lunes, 31 de julio de 2017

Montañas II. Antonio Arraíz (1903-1962)

Me gusta acariciarlas siguiendo con los ojos
morosamente
sus líneas abruptas,
mientras en sus dorsos la luz
de modo imperceptible
va del verde al azul
al violeta.

Me gusta acariciarlas con los ojos,
como acaricio
el lomo de mi perro con la mano
libre.

Montañas I. Antonio Arraíz (1903-1962)

Con el vaso en la mano, mirando las montañas,
le acaricio el lomo a mi perro.

Estas montañas nuestras
del interior,
casi olvidadas de tan familiares,
casi invisibles de tan vistas,
no es seguro siquiera que no sean
enseres en un sueño.

Estas montañas hoscas
que se adelgazan,
que se ensimisman en nosotros.

Ya sólo acaso una manera
de la voz,
del paso,
del gesto.

Ofrenda. Antonio Arraíz (1903-1962)

A los grandes muertos,
al linaje glorioso,
a los que ven más allá de la muerte,
ofrendo.

Sitting Bull, águila.
Moctezuma, príncipe.
Netzahualcoyotl, poeta..
Cuauhtemoctzin, tigre.
Caupolicán. Manco Capac,
a los grandes muertos,
a todos ellos
a los que no conozco, a los muertos oscuros
al alma de la raza,
ofrendo.

Canto a la rebeldía. Antonio Arraíz (1903-1962)

Yo era un hombre cuando cierto día
encontré a mi padre parado en mi vía.

Alto como torre, duro como bloque,
firme como prócer, fuerte como padre.

- Apártate, padre - yo le dije entonces.
- Apártate, padre. Yo ya soy un hombre.
En efecto lo era. Él no lo creía.

Apártate, padre. Voy a mi deber.
Él no comprendía. No le vi ceder.

- Apártate, Padre, - le grité de nuevo.
- Mucha prisa llevo. Mucha fuerza llevo.
- Mucha vida llevo. No te tengo miedo.

Él estaba inmóvil como de basalto.
Me le abalancé las manos en alto,
y en la angosta vía rudo fue el asalto.

¡Oh, qué fuerte era! Nunca lo supuse.
No encontrara antes tan fuerte enemigo.
Todo mi vigor en la luche puse,
hasta que mi padre dio en tierra consigo.

Y cuando jadeante por la libre vía,
lleno de entusiasmo continuar quería,
mi padre, en la tierra, se alzó como pudo,
y con gran orgullo, ¡oh qué orgullo el suyo!,
me gritó:

Hijo mío: ¡Sigue! ¡Sigue! ¡Sigue!

domingo, 30 de julio de 2017

Bomb Queen.


Durante una década, la supervillana ego maníaca conocida como Bomb Queen ha gobernado en la ciudad, haciendo las leyes y llevando a las personas hacia su apetito por la sangre, las bombas y su perversión sexual.
Sin embargo, a pesar de los años de muerte, destrucción y devastación moral, las personas de New Port City prefieren los métodos de BombQueen. Todo el caos se desatará cuando un héroe llegue a la ciudad y le dé un giro al mundo de Bomb Queen.


Para descargar el cómic en formato CBR, hacé click en los siguientes enlaces:

Volumen 1

Volumen 2

Volumen 3

Volumen 4

Volumen 5

Volumen 6

Volumen 7


sábado, 29 de julio de 2017

The Walking Dead (Actualización)



Para descargar las actualizaciones del cómic, hacé click en los siguientes enlaces:

The Walking Dead N° 168

The Walking Dead N° 169

Here's Negan N° 14

Here's Negan N° 15

Here's Negan N° 16

La última gracia. R.

Nunca me gustó viajar por la noche; conducir cerca y tras la medianoche no es bueno. Carreteras prácticamente vacías, mal iluminadas, posibles suicidas, roturas de motor, animales que se cruzan, fantasmas y espectros… pero aquella fatídica noche de otoño no tuve más remedio que aventurarme al peligro ignoto que se esconde en cada metro, kilómetro de la carretera, tras recodos y largas rectas que no parecen tener fin… Había dormido la siesta para estar bien despierto; llegaría justo con el amanecer. Puse música para mitigar el silencio y suplir la ausencia de un acompañante. También era esencial colocarme bien en el asiento y calibrar los espejos retrovisores. He de reconocer que siempre he sido muy aprensivo, y osado, a la vez. Por un instante pensé en no arrancar el coche, y mandar todo al diablo, pero lo hice y partí bajo un cielo cubierto por nubes que no amenazaban lluvia, mas algunas nubes tenían, o así me pareció, extrañas formas, como caprichosas, aunque no podía decir a qué se parecían. Durante los primeros kilómetros todo fue a la perfección, pero tras una cerrada y prolongada curva, empecé a tener malas vibraciones, como si algo maligno se acercara en una próxima recta aún fuera de mi alcance visual. Se me puso la boca reseca, y empecé a sudar… encendí un cigarrillo. A no mucho tardar tuve el primer sobresalto, pues tuve que esquivar un enorme tronco en medio de la carretera, librándome por muy poco. Seguidamente me llevé otro susto de órdago, diferente al anterior. Al haber aminorado la velocidad, vi a la perfección, de frente, una gran figura blanquecina, a mi derecha, en el arcén… A cada segundo iba tomando un claro aspecto humanoide, pero realmente aterrador. Frené casi en seco y sentí paralizarme, pues no era otra cosa que la muerte en persona, pues incluso no le faltaba una guadaña. Arranqué y pisé el acelerador a fondo, pero aquella figura de otro mundo se metió en la carretera y la atravesé como si fuese de humo, y cuando miré por el retrovisor, ya no la vi, había desaparecido. Tuve unos kilómetros muy tranquilos, pero mi funesto pensamiento no me había abandonado aún, y lo peor estaba muy cerca de llegar, pues el coche dejó de funcionar; acababa de quedarme tirado en medio de la nada. Continué andando esperando que apareciera otro vehículo. Tras un buen trecho, las piernas se volvieron muy pesadas, como si los pies pesaran varios kilos, hasta que me percaté de algo terrible e inimaginable, pues el asfalto se estaba derritiendo según avanzaba; veía cercano mi fin en esta vida. Pero he aquí, que la civilización no se encontraba muy lejos, pues podía ver las luces de la ciudad en el horizonte… había realizado en coche más kilómetros de lo que pensaba. Por si fuera poco, como unos delgados filamentos muy negros intentaban aferrarse a mis piernas, pero continué andando, aferrándome a la vida. Estaba ameneciendo, pues por el horizonte ya clareaba, y muy deprisa, tanto, que la ciudad desapareció de mi vista. Pocos metros después mis pocas fuerzas desaparecieron por completo y caí desplomado en el barrizal de alquitrán que dominaba por entero la carretera empinada, y cerré los ojos inexorablemente… por unos segundos, pues desperté en la cama de un hospital. Una enfermera de riguroso blanco estaba sentada dándome la espalda a excasos dos metros. Tosí. Giró la cabeza… muy, muy despacio… ¡Horror! ¡Conocía aquel ser! ¡El corazón me latía muy, muy rápido! No esperé clemencia ni salvación alguna.
-¿Ves el reloj de arena, encima de la mesa? – Cuando caiga el último grano… vendrás conmigo… Antes de que suceda, te puedo conceder una gracia, aunque pequeña, no puede ser de otra manera.
-Sólo necesito lápiz y papel, por favor…

El niño del volcán. B.

Llevaba varios meses esperando aquel fin de semana, teníamos planeado junto con mis amigos realizar una excursión y después de darle vueltas al asunto decidimos ascender un volcán, sin saber en lo que aquel asunto se convertiría. Llegado el sábado nos juntamos muy temprano y tomamos rumbo a nuestro destino nuestro plan era subir por la tarde, sin embargo al llegar a la falda del volcán estaba lloviendo a cantaros por lo que decidimos esperar, ya casi entrada la noche nos dirigimos a la oficina municipal para dar aviso que íbamos a subir, el empleado trato de persuadirnos para que no subiéramos esa noche si no hasta el otro día, sin embargo le comentamos que ya estamos atrasados y que emprenderíamos la escalada esa misma noche.

Comenzamos a subir todos muy alegres, poco mas de dos horas habían pasado desde que empezamos el camino y nos habíamos encontrado a otras personas que ya venían bajando, y les preguntábamos que si había alguien que se hubieran quedado a acampando. El último grupo que iba bajando nos dijo que ya no quedaba nadie, que solo había un anciano que subió a cortar leña, proseguimos nuestro camino cuando en el recorrido vimos un pequeño bulto y a la vez escuchamos un sollozo, por un momento nos sorprendió, pero cuando nos acercamos mas y alumbramos con nuestras lámparas pudimos ver que era un niño como de unos 9 o 10 años.

Nos acercamos y le preguntamos que esta haciendo solo en aquel lugar, nos dijo que estaba esperando a su papa, nos quedamos un rato y le ofrecimos algo de comer pero no quiso, después de media hora decidimos seguir caminando pues supusimos que el papa del niño seria el señor que nos habían dicho que andaba cortando leña, y que se encontraba un poco mas arriba.

Íbamos caminando en silencio, al menos yo iba pensando como era que habían dejado aquel niño solo, aunque en los pueblos se acostumbra a ser un poco rudo con los niños, de pronto oímos ruido de un caballo y la voz de un anciano que venia unos metros arriba y justo en ese momento paso un viento que nos helo, en eso el niño dijo que ya estaba cansado, entonces nos detuvimos a esperar, a que el señor se aproximara, justo cuando el señor apareció me adelante a decirle que teníamos a su niño y que lo estaba esperando, el anciano se me quedo viendo como una cara de extrañado, yo lo tome del brazo y lo apure pues el niño estaba muy triste, cuando regresamos junto a mis compañeros estos estaban en silencio, conmocionados y con una mirada de miedo, les pregunte por el niño, pero ninguno alcanzaba a decirme nada, hasta que uno de ellos balbuceo que el niño se había sentado al borde del camino y que había desaparecido delante de sus ojos, entonces el anciano intervino y nos contó sobre un niño que se había perdido hace unas semanas atrás y después lo habían encontrado muerto por el frío intenso del volcán, y que a otros excursionistas también se les había aparecido preguntando por su papa.

Regresamos esa misma noche, a la siguiente mañana pasamos por la oficina municipal a avisar de nuestro regreso, y le preguntamos al empleado sobre la historia que nos había contado el anciano, este nos la corroboro, regresamos de esa excursión convencidos… al menos yo que los fantasmas si existen.

Una noche en el campo. G.

Corría el año de 1950, en el altiplano la modernidad distaba mucho por llegar, aquella tarde Lili como era usual fue a al rio a lavar la ropa, para luego volver a casa no sin antes pasar comprando el pan de su padre.
-Juan….lo de siempre …y caliente ya sabes a mi pa´no le gusta frío!!!… gritó la chica desde el camino….
-ya va…ya va… deja que está saliendo… replicó el viejo panadero.
Como de costumbre las labores llegaron a su término a eso de las 8:00 p.m. Y con sus padres durmiendo, Lili cedió a su pasatiempo favorito. De su viejo colchón saco un catálogo de ventas al menudeo, de los que pasaban dejando por el pueblo, en el que se veían imágenes de chicas vistiendo muy elegantemente, y se veía ella misma en una de las imágenes.
Sus padres no podían darle más de lo que poseían, y aun estudiando Lili añoraba salir de aquel pueblo para mejorar….
Un silbido extraño atrajo su atención, lo ignoro por un momento y siguió embebida en sus cosas…
El chiflido de nuevo….
-¿y eso?….quien será?….
Lili asoma su joven rostro a un hueco en la tabla que hace de pared, y su ojo café oscuro se abre a más no poder….
-Santo niño de la silla!!!!……y eso….
Justo enfrente de su humilde choza, un hermoso caballo blanco, de crin platinada, bañada por una luna llena cuya luz mortecina cubría la escena, el animal pastaba con su cabeza gacha, la silla de montar dejaba ver repujados en oro y plata, los estribos de un brillo esplendido, justo en la abertura del alambrado hay una enorme piedra que hace las veces de seguro para la portilla, en esa piedra, un hombre vestido de blanco puro, botas limpísimas, con espuelas plateadas, igual que su hebilla, su traje blanco reluciente, su enorme sombrero de ala ancha que cubría su rostro, bajo una sombra total, en la que solo se veía el brillo de un diente al reír…
-Todo lo que queras….todo lo que soñas….todo…..es tuyo….
Escuchaba la muchacha en sus oídos, la brillantez de aquel diente en la sombra del sombrero la enmudecieron….
-todo lo que queras….todo lo que soñas….todo es tuyo….
Repetiase insistentemente en la cabeza de Lili, que sin notarlo, había salido de su humilde casita, y embelesada por todo aquello, caminaba sin pensar, movida solo por la brillantez y las palabras de aquel desconocido….
El jinete desconocido, caminando a lado de su caballo, la llamaba con tranquila imagen, y con brillante sonrisa, la joven lo seguía a solo unos pasos, de pronto el jinete dejo de sonreír…..
-Señor….me lleva con usted….por favor…… decía la chica…..
Aquel tipo subiose a su caballo y tendiéndole la mano a la joven le mostro unos dedos llenos de anillos con brillantes……
-te vienes pero para siempre….vamos….solo agárrate….
Lili reacciono al escuchar como la voz ahora era distinta, ronca y demandante…..
-pero….y mi pá…. Atino a preguntar….
-Lili!!!!….mija….que haces…..mijaaaaa!!!!……mirameeee!!!!….
Gritaba el anciano tratando de agarrar a su joven hija, quien al borde de un barranco extendía su mano al aire, como queriendo sujetarse de la nada….
-lléveme señor….lléveme… gritaba la chica….
-Mijaaaaa!!!!…por el amor de Dios….que dices……escuchameeee!!!!….
Un esfuerzo titánico, un alarge de su cansado brazo y logro sujetar a su hija…que sin decir nada mas repetía insistente….
-lléveme….lléveme….lléveme….

Han pasado los años, Lili ahora una anciana de edad, es cuidada por una vecina, y todo está bien….excepto esas noches de luna llena con luz mortecina, en las que se pasa toda la noche repitiendo….
-lléveme….lléveme….lléveme….

La vecina. A.C.

Ya el día estaba muriendo. Las nubes, teñidas de un suave naranja, se movían a gran velocidad debido a la fresca brisa, al igual que las hojas caídas de los árboles, que pintaban un paisaje en tonos cobrizos, al compás de mis pasos.

Mas, todo ello me tenía sin cuidado, pues, desde hacía rato, mi mente se centraba en una única cosa: mi vecina, amiga desde mi infancia. Nos había dejado, para emprender el viaje que todos realizaremos algún día. No me sentí en condiciones de ir a su despedida, aunque realmente me dolía no haberlo hecho, prefería recordarla como la amiga que siempre fue.

El repentino ladrar de los perros me trajo nuevamente a la realidad. Rápidamente, me dirigí donde ellos, ya que era extraño, pues de haber llegado mi familia, no harían tanto alboroto. Al llegar, les pregunté qué ocurría –como si fuesen a contestar-, mas, mi pregunta fue ignorada completamente. Ladraban, con sus ojos fijos en la casa, ahora deshabitada, de mi vecina.
Al dirigir mi mirada, comprendí porque: ahí se encontraba ella, sentada en su porche, como hacía cada tarde, desde que tengo memoria.

Lucía tranquila, en paz, y me sorprendí, también a mi, en ese estado.

Cuando me di cuenta, ya estaba cortando, a paso rápido, la distancia que nos separaba.
Al quedar a tan solo unos pasos, me detuve.

Ella me miró, expectante. En ese momento quise decirle tantas cosas, disculparme, sin embargo, un nudo en mi garganta, permitió que una única palabra escapara de mis labios, en forma de un suave, casi inaudible, susurro: “Adiós”.
Ella sonrió, y a continuación, comenzó a incorporarse, lenta pero decididamente. Cuando ya estuvo de pie, me rodeó con sus brazos. Durante el instante que duró el abrazo, una indescriptible, pero agradable sensación, me inundó.

No pude responder su gesto, ya que rápidamente, se desvaneció.

Luego de unos minutos de estar cual estatua en aquel lugar, comencé a desandar mi camino, emprendiendo la marcha nuevamente a mi hogar.

No pude evitar que una triste sonrisa se formara en mi rostro, cuando –podría jurar- un “Gracias” se escuchó en el viento.

El padrastro. S.B.

Sentado en un viejo sillón de mi casa escucho con los ojos cerrados una vieja canción de piano que escribí junto a mi ya difunto padre. Aun no lo puedo creer como el hombre que me recogió de aquí orfanato hubiera muerto aun no sé cómo murió.

En ese momento mi mar de pensamientos fue interrumpido por una voz que me fue un poco familiar. ‘No, tu si sabes cómo fue que yo morí’, dijo la voz misteriosa. Yo repliqué: ‘claro, espero llegar a mi casa pronto’. La voz misteriosa dijo: ‘no, aun no es tu casa, sigue siendo la mía hasta que lean mi testamento’.

En ese momento un escalofrió inexplicable se adueño de mi cuerpo abrí los ojos y enfrente de mi estaba mi padrastro. El dijo: ‘sorprendido de volverme a ver’, yo dije con una sonrisa sarcástica: ‘no, tu tan solo eres el dolor que siento por la pérdida de mi querido padre’. El padrastro sonrió y dijo: ‘o tal vez tu locura proyectada en uno de tus más profundos miedos’. yo pregunte: ‘¿miedos? Yo no te tenía miedo padre, yo te admiraba, yo te quería’. Y mi padrastro se desapareció en la obscuridad de un rincón.

Suspiré y volví a cerrar los ojos para concentrarme y escuchar esa hermosa melodía del viejo y olvidado piano. De repente alguien tocó la puerta, baje rápido para ver quién era y vi a Lorena, una vieja amiga de mi padrastro. Ella se encargaba de preparar los difuntos para el funeral, mi padre siempre le dijo a Lorena que el día que muriera quería que ella misma lo preparara para verse espectacular en su entierro.

Lorena me sonrió y me dijo: ‘ya está todo listo para el funeral de tu padre’. Yo respondí: ‘muchas gracias por ayudarme con todo esto Lorena’. Ella respondió: ‘no hay de que, esto que estoy haciendo es lo que siempre quiso tu padre bueno nos vamos para preparar todo antes de que los familiares lleguen’. Replique: ‘claro nomas deja apagar el estéreo’, era de mala educación dejar a Lorena afuera así que la invite a pasar, ella parecía muy sorprendida por la gran casa de mi padre ya cuando llegamos al segundo piso apague el estéreo y mi padre apareció alado mío y dijo: ‘acaso no te dije que nunca trajeras a nadie cuando yo no estuviera’, yo respondí: ‘pues estas aquí no se por qué te quejas’, Lorena un poco confundida me preguntó: ‘con quien hablas’ yo respondí: ‘con nadie’, Lorena me que había escuchado esa canción, es muy bonita y preguntó cómo se llamaba. Yo respondí: ‘no tiene nombre la escribí junto con mi padre’. Lorena me sonrió y dijo: ‘tú has de tener muchos recuerdos hermosos de tu padre’, yo respondí: ‘si tengo bastantes de pronto mi padrastro se apareció alado mío otra vez y me dijo al oído: ‘y tan solo por eso me mataste’.

No lo pude creer mi padre o mi locura no sé que era él o esa cosa, pero me estaba culpando de la muerte de mi padre. En el funeral todos lloraban por mi padre excepto yo, no sabía por qué no lloraba por la pérdida de mi padre era mucho, pero al parecer tenía muchas fuerzas para retener las lagrimas. Me senté y suspire mirando como otros que conocían poco a mi padre lloraban desconsoladamente. De repente mi padre apareció sentado alado mío y dijo: ‘vaya cuanta hipocresía hay en este pequeño cuarto’, yo le dije un poco enojado: ‘por lo menos ten un poco de respeto hacia las personas que vinieron a verte’, él se rio y me respondió: ‘no vinieron a verme a mí solo vinieron a ver a quien le dejé toda mi herencia, la gente a veces llega hacer muy hipócrita cuando hay algo valioso de por medio’. Entonces me llegó el recuerdo de lo que me dijo cuando estaba en casa con Lorena y le pregunte: ‘por qué dices que yo te mate’, el sonrió y me dijo: ‘no te hagas el tonto, yo sé, recuerda esa discusión y después no se empezó a oír cucu cucu y me encajaste el cuchillo en el pecho.

Asustado le respondí: ‘no claro que no, yo no fui’. El se rio y me dijo: ‘nunca vas a escapar de mí, yo soy tus miedos, soy tu locura yo soy tu padrastro’. no pude más y grite con todas mis fuerzas: ¡Basta!, todos en el funeral me miraron como si estuviera loco, de inmediato me fui de el funeral y corrí hacia mi casa me encerré y me puse en un rincón y no sabía qué hacer, no sabía que pensar como pude matar a mi propio padre, me puse a llorar yo quería a mi padre y de repente el pareció frente a mí y me dijo: ‘no, tú me odiabas me lo hiciste saber el día que llegaste borracho’, yo sorprendido le pregunte: ‘como no entiendo llegue borracho por favor dime qué fue lo que paso’, el me dijo: ‘llegaste borracho me dijiste que me odiabas que siempre tenias que hacer lo que yo decía yo le respondí : ‘porque era cierto’, el me reclamo: ‘no yo siempre te di la opción, pero tú por miedo a lastimarme siempre hacías lo que yo quería’. Yo respondí: ‘es cierto ya lo recuerdo todo se salió de control y tome el cuchillo… Lo siento padre’, de repente una lagrima de sangre se notaba en la mejilla de mi padre y me dijo: ‘no me duele que me hallas matado es mas estoy orgulloso de que por primera vez tú hagas algo por tu propia cuenta’, yo pregunte: ‘entonces ¿por qué lloras?’ y él respondió: ‘me duele que tú me odies’, de repente me dolió el pecho y yo también llore y le dije: ‘no, no es cierto yo no te odio yo te agradezco por todo lo que hiciste por mi y tan solo quiero pedirte perdón’, el sonrió, ‘no hay nada que perdonar’.

Mi padrastro bajó las escaleras abrió la puerta y cerró días después fui arrestado confesé mi crimen y fui sentenciado a 20 años de prisión me parecieron justos un año después decidí reunirme con mi padrastro.

La historia de Lucía. F.

Su nombre era Lucia, tenía 17 años y era portadora de una gran belleza, cabello rizado color negro oscuro, de figura esbelta y con un rostro que tan solo mirarlo un par de segundos, inspiraba confianza y tranquilidad.
Era amable y muy amigable, pero algo excluida de la sociedad, aunque ella siempre estaba encantada de conocer gente nueva. No era ningún secreto entre sus vecinos y amigos su amor por los animales, en especial los perros, por lo tanto, tenía un cachorro al que quería y cuidaba como un bebe.

Vivía en un barrio común, algo alejado de la ciudad, pero debido a que su papa adquirió un nuevo trabajo, tuvo que mudarse hacia el centro de la ciudad.
Su nuevo barrio era mucho más grande y limpio que el anterior y lo adoro en cuanto lo vio.
Su casa era algo lujosa y en ella se reflejaba que la situación económica de su familia iba prosperando.

A los 3 días de haber finalizado la mudanza, Lucia estaba en su computadora navegando a través de internet, cuando de pronto el monitor se apago repentinamente, Lucia suspiro y se dio cuenta que el sueño la estaba venciendo así que se recostó en su cama y se quedo dormida.
Eran cerca de las 4 de la mañana cuando un ruido proveniente de la cocina despertó a Lucia. Se levanto de su cama sobresaltada y tras revisar que su cachorro estuviera bien, se dirigió a la cocina para asegurarse de que todo marchara bien.
Antes de llegar escucho a sus espaldas una pequeña risita. Parecía la risita inocente de una pequeña niña. Lucia se asusto y salió corriendo a despertar a sus padres para contarles lo que había ocurrido, pero sus padres no le creyeron y así, la pobre de Lucia tuvo que regresar a su cuarto llena de temor.

Pasaron los días y Lucia termino por olvidarse de ese pequeño percance, cuando una noche al levantarse por agua, vio una pequeña silueta pasar al lado de ella. Del susto tiro el vaso de agua al suelo y unos segundos después escucho a su cachorro gemir.
Lucia corrió hacia su habitación y cuando entro se quedo atónita al ver a una pequeña niña de escasos 6 años acariciando a su mascota, la niña le sonrió a Lucia, quien miro hacia la habitación de sus padres apunto de gritar, pero al volver la mirada a su mascota, la pequeña niña se había esfumado.
Lucia no lo podía creer, paso por su mente la idea de que tal vez estaba enloqueciendo, pensó en contarle todo a sus padres y convencerlos de que lo que decía era cierto, pero sabía bien que con creerían en su palabra.

Las noche siguiente, no pudo conciliar el sueño, la imagen de esa niña la atormento durante toda la noche, demasiadas preguntas rondaban por su cabeza, ¿De verdad la había visto?, ¿Se estaba volviendo loca?, ¿Por qué le pasaba esto a ella?
Toda la ilusión y la felicidad por tener una nueva y mejor casa habían desaparecido gracias a aquellos hechos que en pocos días, estaban borrando las emociones de Lucia.
Apenas comía, estaba más seria que de costumbre y prácticamente se había olvidado de su mascota, creía ver a esa pequeña niña en todos lados y sus papas empezaban a considerar llevarla con un psicólogo.
Una noche, Lucia llego a su límite y se arto de que esa ilusión o aparición la intimidara, así fue como se armo de valor y decidió quedarse despierta en su cuarto esperando a esa niña para una vez que apareciera enfrentarla y preguntarle porque la atormentaba.

Espero en su cuarto toda la noche cuando de pronto su cachorro empezó a dar brinquitos y ladrar, se notaba contento y al lado de Lucia apareció una silueta bastante conocida para ella.
Al verla, Lucia se sobresalto y por su mente cruzo la idea se salir huyendo de su habitación, pero se armo de valentía y le dijo a la pequeña: ¿Qué quieres de mí? ¿Yo que te eh hecho?
Al pronunciar estas palabras, la expresión de la pequeña se torno de un aspecto feliz a uno triste, y mirando a Lucia a los ojos, la cogió de la mano y le hizo señas de que la siguiera, Lucia algo insegura se negó pero termino por darle la razón a la pequeña y la acompaño.
La pequeña niña la guio hasta el patio trasero de la casa de Lucia y en una esquina, al lado de un árbol, la pequeña se detuvo, miro a los ojos a Lucia y señalo el suelo. ¿Por qué me has traído a este lugar? Pregunto Lucia a lo que la niña respondió apuntando al suelo y luego de eso, se esfumo.

Lucia estaba confundida, se arrodillo y miro el terreno señalado por la niña para ver si encontraba algo. Para su sorpresa la tierra en esa parte del patio estaba muy blanda y empezó a excavar con sus manos. De pronto sus dedos tocaron algo duro, Lucia excavo mas y desenterró una bolsa negra, Lucia estaba rogando que no fuera lo que estaba pensando y al abrir la bolsa se encontró con algunos huesos, al parecer, humanos. Lucia lanzo un grito de miedo y sus padres asustados salieron a buscarla, ayándola arrodillada llorando. Lucia les conto todo lo que le había sucedido esa noche y sus padres al ver la bolsa finalmente le creyeron.

Al día siguiente investigaron en los periódicos viejos sobre esa casa y se encontraron con la sorpresa que hacia 8 años en esa misma casa un señor había asesinado a su hija y se la había comido en un acto de canibalismo, después de encarcelarlo las investigaciones nunca arrojaron los restos de la niña.
Rápidamente fueron a la iglesia y se llevo a cabo una misa para rogar por el descanso de esa pequeña niña que se le había manifestado en diversas ocasiones a Lucia, enterraron los huesos en el panteón y al retirarse, claramente Lucia escucho a sus espaldas una risita que le inspiro esa sensación de tranquilidad que ya casi había olvidado, Lucia no aguanto el llanto y se retiro del panteón con una sonrisa en la cara.

Este relato nos da a entender que no todos los espíritus son malos ni mucho menos buscan darte un susto, son solo almas en pena que por alguna razón o tarea no realizada no consiguen descansar hasta que esa razón o tarea haga sido completada, para así, encontrar el descanso eterno.

La madre del bailarín. U.H.S.

Xaviera y Lourdes asistieron a la función de gala de Hernando Farah, bailarín homosexual amigo de ellas. Tomaron asiento en la segunda fila para no perderse una sola de las evoluciones del intérprete, cuyo cuerpo musculoso las hacía fantasear y lamentar que él nunca fuera a interesarse por alguna de ellas.
Se acercaba el inicio de la función cuando vieron que, en una butaca de la fila de adelante, tomaba asiento una señora entrada, muy entrada en años, algo enjuta y muy silenciosa. Por lo bajo, Xaviera dijo a Lourdes que se trataba de la madre de Hernando, y enseguida, tras carraspear, se adelantó para saludarla. Xaviera ignoraba el nombre de la señora, así que la llamó así simplemente y le dio las buenas noches. La interpelada giró apenas el rostro y se abstuvo de hablar, pero el perfil de tres cuartos bastó para que las mujeres notaran que la pobre quizá padecía de cataratas, pues el ojo derecho, enteramente visible, parecía estar velado por una película grisácea. La señora se limitó a asentir ante el saludo y una serie de elogios dirigidos a su hijo, el bailarín. Las mujeres no notaron que otras personas, al acomodarse en las butacas a diestra y siniestra de la señora, parecían no notar en absoluto la presencia de ésta.
Comenzó la función. Los presentes observaron boquiabiertos la interpretación del gran bailarín, cuyo semblante, sin embargo, denotaba algo parecido al abatimiento. Por fortuna, ello no lo privó de dar una actuación brillante y, al final, llevarse una carretada de aplausos que lo tuvieron haciendo reverencias durante veinte minutos.
Xaviera y Lourdes no se percataron del momento en que la madre del danzarín se fue. Creyeron que la hallarían en el camerino de éste, al que se dirigieron para felicitarlo y regalarle un ramo de rosas. Vieron al inveterado artista derrumbado sobre una silla, claramente cansado y con la mirada perdida. Se había refrescado con agua. El sudor le perlaba la frente. Las mujeres lo saludaron y lo felicitaron; tras un intercambio de abrazos (nada efusivos por parte de Hernando), Xaviera le dijo a éste que había saludado a su madre, y que pensó que la encontraría ahí, en el camerino. El bailarín se puso pálido, hizo un vano intento por hablar, le flaquearon las piernas y, por fin, se dejó caer en la silla y rompió a llorar con ahínco. Apenada, Xaviera intercambió una mirada con Lourdes y enseguida preguntó al que lloraba si había dicho algo indebido. El interpelado movió la cabeza negativamente, acopió algo de serenidad y por fin, con voz entrecortada, contó que su “santa madre” había fallecido hacía una semana, no sin antes asegurar que lo vería en la función que apenas había terminado.
Xaviera y Lourdes también se sentaron y rompieron a llorar de horror.

La maldición de los Londenbar. B.

Año 1600 d.C la reina Candace había mandado eliminar a la raza de los Hommers. Su decisión fue aceptada sin pena, la sentencia fue la muerte por decapitación.

Pero no todo había terminado… años más tarde, el joven y gallardo, Jorge Rincón caminaba por los amplios prados de su hogar, constantemente había pensado en la posibilidad de viajar a Normandía. En su tiempo libre se dedicaba al estudio de lo oculto. Sabía que esto le trajo enemigos más acérrimos, empezando por el engreído de su primo, Charles.

Charles, creía que eran patrañas creer en lo oculto y los ritos a seres desconocidos.

En todo esto pensaba Jorge cuando observaba su sortija de oro de 20 quilates, deseaba tocar aquel de trozo de metal que había observado en su visita al museo de Antenos.

Capítulo 1.

En los siguientes meses la decisión estaba tomada, emprendería el viaje a Normandía. En su mente cabía la posibilidad de conocer a los parientes consanguíneos de su amada Ofelia. Pero hasta cierto punto desconocía el pasado oscuro y desgarrador que lo asecharía a aquellos lugares.

Capítulo 2 Sesión de caníbales.

Jorge llegó a la mansión de su familia, heredada a través de su amada esposa Ofelia, la cual en su testamento antes de su extraña muerte, le dejaba como parte de un legado antiquísimo por parte de sus tatarabuelos Los Londenbar.
Aquella enorme mansión en su tiempo fue una elegante estructura en la cual se todavía se apreciaban los vestigios de su gran esplendor. Los vidrios cromáticos, el muro de cristal frente a un hermoso paraje en donde reposaban de tanto en tanto una pareja de cisnes en un hermoso lago multicolor.

La gran ausencia indistinguible de aquel lugar era la mano de una dama, que embelleciera por años aquel lugar. Los aldeanos murmuraban sobre la existencia de seres astrales que vagaban de noche por aquel lugar y vez tras vez le habían rogado que se fuera lo más pronto posible a otro sitio donde disfrutar de paz.

La primera noche fue un constante, escuchaba los pasos, palabras con un olor acre y salado.

De pronto un grito lo despertó generándole un temor insospechado del origen de aquellos extraños sonidos. La segunda noche se repitió aquel espeluznante ambiente fantasmal, agregando sonidos brutales.

En sus sueños una mano despellejada y con los dedos podridos le ofrecía una densa variedad de platillos deliciosos tapados en charolas. Destapó el primero y lo que vio le produjo nauseas. Se vislumbraban los sesos y venas en estado putrefacto, probo un pedazo y sintió la pestilencia. Después sintió el leve murmullo de una voz que le invitaba a ir a la cocina.

Pudo ver como desgarraban un cuerpo de animal, de tajo le cercenaban la cabeza y de ella salía un caldo sangriento, los ojos de aquel animal conservaban el brillo de sus últimos instantes de paz, a medida que lo consumían sin dejar un poco de su desgraciada alma en pena.

Súbitamente, Jorge despertó recordando cada parte de aquel escalofriante sueño.

viernes, 28 de julio de 2017

Pecado inmortal.

Tan dulce e indefensa
Con tu ternura desplegada sobre mis brazos
Relaja a tu espíritu cuando estés conmigo
Porque todos estamos solos después de todo...

Tan cerca de la noche y de las tinieblas
Donde olvidamos incluso nuestra existencia
Yo me senté en el límite de tu cama, esperando al fuego
Que solamente encuentro cuando estoy cerca de tu amor...

Mi imaginación se perdió
Cuando yo me perdí en los mares de tu cuerpo
Así dejé que la fiebre de tu corazón subiera a mi alma
Y que tú me abrazaras por siempre con tus brazos envueltos en llamas...

Y te convertiste en un dulce dolor, en un amor casi eterno
Prohibida por las sombras del día y de la mística noche
Yo escribí tu nombre en las puertas de lo que alguna vez fue la eternidad
Mientras tú con mi amor te convertías en un pecado infinitamente mortal...




Pecado inmortal.
La Danse Macabre.

Todos los derechos reservados.

©2004

Para no necesitarte.

En cada minuto de cada hora, dejé mi amor
Y dejé que la ilusión de ser feliz, fuera sólo tuya
Porque para que pudieras soñar, yo me fui hasta el sur
Para lavar tus pies sin que lo supieras, y así cargar un rato tu cruz...

En este mundo dejé que aprendieras acerca del camino del sol
Y del silencio del desierto, cuando se escucha tu voz
Porque tú necesitabas de alguna manera, poder olvidarme
Así ambos podíamos ser libres, y yo dejaría de necesitarte...




Para no necesitarte.
La Danse Macabre.

Todos los derechos reservados.

©2004

Mar de la madrugada.

Infinitos besos desde tus pies descalzos hasta tu frente
Mis manos en medio del tiempo acariciando tu corazón
Y tus dedos dibujando sombras en mi espalda mojada
Y tus palabras de amor que atravesaron mi cuerpo y llegaron a mi alma...

Búsqueda eterna en el mar de las sábanas de la madrugada
Tu sueño de mujer que parece haber caído en medio de un abismo
Mientras mis manos hacen castillos de arena, en el desierto
Mientras tu amor está dormido, y se escucha tu respiración desde lo lejos...

Más allá del silencio de la noche, en el filo de una madrugada
Recorres con tus dedos, las marcas profundas de mis venas
Mientras mis ojos se pierden en el fuego distante de los tuyos
Donde siempre encuentro luz, y la paz que a veces no encuentro en el mundo...

Ha amanecido, mientras tú sigues el eterno viaje sobre las sábanas
Pero esta vez estás sola, porque desde el sueño no te acompañan mis palabras
Entonces te levantas, y desnuda junto a la luz te haces parte de la eternidad
Hasta que yo despierte estarás leyendo mis poemas bajo la sombra de un coral...




Mar de la madrugada.
La Danse Macabre.

Todos los derechos reservados.

©2004

jueves, 27 de julio de 2017

Poemas II. José Kozer.

No sé qué es el cabrilleo de la luz al mediodía en un canal de agua...

No sé qué es el cabrilleo de la luz al mediodía en un canal de agua.

La garza erguida siente hambre en su curva no sé si siente hambre o come
                   garza,

Y los insectos que devora no sé qué tienen que ver con la luz al mediodía
                   cabrilleando en un canal de agua.

Me quito la camisa no sé si la semilla de algodón o lino dio la horma las tijeras
                   el dedal el hilo del cortador que fue toda una vida mi padre
                   confeccionando de unas semillas, trajes.

Yo no sé si fueron trajes venideros.

No tengo la menor idea yo no sé del cuerpo interior de mi mujer la hechura de
                    sus alumbramientos no sé en verdad del sufrimiento de
                    Doña Leonor sus hijos el hidalgo caballero Don
                    Manoel de Sousa Sepúlveda su esposo en la historia
                    trágico marítima que estoy leyendo en el confort de
                    mi cuarto domingo año dos mil un lugar llamado
                    hallandale.

Somnoliento no sé si el que recuesta la cabeza entrecierra los ojos sobre un alto
                    cúmulo (cuatro) de almohadas (a causa de una hernia de hiato)
                    es quien escribe estos versos (no sé) o los escribe el
                    hambre de la erguida garza al curvarse el hambre de
                    vida del padre (sastre) muerto (hace más de una
                    década) ó el insecto que devora devora (ensimismado)
                    tan tranquilo tan hecho a su imperio.







Señor, de la enramada broten cocuyos...

Señor, de la enramada broten cocuyos brote flor de cerezo un cuenco de cere-
                     zas a la mesa una mesa de cerezo un mueble consola doce cuencos
                     multiplicados para los comensales de la comarca (Señor) el
                     cerezo aún cuajado para las bandadas interminables de paros
                     carboneros herreruelos gorriones.

Omnipresente, ciega mis ojos a todo impedimento que viene del miedo haz que
                     reencuentre como corresponde a mis progenitores sus
                     progenitores formando corro celeste a la alta puerta de
                     Jerusalén de la cintura (talle) del brazo bailando un
                     danzonete en la quietud de una puesta de sol en un
                     horizonte jade.

Omnisciente, encuentre yo el vestido amarillo de Ajmátova enterrado entre unas
                      piedras a la orilla del mar me siente a su lado a verla (escucharla)
                      componer un poema en Slepnyovo en Tsarskoye  Selo
                      sobre el vestido amarillo que escondió entre unas piedras
                      se echó a nadar desnuda al mar (Señor) trenza mis cabellos
                      vísteme de seda amarilla estampada con flores de cerezo un
                      broche de jade la piel jaspeada de aquel color que tuve en mi
                      adolescencia señálame en arco (vuelta de carnero) el camino
                      de regreso (¿sabré si he de quedar en alto en un punto de luz
                      encrucijada de cuatro vientos cuatro puntos cardinales al eje
                      todos a un eje, culminados?).

Rey de Reyes concédeme el borde el terrón la hoja del laurel de Indias a punto
                      de desprenderse el grumo de la arcilla la miga la escoria el cendal
                      el harnero la harina candeal y la paja las barbas del maíz la
                      panoja corolas sépalos raíces adventicias corpúsculos de la
                      astilla un cisco del cisco una esquirla de serrín el hilo la
                      hilacha la gota de hiel en la boca de la mosca a la miel (Señor)
                      para mi hambre para mi hambre.








Un campo de achicoria...

Un campo de achicoria.

La vaca pastando la vaca pastando.

El campo agostado un último ramillete de achicoria en el florero de casa.

Círculos en derredor de sí misma el aura tiñosa.

Secos los campos muerta la flor de achicoria en el florero.

La tiñosa cebándose la tiñosa cebándose de la víscera azul de la res.








Una escalera de caracol...

Una escalera de caracol

A manera de símbolo me rapo la cabeza.

Una postura de loto intermedia (respiración) diez minutos.

Guadalupe me trae una taza de anís estrellado.

El ajuar de los reyes las arras de príncipes, potestad de las crines.

Subo al altillo, Aldebarán: bajo a desayunar, efigies

Siervo: y Dios, cáliz de las miríadas labor hilada de golpe {bordado) de las
                    encrucijadas con nada coincide.








Una tediosa adolescencia en una isla tropical...

Una tediosa adolescencia en una isla tropical.

Sólo recuerdo una mesa unos padres a la mesa una hermana: suma de millares de
                     días con sus mediodías (a la una de la tarde,
                     el almuerzo).

¿Qué vestían mis padres; quiénes eran? No recuerdo uno solo de los vestidos de
                     mi hermana (¿en qué pensaba?). ¿Y la mesa; y la mesa?

Bosques barnices entalladuras (incontables formas geométricas): una penumbra
                     inabarcable ocupa el espacio de una mesa de comedor.

Siete años todos los días treinta minutos la hora del almuerzo (cuatro)
                     personajes, a una mesa: mi hermana es de terebinto mis padres
                     rombos
                     dando vueltas sobre un vértice (mudo) de caoba:
                     y yo miro y yo miro una pupila negra una pupila
                     roja (veo) el ojo de ébano del padre el ojo de pino rojo
                     de la madre cruzarse en la superficie de un espejo, al
                     fondo: salimos en silencio, del comedor. A los pulidos
                     círculos concéntricos de una madera preciosa
                     (lisa) (lisa) a la incorpórea superposición de cuatro
                     figuras tras las dos ventanas, de ajimez.








Voy a participar del movimiento de las constelaciones...

Voy a participar del movimiento de las constelaciones.

Astilla o chispa del meteoro.

El agua está plácida el pez se esconde en los arrecifes: voy a cantar siguiendo el
                     sinuoso camino del riachuelo a una desembocadura de
                      juncos: un caramillo, a la boca.

Un pañuelo de hierbas un abanico de anémonas.

Descarto prosopopeyas metalepsis anagoges y demás proposiciones del
                     conocimiento formal.

Me desbanco: soy carnal, canto. Abrádeisme, madre, puertas del palacio (canto)
                     siguiendo ahora el contorno de mi silueta.

Un mantel (en) la pradera extensa (ábaco, las constelaciones): amapolas a la
                    desembocadura (lirios) (nébedas).

Llámame, avetoro: llama a mi silueta, garza. La boca cuajada de bardana ya crece
                     el algodoncillo en la pana de mis pantalones.

Aleluya la marta el ratón almizclero (alforfón, la boca) su flor atestando el
                     granero (postura de loto).

Poemas I. José Kozer.

Algunos poetas muertos nos plagian...

Algunos poetas muertos nos plagian.

Su negro abrazo nos ciñe.

Afincan, abren las fauces.

Recobran el don que perdieron.

Mis minutisas poseen.

Poseen mis saetas el calicó y la gualdrapa.

Se apropian de mi padre el sastre.

Marcan con jaboncillo (rojo) la casa del judío.

A mi madre bordando junto a un brocal usurpan.

De su útero extirpan mi voz la destejen.

Sus letras negras exudo la carcoma de sus palabras.

De sus plagios, yo. De su continuidad, mi muerte.

Ante la puerta de bronce con el guardián de caftán.

Sombrero de castor (rapada, cabeza) otra puerta de bronce.

Entre paréntesis me plagian los poetas muertos.

Entre paréntesis revuelven mis estertores.

De mis cenizas, resplandecen.

Sus negros versos ( témpanos, de carbón).

Escoria este baile de máscaras los cubos de mis ideogramas (desbordados).







En la vieja ciudad los canales de desagüe bordean los contenes...

En la vieja ciudad los canales de desagüe bordean los contenes

La vaca se inclina a lamer gozosa de moho.

Y mi madre estrellada tras los blancos sanguiñuelos en flor suma las lentejuelas
               de su vestido se ríe delante de una coqueta.

A punto de salir, la llaman (o será que la denominan): bailó. Las lentejuelas de
               su vestido se deslizan fulgurando por
               los desagües de la ciudad (trizas)
               las estrellas.

Llámala (llámala) vaca, tu lengua es verde: síguela bordeando los contenes mi
               madre desemboca en los antiguos canales
               de irrigación (sólo queda vida en
               las afueras, de la ciudad): revístela.

El único recurso del agua que corre o se estanca será sentarnos (yo mismo,
               contigo) pasados los cuadros de labranza,
               en la linde del bosque: besarte en
               la frente (madre) estrellada (asistir)
               a la formación de las aves en
               primavera (ver) marcar tu frente al
               rojo vivo: baja dos veces el testuz;
               recibe primero la corona en el
               pescuezo (flores, de cerezo): y
               luego el vestido largo de faya
               (recién casada) a tus espaldas
               (rehecha) la trenza (roto, saco
               de aguas).







Había anotado en una hoja de papel cuadriculado unos números...

Había anotado en una hoja de papel cuadriculado unos números.

Quemé la hoja no había quemado los números.

Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas pensé en el salto del
                  delfín: una garza posándose en las marismas.

Estas aves se nutren de mariscos minúsculos.

Pegué la frente al cristal de la ventana entrecerrando los ojos: estas garzas crecen
                  vuelan procrean nutriéndose de unos mariscos del tamaño
                  de la punta de mis dedos.

¿Y eso es de Dios? ¿Eso, de Dios? Quemé (muy adentro) los números.

Y me senté en la silla de pino al pie de la ventana a leer en voz alta los Cantos de
                  Novalis que publicó su amigo Tieck: leí hasta el oscurecer
                  canturreando hasta entrada la madrugada sobre fiestas
                  tranquilas (stille Peste) que yo recuerde así fueron
                  también en altos (piso segundo) detrás de una ventana
                  (Estrada Palma) el único número que aún queda inscrito
                  en mis sienes (515) aparece desdibujado a la entrada.








Harapos del espíritu santo harapos del espantapájaros...

Harapos del espíritu santo harapos del espantapájaros.

La virgen sobre el asno recorre las empedradas calles de hallandale su efigie en los
                canales de agua su manto blanco fulgura en
                las colinas de hallandale.

Hecho visible cúpulas reales alcázares en las aguas reflejados pencas de agua
                lacerando el asno de la virgen.

Hace seis meses que veo la misma procesión de muertos de jerusalén a hallandale.

Pus yugular fibroma hez verdes melanomas descascarando el bronce de las
                campanas aneurismas de cera las torres de hallandale.

Molinillo de horas de plegarias da vueltas quiero que maría vestida de mantillo
                toque a la puerta.

Negro abalorio negro abalorio reglamenta la roturación del cuerpo a su
                resurrección de su resurrección a un cántico de
                caracoles policromados ciñendo los harapos
                de maría la gualdrapa destrozada de la bestia
                las aguas estancadas al pie de las colinas.

Manto de luz espíritu santo manto verde la estearina goteando en los pinares en
                los espejos de hallandale salve la hoz salve la
                siega salve la oscilación (amarilla) (haced
                del polvo, trizas) de las escobas.








Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas...

Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas pensé en el salto del
delfín: una garza posándose en las marismas.

Estas aves se nutren de mariscos minúsculos.
vuelan procrean nutriéndose de unos mariscos del tamaño
de la punta de mis dedo6.
eso es de Dios? ¿Eso, de Dios? Quemé (muy adentro) los números.







Me voy...

Me voy
a Beulah
a Beulah
me voy
a mirar
al viejo
rabí
bailar
alrededor
del castaño
alrededor
del pozo
del aprisco
del lecho
de Betsabé:
fuente
de luz
fuente
de piedad,
zarza
ardiente
su pelo,
zarza
ardiente
los ojos:
ya va a
girar.
Y miro
y miro
la rueca
la veleta,
tornasol
el agua
tornasol
las hojas.
A Beulah
llegó el
rabí:
nada
escapa a
su mirada
recta,
recta:
obra
primera
del Juicio
Final.
Y me llama
a Beulah
a Beulah
me llama:
a dar la
vuelta
alrededor
del ascua,
la ceniza,
aro del
último
fuego
carnal:
se detuvo.
A mis pies
reverbera
un caftán,
sombrero
de castor,
manto y
filacterias.
Me inclino.
Me sobrecojo.
Alzo
el viejo
espejismo
del lago,
arena
y ceniza
se deslizan
entre mis
dedos.
Beulah
Beulah
el viejo
rabí una
llamarada,
ascua en
la escala.

miércoles, 26 de julio de 2017

De "Dominio de la tarde". Jaime Labastida.

Horas.

11.30 p.m.
Durísima la luna. Igual que tú, tan lejos.
Suéñame, te digo, como te sueño aquí,
hasta que los dos sueños se conviertan en fuego,
hasta que mi aliento sea el tuyo,
hasta que respiremos cada uno
por la boca del otro. La luna
asoma, llena y sorda. No estás
al otro lado del teléfono y sólo
por un hilo de sueño podré hablarte.

Paz y fuerza me habitan. Entro
con pies descalzos en el lecho.
Estás hecha de espumas, estás
hecha de nubes, estás hecha de luz.

Compartamos los sueños.

10.30. a.m.
Moles de nieve, quietas, perturbadas
apenas por la luz. Nada conmueve
al resplandor, arriba. El cielo está
desnudo. El vértigo está aquí,
adentro, en la conciencia.
La nube derretida es piedra densa.
Más en calma este mar de vapores
que las nieves deshechas en la cumbre.
Allá la roca dura, el hielo, la nostalgia.

Un techo largo aquí, de plomo,
lagunas sólidas de plomo.

Yo viajo lentamente, encima de un gran
mar, blanco y sin sangre. El mundo
tiembla, abajo. Un segundo después,
la vida será otra. Nada más frágil
que este valle de nubes, arriba
del Atlántico. La rotación insomne
de la tierra, el calor implacable,
el viento cruel, el simple y lento
tránsito del tiempo, la más ligera
sombra, destruirán el paisaje.
Nadie podrá volver hasta este
sitio. Baja el avión y el valle
no se altera. Atrás, horas atrás,
queda el desierto techo sin fronteras.

Pongo mi pie en la tierra, entro
en la sombra. El tiempo se estremece.

8.30 p.m.
Sé que voy a morir. Lo sé de cierto.
He vivido como si la muerte fuera
un recuerdo lejano. Pero tú has hecho
que la luz se prolongue en la alcoba.
¿Esa piel que tocaba en el sueño
era la tuya? Era en verdad la piel
amada de tu cuerpo entero.
Has hecho que renazca.

La luz, el cielo, el mundo
eran tiniebla. Pero viniste tú,
como nacida desde una piedra de fuego.
Llegaste como un pájaro súbito,
como un rayo de espuma. Semejabas
un espejo de soles, un mar de luz
que me envolvía. Amanecí. El sueño
era desnudo campo compartido.
Soñaba que te ahogaba
con mi aliento de hombre.
Iguales ambos sueños, te soñaba
como si mi cerebro anidara en tu cráneo,
como si el territorio de los sueños
fuera el débil territorio de una sangre común.

Tú te abrías como el mar,
para tragarme. Como la nube blanca,
envolviéndome, como la tierra negra.
El sueño era verdad. Entrábamos en él,
como por un espejo. Salíamos desde él,
como a través de una puerta de viento.
Mis ojos eran tuyos. Tus ojos me miraban
en la penumbra blanca de la alcoba.
Despertar o dormir era lo mismo.
Vivíamos vidas iguales, a un lado
y otro de la muerte, el amor era el mismo
de un lado y otro de la vida.

Te besé hasta la dicha, te mordí
hasta la muerte. Granada
fue tu boca,
tamarindo
tus labios.
Compartimos el sueño.



* * * * *


Límite.

Para saber hasta qué límite en mi sangre,
para que las manos reconozcan
el hueco azul que horadaste en el aire
y que se queja, a diario, por tu ausencia,
para que la memoria de hoy me diga dónde,
hasta dónde, en la carne, me eres necesaria,
necesito que prescindas de mí,
necesitas pensar que estoy ya muerto.

Imagíname cuerpo del que nada puedes
reclamar, que nada puede darte: ni paz ya,
ni sonrisas, ni un ángel de exterminio
o extranjero, ni el pan nuestro de la casa.
Imagina también tu vida así, bajo mi ausencia
fría, con las uñas creciéndome
en lo oscuro, en lo oscuro, en lo oscuro.

Y luego, torpemente, descubre que estoy
una vez más, adentro, en ti, raíz y luz
en el voraz torrente de tu pelo.

Puede la música acosar al corazón,
pueden el arpa y los relámpagos
atravesar las nubes, porque hubo un tiempo
azul en que comíamos el pan, la miel,
el dátil y los higos del desierto.

Hoy la abundancia nos destruye
y habría que aprender a convivir
con la miseria. Con la miseria,
sí, pero también
con el amor más triste.



* * * * *


Voces.

¿Dónde, en verdad, nace el idioma?
¿En la garganta o en la piel?
¿En el hoyo más denso, más
amargo y profundo de la historia?
Lengua y palabra somos, pregunta
acaso, el grito ya voraz, hambriento,
seco, súbita voz de ronca arquitectura,
aire que rasga el árbol,
de la raíz hasta la suave
explosión de la semilla.

Pues el amor era casual y cuando
la lluvia se estrellaba en los cristales
y hacía que la luz naciera, adentro,
cuánta crueldad, cuánta premura,
cuánta prisa y desolación
amargas, cuánta.

Pero el amor era un abismo
y yo iba hasta el fondo de ti.
Y nada ni nadie, pese a esa
desolación y pese a aquella
prisa amarga, podía separarme
de ti. Yo te pertenecía
como una brasa pura,
como un harapo de carne
adherido a tu carne. Y tú,
como una voz, como una palabra
más en mi cerebro, como algo
nacido en el centro de mí,
hablabas y todos te escuchaban.

Mi voz había cambiado. Lengua
y palabra somos, pregunta acaso.

La verdad es que yo
vivía de tus alientos
hasta un sitio imposible,
hasta donde yo no era yo,
hasta donde tú empezabas a ser
una parte gravísima, enferma,
de mí mismo. Ésas eran mis letras,
ésta ha sido mi voz, la sangre
estremecida en cinco largos,
infernales y felices años.
Porque el idioma
no nace en la garganta. Porque
la voz no nace en los pliegues
más hondos del cerebro.

Somos lengua y palabra, sí,
pregunta a veces, sorda
respuesta, negras voces.
Somos el otro. Yo soy sólo tú.
y tu historia me niega
y me edifica. Soy un pájaro ciego
que una vez y otra vez,
como la lluvia, contra las ventanas
de los cuartos, resbala, lento.
Soy un pájaro que recuerda
y que canta, enceguecido ya
por tu memoria. Cuando estoy
a tu lado, cesa el canto.
Vivir es todo. Mi voz nace
desde la extrema raíz de tus sentidos.

Lengua y palabra somos, preguntas
encendidas, respuesta a veces,
aire que mueve un árbol,
pájaros ciegos en un bosque
extraño, recuerdos largos de la especie,
voces llenas de sangre,
Cantos que rompen el inmenso
silencio blanco de la noche,
una luz que se apaga, un rescoldo
contra la brasa cruel de las estrellas.
Valió la pena vivir este minuto.
Alegría. Moriremos.

De "Las cuatro estaciones". Jaime Labastida.

Piel.

Creyente sólo en lo que toco, yo te toco,
mujer, hasta la entraña, el hueso,
aquello que otros llaman alma, tan unida,
tan cerca de la carne mortal y voluptuosa
o siempre ardiente o nunca maltratada
sino dulce, oscilante entre querer
y subir, adentro de la espuma.
Te toco, dije, mujer, hasta el más húmedo
hueso de tu vientre, donde ya gimes tú,
y el aire libre viene, sin sangre
o pensamientos: un solo extremo
de mi cuerpo se convierte en el todo.
Ni un pensamiento impuro empaña entonces
ese goce: cuando estoy en tu vientre
sólo estoy en tu vientre. Soy ahora
ese límite extraño, esa piel que consume,
que se quema y se gasta, ese tacto
profundo que va desde la piel
al pozo ciego de mis venas, y también
un ruiseñor y un alto sol, tendido,
mudo. Un beso apenas, un leve,
ya risueño fulgor que lento acaba:
la piel que se contrae. La sangre
toda y los sudores hablan. Vuelven
a mí los pensamientos. Por ti camino
llano, por el tiempo. Cuando estoy
a tu lado, no estoy sólo a tu lado:
el agua entera fructifica, el espacio
se amplía y un lento sol nocturno
nos enciende por dentro.


* * * * *


Sombra.

                                                        Matamos lo que amamos.
                                                                                     Oscar Wilde

¿Podremos dar acaso lo que somos?
¿Jamás? La carne, la mano misma
con la que yo me doy, se vuelve
dulcemente acero, y al durazno
del día -que mastico, goloso-
lo carcome la sombra. Un rastro
de egoísmo contrae el gesto
de la dádiva, un antiguo cansancio
se detiene en el aire. La sonrisa
se hiela. El agua mata la sed,
es cierto, y hace trizas el vaso.

Algo de mí, seco, enmohecido,
se despega conmigo cuando la piel,
ya tensa, de mis labios
roza apenas tu sangre. Algo
pierdo de mí, calcinado,
destruido, en cada río de cólera,
no importa, o de cariño, con los que intento,
miope, asirte, oh tú,
por siempre inalcanzable.
Pues algo detrás de ti se queda,
durísimo, inasible, al otro lado
de una puerta de llanto sólo
y de tristeza y de goznes
inútiles: no tengo llave,
no tengo voz con qué lograr
que la montaña se abra. Porque te digo
amor y sin embargo mato
aquello mismo que deseo, equívocos,
equívocos. Somos aquello
que construimos, nada, sólo
un poco de polvo en la mitad
inhóspita del llano, una columna
lenta, con basura y humo, un instante
de piedra, detenido. Más que ser,
tocar un rostro. Nuestras vidas
se cruzan como dos aires turbios
encima de la arena o las heladas nubes
de la playa. Así, ni más
ni menos, coincidimos: en la calle,
en la casa, en el jardín de agosto,
en el abril profundo o en este julio
que sangra azules y fugaces hierros.

Soy una brisa que abrasa el centro
del espanto. Todo cuanto te he dado
pasará, como nosotros mismos. Y la sombra,
la sombra sólo, la sombra enorme,
húmeda, la ceniza tediosa
quedará en el cielo, como una cegadora,
abierta herida en la piel de la luz.

De "Obsesiones con un tema obligado". Jaime Labastida.

Aguja en el pajar.

                                        Aunque pudiésemos representarnos lo que
                                         es, no podríamos decirlo ni comunicarlo...
                                                                                                                Gorgias

Desde la pluma brotas, súbita
llama tensa que se prende aun a la madera
húmeda y la quema y la guarda.
Entonces tu jadeo (reiterado,
sonámbulo sonido que atraviesa
las destruidas, de amor, paredes
de mi cráneo y pronuncia sin decirlo
mi solo nombre oscuro y dibuja mi rostro),
tu jadeo me recorre. Yo gozo
la tensa y acre miel de tus axilas
y el vello, violento y deslumbrante,
que sube, musgo negro, de tu vientre.

Echado sobre ti, dejo en tus senos
la huella de mi pecho, un turbio laberinto
de cabellos y amor. Desaparezco en ese instante
y respiro ahogado en tanta sombra. Se acelera
mi sangre. Apenas reconozco tus ojos
en la apretada luz que me golpea las sienes
y las manos. Son, no sé, tres, cuatro, diez
segundos de gozosa inconsciencia.
Nuestra palabra es una sola letra terca.
¿Qué nombre concederte ahí, un signo
que sin lastimarte te construya? Tu nombre
no te agota ni puebla por sí solo,
con tu imagen, la memoria de nadie.
Lo tienen también algunas aves
que sólo cantan al atardecer. Tendría
que inventar, para mirarte bien
entre la turba terca de las cosas,
un cúmulo de voces y de signos.
Te reconocería así en la muchedumbre:
una voz te haría aguja encontrada
en el pajar. Pero ¿quién compartiría
mi manera de hablarte? Idéntica
a ti misma, diferente de todo,
sólo a mí momentáneamente te asemejas
cuando por mi boca respiras.
Te doy cuanto yo necesito
y cambias ya de rostro.

Una eres cuando caminas entre automóviles
y grasa que hiere el paladar y otra
cuando recibes el peso de mis venas.
¿Cómo decir
con sólo un nombre las siete especies
de mujer que tú eres? Seis, siete voces
por la llama que fuiste; diez, doce
nombres por el mar que serás. Tu nombre
pronunciado en la penumbra despedaza
al que digo bajo el sol de noviembre.
¿Para qué destruirte con una voz, entonces,
para qué encerrarte en un sarcófago sonoro?
Quedémonos así,
goloso uno del otro, y sin hablar.



* * * * *


En el centro del año.

                                                         El sol es nuevo cada día.
                                                                                                   Heraclito

Hoy he tocado tu corazón, sombra desnuda
o vorágine o sola nota de dolor obstinado.
Hoy he tocado tu corazón en las yemas
de los dedos y he oído el mismo agudo acento
que llevó a los amantes al amor
desgarrado y a los pactos suicidas.

El año está en su centro y se desploma
lo mismo el sol ya derretido que el agua
musical y clara. Detrás del sol yo veo
una armonía destruida por las sombras tercas.
Nada nuevo se yergue bajo él: Cleopatra
mordida por el áspid o la muchacha
que después de abortar se ahorca con su media,
rayo, avión o nube combatida. ¿Todo es igual,
desde hace siglos? ¿Ballesta o bala trazadora,
tú o Casandra, la de nombre arrasado? Lo húmedo
se seca, asciende y se contrae. Lo seco
se humedece, avanza y retrocede. La arcilla
se hace águila; el buey lame el salitre
con su lengua de trapo. Pero todo es distinto.
El amor de Alejandro no es el mío y tus labios,
con ser labios como los labios de cualquier
mujer, son solamente, indescriptiblemente
tuyos. Todo es nuevo bajo este sol, agua,
deleite o muerte compartidas.
¿Para qué atormentarnos y roer
nuestros sueños como si fueran fósiles
por arena y cristal conservados? Me levanto
y deliro. El sol, el mismo sol entonces,
es nuevo cada día, su violencia se altera
de minuto en minuto. La alegría de tu rostro
sube ya, vegetal, desde la sábana
y recobra en los ojos la luz de la ventana
(aquella luz, empero, corroída por distintos
cristales). Hoy he tocado tu corazón
como una gota de ámbar o milagro obstinado.
Hoy he tocado tu corazón en las fronteras
de tus ojos y lo he oído latir tranquilamente,
con la mansedumbre del agua que bulle dormida.
Tu cabello negro, que absorbe luz a borbotones,
me arrastra a donde el mes de agosto
se dilata. Somos remeros sordos en las aguas
contrarias: tu barca va en mi sangre,
mi remo ya perfora tus nostalgias profundas.


* * * * *


Un largo, lento aprendizaje...

                                                   ...aprender a morir ya estar muerto.
                                                                                                                Platón

Me dañará, lo sé ya desde ahora,
la nostalgia. Se ha cerrado
el ciclo de toda destrucción y el amor
y el amor se combaten. Nos hemos desgarrado
como quien tercamente, hora tras hora,
regresa al mismo sitio por tocar
animales destruidos o muecas disecadas.

Un rencor de pupilas o ceniza
anunciado en el fuego.
Así también endurecimos. Es posible
que llegue un día en el que ya no quiera
hacer ningún esfuerzo por reconstruir
tu mirada más débil, aquella que borraba
hasta el presagio de la pesadumbre.

Nos matamos con los adioses simples,
con la sonrisa puesta mal
en la frontera tensa de la noche. También
morimos cuando una cuchara cae desde la mesa
con un ruido de terremoto impresionante
a la mitad de nuestros dos silencios.
Un día, éste, tal vez, tan luminoso
bajo el azul abril,
descubriremos que podríamos vivir,
un minuto lo mismo que diez años,
con la llaga del otro en ambas manos;
dirás entonces: ya no es posible
continuar, destrúyeme; y sumidos
adentro en la inconsciencia
nos besaremos quizá por la vez última.

Como si con una espada
de suavidad te penetrara y sufrieras
y temblaras entonces. Porque oscilamos,
péndulos ambos, de uno a otro. Árboles
podridos que aún pudieran ofrecerse
frutos. Despedirse, desprenderse,
hasta el muñón, el brazo oscuro, separarse
así del propio cuerpo, quise decir: el tuyo
que fue mío. Todo en el amor derrota
y convulsión, todo un sencillo
aprendizaje: el de enseñarse
a morir y a estar muerto.

De "A la intemperie". Jaime Labastida.

2. Estoy desamparado, interiormente destruido...

Estoy desamparado, interiormente destruido,
como si sólo azufre hubieran en mi pecho
encontrado mis dedos,
como si sólo úlceras, desnudez y vacío.
Una orfandad sin límite me descubre y denuncia.

¿Quién me arrebató mis cicatrices?
Estrechar tu cintura es descubrirme.
Quiero encontrar un cuerpo donde refugiarme,
un cuerpo, ¿el del anís, el tuyo, amor,
el de la lucha? , que sea el mío.
Pero ¿en dónde protegerme
si llegan de todos sitios
noticias del desastre y adentro
de mí mismo las nutrias
devoran ruiseñores? Sólo veo
el tentáculo carnívoro de las anémonas,
los huracanes
y el enmohecido epílogo del mundo.
Ya sólo queda en mí
esta anatomía de garabato,
de sacudido en todas manos guiñapo
y caigo en el dolor, su ala me arrebata.

Ya no me reconozco.
En el aire camino como en una
inmensa piel de luces y topacios.
Nada peleo, pero desciendo
al nauseabundo
pozo en donde están la escoria,
la muerte de mi amigo,
la herida que no me cicatriza,
la vida de tragedia
que somos y seremos.

Destruyamos. Que nuestros sucesores,
a su vez, destruyan. Que nos recuerden
por ser brujos de violencia;
porque yo, a golpes de continuada gracia
me construyo: mujer, revolución,
la vida, el mundo.


* * * * *


3. No hay sitio en el que pueda...

No hay sitio en el que pueda
apoyar la sombra de mis pies
del que no brote sangre
coagulada en piedra,
esqueletos del aire abrazados al limo.
De muerte y barro antiguo mi alimento.
Y nosotros, ceniza.

Cuando toco tu torso
hay algo que se quiebra.
Cuando estrecho la mano del amigo,
siento que crujen
arquitecturas de cristal y hielo,
que los pinos se hienden.
Parece dialogara con ausentes:
galopa, cráneo adentro, la vigilia,
ánades furiosos baten mi cerebro.
No tengo paz,
ni soy feliz, ni nada.
¿Por qué esta mancha vegetal en la palabra?
Quizá arrebato esta mujer a otro hombre,
oh coágulo de tela, plumas, voces.

Cuando yazgo a tu lado, mujer,
brota un fantasma,
una mano sin huesos,
un cartílago muerto;
y entre mi boca y la tuya
gritan y juran desahuciados hombres.
¿Cómo besar entonces
tu mirada de ola, tus axilas
definitivamente submarinas!
Parezco dormir sobre siniestros.

Riesgo es entonces la cosecha,
pequeña alcoba tu vida
que me duele, mujer,
en el constante insomnio.


* * * * *


4. Apoyada en mi sangre...

Apoyada en mi sangre,
observas el vuelo regular de los insectos
y quiero desgajarte;
repetir este gesto que descubre
tu ya mil veces vista desnuda piel
de abedul tambaleante.

No duermas. Una vez más,
merodeador nocturno, encuentro
tus secretos resortes de delicia.
Y sin embargo entre los dos combate,
enemigo, un cenzontle.
Parece no tuviera ya más
derecho al goce,
alguien en mi conciencia torturado grita.
Casi no puedo amarte,
hay cielos asesinos.

Sólo siento una espantosa lasitud de selva,
bostezos de caimán, nitidez de garzas frágiles,
enjambre de insectos que caminan,
carcomido tronco de oyamel, mi cuerpo.

Y entonces me acostumbro
a disparar a bultos en la sombra,
maldigo al transitorio igual que yo
despojo del granito, la hormiga
que cercena la tierra paso a paso
buscando inútil horizonte
y entonces te combato,
crueldad y humillación de la esperanza,
parálisis del mundo,
hasta que anclemos
nunca
en un abra infinita.

De "La feroz alegría". Jaime Labastida.

Amanece.

Hablo en plurales giros
porque plural o universal me siento.
Y luego reparto mi alegría,
tal vez sin alma,
lo cierto es que sin cuerpo,
pero conmigo adentro.
Es la crisis total de mi sistema.

Desarticulo puertas,
me desgozno,
me desplomo
como una casa del Virreinato,
y te nombro
y te nombro,
y es que quiero desgajar,
morder, día dije,
la naranja cercana de tu vientre.

Amanezco. Amanecemos.
Somos ya multitud
abierta a las preguntas.


* * * * *

Como dura puerta.

                                          Para Valentina

Aprieto mis espuelas
en el ijar de consonantes,
me simplifico de este modo longitudes.
Sé lo que digo.
Me brotan letras unidas en un signo:
el de tu nombre.
Y estoy como mareado
de tanta resonancia total.
Maduré para ti horas enteras
y llegué a tu camino por derecho.

Y sin lóbrega luz me voy ahora
hasta tus pasos.
Sosténme, te sostengo.
Apóyate, me apoyas.
Caminemos ya juntos,
pueblo, mujer míos.


* * * * *


Diálogo y  migraciones.

Fue entonces cuando aprendiste a dialogar,
quizá de noche, con voz de migración y cataclismo.
Entonces aprendiste a hablar con un rumor de pozo.
Volcada, salías de ti y en ti permanecías.
Descubriste en tu vientre un objeto vecino
en el que concentraste un trabajo paciente,
un amor de minutos sostenidos. No hubo dolor.
Desgarramiento acaso, que mujer te hacía.
En ti edificabas un motivo de riesgo,
una elección posible ante una encrucijada.
Escribo estas palabras frente a tu gravidez.
Y luego vienes a leerlas.
Tu mirada de amante trastorna los poemas.


* * * * *


El júbilo se enciende.

La memoria es una piel que tu recuerdo llaga,
una herida de torpe geometría,
es una carne, un nervio vivos.
Lacerada memoria donde el fuego
es la violenta agua apaciguada.
Miro así tu jadeo,
en ese mar, en esas olas me hundo.
Qué hermosa sed que nunca más se sacia,
qué agua: no apagas sino incendias.
Tu cuerpo resplandece con mi yesca;
tallo tu imagen de carbón
y es fósforo, sol, óxido el que brota
de esta chispa de luz.
Rescoldo quedan nuestros cuerpos y aluzamos
todo cuanto habita la pieza.
El júbilo se enciende.
De los cuerpos que se besan
viene este parto de la brasa.
Los objetos adquieren sus perfiles de gracia
y desdeñan la sombra.


* * * * *


Relámpago de obsidiana.

Siento resorte ser,
siento agonía.
Siento mi cierta humanidad
junto a tus meses.
Y repito tu nombre o yo descolorido.
O yo me simbolizo entre metales.
O yo soy ese cuerpo que te embriaga.

Sucede que hallo apenas
no cosas qué decirte,
sino cómo decirte que te espero,
que de mis piedras eres veta,
quede mi pie junto a tu huella.
Pero cómo decirte es que no encuentro.
Pero cómo decirte así, sin más:
tuércete en mí como bejuco.
Siento dejarte.
Siento que te dejo.
Y al despedirme,
algo de mí se va,
algo de mí se queda
adentro de mis huesos.
Siento tu danza.
Siento tu guerra así con el espacio.
Y desvanezco sueños.
Y piso realidades.
Y trémula tú,
tremolo vientos aurorales.
¡Ve mi relámpago fijo de obsidiana:
he de venir a hincarlo hasta tu suelo!



* * * * *


Sobre el invierno.

Bajo mi torso sonreías,
bajo mi abrazo.
Bajo mis ascendentes escaleras,
bajo las nupcias que a tu lecho llevan.
No es sombra ya mi corazón hecho badajo
que golpea la campana de mi tórax.

Mis huesos quieren descoyuntarse,
salirme enfurecidos hacia arriba,
abandonarme.
Mis huesos quieren danzar
en ritmos de alegría.

Y es que tengo con tu pasión queveres.
Tengo a tu cintura aprisionada.

Y un cielo azul muy duro
anuncia a nuestros vientos el invierno.

De "El descenso". Jaime Labastida.

El crecimiento.

Con la palabra inauguramos, damos vida.
Yo te nombro la playa de mi cuerpo,
la bahía de mi boca,
el abra de mis brazos.
Yo te nombro callada,
yo te nombro vibrante.
Te digo aves, te digo remolinos.

Espeso ahora mi juventud, tú la adulteces.
Grave ahora mi corazón, tú me lo sanas.
Tú me haces crecer como la tierra plantas,
como la tierra uvas,
como la tierra creces.
Y yo crezco contigo.
Me haces crecer sobre tu cuerpo
y soy como una enredadera
tendido entre tus brazos.

Peso ahora tu corazón y el mío:
peso lo doble.


* * * * *


Invocación a una alta imagen.

                                                               A Ruth

Mujer de viento,
permite que la playa de tu oído
recoja el mar de mis palabras.

He de enseñarte a amar lo que yo amo
y has de aprender a amarte toda tú:
He de romper lo unido a la costumbre
para que tu sed conquiste calma.

Ya te hundiste en el agua
y vives, como océano,
ciñendo el continente de mi torso.
¿Ves el reflejo de la sal en los esteros?
He aquí que tu mirada dulcifica.

Estela es tu nombre.
En mí la dejas como un vasto ámbito de espuma
o una turbia primavera aflorando hasta la piel.
¡Ah, la tierna región que ahora me señalas!

Recoge de mi antorcha el fuego suficiente
para quemar la casa de tus padres.

Corazón de designios amables,
acaricia mi esperanza arrodillada.
Te invoco, mujer:
siente la savia de mi voz;
te imploro, imagen alta abierta a mi resguardo.

Abanico del aire, tócame.
Cabellera del fuego, incéndiame.
Ánfora de la alegría, sáciame.
Señora de la luz, concédeme la sombra.


* * * * *


La realidad y el sueño.

Espesa turbulencia preside mis palabras.
Para mí, tú eres aún una doncella.
Dentro de mí, habito un nido de fantasmas,
un lecho de cigarras, casi un cielo infantil.

Tomándote los pechos, jugamos a ser niños.
Ríes. Rozo apenas tus párpados.
Inocente me miras.

Yo te beso en la boca y tu misterio se abre,
ávido de abrazos.
Mi cuerpo se abre en cruz.
Nuestras manos se estrechan.
Tu palpitante corazón deshoja mis latidos.
Dicen ser esto la alegría.

Yo te estrecho,
yo te estrecho.
Somos los dos turbias bestias
crucificadas en los brazos del otro.

El antiguo ensueño azul se desbarata.
He aquí la vida, hermosa y dura.

martes, 25 de julio de 2017

Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto. Miguel Labordeta (1921-1969)

Puesto que el joven azul
de la montaña ha muerto
es preciso partir.
Antes de ser golosamente asesinados
en los crepúsculos de la gran ciudad.
Antes de que las muchedumbres tristes de los metros
invadan el templo del Sol
definitivamente seducidas
por las noches de los trenes
es preciso marchar.
Desnudos y ásperos. Inigualables.
Y al partir preguntar por nosotros
indagar por nosotros
auscultar por nosotros
por nosotros mismos recordar
si tal vez se existió
y que una dulce soledad
nos responda en grave despedida.

De "Punto y aparte" (pag. 21)
Editorial Ciencia nueva 1967

Ofertorio. Miguel Labordeta (1921-1969)

(Número cero)

Sin ti. Sin ti. Hora inviolable.
Inescrutable sollozo.
Fuga sagrada de lo que invado y destruyo.
Mis piernas de tristeza golpean las estrellas.
Navíos secretos de habitantes desnucados
hunden odio amargo, sediento
de dislocadas primaveras ciegas,
donde se yergue el titán enano de la Vida
vencido inmenso mar
de donde surgen albas implacables
como una mano tierna.
Ciñéndome en la furiosa danza
de este sangriento olvido,
de este pozo espeso de agonía
en cuyo fondo muere amanecer
un despertar hermoso
en antigua sonrisa de las Madres.
Tu brisa dorada de muchachas
me explica la lección conmovida
Con el sublime ejemplo .
del pequeño escarabajo de los cementerios.
¡Conducta que no admite discordias!
Pero yo rompo feroz todos tus espejos
y con mis navajas de fósforo
rasgo de punta a punta tu vientre de mentiras.
Los Cielos se me derraman podridos límites.
Hambrientos de corazón postrado
me interrogan -acuchillan- piden limosna a ratos amorosos,
tras años-luz de insomnio,
donde los termómetros azules
se convierten en sueño sin tormenta,
aglomero a todos los innumerables muertos humanos
ya galope tendido de tigres desbocados
los conduzco hacia el fin de los mapas solares
para pedirte cuentas
por nuestra inconsolable voz acuchillada.

De "Punto y aparte" (pag. 73)
Editorial Ciencia nueva 1969

Poemas II. Miguel Labordeta (1921-1969)

Confesión del inicuo.

Este momento mío
lo soñaré asesinado ya.
Estos pájaros rojos de hambre
que maman de mis sienes por ti
un claro volcán de medianoche
los engendré cuando los niños
pasábamos lista ante el temible
profesor del Otoño.
Aquella criatura que será lluvia
la nutro con mis actuales combates.
Un tiempo denso de soles y de muertos
recorre la impávida gruta de mis ríos
hacia tu hermoso corazón de mendigo.
Confieso una furtiva confidencia
con esos náufragos que aman las estrellas,
con esa gota amarga de las minas
que secretamente aspira a una muerte profunda.
Pero nada poseeremos.
Toda piel se hará nube,
todo beso beberá de la arcilla
rojiza de los futuros marzos
y ésta mi pupila milagrosa
se envolverá en la remota túnica
de sus destrucciones.
De amanecida mis mastines silban
los funestos presagios de la sed
lentamente en deriva
hacia las palpitantes brasas
de los difuntos relojes de arena.
Mas dejadme
olvido de la certeza,
esperadme, mi dulce amor,
en la cita oceánica de mi tumba.
A las veintiuna y quince
hoy veintitrés de marzo
de cierto punto perdido
del continuo finito.

De "Punto y aparte" (pag. 71)
Editorial Ciencia nueva 1967







Desnudo entero.

I
Señor
heme aquí despoblado surgiendo entre los pájaros.
Ya ha sonado la hora en las quietas aguas de mi centro
mas yo permanezco abierto a la espesa influencia
de los antiguos soles que manaron los muertos.
Sí. Decidme: ¿para qué nacimos?
¿para qué se hicieron montañas en la luna
y el martirio innoble de los buzos?
La más vieja pregunta asesina mis dedos doloridos
de Palpar en la sombría búsqueda de las parturientas.
El asco de la rata disfrazada en hálito blanquísimo
la copa de mis sienes resecas en deshechos corceles
Sorbiendo gota a gota amarga sangre negra
y hueca mariposa disecada
irrumpen en mi boca por alarido hondo
de abisales tristezas.
Sé que mi soledad y mi grito
van más lejos que la selva y la órbita.
Sé que es un misterio el nacimiento del hombre
las anchas noches de estío
y el diálogo que tú y yo sostenemos
sobre la nada de los peatones.
Un misterio también la marcha del escarabajo
buscando sus mañanas de yeso
y el idilio tembloroso de abismo
de las galaxias enamoradas
con los peces sumidos en la lluvia.
¡Sabiduría inútil de flotantes columnas
sin mediodía entero...!

II
Esta flor tan hermosa que vibra al viento
su dulce ritmo dormido
nació para morir y alimentar así los labios desnudos del otoño.
Las gacelas se rinden temblorosas
al poderío ciego de sus machos
y
mientras las niñas sonríen dulcemente
a feroces telúricos nutridos
en las cuevas arcillosas de los muslos
en mi muñeca tibia se aloja el tiempo palpitando
milésimas cara a la eternidad.
El anciano astral hila indiferentes máscaras
de besos húmedos arañas ríos dulces con sol
galope de vibrantes sonrisas y estanques abandonados
bajo la rota sumersión de las estatuas.
Decidme : ¿existe un puñal certero
que hunda las gargantas de devorado mar
en resumidas olas amantes de la nube?
¿existe la raíz que nos oriente
en conmovidas cifras sin sentido ni olvido?
En mi costado suenan triunfales caracolas
las piquetas mezclando; árboles ardientes paralepípedos
y ciertas ánforas de tierra que labios consumidos desterraron.
Señor
así pues no me busques más.
Me voy solo y sin nadie.
Agotado de luz. Tranquilo. Desesperado.
Ciego insumiso fijamente perplejo.
Una onda de rutas busco
que reflejen el secreto sueño de la estrella
en el ávido esqueleto de mis labios.

De "Punto y aparte" (pag. 49)
Editorial Ciencia nueva 1967







Destino.

Lo sabéis amigos
no volveremos más.
La virtud de la lluvia
se aniquila en los soles
y el viento entre las flores
se sumerge en la sangre de los toros.
Sólo los viejos vagabundos al morir
pueden saber quizá
el secreto de la hora derramada
y el porqué de la mujer húmeda en estío.
Pero nosotros no. No podemos volver.
Es imposible calavera mariposa
el tiempo entre la niebla seducido.
Somos nosotros mismos
el ritmo pereciente
y nuestro gesto
la invisible caracola de la muerte
primavera pura aniquilada
en incesantes mundos destruidos.
Nada más. Tan sólo eso.
Un levantar baldío de los brazos
para recoger el mar que se nos huye
pletórico de ahogados y de olvidos.
Un lamento también
y un querer crear agujeros
en el agua mansa de los recién nacidos.
Mientras os alejáis
cantando juventudes
yo permanezco aquí
mudo y atónito
como un muerto inmortal
soñando vida inmensa
y una antigua e inconcebible libertad.
No volveremos más.
Es cierto amigos.
Atardece.
La estatua el árbol la hormiga
y esta pena mía tan hermosa
se confunden en la mente ignorada de las manos.
35 segundos han pasado en mi reloj de Pulsera.

De "Punto y aparte" (pag. 44)
Editorial Ciencia nueva 1967



 




Matinal.

Cuando los besos
saben a mojadas pálidas
de ojos oscuros de pájaro enlazado
con nacimientos de montañas
tras el duro trance que agoniza
en las escafandras de barro
de las sumisas embarazadas sin nariz.


* * *

Cuando entre cristales descuajados
rompecabezas de cuadrumanos
henchidos de infancias terminales
surge Osiris el profesor estelar
abriendo de par en par
los costados de los jóvenes alumnos de la madrugada
cortando con navajas de afeitar
los dulces párpados cerrados
caminantes sin tregua
por sollozos de los niños de pecho.


* * *

Cuando en las ventanas de las casas
los sueños incestuosos dejan paso
a las modestas sustracciones de los sueldos
y el diluvio de las duchas
quema los secretos homicidas
de los desayunantes
mientras los indefensos ascensores
inician su agobiante jornada
de puñetazos y periódicos
entre aullidos roncos
de la tenue hierba alzada
de las alambradas de la noche
y corruptas mariposas sin piedad
arrastran por los asfaltos fosforescentes
las miradas confusas de los homosexuales.


* * *


Cuando las mujeres se trasladan sin horror
a la máscara audaz de los espejos
esperando juzgar la calavera por su rictus
y el hombre es un pánico abstracto
que busca entre muchedumbre de ojeras
el puro cumplimiento
ya marchito
de arcanas profecías desterradas
en la fiebre de armonía
que en el corazón de las ateas hormigas
yace vinculado con el mágico rumor
de las charcas podridas
donde serán hermosas ciudades aun sin nombre.


* * *


Entonces hermano mío
un nuevo día
otro día
se posa sobre el mundo
y en el eje imaginario del mundo
los muertos cantan su maravilla perecedera.

De "Punto y aparte" (pag. 37)
Editorial Ciencia nueva 1967







Momento novembrino.

Largos versos escribo con mi pluma de ave.
Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto
en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.

No estoy triste ni alegre. Más bien un poco turbio,
un poco espada, un mucho vagabundo magnífico
profano de caricias.

Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto
en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.

Todo se ha vuelto claro. Nada tiene importancia.
Mi apellido no existe, pues todo fue quimera,
y mi nombre marchitó los espejos dentro de cinco siglos.
Cada espectro de Luna
me voy muriendo un beso.
Cada gota de sol
surjo un instante de oro
de mi pus y mi sueño.
Rasgo todas mis máscaras con un signo de paz.
No quiero ya más templos donde roben mi vuelo,
sino intemperie pura que incendie mi caída.
No más engaños ya. Toda verdad es vana,
casi mentira sólo.
Tienen todos los labios un cárdeno regusto
a planeta perdido sin importarle cómo.

Miradme. Estoy sin amo. Como un perro sarnoso.
Mi astrónomo amigo ha huido.
No acudió a la cita de la cena.
Se enamoró del Polo de los Cielos.
Tuvo suerte en su lid.
Berlingtonia- Madre-Galaxia- Novia
le reclamo habitante del mar de las esferas
sin carta de llamada ni pasaporte fijo.

En la mágica caverna del cinema
cojo a mi amor la tierna mano fría :
Eres mi dulce odio, emboscada de instinto
hecho con látigo de hechizo tililante.
Mis lascivos propósitos riñe mi niña buena:
¿Por qué no acudes a misa de una y media,
sosito mío...?
¿Por qué no trabajas
como cualquier hombre decente
y ganas un sueldo honorable
con seguro de vida y una vejez tranquila?
¿Por qué escribes suciedades
que además nadie compra
si la vida es bonita
,y hay meriendas tan ricas
donde se baila el vals?

Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto
en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.

Fabrico espantapájaros. Al estío le sucede el otoño.
Doy clases de Historia a cretinos simpáticos.
Cada curso tengo un bolsillo menos y una calva más amplia.
A veces oigo música anónima y lloro como un tonto.
Ciertas tardes de fiesta me encierro con mi pena allá dentro.

Pero también acudo los domingos
a los campos de fútbol o a las plazas de toros,
y vislumbro en lo alto de las torres de anuncios
a la pálida doncella inexorable
sonriendo con su puñal de nube
a la ululante muchedumbre
de energúmenos en flor,
¡espléndida cosecha de calaveras para el año 2000!

Ha llegado un telegrama de cementerio-Aries :
«Sin hora liquidada. Astrónomo amigo
paso sin novedad toda orilla celeste. (Stop.)»

Llueve en la lejanía. Dieron las once en punto
en la vieja oficina.
En la esquina de enfrente llora un recién nacido.
Con mi pluma de ave escribo largos versos.

De "Punto y aparte" (pag. 90)
Editorial Ciencia nueva 1967