domingo, 30 de abril de 2017

Tierra extraña. Edmond Hamilton (1904-1977)

El muerto estaba de pie en un pequeño claro iluminado por la Luna en mitad de la jungla, donde Farris le había encontrado. Era un hombrecillo aceitunado vestido con una tela de algodón blanca. Un miembro típico de las tribus laosianas de aquella tierra de nadie, en plena Indochina. Estaba de pie sin sostenerse en sitio alguno, con los ojos abiertos, la mirada fija al frente sin parpadear y un pie ligeramente levantado del suelo. y no respiraba.

-¡Pero no puede estar muerto! -exclamó Farris-. Los muertos no aparecen de pie en plena selva.
Piang, el guía, le interrumpió. Aquel engreído nativo de Annam había perdido toda su autosuficiencia desde el mismo instante en que se apartaron del sendero. y aquel muerto inmóvil y en pie había completado su desmoralización.

Desde que los dos hombres habían penetrado dando traspiés en aquel bosquecillo de árboles de algodón y casi habían tropezado con el muerto, Piang no había dejado de barbotear palabras inconexas con aire asustado, sin dejar de señalar la figura, absolutamente inmóvil. Ahora, por fin, Farris le oyó decir con claridad:

-¡Ese hombre está hunati! ¡No le toque! ¡Tenemos que irnos de aquí, hemos penetrado en un rincón malo de la selva!

Farris no se movió. Llevaba demasiados años como buscador de árboles de teca para ser del todo escéptico a las supersticiones del sudeste asiático pero, por otra parte, sentía cierta responsabilidad para con el hombre.

-Si no está muerto, como dices, seguro que le sucede algo y necesita ayuda -sentenció.
-¡No, no! -insistió Piang-. ¡Está hunati! ¡Vámonos de aquí en seguida!

Pálido de terror, el guía echó un vistazo a la arboleda iluminada por la Luna. Se encontraban en una meseta baja donde la jungla era más monzónica que tropical. Los grandes árboles de algodón y los ficus estaban menos ahogados aquí por los matorrales y los zarcillos, y a través de mortecinos pasillos que se abrían entre las plantas podía divisarse, al fondo, unos gigantescos banianos que se alzaban como señores obscuros de aquel silencio plateado. El silencio. El silencio era demasiado total para ser del todo normal. Hasta ellos llegaba el débil jolgorio de los pájaros y los monos procedente de la espesura, más allá de la arboleda y, por un instante, escucharon el rugido de un tigre traído por el eco desde las colinas laosianas. Sin embargo, la meseta en que se encontraban y la espesura que la circundaba permanecían en total silencio. Farris se acercó al nativo, inmóvil y con la mirada fija, y le tocó suavemente la muñeca, delgada y de piel obscura. Durante unos instantes, le fue imposible localizarle el pulso. Por fin, notó un latido, una pulsación increíblemente lenta.

-Un latido cada dos minutos -murmuró Farris-. ¿Cómo diablos puede mantenerse con vida?

Observó con atención el pecho desnudo del hombre. Vio que se alzaba, pero con tal lentitud que el ojo apenas podía captar el movimiento. Permaneció expandido dos minutos y luego, con igual lentitud, empezó a bajar otra vez. Farris se sacó del bolsillo una linterna e iluminó los ojos del individuo. Éste no reaccionó al estímulo, al menos al principio. Después, lentamente, sus párpados se contrajeron hasta cerrarse y, tras permanecer cerrados unos instantes, volvieron a abrirse a la misma velocidad casi inapreciable.

-Ha parpadeado... ¡pero con una lentitud cien veces mayor de lo normal!.-exclamó-. El pulso, la respiración, los reflejos... todos le funcionan cien veces más lentamente de lo normal. Ese hombre ha sufrido una conmoción o bien está drogado.

Entonces advirtió algo que le produjo un ligero escalofrío. El ojo del individuo parecía estar volviéndose hacia él con infinita lentitud. y su pie levantado se había alzado un poco más. Como si estuviera caminando, pero aun ritmo cien veces más lento de lo normal. Aquello era espantoso. Pero a continuación llegó hasta Farris algo todavía más espeluznante. Un ruido... el sonido de una ramita al quebrarse. Piang exhaló el aire en un silbido de puro miedo y señaló hacia la arboleda. Farris miró hacia allí bajo la luz de la luna. A unos cien metros había otro nativo. También permanecía inmóvil, pero tenía el cuerpo inclinado hacia delante con el ademán de un corredor repentinamente congelado. Y bajo sus pies, había crujido la ramita que habíamos oído.

-Adoran a los grandes, ¡por el Cambio! -dijo mi guía annamés con un ronco tono de pavor en la voz-. ¡No debemos entremeternos!

Lo mismo decidió Farris. Aparentemente, se había metido en algún extraño rito mágico de la jungla, y ya había tenido suficientes experiencias con los nativos asiáticos como para no desear intervenir en sus misteriosas religiones propias. El estaba en aquel rincón perdido, en la parte más oriental de Indochina, para dedicarse al comercio de madera de teca. Y ya tendría suficientes dificultades en aquella inexplorada tierra de nadie para, además, buscarse problemas con las tribus. Aquellos extraños hombres entre vivos y muertos, víctimas de una droga o de una enfermedad, no debían correr peligro si otros hombres de su tribu estaban cerca para vigilarles.

-Sigamos -asintió Farris lacónicamente.

Piang encabezó la marcha en el descenso desde la meseta cubierta por la selva. El guía cruzó la espesura como un ciervo asustado hasta que fueron a dar de nuevo al camino.

-Éste es... el camino al puesto avanzado del Gobierno -dijo, con gran alivio--. Debimos de perdemos en la hondonada de ahí atrás. No me había adentrado tanto en Laos más que un par de veces.
-Piang, ¿qué es hunati? ¿ y ese Cambio que has mencionado?
El guía se puso inmediatamente mucho más serio.
-Es un ritual de adoración. -Después, recuperando en parte su habitual charlatanería, añadió--: Esos hombres de las tribus son muy ignorantes. No han estado en la escuela de la misión, como yo.
-¿Adoración a qué? Los grandes, has dicho antes. ¿Quiénes son?
Piang se encogió de hombros e improvisó una mentira.
-No lo sé. En toda la gran selva, hay hombres que se pueden volver hunati, se dice. Yo no sé cómo.

Mientras avanzaba, Farris se puso a pensar. Había notado algo misterioso en aquellos hombres. Una especie de suspensión animada, pero no del todo. Más bien una increíble ralentización de la actividad. ¿Qué debía haberla causado? ¿Y cuál podía ser su propósito?

-Supongo que cualquier tigre o serpiente dará buena cuenta de un hombre en ese estado.
Piang hizo un enérgico gesto de negativa con la cabeza.
-No. El hombre que está hunati está a salvo... Al menos, de los animales. Ningún animal le tocará.

Farris quedó asombrado. ¿Se debería quizás a que su extrema inmovilidad hacía que los animales no se fijaran en él? Finalmente, supuso que era parte de las creencias de aquel culto a la naturaleza regido por el miedo. Aquel tipo de animismo era frecuente en esta parte del mundo. y no era difícil comprender la razón, se dijo Farris con cierta aprensión. Aquí, en la selva tropical, la naturaleza no era la diosa sonriente de las tierras templadas. Era algo que no se amaba, sino que se temía. ¡Y bien que lo sabía! Había estado dos días en la jungla laosiana desde que dejara el curso del alto Mekong, cuando había calculado que en un día alcanzaría su objetivo: el puesto de investigación botánica del Gobierno francés. Se quitó de encima unas hormigas aladas que intentaban picarle en su nuca bañada en sudor y lamentó no haberse detenido al caer el sol. Sin embargo, el mapa mostraba que estaban a pocos kilómetros del puesto y habían seguido, sin calcular que Piang perdería el camino. y casi debería haber contado con ello, se dijo Farris, pues éste no era sino un sinuoso sendero que daba vueltas y revueltas en la pendiente de la meseta, cubierta de densa maleza. Los ficus de treinta metros, los palos de Campeche para tintes y los árboles de algodón tamizaban la luz de la luna. El sendero se retorcía constantemente para evitar los impenetrables infiernos de bambú o para vadear pequeños arroyos, y la espesura de los zarcillos y lianas tenían una diabólica habilidad para engancharle a uno en la obscuridad. Farris se preguntó si no habrían perdido el camino otra vez. y se preguntó también, no por primera vez, por qué habría dejado Norteamérica para meterse en el asunto de la teca.

-Ahí está el puesto -dijo de repente Piang, con manifiesto alivio.

Frente a ellos, en la ladera cubierta por la jungla, había un saliente plano. Allí brillaba una luz, procedente de las ventanas de un bungalow de bambú irregularmente construido. Farris se dio plena cuenta del cansancio que había acumulado cuando cubrió los últimos metros del camino. Se preguntó si encontraría allí una cama decente y qué tipo de persona sería el tal Berreau para haber escogido enterrarse en aquel puesto de investigación botánica perdido de la mano de Dios. La casa de bambú estaba rodeada de gráciles palos de Campeche de gran talla, pero la luz de la luna ponía a la vista un jardín alrededor del edificio, circundado por un seto bajo de sapán. De la galería a obscuras surgió una voz que sorprendió a Farris. Era una voz de muchacha que hablaba en francés.

-¡Por favor, André! ¡No vuelvas con eso! ¡Es una locura!
Una voz de hombre respondió con aspereza:
-Lys, tais-toi! Je reviendrai...
Farris carraspeó diplomáticamente y luego dijo, en dirección a la obscura galería:
-¿Monsieur Berreau?

Se hizo un silencio total. Después, la puerta de la casa se abrió y la luz procedente del interior bañó a Farris y al guía. En el umbral, Farris vio a un hombre de unos treinta años, en ropa interior y con la cabeza descubierta, de enjuta y rígida figura. La muchacha no era más que algo borroso bajo el súbito resplandor. Farris subió los escalones.

-Supongo que no tienen muchos visitantes. Me llamo Hugh Farris. Tengo una carta para usted del Bureau de Saigón.
Hubo una pausa. Después, el hombre dijo:
-Si quiere pasar, M'sieur Farris...

En la salita iluminada por la luz, de paredes de bambú, Farris dirigió una rápida mirada a la pareja. A sus expertos ojos, Berreau parecía un hombre que hubiera permanecido demasiado tiempo en los trópicos: sus rasgos finos y rubios estaban deslucidos por el clima corrosivo y sus ojos tenían un aire inquieto y febril.

-Lys, mi hermana -dijo, al tiempo que asía la carta de manos de Farris.

La sorpresa de éste aumentó. Hasta aquel momento, había supuesto que la muchacha era su esposa. ¿Por qué querría una muchacha tan joven enterrarse en aquella espesura? No le sorprendió, en cambio, que ésta tuviera un aire desgraciado. Debía ser bastante bonita, pensó, de no ser por aquella mirada de nervioso desconsuelo.

-¿Quiere beber algo? -preguntó ella. Después, dirigiendo una mirada breve y nerviosa a su hermano, le dijo a éste-: Así, ¿ya no te irás, André?

Berreau volvió el rostro hacia el bosque iluminado por la luna, y una tensión ansiosa, de codicia, se formó en sus mejillas. A Farris le causó sobresalto, pero el francés se volvió rápidamente.

-No, Lys. Sírvenos algo, por favor. y dile a Ahra que se cuide del guía.

Leyó la carta con rapidez mientras Farris se hundía con un suspiro en una silla de mimbre. Desde ella, alzó la mirada con ojos cansados.

-Así que viene a por teca, ¿no?
Farris asintió.
-Sólo para encontrar los árboles y sacarles unas tiras de corteza. Después tienen que pasar unos años antes de talarlos, ¿sabe?
-El Comisario dice que debo prestarle toda mi colaboración. Explica la necesidad de abrir nuevas zonas de explotación de madera de teca.

Dobló lentamente la carta. Farris comprendió que, evidentemente, aquello no le gustaba al hombre, pero obedecería las órdenes.

-Haré cuanto pueda por ayudarle -prometió Berreau-. Supongo que querrá contratar a algunos nativos. Yo los conseguiré.
-Un extraño velo pareció nublarle los ojos al añadir-: Pero por aquí hay algunos bosques que no sirven para la explotación forestal. Ya hablaremos de esto más adelante.

Farris, sintiéndose más exhausto por momentos tras la larga travesía, agradeció el vaso de ron con soda que Lys le tendía.

-Tenemos una pequeña habitación libre. Creo que estará cómodo allí -murmuró.
Farris le dio las gracias.
-Estoy tan cansado que podría dormir sobre un tronco. Tengo los músculos tan rígidos que yo mismo parezco un hunati.

El vaso de Berreau cayó al suelo con un súbito estrépito. El joven francés hizo caso omiso de los fragmentos de cristal y avanzó rápidamente hacia Farris.

-¿Qué sabe usted de los hunati? -preguntó en tono áspero.
Asombrado, Farris advirtió que las manos del hombre temblaban.
-No sé nada, salvo lo que vi en la jungla. Topamos con un hombre inmóvil bajo la luz de la luna que parecía muerto, pero no lo estaba. Simplemente, parecía increíblemente ralentizado. Piang me dijo que estaba hunati.

Un destello cruzó la mirada de Berreau.

-¡Sabía que se iba a convocar el Rito! -exclamó-. Y los otros han llegado...
Se palpó. Era como si la falta de costumbre de tener extraños cerca le hubiera hecho olvidar por un instante la presencia de Farris.
Lys bajó su rubia cabeza y apartó la mirada de Farris.
-¿Qué decía usted? -preguntó el norteamericano.
Sin embargo, Berreau se había puesto en tensión y volvía a escoger sus palabras.
-Las tribus laosianas tienen unas creencias muy extrañas, M'sieur Farris. Un poco difíciles de comprender. He tenido ocasión de ver algunas brujerías muy raras en mis viajes por Asia, pero eso es increíble.
-Es ciencia, no brujería -corrigió Berreau--. Ciencia primitiva, nacida hace mucho tiempo y transmitida por tradición oral. El hombre que vio en la jungla estaba bajo la influencia de un producto químico que no se encuentra en nuestra farmacopea, pero que no es menos potente.
-¿Quiere usted decir que esas tribus tienen un fármaco que ralentiza los procesos vitales hasta reducirlos a esa increíble lentitud? -preguntó Farris con aire escéptico-. ¿Algo que nuestra ciencia moderna desconoce?
-¿Tan extraño le parece? Recuerde, M'sieur Farris, que hace un siglo, una vieja campesina inglesa curaba las enfermedades cardíacas con una flor, el digital, hasta que un médico estudió su remedio y descubrió la digitalina.
-Pero, ¿por qué iba a querer vivir tan despacio incluso un laosiano de estas tribus? -inquirió Farris.
-Porque ellos creen que pueden comunicarse con algo mucho más grande que ellos mismos -respondió Berreau.
-M'sieur Farris -interrumpió Lys-, debe de estar muy cansado. La cama ya está preparada.

Farris vio el temor nervioso de su rostro y comprendió que la muchacha quería poner fin a la conversación. Antes de abandonarse al sueño estuvo pensando en Berreau. Había algo extraño en aquel tipo. Le había parecido demasiado entusiasmado con el asunto aquel de los hunati. Sin embargo, aquella increíble e inexplicable ralentización del ritmo vital del ser humano era lo bastante extraño para trastornar a cualquiera. ¿Qué dioses podían ser tan extraños que el hombre tuviera que vivir cien veces más lento de lo normal para comunicarse con ellos? A la mañana siguiente, desayunó con Lys en la amplia galería. La muchacha le dijo que su hermano ya había salido.

-Después le llevará al poblado del valle para buscar a sus trabajadores -le informó.

Farris advirtió en su rostro la leve sombra de la infelicidad. Lys miraba en silencio hacia el gran océano verde de la jungla que se extendía más allá de la meseta en cuya ladera se encontraban.

-¿No le gusta la selva? -preguntó Farris.
-La odio -dlijo ella-. Una se asfixia aquí.
Farris le preguntó por qué no se iba, y ella se encogió de hombros.
-Lo haré pronto. Es inútil quedarse. André no regresará conmigo. Ha estado aquí cinco años -continuó-, demasiado tiempo. Cuando vi que no regresaba a Francia, vine para llevármelo, pero no quiere irse. Ahora tiene vínculos aquí.

Volvió a quedar en silencio. Farris se abstuvo, discretamente, de preguntarle a qué vínculos se refería. Quizás hubiera alguna mujer annamesa detrás, aunque Berreau no parecía de aquel tipo de hombres. El día empezó su tarea de convertirse en pegajosamente tropical, y transcurrieron las horas cálidas y tranquilas de la mañana. Farris, tumbado en una silla y descansando a gusto, aguardó a que volviera Berreau. Pero éste no regresó. y cuando la tarde empezó a difuminarse, Lys se puso más y más nerviosa. Una hora antes del atardecer, salió a la galería vestida con unos pantalones y chaqueta.

-Voy al poblado; volveré pronto -dijo a Farris.
La muchacha mentía muy mal. Farris se puso en pie.
-Vas a por tu hermano. ¿Dónde está?
En el rostro de Lys se reflejaron la inquietud y la duda. Finalmente, permaneció en silencio.
-Créeme, quiero ser un amigo -

La tienda de los fantasmas. G.K. Chesterton (1874-1936)

Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión que una vez escuché a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noé rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño, sino a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante ya no era azul por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noé roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y, por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastró a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

-No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.
-No aceptar dinero me parece algo a la más rabiosa última moda más que anticuado.
-Nunca lo he hecho así – contestó el anciano sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.
-¡Por el amor de Dios! – dije - ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

-Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulsó a decir eso.
-Estoy agonizando.
Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.
-Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dicen que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.
-Tú sabrás si estás muerto – repliqué – pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

-¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.
-Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el anciano con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió como tranquilizándole
-Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un día más viejo.
-Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.

El Sr. Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

-Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.

Otra sombra oscureció el umbral, entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

-En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

-Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico ( Me parece que era Ben Johnson). Se ha dado siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora menos robusto que cuando yo le eche el ojo.

Y creo que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando “ Pero sí lo vi agonizante.”

- Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez a su débil manera.

El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

-¿Desde cuando? –preguntó - ¿Desde qué naciste?
-Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando – Siempre he agonizado.

El Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

-Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.

El tonelero de Nüremberg. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

A principios de mayo del año 1580, el honorable gremio de toneleros de la ciudad libre de Nuremberg se reunía, según costumbre, para celebrar su fiesta anual. Poco antes de esta solemnidad había pasado a mejor vida el síndico de la corporación, y era preciso elegir un sucesor. Por unanimidad recayó la elección en maese Martín. No había otro tan conocedor del oficio como él. Los toneles salidos de sus manos eran, a la par que sólidos, finamente acabados; y no tenía rival para montar una bodega según las reglas gremiales. Prosperaba de día en día su reputación, y cada vez eran más numerosos sus clientes entre la gente rica y distinguida; gracias al éxito que le favoreció en todas sus empresas, gozaba de una fortuna considerable para un hombre de su clase. Al hacerse pública la elección de maese Martín, el consejero Paumgartner, que presidía la asamblea, se puso en pie.

—Vuestra elección —dijo—, mis queridos amigos, es acertadísima. A nadie podía ser conferida tan merecidamente esta dignidad. Maese Martín goza del aprecio de todos, y los que le conocen dan testimonio de su destreza en la profesión. A pesar de sus riquezas, ha conservado los hábitos y el gusto del trabajo, y su conducta en todo es un modelo digno de elogio. Saludemos, pues, a nuestro querido maese Martín y felicitémosle por haber merecido la elección unánime, que es honra y galardón de toda una vida de honradez y de laboriosidad—. Terminado su discurso, el consejero Paumgartner dio unos pasos con los brazos abiertos hacia el recipiendario. Pero maese Martín, levantándose por pura cortesía y con gran dificultad a causa de su corpulencia y obesidad, devolvió sin más ceremonias la reverencia al Consejero, y se dejó caer de nuevo en el sillón, importándole poco al parecer los abrazos fraternales del señor Jacobus Paumgartner.
—Y, pues, maese Martín —le preguntó el Consejero—, ¿no está usted satisfecho de nuestra elección?—. Él, echando atrás la cabeza y dándose en la panza golpecitos rítmicos con los dedos, pareció recogerse en medio del silencio de la asamblea, y tomó la palabra: —Digno señor Paumgartner, ¿cómo no me sentiría satisfecho de la justicia que se me hace? ¿Y dónde hallaríamos a un hombre tan hostil a sí mismo que desdeñara el premio legítimo de sus afanes? ¿Dónde se ha visto que se rechace al deudor que un día viene a nosotros dispuesto a saldar todos o parte de sus atrasos? ¿Cuál ha sido, mis queridos colegas —prosiguió, de cara a la asamblea— el motivo que os ha inspirado la idea de escogerme a mí? ¿Qué obligaciones deberé cumplir? Si para no desmerecer de esa distinción es preciso conocer al detalle los secretos del oficio, puedo alabarme de haber dado pruebas de ello al construir, sin ayuda del fuego, un tonel de dos cargas, una obra maestra que todos vosotros conocéis. Y si lo que hay que hacer para agradaros es tener buenos doblones y cosas preciosas, llegados a mi casa y podréis saciar vuestras miradas en el placer de contar sacos de oro y vajillas de plata de un peso regular. Os abriré arcas y armarios. Si para halagar vuestra vanidad, el que habéis elegido ha de atraer el humilde respeto de la gente sencilla y la consideración de los prohombres, preguntad a la flor de los ciudadanos de nuestra Nuremberg, preguntad al obispo de Bamberg qué opinión tienen formada de maese Martín. No temo, gracias a Dios, ni comparación ni crítica.

Una vez hubo terminado, satisfecho de su discurso, maese Martín se repantigó en su sillón, con la cabeza echada atrás y tecleando una vez más sobre su panza dio alrededor unas miradas, que solicitaban los aplausos; luego, al ver que el auditorio guardaba silencio, excepto algunos accesos de tos que traducían con bastante claridad el descontento de algunos de los compañeros del gremio, añadió algunas frases para reconquistar los espíritus que acababa de zaherir con su orgullo. —Os doy las gracias más sinceras —les dijo— por esta elección que os honra, ya que todos estáis poseídos del sentimiento de que la dignidad de síndico debía recaer en justicia sobre un hombre que ha realzado tan esplendorosamente la respetable corporación de toneleros. Todos sabéis que cumpliré celosamente los deberes que me atañen. Cada uno de vosotros hallará en mí a todas horas el consejo o la asistencia que necesite. Defenderé como propios los privilegios de todos; y para sellar el pacto de compañerismo que ha de unirnos os invito a un banquete de amistad que tendrá lugar el domingo. Mientras vaciamos alegremente unas botellas de añejo Johannisberg, concertaremos las medidas que sea preciso tomar para asegurar la protección de los intereses generales.

Esta amable improvisación causó un efecto maravilloso. Los rostros se pusieron radiantes y un coro de voces se levantó en ruidosas aclamaciones que ponían en las nubes la capacidad, los méritos y la libertad de maese Martín. Uno a uno se acercaron al nuevo síndico para abrazarle, y él soportaba impávido a unos y llegaba incluso a otorgar a otros el favor de estrecharle la callosa mano.

II.
Al digno consejero Paumgartner le venía de paso la casa donde vivía el tonelero para llegar a la suya. Al ir a despedirse en el umbral de la casa de este último, maese Martín, quitándose el casquete de piel y haciendo una inclinación tan profunda como se lo permitía su obesidad, dirigió al Consejero estas palabras:

—¿No podría tener el honor de recibir por unos momentos en mi humilde domicilio a mi querido señor Consejero? Me sentiría dichoso de que me permitiera disfrutar un rato más su preciosa conversación.
—A fe mía, maese Martín, me sería muy grato hacer un alto en su casa. Pero, he de decirle que es usted excesivamente modesto al hablar de la suya. Como si no supiéramos que ese humilde domicilio, como lo llama, es el que ofrece un conjunto más vistoso de muebles y de objetivos valiosos, cuya rareza y elegancia son la envidia de los más acaudalados ciudadanos de Nuremberg. Apuesto a que no lo despreciaría un gran señor. No eran exageradas las alabanzas que el Consejero dedicaba a la morada de maese Martín. Ya al abrir la puerta, el zaguán, de refinada arquitectura, daba la impresión de un saloncito de fantasía. El pavimento de madera hábilmente combinado imitaba el mosaico; las paredes encuadraban pinturas no desprovistas de mérito y una serie de arcas talladas por los mejores artífices de la época se alineaban a lo largo de ellas.

A la hora en que vemos entrar a los dos personajes, el calor era sofocante y un aire caldeado oprimía el aliento. Maese Martín recibió a su huésped en una habitación dispuesta a modo de comedor, por donde circulaba el aire fresco, y en la cual se veían un mobiliario y unas vajillas que prometían espléndidos festines. Al entrar, la voz sonora del anfitrión llamó a Rosa, su hija única, que compareció diligente. Las más bellas creaciones de Alberto Durero no habrían logrado un conjunto de gracias femeninas tan cumplido; imagínese un busto flexible y delicado como el tallo de un lirio blanco, unas mejillas en que las rosas se mezclaban al alabastro, unos labios dotados de todas las seducciones y una mirada llena de misteriosa melancolía, a la sombra de unos párpados orlados de pestañas de ébano con dulces reflejos de la luna de mayo, y esta descripción no os dará más que un tenue destello de todos los atractivos de aquel ser joven e interesante, con más de ángel que de mujer. Era la bella Margarita del Fausto rediviva, tal como la concibió el pintor Cornelius. La encantadora Rosa hizo a su padre una reverencia infantil y le besó la mano con un respeto lleno de ternura. El rostro del anciano Paumgartner se cubrió de un cálido rubor, y del rescoldo ya casi apagado de su pasada juventud brotaron algunas chispas. El honrado Consejero se reanimó por un instante, a semejanza de un pálido reflejo de sol poniente que antes de desvanecerse tiñe con una última llamarada el paisaje otoñal. —En verdad, maese Martín —exclamó— posee usted un tesoro que vale todos los que pueda reunir un hogar; si nuestras viejas barbas se estremecen de placer al contemplar sus encantos, ¿qué sensación no producirá entre la juventud? Aseguraría que su Rosa distrae a los jóvenes del vecindario de sus devociones en la iglesia, y que en las reuniones donde las muchachas mariposean, van a ella todas las galanterías y los ramos de flores. Apostaría a que para casarla con lo mejor de lo mejor de Nuremberg, mi querido maese Martín, no tendrá usted más cuidados que el de la elección del candidato.

Lejos de complacerse en las alabanzas del Consejero, maese Martín frunció el entrecejo, más bien descontento, y una vez hubo ordenado a su hija que sacara una botella de su mejor vino del Rin, dijo al entusiasta Paumgartner, que no dejaba de vista a Rosa mientras cumplía el mandato de su padre, encarnada como una cereza y con los ojos bajos: —Tiene usted razón, señor Consejero; he de reconocer que mi hija está dotada de una belleza notable, y he de añadir que posee otras cualidades muy dignas de aprecio. Pero no son estas cosas para habladas delante de una muchacha. En cuanto a la flor de los jóvenes de Nuremberg, no pienso en ella para elegir un yerno. Rosa, que volvía a entrar en la habitación, puso sobre la mesa una botella y dos vasos soberbiamente tallados; los dos viejos tomaron asiento frente a frente, y maese Martín colmaba los vasos de su licor preferido, cuando resonó en la calle el trote de un caballo. Corrió Rosa para ver lo que era, y volvió anunciando a su padre que un viejo hidalgo, Enrique de Spangenberg, quería verle.

—Bendiga Dios este día —exclamó el tonelero—, ya que me trae el más noble y generoso de mis clientes. Se trata, sin duda, de algún encargo importante. El señor de Spangenberg es un hombre digno de que se le reciba bien—. Y al decir esto, el maestro tonelero salió al encuentro del visitante con toda la agilidad que le permitían sus viejas piernas.

III.
El vino de Hochheim centelleaba en las facetas del cristal de Bohemia, y los tres personajes sintieron pronto correr por sus venas una renovada vitalidad, y se pusieron a contar sin escrúpulo historietas intencionadas, hasta tal punto que el busto de maese Martín, sacudido por ruidosas carcajadas, flotaba de acá para allá por encima de su enorme vientre, y que el consejero Paumgartner sentía desarrugar su rostro apergaminado. Pronto volvió a entrar Rosa con una limpia y elegante canastilla de mimbre, de la que sacó unos manteles blancos como la nieve, puso la mesa en un santiamén y no tardó en aparecer una apetitosa cena. Ni Paumgartner ni Spangenberg lograban apartar los ojos de la admirable joven, la cual les invitó con la más dulce voz a compartir con su padre los manjares que ella en persona había guisado. Maese Martín, hundido en el sillón y con las manos juntas sobre el abdomen, la contemplaba con el orgullo de un padre idolátrico. Cuando Rosa se disponía a retirarse discretamente, el viejo Spangenberg se levantó de su asiento con la prontitud de un joven, y cogiendo a la joven por el talle exclamó con los ojos empañados en lágrimas:

—¡Ángel querido, criatura celestial!—. La besó dos o tres veces en la frente y volvió a acomodarse en su asiento, abismado en nostálgicas reflexiones.

Paumgartner propuso vaciar un vaso en honor de Rosa. —Le digo, maestro —exclamó—, y seguramente el digno señor Spangenberg comparte mi opinión, que el cielo le ha concedido un bien imponderable en esta hija, que yo imagino a no tardar esposa de algún alto personaje, ciñendo una diadema de perlas, y llevada en una bella carroza ornada de ilustres blasones.

—No comprendo, señores —respondió maese Martín—, cómo insisten ustedes tanto en hablar de algo que a mí, que soy parte interesada, no me preocupa poco ni mucho. Rosa no ha cumplido aún los dieciocho años, y a esta edad una joven no debe pensar en dejar a su padre por un marido; cuando llegue el día, Dios sabe lo que le espera. Pero, de una cosa puedo responder, y es que ni noble ni hombre del común, aunque amontonara las mayores riquezas, tendrá el menor derecho a la mano de mi hija si antes no ha dado pruebas de la mayor pericia en la misma profesión que yo honro y cultivo desde hace medio siglo. Sólo le pediré, después de ello, que logre captarse el amor de mi hija, cuya inclinación no pretenderé forzar nunca.

Spangenberg y el Consejero miraban a maese Martín con los ojos encandilados. —Así, pues —dijo uno de los dos, después de una pausa—, ¿su hija queda condenada a no unirse más que con un artesano tonelero?

— ¡Así lo quiera Dios! —afirmó maese Martín.
—Pero —insistió Spangenberg—, si un maestro en otra profesión, o bien un artista de reconocido mérito, le pedía su mano, y si ella le amaba, ¿qué decidiría usted?
—Joven, diría al petimetre —replicó el maestro hundiéndose más en su sillón—, enséñeme usted ante todo, como obra de examen, un hermoso tonel de dos cargas como el que en mis mocedades fabriqué con estas manos. Y si no se veía con arrestos para satisfacer a un deseo tan legítimo, no diré que le echase de mala manera de mi casa, pero sí le rogaría con todos los miramientos que no pusiera nunca más los pies en ella.
—No obstante —replicó Spangenberg—, si el enamorado le respondía humildemente que no está en sus manos ofrecerle una labor semejante, pero en cambio son obra suya los planos que han servido para la construcción de la casa magnífica que se levanta altivamente en la esquina de la Plaza del Mercado, no creo que una obra semejante le desmereciera de la mejor de cualquier otra profesión.
—Por Dios, mi digno huésped —exclamó el tonelero—, no se afane tanto para convertirme a unas ideas que no tienen por ahora ninguna utilidad, y a las cuales daría bien poco crédito llegado el momento. Quiero que el marido de mi hija ejerza mi misma profesión, y que la honre como yo la he honrado, porque sostengo que es la mejor de las profesiones. No todo consiste en poner el cerco a un tonel, sino también en saber acondicionar y mejorar los vinos que guarda. Para hacer un tonel según las reglas conviene calcular y medir atinadamente su cabida, y se necesita asimismo habilidad manual para juntar y afirmar sólidamente las duelas. Soy el más feliz de los mortales cuando oigo de cabo a cabo de una jornada los clip-clap, clip-clap del martillo de mis alegres oficiales. Y luego, terminada la construcción, en el acto de pulir el tonel, de darle elegancia, cuando ya sólo falta ponerle mi marca, no he de negar que estoy orgulloso de mi trabajo, como debe estar gozoso Dios de la creación. Ha hablado usted antes de la profesión de arquitecto; pero, cuando la casa está edificada, el primer palurdo que dormía encima de sus doblones puede adquirirla, asentarse en ella, y de lo alto de sus balcones burlarse del artista que pasa a pie por la calle. ¿Y qué le diremos al palurdo? Mientras que en nuestro oficio damos morada a la más generosa, la más noble de las criaturas. ¡Viva el vino y vivan los toneles! No sé ver nada superior.
—¡Aprobado! —dijo Spangenberg, vaciando su vaso—. Pero todos estos argumentos tan bellos y bien expuestos no bastan a demostrar que mi error sea tan grande, ni que usted tenga razón en absoluto. Supongamos que un hombre de raza ilustre, de principesca nobleza, se acerque para pedirle en matrimonio a Rosa... Hay horas en la vida, maese Martín, en que los cerebros más obstinados reflexionan dos veces antes de dejar escapar ciertas ocasiones que no vuelven a presentarse tan fácilmente.
—Pues, bien —exclamó secamente el tonelero, levantándose a medias, con el cuello erguido y la mirada encendida—, diría al gaznápiro de ilustre raza y de principesca nobleza: Caballero, si fuera usted constructor de toneles podríamos hablar, pero...
—Pero —le interrumpió el rico hidalgo, que no se conformaba con perder el hilo de su idea— ¿si cualquier día algún joven y brillante gentilhombre se acercara a usted, rodeado de todo el esplendor que su riqueza y su categoría pueden dar de sí, insistiendo en hacer su mujer de la niña...
—Le cerraría en las narices puertas y ventanas, triplicaría las cerraduras y le diría por el ojo de la llave: Llame a otra puerta, arrogante señor. No florecen para usted las rosas de mi jardín. No dudo de que mi bodega y mis ducados son muy a su gusto, y usted quisiera, a más de eso, hacer a mi hija el honor de llevársela. ¡Llame usted a otra puerta, galán...!

Estas palabras hicieron subir el rubor a la frente del viejo hidalgo. De codos sobre la mesa, pareció reflexionar unos instantes, y añadió luego en voz baja y caídos los párpados, con un asomo de emoción mal reprimida: —Maese Martín, en sus asuntos es usted difícil de convencer. Pero oigamos todavía su última palabra. Supongamos que el joven caballero de quien acabo de hablar fuera mi propio hijo, y que yo le acompañara ante usted para que formulase su petición. ¿También nos daría con la puerta en las narices y creería que nos atrae el cebo de su bodega y ducados?

—No permita Dios que tenga nunca de usted una idea semejante, mi digno señor —replicó el tonelero—. Les recibiría como ustedes merecen, y me pondría a las órdenes de tan respetables visitantes. En cuanto a mi hija, se lo repito... Pero, ¿a qué perder tiempo, díganme, en semejantes problemas? Hemos olvidado el vino en discusiones que no tienen nada que ver ni con el momento ni con nuestros años. Les ruego que dejemos a un lado los yernos imaginarios y el porvenir de Rosa, y bebamos a la salud del hijo de usted, que es, según dicen, el mocito más elegante de Nuremberg.

Los dos interlocutores chocaron sus vasos con el del consejero Paumgartner, que desde hacía rato les había estado escuchando en silencio, y dijo Spangenberg, algo cohibido: —No vaya usted a creer maese Martín, que lo que acabamos de hablar deba ser tomado en serio; por mi parte no pasa de pura chanza, ya que, como usted comprenderá, mi hijo, a menos que enloqueciera de amor por alguna muchacha, ni puede ni debe elegir esposa que no sea de entre las más nobles familias. No era necesario acalorarse tanto en demostrar que a Rosa no le convendría, ni replicarme con tanta aspereza.

—Lo mismo digo yo —replicó vivamente el maestro tonelero—. Yo también bromeaba; en cuanto a la aspereza que usted me reprocha, no ha habido tal, y si me he mostrado demasiado orgulloso, le ruego que me lo perdone en atención a mi posición. Es el orgullo profesional. No hallaría usted en toda la comarca un tonelero de mi categoría, que profesa su oficio sin charlatanismo y sin preocuparse de las críticas. Y la mejor garantía de mis aptitudes es el contenido de esta botella que acabamos de vaciar, y que estoy dispuesto a hacer cambiar por otra llena.

Spangenberg le dejó sin respuesta. Parecía molesto, o engolfado en un íntimo ensueño. El docto consejero Paumgartner intentó desviar la conversación. Pero como suele suceder después de una exaltada preocupación, los espíritus tensos en demasía se relajaron de pronto. De improviso, el anciano Spangenberg se levantó de la mesa, llamó a sus criados y salió de la casa sin un adiós y sin hablar de volver a ella algún día.

IV.
A maese Martín le dolió verle partir de este modo, y al tiempo que Paumgartner iba también a retirarse le dijo.:
—¿Sabe usted que no sé explicarme por qué se ha molestado tanto el señor Enrique de Spangenberg?
—Querido Martín —respondió el Consejero—, es usted el hombre más bueno que conozco; y es natural que tenga apego a lo que le ha procurado honores y bienes de fortuna; pero cuide que este sentimiento no le desvíe alguna que otra vez. Ya esta mañana en la asamblea de los maestros de la corporación ha hablado usted de un modo que puede crearle enemigos. Por independiente que usted sea, ¿qué generosidad hay en rebajar a los otros? Y note también lo que acaba de suceder. No creo que pensara tomar en serio las palabras de Spangenberg, y no obstante, ¡con qué aspereza ha tratado de codiciosos y casi ventajistas a las personas de la nobleza que pudieran pensar en obtener la mano de la hija de usted! ¿No era preferible responderle lo que a la par que más cortés es más verídico, o sea que si él le hiciera una proposición tal vez usted se retractaría de sus cerrados prejuicios? Después de esto la despedida hubiera sido mucho más grata, y no por ello se comprometía usted a nada, ni quedaban vulnerados los que usted llama sus principios.
—Convengo en que he podido equivocarme, querido Consejero —dijo maese Martín—, pero no me negará que ese diablo de hombre me ha obligado a hablar más de la cuenta.
—Además —prosiguió Paumgartner—, ¿qué mosca le ha picado para que se empeñe usted en que ha de ser precisamente un tonelero el que se case con su hija? ¿No es herir las más sagradas leyes de la Providencia el poner condiciones a los más sinceros afectos de una joven? ¿No teme para usted y para su hija los peores resultados?
—Bien veo —respondió el tonelero moviendo la cabeza— que debí decirle la verdad desde el primer momento. ¿Ha creído usted que mi resolución de no aceptar para mi hija más marido que un tonelero se debe a un amor profesional exagerado? No; nada de eso. Hay un motivo oculto. Tome usted asiento, mi querido Paumgartner, y escúcheme mientras bebemos sin prisas el resto de la botella que Spangenberg ha abandonado en un arranque de mal humor.

Paumgartner no entendía nada de las atenciones de que se veía colmado y motivo tenía porque no se avenían con los hábitos del tonelero. Éste sin dejarle tiempo de analizarlo, empezó su relato:

—Otras veces le he contado cómo mi pobre mujer murió al dar a luz a mi Rosa. Vivía con nosotros, si puede llamarse vivir a la existencia que llevaba, una anciana abuela plagada de achaques, y para colmo de sus males paralítica. Un día Rosa dormía en los brazos del ama de leche, en el cuarto de la abuela, y yo contemplaba aquella criatura tan querida, con sombría y muda melancolía, y miraba luego a la pobre paralítica. De pronto, la faz descolorida y arrugada de ésta se tiñe de leve púrpura y ella extiende los brazos, como si acabara de obrarse un milagro, y articula estas palabras: —¡Rosa, mi buena Rosa!—. La nodriza le pone delante la criatura, y figuraos mi sorpresa mezclada de miedoso asombro, al oír que la abuelita entona con voz clara y vibrante una canción a la manera de Hans Berchler, el mesonero del Espíritu de Estrasburgo:
«Tierna criatura de mejillas de rosa, que justifican tu nombre, escucha mi consejo. Deja a un lado el orgullo, no critiques a nadie y guárdate de los deseos vanos. Presta oído a mis palabras si quieres que la flor de la dicha se abra en el camino de tu vida y que Dios te otorgue su bendición.»

Una vez terminada la canción y otras del mismo estilo, la abuela dejó en su cuna a la niña, y acariciándole la cabecita angelical con su mano demacrada y llena de arrugas, murmuró unas palabras que no pude comprender, aunque por la actitud adiviné que estaba rezando. Y volvió a caer en la modorra. Cuando la nodriza salía del cuarto con la niña, la abuelita daba el último suspiro, sin agonía.

— ¡Qué historia más rara! —dijo Paumgartner, una vez maese Martín hubo dado fin a la anécdota—. Pero, explíqueme, se lo ruego, qué relación ve usted entre los cantos de la abuelita y el porvenir de Rosa, a la que usted se empeña en dar por esposa a un tonelero.
—No me dirá usted que no comprenda —exclamó el tonelero— que las virtudes modestas que pidió la abuela a Rosa, no se compaginan más que con un hogar de diestros y honrados trabajadores. La vieja hablaba también en sus canciones de la casita limpia, del aire perfumado y de unos angelitos con alas de fuego. No menos elegante que aquella casita limpia resulta el tonel que un oficial fabrica para lograr el grado de maestro; las ondas perfumadas son los vinos generosos que lo llenan; y cuando rebulle y fermenta el vino, las burbujas que suben del fondo a la superficie ¿no se le figuran a usted los angelitos de alas encarnadas? Créame, aquí está el sentido de las palabras misteriosas que mascullaba la abuela. Y como que me satisface la interpretación, he decidido que Rosa no podrá casarse más que con un tonelero.
—Pero, ¿cree usted que basta interpretar a capricho unas palabras sin importancia, y resistirse en cambio a dejarse guiar por las inspiraciones oportunas de la Providencia? Mejor que nosotros sabe ella lo que puede hacernos felices. Lo más justo y juicioso, en mi opinión, sería dejar que el corazón de su hija diese con el hombre digno de ser su esposo.
— ¡Música celestial! —exclamó maese Martín, dando un puñetazo sobre la mesa—. He dicho, y lo repito, que Rosa está destinada a ser la esposa del mejor tonelero que me sea dado descubrir.
El doctor Paumgartner se sentía movido a la réplica contra la obstinación singular del tonelero, pero tuvo el buen sentido de reprimirse. Al levantarse para salir, le dijo:
—Las horas galopan; dejemos nuestros vasos vacíos y nuestras discusiones, que no lo son menos.
Cuando asomaban a la calle, una mujer joven, acompañada de cinco muchachos, se acercaba. —¡Dios mío! —exclamó Rosa—. ¡Habrá muerto Valentín, y ahí vienen su mujer y los chicos! —¡Cómo! —exclamó maese Martín— ¡Qué espantoso desastre! Era el más hábil de mis oficiales y el más honrado que he conocido. Se lastimó con la doladera hace unos días. La llaga se enconó y probablemente la gangrena y la fiebre se habrán llevado al pobre muchacho en sus mejores años—. Y como la viuda deplorara la amenaza de la miseria que pesaba sobre los chicos, exclamó maese Martín: —Pero, ¿puede usted imaginar que yo les abandone después que su marido ha muerto estando a mi servicio? No, buena mujer; no sucederá así mientras viva maese Martín y le conserve Dios su fortuna. Desde hoy les tengo como de familia. Mañana irá usted a establecerse con los chicos en mi taller, pasado el que llaman Portal de las Damas. Allí les veré todos los días. Será usted como ama de gobierno en lo mío, y yo cuidaré de la instrucción de sus hijos, de manera que lleguen a ser obreros inteligentes y capaces. El padre de usted, que en sus mejores años trabajaba muy bien, vive aún, y aunque hoy sus fuerzas no le permiten trabajar en grande, no dejará de ser útil en algo. Y sean todos ustedes bienvenidos.

Fue tal el gozo de la pobre viuda al oír estas proposiciones, que estuvo a punto de caer sin sentidos de la emoción. Maese Martín le estrechó las manos afectuosamente, mientras los muchachos, a los que Rosa colmaba de caricias, la rodeaban, asiéndose a sus vestidos. El consejero Paumgartner no pudo retener una gran lágrima mientras exclamaba: —Maestro, es usted un hombre único; sea cual sea el humor en que se le halla, no hay manera de enfadarse con usted. Y se separaron.

V.
Sobre un altozano verde, desde el cual la mirada se pierde en lejanía entre los horizontes floridos, ¿veis a ese joven bizarro, sentado, con las ropas sencillas de obrero, que nada quitan a su buen aspecto? Su nombre es Federico. El Sol, medio hundido en la púrpura del atardecer, jaspea de tonos rosados el fondo del cielo. A lo lejos se proyectan en los aires las almenas dentelladas de la real ciudad de Nuremberg. El silencio reina en la campiña desierta, y se extienden cada vez más las sombras. El joven obrero, apoyado en su saco de viaje, parece interrogar con el alma en los ojos las profundidades del valle; mientras su mano arranca distraídamente los pétalos de unas margaritas, que se lleva el soplo de la brisa. Pero, poco a poco, aquellos ojos se velan y se ensombrecen, el pecho se agita, henchido por una secreta emoción y brotan gota a gota las lágrimas de sus párpados medio cerrados. Pero, de súbito, parece animarle algún nuevo pensamiento, porque yergue la cabeza, abre los brazos como para recibir a un ser querido, y su voz fresca y pura improvisa una de esas ingenuas endechas que los hijos de la vieja Alemania saben inventar con tanta gracia: «Vuelvo a verte, mi dulce patria. No por estar lejos te ha olvidado mi corazón fiel. Celajes de púrpura que aureoláis los horizontes de mi patria, de vuestro seno parecen nevar hojas de rosa. Salta en mi pecho, corazón, pues cada paso me acerca más a la rosa de mis amores. Crepúsculo de oro, tálamo del cielo, dulces claridades vespertinas, sed los mensajeros que llevéis a la que amo las lágrimas del gozo y el beso de llegada. Y si acaso moría antes de verla, y mi rosa temprana os preguntaba qué ha sido de mí, le diréis que en su amor he amortajado mi corazón.»

Después de cantar estas estrofas, Federico sacó de su mochila de viaje un pedacito de cera, que ablandó al calor del pecho, modeló una gentil rosa de cien hojas, y repitió todavía el canto a media voz mientras se ocupaba en su delicado trabajo, sin hacer caso de otro joven que se había detenido delante de él y seguía con mucho interés su labor. —Oiga, amigo —dijo el recién llegado—, ¿sabe usted que es muy lindo lo que está modelando?—. Federico levantó los ojos y los fijó en el caminante con expresión apacible—. ¿Cómo puede usted, querido señor —le dijo—, encontrar algún mérito en lo que es para mí un pasatiempo?—. ¡Diablo! —insistió el desconocido—. Si llama pasatiempo a la obra que está modelando en estos momentos, con tan graciosa perfección, debe usted ser un artista de fama. Yo al menos me siento doblemente encantado por esta coincidencia, pues a la vez que me conmueve la deliciosa canción que entona usted tan bien, al estilo de Martín Haescher, admiro la destreza con que fija usted lo ideal de la forma. ¿Hasta dónde va usted?—. Tengo a la vista el término de mi viaje —respondió Federico—. Vuelvo a mi patria, vuelvo a la ciudad de Nuremberg. Pero va a ponerse el Sol y he de buscar dónde cobijarme en la aldea cercana. Mañana la aurora me hallará sobre el camino de Nuremberg—. Siendo así podemos acabar la jornada juntos —dijo el desconocido—. Compartiremos la habitación esta noche y mañana entraremos juntos en Nuremberg—. A estas palabras, Reinhold, que éste era el nombre del joven, se tumbó en el césped al lado de Federico y siguió haciéndole preguntas: —¿No es usted artista platero? Por lo que le he visto modelar, podría suponerse que ordinariamente trabaja en oro y plata—. Querido señor —respondió el aludido sin levantar los ojos que tenía fijos en el suelo desde hacía un momento—, ni soy digno del bello nombre de artista, ni capaz de llevar a cabo todo lo que usted supone; sepa que no soy más que un modesto trabajador, un tonelero, y que voy a Nuremberg ansioso de trabajar al lado de un maestro del oficio cuya fama se extiende por toda Alemania. Ni moldeo figuras ni las cincelo; dispongo los aros para los toneles, sencillamente—. Pero —exclamó Reinhold— ¿me cree usted tan necio que desdeñe su profesión? Y ahora le diré —una confidencia vale otra— que yo también soy tonelero.

Federico midió con la mirada al personaje que así le hablaba; por las apariencias no se le hubiera creído un obrero; su calzón negro era de fino paño con unos acuchillados de terciopelo; llevaba al cinto una ancha daga, se tocaba con un sombrero adornado con una larga pluma. Hubiérase dicho que era un rico negociante, pero, por otra parte, había en toda su postura un no sé qué de excéntrico y decidido, que excluía semejante suposición. Atendiendo a las dudas de Federico, Reinhold sacó de su saco de viaje un delantal de tonelero y una doladera. —Ya ves, amigo —dijo a Federico—, que no he mentido; soy, como tú, un sencillo obrero. Comprendo tu sorpresa al verme tan espléndidamente trajeado. Baste decir que vengo de Estrasburgo, donde los más modestos oficiales toneleros se tratan como príncipes. Si bien es cierto que antaño quise salirme del cauce para entregarme a la azarosa carrera de las artes, hoy, curado de esta fantasía, no veo nada por encima de mi profesión de tonelero, y he puesto en ella mis esperanzas para el porvenir. Pero, ¿en qué estás pensando, compañero? Te veo triste y parece como si tus ojos temieran entrever el futuro. Hace poco cantabas con un acento melancólico, y yo, bajo el dominio de una fascinación rara, creía que tus suaves melodías salían de mi pecho para pasar al tuyo. Me parece ver tu corazón franco como un libro abierto delante de mí. Puedes confiar en mí sin reservas; y ya que ambos vamos a permanecer en Nuremberg, hagamos desde ahora un pacto de sólida amistad.

Federico echó los brazos al cuello de su nuevo amigo. —Sí; cuanto más te veo —prosiguió—, más simpático me pareces. Una voz secreta vibra en mí que parece responder al franco reclamo de tu amistad. Quisiera que tu espíritu y el mío se compenetraran, porque hay cosas que sólo el corazón comprende, y penas de cuyo alivio él solo posee el secreto. Escucha, pues, la historia de los escasos acontecimientos de mi vida. Desde la adolescencia había soñado en las glorias del artista; aspiraba a la dicha de igualar a Pedro Fischer o a Benvenuto Cellini en el arte de fundir y cincelar los metales. Mis ensayos de joven fueron presididos por el talento de Juan Helzschuer, el platero más célebre de mi patria. Le visitaba con frecuencia Tobías Martín, el tonelero, que llevaba consigo a su hija, la gentil Rosa. Me enamoré de ella, sin hallar explicación al misterio de este afecto. Salí de mi país y fui a Augsburgo para acelerar el progreso de mi aprendizaje, pero apenas me encontré lejos de la que se había posesionado de mi corazón y de mi pensamiento, con la imagen celeste de Rosa en los ojos, el trabajo se me hizo pesado, hastiador, y sólo pensaba en los medios para llegar a la felicidad soñada. Tuve noticia de que maese Martín había declarado a todos los vientos que únicamente al tonelero más hábil de la ciudad concedería su hija, y renuncié de una vez a mi vocación artística para convertirme en un obrero. Hoy vuelvo a Nuremberg para pedir a maese Martín que me acepte entre sus oficiales. Pero a medida que me acerco al término de mis ansias, pensando en Rosa, a quien los años transcurridos deben haber embellecido más, la timidez, el temor de que me desoigan luchan en mi alma, ya que ignoro si soy amado y si puedo esperar a serlo alguna vez—. Reinhold había escuchado la historia de Federico con silenciosa atención. Al cabo de la confidencia volvió a hablar, pero su fisonomía delataba una dolorosa ansiedad, que se esforzaba vanamente en combatir. —¿Es cierto —dijo al fin— lo que me afirmas, de que Rosa no te ha dado nunca esperanzas? —¡Nunca! —exclamó Federico—. Cuando partí de Nuremberg era muy niña. Pero puedo suponer sin jactancia que no le desagradaba. Cuando cortaba para ella las flores más hermosas del jardín de Holzschuer, me lo agradecía con una sonrisa angelical; pero...

— ¡Por lo que dices —exclamó Reinhold— hay un rayo de esperanza!—. Lo dijo en una explosión de vivacidad que hizo estremecer a su amigo. Se había erguido en toda su estatura, y la daga resonaba en el cinto y sus ojos relucían—. ¡Por Dios! —le interrumpió Federico—. ¿Qué te pasa?—. Y delante de aquella figura poco antes tan dulce y ahora tan agitada, no pudo defenderse de un escalofrío de temor, y al retroceder un paso topó con el saco de viaje de Reinhold, haciendo resonar una mandolina que formaba parte del equipaje. — ¡Maldito compañero! —gritó Reinhold dirigiéndole una mirada fiera y amenazadora—. ¡Vas a romper mi mandolina!—. Y sacando el instrumento empezó a pulsar las cuerdas tan bruscamente, que las puso en peligro de romperse. De pronto se produjo una reacción en sus movimientos; calmado de su fiebre, volvió a guardar la mandolina en el saco, se lo cargó a la espalda y tendió la mano a Federico. —Vamos, hermano —le dijo afectuosamente. —Lleguemos pronto a la aldea. El canto es remedio infalible para ahuyentar a los fantasmas que podrían salimos al paso. Bajemos al valle y canta, canta... ¡Me complace tanto oírte!

El azul severo del cielo se veía sembrado de miríadas de estrellas de oro, y rozaba, las altas hierbas el rumoroso vientecillo nocturno. Huían los arroyos murmurando a lo largo de las riberas, y las voces de la soledad se dilataban en gemidos de órgano bajo las bóvedas de los bosques. Federico y Reinhold bajaron lentamente por el camino que llevaba a la aldea. Cuando llegaron a la posada, Reinhold dio un abrazo a Federico, y lloró largo rato lágrimas ardientes.

VI.
Cuando Federico despertó al día siguiente, no viendo en su lecho de heno al compañero, creyó que había emprendido solo el camino, cuando de pronto se le presentó Reinhold con el saco a la espalda y vestido de otro modo que la víspera. No lucía ya la flotante pluma en el sombrero, ni la daga corta y ancha en el cinto, y vestía una casaca de burgués, de corte muy ordinario. —¿Qué, no te parezco ahora un buen y franco artesano, tal como yo quiero ser? —le dijo—. Me parece que para un enamorado has dormido muy a pierna suelta. El sol ha hecho ya una buena carrera. ¡Arriba, muchacho, ánimo y buenas piernas! Absorto en sus planes, Federico respondió apenas a las palabras de Reinhold, electrizado por una alegría singular, que no paraba de hablar, arrojando al aire su sombrero y haciendo cabriolas como un loco. Ya fuera de la aldea, la melancolía de Federico se fue acentuando hasta que el muchacho, deteniendo el paso, exclamó: —De buena gana dejaría de andar. La tristeza me oprime a no poder más. Déjame descansar un poco a la sombra de estos árboles—. Y al decirlo se dejó caer sobre el musgo como aniquilado. Reinhold se sentó también y volvió al tema del día antes—. Anoche —dijo—debí causarte extrañeza. Al hablarme de tu amor y de tus temores para el porvenir, sentía una agitación que a mí mismo no me explicaba; bullía mi cerebro y peligraba de enloquecer, si al encontrarte, como por milagro, tu canción no me hubiera calmado y consolado. Esta mañana me he levantado gozoso y con buenos ánimos; se han disipado los fantasmas, y he recobrado la calma y la serenidad de espíritu. Olvidado de todo lo demás, no veo sino la feliz casualidad que determinó nuestro encuentro, y me propongo ser fiel a la simpatía que experimenté por ti desde el primer momento. La amistad es un don del cielo y sus frutos no tienen precio. Y voy a contarte, a propósito de eso, una historia conmovedora que viví en Italia, en la época de mis estancias en aquel país. Escucha bien. Aconteció que un noble príncipe, amante de las artes y esclarecido protector del verdadero talento, había ofrecido un premio considerable a la mejor ejecución en pintura de un tema muy interesante, pero cuyos detalles estaban erizados de dificultades. Dos artistas jóvenes, unidos por una leal amistad, que habitaban y trabajaban en común, se presentaron al concurso. Para tentar el éxito reunieron sus mejores dotes en imaginación y en conocimientos prácticos. El mayor, que era el más hábil para el dibujo y la composición, hizo el boceto en un abrir y cerrar de ojos. Ante esa prueba de un espíritu dotado para la creación, el más joven se sintió descorazonado y hubiera tirado los pinceles si su amigo no le hubiera animado con enérgicos consejos. Cuando empezaba a pintar la tela, el más joven se desquitó desde el primer día con la finura de la pincelada y la ciencia del colorido, que llevaba tan lejos como pudiera exigirse al más experto artista. De esta asociación de dos talentos resultó que el más joven de los dos amigos presentó al concurso un cuadro de exquisita perfección de línea, mientras el otro, por su parte, logró una maravilla de ejecución como nunca había realizado. Terminadas las dos obras, los dos artistas se abrazaron felicitándose a porfía por el buen éxito que mutuamente se prometían. Él más joven se llevó el premio. —¿Cómo puedo aceptar yo el laurel de oro? —exclamaba—. ¿Qué sería de mi obra personal sin los consejos y los retoques de mi amigo?—. Pero el mayor le respondía: —¿No me has ayudado tú con los más atinados consejos? En cada una de nuestras obras hemos reunido lo que poseíamos entre los dos de experiencia y de imaginación para llegar a un éxito común. El triunfo de uno de nosotros no es de ninguna manera una derrota para el otro. La gloria cubre siempre a dos amigos como nosotros con un mismo laurel. ¿Y no crees, Federico, que el pintor tenía razón? ¿Podrán nunca los celos tener acceso a las almas honradas?

— ¡Claro que no! —exclamó Federico.—. Por eso nuestra amistad nació en el mismo momento que nos reunió, y dentro de algunos días nos ocuparemos en los mismos trabajos y en una misma ciudad. ¿Quién sabe si a no tardar rivalizaremos, cuidando cada uno de fabricar, lo mejor que pueda, sin fuego, un magnífico tonel de dos cargas para ganar la categoría de maestro? Que Dios guarde de la rastrera envidia a aquel de los dos que obtenga el menor número de votos.
— ¡Cómo! ¿Envidia? —replicó Reinhold, con alegre vivacidad—. Sólo pido que cada uno de nosotros preste ayuda a su compañero. Te advierto que en lo tocante a dibujo, conocimiento de las medidas y cálculo de la capacidad, hallarás en mí las más positivas instrucciones; además por lo que atañe a la elección de la calidad de la madera, descansa en mí; yo te guiaré en tu trabajo con verdadero celo, y no por el hecho de haber comunicado a un amigo los secretos de mi arte temeré que mi obra pueda resultar menos perfecta.
— ¡Ah, querido Reinhold! —le interrumpió Federico— ¿a qué viene hablar en estos momentos de obra maestra y de rivalidades? ¿Acaso ha llegado la hora de disputarnos la bella Rosa?... ¡En mi pobre cerebro van revueltas las ideas!
—¿Pero, quién ha hablado de Rosa? —dijo Reinhold, soltando una carcajada—. Creo que estás soñando con los ojos abiertos. ¡Ea! Prosigamos adelante, que no hemos llegado todavía al término de nuestro camino.
Federico y su amigo volvieron a emprender la marcha. Pararon en la primera posada que hallaron en uno de los barrios extremos de la ciudad. —Y ahora, ¿a quién ofrezco mis brazos? —dijo Reinhold—. A no ser que tú me hagas el favor de presentarme a maese Martín. Porque yo no tengo conocidos en la ciudad.
—¡Buena idea! —respondió Federico, faltándole tiempo para demostrar su gratitud—. Iremos los dos a hablar con él. A tu lado no sentiré tanto el miedo y no me turbaré como si fuera solo.
Después de acicalarse, salieron ambos de la posada, dispuestos a hacer una visita a maese Martín. Era domingo, y precisamente el día señalado por el rico tonelero para celebrar con un banquete la categoría gremial a la que le habían elevado. Eran poco más o menos las doce cuando nuestros dos jóvenes andantes entraban en su casa, donde tintineaban los vasos y las vajillas, y alegraban el aire las ocurrencias de los convidados.

Mal momento para visitas —exclamó Federico—. Al contrario —observó Reinhold—. En medio del júbilo que excita el vino generoso, los hombres son más tratables. Apostaría cualquier cosa a que maese Martín va a recibirnos muy bien—. Y efectivamente, el tonelero, al cual se habían anunciado, salió a recibirlos, sintiendo al parecer los efectos del vino en el andar, y con las mejillas rubicundas, y reconoció inmediatamente a Federico. —¿Eres tú, buen muchacho? —exclamó—. ¡Bien, bien!... ¿Has aprendido ya la noble profesión de tonelero? Recuerdo que ese loco del señor Holzschuer, cuando yo le hablaba de ti, pretendía que habías nacido para cincelar figuras y balaustres como los tenemos aquí en la iglesia de San Sebaldo y en Augsburgo, en casa de Fugger. A mí ninguno de esos cuentos me causaba sensación, y te felicito por haber tomado la decisión más sana. ¡Mil veces bien venido! —. Y al decir esto le dio un estrecho abrazo. El pobre Federico recobró el ánimo con esas muestras de afecto del tonelero, y se apresuró a aprovechar la ocasión para solicitar su admisión, y también la de su compañero en los talleres del maestro. —Una vez más celebro vuestra llegada —insistió el tonelero— ya que actualmente llueven encargos y los buenos operarios son raros. Descargaos de los sacos de viaje y acompañadme. El convite toca a su fin, pero algo queda y Rosa se encargará de trataros lo mejor que sepa—. Y entraron los tres en el comedor.

Rodeaban la mesa los venerables maestros del gremio de toneleros, en plena animación, bajo la presidencia del digno consejero Paumgartner. Estaban ya en los postres y borboteaba en tornasoles de oro el vino del Rin servido en grandes vasos. La conversación y las risas formaban un alegre coro que hacía retemblar los vidrios; pero al aparecer maese Martín entre los dos compañeros, que presentó a los concurrentes, todas las miradas fueron a ellos, y se hizo el silencio como por encanto. Reinhold paseaba a su alrededor una mirada segura, pero Federico con los ojos bajos, parecía turbado. El tonelero les colocó al cabo de la mesa, y aquel sitio, el más humilde un momento antes, se convirtió en envidiable lugar de preferencia al sentarse la linda Rosa entre los dos nuevos convidados, a los que cuidó de ofrecer los mejores vinos y los más delicados platos. Al lado de aquella graciosa criatura, Federico lograba apenas contener su emoción, y con los ojos fijos en el plato lleno, porque no le era posible probar bocado, decía mentalmente un sinfín de cosas tiernas a la amada. Reinhold era muy distinto; vividor, seguro de sí mismo, sabía apreciar todas las gentilezas de la niña. Rosa no podía defenderse de un íntimo placer al oírle detallar los incidentes de sus viajes; le parecía ver surgir en formas reales las anécdotas que contaba de su vida. Instintivamente su corazón se dejaba seducir por el encanto de aquel carácter excéntrico, y no tenía ni fuerza para retirar la mano que Reinhold había cogido varias veces, apretándola de un modo muy significativo.

Entretanto, instado por su amigo, Federico acabó por beber un vaso entero de vino del Rin. El calor de este líquido le subió a la cabeza y le soltó la lengua; animáronse sus venas y la sangre corría con más rapidez. — ¡Dios mío, qué feliz me siento! ¡Qué bienestar inefable! —. La hija de maese Martin no pudo contener una sonrisa maliciosa—. Rosa —prosiguió Federico— ¿sería atrevido creer que se ha acordado de mí alguna vez? —¿Cómo podía olvidarle? —respondió la joven—. Recuerdo los días de mi infancia, cuando le agradaba jugar conmigo, y he conservado cuidadosamente el cestillo de hilo de plata que me dio una vez por Nochebuena.
—¡Amada Rosa! —exclamó Federico, olvidado de todo lo demás. Sus ojos ardían, y sentía oprimido el pecho—. Esperaba su vuelta con impaciencia —prosiguió Rosa—. Pero, lo que no sé imaginar ni comprender es cómo, habiendo ejecutado ya entonces obras tan acabadas, bajo la tutela de maese Holzschuer, haya podido abandonar la carrera de artista y transformarse en un simple oficial tonelero.
— ¡Pero si lo hice por usted! —le interrumpió Federico con entusiasmo—. Únicamente por usted me he sacrificado!—. Apenas lo había dicho se sonrojó y se turbó como si hubiera soltado una afirmación extemporánea. Realmente había algo de imprudencia en el fondo de esta confesión a quemarropa. Ruborizada a su vez, Rosa que lo había comprendido muy bien bajó los ojos, y no se la oyó más hasta que una feliz coincidencia vino a sacarla de aquella embarazosa situación. El señor Paumgartner, golpeando la mesa de roble con su cuchillo para que cesaran las conversaciones, anunciaba que maese Vollard, el más notable de los maestros cantores de la ciudad, iba a entonar una canción.

El aludido se levantó al punto, tosió, escupió, se sonó, se pavoneó, y con voz llena y sonora atacó un canto nacional compuesto por Hans Vogelgesang. Todos los comensales se sentían electrizados y el mismo Federico recobró el aplomo propio de la juventud. Luego que maese Vollrad hubo cantado diversas piezas, invitó a los concurrentes a que a su vez quisieran cantar. Reinhold fue por su mandolina, y después de unos suaves acordes se desplegó en este Lied:

«¿Dónde está la fuentecilla que da el buen vino? En las sombras de un tonel. De allí salen las ondas de oro que se transforman en el vino que rebulle en nuestros vasos. ¿Quién ha creado el precioso envase de amables chorros áureos? El arte del tonelero es su creador. ¡El tonelero se regocija al beber su vino, y son los compañeros del tonelero el vino generoso y el amor casto y puro!»

Vivos aplausos cubrieron la voz del que cantaba, pero en todo el auditorio nadie parecía gozar como maese Martín; sin hacer caso del comentario lleno de celos de Vollrad, empeñado en sostener que el método de Reinhold participaba de las imperfecciones de Hans Müller, llenó el mayor de los vasos que había en la mesa y levantándolo exclamó:

—¡Acércate, buen compañero y alegre maestro cantor; bebe un trago en el vaso de maese Martín! —Reinhold obedeció y al volver a su sitio instó en voz baja a Federico para que diera a conocer también sus méritos, cantando lo que el día anterior le había cantado. —¡Vete al diablo! —murmuró Federico, con un ademán de impaciencia. Sin hacerle caso, Reinhold se levantó y anunció en voz alta: —Venerables maestros y señores, aquí está mi querido amigo Federico, que domina mejor que yo un repertorio de baladas y canciones con las que os regalaría, si no fuera que el polvo del camino que acabamos de hacer le ha puesto algo ronco. Será, pues, si lo permiten, para la próxima reunión—. A estas palabras colmaron de atenciones y cumplidos a Federico, y algunos hubo entre aquella buena gente que pretendían, aún sin haberle oído, que su voz estaba muy por encima de los méritos de su amigo Reinhold. Maese Vollrad, después de embuchar un enorme vaso de vino, pretendió que el método de Reinhold se parecía demasiado al insulso género italiano y que el de Federico, en cambio, era fiel al tipo nacional alemán. En cuanto a maese Martín, se había hundido en su sillón, con la cabeza echada atrás, según su hábito, y golpeándose mesuradamente la barriga con los dedos exclamó: —Señores míos, verdaderamente ahí tenemos a mis oficiales, los alegres compañeros de mesa y de trabajo de maese Tobías Martín, el tonelero más afamado de Nuremberg.

Los asistentes no hallaron nada que rectificar a esta declaración, y después de ahogar en el fondo de sus vasos lo poco que les quedaba de razonamientos y de equilibrio en las piernas, se separaron con paso vacilante para dirigirse cuanto antes a la cama. A Federico y a Renhold maese Martin les cedió en su casa un cuartito de muy buen ver.

VII.
Al cabo de unas semanas de prueba, maese Martín había notado en Reinhold una aptitud poco común en el arte de medir y calcular con ayuda del compás y la escuadra, pero en cambio le veía poco dispuesto para el trabajo de taller, en el cual, en cambio, Federico se demostró infatigable. Ambos eran igualmente recomendables por su buena conducta, y de sol a sol hacían del trabajo un embeleso bordado de alegres canciones, de las cuales Reinhold tenía un rico repertorio. Cuando Federico, mirando de soslayo a Rosa, ponía en la voz un acento melancólico, Reinhold rompía a cantar un estribillo malicioso —«¡ Ni un tonel es un laúd, ni un laúd es un tonel!»—. Y el viejo Martín, que no veía en ello mala intención, permanecía algunas veces un rato con el martillo en alto, sin descargar el golpe en la duela, y reía con su risa de hombre obeso. Pero la gentil Rosa, que comprendía algo más, sabía inventar mil y un pretextos para rondar por el taller. Un día, maese Martín entró en su taller del Portal de las Damas con ademán compungido. Sus dos oficiales predilectos estaban ajustando un barril. Se paró con los brazos cruzados delante de uno de ellos.

—Mis buenos amigos —les dijo—, estoy satisfecho de vuestro comportamiento y de vuestra labor, y así y todo muy preocupado. Me escriben que las vendimias del Rin superarán este año todos los resultados obtenidos hasta la fecha; un famoso astrólogo ha presagiado la aparición de un cometa, cuyo calor está llamado a promover una fertilidad prodigiosa; los frutos de la vid se verán centuplicados; y el admirable meteoro no volverá a aparecer hasta pasados otros tres siglos. Imaginad la enormidad de trabajo de taller que esto representa. Para comenzar, el venerable obispo de Bamberg, el más fino catador de Alemania, me encomienda la construcción de un inmenso tonel. Solos, no podremos con tanto encargo como nos viene encima; por esto me veo precisado a tomar otro oficial que sea diestro, activo y celoso como vosotros mismos. Líbreme Dios de contratar a nadie de quien no tenga los mejores informes. ¡El tiempo apremia! ¿Qué vamos a hacer para quedar bien servidos? ¿Vosotros, no conoceríais algún otro oficial? Dondequiera que se encontrase le mandaríamos a venir, y en cuanto al jornal no me duelen prendas.

Apenas había terminado de decir estas palabras, se abrió ruidosamente la puerta del taller y compareció un joven de aventajada estatura, decidido y bizarro, que gritó con voz estentórea: —¡Hola! ¿Es éste el taller de maese Martín?
—Éste es —respondió el maestro andando unos pasos al encuentro del forastero—. Pero, no es para entrar en él, mozo, a manera de un diablo dispuesto a arremeter contra todo y voceando de esta manera. Éste no es modo de entrar en las casas.
—¡Ah, ahí —repuso el joven—. ¿Sería usted acaso maese Martín en persona? Vientre hinchado, triple sotabarda, unos ojos que echan llamas y una nariz cubierta de granos... Exactamente como me lo han descrito. ¡Maese Martín le saludo con veneración!
—¿Y qué diablo pretende usted de maese Martín? —le preguntó el tonelero, de mala gana.
—Soy oficial tonelero de cierto mérito —repuso el joven— y ando en busca de trabajo.
Retrocedió unos pasos el tonelero, sorprendido al ver que un mozo de tan buen talante se presentaba precisamente cuando le era necesario. Le miró de pies a cabeza, y viéndole sano y vigoroso se apresuró a pedirle certificados de los maestros bajo cuyas órdenes hubiera trabajado.
—No los tengo ahora —replicó el joven— pero los pediré y creo que se los podré dar dentro de unos días. Interinamente espero que bastará que empeñe mi palabra de hombre honrado y de buen operario—. Y sin dar tiempo al maestro a hilvanar una respuesta, el nuevo oficial, dirigiéndose a un extremo del taller, dejó en el ángulo el sombrero y el saco de viaje, se puso en mangas de camisa, y ciñó su delantal de trabajo exclamando de un talante decidido: —¡Vaya, maese Martin! ¿Con qué empezamos?

Sorprendido de esta entrada en funciones que parecía excluir hasta la posibilidad de una negativa, el tonelero reflexionó breve rato, y dirigiéndose de nuevo al forastero le dijo: —Ya que tanta confianza tiene en sí mismo, compañero, dé pruebas de su aptitud ahora mismo. Empuñe la doladera y acabe de pulirme sobre este banco los aros para afirmar este barril.
El recién llegado se puso a la obra y pronto hubo ya terminado la pieza que era como la prueba del examen.

—¿Qué le parece a usted, maestro? —dijo con su jovialidad característica—. ¿Duda todavía de mis capacidades? Pero veamos un poco las herramientas de que se sirven por aquí—. Y lo removió todo, examinando cada objeto con ojos de hombre entendido. —Maestro —exclamaba de vez en cuando—, hágame el favor de ese martillo... ¿No es más bien un juguete de sus chicos? Y esta doladera diminuta, ¿será para uso de aprendices?—. Con mano vigorosa, hizo dar vueltas a un enorme martillo, del que Reinhold no hubiera podido servirse y que Federico levantaba con dificultad, y con no menos soltura se entretuvo en juegos malabares con la doladera de maese Martín. Por remate de proezas hizo bailar un par de grandes toneles con la misma facilidad que si jugara con unos chirimbolos, y luego, cogiendo con ambas manos una duela maciza que la garlopa no había adelgazado todavía, exclamó: —Es de buena madera de roble, pero quebradiza como el vidrio—. Y pasando de las palabras a la obra, rompió la duela contra el canto de una piedra de afilar.
—¡Por las reliquias de San Sebaldo, basta ya de pruebas, compañero! —exclamó maese Martín—. No fuera caso que, dejándole hacer, me rompiera los fondos de este tonel de dos cargas y que destroza todo el taller. ¡Capaz sería de hundir la casa! ¡No pretenderá usted que vaya a pedir a guisa de doladera, la espalda de Rolando, el paladín, que se conserva en la Casa de la Villa de Nuremberg!
—¿Y por qué no si eso hubiera de complacerle?— respondió el joven, dirigiendo al tonelero una mirada llena de fuego; pero pronto bajó los ojos, y prosiguió, con voz más apacible: —Mi única idea ha sido, querido maestro, que tal vez pudiera necesitar para sus trabajos de mayor envergadura un obrero vigoroso; pero quizá pensará usted que he pasado los límites de lo permitido. Le ruego que me lo perdone y que me permita quedarme en su casa a trabajar con todo el rigor que quiera usted exigirme.

El tonelero Martín iba de sorpresa en sorpresa. La transición apacible del joven oficial le causaba una sensación indefinible. Los rasgos y los ademanes de aquel hombre eran trasunto de un alma honrada, que no dejaba lugar a dudas. Había en su fisonomía un parecido con la de alguien que en su pasado conoció y veneró, sin que el recuerdo llegara a concentrarse. Accedió por fin al ruego del joven, con la única condición de que respondieran de él los maestros en cuyos talleres había aprendido el oficio. Mientras se estaba arreglando este asunto, Reinhold y Federico terminaban su barril y comenzaban a ponerle los aros. Para animarse al trabajo entonaron un Lied de Adán Puschmann. Pero Conrado, tal era el nombre del nuevo compañero, les increpó:

—¿Qué galimatías es ese? ¡Diríase un millón de ratones que invaden el taller! Si pretendéis cantar que al menos sea de manera que el canto estimule al trabajo. Voy a daros el ejemplo de lo que debiera ser—. Y con voz de trueno se puso a aullar una canción de cazadores que terminaba en gritos inarticulados que remedaban a la perfección ora los ladridos de una jauría que se lanza tras la pieza ora las exclamaciones de los cazadores, y con tal vigor que la casa trepidaba.

Maese Martín se tapaba las orejas, y los chicos de la señora Marta, la viuda de Valentín, abandonaban sus juegos y corrían a guarecerse debajo de un montón de viruta, y Rosa, que acertaba a entrar en la casa, temió una desgracia al oír aquellos gritos inauditos, cuya causa ignoraba. En cuanto Conrado se dio cuenta de la presencia de la hija del maestro cesó de cantar, y acercándose a ella con la más noble actitud y el acento más amable, le dijo:

—¡Oh, mi encanto, qué claridad celeste ha iluminado esta pobre cabaña de obreros al entrar usted en ella! A saber que estaba usted tan cerca me hubiera abstenido de herir sus oídos con mi canción salvaje. Y vosotros —prosiguió, dirigiéndose a Martín y a los dos compañeros— ¿no creéis que debemos imponer un momento de silencio a los martillos mientras esta joven querida permanece entre nosotros? Aquí no cabe más que la dulzura de su voz, y no deberíamos soñar en otra ocupación que la de atender a sus más mínimos deseos y obedecerlos humildemente.

Reinhold y Federico cambiaron unas miradas, que eran testimonio de cómo les descontentaba el requiebro. En cuanto a maese Martín soltó una de sus acostumbradas carcajadas y respondió: —¡Pardiez, Conrado! Me parece usted el pájaro más singular que jamás haya metido la pata en mi casa. Entra usted dispuesto a hacerlo polvo todo bajo su pie de gigante mal criado; a continuación nos vuelve locos con sus aullidos, y para colmo de locuras se dirige a Rosa como a una princesa, con el ademán y con el lenguaje de un gran señor. Creo que mejor que mi taller, le convendría una celda en el manicomio.
—Su hija querida —respondió Conrado sin que aquel reproche algo vivo pareciera hacerle mella—, su amada Rosa es, bien puedo decírselo, la criatura más graciosa y más noble del universo; quiera el cielo que no sea insensible a los homenajes del más galante heredero de alcurnia que un día u otro pondrá a sus plantas su amor y sus blasones.

Maese Martín se contenía con ambas manos los costados para no estallar, pero, a despecho de sus esfuerzos una risa homérica se apoderó de él, y se removía como un endemoniado sobre su banco de trabajo. Al recobrar la palabra, exclamó: —Sin reparos, compañero, dedique a mi Rosa los nombres más preciosos que pueda imaginar; no seré yo quien lo impida, antes al contrario; pero lo que le recomiendo es que no deje holgar el martillo, que el trabajo apremia y la galantería debe ceder el paso. La alusión llegó al alma de Conrado, que respondió con fingida frialdad:

—Tiene razón—. Y volvió a su labor.
Rosa se había sentado cerca de su padre, encima de un barril que Reinhold acababa de pasar por la doladera para hacerlo más elegante, y que Federico se había apresurado a acercar a la joven. El maestro rogó a sus dos oficiales predilectos que cantaran para Rosa la canción que tan rudamente había interrumpido Conrado; éste permaneció mudo, sin prestar atención a otra cosa que a su trabajo. Una vez terminado el canto, el tonelero tomó nuevamente la palabra: —El cielo os ha dotado de talento, compañeros; no sabéis hasta qué punto llega mi pasión por el canto. Antaño tomé muy en serio la profesión de maestro cantor, pero en pago de mis esfuerzos únicamente coseché pullas de toda ley, porque unas veces falseaba las claves o el compás, y otras, si bien cantaba afinadamente por casualidad, mezclaba unas con otras las melodías. Me satisface ver que lo hacéis mejor que vuestro patrono, y será para mí un gusto oír elogiar a los oficiales de Tobías Martín que han logrado un éxito en lo que para él ha sido un fracaso. El próximo domingo los maestros dan un concierto en la iglesia de Santa Catalina, ambos podríais tomar parte en él y hacer un papel de lucimiento, ya que una parte de la sesión se consagra a los cantores forasteros que tengan a bien cantar delante de una concurrencia selecta. Así, pues, mi señor Conrado —prosiguió maese Martín— si le es grato obsequiar a los oyentes con aquella canción salvaje, puede darse este gusto.

—¿A qué hacer burla de mí, querido maestro?— respondió Conrado, sin levantar los ojos— Cada cosa en su sazón; he aquí por qué he resuelto tumbarme sobre el césped aquel día, mientras dure la reunión de los maestros cantores.

Lo que el tonelero había previsto se cumplió. Reinhold subió a la tarima y cantó varias veces a satisfacción de todos. Y cuando llegó la vez de Federico, éste paseó por la asamblea una ancha mirada velada de melancolía, que llegó al corazón de Rosa, y con la voz graciosamente modulada entonó una canción de Enrique Frauenlob, que mereció nutridos aplausos, ya que los entendidos reconocieron unánimemente que el joven forastero les superaba a todos. Al atardecer, cuando tocaba a su fin el concierto, maese Martín, transportado por el buen éxito de sus oficiales predilectos, les permitió acompañarle, al lado de su hija, a una pradera de las que ciñen la ciudad. Rosa andaba ágil y retozona entre los dos jóvenes; Federico, enorgullecido por los elogios que delante de ella le habían prodigado los maestros cantores, se permitió susurrar al oído dulces palabras, cuya intención amorosa no dejaba lugar a dudas, si bien ella hacía como si lo ignorara y se ocupaba, al parecer, de Reinhold, quien llevó la audacia o la desenvoltura hasta apoderarse como por azar de aquel brazo, el más lindo y bien torneado que haya existido jamás en un cuerpo femenino. Una vez en la pradera, término del paseo, se reunieron con otros grupos juveniles que hallaban diversión en un sinfín de juegos y de ejercicios en que el vigor físico decidía la victoria. El tonelero Martín, no menos curioso que los demás, se abrió paso a codazos para ver más de cerca al feliz vencedor, objeto de los interminables vítores de la concurrencia. Éste no era otro que Conrado, que se llevaba todos los trofeos en la carrera y en la lucha, y se demostraba el más certero entre los tiradores. En aquel mismo momento Conrado, elevando la voz, retaba a un combate a espada a los más hábiles de sus rivales. A todos venció Conrado, que de este modo se llevó todos los honores de la jornada.

Iba el sol a su ocaso y las llamas rosadas del crepúsculo se extendían en el horizonte como una barrera de oro. El tonelero, Rosa y los dos artesanos se habían sentado cerca del chorro de una fuente que regalaba al césped frescor y fertilidad. Reinhold se había puesto a relatar múltiples recuerdos de la brillante Italia, en tanto que Federico estaba pendiente de las miradas de Rosa, en silencioso recogimiento. Conrado había venido con el paso tardo del hombre que vacila y que recela algo.

—Vaya, Conrado, acérquese de una vez —le había gritado maese Martín—. Ha sido para usted una tarde de éxitos francos y halagüeños. Mi parabién. Me satisface ver distinguirse en todo a mis oficiales. Aquí tiene usted sitio: ¡Acérquese!
Lejos de sentirse halagado por esta cordialidad, Conrado dejó caer sobre su patrón una mirada orgullosa y displicente.
—No es a usted a quien buscaba, y puede creer que no necesitaría permiso para sentarme a su lado si se me ocurriera. He vencido hoy a todos los que han querido competir conmigo, y ahora quiero suplicar a su hermosa hija que me otorgue como premio de mi victoria el ramo perfumado que adorna su pecho—. Y al decirlo puso humildemente la rodilla en el suelo delante de Rosa y la cubrió de una mirada ardiente—. Bella Rosa —le dijo luego— no me niegue este favor tan sencillo, pero precioso para mí.

La hija de maese Martín no pudo negarse a un ruego tan cortés. —Es muy justo —le dijo— que un caballero de sus méritos obtenga algún recuerdo de la dama de sus pensamientos. Para usted es el ramo, pero ¡mire cómo se han marchitado ya las flores! Conrado prendió en su sombrero aquellas flores después de cubrirlas de besos ardientes. El padre no parecía dar importancia a este primer tiento. —Ea —dijo— basta de niñerías, que ya ha anochecido y es hora de que volvamos a casa—. Pasó él delante, Conrado enlazó su brazo al de la joven con una galantería que contrastaba singularmente con las maneras bruscas que le eran habituales, y Reinhold y Federico siguieron en último término con ademán desabrido, teñido de mal humor. Y los paseantes decían al verles: —¡Fíjense, ahí va el acaudalado tonelero Tobías Martín y sus bravos oficiales!

VIII.
Desde la aurora del día siguiente, la linda Rosa, sentada a un lado de la ventana de su cuartito, soñaba dulcemente en la tarde anterior. La labor de tapicería se le había caído de las rodillas, sus manos blancas surcadas de azuladas venas se habían juntado como para orar, y su cabeza graciosa se inclinaba sobre su pecho. ¡Quién diría por qué regiones vagaban sus recuerdos! Tal vez le parecía oír resonar las tiernas canciones de Reinhold y de Federico, o prefería acaso imaginar a sus pies el bizarro Conrado que le pedía de rodillas, con la mirada ardiente y la voz acariciadora, el premio de las victorias obtenidas en los juegos del día anterior. Dejaba de balbucear unas notas para susurrar unas sílabas entrecortadas, como de quien sueña.

—¿Quiere usted el ramo? —Un ojo perspicaz hubiera sorprendido en sus mejillas un reflejo de un rosa más subido que de ordinario y debajo de los párpados casi cerrados unos vagos destellos que hacían palpitar sus pestañas de ébano, y hubiera adivinado el secreto de los suspiros que henchían su fino corpiño. Pero, he aquí que la señora Marta, la viuda de Valentín, entró en el cuartito, y Rosa, sobresaltada en el ensueño de sus recuerdos, se apresuró a contarle detalladamente la fiesta de Santa Catalina, y el paseo al atardecer por entre las matas en flor. Al cabo de la importante narración, la señora Marta le dijo, sonriente: —Quiero creer que eres dichosa, mi querida Rosa, de poder elegir entre los tres galanes.
—¡Por Dios! ¿Ha dicho usted tres galanes?
—¿Y por qué no? —insistía Marta—. ¿A qué tantos misterios a propósito de un asunto que salta a la vista? ¿Crees que pasa desapercibido el hecho de que los tres oficiales de maese Martín están prendados de ti con verdadera pasión?
—¡No me hable más de eso! —la interrumpió la joven, con los ojos bañados de llanto.
—Vamos, niña —repuso Marta, estrechando a Rosa en sus brazos—, no me ocultes la verdad. No puede haberte pasado por alto que los tres jóvenes se distraen del trabajo cuando apareces tú, y que sus martillos no dan en el clavo porque ponen en ti la mirada. ¿Acaso no sabemos que una muchacha se da cuenta en seguida de esas cosas? Bien sabes tú que Reinhold y Federico reservan sus más bellas canciones para las horas en que tú te sientas a trabajar al lado de tu padre. ¿Y no has notado tampoco el cambio que se ha obrado en Conrado, antes tan brusco y destemplado en sus modales? Cada mirada tuya hace a un hombre feliz, y a dos celosos. No me dirás que no sea agradable ver enamorados de ti a tres jóvenes, a cual más apuesto. Y si un día te acercaras a mí con miras y me dijeras: Aconséjeme, señora Marta ¿cuál de los tres merece mi mano y mis afectos?, ¿sabes lo que respondería, querida Rosa? Escoge tú misma y harás tu felicidad. Si fuéramos a discutir el mérito, Reinhold me es bastante agradable, Federico también y Conrado igualmente, aunque en cada uno hallaríamos algún defecto. Cuando les veo de la mañana a la noche trabajando con tan buenos ánimos, pienso a pesar mío en mi pobre Valentín y me digo que, si no era más hábil que ellos en el oficio, se entregaba a él más seriamente. Sólo se ocupaba de manejar la doladera o de ajustar según el arte las duelas, mientras que los tres oficiales de maese Martín se me antojan una gente que se ha impuesto voluntariamente una tarea, y que acaricia un plan que yo no veo todavía claramente. Con todo, criatura, si quieres creerme tu preferido sería Federico. Entiendo que es generoso y noble como el oro, y también me parece el más sencillo y el más cercano a nuestro modo de ser en sus maneras, su lenguaje y su línea de conducta. Y además me cautiva el progreso lento, silencioso, de su tímido amor. Hay en él la incertidumbre y el candor de un niño. Se atreve apenas a dirigirte la mirada; se sonroja cuando le hablas. Estas cualidades, querida, valen más que otras que las exceden en brillantez; y he aquí por qué este muchacho me atrae.

Al oír hablar así a la señora Marta, no pudo contener Rosa dos grandes lágrimas que brillaban en sus ojos hacía un rato. Se levantó y se acercó a la ventana para apoyarse en su alféizar.

—Amo a Federico, es cierto— dijo con una graciosa mueca— pero, ¿no es también digno de ser notado Reinhold?
—Tienes razón —exclamó la señora Marta—. Hemos de confesar que de los tres, es el de figura más aventajada. Nunca he visto otros ojos que centelleen como los suyos cuando te miran; pero hay un no sé qué de raro y de afectado en toda su persona que me causa un malestar indefinible. Me digo que un tal oficial hace demasiado honor al taller de maese Martín. Cuando habla diríase que hay música en lo que dice, y cada una de sus palabras te transporta más allá de la vida real; si intentas reflexionar sobre lo que acaba de decir, habrás de confesar que no has comprendido nada. Por lo que a mí atañe, le considero como a un ser de una naturaleza distinta de la nuestra, y hecho, en cierto modo, para vivir dentro de otras leyes. En cuanto a Conrado, el brusco Conrado, es una mezcla de pretensiones y de orgulloso que desdicen del delantal de cuero de un simple artesano. Cada uno de sus gestos es imperativo, como si tuviera el gobierno de la casa; y, efectivamente, desde que está aquí, el mismo maestro ha sentido los efectos de su ascendiente, hasta el punto de doblegar delante de él su voluntad de acero. Si olvidamos lo poco grato de su temple, es por lo demás el mejor de los hombres, y muy leal; llegaría a decir que prefiero su rudeza, su cerrilidad, a la exquisita elegancia de modales de Reinhold. Debe haber servido en la milicia, porque conoce muy bien el manejo de las armas y es capaz de unos ejercicios que no son propios de quien no hubiera sido hasta ahora más que un obscuro obrero... Pero me parece, querida Rosa, que te veo distraída, a cien leguas de lo que estoy diciendo. Vamos a ver. Tú, ¿cuál de los tres preferirías para novio?

—Es mucho preguntar —respondió la joven—. Todo lo que puedo decirle es que a Reinhold no le juzgo como usted hace.
Al oír esto la señora Marta se puso en pie, y moviendo la mano con gesto amable, resumió:
—Basta. Así, pues, será Reinhold el novio. Esto cambia todas mis ideas...
Le ruego —exclamó Rosa, acompañándola hasta el umbral—, le suplico que no haga suposición ninguna sobre lo dicho porque, ¿quién puede asegurar lo que será el mañana? Que la Providencia decida.

Desde hacía unos días una rara actividad animaba el taller del tonelero. Maese Martin se vio obligado, para atender a todos los encargos que iban llegando, a reclutar otros aprendices y jornaleros, y de la aurora a la noche los martillazos levantaban un ruido ensordecedor. Habíase confiado a Reinhold el cálculo de la capacidad del gran tonel encargado por Su Alteza el príncipe obispo de Bamberg. A esta labor de inteligencia y reflexión, Federico y Conrado le habían prestado el auxilio de la fuerza y destreza de sus brazos, y gracias a su celo se logró una ejecución tan perfecta que maese Martín no cabía en sí de gozo. Bajo su inspección los tres compañeros cuidaban de colocar los aros, y los martillos se enarbolaban y caían acompasadamente, mientras el anciano Valentín, el abuelo de los huerfanitos, pulía las duelas y la buena Marta compartía las horas entre las faenas caseras y la vigilancia de los chicos. Era tal el ruido en el taller, que no habían notado los pasos del señor Holzschuer. El primero en darse cuenta de su entrada fue maese Martín, que se dirigió a él para preguntarle qué deseaba. —Dos cosas —respondió Holzschuer—. Ante todo, ver a mi antiguo alumno Federico, al que encuentro trabajando de lo lindo, y luego rogar a usted, querido maestro, que mande construir para mi bodega un tonel de los más grandes. ¡Toma! Según veo, están terminando uno que me conviene. Diga el precio.

Reinhold que después de un corto descanso volvía a su labor, oyó las palabras del señor Holzschuer, y respondió, poniéndose en lugar del maestro. —Abandone usted esta idea, querido señor; se trata de un encargo del respetable príncipe obispo de Bamberg, y nos lo ha pagado ya—. En verdad, no me es permitido cedérselo —reafirmó maese Martín—. Basta fijarse en lo escogido, en lo acabado de la labor para comprender que el tonel irá a una bodega de príncipe. ¿No se ha fijado usted? No piense más en él, como ya le ha advertido mi compañero. Le prometo para después de la vendimia un tonel que siendo más sencillo le servirá lo mismo.

El viejo Holzschuer, amoscado por los pretextos del maestro Martín, le replicó bruscamente que su dinero valía tanto como el oro del príncipe obispo de Bamberg, y que ya sabría él proveerse en otro sitio y más ventajosamente, de unos toneles no menos bien fabricados. Al tonelero le costaba contener su cólera; forzado a callar en presencia del señor Holzschuer que gozaba en Nuremberg de una gran autoridad, devoró su despecho, y miró alrededor buscando un pretexto cualquiera para desahogarse, cuando Conrado, que no estaba muy atento a la conversación, empezó a darle nuevamente al martillo, para ceñir las duelas con los aros. Volvió la cabeza maese Martín, y golpeando el pavimento con el pie, le increpó:

—¡Animal, estúpido! ¿Estás loco? ¡No comprendes que vas a romper el tonel más fino que haya salido de los talleres de Nuremberg?
—¡Oh! ¡Oh! —dijo Conrado—. Mi maestrillo se incomoda. ¿Y, por qué, si me diera la gana no puedo yo romper el famoso tonel?—. Y volvió a sus violentos martillazos, de manera que, saltando el aro principal por culpa de un golpe descentrado, toda la máquina quedó desajustada.
—¡Pero condenado! —aulló maese Martín, rebosando rabia; y arrebatando de las manos del viejo Valentín una duela que éste estaba puliendo con el cepillo, descargó un rudo golpe sobre la espalda de Conrado, dejándole aturdido; pero después de esta primera impresión relampaguearon los ojos del joven, y rechinando los dientes exclamó con voz ronca
—¡Toma!

Había cogido la doladera más grande que tenían en el taller y la lanzó con todas sus fuerzas contra el maestro. Federico tuvo escasamente tiempo para apartarse, y el acero afilado, cuyo choque hubiera abierto el cráneo del anciano, sólo le alcanzó el brazo. Brotaba sangre de la herida; el tonelero perdió el equilibrio, y dando un tumbo por encima del banco de uno de los aprendices dio con su cuerpo en el suelo. Todos corrieron para sujetar a Conrado, cuyo furor se había exasperado delante del mal que acababa de hacer. Acrecentadas sus fuerzas por la cólera, se le veía dispuesto a quitarse de delante cualquiera resistencia; enarbolando la doladera ensangrentada iba a descargar un segundo golpe, cuando acudió Rosa, pálida como la muerte, al oír la barahúnda. Su aparición desarmó a Conrado, quien, arrojando lejos de sí la doladera, cruzó los brazos sobre el pecho y permaneció unos momentos inmóvil como una estatua. Después una íntima conmoción le hizo volver en sí, y dando de pronto un aullido desgarrador salió disparado. Nadie le persiguió. Los que habían sido testigos de la escena ayudaron a ponerse en pie al herido, y reconocieron que, por suerte, la doladera sólo había rozado las carnes. El viejo Holzschuer, refugiado detrás de un montón de tablas, se decidió a reaparecer y soltó una diatriba contra los oficios que ponían en manos de la gente común instrumentos mortíferos, y aconsejó a Federico que abandonara el taller y volviera a su primer oficio, al arte de fundir y cincelar los metales. En cuanto a maese Martín, al volver en sí y ver que había salido del apuro con poco más que el susto, se limitó a lamentarse del perjuicio causado al tonel de Su Alteza el príncipe obispo de Bamberg.

Después del suceso, maese Martín y el señor Holzschuer se fueron en silla de manos, y Federico y Reinhold volvieron a pie a la ciudad. Por el camino, ya casi de noche, oyeron cerca de un seto una voz gemebunda, que les pareció reconocer y un alto espectro se levantó de una zanja, tan bruscamente, que los dos amigos retrocedieron asombrados. Era Conrado quien les salía al paso. Desolado de su acto y de los resultados irreparables que suponía para su porvenir, les dijo: — ¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós! No me veréis más. Sólo os ruego que digáis a Rosa que la amo, y procurad que no maldiga mi memoria. Decidle que guardaré su ramo sobre el corazón toda mi vida. ¡Adiós, adiós, mis buenos camaradas!—. Y desapareció a campo traviesa—. El pobre Conrado no parece mal hombre —dijo Reinhold a su amigo—. Pero hay en él algo raro y misterioso, y su conducta no puede juzgarse según las reglas de la moral ordinaria. Tal vez con el tiempo conoceremos el secreto que nos oculta.

IX.
Desde aquella fecha reinaban en el taller de maese Martín el aislamiento y la tristeza. Reinhold había perdido su afición al trabajo y se pasaba horas enteras encerrado en su cuarto; maese Martín llevaba el brazo en cabestrillo y sólo de tarde en tarde abría la boca para maldecir al malvado forastero. Ni Rosa ni la señora Marta con sus chicos se atrevían a permanecer en el taller donde había tenido lugar aquella sangrienta escena. Y así como, al aproximarse el invierno, se oye algunas veces el hacha de un leñador solitario que rompe el silencio de los bosques, ahora se oía de sol a sol el martillo de Federico, que sin ayuda y lentamente iba dando remate al tonel para el obispo de Bamberg. La melancolía y el abatimiento se cebaban en el alma del joven. Rosa no ponía los pies en el taller desde que Reinhold, bajo pretexto de enfermedad, permanecía en su habitación, y de esto deducía Federico que era su amigo el preferido de la joven. Anteriormente ya le había parecido observar que reservaba para él sus más graciosas sonrisas y sus mejores palabras. No cabía duda. Llegado el domingo, en vez de aceptar la invitación de maese Martín casi curado de la herida, a un paseo con Rosa por las afueras de la ciudad, salió solo, bajo el peso de todas las congojas de su pensamiento, hacia el collado donde por primera vez había visto a Reinhold. Se tumbó en el césped, y se dio a soñar en las decepciones de su vida. Las esperanzas se habían borrado una tras otra como estrellas errantes, y lloró sobre la pradera cuajada de flores, que se inclinaban bajo el rocío de las lágrimas, como apenadas de su dolor. Y luego, sin que pudiera explicarse cómo, los suspiros que la brisa se llevaba convirtiéronse en palabras y se puso a cantar su pena, como hubiera podido cantar su gozo:

«¿Adonde has huido, estrella de mis esperanzas? ¡Cuan lejos estás de mí! Tu dulce brillo se ha borrado para alegrar otras miradas que te reclamaban. ¡Levantaos, tormentas nocturnas, menos terribles que las de mi corazón! ¡Sembrad a mi alrededor la tristeza y el luto! Mis ojos están anegados de lágrimas y sangra mi pobre corazón. ¿Por qué murmuráis tan tiernamente, olorosos bosques? Nubes de oro, velos del espacio, ¿a qué brillar con alegres destellos? ¡Ay, podréis derramar sobre mi tumba vuestros aromas y vuestras claridades! ¡La tumba es mi última esperanza porque en ella encontraré el sueño apacible de la eternidad! »

La voz de Federico iba reanimándose a medida que cantaba. Sintió en el pecho oprimido algún alivio, y su llanto era menos amargo. El viento de la noche susurraba en el follaje de los tilos jóvenes, los ecos misteriosos que circulan bajo los grandes bosques hacían llegar a su oído unos acentos dulces como palabras de un ser querido, y el horizonte ceñido de brumas de oro y púrpuras parecía instarle a que emprendiera las sendas de un porvenir más risueño. Federico se puso en pie, y volvió a bajar la pendiente bordeada de flores que conducía a la ciudad. Ya más calmado, evocaba otro atardecer en que seguía el mismo camino al lado de Reinhold, haciendo protestas de amistad perdurable. Recordando también la historia que entonces le contó aquél, a propósito de los dos pintores italianos, la expresión de sus ojos cambió como por encanto. Una luz de dolorosa certidumbre bañaba su pasado. Se persuadía de que Reinhold había amado a Rosa, y que fue este amor lo que le había devuelto a Nuremberg, bajo el techo de la casa del tonelero. La narración de la rivalidad amistosa de los dos pintores por obtener el laurel de oro le parecía simbolizar la rivalidad amorosa de la cual Rosa sería el galardón. Las palabras de Reinhold le volvían a la memoria y cobraban un sentido que antes no se le había manifestado. —Entre dos amigos— se dijo a sí mismo— no pueden prosperar ni el rencor ni la envidia. Será, pues, a ti, amigo cordial, a ti mismo a quien acudiré para saber si ha llegado la hora de que renuncie a toda esperanza—. Con estos pensamientos llegó Federico al umbral de la habitación de Reinhold. Pesaba un gran silencio en el espacio que el sol iluminaba con sus alegres rayos. Empujó la puerta, que estaba entornada, y entró, pero apenas había andado dos pasos quedó como clavado en el suelo, inmóvil como una estatua. Rosa, en la plenitud de sus encantos, le apareció magistralmente pintada en un retrato de tamaño natural; el tiento y la paleta apoyados en el caballete daban indicios de un trabajo reciente.

—¡Rosa! ¡Rosa! ¡Dios eterno!—suspiró Federico. En el mismo momento sintió que alguien le ponía la mano en la espalda. Era Reinhold—. ¿Qué opinas de este retrato? —le preguntó cariñosamente, con una sonrisa de felicidad—. ¡Eres un hombre muy superior a mí; eres todo un artista! —respondió Federico, abrazándole—. Ahora lo veo claramente. Tú mereces el premio que yo fui lo bastante loco para intentar disputarte. Porque yo tuve también un bello propósito de artista. Me había encariñado con la idea de fundir una estatuita de plata fina a la divina semejanza de Rosa. Ahora conozco lo insensato de mi orgullo. ¡Eres tú el único afortunado, el creador de la obra maestra! Repara cómo se anima su sonrisa con una vida celeste. ¡Los ángeles deben mirar así! Hemos luchado los dos para obtener lo mismo, pero son tuyos, Reinhold, el triunfo y el amor. A mí no me queda más remedio que abandonar este hogar y esta patria. Conozco que no he de ver nunca más a Rosa; no lo soportaría. ¡Perdóname, amigo! ¡Emprenderé hoy mismo mi triste peregrinación por el mundo, sin llevar conmigo nada más que mi amor y mi pobreza!

Con estas palabras Federico iba a salir, pero Reinhold se lo impidió con amistosa violencia. —Tú no saldrás de aquí —le decía con afectuosa instancia—, porque todo puede resolverse de modo muy distinto de como tú imaginas. No he de ocultarte por más tiempo el secreto de mi vida. Bien ves tú que no he nacido para ser tonelero, y la vista de este cuadro te ofrece la prueba de que no soy de los últimos entre los pintores. En los primeros años de mi juventud recorrí las ciudades de Italia para estudiar las obras de los grandes maestros. Mi talento desarrollado a base de una natural vocación, hizo que progresara rápidamente. Pronto vino a mí la fortuna del brazo de la gloria, y hasta el duque de Florencia me favoreció. En aquella época yo ignoraba todavía lo que ha producido el genio alemán, y hablaba sin conocimiento de causa de la frialdad, del desabrimiento de un Durero o de un Cranach, cuando cierto día un negociante en cuadros me puso delante una tela no muy grande del viejo Alberto: era una Madona, cuyo carácter sublime y cuya acabada ejecución me transportaron. En medio de mi entusiasmo comprendí en seguida que había algo mejor que la gracia amanerada del género italiano, y me decidí a recorrer los talleres de los pintores célebres de Alemania para iniciarme en los secretos de sus creaciones. A mi llegada a Nuremberg el primer objeto que impresionó mis ojos fue Rosa. Me pareció ver en la realidad a la bella Madona de Alberto Durero. Brotaba en mi alma un amor inmenso, como un incendio. Todo lo demás que en el mundo existía se borró de mi pensamiento, y me pareció que el arte, mi ocupación exclusiva hasta entonces, no tenía a partir de aquel momento otra misión que la de reproducir hasta el infinito los rasgos del divino objeto de mi pasión. Busqué los medios para introducirme en la morada de maese Martín. Me resultó de lo más difícil. Las astucias de que ordinariamente se valen los enamorados no hacían al caso. Iba a anunciarme abiertamente cerca de Tobías Martín y a pedirle la mano de su hija, cuando me enteré casualmente de que el honrado artesano había decidido formalmente que sólo aceptaría como yerno al más hábil tonelero de la comarca. No perdí el ánimo ante aquel obstáculo. Partí para Estrasburgo, donde aprendí el penoso oficio, dejando al cuidado de la Providencia la recompensa de mis esfuerzos. De lo restante tienes ya noticia. Una sola cosa me queda por revelarte, y es que no hace mucho, en un acceso de humor feliz, maese Martín me vaticinó que bajo sus auspicios llegaría a ser un famoso tonelero, y que le sería grato verme un día casado con su linda hija, que no me miraba con indiferencia, según él.

— ¡Ah, bien lo veo, es a ti a quien ama! —le interrumpió Federico—. Para ella yo no soy más que un modesto obrero, y en cambio, ha adivinado en ti el artista.
—¡Vaya, querido hermano, estás delirando! —repuso Reinhold—; no tienes en cuenta que Rosa no se ha pronunciado hasta la fecha por ninguno. Sé muy bien que se ha portado conmigo afablemente, pero de esto al amor hay un buen trecho. Prométeme, hermano, que permanecerás aquí otros tres días, en perfecta calma. He dejado a un lado los toneles, pero es que desde que me ocupo de esta pintura, todo lo que me distrae de ella me fastidia, y me siento cada vez menos dispuesto a proseguir en las tareas abrumadoras de un obrero.

Estoy decidido a echar a todos los diablos la doladera y el martillo. Dentro de tres días podré revelarte sinceramente las disposiciones de Rosa. Si me ama, continuarás tu ruta, y verás cómo el tiempo cura todas las penas, aun las que parten el corazón, como vulgarmente se dice—. Y Federico le prometió que esperaría.

Tres días más tarde, al anochecer, Federico volvía lentamente a la ciudad, después de su jornada de trabajo. No sin inquietud evocaba algunas torpezas que le habían valido reprimendas de parte del maestro. Había notado también que éste parecía preocupado, como removido por una íntima tristeza, y había podido entresacar de sus conversaciones los términos «cobarde intriga»..., «bondad mal recompensada». Pero no le había dado a él en particular ninguna explicación, y Federico no sabía qué pensar de ello cuando encontró cerca de los portales de Nuremberg un hombre a caballo. Era Reinhold.— ¡Ah! —exclamó éste—. Llegas a propósito. He de decirte muchas cosas—. Y, poniendo pie a tierra y cogiendo con una mano la brida de su caballo, mientras con la otra estrechaba la de su amigo, echaron a andar por entre los campos. Lo primero de que Federico se dio cuenta fue que Reinhold llevaba el mismo traje que el día de su primer encuentro. El caballo, enjaezado como para una larga ruta, llevaba a la grupa la valija de las ropas. —Considérate feliz, amigo —dijo Reinhold, con una voz de la que se traslucía un no sé qué de rudo y amargo—. Considérate feliz de manejar a tus anchas la garlopa y el martillo. Yo abandono desde estos momentos el reino de los toneles; acabo de despedirme de la bella Rosa y del respetable maestro, su padre...

— ¡Cómo! —exclamó Federico, estremeciéndose como si el rayo hubiera estallado por encima de su cabeza—. ¿Te pones en marcha cuando maese Martín te acepta como yerno y cuando Rosa te ama?
—Una fantasía más de tu cerebro de hombre celoso —dijo Reinhold—. Sólo sé que Rosa me hubiera aceptado por obediencia a su padre o por temor de él, pero el corazón no entiende de imposiciones, y el de Rosa no late por mí. Si así no fuera, yo hubiera llegado a ser tan buen tonelero como cualquier otro: seis días de la semana cepillando, poniendo aros, calculando capacidades, y el séptimo dándome importancia y luciendo las gracias de mi esposa en un banco de la iglesia de Santa Catalina o de San Sebaldo y luego, al caer la tarde, paseando buenamente por el césped en flor.
—No hagas burla —repuso Federico— de las costumbres sencillas y apacibles. La dicha circula sin ostentación dentro de los cauces ordinarios.
—Tienes mil veces razón —replicó Reinhold—, pero no me interrumpas. He hallado la oportunidad de confesar a Rosa mi afecto, y sé que su padre consentiría nuestra unión. Al decírselo he visto asomar lágrimas a sus ojos, y he sentido el temblor de su mano dentro de la mía. Como evitando mi presencia, me ha respondido: —Señor Reinhold, yo obedeceré las órdenes de mi padre—. Me he guardado de hacerle más preguntas, porque una claridad súbita ha iluminado mi alma y he reconocido, afortunadamente, que el amor a la hija del tonelero era un puro sueño de mi entusiasmo. No amaba a Rosa, sino a un ser ideal de que ella me había ofrecido una copia que yo, con pasión de artista, no cesaba de crear de nuevo. He comprendido que estaba enamorado del retrato, de una visión, de una belleza fantástica, y he vislumbrado, con un sentimiento de asqueo de mí mismo, el lastimoso porvenir que me esperaba cuando me habría cargado encima el título de maestro en el oficio y el peso de un hogar doméstico. Lo que yo amaba en la linda Rosa era una imagen celeste, adornada en mi interior de un destello divino, y que mi arte está llamado a vitalizar en las creaciones que sembraré a mi alrededor. El sino del artista es adelantarse al porvenir sin pararse en el camino para coger las flores. ¿Cómo podría yo renunciar a los triunfos del arte y pisotear los laureles que me promete? ¡Salve, tierra de las artes y del genio clásico, oh Roma, que me llamas en la lejanía! ¡Pronto volveré a verte!

Así llegaron los dos amigos a un sitio en que el camino se bifurcaba; Reinhold siguió el de la izquierda. —. ¡Adiós! —dijo a Federico, abrazándole—. Adiós, amigo. Separémonos. ¿Quién sabe si será para siempre?
Reinhold montó en su caballo, lo espoleó, y sin volver la vista atrás dejó a Federico, que permaneció largo rato en aquel sitio clavados los ojos en la carretera desierta, y volvió luego a casa con el corazón oprimido, agitado por sordos presentimientos, sintiendo la semejanza de la separación con la muerte.

X.
Al cabo de un tiempo, maese Martín, taciturno, daba la última mano al tonel del obispo de Bamberg. Federico, conmovido por la partida de Reinhold, trabajaba a su lado sin pronunciar una sola palabra. Por fin, el maestro arrojó el martillo, cruzó los brazos y dijo a media voz: —Ya no tenemos a Reinhold; ha seguido el camino de Conrado. Era un pintor como hay pocos, pero tenía la pretensión de burlarme. ¿Quién adivinaría un zorro tal debajo de su aspecto tan franco? El pájaro ha abandonado el nido; que al menos Federico permanezca fiel: vale mucho para el trabajo y no es pretencioso. Quién sabe lo que puede suceder. Si llegaras a ser, muchacho, un hábil maestro en el oficio, y si supieras agradar a mi Rosa... veríamos, veríamos...—. Y al decir esto recogió el martillo y volvió a su tarea. Las palabras del viejo tonelero habían despertado en Federico una cálida emoción que recorría todo su ser, pero al mismo tiempo un indefinible descorazonamiento le quitaba toda esperanza. Rosa que no había puesto los pies en el taller desde hacía muchos días, compareció ahora, con el rostro bañado de una tristeza mal disimulada, con señales de lágrimas recientes. —La causa de su llanto —se dijo Federico— es la partida de Reinhold—. Y esta idea le partía el corazón, y le impedía alimentar esperanzas.

Entretanto el tonel gigante se había terminado, y delante de su obra el tonelero sentía revivir la alegría de antaño. —Sí, hijo mío —dijo a Federico, golpeándole amistosamente la espalda— si logras construir una pieza que se asemeje a ésta, y si agradas a Rosa, serás mi yerno, lo cual no te impedirá practicar el arte del canto y reunir así una excelente doble fama. Como sea que de todas partes llovían encargos para su taller, maese Martín se vio obligado a reclutar dos nuevos oficiales de probada destreza, pero tocante a la conducta todos ellos eran unos verdaderos perdularios, bebedores y turbulentos en grado máximo. En el taller del tonelero resonaban ahora bromazos y canciones tan groseras que Rosa hubo de abstenerse de volver a él. Federico se sentía aislado. Al verla de paso algunas veces suspiraba, poniendo en la muy amada una mirada de fuego con la que parecía decir: —Ya no es la misma Rosa de los días de Reinhold, tan buena y encantadora—. Pero la joven bajaba los ojos y su rubor parecía contestar: —Señor Federico ¿tiene algo que decirme?—. Eran unos instantes no muy frecuentes en que el pobre joven quedaba sin voz y como petrificado y Rosa desaparecía como el relampagueo sin malicia de ciertas noches de verano que los ojos admiran fugazmente.

Maese Martín no cesaba de instar a Federico para que se dispusiera a preparar la obra que había de lograrle la categoría de maestro. Había seleccionado él mismo la cantidad suficiente de tablones de roble sin venas ni nudos, que contaban más de cinco años al abrigo de la humedad o de la sequedad excesivas. Únicamente el anciano Valentín estaba autorizado para prestar ayuda a Federico. El pobre muchacho, ya hastiado de aquel oficio que le forzaba a codearse con los nuevos compañeros de taller, se desanimaba, le faltaba la seguridad en la empresa, cuyo fracaso disipa todas sus ilusiones de felicidad. Un vago instinto que no podía definir le repetía sin tregua que estaba condenado a sucumbir bajo el peso de su tarea, y de pronto se sentía avergonzado de haberse sometido a una labor manual que repugnaba a las delicadezas de su alma de artista. La desgracia de Reinhold no se borraba de su memoria. Para substraerse a la obsesión dolorosa de sus temores, fingía de vez en cuando una indisposición. Abandonaba el taller y corría a la iglesia de San Sebaldo, donde permanecía entregado horas enteras a la contemplación de las obras maestras del cincel del maestro Pedro Fischer. —¡Dios eterno! —exclamaba—. ¿No es la suma felicidad en la tierra imaginar cosas tales y tener en sí la fuerza de realizarlas?—. Y cuando, al salir de esos éxtasis, la realidad le amarraba a las duelas y los aros del taller del tonelero, cuando pensaba que sería Rosa el premio de un miserable tonel fabricado con más o menos ingeniosidad, sentía arder en su sangre la desesperación y temía perder la cabeza. En sueños le aparecía Reinhold y le ponía delante modelos inimitables, cuya realización hubiera inmortalizado a quien los echara en un molde. En esos maravillosos dibujos el motivo invariable era la figura de Rosa, en el marco de las más preciosas combinaciones de flores y de follaje, que parecían animarse, reverdecer y florecer, y el metal reflejaba como un límpido espejo la imagen de la joven adorada; Federico le tenía los brazos, dándole los nombres más cariñosos, pero cuando creía tenerla al alcance de las manos, el cuadro ficticio se disolvía como una bruma. Al despertar, el pobre Federico detestaba más todavía su triste porvenir de tonelero. Un día se le ocurrió ir a confiar sus cuitas al que fue su maestro, Juan Holzschuer. Encantado de ver de nuevo a su alumno predilecto, puso a disposición de Federico su taller para cincelar una obra de pequeñas dimensiones, para la que Federico venía reuniendo desde hacía tiempo el oro y la plata. Con tal fervor se entregó a la obra, que llegó a abandonar casi por completo el taller del famoso tonelero, y pasaron meses sin que se volviera a hablar de su obra maestra, llamada a rivalizar con el tonel del obispo de Bamberg. Pero amaneció un día, y maese Martín le dio tanta prisa que, quieras que no, tuvo que manejar de nuevo la doladera y el martillo. Ya en marcha la obra, quiso maese Martín examinar lo hecho pero se encendió en cólera a la vista de las piezas. —¿Qué es eso? —exclamaba—. ¡Vaya chapucería, mi pobre Federico! Ni un aprendiz de tres días tallaría la madera de ese modo. ¿Qué diablo te ha movido la mano para echar a perder la mejor madera de roble que yo haya tenido desde hace mucho tiempo? ¿Y es ésta tu obra maestra...?

Federico no soportó los reproches exagerados del maestro. Echando las herramientas al extremo opuesto del taller, exclamó: —Bien, maestro, hemos concluido. ¡No; ni que me fuera la vida, ni que esto significara mi hundimiento en la peor miseria, no trabajaré en ello un día más! Renuncio a esta profesión abominable, para la cual no he nacido. ¡También yo soy artista! También yo amo con pasión, con delirio, a su hija. Por amor me conformaba a pasar por tan odiosa prueba. Ahora veo que he malogrado mi propia dicha y toda esperanza. Esto será mi muerte, pero moriré artista y dejaré algún recuerdo de mi existencia. Ahora mismo volveré a casa de mi digno maestro Juan Holzschuer, a quien en mala hora abandoné.

En los ojos del tonelero se encendieron unas llamas rojas cuando oyó a Federico oponerse con tal viveza a sus planes. —¡Ah!, ¿tú también? —exclamó—. ¿También tú me engañabas? ¡Es mejor que lo confieses, tunante! ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!—. Y, sin darle tiempo de sincerarse, le agarró por las espaldas y le arrojó fuera entre grandes aplausos de oficiales y aprendices que habían sido testigos de la escena. El anciano Valentín, juntando las manos, y con la frente pensativa, dijo a media voz: — ¡Ya me temía yo que en este muchacho había algo por encima de las cualidades de un obrero vulgar!

La señora Marta, tan encariñada con Federico, y los chicos, a quienes solía repartir golosinas, no se consolaban de su partida.

XI.
El taller del tonelero parecía más triste que nunca, y los oficiales recién contratados no hacían sino aumentar las preocupaciones del maestro. Obligado a velar por los menores detalles, maese Martín pasaba el día atosigado, y la noche turbado por insomnios crueles.

—¡Ah, Reinhold...! ¡Ah, Federico...! —repetía—. ¿Por qué me habéis engañado de este modo? Yo no exigía más que unos obreros laboriosos y de honesta conducta—. Se le veía agotado, y estuvo a punto varias veces de sacrificar su oficio y resignarse a languidecer hasta perder la vida.

Una noche estaba sentado delante de su casa, engolfado en tristes cavilaciones, cuando vio llegar al señor Paumgartner acompañado de Juan Holzschuer. Adivinó que iban a hablarle de Federico. Paumgartner empezó a deshacerse en loanzas del joven artista, y ambos acabaron encareciendo a cual más las excelentes facultades de Federico, al cual auguraban un brillante porvenir. Rogaron al tonelero que desistiera de sus prejuicios y que no dejara de conceder la mano de su hija a un joven que después de todo era capaz de hacerla dichosa y honrar a su suegro. El tonelero les dejó hablar, y luego se quitó lentamente el gorro de piel y respondió con toda tranquilidad: —Señores míos, su interés por lo que a ese mozo se refiere es tan grande, que bien he de perdonarles algo, siquiera para corresponder a la solicitud con que abogan por él. Pero no puedo, en principio, renunciar a mis designios. En lo que al casamiento atañe, no podrá haber nunca nada de común entre Federico y mi hija.

Como apoyara en cada sílaba al formular estas afirmaciones, Rosa se precipitó en la habitación, pálida, temblorosa, y puso sobre la mesa una botella del famoso vino de Hochheim y tres vasos. —Entonces —repuso el señor Holzschuer— ¿he de dejar que ese pobre Federico se ausente, como en su desesperación ha resuelto? A pesar de todo, vea usted, querido maestro, esta labor de cincel que ha llegado a término en mi taller, delante de mí, y dígame, si se atreve, que no hay en el muchacho la pasta de un gran artista. Es un recuerdo de despedida que le ruega permita que dedique a su hija, si ella lo acepta. Pero ¡fíjese qué finura de trabajo!—. Y el señor Holzschuer sacó del bolsillo una copa de plata deliciosamente labrada, y el tonelero, que se preciaba de ser hombre de buen gusto, se puso a examinarla por todos lados. Era realmente una pequeña obra maestra; la rodeaban ramos de vid y de rosal, y de cada rosa abierta surgía una figurita de ángel, cincelada con gracia perfecta; el fondo interior, chapado de oro, tenía por ornamento otras figuritas semejantes, y cuando se vertía en ella un chorro de vino dorado, los ángeles sonrientes parecían agitarse como para subir a la superficie—. He de reconocer que es una labor exquisita —dijo maese Martín— y me quedo con la copa, supuesto que Federico acepte en buenos ducados el doble de su valor—. Al decir esto llenó la copa y la vació de un sorbo... y he aquí que la puerta se abrió en aquel momento, y Federico, casi desfigurado por el sufrimiento y las lágrimas vertidas, apareció, inmóvil, en el umbral de la sala. Su actitud era la de un reo que se dispone a escuchar el fallo. Fue Rosa quien primero se dio cuenta de su presencia; dio un grito desgarrador y cayó como muerta en sus brazos.

Al tonelero le había resbalado de los dedos la copa, y poniendo en Federico una mirada impertérrita, como si hubiera visto una aparición, dijo, levantándose, con la voz conmovida: —¡Rosa! Dime, Rosa, ¿amas a Federico? —Más que a mi vida —respondió la pobre criatura con la voz quebrada—. Pues bien —dijo el tonelero no sin esfuerzo—, yo te perdono, muchacho... Abraza a tu prometida... ¡Sí, sí, a tu prometida!

Paumgartner y el viejo Holzschuer se miraban estupefactos, y prosiguió el padre en voz alta, pero como si hablara consigo mismo: —¡Dios de los cielos, es así como debía llegar a cumplirse la profecía de la abuela! ¿No tenemos aquí en realidad limpia casita y los ángeles de alas fulgurantes?... ¿Y qué es esta copa sino un tonel en pequeño? Todo se cumple a maravilla, ya que así me es dado consentir sin forzar mi voluntad. ¡Debí haberlo visto antes!

Fulminado por el gozo, Federico tuvo apenas la fuerza de estrechar más fuertemente sobre su corazón a la linda Rosa. —Mi querido maestro —exclamó, ya dueño de sí mismo— ¿será cierto que se digna aceptarme por yerno y me permite ejercer mi arte? —Desde luego —respondió el viejo—. Se ha cumplido en ti la predicción de la abuela. Huelga ya el acabar tu obra de maestría—. No, querido maestro —replicó Federico—. Permitidme que no renuncie a ella. Al contrario; estoy dispuesto a terminar mi tonel de dos cargas, que ofreceré a usted como testimonio de respeto a la profesión que usted hace ilustre y volveré luego a mis crisoles—. Este buen pensamiento te honra —dijo maese Martín con entusiasmo— Termina, pues, tu obra maestra. El día que le des el último martillazo será el de tu boda.

Federico echó el resto en su obra, y el tonel inmenso que salió de sus manos fue el pasmo de todos los maestros del gremio.
El tonelero Martín llegaba al colmo de su júbilo profesional. Se fijó el día de la boda, y la pieza de prueba, colmada de vino generoso y adornada de guirnaldas de flores, fue colocada en el umbral de la casa. Los maestros toneleros, acompañados de sus familiares y conducidos por el digno consejero Paumgartner, y los maestros orfebres se reunieron en brillante cortejo para asistir a la iglesia de San Sebaldo. Al ponerse en marcha, un ruido de herraduras y unos acordes de música llegaban a la casa de maese Martín. Éste, corriendo al balcón, reconoció al señor Enrique de Spangenberg al lado de un joven y brillante caballero, con el acero al cinto y la toca adornada de plumas flotantes y de piedras preciosas. Cabalgaba cerca del joven una dama de belleza admirable, y detrás de esos tres personajes iba un numeroso séquito de criados vestidos de distintos colores. Cesaron de tocar los instrumentos músicos, y el viejo Spangenberg, levantando la cabeza, exclamó: —¡Eh! No es por su bodega que paso por aquí. Es por la boda de su hija. ¿Se dignará recibirme, querido maestro?

Algo confuso por el recuerdo que evocaban estas palabras, maese Martín bajó con toda la presteza que le permitían sus piernas y recibió con grandes saludos a su noble visitante. La hermosa dama y el caballero se apearon de sus caballos y entraron en la casa. Pero, apenas el honrado tonelero hubo puesto los ojos en el joven hidalgo, retrocedió tres pasos, vacilando.

—¡Cielos! —exclamó, juntando las manos—. ¡Es Conrado!
—El mismo —dijo el joven, sonriendo—. Soy Conrado, su oficial de otros días. Perdone, querido maestro, cierta herida cuyo recuerdo no se ha borrado de mi corazón. Aquel día hubiera podido matarle, porque me había tratado con rigor—. El tonelero le aseguró que fue una suerte que la doladera no hiciera más que rozarle la carne, y rogó luego a sus huéspedes que entraran en la sala, donde se hallaban reunidas para la ceremonia los novios y sus amistades. La presencia de la bella dama fue saludada con un murmullo de admiración. Todos se dieron cuenta de que era pasmoso su parecido a Rosa: hubiera podido tomárselas por gemelas.

Conrado se acercó muy galante a la hija del tonelero, y le habló con exquisita gracia en estos términos: —Permita, querida joven, que Conrado participe hoy de su felicidad; dígnese decirle que olvida sus bruscos arranques de otros días, y que los perdona como ha hecho su padre—. Y como Rosa no acertara a contestar y maese Martín y los invitados se miraban aturdidos, el señor Spangenberg tomó la palabra para poner fin a la situación: —¿No le parece un sueño? Sí, éste es mi hijo Conrado y ésta su encantadora novia, cuyo nombre es Rosa, el mismo de la linda hija de maese Martín. ¿Recuerda, querido maestro, aquel día en que conversando con usted al lado de una botella del mejor vino añejo, le pregunté si negaría la mano de su Rosa a todos, incluso a mi hijo? Tenía para ello mis razones. Ese casquivano enloquecía por ella, hasta el punto de que me obligó, para no desesperarle, a encargarme yo del asunto. Cuando, con intención de curarle, le describí el recibimiento que usted me había hecho, y le pinté su raro capricho en relación con el que debía ser su yerno, mi Conrado no halló mejor solución que colarse en el taller de usted para ver más de cerca a Rosa con el designio de substraerla el mejor día a su tutela. Tuvo usted la suerte de que un golpe de duela en las espaldas rompiese las alas a aquel amor. Me felicito de ello. Mi hijo, para no ser del todo infiel a su primera inclinación, se ha prendado de una noble heredera que lleva el nombre de Rosa, como la hija de usted, y además tiene con ella un gran parecido.

En este punto la noble joven se acercó a Rosa, le puso un collar de perlas de gran valor, y sacando del seno un saquito de flores marchitas: —Tome usted— le dijo—, éste es el ramo que ofreció usted un día a Conrado y que él ha guardado con cariño. ¿No le molestará a usted que me lo haya dado? Según me dijo es de lo más preciado que poseía—. Las pálidas mejillas de la hija del tonelero se tiñeron de púrpura. —¡Ah, noble dama —dijo a media voz—, es usted la única a quien el joven hidalgo debía amar! Estoy segura de que la conoció antes de pensar en mí. Lo que pudo hacerme merecedora de su atención durante corto tiempo era solamente que mi nombre era el mismo de usted, y que algunos de mis rasgos eran parecidos a los suyos. Era el recuerdo de usted lo que en mí buscaba. Pero, no le guardo rencor.

Al disponerse el cortejo a salir de la casa del tonelero Martín, un apuesto joven que vestía con elegante soltura rico traje de corte italiano, se echó en brazos de Federico: —¡Reinhold! ¡Mi Reinhold! —exclamó el novio, y los dos amigos se abrazaron. Martín y su hija participaban de este gozo—. ¿No te dije —exclamó el artista— que la dicha resurgiría al golpe de tu martillo? Llego a tiempo de compartir contigo el júbilo y te traigo mi regalo de boda.

Comparecieron dos criados, y descubrieron a los ojos maravillados del concurso una pintura magnífica que representaba a maese Martín con Reinhold, Federico y Conrado trabajando en el tonel destinado al príncipe obispo de Bamberg, en el acto de aparecer Rosa en medio de ellos. —He aquí tu obra maestra —dijo Federico con la sonrisa en los labios—. La mía queda abajo, colmada de vino. Pero otra veréis todavía si tenéis paciencia— Me he enterado de todo —repuso Reinhold y te juzgo más dichoso que yo. Sé fiel a tu arte, que se aviene mejor que el mío con la vida sosegada y los hábitos sedentarios de una buena pareja. ¡La dicha, amigo mío, ha de buscarse únicamente por cauces razonables!

En el festín nupcial, Federico se sentó entre las dos Rosas, y frente a él maese Martín, que tenía a sus lados a Conrado y Reinhold. A los postres, el consejero Paumgartner llenó la copa de plata cincelada, obra de Federico, y bebió el primer sorbo en honor de maese Martín y de sus animosos oficiales. Y luego la copa dio la vuelta entre los convidados, que festejaron hasta la aurora los ricos licores de la excelente bodega del maestro entre los maestros toneleros.