sábado, 17 de diciembre de 2016

El rompecabezas. U.

Una familia de tres (el hijo era adolescente, los padres lo habían tenido a edad madura) adquirió un rompecabezas de madera en una tienda de antigüedades. Armar rompecabezas era su pasatiempo favorito; solían jactarse de haber completado, a veces en una noche, paisajes y demás figuras de más de mil piezas. Eran los típicos rompecabezas comerciales, que en la caja exhiben la imagen que se alcanzará luego de acoplar pieza tras pieza.
En esta ocasión, notaron que el rompecabezas que comprarían parecía datar de hacía mucho tiempo, quizá un siglo, y que no había forma de saber a qué imagen llegarían. El dependiente, un anciano de modales afectados y aparente sabiduría, trató de disuadirlos de comprar aquello, no porque no quisiera venderlo, sino por lo que él había escuchado al respecto. Pero la familia estaba demasiado embelesada como para prestar atención a consejas de viejo; entreoyeron frases como “se termina en una noche”, “el resultado es más que una sorpresa”, etc., pero no les dieron importancia. Asintieron al enterarse de que, al parecer, su creador había sido un criminal ejecutado en Baviera por crímenes singularmente horribles.
Llegaron a casa, el día declinaba, todo parecía propicio para comenzar. Apartaron la mesa de dentro de la sala, se remangaron y pusieron manos a la obra. Al principio hablaban entre sí, pero poco a poco se hundieron en el silencio. Les urgía saber en qué acabarían sus esfuerzos. Esperaban dar forma a un castillo, un paisaje campestre o, en todo caso, una famosa pintura.
Se obsesionaron con terminar. Las piezas de madera, exquisitamente fabricadas y aparentemente infinitas, pasaban precipitadamente por sus manos y se iban incrustando en el lugar correspondiente.
La familia tenía una mascota, un perro faldero, que ladró numerosas veces al escuchar ruidos; pero sus dueños, excesivamente concentrados en su tarea, ignoraron las advertencias del animal.
Pese a que cada vez era más evidente lo que representaba el rompecabezas, alguna fuerza inexplicable les impedía suspender la actividad. Ya se habían reconocido, incluyendo al perro, y quizá la curiosidad los movía a completar la obra para saber si en la escena aparecía alguien más.
No apareció nadie. Los cadáveres (brutalmente mutilados) de la familia y la mascota fueron hallados en la cocina, reproduciendo perfectamente el rompecabezas que terminó adornando el centro de la sala. La policía fue incapaz de deducir lo ocurrido y, desde luego, jamás encontró al responsable.
El destino del rompecabezas es desconocido.

Archivo 024 La Caja. Orlando García.

Despertó de pronto, su cuerpo dio un respingo mientras que el corazón le latía casi como galopándole dentro, su respiración era agitada y las uñas de las manos le ardían, estaba boca abajo, la sabana solo le cubría hasta la mitad del cuerpo pero aun así lo sentía caliente, mientras que la almohada estaba fresca. Sus ojos trataban de enfocarse pasando por encima del brazo y topando en la pared que tenia de frente, cuando logro tranquilizar su respiración se giro sobre sí dándose cuenta de que no reconocía el lugar en el que se encontraba, noto un ventilador de techo que daba vueltas a una velocidad que apenas si podía percibir una ligera brisa de viento, parpadeo intentado enfocar mejor, se reclino contemplando el cuarto entero. Pasaron algunos minutos, hasta que se sintió con el ánimo como para levantarse y andar hasta el baño, se paro frente al lavabo, abrió la llave hasta el tope y el chorro de agua salió a toda presión, puso ambas manos en forma de canasta y bañó su rostro con aquella sensación de frescura que le escurrió por el cuello. Aun sin lograr entender que era lo que hacía en ese lugar se miro al espejo y noto que su barba lucia crecida de días, en sus ojos resaltaban pequeñas manchas rojizas y al verse las manos se dio cuenta que estaban hinchadas, las uñas le sangraban internamente, lo supo por el color morado negruzco que inmaculadamente presumían.

Regreso a la habitación y le llamo la atención una pequeña mesa al costado de la cama sobre la cual una cajetilla de cigarros arrugada y un cenicero eran el centro de mesa, sobre el cenicero podía verse el cadáver de un cigarro como si lo hubieran encendido y colocado en aquel pequeño plato cristalino esperando a que simplemente se consumiera por si solo, por otra parte también estaba el único sobreviviente de la caja, acompañado por un encendedor estilo zippo, no recordaba que a él le gustara fumar mas sin embargo lo coloco en su boca, en su silencio podía escuchar al tabaco tronando mientras se quemaba, la garganta le carraspeo regresándole el humo con una tos que le hizo llevar su puño a la boca mientras unas pequeñas gotas de baba y algunos puntos cafés se estamparon en su mano, juntó un poco de saliva y la escupió para quitarse el mal sabor para después seguir, se dio cuenta que las ventanas sellaban la luz del sol por las persianas verticales que se empalmaban una tras de otra, se sentó en la silla que se mostraba lujuriosa ante su presencia y se quedo ahí, pensando en lo que había hecho que él estuviera en aquel lugar, recordaba muy poco, incluso aun estaba indeciso sobre su nombre, quizás Roberto, quizás Alfredo, aun no estaba del todo seguro, lo que si recordaba con mucha claridad era la cantidad obscena de whiskey que había tomado en algún punto antes de perder el conocimiento por completo, aun podía escuchar los cubos de hielo chocando unos con otros dentro del pequeño vaso, los murmullos de la gente y las risas burlonas de una mujer, Andrea, vino el nombre por si solo a su mente, una mujer guapa de una figura delicada, con un vestido de noche que la mostraba sensual y atractiva para sus bien definidos gustos, se dio cuenta de pronto que al recordarla una sonrisa torcida se le había reflejado en su rostro, cerró los ojos intentando redibujarla tras sus parpados, pero no pudo, en cambio lo que obtuvo fue un dolor asfixiante en el pecho, como si le dejaran caer un bulto de arena encima, se levanto y rondo de un lado a otro por la habitación, se llevo el pulgar a su cerrada dentadura, haciéndolo topar una y otra vez, así lo hacia cuando tenia que pensar, con la otra mano se oprimía el pecho, mientras que el humo del cigarro se paseaba hasta desvanecerse tras el aspa del abanico.

Hizo una pausa cuando el dolor se le disperso inclinándose sobre sus rodillas y tomando un poco de aire, inhalo lo más fuerte que pudo intentando que sus pulmones se llenaran lo suficiente para ya no sentir ese sofocamiento que lo había estado atacando desde que había despertado. Se puso firme de nuevo y la misma pregunta volvió, no tenía la más remota idea de cómo había ido a parar ahí, solo sabía que estaba semi-desnudo, no había llaves tampoco su cartera, no había nada mas, pensó que quizás encontraría algo en los cajones de la habitación, reviso el pequeño buró, en los cajones de la base de la cama y los del centro de entretenimiento, pero todos estaban vacíos, solo quedaba el pequeño guardarropa que se encontraba detrás de la puerta de entrada y al inspeccionarlo, justo en medio de aquel pequeño hueco en la pared colgaba de un gancho un vestido rojo, el mismo con el que había recordado a la mujer, intento tomarlo pero ante la mirada incrédula de sus ojos el vestido completo se convirtió en un nido de víboras, algunas negras y otras tantas con franjas rojas como las coralillo que cayeron sobre el piso y comenzaron a moverse hacia él pero azotando ambas puertas evito que saliera alguna y se quedo ahí deteniéndolas, escuchando el movimiento y el rozar de unas escamas con otras, de pronto el sonido se detuvo y lo único que escuchaba era su acelerada respiración así como su propio corazón palpitando hasta su cabeza como si se le taparan los oídos, abrió de nuevo poco a poco y no había absolutamente nada, ni vestido ni serpientes, cerrándolo nuevamente pensando que tal vez aun se encontraba algo ebrio haciéndolo divagar un poco sobre lo que acababa de suceder hasta que algo lo saco de aquel trance, la puerta sonó dos veces, tocaron, pero su manos estaban tan apretadas que parecían haberse adherido a los pequeños picaportes del guardarropa.

Cuando logro soltar las asas se asomo por la mirilla de la puerta, tras de ella un hombre con la cabeza gacha y cubierta por una cachucha esperaba, sin reconocerlo soltó un grito al aire para anunciar que le abriría quitando la pequeña cadena y girando la perilla para saber de que se trataba, se dio cuenta que se encontraba en un segundo piso, frente a él estaba lo que parecía la explanada de un hotel de poca reputación, el hombre había desaparecido y al asomarse por el pasillo alcanzo a ver como se perdía entre una pared y lo que parecía un barandal metálico, pensó que quizás se trataba de una broma y que aquel hombre había resultado ser un simple muchacho travieso, dio dos pasos fuera para corroborar si bajaba por algún lado pero en lugar de eso un sonido lo distrajo bajo sus pies, se trataba de una pequeña caja del tamaño de los platillos para llevar de los restaurantes chinos, pero ésta por su parte estaba forrada en color rosa y con un moño enorme que la hacia ver aun mas pequeña. La recogió y se quedo mirándola en medio del corredor, volvió dentro poniéndola sobre la mesa, no entendía de que se trataba y aquello le preocupaba cada vez más, no saber siquiera con seguridad quien era y ahora una misteriosa caja. La tomo buscando alguna referencia que le indicara su procedencia pero solo encontró una pequeña tarjeta con un oso pintoresco que cargaba un corazón el cual portaba una leyenda que decía, de mi, para ti -¿Que estupidez es está?- pensó mientras leía por dentro escrito a mano con una pluma de tinta fina que entrelazadamente decía Recuérdame el resto de tu vida. Sentado de nuevo en la silla, se recargo hacia atrás y cruzo los dedos de ambas manos dejando solo los índices alineados apoyando en ellos su nariz, como si la estuviesen deteniendo. Se quedo ahí, observando y sin tocarla, intentando recordar algo mas que solo el whiskey, de pronto como un asalto a su intelecto regreso la imagen de aquella mujer que reía de manera sensual sentada en una silla alta en el bar, el lugar a su alrededor parecía lujoso, metros de tela con un tono melón pendían de lo mas alto para adornar los enormes ventanales, podía escuchar a lo lejos el sonido de un piano y el murmullo de la gente que cuchareaba la comida y chocaban sus vasos -¿Por qué me miras así?- le pregunto ella sonriéndole aun, él miro su reloj y la hora marcaba once con cuarenta de la noche, después el recuerdo se disolvió y lo regreso de nuevo a la habitación -¡Demonios! ¿Que paso de esa hora hasta aquí?- se dijo llevando sus pensamientos en voz alta y se tallo el rostro con ambas manos para luego buscarse el reloj, en su lugar se dibujaba en un tono mas claro de piel. Al terminarse el cigarrillo, aplasto la colilla contra el cenicero se jalo el pelo hacia atrás como intentando acomodarlo, se quedo con ambas manos pescadas de la nuca y llevo la mirada al techo, soltó el aire por la nariz y regreso la mirada a la caja, la curiosidad le hacia cosquillas en las yemas de sus dedos intentando corromperlo, obligándolo a querer abrir aquella sorpresa, pero la verdad le resultaba incomodo pensar que aquel objeto no fuera para él.

Tic-tic-tac, sonaba algo en alguna parte de la habitación, hizo una pausa a sus pensamientos y se dispuso a agudizar el oído para intentar dar con el lugar de donde provenía aquel sonido. Su primera idea fue la pequeña caja, la cual tomo para acercarla a su oído, para después terminar dándose cuenta que no era dentro de ella, era otra parte. Se levanto de la silla y se agacho bajo la cama, volvió a checar todos y cada uno de los cajones, exceptuando las puertas del guardarropa, sentía un poco de escalofrió solo de pensar en ellas, llego al baño y quito la tapa del retrete, quito la cortina y puso el oído cerca del lavamanos, pero nada, busco bajo la mesita, incluso pensó que era algo dentro del zippo, pero no, no fue así, quito las persianas pero una densa luz solar le impedía siquiera ver para fuera, se acerco al televisor y lo desconecto para cerciorarse que o fuera éste el que emitiera aquel ya fastidioso sonido y es que entre mas tardaba en localizarlo, mas fuerte sonaba. Tic-tic-tac, retumbaba en su cabeza enfermizamente, llegando al punto en que quito las sabanas y las tiro al suelo, movió la cama y quito el televisor para ponerlo en el piso y mirar tras de el, pero no. Una pequeña rejilla de ventilación lo miraba desde lo alto de la habitación, muy cerca de las persianas, pero mas aun pegada al techo, tomo la silla y se paro de puntas para intentar ver lo que había adentro, Tic-tic-tac, una y otra vez, cuando se pudo estirar lo suficiente, pudo ver algo plateado, algo en que su haber de cosas a imaginar podía ser su reloj, pero no podía saberlo con exactitud porque la rejilla llevaba a los costados un par de tornillos de punta de estrella, lo cual hacia difícil encontrar una solución. Pensó que quizás el regalo en la caja se trataba del destornillador y que el premio en si, era su reloj, decidió bajar y abrirla pero su propio equilibrio y la silla le hicieron una mala jugada, perdiendo el control y cayendo de espaldas contra el piso, su cabeza pego tan duro que probablemente el inquilino de la habitación de abajo se diera cuenta, la silla voló y termino rebotando de costado, haciendo tanto ruido como lo fue posible.

Noqueado, sus ojos intentaban mantenerse abiertos pero todo daba vueltas, su mente comenzó a divagar y todo se puso negro, después se vio a si mismo en el comedor de su casa, el sol se ponía tras la barda circundante al patio que se encontraba completamente destrozado, un enorme hueco se presumía como una fosa, un hombre con aspecto de albañil se acerco hasta ahí y parado en la orilla estiro un poco el cuello para ver hasta abajo, de pronto desapareció por el pasillo que conectaba con la calle y regreso con una pala, comenzó poco a poco a rellenar el enorme agujero, cada vez que la pala levantaba un puño de tierra y caía dentro del pozo le retumbaban los oídos, podía escuchar casi de manera extranormal el sonido de la tierra azotando con algo –¡Para!- grito levemente, pero al ver que el hombre no detenía su labor, comenzó a gritar mas fuerte -¡Para ahora mismo, te digo que pares hijo de perra!- gritaba histéricamente y se tapaba los oídos al mismo tiempo hasta que golpeo el vidrio de la puerta desde donde lo veía, el albañil se detuvo y miro fijamente hacia donde estaba él parado, pero después encogió los hombros y siguió paleando la tierra. Intento salir jalando la puerta pero justo en ese momento un flashazo le ataco, La mujer apareció sobre de él, estaba completamente desnuda y lo veía con unos ojos de amor y ternura –bésame completamente- le dijo con una voz tierna y sumamente erótica, él sentía un nerviosismo y dentro de aquel flashazo supo que algo no estaba bien, se dio cuenta que estaba viviendo dentro de aquel recuerdo como si de un sueño se tratara, la hizo a un lado parándose de la cama y ella soltó un leve grito -¿ya no te gustó Roberto?- él se detuvo -¿Cómo me llamaste?- le pregunto un poco titubeante –Pues por tu nombre amor- le dijo en ese mismo tono lujurioso –No se de que me estas hablando- ella soltó una sonrisa frenética, chillante, incluso algo desesperante –Pues abre la caja- le dijo con una voz en extremo diferente, parecía demoníaca, como si dos personas hablaran sincronizadamente –la caja…- y antes de que pudiera decir cualquier cosa abrió los ojos, el abanico seguía a su paso, poco a poco como hipnotizante, las piernas le dolían tan solo un grado menos que lo que le dolía la cabeza, en sus manos sentía lo afelpado de la alfombra y no lograba enfocar a la perfección, recordó su caída y el golpe en la cabeza, después solo pensó en la caja, se levanto enérgicamente y los músculos en su cuerpo le recordaron que estaba vivo, que aun sentía, pero lo ignoro todo cuando tuvo de nuevo la caja entre sus manos “Pues abre la caja” repetía una y otra vez en su cabeza la voz demoníaca de Andrea, apenas jalo el hilo del moño y este se desmorono por completo quedando como un simple listón, desesperado abrió el pequeño cubo y saco montones de papel crepe y en el fondo, una pluma, era plateada con detalles en color oro, ante sus ojos le parecía hermosa, pero seguía siendo confusa toda aquella situación, Tic-tic-tac, volvió a escuchar y una rabia lo invadió desde el centro de su pecho y de pronto un papel apareció deslizándose bajo la puerta del cuarto. Se acerco y lo levanto Por favor firme de conformidad decía en lo alto de la hoja y después todo en blanco hasta donde una línea negra se situaba sobre el nombre de Roberto Fuentes, su instinto le hizo abrir la puerta, pero tras aquella tabla de aserrín prensado las cosas habían cambiado, ahora todo estaba oscuro y no veía siquiera el pasillo, el solo hecho de salir de la comodidad del cuarto lo hacia sentir la sensación de que iba a caer al vació pero de pronto la negrura comenzó a invadir el cuarto dejándolo parado en la nada, solo con el papel en la mano y con la pluma plateada Tic-tic-tac sonó una vez mas -¡Basta, basta ya! ¿Qué es todo esto?- grito en medio de aquella oscuridad –solo firma- le dijo la voz de la Andrea -¿Dónde estas?- le pregunto sin obtener respuesta y de la nada lo ataco un espasmo de tos, cada vez que su pecho se oprimía pequeños montones de tierra oscura salían de su boca seguidos por una leve nube de polvo, provocándole asco y vomito, la sofocación acababa poco a poco con su lucidez, sentía mareos, estaba desorientado y al mover su mano de un lado a otro podía ver como se tras dibujaban sus movimientos como dejando sombras de colores, cayo sobre sus rodillas y sin fuerza firmo sobre la línea negra, de pronto el dolor se detuvo, el papel comenzó a quemarse por una punta y la pluma se calentó al grado de quemarle las yemas de los dedos, soltó ambas cosas y fue la misma oscuridad la que se las trago desapareciéndolas –¿Ahora que?- grito, pero no obtuvo respuesta, todo sonido desapareció y solo el pillido del silencio absoluto le invadía en sus oídos, frente a él apareció el contorno rojizo de una puerta doble, las cuales se abrieron y tras ellas unas flamas inmensas se mostraban desafiantes. –Es el infierno, aquí es a donde ahora perteneces, fuiste tu quien lo decidió- Dijo la misma voz y el sentía en el pecho un dolor causado quizás por la contracción de su corazón, como si se le retorciera dentro del pecho.

La mañana del 15 de marzo del 2011, un hombre fue hallado enterrado en el patio de su casa, aparentemente estaba vivo cuando fue colocado en aquella caja, por lo desgastadas de sus manos se llego a la conclusión que este había intentado salir hasta romper la madera, pero sus pies estaban esposados a la caja evitando que este pudiera salir. Cuando sacaron el cuerpo se encontraron objetos que fueron un tanto extraños para esta clase suicidios, pues había entra las cosas, un encendedor, una cajetilla de cigarros y un reloj que no servia marcando únicamente las once con treinta, además los forenses encontraron la fotografía del hombre con una mujer que al poco tiempo fue identificada como Andrea Bustelo, mujer de nacionalidad Argentina la cual fue interrogada para saber la relación con el suicida, la mujer dijo haberlo conocido ya hace algún tiempo y que se había alejado de él por su aparente obsesión hacia ella, lo cual le pareció un tanto enfermo, dijo también entre sus declaraciones que aquella fotografía se la habían tomado el día que lo conoció en un restaurante de la zona rosa en la ciudad, él hombre la acosaba y se portaba de manera extraña con ella así que desde hacia algunos años lo había mandado al olvido. Al registrar la casa se encontraron más fotografías de esta misma mujer, también de algunos libros de brujería antigua y de cultos satánicos, según las ultimas indagatorias del caso, el hombre había preparado su propio entierro, esto con el fin de pasar a un mundo espiritual donde obtendría lo que pidiera, el mismo cavo el pozo y construyo la caja donde se auto encerró tapando hasta la mitad de tierra, también se obtuvo información de un hombre llamado Valente Guerra, un albañil el cual aseguro que el hombre le había pagado para rellenar un pozo en el patio de su casa, de manera extraoficial informo que aquel día en la casa se escuchaban ruidos incluso hubo uno que destaco de todos e hizo estrellar el vidrio de la puerta trasera. El caso fue clasificado como extraño y termino siendo enviado a los archivos muertos.

Te estoy vigilando. R.

_Rebecca…Vamos -coreaban a conjunto su hermana y su hermano.

_No, he dicho que a la cama y es a la cama -dice señalando a lo alto de la escalera.

_Hermanita por favor, déjanos quedarnos a ver la película -dijo su hermana María de solo 5 años.

_No, la película es de miedo y después no podréis dormir, a si que a la cama sin rechistar o se lo digo a mamá.

_Vaaaale -dicen los dos resignados, con la cabeza baja, mientras suben peldaño a peldaño hasta su habitación.

Rebecca sonrió satisfecha. Ya tiene la noche para ella. Se hace un bol de palomitas dulces mientras ve la película. De pronto suena el teléfono y ella, del respingo, tira algunas palomitas al suelo.

_¿Sí? -dice ella al descolgar el teléfono- ¿Hola? -después, extrañada al no encontrar respuesta, cuelga el auricular.

Sigue viendo la película hasta que vuelve a sonar el teléfono.

_Dígame -sigue sin responder nadie- Vale sea quien sea no tiene gracia -dice antes de colgar el teléfono.

Sigue comiendo palomitas hasta que vuelve a sonar el teléfono. Ella lo coge ya enfadada.

_Mira, sea quien sea, vas a…-dice Rebecca.

_Rebecca, ¡te está gustando la película? ¿y las palomitas? -dice una voz al otro lado del auricular- ¿Sabes donde estoy?

Ella asustada cuelga el teléfono y revisa las últimas llamadas del teléfono para ver de donde proviene la llamada. Ella temblorosa se tapa la boca del susto. La llamada viene de la misma casa.

Intenta ir a la puerta para salvarse pero no le da tiempo. Esa noche sus padres encontraron a su hija y a sus dos hijos muertos en la misma habitación. Del asesino solo quedó una frase en el espejo:

“Te estoy vigilando”

La autoestopista fantasmagórica. Pedro N.

Cerca del kilómetro 12 en la carretera principal que va de Baltimore a Nueva York hay un cruce con una importante autopista. Se trata de un cruce muy peligroso, y en muchas ocasiones se ha hablado de construir un paso subterráneo para evitar accidentes, aunque todavía no se ha hecho nada.
Un sábado por la noche, un prestigioso doctor neoyorkino -del que evitaremos mencionar su nombre-, regresaba a su casa después de asistir a una sala de fiestas country. Al llegar al cruce redujo la velocidad y se sorprendió al ver a una deliciosa jovencita, vestida con un traje largo, de fiesta, haciendo auto-stop. Frenó de golpe y le hizo una señal para que subiera a la parte trasera de su descapotable.

– El asiento de delante está lleno de palos de golf y de paquetes -se disculpó. Y a continuación le
preguntó: – Pero, ¿qué está haciendo una chica tan joven como tú sola a estas horas de la noche?

– La historia es demasiado larga para contarla ahora -dijo la chica. Su voz era dulce y a la vez aguda, como el tintinear de los cascabeles de un trineo. – Por favor, lléveme a casa. Se lo explicaré todo allí. La dirección es North Charles Street, número XXXX. Espero que no esté muy lejos de su camino.

El doctor refunfuñó y puso el coche en marcha. Cuando se estaba acercando a la dirección que le indicó ella, una casa con las contraventanas cerradas, le dijo: – Ya hemos llegado. Entonces se giró y vio que el asiento de atrás estaba vacío. – ¿¡Qué demonios…!? -murmuró para sí el doctor. La chica no se podía haber caído del coche, ni mucho menos haberse desvanecido.

Llamó repetidas veces al timbre de la casa, confuso como no lo había estado en toda su vida. Después de un largo tiempo de espera, la puerta se abrió y apareció un hombre de pelo gris y aspecto cansado que lo miró fijamente.

– No sé cómo decirle qué cosa más sorprendente acaba de suceder -empezó a decir el doctor-, una chica joven me dio esta dirección hace un momento. La traje en coche hasta aquí y…

– Sí, sí, lo sé -dijo el hombre con aire de cansancio-, esto mismo ha pasado otras veces, todos los sábados por la noche de este mes. Esa chica, señor, era mi hija. Murió hace dos años en un accidente automovilístico en ese mismo cruce donde usted la encontró…

La niña que pisó una tumba. P.

Una noche, unos chicos celebraban una fiesta. En la misma calle, había un cementerio y estaban comentando el miedo que daba.

No se te ocurra nunca pisar sobre una tumba cuando se ha puesto el sol, dijo uno de los chicos. Si lo haces, el muerto te agarra y te mete dentro.

Mentira, replicó Alexandra. Eso son sólo supersticiones.
10 euros a que no te atreves, apostó el chico.

– A mí no me dan miedo las tumbas, respondió ella. Si quieres te lo demuestro ahora mismo.

El chico le tendió su navaja. Clava esta navaja en una de las sepulturas le dijo. Así sabremos que has estado allí.

El cementerio estaba lleno de sombras y había un silencio sepulcral.

– “No hay nada que temer”, se repetía Alexandra aunque en el fondo estaba asustada. Escogió una tumba y pisó sobre ella. Después se agachó rápidamente, clavó en el suelo la navaja y se dispuso a marcharse. Pero no pudo. ¡Algo la retenía! Lo intentó de nuevo, pero seguía sin poder moverse. Estaba aterrada.

– ¡Algo me retiene! gritó, y cayó al suelo.

Al ver que no regresaba, los chicos fueron en su busca. Encontraron su cuerpo tumbado sobre la sepultura. Sin darse cuenta, Alexandra se había enganchado la falda con la navaja al clavarla en el suelo. Era la navaja lo que la retenía y ella había muerto de miedo.