jueves, 29 de diciembre de 2016

Poltarnees, la que mira al mar. Lord Dunsany (1878-1957)

Toldees, Mondath, Arizim, éstas son las Tierras Interiores, las tierras cuyos guardianes, ubicados en los confines, no ven el Mar. Más allá, por el Este, hay un desierto que jamás turbaron los hombres. Amarillo, manchado por la sombra de las rocas, y la muerte yace en él como un felino al sol. Están cerradas sus fronteras; al Sur, por la magia; al Oeste, por una montaña, y al Norte, por el grito y la cólera del viento Polar. Semejante a una gran muralla es la montaña del Oeste. Viene desde muy lejos y se pierde muy lejos también, y es su nombre Poltarnees, la que mira al Mar.

Hacia el Norte, rojos peñascos, tersos y limpios de tierra y sin mota de musgo o hierba, se escalonan hasta los labios mismos del viento Polar, y nada hay allí sino el rumor de su cólera. Muy apacibles son las Tierras Interiores, y muy hermosas sus ciudades. No hay guerra entre ellos, sólo quietud y holgura. Y otro enemigo no tienen salvo los años, pues la sed y la fiebre se pasean por el desierto, y no rondan jamás por las Tierras Interiores. Y a vampiros y fantasmas, cuyo camino real es la noche, las fronteras de la magia los contienen al Sur. Y existe en cada ciudad un sendero amplio y verde, que viene de un valle o bosque o loma, y entra en la ciudad y sale entre las casas y cruzando las calles; y nunca pasean por ella las gentes; mas todos los años, en el tiempo oportuno, entra por allí la Primavera desde las tierras florecientes, abriendo anémonas en el sendero verde, y todos los goces de los bosques repuestos o de los valles apartados, profundos, o de las triunfantes lomas, cuyas cabezas se yerguen tan altivas en la distancia, lejos de las ciudades.

A veces entran pastores por aquel camino, de los que vienen a la ciudad desde las sierras nebulosas; y los ciudadanos no se lo impiden, porque hay un paso que mancilla la hierba y un paso que no la mancilla, y todo hombre sabe en su corazón cómo es su paso. Y en los claros soleados del bosque y en sus umbrías, lejos de la música de las ciudades y de la danza de las ciudades, conciertan la música de los lugares campestres y danzan las danzas campestres. Amable, próximo y amistoso se les muestra a estos hombres el Sol. Propicio, cuida de sus tiernos viñedos; y ellos, en cambio, se muestran benévolos con los pequeños seres de los bosques y atentos a todo rumor de hadas o leyendas antiguas. Y cuando la luz de alguna pequeña ciudad distante pone un leve rubor en el confín del firmamento y las felices ventanas de oro de las mansiones abren los ojos en la oscuridad, entonces la vieja y sagrada figura de la Fábula, velada hasta el rostro, baja de las colinas boscosas y manda danzar a las sombras oscuras, y saca de ronda a las criaturas del bosque, y enciende al instante la lámpara del gusano de luz en su enramada de hierba, e impone silencio a las tierras grises, y de ellas convoca la voz de un laúd. No hay en el mundo tierras más prósperas y felices que Toldees, Mondath y Arizim.

De estos tres pequeños reinos llamados las Tierras Interiores huían constantemente los muchachos. Íbanse uno tras otro, sin que supiera nadie por qué, sino tan sólo que tenían un anhelo de ver el Mar. Poco hablaban de aquel anhelo; pero un joven guardaba silencio unos días, y luego, una mañana, muy temprano, se escabullía trepando poco a poco por la dificultosa pendiente de Poltarnees, y, llegado a la cumbre, la cruzaba y no volvía jamás. Algunos se quedaron atrás, en las Tierras Interiores, y envejecieron; pero, desde los tiempos más remotos, ninguno de los que subieron a lo alto de Poltarnees regresó jamás. Muchos dirigiéronse a Poltarnees jurando que volverían. Hubo un rey que envió a todos sus cortesanos, uno por uno, para que le revelaran el misterio, y después él mismo se fue allá; ninguno volvió.

Ahora bien, el pueblo de las Tierras Interiores guardaba el culto de los rumores y las leyendas del Mar, y todo cuanto del Mar pudieron saber sus profetas de un libro sagrado que los sacerdotes leían en los templos. Y abríanse todos los templos hacia Poniente, sostenidos por columnas, para que la brisa del mar entrara en ellos; y abríanse hacia Levante, sostenidos por columnas, para que la brisa del Mar no se detuviera, sino que entrara en ellos, dondequiera que estuviese el Mar. Y ésta es la leyenda que tenían del Mar, nunca visto por ser alguno de las Tierras Interiores. Decían que el Mar es un río que corre hacia Hércules, y decían que llega hasta el confín del mundo y que Poltarnees lo domina. Decían que todos los mundos celestes corren por aquel río, y la corriente los arrastra, y que aquella infinitud es una intrincada espesura de selvas donde el río precipita su curso arrebatando todos los mundos celestes. Por entre los colosales troncos de aquellos árboles oscuros, en las más breves frondas, en cuyas ramas muchas noches se reconcentran, andan los dioses. Y cuando su sed, resplandeciente en el espacio como un magno sol, cae sobre los animales, el tigre de los dioses se desliza hasta el río para beber, y bebe ruidosamente hasta hartarse, destruyendo mundos; y el nivel del río se sume dentro de sus riberas, mientras la sed del animal va saciándose y dejando de resplandecer como un sol.

Y multitud de mundos se amontonan entonces, secos, en la orilla, y ya no vuelven a andar por ahí los dioses, porque lastiman los pies. Son aquellos los mundos sin destino, cuyas gentes carecen de dioses, y el río fluye sin parar. Y el nombre del río es Oriathon, pero los hombres le llaman Océano. Tal es la Creencia Inferior de las Tierras Interiores. Y hay una Creencia Superior, de que nunca se habla. Según la Creencia Superior de las Tierras Interiores, el río Oriathon corre por las selvas de la Infinitud y de pronto cae rugiendo sobre un confín, desde donde el tiempo llamaba antiguamente a sus horas para que pelearan en la guerra contra los dioses; y cae apagado por el resplandor de las noches y los días, con millas de olas no medidas nunca, en las profundidades de la nada.

Ahora bien, conforme iban transcurriendo siglos y el único camino accesible para subir a Poltarnees, desgastándose de tantas huellas, más y más hombres lo pasaban para no volver. Y aún se ignoraba en las Tierras Interiores el misterio que desde Poltarnees se descubría. Un día tranquilo y sin viento, mientras los hombres caminaban felices por sus hermosas calles o guardaban rebaños en la campiña, saltó de pronto el viento del Oeste y entró por ellas desde el Mar. Y llegó velado, gris, luctuoso, y trajo el grito hambriento del Mar que reclamaba huesos de hombres. El que lo oyó no descansó, y al cabo se levantó de súbito, vuelto hacia Poltarnees, y dijo, como se acostumbra en el país cuando alguien se despide por poco tiempo: ¡Hasta que venga el recuerdo al corazón del hombre!, lo cual significa: -Hasta luego-; mas aquellos que lo amaban, viéndole mirar a Poltarnees, contestaron tristes: -Hasta que los dioses olviden-, que quiere decir: -Adios-.

Tenía el rey de Arizim una hija que jugaba con las flores del bosque, y con las fuentes del palacio de su padre, y con los pajaritos azules del cielo que en la invernada llegábanse a su puerta buscando refugio contra la nieve. Era más hermosa que las flores del bosque, y que todas las fuentes del palacio de su padre, y que los pájaros azules del cielo. Los sabios reyes de Mondath y Toldees la vieron cuando andaba ligera por los estrechos pasajes de su jardín, y volviendo los ojos a las nieblas del pensamiento, reflexionaron sobre el destino de sus Tierras Interiores. Y la observaron atentos junto a las flores majestuosas, y sola, en pie, a la luz del sol; y vieron pasar y repasar contorneándose las aves purpúreas que los recoveros del rey habían traído de Asagéhon. Cuando ella cumplió los quince años, el rey de Mondath convocó un Consejo de reyes. Y con él se reunieron los reyes de Toldees y Arizim. Y el rey de Mondath, en su Consejo, habló de esta suerte:

-El grito del Mar implacable y hambriento (y a la palabra Mar los tres reyes inclinaron la cabeza) atrae cada año, sacándolos de nuestros reinos felices, a más y más súbditos nuestros, y aún ignoramos el misterio del Mar, y ningún juramento se ha inventado que nos devuelva un solo hombre. Ahora bien, tu hija, Arizim, es más bella que la luz del sol, y más bella que las majestuosas flores que tan altas crecen en tu jardín, y tiene mayor gracia y hermosura que esas extrañas aves que los afortunados recoveros traen en carros de Asagéhon, y en cuyo plumaje la púrpura alterna con el blanco. Pues el que se enamore de tu hija Hilnaric, sea quien fuere, ése podrá subir a Poltarnees y regresar, como nadie hasta aquí lo hizo, y contarnos lo que se divisa desde Poltarnees, porque acaso tu hija sea más hermosa que el Mar.

Se alzó entonces de su sitial del Consejo el rey de Arizim. Y dijo:

-Temo que hayas blasfemado del Mar, y me asusta que tu blasfemia pueda acarrearnos desgracia. No había reparado, a decir verdad, en su hermosura. ¡Hace tan poco que era una niña, y llevaba el cabello suelto, aún no como las princesas, y se iba sin que nadie la vigilara a los bosques, y volvía con las vestiduras manchadas y desgarradas, y no escuchaba regaños con sumisión, sino haciendo muecas aun en mi patio de mármol rodeado de fuentes!

Luego habló el rey de Toldees:

-Vigilémosla, atentos, y contemplemos a la princesa Hilnaric en la estación de los huertos floridos, cuando las grandes aves se despiden del Mar, que conocen, y buscan descanso en nuestros palacios del interior; y si fuera más hermosa que el amanecer sobre nuestros reinos unidos, cuando los huertos están en flor, acaso sea más hermosa que el Mar.

Y el rey de Arizim dijo:

-Temo que sea terrible blasfemia, mas lo haré según ha decidido el Consejo.

Y llegó la estación de los huertos floridos. Una noche, el rey de Arizim llamó a su hija para que saliese al balcón de mármol. La luna surgía, grande, redonda, sagrada, sobre los bosques oscuros, y todas las fuentes cantaban a la noche. La luna tocó los aleros del palacio de mármol, y resplandecieron sobre la tierra. Tocó las cimas de todas las fuentes, y las grises columnas se quebraron en luces de magia. Dejó los oscuros caminos del bosque e iluminó todo el blanco palacio y sus fuentes, y brilló en la frente de la princesa, y el palacio de Arizim ganó en resplandores, y las fuentes se trocaron en columnas de relucientes joyas. Y de la luna, al levantarse, salió una melodía, que no llegó del todo a oídos mortales. Hilnaric estaba en pie, maravillada, vestida de blanco, con el brillo de la luna en la frente; y acechándola desde la sombra, en el terrado, estaban los reyes de Mondath y Toldees. Y dijeron:

-Es más hermosa que el nacer de la luna.

Y otro día, el rey de Arizim hizo que su hija se asomara al amanecer, y ellos volvieron a situarse cerca del balcón. Y el sol salió sobre un mundo de huertos, y las nieblas marinas se retiraron de Poltarnees hacia el Mar; leves voces silvestres se levantaron de los matorrales, las voces de las fuentes comenzaron a desfallecer, y se alzó, en todos los templos de mármol, el cantar de las aves consagradas al Mar. Hilnaric estaba en pie, resplandeciente aún del sueño celestial.

-Es más hermosa -dijeron los reyes- que el amanecer.

Otra prueba impusieron a la hermosura Hilnaric, porque la observaron en las terrazas a la puesta del sol, cuando ya los pétalos de los huertos estaban caídos y en todos los bosques vecinos florecían el rododendro y la azalea. El sol se puso tras la escarpada Poltarnees, y la niebla del Mar se vertió sobre su cumbre interior. Y los templos de mármol se levantaban claros en el atardecer, pero nubes de crepúsculo se extendían entre montaña y ciudad. Entonces, de la cornisa de los templos volaron los murciélagos, y desplegando las alas, flotaron arriba y abajo por las vías ya oscuras; empezaron a encenderse las luces en las doradas ventanas, los hombres se envolvieron en sus capas por temor a la niebla marina gris, se levantó el son de algunas canciones, y el rostro de Hilnaric se convirtió en lugar de reposo, de misterios y ensueños.

-Más que todo -dijeron los reyes- es hermosa; pero ¿quién puede saber si es más hermosa que el Mar?

Tendido en un macizo de rododendros, en la linde de las praderas de palacio, había esperado un cazador a que el sol se pusiera. Cerca de él había un estanque profundo donde crecían los jacintos y en el que flotaban extrañas flores de anchas hojas; a él iban a beber los toros salvajes, a la luz de las estrellas, y en su acecho vio la blanca forma de la princesa apoyada en el balcón. Antes de que brillaran las estrellas. Dejó él su escondrijo y se acercó al palacio para ver más próxima a la princesa.

Cubiertas estaban las praderas de palacio. Todo estaba en calma cuando él las cruzó, empuñando su venablo. En el más escondido rincón de la terraza, los tres viejos reyes discutían acerca de la hermosura de Hilnaric y del destino de las Tierras Interiores. Caminando ligero, con paso de cazador, se acercó más, en la quietud del ocaso, sin que la princesa le viese. Así que la hubo visto de cerca, exclamó de súbito:

-Ha de ser más hermosa que el Mar.

La princesa se volvió, y en su porte y venablo conoció que era un cazador de toros salvajes. Cuando los tres reyes oyeron la exclamación del joven, dijeron por lo bajo:

-Este ha de ser el hombre.-

Se mostraron ante él, y dijeron, con propósito de probarle:

-Señor, habéis blasfemado del Mar.
Y el mancebo murmuro:
-Es más hermosa que el Mar.
Y dijeron los tres reyes:
-Más viejos somos y más sabios que vos, y sabemos que nade existe más hermoso que el Mar.
Y el mozo, postrado al ver que hablaba con los reyes, contestó:
-Por este venablo; es más hermosa que el Mar.
Y, entre tanto, la princesa le miraba, reconociéndole por un cazador de toros salvajes.
Dijo el rey de Arizim al que acechaba en el estanque:
-Si subes a Poltarnees y vuelves, como nadie volvió, y nos cuentas qué atracción mágica tiene el Mar, perdonaremos tu blasfemia, y tendrás a la princesa por esposa, y te sentarás en el Consejo de los reyes.

Y el joven mostró su asentimiento con alegría. Y la princesa le habló y le preguntó su nombre. Y él le dijo que se llamaba Athelvok, y se llenó de gozo al oír la voz de ella. Y prometió a los tres reyes salir para escalar la pendiente de Poltarnees y regresar, y éste fue el juramento con que le ligaron para que volviera:

-Juro por el Mar que arrastra los mundos, por el río de Oriathon, a quien los hombres llaman Océano, y por los dioses y su tigre, y por el sino de los mundos, que volveré a las Tierras Interiores después de haber contemplado el Mar.

Y prestó con solemnidad el juramento en uno de los templos del Mar; pero los tres reyes fiaron aún más en la hermosura de Hilnaric que en el poder del juramento.

Al otro día, temprano, fue Athelvok al palacio de Arizim, cruzando las campiñas del Este desde el país de Toldees, e Hilnaric salió al balcón y se reunió con él en las terrazas. Y le preguntó si había matado algún toro salvaje, y él le dijo que tres, y luego le contó que había cazado el primero junto al estanque del bosque. Había tomado el venablo de su padre, se fue a la orilla del estanque, se tendió bajo las azaleas a esperar que saliesen, porque a su primera luz van los toros salvajes a beber de aquellas aguas. Y fue muy temprano, y tuvo mucho que esperar, y el pasar de las horas se hizo más largo de lo que era. Y todos los pájaros acudieron en la noche. Y ya había salido el murciélago, y ningún toro se acercaba al estanque. Y Athelvok estaba persuadido de que ninguno se acercaría. Y tan pronto como su mente adquirió esta certidumbre, se abrió la maleza y un enorme toro salvaje se presentó a sus ojos, a la orilla del agua, y sus largos cuernos surgían a los lados de su cabeza, encorvándose por los extremos, y medían cuatro pasos de punta a punta. Y no había visto a Athelvok, porque el enorme. toro estaba al otro extremo del reducido estanque, y Athelvok no podía ir arrastrándose hasta él por miedo de cortar el viento (pues los toros salvajes, que apenas ven en las selvas oscuras, se guardan por el oído y el olfato). Mas pronto se tramó el plan en su mente, mientras el toro erguía la cabeza a veinte pasos justos de donde estaba él, con el agua por medio. Y el toro olfateó con cautela el viento, se puso a escuchar, y luego bajó la cabeza hasta el estanque y bebió. En aquel punto saltó Athelvok al agua y atravesó rápidamente sus profundidades, entre los tallos de las extrañas flores que flotaban con sus anchas hojas en la superficie. Y Athelvok asestaba su venablo, recto, y mantenía rígidos y cerrados los dedos de la mano izquierda, sin salir a la superficie, de modo que la fuerza del salto le llevó adelante y le hizo pasar sin que se enredara por entre los tallos de las flores. Cuando saltó Athelvok al agua, el toro hubo de levantar la cabeza, se asustó al verse salpicado y luego debió de escuchar y ventear, y como no oyera ni olfateara peligro ninguno, hubo de quedarse rígido por unos instantes, porque en esta actitud le encontró Athelvok al surgir sin aliento a sus pies. Hiriendo de pronto, Athelvok le clavó la lanza en el cuello, antes de que pudiera bajar la cabeza y los cuernos terribles. Pero Athelvok se había colgado de uno de los cuernos y se vio arrastrado a tremenda velocidad por entre los matorrales de rododendros, hasta que el toro cayó, para levantarse de nuevo y morir de pie, luchando sin cesar, ahogado en su propia sangre.

Hilnaric escuchaba el relato como si un héroe de la antigúedad surgiese de nuevo ante sus ojos en toda la gloria de su legendaria juventud.

Mucho tiempo se pasearon por las terrazas, diciéndose lo que siempre se había dicho y se dijo luego, lo que repetirán labios aún por formarse. Y sobre ellos se erguía Poltarnees, mirando al Mar.

Y llegó el día en que Athelvok debía marcharse. E Hilnaric le dijo:

-¿Es cierto que volverás, luego que hayan mirado tus ojos desde la cumbre de Poltarnees?
Athelvok repuso:
-Volveré, porque tu voz es más hermosa que el himno de los sacerdotes cuando cantan los loores del Mar; y aunque muchos mares tributarios fluyan hacia Oriathon y él y los otros viertan su hermosura en un estanque a mis pies, volvería jurando que tú eres más hermosa.
E Hilnaric contestóle:
-La sabiduría del corazón me dice, o una antigua ciencia o profecía, que nunca más he de oír tu voz. Y por ello te perdono.

Pero él, repitiendo el juramento prestado, se fue, mirando muchas veces atrás, hasta que la pendiente se hizo tan empinada que su faz tocaba a la roca. Marchó por la mañana y estuvo subiendo todo el día, con pequeño descanso, por los hoyos que había pulimentado el roce de muchos pies. Antes de llegar a la cima cayó el sol y fueron oscureciéndose cada vez más las Tierras Interiores. Se apresuró para ver, antes de la noche, lo que había de mostrarle Poltarnees. Ya era profunda la oscuridad sobre las Tierras Interiores, y las luces de las ciudades chispeaban entre la niebla marina cuando llegó a la cumbre de Poltarnees, y el sol, de la otra parte, aún no se había retirado del firmamento.

A sus pies se fruncía el viejo Mar, sonriendo y murmurando cantares. Y daba el pecho a unos barcos de velas deslumbrantes, y en las manos tenía los vetustos restos de naufragios tan echados de menos, y los mástiles tachonados de clavos de oro que desgajó en su cólera de los soberbios galeones. Y la gloria del sol reinaba en las olas que arrastraban a la deriva maderos de islas de especias, sacudiendo las cabezas doradas. Y las corrientes grises se arrastraban hacia el Sur, como solitarias serpientes enamoradas de algo lejano con amor inquieto, fatal. Y toda la llanura de agua resplandeciente al sol postrero, y las olas y las corrientes, y las velas blancas de los navíos, formaban, juntas, la faz de un extraño dios nuevo que mira a un hombre por primera vez a los ojos en el instante de su muerte; y Athelvok, mirando al maravilloso Mar, supo por qué no vuelven nunca los muertos: porque hay algo que los muertos sienten y conocen y los vivos no entenderán nunca, aunque los muertos vuelvan a contarles lo que han visto. Y el Mar le sonreía, alegre en la gloria del sol. Y había en él un puerto para las naves que regresaban, y junto a él una soleada ciudad, y la gente andaba por sus calles ataviada con las inconcebibles mercancías de las costas más lejanas.

Una fácil pendiente de roca suelta y menuda llevaba desde la cumbre de Poltarnees hasta la orilla del Mar. Athelvok se detuvo un largo rato, lleno del pesar, dándose cuenta de que había entrado en su alma algo que no entenderían jamás los de las Tierras Interiores, porque sus pensamientos no iban más allá de los tres breves reinos. Luego, mirando los buques errantes, y las maravillosas mercancías de países remotos, y el color ignorado que ceñía la frente del Mar, volvió los ojos a las Tierras Interiores.

En aquel punto entonó el Mar un canto fúnebre al ocaso por todo el daño que causó en su cólera y por toda la ruina que acarreó a los navíos; y había lágrimas en la voz del tiránico Mar, porque amaba las galeras hundidas, y llamaba a sí a todos los hombres y a todo lo viviente para disculparse, porque amaba los huesos que había desparramado. Y volviéndose, Athelvok puso un pie en la pendiente suelta, y otro después, v anduvo un poco para acercarse al Mar, y luego le sobrecogió un sueño y sintió que los hombres juzgaban mal al Mar, tan digno de ser amado, porque mostró alguna cólera, porque a veces fue cruel; sintió que reñían las mareas, porque el Mar había amado a las galeras fenecidas.

Siguió andando, y en el momento en que se desvaneció el ocaso y apareció una estrella, llegó él a la dorada costa, y siguió adelante hasta que las olas tocaron sus rodillas, y oyó las bendiciones, semejantes a las plegarias, del Mar. Mucho tiempo estuvo así, mientras iban surgían estrellas y en las olas; más estrellas salían. Parpadeaban las luces en toda la ciudad del puerto, colgaban linternas de las naves y ardía la noche de púrpura; y la Tierra, ante los ojos de los dioses, que están sentados tan lejos de ella, refulgía como en una llama. Entonces entró Athelvok en la ciudad del puerto, en donde encontró a muchos que habían dejado antes que él las Tierras Interiores; ninguno deseaba volver al pueblo que no había visto el mar; muchos se habían olvidado de los tres breves reinos, y se susurraba que un hombre que una vez intentó volver halló imposible la subida por la pendiente movediza.

Hilnaric no se casó jamás. Pero su dote se destinó a edificar un templo en que los hombres maldicen al Océano. Una vez al año, con solemnes ritos y ceremonias, maldicen las mareas del Mar; y la luna se mira en él y los aborrece.

Porque la sangre es la vida. Francis Marion Crawford (1854-1909)

Cené en el crepúsculo sobre el tejado de la antigua torre, ya que estaba fresco allí durante el calor del verano. Además, la pequeña cocina había sido construida en una esquina de la plataforma, lo cual resultaba más conveniente si las fuentes tenían que ser llevadas por la empinada y pétrea escalera, rota en varios lugares y desgastada por los años.

La torre era una de aquellas construcciones ordenadas en el sureste de Calabria por el emperador Carlos V, a principios del siglo XVI para controlar las incursiones de los piratas bárbaros, cuando los infieles se aliaron a Francisco I contra el emperador y la Iglesia. Estaban casi en ruinas, sólo un par permanecían intactas, y la mía era una de las más grandes. Como entró en mi patrimonio diez años atrás, y porque gasté parte de cada año en ella, son materias que no conciernen a este relato. La torre se elevaba en un solitario punto de Italia meridional, y en el extremo de un promontorio curvo, que forma un pequeño pero seguro puerto natural en la parte sur del golfo de Policastro, y justo al norte del Cabo Escala, el lugar de nacimiento de Judas Iscariote, según una vieja leyenda local.

La torre se eleva en esta porción del terreno, y no hay otra casa que pueda ser vista en un radio de tres millas de ella. Cuando vine, tomé un par de marinos, uno de ellos un experto cocinero, y cuando estuve lejos lo dejé a cargo de un pequeño hombre que una vez fue un minero y que se amigó conmigo tiempo atrás.

Mi amigo, quien algunas veces me visita en mi soledad estival, es un artista de profesión, de origen escandinavo, y un cosmopolita debido a las circunstancias. Cenamos al atardecer; el brillo del crepúsculo se había disipado de nuevo, y la tarde púrpura había caído en la vasta cadena de montañas que atravesaban el golfo hacia el este, y se alzaban más alto a medida que van hacia el sur. Hacía calor, y nos sentamos en una de las esquinas de la plataforma, esperando por el rocío nocturno. El color se hundió desde el aire, hubo un pequeño intervalo de tinieblas, y una lámpara envió una veta amarilla desde la puerta abierta de la cocina donde los hombres estaban preparando la comida.

Entonces la luna surgió súbitamente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeña roca y mata de hierba. Mi amigo encendió su pipa y se sentó mirando un punto en las colinas. Supe que estaba mirando, y por un largo tiempo me pregunté si habría visto algo que hubiera acaparado su atención. Pasó bastante tiempo desde que habló por última vez. Como la mayoría de los pintores, él confiaba en su visión, como un león confía en su propia fuerza y un venado en su velocidad, y él siempre se molestaba cuando no podía reconciliar lo que veía con lo que él creía que tenía que ver.

—Es extraño —dijo—. ¿Ves aquel pequeño montículo?

—Si. —respondí, e imaginé lo que vendría.

—Parece una tumba. —observó Holger.

—Es verdad. Parece como un sepulcro.

—Si —continuó mi amigo, con sus ojos aún fijos en el punto—. Pero lo extraño de esto es que veo el cuerpo yaciendo sobre ella, por supuesto —continuó Holger, volteando su cabeza como lo hacen los artistas—, debe ser un efecto de la luz. En primer lugar, no es una tumba. Segundo, si lo fuese, el cuerpo debería estar dentro y no fuera. Entonces, debe ser una ilusión de la luna. ¿Lo ves?

—Perfectamente; siempre lo veo en las noches de luna.

—No parece interesarte mucho. —dijo Holger.

—Al contrario, me interesa, pero estoy un poco cansado. Tu no estás tan equivocado, sin embargo. El montículo es realmente una tumba.

—No puede ser. —gritó Holger, incrédulamente.

—No —respondí—, no puede ser. Lo sé, porque me he tomado el trabajo de ir allá y verlo.

—¿Entonces qué era? —preguntó Holger.

—Nada.

—¿Un efecto de la luz?

—Quizás lo es. Pero lo inexplicable del asunto es que no hay diferencia si la luna ha salido o se pone, o si está en creciente o menguante. Si hay alguna luz de luna, desde el este o del oeste, mientras brilla sobre las piedras, uno puede ver el contorno del cuerpo.

Holger removió su pipa con su cuchillo y usó su dedo como tapón. Cuando el tabaco ardió bien, él se levantó.

—Iré a ver el montículo. —dijo.

Cruzó la azotea, y desapareció bajo los oscuros escalones. No me moví, pero me senté mirando hasta que lo vi salir de la torre. Lo escuché cantar una vieja canción danesa mientras cruzaba el espacio abierto bajo el brillo lunar. Cuando estaba a diez pasos del lugar, Holger se detuvo, avanzó sólo unos pasos y luego retrocedió cuatro y nuevamente se paró. Sabía lo que eso significaba. Él había llegado al punto donde la cosa dejaba de ser visible, donde, como el hubiera dicho, el efecto de la luz cambiaba.

Entonces regresó al montículo y se paró sobre él. Podía ver aún la cosa, pero ya no estaba tendida sobre la piedra; ahora estaba como arrodillada, rodeando con sus blancos brazos el cuerpo de Holger y mirando en su rostro. Una fría brisa conmovió mi cabello en ese momento, y el viento nocturno comenzó a soplar desde las colinas, pero sentí como si fuera la respiración de otro mundo.

La cosa pareció como que trataba de escalar por sus pies, ayudándose por el cuerpo de Holger, mientras este permanecía erguido, quizás inconsciente de eso, aparentemente mirando hacia la torre, que es muy pintoresca cuando la luz de la luna cae por aquel lado.

—¡Regresa! —le grité— ¡No te quedes allí toda la noche!

Me pareció que se movió muy a su pesar, bajó del montículo con dificultad. Los brazos de la cosa aún estaban rodeándolo por la cintura, pero sus pies no podían dejar la tumba. A medida que él se movía hacia adelante, se iba cubriendo con una especie de corona de bruma, ligera y blanquecina, hasta que vi claramente cuando Holger se sacudió, como cuando alguien se asusta. En el mismo momento un leve gemido de dolor llegó a mis oídos a través del viento. Pudo haber sido una pequeña lechuza que vive sobre las rocas, y la brumosa presencia se replegó suavemente cuando la figura de Holger comenzó a avanzar y dejó el montículo.

De nuevo sentí la fría brisa en mi cabello, y esta vez una helada sensación de horror bajó por mi espina. Recordaba bien cuando yo mismo había ido al montículo, bajo la luz de la luna; había estado cerca, y no había visto nada; como Holger, fui y me paré encima del montículo; y recordaba como, cuando volví, estaba seguro que no había nada allí, y de pronto tuve la seguridad de que habría algo si sólo miraba detrás mío. Recordaba la fuerte tentación de mirar hacia atrás, una tentación que resistí como si fuera algo indigno de un hombre de sentido común, hasta que me libré, y me sacudí tal cual como Holger había hecho.

Y ahora sabía que aquellos blancos y neblinosos brazos también me habían rodeado; lo supe en un instante, y me estremecí cuando recordé que esa noche también había escuchado la misma lechuza. Pero no había sido una ave. Era el aullido de la Cosa.

Renové el tabaco de mi pipa y me serví una copa de fuerte vino del sur; en menos de un minuto Holger estaba de nuevo sentado a mi lado.

—Por supuesto, no había nada allí —dijo—, pero es escalofriante. ¿Sabías que cuando estaba volviendo estaba tan seguro que había alguien detrás mío que quería voltearme y ver? Hice un gran esfuerzo para no hacerlo.

Se río un poco, sacudió las cenizas de su pipa, y se sirvió una copa. Por un momento ninguno de los dos habló, y la luna siguió alta, y ambos miramos a la Cosa que permanecía sobre el montículo.

—Tu puedes hacer una historia sobre aquello. —dijo Holger.

—Hay una —le respondí—, si no estás con mucho sueño, te la puedo contar.

—Adelante.

—El viejo Alario estaba moribundo en el pueblo, detrás de la colina. Tu lo recuerdas, no tengo duda. Ellos decían que él hizo dinero vendiendo joyas falsificadas en Sudamérica, y que escapó con el dinero luego de haber sido acusado. Como todos estos tipos, si ellos se traen algo consigo mismos, lo invierten en sus casas, y como no había albañiles por aquí, él envió dos obreros a Paola. Eran dos corpulentos pillos, un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano que tenía una vieja cicatriz en la mejilla izquierda. Alguna vez los vi, ya que los domingos acostumbraban bajar por aquí a pescar en las rocas de la costa.

"Alario fue a la tumba debido a una maliciosa fiebre, los obreros aún estaban trabajando. Como ellos acordaron que parte de sus pago sería el alojamiento y la comida, él los hacía dormir en la casa. Su esposa había muerto, y sólo tenía un hijo llamado Angelo, que era mucho más honesto que él mismo. Angelo estaba por casarse con la hija del hombre más rico del pueblo, y extrañamente, a pesar que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, los jóvenes novios estaban enamorados el uno del otro.

"De esta manera, sucedía que todo el pueblo amaba a Angelo, y entre el resto había una salvaje y bonita criatura llamada Cristina, que parecía ser una gitana. Ella tenía labios muy rojos y ojos negros, y tenía el cuerpo de un galgo, y la lengua de un demonio; pero para Angelo no tenía la menor importancia. Él era poco más que un simplón, muy diferente del canalla que era su padre; y bajo las que yo denomino circunstancias normales, realmente creo que él jamás habría mirado a otra mujer excepto a la bonita y pequeña criatura, con la que tuvo que casarse por órdenes de su padre. Pero las cosas cambiaron, tanto por causas normales o no naturales.

"Había también un joven y apuesto pastor de las colinas sobre Maratea que estaba enamorado de Cristina, quien parecía vivir muy indiferente de éste joven. Cristina no tenía un medio de vida estable, pero ella era una buena chica y era capaz de hacer cualquier trabajo, en pos de tener un poco de pan o un plato de arvejas, y un techo bajo el cual poder dormir. Era muy feliz cuando tenía algún tipo de tarea cerca de la casa del padre de Angelo. No habían médicos en el pueblo, y cuando los vecinos supieron que el viejo Alario estaba muy enfermo, Cristina fue enviada a Scalea para traer a un doctor. Esto fue casi al anochecer, y si ellos esperaron tanto fue porque el enfermo se negaba a permitir cualquier tipo de extravagancia mientras él fuera capaz de hablar. Pero mientras Cristina estuvo fuera, algunas cosas marcharon muy mal. El abate fue llevado al lecho, y cuando hubo hecho lo que pudo, afirmó que el viejo estaba muerto, y lo anunció a los vecinos y dejó la casa.

"Tu conoces a esta gente. Tienen un miedo físico a la muerte muy grande. Hasta que el cura habló, el salón estaba lleno de gente. Sus palabras salieron difícilmente de su boca. Cayó la noche. Todos se apuraron en llegar a sus casas, corriendo a través de la calle.

"Angelo, que como habíamos dicho, estaba fuera, Cristina aún no había vuelto, la sirvienta que había cuidado al viejo durante su enfermedad, se había ido con el resto, y el cadáver quedó solitario bajo la parpadeante luz de la lámpara de aceite.

"Cinco minutos después dos hombres miraron con cautela y se movieron sigilosamente por el dormitorio. Eran el napolitano tuerto y su compañero siciliano. Ellos sabían lo que querían. En un breve instante habían encontrado debajo de la cama una pequeña pero fuerte caja de metal, y momentos después habían dejado la casa, al amparo de la oscuridad. Un trabajo sencillo, ya que la casa de Alario era la última antes del desfiladero que desemboca en estas rocas, y los ladrones habían salido por la puerta trasera, y ya estaban cobijados por las rocas, a excepción de la posibilidad de encontrarse con algún campesino retrasado, la cual era casi nula, ya que muy poca gente utilizaba esa ruta. Ellos llevaban una azada y una pala, y siguieron su camino sin ningún accidente.

"Te estoy contando esta historia como debió haber ocurrido, ya que, por supuesto, no hay testigos de la parte que ahora viene. Los hombres llevaron la caja a través del desfiladero, intentando enterrarla hasta que fueran capaces de regresar con un bote y tomarla. Así que debían elegir el lugar adecuado para enterrarlo dado la posibilidad que parte del dinero estuviera en títulos o en papeles, así que había que procurar un lugar seco y resguardado. Sabían que el papel se pudriría si ellos se veían obligados a dejarlo por mucho tiempo, así que cavaron su foso aquí abajo, cerca de estas piedras. Si, justamente donde hoy está el montículo.

"Cristina no encontró al médico, ya que había sido llamado desde un lugar más allá del valle, a mitad de camino de San Doménico. Si ella le hubiera encontrado, él habría tenido que acudir en mula por el camino superior, que es más uniforme, pero también más largo. Pero Cristina tomó el atajo a través de las rocas, que pasan cerca de cincuenta pies por sobre el montículo. Los hombres estaban cavando cuando ella pasó, y ella los escuchó trabajar. No se habría marchado sin descubrir el origen de estos ruidos, y ya que ella nunca había tenido miedo en su vida, pensó que a lo mejor eran los pescadores quienes algunas veces vienen de noche para conseguir alguna roca que usar de ancla o juntar algunos leños para prender una fogata.

"La noche estaba oscura y Cristina se acercó mucho a los dos hombres antes de que pudiera ver que estaban haciendo. Los vió, por supuesto, y ellos la vieron también, e instantáneamente comprendieron que la tenían en su poder. Había una sola cosa que hacer para estar seguros, y ellos la hicieron de inmediato. Golpearon a la chica en la cabeza, terminaron de cavar el foso lo más rápido que pudieron, y enterraron el arcón de metal junto a la chica. Comprendieron de inmediato que su única posibilidad de quedar absueltos de toda sospecha era la de regresar de inmediato, y no había pasado media hora que se encontraban hablando con el hombre que estaba construyendo el ataúd de Alario, que era un compadre de ellos, y también había estado trabajando en las reparaciones de la casa del viejo. Hasta donde pude intuir, las únicas personas que supuestamente sabían donde Alario guardaba su tesoro eran Angelo y la sirvienta que había mencionado antes. Angelo estaba ausente; y fue la mujer quien descubrió el robo.

"Era fácil suponer que nadie más sabía donde estaba el dinero. El viejo guardaba su caja cerrada con llave, y él mismo guardaba la llave en un bolsillo de su chaqueta, y no permitía que la mujer entrara a limpiar, a no ser que él estuviera presente. El pueblo entero sabía que él tenía mucho dinero en algún sitio, y era probable que los obreros hubieran descubierto el lugar husmeando a través de la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirante hasta que perdió el conocimiento, se hubiese aterrorizado al pensar en sus riquezas. La fiel sirvienta había olvidado la existencia del arcón, cuando se marchó asustada junto a los demás. Veinte minutos habían pasado hasta que ella regresó con las dos viejas que siempre eran llamadas cuando alguien moría y que preparaban al muerto para el funeral. Cuando volvió al lecho del viejo, hizo el ademán como si se hubiera caído algo para poder tener oportunidad de agacharse y mirar debajo de la cama. Pero la caja no estaba. Había sido en la tarde que la había visto, así que habría sido robada en el corto intervalo que ella abandonó la habitación.

"No había policías en el pueblo, y nada parecido a una oficina municipal, ya que no había municipalidad. Así fue como la sirvienta simplemente salió corriendo a través de la calle, en la oscuridad, gritando que habían robado la casa de su patrón muerto. Mucha gente se levantó a mirar que ocurría, pero al principio nadie pareció decidido a ayudarla. La mayoría murmuraba que ella misma habría robado el dinero. El primer hombre en moverse fue el padre de la chica que se había casado con Angelo; su opinión era que la caja habría sido robada por los dos albañiles que estaban alojados en la casa. Así que organizó una búsqueda por ellos, que comenzó naturalmente en la casa de Alario y finalizó en la carpintería , donde los ladrones fueron encontrados conversando con el carpintero. La partida de búsqueda los acusó del robo y iba a proceder a encerrarlos hasta tanto se pudieran traer a algunos carabineros desde Scalea. Los dos hombres se miraron entre sí por un momento, y de pronto, sin la más mínima dubitación, arrojaron una lámpara, volcaron el ataúd poniéndolo como barrera, y huyeron en la oscuridad. Luego de un breve instante, estaban siendo perseguidos.

"Este es el fin de la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no había pistas que suministraran algún dato sobre los ladrones. El viejo fue enterrado, y cuando Angelo regresó tuvo que pedir prestado para pagar por el miserable funeral, y aún así tuvo alguna dificultad en hacerlo. No es necesario que cuente que habiendo perdido su herencia, también perdió a su novia. En esta parte del mundo, los matrimonios son hechos sobre estrictos principios de negocios, y si el dinero prometido no estaba, la novia o el novio cuyos padres habían fracasado en tenerlo, podían dar marcha atrás y cancelar todo. El pobre Angelo sabía todo esto muy bien. Su padre no había poseído mucha tierra, y sólo tenía el dinero que había traído de Sudamérica, el cuál ahora ya no estaba. Sólo tenía deudas por los materiales de construcción utilizados en la refacción de la casa. Estaba arruinado, y la bonita y pequeña criatura que iba a ser suya, le dio vuelta la cara en la más elegante forma. En tanto Cristina, que habían pasado varios días de su desaparición, ya nadie recordaba que había sido enviada al pueblo a buscar a un médico y jamás había regresado. Ella ya había desaparecido por varios días antes, cuando había conseguido un trabajo en una granja distante. Pero cuando no volvió a ser vista por mucho tiempo, la gente se comenzó a preguntar, hasta que se convencieron de la idea que ella había sido conspiradora junto a los albañiles y había escapado con ellos".

Hice una pausa y limpié mis anteojos.

—Este tipo de cosas no pasan en ningún otro lado —observó Holger, llenando nuevamente su pipa—. Es maravilloso que un encanto natural tan bello como el que hay por aquí, esté tan cerca del asesinato y la muerte. Acciones que serían simplemente brutales y desagradables en cualquier otro lado, se vuelven dramáticas y misteriosas a causa que estamos en Italia y que estamos viviendo en una genuina torre construída por Carlos V para protegerse de los piratas bárbaros.

—Hay algo de eso —admití.

Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre piensa que es necesario explicar todo.

—Supongo que ellos encontraron el cadáver de la infortunada chica junto con la caja.

—Parece que es de tú interés —respondí—, te lo diré junto con el final de la historia.

La luna estaba en lo más alto; el perfil de la Cosa sobre el montículo era ahora mucho más claro a mis ojos que antes.

—El pueblo regresó a su vida normal. Nadie extrañó al viejo Alario. Angelo continuó viviendo en la casa a medio terminar, y a razón de que no tenía dinero, ya no podía tener a la vieja sirvienta, aunque ella, por cariño, venía de vez en cuando y le lavaba una camisa. Aparte de la casa, había heredado un pequeño terrero a alguna distancia del pueblo. Trató de cultivarlo, pero no puso corazón en el trabajo, ya que sabía que jamás podría pagar los impuestos del mismo, o de la casa, la cuál sería confiscada por el Gobierno, o bien embargada por el reclamo de la deuda de los materiales de construcción.

"Angelo era muy desgraciado. Mientras su padre vivía y era rico, cada chica en el pueblo había estado enamorada de él; pero todo había cambiado ahora. Él se había sentido admirado y respetado, y era invitado a tomar vino por padres cuyas hijas eran solteras. Ahora se cocinaba su miserable cena, y se sentía triste, melancólico y taciturno.

"Al anochecer, cuando el trabajo diurno hubo terminado, en vez de ir a pasear cerca de la iglesia, con los jóvenes amigos de su misma edad, comenzaba a vagar por lugares solitarios de las afueras del pueblo hasta que caía la oscuridad. Entonces regresaba y se iba a la cama para ahorrar el gasto de la luz. Pero en aquellas solitarias horas de penumbra comenzaba a tener extraños sueños. Ya no estaba siempre solo, cuando se sentaba en el tronco de un árbol, donde el sendero cercano tornaba hacia el desfiladero, él estaba seguro que una mujer caminaba por sobre las rocas sin el menor sonido, como si sus pies estuviesen desnudos; y ella se quedaba bajo un grupo de castaños, y lo llamaba con señas, sin emitir palabra. A pesar que ella se mantenía en las sombras, él sabía que sus labios eran rojos, y cuando ella le sonrió, mostró dos pequeñas y claras hileras de dientes. Él la reconoció de inmediato, y supo que era Cristina, y que estaba muerta. Aún no experimentaba miedo; él solo se preguntaba si sería un sueño, ya que pensaba si hubiera estado despierto, seguro hubiera tenido miedo.

"La mujer muerta tenía labios rojos, y esto sólo podía suceder en un sueño. Siempre que él pasaba cerca del desfiladero, al anochecer, ella siempre estaba cerca esperándolo. Comenzó a pensar que ella se acercaría un poco cada día. Al principio sólo podía estar seguro de sus labios enrojecidos, pero con cada vez que la veía, estaba distinta, y el rostro pálido se le mostraba con unos ojos profundos y ávidos.

"Fue que los ojos se volvieron tenues. Poco a poco él iba notando que algún día el sueño no terminaría cuando volviera a su casa, sino que continuaría cuando fuera abajo, hacia el desfiladero, desde donde provenía la visión. Ella estaba cerca ahora cuando le hacía señas. Sus mejillas tenían la lividez de la muerte, y tenían la palidez de la inanición, con la furia y la sed no satisfecha de sus ojos que le devoraban. Le había hechizado, y al final estaba demasiado cerca suyo. Él no podía decir si su respiración era ígnea como el fuego o fría como el hielo; tampoco podía decir si sus rojos labios ardían o estaban helados; o si sus cinco dedos de su mano eran brasas o quemaban su piel como la escarcha; no podía distinguir si estaba dormido o despierto, ni tampoco si ella estaba viva o muerta. Pero él sabía que la amaba, la más solitaria de todas las criaturas, de este o del otro mundo, y su hechizo cayó poderoso sobre él.

"Cuando la luna subía a lo alto esa noche, la sombra de esta Cosa no estaba sola sobre el montículo. Angelo despertó en la fría mañana, empapado del rocío nocturno y asustado. Abrió sus ojos hacia la clara luz y vio las estrellas que aún brillaban en el firmamento. Lentamente volvió su cabeza hacia el montículo, pero la otra cara no estaba allí. El miedo lo había paralizado súbitamente, un miedo inenarrable y desconocido; saltó y comenzó a correr hacia arriba para escalar el desfiladero, sin jamás volver a mirar hacia atrás. Ese día regresó a su trabajo, y las horas se arrastraron agotadoramente hasta que el sol cayó y se hundió en el mar, y grandes destellos sobre las colinas de Maratea se tornaron púrpuras contra el cielo teñido de gaviotas.

"Ángelo cargó en su hombro el pesado azadón y dejó el campo. Se sentía menos cansado ahora que en la mañana cuando comenzó a trabajar, pero se prometió a sí mismo que iría a su casa sin detenerse en el acantilado, y comería la mejor cena que pudiera prepararse, y dormiría toda la noche como cualquier cristiano. No sería tentado de nuevo por la sombra con labios rojos y respiración gélida; no soñaría de nuevo esa pesadilla de terror y placer. Él estaba cerca del pueblo ahora; había pasado media hora desde que el sol se había puesto, y las campanas de la iglesia tronaron con pequeños y discordantes ecos alrededor de las rocas y barrancos para comunicar a toda la buena gente que el día se había cumplido. Ángelo aún permaneció un momento donde la ruta se bifurcaba, donde el izquierdo conducía al pueblo, y el derecho hacia el acantilado, donde un grupo de castaños se levantaba a la vera del sendero.

"Se detuvo un minuto, acomodando el sombrero sobre su cabeza y mirando fijamente hacia el mar, y sus labios se movieron mientras él silenciosamente recitaba una oración familiar. Sus labios se movían, pero las palabras que siguieron perdían su significado y se convertían en otras, y terminaban en un nombre que él pronunciaba en voz alta: ¡Cristina! Con el nombre, la tensión de su voluntad se relajó súbitamente, la realidad se evaporó y el sueño regresó de nuevo, y como un sonámbulo, bajó, bajó, por el sendero hacia la creciente oscuridad. Y a medida que ella se deslizaba por un lado, susurró extrañas y dulces cosas a su oído, que, si él hubiera estado en vigilia, hubiera sabido que no podría comprenderlas; pero en el estado actual, le parecieron las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida.

"Ella lo besó, pero no sobre su boca. Él sintió sus penetrantes besos bajo su cuello, y sabía que sus labios estaban rojos. Así que el salvaje sueño se aceleró hacia la oscuridad y las penumbras, a través de la pálida luz de luna, y toda la gloria de la noche estival. Se despertó medio muerto, sobre el montículo de allá abajo, recordando y no recordando, falto de sangre, aún extrañamente nostálgico de esos labios rojos. Entonces vino el pavor, el terrorífico pánico innombrable, el horror mortal que guardan los confines del mundo que no vemos, ni que conocemos al igual que las otras cosas, pero que podemos sentir a través de gélidos escalofríos en nuestros huesos y del toque de una fantasmal mano que es capaz de encanecer nuestro cabello. Una vez más Ángelo se levantó del montículo y corrió hacia el desfiladero, bajo las primeras luces del día. Pero sus pasos fueron más inseguros esta vez, y él se detuvo para recuperar el aliento; y cuando se acercó al salto de agua que se yergue a mitad de la colina, se arrodilló y remojó su cara y bebió como el nunca antes había bebido, por que tenía la sed de un hombre herido que había quedado toda la noche desangrandose a la intemperie.

"Ella había regresado, y él no podía escapar, pero podría tenerla cada noche al crepúsculo, hasta que ella hubiera drenado la última gota de su sangre. Fue en vano que al final del día él tratara de tomar otro camino y fuera a casa por alguna senda que no lindara con el desfiladero. En vano se prometía cada mañana mientras tenía que trepar por su solitario camino rumbo al hogar. Era en vano, ya que cuando el sol ardiente se hundía en el mar, y el fresco de la noche regresaba, sus pies lo llevaban hacia el viejo camino, y ella le esperaba en las sombras, bajo los castaños; y entonces todo ocurría de nuevo y él volvía a sentir esos besos bajo su garganta mientras ella se movía y revoloteaba a lo largo del camino, enlazando su brazo alrededor suyo. Y a medida que su sangre decrecía, ella estaba más hambrienta y más sedienta cada noche, y cada día cuando él se despertaba en las primeras horas de la mañana, le resultaba más difícil el esfuerzo de trepar las rocas del desfiladero para llegar a su casa; y cuando llegaba a su trabajo, sus pies y sus brazos se cansaban mucho más rápido del azadón.

"Apenas hablaba con los demás, pero la gente decía que ser estaba "consumiendo" por el amor de la chica que iba a desposar y que perdió junto con su herencia; y se reían con tal pensamiento, ya que este no es un país muy romántico. Durante este tiempo, Antonio, el hombre que está aquí para vigilar la torre, regresó de visitar a su gente, cerca de Salerno. Él había estado fuera todo el tiempo, desde antes de la muerte de Alario, y no estaba enterado de todo esto. Él me ha contado que regresó una tarde, casi de noche, y subió a la torre para comer y dormir, ya que estaba muy cansado. Era pasada la medianoche cuando se despertó, y cuando miró que la luna estaba subiendo por la colina, vio hacia el montículo, y observó algo, y no pudo volver a dormir esa noche. Cuando regresó en la mañana, a pleno día, no había nada que ver sobre el montículo, sólo piedras y arena. Luego marchó directo por la ruta al pueblo, y fue a la casa del viejo cura".

—He visto una cosa maléfica esta noche —dijo—, he visto como un muerto bebe la sangre de un vivo. Y porque la sangre es la vida.

—Dime que fue lo que viste. —dijo el cura, como réplica.

Antonio le contó todo lo que había visto.

—Usted debe traer su libro y su agua bendita esta noche —añadió—. Estaré ahí antes del atardecer con usted, y si le place cenar conmigo mientras esperamos, estaré listo.

—Iré —respondió el sacerdote—, por lo que he leído en los viejos libros estos extraños seres no están ni vivos ni muertos, descansan en sus tumbas durante el día, y roban la sangre y la vida de los vivos durante la noche.

Antonio no podía leer, pero estuvo feliz de que el cura pudiera comprender todo aquello. Por supuestos estos libros instruían la manera de terminar la existencia de la Cosa no muerta para siempre.

Así que Antonio regresó a su trabajo, que consistía en sentarse en el lado sombrío de la torre, o bien colgarse con una línea de pesca de alguna roca junto al mar. Pero aquel día él marchó dos veces a revisar el montículo, a pleno sol, y estuvo revisando los alrededores, en busca de algún hueco en el que este ser pudiera refugiarse; pero no halló nada. Cuando el sol comenzó a extinguirse y el aire refrescó en las sombras, él fue a llamar al viejo cura, llevando consigo una canasta; en la que pusieron una botella de agua bendita, y todo aquello que el cura pudiera necesitar para su tarea; y ellos bajaron y esperaron en la puerta de la torre, hasta fuera de noche.

Pero mientras las últimas luces del día aún se retardaban en desaparecer vieron que algo se movía, justo allá, dos figuras, un hombre que caminaba y una mujer que revoloteaba a su alrededor, mientras su cabeza permanecía sobre los hombros de él, besándole el cuello. El sacerdote, según me contó, también, mientras le castañeteaban los dientes, tomó fuertemente del brazo a Antonio. La visión pasaba y desaparecía entre las sombras. Entonces Antonio tomó un envase de licor fuerte, que él guardaba para ocasiones especiales, y se bebió un trago de esos que hacen que un hombre mayor se sienta de nuevo joven, y luego tomó su linterna, y también su pico y pala, y dio al sacerdote su estola y el agua bendita, acto seguido comenzaron a caminar hacia el punto donde habían visto la aparición.

Antonio dijo que sus propias rodillas se chocaban entre sí al caminar y el cura se tropezaba en su propio latín. Cuando ellos estaban a un par de yardas del montículo la parpadeante luz de la linterna se movió sobre el rostro pálido de Ángelo, inconsciente, como si estuviera dormido, y sobre su respingado cuello había una muy delgada línea de gotas de sangre que era vertida sobre su cuello; y la luz de la linterna también iluminó sobre otra cara que miraba desde esta fiesta, con dos profundos ojos muertos que veían como a través de la muerte, con labios rojizos como la vida misma, con dos relucientes dientes sobre los que brillaba una gota sonrosada.

El cura, viejo buen hombre, cerró sus ojos y exhibió su agua bendita ante él, y su voz rota se tradujo en un grito; y Antonio, quien no se acobardó después de todo, levantó su pico con una mano, teniendo la linterna en la otra, y le saltó encima, sin saber como terminaría; y entonces juró que escuchó el grito de una mujer, y la Cosa se había ido. Ángelo quedó inconsciente sobre el montículo, con la línea roja sobre su cuello, y las gotas de su mortal sudor en su frente. Ellos lo alzaron en brazos, medio muerto como estaba, y lo dejaron cerca de donde estaban; luego Antonio comenzó a trabajar, y el cura ayudó, aunque él era viejo y no podía hacer mucho. Así que cavaron profundo, y a lo último Antonio, estando sobre la tumba, se paró y alumbró con su linterna para mirar lo que podían ver.

Su cabello, que solía ser castaño oscuro, con algunas canas cerca de las sienes, en menos de un mes quedó totalmente gris como un tejón. Él había sido minero cuando joven, y la mayoría de esta gente jamás llegaron a ver algo como lo que él vio esta noche: esta Cosa que permanecería ni sobre ni debajo de la tumba. Antonio había llevado algo con él que el cura no había advertido. Él se había hecho esa misma tarde una afilada estaca tallada de vieja madera de barco, que ahora llevaba con él, además de su pico, cuando bajó a la tumba, alumbrando con su linterna. No puedo imaginar ningún poder sobre la Tierra que pueda traducir en palabras lo que ocurrió entonces, y el viejo cura se asustó al mirar.

Él dice que escuchó a Antonio que respiraba como una bestia salvaje, y moviéndose como si estuviera luchando con algo tan fuerte como sí mismo; y también escuchó un maléfico sonido, como si algo hubiera perforado violentamente carne y hueso; el más horroroso sonido de todos, el alarido de una mujer, el sobrenatural aullido de una mujer ni viva ni muerta, pero enterrada en lo profundo durante muchos días. Y él, el pobre viejo cura, pudo únicamente caer y arrodillarse en la arena, vociferando sus oraciones y exorcismos en voz alta para ahogar esos sonidos desgarradores. Entonces, súbitamente, un pequeño arcón de metal cayó cerca de donde estaba arrodillado, siendo iluminado por la luz de la linterna, y al siguiente momento Antonio estaba detrás de él, con su cara tan pálida como sebo, empujando la arena y grava dentro de la tumba, con furia, y mirando por sobre el borde hasta que el foso estuvo medio lleno; y el cura dijo que había mucha más sangre fresca en las manos de Antonio y en sus ropas.

Aquí es donde termina mi historia. Holger terminó su vino y se reclinó en su silla.

—Entonces Angelo tuvo lo suyo de nuevo —dijo—, ¿se casó con la chica que estaba prometida?

—No, él quedó aterrorizado, y se fue a Sudamérica, y no volví a tener noticias desde entonces.

—Y este pobre cadáver está aún allí, supongo —dijo Holger—. ¿Sigue muerto aún?

Me lo pregunto también, pero si está muerto o vivo, debo tener cuidado de verlo, aún a plena luz del día. Antonio está canoso como un tejón, y él nunca ha sido el mismo desde aquella noche.

Polaris. H.P. Lovecraft (1890-1937)

El resplandor de la Estrella Polar penetra por la ventana norte de mi cámara. Allí brilla durante todas las horas espantosas de negrura. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte gimen y maldicen, y los árboles del pantano, con las hojas rojizas, susurran cosas en las primeras horas de la madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento junto a la ventana y contemplo esa estrella. En lo alto tiembla reluciente Casiopea, hora tras hora, mientras la Osa Mayor se eleva pesadamente por detrás de esos árboles empapados de vapor que el viento de la noche balancea. Antes de romper el día, Arcturus parpadea rojozo por encima del cementerio de la loma, y la Cabellera de Berenice resplandece espectral allá, en el oriente misterioso; pero la Estrella Polar sigue mirando con recelo, fija en el mismo punto de la negra bóveda, parpadeando espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algún extraño mensaje, aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir. Sin embargo, cuando el cielo se nubla, consigo conciliar el sueño.

Nunca olvidaré la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos de la luz demoníaca. Después de los destellos llegaron las nubes, y luego el sueño.

Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y soñolienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresión entre picos extraños. Sus murallas eran de horrible mármol, al igual que sus torres, columnas, cúpulas y pavimentos. En las calles había columnas de mármol en cuya parte superior se alzaban esculpidas imágenes de hombres graves y barbados. El aire era cálido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del cénit, brillaba vigilante esa Estrella Polar. Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el día. Cuando el rojo Aldebarán, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un cuarto de su camino por el horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extrañamente vestidas, a un tiempo nobles y familiares, deambulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban sabiamente en una lengua que yo entendía, si bien era distinta de la que conocía. Y cuando el rojo Aldebarán hubo recorrido más de la mitad de su trayecto, volvió el silencio y la oscuridad.

Al despertar ya no fui el de antes. Había quedado grabada en mi memoria la visión de la ciudad, y en mi alma había despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro. Después, en las noches de cielo nublado en que podía dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces bajo los rayos cálidos y dorados de un sol que nunca se ponía y giraba alrededor del horizonte. Y en las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo había hecho nunca.

Gradualmente, empecé a preguntarme cuál podía ser mi sitio en aquella ciudad de la extraña meseta entre extraños picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorpórea que todo lo observaba, deseé luego definir mi relación con ella, y hablar con los hombres graves que a diario discutían en las plazas. Me dije a mí mismo: "Esto no es un sueño; pues, ¿por qué medio puedo probar que es más real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi ventana?"

Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas, experimenté un cambio, y noté que al fin tenía forma corporal. Pero no era un extraño en las calles de Olathoe, la ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota. Esa noche tuve noticia de la caída de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados, amarillos y horribles que cinco años antes habían surgido del desconocido occidente para asolar los confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas fortificadas al pie de las montañas, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran poderosas en las artes de la guerra, y no conocían aquellos escrúpulos de honor que impedían a nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada.

Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en él se cifraba la última esperanza de nuestro país. En este momento hablaba de los peligros que había que afrontar y exhortaba a los hombres de Olathoe, los más bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradición de sus antepasados, quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos (incluso nuestros descendientes tendrán que dejar un día las tierras de Lomar), barrieron gallarda y victoriosamente a los gnophkehs, caníbales velludos y de largos brazos que se oponían a su paso. Alos me había rechazado como guerrero, ya que era débil y propenso a extraños desmayos cuando me sometía a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada día al estudio de los manuscritos Pnakóticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me concedió el penúltimo deber en importancia: me envió a la atalaya de Thapnen para hacer allá de ojos de nuestro ejército. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detrás del pico de Noth, y sorprender por allí a la guarnición, yo debía encender la señal de fuego que advertía a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucción.

Subí solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros. Tenía el cerebro dolorosamente embotado por la excitación y el cansancio, ya que no había dormido desde hacía muchos días; pero mi resolución era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marmórea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek.

Pero cuando estaba en la cámara más alta de la torre, percibí la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a través de su abertura del techo brilló la pálida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentación. Creo que su espíritu me susurró consejos malvados, sumiéndome en traidora somnolencia con una rítmica y condenable promesa que repetía una y otra vez:

"Duerme, vigía, hasta que las esferas giren veintiséis mil años Y yo regrese al lugar donde ahora ardo. Después, otros astros surgirán En el eje de los cielos astros que sosieguen, astros que bendigan Sólo cuando mi órbita concluya turbará el pasado tu puerta".

En vano traté de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extrañas palabras con alguno de los saberes celestes que yo había aprendido en los manuscritos Pnakóticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobló sobre mi pecho; y cuando volví a mirar, fue en un sueño, y la Estrella Polar sonreía burlonamente a través de una ventana, por encima de los horribles y agitados árboles de un pantano soñado. Y aún continúo soñando.

En mi vergüenza y desesperación, grito a veces frenéticamente, suplicando a las criaturas soñadas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detrás del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se ríen de mí y me dicen que no sueño. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se estén acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he traicionado a la marmórea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capitán. Sin embargo, estas sombras de mis sueños se burlan de mí. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvaríos; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebarán se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el frío, que se llaman "esquimales".

Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra bóveda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir algún mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un día tuvo un mensaje que transmitir.

Por la tierra seca. Lord Dunsany (1878-1957)

Sobre tierra yerma descendía la gloriosa noche, con sus bandadas errantes de estrellas nómadas y todas sus huestes de estrellas inmóviles que titilaban y observaban.

En aquel firme y seco paraje de Oriente, la primera palidez del amanecer caía sobre las cabezas de los dioses inmortales.

Entonces, al arribar por fin a la seguridad que ofrecía la Tierra Seca, el Amor miró al hombre al que por tanto tiempo había conducido por las ciénagas, y vio que tenía el pelo blanco, pues brillaba en la palidez del alba.

Juntos pisaron la tierra firme, y el anciano se sentó fatigado sobre la hierba. Había errado por los marjales durante muchos años; y la luz gris del alba se expandió sobre las cabezas de los dioses.

Y el Amor le dijo al viejo:

—Ahora te dejaré.

Y el hombre no le respondió, pero comenzó a llorar.

Entonces el Amor sintió pena en su corazón despreocupado, y dijo:

—No debes estar triste por mi partida, ni lamentarte por mi suerte.

—Soy un niño muy necio y nunca fui bueno contigo, ni amistoso. Nunca me cuidé de tus profundos pensamientos ni de lo que había de bueno en ti; por el contrario, fui causa de tu asombro al llevarte de aquí para allá por los peligrosas ciénagas. Y fui tan desalmado que si hubieses muerto en el sitio al que te había conducido, no habría significado nada para mí. Sólo permanecí a tu lado porque eras un buen compañero de juegos.

—Soy cruel y no poseo ningún rasgo de valor. Mi ausencia jamás será motivo de pena ni de cuidado.

El anciano continuó sin hablar, y sólo continuó llorando quedamente; y el Amor se lamentó en su bondadoso corazón.

Y el Amor dijo:

—Como soy tan pequeño, mi fuerza te pasó inadvertida y también el mal que te hice. Pero mi fuerza es grande y la utilicé sin justicia. A menudo te empujé de la calzada elevada a los marjales sin importarme que pudieras ahogarte. A menudo me burlé de ti e hice que otros se burlaran asimismo. Y a menudo te conduje por entre los que me odiaban y me reí cuando ellos se vengaron en ti.

—Así, pues, no llores, pues no hay bondad en mi corazón, sólo crimen y maldad; no soy compañía para alguien tan sabio como tú. Soy tan frívolo y tonto que me reí de tus nobles sueños y entorpecí todas sus acciones. Me has desenmascarado. Aquí vivirás en paz, y soñarás imperturbable con los dioses inmortales.

—Piénsalo: aquí está el amanecer y la seguridad, allí: la oscuridad y el peligro.

Todavía siguió el anciano llorando lastimosamente.

Entonces el Amor dijo:

—¿Esta es tu pena? —Y su voz era grave ahora, y serena— ¿Te sientes tan perturbado? Viejo amigo de tantos años, hay dolor por ti en mi corazón. Viejo amigo de temerarias aventuras, debo abandonarte ahora. Pero pronto te enviaré a mi hermano... mi pequeño hermano, llamado Muerte. Y saldrá de los marjales a tu encuentro y no te abandonará y te será fiel como yo nunca podría serlo.

Y el alba clareó más sobre los dioses inmortales y el anciano sonrió a través de las lágrimas que resplandecieron maravillosas a la luz pálida. Pero el Amor bajó a la noche y a las ciénagas, mirando atrás al partir y sonriendo cálidamente con los ojos. Y en los marjales donde se internó, en medio de la noche gloriosa y bajo las bandadas errantes de estrellas nómadas, hubo sonidos de risas y el clamor de la danza.

Al cabo de un tiempo, con el rostro vuelto hacia la mañana, salió la Muerte de los marjales, alta y hermosa, con una débil sonrisa sombría en los labios; y levantó en brazos al anciano solitario con mucha gentileza, y le cantó en susurros una vieja canción. Y lo cargó en la mañana al encuentro de los dioses.

El pobre viejo Bill. Lord Dunsany (1878-1957)

En una antigua guarida de marineros, una taberna del puerto, se apagaba la luz del día. Frecuenté algunas tardes aquel lugar con la esperanza de escuchar de los marineros que allí se inclinaban sobre extraños vinos algo acerca de un rumor que había llegado a mis oídos de cierta flota de galeones de la vieja España que aún se decía que flotaba en los mares del Sur por alguna región no registrada en los mapas.

Mi deseo se vio frustrado una vez más aquella tarde. La conversación era vaga y escasa, y ya estaba de pie para marcharme, cuando un marinero que llevaba en las orejas aros de oro puro levantó su cabeza del vino y, mirando de frente a la pared, contó su cuento en alta voz:

Cuando más tarde se levantó una tempestad de agua y retumbaba en los emplomados vidrios de la taberna, el marinero alzaba su voz sin esfuerzo y seguía hablando. Cuanto más fosco hacía, más claros relumbraban sus fieros ojos.) Un velero del viejo tiempo acercábase a unas islas fantásticas. Nunca habíamos visto tales islas. Todos odiábamos al capitán y él nos odiaba a nosotros. A todos nos odiaba por igual; en esto no había favoritismos por su parte. Nunca dirigía la palabra a ninguno, si no era algunas veces por la tarde, al oscurecer; entonces se paraba, alzaba los ojos y hablaba a los hombres que había colgado de la entena.

La tripulación era levantisca. Pero el capitán era el único que tenía pistolas. Dormía con una bajo la almohada y otra al alcance de la mano. El aspecto de las islas era desagradable. Pequeñas y chatas como recién surgidas del mar, no tenían playa ni rocas como las islas decentes, sino verde hierba hasta la misma orilla. Había allí pequeñas chozas cuyo aspecto nos disgustaba. Sus tejados de paja descendían casi hasta el suelo y en los ángulos curvábanse extrañamente hacia arriba, y bajó los caídos aleros había raras ventanas oscuras cuyos vidrios emplomados eran demasiado espesos para ver a su través.

Ni un solo ser, hombre o bestia, andaba por allí, así que no se sabía qué clase de gente las habitaba. Pero el capitán lo sabía. Saltó a tierra, entró en una de las chozas y alguien encendió luces dentro, y las ventanitas brillaron con siniestra catadura. Era noche cerrada cuando volvió a bordo. Dio las buenas noches a los hombres que pendían de la entena, y nos miró con una cara que aterró al pobre Bill.

Aquella noche descubrimos que había aprendido a maldecir, porque se acercó a unos cuantos que dormíamos en las literas, entre los cuales estaba el pobre Bill, nos señaló con el dedo y nos echó la maldición de que nuestras almas permanecieran toda la noche en el tope de los mástiles. Al punto vióse el alma del pobre Bill encaramada como un mono en la punta del palo mayor, mirando a las estrellas y tiritando sin cesar.

Movimos entonces un pequeño motín; pero subió el capitán y de nuevo nos señaló con el dedo, y esta vez el pobre Bill y todos los demás nos encontramos flotando a la zaga del barco en el frío del agua verde, aunque los cuerpos permanecían sobre cubierta. Fue el paje de escoba quien descubrió que el capitán no podía maldecir cuando estaba embriagado, aunque podía disparar lo mismo en ese caso que en cualquier otro. Después de esto no había más que esperar y perder dos hombres cuando la sazón llegara. Varios de la tripulación eran asesinos y querían matar al capitán, pero el pobre Bill prefería encontrar un pedazo de isla lejos de todo derrotero y dejarle allí con provisiones para un año. Todos escucharon al pobre Bill, y decidimos amarrar al capitán tan pronto como le cogiéramos en ocasión que no pudiera maldecir.

Tres días enteros pasaron sin que el capitán se volviese a embriagar, y el pobre Bill y todos con él atravesamos horas espantosas, porque el capitán inventaba cada día nuevas maldiciones, y allí donde su dedo señalaba, habían de ir nuestras almas. Nos conocieron los peces, así cómo las estrellas, y ni unos ni otras nos compadecían cuando tiritábamos en lo alto de las vergas o nos precipitábamos a través de bosques de algas y perdíamos nuestro rumbo; estrellas y peces proseguían sus quehaceres con fríos ojos impávidos. Un día, cuando el sol ya se había puesto y corría el crepúsculo y brillaba la luna en el cielo cada vez más clara, nos detuvimos un momento en nuestro trabajó porque el capitán, con la vista apartada de nosotros, parecía mirar los colores del ocaso, volvióse de repente y envió nuestras almas a la luna. Aquello estaba más frío que el hielo de la noche; había horribles montañas que proyectaban su sombra, y todo yacía en silencio cómo miles de tumbas; y la tierra brillaba en lo alto del cielo, ancha como la hoja de una guadaña; y todos sentimos la nostalgia de ella, pero no podíamos hablar ni llorar. Ya era noche cuando volvimos. Durante todo el día siguiente estuvimos muy respetuosos con el capitán; pero él no tardó en maldecir de nuevo a unos cuantos. Lo que más temíamos era que maldijese nuestras almas para el infierno, y ninguno nombraba el infierno sino en un susurro por temor de recordárselo. Pero la tercera tarde subió el paje y nos dijo que el capitán estaba borracho. Bajamos a la cámara y le hallamos atravesado en su litera. Y él disparó como nunca había disparado antes; pero no tenía más que las dos pistolas y sólo hubiera matado a dos hombres si no hubiese alcanzado a José en la cabeza con la culata de una de sus pistolas. Entonces le amarramos. El pobre Bill puso el ron entre los dientes del capitán y le tuvo embriagado por espacio de dos días, de modo que no pudiera maldecir hasta que le encontrásemos una roca a propósito. Antes de ponerse el sol del segundo día hallamos una isla desnuda, muy bonita para el capitán, lejos de todo rumbo, larga como de unas cien yardas por ochenta de ancha; bogamos en su derredor en un bote y dimosle provisiones para un año, las mismas que teníamos para nosotros, porque el pobre Bilí quería ser leal, y le dejamos cómodamente sentado, con la espalda apoyada en una roca, cantando una barcarola.

Cuando dejamos de oír el canto del capitán nos pusimos muy alegres y celebramos un banquete con nuestras provisiones del año, pues todos esperábamos estar de vuelta en nuestras casas antes de tres semanas. Hicimos tres grandes banquetes por día durante una semana; cada uno tocaba a más de lo que podía comer, y lo que sobraba lo tirábamos al suelo como señores. En esto, un día, como diésemos vista a San Huélgedos, quisimos tomar puerto para gastarnos en él nuestro dinero; pero el viento viró en redondo y nos empujó mar adentro. No se podía luchar contra él ni ganar el puerto, aunque otros buques navegaban a nuestros costados y anclaron allí. Unas veces caía sobre nosotros una calma mortal, mientras que, alrededor, los barcos pescadores volaban con viento fresco; y otras el vendaval nos echaba al mar cuando nada se movía a nuestro lado. Luchamos todo el día, descansamos por la noche y probamos de nuevo al día siguiente. Los marineros de los otros barcos estaban gastándose el dinero en San Huélgedos y nosotros no podíamos acercarnos. Entonces dijimos cosas horribles contra el viento y contra San Huélgedos, y nos hicimos a la mar.

Igual nos ocurrió en Norenna.
Entonces nos reunimos en corro y hablamos en voz baja. De pronto, el pobre Bill se sobrecogió de horror. Navegábamos a lo largo de la costa de Sirac, y una y otra vez repetimos la intentona, pero el viento nos esperaba en cada puerto para arrojarnos a alta mar. Ni las pequeñas islas nos querían. Entonces comprendimos que ya no había desembarcó para el pobre Bill, y todos culpaban a su bondadoso corazón, que había hecho que amarraran al capitán a la roca para que su sangre no cayera sobre sus cabezas. No había más que navegar a la deriva. Los banquetes se acabaron, porque temíamos que el capitán pudiera vivir su ano y retenernos en el mar.

Al principio solíamos saludar a la voz a todos los barcos que hallábamos al paso, y pugnábamos por abordarlos con nuestros botes; mas era imposible remar contra la maldición del capitán, y tuvimos que renunciar. Entonces, por espacio de un año, nos dedicamos a jugar a las cartas en la cámara del capitán, día y noche, con borrasca o bonanza, y todos prometían pagar al pobre Bill cuando desembarcasen.

Era horrible para nosotros pensar en lo frugal que era, realmente, el capitán, un hombre que acostumbraba a emborracharse un día sí y otro no cuando estaba en el mar, y todavía estaba allí vivo, y sobrio, puesto que su maldición aún nos vedaba la entrada en los puertos, y nuestras provisiones se habían agotado. Pues bien, echáronse las suertes y tocó a Jaime la mala. Con Jaime sólo tuvimos para tres días; echamos suertes de nuevo y esta vez le tocó al negro. No nos duró mucho más el negro. Sorteamos otra vez y le tocó a Carlos, y aún seguía vivo el capitán.

Como éramos menos, había para más tiempo con uno de nosotros. Cada vez nos duraba más un marinero, y todos nos maravillamos de lo que resistía el capitán. Iban transcurridas cinco semanas sobre el año, cuando le tocó la suerte a Mike, que nos duró una semana, y el capitán seguía vivo. Nos asombraba que no se hubiera cansado ya de la misma vieja maldición, más suponíamos que las cosas parecían de distinto modo cuando se estaba sólo en una isla.

Cuando ya no quedaban más que Jacobo, el pobre Bill, el grumete y Dick, dejamos de sortear. Dijimos que el grumete ya había tenido harta suerte y que no debiera esperarla más. Ya el pobre Bilí se había quedado sólo con Jacobo y Dick, y el capitán seguía vivo. Cuando ya no hubo grumete, y seguía vivo el capitán, Dick, que era un mozo enorme y fornido como el pobre Bill, dijo que ahora le tocaba a Jacobo y que ya había tenido demasiada suerte con haber vivido tanto. Pero el pobre Bill se las arregló con Jacobo, y ambos decidieron que le había llegado la vez a Dick. No quedaban más que Jacobo y el pobre Bill; y el capitán sin morirse.

Ambos permanecían mirándose noche y día cuando se acabó Dick y se quedaron los dos solos. Por fin al pobre Bill le dio un desmayo que le duró una hora. Entonces Jacobo acercósele pausadamente con su cuchillo y asestó una puñalada al pobre Bill cuando estaba caído sobre cubierta. Y el pobre Bill le agarró por la muñeca y le hundió el cuchillo dos veces para mayor seguridad, aunque así estropeaba la mejor parte de la carne. Luego el pobre Bill se quedó solo en el mar.

A la semana siguiente, antes de concluirsele la comida, el capitán debió de morirse en su pedazo de isla, porque el pobre Bill oyó el alma del capitán que iba maldiciendo por el mar, y al día siguiente el barco fue arrojado sobre una costa rocosa.

El capitán ha muerto hace cien años, y el pobre Bill ya está sano y salvo en tierra. Pero parece cómo si el capitán no hubiera concluido todavía con él, porque el pobre Bill ni se hace más viejo ni parece que haya de morir. ¡Pobre viejo Bill!...

Dicho esto, la fascinación del hombre se desvaneció súbitamente, y todos nos levantamos de golpe y le dejamos.

No fue sólo la repulsiva historia, sino la espantosa mirada del hombre que la contó y la terrible tranquilidad con que su voz sobrepujaba el estruendo de la borrasca lo que me decidió a no volver a entrar en aquel figón de marineros, en aquella taberna del puerto.

La posada de las dos brujas. Joseph Conrad (1857-1924)

Un hallazgo.
Este relato, episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad a menos que la veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros la contempla con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse casi por terminada; y manteniéndonos al margen empezamos a recordar con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular. Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y tembloroso en las sombras.

Supongo que fue el romanticismo de esa avanzada edad lo que llevó a nuestro hombre a relatar su experiencia para su propia satisfacción o para admiración de la posteridad. No fue por la gloria, porque la experiencia fue de un miedo abominable, terror, como él dice. Ya habrán adivinado ustedes que el relato al que se alude en las primeras líneas fue hecho por escrito. Ese escrito es el Hallazgo que se menciona en el subtítulo. El título es de mi propia cosecha (no puedo llamarlo invención) y posee el mérito de la veracidad. Es de una posada de lo que vamos a tratar aquí. En cuanto a lo de brujas, es una expresión convencional y tenemos que confiar en nuestro hombre en cuanto a que se ajusta al caso. El Hallazgo lo hice en una caja de libros comprada en Londres, en una calle que ya no existe, en una tienda de libros de segunda mano en la última fase de su decadencia. En cuanto a los libros, habían pasado por lo menos por veinte manos y al examinarlos resultó que no valían siquiera la pequeña cantidad de dinero que pagué por ellos. Realmente tuve cierta premonición cuando le dije al librero: «Déme también la caja.» El arruinado librero asintió con el gesto trágico y descuidado de un hombre destinado a la extinción.
Un montón de páginas sueltas en el fondo de la caja animó débilmente mi curiosidad. La letra compacta, ordenada, regular no era muy atractiva a primera vista. Pero cuando leí que el escritor tenía en 1813 veintidós años, me llamó la atención. Veintidós años es una edad interesante en la que se es fácilmente imprudente y asustadizo; se reflexiona poco y la imaginación es viva.

En otro lugar, la frase «Por la noche corrimos bordeando la costa» atrajo mi distraída atención de nuevo porque era una frase de marino. «Vamos a ver de qué se trata», pensé sin mayor entusiasmo. ¡Pero qué aburrido era el aspecto de aquel manuscrito, con sus líneas rigurosamente iguales en su orden cerrado y regular! Parecía el murmullo de una voz monótona. Un tratado sobre la refinación de azúcar (lo más pesado que se me ocurre) hubiera tenido un aspecto más ameno. «En 1813 tenía veintidós años», empezaba con gran seriedad y seguía con una tranquila, horrible dedicación. No piensen ustedes que aquello tenía nada de arcaico. El ingenio diabólico aplicado a la invención, aunque es viejo como el mundo, no es un arte perdido. Piensen en los teléfonos, que se encargan de destrozar la escasa tranquilidad de espíritu que nos es dada en el mundo y en el poco tiempo que precisa una ametralladora para arrancarnos la vida del cuerpo. En nuestros días cualquier vieja bruja de vista nublada, con fuerza suficiente para manejar una pequeña manivela insignificante, podría tirar por tierra a un centenar de jóvenes de veinte años en un abrir y cerrar de ojos.

¡Si esto no es el progreso!... ¡Qué enormidad! Hemos adelantado, y por tanto deben esperar ustedes una cierta ingenuidad en la invención y una sencillez en la intención que pertenecen a una época remota. Es seguro que automovilista alguno encontrará hoy una posada semejante. Esta, la del título, se encontraba en España. Lo descubrí por evidencia interna, porque faltaban un buen número de páginas del relato: tal vez no fueran una gran pérdida. El escritor parecía haber entrado en elaborados detalles del porqué y del cómo de su presencia en aquella costa, se supone que la septentrional de España. Su relato, sin embargo, nada tenía que ver con el mar. Colijo que era oficial a bordo de una corbeta. Nada hay de particular en ello. En todas las etapas de nuestras largas guerras peninsulares muchos de nuestros más pequeños barcos de guerra cruzaban por la costa norte de España, el sitio más peligroso y desagradable que se pueda imaginar. Parece que su navío tenía alguna misión especial que cumplir. Se podía esperar de nuestro hombre una cuidadosa explicación de todas las circunstancias, pero, como ya he dicho, algunas de las páginas (que por cierto eran de papel muy fuerte) faltaban: fueron aprovechadas como etiquetas de botes de confitura o empleadas en escopetas de caza por la irreverente posteridad. Pero es evidente que las comunicaciones con la orilla, e incluso el envío de mensajes hasta el interior, formaba parte de su servicio, ya fuera para obtener informes o para transmitir órdenes a los patriotas españoles, a los guerrilleros o las justas secretas de las provincias. Debía de ser algo de ese tipo. Eso es al menos lo que puede deducirse de lo que queda de aquel concienzudo escrito.

Le sigue un panegírico de un excelente marino, miembro de la tripulación del barco, que tenía el grado de patrón del bote del capitán. A bordo se le conocía por Cuba Tom; no porque fuera cubano; por el contrario, era el mejor ejemplar de genuino lobo de mar británico de la época y llevaba sirviendo muchos años en la marina. Su nombre procedía de ciertas maravillosas aventuras que había tenido en la isla en su juventud, aventuras que eran el tema favorito de los largos relatos que acostumbraba a contar a sus camaradas al anochecer, bajo el palo de proa. Era inteligente, muy fuerte y de probado valor. Nos cuenta, de modo incidental, tan exacto es nuestro narrador, que Tom tenía la que, por su espesor y longitud, era la más hermosa trenza de la Flota. Ese apéndice, que cuidaba con esmero y mantenía envuelto en una piel de marsopa, le caía hasta la mitad de su ancha espalda para mayor admiración de los espectadores y gran envidia de algunos. Nuestro joven oficial se extiende sobre las varoniles cualidades de Cuba Tom con cierto afecto. Este tipo de relación entre un oficial y un marinero era entonces bastante frecuente. Al joven que se alistaba en el servicio se le ponía bajo la tutela de un marinero de confianza, que le extendía su primera hamaca y, con frecuencia, se convertía en el humilde amigo del joven oficial. Al embarcar en la corbeta, el narrador se había encontrado a bordo con ese hombre después de algunos años de separación. Hay algo de conmovedor en el cálido placer con que recuerda y nos cuenta su encuentro con el mentor profesional de su adolescencia.

Descubrimos que, como no aparecía ningún español para el servicio, fue elegido ese digno marinero de la trenza sin par y de carácter valeroso y firme para servir de mensajero en la misión al interior de la que hemos hablado anteriormente. Los preparativos no fueron laboriosos. Una sombría mañana de otoño la corbeta se adentró en una ensenada poco profunda, por donde se podía alcanzar fácilmente aquella rocosa costa. Lanzaron al agua un bote, que condujo Tom Corbin (Cuba Tom) situado en la proa y en que fue nuestro joven (señor Edgar Byrne era el nombre que tenía en este mundo) sentado en la cámara. Unos cuantos habitantes de una aldea, cuyas casas se entreveían a unas cien yardas de distancia desde una profunda ensenada, bajaron hasta la orilla y contemplaron la arribada del bote. Los dos ingleses saltaron a la arena. Fuera por torpeza o asombro, los campesinos no les saludaron y permanecieron en silencio. El señor Byrne había decidido esperar hasta que Tom Corbin se pusiera en camino. Miró en torno las caras estupefactas.

—Estos no nos van a decir nada —dijo—. Subiremos a la aldea. Seguramente habrá una taberna donde encontraremos a alguien que nos pueda decir algo y nos dé algunos informes.
—A fe mía, señor —dijo Tom marchando tras su oficial—, que nos vendría bien hablar un poco de caminos y distancias; he atravesado Cuba de parte a parte sin más ayuda que mi lengua, aunque entonces sabía mucho menos español que ahora. Como ellos dicen, sabía «cuatro palabras nada más» cuando me dejó en tierra la fragata Blanche.

No le preocupaba la misión que tenía que cumplir, que suponía un viaje de un día por las montañas. Por cierto que había un día entero de marcha antes de llegar al sendero de la montaña, pero eso no era nada para un hombre que había atravesado la isla de Cuba andando y sin saber más que cuatro palabras del idioma. El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur. Entonces vio Byrne por primera vez a un hombrecillo con capa y tocado con un sombrero amarillo que, a pesar de estar descolorido y usado, bastaba para llamar la atención.

La puerta de entrada de la taberna parecía un tosco agujero en una pared de pedernal. El dueño era la única persona que no estaba en la calle, ya que vino desde el oscuro fondo de la taberna donde se distinguían vagamente las hinchadas formas de los pellejos colgados. Era un asturiano alto y tuerto, de mejillas hundidas y mal afeitadas; su grave aspecto contrastaba de modo extraño con la incesante movilidad de su único ojo. Al saber que se trataba de indicar a aquel marinero inglés el camino para que se encontrara con un tal González en las montañas, cerró su ojo sano por un momento como si estuviera meditando. Luego lo abrió, moviéndolo rápidamente de nuevo.

—Es posible, es posible. Puede hacerse.
Un murmullo de simpatía surgió entre la gente que estaba en la puerta al escuchar el nombre de González, el jefe local de la lucha contra los franceses. Después de cerciorarse del grado de seguridad en la carretera, Byrne quedó encantado de saber que desde hacía meses no se veía por aquellos parajes a ningún soldado francés. Ni siquiera el más insignificante destacamento de aquellos impíos polizones. Al tiempo que daba sus informes, el tabernero sacó vino de un cántaro de barro que colocó ante el hierético inglés, guardando en su bolsillo, con cierta gravedad distraída, la pequeña moneda que el oficial había dejado sobre la mesa, como reconociendo la ley no escrita según la cual nadie puede entrar en una taberna sin tomar algo. Su único ojo se movía continuamente, como si intentara hacer el trabajo de los dos; pero cuando Byrne preguntó si podían alquilar una mula, miró fijamente hacia la puerta donde se apiñaban los curiosos. Frente a ellos, justamente en el umbral, estaba plantado el hombrecillo de gran capa y el sombrero amarillo. Era una persona distinta, un verdadero homúnculo, dice Byrne; en actitud ridículamente misteriosa, pero a la vez confiada, con un extremo de su capa airosamente sobre el hombro izquierdo, tapándole barbilla y boca, a la vez que el sombrero amarillo de ala ancha colgaba de una parte de su cabeza cuadrada. Estaba allí tomando rapé sin parar.

—Una mula —repitió el tabernero, con sus ojos fijos en aquella figura curiosa y atiborrada de rapé—. ¡No, señor oficial! No hay manera de conseguir una mula en este lugar tan pobre.
El patrón del bote, que en medio de aquella curiosa concurrencia tenía un aspecto de absoluta indiferencia, dijo tranquilamente.
—Si el honorable oficial quiere hacerme caso, mis dos piernas servirán mejor para este trabajo. De todas maneras tendría que dejar la bestia en cualquier parte, puesto que el capitán me ha dicho que la mitad del camino tendré que hacerlo por senderos donde únicamente pueden andar las cabras.
El hombre diminuto dio un paso adelante y habló a través de los pliegues de la capa que parecían disimular una intención sarcástica.
—Sí, señor. La gente de esta aldea es demasiado honrada como para tener una sola mula que le sirva a usted. Lo juro. En estos tiempos, solamente los bandidos y la gente astuta disponen de mulos u otros animales de cuatro patas y de medios para mantenerlos. Pero lo que necesita ese valiente marinero es un guía; y aquí, señor, está mi cuñado Bernardino, tabernero y alcalde de esta hospitalaria y muy cristiana aldea, que le encontrará uno.

Eso, según dice el señor Byrne en su relato, era lo único que podían hacer. Después de intercambiar unas cuantas palabras más apareció un joven con un abrigo harapiento y pantalones de piel de cabra. El oficial inglés pagó vino para toda la aldea y mientras los campesinos bebían, él y Cuba Tom partieron acompañados del guía. El hombrecillo de la capa había desaparecido. Byrne acompañó al patrón del bote más allá de la aldea. Quería verlo en camino; y les hubiera acompañado más lejos si el marinero no le hubiera advertido respetuosamente que era mejor que volviera para que la corbeta no tuviera que permanecer más tiempo del necesario cerca de la costa en una mañana tan poco apacible. Sobre sus cabezas se veía un cielo sombrío y borrascoso cuando se separaron y un triste paisaje de matorrales incultos y campos pedregosos les rodeaba.

—Dentro de cuatro días —fueron las últimas palabras de Byrne—, el barco se acercará y enviará un bote, si el tiempo lo permite. Si no es posible, arrégleselas como pueda en tierra y espere a que le vengan a buscar.
—Muy bien, señor —contestó Tom, alejándose a grandes zancadas.

Byrne le vio tomar un estrecho sendero. Con su recia guerrera, sus dos pistolas al cinto, un machete a un lado y un buen garrote en la mano tenía aspecto de fortaleza y de ser muy capaz de cuidar de sí mismo. Se volvió un momento para hacer un saludo con la mano, mostrando a Byrne una vez más su honesta y bronceada cara de tupidas patillas. El muchacho de pantalones de piel de cabra, que parecía, según Byrne, un fauno o un pequeño sátiro, dando brincos, se detuvo para esperarlo y luego partió con un salto. Los dos desaparecieron. Byrne volvió hacia atrás. La aldea se escondía en un repliegue del terreno, y el lugar parecía el rincón más solitario de la tierra, maldito en su deshabitada y desolada esterilidad. No había andado ni cien yardas cuando apareció repentinamente detrás del arbusto el hombrecillo español embozado. Naturalmente, Byrne se paró en seco. El otro hizo un gesto misterioso con una diminuta mano que extrajo de debajo de su capa. Tenía el sombrero muy ladeado.

—Señor —dijo sin más preliminares—. ¡Cuidado! Todos sabemos que Bernardino el tuerto, mi cuñado, tiene un mulo en este momento en su establo. ¿Y por qué él, que no es astuto, tiene un mulo en su establo? Porque es un bandido; un hombre sin conciencia. Tuve que darle el macho para conseguir un techo bajo el que guarecerme y un poco de olla para que el alma no se me escapara de este insignificante cuerpo. Pero, señor, este cuerpo tiene dentro un corazón mucho mayor que esa cosa miserable que late en el pecho del bruto de mi pariente, del cual me avergüenzo, aunque me opuse a su matrimonio con todas mis fuerzas. Cuánto sufrió aquella malaconsejada mujer. Tuvo su purgatorio aquí en la tierra. Que Dios le haya perdonado.

Byrne dice que se quedó tan asombrado por la súbita aparición de aquel ser con apariencia de duende y por la sardónica amargura de sus palabras, que fue incapaz de captar lo que de significativo había en esa supuesta historia familiar que le contaba sin motivo ni razón. Al principio no entendió nada. Quedó confundido y al mismo tiempo impresionado por la manera rápida y enérgica con que hablaba, tan diferente de la locuacidad frívola y animada de los italianos. Se quedó mirando al homúnculo, que dejando caer su capa aspiró una inmensa cantidad de rapé que tenía en la palma de la mano.

—Un mulo —exclamó Byrne, entendiendo por fin el aspecto importante del discurso—. ¿Dice que tiene un mulo? ¡Qué extraño! ¿Por qué no quiso dejármelo?
El diminuto español se embozó otra vez con una gran dignidad.
—Quién sabe —dijo fríamente, encogiendo los hombros—. Es muy político en todo lo que hace. Pero de una cosa puede estar seguro su señoría: sus intenciones son siempre las de un bribón. Este marido de mi difunta hermana debería haberse casado hace tiempo con la viuda de las piernas de palo.
—Ya lo veo. Pero le recuerdo que, fueran cuales fueran sus motivos, su señoría le permitió mentir.
Dos ojos brillantes e infelices situados a cada lado de una nariz de rapaz, miraron a Byrne sin pestañear, mientras decía con esa irascibilidad que se encuentra con tanta frecuencia en el fondo de la dignidad española:
—Sin duda el señor oficial no perdería ni una onza de su sangre si a mí me dan un golpe bajo la quinta costilla. Pero ¿qué sería de este pobre pecador? —Luego, cambiando de tono—: Señor, las necesidades de estos tiempos me han obligado a vivir aquí exiliado a mí, que soy castellano y cristiano viejo, a vegetar entre estos brutos de asturianos y a depender del peor de ellos, que tiene menos conciencia y escrúpulos que un lobo. Y como soy un hombre inteligente, me conduzco con arreglo a lo que soy. Pero a duras penas puedo disimular mi desprecio. Usted oyó la forma en que hablé. Un caballero como su señoría debió de comprender que ahí había gato encerrado.
—¿Qué gato? —dijo molesto Byrne—. ¡Ah, ya entiendo! Algo sospechoso. No, señor. No adiviné nada. En mi país no sabemos adivinar esas cosas; y por esta razón le pregunto llanamente: ¿ha dicho el tabernero la verdad respecto a otros asuntos?
—Ciertamente no hay franceses en estos lugares —dijo el hombrecillo adoptando de nuevo su actitud indiferente.
—¿Ni ladrones?
—Ladrones en grande, no, desde luego que no —contestó en tono fríamente sentencioso—. ¿Qué les puede quedar después de haber pasado por aquí los franceses? Ya en estos tiempos no viaja nadie. ¡Pero quién sabe! La ocasión hace al ladrón. Además, su marinero tiene un aspecto feroz y las ratas no quieren jugar con el hijo del gato. Pero también hay que decir que adonde hay miel en seguida acuden las moscas.
Estas frases sibilinas exasperaron a Byrne.
—En nombre de Dios —gritó—, dígame usted llanamente si mi marinero está seguro en su viaje.
El homúnculo, sufriendo una de sus rápidas transformaciones, agarró al oficial por el brazo. La fuerza del apretón dé su pequeña mano era asombrosa.
—¡Señor! Bernardino se ha fijado en él. ¿Qué más quiere usted? Y escúcheme: ha habido hombres que han desaparecido en esa carretera, en la parte del camino donde Bernardino tenía un mesón, una posada, y yo, su cuñado, tenía carruajes y mulas de alquiler. Ya no hay viajeros ni carruajes. Los franceses me han arruinado. Bernardino se ha retirado aquí por razones particulares tras la muerte de mi hermana. Eran tres para atormentarla hasta que se murió, él, Herminia y Lucila, sus dos tías, todos compañeros del diablo. Y ahora me ha robado mi último mulo. Usted es un hombre armado. Póngale una pistola en la cabeza a Bernardino y exíjale el macho, señor: no es suyo como le ha dicho, y corra tras su marinero si quiere salvarlo. Y después los dos estarán seguros porque no se ha dado el caso de que dos viajeros desaparezcan juntos en estos días. En cuanto al animal, yo, su dueño, lo confío a su honor.

Se miraron ambos cara a cara y Byrne estuvo a punto de romper en carcajadas al ver la ingenuidad y transparencia de la trama que había urdido el hombrecillo para recuperar su muía. Pero no le fue difícil mantenerse serio porque sintió en su interior una extraña inclinación a hacer lo que le decía. No se rió, pero sus labios temblaron; con lo cual el diminuto español, desviando sus fulgurantes ojos negros del rostro de Byrne, se volvió con un gesto brusco, envolviéndose en la capa de un modo que parecía expresar a la vez desprecio, amargura y desaliento. Se volvió, pero permaneció quieto, con el sombrero ladeado, embozado hasta las orejas. Aunque no estaba tan ofendido como para rechazar el duro de plata que le ofreció Byrne, junto con un discurso poco comprometedor, como si nada fuera de lo normal hubiera pasado entre ellos.

—Debo volver a bordo a toda prisa —dijo Byrne.
—Vaya usted con Dios —murmuró el gnomo. Y terminó la entrevista saludando sarcásticamente con el sombrero, que volvió a colocar en el mismo peligroso ángulo que antes.

Tan pronto como la embarcación fue izada a bordo, la corbeta salió a lo largo y Byrne contó toda la historia a su capitán, que era poco mayor que él. Hubo algo de divertida indignación, pero mientras se reían se miraban con seriedad. Un enano español tratando de engañar a un oficial de la Flota de Su Majestad para que robara un mulo para él: demasiado divertido, ridículo, increíble. Tales fueron las exclamaciones del capitán. No podía superar el asombro que le producía aquel grotesco asunto.

—Increíble. Eso es —murmuró Byrne finalmente en tono significativo. Cambiaron una larga mirada.
—Es tan claro como la luz del día —exclamó el capitán con impaciencia, ya que en el fondo de su corazón no estaba seguro.

Y Tom, el mejor marinero del barco para uno, el jovial amigo deferente de la adolescencia del otro, comenzó a adquirir una urgente fascinación, como una figura simbólica de la lealtad que atraía a sus sentimientos y a su conciencia, de manera que no podían apartar de sus pensamientos su seguridad. Varias veces subieron a cubierta para contemplar la costa, como si ésta pudiera decirles algo sobre su suerte. La costa se iba borrando, alargándose en la distancia, muda, desolada y bárbara, velada aquí y allá por los fríos y oblicuos dardos de la lluvia. La marejada del oeste hacía rodar sus interminables y coléricas líneas de espuma y grandes nubes oscuras pasaban sobre el barco en siniestra procesión.

—Ojalá hubiera hecho usted lo que su hombrecillo del sombrero amarillo quería que hiciera —dijo el comandante de la corbeta al atardecer con visible exasperación.
—¿Está usted seguro, señor? —preguntó Byrne lleno de angustia—. Me pregunto qué hubiera dicho usted después. ¡Vaya! Me podrían haber expulsado de la marina por haber robado un mulo perteneciente a una nación aliada de Su Majestad. O me podrían haber hecho pedazos con trillas y horquillas —un precioso cuento a costa de uno de sus oficiales— al intentar robarlo. O hubiese sido ignominiosamente perseguido hasta el barco; porque supongo que usted no imaginará que iba a disparar contra una gente inofensiva por un mulo sarnoso... Y, sin embargo —añadió en voz baja—, casi me arrepiento de no haberlo hecho.

Antes de que oscureciera los dos jóvenes habían ido entrando en un complejo estado psicológico de desdeñoso escepticismo y alarmada credulidad. Se sentían excesivamente atormentados; y la idea de que aquello tenía que durar seis días por lo menos, y posiblemente prolongarse durante un tiempo indefinido, se les hizo casi insoportable. Así, el barco puso proa a la orilla por la noche. Toda aquella noche borrascosa y sombría la nave avanzó hacia la costa para buscar al marinero, unas veces inclinándose bajo el impulso de las fuertes ráfagas de viento, otras deslizándose perezosamente durante la marejada, casi inmóvil, como si tuviera un espíritu propio que oscilaba con perplejidad entre la fría razón y un cálido impulso. Al amanecer bajaron un bote, que navegó sacudido por las olas hacia una ensenada poco profunda donde, con considerables dificultades, un oficial que llevaba un recio abrigo y un sombrero redondo atracó sobre un lecho de guijarros.

«Era mi deseo», escribió Byrne, «un deseo que mi capitán aprobaba, atracar, si era posible, en secreto. No quería que me vieran ni mi susceptible amigo del sombrero amarillo, cuyas intenciones no estaban claras, ni el tabernero tuerto, fuera o no compañero del diablo, ni tampoco ningún otro vecino de aquella primitiva aldea. Desgraciadamente, esa era la única ensenada donde se podía atracar en muchas millas; y debido a lo escarpado de la barranca era imposible dar un rodeo para evitar las casas.» «Por fortuna todo el mundo estaba acostado», continúa. «No había apenas luz cuando me encontré pisando aquella espesa capa de hojas húmedas que cubría la única calle. No había un alma ni se oía ladrar a un perro. El silencio era profundo y de ese detalle había deducido asombrado que no había un solo perro en toda la aldea, cuando oí a mi lado un sordo gruñido y vi surgir de un apestoso callejón sin salida entre dos casuchas a un horrible perro vagabundo con el rabo entre las piernas. Me esquivó en silencio, me mostró los dientes corriendo delante de mi y desapareció tan rápidamente que podría haber sido una repugnante encarnación del Maligno. Hubo algo tan espectral en su aparición y desaparición que mi ánimo, ya no muy bueno, se deprimió aún más ante la visión nauseabunda de tal criatura, como si fuera un mal presagio.»

Se alejó de la costa sin ser visto, según creyó él, y avanzó valientemente hacia el oeste, contra el viento y la lluvia, por una meseta sombría y desnuda, bajo un cielo de ceniza. A lo lejos, las ásperas y desoladas montañas, con sus cimas escarpadas y peladas, parecían aguardarle amenazadoramente. Al atardecer se encontró bastante cerca de ellas, pero, en lenguaje marinero, en una posición incierta, hambriento, mojado y cansado por un día entero de marcha continua a través de un terreno abrupto, durante el cual había visto a muy poca gente y no había podido averiguar nada sobre el paso de Tom Corbin. «¡Vamos, vamos!, tengo que seguir», se decía durante las horas de solitario esfuerzo, animado más por la incertidumbre que por un temor o una esperanza definidos. La escasa luz que había se extinguió rápidamente, dejándole frente a un puente en ruinas. Descendió por la escarpadura, vadeó una estrecha corriente, orientándose por el último destello del agua que corría velozmente, y trepaba por la otra orilla cuando la noche cayó como una venda sobre sus ojos. El viento que azotaba en la oscuridad el costado de la sierra, zumbaba en sus oídos con un rugido continuo, como un mar enfurecido. Creyó haberse extraviado. Incluso a la luz del día era difícil distinguir el camino, entre los baches, los charcos de barro y los rebordes de piedras erizadas de una triste landa sembrada de pedruscos y grupos de arbustos desnudos. Pero, como él dice, «ajustó su marcha a la dirección del viento», con el sombrero hundido hasta los ojos, la cabeza baja, deteniéndose de cuando en cuando más por el cansancio de su espíritu que de su cuerpo: como si no fuera su fuerza, sino su decisión, la que se sintiera agobiada por la tensión de su empeño, que presentía vano, y por la intranquilidad de sus sentimientos.

En una de sus paradas oyó, traído por el viento como desde muy lejos, el sonido de un golpe, un golpe sobre una madera. Se dio cuenta de repente, de que el viento había dejado de soplar. Su corazón empezó a latir tumultuosamente porque estaba bajo la impresión de las desiertas soledades por las que había atravesado en las últimas seis horas: la opresiva sensación de un mundo deshabitado. Al levantar la cabeza, un rayo de luz, ilusorio como sucede a menudo en la densa oscuridad, se movió ante sus ojos. Mientras miraba se repitió el sonido de un débil golpeteo y bruscamente sintió más que vio la presencia de un masivo obstáculo en su camino. ¿Qué era? ¿La falda de una colina? O una casa. Sí. Era una casa que parecía surgida del suelo o como si se hubiera deslizado hacia él, muda y pálida, desde algún oscuro rincón de la noche. Se alzaba altivamente. Le protegía del viento; tres pasos más y hubiera tocado la pared con la mano. Sin duda era una posada y algún otro viajero estaba intentando entrar. Escuchó de nuevo el sonido de un prudente golpeteo. En seguida un ancho rayo de luz atravesó la noche por una puerta abierta. Byrne penetró gustoso en esa zona de luz, mientras que la persona que se hallaba fuera dio un salto y con un grito ahogado desapareció en la noche. Del interior llegó también un grito de sorpresa. Byrne, lanzándose contra la puerta entreabierta, entró, encontrándose con una considerable resistencia. Una vela miserable, una simple lamparilla, ardía en el extremo de una mesa de madera blanca. Y a su luz Byrne vio a la muchacha, todavía tambaleante, que le había intentado impedir la entrada. Llevaba una falda corta de color negro y un chal anaranjado; tenía la tez cetrina y los cabellos rebeldes que se escapaban de una masa oscura y espesa como un bosque cogida por una peineta, formaban una niebla oscura en torno a su estrecha frente. Un grito agudo y tristísimo de «¡Misericordia!» llegó en dos voces desde el fondo de la larga habitación donde la luz del fuego de una chimenea brillaba entre las pesadas sombras. La muchacha al recuperarse dejó oír el silbido de su respiración entre dientes.

No es necesario recordar aquí el largo proceso de preguntas y respuestas con las que calmó los temores de las dos viejas que se sentaban a cada lado del fuego donde bullía una gran marmita de barro. A Byrne le evocaron en seguida a dos brujas vigilando el cocimiento de alguna mortífera poción. Sin embargo, cuando una de ellas levantó penosamente su encorvada forma para levantar la tapa de la marmita, la humareda que de ella salió le trajo un apetecible olor. La otra no se movió, seguía encogida con la cabeza temblando sin cesar. Eran horribles. Había algo de grotesco en su decrepitud. Sus bocas desdentadas, sus narices ganchudas, la delgadez de la que se había movido y las mejillas fláccidas y amarillas de la otra (la que no se movía, la de la cabeza temblorosa) habrían sido risibles si la visión de su temible degradación física no hubiera resultado repulsiva, si la inexpresable miseria de la edad, la terrible persistencia de la vida que termina convirtiéndose en objeto de asco y de temor no hubiera encogido el corazón con espanto. Para sobreponerse a esta impresión, Byrne comenzó a hablar, diciendo que era inglés y que estaba buscando a un compatriota suyo que debía haber pasado por allí. En cuanto empezó a hablar, la despedida de Tom vino a su memoria con asombrosa nitidez: los aldeanos silenciosos, el colérico gnomo, el tabernero tuerto, Bernardino. ¡Claro! Aquellos dos indefinibles espantos debían ser las tías de aquel hombre, las comadres del diablo. Hubieran sido lo que hubieran sido, era imposible imaginar de qué podían ahora servirle al diablo unas criaturas tan débiles en el mundo de los vivos. ¿Cuál era Lucila y cuál era Herminia? Ahora eran dos cosas sin nombre. Un momento de tenso silencio siguió a las palabras de Byrne. La bruja del cucharón dejó de dar vueltas al guiso de la marmita y la temblona cabeza de la otra se detuvo el tiempo que dura un suspiro. En esa fracción infinitesimal de segundo, Byrne tuvo la sensación de estar cerca de lo que buscaba, de haber alcanzado el final de su camino, donde casi podía oír a Tom.

«Estas le han visto», pensó convencido. Al fin había encontrado a alguien que le había visto. Estaba seguro de que negarían saber nada del inglés; pero, por el contrario, se apresuraron a contarle que había cenado y dormido por la noche en la casa. Empezaron a hablar al mismo tiempo, describiendo su aspecto y comportamiento. A pesar de su debilidad, parecían poseídas por cierta feroz excitación. La bruja encogida blandía su cucharón de madera, el monstruo hinchado se levantó de su taburete y chilló, balanceándose sobre sus pies, mientras que el temblequeo de su cabeza se convertía en una verdadera vibración. Byrne quedó desconcertado ante su nervioso comportamiento... ¡Sí! El grande y orgulloso inglés se había ido por la mañana después de haber comido un pedazo de pan y tomado un trago de vino. Y si el caballero deseaba seguir el mismo camino nada sería más fácil, por la mañana.

—¿Me proporcionarán a alguien que me enseñe el camino?—preguntó Byrne.
—Sí, señor, a un chico muy serio. El hombre que ha visto salir el caballero.
—Pero él estaba llamando a la puerta —protestó Byrne— y se escapó cuando me vio. Iba a entrar.
—¡No! ¡No! —gritaron a la vez las dos brujas—. ¡Iba a salir! ¡Iba a salir!
Después de todo quizá fuera verdad. El sonido de la llamada había sido débil, furtivo, pensó Byrne. Quizá sólo efecto de su imaginación.
—¿Quién era? —preguntó.
—Su novio —gritaron señalando a la muchacha—. Se ha ido a una aldea bastante lejos de aquí. Pero volverá por la mañana. ¡Su novio! Es huérfana, hija de unos pobres cristianos. Vive con nosotros por el amor de Dios, por el amor de Dios.

La huérfana, acurrucada en un rincón del hogar, contemplaba a Byrne. Pensó que más bien era una hija de Satanás, que las brujas conservaban con ellas por amor al diablo. Sus ojos eran ligeramente oblicuos; su boca, más bien gruesa pero admirablemente formada; su oscuro rostro tenía una belleza salvaje, voluptuosa e indomable. En cuanto a la expresión de su mirada, fija en él con una salvaje y sensual atención, «para saber cómo era», dice el señor Byrne, «no tienen más que observar a un gato hambriento espiando a un pájaro enjaulado o un ratón en una ratonera». Fue ella quien le sirvió la comida, lo que le gustó; aunque aquellos ojos negros, grandes y oblicuos, que no dejaban de examinarle de cerca como si tuviera algo curioso escrito en su rostro, le produjeron una sensación de malestar. Pero cualquier cosa era mejor que la proximidad de aquellas dos brujas de pesadilla, de ojos neblinosos. De alguna forma sus aprensiones se habían apaciguado; tal vez se debía a la sensación de calor después de haber pasado tanto frío y a la facilidad con que podía descansar después de luchar contra la tempestad en el camino. Estaba convencido de que Tom estaba a salvo. Estaría durmiendo en algún campamento de la montaña después de haberse encontrado con los hombres de González. Byrne se levantó, llenó su copa de estaño con el vino de un pellejo colgado en la pared y volvió a sentarse. La bruja de cara de momia empezó a hablarle, recordando viejos tiempos; se jactaba del renombre que había tenido la posada en días mejores. Grandes personajes con sus carruajes se habían detenido allí. Un arzobispo había dormido en su casa hacía mucho, mucho tiempo. La bruja de la cara inflamada parecía estar escuchando desde su taburete, inmóvil salvo por el temblequeo de su cabeza. La muchacha (Byrne estaba seguro de que era una gitana recogida por alguna razón) estaba sentada en la piedra del hogar, al resplandor de las pavesas. Tarareaba una canción para sí, haciendo sonar un par de castañuelas de cuando en cuando. Al oír hablar del arzobispo, se rió impíamente y se volvió a mirar a Byrne de modo que el resplandor rojizo del fuego iluminó sus negros ojos y sus blancos dientes que contrastaban con el sombrío reborde de la enorme chimenea. Y él sonrió.
Ahora se sentía dominado por una sensación de seguridad. Había llegado inesperadamente, así que no podía existir ninguna conspiración contra él. La somnolencia se apoderó de sus sentidos. Se abandonó un poco, pero todavía se mantenía alerta, o al menos eso es lo que él creía; pero debió de abandonarse excesivamente, porque se sintió sobresaltado por un ruido infernal. En su vida había escuchado nada tan cruelmente estridente. Las brujas reñían entre sí por algo. Fuere lo que fuere la causa, se insultaban con violencia, sin argumentos; sus gritos seniles expresaban una furia malvada y una rabia feroz. Los negros ojos de la gitana iban de la una a la otra. Nunca hasta entonces se había sentido Byrne tan distanciado de la solidaridad con los seres humanos. Antes de que pudiera entender la causa de la riña, la muchacha dio un salto, tocando estrepitosamente sus castañuelas. Se hizo un silencio. La muchacha se acercó a la mesa y se inclinó, mirándole fijamente.

—Señor —dijo con decisión—. Dormirá en la habitación del arzobispo.

Ninguna de las dos brujas se opuso. La reseca se doblaba sobre un bastón. La de la cara inflamada tenía ahora una muleta. Byrne se levantó, fue hacia la puerta y haciendo girar la llave en la enorme cerradura la guardó fríamente en su bolsillo. Aquélla era, sin duda, la única entrada y no quería que le cogiera por sorpresa ningún peligro que pudiera acechar fuera. Cuando volvió de la puerta vio a las dos brujas, «compañeras del diablo», y a la satánica muchacha mirándole en silencio. Se preguntó si Tom Corbin habría tomado la misma precaución la noche anterior. Y pensando en él de nuevo tuvo otra vez la rara impresión de su proximidad. Todo estaba en silencio. Y en esta calma oyó latir la sangre en sus oídos con un ruido confuso y turbador en el cual una voz parecía murmurar:

—Señor Byrne, tenga usted cuidado.

Era la voz de Tom. Se estremeció. Porque las sensaciones del oído son las más vividas de todas y, por su naturaleza, poseen un carácter imperativo. Parecía imposible que Tom no estuviera allí. De nuevo un frío ligero, como una corriente furtiva, penetró a través de su ropa. Se sobrepuso a esa impresión con un esfuerzo. La muchacha subió las escaleras delante de él, llevando una lámpara de hierro cuya llama desnuda desprendía un delgado hilo de humo. Sus sucias medias blancas estaban llenas de agujeros. Con la misma tranquila decisión con que había cerrado la puerta abajo, Byrne abrió una tras otra todas las puertas del pasillo. Todas las habitaciones estaban vacías, con la excepción de una o dos que tenían trastos viejos. La muchacha, comprendiendo su intención, levantaba pacientemente la humeante lámpara ante cada puerta. Entre tanto le observaba detenidamente. Ella misma abrió la última puerta.

—Dormirá usted aquí, señor —murmuró con una voz tan suave como la respiración de un niño mientras le ofrecía la lámpara.
—Buenas noches, señorita —contestó él cortésmente tomándola.

No se oyó el saludo de ella, aunque sus labios se movieron ligeramente mientras que su mirada, negra como una noche sin estrellas, se mantenía imperturbable. El entró, y mientras se volvía para cerrar la puerta la muchacha permaneció inmóvil y turbadora, con su boca voluptuosa y sus ojos oblicuos y la expresión de ferocidad expectante de un gato desconcertado. El vaciló un momento y en el silencio de la casa volvió a oír la sangre batiendo pesadamente sus oídos mientras que una vez más la ilusión apremiante de Tom, que le llegaba desde algún lugar cercano, era especialmente aterradora, porque esta vez no podía distinguir las palabras. Por fin le cerró la puerta en las narices a la muchacha, dejándola en la oscuridad; y volvió a abrirla casi al instante. No había nadie. Se había desvanecido sin hacer ruido. Cerró la puerta rápidamente y echó dos pesados cerrojos. Una profunda desconfianza le invadió repentinamente. ¿Por qué las brujas habían reñido acerca de si debían dejarle dormir en aquella habitación? ¿Y qué significaba la mirada fija de la muchacha, como si quisiera imprimir sus rasgos en su espíritu para siempre? Su nerviosismo le alarmó. Le parecía estar muy lejos de los seres humanos. Examinó su habitación. No era muy alta, lo preciso para contener una cama que sostenía un enorme dosel en forma de baldaquín, del que colgaban pesadas cortinas a la cabecera y a los pies; una cama ciertamente digna de un arzobispo. Había una mesa maciza de ángulos tallados, algunos pesados sillones que parecían restos de algún palacio señorial y un armario alto y poco profundo adosado a la pared y con puertas dobles. Las probó. Estaban cerradas. Le asaltó una sospecha y tomó la lámpara para examinar el armario más de cerca. No, no era una entrada disimulada. El pesado y alto mueble estaba separado de la pared por lo menos una pulgada. Examinó los cerrojos de la puerta de su habitación. ¡No! ¡Nadie podía sorprenderle a traición mientras dormía. Pero ¿podría dormir?, se preguntaba ansiosamente. Si Tom estuviera allí..., aquel valiente marinero que había peleado a su lado en un par de ocasiones difíciles y que siempre le había aconsejado que cuidara de sí mismo. «No es difícil», solía decir, «dejar que te maten en una pelea. Cualquier tonto puede hacerlo. Lo que se debe hacer es combatir contra los franceses y luego vivir para volver a hacerlo al día siguiente».

Byrne se dio cuenta de lo difícil que le resultaba no escuchar el silencio. En cierto modo tenía la impresión de que nada lo rompería a menos que volviera a oír el perturbador sonido de la voz de Tom. Ya lo había oído dos veces. ¡Qué raro! Sin embargo, no era de extrañar, se decía, puesto que llevaba treinta horas seguidas pensando en aquel hombre y además sin llegar a ninguna conclusión. La ansiedad que sentía por Tom nunca había tenido una forma concreta. «Desaparecer» era la única palabra relacionada con la idea del peligro que podía correr Tom. Era algo muy vago y terrible. «Desaparecer.» ¿Qué significaba eso?

Byrne se estremeció y se dijo que debía de tener algo de fiebre. Pero Tom no había desaparecido. Byrne acababa de tener noticias de él. Y de nuevo el joven sintió la sangre latiendo en sus oídos. Se sentó inmóvil, esperando a cada momento oír a través de los latidos de su sangre el sonido de la voz de Tom. Esperó, forzando sus oídos todo lo que pudo, pero nada ocurrió. De repente le vino un pensamiento: «No ha desaparecido, pero no puede hacerse oír». Se levantó del sillón. ¡Qué absurdo! Dejando la pistola y la vaina de la espada sobre la mesa, se quitó las botas y, sintiéndose de pronto demasiado cansado para permanecer de pie, se tendió en la cama, que encontró más suave y cómoda de lo que esperaba. Estaba desvelado, pero debió de adormecerse porque de pronto se encontró sentado en la cama intentando recordar lo que le había dicho la voz de Tom. ¡Ah, sí, ya recordaba! Le había dicho: «Señor Byrne, tenga usted cuidado.» Era una advertencia. ¿Pero contra quién?

Dio un salto, se encontró en medio de la alcoba, jadeante, y luego miró en torno suyo. La ventana tenía las contraventanas cerradas y echado el cerrojo de hierro. Paseó de nuevo la mirada con lentitud por las paredes desnudas y luego miró el techo, que era bastante alto. Después se acercó a la puerta para examinar los cerrojos. Eran enormes y se deslizaban dentro de dos agujeros hechos en la misma pared; y como el pasillo era demasiado estrecho para que se pudiera hacer palanca o golpear con un hacha, no se podía echar la puerta abajo salvo utilizando pólvora. Pero mientras se estaba cerciorando de que el cerrojo de abajo estaba bien corrido, tuvo la impresión de que había alguien en la habitación. La impresión fue tan poderosa que se volvió con la rapidez de un rayo. No había nadie. ¿Quién podía estar allí? Sin embargo...

Fue entonces cuando perdió la calma y el dominio de sí mismo que un hombre conserva por su propia estimación. Dejó la lámpara en el suelo y se puso a gatas para mirar bajo la cama como si fuera una muchacha tonta. No vio más que mucho polvo. Se levantó con las mejillas coloreadas y paseó de un lado a otro, avergonzado por su comportamiento e irracionalmente enfadado con Tom, que no le dejaba en paz. Las palabras «Señor Byrne, tenga usted cuidado» continuaban dándole vueltas en la cabeza en tono de advertencia. «¿No sería mejor que me acostara e intentara dormir?», se preguntó. Pero sus ojos se fijaron en el gran armario y fue hacia él, irritado consigo mismo, pero incapaz de hacer otra cosa. No tenía la menor idea de cómo iba a explicar al día siguiente a las dos odiosas brujas su fechoría. Sin embargo, introdujo la punta de la espada entre las dos puertas y trató de forzarlas. Resistían. Comenzó a maldecir, empeñado en su intento. Murmuró: «Ahora espero que quedes satisfecho, maldito», dirigiéndose al ausente Tom. En aquel momento las puertas cedieron y se abrieron. Tom estaba allí.

El, el leal, sagaz y valiente Tom estaba allí, erguido y tieso, en un prudente silencio como si sus grandes ojos de mirada fija parecieran ordenar a Byrne que lo respetara. Pero Byrne estaba demasiado impresionado para articular palabra. Asombrado, dio un paso atrás, y en aquel momento el marinero se lanzó hacia adelante como si fuera a coger a su oficial por el cuello. Instintivamente Byrne echó hacia adelante sus temblorosos brazos. Sintió la horrible rigidez del cuerpo y luego la frialdad de la muerte, cuando chocaron sus cabezas y se tocaron sus rostros. Se tambalearon y Byrne estrechó a Tom contra su pecho para evitar que se cayera estrepitosamente. Aún tuvo fuerzas para depositar en el suelo su horrible carga: luego la cabeza comenzó a darle vueltas, las piernas le fallaron y cayó de rodillas, inclinado sobre el cadáver, con las manos descansando sobre el pecho de aquel hombre que antes había estado lleno de vida generosa y ahora era tan insensible como una piedra. «¡Muerto, mi pobre Tom, muerto!», repetía mentalmente. La luz de la lámpara colocada en el borde de la mesa caía sobre la mirada vidriosa y vacía de aquellos ojos que en vida tuvieron una expresión alegre y vivaz.

Byrne desvió su mirada. Tom no tenía anudado al cuello el pañuelo negro de seda. Los asesinos también le habían despojado de los zapatos y de los calcetines. Y observando ese despojo, aquella garganta descubierta y los pies descalzos y rígidos, Byrne sintió que tenía los ojos llenos de lágrimas. En otros aspectos, el marinero estaba completamente vestido; en su ropa no había la menor señal de desarreglo, como habría ocurrido de producirse una lucha. Sólo habían subido su camisa a cuadros por encima de su cintura como para comprobar si llevaba un cinturón con monedas. Byrne sacó su pañuelo y rompió en sollozos. Fue un estallido nervioso que duró poco. Todavía de rodillas, contempló tristemente el cuerpo atlético del mejor marinero que jamás hubiera desenvainado un cuchillo, disparado una pistola o maniobrado durante un temporal, allí tieso y helado, con su alma alegre e intrépida ausente: tal vez vuelta hacia él, su joven amigo, hacia su barco que navegaba sobre las olas grises frente a una costa rocosa en el mismo momento de su partida. Advirtió que los seis botones de cobre de la guerrera de Tom habían sido arrancados. Se estremeció ante la visión de aquellas dos miserables y repulsivas criaturas encarnizándose con el cuerpo indefenso de su amigo. ¡Cortados! Tal vez con el mismo cuchillo que... La cabeza de una de ellas temblequeaba; la otra, encorvada, irritados y neblinosos los ojos, con sus informes garras movedizas... El crimen tuvo que ocurrir en esa misma habitación, porque Tom no podía haber sido asesinado fuera y luego trasladado hasta allí. Byrne estaba seguro de ello. Aquellas dos diabólicas viejas no podían haberle asesinado, ni siquiera a traición: Tom las habría estado vigilando constantemente. Era un hombre muy prudente y discreto cuando tenía alguna misión que cumplir... ¿Cómo le habían asesinado? ¿Quién lo había hecho? ¿De qué manera?

Byrne se incorporó, tomó la lámpara de la mesa y se inclinó rápidamente sobre el cuerpo. La luz no reveló en la ropa ninguna mancha, ninguna huella, ningún indicio de sangre. Las manos de Byrne empezaron a temblarle de tal manera que tuvo que colocar la lámpara en el suelo y volver la cabeza para recobrarse de aquella agitación. Luego empezó a examinar aquel cuerpo rígido, frío y quieto, buscando una herida de cuchillo o de bala, alguna huella de un golpe mortal. Palpó ansiosamente el cráneo. Estaba intacto. Deslizó su mano por debajo del cuello. No estaba roto. Con ojos aterrorizados miró debajo de la barbilla y no encontró señales de estrangulamiento en la garganta. No había señal alguna. Sencillamente, estaba muerto.

Impulsivamente, Byrne se alejó del cuerpo cono si el misterio de una muerte incomprensible hubiera trocado su piedad en sospecha y miedo. La lámpara colocada en el suelo, junto al rostro rígido y quieto del marinero, le mostraba mirando al techo como si estuviera desesperado. En el círculo formado por la luz, Byrne vio, por los montones de intocado polvo que había en el suelo, que no se había producido una lucha en la habitación. «Lo mataron fuera», pensó. En el estrecho pasillo, donde apenas había espacio para dar la vuelta, la muerte había sorprendido a su pobre y querido Tom. Byrne venció el impulso de tomar las pistolas y lanzarse fuera de la habitación. Tom también había ido armado, exactamente con las mismas armas impotentes que él llevaba: ¡Pistola y machete! Y Tom había padecido una muerte sin nombre, por medios incomprensibles. Byrne tuvo una nueva idea. El desconocido que llamaba a la puerta y que huyó con tanta rapidez al aparecer él venía a recoger el cadáver. ¡Ah! Ese era el guía que la momificada bruja había prometido que enseñaría al oficial inglés el camino más corto para reunirse con su marinero. Una promesa, comprendió ahora, que tenía un espantoso significado. El que había llamado a la puerta tendría que encargarse de dos cadáveres. Byrne estaba seguro de que moriría antes de la mañana y de la misma misteriosa manera, dejando tras sí un cuerpo sin señales.

El descubrimiento de una cabeza aplastada, de una profunda herida de bala, de un cuello cortado, habría sido un alivio inexpresable. Habría desvanecido todos sus miedos. Su alma imploraba a aquel hombre muerto, que siempre había demostrado su valor en el peligro. «¿Por qué no me dices lo que tengo que buscar, Tom? ¿Por qué no me lo dices?» Pero en su rígida inmovilidad, tendido sobre su espalda, parecía conservar un austero silencio, como si, dueño de un terrible secreto, desdeñara hablar con los vivos. De pronto Byrne se arrodilló junto al cadáver y con ojos secos y feroces le abrió la camisa, como si quisiera arrancar por la fuerza un secreto de aquel corazón frío que en vida le había sido tan leal. ¡Nada! ¡Nada! Levantó la lámpara y el único signo que le reveló la cara, que antes tenía tan bondadosa expresión, fue una pequeña contusión en la frente, casi nada, una simple señal. Ni siquiera la piel estaba rasgada. Le miró durante largo tiempo, como perdido en un sueño espantoso. Luego observó que las manos de Tom estaban cerradas, como si hubieran caído enfrentándose a alguien en una lucha a puñetazos. Al mirar más de cerca, los nudillos parecían un poco magullados. En las dos manos.

El descubrimiento de esas señales insignificantes fue para Byrne más espantoso que lo hubiera sido la ausencia de señal alguna. Así pues, Tom había muerto luchando con algo que se podía golpear y que, sin embargo, podía matar sin dejar heridas: mediante un soplo. El terror, un terror ardiente, empezó a apoderarse del corazón de Byrne como una lengua de fuego que toca y se retira antes de reducir algo a cenizas. Se alejó todo lo que pudo del cadáver, luego volvió cuidadosamente, echándole miradas furtivas para mirar de nuevo su frente. Tal vez al amanecer tendría él una herida semejante en la frente.

«No aguanto más», murmuró para sí. Ahora Tom se había convertido en un objeto de horror, un espectáculo a la vez tentador y repugnante para su miedo. No soportaba volver a mirarlo.

Finalmente, la desesperación pudo más que el creciente horror, dejó de apoyarse en la pared, recogió el cuerpo por debajo de las axilas y lo arrastró hasta el lecho. Los desnudos talones del marinero se deslizaron sin ruido por el suelo. Pesaba mucho, con el peso muerto de los objetos inanimados. Con un último esfuerzo, Byrne lo colocó de bruces sobre el borde de la cama, le dio la vuelta, sacó de debajo de aquella cosa rígida y pasiva una sábana y lo tapó con ella. Luego corrió las cortinas a la cabecera y a los pies y las sacudió de manera que al unirse le ocultaron por completo la vista del lecho. Fue tambaleando hacia un sillón y se dejó caer en él. El sudor le impregnó el rostro durante un momento y por sus venas pareció correr un hilillo de sangre casi congelada. Estaba poseído por un terror total, un terror que había trocado su corazón en ceniza. Se mantuvo erguido en un sillón de respaldo recto con la lámpara ardiendo a sus pies, sus pistolas y su machete junto al codo izquierdo en el borde de la mesa, los ojos girando en sus órbitas sin parar, mirando las paredes, el techo, el suelo, a la espera de una terrorífica visión. Lo que podía provocarle con un soplo la muerte estaba tras la puerta cerrada. Pero Byrne ya no creía ni en las paredes ni en los cerrojos. Un terror irracional transformaba todas las cosas, su antigua admiración adolescente por el atlético Tom, por el indomable Tom (que le parecía invencible), contribuía a paralizar sus facultades, aumentando su desesperación.

Ya no era Edgar Byrne. Era un alma torturada que sufría más angustia que la que hubiera padecido el cuerpo de cualquier pecador en el potro o en la bota española. Se podrá medir la hondura del tormento de aquel joven, de un valor al menos normal, cuando diga que pensó tomar la pistola y pegarse un tiro. Pero una languidez mortal y fría invadía sus miembros. Su carne era como yeso mojado que empezaba a ponerse rígido en torno a sus costillas. Después pensó que las dos brujas entrarían con su muleta y su bastón —monstruos horribles y grotescos—, comadres del diablo, para hacerle una señal en su frente, la pequeña contusión de la muerte. Y no podría hacer nada. Tom se había defendido, pero él no era como Tom. Sus miembros ya estaban muertos. Estaba inmóvil, sintiéndose morir una y otra vez; y la única parte de su cuerpo que se movía eran sus ojos girando en sus órbitas, recorriendo las paredes, el suelo y el techo una y otra vez hasta que de pronto se quedaron quietos y pétreos, mirando hacia la cama.

Vio moverse y agitarse las pesadas cortinas, como si el cadáver que escondían hubiera dado la vuelta para sentarse. Byrne, que creía haber llegado al límite humano del terror, sintió que se le erizaban los cabellos hasta la raíz. Sus manos se crisparon sobre los brazos del sillón, su mandíbula se aflojó, el sudor le corrió por la frente mientras que su lengua seca se pegaba al paladar. Las cortinas se movieron de nuevo, pero no se abrieron. «¡No, Tom!» Byrne intentó gritar, pero todo lo que oyó fue un débil gemido, como el de una persona que duerme intranquila. Sintió que la razón huía de él, porque ahora le parecía que el techo que estaba encima de la cama se movía, se ladeaba y luego se enderezaba de nuevo, y una vez más las cortinas cerradas se movieron suavemente como si estuvieran a punto de abrirse. Byrne cerró los ojos para no ver la horrible aparición del cadáver del marinero reanimado por un espíritu maligno. En el profundo silencio de la habitación aguantó un momento más de espantosa agonía y volvió a abrir los ojos. Vio en seguida que las cortinas continuaban cerradas, pero el techo se había elevado un pie más por encima de la cama. Con la última luz de la razón que le quedaba comprendió que era el enorme baldaquín sobre la cama lo que se estaba bajando mientras que las cortinas que pendían de él se movían con suavidad, hundiéndose paulatinamente hacia el suelo. Cerró la mandíbula abierta y, medio erguido en su sillón, espió, mudo, el silencioso descenso del monstruoso dosel. Bajó con suaves sacudidas hasta la mitad del camino aproximadamente y, de repente, tuvo una brusca caída hasta ajustar su forma de caparazón de tortuga con sus pesados bordes, encajando exactamente en los rebordes de la cama. Una o dos veces se oyó el crujido de la madera, volviendo luego la abrumadora tranquilidad a la habitación. Byrne se incorporó, aspiró fuertemente para tomar aliento y dio un grito de cólera y asombro, el primer sonido que pudo salir de sus labios aquella noche de terrores. ¡Esa era la muerte de la que había escapado! Ese era el diabólico artefacto de la muerte contra el cual el alma del pobre Tom, ya tal vez en el otro mundo, había tratado de advertirle. Así había muerto. Byrne estaba seguro de haber oído la voz del marinero, repitiendo débilmente su frase familiar: «¡Señor Byrne, tenga usted cuidado!», murmurando luego unas palabras que no podía distinguir. ¡Pero la distancia que separa a los vivos de los muertos es tan grande! El pobre Tom lo había intentado. Byrne corrió hacia la cama e intentó levantar o empujar la horrible tapadera que sofocaba el cadáver. Resistió sus esfuerzos, era tan pesada como el plomo, inamovible como la piedra de una tumba. La rabia de la venganza le hizo detenerse; en su cabeza zumbaban caóticos pensamientos de exterminio, dio vueltas por la habitación como si no pudiera encontrar ni sus armas ni la salida; y mientras profería espantosas amenazas...

Unos violentos golpes en la puerta de la posada le devolvieron su presencia de ánimo. Corrió hacia la ventana abrió las persianas y miró afuera. A la débil luz vio a un grupo de hombres. ¡Aja! Saldría en seguida para enfrentarse con aquella gavilla de asesinos reunidos allí, sin duda, para acabar con él. Después de luchar con terrores sin nombre deseaba combatir frente a frente con unos enemigos armados. Pero no debía haber recuperado por completo la razón porque, olvidándose de sus armas, bajó corriendo por las escaleras lanzando gritos salvajes, descerrajó la puerta, a pesar de que llovían golpes asestados desde fuera, y abriéndola se lanzó con las manos desnudas al cuello del primer hombre que encontró. Rodaron juntos por tierra. La confusa intención de Byrne era abrirse paso y correr por el sendero de la montaña y volver en seguida con los hombres de González para tomarse una venganza ejemplar. Luchó furiosamente hasta que un árbol, una casa o una montaña pareció caer sobre su cabeza y luego perdió el conocimiento.

Aquí el señor Byrne describe detalladamente cómo encontró cuidadosamente vendada su cabeza rota, nos cuenta que perdió mucha sangre y atribuye el haber conservado la razón a esa circunstancia. También describe por extenso las múltiples excusas de González. Porque era González quien, cansado de esperar noticias del inglés, había bajado a la posada con la mitad de su banda, camino del mar.

—Su excelencia —le explicó— se lanzó contra nosotros como una fiera y como además no sabíamos que se trataba de un amigo, así que..., etcétera.

Cuando Byrne preguntó por las brujas, González señaló silenciosamente con el dedo el suelo y luego hizo tranquilamente una reflexión moral:

—La pasión por el oro es inexorable en la vejez, señor —dijo—, sin duda antes debieron de meter a más de un viajero solitario en la cama del arzobispo.
—También había una gitana —dijo débilmente Byrne desde la litera improvisada en la que le llevaba hasta la costa una patrulla de guerrilleros.
—Era ella quien izaba esa máquina infernal y también fue la que la bajó esa noche.
—Pero ¿por qué, por qué? —exclamó Byrne—. ¿Por qué deseaba mi muerte?
—Sin duda por los botones de la guerrera de su excelencia —contestó cortésmente el melancólico González—. Encontramos los del marinero muerto escondidos en su persona. Pero su excelencia puede estar seguro de que se ha hecho cuanto era preciso.

Byrne no siguió preguntando. Aún había otra muerte que González consideraba «un asunto que había que resolver». Bernardíno el tuerto fue arrimado contra la pared de su taberna y recibió en el pecho la descarga de seis escopetas. Mientras disparaban, el tosco ataúd con el cuerpo de Tom pasaba portado por un grupo de patriotas españoles con pinta de bandidos que lo bajaron desde la barranca hasta la orilla, donde los botes de la corbeta esperaban los restos del que en vida había sido su mejor marinero. El señor Byrne, muy pálido y débil, entró en el bote que llevaba el cuerpo de su humilde amigo. Porque se decidió que Tom Corbin debía descansar muy adentro del golfo de Vizcaya. El oficial tomó la caña del timón y, volviendo la cabeza para mirar por última vez a la costa, vio en la pendiente gris de la colina algo que se movía y reconoció como el hombrecillo del sombrero amarillento montado en un mulo: el mulo aquel sin el cual la muerte de Tom hubiera sido para siempre un misterio.