miércoles, 14 de diciembre de 2016

Panorama desde la colina. M.R. James (1862-1936)

Qué agradable resulta viajar solo en un vagón de primera clase el primer día de unas largas y prometedoras vacaciones, y distraerse contemplando de cuando en cuando el paisaje inglés menos conocido, cada vez que el tren se detiene en una estación. Con el mapa sobre las rodillas, uno busca los pueblos apiñados a derecha e izquierda de los campanarios de sus iglesias. Y se maravilla ante la completa quietud que reina en los andenes, turbada sólo por el crujido de unos pasos en la grava. Sin embargo, esa sensación de quietud es más intensa en el crepúsculo, y el viajero en quien estoy pensando realizaba su viaje una soleada tarde de mediados de junio. Se había internado en los campos. Bastará con que diga que, si dividimos el mapa de Inglaterra en cuatro cuadrantes, tendríamos que situarle en el que corresponde al sudoeste.

Era nuestro hombre una persona dedicada a la enseñanza, y acababa de finalizar el curso académico. Había emprendido el viaje para visitar a un amigo mayor que él. Se conocieron no hacía mucho en unas investigaciones oficiales que realizaban en un pueblo; y habían descubierto que tenían hábitos comunes y que congeniaban, y el resultado fue que el hacendado Richards había invitado al señor Fanshawe a pasar unos días con él, cosa que iba en aumento de realizarse. El viaje tocó a su fin a eso de las cinco. Un alegre mozo de estación informó a Fanshawe que había pasado el coche de la finca y había dejado dicho que iba a recoger algo a una media milla de la estación, por lo que rogaba al señor que tuviera la amabilidad de esperar unos minutos a que regresara.

—Pero, bueno —prosiguió el mozo—, puesto que ha traído bicicleta, a lo mejor prefiere ir solo. Es todo recto por la carretera, y luego sé tuerce a la izquierda por el primer camino que cruza, a unas dos millas de aquí; ya me ocuparé yo de que recoja el coche su equipaje. Perdone que le sugiera esto, pero me parece que le resultará más agradable un paseo en bicicleta. Sí, señor, hace un tiempo espléndido para los amantes del ejercicio físico; a ver, aquí está el tablón de su máquina. Gracias, señor, muchas gracias. No tiene pérdida, etc., etc.

Un paseo de dos millas en bicicleta era precisamente lo que necesitaba, después de un día de tren, para despejarse del embotamiento y abrir el apetito para la hora del té. Y cuando divisó la mansión, le pareció también prometedora del descanso que necesitaba, después de varios días de juntas y reuniones académicas. No era ni apasionantemente vieja ni deprimentemente nueva. A medida que pedaleaba, Fanshawe iba observando algunos detalles: paredes revocadas, ventanas de guillotina, árboles añosos, césped recortado... El hacendado Richards, hombre fornido, de unos sesenta años escasos, le esperaba en la entrada con manifiesta alegría.

—Primero vamos a tomar el té —dijo—, ¿o prefieres algo más fuerte? ¿No? De acuerdo, el té está preparado en el jardín. Vamos allá, los criados se ocuparán de guardarte la bicicleta. A mí siempre me gusta tomar el té bajo un tilo que hay junto al río, en días como éste.

No podía elegirse paraje más idílico; el ambiente estival de la tarde, la sombra y la fragancia de un tilo enorme, y el agua fresca y rumorosa a cinco yardas escasas. Transcurrió bastante tiempo antes de que ninguno de los dos hablara de abandonar el sitio. Pero a eso de las seis, el señor Richards se incorporó, sacudió su pipa y dijo:

—Ahora que empieza a refrescar, podríamos dar una vuelta, ¿te parece bien? De acuerdo, entonces sugiero que subamos por el parque y que vayamos hacia la colina, desde donde se domina el panorama del campo. Nos llevaremos un mapa, así te iré enseñando dónde están las cosas; puedes ir en bicicleta, o vamos en coche, según quieras hacer ejercicio o no. Si estás dispuesto, podemos ponernos ya en camino. Estaremos de vuelta antes de las ocho con toda facilidad.
—Estoy dispuesto. Quisiera llevar mi bastón; ¿tienes gemelos? Yo le he dejado los míos a un individuo hace una semana, pero se ha marchado Dios sabe dónde y se los ha llevado consigo.
El señor Richards reflexionó:
—Sí —dijo—, tengo unos; pero no los utilizo, y además, no sé si te servirán. Son anticuados y pesan el doble que los que hacen hoy. Te los puedes llevar si quieres, pero no seré yo quien cargue con ellos. A propósito, ¿qué quieres de beber para después de cenar?
Manifestó que le era indiferente, y cuando entraron en el recibimiento habían llegado ya a un acuerdo; Fanshawe cogió su bastón, y el señor Richards, después de pellizcarse el labio pensativamente, abrió un cajón de la mesa, sacó una llave, se dirigió a una alacena, la abrió, sacó una caja y la colocó sobre la mesa.
—Los gemelos están aquí —dijo—. El estuche tiene un truco para abrirlo, pero lo he olvidado. Inténtalo tú.
Así, pues, Fanshawe probó a abrirlo. No tenía agujero de cerradura; era una caja sólida, pesada, suave; evidentemente había que apretar en alguna parte para abrirla. «Debe de ser en las aristas —se dijo—. Además, son condenadamente cortantes», añadió llevándose el pulgar a la boca, tras hacer fuerza en una de las aristas inferiores. —¿Qué te ha pasado? —dijo el hacendado.
—Que tu maldita caja Borgia me ha arañado, demonio —dijo Fanshawe.
El hacendado chascó la lengua con disgusto.
—Bueno, pero en definitiva, has conseguido abrirla —dijo.
—¡Es cierto! Bueno, no vamos a regatear una gota de sangre en una noble causa; aquí están los gemelos. Desde luego, pesan lo suyo.
—¿Listo? —dijo el hacendado—. Vamos, pues; saldremos por el jardín.
Así lo hicieron; salieron al parque que subía directamente hacia la cima de, la colina que, como Fanshawe había visto desde el tren, dominaba todo el panorama. Era una estribación de una loma que se extendía detrás. Por el camino, el hacendado, asomándose al borde de los terraplenes, le iba indicando diversos puntos donde se distinguían o parecía haber vestigio de trincheras y demás.
—Y aquí —dijo, deteniéndose en un paraje más o menos llano, con un gran círculo de árboles alrededor— está la villa romana de Baxter.
—¿De Baxter? —dijo Fanshawe.
—Se me olvidaba; tú no le conocías. Era el dueño de esos gemelos. Creo que los hizo él mismo. Era un viejo relojero del pueblo, y un gran anticuario. Mi padre le dio permiso para que excavara donde quisiera; y cuando hacía un descubrimiento, tenía costumbre de pedirle prestado uno o dos hombres para que le ayudaran a cavar. Llegó a reunir un número sorprendente de objetos; y al morir, hará unos diez o quince años, compré yo todas sus pertenencias y las regalé al museo del pueblo. Un día de estos pasaremos a verlas. Los gemelos formaban parte del lote, pero me los quedé, naturalmente. Si los examinas, verás que son un trabajo de aficionado..., el armazón; las lentes, por supuesto, no son obra suya.
—Sí, ya veo que es exactamente el tipo de trabajo que un artesano podría ejecutar en un campo distinto al suyo. Pero lo que no comprendo es por qué los hizo tan pesados. ¿De veras encontró aquí una villa romana?
—Sí; aquí donde estamos ahora hay un pavimento, completamente cubierto por la hierba. Es demasiado tosco y simple para que valga la pena descubrirlo; aunque, desde luego, le sacó el plano de su trazado; la cerámica y los objetos pequeños que extrajo eran bastante buenos. Era un individuo habilidoso el viejo Baxter; parecía que tenía un instinto especial para estas cosas.

Representaba una ayuda inestimable para nuestros arqueólogos. A veces cerraba su tienda durante una temporada y se dedicaba a merodear por el término municipal, marcando lugares sobre un mapa militar en los puntos donde se olía que había algo; tenía, además, un libro con anotaciones detalladas de los lugares marcados. Desde su muerte se han hecho exploraciones de sondeo en muchos de estos puntos señalados por él, y se ha comprobado que en todos estaba en lo cierto.

—¡Sí que era bueno! —exclamó Fanshawe.
—¿Bueno? —dijo el hacendado, deteniéndose de repente.
—Me refiero a que era útil tenerle aquí —dijo Fanshawe—. ¿Es que era mala persona?
—No lo sé —dijo el hacendado—; lo único que puedo decir es que, si era bueno, no tenía suerte. No le miraban con buenos ojos... A mí, desde luego, no me caía bien —añadió tras una pausa.
—¿No? —dijo Fanshawe en tono interrogante.
—No; pero dejemos en paz a Baxter; además, este trecho que estamos subiendo es el más difícil, y prefiero no hablar mientras subimos.
Verdaderamente, esa tarde hacía calor, mientras subían por aquella hierba resbaladiza.
—Te dije que te traería por el camino más corto —jadeó el hacendado—, pero ahora estoy arrepentido. De todos modos, no nos vendrá mal un baño cuando regresemos. Ya estamos; éste es el sitio.
Un pequeño grupo de pinos coronaba la cima del cerro, y en el borde, dominando lo mejor del paisaje, había un sólido y amplio asiento en el que se acomodaron los dos, se enjugaron la frente y recobraron el aliento.
—Bueno —dijo el hacendado tan pronto como fue capaz de hablar con normalidad —, aquí es donde entran en función los gemelos. Pero será mejor que eches primero una mirada general. Nunca se había visto tan espléndido como hoy, ¡palabra!

Escribiendo, como estoy haciendo ahora, de noche, con el viento invernal azotando las ventanas y el mar embistiendo y estrellándose a un centenar de yardas, me resulta difícil referir los sentimientos y palabras que podrían darle a mi lector la idea de una tarde de junio, así como del maravilloso paisaje inglés del que estaba hablando el hacendado. Más allá de la extensa llanura contemplaban una cadena de colinas en cuyas partes elevadas —cubiertas de una verde hierba unas y de bosque otras— daba la luz de un sol poniente no muy bajo todavía. Toda la llanura era fértil, aunque el río que la atravesaba no aparecía a la vista. Había matorrales, campos de trigo verde, cercas y pastos; una espesa nubecilla blanca se deslizaba marcando la trayectoria del tren de la tarde. A continuación fueron descubriendo granjas rojizas y casas grises, y próximas a la propiedad se divisaban numerosas cabañas diseminadas por los alrededores; después estaba la mansión solariega, cobijada al pie de un cerro. El humo de las chimeneas subía azulenco y perpendicular. Había olor a heno en el aire, y a rosas silvestres en los matorrales de alrededor: era el apogeo del verano. Tras unos minutos de muda contemplación, el hacendado comenzó a indicarle los rasgos más sobresalientes, los cerros y los valles, y a explicarle dónde estaban situadas las aldeas y los pueblos.

—Bueno —dijo—, con los gemelos podrás divisar la abadía de Fulnaker. Mira hacia aquel inmenso campo verde, por encima del bosque que hay allá detrás, al otro lado de la granja que se ve encima de la loma.
—Sí, sí —dijo Fanshawe—. Ya lo veo. ¡Qué preciosa es la torre!
—Creo que te has equivocado —dijo el hacendado—; por lo que recuerdo, no hay ninguna torre, a no ser que sea la iglesia de Oldbourne lo que estás viendo. Y si esa torre te parece preciosa es que tienes muy buen conformar.
—Bueno, a mí me parece preciosa —dijo Fanshawe, que seguía mirando a través de los gemelos—, tanto si es la de Oldbourne como si no. Y debe de pertenecer a una iglesia bastante grande; da la impresión de que es una torre central; tiene cuatro pináculos grandes en las esquinas y otros cuatro más pequeños entre medias. Desde luego, tengo que ir a verla. ¿Estará muy lejos?
—Oldbourne está a unas nueve millas, quizá menos —dijo el hacendado—. Hace mucho que no he estado allí, pero no recuerdo haber visto nada interesante. Voy a enseñarte otra cosa.
Fanshawe había bajado los gemelos, pero seguía mirando en la misma dirección.
—No —dijo—; a simple vista no se ve nada. ¿Qué era lo que me ibas a enseñar?
—Es bastante más a la izquierda..., no es difícil de localizar. ¿Ves la colina que forma como una abrupta prominencia cubierta de espeso bosque? Está lindando con aquel árbol solitario que hay en lo alto del cerro grande.
—Claro que la veo —dijo Fanshawe—, y me parece que puedo decirte cómo se llama.
—¿De veras? —dijo el hacendado—. A ver.
—El Monte de las Horcas —contestó.
—¿Cómo lo has adivinado?
—Bueno, si no querías que lo adivinara, no haber mandado poner ese simulacro de horca con una figura colgando.
—¿Cómo? —dijo el hacendado con brusquedad—. En esa colina no hay más que bosque.
—Ni hablar —dijo Fanshawe—; en la parte de arriba hay un espacio bastante grande cubierto de hierba, con la horca de marras en el centro; y hasta me había parecido antes que había gente. Pero no se ve a nadie..., ¿o sí? No estoy seguro.
—Tonterías, Fanshawe; en esa colina no hay ni simulacros de horcas ni nada por el estilo. Es todo bosque..., está repoblada de árboles relativamente jóvenes. Yo mismo he estado allí hará cosa de un año. Déjame los gemelos, aunque supongo que no voy a ver nada —y tras una pausa, añadió—. No, ya lo sabía yo; no se ve ni rastro de lo que dices.
Entre tanto, Fanshawe escudriñaba la colina... Debía de estar a unas dos o tres millas solamente.
—Vaya, es muy extraño —dijo—; mirando sin los gemelos, parece enteramente un bosque —los cogió y volvió a mirar con ellos—. Es un efecto de lo más raro. La horca se ve perfectamente; igual que el prado de hierba; y hasta me parece que hay gente, y carruajes, al menos un carruaje, con dos personas en él. Pero sin los gemelos no hay nada. Debe de ser cuestión de algún efecto de esta luz sesgada del atardecer; otro día subiré a una hora más temprana, cuando el sol esté alto.
—¿Dices que has visto gente y un carruaje en aquel monte? —dijo el hacendado con incredulidad—. Aunque hubieran talado los árboles, ¿qué iban a hacer allí a estas horas? No digas tonterías..., mira otra vez.
—Bueno..., juraría que he visto gente. Sí, la hay; muy poca, desde luego, y ya se están marchando..., ¡por Júpiter!, parece como si colgara algo de la horca. Estos gemelos son tan terriblemente pesados que me es imposible estarlos sosteniendo todo el rato. De todos modos, te aseguro que no hay bosque de ninguna clase. Me tienes que indicar el camino en el mapa para ir mañana mismo a ver eso.
El hacendado, con el ceño fruncido, permaneció en silencio durante un rato. Por último, se levantó y dijo:
—Bueno, supongo que será mejor ir a cerciorarse. Ahora lo más conveniente es que nos marchemos. Vamos a tomar un baño y a cenar —y durante el camino de regreso estuvo poco comunicativo.
Volvieron por el jardín y pasaron al vestíbulo principal a dejar los bastones, etc., en su sitio. Y aquí encontraron a Patten, el viejo mayordomo, en un estado de evidente excitación.
—Perdone, amo Henry —empezó inmediatamente—, pero me temo que alguien ha estado aquí haciendo de las suyas —y señaló el estuche de los gemelos abierto.
—¿No es más que eso, Patten? —dijo el hacendado—. ¿Es que no puedo coger mis gemelos y dejárselos a un amigo? Los compré con mi dinero en la subasta del viejo Baxter, ¿no?
Patten asintió poco convencido.
—Bueno, por supuesto, amo Henry; además, que ya le conocía usted de sobra.
Pero me parece conveniente recordarle que ese estuche no lo ha tocado nadie desde que el señor lo guardó ahí; y, con perdón, desde que pasó...

Había bajado la voz, y Fanshawe no pudo oír lo demás. El hacendado replicó con unas palabras y una risa áspera, e invitó a Fanshawe a que le acompañara para mostrarle su habitación. Yo no creo que sucediera nada más la noche a la que se refiere mi relato. Salvo, quizá, la sensación que le invadió a Fanshawe, durante las primeras horas de la madrugada, de que se le había manifestado algo que no debía. Algo que se había introducido en sus sueños: paseaba por un jardín que le daba la impresión de conocer, y se detuvo ante unas ruinas; había visto viejas piedras labradas, fragmentos de tracerías de ventanales de iglesia, e incluso trozos de imágenes. Una de éstas atrajo su curiosidad; parecía un capitel con varias escenas esculpidas. Sintió la necesidad de sacarlo de donde estaba; se abrió paso, y con una facilidad que le dejó asombrado, apartó las piedras que estorbaban y tiró del bloque. Al hacerlo, cayó a sus pies un letrero de hojalata con un ligero estrépito metálico. Lo cogió y lo leyó:

«No quite esta piedra bajo ningún concepto. Suyo affmo., J. Patten».

Como suele suceder en los sueños, comprendió que esta advertencia era de extrema importancia; y con una ansiedad próxima a la angustia, miró a ver si por fin había movido la piedra de su sitio. Efectivamente, la había movido; de hecho, no sabía dónde había ido a parar. Y al quitarla de su sitio, había dejado al descubierto la entrada de una madriguera, y se asomó por ella. Algo se agitó en la oscuridad; luego, horrorizado, vio surgir de allí una mano derecha muy pulcra, con un impecable puño de camisa rodeado de su correspondiente bocamanga, la cual adoptó exactamente el ademán de la mano que trata de estrechar la tuya. Se preguntó si no sería una falta de delicadeza no corresponder a ese gesto. Pero al mirarla con atención vio que se iba cubriendo de pelos a la vez que se volvía flaca y sucia. Entonces cambió de actitud e hizo un movimiento como si intentara agarrarle la pierna. Así que, dejando a un lado todo sentido de la educación, echó a correr gritando, y se despertó.

Éste fue el sueño que recordaba, pero tenía la impresión (como suele ocurrir con frecuencia) de que había tenido antes otros sueños de la misma índole, aunque no tan insistentes. Siguió echado en la cama durante un rato, fijando los detalles del último sueño en su mente y tratando de recordar las figuras que había visto labradas en el capitel. Eran completamente absurdas, estaba seguro; pero eso era cuanto podía recordar. Tanto si fue por el sueño que había tenido, o porque era su primer día de vacaciones, el caso es que no se levantó muy temprano; ni se lanzó enseguida a explorar el campo. Se pasó la mañana, entre ocioso e interesado, hojeando los volúmenes de las actas de la Sociedad Arqueológica Comarcal, en las que había muchas contribuciones del señor Baxter sobre descubrimientos de utensilios de sílex, villas romanas, ruinas de edificios monásticos... en fin, de las más diversas ramas de la arqueología. Sus colaboraciones estaban escritas en un estilo extraño, pomposo y poco culto. De haber cursado estudios elementales, pensó Fanshawe, habría sido un anticuario verdaderamente notable; o podría haberlo llegado a ser (corrigió un momento después), de no ser por su afición a la disputa y la controversia y, sí, por el tono protector que adoptaba, propio del que está en posesión de conocimientos superiores, lo que resultaba de mal gusto. Podía haber sido un artista de talla. Porque encontró el dibujo de una reconstrucción imaginaria de un priorato, muy bien trazado. El detalle más sobresaliente era una preciosa torre central coronada de pináculos; a Fanshawe le recordaba la que había visto desde la colina, la que había dicho su anfitrión que debía de ser de Oldbourne. Pero no era Oldbourne; era el priorato de Fulnaker. «Vaya —se dijo—, a lo mejor construyeron la iglesia de Oldbourne los monjes de Fulnaker, y Baxter copió la torre de Oldbourne. A ver qué dice el texto. ¡Vaya!, esto fue publicado después de su muerte..., lo encontraron entre sus papeles».

Después de la comida, el hacendado preguntó a Fanshawe qué pensaba hacer.
—Bueno —dijo Fanshawe—, me parece que voy a dar una vuelta en bicicleta, iré hasta Oldbourne y luego volveré por el Monte de las Horcas. Será un paseo de quince millas, ¿no?
—Más o menos —dijo el hacendado—; pasarás por Lambsfield y Wanstone, dos lugares que merece la pena ver. Lambsfield tiene una pequeña vidriera, y luego está la piedra de Wanstone.
—Bien —dijo Fanshawe—; tomaré el té en cualquier parte. ¿Puedo llevarme los gemelos? Los ataré en el portaequipajes de la bicicleta.
—Por supuesto —dijo el hacendado—. En realidad, debería tener unos mejores. Si voy al pueblo, veré si puedo comprar otros.
—Para qué quieres comprarlos si no los vas a usar —dijo Fanshawe.
—No sé; considero que está bien tener unos gemelos decentes... además, el viejo Patten no cree prudente que se utilicen ésos.
—¿Es que es él el juez?
—Creo que se ha enterado de algo, no sé de qué; debe ser algo referente al viejo Baxter. Le he prometido escucharle. Creo que le está dando vueltas desde anoche.
—¿Por qué? ¿Ha tenido alguna pesadilla como yo?
—Algo así, parecía más viejo esta mañana, y dice que no ha pegado ojo en toda la noche.
—Bueno, dile que no te cuente nada hasta que regrese yo.
—De acuerdo; veré si es posible. ¿Vas a volver tarde? ¿Y si tienes un pinchazo a ocho millas de aquí? Yo no me fío de estas bicicletas; diré que nos preparen una comida fría para cenar.
—No había pensado en eso. De todos modos, llevo lo necesario para arreglar un pinchazo. Así que hasta luego.

Menos mal que el hacendado había ordenado preparar esa cena fría, pensó Fanshawe, y no una sola vez, mientras empujaba su bicicleta por la alameda, a las nueve. Y lo mismo pensó y dijo repetidamente el hacendado al reunirse con él en el recibimiento, con más complacencia en ver confirmada su escasez de confianza en las bicicletas que simpatía para con su sudoroso, rendido, sediento y desaliñado amigo. De hecho, lo más amable que se le ocurrió decir fue:

—¿Vas a querer un buen trago esta noche? ¿Te gusta la sidra? De acuerdo. Ya lo ha oído, ¿no, Patten? Sidra bien fría y en cantidad —luego se volvió a Fanshawe—: No te vayas a pasar la noche en el baño.
Hacia las nueve y media se encontraban sentados cenando, y Fanshawe le contaba sus progresos, si es que podían llamarse así.
—Hasta Lambsfield he ido la mar de a gusto por terreno llano, y he visto la vidriera. Es una pieza muy interesante, pero tiene un montón de inscripciones que no he conseguido leer.
—¿No lo has intentado con los gemelos? —dijo el hacendado.
—Esos gemelos tuyos no hay forma de emplearlos en el interior de una iglesia... ni de ningún edificio. Digo yo. En los únicos interiores que he intentado emplearlos eran de iglesia.
—¡Hum! Bueno, continúa —dijo el hacendado.
—De todos modos, he tomado una fotografía del ventanal; así podré leerlas cuando la amplíe. Luego he ido a Wanstone; la piedra me parece verdaderamente extraordinaria; ahora que yo no entiendo de esa clase de antigüedades. ¿Ha excavado alguien en el montículo donde se levanta?
—Baxter era quien quería hacerlo, pero el granjero no le dejó.
—Vaya, pues a mí me parece que valdría la pena. En fin, después he pasado por Fulnaker y Oldbourne. Desde luego, es muy extraño que viera yo aquella torre desde el cerro. La iglesia de Oldbourne no se parece en nada, y desde luego en Fulnaker no hay nada que tenga más de treinta pies de altura, aunque se ve el lugar donde hubo una torre central. A propósito, no te he dicho aún que la reconstrucción que dibujó Baxter de Fulnaker tiene una torre exactamente igual que la que vi yo ayer.
—Según le parecía a él, más bien —puntualizó el hacendado.
—No, no fue cuestión de imaginación. El boceto representaba exactamente la que vi, y yo estaba convencido de que se trataba de la de Oldbourne antes de leer el nombre debajo.
—Bueno, Baxter tenía unas ideas muy claras sobre arquitectura. Yo diría que no debió de serle difícil dibujar una torre así.
—Puede ser, por supuesto, pero dudo que aun tratándose de un profesional hubiera podido trazar un boceto tan exactamente igual. No queda nada de la torre de Fulnaker, aparte de los contrafuertes que la sostenían. Pero, con todo, no es eso lo más extraño.
—¿Has pasado por el Monte de las Horcas? —preguntó el hacendado—. Patten, por favor, venga un momento. Ya le he contado a usted lo que el señor Fanshawe ha visto desde el cerro.
—Sí, amo Henry; y bien mirado, no puedo decir que me haya sorprendido mucho.
—De acuerdo, de acuerdo. Guárdese sus opiniones de momento. Ahora quiero oír lo que el señor Fanshawe tiene que contarnos. Continúa, Fanshawe. Has regresado por Ackford y Thorfield, ¿no?
—Sí, y he visitado las dos iglesias. Después he cogido el camino que pasa por el Monte de las Horcas. Pensaba que si subía con la bicicleta hasta lo alto del monte podía volver por este lado. Serían las seis y media cuando coroné la cuesta. A mano derecha encontré una verja por donde se entraba en la franja plantada de árboles.
—¿Oye eso, Patten? Una franja, dice.
—Eso es lo que yo creía..., que era una franja. Pero tenías toda la razón; estaba totalmente equivocado. No logro entenderlo. La cima del monte está completamente repoblada de árboles. En fin, me metí por entre los árboles empujando la máquina con la mano, esperando a cada momento desembocar en algún claro, y entonces empezaron mis desdichas. Supongo que serían espinos; primero me di cuenta de que tenía floja la rueda de delante, y luego la de atrás. Si me paraba allí, lo único que me cabía hacer era localizar los pinchazos y marcarlos; pero eso no arreglaría nada. Conque seguí adelante con las ruedas mal, y cuanto más me internaba, menos me gustaba el lugar.
—No entran muchos cazadores furtivos por allí, ¿eh, Patten? —dijo el hacendado.
—Desde luego que no, amo Henry; hay poca cosa allí...
—No, ya lo sé; no importa eso ahora. Sigue, Fanshawe.
—No culpo a nadie de que no le guste transitar por allí. Lo que sé es que he tenido toda clase de figuraciones, a cuál más desagradable; crujidos de ramas de unos pasos que sonaban a mi espalda, siluetas confusas de individuos que se ocultaban detrás de los árboles que me salían al paso; sí, hasta me pareció notar que una mano me agarraba por el hombro. Me zafé enseguida y miré a mí alrededor, pero no descubrí las ramas o arbustos que podían haberme causado esta impresión. Después, cuando me encontraba más o menos en el centro del terreno, tuve la viva impresión de que alguien me estaba mirando desde arriba..., y no precisamente con benevolencia. Me paré o aflojé el paso para mirar otra vez. Y entonces me caí, dándome un golpe horrible en la espinilla, ¿a que no sabes con qué?, con un bloque de piedra que tenía un gran agujero cuadrado en la parte superior. Y a poca distancia de allí había dos más, exactamente iguales. Los tres estaban dispuestos en forma de triángulo. A propósito, ¿podrías decirme para qué los habrán puesto allí?
—Creo que sí —dijo el hacendado, que escuchaba seria y atentamente el hilo del relato—. Siéntese, Patten.
Ya era hora, porque el anciano estaba apoyándose sobre una mano y basculaba pesadamente sobre ella. Se dejó caer en una butaca, y dijo con voz temblona:
—Pero no se metió en el centro de esas piedras, ¿verdad, señor?
—No, desde luego —dijo Fanshawe con vehemencia—. Me he portado como un idiota, pero el caso es que al caer en la cuenta de dónde me encontraba, me cargué la bici al hombro y eché a correr todo lo deprisa que pude. Me daba la sensación de que estaba en una especie de cementerio maldito, y di gracias al cielo de que fuera hoy uno de los días más largos del año y de que aún fuera de día. Bueno, ha sido una carrera horrible, a pesar de tratarse de unos cientos de yardas nada más. Todo se me iba enganchando en todas partes; el manillar, los rayos, el portaequipajes, los pedales..., todo se me iba enganchando obstinadamente; al menos, eso me parecía. Me caí cuatro o cinco veces. Por último, descubrí la cerca y no me molesté en buscar la entrada de la finca.
—No hay entrada por la parte que linda con mis tierras —comentó el hacendado.
—De todos modos, no perdí el tiempo en buscarla... Como pude, pasé la máquina por encima de la cerca, y no tardé en llegar al camino próximo a la carretera principal; en el último momento se me enganchó una rama o algo parecido en el tobillo. El caso es que logré salir del bosque, y nunca me he sentido más aliviado ni más magullado. Luego emprendí la tarea de arreglar los pinchazos. Llevaba desmontables y lo necesario, y suelo darme maña para estas cosas; pero esta vez no había manera. Eran las siete cuando salí del bosque, y tardé lo menos cincuenta minutos en arreglar la rueda. En cuanto encontré el pinchazo, y le puse el parche y acabé de montar la rueda, se me volvió a desinflar; así que me hice el ánimo y volví a pie. El monte ese estará a unas tres millas escasas, ¿no?
—A campo través, quizá a menos; pero por carretera hay cerca de seis.
—Eso me ha parecido a mí, y pensé que no podía tardar más de una hora en recorrer menos de cinco millas, aun llevando la bici del manillar. Bueno, ésa es la historia de lo que me ha pasado. ¿Cuál es la tuya y la de Patten?
—¿La mía? Yo no tengo ninguna historia que contar —dijo el hacendado—. Pero no andabas muy descaminado al pensar que te encontrabas en un cementerio. Debe de haber unos cuantos allí arriba, ¿no cree usted, Patten? Allí los dejaban cuando empezaban a caerse a trozos, me imagino.
Patten asintió, demasiado impresionado para hablar.
—Por favor —dijo Fanshawe.
—Bueno, Patten —dijo el hacendado—; ya ha oído todo lo que ha dicho el señor Fanshawe. ¿Qué le parece? ¿Tiene eso algo que ver con el señor Baxter? Tómese esta copa de oporto y cuéntenos.
—¡Ah! Falta me iba haciendo, amo Henry —dijo Patten después de beberse lo que tenía delante—. Si de veras quiere saber lo que pienso, mi respuesta es completamente afirmativa. Sí —prosiguió, hablando con más ardor—; yo diría que la experiencia vivida hoy por el señor Fanshawe tiene bastante que ver con la persona que usted acaba de nombrar. Y creo, amo Henry, que yo podría contar algunas cosas, dado que han sido muchos los años que he vivido en buenas relaciones con él, y tuve, además, que prestar declaración en la encuesta, hará unos diez años, cuando andaba usted por el extranjero, si mal no recuerdo, y no había nadie aquí que representara a la familia.
—¿Encuesta? —dijo Fanshawe—. ¿Es que hubo una encuesta sobre el señor Baxter?
—Sí, señor; sobre..., sobre él mismo. Los hechos que dieron lugar a esta contingencia fueron los siguientes: el difunto, como usted habrá adivinado, era un individuo de costumbres muy extrañas..., al menos a mi modo de ver, pero cada uno debe decir las cosas tal como las siente. Vivió completamente solo, no tenía ni perro que le ladrara, como dice el dicho. Y poquísima gente encontrará que sepa decirle en qué empleaba el tiempo.
—Vivía en el anonimato, y cuando murió hubo muy pocos que se enteraron —murmuró el hacendado para su pipa.
—Perdone usted, amo Henry, ahora justamente iba a hablar de eso. Pero cuando digo en qué empleaba él el tiempo..., desde luego, ya sabemos lo aficionado que era a hurgar y revolver por todo el contorno y la de cosas que logró coleccionar... bueno, se hablaba en varias millas a la redonda del museo de Baxter, y muchas veces, cuando se sentía de buen humor, y yo tenía un rato libre, me enseñaba sus piezas de cerámica, que se remontaban, según él, a los tiempos de los romanos. Pero usted sabe de eso más que yo, amo Henry. Lo único que yo iba a decir es esto: que aunque tuviera la fama que tenía de ser una persona de conversación interesante, había algo en él... bueno, no recuerda nadie haberle visto jamás en una iglesia o capilla asistiendo a los oficios religiosos. Y eso dio que hablar. Nuestro párroco no fue a verle más que una vez. «Que nadie me pregunte jamás lo que me ha dicho ese hombre», esto es todo lo que le pudimos sonsacar al reverendo. ¿Y en qué empleaba sus noches, sobre todo cuando llegaba esta época del año? Las gentes del campo se lo encontraban de regreso cuando iban al trabajo, y se cruzaba con ellos sin decirles una palabra; caminaba como el que acaba de salir del manicomio. Iba con los ojos desorbitados. Y solía llevar una cesta de pescado, cosa que les llamaba la atención, y regresaba siempre por el mismo camino. Y se llegó a rumorear que había llevado a cabo ciertos trabajos, no muy encomiables precisamente, allá donde ha estado usted esta tarde sobre las siete, señor.

Bueno, pues después de una de esas noches, el señor Baxter cerró la tienda, y la vieja que le asistía recibió orden de no volver; y conociendo como conocía la manera que tenía de decir las cosas, procuró obedecer. Pero ese día sucedió que, a eso de las tres de la tarde, estando la casa cerrada como digo, sonó un espantoso alboroto en el interior, y empezó a salir humo de la chimenea, al tiempo que Baxter gritaba como si le estuvieran matando. Conque el hombre que vivía al lado echó a correr, dio la vuelta al edificio, derribó la puerta trasera y entró, junto con otros hombres. Bueno, el hombre este me decía que jamás había sentido un olor tan repugnante... como el que despedía el hogar de la chimenea. Parecía como si Baxter hubiera estado cociendo algo en una olla y se le hubiera derramado sobre la pierna. Estaba tendido en el suelo, tratando de reprimir los gritos; pero sus dolores eran insoportables. Y cuando vio entrar a gente...

¡Menudo aspecto tenía! Y si no le salieron más ampollas en la lengua que en la pierna, no fue por culpa suya. El caso es que lo levantaron, lo sentaron en una silla y corrieron en busca de un médico, y al ir uno de ellos a coger la olla, empezó Baxter a gritar que la dejara en paz. Así lo hizo, aunque lo único que vio que contenía eran unos cuantos huesos viejos y tiznados. Entonces van y le dicen: "El doctor Lawrence estará aquí en un minuto, señor Baxter; ya verá cómo él le pone de pie en un dos por tres". Entonces cogió y se levantó. Debía subir a su habitación, no podía permitir que entrara el médico y viera todo aquel revoltijo; pidió que le echaran algo por encima, lo que fuera, el mantel de la mesa del comedor; bueno, lo hicieron así. Pero la porquería de la olla debía de tener algo venenoso, porque tuvieron que pasar dos meses antes de que Baxter pudiera levantarse otra vez. Perdón, amo Henry, ¿iba usted a decir algo?

-Sí —dijo el hacendado—. Me extraña que no me contara usted todo eso. Pero lo que iba a decir es que recuerdo que el viejo Lawrence me contó que había asistido a Baxter. Fue un caso extraño, dijo. Un día subió Lawrence a su dormitorio, y tomando una pequeña máscara cubierta de terciopelo negro, se la puso en broma y fue a mirarse al espejo. Pero no tuvo tiempo de hacerlo en realidad, porque el viejo Baxter le gritó desde la cama: «¡Deje eso ahí, estúpido! ¿Es que quiere mirar por los ojos de un muerto?», conque dio un respingo y dejó aquello, y luego le preguntó qué quería decir.

Baxter insistió en que se lo diera, y luego le dijo que el hombre que se la había vendido había muerto o no sé qué tontería. Pero al cogerla de nuevo para dársela, Lawrence me confesó que tuvo la seguridad de que estaba hecha con el hueso frontal de una calavera. Y me contó también que cuando se subastaron las pertenencias de Baxter, compró su alambique, pero que no lo había podido utilizar; por más que lo limpiaba, seguía manchando lo que metía en él. Pero siga, Patten.
—Sí, amo Henry; ya casi he terminado; además, no tengo tiempo, porque no sé qué van a pensar de mí los demás criados. Bueno, el caso es que el incidente en que se escaldó ocurrió unos años antes de que se lo llevaran; había vuelto a su vida normal, y seguía con sus costumbres de siempre. Por cierto, uno de los últimos trabajos que hizo fue terminar los gemelos que cogió usted ayer tarde. Tenía hecha la montura desde hacía tiempo y las piezas de cristal que necesitaba; pero le hacía falta algo para darlos por concluidos, no sé qué; conque un día cogí la montura, y digo: «Señor Baxter, ¿por qué no termina este trabajo de una vez?» Y va y me contesta: «¡Ah!, cuando yo termine eso, oirá usted cosas sorprendentes, ya verá; no habrá un par de gemelos como los míos cuando estén llenos y sellados». Calló, y yo le digo: «Vaya, señor Baxter, habla usted de los gemelos como si fueran botellas de vino: llenos y sellados, ¿qué necesidad hay de hacer eso?» «¿He dicho llenos y sellados? —dice—. ¡Ah!, estaría hablando conmigo mismo». Era por esta época del año; y pasé una noche por delante de su tienda, camino de casa, y él, que estaba en la puerta la mar de satisfecho, va y me dice: «Ya los tengo completos; acabo de poner punto final a mi mejor trabajo, y mañana voy a salir a probarlos». «El qué, ¿sus gemelos? —digo—. ¿Me deja mirar un poco con ellos?» «No, imposible —dice—; los he dejado encima de mi cama para esta noche; y el día que yo le deje mirar, lo pagará, se lo aseguro». Y éstas fueron, señores, las últimas palabras que le oí.

Eso fue el 17 de junio, y justo una semana después le sucedió algo muy extraño, que en el juicio calificaron de "perturbación mental"; pero salvo eso, ninguno de los que conocíamos a Baxter habría sido capaz de acusarle de una cosa así. El caso es que esa misma noche se despertó George Williams, el que vivía en la casa de al lado y vive todavía, por un estrépito de forcejeos y cosas derribadas que sonó en la casa del señor Baxter; entonces saltó de la cama y se asomó a la ventana que da a la calle pensando que sería algún cliente con malas pulgas. Y como hacía una noche muy clara, pudo comprobar que no era ése el caso. Entonces se quedó escuchando, y oyó al señor Baxter que bajaba la escalera, pasito a pasito, muy despacio, y parecía como si le empujaran o tiraran de él, y él se resistiera cuanto podía. Después oyó abrirse la puerta de la entrada y vio salir al señor Baxter vestido de calle con sombrero y todo, con los brazos tiesos y pegados a los costados, y hablando consigo mismo y sacudiendo la cabeza a uno y otro lado y caminando de una manera rara, como si anduviera en contra de su voluntad.

George Williams abrió la ventana y oyó que decía: "¡Piedad, señores, piedad!", y luego calló como si alguien le hubiera tapado la boca con la mano; y entonces el señor Baxter echó la cabeza hacia atrás y se le cayó el sombrero. Y al verle Williams la expresión de desamparo que reflejaba, no se pudo contener y le gritó: "¡Eh, señor Baxter!, ¿se encuentra bien?" Y ya iba a decirle si quería que llamara al doctor Lawrence, cuando oyó que le contestaba: "Será mejor que se ocupe de sus asuntos. Apártese de la ventana". Pero dice que no está completamente seguro de que fuera el propio señor Baxter quien le contestó esto con voz ronca y apagada. No había nadie en la calle más que él; y a Williams le sentó tan mal aquello que se retiró inmediatamente de la ventana y fue a sentarse en la cama. Pero oyó los pasos del señor Baxter que proseguían calle arriba, y al cabo de un minuto o más, no pudiendo contenerse, se asomó otra vez y vio que seguía andando de la misma extraña manera que antes. Y una cosa que le chocó fue que el señor Baxter no se había parado a recoger el sombrero que se le había caído, y no obstante lo llevaba puesto otra vez. Bueno, amo Henry, ése fue el único que vio al señor Baxter, al menos durante una semana o más. Muchos dijeron que había salido de viaje de negocios o que había huido porque se había metido en un lío; pero le conocían en varias millas a la redonda, y ni los empleados del ferrocarril ni los de los hoteles le habían visto; y hasta dragaron los estanques sin resultado; pero finalmente una noche, Fakes, el guarda forestal, bajó al pueblo diciendo que en el Monte de las Horcas había visto enormes bandadas de pájaros, lo que era muy extraño, porque jamás había visto por allí el menor signo de vida. Conque se miraron unos a otros, hasta que saltó uno y dijo: "Yo voy a verlo", y luego otro: "Si tú vas, yo también"; así que se pusieron en camino una media docena, de noche como era, y con ellos el doctor Lawrence; y para que vea usted, amo Henry; allí es donde le encontraron, entre las tres piedras, con el cuello roto.

Huelga imaginar la conversación a que dio pie este relato. No hay constancia de ella. Pero antes de marcharse Patten, le dijo a Fanshawe:

—Perdone, señor, pero creo que se ha llevado hoy los gemelos, ¿verdad? Me lo imaginaba; ¿puedo preguntarle si los ha llegado a utilizar?
—Sí; sólo para mirar algo en una iglesia.
—¡Ah, vaya!; conque ha entrado en una iglesia con ellos, ¿eh, señor?
—Sí, así es; en la iglesia de Lambsfield. A propósito, los he dejado atados en la bicicleta, creo que en el patio de las caballerizas.
—No se preocupe, señor. Yo mismo iré a traerlos mañana, en cuanto me levante; entonces podrá examinarlos.

Así, pues, antes de desayunar, y tras un tranquilo y bien ganado descanso, Fanshawe salió al jardín con los gemelos y los enfocó hacia un monte lejano. Pero los bajó inmediatamente, los examinó por un extremo y por otro, hizo girar la rosca, los probó una y otra vez, hasta que, encogiéndose de hombros, los volvió a colocar sobre la mesa del recibimiento.

—Patten —dijo—, están completamente estropeados. No se ve nada; es como si alguien hubiera pegado una cosa negra en los cristales.
—Conque me has estropeado los gemelos, ¿eh? —dijo el hacendado—. Hombre, muchas gracias; eran los únicos que tenía.
—Examínalos tú mismo —dijo Fanshawe—; yo no les he hecho nada.
De modo que, después de desayunar, salió el hacendado con ellos a la terraza, y se detuvo al borde de la escalinata.
—¡Caramba, sí que pesan! —dijo impaciente, y en ese preciso momento se le fueron de las manos, estrellándose en el suelo; los cristales se hicieron añicos y se rajaron los tubos; en las losas se formó un charquito de líquido. Era negro como la tinta, y despedía un olor repugnante.
—Llenos y sellados, ¿eh? —exclamó el hacendado—. Si fuera capaz de tocarlos, seguro que encontraría el sello. ¡Conque esto era lo que cocía y destilaba el viejo carroñero!
—¿Qué demonios quieres decir?
—¿Es que no lo ves, alma de Dios? ¿Recuerdas que le dijo al médico que no mirara por los ojos de un muerto? Bueno, pues ésta es otra versión de lo mismo. Pero se conoce que a ellos no les gustó que les hirvieran los huesos, digo yo, y vinieron a llevárselo. Bien, voy a traer una azada; enterraremos esto decentemente.
Cuando terminó de allanar la tierra por encima, el hacendado le dio la azada a Patten, que lo había presenciado todo con un respeto reverencial, y le comentó a Fanshawe:
—Ha sido una lástima que te metieras con ellos en una iglesia; podías haber visto mucho más de lo que viste. Baxter los tuvo una semana, creo, pero parece que no les sacó mucho provecho.
—No sé —dijo Fanshawe—; ahí tienes el dibujo del priorato de Fulnaker.

La paloma negra. Emilia de Pardo Bazán (1851-1921)

Sobre el cielo, de un azul turquí resplandeciente, se agrupaban nubes cirrosas, de topacio y carmín, que el sol, antes de ocultarse detrás del escueto perfil de la cordillera líbica, tiñe e inflama con tonos de incendio. Ni un soplo de aire estremece las ramas de los espinos; parecen arbustos de metal, y el desierto de arena se extiende como playazo amarillento, sin fin.

Los solitarios, que ya han rezado las oraciones vespertinas, entretejido buen pedazo de estera y paseado lentamente desde el oasis al montecillo, rodean ahora al santo monje del monasterio de Tabenas, su director espiritual, el que vino a instruirlos en vida penitente y meritoria a los ojos de Dios. De él han aprendido a dormir sobre guijarros, a levantarse con el alba, a castigar la gula con el ayuno, a sustentarse de un puñado de hierbas sazonadas con ceniza, a usar el áspero cilicio, a disciplinarse con correas de piel de onagro y permanecer horas enteras inmóviles sobre la estela de granito, con los brazos en cruz y todo el peso del cuerpo gravitando sobre una pierna. De él reciben también el consuelo y el valor que exigen tan recias mortificaciones: él, a la hora melancólica del anochecer, cuando el enemigo ronda entre las tinieblas, los entretiene y reanima contándoles doradas y dulces historias y hablándoles del fervor de las patricias romanas, que se retiraron al monte Aventino para cultivar dos virtudes: la castidad y la limosna. Al oír estos prodigios del amor divinal, los solitarios olvidan la tristeza, y la concupiscencia, domada, lanza espumarajos por sus fauces de dragón.

Pendientes de la palabra del santo monje, los solitarios no advierten que una aparición, bien extraña en el desierto, baja del montecillo y se les aproxima. Una carcajada fresca, argentina y musical como un arpegio, los hace saltar atónitos. Quien se ríe es una hermosa mujer.

De mediana estatura y delicadas proporciones, su cuerpo moreno, ceñido por estrecha túnica de gasa, color de azafrán, que cubre una red de perlas, se cimbrea ágil y nervioso, como avezado a la pantomima. Ligero zueco dorado calza su pie diminuto, y su inmensa y pesada cabellera negra, de cambiantes azulinos, entremezclada con gruesas perlas orientales, se desenrosca por los hombros y culebrea hasta el tobillo, donde sus últimas hebras se desflecan esparciendo penetrantes aromas de nardo, cinamomo y almizcle. Los ojos de la mujer son grandes, rasgados, pero los entorna en lánguido e iniciativo mohín; su boca, pálida y entreabierta, deja ver, al modular la risa, no solo los dientes de nácar, sino la sombra rosada del paladar. Agitan sus manos crótalos de marfil, y saltando y riendo, columpiando el talle y las caderas al uso de las danzarinas gaditanas, viene a colocarse frente al círculo de los anacoretas.

Algunos se cubren los ojos con las manos o se postran pegando al polvo la cara. Muchos permanecen en pie, hoscos, ceñudos, con las pupilas vibrando indignación. Uno, muy joven, tiembla, palidece y se coge a la túnica de piel de cabra del monje santo. Otro se desciñe las disciplinas de cuero que lleva arrolladas a la cintura con el ánimo de flagelar a la pecadora, y destrozar sus carnes malditas. El santo les manda detenerse por medio de una señal enérgica y, acercándose a la danzarina, exclama sin ira ni enojo:

-Hermana mía, ya sé quien eres. No te sorprendas: te conozco, aunque nunca te he visto. Sé también a qué vienes, y por qué nos buscas en esta soledad. Lo sé mejor que tú: tú crees que has venido a una cosa, y yo en verdad te digo que vienes, sin comprenderlo, a otra muy distinta. Hermanos, no temáis a la hermana: admirad sin recelo su hermosura, que al fin es obra de nuestro Padre. Miradla como yo la miro, con ojos puros, fraternales, limpios de todo infame apetito. ¿Sabéis el nombre de esta mujer?

-Yo, sí -contesta sordamente el jovencito, sin alzar la vista, sin soltar la túnica del monje-. Es la célebre cómica y bailarina a quien en Antioquía dan el sobrenombre de Margarita. Todos la adoran; Padre mío, todos se postran a sus pies; su casa parece templo de un ídolo, donde rebosan el oro y la pedrería. El diablo reside en ella y las abominaciones la ahogan y la arrastran al infierno. Retirémonos a nuestras chozas. Esta mujer infesta el aire.

El monje guarda silencio. Por último, y dirigiéndose a la comedianta, que ya no agita los crótalos ni ríe, murmura con bondad, casi familiarmente:

-Mujer, te llaman Margarita por tu beldad y porque tus amadores te han cubierto de perlas. Posees tantas como lágrimas hiciste derramar. Tus cofrecillos de sándalo y plata están atestados de riquezas. Por cada perla de esas que ganaste con el vicio, yo te anuncio que has de verter un río de lágrimas. No me mires con terror. Yo te amo más que esos que te ciñeron las sartas magníficas y te colgaron de las orejas soles de diamantes. Sí, te amo, Margarita; te esperaba ya. Ayer noche, cuando rodeada de diez a doce libertinos beodos apostaste que vendrías aquí a tentarnos, yo velaba y hacía oración en mi choza. De pronto, vi entrar por la ventanilla, revoloteando, una paloma, que más parecía un cuervo..., porque no era blanca, sino negrísima. La paloma se me posó en el hombro, arrullando y su pico de rosa me hirió aquí. Mira -el monje, apartando la túnica, muestra en el velludo pecho una señal, una doble herida roja, un profundo picotazo-. Cogí la paloma, y en vez de hacerle daño la sumergí en el ánfora donde conservamos el agua bendita para exorcizar. La paloma empezó a soltar su costra de negro fango y, blanqueando poco a poco, vino a quedar como la más pura nieve. Limpia ya, se me ocultó en el pecho..., durmió allí al calor de mi corazón amante, y por la mañana no la vi más. Tú eres ahora la paloma negra. Tú serás bien pronto la paloma blanca. Vuélvete a Antioquía; en la primera hondonada te aguardan tu silla de manos y sus portadores, y tu escolta y tus amigos y tus aduladores viles... Pero volverás, paloma mía negra; volverás a lavarte... ¡Hasta luego!

La danzarina mira al santo, incrédula, propensa todavía a mofarse, pero sintiendo la risa helada en la garganta y a la vez contemplando con horror y curiosidad la barba enmarañada y larga hasta la cintura, las demacradas mejillas, los brazos secos y descarnados y los ojos de brasa del asceta.

-¡Hasta luego, hermana! -repite él gravemente.

Y con el dedo señala a la ladera del montecillo.

***

Pasan cuatro años. El santo monje, acompañado del joven solitario que con tanto miedo se agarraba a su túnica, va a orar a los lugares donde murió Cristo, y al pasar por el monte Olivete, poblado también, como el yermo, de gentes consagradas a la penitencia, se detiene ante una choza tan reducida, que no se creería vivienda de un ser humano. Al punto se abre una reja y asoma un rostro espantoso, el de una mujer momia, con la piel pegada a los huesos, los labios consumidos y los enormes ojos negros devastados por el torrente de lágrimas que sin cesar mana de ellos y cae empapando el andrajoso ropaje y el pelo revuelto, desgreñado y cubierto de polvo.

-¿De qué color estoy, padre mío? -pregunta con ansiedad infinita, en voz cavernosa, la penitente-. ¿Negra aún?

-Más blanca que la azucena; más que la túnica de los ángeles -responde el monje, e inclinándose con ternura imprime en la frente de la arrepentida el cristiano beso de paz; vuélvese después hacia el discípulo, que torvo aún por el rencor de las viejas tentaciones tiene fruncido el ceño, y murmura-. ¿No recuerda lo que dijo el Señor? Las mujeres a quienes los fariseos llaman perdidas nos precederán en el reino de los cielos.

Para que no dudéis de la verdad de las palabras del monje, añadiré que ésta es, sin variación esencial, la leyenda de la bienaventurada santa Pelagia, a quien hoy veneramos en los altares, y a quien apodaban La Perla cuando aplaudía sus pecaminosas danzas la capital de la tetrópolis de Siria.

El pantano de la luna. H.P. Lovecraft (1890-1937)

Denys Barry ha desaparecido, en alguna región espantosa y remota de la que nada sé. Estábamos juntos la última noche que pasó entre los hombres, y oí sus gritos cuando el ser lo atacó; pero, ni todos los campesinos y policías del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni a él ni a los otros, aunque los buscaron por todas partes. Y ahora me estremezco cuando escucho croar a las ranas en los pantanos o veo la luna en lugares solitarios.

Había intimado con Denys Barry en Estados Unidos, donde éste se había hecho rico, y lo felicité cuando recompró el viejo castillo junto al pantano, en el tranquilo Kilderry. De allí procedía su padre, y allí era donde quería disfrutar de su fortuna, entre parajes ancestrales. Los de su estirpe, antaño eran señores en Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero aquellos días eran remotos, así que durante generaciones el castillo había permanecido vacío y arruinado.

Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contándome cómo, mediante sus cuidados, el castillo gris veía alzarse una torre tras otra sobre sus restaurados muros, tal como se alzaran ya tantos siglos antes, y cómo los campesinos lo bendecían por devolver los antiguos días con su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de bendecirlo y lo rehuyeron como a una maldición. Y entonces me envió una carta pidiéndome que lo visitase, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar fuera de los nuevos criados y peones contratados en el norte.

La fuente de todos los problemas era la ciénaga, según me contó Barry la noche de mi llegada al castillo. Alcancé Kilderry en el ocaso veraniego, mientras el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas y arboledas y el azul de los marjales, donde, sobre un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplandecían de forma espectral. El crepúsculo resultaba verdaderamente grato, pero los campesinos de Ballylough me habían puesto en guardia y decían que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecí al ver los altos torreones dorados por el resplandor. El coche de Barry me había recogido en la estación de Ballylough, ya que el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habían esquivado al coche y su conductor, que procedía del norte, pero a mí me habían susurrado cosas, empalideciendo al saber que iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contó por qué.

Los lugareños habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a dragar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, Estados Unidos no lo había dejado intacto y odiaba ver abandonada la amplia y hermosa extensión de la que podía extraer turba y desecar las tierras. Las leyendas y supersticiones no lograron conmoverlo y se rió cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y más tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron marchándose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su lugar contrató trabajadores del norte y cuando los criados lo abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me pidió que lo visitara.

Cuando supe qué temores habían expulsado a la gente de Kilderry, me reí tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de la clase más indeterminada, estrafalaria y absurda. Tenían que ver con alguna absurda leyenda tocante al pantano, y con un espantoso espíritu guardián que habitaba las extrañas ruinas antiguas del lejano islote que divisara al ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cálida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie pantanosa. Pero descollando sobre todas esas locas fantasías, estaba el que la maldición caería sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo. Había secretos, decían los campesinos, que no debían revelarse; secretos que permanecían ocultos desde que la plaga exterminase a los hijos de Partholón, en los fabulosos años previos a la historia. En el Libro de las invasiones se cuenta que esos retoños de los griegos fueron todos enterrados en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad protegida por su diosa de la luna tutelar, así como de los montes boscosos que la ampararon cuando los hombres de Nemed llegaron de Escitia con sus treinta barcos.

Tales eran los cuentos que habían conducido a los aldeanos al abandono de Kilderry, y al oírlos no me resultó extraño que Denys Barry no hubiera querido prestarles atención. Sentía, no obstante, gran interés por las antigüedades, y estaba dispuesto a explorar a fondo el pantano. Había ido con frecuencia a las ruinas blancas del islote pero, aunque evidentemente muy antiguas y su estilo guardaba muy poca relación con la mayoría de las ruinas irlandesas, se encontraba demasiado deteriorado para ofrecer una idea de su época de gloria. Ahora se estaba a punto de comenzar los trabajos de drenaje, y los trabajadores del norte pronto despojarían a la ciénaga prohibida del musgo verde y del brezo rojo, y aniquilarían los pequeños regatos sembrados de conchas y los tranquilos estanques azules bordeados de juncos.

Me sentí muy cansado cuando Barry me hubo contado todo aquello, ya que el viaje durante el día había resultado fatigoso y mi anfitrión había estado hablando hasta bien entrada la noche. Un criado me condujo a mi alcoba, que se hallaba en una torre lejana, dominando la aldea y la llanura que había al pie del pantano, así como la propia ciénaga, por lo que, a la luz lunar, pude ver desde la ventana las silenciosas casas abandonadas, y que ahora alojaban a los trabajadores del norte, y también observé la iglesia parroquial con su antiguo capitel, y a lo lejos, en la ciénaga que parecía al acecho, las remotas ruinas antiguas, resplandeciendo de forma blanca y espectral sobre el islote.

Al tumbarme, creí escuchar débiles sonidos en la distancia, sones extraños y medio musicales que me provocaron una rara excitación que invadió mis sueños. La mañana siguiente, al despertar, sentí que todo había sido un sueño, ya que las visiones que tuve resultaban más maravillosas que cualquier sonido de flautas salvajes en la noche. Influida por la leyenda que me había contado Barry, mi mente había merodeado en sueños en torno a una imponente ciudad, ubicada en un valle verde cuyas calles y estatuas de mármol, villas y templos, frisos e inscripciones, evocaban de diversas maneras la gloria de Grecia. Cuando compartí ese sueño con Barry, nos echamos a reír juntos; pero yo me reía más, porque él se sentía perplejo ante la actitud de sus trabajadores norteños. Por sexta vez se habían quedado dormidos, despertando de una forma muy lenta y aturdidos, actuando como si no hubieran descansado, aun cuando se habían acostado temprano.

Esa mañana y tarde vagué a solas por la aldea bañada por el sol, hablando aquí y allá con los fatigados obreros, ya que Barry estaba ocupado con los planes finales para comenzar su trabajo de desecación. Los peones no estaban tan contentos como debieran, ya que la mayoría parecía desasosegada por culpa de algún sueño, aunque intentaban en vano recordarlo. Les conté el mío, pero no se interesaron por él hasta que no mencioné los extraños sonidos. Entonces me observaron extrañamente y afirmaron que ellos también creían recordar sonidos extraños.

Al atardecer, Barry cenó conmigo y me dijo que comenzaría el drenaje en dos días. Me alegré, ya que aunque me disgustaba ver el musgo y el brezo y los pequeños regatos y lagos desaparecer, sentía un creciente deseo de posar los ojos sobre los arcaicos secretos que la turba pudiera ocultar. Y esa noche el sonido de resonantes flautas y peristilos de mármol tuvo un final brusco e inquietante, ya que vi caer sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego la espantosa avalancha de las laderas boscosas que cubrieron los cuerpos muertos en las calles y dejaron expuesto tan sólo el templo de Artemis en lo alto, donde Cleis, la anciana sacerdotisa de la luna, yacía fría y silenciosa con una corona de marfil sobre sus sienes de plata.

He dicho que desperté de repente y alarmado. Por un instante no fui capaz de determinar si me encontraba despierto o dormido; pero cuando vi sobre el suelo el helado resplandor lunar y los perfiles de una ventana gótica enrejada, decidí que debía estar despierto y en el castillo de Kilderry. Entonces escuché un reloj en algún lejano descansillo de abajo tocando las dos y supe que estaba despierto. Pero aún me llegaba el monótono toque de flauta a lo lejos; brisas extrañas, salvajes, que me sugerían alguna danza de faunos en el remoto Menalo. No me permitía dormir y me levanté impaciente. Sólo por casualidad llegué a la ventana norte y vislumbré la silenciosa aldea, así como la llanura al pie de la ciénaga. No quería mirar, ya que lo que deseaba era dormir; pero las flautas me atormentaban y tenía que hacer o mirar algo. ¿Cómo sospechar lo que estaba a punto de ver?

Allí, a la luz de la luna que fluía sobre el espacioso llano, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal, habiéndolo presenciado, podría nunca olvidar. Al son de flautas de caña que despertaban ecos sobre el pantano, se deslizaba silenciosa y espeluznantemente una multitud entremezclada de oscilantes figuras, acometiendo una danza circular como las que los sicilianos debían ejecutar en honor a Deméter en los viejos días, bajo la luna de cosecha, junto a Ciane. La amplia llanura, la dorada luz lunar, las siluetas bailando entre las sombras y, ante todo, el estridente y monótono son de flautas casi me paralizó, aunque a pesar de mi horror percibí que la mitad de aquellos bailarines eran los peones que yo había creído dormidos, mientras que la otra mitad eran extraños seres blancos y aéreos, de naturaleza indefinida, que sin embargo sugerían meditabundas y pálidas náyades de las amenazadas fuentes de la ciénaga. No sé cuánto estuve contemplando esa visión desde la ventana del solitario torreón antes de derrumbarme bruscamente en un desmayo sin sueños del que me sacó el sol de la mañana, ya alto.

Mi primera intención al despertar fue comunicar a Denys todos mis temores y observaciones, pero cuando vi el brillo del sol a través de la ventana me convencí de que lo que creía haber visto no era algo real. Soy propenso a extrañas fantasías, aunque no suelo creerlas, por lo que en esta ocasión me limité a preguntar a los peones, que habían dormido hasta muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior salvo brumosos sueños de sones estridentes. Este asunto del espectral toque de flauta me atormentaba de veras y me pregunté si los grillos de otoño habrían llegado antes de tiempo para fastidiar las noches y acosar las visiones de los hombres.

Más tarde encontré a Barry en la librería, absorto en los planos para la gran tarea del día siguiente, y por primera vez sentí el roce del mismo miedo que había ahuyentado a los campesinos. Por alguna desconocida razón, sentía horror ante la idea de turbar la antigua ciénaga y sus tenebrosos secretos, e imaginé terribles visiones yaciendo en la negrura bajo las insondables profundidades de la vieja turba. Me parecía locura que se sacase tales secretos a la luz y comencé a desear tener una excusa para abandonar el castillo y la aldea. Fui tan lejos como para mencionar de pasada el tema a Barry, pero no me atreví a proseguir cuando soltó una de sus resonantes risotadas. Así que guardé silencio cuando el sol se hundió llameante sobre las lejanas colinas y Kilderry se cubrió de rojo y oro en medio de un resplandor semejante a un prodigio.

Nunca sabré a ciencia cierta si los sucesos de esa noche fueron realidad o ilusión. En verdad trascienden a cualquier cosa que podamos suponer obra de la naturaleza o el universo, aunque no es posible dar una explicación natural a esas desapariciones que fueron conocidas tras su consumación. Me retiré temprano y lleno de temores, y durante largo tiempo me fue imposible conciliar el sueño en el extraordinario silencio de la noche. Estaba muy oscuro, ya que a pesar de que el cielo estaba despejado, la luna estaba casi en fase de nueva y no saldría hasta la madrugada. Mientras estaba tumbado pensé en Denys Barry, y en lo que podía ocurrir en esa ciénaga al llegar el alba, y me descubrí casi frenético por el impulso de correr en la oscuridad, coger el coche de Barry y conducir enloquecido hacia Ballylough, fuera de las tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores pudieran concretarse en acciones, me había dormido y atisbaba sueños sobre la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras espantosas.

Probablemente fue la aguda melodía de las flautas la que me despertó, aunque no fue eso lo primero que noté al abrir los ojos. Me encontraba tumbado de espaldas a la ventana este, desde la que se divisaba el pantano y por donde la luna menguante se alzaría, y por tanto yo esperaba ver incidir la luz sobre el muro opuesto, frente a mí; pero no había esperado ver lo que apareció. La luz, efectivamente, iluminaba los cristales del frente, pero no se trataba del resplandor que da la luna. Terrible y penetrante resultaba el caudal de roja refulgencia que fluía a través de la ventana gótica, y la estancia entera brillaba envuelta en un fulgor intenso y ultraterreno. Mis acciones inmediatas resultan peculiares para tal situación, pero tan sólo en las fábulas los hombres hacen las cosas de forma dramática y previsible. En vez de mirar hacia la ciénaga, en busca de la fuente de esa nueva luz, aparté los ojos de la ventana, lleno de terror, y me vestí desmañadamente con la aturdida idea de huir. Me recuerdo tomando sombrero y revólver, pero antes de acabar había perdido ambos sin disparar el uno ni calarme el otro. Pasado un tiempo, la fascinación de la roja radiación venció en mí el miedo y me arrastré hasta la ventana oeste, mirando mientras el incesante y enloquecedor toque de flauta gemía y reverberaba a través del castillo y sobre la aldea.

Sobre la ciénaga caía un diluvio de luz ardiente, escarlata y siniestra, que surgía de la extraña y arcaica ruina del lejano islote. No puedo describir el aspecto de esas ruinas... debí estar demente, ya que parecía alzarse majestuosa y pletórica, espléndida y rodeada de columnas, y el reflejo de llamas sobre el mármol de la construcción hendía el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Las flautas chillaban y los tambores comenzaron a doblar, y mientras yo observaba lleno de espanto y terror creí ver oscuras formas saltarinas que se silueteaban grotescamente contra esa visión de mármol y resplandores. El efecto resultaba titánico (completamente inimaginable) y podría haber estado mirando eternamente de no ser que el sonido de flautas parecía crecer hacia la izquierda. Trémulo por un terror que se mezclaba de forma extraña con el éxtasis, crucé la sala circular hacia la ventana norte, desde la que podía verse la aldea y el llano que se abría al pie de la ciénaga. Entonces mis ojos se desorbitaron ante un extraordinario prodigio aún más grande, como si no acabase de dar la espalda a una escena que desbordaba la naturaleza, ya que por la llanura espectralmente iluminada de rojo se desplazaba una procesión de seres con formas tales que no podían proceder sino de pesadillas.

Medio deslizándose, medio flotando por los aires, los fantasmas del pantano, ataviados de blanco, iban retirándose lentamente hacia las aguas tranquilas y las ruinas de la isla en fantásticas formaciones que sugerían alguna danza ceremonial y antigua. Sus brazos ondeantes y traslúcidos, al son de los detestables toques de aquellas flautas invisibles, reclamaban con extraordinario ritmo a una multitud de tambaleantes trabajadores que les seguían con pasos ciegos e involuntarios, tropezando como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe pero irresistible. Cuando las náyades llegaban a la ciénaga sin desviarse, una nueva fila de rezagados tropezando como borrachos, abandonando el castillo por alguna puerta apartada de mi ventana; fueron dando tumbos por el patio y a través de la parte interpuesta de aldea, y se unieron a la titubeante columna de peones en la llanura.

A pesar de la altura, pude reconocerlos como los criados traídos del norte, ya que reconocí la silueta fea y gruesa del cocinero, cuyo absurdo aspecto ahora resultaba sumamente trágico. Las flautas sonaban de forma horrible y volví a escuchar el batir de tambores procedente de las ruinas de la isla. Entonces, silenciosa y graciosamente, las náyades llegaron al agua y se fundieron una tras otra con la antigua ciénaga, mientras la línea de seguidores, sin medir sus pasos, chapoteaba desmañadamente tras ellas para acabar desapareciendo en un leve remolino de insalubres burbujas que apenas pude distinguir en la luz escarlata. Y mientras el último y patético rezagado, el obeso cocinero, desaparecía pesadamente de la vista en el sombrío estanque, las flautas y tambores enmudecieron, y los cegadores rayos de las ruinas se esfumaron al instante, dejando la aldea de la maldición desolada y solitaria bajo los tenues rayos de una luna recién acabada de salir.

Mi estado era ahora el de un indescriptible caos. No sabiendo si estaba loco o lúcido, dormido o despierto, me salvé sólo gracias a un piadoso embotamiento. Creo haber hecho cosas tan ridículas como rezar a Artemisa, Latona, Deméter, Perséfone y Plutón. Todo cuando podía recordar de mis días de estudios clásicos de juventud me acudió a los labios mientras los horrores de la situación despertaban mis supersticiones más arraigadas. Sentía que había presenciado la muerte de toda una aldea y sabía que estaba a solas en el castillo con Denys Barry, cuya audacia había desatado la maldición. Al pensar en él me acometieron nuevos terrores y me desplomé en el suelo, no inconsciente, pero sí físicamente incapacitado. Entonces sentí el frío soplo desde la ventana este, por donde se había alzado la luna, y comencé a escuchar los gritos en el castillo, abajo. Pronto tales gritos habían alcanzado una magnitud y cualidad que no quiero transcribir, y que me hacen enfermar al recordarlos. Todo cuanto puedo decir es que provenían de algo que yo conocí como amigo mío.

En cierto instante, durante ese periodo estremecedor, el viento frío y los gritos debieron hacerme levantar, ya que mi siguiente impresión es la de una enloquecida carrera por la estancia y a través de corredores negros como la tinta y, fuera, cruzando el patio para sumergirme en la espantosa noche. Al alba me encontraron vagando trastornado cerca de Ballylough, pero lo que me enloqueció por completo no fue ninguno de los terrores vistos u oídos antes. Lo que yo musitaba cuando volví lentamente de las sombras eran un par de incidentes acaecidos durante mi huida, incidente de poca monta, pero que me recomen sin cesar cuando estoy solo en ciertos lugares pantanosos o a la luz de la luna.

Mientras huía de ese castillo maldito por el borde del pantano, escuché un nuevo sonido; algo común, aunque no lo había oído antes en Kilderry. Las aguas estancadas, últimamente bastante despobladas de vida animal, ahora hervían de enormes ranas viscosas que croaban aguda e incesantemente en tonos que desentonaban de forma extraña con su tamaño. Relucían verdes e hinchadas bajo los rayos de luna, y parecían contemplar fijamente la fuente de luz. Yo seguí la mirada de una rana muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder la razón.

Tendido entre las extrañas ruinas antiguas y la luna menguante, mis ojos creyeron descubrir un rayo de débil y trémulo resplandor que no se reflejaba en las aguas de la ciénaga. Y ascendiendo por ese pálido camino mi mente febril imaginó una sombra leve que se debatía lentamente; una sombra vagamente perfilada que se retorcía como arrastrada por monstruos invisibles. Enloquecido como estaba, encontré en esa espantosa sombra un monstruoso parecido, una caricatura nauseabunda e increíble, una imagen blasfema del que fuera Denys Barry.

La pálida esposa de Toussel. William Seabrook (1884-1945)

Un anciano y respetado caballero haitiano, cuya esposa era de nacionalidad francesa, tenía una hermosa sobrina llamada Camille, una joven mulata de piel clara a quien presentó y apadrinó en la sociedad de Port—au—Prince, donde se hizo popular, y para quien esperaba arreglar un matrimonio brillante. Sin embargo, su propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cual entendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una familia propia—, y el sistema francés de la dot es el que prevalece en Haití, de modo que al tiempo que los jóvenes apuestos de la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes, poco a poco se hizo evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias.

Al acercarse Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo la solicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermoso bungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas. Allí Matthieu Toussel había construido un camino, guardaba su coche grande y a menudo se lo veía en los cafés y clubes de moda.

Corría un antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o la brujería, pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con ella como con su apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara. El plantador negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, y durante casi un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras de ello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées de los clubes. Toussel le permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dinero a su padre y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia.

Pero poco a poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que no todo marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta de que ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión de que había adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si Toussel la estaba maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, y la muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su marido jamás la había maltratado, jamás le había dirigido una palabra brusca; siempre era amable y considerado, pero había noches en las que parecía extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba su caballo y cabalgaba rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de que hubiera amanecido, momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido en sus propios pensamientos que la noche anterior. Y había algo en el modo en que a veces se sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo, relacionada con esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y le temía a él. De modo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus excursiones nocturnas no se hallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba celosa. Se encontraba poseída por un miedo irracional. Una mañana, cuando pensaba que él se había pasado toda la noche en las colinas, mirando por casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le había visto salir por la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartada de los otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba la contabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada con llave.

—Entonces —comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto? Con toda probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas de negocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy bien, así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y calculando, o se marcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los hombres son así. El asunto se explica por sí solo. Lo demás no es más que tu imaginación nerviosa.

Y ésta fue la última conversación racional que mantuvieron madre e hija. Lo que sucedió posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas lo entresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada, temerosa e histérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los acontecimientos por los que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma indeleble en la cabeza; hubo tempranos períodos en los que parecía bastante cuerda, y la secuencia de la tragedia se pudo deducir poco a poco.

La noche de su primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que no lo esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la fecha, lo cual le dolió y la hizo guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, se quedó dormida. Cerca de la medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama y sostenía una lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veía vestido de etiqueta.

—Ponte el vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta. —Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando que un tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa. Supuso que la iba a llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo aparecía bastante después de la medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y ponte tan hermosa como puedas... no hay prisa.

Una hora más tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó:

—Pero, ¿dónde está el coche?
—No, —repuso él—, la fiesta se va a celebrar aquí.

Y ella notó que había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. No le dio tiempo para interrogarlo o protestar. La cogió del brazo, la condujo por el oscuro jardín y abrió la puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se había transformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de las velas altas. Había una mesa antigua con un buffet, sobre la que colgaba un espejo, y donde había platos de carnes frías y ensaladas, botellas de vino y frascas de ron. En el centro de la estancia estaba puesta una elegante mesa con un mantel de damasco, flores y reluciente plata. Cuatro hombres, también con trajes de etiqueta, pero que les sentaban mal, ya se hallaban sentados a la mesa. Había dos sillas vacías en los extremos. Los hombres sentados no se levantaron cuando la joven enfundada en su vestido de boda entró del brazo de su marido. Se sentaban encorvados y ni siquiera giraron las cabezas para saludarla. Delante tenían copas de vino llenas a medias, y pensó que ya estaban borrachos.

Mientras Camille se sentaba con movimiento mecánico en la silla a la que la condujo Toussel, ocupando él mismo la que estaba enfrente, con los cuatro invitados situados entre ellos, dos a cada lado, de una forma antinaturalmente tensa, aumentando dicha tensión a medida que hablaba, dijo:

—Te pido... que perdones la aparente rudeza... de mis invitados. Ha pasado mucho tiempo... desde... que... probaran el vino... y se sentaran así a una mesa... con... una anfitriona tan hermosa... Pero, eh, ahora... beberán contigo, sí... alzarán... sus brazos, como yo alzo el mío... brindarán contigo... más... se levantarán y... bailarán contigo... más... harán...

Cerca de ella, los dedos negros de un silencioso invitado estaban cerrados con rigidez en torno al frágil pie de una copa de vino, ladeada, derramándose. El horror acumulado en Camille se desbordó. Cogió una vela, la aproximó a la cara macilenta y caída, y vio que el hombre estaba muerto. Se encontraba sentada a la mesa de un banquete con cuatro muertos apuntalados. Sin aliento durante un instante, luego gritando, se puso en pie de un salto y salió corriendo. Toussel llegó a la puerta demasiado tarde para frenarla. Era pesado y la doblaba en edad. Ella corrió gritando aún a través del jardín oscuro, un destello blanco entre los árboles, y atravesó el portón. La juventud y el absoluto terror le prestaron alas a sus pies, y escapó...

Una procesión de mujeres madrugadoras del mercado, con sus cestos llenos cargados en burros, que bajaba por la falda de la montaña al amanecer, la encontró allí abajo sin sentido. Su vaporoso vestido estaba roto y desgarrado, sus pequeños zapatos de satén blanco deshilachados y sucios, uno de los tacones arrancado allí donde tropezó con una raíz y cayó. Le mojaron la cara para revivirla, la subieron a un burro y caminaron a su lado, sosteniéndola. Sólo estaba medio consciente, incoherente, y las mujeres comenzaron a discutir entre sí, tal como lo hacen las campesinas. Algunas creyeron que se trataba de una dama francesa que había sido tirada o se había caído de un coche; otras que se trataba de una Dominicaine, que había sido sinónimo en el dialecto criollo desde los primeros días coloniales de “prostituta de lujo”.

Ninguna la reconoció como Madame Toussel; quizá ninguna de ellas la había visto jamás. Estaban discutiendo si dejarla en el hospital de las Hermanas Católicas en las afueras de la ciudad, en cuya dirección iban, o si sería más seguro —para ellas— llevarla directamente al cuartel de la policía y contar la historia. Su sonora discusión pareció despertarla; dio la impresión de haber recuperado en parte los sentidos y comprender lo que hablaban. Les dijo cómo se llamaba, el nombre de soltera, y les rogó que la llevaran a casa de su padre. Una vez allí, habiéndola metido en la cama y llamado a los médicos, la familia fue capaz de conseguir por el farfulleo histérico de la joven una comprensión parcial de lo que había sucedido. Ese mismo día subieron a ver a Toussel... a registrar la casa. Pero Toussel se había ido, y todos los sirvientes habían desaparecido salvo un anciano, quien dijo que Toussel se hallaba en Santo Domingo. Entraron en la así llamada oficina y encontraron aún la mesa puesta para seis personas, el vino sobre el mantel, una botella volcada, las sillas tiradas, los platos de comida todavía intactos sobre la mesilla, pero aparte de eso no descubrieron nada.

Toussel jamás regresó a Haití. Se dice que ahora está viviendo en Cuba. La investigación criminal era inútil. ¿Qué esperanza razonable podían haber tenido de condenarlo basándose en las pruebas que no se sustentaban solas de una esposa de mente desequilibrada? Y en ese punto, tal como me fue relatada, la historia se acababa con un encogimiento de hombros, quedando en un misterio inconcluso.

¿Qué había estado planeando ese Toussel... qué siniestra, quizá criminal necromancia en la que su esposa iba a ser la víctima o el instrumento? ¿Qué habría ocurrido si ella no hubiera escapado? Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables, practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente.

Entonces, ¿qué queda? Lo que queda se puede exponer con unas pocas palabras:

Matthieu Toussel preparó una cena de aniversario de boda para su esposa en la que se dispusieron seis platos, y cuando ella miró las caras de los otros cuatro invitados, se volvió loca.

Paraíso perdido. Catherine L. Moore (1911-1987)

Yarol el venusiano alargó una rápida mano sobre la mesa, que se detuvo en una de las muñecas de Smith.
-¡Mira! –dijo en voz baja.

Los ojos sin color de Smith se volvieron lentamente en la dirección que el pequeño venusiano le indicaba imperceptiblemente con la cabeza. El panorama que se abría bajo su indiferente mirada le hubiera quitado el aliento, por lo grandiosos, a cualquiera que acabase de llegar; para Smith, sin embargo, aquella vista ya sólo era agua pasada. Su mesa era una de tantas alineadas a lo largo de una balaustrada que circundaba el parapeto bajo el cual desaparecía el vertiginoso golfo de las terrazas de acero de Nueva York, a una altura de mil pies sobre la tierra firme. Entrecruzándose en aquel golfo de vacuidad que se precipitaba hacia abajo, las bandas de acero de los pasos superiores de circulación se arqueaban de edificio en edifico, atestadas de incontables hordas neoyorquinas. Hombres de los tres planetas, vagabundos, aventureros del espacio y cosas singulares y brutales que no eran humanas del todo se mezclaban con los tropeles de terrestres que recorrían interminablemente los grandes puentes de acero que se extendían sobre los abismos de Nueva York. Desde la mesa situada en el alto parapeto donde se sentaban Smith y Yarol, se podía ver pasar todo el sistema solar, mundo tras mundo, por las arcadas que descendían por gradas y azoteas hacia la tiniebla perpetua y las parpadeantes luces lejanas de las profundidades que escondían el suelo firme. Con poderosas escaleras y arcos, formaban una celosía en el cavernoso vacío bajo la balaustrada desde la que Yarol se apoyaba indolentemente sobre un codo, mientras miraba.

Al seguir aquella mirada, los pálidos ojos de Smith sólo vieron la acostumbrada multitud de peatones que pululaban sobre el piso de acero del puente, por debajo de ellos.
-¿Ves? –murmuró Yarol-. ¿Ves a ese individuo bajito con un abrigo de cuero rojo? Ése de cabello blanco, que camina despacio por el borde, ¿lo ves?
-Humm.

Smith emitió un sonido gutural, que no le comprometía a nada, mientras se fijaba en lo que había suscitado el interés de Yarol. Se trataba de un extraño espécimen de humanidad que caminaba indolente por el extremo del puente, apartado de la muchedumbre que lo llenaba. Su abrigo rojo se ceñía a un cuerpo cuya extrema fragilidad era visible incluso a aquella distancia; pero, por lo que Smith podía ver de su silueta en escorzo, no parecía hallarse enfermo. Sobre su cabeza descubierta el cabello crecía sedoso y plateado, y bajo uno de sus brazos apretaba con fuerza un envoltorio de forma cuadrada, que se cuidaba, según observó Smith, de mantener por el lado de la balaustrada, lejos de la muchedumbre que pasaba.

-Te apuesto la próxima ronda –murmuró Yarol, mientras sus sagaces ojos negros parpadeaban bajo sus largas pestañas- a que no adivinas de qué raza procede ese hombrecillo, ni cuáles son sus orígenes.
-De cualquier modo la próxima ronda me tocaba a mí –dijo Smith, con una sonrisa-. No lo adivino. Pero, ¿qué importa?
-¡Oh! Sólo es simple curiosidad. Hasta ahora, en toda mi vida, sólo había visto a uno de ellos, y estoy por apostar a que tú no has visto a ninguno. Y, sin embargo, es una raza de la Tierra, quizá la más antigua. ¿Has oído hablar de los seles?
Smith negó con la cabeza, en silencio, los ojos fijos en la pequeña figura de más abajo, que iba desapareciendo lentamente de su vista, oculta por el reborde de la terraza donde se sentaban.
-Viven en algún lugar de la región más remota de Asia, nadie sabe exactamente dónde. Pero no son mongoloides. Por lo que he oído, son una raza pura, que no tiene equivalente en todo el sistema solar. Creo que incluso ellos mismos han olvidado su origen, aunque sus leyendas se remonten tan lejos que uno se maree al pensar en ello. Tienen un aspecto extraño, todos con los cabellos blancos y tan frágiles como el cristal. Viven muy apartados de los demás, desde luego. Cuando uno de ellos se aventura en el mundo exterior, puedes estar seguro de que es por alguna razón tremendamente importante. Me pregunto por qué ese individuo... Bueno, ya no importa. Sólo que al verle recordé la extraña historia que se cuenta de ellos. Poseen un secreto. No, no te rías; se supone que es algo muy extraño y maravilloso, a lo que toda su raza dedica su vida para que siga oculto. Daría cualquier cosa por saber de qué se trata, simplemente por curiosidad.
-No es algo que te concierna, muchacho –dijo Smith, con voz adormilada-. Creo que es mejor para ti que no lo conozcas. Conocer ese tipo de secretos siempre acaba ocasionándole a uno muchas molestias.
-No tendré esa suerte –dijo Yarol, encogiéndose de hombros-. Tomemos otra ronda, recuerda que te toca a ti, y olvidemos el asunto.

Levantó un dedo para llamar al apresurado camarero, pero no llegó a hacerle ninguna señal. Pues justamente entonces, al otro lado del recodo de la barandilla que separaba el pequeño recinto de las mesas de la calle que subía al otro lado de la terraza, un relámpago de rojo atrajo bruscamente la mirada de Yarol. Era el hombrecillo de cabellos blancos que apretaba con fuerza su paquete de forma cuadrada mientras caminaba con temor, como si no estuviera acostumbrado a calles y terrazas llenas de gente, todas a una altura de mil pies, inmersas en un aire centelleante de acero. Y en el momento en que la mirada de Yarol caía sobre él, sucedió algo. Un hombre con un uniforme marrón muy sucio, cuyas insignias desgastadas eran indescifrables, empujó bruscamente hacia delante al hombrecillo vestido de rojo y le hizo tropezar. El hombrecillo emitió un chillido de alarma y, frenético, intentó agarrar con más fuerza el envoltorio, pero ya era demasiado tarde. El empujón prácticamente se lo había quitado de debajo del brazo y, antes de que pudiera cogerlo, el fornido asaltante se había apoderado de él para abrirse rápidamente camino, a empellones, entre la muchedumbre. El rostro del hombrecillo estaba lívido de un tremendo terror, mientras miraba aturdido a su alrededor. Y en su primera mirada desesperada divisó a los dos hombres sentados en la mesa que le observaban con intensa concentración. A través de la barandilla, su mirada se cruzó con las suyas en una súplica muda. Había algo en la actitud de aquellos hombres, en el cuero gastado de sus trajes de navegantes del espacio y en los rostros que ostentaban el indefinible sello de quienes viven peligrosamente, que debió de haberle dicho en el instante de aquella mirada desesperada que, posiblemente, la ayuda que buscaba estuviera en ellos. Se agarró a la barandilla, con los nudillos blancos por la tensión, y dijo, entrecortándose:

-¡Síganle! Traigan el paquete, recompensaré. ¡Oh, deprisa!
-¿Cómo nos recompensará? –preguntó Yarol, con un tono de súbita decisión.
-Con lo que sea, el precio que ustedes fijen. ¡Pero deprisa!
-¿Lo jura?
El rostro del hombrecillo estaba bañado de escarlata, por la angustia.
-¡Lo juro, claro que lo juro! ¡Pero apresúrense! ¡Deprisa o ustedes...!
-¿Lo jura por...?

Yarol dudó y, mirando por encima del hombre, echó una mirada significativa a Smith. Entonces se levantó, se inclinó fuera de la barandilla y susurró algo al extranjero, al oído. Smith observó una mirada de intenso terror en el rostro enrojecido. Era como si su color fuera desapareciendo lentamente, dejando sólo los rasgos del rostro, de una palidez lunar, teñidos de una emoción que Smith no pudo descifrar. Pero, en su frenesí, el hombre asintió. Con voz atormentada, que era al tiempo sonido gutural y susurro entrecortado, dijo:

-Sí, lo juro. ¡Y ahora váyanse!
Yarol saltó por encima de la barandilla, sin más, y desapareció entre la muchedumbre, tras la pista del ladrón que huía. El hombrecillo le miró fijamente durante un instante, luego rodeó lentamente la barandilla, mientras se dirigía a la puerta de acceso al recinto, y pasó entre las mesas vacías hasta llegar a la de Smith. Se dejó caer en la silla que había dejado Yarol y enterró su sedosa y plateada cabeza entre unas manos estremecidas. Smith le miró, impasible. Estaba ligeramente sorprendido de comprobar que quien se sentaba frente a él no era un anciano. Las señales que veía sobre su rostro colmado de ansiedad eran las de la edad madura, y las manos que se crispaban sobre la cabeza inclinada eran fuertes y firmes, con una delgadez singularmente frágil que, sin embargo, había notado desde el principio. No era, pensó Smith, la delgadez propia de un individuo en particular, sino, como Yarol había dicho, una característica racial que daba la impresión de que aquel hombre fuera a romperse en pedazos si recibía un golpe. Y sin no lo hubiera sabido a ciencia cierta, hubiese jurado que aquella raza se había originado en cualquier planeta más pequeño que la Tierra, en cualquier mundo con gravedad inferior que hubiera justificado aquella delicada estructura ósea. Tras un instante, el extranjero comenzó a levantar lentamente la cabeza, hasta quedarse mirando fijamente a Smith con ojos alucinados. Aquellos ojos eran de una apariencia poco corriente: oscuros, cálidos, velados por una especie de película traslúcida, que daban la impresión de no mirar a nada. Conferían a todo el rostro una impresión de recogimiento, de paz introspectiva que contrastaba enormemente con la angustia e inquietud que revelaban los delicados rasgos del hombre. Estaba observando a Smith, y la desesperación de sus ojos eximía a aquella larga mirada de cualquier impertinencia. Smith miró hacia otra parte y le dejó que prosiguiera. En dos ocasiones fue consciente de que los labios del otro se apartaban y de que su aliento se detenía, como si fuese a hablar; pero algo debió de ver en el rostro sombrío e impasible al otro lado de la mesa, lleno de las cicatrices de muchas batallas, en los ojos fríos y desprovistos de emoción, que le obligó a abstenerse de preguntar. Y allí siguió sentado en silencio, retorciéndose las manos sobre la mesa con una desnuda angustia en los ojos, mientras esperaba.

Los minutos pasaron lentamente. Debió de transcurrir un buen cuarto de hora antes de que Smith oyera pasos a su espalda y supiese por la luz que iluminaba el rostro del hombre sentado frente a él que Yarol había regresado. El pequeño venusiano arrimó una silla y, con una mueca, se dejó caer en ella en silencio, mientras depositaba sobre la mesa un envoltorio de forma cuadrada. El extranjero se precipitó sobre él con un leve grito inarticulado, pasó unas manos ansiosas sobre el papel marrón que lo cubría, y comprobó los sellos de lacre que unían el lado donde se juntaban los extremos del papel de envolver. Satisfecho sólo entonces, se volvió hacia Yarol. La desesperación incontrolada acababa de morir en su rostro, que recobró los rasgos de una inmensa tranquilidad. Smith pensó que jamás había visto un rostro que con tanta rapidez pudiera mostrar serenidad y paz. Sin embargo, aquella paz ocultaba una extraña forma de resignación, como si encerrase algo que él aceptaba sin condiciones; como si, quizá, se preparara a pagar cualquier precio tremendo que le pidiera Yarol, y supiese que sería alto.

-¿Qué desea como recompensa? –preguntó a Yarol con voz gentil.
-Cuénteme el secreto –dijo Yarol con determinación, al tiempo que hacía una mueca.
Recobrar el paquete no había sido difícil para un hombre con sus habilidades y su carácter. Ni siquiera Smith supo cómo lo había conseguido –los caminos de los venusianos son extraños-, pero de ello no había ninguna duda. Sin embargo, no miraba el hermoso rostro de querubín del venusiano, donde bailaban unos sagaces ojos negros. Contemplaba al extranjero, y no veía sorpresa en los delicados rasgos del hombre, sólo un leve destello de luz rápidamente opacado en los velados ojos, un leve espasmo de pena y comprensión que, durante un instante, contorsionó su rostro.

-Debiera haberlo supuesto –dijo tranquilamente, con su dulce y suave voz, que debajo de su inglés cultivado poseía un matiz de acento extranjero-. ¿Tiene alguna idea de lo que me pide?
-Alguna –la voz de Yarol se hizo más sobria por efecto de la gravedad de la entonación del otro-. En cierta ocasión conocí... a uno de su raza, uno de los seles, y aprendí lo suficiente para desear, como un loco, saber del todo el secreto.
-También aprendería... un nombre –dijo dulcemente el hombrecillo-. Por él juré entregarle lo que me pidiera. Y lo haré. Pero debe saber que jamás hubiera pronunciado ese juramento, aunque algo tan preciado como mi propia vida dependiera de él. Si la causa no hubiera sido tan grande como... como la que me obligó a jurar, yo, u otro cualquiera de los seles, hubiese muerto antes de jurar por ese nombre. Por eso mismo –sonrió tímidamente- podrá adivinar cuán preciado es lo que contiene este envoltorio. ¿Está seguro, está verdaderamente seguro de querer saber nuestro secreto?
Smith reconoció la testarudez que comenzaba a oscurecer los rasgos finamente cincelados del rostro de Yarol.
-Lo estoy –dijo con firmeza el venusiano-. Y usted me lo prometió en nombre de... –dejó de hablar para formar con los labios las sílabas que no pronunció. El hombrecillo sonrió, con un extraño asomo de conmiseración en el rostro.
-Está invocando poderes –dijo- que, sin lugar a dudas, desconoce. Se trata de algo peligroso. Pero..., en efecto, lo he prometido y se lo revelaré. Debo contárselo aunque ahora usted no deseara saberlo; pues una promesa hecha por ese nombre debe cumplirse, cueste lo que cueste a quien haya hecho la promesa o a quien vaya dirigida. Lo siento..., pero ahora debe saberlo.
-Díganoslo, entonces –insistió Yarol, y se inclinó hacia delante sobre la mesa.
El hombrecillo se volvió hacia Smith, mostrando en su rostro en calma una paz que suscitó un vago malestar en el terrestre.
-¿Usted también desea saberlo? –preguntó.

Smith dudó durante un instante, sopesando contra su propia curiosidad aquel malestar sin nombre. A su pesar, se sentía extrañamente impelido a conocer la respuesta de la pregunta de Yarol, aunque, a medida que lo pensaba, sentía cada vez con mayor certidumbre una extraña y silenciosa amenaza bajo la calma del pequeño extranjero. Se limitó a asentir con la cabeza y miró de soslayo a Yarol. Sin más prolegómenos, el hombre cruzó los brazos sobre la mesa, cubriendo su preciado envoltorio, se inclinó hacia delante y comenzó a hablar con su suave y lenta voz. Y mientras hablaba, le pareció a Smith que una serenidad si cabe aún mayor que la de antes afluía a sus ojos, algo tan vasto y tranquilo como la propia muerte. Le pareció que dejaba de vivir mientras hablaba, y que se hundía a cada una de sus palabras en una paz que nada en la vida podría turbar. Y Smith supo que aquel preciado secreto tan bien guardado no estaría a punto de ser revelado por alguien que guardaba una calma tan mortal, a menos que un peligro tan grande como la mismísima muerte acompañase a la revelación. Contuvo la respiración para hablar e interrumpir aquellas revelaciones, pero fue como si una compulsión le dijera que no debía interrumpirlas. Indiferente, decidió escuchar.

-Imaginen –decía tranquilamente el hombrecillo-, por ejemplo, una raza de individuos empujada por la necesidad hasta unas cavernas negras como la pez, donde sus hijos y nietos se criarán sin ver jamás la luz ni usar jamás sus ojos. A medida que vayan pasando las generaciones, irá naciendo una leyenda que hable de la inefable belleza y misterio del ver. Quizá se convierta en una religión, la narración de una gloria mayor de lo que puedan describir las palabras (pues, ¿cómo se podría describir la vista a un ciego?), que sus antepasados habían conocido, y que ellos todavía podrían percibir si las condiciones se lo permitieran, ya que aún poseen los órganos pertinentes.

“Pues nuestra raza tiene una leyenda parecida. Hay una facultad, un sentido, que hemos perdido a lo largo de incontables eones, y que poseíamos en nuestro “apogeo” y “origen”; pues a diferencia de cualquier otra raza de las actualmente existentes, nuestras leyendas más antiguas comienzan en una edad dorada del pasado infinitamente lejano. Más allá no hay nada. No tenemos historias de groseros comienzos, como las demás razas. Hemos perdido nuestros orígenes, aunque las leyendas de nuestro pueblo lleguen mucho más atrás de lo que yo pudiera hacerles creer a ustedes. Pero por lejos que se remonte nuestra historia, siempre aparecemos como un pueblo hecho y derecho que procede de algún origen remoto no narrado en las leyendas, y que posee una civilización avanzada, con una cultura perfectamente estable. Pues bien, en ese estadio de perfección poseíamos el sentido perdido que sólo hoy existe como una tradición velada. En las soledades del Tíbet habitan los remanentes de nuestra, antaño, poderoso raza. Desde los comienzos de la Tierra hemos vivido allí, mientras en el mundo exterior la humanidad luchaba para salir lentamente de su estado salvaje. Fuimos declinando en una gradación infinita hasta que para la mayoría de nosotros el secreto se perdió. Pero nuestro pasado es demasiado magnífico para que lo olvidemos, y por eso no nos rebajamos a mezclarnos con las jóvenes civilizaciones que surgieron. Pues nuestro glorioso secreto no se ha perdido del todo. Nuestros sacerdotes lo conocen y lo guardan con magias espantosas, y aunque no conviene que ni siquiera la mayoría de nuestra raza comparta este misterio, el más miserable de nosotros desdeñaría incluso la corona del mayor de vuestros imperios, porque quienes heredamos el secreto somos mucho más grandes que los reyes.

Hizo una pausa, y la mirada ensimismada de sus extraños y traslúcidos ojos se hizo más profunda. Y como si quisiera traerle de vuelta al presente, Yarol preguntó, apresuradamente:
-Sí, pero ¿de qué se trata? ¿Cuál es el secreto?
La suave mirada se volvió hacia él con compasión.
-Sí..., debe saberlo. Ahora usted no puede huir de él. No puedo adivinar cómo pudo conocer el nombre con el que me invocó, pero sí sé que no sabe mucho más, o de lo contrario jamás se hubiera servido de su poder para hacerme esa pregunta. Es... una lástima... para todos nosotros que yo pueda contestarle, pues soy uno de los pocos que conocen su respuesta. Nadie, excepto los sacerdotes, se aventura jamás a salir de nuestro retiro en las montañas. Así que usted hizo la pregunta a uno de los pocos que podían contestarla..., lo que es una desgracia tanto para ustedes como para mí.

Hizo una nueva pausa y Smith observó que la vasta placidez de sus rasgos se iba haciendo más profunda. Como haría un hombre que, impertérrito, contempla el rostro de la muerte.
-Prosiga –le instó con impaciencia Yarol-. Díganos, díganos el secreto.
-No puedo –la blanca cabeza del hombrecillo se agitó, denegando. Sonrió levemente-. No hay palabras para ello. Pero se lo mostraré. Miren.
Alargó una frágil mano y derramó el vaso que estaba cerca del codo de Smith, de modo que las rojas heces del whisky de segir formaron un pequeño charco sobre la mesa.
-Miren.

Los ojos de Smith observaron el brillo rojizo del líquido derramado. En él percibieron una oscuridad a través de la cual unas sombras pálidas se movían extrañamente, tanto que Smith se vio obligado a mirar más de cerca, pues nada de lo que conocía podía formar unos reflejos tan extraños. Era consciente de que Yarol también se había inclinado para mirar y de que, poco después, ya no veía nada que no fuese la roja oscuridad del abismo, estriado de pálidos estremecimientos. Sus ojos se habían hundido tanto en el secreto que no podía mover un músculo, y la mesa, la terraza y toda la gran ciudad de acero que hormigueaba a su alrededor eran una bruma que se desvanecía en el olvido. Como de muy lejos, oyó aquella voz, baja y suave, llena de infinita resignación, de calma infinita, y de una conmiseración enorme e inalcanzable.

-No se resistan –dijo gentilmente-. Abandónense a mi mente y les mostraré, pobres niños necios, lo que me han pedido. Puedo hacerlo por la virtud del nombre. Es posible que el conocimiento que obtengan no les compense del precio que va a costarnos a todos nosotros, pues los tres moriremos cuando el secreto haya sido revelado. ¿Quizá lo sabían? La vida de toda nuestra raza, desde eras inmemoriales, está dedicada a guardar el secreto, y cualquiera que lo conozca y que no pertenezca al círculo de nuestros sacerdotes, que lo enseñan, debe morir, para que no sea revelado. Yo, que en mi locura juré por el nombre, debo contárselo, ya que me lo han pedido, y decirles que morirán antes de que haya pagado el precio de mi propia debilidad... con mi propia muerte. No importa, estaba escrito. No se resistan... Forma parte de la urdimbre de nuestras vidas, pues desde nuestro nacimiento los tres hemos ido recorriendo el camino que nos ha conducido a este instante, en que estamos juntos sentados a una mesa. Ahora atiendan, escuchen... y aprendan. En la cuarta dimensión, que es el tiempo, el hombre sólo puede viajar a favor de la corriente. En las otras tres puede moverse libremente según su voluntad, pero en el tiempo debe someterse a su flujo, que es todo lo que conocemos. Incidentalmente, sólo esta dimensión de las cuatro le afecta físicamente. A medida que se mueve en la cuarta dimensión, envejece. Pero, antaño, nosotros conocíamos el secreto de movernos tan libremente a través del tiempo como del espacio, y eso de una manera que no afectaba a nuestros cuerpos más que el movernos hacia delante o hacia detrás. Aquel secreto implicaba el uso de un sentido especial que creo que todos los hombres poseen, aunque después de eras sin usarlo se haya atrofiado tanto que casi ha dejado de existir. Sólo entre los seles queda el recuerdo de su existencia, y sólo entre nuestros sacerdotes quedan aquellos que poseen el antiguo sentido en toda su plenitud. Cuando nos movemos según nuestra voluntad a través del tiempo no lo hacemos físicamente. Ni nos relacionamos con lo que ocurrió antes de que nosotros llegáramos, salvo en el conocimiento del pasado y del futuro que ganamos con nuestros viajes. Pues nuestro movimiento en el tiempo se halla confinado estrictamente a lo que ustedes llaman memoria. Gracias a este sentido prácticamente perdido, podemos ir hacia atrás, en las vidas de quienes nos precedieron, o hacia delante, a través de las “memorias” aún incorpóreas pero positivamente existentes, de quienes vendrán después de nosotros. Pues, como ya he dicho, toda la vida está tejida según un dibujo ya acabado, donde pasado y futuro aparecen dibujados irrevocablemente.

“Pero, incluso en esa manera de viajar, hay peligro. Aunque nadie sepa precisamente cuál, pues nadie que lo haya encontrado ha vuelto jamás. Quizá el viajero cae por casualidad en los recuerdos de un moribundo y no puede escapar. O quizá... No sé, pero hay ocasiones en que la imaginación no regresa, se quiebra... Aunque no hay límites para ninguna de estas cuatro dimensiones en lo que concierne a la humanidad, la distancia a que podemos aventurarnos en cualquiera de ellas está limitada a la capacidad mental de quien viaja. Ninguna imaginación, por muy poderosa que sea, podría retroceder hasta los orígenes. Por esta razón no sabemos nada de nuestros propios comienzos antes de esa era dorada de que hablaba. Pero sabemos que hemos sido exiliados de un lugar demasiado maravilloso para perdurar, de una tierra más exquisita que cualquiera de las que la Tierra puede mostrar. Procedemos de un mundo que es como una joya, y nuestras ciudades eran tan hermosas que incluso nuestros hijos cantan las canciones de Baloise la Bella, de Ingala, la de murallas de marfil, y de Nial, la de blancos tejados. Una catástrofe nos expulsó de aquella tierra, una catástrofe de la que nada sabemos. La leyenda dice que nuestros dioses se enfadaron y nos abandonaron. Lo que después sucedió es algo que nadie sabe exactamente. Pero aún seguimos suspirando por el adorable mundo de Seles donde nacimos. Era... Pero miren, y lo verán.

La voz sólo había sido un subir y bajar de resonancias en un mar de oscuridad; pero Smith, con toda su conciencia concentrada aún en el reflectante abismo de rojo hipnótico, fue consciente de un estremecimiento y de un súbito movimiento en el profundo seno de su oscuridad. Unas cosas se movían y subían, tan vertiginosamente que la cabeza comenzó a darle vueltas y el vacío tembló a su alrededor. Fuera de aquella estremecida tiniebla, una luz comenzó a relucir. La realidad estaba cobrando forma a su alrededor, una nueva substancia y una nueva escena; y a medida que la luz y el paisaje iban surgiendo de la oscuridad, su propia mente se revestía nuevamente de carne y percibía la realidad de manera gradual. En aquellos momentos se encontraba de pie en la ladera de una colina baja, aterciopelada de hierba oscura bajo el crepúsculo. Bajo él, en aquella adorable penumbra semitraslúcida, se extendía Baloise la Bella, de blancura de marfil, destellando a través de la penumbra como una perla sumergida en vino oscuro. De algún modo, supo que era aquella ciudad, supo su nombre y amó cada uno de sus pálidos chapiteles, cúpulas y arcadas que, ente él, surgían en el atardecer. Baloise la Bella, su esplendorosa ciudad. No tuvo tiempo de maravillarse por aquella familiaridad súbita y nostálgica; pues al otro lado de los tejados de marfil una especie de gran resplandor lunar comenzaba a iluminar el apagado cielo, con tan enorme y deslumbrante brillo que le quitó la respiración; pues, con toda certeza ninguna de las lunas que jamás se habían alzado en la Tierra hubiera podido dar una iluminación tan poderosa. Detrás de la extensión de las azoteas de marfil de Baloise se difundía en un gran halo, que quitaba la respiración a la noche toda, como si estuviera pendiente de un milagro. Luego, más allá de la ciudad, vio el borde de un inmenso círculo de plata reluciendo a través de una capa de nubes bajas y, de repente, comprendió.

Fue subiendo lentamente, muy lentamente. Las marfileñas azoteas de Baloise la Bella captaban la luz de aquel suave e inmenso resplandor y la convertían en un destello nacarado, de suerte que la noche toda era un milagro, con la maravilla de la Tierra naciente. Sobre la ladera de la colina, Smith seguía inmóvil mientras el enorme y resplandeciente orbe derramaba su claridad sobre los tejados y, finalmente, flotaba en libertad bajo la pálida luz de la Luna. Ya había visto antes aquel espectáculo desde un estéril satélite muerto, pero jamás la exquisita iluminación de la Tierra a través de los vapores del aire de la Luna había velado el vasto globo en un rielar de encantamientos, mientras se balanceaba misteriosamente a través del crepúsculo, todos sus continentes plateados tenuemente teñidos de verde, la traslúcida maravilla de sus mares resplandeciendo con la claridad de joyas, pálidos, rojizos como ópalos en la lúcida tranquilidad de la oscuridad del claro de la Tierra. Era una visión demasiado arrebatadora para que un hombre pudiera contemplarla sin estar preparado. Mientras bajaba lentamente la colina le dolía la cabeza por aquella belleza demasiado vívida para que los ojos pudieran contemplarla por largo tiempo. Hasta entonces no fue consciente de que estaba mirando a través de un cuerpo que no era el suyo. No tenía control sobre él; simplemente, lo había cogido para caminar por la penumbra lunar hasta bajar la colina, para poder percibir por sus sentidos el inconmensurable pasado que se hallaba contemplando. Ése era el “sentido” de que había hablado el pequeño extranjero. En la memoria de un habitante de la Luna muerto desde hacía eones, la vista de la Tierra naciente, maravillosa sobre los chapiteles de la ciudad olvidada, había quedado grabada tan profundamente que la erosión de incontables eras no había podido borrarla. En aquellos momentos veía, y sentía, lo que su hombre desconocido había visto y sentido sobre la ladera de una colina de la Luna, hacía un millón de años.

A través de la magia de aquel “sentido” perdido caminaba por la verdeante superficie de la Luna, hacia aquella exquisita ciudad, perdida para todo lo que no fueran los sueños de hacía muchísimos eones. Bien hubiera podido adivinar por la extrema fragilidad del pequeño sacerdote que su raza no era originaria de la Tierra. La menor gravedad de la Luna había originado una raza con la delicadeza de las aves. Era curioso que tuvieran el cabello plateado como la Luna y unos ojos traslúcidos y remotos como el satélite muerto. Un lazo singular y lógico con su patria perdida. Pero poco tiempo quedaba para la maravilla y la especulación. Smith contemplaba el esplendor de Baloise, que flotaba cada vez más cerca en el atardecer, bañada con una luminosidad tan suavemente real que era como si pisara agua de una sombría claridad. Intentaba descubrir cuál era la libertad que le permitía aquella nueva experiencia. Podía ver lo que vía su huésped, y comenzó a ser consciente de que también compartía los demás sentidos del hombre. Incluso podía compartir sus emociones, pues había sentido un momento de apasionada nostalgia por toda la blanca ciudad de Baloise cuando la contempló desde la colina, de nostalgia y de amor como el que un exiliado podría sentir por su ciudad natal. También fue paulatinamente consciente de que el hombre estaba asustado. Un terror extraño, sombrío y lleno de miasmas acechaba bajo la superficie de sus pensamientos conscientes, algo cuyo origen no podía sondear. Confería a la belleza que contemplaba una acuidad tan punzante, al menos, como el dolor, que grababa intensa y profundamente en su memoria cada blanco chapitel y resplandeciente cúpula de Baloise.

Lentamente, moviéndose en la sombra de su propio terror sombrío, el hombre fue bajando de la colina. La muralla de marfil que ceñía Baloise surgió ante él, una muralla baja con una cresta que exhibía una banda de calado y encaje, sobre cuyas circunvoluciones el claro de la Tierra lucía como plata. Caminó bajo un arco apuntado, sin dejar de moverse con aquel paso resuelto, como si se aproximara a algo espantoso de lo que no podría escapar. Y cada vez con más fuerza, Smith fue consciente del miedo que anegaba los pensamientos sin formular del hombre, bañados en una marea sombría bajo la consciencia de todo lo que hacía. Y aún con más fuerza, seguía resistiéndose de su acuciante amor por Baloise, y sus ojos se posaban en lentas caricias sobre los pálidos tejados y los muros bañados por la luz de la Tierra, y las nacaradas penumbras que brotaban de sus sombras, donde la luz de la Tierra naciente sólo era un reflejo. Estaba grabando en su memoria el esplendor de Baloise, como pudiera hacer un exiliado. Se demoraba en su contemplación con un anhelo tan profundo que parecía que, hasta el día de su muerte, quisiera llevar delante de sus ojos la belleza iluminada por la Tierra que contemplaba. Pálidas paredes, cúpulas traslúcidas y arcadas surgieron ante él mientras caminaba lentamente a lo largo de una calle cubierta de arena blanca, de suerte que sus pies caían insonoros sobre su superficie, como si caminase en un sueño traslúcido. La Tierra ya estaba más alta sobre los reflectantes tejados, y su gran globo resplandeciente flotaba libre encima de su cabeza, velado y opalescente con los iridiscentes mares de su atmósfera. Al mirar a través de los ojos de su desconocido extranjero, Smith pudo reconocer a duras penas la configuración de los grandes continentes verdes que se extendían bajo los velos de titilante aire, y las formas de los relucientes mares le parecieron extrañas. Contemplaba un pasado tan lejano que bien poco de su planeta nativo le era familiar. Su extraño huésped estaba doblando la ancha calle arenosa. Tomó una pequeña calleja pavimentada, incierta en la difusa luz de la Tierra, y empujó la puerta de una verja que después volvió a cerrar. Bajo su arco, penetró en un jardín, precioso bajo el claro de Tierra, más allá del cual se veía una casita blanca, pálida como el marfil, que se recortaba contra unos sombríos árboles.

Había un estanque en el jardín central, y la Tierra nadaba en su negrura como un ópalo enorme y reluciente, haciendo que el agua reluciera con mayor esplendor que en cualquiera de los estanques de la Tierra. Y sobre aquel estanque inundado de claro de Tierra, estaba inclinada una mujer. La plateada cascada de sus cabellos enmarcaba un rostro más pálido que la palidez de la Tierra naciente y de una belleza más delicada y exquisita que la que jamás se hubiera dado en cualquier mujer de la Tierra. Su esbeltez lunar, mientras se inclinaba sobre el estanque, poseía un aire inmortal; pues jamás mujer alguna de la Tierra paseó delicadeza que llegara, siquiera, a la mitad de aquélla, tan dulce y frágil. Alzó la cabeza cuando se abrió la puerta de la verja, y se irguió con un movimiento tan ligero, porque no era terrestre, que apenas pareció tocar la hierba cuando caminó hacia delante, criatura de pálido encantamiento en un jardín lunar encantado. Pisando la hierba, el hombre fue hacia ella, contrito, y Smith sintió en él un pánico y un dolor profundamente arraigados en su alma que apenas le permitían hablar. La mujer alzó el rostro, perfectamente visible en aquel momento bajo el claro de Tierra y tan delicadamente modelado que más parecía cualquier joya exquisitamente tallada que un rostro de carne lunar y hueso. Sus grandes ojos estaban opacados por un espanto innombrable. Susurró con el débil eco de una voz:

-¿Ya es el momento?
Y el lenguaje en que hablaba estaba lleno de ondulaciones como el agua al correr, con extrañas, ligeras y entrecortadas cadencias que Smith sólo comprendía por mediación de la mente del hombre cuyos recuerdos compartía. Con voz demasiado alta para ocultar su temblor, su huésped dijo:
-Sí..., ya lo es.

Al oír aquello, los ojos de la mujer se cerraron involuntariamente y toda la exquisitez de su rostro se crispó en una aflicción súbita y dolorosa, tan pesada que pareció que aquella frágil criatura quedaría aplastada bajo su peso, y todo su delicado cuerpo se derrumbaría sobre la hierba, abrumado por una carga que no podría soportar. Pero eso no ocurrió. Vaciló durante un instante y luego los brazos del hombre la rodearon, sujetándola fuertemente en un abrazo desesperado. Y a través de los recuerdos del hombre muerto desde hacía tanto tiempo que la sujetaba, Smith pudo sentir la delicadeza de la mujer muerta desde hacía eones, la cálida suavidad de su carne, sus menudos huesos, como los de un pájaro. Y de nuevo sintió fútilmente que era una criatura demasiado frágil para soportar una pena como la que la torturaba, y un furor impotente creció en él contra cualquiera que fuese la cosa innominada que causaba tan gran terror y pena a aquellas dos personas. Durante un largo momento, el hombre la mantuvo abrazada, sintiendo contra sí la suave fragilidad de su cálido cuerpo, el tormento de los silenciosos sollozos que la estremecían y que parecían capaces de romper todos sus huesos, por lo delicados que eran, y lo desesperada que era su muda agonía. Su propia garganta se estrechaba de pena, y sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas. Los oscuros miasmas de terror fueron haciéndose más fuertes hasta que el jardín iluminado por el claro de Tierra quedó oscurecido por su sombra, y sólo quedó el negro peso de su miedo, el dolor de su desesperado pesar. Finalmente, aflojó la presión de su abrazo y, una vez más, murmuró, con la boca sobre sus plateados cabellos:

-Vamos, vamos, querida. Tranquilízate... Sabíamos que esto tenía que suceder algún día. Le ocurre a todo lo que vive... También a nosotros. No llores así...
Ella sollozó una vez más, con un profundo espasmo de puro dolor, se apoyó en los brazos del hombre para enderezarse y asintió, echando hacia atrás su cabellera de plata.
-Lo sé –dijo-. Lo sé –alzó la cabeza y miró hacia el gran halo de misterio que bañaba la Tierra a través de los velos de iridiscente encantamiento que brillaban sobre la pareja. La luz chispeó en las lágrimas de su rostro-. Me hubiera gustado que los dos nos hubiéramos encontrado... Allí abajo.
Él la zarandeó suavemente entre sus brazos.
-No... La vida en las colonias, con sólo el pequeño resplandor de luz verde reluciendo sobre nosotros para torturar a nuestros corazones con el recuerdo de la patria... No, querida. Hubiera sido toda una vida de nostalgia y de deseos de volver. Aquí hemos vivido felices, conociendo sólo este momento final de pena. Es mejor.
Ella inclinó la cabeza y apoyó la frente contra su hombro, para no ver la Tierra en los cielos.
-¿Lo es? –preguntó, con voz ronca a causa de las lágrimas-. ¿No es mejor toda una vida de nostalgia y de pesares contigo que el paraíso sin ti? Pues bien, la elección ya está hecha. Sólo soy feliz por una cosa: que tú hayas sido llamado antes y no puedas conocer este... este espanto de tener que enfrentarse solo a la vida. Ahora tienes que irte... en seguida, o jamás te dejaré. Sí... Sabíamos que tenía que terminar algún día, que la hora tenía que llegar. Adiós, mi bienamado.

Alzó su húmedo rostro y cerró los ojos. Smith hubiera mirado a otro sito si hubiese podido. Pero no podía despegarse, siquiera emocionalmente, del huésped cuyos recuerdos compartía, y aquel instante insoportable se clavó tan profundamente en su propio corazón como en el del hombre que le albergaba. La tomó gentilmente de nuevo entre sus brazos y besó la boca estremecida, salada con el sabor de las lágrimas. Y después, sin mirar hacia atrás, se volvió hacia la puerta abierta y caminó lentamente bajo su arco, como si fuera un hombre que se dirigiese hacia su condena. Pasó nuevamente por la calleja hasta llegar a la calle ancha de antes, bajo el esplendor del claro de Tierra. La belleza de la Baloise muerta desde hacía eones por la que caminaba, suscitaba un dolor sordo en su corazón bajo la angustia más aguda de la despedida. La sal de las lágrimas de la joven seguía sobre sus labios, y le parecía a él que ni la muerte podría consolarle de la pena de los momentos que acababa de pasar. No obstante, apretó el paso con resolución. Smith comprendió que su huésped, después de doblar una esquina, se dirigía hacia el centro de Baloise la Bella. Grandes plazas abiertas rompían aquí y allá las filas de marfil de los edificios; a veces veía pasar a hombres y mujeres por las calles, frágiles como pájaros con su delicadeza de seres lunares, plata pálida bajo el inmenso disco pálido de la omnipresente Tierra, que dominaba la escena hasta que nada parecía real, excepto aquella vasta maravilla suspendida sobre su cabeza. Los edificios eran allí más grandes, y aunque no hubieran perdido nada de su encantadora belleza, se hacía evidente que eran lugares dedicados más a la industria que las moradas rodeadas de verjas de las afueras de la ciudad.

En una ocasión contorneó una gran plaza en cuyo centro se levantaba una gran esfera de superficie plateada que reflejaba el brillo del claro de Tierra. Era una nave, una nave espacial. Smith lo habría comprendido sólo con verla, aunque no se lo hubiesen dicho los pensamientos del hombre de la Luna que llegaban hasta su mente. Era una nave espacial llena de hombres, maquinaria y repuestos para las colonias, donde se luchaba contra las voraces junglas de una Tierra prehistórica cubierta de vapores. Vio a los últimos pasajeros pasar por las rampas que les conducían a unas aberturas en la parte inferior, gente de blanco lunar que se movía silenciosamente como en un sueño bajo el enorme y pálido resplandor de la Tierra, ya alta en el cielo. Resultaba extraño ver lo silenciosos que eran. Toda la enorme plaza, la inmensa esfera que la llenaba, y la muchedumbre que se movía de uno a otro lado sobre las rampas bien pudieran haber sido las imágenes de un sueño. Era difícil imaginar que no lo eran, que habían existido, de carne y hueso, de piedra y acero, bajo la luz de un vasto globo que, antaño, hacía milenios, circundado por el irisado velo de su atmósfera, ocupaba el cielo. A medida que se acercaban al extremo más alejado de la plaza, Smith vio a través de los ojos poco observadores de su huésped cómo se bajaban las rampas y se cerraban las aberturas de aquella enorme nave globular. El hombre de la Luna estaba demasiado absorto en su dolor y en su pena para dedicar mucha atención a lo que estaba ocurriendo en la plaza, por lo que Smith sólo captó unas vagas visiones de la gran nave esférica elevándose del suelo, silenciosamente, sin esfuerzo, sin estallidos de ruido atronador ni grandes chorros de llamas como sucede con el lanzamiento de los modernos navíos espaciales. La curiosidad le corroía, pero no podía hacer nada. Los únicos y breves atisbos que podía obtener de aquella escena de eras pasadas debían proceder de los ojos de su huésped, quien acababa de abandonar la plaza para proseguir su camino.

Un gran edificio oscuro surgió por encima de las casas de pálidos tejados. Era lo único oscuro que Smith había visto en Baloise, y su simple contemplación despertó súbitamente el terror que había estado morando informe y oculto en la mente de su huésped. Pero éste siguió andando sin arredrarse. La amplia calle conducía justo hasta la arcada que se abría en la oscura fachada del edificio, un portal tan cavernoso y con una negrura tan amenazante como los portales de la mismísima muerte. El hombre se detuvo bajo su sombra. Miró hacia atrás pausadamente, observando la nacarada palidez de Baloise. Por encima de las cúpulas y pináculos surgía la vasta y pálida luz de la Tierra. La propia Tierra, bañada en mares de atmósfera opalescente, con todos sus continentes de verde plata, con todos sus mares coloreados como joyas veladas, reluciendo ante él por última vez. Toda la pujanza de su amor por Baloise, de su amor por la joven que había quedado en el jardín, de su amor por el encantador satélite completamente verde donde había vivido, se convirtieron en un nudo en su garganta, y su corazón estuvo a punto de explotar por la dulce plenitud de la vida que había llevado. Después se volvió resuelto y pasó bajo la oscura arcada. A través de su mirada fija, Smith no pudo ver nada que no fuera una penumbra parecida a la que forma el claro de luna a través de la niebla, de modo que el interior estaba lleno de una grisura levemente traslúcida, levemente luminosa. Y el terror que lastraba la mente del hombre comenzaba a insinuarse en la suya mientras, tremendamente escalofriado, se adentraba rápidamente en la penumbra.

La oscuridad fue aclarándose a medida que avanzaban. Cada vez le parecía más inexplicable a Smith que, a pesar del espanto que comenzaba a helar de miedo la mente del habitante de la Luna, éste prosiguiera hacia adelante sin dudar, sin que le moviese ninguna compulsión, sino su propia voluntad. Iba hacia la muerte –de eso ya no había duda, a juzgar por lo que había podido vislumbrar en la mente de su huésped-, una muerte ante la que se revolvían todas las fibras de su ser. Pero seguía adelante. Las paredes ya eran visibles a través de la oscura bruma que llenaba la tiniebla. Eran paredes suaves al tacto, de color negro, lisas. El interior de aquel gran edificio oscuro era espantoso, por su tremenda simplicidad. Nada había en él, excepto un amplio corredor negro cuyos muros se perdían, invisibles, sobre su cabeza. En contraste con la ornamentación de cualquiera de las paredes de las demás construcciones de Baloise, la rotunda severidad de aquel edificio añadía una nota de terror al aturdido cerebro del hombre que caminaba por él. La oscuridad palideció y se llenó de luz. El corredor se ensanchaba. En aquellos momentos sus paredes parecían alejarse ante el avance de la luz; a través de la brumosa claridad, el hombre de la Luna avanzó sobre un suelo negro y mate hacia su muerte. La habitación donde había desembocado el corredor era inmensa. Smith pensó que debía abarcar prácticamente el interior del gran edificio oscuro, pues transcurrieron varios minutos mientras su huésped caminaba a buen paso, aunque sin prisa, entre las tinieblas del suelo.

Gradualmente, a través de aquella extraña opacidad iluminada comenzó a crecer una llama. Bailoteó en la bruma como la luz de un fuego agitado por el viento, reluciendo, apagándose, encendiéndose nuevamente, de suerte que la bruma latía con su brillo. Había una regularidad de vida en aquel latido. Era un muro de llama pálida que se extendía a través de la brumosa penumbra por todo lo que el ojo podía abarcar a derecha e izquierda. El hombre se detuvo ante él, inclinó la cabeza e intentó hablar. Tanto estrangulaba su voz el terror que sólo al tercer intento consiguió pronunciar las palabras, en voz muy baja, casi ahogándose:

-Escúchame, oh, Poderoso. Heme aquí.
En el silencio que siguió a sus palabras, el muro de llama pulsante parpadeó una vez más, como si fuese el latido de un corazón y después se abrió hacia ambos lados, como una cortina. Más allá de la llama que acababa de correrse, una cavidad que llegaba hasta el techo se abrió entre la bruma. No era más tangible que la propia bruma, y parecía el opacado interior de una esfera. En aquella oquedad de paredes brumosas se sentaban tres dioses. ¿Realmente se sentaban? Estaban agachados de un modo espantoso y parecían hambrientos; pero era tal la bestial ferocidad de sus posturas, que sólo unos dioses hubieran sido capaces de mantener aquella espantosa dignidad velada por el terror, a pesar de la horrible ansia que revelaban sus posturas. Aquélla fue la única visión que Smith tuvo de ellos, antes de que el hombre de la Luna se prosternase sobre el negro suelo, mientras contenía la respiración y luchaba contra un terror insoportable, como si fuera un hombre a punto de ahogarse, luchando contra el mar. Pero en el momento en que dejó de ver a través de los ojos con que miraba a las tres voraces figuras, Smith vislumbró durante un instante la sombra que se erguía ante él, monstruosa sobre la brumosa pared curva que la contenía, ondeando bajo la llama. Y sólo era una sombra. Aquellos tres eran Uno.

Y el Uno habló. Con una voz como la lengüetada de una llama, tenue por la bruma que la reflejaba, terrible como la voz de la mismísima muerte, el Uno dijo:

-¿Qué mortal se atreve a llegar ante nuestra inmortal presencia?
-Uno cuyo tiempo previsto por los dioses se ha cumplido –musitó el hombre postrado con voz entrecortada, como si acabase de correr-. Uno que acude a pagar la deuda que su raza tiene con los Tres Que Son Uno.

La voz del Uno había sido plena, uniforme, como la de una única persona. En aquel momento, de la incierta oquedad donde los Tres se agazapaban, brotó una voz delgada, vacilante, como una cálida llama, que no era plena, que no era uniforme, y que llegó temblorosa hasta sus oídos.

-Que nadie olvide –dijo aquella vocecita cálida- que el mundo de Seles nos debe su existencia, ya que gracias a nuestro poder mantenemos fuego, aire, y agua alrededor de su globo. Que nadie olvide que sólo gracias a nosotros la carne de la vida cubre los desnudos huesos de este mezquino mundo ¡Que nadie lo olvide!

El hombre prosternado en el suelo se agitó con un largo estremecimiento de aquiescencia. Y Smith, cuya mente era igual de consciente del hecho que la de él, supo que decía la verdad. La gravedad de la Luna era demasiado débil, incluso en aquella antigua era desaparecida, para mantener la capa de aire que sustenta la vida sin la ayuda de cualquier otra fuerza. No sabía el motivo por el que los Tres se encargaban de proporcionarla, pero estaba comenzando a adivinarlo. Una segunda vocecita prosiguió con aquella entonación ritual donde la primera la había dejado:

-Que nadie olvide que sólo con una condición vestimos con las ropas de la vida los huesos de Seles. Que nadie olvide el pacto que los progenitores de la raza de Seles hicieron con los Tres Que Son Uno, hace tantísimo tiempo que entonces los dioses aún eran jóvenes. Que nadie olvide el precio que todo hombre ha de pagar al fin de su tiempo prescrito. Que nadie olvide que sólo por nuestro divino apetito la humanidad puede unirse a nosotros y pagar su deuda. Todos los que viven nos deben sus vidas, y por el antiquísimo pacto de sus antepasados deben devolvérnoslas cuando se las reclamemos en la sombra que da vida a su amado mundo.

El hombre postrado tuvo un nuevo estremecimiento, profundo y helado, al reconocer la verdad de las palabras rituales. Y una tercera voz brotó estremeciéndose de aquella oquedad brumosa, con el sonido de la voracidad vibrante de una llama.

-Que nadie olvide que todos los que vienen a pagar la deuda de la raza y así comprar de nuevo nuestro favor para que su mundo pueda vivir, deben llegar hasta nosotros voluntariamente, sin resistirse a nuestro divino apetito... y rendirse sin luchar. Y que nadie olvide que, si un solo hombre se resistiera a nuestra voluntad, entonces, en ese instante nuestro poder desaparecería, y toda nuestra cólera caería sobre le mundo de Seles. Que un único hombre luche contra nuestra voluntad, y el mundo de Seles avanzará desnudo por el vacío, pues en un suspiro la vida habrá cesado en él. ¡Que nadie lo olvide!

Echado en el suelo, el cuerpo del hombre de la Luna se estremeció nuevamente. Por su mente pasó el último espasmo de amor y de nostalgia por el maravilloso mundo cuyo verdor iluminado por la maravilla de la Tierra se conservaría gracias a su muerte. Poco importaba la muerte si, gracias a ella, Seles sobrevivía. Con un espantoso sonido de trueno, el Uno preguntó:

-¿Acudes voluntariamente a nuestra presencia?
Una voz estrangulada se elevó del oculto rostro del hombre que seguía postrado.
-Sí, voluntariamente... para que Seles pueda vivir.
Y la voz del Uno sonó vibrante en la penumbra agitada por la llama, con tanta energía que saturó sus oídos. Sólo el latido del corazón del hombre de la Luna, la pulsación de su sangre, captaron el trueno prolongado de la orden del dios.
-Entonces... ¡ven!

Se estremeció. Se levantó muy lentamente. Se enfrentó a los Tres. Y, por primera vez, Smith sintió un súbito miedo por su propia seguridad. Hasta entonces, el miedo y terror que había compartido con su huésped lunar sólo habían concernido al hombre. Pero en aquellos momentos, ¿no le amenazaba la muerte a él, lo mismo que a su huésped? Pues no conocía forma alguna de disociar su propia mente de espectador de aquella a la que se había unido para asistir a aquel fragmento de pasado inconmensurable. Y cuando el hombre lunar desapareciera en el olvido, ¿éste no engulliría también su mente? Eso era, entonces, a lo que se había referido el pequeño sacerdote cuando había dicho que algunos de quienes se aventuraban en el tiempo, dentro de las mentes de sus antepasados, jamás regresaban. La muerte, bajo una u otra forma, debía haberlos engullido junto con las mentes por las que miraban. En aquel momento la muerte le acechaba, a menos que pudiera escapar. Y, por primera vez, luchó para comprobar hasta dónde llegaba su independencia. Pero fue en vano. No podía separarse de su huésped. Con la cabeza caída, el hombre lunar avanzó a través de la cortina de llamas, que siseó y desprendió calor, abriéndose hacia ambos lados. Cuando la dejó atrás, se encontró cerca de aquel mortecino infierno donde estaban sentados los tres dioses, entre la terrible agitación de sus sombras a través de la bruma. Y bajo aquella incierta luz, parecía que los Tres se inclinasen ávidamente hacia delante, con un hambre voraz en cada uno de sus espantosos rasgos. Y la sombra que arrojaban parecía una boca anhelante.

Después, con un rugido sibilante, la cortina de llamas se cerró tras él, y una oscuridad como la de la misma muerte cayó cegadora sobre la oquedad donde estaban los Tres. Smith conoció la desnudez del terror cuando sintió la mente tras la cual se escondía brincar como un caballo bajo su jinete y caer como una montura, y comprendió que caía más y más en los golfos de un vertiginoso terror, más vacío que el espacio entre los mundos, un apetito ciego y vacío más devorador que la misma nada. No luchó contra él. No podía. Era demasiado tremendo. Pero no se entregó a él. Pequeña entidad consciente en un infinito de pura ansia, mientras la succionadora vacuidad derramaba voracidad a su alrededor, seguía firme e inquebrantable. El hambre de los Tres sólo había conocido hasta entonces la aquiescencia de la deuda que el hombre tenía con ellos, y por eso, en aquellos momentos, a través del vacío de su ansia gruñía una furia mucho más terrible que la de cualquier mente mortal a la que pudiera combatir. En medio de ella, Smith se aferró tercamente a la chispa de consciencia que le quedaba, incapaz de hacer cualquier cosa que no fuese resistirse débilmente al voraz deseo que absorbía su vida.

Poco a poco fue consciente de lo que hacía. Si resistirse al apetito de los Tres significaba que cumplirían sus amenazas, el resultado sería la muerte de un mundo. Significaba la muerte de todo ser viviente en el satélite: de la joven en el jardín iluminado por la Tierra, de toda la gente de Baloise que había visto caminando por sus calles, de la propia Baloise ante la erosión de los eones, desprotegida ante el bombardeo de los meteoritos que transformarían su dulce mundo verde en una lastimosa calavera. Pero la compulsión de vivir le cegaba. No hubiera podido renunciar a ella aunque lo hubiese deseado, pues el deseo de la vida se halla demasiado arraigado en todos nosotros, la salvaje y animal desesperación ante la extinción. No quería morir, no quería rendirse a ningún precio. No podía luchar contra aquella voracidad cegadora que le envolvía como un tifón, pero no quería ceder. Era simplemente una testarudez pasiva contra el hambre de los Tres, mientras los eones giraban a su alrededor y el tiempo cesaba y nada tenía existencia, sino él mismo, su vivo y desesperado yo rebelándose contra la muerte.

Otros, al aventurarse en el pasado, habían debido de encontrarse con el mismo peligro y sucumbido ante él en la debilidad de su amor innato por el verde mundo lunar. Pero él no tenía esa debilidad. Nada era tan importante como la vida, la suya, entonces y siempre. No se daría por vencido. Muy por debajo del barniz de su yo civilizado se encontraba la roca viva de pura energía salvaje que nada, en ningún mundo de los que conocía, había podido poner a prueba. Eso era lo que le sostenía en aquellos momentos contra la ira de la divinidad, cimiento inconmovible a su determinación de no ceder. Y lentamente, muy lentamente, el ansia devoradora abatió su furia sobre él. No podía comprender que se negase a rendirse, y ni siquiera toda su furia pudo asustarle para que capitulase. Ahí estaba el motivo de que los Tres exigieran y reiteraran la necesidad de que se entregasen a su apetito. No tenían poder para vencer el inquebrantable instinto de vida, a menos que éste fuera abandonado voluntariamente, y no se atrevían a dar a conocer al mundo que aterrorizaban aquel punto flaco de su fuerza. Durante un instante fulgurante, Smith se imaginó a los vampíricos Tres alimentándose de una raza que no se atrevía a desafiarlos por su amor a las magníficas ciudades, a los plácidos días dorados y a los miríficos claros de Tierra de las noches, que contaban más para aquellos seres que su propia existencia. Pero aquello se había acabado.

Una última oleada llameante de un ansia ardiente rodeó vorazmente la obstinación de Smith. Pero cualquiera que fuera la naturaleza de aquellos seres vampíricos y el desconocido lugar olvidado hacía eones donde hubieran podido nacer, los Tres Que Eran Uno no tenían poder para romper el fondo de puro salvajismo en donde había arraigado profundamente todo lo que era Smith. Y, finalmente, en un estallido final de furia ciclónica, que rugió a su alrededor en una borrascosa explosión de hambre y de derrota, el vacío comenzó a desaparecer. Durante un instante cegador, las imágenes relampaguearon en su cerebro. Vio a la dormida Seles, el verde mundo lunar que incluso el tiempo llegaría a olvidar, de palidez nacarada bajo el esplendor de la Tierra naciente que la bañaba con la luz de una noche más brillante que cualquiera de las conocidas por el hombre, y el poderoso orbe bañado de mares velados por su rutilante atmósfera, radiante por un último y breve instante en la maravilla de sus brumosos continentes y sus mares perlados. Y a Baloise la Bella, dormida bajo la luminosidad de la Tierra, alta en el cielo. Pues durante un último momento de esplendor, el exquisito mundo lunar flotó a través de su noche pálida como un sueño que ninguno de los mundos del espacio igualaría jamás, y que ningún descendiente de la raza que lo había conocido olvidaría del todo.

Entonces sucedió... el desastre. De un modo extraño e impreciso, Smith escuchó un agudo lamento, capaz de destrozarle los tímpanos, que fue en aumento hasta hacerse intolerablemente alto, de modo que su cerebro no pudo resistir durante más tiempo la agonía que le producía aquel sonido. Y sobre Baloise, sobre Seles y sobre todo lo que allí vivía, comenzó a caer la oscuridad. La Tierra que brillaba en lo alto relució en las tinieblas crecientes, y la atmósfera se apartó de las verdes colinas ondulantes y prados verdeantes, y de los plateados mares de Seles. En largas tiras opalescentes, brillantes bajo la luz de la Tierra, el aire de Seles comenzó a abandonar el mundo que revestía. Pero no de forma gradual, sino abrupta y enfurecida, como si las invisibles manos de los Tres desgarrasen en largos y brillantes jirones el globo de Seles... Así desapareció la atmósfera. Eso fue lo último que vio Smith antes de que las tinieblas le rodearan... Seles, espléndida hasta el momento de su destrucción, una pequeña joya verde de reluciente y destellante colorido, que se iba despojando del manto de la vida mientras los largos jirones de traslúcidas irisaciones caían de él y se perdían en el vacío, donde palidecían lentamente en la negrura del espacio. Luego la tiniebla se cerró sobre él, y el olvido le rodeó. Después nada, nada.

Abrió los ojos. Para su sorpresa, las torres de acero de Nueva York le rodeaban por todas partes, mientras el zumbido del tráfico resonaba en sus oídos. Sin que pudiera contenerse, sus ojos escrutaron el cielo donde momentos antes, así le parecía a él, el gran globo brillante de la nacarada Tierra había colgado luminoso. Y entonces, la comprensión fue abriéndose paso lentamente por su mente, bajó los ojos y, al otro lado de la mesa, se encontró con la inmensa mirada alucinada del pequeño sacerdote de la gente de la Luna. El rostro que vio le extrañó. Había envejecido diez años en el intervalo incalculable de su viaje hacia el pasado. Una angustia más profunda que la que pudiera afectar a cualquier individuo había grabado profundas marcas en su rostro de palidez ultraterrena, y sus grandes ojos extraños estaban poblados de pesadillas.

-Entonces fue por mi culpa –dijo, entre susurros, como para sí-. Entre todos los de mi raza, yo fui el único responsable de la muerte de Seles. ¡Oh, dioses...!
-¡Fui yo! –exclamó Smith sin poder contenerse, mientras abandonaba su silencio habitual en un esfuerzo instintivo para aliviar la insoportable angustia del hombrecillo-. ¡Yo lo hice!
-No... Usted fue el instrumento, pero yo quien lo manejó. Yo le envié al pasado. Yo soy responsable de la destrucción de Baloise, de Nial y de Ingala, blanca como el marfil, y de toda la verde belleza de nuestro mundo perdido. ¿Cómo podré mirar de nuevo por la noche la desnuda calavera blanca del mundo que destruí? ¡Fui... yo!
-¿De qué diablos están hablando los dos? –preguntó Yarol, al otro lado de la mesa-. No he visto nada, excepto un montón de oscuridad y de luces, y una especie de luna...
-Y sin embargo –proseguía aquel susurro obsesivo, olvidándose de todo-, sin embargo... vi a los Tres en su templo. Nadie de mi raza los había visto antes, pues ninguna memoria viviente había regresado a aquel templo, salvo las memorias que morían en él. De toda mi raza sólo yo conozco el secreto del desastre. Nuestras leyendas cuentan de él lo que vieron los exiliados, al mirar hacia arriba aquella noche de terror a través del espeso aire de la Tierra. ¡Pero yo sé lo que pasó! Y ningún hombre de carne y hueso puede llevar consigo ese conocimiento durante mucho tiempo: el de haber acabado con un mundo por su locura. ¡Oh, dioses de Seles..., ayudadme!

Sus blancas manos lunares se movieron a tientas sobre la mesa, hasta encontrar el envoltorio cuadrado que tan caro le había costado. Se puso en pie, tambaleándose. Smith también se levantó, acuciado por una emoción indefinida que no habría podido describir. Pero el sacerdote de la Luna negó con la cabeza.

-No –dijo, como si respondiera a alguna pregunta que acabara de hacerse a sí mismo-, usted no debe reprocharse por lo sucedido hace tantos eones... aunque parezca que sucedió hace pocos minutos. Esta maraña de tiempo y espacio, y el desastre que un hombre vivo puede provocar sobre un mundo muerto hace milenios... es algo que se halla más allá de nuestro escaso entendimiento. Fui elegido para ser el vaso de aquel desastre... y nadie sino yo es responsable, pues estaba ordenado desde el comienzo de los tiempos. No hubiera podido impedirlo incluso si hubiese conocido desde el principio que supondría el fin. Pero no porque lo haya hecho, sino por lo que ahora conoce... ¡tendrá que morir!

Apenas habían abandonado sus labios aquellas palabras, cuando ya blandía su pequeño envoltorio cuadrado como si fuera un arma mortal. Lo mantuvo muy cerca del rostro de Smith, mientras la sombra de la muerte seguía en sus pálidos ojos lunares y oscurecía su angustiada y blanca faz. Durante un brevísimo instante, a Smith le pareció que un intolerable resplandor de luz estallaba alrededor del envoltorio cuadrado, aunque entre las blancas manos del sacerdote no pudiera ver nada más que su aspecto acostumbrado. Durante aquel instante demasiado breve para que su cerebro lo registrara, la muerte le rozó con avidez. Pero en el mismo momento, mientras las amenazantes manos se levantaban hacia él, hubo un estallido de llamas blancoazuladas detrás del sacerdote, acompañado del familiar crepitar de una pistola. El rostro del hombrecillo se volvió lívido de dolor durante un instante y después le sumergió una inmensa oleada de paz que extinguió la angustia de sus oscuros ojos. Cayó de costado y arrastró consigo el envoltorio cuadrado. Al otro lado de su desmadejado cuerpo, que yacía en el suelo, apareció la silueta agachada de Yarol, que volvía a guardar la pistola térmica en su funda mientras echaba una rápida mirada por encima del hombro.

-¡Vámonos... vámonos! –musitó con urgencia-. ¡Salgamos de aquí!

Smith oyó un grito a su espalda y un ruido de pies que corrían. Echó una mirada de codicia al misterio que encerraba al forma cuadrada del envoltorio, pero sólo fue un vistazo fugitivo mientras saltaba por encima del cadáver y se pegaba a los ágiles talones de Yarol, para ir a perderse por la rampa inferior entre la muchedumbre que había estado bajo ellos. Jamás lo sabría.