lunes, 24 de julio de 2017

Poemas II. María Elvira Lacaci (1928-1997)

Incienso.

Incienso.
Olor que me penetra
rasgando los sentidos.
Y huyo.
Me siento acorralada
por ese olor vivísimo.
Partículas quebradas
de una luz lejanísima
se adentran en mi alma, hoy todo sombra.

Incienso.
Un Dios,
amordazado por la Vida,
intenta liberarse. Inútilmente.

Incienso.
Acaso un día,
al aspirar tu aroma penetrante,
no huya. Arrollándolo todo.
Seguida y perseguida
por un fantasma amado:
El Dios de mi niñez. Que olía a incienso.







La palabra.

Yo te quiero sencilla. Acaso pobre.
A veces,
vas a brotarme de organdí vestida (sin querer
me florece el lenguaje de otros seres).
Con amor te desnudo.
Quedas como mi carne.
Como mi corazón y sus latidos.

A menudo,
igual que los pequeños
ante una tienda de juguetería,
pego la cara
a las brillantes lunas
donde se venden las palabras bellas.
Las admiro.
A otros les sientan bien. Si me las colocara…
Las aparto al momento
porque a mí no me sientan.

Y de nuevo voy cogiendo brazados de palabras
entre la hierba fresca
y bajo el cielo.

Al este de la ciudad, 1963







La posteridad.

Con frecuencia, oigo hablar a poetas
de la posteridad.
“Tenemos que intentar –dicen con énfasis–
que las generaciones venideras…”
Y yo digo que sí –siempre me incluyen–. Pero mi corazón
sonríe
al tiempo virgen para sus latidos.

Yo quiero vivir al día,
lo mismo que las aves.
Ser pan de todos, sí
de los que conmigo muerden la agonía.
Y ya no aspiro a más.
Sólo a pudrirme –cuando llegue la hora–
junto a mis letras húmedas y doloridas.








La voz.

Aquella tarde me dolía el cuerpo.
Era un dolor vulgar
de materia imperfecta que se quiebra.
Aquella gente extraña
con quienes compartía diariamente
el techo, el pan y el agua -claro que les pagaba-,
indiferentemente me observaban.
Y lo sabían, sí, moscardones horribles,
enlutados por alguien que ni habían amado.
Con un zumbido hiriente
bajo sus tan peludas y viscosas alas.
Con ese tornasol que da la envidia
cuando orea las almas.
Con sus antenas rígidas, sin vibración posible,
viviendo para sí.
Con la brutalidad de las piedras intactas. Sin un hoyuelo leve
para mi dolor grave.
                                           Ya en la mesa
sentí avanzar el llanto
impetuosamente desde el corazón.
Era la humillación que se acercaba. No debía de ser.
Sacudí fieramente mi cabeza, la eché atrás erguida
y me puse a comer -¿comer?-, sólo sé que tragaba,
pero no sé si carne, si pescado, si llanto.
Salí de aquella casa maldiciendo. Bueno,
maldecir no sabía, pero dije con furia:
"Yo bailaré una rumba en vuestro vientre
cuando el dolor os nazca con la vida."
-No te asustes, Señor, nunca lo haría;
este pequeño corazón es bobo-.

Con ansiedad de corza perseguida,
asustada y herida, dando saltos y huyendo
me refugié en el hueco de unos brazos.
Buscaba una palabra, una pregunta tierna que cubriera
aquella desnudez que me asolaba.
Pero tampoco allí logré encontrarla. En aquellas arterias
el deseo giraba
vertiginosamente, y no era mi dolor lo que apresaban.
Huí, huí de nuevo. Aquello era peor. Allí yo amaba.
Con mi doble dolor a las espaldas -ahora,
me dolía ya el alma-,
penetré en una iglesia. Dios estaba allí.
Como si lo ignorase
le fui contando quedamente todo.
Él se quedó callado, mudamente callado. Sí, sí, y me había escuchado,
lo sabía, pero nada me dijo.
Nada me preguntó tampoco Él. Su silencio
aumentó mi tormento. Salí a la calle
con un vestido nuevo
de confusión, de niebla, pero a la vez rasgado.
Se veían mis muslos. Contraídos, con sus tendones rígidos,
porque mis pies, por vez primera, sí,
querían pisar fuerte, desgarrar el asfalto
y herirlo, herirlo tanto
cuanto que a mí él me hería
tenazmente.

Las bocinas, los guardias, aquella gente que me avasallaba
para pasar delante -como si hubiera premio
al final de la acera-,
era tremendo y duro.
De pronto,
sentí una voz suave
que reconocí:
"Qué tienes, hija, qué te pasa, dime. "
Madre, dije bajito, y me quedé pegada
al ceniciento asfalto
que mis suelas
venían machacando con ahínco.

Las estridentes voces de un taxista -que tuvo que frenar
para no atropellarme-, me hicieron despertar.
Estaba tan contenta, que hasta le sonreí,
olvidando de pronto sus feroces insultos.
No quise ya esperar el ascensor para tomar el "Metro".
Bajé las escaleras
saltando igual que un niño, de tres en tres. Silbando
una canción ligera, y por la noche
aquellos moscardones enlutados
me parecieron ya casi palomas.

De "Humana voz"







Las cosas viejas.

Qué boba soy, Señor,
-me da vergüenza que lo sepa alguien-,
con cuántas cosas cargo. Sin motivo.
Esta pluma así vieja que ha girado mi llanto.
Este abrigo teñido, o mejor, desteñido,
porque cuántos inviernos...
Esta horrorosa planta
tan raquítica
como mi corazón,
porque ha sobrevivido -como él-
la angustiosa miseria
de la ventana
oscura
de este patio indecente.
Y así,
muchas cosas menudas
que yo siento. Indefensas.
Y debiera dejarlas,
jubilarlas, tirarlas; ahora
ya podré cambiarme,
-el nuevo sueldo de los funcionarios...-.
Pero no. No podría
olvidarlas,
y llevaré conmigo
estas pequeñas cosas así dóciles.
(Sería tan cruel si las dejara...)
Ellas,
compartieron mis horas de agonía. No los seres humanos.
Además
tengo miedo, Señor.
Otro sitio. La Vida,
y seguiré tan sola. Desgajada,
y estas cosas
amigas,
pronunciarán mi nombre
desde su silencio.
Y cuando allá muy dentro
la ternura,
me arañe y me desgarre -por tenerla encerrada-,
lo mismo que otros días,
yo miraré estas cosas
tan sencillas, tan mínimas,
tan entregadas desde su inconsciencia,
y, lentamente,
mis venas,
se irán tornando mansas. Sosegadas.

Oh, Señor, si al menos
pudieran comprender cómo las amo.









Ropa tendida.

Ha cesado la nieve, la pertinaz llovizna de estos días.
El sol
se extiende larga y perezosamente
sobre las negras charcas del suburbio.
El cielo luce azul. El aire es fuerte
y sacude
los miles de banderas, de banderas de paz,
que en cada esquina, cada rincón, pared de casa ajena,
han colocado todos los vecinos.
Los vecinos que habitan
bajo un techo menor
que una sábana abierta y extendida.








Vida prestada.

Señor,
esta vida prestada
que sostengo
a fuerza de dolor
hecho ya aliento,
aliento que me pesa
estancado remanso
que no fluye
ni se renueva con cada latido-
es como las demás. También prestada.
Pero a mí
me dejaste pendiendo
la etiqueta,
el marchamo que dice a todas horas
-porque un viento en el alma lo remueve-:
                                 "Que no me pertenece."

Y se posan
mis tan oscuros y tristones ojos
sobre toda planta que en la tierra crece
y sobre todo ser humano
que a la vida
se entrega totalmente. Apasionado.
Con asombro los miro,
porque a ellos
les arrancaste un día la etiqueta.
La etiqueta que a mí,
angustiosamente,
me baila sin cesar. Frente a los ojos.

Poemas I. María Elvira Lacaci (1928-1997)

A la poesía.

Me siento vagabunda de las Letras.
Quiero comer mi pan con el mendigo.
Beber vino de todos.
Tomar el sol
tendida
sobre la hierba húmeda.
Tener una guitarra
con cuerdas de latidos, entregados.
Tocarla por los pueblos.
Que los hombres –de colores distintos–
bailen al son de ella
con sus modales
toscos
y su verdad sencilla
a flor de labio.







Árbol enamorado.

Se llamaba Dolor
y era un extraño
árbol enamorado sin viscosas resinas de deseos umbríos.

Se llamaba Dolor, Elvira, a veces.
Y era el Norte de Dios.
Pero sus hojas
se desprendían lentas hacia el suelo.

Era un extraño árbol. Sin raíces
ni savia. Aladamente
arrastraba su tronco carcomido
sobre la tierra.

Sobre la tierra que impaciente,
despiadadamente,
empezaba a girarle por las venas.
A gritarle en su giro,
raudo y rojo,
su ineludible puesto. Allí. En la Nada.








Canta.

Y me pesó tu dedo
lo mismo que un gran manto
de hierro
que pendiera
de mis desnudos hombros.
Y me pesó tu dedo
cuando me señalaste el corazón -esta mañana-,
mientras el aire,
el aire enrarecido de mi alcoba,
volteaba un sonido:

                                         Canta

Y quise huir. Temí. Me encogí hasta el abismo
de la angustia,
porque pesaba mucho tu palabra:

                                         Canta

Déjame como siempre
volar por la palabra. Libre. Suelta.
Que yo te cantaré como hasta ahora.
Pero no vuelvas a decirme:

                                         Canta







Cine de barrio.

Lloraba
sórdidamente por mi leve garganta,
por donde resbalaban
tímidamente las palabras húmedas,
las palabras sin nombre todavía.
Respiraba
con lentitud
forzada, para que mi agonía
no se lanzara presurosa al aire,
porque a mi alrededor
había mucha gente. Estaba
en la deshilvanada y familiar cola
de un pequeño cine de barro: el "Chamberí"
(donde las butacas habían de estar calientes -era de sesión continua-,
donde un vaho maloliente
penetraría
por mis poros
durante más de dos horas,
donde, acaso, una "extraviada " pierna
rozaría la mía
y un taconazo afiladísimo
intentaría hacerle comprender a aquel podrido hueso,
su humana condición
de animal primitivo,
donde...),
y me puse a observarla.
Novios, de los que luego parecería estaban ocupando
una sola butaca.
Niños que, mientras daban puntapiés en el asiento de delante,
irían alfombrando la sala
de cacahuetes o pipas.
Hombres y mujeres de una edad ya madura,
pero infantiles, sencillos, que se reirían estrepitosamente
cuando el protagonista, al resbalar y caerse,
se embadurnara la cara
con una tarta de crema, o llorarían
con idéntica facilidad
ante cualquier lance folletinesco, e irían
alternando las carcajadas y el llanto
con un gran bocadillo de tortilla.

Sí, allí estaban todos
esperando su turno para tomar la entrada.
Contentos, felices con sus pequeñas aspiraciones
satisfechas. Para ellos
aquel rato de cine
vendría a ser
como una continuidad de lo que llevaban dentro.
Como un esparcimiento honesto
tras una jornada de intenso trabajo.
De pronto me miré, me miré hacia dentro y comprendí
que yo allí desentonaba, ya que mi alma,
no estaba acorde con la levedad del momento,
porque lo único
que iba buscando allí
era
una pequeña muerte de dos horas y pico.







Con tacones altos.

Y yo llevaba un gorro
muy moderno. Parecía
una extraña cazuela.
Unos tacones leves y muy altos.
Un abrigo atrevido.
Unos guantes y un bolso de color avellana.
Los labios y los ojos pintarrajeados.
No debía de ir mal.
Las mujeres
volvían la cabeza
para mirar la hechura del abrigo.
Los hombres...

Pero yo,
bajo la piel y aquella vestidura de comparsa,
llevaba otro ropaje de un tejido muy denso. Era de angustia.

Y añoré
mi pelo suelto, mis zapatos bajos,
mi abrigo deportivo,
mi tez morena, solamente el agua.

Tú me veías, Dios. Y cómo hablamos.
Yo te decía
que estaba muy ridícula con todo aquello.
Tú dijiste que sí.
Y compartiste
el tan amargo leve movimiento
de mis labios oblicuos.








El espejo ovalado.

Un espejo ovalado.
Un radiador pequeño de calefacción.
Mis manos calentándose.
Mis ojos
se clavaron en él.
Un rostro, que no reconocí,
me miraba
paralíticamente avejentado.

Afloraba
a los oscuros ojos de aquel rostro
un profundo dolor
que venía de adentro. Que era oscuro y tenaz.
Cristalizó.
Y, en forma de agua amarga,
resbaló
hasta la piel de mis zapatos húmedos.

Un caos
de innumerables dardos afilados
castigó mis sentidos.
Con las manos abiertas golpeé la pared
de ambos lados del espejo ovalado.
                ¡Dios es bueno!
Me asusté de mi grito.
Los dueños de la casa al otro lado...
Acerqué mis oídos al tabique azotado.
La radio transmitía un estridente mambo.
Respiré sosegada. Me arrojé sobre el lecho.
Y miré largo rato
los fantasmas
que la humedad
había dibujado sobre las paredes.








El traje nuevo.

Voy a vestirme el traje de etiqueta.
Cuidaré mis maneras.
Perfumaré mi aliento -respirando el estiércol tanto tiempo...-

No. No es correcto. Lo sé,
el presentarme así todos los días.
A mi modo. Rebelde.
Llevando de la mano -igual que las gitanas a la puerta del "Metro"-,
palabras mal peinadas. Andrajosas. Desnudas.
Intentaré acordarlas.
Arcangélica música debe llevar el viento
cuando gira:
"Los oros del otoño", "Las cascadas", "Los trinos".

Pero no. No podré; ¡estos modales...!
Cuando me sienta estrecha aquí en el alma.
Cuando me pise sin clemencia el Tiempo,
vocearé de nuevo.
Escupiré a la rima -la rima es de burgueses
de la dicha-, y mis zapatos
llevaré ya en la mano. Iré saltando
libre
de su opresión.
Y de verdad lo siento. Debe ser tan hermoso,
con paternal orgullo,
pasear entre gentes -satisfechas
del todo- almidonadas frases
con puntillas
y lazos
de colores vistosos...

sábado, 22 de julio de 2017

El vampiro de Kaldenstein. Frederick Cowles (1900-1949)

Desde joven acostumbro a pasar mis vacaciones viajando por las más remotas partes de Europa. He tenido experiencias placenteras en Italia, España, Noruega y el sur de Francia, pero de todos los países que he explorado de esta manera, Alemania es mi preferido. Esta es la tierra ideal para vacacionar, para todo aquel que ama la vida al aire libre, que tenga bajos recursos y gustos simples, ya que la gente es siempre muy amigable y las fondas son buenas y baratas. He tenido excelentes vacaciones en Alemania, pero hay una que quedará para siempre en mi memoria debido a una muy extraña y extraordinaria experiencia que me sucedió hace algún tiempo.

Era el verano de 1933, y estaba prácticamente convencido de que iría en crucero a las Canarias con Donald Young. De repente, él se contagió de una enfermedad de la niñez; que resultó ser sarampión sin duda alguna, entonces tuve que hacer mis propios planes. La idea de viajar en un crucero sin compañía no me llamaba la atención; no soy una persona muy sociable que digamos y estos cruceros parecen estar llenos de bailes, fiestas de cóctel y paseos por cubierta. Tenía miedo de sentirme como pez fuera del agua, así que decidí olvidarme del crucero. En su lugar, saqué mis mapas de Alemania y comencé a planear un tour a pie. La mitad de la diversión de unas vacaciones está en planearlas; me decidía por un lugar del país en particular y luego lo cambiaba; debo haber hecho esto al menos media docena de veces. Primero, fantaseé con el Valle Moselle, después con el Lahn. Jugué con la idea de visitar la Selva Negra, situado dentro de las montañas Hartz y luego pensé que sería divertido volver a visitar Sajonia. Finalmente, me decidí por la parte sur de Bavaria ya que nunca había estado ahí y me parecía mejor pisar tierra fresca. Viajar tres días en tercera clase es cansado, incluso para un duro trotamundos; llegué a Munich completamente fatigado y adolorido. Por suerte descubrí cerca del Hofgarten “La fonda de la manzana dorada”, donde Peter Schmidt vende, tanto buen vino como buena comida y tiene algunos cuartos para alojar a los huéspedes. Peter, quien vivió en Canadá por diez años y habla un excelente inglés, sabía exactamente cómo me sentía. Me dio una habitación muy confortable donde pagaba un marco por noche, me sirvió café caliente y panecillos, y me recomendó ir a la cama y descansar hasta que estuviera totalmente restablecido. Acepté su consejo y dormí profundamente durante doce horas, luego me levanté tan fresco como una margarita. Un plato de cerdo y dos cervezas completaron la cura; luego partí para ver algo de Munich. Esta es la cuarta ciudad más grande de Alemania y tiene cosas muy interesantes que ofrecer al visitante. Ya era casi de noche; sin embargo, logré visitar el Fraven-Kirche con sus finos cristales de colores, el viejo Rathaus y la iglesia de San Pedro, construida en el siglo XIV, cerca de la Marien-Platz. Miré dentro del Regina-Palast en donde se llevaba a cabo un baile; después regresé a La manzana dorada para cenar. Luego fui a una presentación del Die Meistersinger en el teatro nacional. Eran más de las doce cuando me fui a acostar y para entonces, había decidido quedarme en Munich un día más. No los voy a aburrir describiendo las cosas que vi e hice en el segundo día. Fue simplemente el paseo de costumbre para admirar la ciudad, pero nada fuera de lo normal.

Después de cenar, Peter me ayudó a planear mi paseo; él demostró un gran conocimiento de las villas Bávaras y me dio una lista de fondas que resultó ser de mucha utilidad. Fue él quien me sugirió viajar en tren hasta Rosenheim donde comencé mi caminata. Trazamos una ruta que cubriera cerca de doscientas millas y me trajera de vuelta a Munich quince días más tarde. Bien, para hacer esta historia más corta, tomé el tren de la mañana a Rosenheim, viaje que fue terriblemente lento, pues duró cerca de tres horas para cubrir una distancia de cuarenta y seis millas. El pueblo en sí es un lugar alegre, del tipo de pequeña industria, con una iglesia del siglo xv y un buen museo de pinturas bávaras alojado en una vieja capilla.

No me quedé por mucho tiempo y emprendí mi viaje a Traunstein por un agradable camino que rodea al Chiem-See, el lago más grande de Bavaria. Pasé la noche en Traunstein y al día siguiente me encaminé hacia la vieja ciudad amurallada de Mühldorf. Desde ahí, planee dirigirme a Vilshofen pasando por Pfarrkirchen, pero tomé una ruta equivocada y llegué a un pequeño pueblo llamado Gang Koften. El encargado de la fonda local trató de ser útil y me dirigió hacia un sendero en medio del campo que, según me aseguró, era un atajo hacia Pfarrkirchen. Evidentemente, no comprendí sus instrucciones y al atardecer me encontraba perdido sin esperanza en el corazón de una cordillera formada por pequeños cerros, que no estaba marcada en el mapa. Caía la noche cuando llegué a una pequeña villa que reposaba bajo la sombra de un alto peñasco donde se erguía un castillo de roca de color gris. Por fortuna existía una fonda en la villa; un lugar primitivo, pero moderadamente confortable. El casero era un tipo inteligente y bastante amigable y además me contó que rara vez se veían visitantes por ahí. El nombre de la aldea era Kaldenstein. El hombre me sirvió una simple comida con queso de leche de cabra, ensalada, pan casero y una botella de vino tinto y para hacerle justicia a lo dicho, salí a dar un pequeño paseo.

La luna había salido y el castillo permanecía firme contra el despejado cielo como un castillo mágico en un cuento de hadas. Lo formaban un pequeño edificio cuadrado y cuatro torres, no obstante, era la fortaleza con el aspecto más romántico que había visto; una luz parpadeaba en una de las ventanas. Fue así como me di cuenta de que el lugar estaba habitado. Un escarpado sendero y una serie continua de peldaños, labrados en la roca, llevaban hacia la puerta; consideré entonces que podría hacerle una visita nocturna al Señor de Kaldenstein. En vez de eso, retorné a la fonda y me uní a algunos hombres que estaban tomando en el cuarto donde se reciben los huéspedes. Mis acompañantes eran la mayoría hombres de clase trabajadora y, aunque educados, tenían poco de ese espíritu de amistad que uno está acostumbrado a ver en las villas alemanas. Parecían malhumorados e inconformes y me dio la impresión de que compartían un terrible secreto. Hice mi mejor esfuerzo para entablar una conversación, pero no tuve éxito. Luego para hacer hablar a alguno de ellos pregunté:

— ¿Quién vive en el castillo de la ladera?

El efecto que causó en ellos la inocente pregunta fue estremecedor. Los que estaban bebiendo pusieron sus jarras sobre la mesa y me contemplaron consternados. Algunos hicieron la señal de la cruz y el más viejo susurró con voz ronca:

—Silencio, forastero, Dios perdone sus palabras.

Mi pregunta pareció molestar a todos y diez minutos después todos se habían ido. Me disculpé con el casero por la indiscreción que había cometido y esperaba que mi presencia no hubiese perturbado la calma. Hizo un gesto con la mano, rechazando mis excusas y me aseguró, que en todo caso, esos hombres no iban a permanecer aquí por mucho tiempo.

—Se aterrorizan cuando alguien menciona algo sobre el castillo —dijo— y consideran de mala suerte incluso dar un vistazo rápido al castillo después del anochecer.
—Pero ¿por qué? —pregunté —. ¿Quién vive allí?
—Ese es el hogar del Conde Ludwig von Kaldenstein.
—Y, ¿cuánto tiempo ha vivido ahí? —pregunté.

El hombre caminó hasta la puerta y la cerró cuidadosamente y le puso unos barrotes antes de responder. Luego se acercó a mi silla y susurró:

—Él ha estado allá arriba cerca de trescientos años.
—Absurdo, exclamé sonriendo. — ¿Cómo es posible que un hombre, sea Conde o campesino, viva trescientos años? Supongo que usted se refiere a que su familia ha mantenido el castillo todo ese tiempo.
—Quise decir exactamente lo que dije, joven —respondió el hombre con franqueza.
—La familia del Conde ha mantenido el castillo por diez siglos, y el Conde mismo ha morado en Burg Kaldenstein cerca de trescientos años.
—Pero, ¿cómo puede ser posible?
—Es un vampiro. En lo más profundo de ese castillo de roca existen grandes criptas, y es en una de ellas donde el Conde duerme durante el día para no ser alcanzado por la luz del sol. Sólo se atreve a salir por las noches.

Esto era fantástico desde cualquier punto de vista. Me temo que reí de manera escéptica, pero el pobre casero permanecía, obviamente, muy serio y dudé en hacer otra observación que pudiera herir sus sentimientos. Terminé mi cerveza, me levanté de la mesa y me fui a dormir. Mientras subía las escaleras mi anfitrión me llamó, tomó mi brazo y dijo:

—Por favor señor: le ruego que mantenga su ventana cerrada. El aire nocturno de Kaldenstein no es saludable.

Al llegar a mi habitación, encontré la ventana ya bien cerrada, aunque la atmósfera era como la de un horno. Por supuesto, la abrí sin pensarlo, me recosté y llené mis pulmones de aire fresco. La ventana me daba una vista directa al castillo y bajo la clara luz de la luna llena, el edificio parecía más que nunca un sueño de hadas. Me dirigía hacia el interior de la habitación, cuando supuse haber visto la silueta de una figura negra recortada contra el cielo en la parte más alta de una de las torres. Incluso la vi sacudir sus enormes alas y elevarse en lo más profundo de la noche. Parecía muy grande para ser un águila, pero la luz de la luna tiene la singular cualidad de distorsionar las formas. Seguí mirando hasta que sólo quedaba un diminuto punto negro a gran distancia; en ese momento, a lo lejos, un perro aulló extraña y lúgubremente. Unos minutos después, ya estaba listo para acostarme y, menospreciando la advertencia del casero, dejé abierta la ventana. Tomé la linterna eléctrica de mi mochila y la puse sobre la pequeña mesa de noche, encima de la cual colgaba un crucifijo de madera. Por lo general, me mantengo despierto hasta que mi cabeza toca la almohada, acción que en esta noche en particular encontraba difícil realizar. La luz de la luna me molestaba y daba vueltas bruscamente en vano tratando de acomodarme. Conté ovejas hasta que me cansé de imaginar a estas tontas criaturas pasando a través de un portillo en un seto, pero el sueño seguía esquivándome.

En la casa, un reloj dio la media noche, cuando de repente tuve la desagradable sensación de no estar solo. Por un momento me sentí aterrorizado, y luego venciendo mi miedo, me volteé. Ahí, cerca de la ventana, negra contra la luz de la luna, se veía la figura de un hombre alto. Me incorporé de repente sobre la cama y busqué a tientas la linterna. Mientras lo hacía, tropecé con algo en la pared: era el pequeño crucifijo, que mis dedos envolvieron casi al mismo tiempo en que este tocaba la mesa. Escuché a la criatura maldecir en voz baja desde la ventana y luego la vi balancearse en el alféizar y luego saltar al vacío en medio de la noche. En ese instante noté una cosa más: el hombre, quién quiera que fuese, no proyectaba sombra alguna. La luz de la luna parecía pasar directo a través de él. Debo haberme quedado estático por lo menos media hora, antes de atreverme a salir de la cama y cerrar la ventana. Después de eso, me quedé dormido de inmediato y dormí profundamente hasta que la doncella me despertó a las ocho de la mañana. A la luz del día, los eventos de la noche anterior parecían demasiado ridículos para ser ciertos; llegué entonces a la conclusión de que había sido víctima de una fantástica pesadilla. Para responder a la cortés pregunta del casero, le aseguré que había pasado una noche muy confortable, aunque me temo que mi aspecto contradijo mi respuesta.

II.
Después del desayuno salí a explorar la villa. Era un poco más grande de lo que me había parecido la tarde anterior y algunas de las casas se extendían en un valle al lado del camino. Incluso había una pequeña iglesia de tipo romanesco que desgraciadamente necesitaba ser reparada. Entré al edificio y mientras inspeccionaba su ostentoso y alto altar, un sacerdote entró por una puerta lateral. Era un hombre delgado y de aspecto ascético que, sin pensarlo, me saludó de manera muy amigable. Le saludé también y le hice saber que venía de Inglaterra. Acto seguido, se disculpó por el evidente deterioro del edificio y me mostró algunas valiosas piezas de cristal del siglo quince, una pila bautismal entallada, de ese mismo periodo, y una muy agradable estatua de la virgen. Luego, mientras estaba con él cerca de la puerta de la iglesia, miré hacia el castillo y dije:

—Me pregunto, padre, si el Señor de Kaldenstein me va a dar una bienvenida tan amigable como la que usted me dio.
—El Señor de Kaldenstein, —repitió el sacerdote con voz temblorosa.
—¿Seguro usted no se propone visitar el castillo?
—Esa es mi intención, respondí. —Parece un lugar muy interesante y me sentiría muy apenado de dejar esta parte del mundo sin verlo.
—Permítame implorarle que no intente entrar en ese infausto lugar —insistió—. Los visitantes no son bienvenidos en el castillo Kaldenstein; luego, cambiando el tono de su voz, dijo:
—No hay nada que ver en ese edificio.
— ¿Y qué de las maravillosas criptas en el peñasco y del hombre que ha vivido en ellas durante trescientos años? —sonreí.
El rostro del sacerdote palideció visiblemente.
—Entonces sabe usted lo del vampiro —dijo él—. No se ría del mal, hijo mío.
Que Dios nos proteja del muerto viviente. Él hizo la señal de la cruz.
—Pero padre, —exclamé— ¿Usted no cree en esa superstición medieval?
—Todo hombre cree lo que él sabe que es verdad, y nosotros los de Kaldenstein podemos probar que ningún entierro ha tenido lugar en el castillo desde 1645, cuando el Conde Feodor murió y su primo Ludwig de Hungría heredó el título.
—Este cuento es muy absurdo —repliqué—. Debe haber una explicación razonable para este misterio. Es inimaginable que un hombre que vino a este lugar en 1645 pueda estar vivo todavía.
—Todo es posible para aquellos que sirven al demonio —respondió el sacerdote—. Siempre, a lo largo de la historia del mundo, el mal ha estado en guerra contra el bien y a menudo triunfa. El castillo Kaldenstein es la guarida de la más terrible e inhumana maldad y le imploro se mantenga tan alejado de ese lugar como le sea posible.

Se despidió de manera muy cortés, levantó su mano en gentil bendición y entró de nuevo en la iglesia. Ahora debo confesar que las palabras del sacerdote me provocaron un sentimiento de inquietud que me hizo reflexionar acerca de mi pesadilla. ¿Había sido un sueño después de todo? O pudo haber sido el mismo vampiro buscando convertirme en una de sus víctimas y sólo falló su intento debido a que empuñé accidentalmente el crucifijo. Estos pensamientos cruzaron mi mente y casi abandoné mi decisión de visitar el castillo. Entonces, miré de nuevo hacia las viejas paredes de color gris que relampagueaban con el resplandor de la mañana y se burlaban de mis miedos. Ningún monstruo mítico de la edad media iba a espantarme. El sacerdote era tan supersticioso como sus ignorantes feligreses.

Silbando una canción popular, tomé la calle de la villa que va hacia arriba y pronto me encontré escalando el angosto sendero que lleva al castillo. Conforme el ascenso se tornó escarpado, el sendero dio lugar a una serie de peldaños que me llevaron hasta una pequeña meseta situada en frente de la puerta principal del castillo. No había signos de vida en los alrededores, pero una pesada campana colgaba sobre la puerta. Tiré de una herrumbrada cadena e hice vibrar el agrietado artefacto. El sonido perturbó a una colonia de cornejas de pico blanco que estaba en una de las torres e hizo que empezaran a parlotear, pero ningún ser humano se presentó para responder a mi llamado. De nuevo toqué la campana. Esta vez, los ecos apenas habían cesado cuando escuché que los cerrojos se abrían. Los goznes de la gran puerta rechinaron y un anciano se presentó parpadeando bajo la luz del sol.

— ¿Quién viene al castillo Kaldenstein? —preguntó en un tono de voz un curioso y alto. Entonces noté que el hombre estaba medio ciego.
—Soy un visitante inglés —le contesté— y me gustaría ver al Conde.
—Su Excelencia no recibe visitantes —fue la respuesta y en seguida intentó cerrar la puerta en mi cara.
— ¿Pero no me está permitido echarle un vistazo al castillo? —pregunté apresuradamente—. Estoy interesado en las fortalezas medievales y sería una pena dejar Kaldenstein sin haber inspeccionado este espléndido edificio.

El viejo me atisbó y dijo en un tono de voz vacilante:

—Hay muy poco que ver, señor, y me temo que usted sólo está perdiendo su tiempo.
—Aun así, apreciaría el privilegio de una breve visita —respondí— y estoy seguro de que el Conde no tendrá objeción. Le aseguro que no seré un estorbo ni tengo la intención de perturbar la paz de Su Excelencia.
— ¿Qué hora es?—, preguntó el hombre. Le dije que eran apenas las once de la mañana; susurró algo acerca de estar seguro mientras el sol estuviera en el cielo, y me indicó que entrara.

Me encontraba en un sencillo vestíbulo, tapizado con deterioradas colgaduras que despedían un olor a humedad y abandono. Al fondo de éste, había un altar adornado con un doselete sobre el cuál colgaba escudo de armas.

—Este es el vestíbulo principal del castillo —murmuró mi guía— y ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos de los días de los grandes señores de Kaldenstein. Aquí, Federico, el sexto Conde, les sacó los ojos a doce rehenes italianos y luego los empujó de la orilla del precipicio. Aquí, se dice que el Conde Augusto envenenó al príncipe de Wurttemburg, y después degustó un banquete en compañía del muerto.

Continuó con sus cuentos falsos y malvados. Era evidente que los Condes de Kaldenstein habían sido una horda de indeseables. Desde el vestíbulo principal me condujo hasta una serie de habitaciones más pequeñas, llenas de muebles que estaban casi hechos polvo. Sus habitaciones estaban en la torre norte y aunque me mostró todo el edificio, no vi ninguna habitación en donde pudiera estar su amo. El viejo abrió todas las puertas sin titubear, y parecía, que excepto por él mismo, el castillo estaba vacío.

— ¿Pero dónde está la habitación del Conde? —pregunté mientras retornábamos al vestíbulo principal—. Me miró confundido por un momento y después respondió:
—Tenemos algunos aposentos en el sótano y Su Excelencia usa uno de ellos como dormitorio. Como usted puede ver, él puede descansar allí sin ser perturbado.

Yo creí que cualquier habitación dentro del edificio le habría dado la quietud que requería sin tener la necesidad de buscar paz en las entrañas de la tierra.

—Y ¿existe alguna capilla privada? —pregunté.
— ¿La capilla también está abajo?

Insinué que estaba interesado en las capillas y que me encantaría ver un ejemplo de un lugar de adoración subterráneo. El viejo dio algunas excusas, pero al final aceptó enseñarme la cripta. Tomó una linterna antigua de un estante, encendió la vela y levantando una parte del tapiz de la pared, abrió una puerta secreta. Un enfermizo olor a podredumbre nos envolvió. Mientras murmuraba para sí, me guió hacia abajo, por una escalera de piedra a lo largo de un pasadizo excavado en la roca. Al final de éste, había otra puerta que nos condujo a una gran caverna decorada como una iglesia. El lugar apestaba como un osario y la débil luz de la linterna solo intensificaba las tinieblas. Mi guía me llevó hasta el presbiterio y, levantando la linterna, señaló una pintura que representaba a Lázaro levantándose de la muerte, particularmente repugnante, que colgaba encima del altar. Me aproximé para examinarla más de cerca.

— ¿Y qué hay además de esto?
—Hable en voz baja, señor —me suplicó—. Esta es la cripta donde descansan los restos de los señores de Kaldenstein. Mientras él hablaba, escuché un sonido que venía de más allá de aquella barrera; un suspiro y la clase de ruido que podría ser hecho por una persona que se voltea mientras duerme. Me parece que el viejo servidor también lo escuchó, ya que me agarró con su temblorosa mano y me sacó de la capilla. La vacilante luz de su linterna iba adelante de mí mientras subíamos las gradas. Reí con nerviosos alivio, cuando entramos otra vez al vestíbulo del castillo. Él me miró rápidamente y dijo:
—Eso es todo señor, ya que hay pocas cosas de interés dentro de este viejo edificio.

Intenté darle una moneda de cinco marcos, pero se negó a aceptarla.

—El dinero no es de utilidad para mí señor —susurró el viejo—. No tengo nada en qué gastarlo ya que vivo con los muertos. Dele la moneda al sacerdote de la villa y pídale que dé una misa por mí, si así lo desea.

Le prometí que se haría su voluntad; y luego, en un repentino impulso de arrogancia, pregunté:

— ¿Y cuándo recibe el Conde a sus visitas?
—Mi amo nunca recibe visitas —respondió.
— ¿Pero de seguro algunas veces se encuentra en el castillo? No pasa todo el tiempo dentro de las criptas —insistí.
—Por lo general, al caer la noche, se sienta en el vestíbulo durante una hora, más o menos, y algunas veces camina por las murallas.
—Entonces debo regresar esta noche —repliqué—. Estoy en deuda con su Excelencia y quiero presentarle mis respetos.

El viejo se volvió mientras abría la puerta y posando sus sombríos ojos sobre mi rostro dijo:

—No venga a Kaldenstein después de que el sol se haya puesto, así no llenará de temor su corazón.
—No trate de asustarme con ninguno de sus espíritus —contesté con rudeza.
Luego, alzando la voz añadí:
—Esta noche vendré a visitar al Conde von Kaldenstein.
El sirviente abrió la puerta de golpe y la luz del sol se extendió por el deteriorado edificio.
—Si usted viene, él estará listo para recibirlo —dijo el viejo—; y recuerde que si usted entra en el castillo de nuevo será por su propia voluntad.

III.
Al caer la tarde mi coraje se había evaporado un poco y deseaba haber aceptado el consejo del sacerdote y dejar Kaldenstein. Pero existe una pizca de terquedad en mí caracter y como había prometido visitar de nuevo el castillo, nada me haría cambiar de parecer. Esperé hasta que cayó la noche, y sin mencionarle nada al casero con respecto a mis intenciones, emprendí mi viaje por el escarpado camino hacia la fortaleza. La luna todavía no salía y tuve que usar mi linterna eléctrica en los escalones. Hice sonar la agrietada campana y la puerta se abrió casi de inmediato. Allí permaneció el viejo sirviente dándome la bienvenida con una reverencia.

—Su Excelencia lo atenderá ahora señor, —respondió. —Entre al castillo Kaldenstein. Entre por su propia voluntad.

Por un momento dudé; algo parecía aconsejar mi retirada mientras tenía tiempo. Entonces, me armé de valor y atravesé el umbral de la puerta. Las tosas ardían en el enorme brasero y le daba una atmósfera más alegre a la oscura habitación. Las velas centellaban en los candelabros de plata y noté que un hombre estaba sentado en la mesa del estrado; cuando estuve cerca, bajó a saludarme. ¿Cómo podría describir al Conde de Kaldenstein? Era un hombre muy alto, con un rostro de palidez cadavérica. Tenía el cabello de un color negro intenso y las manos delicadamente moldeadas, pero con dedos muy puntiagudos y largas uñas. Sus ojos eran lo más impresionante. Mientras cruzaba la habitación, parecían brillar con una luz roja, como si sus pupilas estuvieran rodeadas de fuego. Sin embargo, su saludo fue bastante convencional.

—Bienvenido a mi humilde hogar señor —dijo, haciendo una reverencia apenas notoria—. Me apena no poder darle una bienvenida más hospitalaria, pero vivimos de manera muy humilde. Rara vez atendemos invitados y me siento honrado de que usted se haya tomado la molestia de visitarme.

Murmuré unas palabras de agradecimiento y luego me condujo a un asiento en la gran mesa sobre la cual había una botella de vino ornamentada y un vaso.

— ¿Toma usted vino? —me dijo mientras llenaba el vaso hasta el borde; era de una antigua y rara cosecha, pero me sentí un poco incómodo ya que tenía que tomar solo.
—Espero me disculpe por no acompañarlo, dijo al notar, evidentemente, mi actitud vacilante. Yo nunca tomo vino.
Sonrió y vi que sus dientes frontales eran largos y puntiagudos.
—Y ahora dígame —continuó—. ¿Qué está haciendo usted en esta parte del mundo? Kaldenstein está un poco alejado del camino usual y rara vez vemos extraños.
—Le expliqué que hacía una caminata y había perdido la ruta a Pfarrkirchen.
El Conde sonrió suavemente y de nuevo mostró sus colmillos.
—Y entonces, usted ha venido a Kaldenstein y por su propia voluntad decidió visitarme.

Comenzaron a desagradarme las referencias que hacían con respecto a mi voluntad. La expresión parecía ser una especie de fórmula. El sirviente la había usado cuando yo partía después de mi visita de la mañana, y otra vez cuando me recibió al atardecer; y ahora el Conde la usaba.

— ¿De qué otra manera podría venir, más que por mi propia voluntad? — pregunté airado.
—Durante aquellos malos días en la antigüedad, muchos fueron traídos al castillo por la fuerza. Los únicos invitados que recibimos ahora son aquellos que vienen voluntariamente.

Todo este tiempo una extraña sensación me había ido invadiendo poco a poco: sentía como si toda mi energía fuese extraída, y una terrible náusea se estaba apoderando de mis sentidos. El Conde continuó mencionando lugares, pero su voz venía desde muy lejos. Yo, estaba consiente de que sus peculiares ojos se clavaban dentro de los míos; ellos se tornaron más y más grandes y me parecía estar mirando dentro de dos pozos de fuego. De repente, con un brusco movimiento, volqué mi vaso de vino. El frágil objeto se hizo pedazos y el ruido me hizo recobrar los sentidos. Una astilla me perforó la mano y un pequeño charco de sangre se formó sobre la mesa. Busqué un pañuelo, y antes de que yo pudiera decir cualquier cosa, me aterrorizó un aullido sobrenatural cuyo eco se oyó el arqueado vestíbulo. El grito venía de los labios del Conde. Instantes después, estaba encorvado sobre la sangre que manchó la mesa, lamiéndola con placer desbordante. Nunca había presenciado nada tan desagradable.

Haciendo un gran esfuerzo me dirigí hacia la puerta, pero el terror había debilitado mis piernas y el Conde me atrapó después de haber recorrido unas pocas yardas. Sus pálidas manos se apoderaron de mis brazos y me llevaron de vuelta a la silla que había dejado vacante.

—Mi querido señor —dijo él—, le ruego perdone mi descortesía. Los miembros de mi familia siempre se impresionan al ver la sangre; llámelo idiosincrasia, si así lo prefiere, pero algunas veces esto nos hace comportarnos como animales salvajes. Me aflige haber olvidado mis modales hasta el punto de comportarme de manera tan extraña frente a un invitado. Le aseguro que he tratado de corregir este defecto y es por esta razón que me mantengo alejado de mis prójimos.

La explicación me pareció lo suficientemente aceptable, pero me llenó de horror y odio, especialmente porque pude ver un diminuto glóbulo de sangre colgando de su boca.

—Me temo que estoy retrasando la hora de dormir de su Excelencia —comenté, y en todo caso, creo que es tiempo de regresar a la fonda.
— ¡Ah no, amigo mío! —dijo el Conde— las horas de la noche son las que más disfruto y me complacerá mucho si usted me acompaña hasta mañana. El castillo es un lugar solitario y su compañía será un cambio agradable. Hay un habitación preparada para usted en la torre sur y mañana, quién sabe, puede ser que haya otros invitados para animarnos.

Un miedo mortal inundó mi corazón y me eché a temblar de pies a cabeza mientras tartamudeaba:

—Déjeme ir... déjeme ir. Debo regresar a la villa de inmediato.
—Usted no puede regresar esta noche ya que se aproxima una tormenta y el camino del acantilado es peligroso. Mientras hablaba se acercó a la ventana y empujándola con fuerza, levantó uno de sus brazos hacia el cielo. Como obedeciendo a su gesto, un intenso relámpago partió las nubes y el trueno pareció sacudir el castillo. Luego la lluvia se convirtió en un terrible diluvio y el viento aulló con gran fuerza a través de las montañas. El Conde cerró la ventana y regresó a la mesa.
—Ve usted, amigo —riendo entre dientes—, hasta los elementos están en contra de su regreso a la villa. Debe sentirse satisfecho con nuestra humilde hospitalidad ya que podemos ofrecérsela esta noche sin costo alguno.

Sus ojos, como aros de fuego, se encontraron con los míos y de nuevo sentí que mi voluntad era extraída de mi cuerpo. Su voz no era más que un susurro y parecía venir desde muy lejos.

—Sígame, lo conduciré hasta su habitación; usted es mi invitado por esta noche.

El Conde tomó una vela de la mesa, y como si estuviera en trance, subí detrás de él por una escalera de caracol; pasamos a lo largo de un corredor vacío y entramos a una triste habitación donde había una antigua cama de dosel.

—Que duerma bien —dijo mientras me miraba de manera perversa. —Mañana en la noche tendrá compañía.

La pesada puerta se cerró detrás de él, dejándome solo. Luego, oí correrse el cerrojo del otro lado. Invocando la poca energía que quedaba en mi cuerpo, me lancé hasta la puerta, pero estaba cerrada y me hallaba prisionero. El susurro del Conde se escuchó a través del cerrojo:

—Sí, usted ha de tener más compañía mañana en la noche, los señores de Kaldenstein le darán una alegre bienvenida a su hogar ancestral. Un estallido de risas burlonas se debilitó gradualmente en la distancia, mientras caí al suelo totalmente exhausto.

IV.
Debo haberme recobrado un poco después de un rato. Me arrastré entonces hasta la cama y de nuevo me sumergí en la inconsciencia, ya que cuando desperté, la luz del día se colaba por la ventana enrejada de la habitación. Miré mi reloj de pulsera; eran las tres y treinta y, a juzgar por la posición del sol, era la tarde, así que ya había transcurrido gran parte del día. Todavía me sentía débil, pero me esforcé por llegar a la ventana. Observé los escabrosos declives de la montaña, pero no había ninguna cabaña a la vista. Afligido, regresé a la cama y traté de rezar. Noté que el reflejo de la luz solar en el piso se hacía más y más débil hasta que desapareció por completo. Entonces todo quedó en tinieblas y por último, solo la difusa silueta de la ventana me acompañaba. La oscuridad llenó mi alma de un nuevo terror y permanecí acostado en la cama bañado en un sudor frío y pegajoso. Luego, escuché pasos que se acercaban, la puerta se abrió de golpe y el Conde entró en la habitación con una vela en la mano.

—Debe disculparme por mi desagradable falta de modales —exclamó—pero la necesidad me obliga a permanecer en mi habitación durante el día. Ahora, sin embargo, estoy disponible para ofrecerle algún entretenimiento.

Traté de levantarme, pero mis piernas se negaron a reaccionar. Con una triste sonrisa, él puso un brazo alrededor de mi cintura y me levantó sin ningún esfuerzo como si fuera un niño. Así, me cargó a través del corredor y bajó las escaleras hasta el vestíbulo. Sobre la mesa había tres candelas encendidas, y pude ver muy poco de la habitación, ya que él me acababa de sentar en una silla. Entonces, cuando mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, me di cuenta de que había dos invitados más sentados a la mesa. La suave luz parpadeaba en sus caras y estuve a punto de gritar de terror. Miré los lúgubres semblantes de los hombres muertos; cada rasgo de sus rostros llevaba la marca del mal y sus ojos brillaban con la misma luz diabólica que brillaba en los ojos del Conde.

—Permítame presentarle a mi tío y a mi primo —dijo mi carcelero—. Augusto Von Kaldenstein y Feodor Von Kaldenstein.
—Pero —dije abruptamente— me contaron que el Conde Feodor murió en 1645.

Las tres terribles criaturas rieron airadamente como si yo hubiera contado un buen chiste. Luego, Augusto se recostó en la mesa y punzó la parte carnosa de mi brazo.

—Está lleno de buena sangre —dijo—. Ludwig nos había prometido éste festín hace mucho tiempo, pero creo que ha valido la pena esperar.

Debo haberme desmayado en ese momento; cuando recobré el conocimiento, yacía sobre la mesa y los tres estaban inclinados sobre mí. Sus voces se oían como susurros sibilantes.

—La garganta ha de ser para mí —dijo el Conde—. Reclamo la garganta como privilegio personal.
—Debe ser mía —replicó Augusto—. Soy el mayor y ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me alimenté. De todos modos, me conformo con el pecho.
—Las piernas siempre están llenas de deliciosa y roja sangre.

Contraían sus labios como animales y sus blancos colmillos brillaban a la luz de las velas. De repente un rechinante sonido perturbó el silencio de la noche; era la campana del castillo. Las criaturas se arrojaron hacia la parte posterior del estrado; las oí murmurando; entonces la campana dio un repique mucho más fuerte.

—No tenemos poder contra eso —gritó el Conde—. Regresen al refugio.

Sus dos acompañantes se desvanecieron por la pequeña puerta que llevaba a la capilla subterránea y el Conde de Kaldenstein se quedó de pie en el centro de la habitación. Me senté en la mesa, y en ese momento, escuché una poderosa voz llamando desde el otro lado de la puerta principal.

—¡Abran!, en nombre de Dios —gritó una voz como un trueno. —¡Abran! por el poder del siempre bendito Sacramento del Altar.

El Conde se acercó a la puerta y corrió los cerrojos como si lo obligara alguna fuerza abrumadora. La puerta se abrió de golpe; allí estaba la imponente figura del sacerdote, llevando en alto algo parecido a un reloj dentro de una caja de plata. Lo acompañaba el casero y por su expresión, puedo decir que estaba aterrorizado. Los dos avanzaron hacia el vestíbulo y el Conde retrocedió.

—Esta es la tercera vez en diez años que el poder de Dios te detiene —gritó el sacerdote—. Tres veces ha sido traído el sagrado Sacramento a la casa del pecado. Te lo advierto a tiempo, maldito. Regresa a tu endiablada tumba, criatura del Demonio, te lo ordeno.

Emitiendo un extraño sollozo, el Conde se desvaneció a través de la pequeña puerta. Después, el sacerdote se acercó y me levantó de la mesa. El casero sacó una botella y mojó mis labios con brandy, e hice entonces un esfuerzo por levantarme.

—Pobre muchacho —dijo el padre—. No atendiste mi advertencia y mira donde te trajo tu tontería.

Me sacaron del castillo y me ayudaron a bajar las gradas, pero me desplomé antes de llegar a la fonda. Tengo la vaga idea de haber sido ayudado a acostarme, y no recuerdo nada más hasta que desperté en la mañana. El sacerdote y el casero me estaban esperando en el comedor y desayunamos juntos.

— ¿Cuál es el significado de todo esto, Padre? —pregunté después de que la comida estuvo servida.
—Es exactamente como le dije —fue su respuesta—. El Conde de Kaldenstein es un vampiro; da la apariencia de vida a su diabólico cuerpo bebiendo sangre humana. Hace ocho años un joven testarudo, como usted, decidió visitar el castillo. No regresó en un tiempo razonable, y tuve que salvarlo de las garras del monstruo. Sólo llevando conmigo el cuerpo de Cristo fui capaz de entrar y lo hice justo a tiempo. Luego, dos años después, una mujer que profesaba no creer ni en Dios ni en el Diablo, decidió visitar al Conde. Fui obligado a llevar el Sagrado Sacramento al castillo, y por medio de su poder, pude vencer a las fuerzas de Satanás. Hace dos días vi que usted escaló el risco, y vi con alivio que regresó sano y salvo; pero ayer en la mañana, Heinrich me informó que su cama no había sido ocupada y que temía que el Conde lo hubiese atrapado. Esperamos hasta el anochecer y luego nos dirigimos hacia el castillo. Usted conoce el resto.
—Nunca podré agradecerles lo suficiente que me salvaran de esas criaturas, —les dije.
— ¿Criaturas? —repitió el sacerdote en tono de sorpresa.
— ¿Creo que se trata sólo del Conde? El sirviente no es un vampiro como su amo.
—No, no vi al sirviente después de entrar; pero habían otros dos: Augusto y Feodor.
—Augusto y Feodor —murmuró él—. Entonces es peor de lo que nos habíamos imaginado. Augusto murió en 1572 y Feodor en 1645. Ambos eran monstruos de iniquidad, pero no sospechaba que estuvieran entre los muertos vivientes.
—Padre —dijo el casero con voz temblorosa— no estamos seguros en nuestras camas. ¿No podemos recurrir al gobierno para deshacernos de esos vampiros?
—El gobierno se reiría de nosotros —fue su respuesta—. Debemos tomar la ley en nuestras propias manos.
— ¿Qué se debe hacer? —pregunté.
— ¿Me pregunto si usted tiene el coraje de enfrentar este espantoso asunto y ser testigo de algo increíble?

Le aseguré que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudarlo ya que le debía a él mi propia vida.

—Entonces, —dijo— regresaré a la iglesia por algunas cosas e iremos al castillo.
— ¿Vendrás con nosotros Heinrich?

El casero dudó durante un momento, pero era evidente que confiaba plenamente en el sacerdote, y respondió:

—Por supuesto que iré Padre.

Era casi el medio día cuando emprendimos nuestra misteriosa misión. La puerta del castillo permanecía abierta, exactamente como la habíamos dejado la noche anterior y el vestíbulo estaba desierto. Pronto descubrimos una puerta bajo la alfombra, y el sacerdote, con una poderosa linterna eléctrica en la mano, dirigió el camino por las húmedas gradas. Se detuvo en la puerta de la capilla y de sus hábitos extrajo tres crucifijos y un acetre de agua bendita. Nos dio una cruz a cada uno y roció la puerta con el agua; luego la abrió y entramos a la caverna. Sin poner atención al altar y a su horrenda pintura, el sacerdote se dirigió hasta la entrada de la cripta. Estaba cerrada, pero reventó el picaporte con una fuerte patada. Una brisa de aire fétido invadió el lugar haciéndonos retroceder. Luego, el sacerdote levantó el crucifijo ante sí, y gritando: “En el Nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” nos guió hasta la tumba. No sé que esperaba ver, pero sollocé horrorizado tan pronto la luz reveló el interior del lugar. En el centro, descansando en un pedestal de madera, descansaba el cuerpo del Conde de Kaldenstein. Tenía los labios separados como sonriendo y los malvados ojos entreabiertos. Alrededor de la cripta habían nichos con ataúdes y el sacerdote examinó cada uno; luego nos pidió levantar dos y ponerlos en el suelo. Noté que uno llevaba el nombre de Augusto Von Kaldenstein y el otro el de Feodor. Tuvimos que unir nuestras fuerzas para poder mover los ataúdes, pero al final logramos bajarlos. Todo ese tiempo, los ojos del Conde parecían estar mirándonos, pero él nunca se movió.

—Ahora —susurró el sacerdote— lo peor está por comenzar.

Usando un gran destornillador, él comenzó a abrir la tapa del primer ataúd. Tan pronto la soltó, nos pidió que la levantáramos. Dentro estaba el Conde Augusto que conservaba el mismo aspecto de la noche anterior. Sus fulgurantes ojos estaban totalmente abiertos y brillaban con malicia, y un hedor putrefacto lo envolvía. El sacerdote se puso a trabajar en el segundo ataúd y pronto descubrió el cuerpo del Conde Feodor con el cabello opaco enmarcando su blanco rostro. Entonces, comenzó la extraña ceremonia.

El padre tomó nuestros crucifijos y los colocó en el pecho de los dos cuerpos, y sacando su breviario, recitó unas oraciones en latín. Finalmente, se movió hacia atrás y roció los ataúdes con agua bendita. Tan pronto las gotas tocaron los malvados cuerpos, estos se retorcieron atormentados, hasta hincharse como si fueran a explotar, y entonces, frente a nuestros ojos, se convirtieron en polvo. En silencio, pusimos de nuevo las cubiertas de los ataúdes y los regresamos a sus nichos.

—Y ahora —dijo el padre— estamos indefensos. Por artificios del mal, Ludwig von Kaldenstein ha conquistado la muerte; y no podemos tratarlo como tratamos a esas criaturas cuya vitalidad era solo una semblanza de la vida. No podemos más que implorar a Dios que reprima las actividades de este monstruo del pecado.

Mientras hablaba, posó la tercera cruz en el pecho del Conde, roció su cuerpo con agua bendita y rezó una oración en latín. Después de esta oración dejamos la cripta. Cuando la puerta resonó al cerrarse detrás de nosotros, algo se oyó caer al suelo dentro del lugar. Debe haber sido el crucifijo cayendo del pecho del Conde. Subimos al vestíbulo del castillo y nunca el buen aire del Señor había sido tan dulce. Durante todo este tiempo no vimos señales del sirviente y sugerí que deberíamos buscarlo. Sus habitaciones, según recordaba, estaban en la torre norte. Ahí, encontramos su cuerpo, encorvado y viejo, colgando del cuello, amarrado a una viga en el techo. Había muerto al menos veinticuatro horas antes; el sacerdote dijo que no era posible hacer nada más que notificar a sus allegados y preparar el funeral.

Todavía me confunde el misterio del Castillo Kaldenstein. El hecho de que el Conde Augusto y el Conde Feodor se hayan convertido en vampiros después de morir, aunque parezca fantástico, es más comprensible que el caso del Conde Ludwig, que parecía ser inmune a la muerte. El sacerdote no pudo explicar el asunto y pensó que el Conde podría seguir viviendo y perturbando la paz del poblado por tiempo indefinido. Solo una cosa sé; en mi última noche en Kaldenstein abrí mi ventana antes de acostarme y miré hacia el castillo. En lo alto de las torres, clara bajo la luz de la luna, había una figura negra, la sombría silueta del Conde de Kaldenstein. Muy poco queda por contar. Por supuesto, mi estadía en la villa echó a perder todos mis planes y para cuando llegué a Munich, mi paseo había sido de aproximadamente veinte días. Peter Schmit se rió de mí y se preguntaba cuál doncella de ojos azules habría sido la responsable de prolongar mi estadía en alguna villa bávara. Nunca le conté que las verdaderas causas de mi demora habían sido dos hombres muertos, y un tercero que según todas las leyes naturales, debería haber muerto hace mucho tiempo.

Vampiro. Emilia de Pardo Bazán (1851-1921)

No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de quince?

Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo -distante tres leguas de Vilamorta- bendijo su unión con el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su partida de bautismo.

La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño!, subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don Fortunato a la silla de la reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa!

Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de don Fortunato no se encuentra otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo que.... ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortunón? Los fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.

Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio.

—¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? —preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al Casino.

Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o menos próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablóse de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría y gobernaba perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su propia locura.

Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos, juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir ellos también. Aun cuando estaban conchavados para cencerrar una semana entera, es lo cierto que la noche de boda ya dejaron en paz a los cónyuges y en soledad la plaza.

Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez.

Ahora se explicaba Inesiña los reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de Gondelle. Era un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que le tocaba desempeñar por algún tiempo..., acaso por muy poco. La prueba de que seguiría siendo chiquilla, eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.

¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día y noche -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce- se comprometía a atenderle, a no abandonarle un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, se figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío -repetía-, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».

Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea horas, no sentía ni rastro de compasión.

Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿No había pagado? Pues Inés era suya.

Grande fue el asombro de Vilamorta -mayor que el causado por la boda aún- cuando notaron que don Fortunato, a quien tenían pronosticada a los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada paso más derecho, con menos temblequeteo de piernas. A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Vilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico terror:

—Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.

El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña, la cual murió —¡lástima de muchacha!— antes de cumplir los veinte. Consunción, fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado a otro su capital.

Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez, o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.

El vampiro. John Stagg (1770-1823)

La historia del Vampiro está fundada en una opinión o relato que estaba de moda en Hungría y en varias zonas de Alemania hacia comienzos del siglo pasado. Se aseguraba por entonces que en varios lugares se sabía de muertos que habían dejado sus tumbas y por la noche visitaban las habitaciones de sus amigos, a quienes, por succión, chupaban su sangre mientras dormían.

Esa persona entonces se convertía en un vampiro; y si no hubiera sido por la afortunada idea de un clérigo quien ingeniosamente recomendó estacarlos en sus tumbas, en estos momentos tendríamos un enjambre más grande de engendros del que tenemos ahora. Muchas e ingeniosas observaciones por parte de profesores y clérigos intentaron explicar las causas físicas de tal fenómeno. Se aseguraba que una porción del espíritu del animal, que no había escapado a la defunción del cuerpo, retenía el poder de la voluntad; e investidos con parte del cuerpo que todavía no había entrado en proceso de putrefacción, eran capaces de hacer esas prodigiosas excursiones desde la tumba y volver a su placer sin ningún inconveniente aparente. Otros opinaban que eran una clase de demonios, que se suponen son numerosos, que se apropiaban de cualquier resto humano volviéndose parcialmente corporales y perfectamente visibles. Para algunos de nuestros viajeros modernos parece que la noción de la existencia de los vampiros era muy conocida y creída por los holandeses y otras poblaciones de América. Yo no creo que una milésima parte del mundo sepa la razón del porqué el cordón umbilical era cuidadosamente quemado después del nacimiento por los que atienden el parto.

Se basa en la opinión de que esos numerosos demonios domésticos, en quienes creen perfectamente, eran tenaces cuando tenían la oportunidad de obtener cualquier porción de humanidad, que ellos preferían a cualquier otra sustancia animal. Suponemos que el cordón umbilical sería un muy deseable jubón para esta pequeña "nobleza". De aquí que, dada sus ganas de hacerse corpóreos y visibles, cuando no obtenían fácilmente restos humanos, estaban forzados a buscar en mataderos, montones de carroña, etc., para "vestirse" con lo que encontraban en su camino. De lo que deducimos que muchos de ellos aparecieran en forma de caballos, vacas, asnos, etc., o sea, en toda clase de animales, por lo que se dice que estos son los fantasmas de los animales que representan más que de cualquier otra persona.

¿Por qué está tan mortalmente pálido, mi señor?
¿Por qué se desvanece el rubor de su mejilla?
¿Qué puede a mi querido marido afligir?
¡Sus cuidados sentidos, oh Herman, habla!

¿Por qué a la silenciosa hora del descanso
tú te lamentas tan tristemente mientras duermes?
¿Estás oprimido por la aflicción más pesada,
aflicciones demasiado dolorosas para ser guardadas?

¿Por qué palpita tu pecho? ¿Por qué se estremece tu corazón?
¡Oh, habla! Y si hay algún alivio
Tu consuelo Gertrudis te lo dará,
Si no, al menos comparte tu aflicción.

Pálida está esa mejilla que una vez la floración
de la reluciente belleza varonil enseñó;
apagados están esos ojos, en pensativa penumbra
que antiguamente con entusiasta lustre brillaban.

Di, ¿por qué también a medianoche,
tú tristemente jadeas y te estiras para respirar
como si algún poder sobrenatural
estuviera arrastrándote hacia la muerte?

Inquieto, aunque durmiendo, aún te quejas,
y con un horror convulsivo te sobresaltas.
¡Oh, Herman! Haz saber a tu esposa
ese pesar que atormenta tu corazón.

¡Oh, Gertrudis! ¿Cómo podré relatarte
la extraña angustia que siento?;
extraña y severa como es este mi destino;
un destino que yo no puedo esconder más tiempo.

A pesar de toda mi fuerza acostumbrada
el destino severo ha sellado mi suerte
esta espantosa enfermedad a la larga
me arrastrará a la silenciosa tumba.

Pero di, Herman, ¿cuál es la causa
de esta aflicción y de todo lo que te preocupa
que, como un buitre tus vitales roe
y mortifica tu pecho con desesperación?

¿Seguro que esto no puede ser una aflicción común?
¿Seguro que esto no puede ser un dolor común?
Habla, si este mundo contiene alivio
Que pronto tu Gertrudis lo obtendrá.

¡Oh, Gertrudis! Es una causa horrenda.
¡Oh, Gertrudis! Es una inquietud inusual
que, como un buitre, mis vitales roe
y mortifica mi pecho con desesperación.

El joven Segismundo, mi una vez querido amigo,
pero quien últimamente renunció a respirar,
con otros lo acompañé
a la silenciosa casa de la muerte.

Por él lloré, por él llevé luto,
pagué todo lo que debía por amistad
pero tristemente la amistad ha vuelto
y tu Herman tiene que seguirlo también.

Debo seguirlo a la tenebrosa tumba
a pesar de las artes o las habilidades humanas;
ningún poder en la tierra puede salvar mi vida,
es la voluntad inalterable del destino.

El joven Segismundo, mi una vez querido amigo
pero ahora mi vil perseguidor
extiende su malevolencia
incluso para torturar mi alma.

Por la noche, cuando, envueltos en profundo sueño
todos los mortales compartimos un suave reposo,
mi alma mantiene espantosas vigilancias
más intensas de lo que el infierno apenas sabe.

Desde la tenebrosa mansión de la tumba
desde las profundas regiones de los muertos
el fantasma de Segismundo vaga
y me persigue horriblemente en mi cama.

Allí, vestido de forma infernal,
(de una manera que yo no entiendo)
el duende yace cerca de mí
y bebe mi sangre vital.

Chupa de mis venas la vida que fluye
y drena la fuente de mi corazón.
¡Oh Gertrudis, Gertrudis! ¡Mi querida esposa!
Indecible es mi dolor.

Cuando está saciado, el horrendo duende
con el banquete de la sangre amamantada
se retira a su sepulcro
hasta que la noche lo invita a venir una vez más.

Luego él terriblemente volverá
y de mis venas los jugos de la vida drenará;
mientras que yo, inerte, lloro con angustia
y me sacudo con dolor agonizante.

Pronto estoy exhausto, gastado,
su carnaval está casi acabado;
mi alma está hendida con agonía.
mañana no estaré más.

Pero, oh Gertrudis, mi querida esposa.
Las más penetrantes punzadas al fin permanecerán
pues muerto, yo también buscaré tu vida;
tu sangre por Herman será drenada.

Pero para evitar este horrible destino,
en cuanto muera y yazca en tierra
cruza mi cuerpo con una jabalina;
esto prevendrá mi regreso.

Oh mira conmigo esta última y triste noche,
miremos en tu habitación aquí solos
pero cuidadosamente esconde la luz
hasta que escuches mi quejido de despedida.

Entonces a la hora en que la campana de vísperas
de aquel convento repique
ese repique llamará a mi despedida
y el cuerpo de Herman estará frío.

"Entonces, y sólo entonces, tu lámpara descubre,
el rayo primero, la luz radiante
harán asustar al duende a mi lado
y lo hará visible a la vista."

Toda la noche la pobre Gertrudis
estuvo sentada vigilando a su moribundo marido;
toda la noche ella lloró el destino
del objeto que su alma adoraba.

Entonces, a la hora en que la campana de vísperas
de aquel convento tristemente sonó
su despedida fue entonces repicada
y el desventurado Herman estaba frío.

Justo en ese momento Gertrudis descubrió
de debajo de su capa la escondida luz,
cuando, ¡horrible!, ella tuvo a la vista
la sombra de Segismundo. ¡Triste visión!

El indigno puso sus coléricos ojos en blanco
Que brillaban con mirada salvaje y terrorífica,
Y con sorpresa contempló por un momento
Pasmado la esclarecedora iluminación.

Sus cadavéricas mandíbulas estaban embadurnada
con coagulada matanza
y todo este horror parecía distante
y lleno con sangre humana.

Con horrible ceño el espectro huyó.
Ella chilló muy alto, luego se desvaneció.
El desventurado Herman en su cama
Todo pálido, un cuerpo sin vida yacía.

Al día siguiente en consejo fue decretado
(impulsado a petición del estado)
que la naturaleza escalofriante debería ser liberada
de pestes como esta antes de que fuera demasiado tarde.

El coro entonces llenó la cúpula del funeral
Donde Segismundo estaba enterrado,
Y lo encontró, aunque dentro de su tumba
Aún templado como la vida y sin deterioro.

Su cara no estaba manchada de sangre.
Ensangrentados estaban sus temerosos ojos.
Cada signo de vida pasada permanecía
aunque allí sin movilidad yacía.

Ellos llevaron al mismo sepulcro
el cuerpo de Herman
y a través de los dos cadáveres introdujeron
profunda en la tierra, una afilada estaca.

Así acaba su carrera,
con esto no podrán vagar más.
De ellos no tendrán que temer más sus amigos.
Los dos guardan silenciosos la inactiva tumba.

Vampirismo. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

—Ahora que habláis de vampirismo, me viene a la mente una historia que hace tiempo leí o escuché. Creo que más bien lo último, pues ahora que recuerdo, el narrador insistió mucho en que el relato era verdadero. Si la historia se ha publicado y la conocéis, interrumpidme, pues no hay nada más fastidioso y aburrido que escuchar cosas conocidas.

—Creo que nos vas a ofrecer algo horroroso y tremendo; así es que, por lo menos, piensa en San Serapio y procura ser lo más breve posible, para que Vincenzo tenga la palabra, pues, según veo, está impaciente por referirnos el cuento que nos prometió.

—¡Calma, calma! —exclamó Vincenzo— Nada mejor para mí que Cipriano tienda un tapiz negro que sirva de fondo a la representación mímico-plástica de mis alegres, pintorescas y saltarinas figuras. Empieza, Cipriano amigo, muéstrate seco, terrorífico, incluso espeluznante, más que el vampírico lord Byron, al que por cierto no he leído.

—El conde Hipólito —comenzó Cipriano— había regresado de sus largos viajes, para hacerse cargo de la rica herencia de su padre. El palacio estaba situado en una de las regiones más bellas y agradables del país, y las rentas que le proporcionaban sus posesiones bastaban para el costoso embellecimiento del mismo.

...Todo lo que el conde había visto a lo largo de sus viajes, lo más bello, atractivo y suntuoso, quería verlo de nuevo levantarse ante sus ojos. Cortesanos y artistas reuníanse en torno a él y acudían a su llamada, de modo que pronto comenzaron las obras del palacio, y el diseño de un amplio parque de gran estilo, en el que se hallarían incluidas iglesia, cementerio y parroquia, formando parte del artístico jardín. El conde dirigía todos los trabajos, pues tenía conocimientos suficientes para ello. Se entregó en cuerpo y alma a estas ocupaciones, de modo que transcurrió un año sin que se le ocurriese (según le aconsejó su anciano tío) dejarse ver a los ojos de las jóvenes, para escoger como esposa a la más bella, a la mejor y a la más noble.

Una mañana que se encontraba sentado ante la mesa de dibujo, proyectando un nuevo edificio, se hizo anunciar una vieja baronesa, lejana pariente de su padre. Hipólito recordó el nombre de la baronesa, y que su padre sentía una indignación intensa contra esta mujer, e incluso que hablaba de ella con repugnancia, y a todas cuantas personas trataban de acercarse a ella les aconsejaba que se alejasen, aunque sin explicar jamás los motivos del peligro. Cuando se le preguntaba al conde, solía decir que había ciertas cosas sobre las que más valía callar que hablar. Con más razón, cuanto que en la residencia corrían turbios rumores de un extraño e insólito proceso criminal, en el que estaba implicada la baronesa, que separada de su marido y expulsada de su alejado lugar de residencia, sólo gracias a la intervención del príncipe se veía libre de encarcelamiento.

Muy molesto se sintió Hipólito por la proximidad de una persona a la que su padre aborrecía, aunque los motivos le fuesen desconocidos. La ley de la hospitalidad, que era privativa de toda esta región, le obligaba a recibir la desagradable visita. Jamás una persona había causado al conde una impresión tan antipática en su apariencia —aunque en realidad no fuese odiosa— como la baronesa.

Al entrar traspasó al conde con una mirada de fuego, luego entornó los párpados y se disculpó de su visita, casi con expresión humilde. Se quejó de que el padre del conde, poseído por extraños prejuicios, a los que le habían inducido sus enemigos maliciosamente, la había odiado hasta la muerte, de modo que, aunque languidecía en la mayor pobreza, y se avergonzaba de su estado, nunca había recibido la menor ayuda. Al fin, como inesperadamente se hubiera visto en posesión de una pequeña suma de dinero, le había sido posible abandonar su residencia y huir hacia un pueblo muy alejado de aquella región. Antes de emprender el viaje no había podido resistir el impulso de conocer al hijo del hombre que le había profesado un odio tan injusto e irreconciliable, aunque a su pesar le reverenciase.

Fue el conmovedor tono de verdad con que habló la baronesa, lo que emocionó al conde, cuanto más que lejos de mirar el desagradable semblante de la vieja, hallábase absorta su mirada en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba.

Calló ésta y el conde pareció no darse cuenta: permanecía abstraído. La baronesa pidió que la disculpase, pues al entrar sintióse desconcertada, y se le olvidó presentar a su hija Aurelia. Sólo al oír esto recuperó el conde la palabra, y juró, enrojeciendo totalmente, lo que sumió en la mayor confusión a la adorable joven, que le concediesen enderezar lo que su padre había ejecutado por error, y les suplicó que, conducidas por su propia mano, entrasen en el palacio.

Para confirmar estas palabras tomó la mano de la baronesa, pero la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa —que le contemplaba con ojos sin visión— estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.

—¡Oh, Dios mío, qué desgracia está sucediendo en este momento! —gritó Aurelia, y empezó a gemir con una voz tan quejumbrosa, que su pobre madre fue presa de un ataque convulsivo, de cuyo estado, como de costumbre, solía salir unos instantes después, sin necesidad de valerse de ningún medio. Con gran trabajo se desprendió el conde de la baronesa, y como tomase la mano de Aurelia y depositase en ella un ardiente beso, sintió que el dulce deleite del amor y el fuego de la vida retornaban a invadir su ser.

Próximo a la edad madura, sintió el conde, por primera vez, todo el poder de la pasión, de tal modo que le resultó muy difícil esconder sus sentimientos, y como Aurelia le manifestase su agrado de manera ingenua, se encendió en él la esperanza. Apenas pasaron unos cuantos minutos cuando la baronesa despertó de su desmayo, ignorante de lo que había sucedido, y aseguró al conde que estimaba la invitación de permanecer algún tiempo en el palacio, y que olvidaba para siempre todo el mal que su padre le había causado. Así fue como, repentinamente, cambió el hogar del conde, hasta el punto que llegó a pensar que, por un especial favor, el destino le había llevado hasta allí a la persona más ardientemente adorada de todo el universo, para concederle la mayor felicidad de que puede gozar un ser humano.

La conducta de la baronesa fue idéntica, permaneció silenciosa, seria, incluso reservada, y mostró siempre que había ocasión favorable, un dulce talante y hasta una inocente alegría en el fondo de su corazón. El conde, que ya se había habituado al extraño semblante cadavérico y a su figura fantasmal, atribuyó todo esto a su enfermedad, así como la tendencia a una intensa exaltación, de la que daba muestras —según le había dicho su gente— durante los paseos nocturnos que efectuaba por el parque, en dirección al cementerio.

El conde se avergonzó de que los prejuicios de su padre le hubiesen prevenido tanto contra ella y trató de vencer el sentimiento que le sobrecogía, siguiendo los consejos de su buen tío que le indicaba librarse de una relación que tarde o temprano le perjudicaría. Convencido del intenso amor de Aurelia, pidió su mano y figuraos con qué alegría la baronesa aceptó, viéndose transportada de la mayor indigencia al seno de la felicidad. La palidez y aquel aspecto que denotaba un interior extremadamente desasosegado, fue desapareciendo del semblante de Aurelia. La felicidad del amor resplandecía en su mirada y daba a sus mejillas un tono rosado.

La mañana del día que se iba a celebrar la boda, un acontecimiento sobrecogedor vino a contrariar los deseos del conde. Encontraron a la baronesa inerte en el parque, caída en el suelo, con el rostro en tierra, no lejos del camposanto, y la transportaron al palacio, precisamente cuando el conde se levantaba dominado por el sentimiento de su felicidad inminente. Pensó que la baronesa había sido atacada por su acostumbrado mal; sin embargo, fueron vanos todos los medios de que se sirvieron para volverla a la vida. Estaba muerta.

Aurelia no se entregó a los desahogos propios de un intenso dolor, y muda, sin derramar una lágrima, parecía haberse quedado como paralizada después del golpe recibido. El conde, que temía por su amada, con gran cuidado y suavidad se atrevió a recordarle su situación de criatura sola, de modo que ahora más que nunca era necesario aceptar el destino y proceder convenientemente acelerando la ceremonia de la boda que se había diferido a causa de la muerte de la madre. A esto, Aurelia, echándose en los brazos del conde, gritó, al tiempo que derramaba un torrente de lágrimas, con una voz que desgarraba el corazón: Sí, sí, por todos los Santos, por mi bien, sí!. El conde pensó que este vehemente desahogo era debido a la consideración bien amarga de que se encontrase sola, sin patria, y no supiese adonde ir, e incluso a las consideraciones sociales que le impedían permanecer en el palacio.

El conde se ocupó de que una dama honorable le hiciese compañía hasta que el matrimonio se celebró, sin que ningún suceso desgraciado interrumpiese la ceremonia, e Hipólito y Aurelia alcanzaron la cumbre de su felicidad. Mientras todo esto sucedía, Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la desasosegaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía atenazarla continuamente.

En mitad de los más dulces transportes amorosos, sentíase sobrecogida de terror, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: ¡No, nunca, nunca!.

Una vez que se encontró casada pareció que el estado de excitación cesaba y que se veía libre del miedo que la sobrecogía. Esto no impidió que el conde adivinase que algún secreto fatídico se escondía en el seno de Aurelia, pero, ciertamente, le pareció inoportuno preguntarle acerca de ello, en tanto que persistiese la excitación, y ella misma se mantuviese callada. Hasta que un día se atrevió a insinuarle la pregunta de cuál era la causa de su desasosiego. Entonces Aurelia afirmó que suponía un inmenso bien para ella desahogar por entero su corazón en su amado esposo. No poco se sorprendió el conde cuando se enteró de que únicamente la fatal conducta de la madre era el motivo del malestar de Aurelia.

—¿Hay algo más espantoso —gritó Aurelia— que odiar a la propia madre y tener que aborrecerla?

De aquí se deduce que tanto el padre como el tío no estaban dominados por falsos prejuicios y que la baronesa había engañado al conde con una premeditada hipocresía.

Como un signo muy favorable, el conde consideró que la malvada madre se hubiese muerto el mismo día que se iba a celebrar su boda, y no tenía ningún reparo en decirlo. Aurelia, en cambio, dijo que precisamente desde el día de la muerte de su madre se sentía dominada por los más lúgubres y sombríos presentimientos, que no podía evitar sentir un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para llevarla al abismo.

Aurelia recordaba (según refería) los tiempos de su niñez, cómo una mañana, cuando acababa de despertarse, oyó un tumulto espantoso en la casa. Las puertas se abrían y cerraban, se oían voces extrañas. Cuando finalmente se hizo la calma, la doncella tomó a Aurelia de la mano y la llevó a una gran estancia donde estaban muchos hombres reunidos, y en el centro de la habitación sobre una gran mesa yacía un hombre que jugaba a menudo con Aurelia, que le daba golosinas, y al que solía llamar papá. Extendió las manos hacia él y quiso besarle. Los labios que en otro tiempo estaban cálidos ahora estaban helados, y Aurelia, sin saber por qué, prorrumpió en sollozos. La doncella la condujo a una casa desconocida, donde estuvo durante mucho tiempo, hasta que apareció una señora y se la llevó en un coche. Era su madre que la trasladó a la Corte. Aurelia debía tener ya dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa, al que ésta recibió con alegría, denotando la confianza e intimidad de un amigo querido desde hace tiempo. Cada vez venía más a menudo, y cada vez era más evidente que su casa se transformaba y ponía en mejores condiciones. En lugar de vivir como en una cabaña y vestirse con pobres vestidos y alimentarse mal, ahora vivían en la parte más bella de la ciudad, ostentaban lujosos vestidos y comían y bebían con el desconocido, que diariamente se sentaba a la mesa y participaba en todas las diversiones públicas que se ofrecían en la Corte. Únicamente Aurelia permanecía ajena a las mejoras de su madre, que, evidentemente, se debían al extranjero. Se encerraba en su cuarto cuando la baronesa departía con el desconocido y permanecía tan insensible como antes.

El desconocido, aunque era ya casi de cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, poseía una gran figura y su semblante podía considerarse varonil. No obstante, le resultaba desagradable a Aurelia porque, a menudo, su conducta le parecía vulgar, torpe y plebeya.

Las miradas que empezó a dirigir a Aurelia le causaron inquietud y espanto, incluso un temor que ella misma no sabía explicar. Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en dar alguna explicación a Aurelia acerca del desconocido. Ahora mencionó su nombre a Aurelia, añadiendo que el barón era muy rico y un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos, y terminó preguntando a Aurelia que qué le parecía. Aurelia no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un terror indecible y luego la regañó acusándola de ser necia. Poco después, la baronesa se conducía más amablemente que nunca con Aurelia. Le regaló hermosos vestidos y ricos adornos que estaban de moda, y la dejó participar en las diversiones públicas. El desconocido trataba de ganarse el favor de Aurelia, de tal modo que se hacía todavía más odioso. Fue fatal para su tierno espíritu que la casualidad le deparase ser testigo de todo esto, lo que motivó que sintiese un odio tremendo hacia el desconocido y la corrompida madre. Como pocos días después el desconocido, medio embriagado, la estrechase en sus brazos, de modo que no dejase lugar a dudas de sus aviesas intenciones, la desesperación diole fuerzas varoniles, de forma que le propinó tal empujón al desconocido que lo tiró de espaldas, tuvo que huir y se encerró en su cuarto.

La baronesa explicó a Aurelia fríamente y con firmeza que el desconocido mantenía la casa y que no tenía el menor deseo de volver a la antigua indigencia, y que, por consiguiente, eran vanos e inútiles los melindres. Aurelia debía ceder a los deseos del desconocido, que amenazaba abandonarlas. En vez de compadecerse de las súplicas desgarradoras de Aurelia, de sus ardientes lágrimas, la vieja comenzó a proferir amenazas y a burlarse de ella, agregando que estas relaciones le proporcionarían el mayor placer de la vida, así como toda clase de comodidades, y dio muestras de un desaforado aborrecimiento hacia los sentimientos virtuosos, por lo que Aurelia quedó aterrada. Viose perdida, de modo que la única salvación posible le pareció una rápida huida.

Aurelia se había hecho con una llave de la casa, y envolviendo algunas cosas indispensables para su fuga, se deslizó a medianoche, cuando vio a su madre profundamente dormida, hasta el vestíbulo iluminado débilmente. Con sumo cuidado trataba de salir, cuando la puerta de la casa chocó violentamente y retumbó a través de la escalera. En medio del vestíbulo, haciendo frente a Aurelia, apareció la baronesa vestida con una bata sucia y vieja, con el pecho y los brazos descubiertos, el pelo gris despeinado, moviéndose airada. Y detrás de ella el desconocido, que gritaba y chillaba: ¡Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar!, y arrastrándola por los pelos, empezó a golpearla de un modo brutal en mitad del cuerpo, envuelto como estaba en su gruesa bata.

La baronesa empezó a gritar. Aurelia, casi desvanecida, pidió auxilio, asomándose a la ventana abierta. Dio la casualidad que precisamente pasaba por allí una patrulla de guardias, que entraron al instante en la casa:

—¡Cogedle! —gritaba la baronesa a los guardias, retorciéndose de rabia y de dolor— ¡Cogedle y agarradle bien! ¡Miradle la espalda!

En cuanto la baronesa pronunció su nombre, el jefe de la patrulla exclamó jubilosamente:

—¡Al fin te atrapamos, Urian! —y con esto le agarraron y le llevaron consigo, no obstante resistirse.

A pesar de todo lo sucedido, la baronesa se había percatado de las intenciones de Aurelia. De momento se conformó con agarrarla violentamente del brazo, arrojarla al interior de su cuarto y cerrarlo bien, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la baronesa salió y regresó muy tarde por la noche, mientras Aurelia permanecía en su cuarto encerrada como en una prisión, sin ver ni oír a nadie, de modo que pasó el día sin que tomase comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. A menudo la miraba la baronesa con ojos encendidos de ira, y parecía como si quisiera tomar una decisión, hasta que un día encontró una carta, cuyo contenido pareció llenarla de alegría:

—Odiosa criatura —dijo la baronesa a Aurelia—, eres culpable de todo, aunque te perdono, y lo único que deseo es que no te alcance la espantosa maldición que este malvado ha descargado sobre ti.

Luego de decir esto se mostró muy amable, y Aurelia, ahora que ya aquel hombre se había alejado, no volvió a pensar más en la huida, por lo que le fue concedida mayor libertad.

Pasado ya algún tiempo, un día que Aurelia estaba sentada sola en su cuarto, oyó un gran tumulto en la calle. La doncella salió y volvió diciendo que era el hijo del verdugo que iba detenido, después de ser marcado por robo y asesinato, y que al ser conducido a la cárcel se había escapado de entre las manos de los guardianes. Aurelia vaciló, asomándose a la ventana, dominada por temerosos presentimientos; no se había engañado, era el desconocido que, rodeado de numerosos guardianes, iba subido en una carreta. Le conducían camino de la ejecución de la condena y de la expiación de sus faltas. Casi estuvo a punto de desmayarse en su sillón, cuando la espantosa y salvaje mirada del hombre se cruzó con la suya, al tiempo que con gestos amenazadores levantaba el puño cerrado hacia su ventana.

Era costumbre de la baronesa estar siempre fuera de casa, aunque regresaba para hablar con Aurelia y hacer consideraciones acerca de su destino y de las amenazas que se cernían sobre ella, presagiando una vida muy triste. Por medio de la doncella que había entrado a su servicio el día después del suceso de aquella noche, y a la que habían tenido al corriente de las relaciones de la baronesa con aquel pícaro, se enteró Aurelia de que todos los de la casa compadecían a la baronesa por haber sido engañada tan vilmente por un delincuente tan despreciable.

Bien sabía Aurelia que la cosa era de otro modo, y le parecía imposible que los guardias que poco antes habían detenido a este hombre en casa de la baronesa no supieran de sobra la buena amistad de la baronesa con el hijo del verdugo, ya que al apresarle, la baronesa había proferido su nombre y había hecho alusión a la marca de su espalda, que era la señal de su crimen. De aquí que, incluso, la misma doncella a veces expresase con ambigüedad lo que se decía por todas partes, y que insinuase que los jueces estaban haciendo averiguaciones, de forma que hasta la honorable baronesa estuviese a punto de sufrir arresto, debido a las extrañas declaraciones del malvado hijo del verdugo.

De nuevo se dio cuenta la pobre Aurelia de la situación tan lamentable en que se hallaba su madre, y no comprendió cómo podría después de aquel horroroso acontecimiento permanecer un instante más en la residencia. Finalmente, viose obligada a abandonar el lugar, donde se sentía rodeada de un justificado desprecio, y a dirigirse a una región alejada de allí. El viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos referido.

Aurelia se sintió extremadamente feliz, libre de las tremendas preocupaciones que tenía, pero he aquí que quedó aterrada cuando al expresarle su madre el favor divino que le concedía este sentimiento de bienaventuranza, ésta, echando llamas por los ojos, gritó con voz destemplada:

—¡Tú eres la causa de mi desgracia, desventurada criatura, pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás...

Y aquí se detuvo Aurelia, se apoyó en el pecho del conde y le suplicó que le permitiese callar lo que la baronesa había proferido en su furor demencial. Hallábase destrozada, pues creía firmemente que se cumplirían las amenazas de los malos espíritus que poseían a su madre.

El conde consoló a su esposa lo mejor que pudo. Hubo de confesarse a sí mismo, cuando estuvo tranquilo, que el profundo aborrecimiento de la baronesa, aunque hubiese fallecido, arrojaba una negra sombra sobre la vida, que le había parecido tan clara.

Poco tiempo después se notó un marcado cambio en Aurelia. Como la palidez mortal de su semblante y la mirada extenuada denotase enfermedad, pareció como si Aurelia ocultase un nuevo secreto en el interior de su ser, que se mostrase inquieto, inseguro y temeroso. Huía incluso hasta de su marido, se encerraba en su cuarto, buscaba los lugares más apartados del parque, y cuando se la veía, sus ojos llorosos y los consumidos rasgos de su semblante denotaban que sufría una pena profunda. En vano el conde se esforzaba por conocer los motivos del estado de su esposa. Del enorme desconsuelo en el que finalmente se sumió, la sacó un famoso médico, al insinuar que la gran irritabilidad de la condesa, a juzgar por los síntomas, posiblemente denotaba un cambio de estado, que haría la dicha del matrimonio. Este mismo médico se permitió, como se sentase a la mesa del conde y de la condesa, toda clase de alusiones al supuesto estado en que se hallaba la condesa.

La condesa parecía indiferente a todo lo que escuchaba, aunque de pronto prestó gran atención, cuando el médico comenzó a hablar de los caprichos tan raros que a veces tenían las mujeres que estaban en estado, y a los que se entregaban sin tener en consideración la salud y la conveniencia del niño.

La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no se cansó de responder a todas ellas, refiriendo casos asombrosamente curiosos y divertidos de su propia experiencia: También -repuso- hay ejemplos de caprichos anormales, que llevan a las mujeres a realizar hechos espantosos. Así la mujer de un herrero sintió tal deseo de la carne de su marido, que no paró hasta que un día que éste llegó embriagado, se abalanzó sobre él con un cuchillo grande y le acuchilló de manera tan cruel que pocas horas después entregaba el espíritu.

Apenas hubo pronunciado el médico estas palabras, la condesa se desmayaba en la silla donde estaba sentada, y con gran trabajo pudo ser salvada de los ataques de nervios que sufrió a continuación. El médico se percató de que había sido muy imprudente al mencionar en presencia de una mujer tan débil y nerviosa aquel terrible suceso.

Sin embargo, pareció que aquella crisis había ejercido un influjo bienhechor en el ánimo de la condesa, pues se tranquilizó, aunque como de nuevo volviese a enmudecer y a convertirse en una extraña criatura solitaria, con un fuego intenso que brotaba de sus ojos, adquiriendo la palidez mortal de antes, el conde nuevamente volvió a sentir pena e inquietud acerca del estado de su esposa. Lo más raro de él, era que la condesa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento. El médico se sintió incapaz de curarla, pues ni las más fuertes y cariñosas súplicas del conde, ni nada en el mundo podía hacer que la condesa tomase ninguna medicina.

Como transcurriesen semanas y meses sin que la condesa probase bocado, y pareciese que un insondable secreto consumía su vida, el médico supuso que había algo raro, más allá de los límites de la ciencia humana. Abandonó el palacio con un pretexto cualquiera, y el conde pudo darse cuenta de que la enfermedad de la condesa parecía muy sospechosa al acreditado médico, y denotaba que la enfermedad estaba muy arraigada, sin que hubiese medio de curarla. Hay que suponerse en qué estado de ánimo quedó el conde, no satisfecho con esta explicación.

Justamente por esta época un viejo y fiel servidor tuvo ocasión de descubrir al conde que la condesa abandonaba el palacio todas las noches y regresaba al romper el alba. El conde se quedó helado. Ahora es cuando se dio cuenta de que desde hacía bastante tiempo, a eso de la medianoche, le sobrecogía un sueño muy pesado, que atribuía a algún narcótico que la condesa le administraba para poder abandonar sin ser vista el dormitorio que compartía con él.

Los más negros presentimientos sobrecogieron su alma; pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu quizá revivía ahora en la hija, en alguna relación ilícita y adulterina, y hasta en el malvado hijo del verdugo. A la noche siguiente iba a desvelársele el espantoso secreto, único motivo del estado misterioso en que se hallaba su esposa.

La condesa acostumbraba ella misma a preparar el té que tomaba el conde y luego se alejaba. Aquel día decidió el conde no probar una gota, y como leyese en la cama, según tenía por costumbre, no sintió el sueño que le sobrecogía a medianoche como otras veces. No obstante se acostó sobre los cojines, e hizo como si durmiese. Suavemente, con gran cuidado, abandonó la condesa el lecho, se aproximó a la cama del conde e iluminó su rostro, deslizándose de la alcoba sin hacer ruido.

El corazón le latía al conde violentamente, se levantó, echóse un manto y siguió a su esposa. Era una noche de luna clara, de modo que, no obstante lo veloz de su paso, se podía ver perfectamente a la condesa Aurelia, envuelta su figura en una túnica blanca. La condesa se dirigió a través del parque hacia el cementerio y desapareció tras el muro.

Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilladas en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con voracidad de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas! Impelido por un horror salvaje, el conde salió corriendo irreflexivamente, como preso de un espanto mortal, por el pavor del infierno, y cruzó los senderos del parque, hasta que, bañado en sudor, al amanecer encontróse ante la puerta del palacio. Instintivamente, sin meditar lo que hacía, subió corriendo las escaleras, y atravesó las habitaciones hasta llegar a la alcoba. La condesa yacía, al parecer entregada a un dulce y tranquilo sueño. El conde trató de convencerse de que sólo había sido una pesadilla o una visión engañosa que le había angustiado, ya que era sabedor del paseo nocturno, del cual daba trazas su manto, mojado por el rocío de la mañana.

Sin esperar a que la condesa despertase, se vistió y montó en su caballo. La carrera que dio a lo largo de aquella hermosa mañana a través de los arbustos aromáticos, de los que parecía saludarle el alegre canto de los pájaros que despertaban al día, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y sereno regresó al palacio.

Como ambos, el conde y la condesa, se sentasen solos a la mesa, y como de costumbre ésta tratase de salir de la estancia a la vista de la carne guisada, dando muestras del mayor asco, se le hizo evidente al conde, en toda su crudeza, la verdad de lo que había contemplado la noche anterior. Poseído del mayor furor se levantó de un salto y gritó con voz terrible:

—¡Maldito aborto del infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas en las tumbas, mujer diabólica!.

Apenas había proferido estas palabras, la condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió en el pecho. El conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu en medio de las convulsiones más espantosas. El conde enloqueció.