martes, 24 de enero de 2017

Uno aprende a entregarse poco a poco... Antonio Aliberti (1939-2000)

Uno aprende a entregarse poco a poco;
es una antigua costumbre de la piel,
casi una rutina permanente.

Ensaya los gestos más dramáticos,
los más inocentes,
altivos o distantes.

Finalmente consigue el ángulo perfecto,
y a ello sólo el tiempo contribuye.

Por eso ?los muertos?
guardan una perfecta compostura.

Los amantes. Antonio Aliberti (1939-2000)

Con la carne en paz se miran
los amantes;
traen de otros aires la levedad
del tiempo.
Se miran sorprendidos
el perfil
ante el espejo
que envejeció de pronto.

Algo se quiebra ante sus ojos:
ella se cubre,
él inicia la fuga
sin moverse.

El pecado. Antonio Aliberti (1939-2000)

Todos hemos de pagar,
los que aman y los que no,
los que muestran la frente
y los que se ocultan del sol,
los protegidos,
los desposeídos,
los vividores,
los suicidas...
Todos hemos de pagar:

nuestro pecado original
ha sido
hundir las manos en el infinito
y hacerle un tajo desesperado
a la luz del día.

Sucede, de noche. Antonio Aliberti (1939-2000)

Sombra que exhala el alcohol de la noche

la carne celebra en los rincones

Mi cuarto es una prisión

La casa de enfrente no existe
el árbol gigante la acuna

Se llena de hojas mi cuerpo
hasta que la luz salpique sobre el alba

Un cuerpo desnudo flota sin destino
su carne, toda dispersión y sueño

Sólo un susurro la noche.

Las dos vidas. Antonio Aliberti (1939-2000)

Si a un cierto punto me miras te miro
(nada extraño entre dos que comparten
el pan y la rutina)

si de pronto mirándote
recuerdo a la rubia del tren
(se perdió en la marea y el reloj)
(¿la perdí?):

no me descubras, déjame la libertad de los sentidos
(el que recuerda vive dos vidas).

Después a la noche mis dos vidas son tuyas
después a la noche tus dos vidas son mías

(no hay lugar para ninguna confusión).

Destino. Antonio Aliberti (1939-2000)

Quien anda de viaje se lleva todo lo
que tiene, también la fiebre.
Bartolo Cattafi


Un tren que sale siempre va a alguna parte
un hombre que sale no siempre va a alguna parte
aunque viaje en el mismo tren;
un hombre que sale se lleva todo a cuestas
se lleva todo lo que tiene:

(también sus ganas de quedarse)

(también sus ganas de no ir a ninguna parte).

Saludo al amigo. Antonio Aliberti (1939-2000)

A Roberto Santoro


No es que a veces me olvide,
sólo que hoy te recuerdo más,
y no resisto a la vieja costumbre de saludarte;
decirte por ejemplo que aquí estoy,
con mis castillos de arena intactos
(cuando sopla fuerte el viento, uno sopla más);
con dos hijos que crecen como el abrazo
que guardo en el pecho desde aquel día;
que nadie ha borrado tu nombre
y sigue habiendo una silla
con las formas de tu cuerpo y tu calor.
(Si alguien dijera que no estás, ¿qué probaría?
Puede más tu voz, como una herida que no tiene cura).
Para cuando vuelvas
-en un cuarto del mundo-
se encenderá otra vez la mesa
para reanudar la charla que dejamos inconclusa:
ambos nos miraremos desde ventanas abiertas.
No falta mucho: al irte, no dijiste adios.

Serenidad

Amo la serenidad de ciertas horas,
polvo de eternidad,
taciturna belleza que hay en ciertas tardes
que duermen como niño en su cuna.

No hay símbolos,
sólo voces que suben a la ventana
y comentan su oficio de orfebrería,
de tierra removida bajo la semilla del cielo.
Bebo a pequeños sorbos la reiteración de la brisa
y siento pasar por mis dedos el tiempo,
como cuentas de un rosario.
Hasta que la noche
cae a mis pies como pájaro ciego.

Generaciones. Antonio Aliberti (1939-2000)

Acurrucado entre fajas sábanas
bulto bajo la colcha prendido a la almohada
(posición fetal)
pido a mi madre:

acaríciame la frente
no me dejes salir.

Pero están los hijos; duermen, sueñan
dicen:
despiértanos
queremos vivir.

Cuando muchacho... Antonio Aliberti (1939-2000)

Cuando muchacho
me detenía a soñar
en el cuarto más oscuro de la casa
desde donde, los ruidos cotidianos,
se oían casi como una llovizna.
Ellos eran los únicos reales.
Yo lo sabía, pero igual soñaba.

Todos aspiramos a una porción de humo,
a un trozo de piel en donde guarecernos.

He aprendido mucho...
y sigo ignorando tantas cosas como entonces.

Ahora ya no soy yo,
me ha ganado el otro;
y aquél que fui
mira
a éste que soy
con extrañeza:
piensa que ni el gusto por los sueños le ha dejado.