lunes, 2 de enero de 2017

Soneto de estío. Anna Ajmátova (1889-1966)

Más que yo vivirá lo que aquí vive,
hasta los nidos de los estorninos,
y este aire migratorio que cruzó,
aire primaveral, la mar en vuelo.

La voz eternidad de allá nos llama,
del más allá con su invencible fuerza,
y por encima del cerezo en flor,
la luz lunar menguando se derrama.

Parece que blanquea sin estorbo,
a través de las verdes espesuras,
la senda que no digo adónde lleva...

Allí hay más claridad entre los troncos
y todo se asemeja a la arboleda
que circunda el estanque en Tsárkoie Seló.

La musa. Anna Ajmátova (1889-1966)

Cuando en la noche oscura espero su llegada,
se me antoja que todo pende de un hilo.
¿Qué valen los honores, la libertad incluso,
cuando ella acude presta y toca el caramillo?

Mira, ¡ahí viene! Ella se echa a un lado el velo
y se me queda mirando larga y fijamente. Yo digo:
"¿Has sido tú la que le dictó a Dante las páginas
sobre el infierno?"
Y ella responde: "Yo soy aquella."

Cuando la luna es de melón. Anna Ajmátova (1889-1966)

Cuando la luna es de melón una tajada en la ventana
y en redor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada
por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría
y la nieve del paño y arde una bujía de cera
tal que en la niñez, mariposas zumban
la calma, que no oye mi palabra, retumba
entonces de lo negro de rincones rembrandtianos algo se ovilla de pronto
y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera...
la soledad en sus redes me hizo prisionera
el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios
y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario.
Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche.

Llegué a visitar al poeta. Anna Ajmátova (1889-1966)

A Alexander Blok

Llegué a visitar al poeta
exactamente al mediodía, un domingo.
En el cuarto espacioso reinaba el silencio
afuera, en la calle, hacía frío.

Un sol agradable se paseaba
sobre el tupido humo grisazul...
El poeta me miraba fijamente,
en silencio, como un gran anfitrión.

Es mejor ser cuidadosa
y no mirar nunca a sus ojos;
son ojos tan extraños
que jamás se pueden olvidar.

No olvidaré ese encuentro
aquel brumoso mediodía de domingo
a las orillas del Neva
en una casa grande y gris.

Hay en la intimidad. Anna Ajmátova (1889-1966)

Hay en la intimidad un límite sagrado
que trasponer no puede aun la pasión más loca
siquiera si el amor el corazón desgarra
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.

La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de llameante dicha,
cuando es el alma libre y no la vence
la dulce languidez del goce y la lascivia.

Pretenden alcanzarlo mentes enajeadas,
y a quienes lo trasponen los colma la tristeza.
¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón
no late a ritmo debajo de tu diestra?

Cuando escuches el trueno. Anna Ajmátova (1889-1966)

Cuando escuches el trueno me recordarás
y tal vez pienses que amaba la tormenta...
El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí
y el corazón, como entonces, estará en el fuego.

Esto sucederá un día en Moscú
cuando abandone la ciudad para siempre
y me precipite hacia el puerto deseado
dejando entre ustedes apenas mi sombra.

La tierra natal. Anna Ajmátova (1889-1966)

No la llevamos en oscuros amuletos,
ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
no perturba nuestro amargo sueño,
ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
en objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
ni siquiera la recordamos.

Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
y por eso, dichosos, la llamamos nuestra.

Dedicatoria. Anna Ajmátova (1889-1966)

Las montañas se doblan ante tamaña pena
y el gigantesco río queda inerte.
Pero fuertes cerrojos tiene la condena,
detrás de ellos sólo "mazmorras de la trena"
y una melancolía que es la muerte.

Para quién sopla la brisa ligera,
para quién es el deleite del ocaso -
Nosotras no sabemos, las mismas por doquiera,
sólo oímos el odioso chirriar de llaves carceleras
y del soldado el pesado paso.

Nos levantamos como para la misa de madrugada,
caminábamos por la ciudad incierta,
para encontrar una a la otra, muerta, inanimada,
bajo el sol o la niebla del Neva más cerrada,
mas la esperanza a lo lejos canta cierta...

La sentencia... y las lágrimas brotan de repente,
ya de todo separada,
como arrancan la vida al corazón, dolorosamente,
como si hacia atrás la derribaran brutalmente,
pero marcha... vacila... aislada...

¿Dónde están ahora aquellas compañeras del azar,
de mis años de infierno desnudo?
¿En la borrasca siberiana cuál es su soñar,
qué imaginan en el círculo lunar?
A vosotras os envío mi adiós y mi saludo

A la ciudad de Pushkin. Anna Ajmátova (1889-1966)

1
¿Qué puedo hacer? Ellos te destruyeron,
¡Qué encuentro más cruel que el separarse!
Aquí hubo un surtidor, allá alamedas,
más a lo lejos verdecía el parque...
La aurora más rosada que ella misma
fue aquél abril. Olor a húmeda tierra,
a primer beso...

2
Las hojas de este sauce en el siglo pasado se murieron,
para brillar cien veces más lozanas en la forma de un verso.
Las rosas se trocaron en purpúreas rosaledas silvestres,
pero los himnos de la escuela siguen brotando sin desánimo.
¡Medio siglo pasó! Fui premiada por la divina suerte
y en los días violentos olvidé el fluir de los años.
¡Ya no voy por allí! Pero a la orilla del río de la muerte,
yo llevaré mis trémulos jardines de Tsárskoie Seló.

Testigo. Angélica Becker.

Naciste sin quererlo.
Tu primer grito pregunta fue, y desafío
a la vida
y esa vida
te contestó con su silencio quedo.
Gris la pared amarga de la niñez entre paredes sin colores,
entre rostros
escasamente dulces, siempre ajenos.
Ay, tu estar primero en esa frágil
madera quebradiza del vivir,
¡cuan doloroso!
Estar primero,
mustio estar en la noche.
Tu madre fue la ausencia de raíces,
tu gran amor, la soledad, la nada.
Sin conocer la luz, tus ojos ciegos,
jamás distinguen entre luz y noche,
y la mudez de aquellos labios fríos que guiaron
tus iniciales vacilantes pasos,
cerraron tus oídos al zumbante
son de la vida alegre, oh alma muda,
oh sordo corazón, sin pluma leve de un ave leve y blanca,
viajera.
Tu grave convivir con esa noche
abrió a tu sentir nocturnas sendas
de turbia y súbita subida al monte turbio
del yo, en el desierto de tu alma.
Cerradas las ventanas y las puertas, se protege
tu vulnerable ser
con sombras de la sombra.
La sola mano amiga que encontraste,
suaves los dedos de pequeño hermano, señero como tú, y
presa
de buitres y cornejas como tú, manjar de hormigas,
te le arrancara el viento del destino.
Buscó tu soledad la compañía
y siempre halló la soledad en compañía, buscando en com-
pañía, soledad.
Volviste a encontrar a tu hermano
en otro rostro, en otro cuerpo suave, y su ternura
fue dulce pasto de esa boca herida.
Mas esa luz tan sólo fue prestada.
Y sueño tan hermoso causó en tu vida acerbas pesadumbres.
Preso de tu sentir, y prisionero
de tu severo corazón sin alas, sufres
y con desdén destierras el dolor cual mala hierba, y sufres.
Hijo de la nocturnidad, engendras noche. Del dolor hijo,
el dolor regalas, suprema nada, nada dolo rosa.
Pero a la vida,
tú das las gracias, pues recibes
de ella un rotundo presente
que, pobre, da su resplandor:
ausencia.

Me siento morir a veces... Angélica Becker.

A Emilia y José Ángel Valente.


Me siento morir a veces, o deseo la muerte.
Alguien me obliga a desvestirme lentamente de mis extremidades,
de mis brazos y piernas, de mi vientre y mi pecho. Una a una,
caen todas mis prendas personales en un gesto muy dulce.
Me siento polvo, ceniza, polen de flores, viento que levemente
aún existe, llenando el espacio con su ser poco tenso.

Pero luego me veo en el espejo, veo poderosas formas humanas
que se concentran en cuerpo, en brazo, en muslo, en pecho,
en cabeza que se alza
hermosamente sobre el hombro, en un cuello esbelto. Veo
vida que vive,
que respira, que incrédula toca
la fría carne del espejo, y la otra, tan cálida,
que duramente existe e, íntegra,
desafía, con valor y perennidad, a la muerte.

Carta a un enemigo. Angélica Becker.

Integra tierra que acoge
firmemente
el pie del que busca aposento
¿por qué hostilizas
con tu dureza rocosamente certera
el aire tenue, indeciso, que apenas se opone a tu vida?

No. No me comprendes. Dirás: «Lo que dices
son cosas apenas humanas. Explica. ¿Qué quieres?»
Y luego diré:
«Es la estrofa
primera de una trágica canción, titulada:
Diálogo
entre el aire y la tierra.»

Y si aún me dices: «No comprendo»,
te diré la segunda estrofa,
la respuesta de la tierra dolorida, expuesta a los vientos que
asaltan
sin piedad
sus flores más entrañables, sus más tiernos capullos.
Y si aún me dices: «No comprendo»,
no me atreveré a decirte
la desnuda verdad todavía, el humano dolor que te acecha
cuando yo me siento feliz, la tristeza que invade
cual aguda cuchilla mi pecho, cuando tu pecho
dulcemente se envuelve
en el calor de la dicha, del amor adeudado, cual si fuese un
abrigo de rosas
auténticas.
No me atreveré a decirte lo que siento
con pecho transparente y palabras
sin doble fondo alegórico,
y te diré,
simplemente,
la estrofa tercera:
El viajero avanza,
migratorias raíces, sus pies que se empapan
de la cálida tierra,
sostenidos por la roca paterna y sus feudos seguros.
Pero su pecho
con dicha en el aire respira, se dilata, se ensancha,
aún alienta con gozo...

Y si aún me dices: «No comprendo»,
te miraré sin hablarte, y verás en mis ojos
un límpido claror sin odio, una lágrima tenue...