domingo, 31 de diciembre de 2017

Aire. Emilia de Pardo Bazán (1851-1921)

—Tenemos otra loca; pero ésa, interesante —díjome el director del manicomio, después de la descorazonadora visita al departamento de mujeres—. Otra loca que forma el más perfecto contraste con las infelices que acabamos de ver, y que se agarran al gabán de los visitantes, con risa cínica... Y figúrese usted que esta loca está enamorada; pero enamorada hasta el delirio. No habla más que de su novio, el cual, por señas, desde que la pobrecilla ha sido recluida aquí, no vino a verla ni una vez sola. Si yo creo que esta muchacha, suprimido el amor, estaría completamente cuerda. Verdad que lo mismo les pasa a muchos mortales. La pasión es quizá una forma transitoria de la alienación mental, desde que nos hemos civilizado.

—No —contesté—. En la Antigüedad precisamente es donde se encuentran los casos característicos de pasión: Fedra, Mirra, Hero y Leandro.

—¡Ah! Es que ya entonces estaba civilizada la especie. Yo me refiero a épocas primitivas.

—Sabe Dios —objeté— lo que pasaba en esas épocas, de las cuales no nos han quedado testimonios ni documentos. Lo indudable es que el sufrir tanto por cuestión de amor es uno de los tristes privilegios de la Humanidad, signo de nobleza y castigo a la vez. ¿Se puede ver a esa muchacha?

—Vamos; pero antes pondré a usted en algunos antecedentes. Ésta es una joven bien educada, hija de un empleado, que se quedó huérfana de padre y madre y tuvo que trabajar para comer. Se llama, deje usted que me acuerde, Cecilia, Cecilia Bohorques. Quiso dar lecciones de piano, pero no era lo que se dice una profesora, y por ese camino no consiguió nada. Pretendió acompañar señoritas, y le contestaron en todas partes que preferían francesas o inglesas, con las cuales se aprende... ¡sabe Dios qué! Entonces, la chica se decidió a coser por las casas, y en esta forma ya encontró medio de vivir: dicen que tiene habilidad y gracia para la cuestión de trapos. Se la disputaban y la traían en palma sus clientes. De su conducta todo el mundo se deshacía en alabanzas. Entonces la salió un novio, el hijo del médico Gandea, muchacho guapo, algo perdido. Amoríos, vehementes, una novela en acción. Según parece, el muchacho quería llevar la novela a su último capítulo, y ella se defendía, defensa que tiene mucho mérito, porque, repito, y los hechos lo han demostrado, que se encontraba absolutamente bajo el imperio de la más férvida ilusión amorosa. Una de las señales que caracterizan el poderío de esta ilusión es el efecto extraordinario, absolutamente fuera de toda relación con su causa, que produce una palabra o una frase del ser querido. Dijérase que es como palabra del Evangelio, que se graba indeleblemente en los senos mentales, y de la cual se deriva, a veces, todo el contenido de una existencia humana ¡Extraño dominio psíquico el que otorga la pasión!

El novio de Cecilia, al final de las escenas en que él solicitaba lo que ella negaba dominando todo el torrente de su voluntad rendida, solía exclamar en tono despreciativo:

—¡Tú no eres nadie; eres más fría que el aire!

Con su asonamiento y todo, la frasecilla acusadora se clavó como bala bien dirigida dentro del espíritu de la muchacha, y allí quedó, engendrando un convencimiento profundo. Ella era, seguramente, aire no más. Lo repetía a todas horas.

—Y ésta fue la primera señal que dio de su trastorno—. Como que no hizo otra cosa de raro, ni menos de inconveniente. Con el mismo aspecto de pudor y de reserva que va usted a verla ahora, siguió presentándose en las casas de las señoras para quienes trabajaba, y de estas señoras ha partido la idea de traerla aquí, a fin de que yo intente su curación. Se interesan por ella muchísimo.

—¿Y usted espera que cure?

—No —respondió el médico en tono decisivo y melancólico—. La experiencia me ha demostrado que estas locuras de agua mansa, sin arrebatos, sonrientes, dulces, apacibles en apariencia, son las que agarran y no se van. No temo a las brutales locuras de la sangre, sino a las poéticas, las refinadas, las delicadas, las finas. Yo les he puesto, allá en mi nomenclatura interna, este nombre: locuras del aire.

—¡Como la de Ofelia! —respondí.

—Como la de Ofelia, justamente. Aquel gran médico alienista que se llamó —o no se llamó— Guillermo Shakespeare, conocía maravillosamente el diagnóstico y el pronóstico...

Después de estas palabras de mal agüero, el médico me guió a la celda de la loca del aire. Estaba muy limpio el cuartito, y Cecilia, sentada en una silleta baja, miraba al través de la reja, con ansia infinita, el espacio azul del cielo y el espacio verde del jardín. Apenas volvió la cabeza al saludarle nosotros. Era la demente una muchacha delgadita y pálida; sus facciones aniñadas, menudas, serían bonitas si las animasen la alegría y la salud; pero es cierto que hay muy pocas locas hermosas, y Cecilia no lo era sino por la expresión realmente divina de sus grandes ojos negros cercados de livor azul y enrojecidos por el llanto cuando respondió a nuestras preguntas:

—¡Va a venir, va a venir a verme de un momento a otro! ¡Me quiere a perder, y yo, vamos, no sé decir lo que le quiero! Lo malo es que, acaso, al tiempo de venir, ya no me encontrará. Porque yo, aquí donde ustedes me ven, no soy nada, no soy nadie. ¡Soy más fría que el aire! Como que soy eso, aire. No tengo cuerpo, señores. ¡Y como no tengo cuerpo, no he podido obedecerle con el cuerpo ¿Se puede obedecer con lo que uno no tiene? ¿Verdad que no? Yo soy aire tan solamente. ¿No me creen? Si no fuese esa reja, verían cómo es verdad que soy aire. Y el día que quiera, a pesar de la reja, se convencerán de que aire soy. ¡Y nada más que aire! Él me lo dijo, y él dice siempre la verdad. ¿Saben ustedes cuándo me lo dijo la primera vez? Una tarde que fuimos de paseo a orillas del río, a las Delicias. ¡Qué bien olía el campo! Él me quería estrechar, y como soy aire, no pudo. ¡Y claro! ¡Se convenció! ¡Soy aire, aire solamente!

Comentó estas declaraciones una carcajada súbita, infantil. Salimos de la celda previo ofrecimiento de avisar al novio, si le encontrábamos, de que su amiga le esperaba con impaciencia. Y fue una semana después, a lo sumo, cuando leí la noticia en los periódicos. Llevaba este epígrafe: Suceso novelesco. ¡Novelesco! Vital, querrían decir: porque la vida es la grande y eterna noveladora.

Aprovechando quizá un descuido de los encargados de su custodia, presa de un vértigo y aferrada a la idea de que era aire, Cecilia trepó hasta la azotea de uno de los pabellones, se puso en pie en el alero y, exhalando un grito de placer (realizaba al fin su dicha), se arrojó al espacio.

Cayó sobre un montón de arena, desde una altura de veinte metros. Quedó inmóvil, amodorrada por la conmoción cerebral. Aún alentó y vivió angustiosamente dos días. El conocimiento no lo recobró.

Su última sensación fue la de beber el aire, de confundirse con él y de absorber en él el filtro de la muerte, que cura el amor.

Advertencia a los curiosos. M.R. James (1862-1936)

El pueblecito costero en el que pido al lector que se sitúe se llama Seaburgh. No es muy distinto hoy de como lo recuerdo cuando era niño: al sur marismas cortadas por diques que evocan los primeros capítulos de Grandes esperanzas; al norte campos llanos que se prolongan en una extensión de matorrales, abetos y sobre todo aulaga hacia el interior. Tiene un largo paseo marítimo y una calle; detrás, una amplia iglesia de piedra con una sólida torre occidental en la que repican seis campanas. ¡Cómo recuerdo su tañido un domingo de agosto, mientras nuestro grupo subía despacio por el camino blanco y polvoriento que conducía a ellas! Porque la iglesia se alza en la cima de una pequeña y empinada elevación. En los días de calor sonaban con una especie de golpe seco y apagado, pero cuando el aire era más suave, los tañidos se volvían más blandos también. La vía del tren discurría hacia su pequeña estación terminal al otro lado del camino. Un poco antes de llegar a la estación había un molino de viento blanco y alegre, otro cerca de la playa de guijarros, en el extremo sur del pueblo, y algunos más en terreno más alto, al norte. Había casas de campo de ladrillo rojo con tejado de pizarra...

Pero ¿por qué os aburro con estos detalles triviales? La verdad es que se agolpan en la punta del lápiz al empezar a escribir sobre Seaburgh. Quisiera estar seguro de haber escogido los correctos para trasladarlos al papel. Pero un momento: aún no he terminado la descripción. Alejaos del mar y del pueblo, dejad atrás la estación y torced a la derecha. Es un camino arenoso, paralelo a la vía del tren. Si lo seguís, veréis que asciende a un terreno algo más elevado. A la izquierda (ahora vais en dirección norte) la tierra es un extenso brezal, a la derecha (el lado del mar) hay una franja de viejos abetos azotados por el viento, de copa espesa, y con la inclinación que suelen tener los árboles viejos junto al mar; vistos en el horizonte desde el tren os dicen instantáneamente, si no lo sabíais, que os estáis acercando a una costa ventosa. Bien, pues en la cima de mi pequeña elevación destaca y corre hacia el mar una línea de estos abetos sobre una loma que baja en ese sentido; loma que termina en un pequeño cerro bastante definido que domina los campos llanos de tosca hierba y está coronado por una maraña de abetos. Aquí podéis sentaros un día cálido de primavera y deleitaros contemplando el mar azul, los molinos blancos, las casas rojas, la hierba verde y brillante, la torre de la iglesia y el torreón a lo lejos, al sur.

Como digo, conocí Seaburgh de niño. Pero de ese primer contacto al más reciente medía un intervalo de muchos años. No obstante, sigue ocupando un sitio en mi corazón, y cualquier historia relacionada con él tiene interés para mí. Una de esas historias es la que sigue; me llegó estando muy lejos de Seaburgh —y de manera totalmente casual—, de un hombre al que le había hecho un favor... lo bastante grande, en su opinión, como para hacerme su confidente hasta este extremo.

—Conozco toda esa región bastante bien —dijo—. Iba a Seaburgh a menudo a jugar al golf en primavera. Por lo general me alojaba en el "Oso" con un amigo, Henry Long; puede que le haya conocido.
—Superficialmente —dije.
—Solíamos alquilar también un cuarto de estar y nos sentíamos muy instalados.

Desde que él murió no he vuelto por allí. De todos modos, no sé si me apetecería, después de lo que nos pasó en nuestra última estancia. Fue en abril de 19...; nos encontrábamos allí, y éramos casi los únicos clientes que había en el hotel, por lo que los salones de uso común estaban prácticamente desiertos. Así que nos quedamos de lo más sorprendidos cuando, después de cenar, se abrió la puerta de nuestro cuarto de estar y asomó la cabeza un joven. Le habíamos visto ya. Era un individuo anémico, nervioso (de pelo y ojos claros), aunque no desagradable. De modo que cuando dijo: «Perdonen, ¿es privada esta sala?», no le soltamos un bufido, sino que dije: «Sí, lo es»; pero Long (o yo, da igual) dijo: «Entre, por favor». «¡Ah!, ¿de veras puedo?», dijo él; y pareció aliviado. Era evidente que deseaba compañía; y como se le veía una persona discreta (no de ésos que te encasquetan la historia de su familia a las primeras de cambio), le insistimos en que se sentase y se pusiese cómodo. «Tal vez encuentre las otras salas desangeladas», dije. Sí, así era; pero éramos realmente muy amables, etc. Terminados todos estos preámbulos, hizo como que se enfrascaba en un libro. Long hacía solitarios, yo seguí escribiendo. A los pocos minutos se me hizo evidente que nuestro invitado era un ser inquieto o estaba sumamente nervioso; el caso es que me contagió su desasosiego; de manera que dejé lo que estaba haciendo y me dispuse a darle conversación.

Tras hacer algunos comentarios (que he olvidado), se mostró confidencial: «Habrán juzgado raro mi comportamiento —empezó más o menos—, pero es que he sufrido una fuerte impresión». Le recomendé una copa de algo tonificante, y la pedimos. La entrada del camarero supuso una interrupción (y por cómo reaccionó nuestro joven al abrirse la puerta pensé que era muy asustadizo); pero unos momentos después reanudó sus lamentaciones. No conocía a nadie allí, y casualmente sabía quiénes éramos nosotros (resultó que teníamos amistades comunes en la capital), y realmente necesitaba pedirnos consejo, si no nos importaba. Como es natural, los dos contestamos que «no faltaba más» o «por supuesto que no». Y Long dejó a un lado las cartas, y nos dispusimos a escuchar cuál era su problema.

—Empezó hace más de una semana —dijo—, cuando fui en bicicleta a Froston, a sólo unas cinco o seis millas de aquí, con idea de visitar la iglesia. Me interesa muchísimo la arquitectura, y tiene un pórtico precioso con hornacinas y escudos. La fotografié, y un viejo que estaba limpiando las lápidas se acercó a preguntarme si quería ver el interior. Le dije que sí; sacó una llave y me abrió. No había mucho que ver, pero me dijo que era una iglesita preciosa, y que la mantenía muy cuidada. «Aunque —dijo — lo mejor que tiene es el pórtico». Acabábamos de salir en ese momento; y dijo: «¡Ah, sí, es una preciosidad de pórtico! Pues ¿a que no sabe qué significa ese escudo de ahí?

Era ése que tiene tres coronas; de modo que, aunque no soy experto en heráldica, pude decir que sí, que creía que era el viejo escudo del reino de Anglia Oriental.

—Muy cierto, señor —dijo—; ¿y sabe el significado de esas tres coronas?
Le dije que estaba seguro de que se conocía, aunque no recordaba haberlo oído.
—¿Ve usted? —dijo—; con todo lo entendido que es, yo le puedo explicar algo que no sabe: son las tres sagradas coronas que fueron enterradas cerca de la costa para impedirles desembarcar a los germanos... ¡Ah!, veo que no se lo cree. Pues le aseguro que si no llega a ser porque una de las santas coronas aún sigue en su lugar, aquí habrían desembarcado los germanos una y otra vez. Habrían llegado con sus barcos y habrían pasado a cuchillo a hombres, mujeres y niños sin darles tiempo a saltar de la cama. Esto que le digo no es ni más ni menos que la verdad. Y si no me cree pregúntele al señor rector. Ahí viene; ande, pregúntele.

Me volví, y allí estaba el rector, un hombre de aspecto simpático y venerable que venía por el sendero. Y antes de que pudiese empezar a asegurarle a mi informante (que se estaba excitando por momentos) que le creía, terció el rector y dijo:

—¿Qué ocurre, John? Buenos días, señor. ¿Ha visitado ya nuestra pequeña iglesia?
Siguió entonces una breve charla que permitió al viejo sosegarse, y seguidamente el rector volvió a preguntar qué ocurría.
—Nada, nada —dijo el viejo—; sólo le estaba diciendo a este caballero que le preguntase a usted lo de las santas coronas.
—Ah, sí; muy bien —dijo el rector—. Es curioso, ¿verdad? Pero no sé si al señor le interesan nuestras historias...
—¡Claro que le interesan! —dijo el viejo—; creerá todo lo que usted le cuente, señor. Bueno, usted conoció a William Ager; al padre y al hijo.

Entonces intervine yo para manifestar lo mucho que me gustaría oír esa historia de principio a fin; unos minutos después recorría la calle del pueblo con el rector, que tenía que dejar algún recado a sus feligreses, y luego nos dirigimos a la rectoría, donde me hizo pasar a su despacho. Se había dado cuenta en el trayecto de que yo era sinceramente capaz de sentir un interés intelectual por ese fragmento de folclore, y de que no era el típico turista; de modo que estaba dispuesto a hablar. Y me sorprende que esta leyenda no haya aparecido hasta hoy en letra impresa. Su versión fue ésta: "La creencia en las tres santas coronas ha estado siempre presente en esta comarca. Los más viejos dicen que fueron enterradas en diferentes puntos, cerca de la costa, para mantener alejados a los daneses, los francos y los germanos. Y dicen que una de ellas la desenterraron hace tiempo, otra desapareció a causa del avance del mar, y que la que queda sigue aún cumpliendo su misión de ahuyentar a los invasores. Bueno, pues si ha leído usted las guías normales y las historias de este condado, quizá recuerde que en 1687 una corona, dicen que la de Redwald, rey de Anglia Oriental, fue desenterrada en Rendlesham y (¡lamentable!, ¡lamentable!) fundida antes de que nadie la dibujase o la describiese siquiera. Rendlesham no está en la costa, pero tampoco muy tierra adentro; y se halla en una importante línea de acceso. Y creo que es a la que se refiere la gente cuando dice que hay una que desenterraron. Después, en el sur, no hace falta que le diga dónde, hubo un palacio sajón, hoy bajo el mar, ¿verdad? Pues ahí estaba la segunda corona, tengo entendido. Y más arriba de estas dos, dicen, está la tercera".

—¿Se sabe el lugar?
—Sí, desde luego —dijo—; pero no se dice.
Y su actitud no me animó a hacerle la lógica pregunta. En vez de eso, esperé un momento, y pregunté:
—¿A qué se refería el viejo con eso de que usted conoció a William Ager? ¿Tiene eso algo que ver con las coronas?
—Desde luego —dijo—; ésa es otra historia curiosa. De estos Ager (es un apellido muy antiguo en la región, pero no he encontrado que fueran nunca gente de título o grandes propietarios), de estos Ager dicen, o decían, que su rama familiar era guardiana de la última corona. Yo al más antiguo que conocí fue a un tal Nathaniel Ager. Yo he nacido y me he criado cerca de aquí... Este hombre, creo, estuvo acampado en su puesto durante toda la guerra de 1870. Sé que su hijo William hizo lo mismo durante la guerra de Sudáfrica. Y el hijo de éste, el joven William, que ha muerto hace poco, estuvo viviendo en la casa más cercana al lugar, cosa que precipitó su final, estoy seguro, porque estaba tísico, al exponerse a la intemperie vigilando por las noches. Era el último de esa rama. Le producía una angustia espantosa pensar que era el último miembro, pero no podía hacer nada: sus únicos parientes cercanos estaban en las colonias. Yo mismo le escribí cartas para ellos suplicándoles que viniesen a fin de hacer frente a un asunto de vital importancia para la familia, pero no recibió respuesta. De manera que la última de las coronas, si está, carece hoy de guardián.

Esto es lo que el rector me contó, y pueden imaginar el interés que me despertó. Mi único pensamiento al despedirme de él era cómo averiguar el sitio donde se suponía que estaba la corona. Ojalá la hubiera dejado en paz.

Pero en esto hubo una especie de fatalidad; porque volvía de un paseo en bicicleta cuando, al pasar por delante del cementerio, me llamó la atención una lápida relativamente nueva con el nombre de William Ager. Como es natural, bajé de la bicicleta y me acerqué a leerla. Ponía: "De esta parroquia. Muerto en Seaburgh en 19..., a la edad de 28 años". Así que ahí estaba. No tenía más que hacer unas preguntas discretas en el sitio indicado, y localizaría la casa más cercana al lugar. Sólo que no sabía cuál era el sitio indicado para iniciar mis pesquisas. Y otra vez intervino el destino, llevándome a la tienda de antigüedades que había en esa calle. Allí estuve hojeando libros viejos; y encontré un Libro de Oraciones de mil setecientos cuarenta y pico, con una encuadernación bastante elegante... Voy a traerlo; lo tengo en mi habitación.

Se fue, dejándonos un poco perplejos; pero apenas habíamos tenido tiempo de intercambiar algún comentario cuando regresó jadeante, y nos tendió el libro abierto por las guardas, donde tenía escrito con letra desordenada:

Nathaniel Ager es mi nombre, Inglaterra mi nación,
Seabourgh mi morada, y Cristo mi salvación;
Cuando me encuentre en la tumba, y sea todo pudrición,
Y me hayan olvidado, espero Señor que tengas de mí recordación.

Este poema estaba fechado en 1754; pero había muchas anotaciones más de sucesivos Anger: de Nathaniel, de Frederick, de William, etc., terminando con las de William, en 19...

—Como comprenderán —dijo—, cualquiera habría considerado esto tener una suerte milagrosa. Así me lo pareció a mí, pero no ahora. Naturalmente pregunté al librero si sabía algo de William Ager, y naturalmente dio la casualidad de que recordaba que había vivido en una casa que había en el Campo Norte, donde murió.

Esto me señaló el camino. Sabía qué casa podía ser: sólo había una un poco grande por aquellos alrededores. El siguiente paso era hacer alguna amistad con la gente, así que me puse inmediatamente manos a la obra. Un perro me facilitó las cosas: me atacó con tanta furia que tuvieron que salir a sujetarlo; después, como no podía ser menos, me pidieron disculpas y trabamos conversación. No tuve más que citar el nombre de Ager y fingir que le conocía, o me parecía conocerle, y la mujer exclamó que era una pena que hubiera muerto tan joven, y que estaba convencida de que había sido por pasar las noches fuera en tiempo frío. Entonces tuve que preguntar: «¿Salía al mar por las noches?», y contestó: «¡Ah, no; se estaba allí, en aquel altozano cubierto de árboles!». Y allí me dirigí.

No se me da mal excavar en esas lomas; lo he hecho en muchas cercanas al mar, aunque siempre a plena luz del día y con permiso del dueño y la ayuda de unos cuantos hombres. Aquí tuve que calcular con todo cuidado antes de hincar la pala: no podía ponerme a abrir zanjas por toda la elevación; y dado que había abetos, sabía que tropezaría a cada paso con sus raíces. Sin embargo, la tierra era suelta y arenosa y fácil de cavar; y había una madriguera o algo parecido que podría agrandar en una especie de túnel. La parte más embarazosa sería salir del hotel y regresar a horas extrañas. Una vez que hube decidido cómo iba a llevar a cabo la excavación dije que estaría ausente esa noche, y la pasé allí. Hice el túnel: no quiero aburrirles con detalles sobre cómo lo apuntalé, y lo rellené una vez terminado todo; el hecho es que encontré la corona.

Naturalmente los dos proferimos una exclamación de sorpresa e interés. En primer lugar, yo hacía tiempo que sabía del hallazgo de la corona de Rendlesham y había lamentado muchas veces su destino. Nadie ha visto nunca una corona anglosajona; o nunca la había visto, al menos. Pero nuestro hombre nos miró con ojos abatidos.

—Sí —dijo—; y lo peor es que no sé cómo dejarla donde estaba.
—¿Dejarla donde estaba? —exclamamos—. Pero mi querido señor, ha hecho uno de los descubrimiento más emocionantes que se han llevado a cabo en este país. Por supuesto, su sitio está en la Cámara del Tesoro de la Torre. ¿Cuál es la dificultad? Si está pensando en el dueño del terreno, el derecho sobre el hallazgo y demás, desde luego le podemos ayudar. Nadie va a meterse en tecnicismos legales en un caso como éste.

Probablemente dijimos mucho más; pero él se limitó a apoyar la cara entre las manos y murmurar:

—No sé cómo dejarla donde estaba.
Finalmente dijo Long:
—Perdone si parezco impertinente, pero ¿está totalmente seguro de que la tiene?

Yo estaba deseando hacerle la misma pregunta también; porque desde luego la historia parecía la quimera de un lunático si se pensaba bien; pero no me había atrevido a decir nada que pudiera herir los sentimientos del pobre muchacho. Sin embargo, acogió la pregunta con toda calma; con la calma de la desesperación, podríamos decir.

Se levantó y dijo:
—Sí; de eso no hay duda. La tengo aquí en mi habitación, guardada en la maleta. Si quieren pueden venir a verla; no quisiera traerla aquí.

No íbamos a dejar escapar semejante oportunidad. Fuimos con él; su habitación estaba a unas puertas de la nuestra nada más. El botones andaba en ese momento recogiendo los zapatos del pasillo. O eso nos pareció: después no estábamos seguros. Nuestro visitante —se llamaba Paxton— se hallaba en un estado de nervios peor que antes. Entramos apresuradamente en su habitación; él nos miró por encima del hombro, encendió la luz y cerró la puerta precavidamente. Entonces abrió su maleta y sacó un envoltorio hecho con pañuelos limpios; lo puso sobre la cama y lo deshizo. Ahora puedo decir que he visto una auténtica corona anglosajona. Era de plata —como siempre se ha dicho que era la de Rendlesham—: tenía engastadas piedras preciosas, la mayoría antiguos camafeos y gemas talladas, de ejecución sencilla, casi tosca. En realidad era como las que se representan en las monedas y los manuscritos. No vi ningún detalle que hiciera pensar que fuera posterior al siglo IX. Yo estaba fascinado, claro, y quise darle vueltas en mis manos; pero Paxton me lo impidió.

—No la toque —dijo—. Yo lo haré.
Y con un suspiro que sonó espantosamente, debo confesar, la cogió y fue girándola para que pudiésemos verla por todos los lados
—¿La han visto bien? —dijo finalmente; y asentimos.
La envolvió, la guardó en su bolsa, y se nos quedó mirando en silencio.
—Volvamos a nuestra habitación —dijo Long—; y cuéntenos cuál es el problema.
Nos dio las gracias y dijo:
—¿Quieren salir antes a ver si... está despejada la costa?

No comprendimos; porque nuestra actitud no había podido llamar la atención y el hotel, como digo, estaba prácticamente vacío. Sin embargo, empezábamos a sospechar... no sabíamos qué. De todos modos, los nervios son contagiosos. Así que salimos, asomándonos antes a mirar, e imaginando (me di cuenta de que los dos tuvimos esa impresión) que una sombra, o algo más que una sombra —pero no hizo ruido alguno—se apartó a un lado al trasponer nosotros la puerta. «Todo va bien», susurramos a Paxton (parecía que convenía hablar en voz baja); y nos dirigimos a nuestro cuarto de estar con él en medio de los dos. Cuando llegamos me disponía a expresar mi entusiasmo ante la extraordinaria pieza que acababa de tener ante los ojos, pero miré a Paxton y comprendí que era terriblemente inoportuno, así que dejé que hablara él.

—¿Qué podemos hacer? —empezó. Long juzgó conveniente (como me explicó más tarde) hacerse el tonto, y dijo:
—¿Por qué no averiguamos quién es el dueño del terreno y le informamos...?
—¡Ah, no, ni hablar! —le interrumpió Paxton con impaciencia—. Les ruego que me perdonen. Son ustedes muy amables, pero no han comprendido: hay que devolverla. Yo no me atrevo a ir allí de noche, y de día es imposible. Aunque quizá no lo entiendan, lo cierto es que desde que la toqué no me he sentido solo en ningún momento.
Fui a decir alguna estupidez, pero Long me lanzó una mirada, y me callé. Y dijo él:
—Creo que comprendo; pero sería un... alivio... que nos aclarara un poco más la situación.
Entonces Paxton lo soltó todo: miró por encima del hombro, nos hizo seña de que nos acercásemos más, y comenzó a hablar en voz baja: le escuchamos con la mayor atención, evidentemente, y comparamos notas después. Yo me encargué de redactar nuestra versión, de modo que estoy seguro de haber consignado casi palabra por palabra lo que nos contó. Dijo:

Empezó cuando me puse a explorar, interrumpiéndome una y otra vez. Siempre había alguien: un hombre de pie junto a un abeto. Eso durante el día. Nunca lo tenía delante. Siempre lo veía a la derecha o a la izquierda por el rabillo del ojo. Y cuando me volvía a mirar había desparecido. Me estaba un buen rato tumbado, vigilando, y asegurándome de que no había nadie alrededor; y cuando me levantaba y reanudaba mis exploraciones, allí estaba otra vez. Además, empezó a hacerme advertencias; porque pusiera donde pusiese ese Libro de Oraciones (a menos que lo guardase bajo llave, cosa que hice al final), cuando volvía a mi habitación lo encontraba siempre sobre la mesa, abierto por las guardas donde tiene los nombres, y con una de mis navajas de afeitar cruzada encima para que se mantuviese abierto. Estoy seguro de que no puede abrir mi bolsa de viaje, de lo contrario habría hecho algo más.

Es flaco y endeble; pero de todas formas no me atrevo a encararme con él. Bueno, pues cuando empecé a hacer el túnel, lógicamente la situación empeoró; y si no hubiera estado tan ansioso habría abandonado y habría echado a correr. Era como si tuviese a alguien rozándome la espalda sin parar: durante bastante tiempo pensé que era tierra que me caía encima; pero cuando me acerqué a... a la corona, la sensación fue inequívoca. Y al descubrirla, y meter los dedos por dentro del aro y tirar para sacarla, oí una especie de grito detrás de mí. ¡Ah, no puedo describir lo desolado que sonó! Y horriblemente amenazador también. Me arruinó toda la alegría del hallazgo... me la quitó en un instante. Y si no fuese el desdichado idiota que soy, la habría dejado y me habría ido. Pero no lo hice. Y desde ese momento ha sido espantoso. Aún faltaban horas para que pudiera volver decentemente al hotel. Primero me dediqué a rellenar el túnel y borrar mis huellas, con él allí tratando de estorbarme. Unas veces le veías y otras no, según le daba, creo. Está ahí, pero tiene algún poder sobre los ojos de uno. En fin, dejé el lugar no mucho antes de que saliera el sol, y después me dirigí a la estación de Seaburgh para coger un tren de regreso. Y aunque se hizo de día casi en seguida, no sé si mejoró mi situación. A cada paso había setos, o matas de aulaga, o cercas (algún tipo de obstáculos, quiero decir) a lo largo del camino, lo que hacía que no me sintiese tranquilo un solo momento. Además, cada vez que alguien se cruzaba conmigo camino del trabajo, se volvía a mirarme de manera muy extraña; quizá se sorprendían de ver a alguien tan temprano; aunque tenía la sensación de que no era sólo eso. No sé: era como si no me miraran a mí. En la estación, el mozo se comportó del mismo modo también. Y el jefe de tren mantuvo abierta la puerta después de subir yo, como si viniese alguien más. ¡Ah, pueden estar seguros de que no son imaginaciones mías! —dijo con una risa desmayada; y prosiguió—: Pero aun en el caso de que la devuelva, no me perdonará, lo sé. ¡Con lo feliz que era yo hace un par de semanas!» —se hundió en la silla, y creo que se echó a llorar.

No sabíamos qué decir, pero comprendimos que debíamos echarle una mano como fuera; así que le dijimos —en realidad parecía que era lo único que podíamos hacer— que si estaba decidido a devolver la corona a su sitio, le ayudaríamos. Añadiré que después de lo que habíamos escuchado nos parecía lo mejor. Si le había acarreado a este pobre hombre tan horribles consecuencias, ¿no habría también algo de verdad en la idea original de que la corona tenía un extraño poder para proteger la costa? Al menos ésa era mi opinión, y creo que la de Long también. Paxton agradeció efusivamente nuestro ofrecimiento. ¿Cuándo lo haríamos? Eran casi pasadas las diez. ¿Podíamos pretextar ante el personal del hotel que salíamos a dar un último paseo esa misma noche? Nos asomamos a la ventana; había una espléndida luna llena: la luna de Pascua.

Long se ocupó de propiciarse al botones. Debía decirle que estaríamos no mucho más de una hora, y si nos sentíamos tan a gusto que nos demorábamos algo, procuraríamos resarcirle por tenerle levantado. Bueno, éramos clientes bastante asiduos del hotel, no causábamos muchas molestias, y el servicio no nos tenía por personas tacañas en lo que se refería a propinas; y de esta forma nos ganamos al botones, que nos dejó salir a dar una vuelta por el paseo marítimo, y se quedó esperándonos, como nos enteramos después. Paxton salió con un abrigo doblado sobre el brazo, y con la corona envuelta debajo.

Salimos, pues, dispuestos a cumplir esta extraña misión sin pararnos a pensar en lo insólita que era. He querido ser breve adrede en esta parte para reflejar la prisa con que trazamos el plan y lo pusimos en práctica.

—El camino más corto es subiendo la colina y cruzando el cementerio —dijo Paxton, cuando nos detuvimos un momento delante del hotel a mirar a un lado y a otro del paseo. No había nadie; nadie en absoluto. Fuera de temporada Seaburgh es un pueblo madrugador y tranquilo—. No podemos pasar por delante de la casa por el perro —dijo también Paxton cuando comenté que me parecía más corto ir por el paseo marítimo y cruzar dos campos; la razón que dio era de suficiente peso.

Echamos a andar cuesta arriba hacia la iglesia, y nos metimos por el cementerio. Confieso que pensé que algunos de los que allí yacían podían saber qué nos traíamos entre manos; pero si era así, sabían también que uno de los suyos, por así decir, nos tenía vigilados, por lo que no nos molestaron. Pero me sentía observado como no me he sentido en ningún otro momento de mi vida. Sobre todo cuando salimos del cementerio y cogimos un estrecho sendero flaqueado por dos setos altos, donde corrimos como corrió Christian por aquel valle, y salimos a campo abierto. Seguimos andando junto a nuevos setos, aunque yo hubiera preferido ir por terreno despejado donde pudiera comprobar que no venía nadie detrás de mí. Cruzamos un portillo o dos, torcimos a la izquierda a continuación, y subimos a la loma que terminaba en ese pequeño cerro.

Al acercarnos, Henry Long tuvo la sensación, y yo también, de que había esperándonos lo que sólo puedo llamar oscuras presencias, así como que nos acompañaba una bastante más definida. No puedo daros una idea fiel del nerviosismo de Paxton durante todo este tiempo: respiraba como un animal acosado, y ni Henry ni yo éramos capaces de mirarle a la cara. No nos habíamos parado a pensar qué haría cuando llegásemos al lugar. Se había mostrado tan seguro que nos pareció que no sería difícil. Y no lo fue. Jamás he visto nada como el ímpetu con que se abalanzó sobre un punto concreto del montículo y se puso a cavar, de manera que en pocos minutos casi todo su cuerpo había desaparecido de la vista. Nosotros nos quedamos de pie, sosteniendo el abrigo con el envoltorio de pañuelos debajo, sin parar de mirar a nuestro alrededor, muy asustados debo reconocer. No se veía a nadie: una fila de abetos oscuros formaba el horizonte detrás de nosotros; a la derecha teníamos más árboles y la torre de la iglesia; casas aisladas y un molino de viento a media milla, a la izquierda; el mar en completa calma, enfrente; los ladridos débiles de un perro en una casa sobre un dique reluciente, entre él y nosotros; la luna llena trazando ese camino que todos conocemos sobre el mar; el susurro eterno de los abetos encima de nosotros, y el del mar. Y en medio de toda esta quietud, muy cerca, la aguda, la intensa conciencia de una hostilidad contenida, como un perro sujeto con una correa que en cualquier momento se puede soltar.

Paxton emergió del agujero y tendió la mano.
—Dénmela —susurró—, desenvuelta.
Abrimos los pañuelos, y cogió la corona. La luna la iluminó justo en el instante en que la cogía. No llegamos a tocar el metal, y desde entonces he pensado que fue una suerte. Poco después estaba Paxton de nuevo fuera del agujero y cavaba afanoso con unas manos que ya le sangraban. Sin embargo, rechazó toda ayuda. Lo más trabajoso fue dejar el lugar de forma que pareciese intacto; no obstante —no sé cómo—, lo hizo maravillosamente bien. Y una vez que quedó definitivamente satisfecho, emprendimos el regreso.

Estábamos ya a unas doscientas yardas del montículo cuando dijo Long de repente:
—Un momento; se ha dejado el abrigo. No es prudente. ¿Lo ve allí?
Yo me volví y lo vi, en efecto: el abrigo largo, oscuro, tendido junto a la boca cegada del agujero. Pero Paxton no se había detenido; negó con la cabeza, y alzó el abrigo que llevaba en el brazo. Y cuando le alcanzamos dijo sin inmutarse, como si nada importase ya:
—Aquello no es mi abrigo.
Y en efecto, cuando volvimos a mirar la mancha oscura ya no estaba.

Bueno, salimos al camino, y apretamos el paso. Aún no eran las doce cuando llegamos, procurando poner buena cara, y diciendo —Long y yo— qué noche tan espléndida hacía para pasear. Al entrar en el hotel nos estaba esperando el botones, así que le dedicamos algún comentario de este estilo para su edificación. Él echó otra ojeada a uno y otro lado del paseo antes de cerrar la puerta, y dijo:

—Supongo que no se han encontrado con nadie, ¿verdad, señor?
—No, desde luego; no hemos visto un alma —dije; y recuerdo que al oírme Paxton me dirigió una mirada singular.
—Es que me ha parecido ver a alguien que subía camino de la estación, detrás de ustedes —dijo el botones—. Pero como iban los tres juntos, no me ha parecido que llevara malas intenciones.
Yo no supe qué decir; Long se limitó a murmurar: «Buenas noches». Nos dirigimos a la escalera, prometiendo apagar todas las luces y acostarnos en seguida. Una vez en nuestra habitación, hicimos lo posible por animar a Paxton.
—Bueno, ya está la corona otra vez en su sitio —dijimos—. Tal vez hubiera sido mejor no haberla tocado —Paxton asintió a esto con énfasis pero en realidad no se le ha causado ningún daño, y desde luego no le vamos a revelar esto a nadie capaz de cometer la locura de acercarse allí. Además, ¿no se siente ahora mejor? A mí no me importa confesar —dije— que cuando íbamos para allá me inclinaba a coincidir con usted en que... bueno, en que nos seguían; pero al volver ya no he tenido esa impresión —pero no dio resultado.
—Ustedes no tienen por qué preocuparse —dijo—. Pero a mí no se me ha perdonado. Yo aún tengo que pagar este atroz sacrilegio. Sé qué me van a decir: que puede ayudarme la Iglesia. Sí; pero es el cuerpo el que tiene que sufrir. Es cierto que ahora no tengo la sensación de que me espera ahí fuera. Pero...

Calló. Se volvió para darnos otra vez las gracias, y le despedimos en cuanto pudimos. Naturalmente, le insistimos en que utilizara nuestro cuarto de estar al día siguiente, y le dijimos que nos encantaría salir a pasear con él. ¿O tal vez jugaba al golf? Sí, así era; pero no creía que se sintiera con ánimos para jugar por la mañana. Bueno, le aconsejamos que se levantara tarde y se viniera a nuestra habitación mientras nosotros jugábamos, y por la tarde daríamos un paseo. Se mostró muy sumiso y maleable a todo lo que dijimos; y dispuesto a hacer lo que nosotros creyésemos mejor, aunque claramente convencido en su fuero interno de que no podría evitar ni atenuar lo que le iba a venir. Se preguntará usted por qué no le insistimos en acompañarle a su casa y dejarle a salvo con sus hermanos o con quien fuera. La verdad es que no tenía a nadie. Poseía un piso en la ciudad, pero últimamente había decidido irse a vivir un tiempo a Suecia, había desmantelado el piso, lo había facturado todo, y estaba pasando un par de semanas o tres antes de emprender el viaje. De todos modos, nos pareció que no podíamos hacer otra cosa, aparte de dormir —o tratar de dormir, como fue mi caso—, y esperar a ver cómo nos sentíamos por la mañana.

Nos sentimos muy distintos Long yo, esa mañana de abril, preciosa que no podía pedirse más; y Paxton parecía también muy distinto cuando le vimos en el desayuno. «Creo que es la primera noche algo decente que paso desde hace tiempo», fue lo que dijo. Pero haría lo que nosotros le habíamos dicho: quedarse en el hotel toda la mañana, y salir más tarde con nosotros. Nos fuimos al campo de golf; nos reunimos con otros aficionados, estuvimos jugando con ellos, y comimos allí más bien temprano, a fin de no regresar tarde. Sin embargo, las trampas de la muerte se abatieron sobre él. No sé si podía haberse evitado. Creo que, de una u otra manera, habría caído. Sea como sea, lo que ocurrió fue esto:

Subimos directamente a nuestro cuarto de estar. Allí encontramos a Paxton, leyendo plácidamente. «¿Dispuesto a salir —preguntó Long—, digamos dentro de media hora?»
—Por supuesto —contestó él.

Yo dije que antes teníamos que cambiarnos, quizá tomar un baño, y que pasaríamos a recogerle en media hora. Yo me bañé en seguida, me eché en la cama, y me quedé dormido; estuve durmiendo como unos diez minutos. Long y yo salimos de nuestras habitaciones al mismo tiempo y fuimos juntos al cuarto de estar. Paxton no estaba... Sólo estaba su libro. Tampoco le encontramos en su habitación, ni abajo. Dimos una voz, llamándole. Salió un camarero y dijo:

—Vaya, creía que habían salido ustedes ya como el otro señor. Les ha oído llamarle desde el camino y ha salido corriendo; le he visto desde la ventana de la cafetería, aunque no a ustedes. A él le he visto correr hacia la playa, en esa dirección. Sin una sola palabra, echamos a correr hacia allá: era la dirección opuesta a la de la expedición de la noche anterior. Aún no eran las cuatro, y hacía bueno, aunque no tanto como por la mañana, de modo que no había motivo para alarmarnos. Habiendo gente, sin duda no podía correr serio peligro.

Pero algo debió de leer en nuestra expresión el camarero cuando echamos a correr, porque salió a la escalinata, señaló y dijo:

—Sí, en esa dirección fue.
Seguimos corriendo hasta la playa de guijarros; allí nos detuvimos. Había que elegir entre dos direcciones: por delante de las casas que había en el paseo, o por la playa, que ahora que había bajamar era bastante ancha. Naturalmente, también podíamos seguir por la franja de guijarros que había entre uno y otro camino, y andar atentos a los dos, pero era bastante incómodo. Elegimos la arena, que era el paraje más solitario, y alguien podía perpetrar cualquier atropello sin que le viesen desde el camino público.

Long dijo que veía a Paxton a cierta distancia, corriendo y agitando el bastón como haciendo señas a alguien que iba delante. No estoy seguro: estaba subiendo deprisa una de esas brumas marinas que vienen del sur. Había alguien; eso es todo lo que puedo decir. Y había huellas en la arena como de alguien que corría con zapatos. Y había otras huellas anteriores —porque las de zapatos las pisaban— de alguien que corría descalzo. Bueno, naturalmente, sólo tiene mi palabra de que es verdad todo esto: Long ha muerto, no teníamos tiempo ni medios para tomar bocetos o sacar moldes, y la siguiente pleamar borró las huellas; lo único que podíamos hacer era observarlas mientras corríamos. Pero allí estaban repetidas una y otra vez, y se veía claramente que eran de unos pies desnudos, de unos pies en los que había más huesos que carne.

La imagen de Paxton corriendo detrás de un ser así, creyendo que iba en pos de sus amigos, nos resultaba verdaderamente espantosa. Puede imaginarse qué pensábamos: que el ser que perseguía podía detenerse de pronto y volverse hacia él, y la clase de rostro que revelaría, medio velado al principio por la bruma... cada vez más espesa. Por mi parte, mientras corría —preguntándome cómo el pobre desventurado podía confundir con nosotros a aquella criatura—, recordé sus palabras: «Tiene un poder especial sobre los ojos de uno». Me preguntaba cómo iba a terminar esto; porque ya no tenía esperanza de que pudiera evitarse el desenlace, y... bueno, no hace falta que cuente los pensamientos sombríos y horribles que me pasaron por la cabeza al sumergirnos en la niebla. Era extraño también que, aunque el sol estaba alto todavía, no se pudiera ver nada. Sólo sabíamos que habíamos dejado atrás las casas y habíamos llegado al descampado que hay entre ellas y el antiguo torreón. Pasado el torreón, no hay más que guijarros: ni una sola casa, ni un ser humano hasta esa punta de tierra, o más bien de piedras, con el río a la derecha y el mar a la izquierda.

Pero justo antes de eso, pegada al torreón, recordará que está la antigua batería, cerca del mar. Creo que ahora sólo quedan unos cuantos bloques de mortero, el resto lo ha destruido el mar; pero en aquel entonces quedaba mucho más, aunque todo eran prácticamente ruinas. Bien, pues cuando llegamos allí, subimos a lo alto lo más deprisa que pudimos para otear toda la franja de guijarros que había a nuestros pies, si la niebla nos dejaba ver algo. Pero teníamos que descansar un momento: habíamos corrido lo menos una milla. No se veía nada. Y nos disponíamos a bajar para seguir corriendo sin muchas esperanzas, cuando oímos lo que sólo puedo describir como una risa: una risa sin hálito, sin pulmones; no sé si comprende lo que quiero decir. Me temo que no.

Provenía de abajo; y se alejó flotando con la niebla. Fue suficiente. Nos asomamos por encima del muro. Abajo, al pie, estaba Paxton. No hace falta decir que estaba muerto. Sus huellas indicaban que había corrido junto al muro de la batería, había dado la vuelta a la esquina y sin duda se había dado de bruces con alguien que le estaba esperando. Tenía la boca llena de arena y guijarros, y las mandíbulas y los dientes destrozados. Sólo le miré una vez la cara. En ese momento, mientras bajábamos de la batería a recoger su cuerpo, oímos un grito, y vimos delante del torreón a un hombre que acudía corriendo por la playa. Era el vigilante: su mirada alerta había divisado a través de la niebla que ocurría algo. Había visto caer a Paxton, y nos había visto a nosotros correr un instante después... afortunadamente para nosotros, porque de lo contrario difícilmente nos habríamos librado de la sospecha de estar implicados en este asunto espantoso. Le preguntamos si había visto a alguien atacar a nuestro amigo. No estaba seguro.

Le mandamos en busca de ayuda, y nos quedamos junto al muerto hasta que llegaron con una camilla. Fue entonces cuando descubrimos el rastro en la franja de arena al pie de la muralla de la batería. El resto era de guijarros, y era completamente imposible saber en qué dirección había huido el otro.

¿Qué íbamos a decir en la encuesta? Consideramos un deber no revelar inmediatamente el secreto de la corona para que no saliese publicado en todos los periódicos. No sé hasta dónde habría contado usted; pero nosotros acordamos decir lo siguiente: que conocíamos a Paxton sólo del día anterior, y que nos había confesado que tenía miedo de un individuo llamado William Ager, que le había amenazado. También, que habíamos visto las huellas de Paxton y de otro cuando le seguimos por la playa. Pero ahora habían desaparecido de la arena.

Por suerte, nadie sabía de ningún William Ager que viviera en la comarca. El testimonio del hombre del torreón nos libró de toda sospecha. Lo único que pudo hacerse fue emitir un veredicto de homicidio intencionado, cometido por uno o varios desconocidos.

Paxton carecía de parientes, al extremo de que ninguna de las pesquisas efectuadas después condujo a nada positivo. Y desde entonces no he vuelto a estar en Seaburgh, ni a acercarme siquiera.

Aire frío. Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)

Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.

Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.

El lugar en cuestión era una mansión de piedra rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y provista de mármol, cuyo herrumboso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto, había un persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.

Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró que el problema se solucionaría de inmediato.

—El doctor Muñoz —dijo en voz alta mientras corría escaleras arriba delante de mí—, ha debido derramar algún producto químico. Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo, cada día que pasa está más enfermo, pero no quiere que nadie lo asista. Tiene una enfermedad muy extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor espantoso y no puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en otros tiempos fue famoso, mi padre oyó hablar de él en Barcelona, y no hace mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para estar siempre fresco!

La señora Herrero desapareció por la escalera, y yo volví a mi habitación. El amoníaco dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana para que entrase el aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas perceptible. Por unos instantes me pregunté qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay, se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la han perdido.

Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta. Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.

Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a tiritar al traspasar el umbral de una amplio cuarto, cuya elegante decoración me sorprendió. Una cama plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba, lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en le estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes. Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío, llena de botellas y máquinas a la que se había referido la dueña, no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y refinado.

La figura que tenía ante mí era de estatura baja pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje formal. Un rostro de nobles facciones, de expresión firme aunque no arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su respetable frente. Su aspecto general sugería una inteligencia fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.

No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo deberse a aquel extraño frío, pues no tenía nada de normal en un día tan caluroso, y lo anormal suscita siempre aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia cedió ante la admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque hueca y carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña habitación destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.

Su voz tenía un efecto sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y la conciencia son más fuertes que la vida orgánica. Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen estado el cuerpo, se podía, mediante la ciencia de la voluntad y la conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos que se sufrieran. Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir, o al menos a llevar una cierta existencia consciente ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente; y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia, de unos 11 a 12 grados, gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.

Recuperado del ataque en un tiempo extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba de investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones orgánicas. Me impresionó lo que me contó del anciano doctor Torres, de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vió sometido.

A medida que transcurrían las semanas, observé con dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero irreversiblemente, tal como me había dicho la señora Herrero. Se intensificó el lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus movimientos musculares perdían coordinación y su cerebro y voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse perfecta cuenta del empeoramiento, y poco a poco su expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle. El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se impregnó de un olor semejante al de la tumba de los faraones. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y, finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. No cesaba de hablar de la muerte, pero estallaba en sordas risas cuando, en le curso de la conversación, se aludía con suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.

Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en una desconcertante y desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban, así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus necesidades cotidianas. Asimismo, le hacía sus compras, aunque no salía de mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias y almacenes de productos químicos.

Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de su cuarto. La casa entera, como ya he dicho, despedía un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los productos químicos de los ahora incesantes baños (que insistía en tomar sin asistencia), comprendí que aquel olor debía guardar relación con su enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. La señora Herrero se santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el paciente montaba en cólera. Temía sin duda el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de menguar, negándose a acostarse. La lasitud de los primeros días de su enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer, algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.

Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista. Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.

Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror de los horrores de forma repentina. Una noche se rompió la bomba de la máquina de refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en el suelo, y yo hice lo imposible por repara la avería, mientras mi vecino no cesaba de lanzar imprecaciones. Mis esfuerzos resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya no volví a ver sus ojos.

El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de forma apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada vez que regresaba da alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro y una voz ronca que gritaba: ¡Más! ¡Más!. Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el muchacho se negó en redondo.

En última instancia, contraté los servicios de un haragán, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a desalentarme al ver cómo transcurrían las horas yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno. Serían las doce cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.

Sin embargo, un indecible terror me había precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante parloteo de las voces pude oír a un hombre que rezaba con voz profunda. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un indefinible goteo lento y espeso.

Tras consultar brevemente con la dueña y los obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquel ala del edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol de primeras horas de la tarde.

Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.

Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un estremecimiento general, descifré del embardunado papel, antes de sacar una cerilla y prenderla fuego, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían calle, pero debo confesar que en aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que no soporto el olor a amoníaco y que me siento desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío.

—Ha llegado el final —rezaban aquellos hediondos garabatos— No queda hielo... El hombre ha lanzado una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad, los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar los órganos. Como teoría era buena, pero no podía mantenerse indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía, pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía que hacerse a mi manera pues, ¿comprende?, yo fallecí en aquel entonces, hace ya dieciocho años.

¿Adónde vas? ¿Dónde has estado? Joyce Carol Oates.

Para Bob Dylan


Se llamaba Connie. Tenía quince años y la costumbre rápida, risueña y nerviosa de estirar el cuello para mirarse en un espejo al pasar, o de investigar las caras de los demás para asegurarse de que la suya estaba bien. Su madre, que se daba cuenta de todo y lo sabía todo y que no tenía muchas razones para seguir mirando su propia cara, siempre la regañaba por eso. “Deja de pavear. ¿Quién te crees que eres? ¿Te crees tan bonita?”, le decía. Connie arqueaba las cejas frente a esa queja conocida y la miraba como si fuera invisible, la mirada perdida en una visión oscura de sí misma tal cual era en ese momento: sabía que era bonita y no había más que hablar. Su madre lo había sido también en algún momento, si podías creerle a esas fotos viejas del álbum, pero ahora su atractivo se había ido y por eso siempre se ensañaba con Connie.
“¿Por qué no puedes mantener tu cuarto limpio como tu hermana? ¿Con qué te peinaste? ¿Qué es eso que huele tan mal? ¿Espray de cabello? No veo a tu hermana usando esa basura.”
Su hermana June tenía veinticuatro años y todavía vivía en casa. Era una de las secretarias en la escuela secundaria de Connie, y como si eso no fuera suficiente —tenerla en el mismo edificio—, June era tan poco atractiva y gorda y predecible que Connie tenía que oír el sinfín de elogios que le dedicaban su madre y sus tías. June hizo esto, y aquello, y June ahorró dinero y ayudó a limpiar la casa y cocinó y Connie no hizo nada; claro, con esa mente llena de sueños baratos que tiene. Su padre estaba en el trabajo todo el día hasta tarde, y cuando llegaba a casa quería cenar y leer el periódico en la mesa y después irse derecho a la cama. No se molestaba mucho en hablar con ellas; pero alrededor de su cabeza inclinada sobre el periódico su madre la seguía asediando hasta que Connie deseaba que se muriera y morirse ella misma y que todo se terminara de una buena vez. “Me dan ganas de vomitar a veces”, se quejaba con sus amigos. Tenía una voz aguda, divertida, sin pausas para respirar, que hacía que todo lo que decía sonara un poco forzado, sin importar si era sincero o no.
Al menos una cosa estaba bien: June salía mucho con sus amigas, chicas tan poco atractivas y gordas como ella, con lo que al menos su madre no le ponía peros cuando Connie quería hacer lo mismo. El padre de su mejor amiga las llevaba en el coche las tres millas hasta el pueblo, y las dejaba en un centro comercial para que pudieran recorrer las tiendas o ir al cine, y cuando volvía a recogerlas a las once de la noche nunca se preocupaba en preguntar qué habían hecho.
Deben haber sido una visión conocida, paseando por el centro comercial en sus pantalones cortos y zapatillas chatas de bailarina chocando contra la acera, sus pulseras de colgantes tintineando en sus muñecas delgadas; inclinándose una sobre el oído de la otra para susurrar y reírse en secreto cuando pasaba alguien que les divertía o interesaba. Connie tenía el pelo largo y rubio oscuro que atraía las miradas de todos, parte recogido en un gran bucle sobre su cabeza, el resto cayendo sobre su espalda. Llevaba una blusa de jersey sin botones que se veía de una manera en casa y de otra totalmente distinta afuera. Todo acerca de Connie tenía dos caras, una para su casa y otra para cualquier otro lugar que no lo fuera: su manera de caminar, a veces infantil, como rebotando, a veces bastante lánguida como para que alguien pensara que estaba escuchando música en su cabeza; su boca, pálida y en una mueca un poco sarcástica la mayor parte del tiempo, y que se volvía brillante y rosada durante estas salidas nocturnas; su risa, cínica y cansina en casa —Ja, ja, muy gracioso— pero aguda y nerviosa en cualquier otro lugar, como el tintineo de los dijes de su pulsera.
A veces iban de compras o al cine, pero otras veces cruzaban la carretera, esquivando rápidamente los coches de la calle transitada, a un restaurante drive-in donde iban los chicos más grandes. El restaurante tenía la forma de una enorme botella, aunque más chato y ancho que una botella real, y sobre el tapón giraba la figura de un niño sonriente sosteniendo una hamburguesa en alto. Una noche de verano cruzaron, quedándose sin aliento por su propia audacia, y enseguida alguien se asomó por la ventanilla de un coche y las invitó a subir, pero era solo un muchacho de la escuela que no les gustaba. Les hizo sentir bien poder ignorarlo. Siguieron a través del laberinto de coches en movimiento y estacionados hasta el restaurante muy iluminado y lleno de moscas, sus rostros satisfechos y expectantes, como si entraran en un edificio sagrado irguiéndose frente a la noche para darles el refugio y la bendición que anhelaban. Se sentaron al mostrador, las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, sus pequeños hombros rígidos de la emoción, y escucharon la música que hacía que todo estuviera bien: la música siempre en el fondo, como en misa; algo en lo que se podía confiar.
Un chico llamado Eddie entró para hablar con ellas. Se sentó en el taburete mirando hacia atrás, girando bruscamente en un semicírculo para luego detenerse y girar en sentido contrario, una y otra vez; y al rato le preguntó a Connie si quería algo de comer. Ella le respondió que sí y entonces le tocó el brazo a su amiga al salir —su amiga levantó el rostro en una mirada valiente y curiosa— y Connie le dijo que se encontraría con ella a las once, del otro lado del camino. “Odio dejarla así sola”, dijo Connie con seriedad, pero él le aseguró que no iba a estar sola por mucho tiempo. Con lo que fueron hasta su coche y, en el camino, Connie no pudo evitar que sus ojos vagaran sobre los parabrisas y los rostros a su alrededor, el suyo propio brillando con una alegría que no tenía nada que ver ni con Eddie ni con ese lugar; quizá fuera la música. Encogió los hombros y contuvo el aliento por el puro placer de estar viva, y justo en ese momento vio al pasar una cara a pocos metros. Era un muchacho de pelo negro enmarañado, en un viejo convertible dorado. La miró fijo y sus labios se abrieron en una sonrisa. Connie le devolvió la mirada, los ojos entrecerrados de desdén, y se dio la vuelta; pero no pudo evitar mirar hacia atrás y ahí estaba todavía, mirándola. Él le apunto con un dedo, riéndose, y dijo: “Te voy a conseguir, nena”, y Connie se volvió a girar, sin que Eddie se diera cuenta de nada.
Pasó tres horas con él, primero en el restaurante comiendo hamburguesas y bebiendo Coca-Cola en vasos descartables siempre húmedos, y luego en un callejón a más o menos una milla de distancia; y cuando él la dejó a las once menos cinco solamente el cine seguía abierto en todo el centro comercial. Su amiga estaba ahí, hablando con un chico. Cuando Connie se acercó, las dos chicas se sonrieron y Connie dijo: “¿Qué tal la película?” y la chica dijo: “Tú deberías saberlo”. Se marcharon con el padre de su amiga, con sueño y alegres, y Connie no pudo evitar mirar hacia atrás, hacia el centro comercial a oscuras con su gran estacionamiento vacío y los carteles, descoloridos y fantasmales ahora, y hacia el restaurante drive-in donde los coches seguían dando vueltas sin parar. No podía escuchar la música a esa distancia.
A la mañana siguiente June le preguntó qué tal había estado la película y Connie dijo: “Más o menos”.
Connie y esa chica y de vez en cuando otra chica salían varias veces a la semana, y el resto del tiempo se lo pasaba en casa —eran las vacaciones de verano— siempre molestando a su madre y pensando, soñando con los chicos que había conocido. Pero todos esos chicos se disolvían en un solo rostro que no era siquiera un rostro sino una idea, una sensación, mezclada con el pulso urgente de la música y el aire húmedo de la noche de julio. Cada tanto, su madre volvía a arrastrarla a la realidad del día, buscándole cosas para hacer o preguntándole de repente: “¿Qué es eso que oí de la chica de Pettinger?”.
Y Connie decía nerviosamente, “Oh, ella. Esa tonta”. Siempre marcaba una línea gruesa y clara entre ella y esas otras chicas, y su madre era lo suficientemente tonta y amable para creérselo. Connie pensaba que su madre era tan tonta que quizá fuera cruel engañarla tanto. Se movía por la casa arrastrando los pies en unas pantuflas viejas, quejándose por teléfono de una hermana al hablar con la otra, hasta que la otra llamaba y las dos se quejaban de una tercera. Si se mencionaba el nombre de June el tono de la madre era de aprobación, y si se mencionaba el nombre de Connie era de desaprobación. Esto no quería decir que no le gustaba Connie, y en realidad Connie pensaba que su madre la prefería a June solo porque era más bonita, pero las dos persistían en un juego de exasperación, una sensación de tironeo y lucha por algo de poco valor para cualquiera de las dos. A veces, mientras tomaban café, eran casi amigas, pero algo surgía —una molestia que era como una mosca zumbando de repente alrededor de sus cabezas— y sus gestos se endurecían de desprecio.
Un domingo Connie se levantó a las once —ninguno en la familia iba a la iglesia— y se lavó el pelo para que se secara todo el día al sol. Sus padres y su hermana iban a una barbacoa en casa de una tía y Connie se negó, diciendo que no estaba interesada y poniendo los ojos en blanco para que su madre entendiera exactamente lo que pensaba de eso. “Quédate sola en casa entonces”, le respondió su madre de manera brusca. Connie se sentó en la parte trasera de la casa en una silla playera y vio cómo se alejaban en el coche, su padre silencioso y calvo, la espalda torcida para poder sacar el coche en marcha atrás, su madre con una mirada todavía enojada y para nada suavizada aun a través del parabrisas, y en el asiento trasero la pobre June, vestida de domingo como si no supiera lo que era una barbacoa, con todos esos niños gritones corriendo de aquí para allá y moscas por todas partes. Connie se sentó con los ojos cerrados de cara al sol, soñando, aturdida por el calor que la envolvía como una especie de amor, las caricias del amor; y su mente se deslizó hacia pensamientos del muchacho de la noche anterior y lo agradable que había sido, qué dulce que era siempre, no de la manera que alguien como June podría suponer pero dulce igual, suave, como en las películas y como lo prometían las canciones; y al abrir los ojos apenas sabía dónde estaba, en el patio trasero que más allá se perdía en malezas y la fila de árboles como si fuera una cerca y por detrás el cielo azul y perfectamente inmóvil. La casa plana con sus techos de asbesto, que ya tenía tres años, la sobresaltó: parecía pequeña. Sacudió la cabeza como para despertarse.
Hacía demasiado calor. Entró en la casa y encendió la radio para ahogar el silencio. Se sentó al borde de la cama, descalza, y escuchó durante una hora y media un programa llamado Popurrí Dominical XYZ, disco tras disco, cantando esas canciones duras, rápidas y chillonas, intercaladas con los gritos de Bobby King: “¡Y ahora, para todas las chicas de Napoleon's-Son y Charley quiero que escuchen con mucha atención la próxima canción!”.
Y Connie misma se puso a escuchar con más atención, bañada en el resplandor de una alegría apagada que parecía surgir misteriosamente de la música misma y flotar lánguidamente en la pequeña habitación sin aire, y que Connie inhalaba y exhalaba con cada suave elevación y caída de su pecho.
Algo más tarde oyó el ruido de un coche subiendo hasta la casa. Se incorporó de repente, sobresaltada, porque no podía ser que su padre estuviera de vuelta tan pronto. La grava siguió crujiendo todo el tiempo desde la carretera —el camino de entrada a la casa era largo— y Connie corrió a la ventana. Era un coche que no conocía. Era un cacharro descapotable, pintado de un dorado brillante que captaba la luz del sol de una manera opaca. El corazón comenzó a latirle con fuerza y sus dedos se movieron rápidos hacia el pelo, revisándolo, mientras susurraba, “Dios mío. Dios mío”, preguntándose qué tan mal se veía. El coche se detuvo junto a la puerta lateral y la bocina sonó en cuatro bocinazos cortos, como si se tratara de una señal que Connie fuera a reconocer.
Entró a la cocina y se acercó lentamente hasta la puerta, colgándose de la puerta mosquitera entreabierta, los dedos de los pies descalzos enroscándose bajo el borde del escalón. Había dos chicos en el coche y ahora sí reconoció al que conducía: tenía el pelo negro enmarañado y loco como si fuera una peluca y le sonreía.
—No llego tarde, ¿no? —dijo.
—¿Quién demonios te crees que eres? —dijo Connie.
—Te dije que iba a salir, ¿no?
—Ni siquiera te conozco.
Connie habló de una manera hosca, cuidándose de no mostrar ningún interés ni placer, mientras que él hablaba en un tono rápido, monótono y vivo. Connie miró por detrás de él al otro chico, tomándose su tiempo. Tenía el pelo castaño, con un mechón que le caía sobre la frente. Sus patillas le daban un aspecto feroz y avergonzado, pero hasta el momento ni se había molestado en mirarla. Ambos llevaban gafas de sol. Las del conductor eran metálicas con cristales espejados, reflejándolo todo en miniatura.
—¿Quieres venir a dar un paseo? —dijo él.
Connie le sonrió de manera sarcástica y dejó caer su cabello suelto sobre un hombro.
—¿No te gusta mi coche? Pintura nueva —dijo—. Ey.
—¿Qué?
—Eres simpática.
Ella fingió estar ocupada con algo, espantando a las moscas de la puerta.
—¿No me crees, o qué? —dijo él.
—Mira, ni siquiera sé quién eres —dijo Connie con asco.
—Oye, Ellie tiene una radio, ¿ves? La mía se rompió. —Levantó el brazo de su amigo, mostrándole la pequeña radio a transistores que sostenía el muchacho, y ahora Connie comenzó a escuchar la música. Era el mismo programa que estaba sonando en el interior de la casa.
—¿Bobby King? —preguntó ella.
—Lo escucho todo el tiempo. Me parece genial.
—Es bastante genial —dijo Connie a regañadientes.
—Mira, ese tipo es genial. Sabe dónde está la acción.
Connie se sonrojó un poco, porque las gafas le impedían ver lo que el chico estaba mirando. No podía decidir si le gustaba o si solo era un idiota, y por eso se demoraba en la puerta y no salía de una vez ni volvía a entrar. Entonces le dijo:
—¿Qué es todo eso pintado en tu coche?
—¿No lo puedes leer?
Abrió la puerta con mucho cuidado, como si tuviera miedo de que fuera a caerse. Se bajó del coche con el mismo cuidado, plantando los pies firmemente sobre el suelo, el mundo pequeño y metálico reflejado de sus gafas deteniéndose como una gelatina que va cuajando, y en el medio de todo ese reflejo la blusa verde brillante de Connie.
—Para empezar, este es mi nombre —dijo. “Arnold Friend” estaba escrito en letras negras alquitranadas en el costado del coche, junto a un dibujo de un rostro redondo y sonriente que a Connie le hizo pensar en una calabaza, aunque con gafas de sol—. Quiero presentarme. Soy Arnold Friend y ese es mi verdadero nombre y voy a ser tu amigo, nena, y dentro del coche está Ellie Oscar. Es un poco tímido —Ellie levantó la radio de transistores hasta el hombro y la balanceó ahí—. Ahora, estos números pintados son un código secreto, cariño —explicó Arnold Friend.
Leyó los números 33, 19, 17, alzando las cejas al mirarla como preguntándole qué pensaba de eso, pero ella no pensaba nada. El guardabarros trasero izquierdo había sido abollado y tenía escrito, sobre el color dorado reluciente: “hecho por una mujer loca”. Connie tuvo que reírse de eso. A Arnold Friend le gustó su risa y la miró.
—Del otro lado hay mucho más, ¿quieres venir aquí y verlo?
—No.
—¿Por qué no?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—¿No quieres ver lo que hay escrito en el coche? ¿No quieres ir de paseo?
—No lo sé.
—¿Por qué no?
—Tengo cosas que hacer.
—¿Cómo qué?
—Cosas.
Él se rio como si ella hubiera dicho algo gracioso. Se dio una palmada en el muslo. Estaba parado de una manera extraña, apoyándose contra el coche como para mantener el equilibrio. No era alto, solo un par de centímetros más alto que lo que ella sería parada a su lado. A Connie le gustaba la forma en que vestía, la misma en la que todos ellos se vestían: unos vaqueros apretados metidos dentro de botas negras gastadas, un cinturón que marcaba su cintura y mostraba lo flaco que era y una remera blanca un poco sucia y que mostraba los músculos, pequeños y duros, en sus brazos y hombros. Daba la impresión de hacer trabajo pesado, levantando y cargando cosas. Hasta su cuello parecía musculoso. Y su cara era familiar, de cierto modo: la mandíbula, el mentón y las mejillas ligeramente oscurecidas por el par de días sin afeitarse, y la nariz larga y aguileña, oliendo el aire como si todo esto fuera una broma y ella fuera un caramelo que iba a engullirse.
—Connie, no me estás diciendo la verdad. Hoy es el día que reservaste para dar una vuelta conmigo y tú lo sabes —dijo, sin parar de reírse. El modo en que se enderezó y se recuperó rápidamente de su ataque de risa mostró que había sido falso.
—¿Cómo sabes mi nombre? —dijo ella, con suspicacia.
—Es Connie.
—Quizás, quizás no.
—Conozco a mi Connie —dijo, sacudiendo su dedo índice. Ahora Connie lo recordaba mejor, de allá, del restaurante, y sus mejillas se enrojecieron al recordar cómo había contenido el aliento al pasar junto a él. Y la recordaba.
—Ellie y yo vinimos aquí solo por ti —dijo—. Ellie se puede sentar atrás. ¿Qué te parece?
—¿Dónde?
—¿Dónde qué?
—¿Adónde vamos?
La miró. Se quitó las gafas de sol y ella vio lo pálida que era su piel alrededor de los ojos, como agujeros no llenos de sombra, sino de luz. Sus ojos eran como astillas de vidrio captando la luz de una manera amable. Él sonrió. Era como si la idea de ir de paseo a algún lugar, cualquier lugar, fuera una idea nueva para él.
—Solo a dar un paseo, Connie, cariño.
—Nunca dije que mi nombre fuera Connie —dijo ella.
—Pero yo lo sé. Sé tu nombre y sé todo sobre ti, muchas cosas —dijo Arnold Friend. Todavía no se había movido, sino que se mantuvo inmóvil apoyado contra el costado de su coche—. Me llamaste la atención, una chica tan bonita, y me tomé el trabajo de averiguar todo acerca de ti; por ejemplo, sé que tus padres y tu hermana se han ido a alguna parte y sé dónde están y cuánto tiempo van a estar fuera, y sé con quién estuviste anoche, y que el nombre de tu mejor amiga es Betty. ¿Cierto?
Hablaba con una voz simple y melodiosa, como recitando la letra de una canción. Su sonrisa le aseguraba a Connie que todo estaba bien. En el coche Ellie subió el volumen de la radio, sin molestarse en mirarlos.
—Ellie se puede sentar en el asiento de atrás —dijo Arnold Friend. Señaló a su amigo con un movimiento de la barbilla, como si Ellie no contara y Connie no debiera preocuparse por él.
—¿Cómo averiguaste todo eso? —dijo Connie.
—Mira: Betty Schultz y Tony Fitch y Jimmy Pettinger y Nancy Pettinger —dijo, como cantando—. Raymond Stanley y Bob Hutter...
—¿Los conoces a todos?
—Conozco a todo el mundo.
—Mira, estás bromeando. No eres de por aquí.
—Sí que lo soy.
—Entonces… ¿cómo es que nunca te vi antes?
—Claro que me viste antes —dijo. Bajó la mirada hacia sus botas, con un aire un poco ofendido—. Es que no te acuerdas.
—Creo que me acordaría de ti —dijo Connie.
—¿Ah, sí? —En ese momento levantó la vista, radiante. Estaba contento. Empezó a marcar el compás de la música de la radio de Ellie, golpeando levemente un puño sobre el otro. Connie apartó la mirada de la sonrisa en su rostro hacia el coche, pintado de un color tan brillante que casi le dolían los ojos al mirarlo. Miró ese nombre, “Arnold Friend”. Y en el guardabarros delantero vio una expresión que le era familiar: “súbanse a los platillos voladores”. Era una expresión que los chicos habían usado el año anterior, pero este año ya no. Miró esas palabras por un momento, como si significaran algo para ella que todavía no entendía.
—¿En qué estás pensando? ¿Eh? —le increpó Arnold Friend—. No estarás preocupada de que se te arruine el peinado con el viento en el coche, ¿no?
—No.
—¿Piensas que quizás no conduzca bien?
—¿Y yo qué sé?
—Eres una chica difícil de manejar. ¿Por qué? —le dijo—. ¿No sabes que soy tu amigo? ¿No viste que hice mi seña cuando pasaste caminando?
—¿Qué seña?
—Mi seña —y dibujó una cruz en el aire, inclinándose hacia ella. Estaban a unos tres metros de distancia. Una vez que su mano volvió a caer a su lado, la cruz seguía todavía en el aire, casi visible. Connie dejó que la puerta mosquitera se cerrara y se quedó completamente inmóvil del lado de adentro, escuchando la música de su radio. Le echó una mirada a Arnold Friend. Él se quedó parado ahí, en una pose casual rígida, fingiendo estar relajado, su mano descansando contra el picaporte de la puerta, como si eso le permitiera sostenerse en pie y no tuviera intención de moverse nunca más. Connie reconocía la mayoría de lo que llevaba puesto, los jeans ajustados que mostraban sus muslos y las nalgas y las botas de cuero grasiento y la camisa apretada, y hasta esa sonrisa amable y entradora, esa sonrisa soñolienta, como despertando de un sueño feliz, esa que todos los chicos usaban para transmitir lo que no querían poner en palabras. Reconocía todo eso, así como también la forma melodiosa de hablar, un poco burlona, bromeando, pero a la vez seria y un poco melancólica, y reconocía la forma en que golpeaba un puño sobre el otro en homenaje a la música perpetua detrás de él. Pero todas estas cosas no encajaban.
De repente, Connie le dijo:
—Oye, ¿cuántos años tienes?
Su sonrisa se desvaneció. Ella pudo ver entonces que no era un chico, sino mucho mayor: treinta, quizás más. Con esto su corazón empezó a latir mucho más rápido.
—Qué tontería me preguntas. ¿No ves que soy de tu edad?
—Al diablo si lo eres.
—Tal vez un par de años más. Tengo dieciocho.
—¿Dieciocho? —dijo ella, en tono dudoso.
Él se sonrió para tranquilizarla y unas arrugas aparecieron en las comisuras de su boca. Sus dientes eran grandes y blancos. Sonrió una sonrisa tan ancha que sus ojos se convirtieron en rendijas y Connie vio lo gruesas que eran sus pestañas, gruesas y negras como pintadas con alquitrán. Entonces, de repente, él pareció avergonzarse y miró por encima de su hombro hacia Ellie.
—Él, él sí que es loco —dijo—. ¿No es gracioso? Es un loquito, un verdadero personaje—. Ellie seguía escuchando su música. Sus gafas de sol no ofrecían nada de lo que pudiera estar pensando. Llevaba una camisa de un naranja vivo desabrochada hasta la mitad para mostrar el pecho, un pecho pálido y azulado y nada musculoso como el de Arnold Friend. Llevaba el cuello de la camisa dado vuelta hacia arriba, bordes por encima de la barbilla, como si lo estuvieran protegiendo. Apretaba la radio de transistores contra la oreja y seguía sentado ahí, bajo el sol, en una especie de sopor.
—Es un poco raro —dijo Connie.
—Oye, ¡dice que eres un poco raro! ¡Un poco raro! —le gritó Arnold Friend. Golpeó el coche para llamar la atención de Ellie. Ellie se dio vuelta por primera vez y Connie se sorprendió al ver que tampoco era un chico: tenía un rostro agradable, lampiño, con las mejillas ligeramente ruborizadas, como si las venas estuvieran demasiado cerca de la superficie; el rostro de un bebé de cuarenta años. Al ver esto, Connie sintió una oleada de vértigo y lo miró como si esperara algo que cambie la conmoción del momento, para que todo volviera a estar bien. Los labios de Ellie seguían formando palabras, murmurando la letra que sonaba en su oído.
—Quizá sería mejor que se fueran —dijo Connie, débilmente.
—¿Qué? ¿Por qué? —gritó Arnold Friend—. Vinimos hasta aquí para llevarte de paseo. Es domingo. —Ahora su voz era la voz del hombre de la radio. Era la misma voz, pensó Connie—. ¿No sabes que es domingo todo el día? Y, mi amor, no importa con quién estabas anoche, ¡hoy estás con Arnold Friend y que no se te olvide! Quizá sea mejor que salgas aquí —dijo, y esto último lo dijo con una voz diferente. Era una voz un poco menos expresiva, como si el calor finalmente le estuviera colmando los nervios.
—No. Tengo cosas que hacer.
—Ey.
—Mejor se van.
—No nos vamos hasta que vengas con nosotros.
—Ni loca voy a...
—Connie, no me hagas perder el tiempo. Quiero decir, quiero decir, no juegues conmigo —dijo, sacudiendo la cabeza. Se rio con incredulidad. Apoyó las gafas sobre la cabeza, con cuidado, como si en verdad usara una peluca, y acomodó las patillas detrás de sus orejas. Connie lo miró fijamente, otra oleada de vértigo y miedo surgiendo en su interior, y por un momento ni siquiera lo vio claro, solo una mancha frente a ella, parado ahí contra el coche dorado; y pensó que sí, seguro, había subido hasta la casa con su coche esos últimos metros, pero había salido de la nada antes de eso y no pertenecía a ninguna parte y todo acerca de él y hasta de esa música que le resultaba tan familiar era solo en parte real.
—Si mi padre llega y te ve...
—No va a venir. Está en una barbacoa.
—¿Cómo lo sabes?
—En lo de la tía Tillie. Ahora mismo están, hmmm... están bebiendo. Sentados —dijo vagamente, entrecerrando los ojos como si pudiera ver hasta allá lejos en el pueblo, hasta el patio trasero de la tía Tillie. Entonces su visión pareció aclararse y asintió enérgicamente—. Ajá. Todos sentados. Ahí está tu hermana, la del vestido azul, ¿no? Y de tacones altos, la pobre perra triste, ¡nada comparada contigo, cariño! Y tu madre está ayudando a una mujer gorda con las mazorcas de maíz, limpiándolas, desgranándolas.
—¿Qué mujer gorda?, exclamó Connie.
—¿Y yo qué sé qué mujer gorda? ¡No conozco a cada maldita gorda del mundo! —Arnold Friend se rio.
—Oh, es la señora Hornsby... ¿Quién la invitó? —dijo Connie. Se sentía un poco mareada. Su respiración se aceleró.
—Es demasiado gorda. No me gustan gordas. Me gustan como tú, cariño —le dijo con una sonrisa cansina. Se miraron por un momento a través de la puerta mosquitera. Entonces, él le dijo en voz baja—: Ahora, vas a hacer lo que te digo: vas a salir por esa puerta. Te vas a sentar junto a mí en el asiento delantero y Ellie se va a pasar atrás; al diablo con Ellie, ¿no? No eres su cita. Eres la mía. Soy tu amante, nena.
—¿Qué? Estás loco...
—Sí, soy tu amante. Aún no sabes lo que es eso, pero ya vas a entender —dijo—. Eso también lo sé. Lo sé todo sobre ti. Pero mira: es una cosa muy bonita y no podrías pedir a nadie mejor que yo, o más educado. Siempre cumplo mi palabra. Deja que te cuente, siempre soy muy bueno al principio, la primera vez. Te voy a abrazar tan fuerte que no se te va a ocurrir que te tienes que escapar ni fingir nada, porque vas a saber que no puedes. Y voy a entrar en ti, ahí donde todo es secreto, y te vas a rendir a mí y vas a amarme.
—Cállate. ¡Estás loco! —dijo Connie. Retrocedió unos pasos, alejándose de la puerta. Se tapó los oídos con las manos como si hubiera oído algo terrible, algo que no estaba dirigido a ella. “La gente no habla así, estás loco”, murmuró. El corazón casi le desbordaba el pecho y cada latido le hacía brotar sudor por todas partes. Miró hacia afuera y vio a Arnold Friend hacer una pausa y luego dar un paso hacia el porche, tambaleándose. Estuvo a punto de caer. Pero, como un borracho sagaz, se las arregló para recuperar el equilibrio. Se tambaleó en sus botas altas y se aferró a uno de los postes del porche.
—¿Cielo? —dijo—. ¿Me sigues escuchando?
—¡Lárgate de aquí!
—Sé buena, cariño. Mira.
—Voy a llamar a la policía...
Él se tambaleó de nuevo y por el costado de su boca echó una maldición como un escupitajo veloz, algo que no tuvo intención de que ella escuchara. Pero incluso ese “¡Mierda!” sonó forzado. Entonces empezó a sonreírse de nuevo. Ella vio esa sonrisa avanzar, torpe, como sonriendo dentro de una máscara. Su rostro entero era una máscara, pensó descabelladamente, curtido hasta llegar a la garganta blanca, como si se hubiera cubierto de maquillaje en la cara pero se hubiera olvidado de seguirlo hasta el cuello.
—¿Cielo? Mira, esta es la situación. Siempre digo la verdad y te prometo esto: no voy a entrar a la casa a perseguirte.
—¡Más te vale! Voy a llamar a la policía si tú... si no...
—Cariño —siguió él, hablando a la misma vez que ella—, cariño, no voy a entrar allí, pero tú vas a salir aquí. ¿Sabes por qué?
Connie jadeaba, sin aliento. La cocina parecía un lugar que nunca había visto antes, un cuarto al que había escapado pero que no le servía ahora, que no iba a ayudarla. La ventana de la cocina nunca había tenido cortinas, aun después de tres años, y había platos en el fregadero que habían dejado para que ella lavara, probablemente, y si deslizabas la mano sobre la mesa, probablemente te encontraras con algo pegajoso.
—¿Me escuchas, mi amor? ¡Oye!
—Voy a llamar a la policía...
—En cuanto toques ese teléfono ya no tengo que cumplir mi promesa y voy a poder entrar. Y no te va a gustar.
Connie se abalanzó hacia adelante y trató de trabar la puerta. Los dedos le temblaban.
—¿Por qué la vas a trabar? —dijo Arnold Friend suavemente, hablándole directamente a la cara—. No es más que una puerta mosquitera. No es nada. —Una de sus botas apuntaba en un ángulo raro, como si su pie no estuviera dentro de ella. Apuntaba hacia la izquierda, torcida a la altura del tobillo—. Quiero decir... cualquiera puede atravesar una puerta mosquitera, y hasta vidrio y madera y hierro o cualquier otra cosa si lo necesita, cualquiera; y especialmente Arnold Friend. Si el lugar estallara en llamas, cariño, vendrías corriendo a mis brazos, a mis brazos donde te sentirías a salvo y en casa, como si supieras que soy tu amante y dejaras de perder el tiempo. No me molesta una linda chica tímida, pero no me gusta perder el tiempo. —Parte de esas palabras fueron pronunciadas con un leve acento rítmico, y Connie las reconoció de algún modo: el eco de una canción del año anterior, acerca de una chica que corría a los brazos de su novio y volvía a casa otra vez.
Connie estaba descalza sobre el piso de linóleo, mirándolo fijamente.
—¿Qué quieres? —susurró.
—A ti —dijo él.
—¿Qué?
—Te vi esa noche y pensé ella es la única para mí, sí señor. Ya no necesito buscar más.
—Pero mi padre está volviendo. Está volviendo a buscarme. Tenía que lavarme el pelo antes de ir... —Habló con una voz seca, rápida, levantando el tono apenas para que él escuchara.
—No, tu papá no está viniendo y sí, ya sé que tenías que lavarte el cabello y te lo lavaste para mí. Suave y brillante y todo para mí. Te lo agradezco, mi amor —le respondió él, con una media reverencia burlona, pero otra vez estuvo a punto de perder el equilibrio. Se tuvo que inclinar y ajustarse las botas. Evidentemente los pies no le llegaban hasta las puntas; las había rellenado con algo para parecer más alto. Connie lo miró y miró más allá de él, hacia Ellie en el coche, quien parecía estar mirando a lo lejos, a la derecha de Connie, a la nada. Y entonces Ellie dijo, extrayendo las palabras del aire, una tras otra, como si las descubriera:
—¿Quieres que arranque la línea de teléfono?
—Cierra la boca y mantenla cerrada —dijo Arnold Friend, el rostro rojo por haberse agachado o tal vez de la vergüenza de que Connie hubiera visto sus botas—. Esto no es asunto tuyo.
—¿Qué... qué estás haciendo? ¿Qué es lo que quieres? —dijo Connie—. Si llamo a la policía te van a atrapar, van a arrestarte.
—La promesa era que no iba a entrar a menos que toques ese teléfono, y voy a cumplir esa promesa —le respondió. Volvió a su posición erguida y trató de echar los hombros hacia atrás. Sonaba como el héroe de una película, diciendo algo importante. Pero habló en voz muy alta y fue como si estuviera hablando con alguien parado detrás de Connie.
—No planeé entrar en una casa en la que no pertenezco, sino que tú vengas a mí, como debes. ¿No sabes quién soy?
—Estás loco —susurró ella. Se apartó de la puerta, pero no quiso escapar a otra parte de la casa, como si temiera que hacerlo fuera darle permiso a entrar por la puerta.
—Que es lo que... estás loco... tú...
—¿Eh? ¿Qué dices, cariño?
Los ojos de Connie corrían de aquí para allá, cubriendo distintas partes de la cocina. No podía recordar qué era esa habitación.
—Te digo lo que va a pasar, cariño: sales y nos vamos en el coche, y damos un lindo paseo. Pero si no sales, entonces vamos a esperar a que tu gente vuelva a casa y entonces va a ser peor para todos.
—¿Quieres que arranque la línea? —repitió Ellie. Apartó la radio de su oreja e hizo una mueca, como si el aire fuera demasiado para él sin el refugio de la radio.
—Te dije que te calles, Ellie —dijo Arnold Friend—. Si eres sordo, consíguete un audífono, ¿entiendes? Compórtate. Esta chiquita no es ningún problema y va a ser buena conmigo, así que Ellie, métete en lo tuyo que esta no es tu cita, ¿entiendes? No te me pegues, no acapares, no abrumes, no te vuelvas un perro de caza, no me sigas —dijo con una voz rápida y sin sentido, como repitiendo de memoria todas las expresiones que había aprendido sin estar seguro de cuál estaba aún de moda, y luego apresurándose a crear otras nuevas, inventándolas con los ojos cerrados—. No te me metas bajo mi cerca, no te metas en mi madriguera, no huelas mi pegamento, no chupes mi paleta, ¡guárdate tus malditos dedos grasientos para ti mismo! Se puso la mano sobre los ojos para hacer sombra y miró a Connie, que estaba apoyada contra la mesa de la cocina.
—No le hagas caso, nena, es un idiota. Un tonto. ¿Entiendes? Soy el chico para ti, y como ya te dije, tú sales de la casa, todo bien, como una dama y me das la mano y nadie sale herido, ya ves, quiero decir, tu papito calvo y tu mami y tu hermana la de los tacones altos. Porque, escúchame bien: ¿para qué meterlos en esto?
—Déjame en paz —susurró Connie.
—Oye, ¿conoces a esa vieja que vive a un trecho de aquí, tú sabes, la que tiene pollos y esas cosas. ¿La conoces?
—¡Está muerta!
—¿Muerta? ¿Qué? ¿La conoces? —dijo Arnold Friend.
—Está muerta...
—¿No te cae bien?
—Está muerta... ella... ella ya no está más por aquí...
—Pero no te cae bien, quiero decir, ¿tienes algo en contra de ella? ¿Algún rencor o algo así? —su tono de voz bajó, como si se diera cuenta de una grosería. Se tocó las gafas que descansaban sobre su cabeza, como asegurándose de que estuvieran todavía allí—. Vamos, sé una buena chica.
—¿Qué vas a hacer?
—Solo un par de cosas, o quizás tres —dijo Arnold Friend—. Pero te prometo que no va a durar mucho y que al final te voy a gustar como te llega a gustar la gente que te es cercana. Es cierto. Se acabó todo para ti aquí, así que sal de una vez. No quieres que tu gente tenga problemas, ¿no?
Connie se dio la vuelta y chocó contra una silla o contra algo, lastimándose la pierna, pero igual corrió al cuarto de atrás y cogió el teléfono. Algo rugió en su oído, un rugido pequeño, y estaba tan enferma de miedo que no podía hacer otra cosa más que escuchar ese rugido: el teléfono se sentía húmedo y frío y muy pesado en sus manos, y sus dedos buscaron a tientas el dial pero eran demasiado débiles para tocarlo. Comenzó a gritar en el teléfono, contra el rugido. Gritó, gritó pidiendo por su madre, y sintió que su aliento se sacudía violentamente dentro de sus pulmones hacia adelante y hacia atrás, como si fuera un instrumento con el que Arnold Friend la estuviera apuñalando una y otra vez sin ternura. Un aullido de dolor y pena se erigió dentro y alrededor de ella, encerrándola en su interior así como estaba encerrada en esta casa.
Luego de un rato pudo volver a oír. Estaba sentada en el suelo, la espalda húmeda contra la pared.
Arnold Friend le decía desde la puerta: “Así me gusta, como una buena chica. Cuelga el teléfono”.
Ella pateó el teléfono, alejándolo de sí.
—No, mi amor: levántalo. Y cuélgalo bien.
Ella lo recogió y colgó el receptor. El tono de llamada se detuvo.
—Así me gusta. Ahora, ven aquí.
Ella se sentía hueca, el espacio que antes ocupaba el miedo ahora era solo un espacio vacío. Todo ese gritar la había hecho explotar. Se sentó, una pierna acalambrada debajo del cuerpo, y en el fondo de su cerebro vio algo así como un punto de luz que seguía brillando y no la dejaba descansar. Pensó, no voy a ver a mi madre otra vez. Pensó, ya no voy a dormir en mi cama otra vez. Su blusa verde vivo estaba toda mojada.
Arnold Friend dijo, con voz a la vez amable y fuerte, como la de un actor en escena.
—El lugar de donde vienes ya no existe más, y el lugar al que pensabas ir está cancelado. Este lugar donde estás ahora, la casa de papá, no es más que una caja de cartón que puedo derribar en cualquier momento. Tú lo sabes, y siempre lo supiste. ¿Me entiendes?
Ella pensó, “tengo que pensar. Tengo que saber qué hacer”.
—Vamos a ir a un campo bonito, ahí fuera de la ciudad donde huele tan bien y hay sol —dijo Arnold Friend—. Te voy a tener en mis brazos bien cerca para que no pienses que necesitas tratar de escaparte y te voy a mostrar lo que es el amor, lo que hace el amor. ¡Al diablo con esta casa! Parece sólida, nomás —dijo. Arrastró una uña sobre la puerta mosquitera y Connie no tembló con el ruido como lo hubiera hecho el día anterior—. Ahora, ponte la mano sobre el corazón, cariño. ¿Lo sientes? Se siente muy sólido también, pero tú y yo sabemos que no es así. Sé buena conmigo, dulce como puedes ser porque ¿qué más hay para una chica como tú, más que ser dulce y bonita y ceder... y escaparnos antes de que tu gente vuelva?
Ella sintió su corazón latiendo con fuerza. Su mano parecía contenerlo. Por primera vez en su vida pensó que ese corazón no era de ella, que no le pertenecía, que era solo una cosa latiendo, viva dentro de ese cuerpo que tampoco era suyo.
—No quieres que salgan lastimados —siguió diciendo Arnold Friend—. Ahora, levántate, cariño. Levántate solita.
Ella se puso de pie.
—Ahora, vuélvete hacia aquí. Así, bien. Ven hacia mí. Ellie, guarda eso, ¿no te lo dije antes? Imbécil. Imbécil asqueroso y miserable —dijo Arnold Friend. Sus palabras no contenían ira, sino que eran solo parte de un conjuro. El conjuro era amable—. Ahora ve, cruza la cocina hasta mí, cariño, y déjame ver una sonrisa, vamos, prueba de sonreír, eres una chica valiente, una chica muy dulce y ahora ellos siguen comiendo maíz y perros calientes asados al fuego hasta reventar, y no saben nada de ti y nunca supieron nada; porque cariño, eres mejor que todos ellos, ninguno de ellos hubiera hecho lo mismo por ti.
Connie sintió el linóleo bajo sus pies; estaba frío. Se quitó el pelo de los ojos, echándolo hacia atrás. Arnold Friend soltó el poste, titubeante, y abrió sus brazos para recibirla, sus codos apuntando el uno al otro y sus muñecas colgando sin vida, como para demostrar que se trataba de un abrazo avergonzado y un poco burlón, que no quería que se sintiera abrumada.
Ella apoyó su mano contra la puerta mosquitera. Se vio a sí misma abriendo lentamente la puerta como si estuviera de nuevo a salvo en la puerta opuesta, observando a este cuerpo y a esta cabeza de pelo largo yendo hacia la luz del sol donde Arnold Friend le esperaba.
—Mi dulce niña de los ojos azules —dijo él, en un suspiro medio cantado que nada tenía que ver con sus ojos café pero que fue absorbido de todos modos por las vastas extensiones de tierra iluminada por el sol que se extendían detrás de él y a su alrededor: toda esa tierra que Connie jamás había visto y que no reconocía, salvo por el hecho de saber que estaba yendo hacia ella.