martes, 20 de diciembre de 2016

El peñasco del dragón. Alejandro Dumas (1802-1870)

En el pueblo de Rhungsdof, a orillas del Rin, encontramos numerosos botes aguardando a los viajeros; en unos minutos nos trasladaron a Koenigswinter, una linda aldea situada en la otra orilla. Nos informamos de la hora a la que pasaba el vapor y nos respondieron que pasaba a las doce. Eso nos daba un margen de casi cinco horas; era más del tiempo necesario para visitar las ruinas del Drachenfelds.

Tras unos tres cuartos de hora de ascensión por un bonito sendero que rodea la montaña, llegamos a la primera cima, donde se encuentran un albergue y una pirámide. Desde esta primera plataforma, un bonito sendero curvo y enarenado como el de un jardín inglés, conduce a la cima del Drachenfelds. Se llega en primer lugar a una primera torre cuadrada, a la que se accede bastante difícilmente por una grieta; luego a una torre redonda que, completamente reventada por el tiempo, ofrece un acceso más fácil. Esta torre está situada sobre la peña misma del dragón. El Drachenfelds toma su nombre de una antigua tradición que se remonta a los tiempos de Julián el Apóstata. En una caverna que aún se muestra, a mitad de la ladera, se había retirado un enorme dragón, tan perfectamente puntual en sus comidas que cuando olvidaban llevarle cada día un prisionero o un reo al lugar en el que acostumbraba encontrarlo, bajaba a la llanura y devoraba a la primera persona que encontraba. Por supuesto, el dragón resultaba invulnerable.

Era, como ya hemos dicho, en los tiempos en los que Julián el Apóstata vino con sus legiones a acampar a orillas del Rin. Y sucedió que los soldados romanos, que no deseaban ser devorados más que los naturales de la zona, aprovecharon que estaban en guerra con algunos poblados de los alrededores para alimentar al monstruo sin que les costara nada. Entre los prisioneros, había una joven tan bella que se la disputaron dos centuriores, y como ninguno quería cedérsela al otro, estaban a punto de degollarse mutuamente cuando el general, para ponerlos de acuerdo, decidió que la joven sería ofrecida al monstruo. Se admiró mucho el acierto de este juicio, que algunos compararon con el de Salomón, y se dispusieron a gozar del espectáculo.

El día fijado, la joven fue conducida, vestida de blanco y coronada de flores, a la cima del Drachenfelds: la ataron a un árbol, como Andrómeda a la roca; pidió que le dejaran las manos libres y no creyeron que debieran negarle tan pequeño favor.

El monstruo, como ya hemos dicho, llevaba una vida bastante metódica y almorzaba, como se almuerza aún en Alemania, entre los dos y las dos y media. Por lo que, en el momento en que se le esperaba, salió de su caverna y subió, mitad rampando, mitad volando, hacia el lugar en el que sabía que encontraría su alimento. Aquel día tenía un aspecto más feroz y hambriento que de costumbre. La víspera, por casualidad o por refinamiento de crueldad, le habían servido un viejo prisionero bárbaro, muy duro y que no tenía más que la piel sobre los huesos; de manera que todos se prometían un doble placer por aquel aumento de apetito. El monstruo mismo, al ver a la delicada víctima que le habían ofrecido, rugió de placer, azotó al aire su cola de escamas y se lanzó hacia ella. Pero cuando estaba a punto de alcanzarla, la joven sacó de su pecho un crucifijo y se lo presentó al monstruo. Era cristiana. Al ver al Salvador, el monstruo se quedó petrificado; luego, viendo que no tenía nada que hacer allí, se introdujo silbando en su caverna.

Era la primera vez que los habitantes de la zona veían huir al dragón. Por lo que, mientras algunos corrían hacia la joven y la desataban, los demás persiguieron al dragón y, envalentonados por su pavor, introdujeron en la caverna numerosos haces de leña sobre los que derramaron azufre y pez de resina, y luego les prendieron fuego. Durante tres días la montaña lanzó llamaradas como un volcán; durante tres días se oyó al dragón moverse silbando dentro de su antro; finalmente los silbidos cesaron: el monstruo había muerto quemado.

Aún hoy se ven las huellas de las llamas y la bóveda de piedra, calcinada por el calor, se deshace en polvo tan pronto como se la toca.

Se comprende que semejante milagro ayudó mucho en la propagación de la fe cristiana. Desde finales del siglo IV eran muy numerosos los seguidores de Cristo en las márgenes del Rin.

El péndulo. O.Henry (1862-1910)

-Calle Ochenta y Uno... Dejen bajar, por favor - gritó el pastor de azul.

Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas. John se encaminó lentamente hacia su departamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.

Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con manteca. Se quitaría el saco, se sentaría sobre un viejo sofá y leería en el vespertino crónicas sobre los rusos y los japoneses asesinados por la mortífera linotipo. La cena comprendería un asado, una ensalada condimentada con un aderezo que se garantizaba no agrietaba ni dañaba el cuero, guiso de ruibarbo y el frasco con mermelada de fresas que se sonrojaba ante el certificado de pureza química que ostentaba su rótulo. Después de la cena, Katy le mostraría el nuevo añadido al cobertor de retazos multicolores que le había regalado el repartidor de hielo, arrancándolo de la manta de su coche. A las siete y media ambos extenderían periódicos sobre los muebles para recoger los fragmentos de yeso que caían cuando el gordo del departamento de arriba iniciaba sus ejercicios de cultura física. A las ocho en punto, Hickey y Mooney, los integrantes de la pareja de varietés (sin contrato) que vivían del otro lado del pasillo, se rendirían a la dulce influencia del delírium trémens y empezarían a derribar sillas, con el espejismo de que Hammerstein los perseguía con un contrato le quinientos dólares semanales. Luego, el caballero que se sentaba junto a la ventana, del otro lado de la escalera, sacaría a relucir su flauta; el escape de gas nocturno huiría para hacer sus travesuras en los caminos; el ascensor se saldría de su cable; el conserje volvería a llevar a los cinco hijos de la señora Janowitski a través del Yalu; la dama de los zapatos color champaña y del terrier Skye bajaría a tropezones la escalera y pegaría su nombre del jueves sobre su timbre y su buzón ... y la rutina nocturna de los departamentos Frogmore se pondría en marcha nuevamente.

John Perkins sabía que esas cosas sucederían. Y también sabía que a las ocho y cuarto apelaría a su coraje y tendería la mano hacia su sombrero, y su esposa le diría, con tono quejumbroso:

-Bueno... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse?
-Creo que le haré una visita al café de MacCloskey -contestaría él-. Y que jugaré un par de partiditas de billar con los muchachos.

En los últimos tiempos, ésa era la costumbre de John Perkins. Volvía a las diez o a las once. A veces, Katy dormía; a veces, lo esperaba, pronta a seguir fundiendo en el crisol de su ira el baño de oro de las labradas cadenas de acero del matrimonio. Por esas cosas, Cupido habrá de responder cuando comparezca ante el sitial de la justicia con sus víctimas de los departamentos Frogmore.

Esa noche, al llegar a su puerta, John Perkins se encontró con un tremendo cambio en la rutina diaria. Ninguna Katy lo esperaba allí con su afectuoso beso de repostería. En las tres habitaciones, parecía reinar un prodigioso desorden. Por todas partes, veíanse dispersas las cosas de Katy. Zapatos en el centro de la alcoba, tenacillas de rizar, cintas para el cabello, kimonos, una polvera, todo tirado en franco caos sobre el tocador y las sillas... Aquello no era propio de Katy. Con el corazón oprimido, John vio el peine, con una enroscada nube de cabellos castaños de Katy entre los dientes. Una insólita prisa y nerviosidad debía haber hostigado a su mujer, porque Katy depositaba siempre cuidadosamente aquellos rastros de su peinado en el pequeño jarrón azul de la repisa de la chimenea, para formar algún día el codiciado “postizo” femenino.

Del pico de gas pendía en forma visible un papel doblado. John lo desprendió. Era una carta de su esposa, con estas palabras:

Querido John:
Acabo de recibir un telegrama en que me dicen que mamá está enferma de cuidado. Voy a tomar el tren de las 4.30. Mi hermano Sam me esperará en la estación de destino. En la heladera hay carnero frío. Confío en que no será nuevamente su angina. Págale cincuenta centavos al lechero. Mamá tuvo una seria angina en la primavera última. No te olvides de escribirle a la compañía sobre el medidor del gas y tus medias buenas están en la gaveta de arriba. Te escribiré mañana.
Presurosamente, Katy.

Durante sus dos años de matrimonio, Katy y él no se habían separado una sola noche. John releyó varias veces la carta, estupefacto. Aquello destruía una rutina invariable y lo dejaba aturdido. Allí, sobre el respaldo de la silla, colgaba, patéticamente vacía e informe, la bata roja de lunares negros que ella usaba siempre al preparar la comida. En su prisa, Katy había tirado su ropa por aquí y por allá. Una bolsita de papel de su azúcar can mantequilla favorito yacía con su bramante aun sin desatar. En el suelo estaba desplegado un periódico, bostezando rectangularmente desde el agujero donde recortaran un horario de trenes. Todo lo existente en la habitación hablaba de una pérdida, de una esencia desaparecida, de un alma y vida que se habían esfumado. John Perkins estaba parado entre esos restos sin vida y sentía una extraña desolación.

John comenzó a poner el mayor orden posible en las habitaciones. Cuando tocó los vestidos de Katy, experimentó algo así como un escalofrío de terror. Nunca había pensado en lo que sería la vida sin Katy. Su mujer se había adherido tan indisolublemente a su existencia que era como el aire que respiraba: necesaria pero casi inadvertida. Ahora, sin aviso previo, se había marchado, desaparecido; estaba tan ausente como si nunca hubiese existido. Desde luego, esto sólo duraría unos días, a lo sumo una semana o dos, pero a John le pareció que la mano misma de la muerte había apuntado un dedo hacia su seguro y apacible hogar.

John extrajo el trozo de carnero frío de la heladera, preparó el café y se sentó a cenar solo, frente al desvergonzado certificado de pureza de la mermelada de fresas. Entre las provisiones que sacara, aparecieron los fantasmas de unas carnes asadas y la ensalada con mostaza. Su hogar estaba desmantelado. Una suegra con angina había hecho saltar por los aires sus lares y penates. Después de su solitaria cena, John Perkins se sentó junto a una ventana. No tenía ganas de fumar. Fuera, la ciudad bramaba invitándolo a plegarse a su danza de locura y placer. La noche estaba a su disposición. Podía andar por ahí sin que le hicieran preguntas y pulsar las cuerdas de la parranda con tanta libertad como cualquier soltero. Podía divertirse y vagabundear y corretear por ahí hasta el alba si se le antojaba: y no lo esperaría ninguna airada Katy, con el cáliz que contenía las heces de su alegría. Si quería, podía jugar al billar en el café de McCloskey con sus jactanciosos amigos hasta que la aurora empacara las luces eléctricas. El yugo del himeneo, que lo doblegara siempre en los departamentos Frogmore, se haría relajado. Katy no estaba.

John Perkins no estaba habituado a analizar sus sentimientos. Pero ahora, sentado en su sala de recibo de 3 X 4, privada de la presencia de Katy, acertó inequívocamente con la clave de su desconsuelo. Ahora sabía que Katy era necesaria para su felicidad. Los sentimientos que le inspiraba su mujer, adormecidos hasta la inconsciencia por el monótono carrusel de la vida doméstica, habían sido conmovidos violentamente por la pérdida de su presencia. ¿Acaso no nos han inculcado el proverbio, el sermón y la fábula la idea de que nunca apreciamos la música hasta que el pájaro de la dulce voz ha volado.. . u otras manifestaciones no menos floridas y auténticas?

-Me porto con Katy de una manera pérfida -meditó Perkins-. Todas las noches me voy a jugar al billar y a perder el tiempo con los muchachos, en vez de quedarme en casa con ella. ¡La pobre está aquí sola y aburrida, y yo obro así! John Perkins, eres un cochino. Tengo que compensarle a Katy todo el mal que le he hecho. La llevaré de paseo para que se divierta un poco. Y doy por terminadas mis relaciones con la pandilla del McCloskey desde este mismo momento.

Sí; fuera, la ciudad bramaba, llamándolo a bailar en el séquito de Momo. Y en el café de McCloskey, los muchachos hacían caer las bolas de billar en las troneras, matando el tiempo hasta la partida de casino de la noche. Pero ninguna carambola elegante y ningún chasquido de taco podían regocijar el alma henchida de remordimientos de Perkins, el abandonado. Aquello que era suyo, aquello que asía con mano poco firme y desdeñaba a medias, le había sido arrebatado y él lo quería. Perkins, el de los remordimientos, podía rastrear su genealogía remontándose hasta un hombre llamado Adán, a quien el querubín desalojara del jardín.

Al alcance de la mano derecha de John Perkins, había una silla. Sobre su respaldo pendía una blusa de Katy, que conservaba todavía algo de su contorno. En el centro de sus mangas, veíanse las finas arrugas causadas por los movimientos de sus brazos al trabajar por la comodidad y el placer de su marido. Brotaba de la blusa una delicada pero dominadora fragancia a camándulas. John la tomó y miró larga y seriamente la silenciosa tela. Katy nunca había dejado de responderle. Las lágrimas, sí, las lágrimas asomaron a los ojos de John Perkins. Cuando Katy volviera, las cosas cambiarían. Él la compensaría por todo su abandono. ¿Qué era la vida sin ella?
La puerta se abrió. Katy entró, con una pequeña maleta. John la miró, estúpidamente.

-¡Caramba! -dijo Katy-. Me alegro de haber vuelto. La enfermedad de mamá carecía de importancia. Sam me esperaba en la estación y dijo que aquello sólo había sido un leve acceso y que mamá se había repuesto a poco de telegrafiarme él. De modo que tomé el primer tren de regreso. Me estoy muriendo por una taza de café.

Nadie oyó el rechinar de los engranajes cuando el número 3 de los departamentos Frogmore volvió al debido Orden de Cosas. Se deslizó una polea, tocaron un resorte, regularon una palanca y los engranajes recomenzaron a girar en su vieja órbita. John Perkins miró a su reloj. Eran las 8:15. Tendió la mano hacia su sombrero y se encaminó hacia la puerta.

-Vamos... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse? -preguntó Katy, con tono quejumbroso.
-Creo que haré una escapada al café de McCloskey a jugar unas partiditas con los muchachos -dijo John.

El pescador del Cabo del Halcón. H.P. Lovecraft (1890-1937) August Derleth (1909-1971)

Por la costa de Massachusetts se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger. Algunas de ellas sólo se comentan en voz muy baja y con grandes precauciones. Tan extraños rumores circulan a lo largo de toda la costa, difundidos por los hombres del mar del puerto de Innsmouth, sus vecinos, ya que él vivía a unas pocas millas más al sur, en el Cabo del Halcón. Ese nombre se debe a que allí, en las épocas migratorias, se puede ver a los halcones peregrinos, los esmerejones y aun los grandes gerifaltes sobrevolar aquella estrecha lengua de tierra que se adentra en el mar. Allí vivió Enoch Conger, hasta que no se le vio más, pues nadie puede afirmar que haya muerto.

Era fuerte, de pecho y hombros anchos, y con largos brazos musculosos. Pese a no ser un hombre viejo, llevaba barba, y coronaba su cabeza una cabellera muy larga. Sus ojos azules se hundían en un rostro cuadrado. Cuando llevaba su chubasquero de hombre de mar, con el sombrero haciendo juego, parecía un marino desembarcado de alguna vieja goleta siglos atrás. Era un hombre taciturno. Vivía solo en la casa de piedra y madera que él mismo había construido, donde podía sentir el viento soplar y escuchar las voces de las gaviotas, de las golondrinas, del aire y del mar, y desde donde podía admirar el vuelo de las grandes aves migratorias en sus viajes hacia tierras lejanas. Se decía de él que se entendía con ellas, que hablaba con las gaviotas y las golondrinas, con el viento y con el golpeante mar, y aun con otros seres invisibles que, sin embargo, emitían, en unos tonos extraños, algo parecido a los mudos sonidos de ciertas grandes bestias batracias, desconocidas en los pantanos y ciénagas de la tierra.

Conger vivía de la pesca, y aunque ésta escaseaba, le era suficiente. Por el día y por la noche echaba sus redes al mar; lo que sacaba lo llevaba a Innsmouth, a Kingsport, o aún más lejos, para venderlo. Pero una noche le vieron llegar solo a Innsmouth; no traía nada de pesca y permanecía con los ojos muy abiertos, atónitos, como si hubiese estado mirando mucho tiempo la puesta del sol y se hubiese quedado ciego. En las afueras de la ciudad, entró en una de las tabernas donde solía ir, se sentó en una silla, solo, y se puso a tomar una cerveza. Algunos curiosos que estaban acostumbrados a verle se acercaron a su mesa para beber con él, hasta que bajo los efectos del alcohol empezó a balbucear. Pero hablaba como si lo hiciese para sí mismo, y sus ojos no parecían ver a nadie.

Decía que había visto algo maravilloso esa noche. Había sacado su barca hasta el Arrecife del Diablo, situado a más de una milla de Innsmouth, y allí había echado su red. Sí, había sacado muchos peces; pero en su red había algo más; algo que era una mujer y que, sin embargo, no lo era; algo que le hablaba como un ser humano, pero con el tono gutural de una rana y con el acompañamiento de una música aflautada como la que, en los meses de primavera, se oye en los pantanos; algo que tenía una gran incisión, profunda y ancha, en lugar de una boca, pero una infinita dulzura en sus ojos; algo que llevaba, bajo el pelo largo que caía de su cabeza, hendiduras como agallas; algo que le rogaba y le suplicaba para que le dejara volver a los fondos del mar; algo que le prometió, a cambio, su propia vida si alguna vez la necesitaba.

-Una sirena -dijo uno con una risotada.
-No era una sirena -dijo Enoch Conger-, porque tenía piernas, aunque los dedos de sus pies eran como los de los palmípedos, y tenía manos, aunque los dedos de sus manos eran como los de sus pies, y la piel de su cara era como la mía, aunque su cuerpo tenía el color del mar.

Se rieron de él, pero él no les escuchó. Sólo uno de ellos no se rió, porque había oído a los viejos hombres y mujeres de Innsmouth contar unas historias muy extrañas, que se remontaban a los tiempos de los barcos clíper y del comercio con las Indias Orientales. Según esos ancianos, en aquellos tiempos se habían celebrado algunas bodas entre hombres de Innsmouth y mujeres de las islas del Pacífico Sur; hablaban luego de extraños acontecimientos ocurridos en el mar, cerca de Innsmouth. Ese hombre no se rió, simplemente escuchó, se calló y luego se marchó, sin haberse unido a las risas burlonas de sus compañeros. Pero Enoch Conger no reparó en él, como tampoco se dio cuenta de las risas que había provocado. Continuó su relato; explicó cómo había sacado a la criatura de las redes en sus brazos, describió la sensación que le había producido el contacto con su piel fría y la textura de su cuerpo; contó cómo la había soltado, cómo la vio nadar y sumergirse entre las rocas del Arrecife del Diablo, cómo la vio aparecer de nuevo, levantar sus brazos una última vez hacia arriba y desaparecer para siempre.

Después de aquella noche, Enoch Conger volvió poco a la taberna. Cuando venía era para sentarse solo y eludir a cuantos le preguntaban por su «sirena» y querían saber si le había hecho alguna proposición antes de dejarla libre. Volvió a mostrarse taciturno, hablaba poco, bebía su cerveza y se iba. Lo único que se sabía era que ya no pescaba cerca del Arrecife del Diablo, que echaba sus redes en algún otro lugar próximo al Cabo del Halcón. Aunque se rumoreaba que temía volver a ver la cosa extraña que había cogido aquella noche entre sus redes, se le veía con frecuencia en la punta de la estrecha lengua de tierra, de pie, mirando al mar, como si esperase ver aparecer una embarcación en el horizonte, o el mañana que siempre ronda y nunca llega para los buscadores de futuro e incluso para muchos hombres, sea lo que sea lo que esperan y piden a la vida.

Enoch Conger se volvió cada vez más introvertido y él, que había sido un asiduo cliente de la taberna de Innsmouth, acabó por no aparecer más por allí. Se limitaba a traer el pescado al mercado y volvía apresuradamente a su casa con las provisiones que necesitaba. Mientras tanto, la historia de su sirena se extendió a lo largo de toda la costa, y tierra adentro hacia Arkham y Dunwich, por el Miskatonic, e incluso más allá, en las negras y tupidas colinas donde vivía la gente menos inclinada a tomarse a broma estas cosas.

Pasó un año, y otro, y otro, y una noche llegó a Innsmouth la noticia de que Enoch Conger había resultado gravemente herido durante su solitaria pesca. Dos pescadores le habían visto al pasar tendido en su barca y le habían socorrido. Como su casa del Cabo del Halcón era el único lugar adonde quería ir, le llevaron allí, antes de ir rápidamente a buscar al doctor Gilman de Innsmouth. Cuando volvieron a casa de Enoch Conger, acompañados del médico, el viejo pescador había desaparecido.

El doctor Gilman se abstuvo de comunicar su opinión, pero los dos pescadores que le habían traído cuchichearon y contaron a quien quería oírlo el singular relato. Hablaron de la gran humedad que reinaba en la casa, de las innumerables gotas de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes, que colgaban del picaporte de la puerta y que empapaban la cama donde habían dejado a Enoch Conger, antes de salir en busca del doctor. Hablaron de las huellas mojadas dejadas en el suelo por unos pies palmípedos. Aquellas huellas eran muy profundas a lo largo de todo su recorrido desde la casa hasta el mar, como si un gran peso, tan grande como el de Enoch Conger, hubiese sido llevado por esos pies, obligados a hundirse en el suelo a cada paso, hasta dejar la nítida impresión de su dibujo.

Pronto se enteró todo el mundo de lo sucedido. Pero la gente se reía de los pescadores, pues no había más que una sola línea de huellas, y Enoch Conger era un hombre demasiado pesado como para que alguien pudiese cargar con él todo ese recorrido. El doctor Gilman no había hecho el menor comentario, salvo que había visto pies palmípedos en algunos habitantes de Innsmouth, pero que los dedos de Enoch Conger, que había examinado en alguna ocasión, eran normales y no palmípedos. Algunos curiosos fueron a la casa del Cabo del Halcón para ver si podían descubrir algo nuevo. Pero volvieron desilusionados. No vieron nada, y se sumaron a los que se burlaban de los infelices pescadores. Al cabo de algún tiempo, aquellos dos pobres hombres fueron reducidos al silencio, y no faltaron quienes dejaron caer la sospecha de que ellos eran quienes habían hecho desaparecer a Enoch Conger y habían inventado aquella historia para encubrir su acción. Ese rumor se extendió también a otros lugares.

Dondequiera que haya ido, Enoch Conger no volvió a su casa del Cabo del Halcón. El viento y el tiempo la destrozaron a su antojo: arrancaron una tabla aquí y otra allá, desgastaron los ladrillos de la chimenea, rompieron las ventanas y hundieron el tejado. Las gaviotas, las golondrinas y los halcones que la sobrevolaban no volvieron a oír la voz que, en un tiempo, les había contestado. Poco a poco, a lo largo de la costa, los rumores que circulaban en torno al asesinato se acallaron, pero surgieron ciertos signos oscuros que, si bien descartaban cualquier posibilidad de homicidio, inducían a pensar en algún fenómeno mucho más aterrador e inexplicable.

Un día en que el venerable Jedediah Harper, patriarca de los pescadores de la costa, bajó a tierra con sus hombres, juró haber visto cerca del Arrecife del Diablo a un extraño grupo de criaturas que nadaban. Esos seres, según decía, no eran humanos del todo, ni batracios tampoco; eran criaturas anfibias que cruzaban el agua mitad al estilo de los seres humanos y mitad como ranas; formaban un grupo de más de cuarenta, y eran machos y hembras. Habían pasado cerca de su barca y brillaban a la luz de la luna, como unos seres espectrales surgidos de las profundidades del Atlántico. Parecían estar cantando a Dagon, un canto de alabanza. Y entre ellos, sí, formando parte del mismo grupo, había visto a Enoch Conger, nadando con los demás, desnudo como ellos, y uniendo su voz a las suyas en el cántico de alabanza. Atónito, le había llamado, Enoch se había vuelto para mirarle, y le había visto la cara. Luego todos, así como Enoch Conger. se sumergieron bajo las olas y no volvió a verlos más.

Cuentan que, por haber hablado tanto, el viejo hombre fue reducido al silencio por miembros de los clanes Marsh y Martin, que, según se decía, estaban emparentados con algunos habitantes del mar. La barca Harper no volvió a salir a la mar, el viejo no tenía ya que ganarse la vida, ni los hombres que habían formado su tripulación.

Transcurrió mucho tiempo hasta que, un día, un hombre joven; que había pasado su niñez en Innsmouth y se acordaba de Enoch Conger, regreso al puerto de esta ciudad y contó cómo él, en compañía de su hijo pequeño, habían salido a remar a la luz de la luna. Ya habían pasado el Cabo del Halcón cuando, de repente, justo detrás de su barca y tan cerca que hubiesen podido tocarle con un remo, surgió el torso desnudo de un hombre entre las olas. Se mantenía en el agua tal como si otros, a quienes no podían ver, le estuvieran sosteniendo por debajo. Su cara, el rostro de Enoch Conger, se volvía hacia el Cabo del Halcón y parecía mirar con nostalgia la casa que seguía allí en ruinas. El agua chorreaba de su largo pelo, de su barba, y resbalaba sobre su cuerpo oscuro; su piel, debajo de las orejas, tenía como dos grandes agallas. Y luego, tan extraña y repentinamente como había surgido, desapareció, sumergiéndose en el mar.

A lo largo de la costa de Massachusetts, cerca de Innsmouth, se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger, y otras se insinúan en voz baja...

El paseo hacia Lingham. Lord Dunsany (1878-1957)

-Se ha extendido la creencia -dijo Jorkens- de que no soy capaz de contar una historia sin tomar antes algún tipo de bebida. No tengo ni la más remota idea de cómo se propalan semejantes infundios. Una historia me pasó por la mente esta misma tarde, si se puede llamar historia a una experiencia real. Es un poco fuera de lo común, y, si quiere escucharla, se la contaré. Pero puedo asegurarle rotundamente que no necesito ninguna bebida para contarla.

-Ya lo sé -dije yo.
-Lo único que le pido -prosiguió Jorkens- es que, si la cuenta a otros, lo haga de tal forma que la gente la crea. Ha habido personas, no demasiadas desde luego, pero ha habido personas que han tomado por pura invención todas las historias que yo le he contado a usted. Uno incluso me comparó con Münchhausen, favorablemente, lo admito, pero, al fin y al cabo, me comparó con él. Fue desagradable para mí y desagradable para su editor. Todo depende de la forma en que se cuentan estas historias; todas ellas eran verídicas; pero usted las contó de una forma que, por alguna razón, suscitaba dudas. Sea más cuidadoso en el futuro, ¿quiere?
-Sí -respondí-. Tomaré nota de ello.
Y así comenzó la historia.
-Sí, sin lugar a dudas es una historia fuera de lo común. Inequívocamente. Pero imagino que por ese motivo la creerá. Por lo demás, cualquiera que cuente una historia que haya experimentado debe seleccionar lo más monótono y vulgar si quiere ser creído; digamos, por ejemplo, la relación de un viaje por ferrocarril de Penge a la estación Victoria. Confío en que no lleguemos a eso.
-No, no -dije yo.
-Muy bien -replicó Jorkens.
Otra pareja de socios se sentó entonces cerca de nosotros, y Jorkens dijo:
-Puedo recordar como si fuera ayer un camino al este de Inglaterra, bordeado de álamos. Debía tener una longitud de unas tres millas, y estaba flanqueado en toda su extensión por sendas hileras de álamos; atravesaba un terreno pantanoso. Los pantanos habían sido drenados, pero quedaban algunos charcos, donde a lo largo de zanjas se agitaban los penachos de los juncos, como si fueran un ejército que hubiera luchado con escaso éxito contra el hombre, disperso pero no aniquilado. Y no se habían contentado con drenar los pantanos, sino que habían empezado a cortar los álamos. Eso era lo que estaban haciendo la primera vez que vi el camino, con sus dos hileras de álamos cual penachos verdes plateados, y debo decir que los estaban talando con sumo cuidado. Los abatían sobre el camino, pues de esa manera era más fácil el acarreo, y no valía la pena preocuparse por la circulación que podían interferir: en cualquier caso podían verla llegar unas tres millas antes en ambos sentidos, si llegaba alguna, y yo jamás vi ninguna, a excepción de lo que a continuación voy a contarles.

Bien: estaban talando un álamo que debía caer entre otros dos sin que se mezclaran sus ramas, y tenía el espacio justo para hacerlo, no mayor de dos pies. Y lo hicieron con tanto cuidado que no tocaron ni una hoja: se vino abajo entre los otros dos árboles con un inmenso crujido, y las hojas que miraban hacia él se agitaron cuando pasó a su lado exhalando su último suspiro. Lo hicieron con tanto esmero que me descubrí ante ellos y los aclamé. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Uno no se propone alegrarse de los que han caído, al menos abiertamente. Pero no siempre se para uno a pensar, y tardé quizá unos cinco minutos en empezar a avergonzarme de aquel grito mío de triunfo que resonaba por el condenado camino. Fue el último árbol que talaron aquel día y pronto regresé, paseando en solitario, a la aldea de Lingham, el más cercano habitáculo humano, a unas tres millas de los pantanos. La trémula luz del atardecer comenzaba a dar de lleno en los álamos. Los leñadores se fueron en sentido contrario con sus carretas y sus árboles derribados; sus ruidosas y nítidas voces, y sus gritos a los caballos, pronto se desvanecieron y dejaron de oírse. Y a continuación me quedé a solas en medio de un silencio únicamente interrumpido por mis pasos y por el ligero ruido que a veces parecía susurrar a mis espaldas, que tomé por el murmullo del viento en las copas de los álamos, aunque no soplaba viento alguno.

No había recorrido ni una milla cuando tuve una sensación, sin base en indicio alguno, un sentimiento intenso, cada vez más fuerte en los últimos diez minutos, que de mera sospecha se convirtió en intuitiva certeza absoluta: me estaban siguiendo furtivamente. Me volví y no vi nada. O más bien debí haber visto, parcialmente oculto por una pequeña curva del camino, lo que después vi con toda claridad; sin embargo, no di crédito a lo que estaba pasando. Después de eso, cuanto más aumentaba mi sensación de que me estaban siguiendo, menos me atrevía a volver la cabeza. Y ninguno de los tipos humanos que trataba de imaginar en pos de mí me parecía adecuado a mis temores. No había avanzado ni un cuarto de milla; apenas había recorrido otras cuatrocientas yardas cuando... perdonen ustedes, estoy condenadamente sediento. Jamás tuve una experiencia como ésa, y cuando la recuerdo incluso ahora se reseca mi garganta y apenas puedo hablar. Dudo de que alguno de ustedes haya conocido algo parecido.

-Estoy seguro de que no -dije yo, haciendo señas al camarero, pues no me cabía la menor duda de que había algo en la memoria de Jorkens que todavía le conmocionaba. Cuando se recuperó, lo primero que hizo fue darme las gracias, como buen camarada que era, y después prosiguió con su historia.
-No había recorrido todavía otras cuatrocientas yardas cuando tuve la espantosa certidumbre de que, cualquiera que fuera el que me estaba siguiendo, no podía ser humano. El sobresalto que esto me produjo fue tal vez peor que cuando noté por vez primera que me seguían. Ya no me cabía la menor duda de que me perseguían; podía escuchar los acompasados pasos. Mas no eran humanos. Y, créanme, echando una ojeada a los campos vacíos, llanos, poco profundos y pantanosos, tuve la sensación -suele ocurrir fácilmente cuando se está completamente a solas- de que, si había algo allí que atentara contra la humanidad, era yo el único sobre el que recaerían sus iras. Y cuanto más difuminaba las cosas la apagada iluminación de la tarde, y las envolvía en misterio, más se apoderaba de mí aquella sensación. Creo poder decir que resistí bastante bien, dado que aquellos pasos que me seguían sonaban cada vez más fuerte. Sólo que yo no me atrevía a volverme. Cuando supe que me seguían sentí miedo, lo admito francamente; pero más me asusté cuando comprendí que no se trataba de algo humano; sin embargo, me resistí con cierta determinación a dejarme llevar por mis temores, a excepción del que sentía acerca de volver la cabeza. No fue, sin embargo, el recuerdo de algo que les he contado lo que hizo que mi garganta se resecara.

Jorkens se detuvo y bebió otro trago largo: de hecho vació su vaso.
-Un tremendo terror -prosiguió- me estaba todavía reservado: un explosivo temor que tanto me trastornó que casi caí al camino, y que a veces vuelve a apoderarse de mí, estremeciéndome y atormentando a menudo mis noches. Nosotros, créanme, estamos tan orgullosos del reino animal, y nos preocupamos tanto de él, que cualquier ataque desde fuera nos desconcierta y nos deja boquiabiertos. Eso me ocurre a mí entonces al darme cuenta de que, fuera quien fuese el que me seguía, desde luego no era un animal. Escuchaba el ruido de sus pasos, y un cierto susurro prolongado, mas jamás le oí respirar. Iba ya siendo hora de que volviera la cabeza, y sin embargo no me atrevía. Aquellas pisadas vigorosas no tenían nada de la suavidad propia de la carne. No se trataba de garras, ni siquiera de pezuñas. Y ahora estaban tan próximas que, de haber sido producidas por algún animal, debería escucharse su respiración. En semejantes ocasiones nos dejamos guiar por saberes espirituales, intuiciones, sentimientos íntimos; llámenlos como quieran. Ellos me decían que el que me seguía no era uno de los nuestros. Nadie débil y mortal. Tampoco era eso.

Aquellos momentos en que me decidía a mirar para atrás, mientras seguía caminando con la misma firmeza, fueron los más espantosos de toda mi vida. No podía volver la cabeza. Entonces me detuve y me di completamente la vuelta. No sé por qué lo hice. Tal vez la audacia del movimiento me proporcionó un cierto autodominio que me libró del pánico, lo cual hubiera supuesto mi fin. Si hubiera corrido, podrían haberme matado. Giré en redondo a la derecha por dos veces y vi lo que me seguía. Ya les he contado cómo había vitoreado la tala de los álamos. Me acordé del árbol junto al que había estado, y cuya tala había observado por casualidad. Enseguida lo reconocí. Se encontraba en medio del camino. Una raíz, a la que se aferraban varios terrones de tierra, me desafiaba sobre el camino a Lingham. No se crean, por la calma con que les cuento esto ahora, que entonces estaba tranquilo. Decir que no estaba completamente en ascuas sería simplemente una mentira. Una sola cosa seguía obsesionando mi vacilante mente: no debía correr. Recordaba antiguos relatos de hombres perseguidos por leones, y mi mente era capaz de creer en ellos y de actuar según sus enseñanzas. Nunca se debe correr. Era la última muestra de sabiduría que le quedaba a mi pobre juicio.

Desde luego traté de apretar el paso imperceptiblemente. No sé si lo conseguí: el árbol estaba terriblemente cerca. No volví a mirar hacia atrás, pero sabía que estaba allí por el ruido de sus horribles pasos, acercándose renqueante como un enorme cangrejo, y sabía por el susurro de las hojas que las ramas se doblaban hacia atrás como si corriera en pos de mí. Mas no corrí. Y los otros árboles parecían estar observándome. No había en ellos ese aire de reserva propia de las cosas inanimadas, si de verdad lo son; y mucho menos el respeto debido a un hombre. Me encontraba terriblemente solo frente a la cólera de todos aquellos álamos; y la verdad es que yo no había cortado ni uno solo de ellos. Mis rodillas no estaban demasiado débiles para correr; pude haberlo hecho. Fue únicamente mi buen juicio lo que me retuvo, el último vestigio de sensatez que me quedaba. Sabía que, si corría, estaría indefenso ante la colosal persecución del árbol. Es evidente, considerándolo razonablemente, mientras está uno aquí sentado, que cualquier cosa que le persiga a uno, sea la que fuere, jamás va a permitir que se le escape la presa, y que, cuanto más trate uno de escapar, más tiene que excitarla. Además estaban los otros árboles: no sabía lo que harían. Hasta entonces simplemente me habían estado observando, pero me encontraba allí tan terriblemente solo, con nada humano a la vista, que era mejor continuar tranquilamente como si nada pasara, y aprovechar al máximo esa arrogancia -supongo que así debemos llamarla- que revela nuestra actitud hacia las cosas inanimadas. Mientras la tarde oscurecía, las agachadizas comenzaron a aletear ruidosamente sobre el desierto erial que se extendía alrededor de mí. Y en mi espantosa situación, podía haber sentido algún tipo de alivio en aquellas diminutas voces del reino animal; sólo que, de una manera u otra, no podía estar muy seguro de qué lado estaban. Y el graznido de la agachadiza es un ruido muy molesto cuando uno no puede estar seguro de que sea amistoso: todo el aire gime con él. Desde luego nada en él atenuaba la persecución del árbol, como podía haberse esperado si algunos aliados del reino animal se hubieran unido para ayudarme. Los grajos volaban completamente despreocupados, pero la persecución continuaba todavía. A causa de mi terror, empecé a olvidar que era como un hombre. Únicamente recordaba que era un animal. Tenía alguna descabellada esperanza de que, cuando cruzaran los grajos y las plumas de las agachadizas surcaran el aire, esos espantosos álamos que me observaban y ese terror que me perseguía volverían a su posición correcta. Sin embargo, el graznido de las agachadizas únicamente parecía sumarse a la soledad, y los grajos únicamente parecían ayudar a la oscuridad circundante; nada lograba disuadir a los álamos de su terrible usurpación. Sólo me quedaban miserables subterfugios: cojear como si estuviera agotado, pero dando, sin embargo, un paso más largo o más rápido con una pierna que con la otra. Unas veces más largo, otras más rápido; alternativamente; comprobando cuál engañaba mejor. Pero esas pobres payasadas no eran muy útiles; pues cualquiera que siga a alguien sin hacer ruido es probable que calcule su paso a partir de la separación entre él y su presa, así como por la observación de sus andares, y que ajuste el suyo en consecuencia. De manera que, aunque aumenté inmediatamente mi ventaja, pronto volvió a intensificarse el susurro del aire en las ramas, y ese ruido de pasos que todavía escucho por las noches cada vez que tengo pesadillas, un ruido que reconocería al instante por encima de cualquier otro.

Tres millas no parecen mucho: es una distancia no mayor que de aquí a Kensington. Mas conocí a un hombre que fue perseguido mucha menos distancia por un sólo león, y que juró que el trayecto le pareció más largo que cualquier otro que hubiera recorrido antes, o que diez. Y era sólo un león, que respiraba y tenía sangre en las venas como él; tal vez supondría su muerte, pero sería una muerte como la que les llega a millares de personas. Y allí estaba yo, aterrorizado por una experiencia ajena a lo humano, una cosa contra la que ningún hombre se había acorazado jamás, una cosa contra la que nunca imaginé que algún día tendría que enfrentarme. Y no obstante no corrí. Un cambio pareció al fin invadir la soledad. No fue solamente que las luces de Lingham empezaron a brillar; ni el humo de las chimeneas, esas banderolas que el hombre despliega al aire; ni el calor de las casas, que podía llegar hasta mí; era una cierta sensación de más largo alcance que el calor, un cierto ardor que se siente ante la presencia humana. Y no era sólo eso lo que yo sentía: los álamos del camino ya no me observaban con ese excitado interés con que hacía un rato parecían esperar mi muerte.

-¿Cómo hacían notar ese interés? -preguntó Terbut, que nunca puede dejar solo a Jorkens.
-Si usted hubiera estudiado a los álamos durante años y más años -dijo Jorkens-, o si los hubiera observado como yo los observé durante aquel paseo, cuando vastos intervalos de tiempo parecían condensarse en una sola experiencia espantosa, también habría sido capaz de notar que era observado por ellos. Raras veces lo he vuelto a ver desde entonces, y nunca más lo suficiente como para estar completamente seguro; mas entonces fue inconfundible, una cierta tensión forzada en cada hoja, ramas como dedos de un espectro diciendo "chiss" a la aldea; no cabía confusión posible. De pronto las hojas se volvieron a agitar en la templada atmósfera vespertina, las ramas ya no parecían amenazar a nadie, y nada se advertía o se insinuaba o se esperaba de los árboles; si es que se puede utilizar una palabra tan suave como "esperar" para referirse a su tensa expectativa. Y lo que es mejor: tenía la esperanza -ya no podía reclamarla más- de que mi espantoso perseguidor poco a poco se estaba quedando atrás. Y cuando me aproximé a las ventanas la esperanza aumentó. Su suave luz, en parte reflejo de la tarde, en parte debida a los faroles ya encendidos, parecía alejar la influencia de las marismas. Entonces escuché el ladrido de un perro, e inmediatamente después el saludable traqueteo de un coche de caballos, retirándose a su establo. Difícilmente puede valorarse la influencia de esos ruidos sobre cualquier tipo de carácter. Enseguida supe que allí no se había operado ningún cambio. Comprendí que en aquel lugar todavía ostentaba la supremacía el reino animal. Entonces oí, sin lugar a dudas, una cierta vacilación en las pisadas que me seguían. Y no obstante proseguí mi laboriosa caminata al ritmo acostumbrado, fuera el que fuese. Y entonces empecé a oír gansos y patos, más caballos de tiro y de vez en cuando un chico que les gritaba, y perros que les unían, y comprendí que había retornado de nuevo a los dominios del reino animal. Y, de no haber sido por ese terrible golpeteo que todavía oía a mis espaldas, aunque debilitado, casi podría haberme resignado a ser escéptico en cuanto al árbol. Sí, Terbut, tan fácilmente como usted pueda serlo -pues Jorkens vio que su amigo estaba a punto de decir algo-, sentado aquí a buen recaudo.

Finalmente no dijo nada.
-Cuando al fin llegué a la aldea, los pasos eran casi imperceptibles, y sin embargo todavía me seguían. Sólo mis temores podían intentar adivinar hasta dónde se aventuraría el vengativo árbol a penetrar en Lingham para enfrentarse a la arrogante supremacía, e incluso a la incredulidad, de nuestra especie. Me apresuré, sin llegar a correr, hasta llegar a una posada provista de una sólida puerta. Por un momento me detuve y observé la puerta, el tejado y la fachada, para convencerme de que el árbol podría derribarlos fácilmente. Y cuando comprobé que se trataba realmente del refugio que andaba buscando, me introduje como un conejo en su madriguera.

La valerosa presencia de ánimo que mantuve frente al álamo se vino abajo como un roble caído cuando me senté o me tendí en una silla de madera al lado de una mesa, parte de la cual ocupé. La gente se acercó y comenzó a hacerme preguntas. Mas yo no podía hablar. Tres o cuatro obreros que se encontraban allí con su vaso de cerveza, y el propietario de "La Jarra de Ale", me rodearon. No pude hablar nada. Fueron muy amables conmigo. Y cuando comprobé que había recuperado de nuevo el habla, les dije que había sufrido un ataque. No dije de qué, ya que podía habérseme escapado algo para lo que el whiskey no era conveniente, y mi vida dependía de un trago. Me dieron uno. Deseaba contárselo todo en efecto. Me dieron un vaso de whiskey solo. Sencillamente me lo bebí. Y me dieron otro. Créanme, ambos vasos no surtieron en mí ningún efecto. Ni el más leve efecto. Quería otro, pero consideraba que antes debería asegurarme de una cosa. ¿Había allí alguien o algo del exterior esperándome? No me atrevía a preguntarlo sin rodeos.

-Bendita aldea -dije, levantando la cabeza de encima de la mesa-. Y preciosos árboles.
-Aquí no tenemos árboles -replicó uno de los hombres.
-¿Que no tienen árboles? -exclamé-. Le apuesto cinco chelines a que sí.
-No -dijo, y se mantuvo firme. Ni siquiera quiso apostar.
-Creí notar algo como un... -ni siquiera me atreví a utilizar la palabra álamo, de manera que en su lugar dije "árbol".
-Ahí mismo, al otro lado de la puerta -añadí.
-No, no hay árboles -repitió.
-Le apuesto diez chelines -dije.
Me aceptó la apuesta.
-Bueno, jefe, salga fuera y eche una ojeada -dijo.
Ya se imaginarán ustedes que yo no pensaba salir otra vez por aquella puerta. De modo que dije:
-No, usted mismo decidirá. Yo no puedo dar crédito a su memoria contra la mía, pero si sale usted fuera y echa una ojeada, y me dice si hay o no árboles, será suficiente para mí.

Sonrió y pensó que yo estaba un poco chiflado. ¡Ay, Dios, a saber lo que habría pensado de mí si le hubiera contado la pura verdad! Bien, regresó con unas noticias que me estremecieron de parte a parte: había perdido mis diez chelines. Después de eso, pagué mi apuesta y tomé mi tercer vaso de whiskey, que no me había atrevido a tomar antes de saber cómo estaban las cosas. Y aquel tercer whiskey lo logró. Venció mi aflicción, venció mi fatiga y mi terror, y la espantosa sospecha, que en parte atormentaba mi razón, de que esa incuestionable supremacía que la vida animal cree haber establecido tal vez había sido desbaratada. Me venció completamente y caí en un sueño profundo allí en la mesa. Desperté al día siguiente, al mediodía, enormemente recuperado, en un lecho escaleras arriba a donde aquella buena gente me había trasladado. Miré afuera por encima de las tejas rojizas: allá abajo había un patio, entre paredes de ladrillo rojo, con aves de corral y una cabra atada, y una mujer salió a darles de comer; a lo lejos llegaban los viejos ruidos de la granja, contra los cuales el tiempo nada puede hacer. Me deleité con todos esos ruidos propios de la supremacía animal, y, a la luz de aquella clara mañana, sentí una seguridad que de algún modo me decía que mi espantosa experiencia se había acabado.
"Por supuesto, ustedes pueden decir que todo fue un sueño. Pero no se recuerda un sueño así durante tantos años. No, aquel espantoso álamo tenía algo contra el género humano, y con motivo suficiente, lo admito.

No quiero ni pensar en lo que me habría hecho se yo me hubiese puesto a correr.

Y Jorkens dejó de pensar en ello, e hizo una seña con la mano al camarero, para ahogar sus recuerdos.

Los pescadores de vigas. Horacio Quiroga (1878-1937)

El motivo fue ciertos muebles de comedor que míster Hall no tenía aún, y su fonógrafo le sirvió de anzuelo. Candiyú lo vio en la oficina provisoria de la «Yerba Company», donde míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.

Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna, contentándose con detener su caballo un poco al través ante el chorro de luz, y mirar a otra parte. Pero como un inglés a la caída de la noche, en mangas de camisa por el calor y con una botella de whisky al lado, es cien veces más circunspecto que cualquier mestizo, míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que vencido y conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en cuyo umbral apoyó el codo.

–Buenas noches, patrón. ¡Linda música!
–Sí, linda –repuso míster Hall.
–¡Linda! –repitió el otro– ¡Cuánto ruido!
–Sí, mucho ruido –asintió míster Hall, que hallaba sin duda oportunas las observaciones de su visitante.
Candiyú proseguía entre tanto:
–¿Te costó mucho a usted, patrón?
–Costó... ¿Qué?
–Ese hablero... Los mozos que cantan.
La mirada turbia e inexpresiva de míster Hall se aclaró. El contador comercial surgía.
–¡Oh, cuesta mucho...! ¿Usted quiere comprar?
–Si usted querés venderme... –contestó por decir algo Candiyú, convencido de antemano de la imposibilidad de tal compra. Pero míster Hall proseguía mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a fuerza de marchas metálicas.
–Vendo barato a usted... ¡Cincuenta pesos!
Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista, alternativamente:
–¡Mucha plata! No tengo.
–¿Usted qué tiene, entonces?
El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.
–¿Dónde usted vive? –prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a desprenderse de su gramófono.
–En el puerto.
–¡Ah! Yo conozco usted... ¿Usted llama Candiyú?
–Me llama...
–¿Y usted pesca vigas?
–A veces; alguna viguita sin dueño...
–¡Vendo por vigas...! Tres vigas aserradas. Yo mando carreta. ¿Conviene?
Candiyú se reía.
–No tengo ahora. Y esa... maquinaria, ¿tiene mucha delicadeza?
–No; botón acá, y botón allá... Yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?
–Alguna creciente... Ahora ha de venir una. ¿Y qué palo querés usted?
–Palo rosa. ¿Conviene?
–¡Hum...! No baja ese palo casi nunca... Mediante una creciente grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.
–Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?

El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena esquivando la vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño círculo de la precisión. En el fondo, y descontados el calor y el whisky, el ciudadano inglés no hacía un mal negocio, cambiando un perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, mientras el pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera. Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo.

Candiyú vive todavía en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su hígado es aún capaz de eliminar cualquier cosa después del último ataque de la fiebre en diciembre pasado, debe vivir aún unos meses más. Pasa ahora los días sentado en su catre de varas, con el sombrero puesto. Sólo sus manos, lívidas zarpas veteadas de verde que penden inmensas de las muñecas, como proyectadas en primer término de una fotografía, se mueven monótonamente sin cesar, con temblor de loro implume.

Pero en aquel tiempo, Candiyú era otra cosa. Tenía En entonces por oficio honorable el cuidado de un bananal ajeno, y, poco menos lícito, el de pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado, y pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea blanquecina de una viga, destacándose en la punta de Itacurubí, lo lanzaba en su canoa al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado o halando de una pieza de diez por cuarenta, vale cualquier remolcador.

Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las lluvias habían comenzado después de sesenta y cinco días de seca absoluta que no dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del obraje consistía en ese momento en siete mil vigas –bastante más que una fortuna–. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no estén en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, Castelhum y Cía. distaban muchísimas leguas de estar contentos. De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas para movilizar; le respondieron que con el dinero de la primera jangada a recibir, le remitirían las mulas; y el encargado contestó que con esas mulas anticipadas, les mandaría la primera jangada. No había modo de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje y vio el stock de madera en el campamento, sobre la barranca del Ñacanguazú.

–¿Cuánto? –preguntó Castelhum a su encargado.
–Treinticinco mil pesos –repuso éste.

Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. Y sin contar la estación impropia. Bajo la lluvia que unía en un solo hilo de agua su capa de goma y su caballo, Castelhum consideró largo rato el arroyo arremolinado. Señalando luego el torrente con un movimiento del capuchón:

–¿Las aguas llegarán a cubrir el salto? –preguntó a su compañero.
–Si llueve mucho, sí.
–Hasta este momento; esperaba órdenes suyas.
–Bien –dijo Castelhum–. Creo que vamos a salir bien. Óigame, Fernández: Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y comience a arrimar todas las vigas, aquí a la barranca. El arroyo está limpio, según me dijo. Mañana de mañana bajo a Posadas, y desde entonces, con el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo. ¿Entiende? Una buena lluvia.

El mayordomo lo miró abriendo los ojos.

–La maroma va a ceder antes que lleguen mil vigas.
–Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos pesos. Volvamos y hablaremos más largo.

Fernández se encogió de hombros, y silbó a los capataces. En el resto del día, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los peones tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo la cadena de vigas, y el tumbaje de palos comenzó en el campamento. Castelhum bajó a Posadas sobre un agua de inundación que iba corriendo siete millas, y que al salir del Guayrá se había alzado siete metros la noche anterior. Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El arroyo, venido a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua roja. Los peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la ropa pegada al cuerpo, despeñaban las vigas por la barranca. Cada esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos los peones lanzaban su ¡a... hijú! de triunfo.
Y luego, los esfuerzos malgastados en el barro líquido, la zafadura de las palancas, las costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre. Bruscamente, por fin, el diluvio cesó. En el súbito silencio circunstante, se oyó el tronar de la lluvia todavía sobre el bosque inmediato. Más sordo y más hondo, el retumbo del Ñacanguazú. Algunas gotas, distanciadas y livianas, caían aún del cielo exhausto. Pero el tiempo proseguía cargado, sin el más ligero soplo. Se respiraba agua, y apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la lluvia recomenzó –la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El trabajo urgía –los sueldos habían subido valientemente–, y mientras el temporal siguió, los peones continuaron gritando, cayéndose y tumbando bajo el agua helada. En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los primeros palos que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchos más; hasta que al empuje incontenible de las vigas que llegaban como catapultas contra la maroma, el cable cedió.

Candiyú observaba el río con su anteojo, considerando que la creciente actual, que allí en San Ignacio había subido dos metros más el día anterior –llevándose, por lo demás, su chalana–, sería más allá de Posadas formidable inundación. Las maderas habían comenzado a descender, cedros o poco menos, y el pescador reservaba prudentemente sus fuerzas.

Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente Candiyú tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una verdadera tropa de vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí. Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca. Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de la caza. Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná se encuentran muchas cosas antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego, arrancados de cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos. Vacas y mulas muertas, en compañía de buen lote de animales salvajes ahogados, fusilados o con una flecha plantada aún en el vientre. Altos conos de hormigas amontonadas sobre un raigón. Algún tigre, tal vez; camalotes y espuma a discreción –sin contar, claro está, las víboras. Candiyú esquivó, derivó, tropezó y volcó muchas veces más de las necesarias hasta llegar a su presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso al vivo la veta sanguínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo derivar con ella oblicuamente algún trecho. Pero las ramas, los árboles, pasaban sin cesar arrastrándolo. Cambió de táctica; enlazó su presa, y comenzó entonces la lucha muda y sin tregua, echando silenciosamente el alma a cada palada.

Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso suficientemente grande para que tres hombres titubeen antes de atreverse con ella. Pero Candiyú unía a su gran aliento treinta años de piraterías en río bajo o alto, y deseaba, además, ser dueño de un gramófono. La noche que caía ya le deparó incidentes a su plena satisfacción. El río, a flor de ojo casi, corría velozmente con untuosidad de aceite. A ambos lados pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre ahogado tropezó con la guabiroba; Candiyú se inclinó, y vio que tenía la garganta abierta. Luego visitantes incómodos, víboras al asalto, las mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores hasta los camarotes.

El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero el remero era arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió; cerró más el ángulo de abordaje, y sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la canal, que rozaba los canteles del Teyucuaré. Durante diez minutos el pescador de vigas, los tendones del cuello duros y los pectorales como piedra, hizo lo que jamás volverá a hacer nadie para salir de la canal en una creciente, con una viga a remolque. La guabiroba alcanzó por fin las piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú quedaba la fuerza suficiente –y nada más– para sujetar la soga y desplomarse de espaldas.

Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de tablas, y veinte segundos después entregaba a Candiyú el gramófono, incluso veinte discos.

La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor que lanzó contra las vigas –y esto por bastante más de treinta días– perdió muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y visita a míster Hall, admirará sinceramente los muebles del citado contador, hechos de palo rosa.

La pata del mono. W.W. Jacobs (1863-1943)

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.


II.

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido. Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla. Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento... -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.


III.

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio. Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio. Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano. Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes. Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela. Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada. Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la traba de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

-La traba -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la traba al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

La piedra negra. Robert E. Howard (1906-1936)

Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan
en oscuros rincones olvidados de la Tierra,
y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches,
a unas formas prisioneras del Infierno.
Justin Geoffrey.


La primera vez que leí algo sobre esta cuestión fue en el extraño libro de Von Junzt, aquel extravagante alemán que vivió tan singularmente y murió en circunstancias misteriosas y terribles. Quiso la suerte que cayese en mis manos su obra Cultos sin nombre, llamada también el Libro Negro, en su edición original publicada en Dusseldorf en 1839, poco antes de que al autor le sorprendiese su terrible destino. Los bibliógrafos suelen conocer los Cultos sin nombre a través de la edición barata y mal traducida que publicó Bridewell en Londres, en el año 1845, o de la edición cuidadosamente expurgada que sacó a la luz la Golden Goblin Press de Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que yo me tropecé era uno de los ejemplares alemanes de la edición completa, encuadernado con pesadas cubiertas de piel y cierres de hierro herrumbroso. Dudo que haya más de media docena de estos ejemplares en todo el mundo hoy en día; primero, porque no se imprimieron muchos, y además, porque cuando corrió la voz de cómo había encontrado la muerte su autor, muchos de los que poseían el libro lo quemaron asustados.

Von Junzt (1795-1840) pasó toda su vida buceando en temas prohibidos. Viajó por todo el mundo, consiguió ingresar en innumerables sociedades secretas y llegó a leer un sinfín de libros y manuscritos esotéricos. En los densos capítulos del Libro Negro, que oscilan entre una sobrecogedora claridad de exposición y la oscuridad más ambigua, hay detalles y alusiones que helarían la sangre del hombre más equilibrado. Leer lo que Von Junzt se atrevió a poner en letra de molde, suscita conjeturas inquietantes sobre lo que no se atrevió a decir. ¿De qué tenebrosas cuestiones, por ejemplo, trataban aquellas páginas, escritas con apretada letra, del manuscrito en que trabajaba infatigablemente pocos meses antes de morir, y que se encontró destrozado y esparcido por el suelo de su habitación cerrada con llave, donde Von Junzt fue hallado muerto con señales de garras en el cuello? Eso nunca se sabrá, porque el amigo más allegado del autor, el francés Alexis Landeau, después de una noche de recomponer los fragmentos y leer el contenido, lo quemó y se cortó el cuello con una navaja de afeitar.

Pero el contenido del volumen publicado es ya suficientemente estremecedor, aun admitiendo la opinión general de que tan sólo representa una serie de desvaríos de un enajenado. Entre multitud de cosas extrañas encontré una alusión a la Piedra Negra, ese monolito siniestro que se cobija en las montañas de Hungría y en torno al cual giran tantas leyendas tenebrosas. Von Junzt no le dedicó mucho espacio. La mayor parte de su horrendo trabajo se refiere a los cultos y objetos de adoración satánica que, según él, existen todavía; y esa Piedra Negra representaría algún orden o algún ser perdido, olvidado hace ya cientos de años. No obstante, al mencionarla, se refiere a ella como a una de las claves. Esa expresión se repite muchas veces en su obra, en diversos pasajes, y constituye uno de los elementos oscuros de su trabajo. Insinúa brevemente haber visto escenas singulares en torno a un monolito, en la noche del 24 de junio. Cita la teoría de Otto Dostmann, según la cual este monolito sería un vestigio de la invasión de los hunos, erigido para conmemorar una victoria de Atila sobre los godos. Von Junzt rechaza esta hipótesis sin exponer ningún argumento para rebatirla; únicamente advierte que atribuir el origen de la Piedra Negra a los hunos es tan ilógico como suponer que Stonehenge fue erigido por Guillermo el Conquistador.

La enorme antigüedad que esto daba a entender excitó extraordinariamente mi interés y, tras haber salvado algunas dificultades, conseguí localizar un ejemplar, roído por las ratas, de Los restos arqueológicos de los Imperios Perdidos (Berlín, 1809; Ed. Der Drachenhaus), de Dostmann. Me decepcionó el comprobar que la referencia que hacía Dostmann sobre la Piedra Negra era más breve que la de Von Junzt, despachándola en pocas líneas como monumento relativamente moderno comparado con las ruinas grecorromanas de Asia Menor, que eran su tema favorito. Admitía, eso sí, su incapacidad para descifrar los deteriorados caracteres grabados en el monolito, pero declaraba que eran inequívocamente mongólicos. Sin embargo, entre los pocos datos de interés que suministraba Dostmann, figuraba su referencia al pueblo vecino a la Piedra Negra: Stregoicavar, nombre nefasto que significa algo así como Pueblo Embrujado. No logré más información, a pesar de la minuciosa revisión de guías y artículos de viajes que llevé a cabo. Stregoicavar, que no venía en ninguno de los mapas que cayó en mis manos, está situado en una región agreste, poco frecuentada, lejos de la ruta de cualquier viajero casual. En cambio, encontré motivo de meditación en las Tradiciones y costumbres populares de los magiares, de Dornly. En el capítulo que se refiere a «Mitos sobre los sueños» cita la Piedra Negra y cuenta extrañas supersticiones a este respecto. Una de ellas es la creencia de que, si alguien duerme en la proximidad del monolito, se verá perseguido para siempre por monstruosas pesadillas; y cita relatos de aldeanos que hablaban de gentes demasiado curiosas que se aventuraban a visitar la Piedra Negra en la noche del 24 de junio, y que morían en loco desvarío a causa de algo que habían visto allí.

Eso fue todo lo que saqué en claro de Dornly, pero mi interés había aumentado muchísimo al presentir que en torno a esa piedra había algo claramente siniestro. La idea de una antigüedad tenebrosa, las repetidas alusiones a acontecimientos monstruosos en la noche del 24 de junio, despertaron algún instinto dormido de mi ser, de la misma forma que se siente, más que se oye, la corriente de algún oscuro río subterráneo en la noche. Y de pronto me di cuenta de que existía una relación entre esta Piedra y cierto poema fantástico y terrible escrito por el poeta loco Justin Geoffrey: El pueblo del monolito. Las indagaciones que realicé me confirmaron que, en efecto, Geoffrey había escrito este poema durante un viaje a Hungría; por consiguiente, no cabía duda de que el monolito a que se refería en sus versos extraños era la misma Piedra Negra. Leyendo nuevamente sus estrofas sentí una vez más las extrañas y confusas agitaciones de los mandatos del subconsciente que había observado la primera vez que tuve conocimiento de la Piedra.

Había estado pensando qué sitio elegir para pasar unas cortas vacaciones, hasta que me decidí. Fui a Stregoicavar. Un tren anticuado me llevó a Temesvar hasta una distancia todavía respetable de mi punto de destino; luego, en tres días de viaje en un coche traqueteante, llegué al pueblecito, situado en un fértil valle encajonado entre montañas cubiertas de abetos. El viaje transcurrió sin incidencias. Durante el primer día, pasamos por el viejo campo de batalla de Schomvaal, donde un bravo caballero polaco-húngaro, el conde Boris Vladinoff, había presentado una valerosa e inútil resistencia frente a las victoriosas huestes de Solimán el Magnífico, cuando, en 1526, el Gran Turco se lanzó a la invasión de la Europa oriental. El cochero me señaló un gran túmulo de piedras desmoronadas en una colina próxima, bajo el cual descansaban, según dijo, los huesos del valeroso conde. Recordé entonces un pasaje de las Guerras turcas, de Larson: «Después de la escaramuza (en la que el conde había rechazado la vanguardia de los turcos con un reducido ejército), el conde permaneció al pie de la muralla del viejo castillo de la colina para disponer el orden de sus fuerzas. Un ayudante le trajo una cajita lacada que había encontrado en el cuerpo del famoso escriba e historiógrafo Selim Bahadur, caído en la refriega. El conde extrajo de ella un rollo de pergamino y comenzó a leer. No bien terminó las primeras líneas, palideció intensamente y, sin pronunciar una palabra, metió el documento en la caja y la ocultó bajo su capa. En ese preciso momento abría fuego un cañón turco, y los proyectiles dieron contra el viejo castillo ante el espanto de los húngaros, que vieron derrumbarse las murallas sobre el esforzado conde. Sin caudillo, el valeroso ejército se desbarató, y en los años de guerra asoladora que siguieron, no llegaron a recuperarse los restos mortales del noble caballero. Hoy, los naturales del país muestran un inmenso montón de ruinas cerca de Schomvaal, bajo las cuales, según dicen, todavía descansa lo que los siglos hayan respetado del conde Boris Vladinoff.»

Stregoicavar me dio la sensación de un pueblecito dormido que desmentía su nombre siniestro, un remanso de paz respetado por el progreso. Los singulares edificios, y los trajes y costumbres aún más extraños de sus gentes, pertenecían a otra época. Eran amables, algo curiosos, sin ser preguntones, a pesar de que los visitantes extranjeros eran sumamente escasos.

—Hace diez años, llegó otro americano. Estuvo pocos días en el pueblo —dijo el dueño de la taberna donde me había hospedado—. Era un muchacho bastante raro —murmuró para sí—; un poeta, me parece.
Comprendí que debía referirse a Justin Geoffrey.
—Sí, era poeta —contesté—; y escribió un poema sobre un paraje próximo a este mismo pueblo.
—¿De veras? —mi patrón se sintió interesado—. Entonces, si todos los grandes poetas son raros en su manera de hablar y de comportarse, él debe haber alcanzado gran fama, porque las cosas que hacía y sus conversaciones eran lo más extraño que he visto en ningún hombre.
—Eso les ocurre a casi todos los artistas —observé—. La mayor parte de su mérito se le ha reconocido después de muerto.
—¿Ha muerto, entonces?
—Murió gritando en un manicomio hace cinco años.
—Lástima, lástima —suspiró con simpatía—. Pobre muchacho... Miró demasiado la Piedra Negra.
Me dio un vuelco el corazón. No obstante, disimulé mi enorme interés y dije como por casualidad:
—He oído algo sobre esa Piedra Negra. Creo que está por aquí cerca, ¿no?
—Más cerca de lo que la gente cristiana desea —contestó—. ¡Mire!
Me condujo a una ventana enrejada y me señaló las laderas, pobladas de abetos, de las acogedoras montañas azules.
—Allá, al otro lado de la gran cara desnuda de ese risco tan saliente que ve usted, ahí se levanta esa piedra maldita. ¡Ojalá se convirtiese en polvo, y el polvo se lo llevara el Danubio hasta lo más profundo del océano! Una vez, los hombres quisieron destruirla, pero todo el que levantaba el pico o el martillo contra ella moría de una manera espantosa. Ahora la rehuyen.
—¿Qué maldición hay sobre ella? —pregunté interesado.
—El demonio, el demonio que la está rondando siempre —contestó con un estremecimiento—. En mi niñez conocí a un hombre que subió de allá abajo y se reía de nuestras tradiciones... Tuvo la temeridad de visitar la Piedra en la noche del 24 de junio, y al amanecer entró de nuevo en el pueblo como borracho, enajenado, sin habla. Algo le había destrozado el cerebro y le había sellado los labios, pues hasta el momento de su muerte, que ocurrió poco después, tan sólo abrió la boca para proferir blasfemias o babear una jerigonza incomprensible.

-Mi sobrino, de pequeñito, se perdió en las montañas y durmió en los bosques inmediatos a la Piedra, y ahora, en su madurez, se ve atormentado por sueños enloquecedores, de tal manera que a veces te hace pasar una noche espantosa con sus alaridos, y luego despierta empapado de sudor frío. Pero cambiemos de tema, Herr. Es mejor no insistir en estas cosas.

Yo hice un comentario sobre la manifiesta antigüedad de la taberna, y me dijo orgulloso:
—Los cimientos tienen más de cuatrocientos años. El edificio primitivo fue la única casa del pueblo que no destruyó el incendio, cuando los demonios de Solimán cruzaron las montañas. Aquí, en la casa que había sobre estos mismos cimientos, se dice que tenía el escriba Selim Bahadur su cuartel general durante la guerra que asoló toda esta comarca.

Luego supe que los habitantes de Stregoicavar no son descendientes de los que vivieron allí antes de la invasión turca de 1526. Los victoriosos musulmanes no dejaron con vida a ningún ser humano —ni en el pueblo ni en sus contornos— cuando atravesaron el territorio. Los hombres, las mujeres y los niños fueron exterminados en un rojo holocausto, dejando una vasta extensión del país silenciosa y desierta. Los actuales habitantes de Stregoicavar descienden de los duros colonizadores que llegaron de las tierras bajas y reconstruyeron el pueblo en ruinas, una vez que los turcos fueron expulsados. Mi patrón no habló con ningún resentimiento de la matanza de los primitivos habitantes. Me enteré de que sus antecesores de las tierras bajas miraban a los montañeses incluso con más odio y aversión que a los propios turcos. Habló con vaguedad respecto a las causas de esta enemistad, pero dijo que los anteriores vecinos de Stregoicavar tenían la costumbre de hacer furtivas excursiones a las tierras bajas, robando muchachas y niños. Además, contó que no eran exactamente de la misma sangre que su pueblo; el vigoroso y original tronco eslavo-magiar se había mezclado, cruzándose con la degradada raza aborigen hasta fundirse en la descendencia y dar lugar a una infame amalgama. Él no tenía la más ligera idea de quiénes fueron esos aborígenes; únicamente sostenía que eran «paganos», y que habitaban en las montañas desde tiempo inmemorial, antes de la llegada de los pueblos conquistadores.

Di poca importancia a esta historia. En ella no veía más que una leyenda semejante a las que dieron origen la fusión de las tribus celtas y los aborígenes mediterráneos de las montañas de Escocia, y las razas mestizas resultantes que, como los pictos, tanta importancia tienen en las leyendas escocesas. El tiempo produce un curioso efecto de perspectiva en el folklore. Los relatos de los pictos se entremezclaron con ciertas leyendas sobre una raza mongólica anterior, hasta el punto de que, con el tiempo, se llegó a atribuir a los pictos los repulsivos caracteres del achaparrado hombre primitivo, cuya individualidad fue absorbida por las leyendas pictas, perdiéndose en ellas. Del mismo modo, pensaba yo, podría seguirse la pista de los supuestos rasgos inhumanos de los primeros pobladores de Stregoicavar hasta sus orígenes en los más viejos y gastados mitos de los pueblos invasores, los mongoles y los hunos. A la mañana siguiente de mi llegada pedí instrucciones a mi patrón —que por cierto me las dio de muy mala gana—, y me puse en camino, en busca de la Piedra Negra. Después de una caminata de varias horas cuesta arriba, por entre los abetos de las laderas, llegué a la cara abrupta de la escarpa que sobresalía poderosamente del costado de la montaña. De allí ascendía un estrecho sendero que la coronaba. Subí por él, y desde arriba contemplé el tranquilo valle de Stregoicavar, que parecía dormitar protegido a uno y otro lado por las grandes montañas azules. Entre la escarpa donde estaba yo y el pueblo no se veían cabañas ni signo alguno de vida humana. Había bastantes granjas diseminadas por el valle, pero todas estaban situadas al otro lado de Stregoicavar. El pueblo mismo parecía huir de los ásperos riscos que ocultaban la Piedra Negra.

La cima de las escarpas formaba una especie de meseta cubierta de denso bosque. Caminé por la espesura y en seguida llegué a un claro muy grande, y en el centro de ese claro se alzaba un descarnado monolito de piedra negra. Era de sección octogonal, y tendría unos cuatro o cinco metros de altura y medio metro aproximadamente de diámetro. Se veía bien que había sido perfectamente pulimentado en su tiempo, pero ahora la superficie de la piedra mostraba numerosas mellas, como si se hubiesen llevado a cabo salvajes esfuerzos por demolerla. Pero los picos apenas habían conseguido desconcharla y mutilar los caracteres que la ornaban en espiral hasta arriba, en torno al fuste. Hasta una altura de dos metros y medio o poco más, las inscripciones estaban casi totalmente destruidas, de tal manera que resultaba muy difícil averiguar sus características. Más arriba se veían mucho mejor conservadas, y yo me las arreglé para trepar por la columna y examinarlas de cerca. Todas estaban deterioradas en mayor o menor grado, pero era evidente que no pertenecían a ninguna lengua que yo pudiera recordar en ese momento sobre la faz de la Tierra. Lo que más llegaba a parecérseles, de todo cuanto había visto en mi vida, eran unos toscos garabatos trazados sobre cierta roca gigantesca, extrañamente simétrica, de un valle perdido del Yucatán. Recuerdo que, al señalarle aquellos trazos, a mi compañero, que era arqueólogo, él sostuvo que eran efecto natural de la erosión, o el inútil garabateo de un indio. Yo le expuse mi teoría de que la roca era realmente la base de una columna desaparecida, pero él se limitó a reír, y me dijo que reparase en las dimensiones que suponía; de haberse levantado allí una columna de acuerdo con las normas ordinarias de las proporciones arquitectónicas, habría tenido lo menos trescientos metros de altura. Pero no me dejó convencido.

No quiero decir que los caracteres grabados sobre la Piedra Negra fuesen semejantes a los de la descomunal roca del Yucatán, sino que me los sugerían. En cuanto a la materia del monolito, también me desconcertó. La piedra que habían empleado para tallarla era de un color negro y tenía un brillo mate; y su superficie, allí donde no había sido raspada o desconchada, producía un curioso efecto de semitransparencia. Pasé en aquel lugar la mayor parte de la mañana y regresé perplejo. La Piedra no me sugería ninguna relación con ningún otro monumento del mundo. Era como si el monolito hubiese sido erigido por manos extrañas en una edad remota y ajena a la humanidad. Regresé al pueblo. De ninguna manera había disminuido mi interés. Ahora que había visto aquella piedra tan singular, sentía mucho más apremiante el deseo de investigar el asunto con mayor amplitud e intentar descubrir por qué extrañas manos y con qué extraño propósito fue levantada la Piedra Negra, en lejanos tiempos. Busqué al sobrino del tabernero y le pregunté sobre sus sueños, pero estuvo muy confuso, aun cuando hizo lo posible por complacerme. No le importaba hablar de ellos, pero era incapaz de describirlos con la más mínima claridad. Aunque tenía siempre los mismos sueños, ya a pesar de que se le presentaban espantosamente vividos, no le dejaban huellas claras en la conciencia. Los recordaba como un caos de pesadilla en las que inmensos remolinos de fuego arrojaban tremendas llamaradas y retumbaba incesantemente un tambor. Sólo recordaba con claridad que una noche había visto en sueños la Piedra Negra, no en la falda de la montaña, sino rematando la cima de un castillo negro y gigantesco.

En cuanto al resto de los vecinos, observé que no les gustaba hablar de la Piedra, excepto al maestro, hombre de una instrucción sorprendente, que había pasado mucho más tiempo fuera que cualquier otro de sus convecinos. Se interesó muchísimo en lo que le conté sobre las observaciones de Von Junzt relativas a la Piedra Negra, y manifestó vivamente que estaba de acuerdo con el autor alemán en cuanto a la edad que atribuía al monolito. Estaba convencido de que alguna vez existió en las proximidades una sociedad satánica, y que posiblemente todos los antiguos vecinos habían sido miembros de ese culto a la fertilidad que amenazó con socavar la civilización europea y dio origen a tantas historias de brujería. Citó el mismo nombre del pueblo para probar su punto de vista. Originalmente no se llamaba Stregoicavar, dijo; de acuerdo con las leyendas, los que fundaron el pueblo lo llamaron Xuthltan, que era el primitivo nombre del lugar sobre el que asentaron sus casas, hace ya muchos siglos. Este hecho me produjo otra vez un indescriptible sentimiento de desazón. El nombre bárbaro no me sugería relación alguna con las razas escitas, eslavas o mongolas a las que deberían haber pertenecido los habitantes de estas montañas.

Los magiares y los eslavos de las tierras bajas creían sin duda que los primitivos habitantes del pueblo eran miembros de un culto maléfico como se demostraba, a juicio del maestro, por el nombre que dieron al pueblo y que se mantuvo aun después de ser aniquilados los antiguos pobladores por los turcos y haberlo reconstruido una raza más pura. No creía él que fueran los iniciados en ese culto quienes erigieron el monolito, aunque opinaba que lo emplearon como centro de sus actividades; y, basándose en vagas leyendas que se venían transmitiendo desde antes de la invasión turca, expuso una teoría según la cual los degenerados pobladores antiguos lo habían usado como una especie de altar sobre el cual ofrecieron sacrificios humanos, empleando como víctimas a las muchachas y a los niños robados a los propios antepasados de los actuales pobladores, que a la sazón vivían en las tierras bajas. Desestimaba el mito de los horripilantes sucesos de la noche del 24 de junio, así como la leyenda de una deidad extraña que el pueblo hechicero invocaba por medio de rituales cantos salvajes, de flagelaciones y de sadismo, como se decía. No había visitado la Piedra en la noche del 24 de junio, según confesó, pero no le daría miedo hacerlo; lo que había existido o lo que allí sucedió en otro tiempo, fuera lo que fuese, se había sumido en la niebla del tiempo y del olvido. La Piedra Negra había perdido su significado salvo el de ser el nexo de unión con un pasado muerto y polvoriento.

Hacía cosa de una semana que estaba yo en Stregoicavar cuando, una noche, al volver de una visita al maestro, me quedé impresionado de pronto al recordar que... ¡estábamos a 24 de junio! Era, pues, la noche en que, según las leyendas, sucedían cosas misteriosas en relación con la Piedra Negra. En vez de meterme en la taberna, crucé el pueblo a buen paso. Stregoicavar estaba en silencio; los vecinos solían retirarse temprano. No vi a nadie en mi camino. Me interné por entre los abetos que ocultaban las faldas de las montañas en una susurrante oscuridad. Una gran luna plateada parecía suspendida encima del valle, inundando los peñascos y pendientes con una luz inquietante y perfilando negras sombras en el suelo. No soplaba aire entre los abetos, y, no obstante, se oía elevarse un murmullo fantasmal y misterioso. Mi fantasía evocaba quimeras. Seguramente en una noche como ésta, hacía siglos, volaban por el valle las brujas desnudas, a horcajadas sobre sus escobas, perseguidas por sus burlescos demonios familiares. Encaminé mis pasos hacia las escarpas. Me sentía algo inquieto al notar que la engañosa luz de la luna les prestaba un aspecto artificioso que no había notado antes: bajo aquella luz fantástica, habían perdido su apariencia de escarpas naturales para convertirse en ruinas de gigantescas murallas que sobresalían de la ladera.

Esforzándome por apartar de mí esta ilusión extraña, subí hasta la meseta y dudé un momento antes de sumergirme en la tremenda oscuridad de los bosques. Una especie de tensión mortal se cernía sobre las sombras, como si un monstruo invisible contuviera su aliento para no ahuyentar a su presa. Deseché este sentimiento —perfectamente natural, considerando el carácter imponente del lugar y su infame reputación— y me abrí paso a través del bosque, experimentando la desagradable sensación de que me seguían. Tuve que detenerme una vez, seguro de que algo vacilante y pegajoso me había rozado la cara en la oscuridad. Salí al claro y vi el alto monolito alzando su silueta desnuda sobre la hierba. En la linde del bosque, en dirección a la escarpa, había una piedra que formaba como una especie de asiento natural. Me senté en ella, pensando que probablemente fue allí donde el poeta loco Justin Geoffrey había escrito su fantástico El pueblo del monolito. El tabernero pensaba que era la Piedra lo que había ocasionado la locura de Geoffrey, pero la semilla de la locura estaba sembrada en el cerebro del poeta mucho antes de haber visitado Stregoicavar.

Eché una mirada al reloj. Eran casi las doce. Me recosté en espera de cualquier manifestación espectral que pudiese aparecer. Comenzaba a levantarse una brisa suave entre las ramas de los abetos y su música me recordaba la de unas gaitas invisibles y lánguidas susurrando una melodía pavorosa y maligna. La monotonía del sonido y mi mirada invariablemente fija en el monolito me produjeron una especie de autohipnosis; me estaba quedando amodorrado. Luché contra esta sensación, pero el sueño pudo conmigo. El monolito parecía ladearse, danzar extrañamente, retorcerse. Entonces me dormí. Abrí los ojos y traté de levantarme, pero no me fue posible; parecía como si una mano helada me agarrara sin que yo pudiera hacer nada. Un frío terror se apoderó de mí. El claro del bosque ya no estaba desierto. Se veía atestado de una silenciosa multitud de gentes extrañas. Mis ojos dilatados repararon en los raros y bárbaros detalles de sus atuendos. Mi entendimiento me decía que eran remotísimos, olvidados incluso en esta tierra atrasada. «Seguramente —pensé—, son gentes del pueblo que han venido aquí para celebrar algún cónclave grotesco.» Pero otra mirada me hizo comprender que aquellas gentes no eran de Stregoicavar. Eran más bajos de estatura, más rechonchos, tenían la frente más deprimida, la cara más ancha y abotargada. Algunos poseían rasgos eslavos y magiares, pero dichos rasgos se veían degradados por la mezcla con alguna raza extranjera más baja que no me era posible clasificar. Muchos de ellos vestían con pieles de bestias feroces, y todo su aspecto, tanto el de los hombres como el de las mujeres, era de una brutal sensualidad. Aquellas gentes me horrorizaban y me repugnaban, aunque no me prestasen atención alguna. Habían formado un inmenso semicírculo delante del monolito. Empezaron una especie de cántico extendiendo los brazos al unísono y balanceando sus cuerpos rítmicamente de cintura para arriba. Todos los ojos estaban fijos en la cúspide de la Piedra, a la que parecían estar invocando. Pero lo más extraño de todo era el tono apagado de sus voces; a menos de cincuenta metros de donde yo estaba, centenares de hombres y mujeres levantaban sus voces en una melodía salvaje y, sin embargo, aquellas voces me llegaban como un murmullo débil, confuso, como si viniera de muy lejos, a través del espacio... o del tiempo.

Delante del monolito había como un brasero, del que se elevaban vaharadas de un humo amarillo, repugnante, nauseabundo, que se enroscaba en torno al monumento formando una extraña espiral, como una serpiente inmensa y borrosa. A un lado de este brasero yacían dos figuras: una muchacha completamente desnuda, atada de pies y manos, y un niño que tendría tan sólo unos meses. Al otro lado, se acuclillaba una vieja hechicera con un extraño tambor en su regazo. Tocaba con las manos abiertas, con golpes pausados y leves; pero yo no la oía. El ritmo de los cuerpos balanceantes empezó a adquirir mayor rapidez. Entonces saltó una mujer desnuda al espacio que quedaba libre entre la multitud y el monolito; llameaban sus ojos, su larga cabellera flotaba alborotada mientras danzaba vertiginosamente sobre la punta de sus pies, dando vueltas por todo el espacio libre, hasta que cayó prosternada ante la Piedra y allí quedó inmóvil. Inmediatamente, la siguió una figura fantástica, un hombre vestido tan solo con una piel de macho cabrío colgando de la cintura, y cuyas facciones estaban ocultas por una máscara fabricada con una enorme cabeza de lobo, de tal manera que daba la impresión de un ser monstruoso, pesadillesco, mezcla horrible de elementos humanos y bestiales. Sostenía en la mano un haz de varas de abeto, atado por los extremos más gruesos. La luz de la luna brillaba en una pesada cadena de oro que llevaba enlazada en el cuello. Prendida a esta cadena, llevaba otra de cuyo extremo debería haber colgado algún objeto que, sin embargo, faltaba.

La multitud agitaba los brazos con violencia y redoblaba sus gritos, mientras esa grotesca criatura galopaba por el espacio abierto dando saltos y cabriolas. Se acercó a la mujer que yacía al pie del monolito y comenzó a azotarla con las varas; entonces ella se levantó de un salto y se entregó a la danza más salvaje e increíble que había visto en mi vida. Su atormentador bailó con ella manteniendo el mismo ritmo, colocándose a su altura en cada giro y cada salto, al tiempo que descargaba despiadados golpes sobre su cuerpo desnudo. Y a cada golpe que le daba, gritaba una palabra extraña; y así una y otra vez, y toda la gente le coreaba. Podía verles mover los labios. Ahora el débil murmullo de sus voces se fundió y se hizo un solo grito, distante y lejano, repetido continuamente en un éxtasis frenético. Pero no logré entender lo que gritaban. Los danzantes giraban en vertiginosas vueltas, mientras los espectadores, de pie todavía en sus sitios, seguían el ritmo de la danza con el balanceo de sus cuerpos y los brazos entrelazados. La locura aumentaba en los ojos de la mujer que cumplía aquel rito violento, y se reflejaba en la mirada de los demás. Se hizo más salvaje y extravagante el frenético girar de aquella danza enloquecedora... Se convirtió en un cuadro bestial y obsceno, en tanto que la vieja hechicera aullaba y batía el tambor como una enajenada, y las varas componían una canción demoníaca.

La sangre corría por los miembros de la danzante, pero ella parecía no sentir la flagelación sino como un acicate para continuar el salvajismo de sus movimientos desenfrenados. Al saltar en medio del humo amarillento que empezaba a extender sus tenues tentáculos para abrazar a las dos figuras danzantes, se hundió en aquella niebla hedionda y desapareció de la vista. Volvió a surgir otra vez, seguida inmediatamente de aquel individuo bestial que la flagelaba, y prorrumpió en un indescriptible furor de movimientos enloquecedores hasta que, en el colmo del delirio, cayó de pronto sobre la yerba, temblando y jadeando, completamente vencida por el frenético esfuerzo. Siguió la flagelación con inalterable violencia, y ella comenzó a arrastrarse boca abajo hacia el monolito. El sacerdote —por llamarle así— continuó azotando su cuerpo indefenso con todas sus fuerzas, mientras ella se retorcía dejando un pegajoso rastro de sangre sobre la tierra pisoteada. Llegó por fin al monolito, y boqueando, sin resuello, le echó sus brazos en torno y cubrió la fría piedra de besos feroces, como en una adoración delirante y profana. El grotesco sacerdote saltaba en el aire; había arrojado las varas salpicadas de sangre. Los adoradores comenzaron a aullar y a echar espuma por la boca, y de pronto se volvieron unos contra otros y se atacaron con uñas y dientes, desgarrándose las vestiduras y la carne en una ciega pasión de bestialidad. El sacerdote se acercó al pequeñuelo que lloraba desconsolado, lo levantó con su largo brazo y, gritando una vez más ese Nombre, lo hizo girar en el aire y lo estrelló contra el monolito, en cuya superficie quedó una mancha espantosa. Muerto de terror, vi cómo abría en canal el cuerpecillo con sus dedos brutales y arrojaba sobre la columna la sangre que recogía en el hueco de sus manos. Luego tiró el cuerpo rojo y desgarrado al brasero, extinguiendo las llamas y el humo en una lluvia de chispas, en tanto que detrás los brutos enloquecidos aullaban una y otra vez ese Nombre. Después, de repente, todo el mundo cayó prosternado sin dejar de retorcerse, al tiempo que el sacerdote extendía sus manos con gesto amplio y triunfal. Abrí la boca y quise gritar horrorizado, pero únicamente pude articular un ruido seco. ¡Un animal enorme, monstruoso, como un sapo, se hallaba agazapado encima del monolito!

Contemplé la hinchada y repulsiva silueta recortada contra la luz de la luna, y en el sitio en que una criatura normal hubiera tenido el rostro, vi sus tremendos ojos parpadeantes, en los que se reflejaba toda la lujuria, toda la insondable concupiscencia, la obscena crueldad y la perversidad monstruosa que han atemorizado a los hijos de los hombres desde que sus antepasados se ocultaban, ciegos y sin pelo, en las copas de los árboles. En aquellos ojos espantosos se reflejaban todas las cosas sacrílegas y todos los malignos secretos que duermen en las ciudades sumergidas, que se ocultan de la luz en las tinieblas de las cavernas primordiales. Y así, aquella cosa repulsiva que el sacrílego ritual de crueldad, de sadismo y de sangre había despertado del silencio de los cerros, parpadeaba y miraba de soslayo a sus brutales adoradores, que se arrastraban ante él en una repugnante humillación. Ahora, el sacerdote disfrazado de bestia alzó a la débil muchacha maniatada y la mantuvo levantada con sus manos brutales ante el monolito. Y cuando aquella monstruosidad lujuriosa y babeante comenzó a succionar en su pecho, algo estalló en mi cerebro y me desvanecí.

Abrí los ojos sobre una claridad lechosa. Todos los acontecimientos de la noche me vinieron de golpe a la memoria y me levanté de un salto. Entonces miré a mi alrededor con asombro. El monolito se alzaba, descarnado y mudo, sobre la hierba ondulante, verde, intacta, bajo la brisa matinal. Atravesé el claro con paso rápido. Aquí habían saltado y brincado tantas veces que la hierba debería haber desaparecido; y aquí la mujer del ritual se arrastró en su doloroso camino hacia la Piedra, derramando su sangre sobre la tierra. Sin embargo, ni una sola gota de sangre se veía en el césped intacto. Miré, temblando de horror, la cara del monolito contra la que el brutal sacerdote estampó a la criatura robada..., pero no había ninguna mancha, nada. ¡Un sueño! Había sido una espantosa pesadilla... o qué sé yo... Me encogí de hombros. ¡Qué intensa claridad para ser un sueño! Regresé tranquilamente al pueblo y entré en la posada sin ser visto. Una vez allí, me senté a meditar sobre los acontecimientos de la noche. Cada vez me sentía más inclinado a descartar la teoría de un sueño. Era evidente que lo que había visto era una ilusión inconsistente. Pero estaba convencido de que aquello era la sombra, el reflejo de un acto espantoso perpetrado realmente en tiempos lejanos. Pero ¿cómo podía saberse? ¿Qué pruebas podrían confirmar que había sido una visión de una asamblea de espectros, más que una mera pesadilla forjada por mi propio cerebro?

Como una respuesta a este mar de dudas, me vino un nombre a la cabeza: ¡Selim Bahadur! Según la leyenda, este hombre que había sido tanto soldado como cronista, mandó el cuerpo de ejército de Solimán que había devastado Stregoicavar. Parecía lógico; y si era así, había marchado directamente de este lugar arrasado al sangriento campo de Schomvaal y a su destino final. No pude contener una exclamación de sorpresa: aquel manuscrito que encontraron en el cuerpo del turco y que hizo temblar al conde Boris... ¿no podría contener alguna indicación de lo que los conquistadores turcos habían encontrado en Stregoicavar? ¿Qué otra cosa pudo hacer temblar los nervios de hierro del poderoso guerrero? Y, puesto que los restos mortales del conde no fueron rescatados jamás, ¿qué duda cabía de que el estuche de laca y su misterioso contenido permanecían aún bajo las ruinas que cubrían a Boris Vladinoff? Me puse a recoger mis cosas con agitada precipitación. Tres días más tarde me encontraba en una aldea a pocos kilómetros del viejo campo de batalla. Cuando salió la luna, ya estaba yo trabajando febrilmente en el gran túmulo de piedras demoronadas que coronaba la colina. Fue un trabajo agotador... Pensándolo ahora, no comprendo cómo pude llevar a cabo esa tarea; y no obstante, trabajé sin descanso desde la salida de la luna hasta que empezó a clarear el día. Justamente estaba yo apartando las últimas piedras, cuando el sol asomó por el horizonte. Allí estaba todo lo que había quedado del conde Boris Vladinoff —unos pocos fragmentos de huesos—, y entre ellos, totalmente aplastado, el estuche cuya superficie de laca había preservado el contenido a través de los siglos.

Lo recogí con ansiedad y, después de apilar unas piedras sobre aquellos huesos, me marché precipitadamente. No deseaba que me descubriese ningún viajero suspicaz en aquella acción aparentemente profanadora. De nuevo en mi cuarto de la taberna, abrí el estuche y encontré el pergamino relativamente intacto. Y había algo más: un objeto pequeño y aplastado, envuelto en un trozo de seda. Estaba ansioso por descifrar los secretos de aquellas hojas amarillentas, pero no podía más de cansancio. Apenas había dormido desde que saliera de Stregoicavar, y los terribles esfuerzos de la noche anterior acabaron de vencerme. A pesar de mi excitación, no tuve más remedio que echarme un poco, pero ya no me desperté hasta que empezaba a anochecer. Cené rápidamente y después, a la luz de una vela, me senté a leer los limpios caracteres turcos que cubrían el pergamino. Representaba un trabajo penoso para mí, porque mis nociones de turco no son ni mucho menos profundas, y el estilo arcaico del texto me desorientaba. Pero luchando afanosamente, conseguí descifrar una palabra aquí, otra allá, encontrar sentido en alguna frase, y una vaga impresión de horror me oprimió el corazón. Me apliqué con todas mis fuerzas a la tarea de traducir, y cuando el relato se hizo claro y asequible, la sangre se me heló en las venas, se me pusieron los pelos de punta, y hasta la lengua se me endureció. Todas las cosas externas participaron de la espantosa locura de aquel manuscrito infernal; incluso los ruidos de los insectos nocturnos y de los animales del bosque adquirieron forma de murmullos horribles y pisadas furtivas de seres espantosos, y los quejidos del viento en la noche se tornaron en la risa obscena y perversa de las fuerzas del mal que dominan el espíritu de los hombres.

Al fin, cuando la claridad gris se filtraba ya entre las rejas de la ventana, dejé a un lado el manuscrito. La cosa envuelta en el trapo de seda estaba allí. Alargué la mano y la desenvolví. Me quedé petrificado, porque comprendí que, aun poniendo en duda la veracidad de lo que decía el manuscrito, aquello era la prueba de que todo había sido real. Volví a meter esos dos objetos repulsivos en el estuche, y no descansé ni probé bocado hasta que no lo arrojé, lastrándolo con una piedra, a lo más profundo de la corriente del Danubio, el cual —quiera Dios que así sea— se lo llevaría al Infierno, de donde debió salir lo que llevaba dentro. No fue un sueño lo que tuve la noche del 24 de junio en los montes de Stregoicavar. De haber presenciado el horrible ceremonial, Justin Geoffrey, que sólo estuvo allí a la luz del sol y después siguió su camino, habría enloquecido mucho antes. Por lo que a mí respecta, no sé cómo no llegué a perder el juicio. No... no fue un sueño... Yo había presenciado el rito inmundo de unos adoradores desaparecidos hace siglos, surgidos del Infierno para celebrar sus ceremonias como lo hicieran en otro tiempo; yo vi a unos espectros postrarse ante otro espectro. Porque hace tiempo que el Infierno reclamó a ese dios horrendo. Hace muchos, muchísimos años, habitó entre las montañas como reliquia viva de una edad ya extinguida; pero sus garras asquerosas ya no atrapan a los espíritus de los seres humanos de este mundo, y su reino es un reino muerto, poblado tan sólo por los fantasmas de aquellos que le sirvieron en vida.

Por qué alquimia perversa, por qué impío sortilegio se abren las Puertas del Infierno en esa noche pavorosa, no lo sé, pero mis propios ojos lo han visto. Yo sé que no vieron a ningún ser viviente aquella noche, pues en el manuscrito que redactó la cuidadosa mano de Selim Bahadur se explica detalladamente lo que él y sus compañeros de armas descubrieron en el valle de Stregoicavar. Y leí, descritas con todo detalle, las abominables obscenidades que la tortura arrancaba de los labios de los aullantes adoradores; y también leí lo que contaba sobre cierta caverna perdida, tenebrosa, en lo alto de las montañas, donde los turcos, horrorizados, habían encerrado a un ser monstruoso, hinchado, viscoso como un sapo, dándole muerte con el fuego y el acero antiguo, bendecido siglos antes por Mahoma, y mediante conjuros que ya eran viejos cuando Arabia era joven. Y aun así, la mano firme del anciano Selim temblaba al evocar el cataclismo, las sacudidas de tierra, los aullidos agónicos de aquella monstruosidad, que no murió sola, pues hizo perecer consigo —en forma que Selim no quiso o no pudo describir— a diez de los hombres encargados de darle muerte.

Y aquel ídolo achaparrado, fundido en oro y envuelto en seda, era la imagen de ese mismo ser, que Selim había arrancado de la cadena que rodeaba el cuello del cadáver del gran sacerdote-lobo. ¡Bien está que los turcos barrieran ese valle impuro con el fuego y con la espada! Visiones como las que han contemplado estas montañas desoladas deben pertenecer a las tinieblas y a los abismos de edades prohibidas. No, no hay que temer que esa especie de sapo me haga temblar de horror por la noche. Está encadenado en el Infierno, junto con su horda nauseabunda, y sólo es liberado con ellos una hora, en la noche más espantosa que he visto jamás. En cuanto a sus adoradores, ninguno queda ya en este mundo. Pero, al pensar que tales cosas dominaron una vez el espíritu de los hombres, me siento invadido por un sudor frío. Tengo miedo de leer las páginas abominables de Von Junzt, porque ahora comprendo lo que significa esa expresión que tanto repite: ¡Las llaves!... ¡Ah! Las llaves de las Puertas Exteriores, enlaces con un pasado aborrecible y, quién sabe, con aborrecibles esferas del presente. Y comprendo por qué las escarpas parecían murallas almenadas bajo la luz de la luna, y por qué el sobrino del tabernero, acosado por las pesadillas, vio en sueños la Piedra Negra surgiendo como remate de un castillo negro y gigantesco. Si los hombres excavaran entre esas montañas, puede que hallaran cosas increíbles bajo las laderas que las enmascaran. En cuanto a la caverna donde los turcos encerraron a aquella... bestia, no era propiamente una caverna. Me estremecí al imaginar el insondable abismo de tiempo que se abre entre el presente y aquella época en que la Tierra se estremeció, levantando como una ola aquellas montañas azules que cubrieron cosas inconcebibles. ¡Ojalá ningún hombre cave al pie de ese remate horrible que se llama Piedra Negra!

¡Una llave! ¡Ah, la Piedra es una Llave, símbolo de un horror olvidado! Ese horror se ha diluido en el limbo del que surgió como una pesadilla durante el nebuloso amanecer de la Tierra. Pero ¿qué hay de las otras posibilidades diabólicas que insinúa Von Junzt...? ¿De quién era esa mano monstruosa que estranguló su vida? Desde que leí el manuscrito de Selim Bahadur, ya no he albergado ninguna duda sobre la Piedra Negra. No ha sido siempre el hombre señor de la Tierra... Pero ¿lo es ahora?

Y obsesivamente, me vuelve un solo pensamiento: si un ser monstruoso como el Señor del Monolito había logrado sobrevivir de algún modo a su propia era incalculablemente lejana, ¿qué formas sin nombre podrían acechar aún en los lugares tenebrosos del mundo?