lunes, 19 de diciembre de 2016

Una puerta abierta a ti. Cristina Maya.

Vencida estoy
en tu noche febril.
Soy esa luna
que lentamente se desangra,
soy esa luz que se debate
entre la libertad del aire
y la penumbra.
Pues al sumirme en ti
como en un sueño,
he iniciado mi viaje
por un extraño laberinto
donde sólo se plasma
la única imagen tuya.
Abordo ahora un infinito tren
con rumbo conocido,
el tuyo.
Divago en tumultuosas calles
en extranjeros mundos,
buscándote.
Soy quien me bebo
sorbo a sorbo la ausencia
con la firme esperanza
de encontrarte.
Hay una puerta abierta a ti,
detente en ese umbral,
quiero saciar la sed
de esta aventura,
calmar ese deseo de tenerte,
de sentirte cotidianamente
habitando en mi casa,
abordando mi lecho.
Detente en esta orilla,
pasajero de todos mis momentos,
estación del silencio
infatigablemente recorrida.

Tras su sombra. Cristina Maya.

Transfigurado en una luz más pura,
en ese límite soñado
que contemplamos juntos,
invencible en tu mundo y sublimado
surges en mi recuerdo como un símbolo.
¿En qué lugar, qué puerto,
qué territorio habitarás ahora?
Vivo por ti, viviendo tras tu sombra
y en el continuo miedo de perderte,
de no encontrar la ruta,
de dar mil vueltas
en la ilusión frenética del tiempo.
Tiembla la noche de mi insomnio,
¿qué país es el tuyo?
¿A dónde habrás viajado
desafiando las sombras?
Sólo sé que me adentro
sutilmente en la ausencia,
en un mundo impreciso que no tiene salida,
donde voy sumergiéndome
hondamente a tu lado.

Presencia. Cristina Maya.

Todo lo llena tu presencia:
lo distante y lo próximo,
lo pequeño y lo grande,
el delicado nudo de los sueños.
El mundo es una larga huella tuya
y yo piso la tierra
desterrando el olvido.

Poema a la ausencia. Cristina Maya.

Cómo golpea tu ausencia
cuando evoco tus pasos por la casa,
tus huellas en mi alcoba,
mi cotidiano empeño de tenerte.
Puedo palpar la luz de cada amanecer
con su luna desierta y congelada,
tu voz de agua
fluyendo por mi sangre
de magnolia encendida,
tu sombra fugitiva
que tejes y destejes,
por la escalera anónima
que hasta ti me conduce.
Puedo esperarte desvelada
en la noche profunda,
sembrar el horizonte
de voces que te nombran
desde mis sueños desolados.
Penetrar en un círculo etéreo
de niebla y lejanía
de polvo inerte y blanco
donde mi soledad de nieve
habita el más remoto sitio
de tu alma.
Allí donde tu imagen
en constante reflejo del silencio,
memoria impresa en el espejo.

Luna. Cristina Maya.

Luna de presagios,
abórdame esta noche,
vivo presa
de tu mágico hechizo
y en tu espacio de luz
espejea mi alma.

La carta. Cristina Maya.

 Para Said en las inolvidables
                                                                               tierras de Egipto.

Si escribo con símbolos tu nombre
y cotidianamente te descubro
todo me lleva a ti.
Si en los rastros del viento,
en los signos del agua
te conozco,
eres para mí la imagen viva
de una eterna presencia.

Yo aún añoro un azul transparente,
un desierto enigmático,
la grandeza de un mundo ahondándose en mí
y la arena me quema todavía.
¡Cuánto sol!
Cuánto amor detrás de cada piedra,
buscando su refugio,
su espejismo encantado
entre las sombras...

Aún me liga la cadena del tiempo,
el misterioso jeroglífico,
el gesto inmemorial hallado
en cada sello,
en cada fragmento de granito,
en el recinto sagrado de los muertos.

Amor, cuántos recuerdos,
cuánta historia estremecida
por mil guerras fugaces,
cuánta hermosura en cada empresa,
cuánta tragedia al mismo tiempo.
Imagen tras imagen,
vuelven a aparecer los monumentos,
las columnas inmensas,
los fantásticos templos.

Todo se transfigura
y el tiempo se dilata,
se torna dúctil, susceptible al calor
de la memoria.
Entonces pareces más cercano,
como personificando un mito
y vuelve a mi recuerdo aquella noche.
La esfinge y las pirámides
entre ecos y luces taciturnas,
eran el límite del mundo...

Que grandioso espectáculo
cubriendo en horizonte
y entre besos de estrellas
qué hondo aliento respiramos,
qué eternidad nos conmovió
hasta el fondo.

Desde esta tierra americana
donde el sol y la lluvia se confunden,
donde los páramos, los montes se entrelazan
y las vorágines se crecen día a día,
desde este mundo joven te recuerdo
y olvido la distancia y las fronteras.

Invitación. Cristina Maya.

Ven a habitar
esta parte de mi alma
suspendida en la orilla
de un crepúsculo.
Ven a abordar este barco
naufragado en lo azul
de mi nostalgia.
Mi casa te aguarda
florecida de lilas
y abierta al horizonte
donde la luz es el preludio
de una aurora
que apenas se perfila.
Todos los sueños caben,
todos los espejismos.
Aquí las ventanas
son puertos para viajar
por rutas olvidadas
y en las tardes
el jardín reverdece
de tallos y de hojas,
de voces minerales
que emanan de la tierra.
Mi casa te espera
lejos del frío nocturno
que cuaja de tristeza cada calle,
lejos de la negra visión,
que empaña las esquinas
de humo y pesadumbre.
Tibieza, claridad,
sombra apacible
de la luz en la lámpara
junto al libro
de signos admirables.
El lecho de los sueños,
la almohada reclinada
y mi amor abrigándote
en el silencio puro
de la noche.
Mi casa te aguarda
de pie sobre la vida,
a esta hora o en el círculo
eterno de las horas.

Insistencia. Cristina Maya.

Crece con insistencia tu recuerdo
y en la sombra impalpable
te recobro,
porque nunca me canso
de soñar tu imagen,
de reconstruirte en un espejo
eternamente inmóvil,
de seguirte en la caricia
constante del deseo,
en la fuerza inevitable de la sangre
que corre intensamente
hasta romper la piel,
hasta adherirse en la entraña
y convivir con ella
en una misma herida.
Pues soy rueda veloz que no claudica
hasta seguir en la loca carrera
hacia tu encuentro.

Inagotable. Cristina Maya.

Deshabitada,
ausente del lugar
acostumbrado,
enclavada en un tiempo indefinido
así me siento en esta noche.
Ah, no quiero saber más
de las fugas perpetuas,
de las claudicaciones.
Mi mente vuela ágil
sin poder detenerse
guiada por una luz inagotable,
por un sueño de estrellas
que calcinan el cielo.
Me erijo en el recuerdo
y busco mi lugar
en la cambiante forma
de las cosas.
Porque ahora la noche se perfila
en su mudez pesada
donde queda temblando
el pulso de las horas
y mi deseo habita
esa región innominada
que se quiebra por dentro
en mil pedazos.
Entonces no puedo desprender
la recia costra de los años
y soy sólo el fluir de mi conciencia
¡debatiéndose sola
entre la nada!

Hilandera. Cristina Maya.

Hilandera que tejes
con tus tristes designios
el hilo de la vida.
Mira como avanzas y avanzas
con el tiempo
cual implacable máquina.
Mira como arrastras
con paso indiferente
todo el clamor humano.
Hilandera desteje,
o al menos,
detén la rueda hostil
pues aún vive la esperanza.

Frente al atardecer. Cristina Maya.

Esta tarde
de bruma gris y hondo abandono,
tiene dolor de ausencia.
Frente a mí
la lenta melancolía
de las hojas
y en la ventana el viento
preludia una canción entristecida.
Soy el instante impreciso,
el endeble reflejo
de un retrato, un espejo, un poema.
Soy el perfil desvanecido
de todas las imágenes posibles,
sombra no más de lo que fue,
palabra blanca
en el papel del aire.

El regreso. Cristina Maya.

He regresado de la ausencia,
me detuvo en el largo camino
la estación de la muerte.
Viajaban trenes imposibles,
transeúntes anónimos,
laberintos oscuros.
No sé en qué estancia
donde todas las voces se diluyen,
tuve sentido del silencio.
Olvidé mis palabras,
alejé los recuerdos
y anduve sola y desterrada.
no hubo espejo dónde reflejar
mi imagen
lugar alguno dónde asir la nostalgia.
Sólo un abismo innumerable
donde el tiempo ahondaba
cada vez mi vacío.
Quedé anclada en las horas,
aferrada al momento.
Perdida de mí misma,
me busqué en la memoria.
Fui así reconstruyendo
a fragmentos mi imagen
y descubrí el espejo
en mi propia conciencia.

El laberinto. Cristina Maya.

Cómo romper
la cáscara del tiempo,
enredada en la entraña
del pasado...
Cómo salir, soltar la amarra
de ese espacio compacto
del recuerdo...
Soy la misma
que refleja su imagen
en la memoria ajada
de los días.
La que adopta
una máscara idéntica
y repite el vestuario
de la escena.
La que viaja y regresa
por el mismo camino
hasta la orilla.
La que al cerrar los párpados
refleja sus sueños
en la pupila inerte
de la noche.
La que vive el amor y el desamor
y repite por siempre
la historia circular
del laberinto.

El adiós. Cristina Maya.

En el límite del ayer
que era nostalgia
y en el continuo adiós
que es mi presencia
algo de mi propio abandono,
de ese lento sigilo
que no nombra ternuras ni añoranzas,
como el ensueño plácido, inconcluso,
en mi mundo de sombras sobrevive.
Como si al deslizarse la tierra
descubriera también la mínima catástrofe
del agua que se quiebra.
Una plegaria entonces
para aquellos que viven en fúnebre abandono
y un sol no más para que pueda,
llorar lo que se ha ido.

Divagación. Cristina Maya.

Voy por tu piel desnuda
alcanzando tus manos que diluyen las horas,
acercando mis ojos a tus sueños,
dibujando tu frente, tu mirada,
súbitamente recobrándote.
Comienzo a oír tu voz ahora,
a algún país lejano perteneces,
dueño de alguna embarcación perdida,
así te siento....
Ahondo mi corazón en tu latido,
distante estás del mar soñado
Y a mi orilla te acoges dulcemente.

Desolación. Cristina Maya.

Crece la noche
en su fragor secreto de resinas,
como un hilo de sangre en la espesura,
crece la noche
sin otra voz que el sordo murmurar
del tiempo.
La luna eclipsa su presencia
y como sombra tenue
se posa entre las ramas desoladas,
en los oscuros quicios de las puertas,
en los senderos olvidados
donde la luz naufraga de nostalgia.
Un preludio de alas
anuncia el vuelo de la tarde
y mientras crece la noche,
yo escucho la canción de los crepúsculos,
la voz oscura del misterio
que enreda sueños
en el telar vicioso de las horas
y mece entre los mágicos follajes,
las larvas del silencio.

Deseo. Cristina Maya.

Orilla
laxitud donde se duerme un río
tierra húmeda
placidez del silencio.
Deseo que crece
en las fuentes del sueño
o en el paisaje cálido
donde la luz se anida.
Camino blanco
concierto unánime
¡amanecer abierto de campanas!