o, por lo menos, su presencia dejará de perturbar este castillo.

A la noche siguiente el abogado V... despertó sobresaltado; se oía un gemido, una lamentación. Una vez incorporado aguzó el oído; pero todo permanecía en silenciosa calma. Se decidió a creer que había tenido una pesadilla, y para apaciguar el ánimo saltó de la cama y se acercó a la ventana. Al cabo de unos minutos de respirar el aire fresco de la noche, vio abrirse el pesado portalón, y oyó rechinar sus goznes. Daniel, el mayordomo, provisto de una linterna sorda, sacaba de las cuadras un caballo ensillado y lo llevaba al patio. Otro hombre, envuelto en su abrigo de pieles hasta los ojos, salió del castillo: era Huberto. Estuvo conversando unos minutos con el mayordomo, acompañando las palabras de gestos muy animados, y en seguida volvió a entrar en el castillo. Daniel condujo nuevamente el caballo a la cuadra, la cerró, como también el pesado portalón, y se retiró cautamente. El abogado hizo toda clase de suposiciones a propósito de la suspensión de la partida preguntándose por qué razones Huberto había cambiado de plan. ¿Existiría entre él y el mayordomo algún vínculo de complicidad para algún crimen? Todas las suposiciones eran igualmente peligrosas e inquietantes; se necesitaban una extrema sagacidad y una vigilancia infatigable para desenmascarar los proyectos solapados que pudieran urdir aquellas dos personas, la última de las cuales sobre todo, maese Daniel, se iba revistiendo a los ojos del abogado de un nimbo maléfico inquietante. V... pasó lo restante de aquella noche en medio de esas singulares reflexiones, y al nacer el día, cuando probaba de conciliar el sueño oyó un denso rumor de voces confusas y de gente que corría en todas direcciones, y un grupo de criados desatinados llamó a su habitación para anunciarle, con la mayor consternación, que el barón Wolfgang había desaparecido, sin que nadie supiera lo que había sido de él. A la hora de costumbre se había acostado, pero luego debió levantarse, en bata y llevando una antorcha, ya que esos objetos habían desaparecido del sitio que ocupaban la víspera en su habitación. A la luz de una idea súbita que le acongojaba cruelmente, el abogado V... recordó la escena de que había sido testigo casual aquella noche; recordó asimismo la lamentación que había oído, y llena el alma de las más fúnebres impresiones, corrió a la sala de Caballeros. ¡La puerta que comunicaba con la torre estaba abierta...! El abogado señaló con el índice el abismo de la torre, y dijo a los servidores, helado de espanto: — ¡Aquí encontró la muerte anoche nuestro desgraciado señor!
Efectivamente, a través de una espesa capa de nieve, amontonada durante la noche encima de los escombros, se veía asomar un brazo rígido entre las piedras. Al cabo de horas de trabajo y corriendo los peores riesgos, se logró al fin, por medio de escaleras de mano atadas entre sí, sacar el cadáver del barón Wolfgang; apretaba todavía con la mano crispada la antorcha que le había alumbrado hasta allí; todos sus miembros aparecían horriblemente dislocados por la caída y desgarrados.

Uno de los primeros que acudió fue Huberto, con todas las huellas de la desesperación en el rostro. Dejaron el cadáver de Wolfgang encima de una mesa grande, la misma en que se había expuesto el del anciano Roderich un tiempo antes. Huberto se echó sobre el cadáver llorando y exclamó: —Hermano, no soy yo quien haya pedido a los demonios que me acosaban esta venganza fatal—. El abogado, que estaba presente, no descifró el misterio de estas palabras, pero un instinto irrefrenable le señalaba a Huberto como asesino del titular del mayorazgo. Unas horas después de esta escena de dolor, Huberto fue a su encuentro en la sala de audiencias. Pálido y extenuado, se sentó en el sillón de roble y empezó a hablar con un acento que la emoción hacía tembloroso—. He sido enemigo de mi propio hermano —le dijo— por culpa de una ley absurda que enriquece al hijo mayor de la casa en perjuicio de los hijos restantes. Una desgracia pavorosa ha puesto fin a sus días. Hago votos para que no sea un castigo del cielo a la dureza de su corazón. Heme aquí titular del mayorazgo. Dios sabe cómo este cambio de fortuna aflige mi alma; desde hoy no existe la dicha en el mundo para mí. En cuanto a usted señor abogado, le confirmo plenamente en los cargos y poderes que en vida de mi padre y de mi hermano le fueron confiados; puede regir según su criterio este dominio, y atender a mis intereses. Yo me despido del castillo; no podría vivir ni un día más en el que ha sido teatro de unos sucesos tan deplorables—. Sin decir más, se levantó Huberto y abandonó la sala. Dos horas más tarde cabalgaba a rienda suelta por la carretera de K...

Seguía su curso la investigación de las causas que pudieran haber determinado la muerte del desventurado barón. La opinión más común era que, habiéndose levantado para sacar algún libro de la biblioteca, soñoliento aún, equivocó la puerta, abriendo la del centro, que daba al abismo; pero la suposición no prosperó, ya que la puerta de la torre solía quedar cerrada con llave y fuertemente asegurada, de modo que el abrirla requería tiempo y fuerzas. ¿Cómo se tomaría, pues, en serio la suposición de que el castellano pudiera caer en semejante error? El abogado se perdía en un laberinto, cuando Franz, el servidor predilecto de Wolfgang, que escuchaba su soliloquio, le interrumpió: —¡No es en esta forma que ha sucedido la desgracia, señor abogado!—. Pero, delante de los testigos no pudo obtenerse de él ni el más mínimo rayo de luz. Declaró que solamente hablaría al abogado y bajo promesa de secreto. Más adelante en una entrevista misteriosa, refirió cómo el difunto hablaba con frecuencia de los tesoros enterrados según él debajo de los escombros de la torre; afirmó también que había pedido la llave a Daniel, y que con frecuencia iba en plena noche a asomarse al abismo como para soñar a su sabor en las riquezas inmensas que su sed de oro le hacía suponer enterradas en aquellas honduras. Probablemente le habían asaltado el vértigo durante una de esas peregrinaciones nocturnas y había caído al abismo. Daniel, que parecía el más sensible de todos al horror del accidente, propuso que se mandara tapiar la puerta; y su parecer fue puesto en obra inmediatamente.

Investido de su mayorazgo, Huberto volvió a su Curlandia, dejando al abogado V... todos los poderes requeridos para administrar la finca de R... Se renunció al proyecto de construcción de un nuevo castillo, y únicamente se acudió a sostener los restos del antiguo. Bastantes años después de estos sucesos, Huberto reapareció un día en R... Era a principios de otoño. Durante su breve permanencia tuvo varias entrevistas privadas con el abogado, le habló de su muerte cercana y le anunció que el testamento estaba ya en manos de los magistrados de la ciudad de K... Cumpliéronse sus presentimientos murió un año más tarde. Su hijo, que llevaba el mismo nombre de pila que él, se dirigió a R... para tomar posesión de la herencia. El joven señor parecía inclinado a todos los vicios, y desde su entrada en R... se granjeó la animosidad de cuantos vivían en la finca; el primer acto de voluntad venía llamado a soliviantar a todos, cuando se irguió el abogado, declarando que se oponía formalmente a la ejecución de las órdenes que había dado aquel joven insensato hasta que se abriera el testamento, el único que podía, dentro de ciertos límites, conferirle los derechos que ahora pretendía atribuirse.

El joven castellano estaba lejos de esperar una resistencia tal de parte de un hombre que, a sus ojos, no era más que un criado de primera categoría. No le valieron al joven Huberto sus transportes de cólera; el abogado hizo frente a la borrasca, y manteniendo valerosamente la intangibilidad de sus atribuciones llegó a ordenarle que se retirara de R... hasta la fecha señalada para la lectura del testamento. A los tres meses se abrió éste en K... en presencia de los magistrados. Además de los testigos indispensables, el abogado V... venía con un joven de buen talante aunque vestido con sencillez, que hubiera podido pasar por su secretario. El futuro poseedor del mayorazgo se presentó con aire arrogante, y reclamó la pronta lectura del documento, pues no le sobraba el tiempo, según dijo, para perderlo en necias formalidades. En el testamento, el difunto barón, Huberto de R... declaraba que no había poseído nunca el mayorazgo como verdadero titular, y que lo había regido en interés del hijo único de su hermano Wolfgang de R... Como su abuelo, este hijo de Wolfgang llevaba el nombre de Roderich, y únicamente él podía heredar legítimamente el mayorazgo. Refería además el testamento que en una de sus estancias en Ginebra, el barón Wolfgang se había unido en matrimonio secreto con una muchacha de la nobleza, pero sin dote. Al cabo de un año quedó viudo y con un hijo, a quien nadie podía discutir la legitimidad de su nacimiento, y que estaba llamado, por lo tanto, al título del mayorazgo. Huberto, para justificar su silencio constante a propósito de esta revelación, alegaba que un pacto entre Wolfgang y él hacía de este silencio una obligación sagrada. Ya leído el testamento, el abogado V... se levantó, y presentando a los magistrados el joven que le acompañaba, les dijo: —Señores, he aquí al barón Roderich de R..., hijo legítimo de Wolfgang de R... y por derecho de herencia señor del mayorazgo de R...

Anonadado, como si hubiera estallado un rayo por encima de su cabeza, Huberto tardó un rato en reaccionar; tendió convulsivamente el brazo amenazador hacia el joven que tan inesperadamente le arrebataba la fortuna, y se precipitó fuera de la sala con todos los síntomas de ser presa de un acceso de locura. Entretanto, obedeciendo a la petición de los magistrados, Roderich presentó los documentos que establecían su identidad, así como unas cartas de su padre a la esposa. Pero, en los primeros, Wolfgang aparecía como hombre de negocios, con el seudónimo de De Born, y en cuanto a las cartas, si bien la semejanza de la letra era de fácil verificar, llevaban por única firma la inicial W. Asunto importante, que dilató la decisión de los jueces y fue motivo de una escrupulosa investigación. Enterado de lo que sucedía, Huberto dirigió inmediatamente una reclamación a la regencia del distrito para que, sin demora, le pusieran en posesión del mayorazgo, a falta de pruebas suficientes favorables a su adversario. El tribunal decidió que así se cumpliría si dentro de un corto plazo el joven Roderich no había aportado testimonios irrefutables de la legitimidad de sus pretensiones.

El abogado V... hizo un minucioso estudio de la documentación que obraba en poder de Wolfgang de R... Una noche —serían las doce— estaba sentado en el cuarto del difunto barón, enfrascado en la consulta de antiguos legajos. Afuera lucía la luna con un fulgor siniestro, y sus reflejos lívidos surcaban las paredes de la espaciosa sala inmediata, cuya puerta estaba abierta de par en par. De pronto, un rumor de pasos en la escalera y el tintineo de un manojo de llaves le sacaron de su ocupación. Se puso en pie y dio unos pasos por la sala aguzando el oído... Una puerta se abrió y entró con paso vacilante, a medio vestir, un hombre pálido y transfigurado, que llevaba una linterna sorda en la mano. V... reconoció a Daniel. Iba a hablarle, cuando fijándose mejor en los rasgos del viejo mayordomo se dio cuenta de que obraba en completo sonambulismo, ya que andaba con los ojos cerrados. Dirigióse el sonámbulo hacia la puerta tapiada, dejó en el suelo la linterna, escogió una llave de las que llevaba colgadas al cinto y se puso a escarbar la puerta, dando roncos gemidos; unos instantes después aplicó el oído a la pared, como para escuchar algo, y con gesto imperativo pareció querer hacer callar a alguien. Al cabo de esas misteriosas demostraciones se inclinó para recoger la linterna y se alejó por el mismo camino. El abogado le siguió disimuladamente. Daniel bajó, fue a abrir la puerta, ensilló un caballo, le condujo hasta el patio del castillo, y luego, inclinando la cabeza en la postura de un palafrenero que escucha las órdenes de su amo, volvió el caballo a la cuadra y subió de nuevo a su cuarto, que cerró cuidadosamente con llave y cerrojo. Esta escena rara promovió en el espíritu del abogado la sospecha de que se había cometido en el castillo un crimen que Daniel había presenciado, y del que acaso había sido cómplice.

Al anochecer del día siguiente, al presentarse Daniel para recibir órdenes del abogado éste le cogió ambas manos y le obligó a sentarse en un sillón frente a él. —¿Qué me dice —le preguntó— del resultado del embrollo legal entre Humberto y el joven Roderich?—. ¡Vaya! ¿A mí qué me importa que mande en el castillo el uno o el otro? —respondió Daniel parpadeando y bajando la voz como temeroso de que alguien más le oyera—. ¿Pero, qué le pasa, Daniel? Está temblando como si hubiera cometido un crimen —repuso el abogado—. Se diría que ha pasado usted una noche agitada—. Por toda respuesta, Daniel se levantó con dificultad y se disponía a salir, con torva mirada, pero el abogado le hizo sentar por fuerza y le increpó severamente: —¡No salga, Daniel! Dígame ahora mismo qué hizo anoche. Más propiamente, déme una explicación de lo que vieron mis ojos—. Por Dios, ¿qué es lo que vio? —preguntó el anciano con un escalofrío. El abogado le relató la escena que ya conocemos. Al oírle, el viejo mayordomo, estupefacto, se había acurrucado en su sillón y se tapaba la cara con ambas manos para evitar la mirada fiscalizadora que le interrogaba—. Parece ser, Daniel —prosiguió el abogado—, que se le ocurre, precisamente de noche, hacer una visita a los tesoros que el anciano barón Roderich había amontonado en la torre. Los sonámbulos responden con sinceridad, cuando están bajo los efectos del acceso a las preguntas que se les hacen; la noche que viene vamos a platicar sobre estos asuntos—. A medida que el abogado hablaba, crecía la turbación de Daniel, y a las últimas palabras de V... dio un grito agudo y cayó en un síncope. Avisados los servidores, le llevaron a su cama sin conocimiento, y de esta crisis pasó a un estado de completo letargo, que duró unas horas.

Al despertar reclamó algo de beber, despidió al criado encargado de velarle y se encerró en su cuarto. A la noche siguiente, como cavilara el abogado sobre la manera de servirse de Daniel para obtener una prueba decisiva del presunto crimen, se oyó un ruido de vidrios al romperse. Corrió a la ventana: un denso vapor salía del cuarto de Daniel, cuya puerta hubo de ser forzada para poder salvarle. Le hallaron tendido en el suelo; rota a su lado se veía la linterna, que había abrasado las cortinas de la cama, y a no ser por los prontos auxilios, le hubieran consumido las llamas del incendio, pues para llegar a Daniel fue preciso romper la puerta, asegurada con dos enormes cerrojos. El abogado se hizo perfectamente cargo de que el viejo había querido asegurarse la imposibilidad de salir del cuarto en medio de su crisis de sonambulismo, pero el instinto ciego había podido más que la voluntad. Al encontrar un estorbo desacostumbrado despertó dejando caer al suelo la linterna que ocasionó el incendio; el temor le había privado del uso de los sentidos. Vuelto en sí, sufrió Daniel una grave y larga enfermedad, que le dejó sumido en un estado de debilidad alarmante.

El abogado, siempre en busca de las pruebas que establecieron los derechos de Roderich, su protegido, hurgaba una noche en los archivos de R... Daniel entró en el cuarto, midiendo los pasos, con las trazas de un espectro, fue directamente a la mesa-escritorio del abogado, dejó encima de ella una cartera de cuero obscuro, y cayó de rodillas, exclamando: —¡Hay un Juez en el cielo! ¡Quisiera tener tiempo de arrepentirme!—. Y abandonó la estancia tan lentamente como había entrado. La cartera obscura contenía documentos importantísimos de puño y letra del barón Wolfgang y marcados con su sello; en ellos quedaba claramente establecida la legitimidad de su hijo, y a su través podía seguirse la historia de su casamiento secreto. Se trataba de unas pruebas indiscutibles. Huberto se vio obligado a reconocerlas, y declaró ante los jueces que renunciaba a todas sus pretensiones a la herencia de su tío Wolfgang de R... Después de esta diligencia dejó la ciudad y la comarca, y se oyó decir que había partido para San Petersburgo y que servía en el ejército ruso, con el cual había sido enviado a Persia. Después de estas noticias, su madre y su hermana se ocuparon de restablecer el orden en sus dominios de Curlandia. Roderich, locamente prendado de la hermana de Huberto, siguió a las damas en sus feudos, y el abogado V... salió para K..., quedando el castillo de R... más desierto y más sombrío que nunca.

Desde la escena de la cartera, Daniel había recaído a tal punto, que fue preciso traspasar sus atribuciones a otro mayordomo. Le sucedió Franz, en justa recompensa de sus fieles servicios. Poco tiempo después los asuntos del mayorazgo quedaron dilucidados del todo, y se cumplieron las formalidades legales con el asesoramiento del abogado V..., que no descansó hasta ver al joven Roderich instalado en sus posesiones y a salvo de cualquier temor para el porvenir. Pronto se tuvo noticia de que su competidor Huberto había perecido en una batalla contra los persas, y en consecuencia sus bienes de Curlandia pasaron a la bella Serafina, su hermana, que compartía el amor de Roderich y que pronto se unió a él con los lazos conyugales. Los esponsales tuvieron efecto en R... a principios de noviembre del mismo año y no se ahorraron medios para dar a la ceremonia el esplendor que requerían el elevado rango y la riqueza de los futuros esposos. El abogado V..., que se consideraba años ha como inseparable de los señores de R..., había reservado para su morada el antiguo dormitorio del viejo Roderich, pareciéndole el sitio más a propósito para vigilar los secretos de la conducta de Daniel. Una noche, el Barón y su abogado, alrededor de una mesa puesta delante del enorme brasero, trabajaban en la contabilidad de las rentas del dominio. Afuera roncaba el huracán con verdadera furia, crujían los abetos del bosque, y los murmullos del viento se quebraban y se retorcían gimiendo en las galerías.

—¡Qué espanto de tiempo, y qué bien se está aquí! —exclamó V...
—¡Sí, sí, espantoso! —repitió maquinalmente Roderich, a quien nada había logrado hasta entonces distraerle de sus cálculos. Se levantó entonces para acercarse a la ventana y observar los efectos de la tormenta, pero de pronto volvió a caer sobre el sillón, con la boca entreabierta y el brazo tendido hacia la puerta, que acababa de abrirse para dar entrada a una forma humana lívida y descarnada, que hubiera aterrado al más valiente.

Era Daniel. Aún más pálido que él y con febriles movimientos, al ver al anciano mayordomo, que escarbaba la puerta tapiada, el barón Roderich se precipitó hacia él, voceando: —¡Daniel! ¿A qué viene a estas horas, Daniel?—. El mayordomo dio un alarido, y cayó de espaldas; quisieron levantarle, y el desdichado era ya cadáver: —¡Dios eterno! —exclamó Roderich juntando las manos—. ¡A qué crimen me ha llevado un momento de terror! Este hombre era sonámbulo; y ¿por ventura no nos dicen los médicos que el llamar a una persona en ese estado por su nombre puede acarrearle la muerte?

—¡Barón —dijo gravemente el abogado—, no se acuse del castigo del hombre que acaba de morir; era el asesino del padre de usted...!
—¿De mi padre?...
—Sí, señor; al hablarle, la mano de Dios le ha caído encima. El terror de usted procede del instinto de odiosa repulsión que se apodera de nosotros a la vista o al contacto de un malvado. Las palabras que ha dicho a Daniel, y que le han herido como un rayo, son las últimas precisamente que el desventurado padre de usted había pronunciado.

Y poniendo ante sus ojos un escrito sellado y firmado por Huberto, hermano de Wolfgang de R..., empezó a descorrer a la vista de Roderich misteriosos velos de odio y venganza: la carrera de desdichas de la familia de R... Era una especie de confesión, en la que el mismo Huberto, padre del que había muerto en Persia, declaraba que la animosidad contra su hermano Wolfang databa del establecimiento del mayorazgo de R... Este acto de la voluntad de su padre, que le privaba a él de lo más saneado de su patrimonio y daba todas las ventajas al hermano mayor, había sido la semilla de un rencor que nada lograría extinguir. Desde aquella época, cediendo a un afán irresistible de venganza, Huberto había concertado con Daniel los medios más eficaces para fomentar la desunión entre Wolfgang y el anciano barón Roderich, quien, con el deseo de dar lustre al nuevo mayorazgo proyectaba para su primogénito un matrimonio que le emparentara con una de las más antiguas familias del país. En medio de sus observaciones de los astros, había llegado a la convicción de que en su curso venía señalado este casamiento, de manera que cualquier otra elección que pudiera formar Wolfgang hubiera sido para él causa de mortal disgusto y maldición. Wolfgang, locamente enamorado, en Ginebra, de una joven de noble linaje pero sin dote, esperaba que con el tiempo llegaría a convencer a su anciano padre y lograría hacerle aprobar su casamiento secreto con la mujer adorada. Entretanto, el viejo barón, que vio en las constelaciones signos de su muerte próxima, había escrito a Ginebra para ordenar a Wolfgang que acudiera inmediatamente a su lado. Pero, a la llegada, su padre había muerto, como se ha visto en el comienzo de esta historia. Más tarde, cuando Huberto llegó a R... para arreglar el asunto de la sucesión con su hermano, Wolfgang le informó sin reserva del misterio de su casamiento, y le declaró su gozo por haber recibido el don celeste de un hijo y por poder descubrir a su esposa muy amada que el negociante «De Born», con el cual había unido su destino, era nada menos que el rico y poderoso heredero de los barones de R... Le confió también su propósito de volver a Ginebra para llevarse consigo a la Baronesa. Pero la muerte le impidió el viaje. Huberto sacó provecho de esta muerte para hacer valer su derecho a la sucesión directa en el mayorazgo, ya que nada establecía los derechos del hijo de Wolfgang; pero tenía un natural fondo de lealtad, y pronto se apoderó de su espíritu el remordimiento. Un incidente que juzgó providencial acabó de despertar en él un temor de castigo del cielo. Tenía dos hijos de doce y once años que estaban en continuo desacuerdo. Un día el mayor decía al otro: —Tú eres un miserable, mientras que a mí me verás algún día señor de R... Entonces, mi querido hermanito, tendrás que acercarte humildemente para pedirme algo con qué comprarte un jubón nuevo—. Irritado por esta burla, el menor le asestó una cuchillada, cuyas consecuencias fueron mortales. Huberto, aterrorizado por esta desgracia, mandó a San Petersburgo al único hijo que le quedaba, el cual entró en uno de los cuerpos de ejército a las órdenes del general Suvarof. La pena que le roía el alma llevó a Huberto a serias reflexiones. Con escrupulosa solicitud recogió los fondos del mayorazgo, y bajo el nombre supuesto de un pariente del negociante De Born mandó a Ginebra abundantes socorros pecuniarios para subvenir a las necesidades del hijo de Wolfgang, muy joven todavía. En cuanto a la muerte de Wolfgang, había permanecido mucho tiempo velada por un horrible misterio, que la enfermedad de Daniel permitía por fin vislumbrar.

He aquí cómo se explicaba en la confesión de Huberto:
La noche en que iba a partir, Daniel, intentando sin duda sacar provecho de la animosidad que dividía a los dos hermanos, le había retenido en el momento de poner el pie en el estribo para hacerle ver que no era caso de abandonar de tal modo una herencia magnífica a las codicias de Wolfgang. —¿Qué he de hacer, pues? — había exclamado Huberto, iracundo, y dándose una palmada en la frente y acompañando las palabras con un gesto amenazador de su carabina, había exclamado—: ¡Y que no haya sabido hallar la oportunidad, en medio de la confusión de una partida de caza, para hacerle tragar plomo! —¡Felicítese de no haber cedido a tal imprudencia! —replicó Daniel, apretándole el brazo—. Pero, suponiendo que no tuviera usted la responsabilidad de los medios, ¿estaría dispuesto a recobrar la posesión de estas tierras? —¿Cómo no? —murmuró sordamente el embravecido Huberto—. ¡Quédese, pues! — le dijo Daniel—. ¡Está usted en sus dominios, barón de R..., ya que su antecesor ha muerto anoche, aplastado entre los escombros de la torre.

El drama fatídico se realizó en esta forma: Daniel, obstinado en hacerse con una buena cantidad en dinero, sin contar las dádivas del nuevo barón, había observado que Wolfgang venía todas las noches a meditar al borde del abismo que abrió un día la caída de la clave de la bóveda de la torre. Una noche, cuando ya estaba enterado de la próxima partida de Huberto, se había apostado en un ángulo sombrío de la sala de los Caballeros, a la hora en que Wolfgang solía circular por aquel sitio; y cuando el desventurado Barón abrió la puerta de la torre, le había empujado por la espalda al abismo.

Su baja codicia alcanzaba, pues, la realización de sus anhelos, y su odio se había saciado en la venganza. Dolorosamente conmovido por tan horribles revelaciones, el barón Huberto no podía vivir en aquel castillo cubierto por un velo sangriento. Volvió a sus tierras de Curlandia y únicamente iba a R... en la época otoñal de la caza. Y Franz, el nuevo mayordomo contaba durante mi estancia en R... que, cuando había luna llena, la sombra de Daniel se veía vagar a través de las galerías y las amplias salas del caserón. Tal fue la versión de mi tío-abuelo, el abogado. Yo arriesgué una interrogación acerca de Serafina. —Primo —me dijo el buen anciano—, el destino cruel que pesaba sobre el hogar de K... no se ha apiadado tampoco de la pobre joven. Dos días después de nuestra partida se despeñó durante una salida en trineo y se rompió el cráneo. El Barón no logró consolarse de esa pérdida. Primo, no volveremos nunca más a R...

Con estas últimas palabras la voz de mi tío se anegó en las lágrimas, y me despedí de él descorazonado.

Pasaron los años. El abogado dormía en la tumba hacía tiempo. La guerra y Napoleón asolaban el Norte, y yo volvía de San Petersburgo por la costa. Al pasar cerca de la pequeña ciudad de K..., distinguí a lo lejos una llama como de luz estelar. A medida que me acercaba iba acentuándose mejor lo que parecía una hoguera. Pregunté al postillón si no sería aquello un incendio. —No, señor —me respondió—; es el faro de R...

¡El faro de R...! El nombre despertó un torrente de recuerdos en mi alma. Veía a mi adorada Serafina rodeada de una pálida aureola. Me hice acompañar a la aldea donde había morado el Intendente del dominio, y pedí que me anunciaran a éste. Quitándose la pipa de entre los labios, un hombre que vestía la librea real, me dijo: —Señor, el intendente de los dominios de R... ya no existe. Esas tierras pasaron a la Corona, al morir sin herederos el último barón de R..., hace dieciséis años.

Quise subir al caserón; únicamente vi allí unas ruinas. Los más ricos materiales se habían empleado en la construcción de un faro elegido sobre la roca. Un campesino que encontré en la ladera de un bosque de abetos me contó, muy impresionado, que en las noches de luna llena aparecían a menudo unas sombras que se perseguían entre las ruinas dando lamentos. ¡Alma de mi Serafina! —dije para mí—. Nunca más volveré a verte en estos sitios. ¡Dios te llamó a Él para unir tu voz a las de los coros angélicos!