viernes, 31 de marzo de 2017

Las cabezas de la medusa. T.

Era una chica que vivía sola en la casa de sus abuelos porque se quedó sin trabajo y no tenía dónde más vivir. Un verano su tía y sus primos fueron a pasar quince días con ella y el día que tuvieron que marcharse, desaparecieron misteriosamente. Justo una semana después, con toda la familia preocupándose de dónde fueron los desparecidos, fueron otros.
Alfredo se fijó que su prima estaba un poco rara y a veces, anotaba cosas en un cuaderno de notas que no dejaba ver a nadie. Un día se acercó a ella, pues era el que mejor la conocía y le preguntó si sabía algo de los desaparecidos. Ella le dijo que no sabía dónde estaban pero se habían portado mal. Él le dijo, horrorizado, si pensaba también que ellos se portaban mal y ella no contestó. Creyéndose el más importante de todos, porque era con el que más hablaba, le pidió de broma que por favor no podía hacerles nada, que eran de la familia. Ella aceptó pero no parecía entender la indirecta. Él ni siquiera se planteó denunciarla ya que quería a su prima, pero la estuvo observando y se fijó en qué clase de cosas apuntaba. Cuando su hermana decía un taco, ella anotaba. Cuando su madre criticaba a alguien, ella anotaba. Cuando su padre pegaba un grito, anotaba, y cuando él discutía con alguien o decía algún taco, volvía a anotar. Una noche ella estaba muy rara. Era el día antes que tenían que irse. Alfredo no durmió y la estuvo vigilando desde las sombras de su cuarto. Esperó toda la noche por si veía que ella salía y finalmente ella salió. Fue directa a la habitación de sus padres, semidesnuda, caminando como si estuviera sonámbula. Cuando abrió la puerta y encendió la luz, esperaba que ellos se asustaran y le preguntaran qué hacía. Pero no escuchó nada, la siguió y entró tras ella. Ambos la miraban como petrificados por la mirada de la sobrina. Ella portaba en la mano un cuchillo de cocina. Sin pensarlo dos veces él se abalanzó sobre ella y le quitó el cuchillo, despertándola a ella. En el envite, vio que algo había sobresalido de su pecho pero se le metió dentro del cuerpo antes que pudiera fijarse. En cuanto dejó de mirar a sus padres ellos volvieron a dormirse como si no hubieran visto nada. Su prima se asustó tanto al intervenir él que se desmayó en sus brazos y tuvo que llevarla a su cama.
Estaba tan preocupado que buscó la libreta en la habitación de ella, en la que anotaba sus cosas, y la encontró debajo de su cama. La abrió y vio los nombres de los desaparecidos con cinco cruces cada uno. En su familia solo sus padres tenían las cinco cruces, su hermana tenía cuatro y él dos. En la parte de atrás del diario había una llave pegada con cinta adhesiva. La cogió y la metió en su bolsillo.
Esa noche buscó información de algo que le recordaba a ella, de la mitología griega. Las medusas. Al parecer, petrificaban con la mirada como ella. La forma de acabar con ellas era cortándoles la cabeza con ayuda de un espejo pero no podía cortarle la cabeza a su prima.
Entonces recordó la llave y pensó que podía ser de la bodega de la casa. Se dirigió hacia allí y encontró los cuerpos mutilados de los desaparecidos… Aterrado volvió a buscarla y vio que no estaba en su habitación, corrió por el pasillo y la encontró en la habitación de sus padres con el cuchillo en alto y ellos petrificados o hipnotizados. Ella tenía el torso desnudo y vio que le sobresalían cinco culebras del pecho. Saltó sobre ella, le quitó el cuchillo de las manos y le cortó tres de las cinco cabezas. Las otras dos volvieron a meterse bajo su piel. Lo peor de todo fue que todos volvieron a quedar dormidos y seguía siendo el único que sabía lo que había pasado. Al ver a su prima desmayada, decidió llevarla a su cama y volver a esperar que se levantara. Debía tener una especie de maldición griega y necesitaba cortar las dos cabezas que le quedaban dentro. Eran las cuatro de la mañana y no se movió de su cama, estuvo tanto tiempo escondido tras las cortinas que se reclinó sobre la pared y terminó quedándose dormido. Cuando se despertó fue al escuchar un golpe seco. Abrió los ojos y ella no estaba en su cama. Corrió cuanto pudo y llegó a donde sus padres. Ella sostenía en una mano la cabeza de su padre y el cuchillo estaba ensangrentado. Dejó caer la cabeza e iba matar a su madre cuando él llegó a tiempo y le arrancó el cuchillo de las manos. En ese acto de furia le cortó una de las cabezas de serpiente y ésta al caer al suelo se convirtió en agua hirviente y desapareció.
Cuando iba a cortar la última ella le miró a los ojos y se quedó petrificado. Tenía una mirada luminosa que le bloqueaba todos los pensamientos. Ella estaba dudando, aunque la cabeza de serpiente que salía de su pecho parecía estar diciéndole lo que debía hacer. Le hizo un corte largo desde el cuello hasta el ombligo y él empezó a sentir que sangraba abundantemente. Le hizo otro corte a otro lado y ni siquiera pudo gritar por el dolor. Entonces su madre se abalanzó sobre ella y la hizo caer de espaldas, perdiendo contacto visual con él. Entonces Alfredo le arrebató el cuchillo y antes de que la cabeza de la culebra se escondiera, logró agarrarla con una mano y la cortó con el cuchillo.

Justo después despertó en su cama, cubierto de algo líquido y caliente que pensó que era sangre pero solo era sudor. Se levantó, angustiado, y fue a ver a sus padres. Seguían en la cama. Su prima también y, por supuesto, ninguno recordaría nada.

Cuando se estaban despidiendo de ella él vio que en la basura había una libretita, la que había visto bajo su cama. El cuaderno donde ella anotaba sus cruces. Le preguntó a su prima qué era aquello y ella le respondió que no sabía, que lo había encontrado y que estaba todo escrito, así que lo tiró.
La familia desaparecida contactó con ellos y les dijeron que se habían ido a la playa, se disculparon por no haber dicho nada a nadie y todos quedaron más tranquilos.
Todos menos él, que lo recordaba todo.
¿Habría sido una mera pesadilla?

Mis amadas sombras. Damián Fryderup.

Todo empezó uno de esos días, en los que se le agradece al mismo padre de los cielos de haber nacido. Un día esplendoroso, con un sol radiante y con los pajarillos cantando como los serafines.
Pero siempre, cuando uno piensa que éste es su día, en sólo cuestión de segundos se da cuenta de lo contrario y la rueda del destino efectúa un giro de trescientos sesenta grados.
Mi mujer, me había dado como recado el de ir en busca de víveres al súper; que estaba a tan sólo unos pasos del vecindario. Que por cierto, era muy tranquilo y lleno de vecinos solidarios, que ponían la mejilla antes de entrar en algún pleito. Sin dudas, un barrio de beatos.
Cuando iba camino al súper, ajeno ante todo, como un chiquillo cuando se dirige a un kiosco con unos centavos para comprar algunos dulces. Sucedió lo incomprensible, en cuestión de segundos el cielo se cubrió de negro como si la noche se hubiese adelantado.
Los cielos se deformaban con la oscuridad, terribles sombras se encargaban de cubrirlo todo, como si fueran madres tapando a sus hijos con frazadas, en esas noches gélidas de invierno.
Pero junto con estas sombras, venían unas criaturas muy pequeñas, con unos ojos amarillos que centellaban en sus contornos. Esto, erizó cada tejido cutáneo de mi cuerpo y me impulsó a correr, sin ningún rumbo, sólo yendo hacia adelante como una topadora sin control.
Me alejé lo bastante de las sombras, pero no lo suficiente y en esos momentos que la adrenalina corría por mi alma escuché una voz, que jamás hubiese querido escuchar, una voz que al parecer me conocía como a la palma de su mano o al menos, si tenía mano.
-David…
Los susurros no eran aterradores, sino más bien, eran como los de un ángel. Pero yo, no era estulto y jamás hubiese dejado que me atrapasen esas sombras que irradiaban oscuridad hacia todas las direcciones.
-David…
La voz esotérica seguía musitando.
En aquellos momentos tan terroríficos, mientras corría, pasaban muchas preguntas por mi mente. -¿Por qué me conoce? ¿Qué es lo que ocurre? ¿De dónde han surgido estos mantos de oscuridad? ¿Por qué a mí?- En fin, sin lugar a dudas no comprendía esta situación. Pero de lo que sí estaba seguro era, que esta oscuridad no traía paz y amor. Sino que traía, odio y destrucción.
Logrando mirar en un breve espacio del tiempo hacia mis espaldas (mientras corría), pude avistar como estas sombras mortíferas, arrasaban con todo como si lo devorarán con un hambre voraz. Las sombras, estaban cubriendo todo a mis espaldas, casas, personas, autos, todo, no tenían compasión alguna por nada, ni nadie.
Mi corazón y mis pulmones me estaban ordenando que descansase, pero yo sabía que esto era casi como un suicidio. Pero, como soy humano, y los humanos somos tan impredecibles, decidí hacer lo más estúpido de toda mi vacua vida. Me adentré en un callejón sin salida, mientras las sombras con los mantos oscuros y las bestias con sus ojos amarillos fieles en su lugar, me seguían desenfrenadamente como si estuviesen en época de caza.
-David… no te resistas… es inútil…
La oscuridad, seguía con su labor susurrándome, como si esa voz estuviera a sólo un palmo de mis oídos.
Acorralado contra una pared, sólo aguardaba a morir con dignidad como lo habían hecho todas las personas de la manzana. Pero lo que ocurrió en aquellos momentos me dejó perplejo. Porque estas sombras que traían el mismo averno a la tierra, me susurraron otra vez, sólo que en esta ocasión fueron tres y me dijeron algo aliviador para mi alma.
-David… ¿Te sientes bien?
La voz era suave, pero penetrante para el sentido auditivo.
-David… ¿Quieres jugar?
Una invitación amena, pero poco convincente ya que provenía de las sombras aberrantes.
-David… ¿Quieres ayuda?
Algo que precisaba en aquel espacio del tiempo pero que era inaceptable para mi lucidez, sin dudas porque la ayuda provenía de quién sabe qué regente infernal.
En aquellos momentos pensé en contestarles pero no lo hice. Hice algo, que se basaba en la ingenuidad completa. Ingenuidad aún peor, que la de haberme metido en aquel callejón sin salida.
Corrí contra los mantos sombríos, como nadando en un río contra la corriente. Mantos, que estaban custodiados por las criaturas oscuras y pequeñas, con los ojos amarillos en forma de óvalos.
Audazmente logré abrirme paso, por la barrera de demonios que por cierto, sólo demostraban ser amedrentadores, ya que su falta de fuerzas era muy considerable. Cuando empujé a éstas pequeñas alimañas me sentí como esos héroes de Hollywood, que enfrentan a cualquier peligro y siempre salen victoriosos.
Una vez que atravesé los mantos me pude aunar con la avenida principal, que aún hacía notar un considerable gentío. Pero si hubo algo que me dejó atónito en aquellos momentos fue, lo que me decía la gente.
-¿Por qué corres?
Decía un hombre delgado, gesticulando duda.
-¿Estás loco?
Me juzgaba con anticipación una anciana con semejanza a un simio fugado de un zoológico.
-¡Imbécil!
Una mujer de rizos dorados, pero lengua viperina y palabras de poca educación, no se ausentaba en la fiesta denigrante que efectuaban hacia mi persona.

Cuando escuché esto, no me detuve a contestarles, ya que las sombras aún me perseguían. Sin dudas, estas personas querían morir o no querían darse cuenta de la gravedad de la situación.
Yo, seguí con mi trabajo de escapista pero cuando quise darme cuenta, los susurros habían desaparecido, como las sombras y las criaturas provenientes del mismísimo inframundo.
Realmente, nunca supe lo que ocurrió aquel día y quizá jamás lo sabré. Pero, de lo que sí estoy seguro es que todo lo que había vivido fue real y, que todo aquello me había llenado de júbilo. Tanto, que me encantaría volver a repetirlo, no es que esté loco, sino que esas sombras que traían el mismo infierno, fueron los únicos seres en el mundo que me hicieron las tres preguntas más divinas de toda mi insulsa vida.
“¿Te sientes bien?”-siempre, tuve focos depresivos en mi austera vida y jamás, ningún ser cercano me hizo esta pregunta.
“¿Quieres jugar?”-de niño, nunca tuve la oportunidad de conocer una buena y digna infancia. Nunca nadie me había invitado a jugar, ya que en ningún momento tuve la oportunidad de hacerlo, por el peso de tener una madre prostituta y un padre alcohólico, los cuales me pegaban todos los santos día de mi niñez.
“¿Quieres ayuda?”-jamás alguien, me había preguntado si necesitaba ayuda, lo único que hacía mi hermosa familia todos lo milagrosos días era decirme:-papá, has esto… querido, compra esto… papá, termina esto… yerno, esto está sucio límpialo…
Los días pasaron, y nunca más volví a presenciar los mantos sombríos a los que jamás olvidaré. Mantos de sombras, que me hicieron crecer como persona.
Muchos vecinos, piensan que soy un desquiciado, por lo que sucedió aquella vez. Pero yo, realmente pienso que soy un afortunado del destino.
El mismo día que me dirigía hacia el súper por un recado de mi mujer, me iba arrojar contra un auto, sin dudas, con la intención de líbrame de la penosa vida que llevaba. Gracias a esas sombras, que sólo lograron ver mis divinos ojos color azul, me recuperé de mi depresión y ahora, estoy más firme que nunca, rebalsado en júbilo y a la vez inundado en carácter.
Ahora nadie me ordena nada, todos me invitan a jugar y todos están constantes en mi sentir humano.
Mis sombras interiores ya son cosa del pasado y murieron con mi antiguo ser. Ahora, lo único que llevo en mi alma, es la hermosa luz radiante de mi superación emocional.

El ciclo sin fin. E.K.

-¿Qué?… ¿qué es esto?… ¿don… dónde estoy?

No se donde me encuentro, estoy mareado y todo está obscuro.

-¿Dónde diablos estoy?-digo-no… no veo nada…-en ese momento empieza a llover y escucho como un susurro.

-¿Hola?… ¿Hay alguien? – pero no hay respuesta -¿Hola?… ¿hol…- cae un rayo y yo me asusto -Diablos- digo junto con una risa -A ver si avisas- empiezo a tantear la pared en busca de un interruptor.

Nuevamente escucho el susurro y, al girar, cae otro rayo pero… esta vez, no me asuste por el rayo sino que, con la luz provocada por el mismo rayo, vi un cuerpo… un cuerpo colgado.

Rápidamente voy a verlo y, lo que daba antes por un susurro, era en realidad era la voz del tipo que decia:

-“Ayúdame… por… por favor… ayúdame…”

Intenté descolgarlo pero, como yo pensaba, no estaba colgado de una soga, así que creí que estaría colgado en un gancho que estaría en la pared.

De repente escucho como si un vidrio se rompiera, luego un sonido de puñalada y luego un bulto que cae.

Poco a poco, me voy acostumbrando a la luz y veo que el tipo está tirado en el piso con un pedazo de espejo en su cuello.

Finalmente encuentro el interruptor pero, despues de varios y varios intentos fallidos, no encendía.

-Maldita sea… y ahora ¿qué hago?… ¿huh? ¿qué es eso?

veo una ventana… me acerco a ella y veo que estoy en un edificio alto, en el antepenúltimo piso y la ventana da a un callejon… quizás, si tiro el cadáver, nadie lo encontraría.

Levanto el cadáver, le saco el pedazo de espejo que tenía y lo arrojo por la ventana al mismo tiempo que deja de llover… ya está… está en el suelo… ahora debo salir de aquí.

Intento abrir la puerta principal pero está cerrada con llave… por alguna razon me urge ver por la ventana…

-¡¿Pero que demonios?!… ¡es imposible!

El cadáver ya no estaba, por la impresión retrocedo y tropiezo con algo es… ¡UNA PERSONA! busco el pedazo de vidrio pero ya no está, miro hacia un armario y el espejo ya no está roto…

-¡¿Qué demonios está pasando aquí?!

En ese momento siento como un empujón que me hace chocar contra la pared… no podía moverme luego veo que la persona que estaba tirada se levanta, intenté pedirle ayuda pero, no podia hablar muy bien, por lo que solo pude susurrar al mismo tiempo que empieza a llover.

-“¿Hola?… ¿hay alquien?”

Me quedé paralizado… ¿esa persona era yo? gracias a un rayo reacciono e intento hablarle de nuevo, él gira y, gracias a otro rayo pudo verme y corrió hacia mí y le dije:

-Ayúdame… por… por favor… ayúdame…

Él intentó de todas maneras ayudarme mientras que vi en el espejo una figura que se reía de mí… luego el espejo se rompe y una parte de el se enzarta en mi cuello… pero… no estoy muerto… si paralizado… pero no muerto… ¿como podía ser?

Quedé tirado en el suelo un largo rato hasta que él me levanta, me saca el pedazo de espejo, lo deja en el suelo y me arroja por la ventana al mismo tiempo que deja de llover y… aquí estóy… cayendo al vacío… tengo miedo… mucho miedo… unas gotas de lágrimas se desprenden de mis ojos hasta que mi cabeza toca el suelo…

Minutos después me despierto y digo:

-¿Qué?… ¿qué es esto?… ¿don… dónde estoy?

No se donde me encuentro, estoy mareado y todo está obscuro…

Paralizado. L.

Como todas las noches, me fui a dormir tarde. Me cambié y fui directo a la cama.
No lograba conciliar el sueño, cuando logro dormirme. Un ruido me despierta, veo mi habitación, todo estaba calmado como siempre.

La puerta estaba abierta, veo una sombra. Pensé que era mamá, que se había despertado como yo por el ruido, pero me equivocaba. Intenté llamarla, mi voz no se escuchaba, intenté moverme no podía. Solo era un observador en aquel momento.

La sombra se acercaba y no podía hacer nada, el sudor por mi frente corría, sentía escalofríos. Se abre la puerta del todo y veo a una mujer, no podía ver su cara, su pelo la tapaba. Se acercaba a mi, intenté gritar moverme, pero no lo lograba estaba paralizado. Aquella horrorosa mujer de vestido blanco se me acercaba, la miro a los ojos, eran negros. En ese momento sentí algo inexplicable, el frío recorrió todo mi cuerpo. Con sus uñas me arañaba la cara, intenté protegerme, gritar, pedir ayuda.

Estaba en aquel cuarto, paralizado y con un ser extraño que intentaba matarme.
La mujer se me acerca y me susurra al odio “Tu maadree vendraá conmigo”.

Mi miedo aumentaba, la mujer desapareció y los gritos desesperados de mi padre llamándome me despertaron.

Si todo era un sueño por suerte, estaba un poco mas tranquilo, pero con un poco de susto todavía. Mi padre llamándome desesperadamente, me levantó de la cama de un salto, voy donde mi padre estaba. Llego a la habitación había mucha sangre, mi madre estaba tirada en el suelo toda arañada y sin vida ya. Miro hacia mi pierna y también estaba arañada.

Miro hacia el espejo y en la pared decía:”Ya es mía” y veo a esa mujer de vestido blanco. Volteo a la pared y no había nada.

Se lo conté todo a mi padre, él no me creyó. Me encerró en un hospital, estuve doce años en el. Al principio juraba ver eso, pero luego me resigné.

Hoy se cumplen doce años de aquella trágica noche. Nunca mas logre dormir, siempre se me aparece aquella mujer. Tras un tiempo de investigación descubrí porque…

Unas noches antes de aquel suceso, con mis amigos habíamos jugado al juego de la ouija y cortamos el juego sin preguntar.

El espíritu había dicho que si lo hacíamos cosas malas iban a pasar. Era de una mujer, que había muerto incinerada por su madre.

Aun me arrepiento de haber jugado. Por eso por favor, no jueguen con los espíritus, no saben lo que les puede pasar.

Última carta de despedida. A.

Veinte segundos pasaron aproximadamente después de acostarme para darme cuenta de que no sería una noche igual que las demás. Francamente, ninguna de mis noches son lo que puede considerarse como “normales”, siempre en mis sueños se encuentra la tétrica manta de mis oscuras pesadillas, que me hacen despertar cubierta de sudor en la madrugada.

No importa cuanto lo haya intentado, o cuantas noches me haya quedado despierta tratando de distraer mi mente con pensamientos forzados, ellas siempre vuelven. ¿Aficionada a lo sobrenatural? Puede ser. Pero esto que me sucede cada noche excede los límites.

Todo indicaba que, como otras veces, me seria difícil conciliar el sueño, entrar en ese túnel oscuro, donde mis más grandes miedos se hacían lugar, para luego despertar y encontrarme nuevamente con la oscuridad rodeándome.

Pensamientos enredados y fuera de lugar daban vueltas por mi cabeza, como millones de mariposas negras volando sin detenerse, y golpeando los muros que rodean mi subconsciente.

Finalmente me dispuse a cerrar los ojos, y tratar de hacer lo que tantos días me fue imposible. Nada. Nada puede arrebatar de mi cabeza tan macabros pensamientos. Pensé en ponerle fin a mi vida, para entrar en un descanso eterno donde las pesadillas no serían bienvenidas, pero estaría jugando su mismo juego. Haría lo que ellas esperan que haga.

No, debo seguir. Debo vencer mis miedos y volver a mi vida antes de que todo esto comenzara a suceder. ¿Por qué me resulta tan difícil? Estoy agotada de esperar a que esto termine. Ya me estoy quedando sin fuerzas. Cada día que pasa me debilito más y más. No espero un milagro, solo un mañana.

Pero aquí estoy, luchando por mi vida. Sé que nadie me entiende, esos psicólogos que me aconsejaron mis familiares y amigos, solo sirvieron para empeorar mi estado, para que todos comiencen a pensar que estaba perdiendo el juicio. Pero no, solo mi almohada y yo conocemos lo que realmente sucede.

Ni siquiera aquí, donde nadie puede escucharme, ni intentar comprenderme, donde todos me tratan como si realmente estuviera loca, esas pesadillas dejan de atormentarme noche tras noche. Minuto a minuto. Pensaron que con un chaleco podrían evitar que en mi piel aparecieran esas marcas de rasguños y cortaduras. Fue en vano, les advertí que no era yo la que las causaba. No me escucharon. Nunca lo han hecho.

Ahora ya es tarde. Las sombras lograron atravesar lo más profundo de mi interior, donde se refugiaban mis últimas fuerzas que me mantenían con vida. Me despido con esta carta que escribo pese a mi estado, relatando mis últimos momentos de vida, mientras me encuentro dentro de esta prisión de cuatro paredes blancas y acolchadas, donde lo único que puede penetrarlas son las pesadillas que me agobian cada noche.

La cólera de las entrañas. Damián Fryderup.

Una voz me susurró.
-Hola…
-¿Quién eres?-pregunté.
-Soy alguien a quien muchos llamarían conciencia, conocido por muchos, desconocido por tantos-me respondió, justo y claro, pero igualmente yo, no lograba comprender su respuesta.
-¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué no logro ver tu corpóreo ser?
-Porque yo, no debo ser visto, para muchos soy representado por un angelillo que revolotea a la derecha de tu cabeza, para otros, no soy más que un diablillo con un tridente que te pica, al lado izquierdo de tu cabeza. Pero en realidad… no soy ni él uno, ni él otro.
-Vaya… esto se torna un tanto extraño, cualquiera que estuviera en mi situación creería que se ha vuelto loco-le dije, tan desconcertado como una monja en un festival de rock.
-Pues sí… tú estás desjuiciado, loco, demente, pero por sólo una cosa…
-¿Y qué es esa cosa?-pregunté, muy intrigado, como cuando era pequeño y se aproximaba navidad, siempre insistiendo a mis padres, el saber de qué regalo me habían comprado.
-No dejar salir tu extenso potencial, que guardas con tanto ímpetu en las profundidades de tu mente y en las entrañas de tu corazón-me contestó, casi como un poeta.
-Debes… ser más específico conmigo-le dije la verdad, ya que mi mente era un tanto lenta.
-A lo que me refiero es… que debes dejar salir todos esos abismos y mundos que tu mente esconde y, que tu corazón encarcela.
-Prosigue…
-Todo eso a lo que tu llamarías imaginación, don o inteligencia humana, quiere salir de la gran cárcel donde están atrapados, y esa cárcel… son las paredes de tu fornido y escultural cuerpo-me dijo.
-¿Pero, de qué me hablas?-sin dudas, yo, aún seguía pasmado sin comprender en lo más mínimo lo que este espectro, alma, conciencia o lo que fuese, me quería explicar.
-Sólo… deja que “eso”, que guardas con tanta vehemencia salga de su jaula, como lo hacen los pajarillos que son liberados para tener una nueva oportunidad en su habitad natural.
-Pero… cómo hago para liberar eso como tú, le llamáis.
-Pues ésta es la parte más irónica, sólo tú, sabes cómo liberar “eso”-esta situación además de tornarse confusa, también era bastante tenebrosa.
Después de varios intentos, con mucho fracaso, no lograba hacer salir “eso”, como le llamaba la cosa incorpórea con la que hablaba.
-¡No puedo!-exclamé-¡Porque no tengo ni la más pálida idea de lo que me hablas!
-Todo a su tiempo… “la paciencia es del sabio, no del troglodita”-me dijo.
Intenté e intenté hasta que por fin, como un regalo del cielo o del infierno, pude liberar desde las entrañas de mi cuerpo a “eso”.
-¡Lo hicisteis!-exclamó, el ser desconocido que no se dejaba ver, ni porque le pagarán con todo el oro del mundo.
Realmente lo había hecho, pude dejar salir eso que encarcelaba en las profundidades de mí.
Lo que sucedió en aquellos momentos fue tan presuroso, como una bala disparada de un revólver de calibre potente.
-Esto es de lo que yo te hablaba, por fin has dejado salir tu belleza interna-me dijo.
Lo que sucedió, cuando el mundo cambió fue muy placentero, pero a la vez horroroso. Ya que el planeta conocido por los humanos, ya no era más que un triste pasado. Mi habitación permanecía intacta, sólo que al mirar por un ventanal que daba hacia los exteriores, me di cuenta que era lo que yo encarcelaba con tanta furia y pasión a la vez.
-¿Te gusta lo que ven tus ojos?-me preguntó, en un tono irónico.
No le contesté, pero sí pude ver de lo que él me hablaba. Cuando miré por el ventanal de forma rectangular, pude apreciar el cambio grotesco de todo el entorno que agazapaba mi hogar.
Un nuevo mundo emergía desde el cosmos, con cielos bermellones mezclados con tonos naranjas y amarillos, como las mismas fraguas del tártaro. Además un mundo, que escaseaba de la presencia de alguna forma de vida humana. Algo que ponía mi piel como la de una gallina y hacía que los pelos de mi cuerpo de hombre rudo, se erizaran como los de un gato al enfrentarse contra algún peligro.
Pero lo que realmente llamó mi completa atención y además, arrebató mi testosterona fue, ver las infinidades de bestias que resultaban ser tan truculentas como el mismo padre de la discordia “Lucifer”. Bestias, que revoloteaban en los cielos del mismo pandemónium, como si estuviesen danzando al compás de algún tipo de música arcana. También, lograba ver pero no comprender a otros engendros que sólo transitaban por las veredas del habitad humana.
La gran mayoría de éstas horripilantes bestias provenientes del séptimo círculo del infierno, no tenían ojos, como si no los necesitasen siguiendo sus vidas apaciblemente, ajenas a las vidas de sus vecinos. Algunas, hacían notar su desnutrición tomando el cuerpo de un palillo consumido por llamas devoradoras de materia y se les podía avistar a leguas un tipo de herpes que se encargaba de cubrir sus cuerpos como un manto de peste. Y en sus cuerpos secos y consumidos por la putrefacción, tenían agujeros dispersos en toda la carne por los cuales asomaban una especie de parásitos blancos.
También, en aquel mundo, existían unos monstruos que eran obesos con cuerpos dañados por algún castigo físico, para ser más exacto, un castigo de flagelación, bien adecuado a la labor dejando senderos de carne mutilada en sus cuerpos. Pero lo que realmente aterraba a mi alma era, que en el estómago estas bestias repulsivas tenían cabezas de bebés sin piel, como si les hubiesen despojado con ganchos de carne, ya que tenían incisiones profundas que comenzaban desde el mentón y llegaban hasta la nuca.
En aquellos momentos me retiré del ventanal para no seguir presenciando a los demonios aberrantes y me preguntaba a mí mismo. -¿Esto, es lo que yo escondía, en las profundidades más remotas de mi ser? ¿Tanta era mi locura o esto simplemente no era locura? ¿Sólo era mi gran potencial demostrado por mis más horribles dimensiones oníricas?-Después de hacerle estas preguntas a mi propio ser, me dispuse a hacerle una pregunta a mi conciencia. O más bien a esa voz que susurraba y, que nunca daba a conocer su forma carnal.
-¡Eh!-llamé, su completa atención.
No contestaba nadie, como si esos susurros que se habían comunicado conmigo en un principio pasado, se hubiesen perdido en los abismos del tiempo dejando atrás una estela de sapiencia o ignorancia, sólo yo podía saberlo y realmente no lo sabía.
Fueron otros tres llamados y esta voz, no acudió ante mí. Pero, de lo que yo no me había percatado era, que cuando me retiré del ventanal no quité un espacio de mi tiempo para voltear nuevamente y ver si aún seguían esas criaturas notorias y deformes. Una situación realmente extraña, porque una vez que miré nuevamente hacia las afueras me di cuenta sin ser muy intelectual, que mi mundo había regresado y que todo volvía a ser como antes, con un grado elevado de normalidad adecuado a lo mundano y banal de un mundo trivial.
Sin dudas, mi pasmo moriría conmigo. A la vez, me sentía contento de haber regresado, pero a la vez, necesitaba de aquel mundo lleno de morbosidad y sadismo. Pero lo que realmente me preocupó fue, el no saber si esto había sido real y, otra vez me pregunté a mí mismo. -¿Qué fue esto? ¿Es qué acaso ahora me termino de convencer, de que estoy totalmente desquiciado? ¿Realmente esto pasó o fue un simple sueño despierto, como suelen tener los humanos?-En ese momento de preguntas infinitas, sentí un ruido lo bastante normal, como para no entrar en un grado elevado de alteración. Era la puerta, mi mujer me estaba llamando y con su angelical voz de una virgen pura, me preguntó.
-Mi amor… ¿Te encuentras bien?
-Sí. Adelante, pasa-le respondí.
-¿Qué es lo que ocurría? ¿Con quién hablabas? Se podían escuchar susurros tuyos, dirigidos hacia otra persona-mi divina musa, estaba tan preocupada como si yo estuviese a punto de viajar hacia el hades.
-Nada… querida. A veces, tengo la desquiciada costumbre de parlotear solo o más bien, acompañado-realmente ni yo, sabía si le estaba mintiendo o no, porque ni yo, tenía el conocimiento exacto de lo sucedido.
-Está bien… cuando termines con tu trabajo. Te espero en el comedor, el almuerzo ya está listo-como siempre, tan buena, tan comprensiva, tan soportable, tan mujer como a mí me gustaba.
Muchas veces le agradecía con tanta pasión a mi dios padre, por haberme concedido una mujer tan excelsa. Y otras veces me preguntaba, si realmente yo merecía el calor de esta musa radiante.
Una vez que mi amada mujer se retiró del cuarto, dejándome el aviso de que el almuerzo ya estaba listo, (almuerzo que aguardaba de mí para que me recomponga de energías). Otra vez, volví a lanzar preguntas hacia las corrientes de aire que viajaban libres sin problema alguno, que por cierto, estas corrientes eran puras y no sofocantes como las de un principio.
-¿Qué es lo que sucedió? ¡Contéstame ánima perdida, conciencia mía, esencia disuelta! ¿Dónde estás?-le pregunté con una rabia eterna.
Lo mismo, nadie contestaba. Pero esto había llenado de júbilo mi alma, porque me había dado cuenta, de que no estaba convirtiéndome en un completo desquiciado como yo lo pensaba, debido a mi trabajo como médico forense. Algo que jamás quise ser, pero que por obras del destino lo fui.
Algunos médicos forenses compañeros dicen, que sólo se pueden enfrentar a las atroces muertes que se ven cotidianamente, con humor. Otros dicen, que sólo es un trabajo y que los muertos, muertos están, el verdadero peligro son los vivos. Pero yo, por otro lado, nunca lo he dicho pero sí lo he pensado, es que jamás me acostumbraré y en momentos de mi vida que por cierto han sido muchos, he llegado a soñar con los muertos de mi labor. El simple y verdadero caso es que este trabajo no es para algunos, sino que para todos los capaces de hacerlo. Y yo, fui capaz de llevar el peso de esta labor sólo en tiempos pasados cuando era un joven ingenuo. Porque en lo que respectaba de la actualidad cada vez más y más, los muertos de mi trabajo se aunaban para atormentarme gozosamente. Mi trabajo, era algo que estaba robando poco a poco mi sano juicio.
Me retiré del cuarto, y cuando estaba a punto de atravesar el marco de la puerta que me conduciría al pasillo. Escuché esa maldita voz, algo que jamás hubiese querido oír, algo que me hacía desear estar completamente sordo.
-Yo, no existo… sólo persisto…

Por la carretera. T.

-Mamá, Sofía manchó el asiento con mayonesa –dijo Tere, mientras Sofía le hacia señas de que no dijera nada.
-Pero ya lo estoy limpiando
-¡Lo estás embarrando más! Mamá ¡regáñala!
La pelea fue interrumpida con el sonido ensordecedor que hizo un trailer al pasar junto al vochito en el que viajaban.
-¿Falta mucho mamá? –preguntó Sofía- ya me enfadé.
-Ya casi llegamos, allá esta la brecha por la que vamos a ir.
Tere y Sofía hicieron una mueca de disgusto, al principio les había parecido muy buena idea viajar de un pueblito a otro, conociendo lugares interesantes del norte del país pero, después de una semana en carretera, estaban muy enfadadas lo único que veían era un paisaje árido, seco, sin interés. Su mamá se esforzaba por señalarles los cactus y los animales que encontraban a su paso, para ellas todo se veía igual.
El carro no tenía aire acondicionado, el calor era insoportable y por las ventanas entraba un aire caliente que las sofocaba.
Ahora estaban buscando la zona del silencio, extraño lugar en donde pasaban cosas inexplicables, había quien afirmaba que la zona del silencio era una puerta a otra dimensión, aparentemente el lugar atraía meteoritos, naves espaciales y curiosos como ellos. A mamá le había parecido interesante incluir un lugar misterioso en la expedición.
Al final del viaje llegarían a casa de sus abuelos, en donde se reunirían con su papá para pasar las verdaderas vacaciones.
-Creo que ya nos pasamos mamá, llevamos mucho rato por este camino y no se ve nada.
-¿Y qué quieres que se vea? Es la zona del silencio, no se tiene que ver, se tiene que escuchar. ¡Que tonta eres!
-Mamá, Tere me dijo tonta
Esta vez su mamá no le prestó atención, estaba preocupada, ya deberían de haberse topado con alguna señal, con alguna persona.
Nada. A su alrededor solo había desierto.
-Mamá ¿ya vamos a llegar? Tengo mucho sueño – dijo Sofía, mientras veía una lagartija parada sobre una roca. La lagartija le sonreía. Sofía pensó que eso era lo más horrible que había visto.
Sofía y Tere se durmieron.
Sofía vio una enorme bola de fuego que caía del cielo, quemándolo todo a su paso, ella quería gritar, quería correr, su cuerpo no le respondía. Sintió el calor en sus brazos, en sus manos que trataban de proteger sus ojos. Su cabeza ardía, abrió los ojos y vio a su hermana carbonizada. Un grito desgarrador, de miedo y dolor, salió de su garganta.
Sofía despertó.
Habían pasado unos segundos. Todavía podía ver a la lagartija sonriente. Como si no hubieran avanzado de lugar.
-Mamá ¿ya vamos a llegar? –Sofía tocó a su mamá porque no le respondía, su mamá se desmoronó quedando convertida en un montoncito de arena.
Sofía despertó.
-Mamá tuve una pesadilla horrible, soñé que te desmoronabas y…
Sofía se dio cuenta de que seguía soñando porque ahora se encontraba en el carro con los esqueletos de su mamá y su hermana.
-Por favor, quiero despertar
-¿Estás bien? – preguntó su mamá.
-Por fin –dijo Sofía-, tengo pesadillas. ¿Ya vamos a llegar?
-No lo sé –dijo su mamá–, sigo manejando para salir de aquí, pero todo se ve tan igual. No sé en donde estamos.
Nunca llegaron a la casa de los abuelos. Papá las buscó. Todavía las está buscando.

jueves, 30 de marzo de 2017

Espacio sideral.

Andrómeda descansa sobre la vía de estrellas
Galaxias dominan el infinito cielo azul
El universo nace y vuelve a nacer como un pájaro de fuego...

Y como un enigma que jamás tendrá respuesta
El sol se hunde en un abismo profundo
Tiemblan las estrellas en el campo sideral
Admiradas de la eterna armonía de los mundos...




Espacio sideral.
El principio universal de todas las cosas.

Todos los derechos reservados.

©2002

Eres tan dulce.

Te necesito para que estés conmigo durante la soledad
Necesito que te quedes para calmar la ansiedad
Aquí en este mundo yo existo sólo porque existes tú
Quédate conmigo toda la noche, que no pasará el tiempo
Dime en penumbras que tú sacarás el sabor amargo
De otros malos recuerdos...

Porque tú te convertiste en todo lo que necesito
Porque tú eres lo único que yo quiero
Sácame del frío de los momentos jamás olvidados
Dame una noche para poder olvidar el pasado...




Eres tan dulce.
El principio universal de todas las cosas.

Todos los derechos reservados.

©2002

Enamorándome contigo.

Los dos aprendimos a ver la otra cara de la soledad
Y supimos encontrarnos y enamorarnos del mar
Aceptamos el dolor de esta vida sólo por este amor
Y nos dejamos caer en los mares donde no se ahoga el corazón...

Aprendimos tantas cosas de este mundo infinito
Desde el amor eterno, hasta la risa de los niños
Tú prometiste quedarte hasta que esta vida terminara
Yo deje que vivieras en mí, y que me amaras...

Los dos aprendimos a caminar los mismos pasos
Y dejamos que nuestros corazones latieran igual
Así nos hicimos parte de esta tierra bendita
Y nos volvimos estrellas en la eternidad...

Arrancamos del silencio la mejor canción de amor
La escribimos en nuestra piel con el color del sol
Así estoy junto a ti, y tú así estás conmigo
Los dos en silencio, con nuestras almas de testigo...




Enamorándome contigo.
El principio universal de todas las cosas.

Todos los derechos reservados.

©2002

En un cuarto oscuro.

Hoy mis besos viajan por tu espalda
Mientras mis manos se pierden en el infinito
Respira conmigo, al ritmo de mi corazón
Y deja que la noche deje en tu piel todo mi amor...

Hoy mis labios serán los que marquen las palabras
Será el silencio testigo de los poemas del alma
Vive conmigo, cada lágrima, cada instante
Y deja tu cuerpo desnudo, así déjame amarte...

Hoy mi cuerpo entero será tu cama
Mientras duermes te contaré de ti y de mis sueños
Viaja conmigo, entre caricias encontraremos un país
Donde ni tu amor ni el mío, encuentren su fin...

Hoy mi amor será la luz en este cuarto oscuro
Y tú serás quien me lleve lejos de este mundo
Duerme conmigo, respira mi aire que no huele a dolor
Y sigue conmigo los latidos de nuestro corazón...



En un cuarto oscuro.
El principio universal de todas las cosas.

Todos los derechos reservados.

©2002

En la quietud de la noche.

Duermes entre frías sábanas blancas
Y yo estoy llorando al pie de tu cama
Duermes como si jamás quisieras volver a despertar
Y yo estoy a tu lado, hablándote de la eternidad...

En la quietud de esta noche, quédate conmigo
Me dormiré en tu alma, en tu amor completamente fiel
En la tormenta y el frío, quédate conmigo
Que podrás encontrar un abrigo, aquí en mi piel...

Sueñas con otras tierras y con otros mares
Tú que en sueños ya no puedes escucharme
Tú que sueñas con los planetas que aún no has conocido
Yo que rezo en silencio, por miedo de que llegues a extraviarte...

En la quietud de la noche, quédate conmigo
Hasta que el sol venga a buscarnos con la mañana
Siempre, a cada segundo, quédate conmigo
Hasta que llegue el momento de caminar por las calles del alma...



En la quietud de la noche.
El principio universal de todas las cosas.

Todos los derechos reservados.

©2002

miércoles, 29 de marzo de 2017

Y nunca te canté. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

¡Y nunca te canté! Con graves
palabras me dirás: «Yo no te inspiro».
No, no es que falte inspiración, tú sabes,
es que las cosas que a decirte aspiro
son de aquellas tan hondamente suaves
que, menos que una voz, son un suspiro.

Un recuerdo. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

El tren paró bajo la noche oscura.
-¡Viareggio!  Diez minutos! gritó alguno.
Y los dos nos mirábamos, en uno
como albor repentino de ternura.

Amistades de viaje... La dulzura
de una voz que nos dice: ¿Lo importuno?
Un palique trivial como ninguno.
Nada más... Y un recuerdo que perdura.

Descendió la gentil desconocida,
la despedí con algo de mi vida,
y porque la emoción fuese más pura,

sólo besé sus dedos en la yema,
pues el encaje de la manga crema
bajaba hasta cubrir la coyuntura.

Sonata. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Cuando escucho tu voz, tiene mi oído
una imposible sensación candente,
pues que fluyen tus labios sutilmente
el ritmo sideral, hecho sonido.

Rayo de sol caído sobre un lago
de miel, así tu cabellera bruna;
y cuando miras, tu mirar aúna
la emoción de lo intenso y de lo vago.

Y pienso al estrechar tus manos buenas,
que en mis manos impuras
se han transfundido todas las blancuras;
hostias, nieves, armiños y azucenas.

Naturalmente. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Ciñe mi cuello, pero más ceñido;
estrecha el nudo, pero más estrecho;
más cerca. Que el latido de mi pecho
forme un solo vaivén con tu latido.

Tu beso, alondra que retorna al nido,
en mi labio se aduerma satisfecho.
Y los sueños encuentren como un techo
protector, en tu párpado caído.

En nada pienses. Ni tu voz inquiera
la razón inefable de los lazos
que a mi ser te mantienen prisionera.

Cierra los ojos nada más, y siente
fluir tu juventud entre mis brazos,
como fluye en el cauce la corriente.

Madre. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Todo lo que hay de triste sobre el mundo
en tu espíritu, madre, resumiste,
porque no se dijera que lo triste
no es, además de místico, fecundo.

A tu inmenso mirar meditabundo
tal emoción de transparencia diste,
como para explicar por qué coexiste
lo diáfano, en el mar, con lo profundo.

Y hay tal valor en tu actitud sumisa,
tal decisión en tu palabra lenta,
Y tanta austeridad en tu sonrisa,
Porque la humanidad se diera cuenta
de por qué se estremece ante la brisa
el bambú que resiste a la tormenta

La entrega. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Llegará para ti la suspirada
derrota, y una tarde florecida
la pasión morderá la pulpa henchida
de tus senos, como una llamarada.

Un velo cruzará por tu mirada
y sin memoria, contra mí ceñida,
sentirás el misterio de la vida
revelarse en tu carne desgonzada.

Ya vuelta al mundo me dirás: ¿Qué has hecho?
Restregarás los ojos, sobre el pecho
reanimarás tu deshojada rosa;

y, para más inenarrable encanto,
habrá un amago de temblor de llanto
en tu voz, casi, casi silenciosa.

Imposible. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Mientras tu sien se tiñe de amapola
y enamorada sobre mí se inclina,
por tu traje de glauca muselina
cruza un marino fruncimiento de ola.

Tu austera doncellez, que no se inmola,
en vano bajo el peplo se adivina;
en vano ante la sombra que camina
te miro junto, palpitante y sola.

Amor, ni tú te das, ni yo te tomo.
Lejos estamos, mientras miro cómo
tiembla al vaivén del corazón, tu velo.

Es a veces así, sobre la playa,
una raya de mar, solo una raya,
lo que nos finge separar del cielo.

Exhortación. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Oyes, en medio de la selva, un trino,
ves en la noche cintilar tu estrella,
un alma de mujer cándida y bella
refulge a trechos en tu gris camino.

Tú sientes la emoción, el repentino
embrujamiento, la indeleble huella,
pero el éxtasis lírico te sella
en los labios el verso peregrino.

No importa. Tus momentos de Absoluto
hierven en ti, como la kiel en cubas,
y a cada germen corresponde un fruto:

a nubes de pasión, lluvias de llanto,
a viñedos en flor, cosecha de uvas,
y a siembras de emoción, siegas de canto.

Es el alba que avanza. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Ingenua colegiala de ojazos taciturnos
que a través de la reja de tu alcoba
indagas el misterio de los astros nocturnos.

Adivino que sueñas...
                                (Los ojos se prolongan
en las ojeras lánguidas, y los senos turgescen,
y las manos se afiebran, y los labios florecen...)

En tu carne virgínea ya la mujer se inicia,
y en tus horas inquietas
entrevés el coloquio , presientes la caricia.

La romántica espera te ha embellecido tanto,
como jamás lo sospechó mi canto.

Porque en los pechos núbiles el amor presentido,
es el Alba, que avanza sobre un campo florido.

Emociones. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Cuando espiaba su gira vespertina,
sentí una facultad maravillosa
para hallar al través de cada cosa
un asomo de gracia femenina.

cuando sentí que su pisada fina
resonaba en la senda silenciosa,
tembló mi corazón como una rosa
cuando siente que el viento se avecina.

Cuando su vista se fijó en la mía
algo en mi frente se detuvo como
la luciérnaga azul de la alegría.

Cuando besé su cuello de gaviota
el universo parecióme un pomo
de esencia, y lo aspiré gota por gota.

El secreto. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

En la tibia quietud de nuestra sala
sentiré que te acercas a mi lado,
conteniendo el aliento fatigado
y en puntillas, como una colegiala.

Un secreto. Y tu mano, que resbala
por tus cabellos me tendrá vendado,
y en tu voz habrá un tono inusitado:
arrullará como si fuera un ala.

Luego, en silencio, en la penumbra densa,
saborearemos la fruición intensa
de un doble amor que se transmuta en uno.

Tanta ventura nos infunde miedo.
Mas, por instinto, lloraremos quedo,
como temiendo despertar a alguno.

Amanecer. Juan Lozano y Lozano (1902-1980)

Rosa ha tenido un vértigo, un incierto
malestar, un temblor desconocido,
y ella, para explicar, se ha referido
a un hartazgo de frutas en el huerto.

Pero algo siente en su anterior despierto
que trece abriles pareció dormido,
y nebulosamente ha colegido
que algo nace en su ser, y que algo ha muerto.

Cierra a llave la alcoba confidente,
y temerosa y deleitosamente
delante del espejo se desnuda.

Luego siente rubor, y, remordida,
en la noche más bella de su vida,
rompe a llorar, inconsolable y muda.

martes, 28 de marzo de 2017

Para evitar esta huida... Gherasim Luca (1913-1994)

Para evitar esta huida
hacia una ilusión consoladora
prefiero desenmascarar la complicidad parcial
de la amada antes que idealizar
sus compensadores encantos
prefiero llevar mi desesperación
hasta sus últimas consecuencias
(lo que debe comportar
una solución dialéctica favorable)
antes que...

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

Si es verdad, como se propone... Gherasim Luca (1913-1994)

Si es verdad, como se pretende
que tras la muerte el hombre persigue
una existencia fantasmagórica
te lo haré saber

Si no doy señales de «vida»
durante un mes
que sepas que se muere como se pudre
una cebolla, una silla, un sombrero

Me suicido por asco.

Carta dejada sobre la mesa antes del quinto intento de suicidio (V)



Texto escrito durante el quinto intento de suicidio (V)

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

Una enfermedad nerviosa nunca incurable... Gherasim Luca (1913-1994)

Una enfermedad nerviosa nunca incurable
nunca que nunca me tortura
desde hace varios años nunca
me obliga nunca a poner fin a mis días

Nunca pago con mi vida los errores
de mis padres nunca mi herencia
nunca cargada

Si nunca he hecho daño a alguien
le ruego que nunca me perdone.

Carta dejada sobre la mesa antes del cuarto intento de suicidio (IV)



Texto escrito durante el cuarto intento de suicidio (IV)

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

La pronunciación cansina... Gherasim Luca (1913-1994)

La pronunciación cansina
e intencionadamente teatral
de la interjección ¡oh!
seguida del nombre adorado de la amada
basta para expresar
la melancolía latente de mi amor
y, anestesiando mi cólera
mi desesperación y mi exhibicionismo
los reemplaza por una crueldad sorda
como en los ejercicios vampíricos
y catalépticos del amor
de las plantas carnívoras

A pesar de esto, con rabia
me golpeo con un cuchillo
en el corazón

El garabato trazado con la mano izquierda
mientras la derecha sostiene el cuchillo
guarda la melancolía latente del amor

La guarda y la chupa

                                                    (Anotación inmediata)

¡Oh, querida!

Carta dejada sobre la mesa antes del tercer intento de suicidio (III)



Texto escrito durante el tercer intento de suicidio (III)

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

Que no se busquen las causas de mi muerte... Gherasim Luca (1913-1994)

Que no se busquen las causas de mi muerte
nadie es culpable, ni siquiera yo

Dejo la vida sin ningún pesar

Solicito ser enterrado con sobriedad
y, a ser posible, incinerado

Ni flores, ni coronas.


Carta dejada sobre la mesa antes del segundo intento de suicidio (II)


Texto escrito durante el segundo intento de suicidio (II)

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

No soporto más esta vida de privaciones... Gherasim Luca (1913-1994)

Carta dejada sobre la mesa antes del primer intento de suicidio (I)



Trato de suicidarme estrangulándome
con ayuda de una corbata que ato
al pomo de la puerta

He dejado sobre la mesa una carta
que me parece de una comicidad irresistible

La ausencia de toda razón perceptible
halla en mi suicidio «a causa de la miseria»
una réplica groseramente económica
pero llena de encanto

De todas las razones aparentes
invocadas por los suicidas
esta me ha provocado siempre
una repulsa especial
debido a su carácter esclavista, masoquista
y claramente contrarrevolucionario

No podía dejar una carta
más desconcertante sobre mi cadáver

Para él la sola palabra «privaciones»
resume toda la languidez
y la beatitud del miserable

Aunque saque la lengua
con una involuntaria tendencia
satírica antagónica
mi arribista cadáver supera
gracias a esta carta
el primer grado de la escala social
Un vértigo en el que reconozco mi pasión
por la intoxicación, por la asfixia
por la desaparición de las certidumbres

Llevo las manos a mi garganta
probablemente para impedir el estrangulamiento
pero el gesto es tan violento
que se diría que quiero rematarlo
No me he puesto una corbata desde hace ocho años

                                                            (Anotación inmediata)

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

Fragmentos de "La muerte muerta". Gherasim Luca (1913-1994)

Con extrema voluptuosidad mental
y bajo un estado de excitación
afectivo y físico ininterrumpido
persigo en mí y fuera de mí
este número de acrobacia infinita

Estos saltos contemplativos y lúbricos
que ejecuto
simultáneamente tumbado y de pie

incluso en mi forma desconcertante
o innoble o profundamente afrodisíaca
o perfectamente ininteligible
de saludar de lejos a mis semejantes

de tocar o de mover
con indiferencia fingida
un cuchillo, una fruta
o la cabellera de una mujer

estos saltos convulsivos que provoco
en el interior de mi ser
convulsivamente integrado
en la grandiosa convulsión universal
y cuya dialéctica dominante
me era siempre accesible
aunque sólo captara
las relaciones aparentes,

han comenzado en los últimos tiempos
a oponerme su figura impenetrable
como si
ante la tentación de encontrarme
conmigo mismo
en la superficie de un espejo
arañara impacientemente el azogue
para asistir
estupefacto
a mi propia desaparición

No se trata aquí de torpeza alguna
en el plano del conocimiento
ni de la piadosa maniobra del hombre
que declara orgullosamente su ignorancia

No reconozco en mí ninguna
curiosidad intelectual

y sostengo sin el menor escrúpulo
mi poco interés
por algunas de las cuestiones fundamentales
que se plantean mis semejantes

Podría morir mil veces
sin que me plantee
un problema fundamental
como el de la muerte
en su dimensión filosófica

esta forma de dejarse inquietar
por el misterio que nos rodea
me ha parecido siempre depender
de un idealismo implícito
sea el enfoque materialista o no

La muerte en tanto que obstáculo
opresión, tiranía, límite
angustia universal

en tanto que enemiga real, diaria
insoportable, inadmisible e ininteligible
debe, para llegar a ser verdaderamente vulnerable
y, por tanto, soluble
aparecérseme en las relaciones dialécticas
minúsculas y gigantescas
que mantengo continuamente con ella
independientemente del lugar que ocupa
en la ridícula escala de valores

En relación con la muerte
un paraguas encontrado en la calle
me parece tan inquietante
como el sombrío diagnóstico de un médico

En mis relaciones con la muerte
(con los guantes, el fuego, el destino
los latidos del corazón, las flores ... )

pronunciar fortuitamente
la palabra «moribunda»
en lugar de «bienamada»
basta para alarmar mi mediumnidad

y el peligro de muerte
que amenaza a mi bienamada
del cual tengo conocimiento
por ese lapsus de premonición subjetiva
(deseo su muerte)
y objetiva (está en peligro de muerte)
me inspira un contraataque
con la forma de un hechizo subjetivo
(no deseo su muerte
-ambivalencia interior, culpabilidad)
y objetivo (no está en peligro de muerte
-ambivalencia exterior, azar favorable)

Construyo un talismán-simulacro
siguiendo un procedimiento automático
de mi invención («El Ojo magnético»)...]

* * * * *

[...Sé en qué medida
mi desesperación proyectada sobre la totalidad
de las personas que me rodean
es susceptible de sugerir
la manía de persecución
en su fase aguda, pero esta faceta
de mi comportamiento no sabría cómo abolir
el significado objetivo
que atribuyo a la paranoia
ya que para denunciar a las personas que amo
dispongo de un material analítico
por sí mismo convincente
sin que sea necesario
el apoyo maníaco de mi persona

Además, poco importa que mis acusaciones
sean legítimas o no

Lo que me interesa, lo que experimento
como una necesidad irresistible
es apoyar con mis actos
hasta en sus consecuencias más absurdas
el vacío teórico que me ocupa
independientemente del dolor pasajero
que me inflijo y de la categoría masoquista
en la que supuestamente caigo

Para mí, el único placer
objetivamente deseable, aquel que jamás
ha sido experimentado, no puede suscitarse
más que por una euforia mental concomitante
jamás imaginada, jamás pensada

Los errores teóricos que haya podido cometer
y que me han vuelto en los últimos tiempos
tan vulnerable al sadismo incesante
del mundo exterior
no pueden encontrar una salida
si no es porque conservo en mí el equilibrio
inestable de la negación
y de la negación de la negación
única forma de estar siempre de acuerdo
con uno mismo

El vacío teórico que experimento
como si viviera día y noche
bajo una máquina neumática
me obliga a mandar a todos los que me quieren
cartas de ruptura en las que denuncio su odio
teniendo su amor por mí todos los caracteres
latentes del odio general

El alejamiento físico de estas personas
no es solamente la puesta en práctica
de mi vacío teórico
sino también una medida elemental de seguridad...]

* * * * *

[...La presencia permanente de la muerte
en la noche funeraria de mi ser
jamás adoptará, en tanto que necesidad
los aspectos paralizantes de la muerte
inventada por el Creador
esta muerte (esta vida) estructuralmente
religiosa desaparecerá con la última
represión

La muerte que yo acojo como una necesidad
como la válvula de la desesperación
como una réplica del amor y del odio
como una prolongación de mi ser
en el interior de mis propias contradicciones

esa muerte, yo la reconozco
en ciertos aspectos angustiosos
y lúbricos del sueño, en la toxicomanía
en la catalepsia, en el automatismo
ambulatorio

siempre en la intersección
del hombre y la sombra
de la sombra y la llama

la reconozco en mi necrofilia enmascarada
cuando obligo a mi amada
a guardar durante el amor
una pasividad glacial

la reconozco incluso en el acto mecánico
del sueño, en el desmayo
o en la epilepsia

pero nunca reconoceré
ni siquiera en mis ensueños más
autoflageladores
la objetividad de ese fenómeno siniestro
que nos vuelve monótonos
nos hace repetitivos y nos extermina
como si fuéramos la víctima
mil veces milenaria
de un monomaniaco senil y cínico

La prolongación de esta muerte necesaria
que ya no se opondrá traumáticamente
a la vida y que la resolverá
en el sentido de una negación ininterrumpida
en la que sean perpetuamente posibles
la reciprocidad y la inversión causal
la prolongación de esta muerte objetiva
como una réplica a mi vida objetiva
a través de la cual alcanza
una tensión siempre extrema
la objetividad incandescente de mis amores
me obliga hoy
en un estado de ilimitada desolación
pánica, de catalepsia moral
llevada hasta el vacío teórico
y de desesperación insoluble, macabra
y sintomáticamente revolucionaria
a agravar este estado de irritación aguda
exasperándolo hasta su imposible
negación, hasta la negación
exasperante de lo imposible
en donde la muerte
para ser devorada como una mujer
se libera de sus sumas traumáticas
y se ilumina cualitativamente
taumatúrgicamente y adorablemente
de humor

Utilizando los signos cifrados
de nuestro tatuaje interior
apelando de nuevo
al Irrespirable Triángulo del artificio
a la Mujer de las mil Pieles
del automatismo
al Corazón Doble del sonambulismo provocado
y a la Gran, a la Inigualable Ballena
del simulacro

Hace varios días que llevo a cabo
algunos intentos de suicidio
que no son sólo
una consecuencia lógica
de mis decepciones, de mi saturación
y de mi desesperación subjetiva
sino la primera victoria real
y virtual
sobre esa Paralítica General Absoluta
que es la muerte

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

Fragmentos de "El inventor del amor". Gherasim Luca (1913-1994)

Corre
de una sien a otra
la sangre de mi suicidio virtual

negra, vitriolada y silenciosa

Como si de verdad me hubiera suicidado

día y noche atraviesan las balas
mi cerebro

arrancando las raíces del nervio
óptico, acústico, táctil
-esos límites-
y expandiendo por el cráneo
un olor a pólvora quemada
a sangre coagulada y a caos

Con singular elegancia
llevo sobre mis hombros
esta testa de suicidado
que de un lugar a otro pasea
una sonrisa infame
que en un radio de varios kilómetros
empozoña
la respiración de los seres y las cosas

Visto con distancia
se diría de alguien abatido
por una ráfaga de metralleta

Mi paso incierto recuerda
al del condenado a muerte
al de la rata de campo
al del pájaro herido

Como el funambulista
sujeto a su sombrilla

me aferro
a mi propio desequilibrio

Sé de memoria
esos desconocidos caminos
que puedo recorrer
con los ojos cerrados

Mis movimientos
no tienen la gracia axiomática
del pez en el agua

del buitre y del tigre

parecen desordenados
como todo lo que se ve
por vez primera

Me siento obligado a inventar me
un modo propio de desplazamiento
de respiración
de existencia

en un mundo que no es ni agua
ni aire, ni tierra, ni fuego

cómo saber de antemano
si uno ha de nadar
volar, caminar o arder

Al inventar el quinto elemento
el sexto
me veo obligado a revisar mis tics
mis costumbres, mis certezas

pues pretender pasar de una vida acuática
a otra terrestre
sin modificar el funcionamiento
del aparato respiratorio
es la muerte

La cuarta dimensión (5ª, 6ª, 7ª, 8ª, 9ª)
el quinto elemento 6º, 7º, 8º, 9º, 10º, 11º)
el tercer sexo (4º, 5º, 6º, 7º)

Saludo a mi doble, a mi triple
Me miro en el espejo
y veo un rostro cubierto de ojos
de bocas, de orejas, de marcas

Bajo la luna
proyecta mi cuerpo una sombra
una penumbra,
una zanja
un lago sereno
una remolacha

Estoy francamente irreconocible

Beso a una mujer en los labios
que ignora
si ha sido envenenada
encerrada mil años en una torre
o si se ha quedado dormida
con la cabeza apoyada en la mesa

Todo debe ser reinventado
en el mundo ya no hay nada

Ni siquiera las cosas
de las que no se puede prescindir
de las que parece
que depende nuestra existencia

Ni siquiera la amada
esta suprema certeza
ni su cabellera
ni su sangre que con tanta voluptuosidad
extendemos
ni la emoción que desata
su sonrisa enigmática
cada tarde a las 4

(las 4
número prefijado
que bastaría para poner en duda
nuestros postreros abrazos)

todo
absolutamente toda iniciativa humana
tiene ese carácter
reductor y premeditado
del número 4

incluso ciertos encuentros fortuitos
los grandes amores, las súbitas
y grandes crisis de conciencia

Veo la mugrienta sangre del hombre
cubierta de relojes, de registros
de amores estereotipados
de complejos fatales
de límites...]

* * * * *

[...Prefiero estar entre la gente
más que como un asesino
como un peligro latente
como un provocador en pronunciada agonía

Merced a esta actitud no-edípica
ante la existencia
observo con ojo maléfico y negro
escucho con oreja no acústica
toco con mano insensible
artificial, inventada
el muslo de una mujer
de la que no retengo ni el perfume
ni el terciopelo -esas perennes atracciones
de su cuerpo magnífico- sólo el destello
eléctrico, las estrellas fugaces de su cuerpo
encendidas y apagadas una sola vez
a lo largo de la eternidad
el magnetismo y el flujo de ese muslo
y sus cósmicas radiaciones, la luz
y la oscuridad interiores, la ola de sangre
que la cruza, su sola ubicación
en el espacio y en el tiempo
revelándoseme bajo la monstruosa
lupa de mi cerebro
de mi corazón y de mi inhumano
aliento

No llego a comprender
el encanto de la vida
sin las solas revelaciones
del instante

Si la mujer que amamos
no se inventa bajo nuestra mirada

si los ojos no se desprenden
de los viejos clichés
de la imagen en la retina

si no se salen de sus órbitas
y se dejan sorprender y atraer por una región
desconocida

la vida me parece fijarse arbitrariamente
en un momento de nuestra infancia
o en la infancia de la humanidad

una forma de remedar
la vida de cualquier otro

En efecto, la vida se convierte en un escenario
en el que se interpreta a Romeo, Caín, César
y a otras figuras macabras

Poseídos por esos cadáveres
recorremos como ataúdes
el camino que une
el nacimiento a la muerte...]

* * * * *

[...Esas mujeres fugitivas
que las apariencias
la calle y las costumbres
señalan
como a las locas del pueblo

hacen que surja ilimitadamente
en la pantalla de mi corazón
la amada fastuosa
inventada e inventable
a la que uno mi vida

Y me parece que el final de esta frase
en la que deposito una eterna fidelidad
a la amada
tiene un sabor único
en el momento en que la pronuncio

porque desde aquí veo
los alarmados rostros de mis semejantes
que querrían vaciar en bronce
mi efigie
entre la carroña
de su habitual trivialidad
entre los clichés familiares
que son Don Juan y Casanova
decepcionados por mi devota mirada
que acaricia con un amor infinito
a una mujer
a la que tengo la impresión de no conocer
desde hace mucho tiempo

desconcertados por una respuesta romántica
inocente y pueril
de mi satánica fidelidad

Estoy seguro
de que habría sido más tranquilizador
para la buena marcha
de la infamia humana
que yo hubiera sido un feroz asesino
o un incendiario sin sentido
ya que en ese caso podría ser reducido
a uno de sus datos más previsibles
pero nunca se me perdonarán
las arenas movedizas de mis gestos resueltos
vertiginosos y atroces como los volcanes
los movimientos de tierra
de un encuentro a otro
esta vibrante confusión
de mujeres fragmentadas
apenas conocidas o totalmente desconocidas
y que son atraídas hacia mí
con una fuerza irresistible
en ciertas circunstancias
sin equivalencia alguna
en el mundo preconcebido de los fenómenos
corrientes o excepcionales
pero que en ocasiones recuerdan
el proceso de desplazamiento
y condensación
que asciende desde la vida onírica

un vestido, un liviano velo
un ojo verde, un ojo azul, un perfume
o un veneno lento, un desmayo
una herida en la cadera
cabelleras revueltas
tantas alusiones vagas y lejanas
tantas corrientes favorables
que hacen que aflore a la superficie del agua
esa cabeza de tinieblas
la cabeza de la amada envuelta en una nebulosa
la cabeza de mi adorada bienamada
tentacular, radiante, jamás nacida

cuya suprema afirmación
es el inmenso cordón umbilical
a través del cual le chupo el corazón

Versión de Eugenio Castro
Editado por Poesía, señor Hidalgo 2007

lunes, 27 de marzo de 2017

Poemas IV. Leopoldo Lugones (1874-1938)

Piano.

Un poco de cielo y un poco de lago
donde pesca estrellas el glácil bambú,
y al fondo del parque, como íntimo halago,
la noche que mira como miras tú.

Florece en los lirios de tu poesía
la cándida luna que sale del mar,
y en flébil de azul melodía,
te infunde una vaga congoja de amar.

Los dulces suspiros que tu alma perfuman
te dan, como a ella, celeste ascensión,
la noche..., tus ojos..., un poco de Schuman...
y mis manos llenas de tu corazón.







Primer violín.

Largamente, hasta tu pie
se azula el mar ya desierto,
y la luna es de oro muerto
en la tarde rosa té.

Al soslayo de la luna
recio el gigante trabaja,
susurrándote en voz baja
los ensueños de la luna.

Y en la lenta palpitación,
más grave ya con la sombra,
viene a tenderte la alfombra
su melena de león.







Romance del perfecto amor.

Oye, Amada, la noche. Qué serena
la luna se levanta
sobre la mar y sobre tu hermosura.
La noche canta.

Oye, Amada, la fuente. En lo profundo
de la calma sonora,
con música más dulce que ese canto,
la fuente llora.

Oye, amada, el silencio. Qué reposo
de pasión, de congoja y de batalla.
Reina la perfección sobre los lirios.
La dicha calla.







Rosa de otoño.

Abandonada al lánguido embeleso
que alarga la otoñal melancolía,
tiembla la última rosa que por eso
es más hermosa cuanto más tardía.

Tiembla... un pétalo cae... y en la leve
imperfección que su belleza trunca,
se malogra algo de íntimo que debe
llegar acaso y que no llega nunca.

La flor, a cada pétalo caído,
como si lo llorara, se doblega
bajo el fatal rigor que no ha debido
llegar jamás, pero que siempre llega.

Y en una blanda lentitud, dichosa
con la honda calma que la tarde vierte,
pasa el deshojamiento de la rosa
por las manos tranquilas de la muerte.







Rosa marchita.

Rosa marchita que el amante guarda
entre viejos y pálidos papeles
que a ese recuerdo vagamente fieles
siente pasar bajo su mano tarda.

Quizá recuerda un algo de la vida
de aquel amor, tras tantos desengaños,
y por eso parece que, a los años,
no está muerta la flor, sino dormida.







Salmo pluvial.

Tormenta:

Érase una caverna de agua sombría el cielo;
El trueno, a la distancia, rodaba su peñón;
Y una remota brisa de conturbado vuelo,
Se acidulaba en tenue frescura de limón.

Como caliente polen exhaló el campo seco
Un relente de trébol lo que empezó a llover.
Bajo la lenta sombra, colgada en denso fleco,
Se vio el cardal con vívidos azules florecer.

Una fulmínea verga rompió el aire al soslayo;
Sobre la tierra atónita cruzó un pavor mortal,
y el firmamento entero se derrumbó en un rayo,
Como un inmenso techo de hierro y de cristal.

Lluvia:

Y un mimbreral vibrante fue el chubasco resuelto
Que plantaba sus líquidas varillas al trasluz,
O en pajonales de agua se espesaba revuelto,
Descerrajando al paso su pródigo arcabuz.
Saltó la alegre lluvia por taludes y cauces;
Descolgó del tejado sonoro caracol;
y luego, allá a lo lejos, se desnudó en los sauces.
Transparente y dorada bajo un rayo de sol.

Calma:

Delicias de los árboles que abrevó el aguacero.
Delicia de los gárrulos raudales en desliz.
Cristalina delicia del trino del jilguero.
Delicia serenísima de la tarde feliz.

Plenitud:

El cerro azul estaba fragante de romero,
y en los profundos campos silbaba la perdiz.







Segundo violín.

La luna te desampara
y hunde en le confín remoto
su punto de huevo roto
que vierte en el mar su clara.

Medianoche van a dar,
y al gemido de la ola
te angustias, trémula y sola,
entre mi alma y el mar.







Tentación.

Calló por fin el mar, y así fue el caso:
En un largo suspiro violeta,
se extenuaba de amor la tarde quieta
con la ducal decrepitud del raso.

Dios callaba también; una secreta
inquietud expresábase en tu paso;
la palidez dorada del Ocaso
recogía tu lánguida silueta.

El campo en cuyo trebolar maduro
la siembra palpitó como una esposa,
contemplaba con éxtasis impuro

tu media negra; y una silenciosa
golondrina rayaba el cielo rosa,
como un pequeño pensamiento oscuro.







Venus victa.

Pidiéndome la muerte, tus collares
desprendiste con trágica alegría
y en su pompa fluvial la pedrería
se ensangrentó de púrpuras solares.

Sobre tus bizantinos alamares
gusté infinitamente tu agonía,
a la hora en que el crepúsculo surgía
como un vago jardín tras de los mares.

Cincelada por mi estro, fuiste bloque
sepulcral, en tu lecho de difunta;
y cuando por tu seno entró el estoque

con argucia feroz su hilo de hielo,
brotó un clavel bajo su fina punta
en tu negro jubón de terciopelo.





Violonchelo.

Divina calma del mar
donde la luna dilata
largo reguero de plata
que induce a peregrinar.

En la pureza infinita
en que se ha abismado el cielo,
un ilusorio pañuelo
tus adioses solicita.

y ante la excelsa quietud,
cuando en mis brazos te estrecho
es tu alma, sobre mi pecho,
melancólico laúd.

Poemas III. Leopoldo Lugones (1874-1938)

Las manos entregadas.

El insinuante almizcle de las bramas
se esparcía en el viento, y la oportuna
selva estaba olorosa como una
mujer. De los extraños panoramas

surgiste en tu cendal de gasa bruna,
encajes negros y argentinas lamas,
con tus brazos desnudos que las ramas
lamían, al pasar, ebrias de luna.

La noche se mezcló con tus cabellos,
tus ojos anegáronse en destellos
de sacro amor; la brisa de las lomas

te envolvió en el frescor de los lejanos
manantiales, y todos los aromas
de mi jardín sintetizó en tus manos.







Los celos del sacerdote.

Obsta con densa máscara de seda
el cruel carmín de tu inviolada boca,
y la gran noche azul de tus pupilas,
y el cielo de tu fuente luminosa.

Destrenza tus cabellos como un duelo
sobre tu nuca artística, oh Theóclea!
(tus largas trenzas
peinadas por los besos de mi boca).

Y reviste la túnica de luto,
que cuando en torno de tus flancos flota,
parece que la noche se desprende
de tus hombros. Yo quiero, con la loca
ansiedad de mis celos exclusivos,
sólo para mis manos, esa heroica
desnudez de tu seno, que aparece
como el orto de un astro; y esa gloria
de tu garganta que triunfal emerge,
como una copa
de acero, que los técnicos cinceles
labraron;
y esa curva vencedora
de tu ebúrnea cadera que realza
la orquestal armonía de tus formas
bajo la gran caricia de la seda.
Cuando cruces (fantasmas.,luz, estrofa),
por las ruinas que pueblan mi cerebro,
como la triste luna que corona
la trunca arquitectura de las nubes;
yo quiero verte envuelta por la sombra
de la máscara negra y tus cabellos,
y la fúnebre seda de tus ropas,
como la estatua Libertad que velan
cuando la patria está en peligro. Sola
en mi templo de amor, dame tus brazos,
que anegarán mi cuerpo cual dos ondas,
en turbulenta confluencia unidas,
y el beso que en los sabios sacrilegios
me dejas en los labios como hostia,
y el albor de tu seno en que culmina,
bajo una tibia irrealidad de blondas,
el orgullo ducal de un palpitante
pezón de rosa;
y la gracia triunfal de tu cintura,
como una ánfora llena de magnolias,
y el hermético lirio de tu sexo,
lirio lleno de sangre y de congojas.
Y que sólo tus manos se destaquen
en la noche de seda de tus ropas,
cuando estés en mis brazos victimarios
(¡deseado crucifijo de las bodas!).
Y que sólo tus manos sean vistas
por extrañas pupilas, cual dos tórtolas
que se aman blancamente, consagradas
por los besos exhaustos de mi boca...
Y que gocen los hombres del delito
de tus manos desnudas: ¡oh Theóclea!







Los doce gozos.

Cabe una rama en flor busqué tu arrimo.
La dorada serpiente de mis males
circuló por tus púdicos cendales
con la invasora suavidad de un mimo.

Sutil vapor alzábase del limo
sulfurando las tintas otoñales
del Poniente, y brillaba en los parrales
la transparencia ustoria del racimo.

sintiendo que el azul nos impelía
algo de Dios, tu boca con la mía
se unieron en la tarde luminosa

bajo el caduco sátiro de yeso.
Y como de una cinta milagrosa
ascendí suspendido de tu beso.







Luna de los amores.

Desde que el horizonte suburbano,
El plenilunio crepuscular destella,
En el desierto comedor, un lejano
Reflejo, que apenas insinúa su huella.
Hay una mesa grande y un anaquel mediano.
Un viejo reloj de espíritu luterano.
Una gota de luna en una botella.
Y sobre el ébano sonoro del piano,
Resalta una clara doncella.

Arrojando al hastío de las cosas iguales
Su palabra bisílaba y abstrusa,
En lento brillo el péndulo, como una larga fusa,
Anota el silencio con tiempos inmemoriales.

El piano está mudo, con una tecla hundida
Bajo un dedo inerte. El encerado nuevo
Huele a droga desvanecida.
La joven está pensando en la vida.
Por allá dentro, la criada bate un huevo.

Llena ahora de luna y de discreta
Poesía, dijérase que esa joven brilla
En su corola de Cambray, fina y sencilla,
Como la flor del peral. ¡Pobre Énriqueta!

La familia, en el otro aposento,
Manifiéstame, en tanto, una alarma furtiva.
Por el tenaz aislamiento
De esa primogénita delgada y pensativa.
«No Prueba bocado. Antes le gustaba el jamón.»
«Reza mucho y se cree un cero a la izquierda. »
«A veces siente una puntada en el pulmón.»
-Algún amor, quizá, murmura mi cuerda
Opinión...

En la obscuridad, a tientas halla
Mi caricia habitual la cabeza del nene...
Hay una pausa.
                                     Pero si aquí nadie viene
Fuera de usted», dice la madre. El padre calla.
El aire huele a fresia; de no sé qué espesuras
Viene, ya anacrónico, el gorjeo de un mirlo
Clarificado por silvestres ternuras.
La niña sigue inmóvil, y ¿por qué no decirlo?
Mi corazón se preña de lágrimas obscuras.

No; es inútil que alimente un dulce engaño;
Pues cuando la regaño
Por su lección de inglés, o cuando llévola
Al piano con mano benévola,
Su dócil sonrisa nada tiene de extraño.

«Mamá, ¿qué toco?», dice con su voz más llana;
«Forget me not?...». y lejos de toda idea injusta:
Buenamente añade: «Al señor Lugones le gusta.»
Y me mira de frente delante de su hermana.

Sin idea alguna
De lo que pueda causar aquella congoja
-En cuya languidez parece que se deshoja-
Decidimos que tenga mal de luna.
La hermana, una limpia, joven de batista,
Nos refiere una cosa que le ha dicho.
A veces querría ser, por capricho,
La larga damisela de un cartel modernista
Eso es todo lo que ella sabe; pero eso
Es poca cosa
Para un diagnóstico sentimental. ¡Escabrosa
Cuestión la de estas almas en trance de beso!
Pues el «mal de luna», como dije más arriba,
No es sino el dolor de amar, sin ser amada.
Lo indefinible: una Inmaculada
Concepción, de la pena más cruel que se conciba.

La luna, abollada
Como el fondo de una cacerola
Enlozada.
Visiblemente turba a la joven sola.
Al hechizo pálido que le insufla,
Lentamente gira el giratorio banco;
y mientras el virginal ruedo blanco
Se crispa sobre el moño rosa de la pantufla.
Rodeando la rodilla con sus manos, unidas
Como dos palomas en un beso embebecidas,
Con actitud que consagra
Un ideal quizá algo fotográfico,
La joven tiende su cuello seráfico
En un noble arcaísmo de Tanagra.

Conozco esa mirada que ahora
Remonta al ensueño mis humanas miserias.
Es la de algunas veladas dulces y serias
En que un grato silencio de amistad nos mejora.
Una pura mirada,
Suspensa de hito en hito.
Entre su costura inacabada
y el infinito...







Nocturno.

Grave fue nuestro amor, y más callada
aquella noche frescamente umbría,
polvorosa de estrellas se ponía
cual la profundidad de una cascada.

Con la íntima dulzura del suceso
que abandonó mis labios tus sonrojos,
delirados de sombra ví tus ojos
en la embebida asiduidad del beso.

Y lo que en ellos se asomó a mi vida,
fue tu alma, hermana de mi desventura,
avecilla poética y oscura
que aleteaba en tus párpados rendida.







Oceanida.

El mar, lleno de urgencias masculinas,
bramaba alrededor de tu cintura,
y como un brazo colosal, la oscura
ribera te amparaba. En tus retinas,

y en tus cabellos, y en tu astral blancura,
rieló con decadencias opalinas,
esa luz de las tardes mortecinas
que en el agua pacífica perdura.

Palpitando a los ritmos de tu seno,
hinchóse en una ola el mar sereno;
para hundirte en sus vértigos felinos

su voz te dijo una caricia vaga,
y al penetrar entre tus muslos finos,
la onda se aguzó como una daga.







Oda a la desnudez.

¡Qué hermosas las mujeres de mis noches!
En sus carnes, que el látigo flagela,
pongo mi beso adolescente y torpe,
como el rocío de las noches negras
que restaña las llagas de las flores.

Pan dice los maitines de la vida
en su rústico pífano de roble,
y Canidia compone en su redoma
los filtros del pecado, con el polen
de rosas ultrajadas, con el zumo
de fogosas cantáridas. El cobre
de un címbalo repica en las tinieblas,
reencarnan en sus mármoles los dioses,
y las pálidas nupcias de la fiebre
florecen como crímenes; la noche,
su negra desnudez de virgen cafre
enseña engalanada de fulgores
de estrellas, que acribillan como heridas
su enorme cuerpo tenebroso. Rompe
el seno de una nube y aparece
crisálida de plata, sobre el bosque,
la media luna, como blanca uña,
apuñaleando un seno; y en la torre
donde brilla un científico astrolabio,
con su mano hierática, está un monje
moliendo junto al fuego la divina
pirita azul en su almirez de bronce.

Surgida de los velos aparece
( ensueño astral ) mi pálida consorte,
temblando en su emoción como un sollozo,
rosada por el ansia de los goces
como divina brasa de incensario.
Y los besos estallan como golpes.
Y el rocío que baña sus cabellos
moja mi beso adolescente y torpe;
y gimiendo de amor bajo las torvas
virilidades de mi barba, sobre
las violetas que la ungen, exprimiendo
su sangre azul en sus cabellos nobles,
palidece de amor como una grande
azucena desnuda ante la noche.

¡Ah! muerde con tus dientes luminosos,
muerde en el corazón las prohibidas
manzanas del Edén; dame tus pechos,
cálices del ritual de nuestra misa
de amor; dame tus uñas, dagas de oro,
para sufrir tu posesión maldita;
el agua de sus lágrimas culpables;
tu beso en cuyo fondo hay una espina.
Mira la desnudez de las estrellas;
la noble desnudez de las bravías
panteras de Nepal, la carne pura
de los recién nacidos; tu divina
desnudez que da luz como una lámpara
de ópalo, y cuyas vírgenes primicias
disputaré al gusano que te busca,
para morderte con su helada encía
el panal perfumado de tu lengua,
tu boca, con frescuras de piscina.
Que mis brazos rodeen tu cintura
como dos llamas pálidas, unidas
alrededor de una ánfora de plata
en el incendio de una iglesia antigua.
Que debajo mis párpados vigilen
la sombra de tus sueños mis pupilas
cual dos fieras leonas de basalto
en los portales de una sala egipcia.
Quiero que ciña una corona de oro
tu corazón, y que en tu frente lilia
caigan mis besos como muchas rosas,
y que brille tu frente de Sibila
en la gloria cirial de los altares,
como una hostia de sagrada harina;
y que triunfes, desnuda como una hostia,
en la pascua ideal de mis delicias.

¡Entrégate! La noche bajo su amplia
cabellera flotante nos cobija.
Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche
tu cuerpo pecador será una lira.







Olas grises.

Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
duerme el sueño pesado de la arena.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
Su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
Que la muerte es así..., que así es la vida.

Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,
Que no acabara nunca de llover.







Paradisíaca.

Cabe una rama en flor busqué tu arrimo.
La dorada serpiente de mis males
circuló por tus púdicos cendales
con la invasora suavidad de un mimo.

Sutil vapor alzábase del limo
sulfurando las tintas otoñales
del Poniente, y brillaba en los parrales
la transparencia ustoria del racimo.

Sintiendo que el azul nos impelía
algo de Dios, tu boca con la mía
se unieron en la tarde luminosa,

bajo el caduco sátiro de yeso.
y como de una cinta milagrosa
ascendí suspendido de tu beso.







Paseo sentimental.

Íbamos por el pálido sendero
hacia aquella quimérica comarca,
donde la tarde, al rayo del lucero,
se pierde en la extensión como una barca

Deshojaba tu amor su blanca rosa
en la melancolía de la estrella,
cuya luz palpitaba temerosa
como la desnudez de una doncella.

El paisaje gozaba su reposo
en frescura de acequia y de albahaca
Retardando su andar, ya misterioso,
lenta y oscura atravesó la vaca.

La feliz soledad de la pradera
te abandonaba en égloga exquisita
y el vibrante silencio sólo era
la pausa de una música infinita.

Púsose la romántica laguna
sombríamente azul, más que de cielo,
de serenidad grave, como una
larga quejumbre de «violoncello»,

La ilusión se aclaró con indecisa
debilidad de tarde en tu mirada,
y blandamente perfumó la brisa,
como una cabellera desatada.

La emoción del amor que con su angustia
de dulce enfermedad nos desacerba,
era el silencio de la tarde mustia
y la piedad humilde de la hierba.

Humildad olorosa y solitaria
que hacia el lívido ocaso decaía,
cual si la tierra, en lúgubre plegaria,
se postrase ante el cielo en agonía.

Al sentir más cordial tu brazo tierno,
te murmuré, besándote en la frente,
esas palabras de lenguaje eterno,
que hacen cerrar los ojos dulcemente.

Tus labios, en callada sutileza,
rimaron con los míos ese idioma,
y así, en mi barba de leal rudeza,
fuiste la salomónica paloma.

Ante la demisión de aquella calma
que tantos desvaríos encapricha,
sentí en el beso estremecerse tu alma,
al borde del abismo de la dicha.

Mas en la misma atónita imprudencia
de aquel frágil temblor de porcelana,
a mi altivez confiaste tu inocencia
con una fiel seguridad de hermana,

y de mi propio triunfo prisionero,
me ennobleció la legendaria intriga
que sufre tanto aciago caballero
portante el mal de rigorosa amiga.

Sonaba aquel cantar de los rediles
tan dulce que parece que te nombra,
y florecía estrellas pastoriles
el inmenso ramaje de la sombra.

La noche armonizábase oportuna
con la emoción del cántico errabundo,
y la voz religiosa de la luna
iba encantando suavemente al mundo.

Sol del ensueño, a cuya magia blanca
conservas, perpetuado por mi afecto,
el azahar que inmarcesible arranca
la novia eterna del amor perfecto.

Tonada montañesa que atestigua
una quejosa intimidad de amores,
apalabrando con su letra antigua
«El dulce lamentar de dos pastores».

Y vino el llanto a tu alma taciturna,
en esa plenitud de amor sombríos
con que deja correr la flor nocturna
su venturoso exceso de rocío;

desvanecida de tristeza, cuando
pues, ¡quién no sentirá la paz agreste
un plenilunio lánguido y celeste
cifre el idilio en que se muere amando!

Bajo esa calma en que el deseo abdica,
yo fui aquel que asombró a la desventura,
ilustre de dolor como el pelícano
en la fiera embriaguez de su amargura.

Así purificados de infortunio,
en ilusión de cándida novela,
bogamos el divino plenilunio
como debajo de una blanca vela.

Íbamos por el pálido camino
hacia aquella quimérica comarca,
donde la luna, al dejo vespertino,
vuelve de la extensión como una barca.

Y ante el favor sin par de la fortuna
que te entregaba a mi pasión rendida,
con qué desgaire comulgué en la luna
la rueda de molino de la vida.

Difluía a lo lejos la inconclusa
flauta del agua, musical delirio;
y en él embebecida mi alma ilusa,
fue simple como el asno y como el lirio.

Sonora noche, en que como un cordaje
la sombra azul nos dio su melodía.
Claro de luna que, al nupcial viaje,
alas de cisne en su blancura abría...

Aunque la verdad grave de la pena
bien sé que pronto los ensueños trunca,
cada vez que te beso me enajena
la ilusión de que no hemos vuelto nunca.

Porque esa dulce ausencia sin regreso,
y ese embeleso en victorioso alarde,
glorificaban el favor de un beso,
una tarde de amor... Como esa tarde...

Poemas II. Leopoldo Lugones (1874-1938)

Divagación lunar.

Si tengo la fortuna
De que con tu alma mi dolor se integre,
Te diré entre melancólico y alegre
Las singulares cosas de la luna.
Mientras el menguante exiguo
A cuyo noble encanto ayer amaste
Aumenta su desgaste
De cequín antiguo,
Quiero mezclar a tu champaña,
Como un buen astrónomo teórico,
Su luz, en sensación extraña
De jarabe hidroclórico.
Y cuando te envenene
La pálida mixtura,
Como a cualquier romántica Eloísa o Irene,
Tu espíritu de amable criatura
Buscará una secreta higiene
En la pureza de mi desventura.

Amarilla y flacucha,
La luna cruza el azul pleno,
Como una trucha
Por un estanque sereno.
Y su luz ligera,
Indefiniendo asaz tristes arcanos,
Pone una mortuoria traslucidez de cera
En la gemela nieve de tus manos.

Cuando aún no estaba la luna, y afuera
Como un corazón poético y sombrío
Palpitaba el cielo de primavera,
La noche, sin ti, no era
Más que un oscuro frío.
Perdida toda forma, entre tanta
Obscuridad, era sólo un aroma;
y el arrullo amoroso ponía en tu garganta
Una ronca dulzura de paloma.
En una puerilidad de tactos quedos,
La mirada perdida en una estrella,
Me extravié en el roce de tus dedos.

Tu virtud fulminaba como una centella...
Mas el conjuro de los ruegos vanos
Te llevó al lance dulcemente inicuo,
Y el coraje se te fue por las manos
Como un poco de agua por un mármol oblicuo.

La luna fraternal, con su secreta
Intimidad de encanto femenino,
Al definirte hermosa te ha vuelto coqueta,
Sutiliza tus maneras un complicado tino;
En la lunar presencia,
No hay ya ósculo que el labio al labio suelde;
Y sólo tu seno de audaz incipiencia,
Con generosidad rebelde,
Continúa el ritmo de la dulce violencia.

Entre un recuerdo de Suiza
Y la anécdota de un oportuno primo,
Tu crueldad virginal se sutiliza;
Y con sumisión postiza
Te acurrucas en pérfido mimo,
Como un gato que se hace una bola
En la cabal redondez de su cola.
Es tu ilusión suprema
De joven soñadora,
Ser la joven mora
De un antiguo poema.
La joven cautiva que llora
Llena de luna, de amor y de sistema.

La luna enemiga
Que te sugiere tanta mala cosa,
Y de mi brazo cordial te desliga,
Pone un detalle trágico en tu intriga
De pequeño mamífero rosa.
Mas, al amoroso reclamo
De la tentación, en tu jardín alerta,
Tu grácil juventud despierta
Golosa de caricia y de «Yoteamo».
En el albaricoque
Un tanto marchito de tu mejilla,
Pone el amor un leve toque
De carmín, como una lucecilla.
Lucecilla que a medias con la luna
Th rostro excava en escultura inerte,
y con sugestión oportuna
De pronto nos advierte
No sé qué próximo estrago,
Como el rizo anacrónico de un lago
Anuncia a veces el soplo de la muerte.







El astro propicio.

Al rendirse tu intacta adolescencia,
emergió, con ingenuo desaliño,
tu delicado cuello, del corpiño
anchamente floreado. En la opulencia,

del salón solitario, mi cariño
te brindaba su equívoca indulgencia
sintiendo muy cercana la presencia
del duende familiar, rosa y armiño.

Como una cinta de cambiante falla,
tendía su color sobre la playa
la tarde. Disolvía tus sonrojos,

en insidiosas mieles mi sofisma,
y desde el cielo fraternal, la misma
estrella se miraba en nuestros ojos.







El canto de la angustia.

Yo andaba solo y callado
Porque tú te hallabas lejos;
y aquella noche
Te estaba escribiendo,
Cuando por la casa desolada
Arrastró el horror su trapo siniestro.

Brotó la idea, ciertamente,
De los sombríos objetos:
El piano,
El tintero,
La borra de café en la taza,
y mi traje negro.

Sutil como las alas del perfume
Vino tu recuerdo.
lbs ojos de joven cordial y triste,
Tus cabellos,
Como un largo y suave pájaro
De silencio.
(Los cabellos que resisten a la muerte
Con la vida de la seda, en tanto misterio.)
Tu boca donde suspira
La sombra interior habitada por los sueños.
Tu garganta,
Donde veo
Palpitar como un sollozo de sangre,
La lenta vida en que te mece durmiendo.

Un vientecillo desolado,
Más que soplar, tiritaba en soplo ligero.
Y entre tanto,
El silencio,
Como una blanda y suspirante lluvia
Caía lento.

Caía de la inmensidad,
Inmemorial y eterno.
Adivinábase afuera
Un cielo,
Peor que oscuro:
Un angustioso cielo ceniciento.

Y de pronto, desde la puerta cerrada
Me dio en la nuca un soplo trémulo,
y conocí que era la cosa mala
De las cosas solas, y miré el blanco techo.
Diciéndome: «Es una absurda
Superstición, un ridículo miedo.»
Y miré la pared impávida.

Y noté que afuera había parado el viento.
¡Oh aquel desamparo exterior y enorme
Del silencio!
Aquel egoísmo de puertas cerradas
Que sentía en todo el pueblo.
Solamente no me atrevía
A mirar hacia atrás,
Aunque estaba cierto
De que no había nadie;
Pero nunca,
¡Oh, nunca habría mirado de miedo!
Del miedo horroroso
De quedarme muerto.

Poco a poco, en vegetante
Pululación de escalofrío eléctrico,
Erizáronse en mi cabeza
Los cabellos.
Uno a uno los sentía,
y aquella vida extraña era otro tormento.

Y contemplaba mis manos
Sobre la mesa, qué extraordinarios miembros;
Mis manos tan pálidas,
Manos de muerto.
y noté que no sentía
Mi corazón desde hacía mucho tiempo.
Y sentí que te perdía para siempre,
Con la horrible certidumbre de estar despierto.
y grité tu nombre
Con un grito interno,
Con una voz extraña
Que no era la mía y que estaba muy lejos.
Y entonces, en aquel grito,
Sentí que mi corazón muy adentro,
Como un racimo de lágrimas,
Se deshacía en un llanto benéfico.







El color exótico.

Con tu pantalla oval de anea rara,
tus largos alfileres y tus flores,
parecías, cargada de primores
una ambigua musmé del Yoshivara.

Hería en los musgosos surtidores
su cristalina tecla el agua clara,
y el tilo que a mis ojos te ocultara
gemía con eglógicos rumores.

Tal como una bandera derrotada
se ajó la tarde, hundiéndose en la nada.
A la sombra del tálamo enemigo

se apagó en tu collar la última gema.
Y sobre el broche de tu liga crema
crucifiqué mi corazón mendigo.







El éxtasis.

Dormía la arboleda; las ventanas
llenábanse de luz como pupilas;
las sendas grises se tornaban lilas;
cuajábanse la luz en densas granas.

La estrella que conoce por hermanas
desde el cielo tus lágrimas tranquilas,
brotó, evocando al son de las esquilas,
el rústico Belén de las aldeanas.

Mientras en las espumas del torrente
deshojaba tu amor sus primaveras
de muselina, relevó el ambiente

la armoniosa amplitud de tus caderas,
y una vaca mugió sonoramente
allá, por las sonámbulas praderas.







Emoción aldeana.

Nunca gocé ternura más extraña,
Que una tarde entre las manos prolijas
Del barbero de campaña,
Furtivo carbonario que tenía dos hijas.
Yo venía de la montaña
En mi claudicante jardinera,
Con timidez urbana y ebrio de primavera.

Aristas de mis parvas,
Tupían la fortaleza silvestre
De mi semestre
De barbas.

Recliné la cabeza
Sobre la fatigada almohadilla,
Con una plenitud sencilla
De docilidad y de limpieza;
y en ademán cristiano presenté la mejilla...

El desonchado espejo,
Protegido por marchitos tules,
Absorbiendo el paisaje en su reflejo,
Era un óleo enorme de sol bermejo,
Praderas pálidas y cielos azules.
y ante el mórbido gozo
De la tarde vibrada en pastorelas,
Flameaba como un soberbio trozo
Que glorificara un orgullo de escuelas.

La brocha, en tanto,
Nevaba su sedosa espuma
Con el encanto
De una caricia de pluma.
De algún redil cabrío, que en tibiezas amigas
Aprontaba al rebaño su familiar sosiego,
Exhalaban un perfume labriego
De polen almizclado las boñigas.

Con sonora mordedura
Raía mi fértil mejilla la navaja.
Mientras sonriendo anécdotas en voz baja,
El liberal barbero me hablaba mal del cura.
A la plática ajeno,
Preguntábale yo, superior y sereno
(Bien que con cierta inquietud de celibato),
Por sus dos hijas, Filiberta y Antonia;
Cuando de pronto deleitó mi olfato
Una ráfaga de agua de colonia.

Era la primogénita, doncella preclara,
Chisporroteada en pecas bajo rulos de cobre.
Mas en ese momento, con presteza avara,
Rociábame el maestro su vinagre a la cara,
En insípido aroma de pradera pobre.

Harto esponjada en sus percales,
La joven apareció, un tanto incierta,
A pesar de las lisonjas locales.
Por la puerta,
Asomaron racimos de glicinas,
y llegó de la huerta
Un maternal escándalo de gallinas.

Cuando, con fútil prisa,
Hacia la bella volví mi faz más grata,
Su púdico saludo respondió a mi sonrisa.
y ante el sufragio de mi amor pirata,
y la flamante lozanía de mis carrillos,
Vi abrirse enormemente sus ojos de gata,
Fritos en rubor como dos huevecillos.

Sobre el espejo, la tarde lila
Improvisaba un lánguido miraje,
En un ligero vértigo de agua tranquila.
y aquella joven con su blanco traje
Al borde de esa visionaria cuenca,
Daba al fugaz paisaje
Un aire de antigua ingenuidad flamenca.







Historia de mi muerte.

Soñé la muerte y era muy sencillo:
Una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo
con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
era un día.
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte es muy sencilla.

Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por un sólo cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría,
y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.







Holocausto.

Llenábanse de noche las montañas,
y a la vera del bosque aparecía
la estridente carreta que volvía
de un viaje espectral por las campañas.

Compungíase el viento entre las cañas,
y asumiendo la astral melancolía,
las horas prolongaban su agonía
paso a paso a través de tus pestañas.

La sombra pecadora a cuyo intenso
influjo arde tu amor como el incienso
en apacible combustión de aromas,

miró desde los sauces lastimeros,
en mi alma un extravío de corderos
y en tu seno un degüello de palomas.







La alcoba solitaria.

El diván dormitaba; las sortijas
brillaban frente a la oxidada aguja,
y un antiguo silencio de Cartuja
bostezaba en las lúgubres rendijas.

Sentía el violín entre prolijas
sugestiones, cual lánguida burbuja,
flotar su extraña anímula de bruja
ahorcada en las unánimes clavijas.

No quedaba de ti más que una gota
de sangre pectoral, sobre la rota
almohada. El espejo opalescente

estaba ciego. Y en el fino vaso,
como un corsé de inviolable raso
se abría una magnolia dulcemente.







La blanca soledad.

Bajo la calma del sueño,
Calma lunar de luminosa seda,
La noche
Como si fuera
El blanco cuerpo del silencio,
Dulcemente en la inmensidad se acuesta...
Y desata
Su cabellera,
En prodigioso follaje
De alamedas.

Nada vive sino el ojo
Del reloj en la torre tétrica,
Profundizando inútilmente el infinito
Como un agujero abierto en la arena.
El infinito,
Rodado por las ruedas
De los relojes,
Como un carro que nunca llega.

La luna cava un blanco abismo
De quietud, en cuya cuenca
Las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas,
y uno se pasma de lo próxima
Que está la muerte en la blancura aquella.
De lo bello que es el mundo
Poseído por la antigüedad de la luna llena.
y el ansia tristísima de ser amado,
En el corazón doloroso tiembla.

Hay una ciudad en el aire,
Una ciudad casi invisible suspensa,
Cuyos vagos perfiles
Sobre la clara noche transparentan.
Como las rayas de agua en un pliego,
Su cristalización poliédrica.
Una ciudad tan lejana,
Que angustia con su absurda presencia.

¿Es una ciudad o un buque
En el que fuésemos abandonando la tierra.
Callados y felices,
y con tal pureza,
Que sólo nuestras almas
En la blancura plenilunar vivieran?...

Y de pronto cruza un vago
Estremecimiento por la luz serena.
Las líneas se desvanecen,
La inmensidad cámbiase en blanca piedra,
y sólo permanece en la noche aciaga
La certidumbre de tu ausencia.