viernes, 6 de enero de 2017

Problema de alquiler. Henry Kuttner (1915-1958)

Jacqueline decía que era un canario, y yo sostenía que en la jaula tapada había una pareja de periquitos. Un canario no causaría tanto alboroto. Además, me gustaba la idea de que el señor Henchard, ese viejo huraño, cuidara periquitos. Era deliciosamente ridículo... Pero guardara lo que guardase en esa jaula junto a la ventana, nuestro inquilino lo ocultaba celosamente a los ojos de los curiosos. Sólo podíamos hacer deducciones a partir de los ruidos.

Y no eran fáciles de distinguir. De abajo del paño de cretona salían rasguidos, susurros, detonaciones tenues e inexplicables de vez en cuando, y ocasionalmente un estrépito diminuto que sacudía la jaula entera en el pedestal de pino. El señor Henchard debía de saber que sentíamos curiosidad. Pero cuando Jackie le comentó que era bonito tener pájaros, todo lo que dijo fue:

—¡Pamplinas! Olvídese de esa jaula, ¿quiere?

Eso nos enfureció un poco. No somos entrometidos, y después de ese comentario nos rehusamos fríamente a mirar siquiera la silueta amortajada en cretona. Tampoco queríamos que el señor Henchard se fuera. Era sorprendentemente difícil conseguir inquilinos. Nuestra casita estaba en la carretera de la costa; el pueblo consistía en poco más que una veintena de casas, una tienda, una licorería, la oficina de correos y Terry's, el restaurante. Eso era casi todo. Cada mañana Jackie y yo tomábamos el autobús y viajábamos a la fábrica, a una hora de marcha. Al regresar a casa estábamos bastante cansados. No podíamos conseguir servicio doméstico —cualquier fábrica de armamento pagaba mejor—, así que nos arremangábamos y nos poníamos a limpiar. En cuanto a la comida, éramos los mejores clientes del Terry's.

Los salarios eran buenos, pero antes de la guerra habíamos contraído demasiadas deudas, y necesitábamos dinero extra. Por eso era que le alquilábamos la habitación al señor Henchard. Lejos de las zonas más frecuentadas, con dificultades de transporte y oscurecimientos todas las noches, no era fácil conseguir inquilinos. El señor Henchard parecía adecuado. Pensábamos que era demasiado viejo como para causar problemas. Un día llegó, pagó un depósito; poco después apareció con un enorme bolso de viaje y una valija cuadrada, de lona, con manijas de cuero. Era un viejito achacoso con un agresivo mechón de pelo rígido y una cara como la del papá de Popeye, aunque más humana. No era odioso, simplemente huraño. Tuve el presentimiento de que había pasado casi toda la vida en habitaciones alquiladas sin meterse en la vida de los demás y fumando innumerables cigarrillos con su boquilla larga y negra. Pero no era uno de esos viejos solitarios que despiertan en uno cierta compasión tranquilizadora. ¡Al contrario! No era pobre y se las arreglaba perfectamente solo. Le tomamos cariño. Una vez, en una muestra de efusividad, le llamé 'abuelo'. Prefiero no recordar los comentarios que recibí.

Hay gente que nace con buena estrella... Y el señor Henchard era así. Siempre encontraba dinero en la calle. Las pocas veces que jugábamos a los dados o al póquer, sacaba puntajes altos y escaleras sin siquiera intentarlo. Nunca hacía trampa. Tenía suerte, eso es todo. Recuerdo la vez que todos bajábamos por la larga escalera de madera que va de las rocas a la playa. El señor Henchard pateó una piedra bastante grande que había en. Uno de los escalones. La piedra bajó un trecho a los saltos y luego perforó un escalón. La madera estaba totalmente podrida. Estuvimos seguros de que si el señor Henchard, que iba delante, hubiera pisado ese tramo podrido, toda la estructura se habría desmoronado. En otra ocasión yo viajaba con él en el autobús. El motor se paró pocos minutos después que abordáramos el vehículo; e) conductor frenó al costado. Un coche venía hacia nosotros por la carretera, y cuando nos detuvimos se le reventó uno de los neumáticos delanteros. Patinó y cayó en ¡a fosa.

Si no hubiéramos frenado, habríamos chocado de frente. No hubo un solo herido. El señor Henchard no era un solitario; salía de día, creo, y se pasaba casi toda la noche sentado frente a la ventana. Antes de entrar a limpiar, nosotros llamábamos, por supuesto, y a veces nos decía "Un minuto". Se oía un susurro apresurado y el sonido de ese paño de cretona que cubría la jaula. Nos preguntábamos qué clase de pájaro sería, y teorizábamos sobre la posibilidad de un fénix. La criatura nunca cantaba. Emitía ruidos. Ruidos suaves, extraños, no muy típicos de un ave. Cuando llegábamos del trabajo a casa, el señor Henchard estaba siempre en su habitación. Se quedaba allí mientras limpiábamos. Nunca salía los fines de semana.

En cuanto a la caja... Una vez el señor Henchard tuvo que viajar. El día anterior, por la noche, nos buscó.

—Hm —dijo, con un cigarrillo inserto en la boquilla—. Oídme, tengo que atender ciertas propiedades en el norte y no estaré durante una semana, aproximadamente. Dejaré pagado el alquiler, de todos modos...
—Oh, bueno —dijo Jackie—. Podemos...
—Pamplinas —gruñó él—. Es mi habitación y quiero conservarla. ¿Qué le parece?
Accedimos, y él se fumó medio cigarrillo de una sola chupada.
—Hm, bien. Ahora escuchen. Antes yo tenía coche propio, así que me llevaba la jaula conmigo. Esta vez tengo que viajar en autobús y no podré llevarla. Ustedes han sido buena gente... No son fisgones ni comedidos. Se comportan discretos. Dejaré mi jaula aquí, pero no quiero que toquen ese paño.
—El canario... Se morirá de hambre —jadeó Jackie.
—¿Canario, eh? —dijo el señor Henchard, clavándole unos ojos acuosos y malignos—. No se preocupe. Le dejaré suficiente comida y agua. Ustedes no metan las manos. Limpien la habitación cuando sea necesario, si quieren, pero no se atrevan a tocar esa jaula. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí.
—Bien, a no olvidarlo —recalcó.

La noche siguiente, cuando llegamos a casa, el señor Hericl;,,..,: había ido. Entramos en su habitación y vimos una nota clavada en el paño de cretona: "¡Cuidado!" De la jaula llegaba como un arrullo áspero, y luego oímos una especie de detonación débil.

—Al cuerno —dije—. ¿Quieres bañarte primero?
—Sí —dijo Jackie.

Dentro de la jaula siguieron los susurros. Pero no eran alas. Y los golpes. A la noche siguiente comenté:

—Quizá le ha dejado suficiente comida, pero apuesto a que el agua no alcanzará.
—¡Eddie! —exclamó Jackie.
—De acuerdo, soy curioso. Pero tampoco me gusta que un pájaro se ¡nuera de sed.
—El señor Henchard dijo que...
—Está bien, de acuerdo. Vamos a! Terry's y estudiemos la situación de las chuletas de cordero.

La noche siguiente... Oh, bien. Levantamos la cretona. Todavía creo que fue más por preocupación que por curiosidad, Jackie decía que una vez conoció a alguien que maltrataba al canario.

—Encontraremos al pobre bicho en cadenas —comentó, arrojando el paño al antepecho de la ventana, detrás de la jaula.

Apagué la aspiradora. Uuuusshh... Trot-trot-trot, se oía bajo la cretona.

—Sí —dije—. Escucha, Jackie... El señor Henchard es buen tipo, pero es medio raro. Puede que ese pájaro o pájaros tengan sed. Echaré un vistazo.
—No. Eh... Sí. Miraremos los dos, Eddie. Compartiremos la responsabilidad.

Extendí el brazo. Jackie pasó por debajo y apoyó la mano en la mía. Luego levantamos un extremo del paño. Adentro se oía un susurro, pero en cuanto tocamos la cretona el sonido se interrumpió. Mi propósito era echar apenas una ojeada. Pero seguí alzando la cubierta. Veía el movimiento de mi brazo y no podía detenerlo. Estaba muy ocupado en mirar. Dentro de la jaula había.,.bueno, una casita. Parecía completa en todos los detalles. Una casa diminuía pintada de blanco, con postigos verdes —ornamentales, pues no cerraban—, ya que el chalet era muy moderno. Era de ese tipo de casas confortables y sólidas que se ve en los barrios residenciales. Las ventanas diminutas tenían cortinas de zaraza. Todas estaban iluminadas, en la planta baja. En cuanto levantamos el paño, cada ventana se oscureció de repente. Las luces no se apagaron, pero las cortinas bajaron con un furioso chasquido. Fue rápido. Ninguno de los dos alcanzó a ver quién o qué había bajado las cortinas. Solté el paño y retrocedí arrastrando a Jackie conmigo.

—¡Una casa de muñecas, Eddie!
—¿Con muñecas dentro? Miré fijo la jaula tapada.
—¿Te parece...tal vez...crees...quizá...que se podría entrenar a un canario...para que baje cortinas?
—¡Santo cielo! Eddie, escucha.

Sonidos tenues salían de la jaula. Susurros, y un pop casi inaudible. Luego un rasguido. Me acerqué y arranqué la cretona de golpe. Esta vez estaba preparado y observé las ventanas. Pero las cortinas bajaron haciéndome parpadear. Jackie me tocó el brazo y señaló. En el techo inclinado había una chimenea de ladrillo en miniatura; de allí salían volutas de humo pálido. El humo se elevaba, era tan tenue que yo no podía olerlo.

—Los c-canarios están c-cocinando —balbuceó Jackie.

Nos quedamos un rato esperando casi cualquier cosa. Si un hombrecito verde hubiera asomado por la puerta del frente para ofrecernos que le dijéramos tres deseos, no nos habría sorprendido mucho. Pero no pasó nada. Ni un sonido brotó de la pequeña casa de la jaula. Y las cortinas estaban bajas. Observé que toda la construcción era una obra maestra de la miniatura y el detalle. El pequeño porche tenía un felpudo diminuto. También había un timbre. La mayoría de las jaulas tiene el fondo móvil. Esta no. Había manchas de resina y metal plomizo, rastros de soldaduras. La puerta también estaba soldada. Yo podía poner el índice entre los barrotes, pero no el pulgar: demasiado grueso.

—Es un bonito chalet..., ¿no crees? —dijo Jackie con voz temblorosa—. Debe de ser gente tan pequeñita..., ¿no?
—¿Gente?
—Pájaros... Eddie, ¿quién vivirá en esa casa?
—Bien —dije, disponiéndome a una inspección. Inserté suavemente mi lápiz automático entre los barrotes de la jaula y presioné una ventana abierta. Subí la cortina.

Desde dentro de la casa algo parecido al haz de una linterna diminuta me dio en el ojo, el resplandor me encandiló. Retrocedí con un gruñido y oí que cerraban una ventana y bajaban la cortina.

—¿Has visto?
—No, tenías la cabeza delante. Pero...

Mientras mirábamos, las luces se apagaron. Sólo la voluta de humo que salía de la chimenea indicaba que había algo dentro.

—El señor Henchard es un científico loco —musitó Jackie—. Reduce a la gente.
—No sin un acelerador de partículas —dije—. Todo científico loco tiene que tener un acelerador para formar rayos artificiales.

De nuevo puse el lápiz entre los barrotes. Apunté con mucho cuidado. Apreté la punta contra el timbre y llamé. Se oyó un campanillazo agudo. La cortina de una de las ventanas al lado de la puerta se descorrió veloz, y probablemente algo me miró. No lo sé. La rapidez no me alcanzó para verlo. La cortina volvió a su lugar y no hubo más movimientos. Toqué el timbre hasta cansarme. Luego desistí.

—Podría destrozar la jaula —dije.
—¡Oh, no! El señor Henchard...
—Bien —dije—. Cuando regrese le preguntaré qué diablos se cree. No puede tener dientes. No figura en el contrato.
—No hay contrato —replicó Jackie.

Examiné la casita de la jaula. Ni un sonido, ni un movimiento. Humo en la chimenea. Al fin y al cabo no teníamos derecho a meternos en la jaula. ¿Violación de propiedad? Imaginé a un hombrecito verde con alas blandiendo una porra, arrestándome por intento de hurto. ¿Los duendes tendrían polizontes? ¿Qué clase de delitos...? Tapé nuevamente la jaula. Al rato volvieron los ruidos vagos; rasguidos, golpes, susurros. Y un gorjeo que no era de pájaro, que se interrumpió enseguida.

—Oh, cielos —dijo Jackie—. Vayámonos de aquí.

Fuimos derecho a la cama. Yo soñé con una horda de hombrecitos verdes con uniformes de policía estilo Mack Sennett, bailando en un arcoiris bilioso y cantando alegremente. La alarma del reloj me despertó. Me duché, afeité y vestí, pensando lo mismo que pensaba Jackie. Mientras nos poníamos los abrigos, la miré a los ojos y le dije:

—¿Lo hacemos?
—Sí. ¡Oh, Eddie, por Dios! ¿Crees que también ellos saldrán a trabajar?
—¿A trabajar...en qué? —pregunté ofuscado—. ¿Pintar flores?

No se oía nada bajo la cretona cuando entramos de puntillas en la habitación del señor Henchard. La luz del sol penetraba por la ventana. Quité la cubierta. Allí estaba la casa. Una de las persianas estaba levantada; las demás estaban cerradas con firmeza. Acerqué la cabeza a la jaula y miré a través de los barrotes la ventana abierta, donde cortinados de seda ondeaban en la brisa. Vi un ojo enorme que me miraba. Esta vez Jackie estuvo segura de que yo me moría de susto. Jadeó sin aliento mientras yo trastabillaba hacia atrás aullando algo sobre un ojo inyectado en sangre que no era humano. Nos abrazamos fuertemente y luego miramos de nuevo.

—Oh —dije en voz muy queda—. Es un espejo.
—¿Un espejo?
—Sí, un espejo grande, en la pared de enfrente. Es todo lo que puedo ver. No puedo acercarme más.
—Mira el porche —dijo Jackie.

Miré. Había una botella de leche al lado de la puerta. Os imaginaréis el tamaño. Era púrpura. Al lado había un sello plegado.

—¿Leche púrpura? —dije.
—De una vaca púrpura. A menos que sea una botella de color. Eddie, ¿eso es un diario?

En efecto. Agucé la vista para leer los titulares. A toda página se leía en enormes caracteres rojos de casi medio milímetro de alto:

EXTRA ¡FOTZPA AVANZA SOBRE TUR!

Fue todo lo que pudimos descifrar. Tapé suavemente la jaula. Fuimos a desayunar al restaurante mientras llegaba el autobús. Cuando esa noche volvimos a casa sabíamos cuál sería nuestra primera tarea. Entramos, nos cercioramos de que el señor Henchard no hubiera regresado aún, encendimos la luz de su habitación y escuchamos los ruidos de la jaula.

—Música —dijo Jackie.

Era tan suave que apenas podía oírla, y de cualquier modo no era música verdadera. Sería incapaz de describirla. Y no tardó en apagarse. Golpes, rasguidos, detonaciones, zumbidos. Luego silencio. Y quité la cubierta. La casa estaba a oscuras, las ventanas estaban cerradas, las persianas estaban bajas. El diario y la botella de leche no estaban en el porche. En la puerta del frente había un letrero que sólo pude leer con una lupa. Decía: ¡CUARENTENA! ¡FIEBRE BARDICA!

—Caramba los muy mentirosos —dije—. Apuesto a que no tienen fiebre bárdica. Jackie echó a reír.
—¿Sólo en abril te atrapa la fiebre bárdica, verdad?
—Abril y Navidad. Es cuando la propagan las meriendiposas*. ¿Dónde está mi lápiz?

Toqué el timbre. Una cortina se descorrió y se volvió a cerrar; ninguno de los dos alcanzó a ver la...mano? qus la movió. Silencio. De la chimenea salía humo.

—¿Asustada? —pregunté.
—No. Es curioso, pero no. Son unas criaturitas tan hurañas... Como esas familias que sólo hablan...
—Los duendes sólo hablan con trasgos, quieres decir... No pueden despreciarnos de ese modo. Al fin y al cabo, la casa de ellos está en nuestra casa.
—¿Qué podemos hacer?

Empuñé el lápiz y con bastante dificultad escribí: DEJADNOS ENTRAR en el panel blanco de la puerta. No había más lugar que para eso. Jackie meneó la cabeza.

—Quizá no debiste escribir eso. No queremos entrar. Sólo queremos verles.
—Demasiado tarde. Además, ellos entenderán qué es lo que queremos.

Nos quedamos mirando la casa de la jaula, y la casa nos miraba a nosotros con hosquedad y fastidio. ¡FIEBRE BARDICA, realmente!

Eso fue todo lo que ocurrió esa noche. A la mañana siguiente descubrimos que habían borrado los trazos de lápiz de la puerta, que el letrero de cuarentena seguía allí, y que había una botella verde de leche y otro diario en el porche. Esta vez los titulares decían:

EXTRA ¡FOTZPA VENCE A TUR!

De la chimenea salía humo. Toqué el timbre otra vez. Nada. Reparé en un diminuto buzón junto a la puerta, sobre todo porque a través de la ranura me di cuenta de que adentro había cartas. Pero estaba cerrado con llave.

—Si pudiéramos ver a quién están dirigidas... —sugirió Jackie.
—O quién las remite. Eso es lo que me interesa.

Finalmente nos fuimos a trabajar. Estuve preocupado todo el día, y casi me rebano el pulgar con una máquina. Y cuando esa noche me encontré con Jackie, también la noté desmejorada.

—Ignorémoslos —dijo mientras traqueteábamos rumbo a casa en el autobús—.Sabemos cuando somos mal recibidos, ¿verdad?
—No me voy a dejar vencer por una... Por una criatura. Además, los dos nos volveremos locos si no descubrimos qué hay dentro de esa casa. ¿Crees que el señor Henchard es un hechicero?
—Es un canalla —dijo amargamente Jackie—. ¡Irse y dejar esos duendes ambiguos en nuestras manos!

Cuando llegamos a casa, la casita de la jaula se puso alerta como de costumbre, y cuando arrancamos la cubierta los ruidos tenues y distantes se disiparon. Brillaban luces a través de las persianas bajas. En el porche sólo se veía el felpudo. En el buzón pudimos ver el sobre amarillo de un telegrama. Jackie palideció.

—¡Es el colmo! —insistió—. ¡Un telegrama!
—Tal vez no.
—Lo es, lo es, sé que lo es. Murió la tía Campanilla, o lolanthe viene de visita.
—Han quitado el letrero de cuarentena —dije—. Pero hay uno nuevo: 'pintura fresca'.
—Bien... Entonces, les llenarás esa bonita puerta de garabatos.

Tapé de nuevo la jaula, apagué la luz y tomé la mano de Jackie. Nos quedamos esperando. Al rato se oyó bump-bump-bump y luego hubo un silbido como de tetera. Oí unos chasquidos diminutos. A la mañana siguiente había en el porche veintiséis botellas amarillas —un amarillo brillante— de leche, y el titular liliputiense anunciaba:

EXTRA ¡TUR AVANZA SOBRE FOTZPA!

También había correo en el buzón, pero el telegrama había desaparecido. Esa noche las cosas siguieron como siempre. Cuando quité el paño hubo un silencio repentino y furibundo. Sentimos que éramos observados desde los costados de las diminuías cortinas. Al fin nos acostamos, pero en medio de la noche me levanté y eché otra ojeada a nuestros misteriosos inquilinos. Claro que en realidad no los veía, pero debían estar de fiesta pues apenas me asomé, una música extraña y suave y unos feroces golpeteos se acallaron. A la mañana había una botella roja y un diario en el porche. El titular decía:

EXTRA ¡VICTORIA DE FOTZPA!

—Mi trabajo se va al demonio —dije—. No puedo concentrarme.,. Estoy intrigado, me paso todo el santo día pensando en este asunto.
—Yo también. Tenemos que averiguar algo de algún modo.
Atisbé dentro de la jaula. Una cortina bajó tan bruscamente que casi se desprendió del rollo.
—¿Crees que están enojados? —pregunté.
—Sí —dijo Jackie—. Creo que sí. Debemos estar fastidiándoles muchísimo. Mira..., apuesto a que están sentados dentro, junto a las ventanas, hirviendo de furia y esperando a que nos larguemos..Mejor nos vamos, quizá. De todos modos es la hora del autobús.

Miré la casa y sentí que la casa también me miraba con un aire de irritación y rencor. En fin, fuimos a trabajar. Esa noche volvimos cansados y hambrientos, pero aun antes de quitarnos los abrigos entramos en el cuarto del señor Henchard. Silencio. Encendí la luz mientras Jackie quitaba la cretona de cubierta de la jaula. La oí jadear. De inmediato me acerqué de un brinco, esperando ver un hombrecito verde en ese porche absurdo, o cualquier otra cosa insólita.,, No vi nada fuera de lo común. De la chimenea no salía humo. Pero Jackie señalaba la puerta del frente. Había un prolijo letrero pintado pegado al panel. Decía, de modo muy calmo y sencillo, pero definitivo: SE ALQUILA.

—¡Oh, oh, oh! —dijo Jackie.

Tragué saliva. Todas las persianas estaban levantadas y las cortinas de zaraza habían desaparecido. Por primera vez pudimos ver dentro de la casa. Estaba total y espantosamente vacía. No había muebles. Nada, salvo unos pocos rasguños y arañazos en el suelo de madera pulida. El empapelado estaba escrupulosamente limpio; los diseños, en los diversos ambientes, eran sobrios y de buen gusto. Los inquilinos habían dejado la casa en orden.

—Se han mudado —dije.
—Sí —murmuró Jackie—. Se fueron.

De pronto me sentí muy mal. La casa —no la de la jaula sino la nuestra— estaba espantosamente vacía. ¿Sabéis lo que se siente cuando se ha estado de visita y se vuelve a una casa donde no hay nada ni nadie? Abracé a Jackie y la estreché con fuerza. Ella también estaba muy deprimida. Quién habría dicho que un diminuto letrero de “Se alquila” podía abatirnos tanto.

—¿Qué dirá el señor Henchard? —preguntó Jackie, observándome con los ojos desencajados.

El señor Henchard regresó dos noches después. Estábamos sentados junto al fuego cuando entró, meciendo el bolso de viaje, la boquilla negra colgada de los labios.

—Mmh —saludó.
—Hola —dije tímidamente—. Celebro que haya vuelto.
—¡Pamplinas! —dijo con firmeza el señor Henchard, dirigiéndose a su habitación.

Jackie y yo nos miramos. El señor Henchard soltó un berrido de furia. Su cara crispada asomó por la puerta.

—¡Entrometidos! —refunfuñó—. Les advertí que...
—Espere un minuto —dije.
—¡Me mudo! ¡Ya mismo! —ladró el señor Henchard; metió la cabeza adentro, cerró la puerta y le echó llave.

Jackie y yo nos quedamos tiesos como niños que esperan una tunda. El señor Henchard salió de la habitación, el bolso colgando de una mano. Siguió de largo rumbo a la puerta. Traté de detenerle.

—Señor Henchard...
—¡Pamplinas!
Jackie le tomó de un brazo, yo del otro. Entre los dos conseguimos detenerle.
—Espere —dije—. Olvida usted su,..eh, su jaula.
—Eso es lo que usted cree —rugió—. Puede quedarse con ella. ¡Comedidos! Meses me tomó construir esa casita, y más meses persuadirles de que vivieran allí. Ahora ustedes arruinaron todo. No regresarán.
—¿Quiénes? —balbuceó Jackie.
Nos clavó malignamente los ojos acuosos.
—Mis inquilinos. Ahora tendré que construir una casa nueva... ¡Ja! Pero esta vez no la dejaré al alcance de ningún comedido.
—Espere —dije—. ¿Es usted...m-mago?
El señor Henchard bufó.
—Soy un buen artesano. Es todo lo que hace falta, usted les trata bien, y ellos le tratan bien a usted. No obstante... —y los ojos le brillaron de orgullo—. No todos saben construir una casa adecuada para ellos.

Parecía estar aplacándose, pero mi siguiente pregunta sobre la identidad de ellos lo exasperó de nuevo.

—¿Quiénes son ellos? —vociferó—. La Gente Pequeña, naturalmente. Llámela como usted quiera: duendes, trasgos, gnomos, geniecillos, tienen muchísimos nombres. Pero lo que quieren es un barrio tranquilo y respetable donde vivir, no fisgones y mirones; le da mala fama a la propiedad. ¡Con razón se mudaron! Y además, pagaban el alquiler puntualmente. Aunque la Gente Pequeña siempre es así —añadió.
—¿Alquiler? —dijo tímidamente Jackie.
—Suerte —dijo el señor Henchard—. Buena suerte. ¿Con qué cree que iban a pagar? ¿Con dinero? Ahora tendré que construir otra casa para recuperar mi buena suerte.

Nos clavó una fulminante mirada de despedida, abrió la puerta con brusquedad y se marchó. Nos quedamos mirándole. El autobús se acercaba a la gasolinera al pie de la loma y el señor Henchard echó a correr. Alcanzó el autobús, sí. Pero sólo después de haber caído de bruces. Rodeé con el brazo a Jackie.

—Cielos —dijo ella—. Ya le volvió la mala suerte...
—No mala —señalé—. Sólo normal. Cuando alquilas una casita a los duendes consigues mucha buena suerte extra.

Nos quedamos en silencio mirándonos el uno al otro. Finalmente, sin decir una palabra, entramos en la habitación vacía del señor Henchard. La jaula seguía allí. La casa también. El letrero de alquiler también.

—Vayamos al Terry's —dije.

Nos quedamos hasta más tarde que de costumbre. Cualquiera habría dicho que no queríamos regresar porque vivíamos en una casa encantada. Y en nuestro caso era exactamente lo contrario. Nuestra casa ya no estaba encantada. Estaba horrible, desolada, fríamente vacía. Regresamos pensativos y en silencio. Cruzamos la carretera, subimos la loma y abrimos la puerta del frente. No sé por qué, pero fuimos a echarle un último vistazo a la casa vacía. La cubierta estaba de vuelta sobre la jaula, donde yo la había dejado. Pero... ¡Tum, rrr, pop! ¡La casa estaba nuevamente habitada! Retrocedimos y cerramos la puerta en un santiamén.

—No —dijo Jackie—. No debemos mirar. Nunca, jamás debemos mirar bajo la cubierta.
—Nunca —dije—. ¿Quién crees...?

Oímos el muy tenue murmullo de lo que parecían canciones jocundas. Estaba bien. Cuanto más felices fueran, más tiempo se quedarían. Cuando nos acostamos, soñé que bebía cerveza con Rip Van Winkle y los enanos. Siempre bebía bajo la mesa. A la mañana siguiente llovía, pero no le dimos importancia. Estábamos convencidos de que un sol amarillo y brillante penetraba las ventanas. Canté bajo la ducha, Jackie tarareaba feliz. No abrimos la puerta del señor Henchard.

—Quizá quieran dormir hasta tarde —dije.

En el taller siempre hay ruido, pero el estrépito no aumenta demasiado aunque pase un transporte con una carga de cilindros. A las tres de la tarde uno de los muchachos llevaba cilindros al depósito. Yo no vi ni oí nada hasta bajarme de mi acepilladora. Estaba viéndola de reojo cómo funcionaba. Esas acepilladoras son formidables. Se asientan sobre cemento, en recipientes altos y pesados donde un portentoso monstruo metálico —la acepilladora en sí— se desliza hacia adelante y hacia atrás.

Me eché hacia atrás, vi que se acercaba el transporte y me aparté del camino con un elegante paso de vals. El conductor viró, los cilindros cayeron, y yo di esta vez un paso no tan elegante que terminó cuando me choqué los muslos contra el borde del recipiente y di un salto mortal pulcro y casi suicida. Cuando aterricé, estaba atascado en el recipiente metálico, mirando el cepillo mecánico que se me venía encima. Nunca en la vida había visto nada que se moviera tan rápido. Todo terminó antes que me diera cuenta. Yo forcejeaba para salir de allí, los hombres aullaban, el cepillo bramaba sediento de sangre, y las cabezas de los cilindros rodaban por todo el lugar. Luego se oyó el penoso chirrido de engranajes y levas destrozados. El cepillo se detuvo. El corazón me dio un brinco.

Después de cambiarme fui a buscar a Jackie para salir. Mientras viajábamos en el autobús le conté lo ocurrido.

—Una suerte increíble. O un milagro. Uno de esos cilindros chocó la acepilladora justo en el lugar apropiado. La acepilladora quedó destrozada, pero yo no. Creo que tendríamos que escribir una nota de agradecimiento a nuestros inquilinos...
Jackie asintió, profundamente convencida.
—Es la suerte con que nos pagan, Eddie. ¡Además, celebro que nos pagaran por adelantado!
—Salvo que en la fábrica no estaré en la lista de pagos hasta que se arregle el cilindro —dije.

Llegamos a casa con tormenta. Oíamos un estrépito en el cuarto del señor Henchard, más potente que cualquier ruido que jamás haya salido de la jaula. Corrimos arriba y descubrimos que la ventana estaba abierta. La cerré. El paño de cretona casi había volado de la jaula, y yo empecé a colocarlo en su sitio. Jackie estaba a mi lado. Observamos la casa diminuta; mi mano no terminó el gesto. El letrero había desaparecido de la puerta. La chimenea humeaba. Las persianas estaban cerradas como de costumbre, pero además había otros cambios. Había un tenue olor a comida, parece que era carne rancia con hierbajos... Venía inequívocamente de la casita. En el porche antes inmaculado había un bote de basura abollado, y un minúsculo canasto naranja con minúsculas latas sucias y lo que indudablemente eran botellas de licor vacías. Había una botella de leche al lado de la puerta, llena de un líquido lavanda y bilioso. Aún no la habían entrado, y tampoco el diario de la mañana. Por cierto que no era el mismo periódico. El carácter alarmista de los titulares indicaba que era un diarucho sensacionalista.

Una cuerda para tender ropa había sido instalada entre una columna del porche y una esquina de la casa. Todavía no había ropa colgada. Tapé bruscamente la jaula y seguí a Jackie hasta la cocina.

—¡Dios mío! —exclamé.
—Tendríamos que haber pedido referencias —jadeó ella—. ¡Esos no son nuestros inquilinos!
—No son los que teníamos antes —convine—. Es decir, los que tenía el señor Henchard. ¿Has visto ese bote de basura en el porche?
—¿Y la cuerda para tender ropa... Qué... Qué vulgar.
—Jukes, Kallikaks y Jeeter Lesters. Este no es El Camino del Tabaco.
Jackie tragó saliva.
—El señor Henchard dijo que no regresarían, ¿recuerdas?
—Sí, pero, bien...
Ella asintió lentamente, como si empezara a comprender.
—Dime —le dije.
—No sé. Sólo que el señor Henchard dijo que la Gente Pequeña quería un barrio tranquilo y respetable. Y la ahuyentamos. Apuesto a que le han dado a la jaula —a la zona— una mala reputación. Los duendes más refinados no vivirán allí. Es... Caramba, quizá sea un barrio bajo.
—Estás loca de remate.
—No. Tiene que ser así. Es lo que decía el señor Henchard. Dijo que tendría que construir una casa nueva. La gente respetable no se muda a un barrio malo. Tenemos duendes vulgares, es todo.

La miré boquiabierto.

—Aja. Como los que viven en inquilinatos. Apuesto a que tienen una cabra chiflada en la cocina —balbuceó Jackie.
—Bien —dije—, no estoy dispuesto a tolerarlo. Los desalojaré. Les... Les echaré agua por la chimenea. ¿Dónde está la tetera?
Jackie me contuvo.
—¡No, no lo hagas! No podemos desalojarlos, Eddie. No debemos. Pagan el alquiler —dijo. Y entonces recordé.
—El cepillo mecánico...
—Exacto —enfatizó Jackie, hundiéndome los dedos en los bíceps—. Hoy habrías muerto si no hubieras tenido un poco de suerte extra. Tal vez sean ordinarios, pero pagan el alquiler.
Comprendí.
—Pero sin embargo la suerte del señor Henchard era diferente... ¿Recuerdas cuando pateó esa roca en la escalera, y los escalones cedieron? Para mí es más duro. Me caigo en la acepilladora y un cilindro rebota y detiene la máquina, pero estaré sin trabajar hasta que la reparen. Al señor Henchard nunca le ocurrió nada semejante.
—Tenía mejores inquilinos —explicó Jackie con un destello en los ojos—. Si el señor Henchard se hubiera caído en la acepilladora, estoy segura de que habría saltado un fusible. Nuestros inquilinos son duendes chapuceros, así que nos toca una buena suerte chapucera.
—Se quedan —dije—. Somos dueños de una zona mal reputada. Larguémonos de aquí y vamos al Terry's a tomar un trago.

Nos abotonamos los abrigos y partimos, respirando el aire fresco y húmedo. La tormenta arreciaba aún más, yo había olvidado la linterna, pero no quería regresar a buscarla. Bajamos la loma hacia las luces apenas visibles del restaurante. Estaba oscuro. No podíamos ver mucho en la tormenta. Probablemente por eso no reparamos en el autobús hasta que se nos vino encima, los faros casi invisibles en medio del oscurecimiento.

Empujé a Jackie a un lado, pero patiné en el cemento húmedo y los dos caímos de bruces. Sentí el choque del cuerpo de Jackie, y poco después braceábamos en la fosa barrosa al lado de la carretera mientras el autobús seguía de largo, rugiendo. Nos arrastramos fuera y caminamos hasta el restaurante. El mozo nos miró sorprendido, soltó una exclamación y nos preparó un trago sin que lo pidiéramos.

—Incuestionablemente nos salvaron la vida —dije.
—Sí —convino Jackie, sacándose lodo de las orejas—. Pero al señor Henchard no le habría ocurrido así. El mozo meneó la cabeza.
—¿Te caíste en la fosa, Eddie? ¿Y tú, también? ¡Mala suerte!
—Mala no —murmuró Jackie—. Buena. Pero chapucera —alzó la copa y me observó con la cara tristona y enlodada. Hice tintinear mi copa contra la suya.
—Bien —dije—. Por nuestra suerte...

Prometeo. Franz Kafka (1883-1924)

De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.

Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.

De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.

Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.

Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.

Solo permaneció el inexplicable peñasco.

La leyenda pretende descifrar lo indescifrable.

Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.

Probable aventura de tres hombres de letras. Lord Dunsany (1878-1957)

Cuando los nómadas llegaron a El Lola lo hicieron sin sus canciones y la cuestión de robar la caja dorada se planteó en toda su magnitud. Por una parte, muchos de ellos habían buscado la caja dorada, que (como los etíopes saben) es un receptáculo de poemas de fabuloso valor; y su funesto destino es todavía plática usual en Arabia. Por otra parte, era triste sentarse de noche alrededor del fuego de campamento sin nuevas canciones.

Fue la tribu de Hetch la que discutió estas cuestiones un atardecer en los llanos bajo la cumbre de Mluna. Su tierra natal había sido la vía a través del mundo de inmemoriales nómadas; y a los más viejos de ellos les inquietaba que no hubiera nuevas canciones. Mientras tanto, insensible a las inquietudes humanas y, hasta ahora, a la noche que estaba ocultando los llanos, la cumbre de Mluna, en calma al resplandor del crepúsculo, miraba hacia la Tierra Incierta. Y fue en el llano que hay en la ladera conocida de Mluna donde, en el preciso momento en que la estrella vespertina aparecía como un ratón y las llamas del fuego de campamento elevaban sus aislados penachos humeantes desanimadas por alguna canción, los nómadas planearon precipitadamente aquel imprudente proyecto que el mundo conoció como La Búsqueda De La Caja Dorada.

Ninguna otra precaución más acertada podían haber tomado los más ancianos de los nómadas que la de decidir que su ladrón fuera el propio Slith, aquel mismo ladrón que (como he escrito) ganó por la mano al rey de Westfalia en tantas aulas regentadas por institutrices. No obstante, era tal el peso de la caja que deberían acompañarle otros, y Sippy y Slorg eran ladrones no menos ágiles que los que hoy en día pueden encontrarse entre los vendedores de antigüedades.

Así es que al día siguiente los tres ascendieron las estribaciones del Mluna y durmieron en sus nieves tan bien como pudieron, antes que arriesgarse a pasar la noche en los bosques de la Tierra Incierta. Y amaneció un día radiante y los pájaros se hartaron de cantar, mas la selva de abajo y el yermo de más allá y los pelados y ominosos riscos presentaban un indecible aspecto amenazador.

Aunque tenía veinte años de experiencia como ladrón, Slith hablaba poco; únicamente cuando alguno de los otros dos hacía rodar una piedra con su pie, o, más tarde en la selva, cuando alguno de ellos pisaba una rama, les decía bruscamente en voz baja siempre las mismas palabras: "eso no está bien". Sabía que en dos días de viaje no podía convertirlos en mejores ladrones, y, cualesquiera que fueran las dudas que tuviera, no interfería más.

Desde las estribaciones del Mluna descendieron a los bancos de nubes, y de éstos a la selva, cuyas bestias autóctonas, como tan bien sabían los tres ladrones, comían todo tipo de carne ya fuera de pez o de humano. Allí cada uno de los ladrones sacó un dios de su bolsillo y suplicó protección en el infortunado bosque, esperando tener así una triple posibilidad de escapar de semejante lugar, ya que si uno de ellos era devorado seguramente lo serían los otros dos, mas confiaban en que también fuera cierto el corolario, y todos podrían escapar si uno de ellos lo conseguía. Ninguno de los tres supo si alguno de esos dioses fue propicio y actuó, o si lo fueron los tres, o si fue la casualidad la que les salvó de ser devorados en la selva por bestias odiosas; mas desde luego, ni los emisarios del dios que más temían, ni la ira del dios local de aquel ominoso lugar, ocasionaron la inmediata perdición de los tres aventureros. Así que llegaron al Brezal Retumbante, en el corazón de la Tierra Incierta, cuyos borrascosos altozanos se debían a la ondulación del terreno y a la erosión del terremoto, en calma durante algún tiempo.

Algo tan enorme que parecía increíble que se pudiera mover tan despacio avanzaba majestuosamente a su lado, y lograron pasar tan desapercibidos que una palabra resonó en la imaginación de los tres: "Si... si... si...". Y cuando este peligro al fin pasó, siguieron de nuevo su camino cautelosamente y pronto vieron al pequeño e inofensivo mipt, medio elfo mitad gnomo, profiriendo estridentes y alegres chillidos en los confines del mundo. Y se alejaron poco a poco para no ser vistos, pues decían que la curiosidad del mipt había llegado a ser fabulosa y que, aunque inofensivo, le disgustaban los secretos. No obstante, probablemente les repugnaba la forma en que el mipt hozaba los huesos de los muertos, aunque no reconocieran su aversión, ya que no es propio de aventureros preocuparse por quién roerá sus huesos. Sea como fuere, se alejaron del mipt y casi al mismo tiempo llegaron al árbol marchito, meta de su aventura, sabiendo que junto a ellos se encontraba la grieta en el Mundo y el puente entre lo Malo y lo Peor, y que debajo de ellos se levantaba la casa del Dueño de la Caja.

Éste era su sencillo plan: introducirse en el pasadizo del precipicio superior; bajar corriendo por él en silencio (por supuesto descalzos), teniendo en cuenta la advertencia a los viajeros grabada en la piedra, que los intérpretes toman por "Es Mejor No..."; no tocar las bayas que por algún motivo están allí, en el flanco derecho según se desciende; llegar de esa manera hasta el guardián que ha estado dormido en su pedestal durante mil años y todavía duerme; y, por fin, entrar por la ventana abierta. Uno debía esperar fuera junto a la grieta en el Mundo hasta que los otros dos salieran con la caja dorada y, si estos pedían ayuda, aquél debía amenazar inmediatamente con soltar la grapa de acero que sujeta la grieta. Cuando obtuvieran la caja deberían correr toda la noche y el día siguiente hasta que los bancos de nubes que cubren las laderas del Mluna se interpusieran completamente entre ellos y el Dueño de la Caja.

La puerta del precipicio estaba abierta. Dirigidos hasta el final por Slith, descendieron los fríos peldaños. Cada uno de ellos lanzó una impaciente mirada a las hermosas bayas. El guardián seguía durmiendo en su pedestal. Slorg subió por una escala, que Slith sabía dónde encontrar, hasta la grapa de acero del otro lado de la grieta en el Mundo, y aguardó junto a ella con un escoplo en la mano, permaneciendo atento a cualquier adversidad. Mientras tanto, sus amigos se introdujeron en la casa, sin que se oyera ningún ruido. Slith y Sippy pronto encontraron la caja dorada: todo parecía suceder como ellos lo habían planeado; solamente quedaba por comprobar si era la que buscaban y ver la forma de escapar con ella de aquel espantoso lugar. Al abrigo del pedestal, tan próximos al guardián que podían sentir su calor, que paradójicamente helaba la sangre de los más intrépidos, rompieron el cierre de esmeraldas y abrieron la caja dorada; y allí, a la luz de ingeniosos destellos que Slith sabía cómo conseguir, inspeccionaron el contenido, procurando tapar con sus cuerpos tan escasa luz.

Cuál no sería su alegría, incluso en aquellos peligrosos momentos, cuando descubrieron, mientras acechaban entre el guardián y el abismo, que la caja contenía quince odas sin par en verso alcaico, cinco sonetos, con mucho los más hermosos del mundo, nueve baladas al estilo provenzal que no tenían parangón en todo el florilegio de la humanidad, un poema dedicado a una polilla en veintiocho estrofas perfectas, una muestra en verso libre de unas cien líneas de un nivel que no consta que el hombre haya alcanzado todavía, así como quince poemas líricos a los que ningún mercader se atrevería a poner precio. De buena gana habrían vuelto a leer estos tesoros, ya que hacían saltar las lágrimas y traían recuerdos de cosas agradables de nuestra infancia y melodiosas voces de lejanos sepulcros; mas Slith señaló imperiosamente el camino por el que habían venido. La luz se extinguió y Slorg y Sippy suspiraron y luego cogieron la caja.

El guardián dormía todavía su sueño milenario. Cuando salieron vieron aquella indulgente silla junto a los confines del Mundo en la que el Dueño de la Caja se había sentado últimamente para leer interesadamente y en solitario los más hermosos versos y canciones que jamás soñara poeta alguno. Llegaron en silencio al pie de las escaleras; entonces aconteció que, al acercarse a un sitio seguro, en la hora más secreta de la noche, una mano encendió una escandalosa luz en una cámara alta sin hacer ningún ruido. Al principio parecía tratarse de una luz corriente, aunque fatal en un momento como éste; mas cuando empezó a seguirles como un detective y a enrojecer cada vez más mientras les vigilaba, entonces desapareció su optimismo.

Muy imprudentemente, Sippy intentó huir, y Slorg, con similar imprudencia, trató de esconderse. Mas Slith, sabiendo muy bien por qué habían encendido una luz en aquella cámara secreta y quién la había encendido, saltó por encima de los confines del Mundo y todavía está cayendo a través de la negrura sin reverberación del abismo.

La princesa de las azucenas rojas. Jean Lorrain (1855-1906)

Era una austera y fría hija de reyes; apenas dieciséis años, ojos grises bajo altaneras cejas y tan blanca que se habría dicho que sus manos eran de cera y sus sienes de perlas. La llamaban Audovère. Hija de un viejo rey, siempre ocupado en lejanas conquistas, había crecido en un claustro, en medio de las tumbas de los reyes de su dinastía, y desde su primera infancia había sido confiada a unas religiosas, ya que había perdido a su madre al nacer. El claustro en el que había vivido los dieciséis años de su vida, estaba situado a la sombra de un bosque secular. Sólo el rey conocía el camino hacia él y la princesa no había visto jamás otro rostro masculino que el de su padre. Era un lugar rústico, al abrigo del camino y del paso de los gitanos. Nada penetraba en él sino la luz del sol y además debilitada a través de la bóveda tupida formada por las hojas de los robles.

Al atardecer, la princesa salía del claustro y se paseaba escoltada por dos filas de religiosas. Iba seria y pensativa, como agobiada bajo el peso de un profundo secreto y tan pálida, que se habría dicho que iba a morir pronto. Un largo vestido de lana blanca con un bajo bordado con amplios tréboles de oro, se arrastraba tras sus pasos, y un círculo de plata labrada sujetaba sobre sus sienes un ligero velo de gasa azul que atenuaba el color de sus cabellos.

Audevère era rubia como el polen de las azucenas y el bermejo algo pálido de los antiguos cálices del altar. Y aquella era su vida. Tranquila y con el corazón pleno de alegría, como otra mujer habría esperado el regreso de su prometido, ella esperaba en el claustro el retorno de su padre; y su pasatiempo y sus más dulces pensamientos eran pensar en las batallas, en los peligros de los ejércitos y en los príncipes masacrados sobre los que triunfaba el rey. A su alrededor, en abril, los altos taludes se cubrían de prímulas, que se ensangrentaban de arcilla y hojas muertas en otoño; y siempre fría y pálida dentro de su vestido de lana blanca, en abril como en octubre, en el ardiente junio como en noviembre, la princesa Audovère pasaba siempre silenciosa al pie de los robles rojizos o verdes. En verano solía llevar en la mano grandes azucenas blancas crecidas en el jardín del convento, y era tan delgada y blanca ella misma que podría haberse dicho que era hermana de las azucenas.

En otoño eras las digitales las que llevaba entre sus dedos, de color violeta, tomadas en la linde de los claros del bosque; y el color rosa enfermizo de sus labios se asemejaba al púrpura avinado de las flores y, cosa extraña, no deshojaba jamás las digitales sino que las besaba con frecuencia, mientras que sus dedos parecían experimentar placer al despedazar las azucenas. Una sonrisa cruel entreabría entonces sus labios y habríase dicho que realizaba algún oscuro rito, y era en efecto (los pueblos lo supieron más tarde) una ceremonia de sombra y sangre. A cada gesto de la princesa virgen se hallaban ligados el sufrimiento y la muerte de un hombre. El anciano rey lo sabía. Y mantenía lejos de la vista, en aquel claustro ignorado a aquella virginidad funesta. La princesa cómplice lo sabía también: de ahí su sonrisa cuando besaba las digitales y despedazaba las azucenas entre sus hermosos dedos lentos. Cada azucena deshojada era un cuerpo de príncipe o de joven guerrero herido en la batalla, cada digital besada una herida abierta, una llaga ensanchada que daba paso a la sangre de los corazones; y la princesa Audevère no contaba ya sus lejanas victorias. Desde hacía cuatro años que conocía el hechizo, iba prodigando sus besos a las venenosas flores rojas, masacrando sin piedad las bellas azucenas, dando la muerte en un beso, quitando la vida en un abrazo, fúnebre ayuda de campo y misterioso verdugo del rey, su padre.

Cada noche el capellán del convento, un anciano ciego recibía la confesión de sus faltas y la absolvía; pues las faltas de las reinas sólo condenan a los pueblos, y el olor de los cadáveres es incienso al pie del trono de Dios. Y la princesa Audovère no sentía ni remordimiento ni tristeza. En primer lugar, se sabía purificada por la absolución; además, los campos de batalla y las noches de derrota donde están en los estertores de la agonía, con infames muñones enarbolados hacia el rojizo cielo, los príncipes, los forajidos y los mendigos, agradan al orgullo de las vírgenes: las vírgenes no sienten ante la sangre el horror angustiado de las madres; y además, Audovère era sobre todo la hija de su padre.

Una noche un desgraciado fugitivo acababa de derrumbarse con un grito de niño a la puerta del santo asilo; estaba negro de sudor y polvo, y su pobre cuerpo agujereado sangraba por siete heridas. Las religiosas lo recogieron y lo instalaron al fresco, más por terror que por piedad, en la cripta de las tumbas. Depositaron junto a él una jarra de agua helada para que pudiera beber y un hisopo mojado en agua bendita con un crucifijo, para ayudarle a pasar de la vida a la muerte, pues daba ya sus bocanadas con el pecho oprimido por la agonía. A las nueve, en el refectorio, la superiora mandó rezar por el herido la oración de difuntos; las religiosas, emocionadas, regresaron a sus celdas y el convento se sumió en el sueño. Sólo Audovère no dormía y pensaba en el fugitivo.

Apenas lo había visto cruzar el jardín, apoyado en dos viejas hermanas, y un pensamiento la obsesionaba: este agonizante era, sin duda, algún enemigo de su padre, algún fugitivo escapado de la masacre, último despojo varado en aquel convento después de algún horroroso combate. La batalla debía haberse librado en los alrededores, más cerca de lo que sospechaban las religiosas y el bosque debía estar a estas horas lleno de otros fugitivos, de otros desgraciados sangrando y gimiendo; y toda una humanidad sufriente rodearía de aquí al amanecer el recinto del convento, donde los acogería la indolente caridad de las hermanas.

Era pleno julio y las azucenas embalsamaban el jardín; la princesa Audovère descendió al mismo. Y, a través de los altos tallos bañados por el claro de luna que se erguían en la noche como húmedas hojas de lanza, la princesa Audovère se adelantó y se puso lentamente a deshojar las flores. Pero, ¡oh misterio! he aquí que se exhalan suspiros y quejas y que lloran las plantas. Las flores, bajo sus dedos, ofrecían resistencias y caricias de carne; en un momento, algo cálido le cayó sobre las manos que ella tomó por lágrimas y el olor de las azucenas repugnaba, singularmente cambiado, cambiado en algo insípido y pesado, con sus copas repletas de un deletéreo incienso. Y aunque desfallecida, encarnizada en su trabajo, Audovère proseguía su obra asesina decapitando sin piedad, deshojando sin descanso cálices y capullos; pero mientras más destrozaba más innumerables renacían las flores.

Ahora todo era un campo de altas flores rígidas, levantadas hostiles bajo sus pasos, un auténtico ejército de picas y alabardas transformadas a la luz de la luna en cuádruples pétalos y, cruelmente fatigada, pero presa del vértigo, de furia destructiva, la princesa seguía desgarrando, marchitando, aplastando todo ante ella, cuando una extraña visión la detuvo. De un manojo de flores más altas, una transparencia azulada, un cadáver humano emergió. Con los brazos extendidos en cruz, los pies crispados uno sobre otro, mostraba en la oscuridad la herida de su costado izquierdo y de sus manos sangrantes; una corona de espinas manchaba de barro y sanie el entorno de sus sienes y la princesa, aterrorizada, reconoció al desgraciado fugitivo recogido aquella misma tarde, al herido que agonizaba en la cripta.

Él levantó con esfuerzo un párpado tumefacto y con tono de reproche dijo:

¿Por qué lo has hecho?

Al día siguiente encontraron a la princesa Audovère tendida, muerta, con los ojos vueltos, con azucenas entre las manos y apretadas sobre el corazón. Yacía atravesada en un sendero a la entrada del jardín, pero a su alrededor todas las azucenas eran rojas. No volverían a florecer blancas en el futuro. Así murió la princesa Audovère por haber respirado las azucenas nocturnas de un claustro, en un jardín en julio.

Próximas atracciones. Fritz Leiber (1910-1992)

El cupé, con los anzuelos soldados al parachoques, se deslizó por la curva como la nariz de una pesadilla. La muchacha situada en su camino se quedó helada, con su rostro probablemente paralizado por el miedo bajo la máscara. Por una vez, mis reflejos no fueron timoratos. Di un rápido paso hacia ella le agarré por el codo y la eché hacia atrás. Su negra falda revoloteó. El gran cupé pasó disparado, con su turbina zumbando. Pude entrever tres rostros. Algo se rasgó. Noté el caliente escape en mis tobillos cuando el coche descendió de nuevo a la calzada. Una espesa nube, como una flor negra, surgió de su aguzada parte posterior, mientras de los anzuelos colgaba un brillante retal negro.

—¿La alcanzaron? —pregunté a la muchacha. Se había girado para mirar al lugar en que había roto su falda. Llevaba medias-pantalón de nylon.
—Los anzuelos no me tocaron —dijo temblorosamente—. Supongo que tuve suerte. Oí voces a nuestro alrededor:
—¡Esos críos! ¿Qué es lo que se les ocurrirá luego?
—Son una amenaza. Deberían ser arrestados.

Se oyeron chillar unas sirenas en tono creciente cuando llegaron zumbando dos policías motorizados, con sus motores-cohete auxiliares a toda potencia, persiguiendo al cupé. Pero la flor negra se había convertido en una espesa niebla que oscurecía toda la calle. La policía motorizada cambió de sus motores-cohete a los frenos-cohete, y se detuvieron cerca de la nube de humo.

—¿Es usted inglés? —me preguntó la muchacha—. Tiene usted acento inglés.
Su voz llegaba jadeante tras la estilizada máscara de satén negro. Me imaginé que sus dientes debían de estar entrechocando. Unos ojos que quizá fueran azules observaron mi rostro por detrás de la gasa negra que cubría los orificios de la máscara. Le dije que había supuesto lo correcto. Se me acercó.

—¿Vendrá usted a mi casa esta noche? —me preguntó rápidamente—. No puedo darle las gracias ahora. Y hay algo en lo que quizá me pueda ayudar.
Mi brazo, todavía rodeando suavemente su talle, notó como su cuerpo temblaba. Respondí tanto a la petición que formulaba su cuerpo como a la de su voz cuando le dije:
—Ciertamente.
Me dio una dirección al sur del Infierno, un número de apartamento y una hora. Me preguntó el nombre y se lo dije.
—¡Hey, usted!

Me giré obedientemente al grito del policía. Este hizo apartarse a la pequeña multitud cloqueante de mujeres enmascaradas y hombres de rostros desnudos. Tosiendo debido a la nube negra que había lanzado el cupé, me pidió mis documentos. Le entregué los esenciales. Los miró, y luego me miró a mí.

—¿Trueque Británico? ¿Cuánto tiempo estará en Nueva York?
Suprimiendo el deseo de decirle: «Durante el tiempo más corto posible», le dije que estaría aproximadamente una semana.
—Tal vez lo necesite como testigo —explicó—. Esos chicos no pueden usar humo contra nosotros. Cuando lo hacen, los agarramos.
Parecía pensar que lo malo era el humo.
—Trataron de matar a la señorita —le recordé. Negó con suficiencia.
—Siempre hacen ver que eso es lo que quieren, pero en realidad tan sólo buscan atrapar faldas. Hemos cogido a desgarradores que tenían hasta cincuenta retales de falda colgados de sus habitaciones. Naturalmente, a veces se acercan demasiado.

Le expliqué que, si no la hubiera apartado, hubiera sido tocada por algo más que por los anzuelos. Pero él me interrumpió:

—Si ella hubiera creído que se trataba de un verdadero intento de asesinato, se hubiera quedado aquí. Miré a mi alrededor. Era cierto. Se había ido.
—Estaba terriblemente asustada —le dije.
—¿Y quién no lo estaría? Esos chicos podrían haber asustado hasta al mismísimo viejo Stalin.
—Quiero decir que estaba asustada por algo más que por unos simples «chicos». No tenían aspecto de «chicos».
—¿Qué aspecto tenían?
Traté, sin mucho éxito, de describir los tres rostros. Una vaga impresión de maldad y amaneramiento no aclara mucho las cosas.
—Bien, podría equivocarme —dijo finalmente—. ¿Conoce a la chica? ¿Dónde vive?
—No —medio mentí.

El otro policía colgó su radiófono y se dirigió hacia nosotros, dando manotazos a los hilillos del humo que se disipaba. La nube negra ya no ocultaba las sucia; fachadas, con sus quemaduras de radiación que ya tenían cinco años de edad. Y pude comenzar a entrever el distante muñón del Empire State Building, surgiendo del Infierno como un dedo amputado.

—Hasta ahora no los han cogido —gruñó el policía que se acercaba—. Por lo que dice Ryan, dejaron humo a lo largo de cinco calles.
El primer policía agitó la cabeza.
—Eso es malo —observó solemnemente. Me sentía un tanto inquieto y avergonzado. Un inglés no debería mentir, al menos no por impulso.
—Parecen tipos peligrosos —dijo el primer policía con el mismo tono preocupado—.Necesitamos testigos. Me parece que va a tener usted que permanecer en Nueva York durante más tiempo del que planeaba.
Capté la intención. Dije:
—Olvidé mostrarle todos mis papeles —y le entregué otros cuantos, asegurándome de que entre ellos se encontrase un billete de cinco dólares.

Cuando me los devolvió, al cabo de un rato, su voz, ya no era ominosa. Desaparecieron mis sentimientos de culpabilidad. Para afianzar nuestra relación, charlé con ambos acerca de su trabajo.

—Supongo que las máscaras les causan problemas —Observé—. Allá en Inglaterra hemos estado leyendo acerca de esa generación de mujeres-bandido enmascaradas.
—Esas cosas se exageran —me aseguró el primer policía—. Son los hombres que se enmascaran como si fueran mujeres los que realmente nos confunden. Pero, muchacho, cuando los agarramos saltamos sobre ellos con los dos pies.
—Y, además, uno se acostumbra y llega a distinguir a las mujeres tan bien como si llevasen las caras desnudas —dijo el otro policía—. Ya sabe, por las manos y todo eso.
—Especialmente por todo eso —estuvo de acuerdo el primero, con una carcajada—.Oiga, ¿es cierto que hay muchachas que no se enmascaran allá en Inglaterra?
—Algunas de ellas siguen la moda —le dije—. No obstante, son tan sólo algunas... Las que siempre adoptan la última moda, por extremada que sea.
—Pero, normalmente, en los noticiarios británicos, van enmascaradas.
—Supongo que se hará así como deferencia al gusto americano —confesé—. En realidad, no hay muchas que lleven máscara.
El segundo policía consideró esto.
—Muchachas yendo por la calle desnudas de cuello para arriba. —No resultaba claro si contemplaba esta imagen con deseo o con repugnancia moral. Lo probable era que con ambos.
—Hay algunos miembros del Gobierno que están tratando de convencer al Parlamento para que promulgue una ley por la que se prohíba todo enmascaramiento —continué, hablando quizá demasiado. El segundo policía negó con la cabeza.
—Vaya idea. ¿Sabe usted?, las máscaras son una cosa bastante buena, amigo. Cuando pasen un par de años voy a hacer que mi mujer lleve la suya hasta en casa.
El primer policía se alzó de hombros.
—Si las mujeres dejasen de usar máscaras, en seis semanas no te darías cuenta de la diferencia. Uno se acostumbra a todo, si es que hay bastante gente que lo haga.

Asentí, bastante a pesar mío, y los dejé. Giré hasta el norte por Broadway, que creo era la antigua décima avenida, y caminé rápidamente hasta que hube dejado atrás Infierno. El pasar por tal área de radiactividad no descontaminada siempre le pone a uno nervioso. Agradecí a Dios el que en Inglaterra no hubieran tales cosas, al menos por ahora. La calle estaba casi vacía, aunque se me acercaron un par de mendigos con sus rostros desechos por cicatrices de la bomba H. No pude saber si eran reales o maquilladas. Una mujer gorda me mostró un niño con manos y pies palmeados. Me dije a mí mismo que en cualquier caso ya habría nacido deforme, y que tan sólo estaba jugando con nuestro miedo a las mutaciones producidas por la bomba. No obstante, le di una moneda de siete centavos y medio. Su máscara me hizo pensar que estaba pagándole tributo a un fetiche africano.

—Que todos sus hijos tengan la bendición de tener tan sólo una cabeza y dos ojos, señor.
—Gracias —dije estremeciéndome. Y me alejé a toda prisa.
—...tan sólo hay suciedad tras de la máscara. Así que gira tu cabeza, dedícate a tu tarea: aléjate, aléjate... de... las... ¡chicas!

Esto último era el final de una canción antisexual que estaba siendo cantada por algunos creyentes situados a media manzana de la insignia del círculo y la cruz de un templo feminalista. Tan sólo ligeramente me recordaban a nuestra pequeña tribu de creyentes británicos. Sobre sus cabezas había un montón de carteles anunciando comidas predigeridas, cursos de lucha, radiopañuelos y otras cosas similares. Miré a los histéricos slogans con una fascinación desagradable. Ya que el rostro y la forma de la mujer habían sido abolidos de los anuncios americanos, las mismas letras del alfabeto de los anunciantes habían comenzado a llenarse de sexualidad: la B mayúscula, de amplio estómago y enormes senos, la lasciva doble O. No obstante, me recordé a mí mismo que es principalmente la máscara lo que acentúa tan fuertemente el sexo en América.

Un antropólogo británico ha señalado que, mientras llevó más de cinco mil años el trasladar el punto principal de la atracción sexual desde las caderas hasta los senos, la siguiente transición al rostro ha llevado menos de cincuenta años. El comparar la tradición americana con la musulmana no es válido: a las mujeres musulmanas se les obliga a llevar velos cuyo objeto es el ocultarlas, mientras que las mujeres americanas tan sólo tienen la compulsión de la moda, y usan las máscaras para crear un misterio. Dejando aparte la teoría, los orígenes reales de la tendencia se pueden hallar en las ropas antiradiactivas de la Tercera Guerra Mundial, que originaron la lucha enmascarada, que ahora era un deporte fantásticamente popular, y que a su vez había originado la actual moda femenina. A! principio, tan sólo había sido algo poco usual, pero rápidamente las máscaras se habían convertido en algo tan necesario como los sujetadores y las barras de labios lo habían sido a principios de siglo.

Finalmente, me di cuenta de que no estaba especulando acerca de las máscaras en general, sino de lo que se escondía tras una en particular. Esto era lo endemoniado del asunto, que uno nunca sabía si una muchacha estaba tratando de incrementar su belleza o de ocultar su fealdad. Me imaginé un rostro agraciado y frío, en e! que el miedo tan sólo se manifestaba por la dilatación de ¡os ojos. Entonces recordé su cabello dorado destacando contra la negrura de su máscara de satén. Me había pedido que fuese a la hora veintidós, a las diez de la noche. Subí a mi apartamento, situado cerca del Consulado Británico; el pozo del ascensor había sido obstruido por una antigua explosión, lo cual era realmente molesto en esos altos edificios neoyorquinos. Antes de que se me ocurriese de que iba a salir de nuevo, automáticamente, me arranqué el trozo de película que llevaba bajo mi camisa. Para estar completamente seguro, la reveía. Mostraba que el total de radiación que había absorbido aquel día aún se hallaba por debajo del límite de seguridad. No siento una fobia por eso, como mucha gente en estas épocas, pero es tonto el correr riesgos. Me desplomé en la cama diurna y conecté el altoparlante silencioso y la pantalla oscura del aparato visor. Como siempre, me hacían pensar, con cierta amargura, en las dos grandes naciones del mundo. Mutiladas entre sí, y sin embargo aún fuertes, eran gigantes enfermos que envenenaban el planeta con sus sueños de una imposible igualdad y de un imposible éxito.

Temerosamente, conecté el altavoz. Por suerte, le locutor estaba hablando excitadamente de las previsiones de una cosecha de trigo récord, sembrada por aviones a través de una llanura polvorienta regada por lluvias artificiales. Escuché cuidadosamente el resto del programa (estaba asombrosamente libre de teleinterferencias rusas), pero no hubo más noticias de interés para mí. Y, naturalmente, ni se mencionó!a Luna, aunque todo el mundo sabe que América y Rusia están apresurándose en convertir sus bases primarias en fortalezas capaces de un ataque mutuo y del lanzamiento de todas las bombas del alfabeto contra la Tierra. Yo mismo me daba cuenta perfectamente bien de que el equipo electrónico británico que estaba ayudando a intercambiar por trigo americano estaba destinado a ser usado en espacionaves.

Apagué el noticiario. Estaba anocheciendo y, de nuevo, me imaginé un tierno y asustado rostro tras una máscara. No habían tenido ninguna cita desde Inglaterra. Es extremadamente difícil el lograr entablar amistad con una muchacha en América, donde una cosa tan simple como una sonrisa puede hacer a menudo que una de ellas salga pitando para pedir la ayuda de la policía, y eso sin contar con la creciente moral puritana y los grupos de gamberros que hacen que la mayor parte de las mujeres se quede en sus casas cuando ha anochecido. Y, naturalmente, las máscaras, que no son como aseguran los soviéticos la última invención de la degeneración capitalista sino un signo de una gran inseguridad psicológica. Los rusos o tienen máscaras, pero tienen sus propios signos de tirantez. Me acerqué a la ventana y contemplé impaciente cómo se acumulaba la oscuridad. Me estaba poniendo muy nervioso. Tras un rato, apareció una fantasmal nube violeta hacia el sur. Se me puso el cabello de punta. Luego reí. Por un momento me había imaginado que era radiación procedente del cráter de la bomba infernal, aunque debería de haberme dado cuenta inmediatamente de que tan sólo era brillo radioinducido en el cielo. Exactamente a las veintidós horas, me hallaba frente a la puerta del apartamento de mi desconocida amiga. El sistema electrónico «diga-usted-quién-es-por-favor» dijo eso exactamente, y yo contesté con claridad.

—Winsten Turner —preguntándome si habría dado mi nombre al mecanismo.
Evidentemente, lo había hecho, pues la puerta se abrió. Entré en un pequeño recibidor vacío, mientras mi corazón se aceleraba un poco. La habitación estaba costosamente amueblada con las últimas tumbonas y muebles neumáticos. Había algunos micro libros en la mesa. El que tomé era la acostumbrada aventura policíaca en la que dos asesinas se tiroteaban entre sí. La televisión estaba encendida. Una muchacha enmascarada de verde estaba murmurando una canción de amor. Su mano derecha mantenía algo que se difuminaba en primer plano. Vi que el aparato tenía un equipo que todavía no tenemos en Inglaterra, y con curiosidad introduje mi mano en el orificio dispuesto al lado de la pantalla. Al contrario de lo que esperaba, no era como meter la mano dentro de un guante de goma pulsante, sino que lo que en realidad sentía era como si la muchacha de la pantalla realmente me cogiese de la mano.

Se abrió una puerta tras de mí. Aparté la mano con una reacción de culpa, como si hubiera sido encontrado mirando por el ojo de una cerradura. Ella estaba en el umbral del dormitorio. Creo que estaba temblando. Llevaba un abrigo de pieles gris, con manchones blancos, y una máscara de tarde de seda gris con encajes del mismo color alrededor de los ojos y la boca. Sus uñas brillaban como plata. No se me había ocurrido que esperase que saliésemos.

—Debía de habérselo dicho —comentó con voz suave. Su máscara se giró nerviosamente hacia los libros y la pantalla y los rincones oscuros de la habitación—.Pero realmente no puedo habarle aquí.
—Hay un lugar cerca del Consulado... —dije dubitativo.
—Sé de un lugar donde podremos estar juntos y hablar—dijo rápidamente—. Si es que no le importa. Mientras entrábamos en el ascensor, le dije:
—Me temo que despedí al taxi.

Pero por alguna razón propia, el taxista no se había ido. Saltó sonriente y nos abrió la puerta delantera. Le dije que preferíamos sentarnos detrás. Enfurruñado, abrió la puerta trasera, la cerró de golpe tras nosotros, se metió delante y cerró su puerta fuertemente. Mi compañera se inclinó hacia delante:

—Al Cielo —dijo.
El conductor encendió la turbina y el televisor.
—¿Por qué me preguntó si era ciudadano británico? —dije, para empezar la conversación.
Se apartó de mí, apretando su máscara contra la ventanilla.
—Mire a la luna —dijo con una voz soñadora y rápida.
—¿Para qué? —le dije, consciente de una irritación que no tenía nada que ver con ella.
—Está colocándose al borde del púrpura del cielo.
—¿Y cuál es su nombre?
—El púrpura hace que parezca más amarilla.

Y fue entonces cuando me di cuenta de la fuente de mi irritación. Estaba en el cuadrado de luz parpadeante en la parte frontal de la cabina, al lado del conductor. Yo no tengo nada en contra de los combates de lucha normales, aunque me aburren. Pero simplemente detesto el ver a un hombre luchando con una mujer. El hecho de que los combates generalmente estén «igualados», siendo el hombre generalmente muy sobrepasado en peso y alcance, y las mujeres enmascaradas jóvenes y agraciadas, tan sólo hace que me parezcan peor.

—Por favor, apague la pantalla —le rogué al conductor. El negó con la cabeza, sin ni siquiera mirarme.
—U-uh, hombre —dijo—. Han estado preparando a esta chavala durante semanas para este combate con el Pequeño Zirk.
Molesto, me eché hacia delante, pero mi compañera me asió el brazo.
—Por favor —dijo asustada, agitando su cabeza. Me recosté de nuevo, frustrado.

Estaba más cerca de mí ahora, pero en silencio, y por unos momentos contemplé los golpes y las contorsiones de la poderosa muchacha enmascarada y de su enjuto oponente también enmascarado, en la pantalla. Sus frenéticos ataques contra ella me recordaban a los movimientos de una araña macho. Me volví, enfrentándome con mi compañera.

—¿Por qué querían esos tres hombres matarla? —pregunté secamente.
Los orificios de su máscara miraban hacia la pantalla.
—Porque están celosos de mí —susurró.
—¿Por qué están celosos?
Continuaba sin mirarme.
—A causa de él.
—¿Quién?
No contestó.
Rodeé sus hombros con mi brazo.
—¿Tiene miedo de decírmelo? —le pregunté—. ¿Qué es lo que ocurre?
Seguía sin mirarme. Tenía un perfume agradable.
—Mire —le dije, sonriente, cambiando de táctica—; realmente, debería decirme algo acerca de usted. Ni siquiera sé cómo es su rostro.

Medio en broma, alcé mi mano hacia la banda de su cuello. Me dio un manotazo asombrosamente rápido. Retiré la mano con un súbito dolor. Había cuatro pequeñas señales en su dorso. De una de ellas comenzó a brotar una gota de sangre mientras la contemplaba. Miré a sus uñas plateadas y vi que en realidad se trataba de delicadas y afiladas puntas metálicas.

—Estoy tremendamente apenada —oí como decía—. Pero me asustó. Por un momento pensé que iba a...
Al fin se volvió hacia mí. Su abrigo se había abierto. Su traje de noche era del estilo Renacimiento Cretense, con un tejido de encaje por debajo de los senos, soportándolos sin cubrirlos.
—No se moleste —me dijo, echándome sus brazos alrededor del cuello—. Esta tarde se comportó usted maravillosamente.
La suave seda gris de su máscara, moldeando su mejilla, se apretó contra la mía. A través del encaje de la máscara, la punta caliente y húmeda de su lengua tocó mi barbilla.
—No estoy molesto —dije—. Tan sólo asombrado y deseosos de ayudar.
El taxi se detuvo. A ambos lados se veían ventanas oscurecidas rodeadas de trozos cortantes de cristal roto. La enfermiza luz púrpura mostraba unas pocas figuras harapientas que lentamente se volvían hacia nosotros.
—Es la turbina, hombre —murmuró el conductor—. Estamos encallados. —Estaba allí sentado, encogido e inerte—. Desearía que hubiera sucedido en cualquier otra parte.
—La tarifa usual son cinco dólares —me murmuró mi compañera.

Miró tan asustadamente a las figuras que se congregaban que suprimí mi indignación y actué como ella sugería. El conductor aceptó el billete sin decir palabra. Mientras ponía en marcha el motor, sacó la mano por la ventanilla y oí como unas monedas tintineaban contra el suelo. Mi compañera volvió a mis brazos, pero su máscara estaba dirigida hacia la pantalla de televisión, en donde la alta muchacha acababa de inmovilizar al pataleante Pequeño Zirk.

—Estoy tan asustada —suspiró.
Cielo resultó ser un barrio igualmente ruinoso, pero tenía un club con una enorme puerta con marquesina, y un portero uniformado como un espacionauta, pero con brillantes colores. En mi neblina sensual, casi me gustó todo aquello. Salimos del taxi justamente cuando por la acera llegó una vieja borracha, con su máscara levantada. Una pareja que iba delante nuestro apartó sus rostros de la medio desnuda cara, como si se tratase de un feo cuerpo en la playa. Mientras entrábamos, oí como el portero decía:

—Circule, abuela. Y vaya con cuidado.
En el interior, todo era penumbra y brillos azulados. Había dicho que podríamos hablar en el interior, pero no veía cómo. Además del inevitable coro de estornudos y toses (dicen que en América hay un cincuenta por ciento de alérgicos en estos días), había una banda tocando a todo volumen en el reciente estilo robop, en el cual una máquina compositora electrónica selecciona una secuencia arbitraria de tonalidades sobre la cual los músicos tejen sus estridentes pequeñas individuales. La mayor parte de la gente estaba en reservados. La banda estaba detrás del bar. En una pequeña plataforma a su lado, danzaba una muchacha, desnuda excepto por su máscara. El grupito de hombres situados en el penumbroso extremo de la barra no estaban mirándola. Inspeccionamos el menú escrito con letras doradas en la pared, y apretamos los botones para pechuga de pollo, gambas fritas y dos escoceses. Momentos después, campanilleó la señal de servicio. Abrí el brillante panel y tomé las bebidas.

El grupito de hombres situados en la barra caminaron hacia la puerta, pero primero pasearon la vista por la estancia. Mi compañera había echado hacia atrás su abrigo. La mirada de ellos se detuvo en nuestro reservado. Me di cuenta de que eran tres. La banda echó a la bailarina con un conjunto de gruñidos. Le di a mi compañera una pajita y sorbimos nuestras bebidas.

—Quería usted que le ayudara en algo —le dije—. Incidentalmente, deseo decirle que es usted preciosa.
Ella me dio las gracias rápidamente, miró a su alrededor y se inclinó hacia adelante.
—¿Sería difícil que lograse ir yo a Inglaterra?
—No —repliqué un tanto asombrado—, siempre que tenga usted un pasaporte americano.
—¿Y es difícil de conseguir?
—Bastante —le dije sorprendido de su falta de información—. A su país no le gusta el que sus ciudadanos viajen, aunque no son tan rígidos como en Rusia.
—Me podría ayudar el Consulado Británico a obtener un pasaporte?
—No creo que sea de su...
—¿Y usted?

Me di cuenta de que estábamos siendo inspeccionados. Un hombre y dos muchachas se habían detenido frente a nuestra mesa. Las muchachas eran altas y agresivas, con máscaras moteadas. El hombre se alzaba orgulloso entre ellas, como un zorro erguido sobre sus patas traseras. Mi compañera no les miró, pero se echó hacia atrás. Me di cuenta de que una de las muchachas tenía un enorme moretón en su antebrazo. Tras un momento, se introdujeron en un reservado penumbroso.

—¿Los conoce? —pregunté. No replicó. Terminé mi bebida—. No estoy seguro de que le gustase Inglaterra —dije—. La austeridad es bastante distinta a su estilo americano de miseria.
Ella se echó de nuevo hacia adelante.
—Pero tengo que escapar —susurró.
—¿Por qué? —me estaba impacientando.
—Porque estoy tan asustada.

Se oyó un campanilleo. Abrí el panel y le entregué las gambas fritas. La salsa de mi pechuga de pollo era una deliciosa mezcla humeante de almendras, soja y jengibre. Pero debía de haber algo que no funcionaba en el horno radiólico que congelaba y calentaba los alimentos, porque al primer bocado mastiqué un trozo de hielo en la carne. Esos delicados mecanismos necesitan una reparación constante, y no hay suficientes mecánicos. Dejé el tenedor.

—¿De qué tiene usted miedo? —pregunté.
Por primera vez, su máscara no se apartó de mi rostro. Mientras esperaba, podía notar cómo se acumulaban los temores, aunque ella no los nombrase. Pequeñas formas oscuras, que pululaban a través de la curvada noche exterior, convergiendo en el centro de la playa radiactiva de Nueva York, sumergiéndose en los márgenes del púrpura. Noté una repentina sensación de simpatía, un deseo de proteger a la muchacha situada frente a mí. La cálida sensación se unió al apasionamiento originado en el taxi.

—De todo —dijo finalmente. Asentí, y le acaricié la mano.
—Tengo miedo de la luna —comenzó a decir, con su voz quebradiza y soñadora, como en el taxi—. No se puede mirar a la luna y no pensar en las bombas teledirigidas.
—En Inglaterra hay la misma luna —le recordé.
—Pero ya no es a luna inglesa. Es nuestra y de Rusia. Ustedes no tienen responsabilidad. Apreté su mano.
—Ah, y además.—dijo, agitando su máscara—, tengo miedo de los coches, y de las pandillas, y de la soledad, y de Infierno. Tengo miedo de la lujuria que desnuda los rostros —y su voz se hizo un susurro—, tengo miedo de los luchadores.
—¿Sí? —la incité suavemente, tras un momento. Su máscara se adelantó.
—¿Sabe algo acerca de los luchadores? —preguntó rápidamente—. Los que luchan con mujeres, quiero decir. A menudo, ¿sabe usted?, pierden. Y entonces tienen que tener una chica con la que disipar su frustración. Una chica que sea débil, y blanda, y terriblemente asustada. Lo necesitan para continuar siendo hombres. Otros hombres no quieren que tengan una chica. Otros hombres quieren que simplemente luchen con mujeres y sean héroes. Pero tienen que tener una chica. Es horrible para ella.

Apreté más fuertemente sus dedos, como si el valor pudiese ser transmitido..., eso aceptando que yo lo tuviese.

—Creo que podré llevarla a Inglaterra —dije.
Unas sombras se arrastraron hacia la mesa, y permanecieron en ella. Miré hacia arriba y vi a los tres hombres que habían estado al final de la barra. Eran los hombres que había visto en el cupé. Llevaban suéteres negros y pantalones negros ajustados. Sus rostros eran tan inexpresivos como los de las estatuas. Dos de ellos se alzaban por encima mío. El otro sobre la muchacha.

—Desaparece, muchacho —me dijeron. Oí como el otro le informaba a la chica:
—Hermana, lucharemos a una caída. ¿Qué prefieres? ¿Judo, abofeteo o mate-quienpueda?
Me alcé. Hay momentos en los que un inglés simplemente debe meterse en líos. Pero entonces llegó el hombrecillo de aspecto de zorro, deslizándose como la figura principal de un ballet. La reacción de los otros tres me asombró. Realmente se sentían embarazados. Les sonrió débilmente.
—No conseguiréis tenerme contento con trucos como esos —les dijo.
—No te hagas ideas equivocadas, Zirk —rogó uno de ellos.
—Las tendré si son ciertas —dijo—. Ella me ha contado lo que tratasteis de hacer esta tarde. Esto no hará que os tenga más simpatía. Esfumaos.
Se fueron inseguros.
—Vámonos de aquí —dijo uno de ellos en. voz alta, mientras se giraban—. Sé de un lugar en el que luchan desnudos con navajas.
Pequeño Zirk rió musicalmente y se deslizó al asiento contiguo al de mi compañera. Ella se apartó de él, tan sólo un poco. Eché mis pies hacia atrás y me incliné hacia adelante.
—¿Quién es tu amigo, nena? —preguntó, sin mirarla. Ella me pasó la pregunta a mí con un pequeño gesto. Se lo dije.
—Británico —observó—. ¿Ha estado preguntándole cómo salir del país? ¿Acerca de los pasaportes? —sonrió placentero—. Le gusta pensar en escapar. ¿No es así, nena? —su pequeña mano comenzó a acariciar la muñeca de ella, con los dedos algo doblados y los tendones rígidos, como si estuviera a punto de agarrar y torcer.
—Mire —le dije secamente—, tengo que agradecerle el que haya echado a esos matones, pero...
—Ni piense en eso —me dijo—. No son ningún peligro, excepto cuando están tras un volante. Una muchachita de catorce años bien entrenada podría dejar lisiado a cualquiera de ellos. Vaya, pero si la misma Theda, si es que se dedicase a estas cosas...

Se volvió hacía ella, trasladando la mano de la muñeca a su pelo. Lo acarició, dejando que los mechones se deslizasen lentamente por entre sus dedos.

—¿Sabes que perdí esta noche, nena? —dijo suavemente.
Me puse en pie.
—Ven —le dije a ella—. Vámonos.
Se quedó allí sentada. Ni siquiera podía adivinar si estaba temblando. Traté de leer algún mensaje en sus ojos a través de la máscara.
—La llevaré lejos —le dije—. Lo puedo hacer. Realmente lo haré. El me sonrió.
—Le gustaría ir con usted —dijo—. ¿No es así, nena?
—¿Viene, o no viene? —le dije. Ella siguió sentada. Lentamente, él anudó sus dedos en su pelo.
—Escuche, gusanillo —le grité—. Sáquele las manos de encima.

Saltó del asiento como una serpiente. No soy ningún luchador. Tan sólo sé que, contra más asustado estoy, mejor y más fuerte pego. Esta vez tuve suerte. Pero mientras se derrumbaba, noté una bofetada, y cuatro punzadas de dolor en mi mejilla. Me apreté la mano contra la cara. Podía notar las cuatro heridas abiertas por sus puntas metálicas, y la cálida sangre surgiendo de ellas. No me miraba. Estaba inclinada sobre el Pequeño Zírk, apretando su máscara contra su mejilla y arrullándole:

—Venga, venga, no te sientas mal. Ya podrás hacerme daño luego.
Se oyeron sonidos a nuestro alrededor, pero no se acercaron. Me adelanté y le arranqué la máscara del rostro. Realmente, no sé cómo pude haber esperado que su rostro, fuera distinto. Naturalmente, era muy pálido, y no usaba ninguna clase de cosméticos. Supongo que no tiene significado el usarlos bajo una máscara. Las cejas estaban desarregladas, y los labios agrietados. Pero en lo que respecta a la expresión general, en cuanto a las sensaciones que corrían y se deslizaban por ella... ¿Han levantado ustedes alguna vez una roca de un suelo húmedo? ¿Han visto ustedes en alguna ocasión los repugnantes gusanos blanquecinos? La miré, y ella me miró a mí.

—Sí, está usted tan asustada, ¿no es así? —dije sarcásticamente—. Le da usted miedo este pequeño drama de cada noche, ¿no? Está usted mortalmente asustada.

Y salí a la noche púrpura, todavía apretando la mano contra mi mejilla ensangrentada. Nadie me detuvo, ni siquiera las muchachas luchadoras. Deseé poder arrancar una película de bajo mi camisa y probarla allí y allí, y encontrar que había absorbido demasiada radiación, para así poder solicitar atravesar el Hudson e ir a New Jersey, más allá de la radiación remanente de la Bomba de los Estrechos, y así esperar en Sandy Hook el herrumbroso buque que me llevaría, atravesando el mar, de vuelta a Inglaterra.

Primer aniversario. Richard Matheson (1926-2013)

Justo antes de que él saliera de casa el jueves por la mañana, Adeline le preguntó:

–¿Por qué me dijiste que te sabía agria? Norman la miró sorprendido ante su reproche.

–¿Lo dije?

Estrechó su cintura y la besó en el cuello.

–No me has respondido –dijo Adeline. Norman la miró con sumisión.

–¿A qué viene eso, querida? –preguntó.

–Bueno, cariño, dijiste que te sabía agria... Y precisamente hoy, en nuestro primer aniversario...

Pegó su mejilla a la de ella.

–Así que dije eso –susurró–. ¿No me lo puedes perdonar?

–Sigues sin responder a mi pregunta.

–¿Que sabes agria? ¡Pues claro que no! –la estrechó fuertemente y sintió la fragancia de su cabello–. ¿Lo olvidamos?

Ella le besó la punta de la nariz, sonriéndole una vez más de aquella manera que lo hacía sentir afortunado por haberse casado con una mujer como ella, una magnífica esposa. Iniciaban su segundo año de matrimonio y parecían disfrutar aún de la luna de miel.

Norman la besó en los labios.

–Me siento mal –dijo.

–¿Y eso? ¿Qué te pasa? ¿Quizá te sigo sabiendo agria?

–No –dijo él, confundido–, no es que me sepas agria... Es que no puedo saborearte del todo, no me sabes como antes... Quizá no me sabes a nada...

–O sea, que su mujer no le sabe igual que antes –dijo el doctor Phillips.

Norman sonrió.

–La verdad es que, dicho así, suena ridículo –admitió.

–Bueno, es un caso único, me parece... –respondió Phillips.

–Más de lo que usted cree –dijo Norman, sonriendo amplia pero trabajosamente.

–¿Y eso?

–No tengo problemas cuando saboreo otras cosas... El doctor Phillips lo interrumpió.

–¿Puede olerla? –preguntó.

–Sí.

–¿Está seguro?

–Sí, claro que lo estoy, ¿cómo no? –Norman hizo una pausa y prosiguió–: Usted quiere decir que los sentidos del gusto y el olor actúan a un tiempo...

Phillips asintió.

–Si usted puede olerla, también puede saborearla...

–Puede... –dijo Norman–. Pero lo cierto es que no la saboreo. El doctor Phillips pareció emitir un gruñido.

–Estoy confundido –admitió.

–¿Ni una idea? –preguntó Norman.

–De momento, no –dijo Phillips–. Quizá sea alergia, algo así; una alergia, pero no sé de qué tipo.

Norman pareció molesto.

–Pues confío en que se me pase pronto –dijo.

Adeline estaba en la cocina cuando Norman llegó a casa.

–¿Qué te ha dicho el doctor Phillips?

–Que te tengo alergia...

–No ha podido decir eso –rió ella.

–De veras...

–Anda, no bromees.

–Me tengo que hacer pruebas para ver de qué alergia se trata...

–No creerá que se trata de algo grave, ¿no? –dijo Adeline.

–No.

–¡Menos mal!

Adeline pareció aliviada.

–Nada importante, seguro –trató de animarse él–. Tu sabor es para mí la cosa más placentera de este mundo.

–Anda, estate quieto –protestó ella entre risas apartando las manos de Norman, pero él siguió acariciándola, besándola en el cuello, pasándole la nariz por el cabello, por los hombros...

–Quiero saborearte, me encanta tu sabor –dijo. Ella se volvió y unió su mejilla a la de Norman.

–Te quiero –le dijo.

Norman se contrajo en un espasmo, emitiendo un sonido extraño.

–¿Qué te ocurre? –dijo ella. Norman olisqueó el aire.

–¿Qué es eso? –preguntó mirando a su alrededor–. ¿Has sacado la basura?

–Claro, Norman –respondió ella.

–Pues algo huele mal... Quizá sea... –se interrumpió al ver la expresión de su esposa, que tenía los labios apretados–. Cariño, no creas que pretendo decir...

–¿Seguro que no? –dijo ella, molesta.

–Claro que no, Adeline...

–Primero te supe agria, ahora... Calló él su boca con un beso.

–Te amo –dijo Norman–. ¿De acuerdo? Te amo... No creerás que he querido ofenderte.

–Pues lo has hecho, me has herido –susurró apartándose de él.

Norman la apretó contra su pecho y olió sus cabellos. La besó con dulzura en los labios, en el cuello, en los ojos... Y le dijo una y otra vez que la amaba.

Trataba de olvidarse de aquel olor.

De pronto se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos y de que oía. ¿Estaba despierto? Volvió la cabeza y se giró en la cama. Cuando la tocó, Adeline se movió entre sueños.

Norman se apretó contra ella. La abrazó para sentir más la tibieza de su cuerpo mientras deslizaba su mano hasta la cadera. Tenía la cara pegada a la espalda de Adeline e intentaba dormirse de nuevo.

De repente volvió a abrir los ojos. Espantado, pegó la nariz a la piel de su mujer y la olió. No sintió nada; una fría y absoluta sequedad le golpeó el cerebro. «Dios mío, pero ¿qué pasa?», se dijo. Volvió a intentar olerla, con mayor fuerza. Adeline se movió de nuevo y él abandonó el intento. Seguía junto a ella, sin moverse, procurando no asustarse.

Podría ser que tuviera atrofiados los sentidos del gusto y del olfato, cabía admitirlo. Pero le resultaba difícil aceptarlo, por la simple razón de que no era así. Incluso allí, en la cama, seguía sintiendo el sabor fuerte del café que había tomado aquella noche. Y olía perfectamente el acre hedor que desprendían las colillas y la ceniza de los cigarrillos en el cenicero que tenía sobre la mesita de noche. En un último intento por cerciorarse de que no le había abandonado el sentido del olfato, olió la lana de la manta con que se cubrían.

¿Qué sucedía entonces? Adeline era lo más importante de su vida. Por eso le torturaba, le golpeaba, le destrozaba que ella resultara repelente a sus sentidos.

Tenían un restaurante favorito desde los días de su noviazgo. Les gustaba la comida que servían allí, el ambiente tranquilo, la pequeña pista de baile. Norman había pensado que sería el mejor lugar donde discutir el problema... Pero estaba realmente atribulado. Aquel ambiente no pudo hacer que cediese la tensión que sentía. Y que no la expresara.

–¿Qué diablos será lo que me pasa? –se preguntó, apartando el plato que aún no había tocado–. No puede ser físico... Temo que sea cosa de mi mente...

–¿Por qué dices eso, Norman?

–Quizá porque sé lo que me pasa; quizá porque es lo que te he dicho.

Ella le tomó la mano.

–Por favor, no te preocupes –trató de tranquilizarle.

–¿Cómo  podré  superarlo?  –se  preguntó  él–.  Es  una pesadilla... He perdido algo de ti, Adeline.

–No digas eso, cariño –le rogó ella–. Me duele mucho verte triste.

–Sí, estoy muy triste –reconoció Norman repasando el mantel con los dedos–. Creo que necesito ir a un analista que aclare mi mente –y miró al techo–. Estoy seguro de que el mal está en mi mente, y lo siento, ¡maldita sea! Quiero arrancarme de raíz eso, sea lo que sea.

Al ver que los ojos de su mujer se llenaban de lágrimas, Norman trató de sonreír.

–¡Bah, al diablo con lo que sea! –dijo–. Iré a un analista y ya está... Él me curará... Vamos a bailar, cariño.

Ella se esforzó en devolverle la sonrisa.

–Jovencita, es usted maravillosa –dijo Norman a Adeline cuando empezaron a bailar.

–Te quiero mucho –le susurró ella.

Aún no había acabado la pieza que bailaban cuando notó el mismo hedor repugnante de la cocina. Norman la apretó contra sí aún con mayor fuerza y pegó su mejilla a la de Adeline para que no pudiera ver la expresión de asco que tenía.

–Así que no tiene tacto –dijo el doctor Bernstrom.

Norman expulsó una bocanada de humo mientras aplastaba la colilla del cigarrillo en el cenicero.

–En efecto –dijo triste.

–¿Cuándo lo notó?

–Esta mañana –respondió Norman, que mostraba un aspecto macilento–. No tengo gusto, tampoco tengo olfato –suspiró hondamente–. Y ahora no tengo tacto... ¿Qué me pasa, doctor? ¿Qué enfermedad tengo?

–Ninguna que no sea diagnosticable, seguro –dijo Bernstrom. Norman lo miró ansioso.

–¿Entonces? –dijo–. Recuerde lo que le he dicho: sólo me ocurre con mi esposa. Al margen de ella...

–Ya lo sé –dijo Bernstrom.

–¿Entonces? –repitió Norman.

–¿Ha oído usted hablar de la ceguera de raíz histérica?

–Sí.

–Es un mal puramente histérico, sin raíz física.

–Sí, pero...

–Habrá alguna razón, igualmente, para que sufra usted un brote histérico relacionado con los otros sentidos.

–Bien, pero ¿por qué?

El doctor Bernstrom sonrió.

–Claro, supongo que esa pregunta es la que lo ha traído hasta aquí para consultarme...

Tarde o temprano volvería a pasarle. Ni siquiera el amor que sentía por ella lo evitaría. No podía dejar de pensar en ello mientras leía el periódico.

Recordó fríamente los hechos. El miércoles por la noche la había besado, después de lo cual le dijo: «Sabes agria, cariño». Ella, sorprendida, se apartó de él, mirándole extrañada. Al tiempo, se mostró lógicamente molesta. Ahora trataba de recordar Norman el comportamiento de su esposa tras aquello.
El jueves por la mañana le pareció que Adeline no sabía a nada. Norman se dirigió a la cocina con un fuerte sentimiento de culpa. La casa estaba en completo silencio, sólo se oían sus pasos.

Trataba de seguir analizando con calma los hechos. Se recostó en la silla y siguió repasándolos. Fue el sábado cuando comenzó a sentir aquel hedor fétido. Ella pareció molesta cuando él le preguntó si había tirado la basura, como si creyera que le decía que olía mal. Pero no había dicho nada de eso, podía estar tranquilo.

Después, en la cama, cuando intentó oler su aroma de siempre, no lo consiguió.

Norman cerró los ojos. Se arrepentía, en el fondo, de pensar en todo aquello, pues eso no hacía más que recordarle que había ofendido a su esposa. Amaba a Adeline, la necesitaba... Por nada del mundo quería que se sintiera culpable de lo que le pasaba.

Después, en el restaurante, mientras bailaban, cuando él no pensaba en nada de aquello, la notó fría y distante. Como si temiera que no pudiese olvidar él la palabra fétido.

Y luego, aquella misma mañana...

Norman arrojó el periódico. «¡Basta!» Y se puso a dar vueltas por la habitación, tembloroso, enfadado, con los ojos llenos de rabia contra sí mismo. «¡Soy yo el que está mal, soy yo!», se repetía. No podía consentir que su mente enferma destruyese lo más hermoso de su vida. No estaba dispuesto a consentirlo...

Fue como si se hubiera vuelto de piedra, partidos sus labios, desmesurados sus ojos, completamente blanco... Entonces, lentamente –tanto que escuchó el leve ruido de los huesos de su cuello–, se volvió para mirar hacia la cocina. Vio que Adeline se dirigía allí.

Pero no había oído los pasos de su esposa.

Apenas tenía conciencia de su cuerpo, allí de pie. Caminó desde la sala de estar a la cocina, pasando por el comedor, deslizándose sobre la alfombra, sin oír en ningún momento sus propios pasos. Se detuvo ante la puerta de la cocina, luchando contra sus sensaciones y tratando de escuchar el ruido que sin duda Adeline hacía allí.

Todo era silencio. Abrió la puerta. Adeline estaba ante la nevera, que acababa de abrir. Se volvió y le sonrió.

–Ahora iba a llamarte –le dijo, deteniéndose en seco al verle– ¿Te ocurre algo, Norman?

No pudo responder. Seguía de pie en la puerta de la cocina, mirándola. Retrocedió unos pasos, aterrado.

–¿Qué pasa, Norman?

Se agitó violentamente, sollozando. Adeline dejó en la mesa el platillo con el pudin de chocolate y corrió hacia él. Seguía estremeciéndose y llorando violentamente, con las facciones contraídas.

–Norman, ¿qué te ocurre?

–No lo sé –murmuró él, apenas audible.

Ella trató de abrazarlo mientras seguía llorando. El gesto de Adeline se crispó entonces, como si intuyese algo que la disgustaba.

–Quiero saber qué te ocurre, de una vez por todas –le dijo. Norman sólo podía mover la cabeza.

–¡Quiero saberlo todo, Norman!

–No –apenas musitó él, aterrado, estremecido. Ella apretó los labios con rabia.

–Esto me parece insoportable, Norman, no puedo aguantarlo.

El trató de sujetarla cuando pasó a su lado. La vio subir la escalera, horrorizándose al oír los sonidos de su cuerpo cuando se movió rauda sobre los peldaños. Se tapó entonces los oídos con las manos y empezó a gritar: «¡Soy yo, soy yo, el mal está en mí, sólo en mí!»

Escaleras arriba, la puerta del dormitorio se cerró violentamente. Norman dejó caer sus manos a ambos lados del cuerpo y comenzó a subir los peldaños. Adeline tenía que saber que la amaba, que todo era cosa de su mente, que el mal estaba en sí mismo, no en ella... Tenía que hacérselo comprender...

Abrió la puerta del dormitorio, dio unos pasos en la oscuridad y se detuvo junto a la cama. La oyó moverse y supo que le miraba.

–Lo siento, cariño –dijo Norman–. Estoy enfermo.

–No –replicó ella con la voz descorazonada, casi carente de vida.

–¿Qué? –dijo Norman.

–No hay problemas con los demás –dijo ella–, con nuestros amigos, con los tenderos... Claro que no me ven tanto como tú... Contigo es diferente. Estamos juntos mucho tiempo. La tensión que sufro por intentar que no te enteres de nada me está destrozando. Un año entero ha sido demasiado tiempo. He perdido el poder de controlar tu mente. Todo lo que puedo hacer ya es anular tus sentidos uno a uno.

–No querrás decir...

–¿No querré decir que esas cosas ocurren de verdad? Pues sí. Lo digo. Ocurren, son reales... El gusto, el olfato, el tacto... lo que has oído antes... Piensa en todo ello.

Permanecía inmóvil, frente a ella en la oscuridad.

–Debí despojarte de tus sentidos al principio, cuando nos conocimos –dijo Adeline–. Hubiera sido mucho más fácil para mí hacerlo entonces... Pero ahora ya es tarde.

–¿De qué hablas? –preguntó él, que ya podía expresarse mejor.
–No hablo de fantasías, créeme –dijo ella en un sollozo–. He sido una buena esposa para ti, ¿por qué tengo que irme? ¡No quiero irme! Volveré a conocer a alguien y no quiero cometer el mismo error la próxima vez.

Norman dio unos pasos en dirección a la pared, para encender la luz de la habitación.

–¡No enciendas la luz! –le ordenó Adeline.

No obedeció.

La luz le hirió los ojos. Sobre la cama no había más que algo parecido a un montón de restos viscosos que desprendían un olor nauseabundo. Norman ni siquiera pudo gritar, como si el grito se le hubiera coagulado en la garganta al descubrir aquella hedionda podredumbre.

–¡De acuerdo! –sintió aquellas palabras como una explosión en su cerebro–. Pues si has encendido la luz, ahora me conocerás realmente.

Todos sus sentidos parecieron abandonarlo de golpe. El aire olía a ella. Norman lo supo, lo sintió, hizo balance del tiempo que habían pasado juntos. Vio aquella masa viscosa deslizarse desde la cama para dirigirse a él. Su mente parecía consumirse en una oscuridad absoluta, como si estuviese a punto de desmayarse, o de caer en una ciénaga tan negra como la noche, perseguido por aquella voz suplicante que le decía:

–No quiero irme, no quiero irme... Ninguno de los dos quiere que me vaya... Ámame, deja que siga a tu lado... Ámame, ámame, ámame..

La prueba de amor. Mary Shelley (1797-1851)

Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.

Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.

Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.

Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.

Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.

«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»

Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.

No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...

—¿Sabes, Angelinetta mía —exclamó—, que me casaré este invierno?

—Y ¿quién será tu señor esposo?

—Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.

Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara —quería que pasara la noche con ella—, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! —pensó—. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»

Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.

Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Hipólito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Hipólito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Hipólito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Hipólito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.

Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Hipólito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Hipólito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.

Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.

Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido... de pisadas... y una voz conocida que pronunciaba su nombre.

—¡Virgen Santa! ¡Hipólito! —exclamó—. ¿Es ésta tu promesa?

—Y ¿es éste tu recibimiento? —respondió él en tono de reproche—. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado... como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí... deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores... ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano... descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.

Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Hipólito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo... aunque esto no es exacto... lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Hipólito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría convencerla, Hipólito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura... agradecida al cielo... feliz. ¡Pobre Angeline!

Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»... ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.

-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.

Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.

—¡Qué guapo es! —exclamó Faustina—. ¿Quién será?

Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Hipólito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos... y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla... y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.

Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.

—¡Se está usted muriendo! —exclamó Faustina—. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.

Hipólito trató de sonreír.

—No, no me estoy muriendo —dijo—, pero estoy herido.

—¿Dónde? ¿Cómo? —gritó Angeline—. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.

—¡Oh, sí! —repuso Faustina—. Vamos, Caterina, corre... dile a papá lo ocurrido... que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.

—No me he matado —le interrumpió Hipólito—; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.

Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.

—Pero morirá antes de que consigamos ayuda —afirmó Faustina—; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.

—Iré yo a la villa —exclamó Angeline—, Caterina se quedará contigo y con Ip... Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?

Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Hipólito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.

—¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! —se lamentó.

No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Hipólito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Hipólito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.

«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.

A la mañana siguiente, Hipólito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Hipólito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Hipólito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.

—¡Adiós, Hipólito! —dijo Angeline—. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Hipólito!

—¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras... mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado... ¿ustedes se escriben, tal vez?

—Te equivocas, Hipólito; de acuerdo con los deseos del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.

—Has obedecido tanto en la amistad como en el amor... ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa... ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?

—Si no va en contra de nuestro voto...

—¡De nuestro voto! ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente... ¿me lo prometes?

—Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.

—Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?

La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.

Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Hipólito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.

Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó... un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:

—¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!

Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Hipólito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:

—¿Te ha dicho algo?

—Nada —respondió alegremente su amiga—; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Hipólito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo... pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre... ¡no me casaría con él por nada del mundo!

Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.

«Pobre Faustina —pensó su amiga—, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»

Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Hipólito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara... y luego sus ojos...

—¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? —inquirió Angeline.

—No... ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.

—Me salvó la vida —contestó su amiga, ruborizándose.

—¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande... no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Hipólito me vuelva tan olvidadiza...

Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento... Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.

Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Hipólito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Hipólito se había marchado, y no volvió a aparecer.

«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.

Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Hipólito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.

Visitó la villa en dos ocasiones, e Hipólito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Hipólito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras... Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Hipólito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.

El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era... siempre había sido como una madre para la señorita Faustina... la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.

Angeline rompió diez notas... y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.

Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.

«Si pudiera ver a Hipólito un momento... y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.

Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta... sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Hipólito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió... divisó a Angeline... sus ojos despidieron fuego... y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.

—¡Cógela! —dijo Faustina—. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito... y qué significa... es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro... No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!

Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil... las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.

—Te digo que la cojas —exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie—; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Hipólito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.

Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.

—¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?

Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala... y la casa; bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas... y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde... cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.

A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline... pero le traía sin cuidado abrirla... todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:

He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro... pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.

El papel cayó de las manos de Angeline.

Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Hipólito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.

Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Hipólito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel... el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Hipólito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.

Hipólito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Hipólito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Hipólito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.

La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables.