viernes, 30 de diciembre de 2016

Poética. Ángela Ibáñez.

Crear, recrear y comunicar a través de palabras, signos y sueños. Imágenes en distintos lenguajes que impresionan la retina del alma, jugando con la oreja del cerebro al 3 en raya de la nada.

Sin prisa, pero sin pausa, a veces en serio, pero nunca en serie. Siempre al límite, quebrado y cortante de las palabras. Y con la idea de que ?La sabiduría y la bondad es algo tan difícil como caminar en el
filo de la navaja.

N... Ángela Ibáñez.

La enésima vez al cubo
Duplicado por la diferencia de nada
Es la resultante de la cuadratura
De tu mirada.
El músculo se elonga, distancia
Madreperla del horizonte gris,
Gotea a media tarde,
Se condensa extrañamente sufrido
Y reverbera a destellos fluorescentes
En la noche de tus párpados
Que cansados se desplazan cadenciosos
Por la elipse metálica y brillante
De la suavidad de los cabellos
Apocalípticos y breves, casi ya
Caídos en la primavera estelar de las constelaciones ciegas
Y por lo tanto eternamente hermosas,
Devoradoramente bellas...

E... Ángela Ibáñez.

El radar azul que une nuestras parábolas
Es nadie, en la estratosfera vagando sin rumbo
Centellean las coordenadas de la solar locura.
Agónica palabra muerta que nunca nació
Ni en los ojos ni en el camino de las manos,
Que siempre fue un poema proyecto
En la vieja lanzadera verbal.
Intento repetido, arcaico
Y abandonado por defectuoso y fallido de forma
En la propia concepción espacial
De las palabras en la boca.
Cuerdas endurecidas por callar
Un sonido quieto
Que se quedó a medias
Que se quebró en el azar.

Anillos de humo (II). Ángela Ibañez.

II


Me he dejado caer por el círculo
De tu concupiscencia azul
Pájaro labio que quería anidar en mi vestido.
Me he descolgado por la boca del tragaluz
Absorbida en la oscura profundidad de tu inspiración
-último pasajero de mi destino-
que ha creado todos los monstruos
que ha arquitecturado escalofríos de lascivia
balizas de abordaje para cualquier noche marina.
El desembarco resultó prematuro
Todavía había luna que sujetar en el agua,
Mareas para retener en la frente
Las nereidas abisales no habían regresado a sus lechos.
Y Nadie estaba detrás de poniente, esperando el ocaso.
La libertad de ser nadie uno mismo
Es difícil de aceptar en el contraluz de cristal.
Han pasado siglos desde que Ulises se alejara de mí,
Pero yo sigo tejiendo ?la historia-
En la tercera generación se mudaron todos los calzoncillos,
Fue una mutación genética espontánea.
Las túnicas se pasaron de moda y de mediana
Y la curva se disparó sola hacia la cadera
Marcando una nueva alianza
que resonó con la campana de Gaus.
Las sirenas se habían alejado den su llamada metamorfosis
De fábricas alzadas bajo cualquier nombre o dios.
Las siglas en último extremo expresaban una indeterminada
Aún sin hallar pero cuánticamente definible.
No era necesario sellar nada, ni siquiera con un sello el dedo,
La última carta posible en la jugada del azar.
Se me caen de sueño los anillos de Nadie.

Te amaré desde las ruinas de mi mente. Ángela Ibáñez.

Te amaré desde las ruinas de mi mente,
Entre los escombros de mi vida.
Seguiré tus pasos entre los vertederos
Y las heridas.
Llevaré contigo el lastre
De los amores muertos,
El fardo, viejo y pesado
De las ilusiones rotas.
Compartiré contigo el óxido
Que atrapa las alegrías.
Olvidaré los sonoros derribos
Y las oscuras y silenciosas
Huidas.
Te seguiré,
Más allá del retorno,
Más allá del final.

Pastar en otro cuerpo. Ángela Ibáñez.

En las frías mañanas la ausencia se condensa
En el aliento que empaña los recuerdos
Como un resfriado de temporada.
Las manos en los bolsillos buscan ayuda
En los ojos la imagen fantasma del año pasa
Junto a la puerta del trabajo los recuerdos
Se amontonan, se agolpan esperando entrar
En la realidad de cada día.
Por las calles estrechas y por las avenidas
Los transeúntes caminan hacia lugares imposibles
Que ya no existen pero que son
Memoria abierta que escapa por la herida.
El vacío de las sábanas abandonadas a su suerte
De cama busca el cálido acomodo de otro cuerpo
Que se busca contra la pared abierta de unos brazos
Que deciden qué hacer con otro abrazo,
Que deciden qué hacer con otro cuerpo.
Que desean el placer de pastar en otro cuerpo
En media hora llegas no te apures
Decías con media sonrisa de sueño apenas superado
De somnolienta ternura tendida por la manta
Que arremolina brazos y piernas
Buscando las alturas, palabra y boca.
Tratas tal vez de recomponer la aurora rota
A mordiscos por tu cuello y mi cintura
Naufragados por salivas muertas
Que embaten todos los escollos y rincones.
Tal vez no sepas, dices, ni nadar ni guardar la ropa.
Tienes razón, en la mañana,
Rumbo al trabajo,
En tus brazos me abandono.

Me dices que dices no dices que te deje en paz... Ángela Ibáñez.

Me dices que dices no dices que te deje en paz
Que quieres que no quieres quererme
O tal vez deseas que no deseas dejar de verme
Piel y guerra de palabras en la piel
Que breve se desliza
Entre los dos sin rumbo y sin descanso
Continuidad lasciva que discontinua mueve
La verdad de los cuerpos que no descansan en paz
Que mueven y remueven el agua y la marea
De sentimientos que no llegan y se retrasan
En los líquidos que brotan y nacen
En los espasmos del espacio que encuentran
Y controlan los músculos de la emoción
Que desborda cualquier mesura o contención
Arrastra por la cama el sueño que no llega
Las ganas que se quedan mirando la espalda
Que brota frente a las manos que indagan
Y persiguen en su camino
Hallazgos sin sentido
Variaciones del espacio y la materia
Que viva se exalta y responde abierta
A la pregunta inquieta de la carne
Sin saber compendios de dicho arte
Manejando las distancias cortas
De parte a parte de los pies que fríos
Sienten hambre de caricias
De cualquier nombre
Y la boca pende del espacio del beso
Atornillado a la boca que herramienta
Usa el sentido y la caída en la cordura
Abierta en el lecho en cualquier postura
Y el pecho se vuelve enhiesto
Erguido navío que lanza al techo
Su mensaje de sombras y sigilos
Dulce mensaje para los dedos que navegan
Por esas aguas levantadas y redondas
Hacia el horizonte del sur donde el amanecer
Empieza a despuntar y el sol parece que sale
Y termina por levantar.

Anillos de humo IV. Ángela Ibáñez.

IV


Nadie ha retornado al mar en una tarde de lluvia azul,
Entre la lágrima de cristal de una canica
Que nunca rodará por los márgenes de los genes de Rodas.
Embravecido el mar por los alerces de la costa del Helesponto.
Los Dardanelos grisean el horizonte de Esparta,
Que a través de los años queda lejos, perdida en la bruma,
Sin el recuerdo turquesa engarzado los límites festoneados de Licia,
Ya envejecida por siglos blancos en los cabellos canos de la Capadocia.
Toda lejana y desdentada. Socavadas las encías por la muerte prematura.
Kekova surge, dátil navideño brotando a borbotones dorado de palmeras.
El recuerdo se va por las colinas de las seis
Frente alas nueve sepulturas ya cerradas. Ya cuarteadas.

Anillos de humo. Ángela Ibáñez.

I


He metido el pie en el círculo blanco del destino
Exorcizando todos los magos, todos los sueños
Y los arcanos, me he vestido desnuda con tu piel, mi amigo.
Se atrapó la tarde el tobillo en un riel,
Antiguo tranvía de lluvia, en un pavimento gris
Y casi, a pesar de la cálida humedad, muerto.
Invoqué a los dioses, llamándome nadie,
Y a nadie respondieron.
La tormenta parpadeaba amatista en la noche
Borrascosa de tus ojos.
El humo trepaba ?manos tuyas talando el alba,
acuosa y fría- por una ciudad despierta y vencida.
Y nadie destruyó el silencio
Lo había devorado en sorbo de tus labios.
El rito se consumó arrasando el vendaval todos los prados.
Abrió los ojos y en la inundación de las pupilas
Dejó que brotara una eterna primavera.
El oráculo dormía la siesta en una campanilla
Que sonaba llamando a nadie al silencio.
Y nadie se había ido...
La cueva retornaba a sus antiguas dimensiones
De reino inaccesible y oscuro.
Los propios límites de la gruta se integraban
Dulces en el cristal de bruma gris.
Y en la quietud mágica de la profundidad Nadie
Reposaba en ellos.

T... Ángela Ibáñez.

Proyecté ser tu más finísima sombra
El leve proyecto de cualquier sonido.
Diseñé la propia arquitectura
De un posible momento,
Sin olvidar la maquetación improvisada
Del segundo.

Fantaseé con la naturaleza ebria de las cosas
Reduje a cualquier posible negatividad el ayer;
Entre los vapores rumorosos del río
Teñido por arte de mi sangre en vino.
Tampoco fue difícil hacer fábricas de papel
para reír o llorar, trenzando
Dos o tres cabellos míos con uno
De locura feliz y otro de despiste global.
Dibujé transparente la vida en un hilo
Sujetándolo como marco en un espejo.
Disolví los restos de grasa
Manchas de tinta
En el secante de cualquier ocaso.
Rompí alguna que otra copa
En el intento de beberme todo
El contenido líquido de tus besos.

Navegando. Ángela Ibáñez.

Siguiendo la estela del silencio
En un mar surcado de penas
Trato de ondear la bandera
De mi alegría, con un par
De carcajadas rotas.

Ven a mi barco con paso seguro
Enrolémonos en la marina sin viento
Buscando en el cielo
Timones de estrellas.

Atando velas de cera
A mástiles de esparto
Para incendiar con ellas
Nuestra alma
O hundirla en llanto

G... Ángela Ibáñez.

Silueteando el paranoico horizonte
Difuso del día,
Diariamente logopedaleado
Por las amarantas de las horas
Asesinadas por la amarga
Cicuta de la rutina.

Morosamente sufrida se descuelga
La espera tricúspide,
Aracnoideo acuoso
Que tiende la telaraña ocular
De los sentidos.

El hambre inhibe el silbido
Saprofito del estómago
Envenenando el canto
Aerofágico de la voz.

Anillos de humo (III). Ángela Ibáñez.

III


El corazón -amuleto de cristal-
Pendía del cuello uterino.
Las tribus exorcizaron todas las entradas
Con símbolos fálicos. Menhires
Del primitivo destino de piedra.
El viento dirigía la oración
Imprimía la cadencia en las olas
Aullando la plegaria en las caderas.
El tam-tam latía loco y desbocado
Hacia la selva de las palmeras.
Los dátiles ?casis maduros-
Llenaban de almizcle dulce la tarde.
Oloroso presagio del huracán
-respuesta de los dioses-
pródigos y fecundos a Nadie.
La lluvia llenaría de vacío a las nubes
eterno transito hacia la tierra de nadie.
-que pendientes- aguardaban su destino
La piel torsión del sol, líquido sudor
Danzando ciegos los rayos
Vestidos de incendio
Que seguía llamando al dios.

Amor a cuchillo. Ángela Ibañez.

¿No notas
como el amor
hiere?
Y nos corta,
las manos.