domingo, 11 de diciembre de 2016

El mensaje de un muerto. F.

Un buen día, el joven Carlos Méndez, cura titular de la parroquia de la Merced y profesor de Religión Católica en un instituto público de la localidad, recibió un extraño mensaje, escrito poco antes de su muerte por un catedrático de Historia jubilado, de nombre Alfonso Balboa, quien había fallecido pocos días antes a raíz de un cáncer pulmonar. El mensaje iba dentro de un sobre, que le fue entregado en mano al sacerdote por Candela Balboa, nieta del difunto y alumna suya en el instituto. Ni la niña ni sus padres tenían la menor idea respecto a lo que pudiera contener dicho sobre, pues simplemente habían recibido el encargo de entregárselo a Carlos tras la muerte del profesor. Por lo demás, éste nunca les había dado explicaciones al respecto, aunque sí les había dicho que era algo importante.

Carlos había llegado a conocer bastante bien al difunto, y, de hecho, había oficiado su misa funeral, pero tampoco esperaba aquel mensaje ni podía hacerse idea de cuál pudiera ser su contenido. Durante sus últimos años de vida, el viejo Balboa había frecuentado la iglesia de la Merced, manifestando la devoción temerosa y un tanto inquietante de quienes pretenden lavar alguna mancha de la conciencia mediante continuas efusiones de agua bendita, sin llegar a conseguirlo más que a medias. Respecto a la naturaleza exacta de dicha mancha, Carlos la desconocía completamente, pues el anciano, tan asiduo al sacramento eucarístico, paradójicamente nunca se había acercado al confesionario. Realmente, habían existido bastantes puntos oscuros en la vida del profesor Balboa, quien, tras su jubilación y el fallecimiento de su mujer, había viajado por distintas partes del mundo con fines no siempre claros, aunque en la ciudad nadie hubiera podido decir absolutamente nada contra él en ningún sentido.

Una vez que hubo retornado a la casa parroquial tras el fin de su jornada en el instituto, Carlos abrió el sobre y se encontró con dos objetos que no sólo resolvieron el misterio, sino que antes bien lo acrecentaron. Uno era un llavín metálico, sin ninguna indicación referente a la cerradura a la cual estaba destinado. El otro era un folio doblado, que únicamente contenía unos cuantos versos, escritos con la elegante caligrafía del difunto Balboa. Carlos, cuyos conocimientos literarios eran bastante amplios (había estudiado Filología Hispánica antes de entrar en el seminario), los reconoció como procedentes del poema “Ulalume”, de Edgar Poe. Aquellos versos eran los siguientes:

“A solas con mi alma recorría/ avenida titánica y obscura de fúnebres cipreses (…)/ y cuando la noche ya avanza/ de estrellas al vago tremer/ al fin de la oscura avenida/ un lánguido rayo se ve (…)/ y yo le dije a mi alma: Más que Diana/ ardiente, aquella misteriosa Luna/ rueda al través de un éter de suspiros, / lágrimas que de su faz una por una/ caen donde el gusano nunca muere./ Para mostrarnos la celeste ruta/ y el imperio de la paz letea/ atrás dejó al león en las alturas/ del león las estrellas traspasando…”

A falta de otra explicación mejor, Carlos decidió que los versos debían de contener alguna clave oculta, seguramente referida a algo de cierta importancia, puesto que Balboa nunca había sido amigo de bromas gratuitas. Quizás el texto fuera la “celeste ruta” que lo llevaría a un tesoro escondido. Aquellos versos, que en el poema original aludían a la tumba donde reposaba la amada del poeta, le sugerían a Carlos la idea de un cementerio (“fúnebres cipreses”, “donde el gusano nunca muere”), y ciertamente en el camposanto de la ciudad había una avenida de tierra, flanqueada por viejos cipreses, que lo atravesaba casi completamente. La avenida terminaba en una glorieta, donde se alzaba el pequeño pero suntuoso mausoleo de los marqueses de C…, un edificio de mármol en cuyos cuatro extremos se levantaban sendas efigies de los evangelistas.

En el extremo posterior derecho se hallaba, según recordó Carlos, la imagen de San Marcos, cuyo símbolo en el arte cristiano tradicional era el león, porque unas palabras iniciales de su Evangelio (“voz que clama en el desierto”) sugerían el rugido del rey de la selva. Y a escasos metros de dicha imagen alguien había plantado un rosal, cuyas flores eran blancas, como podrían serlo las lágrimas de la Luna si el pálido astro de la noche pudiera llorar. Finalmente, Carlos decidió que no perdería nada si después de comer se acercaba al cementerio para echar un vistazo en torno a dicho rosal, cuyas raíces estaban rodeadas de tierra blanda, idónea para enterrar algo que se deseara mantener oculto. Efectivamente, una vez en el camposanto (que a aquellas horas se hallaba completamente desierto, dejando aparte a los mudos inquilinos de las tumbas), y tras realizar una somera excavación con ayuda de un palo, Carlos se encontró con una pequeña caja de madera, que alguien había enterrado junto al rosal.

El que aquella caja tuviera una cerradura, ya herrumbrosa por el prolongado contacto con la tierra húmeda, y el hecho de que el llavín del sobre encajara perfectamente en dicha cerradura confirmaron definitivamente que las conjeturas de Carlos habían sido adecuadas. Pero la resolución definitiva del misterio aún se haría esperar, pues lo que había dentro de la caja no era menos desconcertante que el contenido del sobre. Allí, cuidadosamente envuelta en un pañuelo de tela, había una pequeña estatuilla dorada de factura aparentemente precolombina, que representaba una figura antropomorfa, aunque con cabeza de murciélago, además de unos cuantos folios, doblados varias veces y escritos por ambas carillas con la letra inconfundible de Balboa. Aunque Carlos ardía de impaciencia por leer aquel mensaje póstumo, tuvo que aplazar la lectura, pues debía volver cuanto antes a la parroquia para preparar su misa vespertina, deber que él consideraba de máxima prioridad. Además, al joven sacerdote no le gustaba hacer las cosas con prisas y “en caliente”. De todas formas, no se demoró demasiado en oficiar la misa, a la cual, como era de rigor en los días laborables, apenas asistieron tres o cuatro ancianitas. Por tanto, aún no había anochecido cuando Carlos comenzó la lectura del documento, que decía lo siguiente:

“Querido amigo Carlos:
Ahora que estás leyendo las presentes líneas, lo cual significa que mi pobre alma ya se encuentra rindiendo cuentas ante el Señor, debo pedirte que me hagas un último favor, efectuando la labor que yo no fui capaz de realizar en vida. Lo único que te pido es que cojas la estatuilla que habrás encontrado junto a estas hojas y la destruyas completamente, o, en su defecto, la tires al mar desde un acantilado, de forma que nadie pueda encontrarla nunca más, pues se trata de un objeto radical e intrínsecamente maligno, eterna fuente de desdichas y tormentos indecibles. Sé que yo mismo debí haber hecho hace mucho tiempo lo que ahora te suplico que hagas. Pero las reliquias del pasado siempre han ejercido sobre mí una fascinación tan irresistible que, a pesar de mi buena voluntad, no fui capaz de deshacerme de la estatuilla, limitándome a ocultarla donde pensé que nadie podría encontrarla. Sin embargo, los caminos del azar son tortuosos y ni el mejor escondrijo resulta eternamente seguro, de modo que no podré descansar en paz hasta que una mano amiga haya librado al mundo de semejante abominación. Sé que algunos podrían demostrar, con una lógica irrefutable, que no hay nada maligno tras ese pedacito de metal dorado, y que todas las maldades que le atribuyo se deben a desdichados caprichos de la fortuna o a enloquecidas figuraciones de mi mente senil. Pero también Zenón de Elea y Epicuro han podido demostrar, respectivamente, y con una lógica igual de irrefutable, la inexistencia del movimiento y el carácter inofensivo de la muerte, sin que por ello los humanos hayamos dejado de caminar ni hayamos empezado a beber tranquilamente vasos de cianuro. Y es que la vida y la lógica a menudo caminan por sendas diferentes, de lo cual nuestra propia religión es una muestra excelente. De todas formas, intentaré contarte la historia de la estatuilla, ciñéndome en la medida de lo posible a los hechos objetivos y dejando aparte lo que pudieras considerar vaguedades de mi cerebro.

Todo empezó en la selva de Costa Rica, hace ya varios años, cuando, tras la muerte de mi esposa, decidí buscar el consuelo, o al menos el olvido, de mis penas personales retomando las dos grandes pasiones de mi juventud, es decir, la exploración de países exóticos y la investigación arqueológica. Una tarde, mientras recorría a pie los caminos de cierta reserva natural costarricense, en compañía de mi buen amigo norteamericano el profesor Nathan Galway y un guía indígena llamado Walter Flores, cierto objeto que brillaba a la luz del sol en el suelo de la selva llamó nuestra atención.

Así fue cómo hallamos la estatuilla con cabeza de murciélago. Respecto a cómo pudo haber llegado un objeto así a aquel lugar salvaje, es algo que nunca he sabido y creo que no merece la pena hacer conjeturas al respecto. En sí misma la estatuilla no era excepcional, pues todos habíamos visto muchas efigies y joyas semejantes en los yacimientos arqueológicos costarricenses, aunque quizás su factura fuera algo más bella de lo acostumbrado. De todos modos, aquella reliquia había atraído nuestra atención, más por lo inusitado del hallazgo que por sus propias cualidades, y Nathan, que era de los tres el que la tenía más a mano, se agachó para recogerla. Casualmente, junto a la estatuilla se había aposentado una pequeña serpiente, cuyos colores policromados la camuflaban perfectamente entre la tupida hojarasca que cubría el suelo. El reptil, asustado por nuestra presencia, mordió a Nathan en la mano y luego huyó silbando hacia unos matorrales cercanos.

Mi amigo apenas se asustó por el hecho, pues conocía bien a las serpientes de la selva y sabía que aquella no era en absoluto venenosa, por lo que apenas le concedió importancia al mordisco, pese a que los dientes de la serpiente le habían abierto pequeñas heridas sangrantes en la mano. Tras el percance, cogió la estatuilla y, a continuación, nos la pasó a Walter y a mí para que la viéramos. Luego, se la guardó en un bolsillo del pantalón. A mí me pareció que Nathan estaba más pálido desde que había cogido la estatuilla y que incluso le temblaban un poco las manos, por lo que pensé que acaso sus heridas se estuvieran infectando. Él nos confesó que últimamente se sentía ligeramente mareado, aunque ignoraba el motivo.

Sacamos algodones y desinfectantes de un botiquín que llevábamos, con los cuales limpiamos sus heridas antes de vendárselas, sin que ello le proporcionara ninguna mejoría. De hecho, cuando retornamos a los bungalows donde nos alojábamos, el pobre Nathan se sentía tan mal que apenas podía caminar y todo el cuerpo le temblaba como si lo estuvieran sacudiendo las convulsiones de una fiebre extrema. Sin embargo, el médico que lo atendió no pudo apreciar ninguna elevación en su temperatura corporal ni ningún síntoma de infección en las heridas que le había producido la serpiente. Realmente, el doctor no veía motivo alguno para las dolencias de Nathan y, a falta de una idea mejor, le recomendó reposo y le dio unos calmantes.

Tras pedirnos que lo avisáramos de inmediato si su estado empeoraba, el médico se fue y yo me quedé solo durante algún tiempo con mi amigo. Este, tras unos momentos de dolor y angustia durante los cuales llegó a los bordes del delirio, pareció relajarse gracias a los efectos de los calmantes y al final se quedó dormido. Ya era de noche y decidí dejarlo tranquilo en su bungalow, bajo los cuidados de una joven enfermera del parque. Me fui a mi propio bungalow y no tardé en acostarme, pues me sentía cansado por la caminata y no tenía ganas de cenar. No lo recuerdo con seguridad, pero creo que serían entonces las once de la noche.

En cambio, sí recuerdo muy bien que ya habían pasado las dos de la madrugada cuando un ruido extraño me despertó. Me pareció un grito de dolor, quizás de agonía, y tuve la impresión de que precedía del bungalow de Nathan, que se hallaba bastante cerca del mío. Temiendo que hubiera empeorado, me levanté y me vestí rápidamente para ir a ver qué sucedía. Salí al exterior y emprendí el camino hacia el bungalow de mi amigo, guiado por el intenso resplandor del plenilunio tropical. Ningún nuevo grito asaltó mis oídos durante el trayecto, pero sí lo hizo una terrible algarabía procedente del bosque cercano. Los monos parecían sumamente agitados, lo cual no era normal a aquellas horas de la noche, pues deberían estar durmiendo. Pensé que acaso algo o alguien los había asustado, pero no dejaba de ser extraño, pues en aquel parque la caza estaba prohibida y nunca se había registrado la presencia de grandes predadores. Fuera como fuera, no tardé en olvidarme de los monos y de sus gritos cuando entré en el bungalow de Nathan (la puerta estaba abierta) y me quedé atónito ante un espectáculo tan horrible como inesperado. A la luz vacilante de la lamparilla que reposaba sobre la mesilla de noche, vi que amigo había desaparecido y que sobre el suelo yacían dos cadáveres: el de la enfermera y el de un guardia del parque.

Durante un instante me quedé helado por el horror y acaso hubiera permanecido así mucho tiempo más si no fuera por los gritos y disparos que en aquel momento interrumpieron bruscamente la quietud del campamento. Tras recuperar el dominio de mi cuerpo, y haciendo gala de una temeridad inconsciente no muy propia de mí, empecé a correr hacia el edificio central del parque, donde se hallaban los dormitorios de los empleados y de donde procedía el estampido de los disparos. Cuando llegué, me encontré con una escena todavía más atroz que la del bungalow: tres empleados, entre ellos el recepcionista y el guía Walter Flores, se hallaban tendidos sobre el suelo, ya muertos o en los últimos estertores de la agonía, con sus cuerpos ensangrentados por los balazos que los habían acribillado.

Pero ni siquiera tuve tiempo de sufrir un nuevo espasmo de terror paralizante, porque un grito de mujer, procedente de la planta superior, me impulsó a subir las escaleras a toda prisa, dejando atrás a aquellos tres desdichados, a los cuales ya nada ni nadie hubiera podido prestar ayuda. Instantes después, entraba en el cuarto de donde había procedido el chillido, y que era el único que tenía la puerta abierta y la luz encendida, pero ya era demasiado tarde. La joven empleada que ocupaba aquella habitación había sido salvajemente asesinada a cuchilladas.

Repugnante era ver cómo aquel cuerpo joven y hermoso se desangraba y enfriaba sobre unas sábanas teñidas con la rojez de sus venas, más repugnante aún era ver cómo el asesino besaba ávidamente las heridas abiertas por el cuchillo en la pálida garganta de la muchacha como si fuera un vampiro sediento de sangre… ¡pero lo peor, lo que estuvo a punto de acabar con mi cordura para siempre, fue reconocer en el rostro de aquel monstruoso homicida a mi amigo Nathan Galway!

Conocía a Nathan desde la primera juventud y para mí no era tanto un simple amigo como un verdadero hermano. Puedo asegurar que siempre había sido la persona más amable, cordial y bondadosa del mundo, además de un excelente profesor y un auténtico sabio, siempre sereno y abnegado ante las dificultades. Aunque viviera mil años, nunca podría olvidar aquella vez que me salvó la vida durante una riada, en Marruecos, exponiendo la suya a gravísimo peligro. Resultaba, por tanto, monstruoso y absurdo que aquel hombre excepcional se hubiera convertido de repente en una máquina de matar, y que en apenas unos minutos hubiera segado al menos seis vidas inocentes, sin más motivo para ello que una súbita e incomprensible sed de sangre. No sé cómo pude encontrar un hilo de voz para balbucear estas palabras:

-¡Por Dios, Nathan! ¿Qué significa todo esto?

Él, que hasta entonces había permanecido ajeno a mi presencia, centrado como estaba en beber la sangre de su última víctima, se volvió, me miró con unos ojos brillantes y febriles que no parecían suyos, se pasó la lengua por los labios y dijo, con un tono de voz tan extraño que apenas pude comprender sus palabras:

-Fue la estatuilla, Alfonso. ¡El maldito murciélago! ¡Tenía dentro el Mal, y se me metió dentro del cuerpo cuando la toqué! Ahora está en mi sangre y ya no puedo parar. Esto es sólo el principio. Alfonso, vete ya o serás el siguiente… por favor…

Aquello, desde luego, no tenía sentido. Fuera lo que fuera aquella maldita estatuilla, Walter Flores y yo también la habíamos tocado, sin sufrir por ello ningún ataque de locura homicida. Ahora, mientras escribo estas líneas, creo que el hecho de que la mano de Nathan hubiera estado herida cuando cogió la estatuilla había sido determinante, pues sólo así el Mal había podido penetrar en sus venas, pero entonces pensé que sencillamente se había vuelto loco y estaba delirando. Mientras yo permanecía clavado en la entrada de la alcoba, él me pidió en repetidas ocasiones que me marchara cuanto antes, pero no fui capaz de moverme. Bien para meterme miedo e impulsarme a huir, bien para regodearse en el recuerdo de sus crímenes, Nathan también me contó cómo los había cometido. A las dos en punto (aunque ya llevaba planeándolo desde bastante tiempo antes) empezó a quejarse de un fuerte dolor para atraer a la enfermera hacia su lecho. Cuando la tuvo al alcance de su mano, la estranguló sin darle tiempo a emitir un solo grito (Nathan, pese a su edad ya avanzada, era un hombre muy fuerte). Luego, llamó a un guardia, diciendo que la enfermera se había desmayado y necesitaba ayuda. Cuando el agente entró en el bungalow y se agachó junto al cuerpo de la muchacha, Nathan, que estaba detrás de él, le dio un terrible golpe en la nuca con una barra de metal y, tras noquearlo, lo golpeó de nuevo, una y otra vez, hasta que le machacó el cráneo. El guardia sí tuvo tiempo de dar un grito de dolor antes de perder el sentido, y fue aquel grito el que me despertó.

Asesinado el pobre agente, Nathan abandonó el bungalow con la pistola que le había arrebatado y se dirigió al edificio central, no sin antes hacer un alto en otro bungalow para estrangular a su ocupante, un anciano e indefenso turista alemán. Luego entró en el edificio principal, en cuyo vestíbulo se habían reunido el recepcionista, Walter Flores y otro empleado, que se habían despertado al oír la algarabía de los monos. Nathan disparó sobre ellos hasta vaciar el cargador de la pistola y luego subió por las escaleras en busca de nuevas víctimas, armado con un cuchillo de cocina. Tras asesinar a su última presa, había sentido una incontenible sed de sangre y por ello se había regalado con el jugo que le ofrecían las venas de la muchacha, hasta que aparecí yo para interrumpir su festín obsceno.

Dicho esto, Nathan se calló, como si una fuerza superior a su conciencia lo hubiera hecho enmudecer, y empezó a dirigirse hacia mí, con su cuchillo preparado para hundirse en mi carne. Sabiendo que no podría luchar con él y que mi amistad ya no significaba nada para su conciencia enloquecida, empecé a correr escaleras abajo, en un intento desesperado de huir de la muerte que me perseguía. Él aceleró su paso y me hubiera alcanzado en el vestíbulo del edificio si no lo hubiera hecho resbalar la sangre que empapaba el suelo. Tan enloquecido estaba yo por el pánico que, en vez de hacer lo más prudente (es decir, huir hacia mi bungalow y encerrarme en él hasta que alguien redujera al asesino), huí hacia la selva, donde no tardaría en estar a merced de Nathan, quien me aventajaba mucho como corredor. Sin saber muy bien lo que hacía, me adentré en las tinieblas de la espesura, acosado por aquellos pasos inexorables que, por mucho que corriera, siempre estaban a punto de alcanzarme, y que yo no podía dejar de oír con aterradora nitidez, pese a que la algarabía de los monos había aumentado hasta extremos ensordecedores. Sin duda, las mentes primitivas de los monos habían intuido que el Mal estaba cerca de ellos, lo cual los había asustado. Y no sólo a ellos. A la luz de la luna, que ocasionalmente conseguía colarse por los resquicios del ramaje e iluminar tenuemente las entrañas de la selva, vi cómo otros muchos animales –murciélagos, roedores, lagartos…- huían a nuestro paso… o, mejor dicho, al paso del hombre contaminado por aquella estatuilla infernal.

Eso fue lo que sugirió la idea –irracional, absurda, casi ridícula- que acabó por salvarme. Aquella estatuilla parecía repeler a todos los animales de la selva, pero, de hecho, no repelía a todos. Me acordé súbitamente de la serpiente que había mordido a Nathan aquella misma tarde. ¡Aquella serpiente se hallaba junto a la estatuilla! ¿Y si, por algún motivo tan oscuro que sólo la leyenda o el delirio podrían explicarlo, la misma fuerza maligna que asustaba a unos seres atraía a otros? Lo cierto era que a la serpiente no le había inspirado terror, sino más bien agresividad (pues no era normal que los reptiles de aquella especie atacaran a un hombre sin provocación previa). La idea que había asaltado mi mente era una locura, sin duda, pero creo que a veces debemos entregarnos a la locura cuando no nos queda otra cosa: de ahí procede, según mi entender, el espíritu religioso, y no te ofendas si relaciono la fe con la locura, pues muchos buenos cristianos también lo han hecho. Tras un instante de reflexión, me desvié por una senda medio devorada por la maleza, que, según Walter me había contado aquella misma tarde (a mí, no a Nathan, que en aquel momento estaba distraído haciéndoles fotos a unos pájaros), llevaba a ciertos matorrales infestados de víboras.

Durante el corto trayecto que nos separaba de dichos matorrales, Nathan estuvo a punto de alcanzarme varias veces, pero no lo hizo, pese a ser bastante más rápido y ágil que yo. Creo que, en realidad, una parte de él todavía no se había decidido a matarme, pues su lado humano aún podía reconocer en mí al amigo querido, y quizás eso fue lo que me salvó. Al final, llegamos a los matorrales y, tal como había imaginado, las numerosas víboras que tenían allí su morada salieron silbando de sus escondrijos ocultos y no tardaron en hundir sus dientes envenenados en los talones de Nathan. Lo cierto es que yo también me llevé algún mordisco, pero el veneno que me inyectaron no fue suficiente para causarme daños serios, aunque sí un terrible malestar que se prolongó hasta el amanecer. En cuanto a Nathan, aquel fue su fin, es decir, el fin de su vida orgánica, pues espiritualmente ya llevaba varias horas muerto. A pesar de sus desesperados esfuerzos por esquivar los mordiscos, a pesar también de las numerosas víboras que murieron aplastadas por sus pies enfurecidos o troceadas por su cuchillo, las serpientes eran demasiadas y su suerte estaba echada desde el principio. Grandes cantidades de veneno habían penetrado en sus vasos sanguíneos, provocándole un paro cardíaco que puso fin a aquella lucha desigual. ¡Pobre Nathan! Pero lo que lo había destruido no había sido mi argucia, ni tampoco el veneno de las víboras, sino la maldición de aquella misteriosa efigie. El ensañamiento antinatural de las víboras había sido la prueba definitiva de que fuerzas terribles y desconocidas residían dentro de aquel repulsivo pedazo de metal, que todavía estaba dentro de su bolsillo. Y aquellas fuerzas parecían tener una extraña influencia no sólo sobre los hombres, sino también sobre las serpientes. No intentaré explicar lo que está más allá de mi comprensión, pero dice el refrán que algo tendrá el agua cuando la bendicen, y yo, aun sin creer literalmente en la vieja fábula del Edén, supongo que, del mismo modo, algo tendrán las serpientes cuando las maldicen.

Ya era de día cuando me sentí bastante recuperado del mareo y demás trastornos provocados por el veneno de las víboras. Descansé un poco y luego me acerqué al cadáver de Nathan, que ya estaba empezando a descomponerse. La putrefacción es rápida en los trópicos, y quizás la ingente cantidad de veneno que había invadido su organismo la había acelerado, pues me parece que ciertas toxinas pueden provocar tales efectos. Aprovechando que las víboras se habían retirado a sus escondrijos, envolví mi mano en un pañuelo, la introduje en el bolsillo de Nathan y extraje de él la maldita estatuilla, que no podía dejar allí, donde cualquier ignorante podría cogerla sin las precauciones adecuadas y dar lugar a una nueva tragedia. Hecho esto, me fui de aquel lugar de muerte lo más velozmente que pude, acosado por los silbidos de las serpientes y por los fantasmas de la conciencia. Muertos Walter Flores y Nathan, sólo yo conocía la existencia de la estatuilla. De hecho, fue, dentro de lo malo, una suerte que Nathan hubiera dejado las huellas de sus dedos en las armas que había empleado para matar y en los cuellos de sus víctimas, pues de otra forma, siendo yo el único testigo vivo de la masacre, habría podido ser acusado como autor de la misma por las autoridades. No fue así y las investigaciones realizadas por al policía costarricense acabaron encontrándose con un callejón sin salida. El dictamen oficial fue que el ciudadano estadounidense Nathan W. Galway había asesinado a siete personas bajo los efectos de un brote esquizofrénico y que luego había hallado la muerte en la selva, al pisar de forma accidental un nido de víboras especialmente agresivas.

Presionadas por los responsables del parque, quienes no deseaban que sobre este cayera un estigma pernicioso para su reputación, las autoridades procuraron que los hechos no tuvieran una excesiva repercusión en la prensa costarricense, y, por lo que supe a posteriori, apenas se aludió a los mismos en los telediarios y periódicos españoles. Ahora, casi una década después, habría que bucear mucho en los archivos de las hemerotecas o en las páginas morbosas de Internet para saber algo sobre lo sucedido en el parque aquella trágica noche estival.

Acabo mi relato: al volver a España traje conmigo la estatuilla, pues su fascinación se había apoderado de mi alma, no hasta el punto de trastornarme o corromperme, pero sí lo suficiente para detener mi mano cuando intenté destruirla. De todos modos, no podía tenerla en mi casa, donde alguien de mi familia, o cualquier otro visitante, podría tocarla con nefastas consecuencias, así que no le dije nada sobre ella a nadie, ni siquiera a mis propios hijos, y la enterré en el cementerio durante una oscura noche otoñal. Incluso puse “en clave” las indicaciones para llegar a ella de modo que sólo tú pudieras entenderlas, por miedo a que alguien las leyese por casualidad. Pero ahora que mi vida se acaba, siento que no he cumplido mi misión con la Humanidad librándola para siempre de ese pequeño despojo del Infierno, por lo cual te ruego que atiendas mis súplicas y acabes para siempre con esa estatuilla. Cuando lo hayas hecho, mi alma brincará de júbilo, esté donde esté. Muchas gracias, Carlos.”

Leído esto, Carlos dedujo que la mente del pobre Balboa había quedado desquiciada por las terribles experiencias sufridas en Costa Rica. Sin duda, su buen amigo Nathan había sido víctima de un repentino ataque de locura, tal como a veces les sucede incluso a las mejores personas, y el pobre anciano, incapaz de asumir una explicación racional de los hechos, se había inventado la maldición de la estatuilla para huir de la cruda verdad, dejando que sus propias imaginaciones morbosas se fundieran con el mundo real. Aunque no le gustara del todo contrariar la última voluntad de un amigo muerto, Carlos decidió que su deber ineludible era devolverles aquella valiosa estatuilla a los parientes del buen Balboa, para que hiciesen con ella lo que su buen juicio les dictase. El cura se dijo que el mismo Balboa, con la cordura ya recobrada en virtud de la Divina Gracia, aplaudiría desde el Cielo su decisión.

A la mañana siguiente, Carlos le entregó a su amigo Luis Balboa, hijo de don Alfonso, la estatuilla que su padre había escondido durante años y de cuya existencia él nunca había sabido nada hasta aquel mismo día. Sin saber muy bien qué hacer con ella, Luis la dejó sobre la mesa del salón y se fue a ver a un abogado amigo suyo, para consultarle sobre si podía quedarse con la reliquia o debía devolvérsela al estado costarricense. Poco después, Candela, la hija adolescente de Luis, bajó de su cuarto. Se había hecho un corte en el pulgar de la mano derecha y estaba buscando esparadrapo. Entonces se fijó en la estatuilla. Esta le llamó la atención y la muchacha la cogió para echarle un vistazo. Cuando la yema de su pulgar ensangrentado entró en contacto con aquel misterioso pedazo de metal, Candela sintió un leve mareo y, poco después, su mano empezó a temblar. Algo nuevo había entrado en su ser, acaso para quedarse.
POSDATA: Quizás podríamos pensar que Carlos ha actuado como un perfecto estúpido, pero ¿qué hubiéramos hecho nosotros en su lugar si esto no fuera un cuento fantástico?

Camino hacia Lanter Fhin. Damián Fryderup.

El alcohol en mi sangre ya me estaba provocando una severa jaqueca. Había bebido demasiado y por razones inconclusas sabía que no podía partir a la carretera y viajar hasta mi paradero final. Intenté levantarme de la banquilla que estaba junto a la barra del bar, pero no tenía estabilidad. Cuando traté de incorporarme, la mesera me tomó de un brazo y me habló.

-¿Se encuentra bien?-me preguntó, de manera ingenua.

No le contesté, no podía hablar, todo me daba vueltas era como si la tierra estuviere girando sobre mi cabeza. Las náuseas incrementaban y nada podía hacer para pasar aquella borrachera. Sólo me dispuse a pedir una habitación en el hotel contiguo al bar en el que me hallaba.

Quité la mano de la mesera con desprecio y esto la hizo sentir mal, pero era algo necesario dado que imposibilitaba mi transitar hacia las afueras de aquel bar de mala muerte. Sabía que debía entregar la carga en tiempo, pero aún me faltaban dos días.

Por razones que desconozco por completo, tenía alucinaciones en el trayecto hacía el hotel. Veía un perro maltratado y negro, lleno de parásitos exteriores devorando su marchito rostro. Pero lo más extraño era que me miraba fijo y con odio, como indicándome que no era bien recibido en aquel pueblo del averno.

Mis años como camionero de largas distancias me habían dado mucha experiencia en los viajes. Era consiente que este tipo de apariciones, se producían por el estrés y el alcohol o las drogas, pero aquel perro putrefacto era diferente a cualquier visión que hubiese tenido jamás. Esta era la primera vez en mi vida que me había visto un espectro de tal magnitud, siempre escuchaba historias de los más ancianos, sobre perros negros que se postraban ante los viajeros para traer aires ominosos cargados de horribles desgracias. Pero en aquellos momentos, pese a haber tenido esas vagas visiones, me consideraba un escéptico en cuanto a los malos augurios.

No recuerdo casi nada de aquella noche después de haber salido del bar. Sólo desperté al día siguiente con un ligero dolor de cabeza. Decidí que el tiempo era oro y me lavé presurosamente el rostro, luego tomé un poco de café, me cambié y me dispuse a retomar el viaje por las carreteras. Mi paradero final era la Lanter Fhin una vieja ciudad marítima que exportaba todo tipo de cosas al resto del país.

Cuando salí de mi habitación bajé por unas escaleras que por intuición seguramente me llevarían a la salida. Acertando con mis pasos, bajé y encontré al recepcionista me acerqué hasta él y decidí pagarle la noche en aquel hotel.

-¿Cuánto le debo señor?-le pregunté.

-¿Durmió bien?

El recepcionista era un hombre regordete, con bigotes largos como si fuese un varón de siglos pasados. Su pelo era gris y su rostro no mostraba tantos maltratos como sus manos, que parecían ser las de un obrero. Con un tono de voz chirriante y un carisma mediocre se preocupó por mí en varias ocasiones, pero siempre tenía un tono pícaro en su rostro.

-Sí-le contesté.

-Me parecía…

-Gracias por preguntar.

-De nada señor. Sólo me debe diez billetes.

-Me parece perfecto. Aquí tiene algo de cambio.

-Vaya-me miró detenidamente-Un buen samaritano, primera vez que veo alguien con cambio por aquí.

-¿En serio?-le pregunté como un tarumba.

El recepcionista obeso lanzó una carcajada y me contestó.

-Claro que no. Sólo bromeo.

Lo miré como indicándole que era un idiota y me marché. Pero cuando estaba a punto de abrir la puerta que me secuestraría de aquel maldito lugar el gordo me habló asustado.

-¡Espere!

Volteé para ver que quería.

-¿Qué sucede?

-¿Hacia dónde se dirige?-me preguntó.

-Creo que eso no le importa.

-Espera, sólo quiero ayudar…

-¿Ayudar?-repliqué.

-Sí. No sabe nada de la ruta por la cual se dirige…

-No.

-Es un sitio maldito señor. Yo le aconsejaría que desvíe por Han Prislam y luego se dirija por la recta hasta Lanter Fhin.

-¿Cómo sabes que me dirijo hasta Lanter Fhin?-le pregunté atónito.

Me miró nuevamente y esta vez lanzó otra carcajada, pero más grotesca y prolongada. Ahora el miedo ya estaba recorriendo mi cuerpo, aquel gordo inmundo de bigotes anticuarios no era alguien trivial y escondía algo terrible, pero jugaba con mi persona y lo demostraba a leguas.

Me retiré rápidamente de aquel sitio y llegué hasta el estacionamiento de forma normal, como si nada hubiese sucedido. Una vez allí me subí al camión, lo puse en marcha y comencé con mi viaje-o más bien con mi trabajo-.

Salí de mañana y casi sin darme cuenta ya era de noche. A medida que viajaba por la desolada carretera, recordaba las cosas que me había dicho el extraño viejo gordo del hotel. Los concejos de que me desviase y la ruta maldita de la que hablaba. En muchas ocasiones no le creería a un extraño que pareciera tener desórdenes mentales, pero este horrendo hombre me había llegado al subconsciente y parecía ser que un escalofrió recorría mi cuello. El sólo hecho de pensar que aquel sitio por el cual transitaba estuviese lleno de iniquidad era aterrador.

Vagué durante horas y la madrugada ya era un hecho. Aún me faltaban 180 km para llegar hasta mi destino. Pero por jugadas misteriosas del existir vi un cartel que decía, desvío por Han Prislam, este era el sitio que había dicho el gordo del hotel. Mi mente me advertía constantemente que no tomase aquel atajo, puesto que esto era alguna trampa de aquel viejo extraño y de proporciones ominosas.
Seguí férreamente por la ruta que yo había elegido y cuando quise darme cuenta comencé a virar por una extensa curva. A medida que la seguía, podía notar como poco a poco estaba a punto de aunarme a una recta, pero cuando la curva estaba dando su fin un enorme perro de color negro como la misma noche de aquel día, se cruzó por la ruta. En animal transitó de lado a lado a una distancia lejana, por suerte no causó un accidente en ese instante. Pero cuando pasé por su lado con mi camión me miró fijamente con sus ojos blancos y extraños, y con aspecto deteriorado, podría jurar que aquel perro era el mismo que había visto en mis alucinaciones pasadas.

Tan sólo hice unos metros más y tuve un terrible accidente en la carretera. Volqué y mi carga se perdió. Me echaron de mi trabajo y además quedé inválido. Ahora me dedico a vender revistas en la calle, no gano demasiado dinero pero al menos me lo gano, no pido limosna ni nada por el estilo. En las gélidas noches de invierno, como la que se llevó mis piernas en aquel accidente, recuerdo al viejo gordo de bigotes, riéndose de mí por no hacer caso a sus malos augurios.

Ahora soy consciente de que las cosas malas existen y que las advertencias también, y que no se deben tomar a la ligera. Puesto que nos pueden costar alguna parte de nosotros o hasta la misma vida.

Un filme snuff. D.D.

Era una noche siniestra, con niebla a los alrededores, y una intensa luna llena dorada se posaba en los cielos. Por los contornos se extendían infinidad de bosques. Había un complejo de edificios residenciales a lo lejos, donde residía la mayoría de las personas, en un lugar un tanto apartado de la ciudad. En lo profundo de la porción de bosques que había, a un lado de los edificios residenciales, surgían infinidad de caminos que llevaban a lo más profundo. Por allí, entre las entrañas de las frondosidades verdes, aparecía una gran casa, abandonada, tan inmensa, como una mansión. De tiempos de antaño, con el paso de los mismos años había ido quedando abandonada, cuando la familia seguramente poseedora de ella, se había ido dispersando con el tiempo. Ahora esa casa había estado desocupada por varios días, hasta que una noche, dos jóvenes habían corrido a refugiarse allí, escapando del susurro de la persecución de la policía, a lo lejos.

Esos dos jóvenes eran, rebeldes, criminales, que habían necesitado un refugio donde esconderse. Entonces, cuando habían encontrado dicha casona abandonada, pensaron que no podía haber lugar más perfecto, y se habían adentrado a la fuerza, a la edificación que estaba ya casi cayéndose. Aunque las noches siguientes que se quedaron, fueron robándose muebles de la ciudad con los cuales cubrieron los espacios vacíos del lugar, y fueron haciendo que aquella casa se fuera pareciendo más a un desaseado hogar para ellos, bastante desordenado y sin cuidado. Pero como sólo la necesitaban para pasar las noches y tenerla como refugio, no se preocupaban más, y aunque la casa parecía estar derrumbándose, se veía que aguantaría unos cuantos años por venir. Y a decir verdad, en sus tiempos seguro, había sido una casa bastante cara y algo atrayente tenía, incluso ahora, que reflejaba lo que anteriormente había sido, y que también generaba una intriga, porque parecía una casa fantasma, por lo tan abandonada que se veía.

Esa noche entonces, los dos jóvenes venían volviendo a su improvisado hogar, y se preparaban para entrar. Víctor uno de ellos, era el mayor, con un rostro indiferente, sombrío, que parecía que nada le podía afectar, ningún sufrimiento. Y por Dios que estaba acostumbrado a ver personas desgarrándose del dolor y retorciéndose, pero estaba acostumbrado, por su otro compañero, Vaslav, el más joven y desquiciado, sin escrúpulos por supuesto, con una frenética pasión por derramar la sangre con sus manos. Era el más descontrolado, el más perturbado, el más cruento. Y Víctor que lo acompañaba a todos lados, como se ha mencionado, estaba ya usado a contemplar la crueldad de su compañero. Vaslav en su prontuario llevaba unas cuantas muertes ya de víctimas inocentes, civiles, personas normales. Pero aspiraba a más. Y hace algunos días, Víctor, que casi nunca metía sus manos en los asesinatos de las víctimas, sino que siempre participaba como fiel cómplice en las atrocidades de su compañero, había traído hacía dos días a la gran casa una videocámara que se había robado. Ésta les iría a servir, y con ella pensaban, podían grabar sus crímenes, sus fríos asesinatos de personas que no tenían culpa alguna. Así luego, pensarían publicarlos, y quizá podrían recibir algún dinero por ellos. Cuando Víctor le había entregado la cámara a Vaslav, éste había sonreído complacido con ella en sus manos, con unas pupilas que parecían dilatársele por el odio y sus ya ansias preliminares a matar. Entonces su risa macabra y apagada se comenzaba a perder por los pasillos de la gran casona.
Aquella noche entonces, ambos se habían dispuesto a dormir en una habitación que habían preparado, para no pasar la noche sobre el suelo. No tenían luz eléctrica en la casona. Sólo habían puesto dos colchones sin siquiera frazadas, que les bastaban para dormirse. Pero Vaslav esa noche no podía cerrar los ojos, y estaba pensando en todo momento en la videocámara, y en las muertes que quería registrar en ella. Estaba intranquilo y no cesaba de dar vueltas sobre el colchón. Tenía ansiedad, por hacerlo, poner en uso la cámara. Entonces, pasada la medianoche, le había dicho a su compañero Víctor, que todavía estaba despierto pero reposaba silenciosamente:

-Mañana tenemos que estrenar la cámara. Lo podríamos haber hecho ahora mismo, pero si estás cansado no me vas a funcionar bien, y además la policía todavía anda siguiéndonos el rastro. Entonces quiero que mañana registremos uno de nuestros asesinatos.

Víctor, con una mirada sin sentimientos, con las pupilas dirigidas hacia un punto vacío de la habitación, le contestó:

-De acuerdo, por la mañana-. Y sólo así Vaslav pudo calmar un poco sus ansias, se dio vuelta y se dispuso a dormir. La noche transcurrió entonces en quietud, en un silencio mortal. Las sirenas policiales se habían apagado hacía mucho rato y ya no los perseguían. La oscuridad de aquella noche como siempre guardaba en silencio, los planes que ellos tenían tramados por causar muertes, sin rastros de remordimiento alguno, como verdaderos asesinos que eran.

Vaslav había pasado esas horas de sueño ansioso, hambriento de deseos de quitarle la vida alguien. Llevaba ya unas horas sin matar, y eso para él, ya era demasiado, y debía liberar su violencia ya. Por lo que cuando llegó la mañana siguiente, se despertó agitado, ávido por soltar sus nefastas energías. Pasaba por un pasillo de la casa, y se armó con un martillo, con una dura cabeza de piedra blanca, la cual era una de sus armas favoritas, y que llevaba todavía viejos rastros de sangre. Metió la mano en su bolsillo izquierdo, y comprobó que llevaba un destornillador de paleta también, perfecto para torturar con él introduciéndolo en orificios pequeños del cuerpo, como los de los ojos. Víctor apareció más atrás de él, desprendiéndose de la sensación soñolienta, sabiendo que ahora tenía que acompañarlo. Entonces ambos abandonaron la casa. Esas horas de la mañana, se las habían pasado después de haber llegado a la ciudad, sentados en la acera de una esquina, contemplando a la gente pasar, Vaslav buscando víctimas con la mirada. Así se les fue la tarde, hasta que en los cielos grisáceos sin vida, la oscuridad fue haciendo su entrada. Y allí fue cuando sus pupilas relucieron con maldad, cuando creyó encontrar la oportunidad habiendo descubierto a unas posibles víctimas frente a él.

Con los colores del cielo apagándose por el paso de la tarde de fondo, con la ligera neblina, pasaban dos figuras abultadas, por la cantidad de cosas que llevaban encima, con una fingida y chocante elegancia: Eran dos mujeres, jóvenes, que luego de la caída del día se dedicaban a la despreciable y sórdida labor para algunos; la prostitución. La más joven tenía un aspecto de rebeldía. Llevaba adornos en las muñecas, como grandes aros dorados, por supuesto falsos. Tenía una mirada seria, y llevaba una falda corta, de una tonalidad rosa oscura. Su figura era delgada, y se hacía evidente su juventud. Era nueva además, en la labor. Su compañera, la otra, era una prostituta con más experiencia, y era más gruesa de carnes, y sus años ya parecían estársele yendo con prisa hasta el punto en que tendría que dejar de trabajar, porque lo último que quedaba de su atractivo se iría apagando, y entonces, ya no tendría más trabajo. Era también más experimentada, y tenía una mirada que parecía reconocer clientes a la distancia. Vio a ambos jóvenes, como siluetas que estaban a cierta distancia de ellas, y le hizo un gesto a su compañera. Le dio a entender que podían ser posibles clientes.

La chica joven y nueva en la mencionada labor, llevaba por nombre Katia. Desde su infancia que había tenido una vida difícil, y tenía un carácter temperamental y una fuerte rebeldía, que la habían llevado a abandonar su hogar y pelearse
definitivamente con su familia, en sus primeros años de la juventud, hasta que había pasado de los diecisiete años, y por necesidad había terminado durmiendo bajo el puente de la ciudad, por donde pasaba un estrecho canal. Procuraba cuidar su higiene lo más que podía, a pesar de las bajas condiciones en que se mantenía. Allí en el puente, cuando una vez iba de pasada ella, se había conocido con Sonia; la madura compañera que tenía ahora, quien en seguida, le había hablado del dinero que podía conseguir, y le había aconsejado volverse prostituta. Katia sin ver otro camino, y sin importarle ya demasiado su dignidad, había aceptado. Sonia le explicaba lo más que podía, y con el tiempo empezaron a recorrer las calles y rincones de la ciudad juntas, buscando clientes, hasta el día en que estaban ahora.

-Creo que tendremos trabajo –dijo Sonia mirando a su compañera.

-Estoy agotada… -respondió Katia con bastante pesimismo. Pero Sonia le había dicho siempre, que unos cuantos dólares de más nunca venían mal. Además eran dos posibles clientes, y serían los últimos de la jornada, de un día agotador.

Centraron su atención entonces en los supuestos clientes. Vaslav se quedó atrás, y envió a Víctor a hacer el trabajo. Se acercó disimuladamente, y habló con Sonia un rato, y también cruzó algunas palabras con Katia. Todo era parte de un plan. Tras unos minutos trenzando una charla, terminó ofreciéndoles unos tragos. Su invitación pareció tan natural, convincente y bien disimulada, además de que dio a entender casi indirectamente de que la recompensa sería buena, que Sonia terminó persuadiendo a Katia para que aceptaran.

-Sólo unos tragos. Ya después podemos pedir de sus servicios, sólo necesitamos que pasen unas horas con nosotros –les dijo Víctor, haciendo un enorme esfuerzo por dejar su instalada indiferencia y rostro inexpresivamente serio de lado por un momento, para pretender ser convincente y cercanamente casi agradable. Vaslav y él sintieron que ya las tenían en las manos cuando las prostitutas habían aceptado. Efectivamente luego de comprar los tragos a la salida de una fiesta, a la que no habían entrado, pues sólo iban en busca de los tragos, consiguieron emborrachar a las trabajadoras nocturnas. Y un rato más tarde, las habían internado en las frondosidades de los tupidos bosques tenebrosos, que escondían a la casona abandonada entre sus coberturas de hojas. Cuando iban por el bosque, las prostitutas como iban borrachas, se tambaleaban y apenas podían caminar bien. Pero así, borrachas y todo, ya habían comenzado a desconfiar. Katia de pronto se detuvo, y vomitó, y Sonia se le acercó torpemente para comprobar su estado:

-Katia, ¿qué te sucede? –preguntó con lentitud y extrañada.

-Me siento mal –respondió Katia llevándose las manos al estómago y conteniendo el vómito.

Vaslav perdió la paciencia entonces, y la cargó sobre su espalda, a la fuerza. Sonia se resistió contra Víctor, que también la zamarreó violentamente. El resultado fue, que las adentraron a la casa con brusquedad, y producto de que Sonia se estaba resistiendo, Víctor le dio una fuerte paliza, con arañazos, golpes con objetos afilados y heridas incluidas. Quedó en muy mal estado, y Vaslav ordenó, y ambos las dejaron en uno de los sótanos de la casa, amarradas. Ya después allí las dejaron un rato, mientras ellos dos habían ido a preparar las cosas para lo que pensaban hacer.

Con cinta adhesiva en las bocas ambas, y las manos amarradas contra sus espaldas, Sonia estaba llorando. Tenía todo el rostro ensangrentado y rasguñado. Un rato más tarde, Víctor llegó a la habitación y se la llevó. Aunque ella le daba asco, igualmente como estaba un poco borracho, intentó violarla. Sonia se resistió mucho más, a pesar de haber estado mal herida. Katia observó entonces con algo de terror, por entre la abertura de la puerta, cómo las dos sombras luchaban, y una se resistía con las pocas fuerzas que le quedaban. Entonces, la sombra agresiva de Víctor, la impactó, cuando, cansado de que Sonia se estuviera resistiendo tan tenazmente, se resolvió a quitarle la vida. Y asió una lámpara muy delgada y alta por el fierro, y le reventó el cristal de la parte superior de la lámpara en la cabeza a Sonia. La cabeza le quedó rota y toda ensangrentada. Casi enseguida con el impacto murió, y su cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo. Katia empezó a llorar entonces. Víctor se asomó a la habitación, y la miró con enorme ira, pero no le hizo nada: Vaslav le había dejado claro, que ésta otra, la prostituta joven, le pertenecía a él.

Katia recordó por un segundo, cuando Sonia malherida, le había dicho que se le estaban saliendo las lágrimas. Ella, Katia, le había contestado que no se había dado cuenta, y entonces se las había secado. Tras ese momento, tan sólo unos minutos después, Víctor había venido a buscar a Sonia, para matarla, como había hecho ahora. Sólo que Katia recordaba esto, porque le había sido como un gesto casi maternal, de parte de Sonia, por decirle preocupadamente sobre sus lágrimas. Katia nunca había sentido un gesto maternal. Desde su infancia que había huido de su hogar…
Pero no podía ser nada más que sólo un lazo de compañerismo, de trabajo. Aquella mujer no tenía ningún lazo más con ella, nada familiar. Sin embargo, le dolía profundamente su pérdida. Quizá porque ahora, en aquel instante, esa pérdida se sentía mucho más intensa; porque la hacía sentirse mucho más abandonada, en la oscuridad, solitaria del todo, como estuvo en los primeros tiempos de su infancia. Otra vez volvía a estar totalmente abandonada. No tenía más conocidos. Alguna que otra vez, trabó alguna charla con los clientes que solía tener. Pero no tenía lazos con ninguna persona en general. Siempre había estado abandonada en ella misma. La única ahora con quien había compartido el trabajo que ejercía, había muerto. En un instante se sentó, todavía con la boca tapada con cinta adhesiva, y las manos amarradas, y los ojos abigarrados por el maquillaje derramado por sus lágrimas, y pensó. Analizó la situación. Estaba sola ahora, con dos psicópatas. Uno de ellos ahora seguramente buscaría matarla. ¿Pero cuánto valía su vida? Seguramente nada. Seguramente aquellos dos psicópatas, obtendrían más placer torturándola, que el placer carnal el cual ella les habría podido proveer si tan sólo hubiesen sido clientes.

Vaslav ordenó que Víctor la hiciera subir al segundo piso de la espaciosa casa, a una habitación que habían dispuesto, para su proceder casi como ritual. Allí habían unos cuantos muebles. Hicieron algunas pruebas de tomas. Víctor comenzó a grabar, y Vaslav sostenía un cuchillo afilado en mano, con el cual había amenazado en todo momento a Katia. Y la violó. Mientras tenía relacione sexuales con ella, sustentándose en el cuchillo que si es que ella planeaba resistirse le abriría la garganta sin dudarlo, Víctor iba grabando, y registrando todo, en la cámara con media calidad. Pero cuando ya Vaslav estuvo satisfecho, hizo que esta vez Víctor amarrara a Katia contra el colchón, que estaba cubierto todavía por plástico, porque lo habían robado hace dos días de una tienda. Quedó sujetada con fuertes correas. Katia aún tenía leves efectos de la borrachera, y sucumbía a la tristeza que la invadía, pero también estaba desesperada. No cesaba de moverse e intentar liberarse. Pero Vaslav de todos modos se acercó a su oído, y le susurró:

-Esto será doloroso por más que no pares de gemir. No sacarás nada con resistirte.

No quería matarla rápido. Quería hacerla sufrir. Pero como era molestosa al estar tan inquieta, Vaslav aseguró las correas mucho más fuertes, apretándole las muñecas a tal punto que éstas se enrojecieron, como si las venas le fueran a estallar. Katia gritó de dolor. Entonces Vaslav le ordenó a Víctor, que trajera otra cámara. Deseaba una mejor calidad. Habían robado también otra cámara, que parecía una más profesional, que fue la que instalaron en la mitad de la habitación, frente al colchón, sostenida en un trípode. Como todo estaba tan oscuro, Víctor activó la visión nocturna. Entonces a través del lente con tonalidades brillantes, verdes y negras, se veía la imagen de Vaslav, aproximando a la de Katia para echársele encima. Entonces con el cuchillo tenía pensado divertirse un rato, y fue recorriéndole la piel con la punta del filo, abriendo de vez en cuando pequeñas heridas que hacían correr finos hilos de sangre. Le destapó la boca a Katia, sólo para deleitarse en cómo ella gritaba más. Aquella sería una larga noche, y Vaslav pensaba aprovecharla, junto a Víctor tras el lente, que no perdía detalle, para producir una buena película de un asesinato real, para luego hacer como pensaban, comercializarla.

Sintiéndose seguro ante el hecho de que Katia estaba amarrada, y él sostenía el filoso cuchillo, la acomodó un poco en su posición, haciéndola quedar frente al marco de la ventana, y la volvió a violar. El fuerte movimiento hacía a Katia golpearse la cabeza contra la madera del marco en el que se apoyaba, y derramar lágrimas de sufrimiento y disgusto. Cuando estuvo ya totalmente complacido, en la parte carnal por lo menos, y haber gastado varias energías, volvió a dejar a Katia en su posición normal. Cuando se exasperaba porque ella se movía tanto, y todavía se resistía, la comenzaba darle fuertes golpes, enfurecido, haciendo que todo el colchón se remeciera. Y la cámara de Víctor, no perdía detalle alguno.

Mientras, afuera en los exteriores nebulosos del bosque, de pinos tenebrosos que parecían observar en la oscuridad cada paso, y contribuían a aumentar el nerviosismo de quien quiera que se encontrase allí, nada sucedía, o por lo menos, nada parecía suceder, pues todo estaba tan callado, y nada hacía sospechar del sufrimiento que una persona estaba pasando en la casona. Pero la verdad es que había alguien extraviado en el bosque. Por allí, vagaba la figura de un joven niño, que no se enteraba de lo que sucedía en el lugar cercano. Se sonaba las narices y derramaba lágrimas. Su forma era tan pequeña e indefensa, que generaba lástima, y hacía calcular, unos siete años.

El desprotegido infante, cansado ya de andar, se fue a sentar al comienzo del tronco de un pino. Entonces comenzó a recordar: ¿Cómo se había perdido? Pues el bosque siempre le había generado curiosidad. “Pero la curiosidad era mala; la curiosidad mata”, le aconsejaban en su familia. Su madre le había contado mil veces un cuento que hablaba sobre el desgraciado destino de alguien que se perdía en un bosque. Era tan fácil perderse, que había caminado entre los árboles, internándose, sin recordar este cuento que le relataba su madre, cuando ya el reloj estaba por pasar la medianoche, y cuando se hubo dado vuelta para reconocer el camino, se dio cuenta que estaba perdido. Era muy tarde ya, y ahora no podría volver a su casa a cenar. Y se quedaba sentado, y vertía más lágrimas con profunda tristeza y desespero.

La extraviada alma inocente de pronto escuchó un desgarrador grito de mujer que venía perdiéndose a la distancia, hasta llegar a sus oídos, casi desvanecido, casi como algo irreal. Pero continuó repitiéndose, aunque con su baja resonancia, el niño entendió que no era producto de su imaginación, sino que era algo real, y efectivamente, venía desde algún lugar escondido adentrado en los árboles.
Vaciló, y avanzó con temor, temblando, estremeciéndose, sintiendo escalofríos que le subían desde la punta de los zapatos, hasta el final de la nuca. Volvía a oír el mismo grito procedente desde la distancia, cada vez más seguido. Era obvio que era el grito de una mujer, ¿pero de quién era? De pronto se asustó. Como una señal de la nada, le llegó un efímero recuerdo de las palabras de su abuelo, que lo fascinó con cuentos tantas veces cuando se sentaba sobre sus rodillas, en el sillón marrón que apuntaba a la chimenea, en su casa. Allí, observando el fuego arder, oyó cantidad de cuentos de su abuelo. Y en uno de ellos le dijo: “Si alguna vez te encuentras en el bosque, vigila tus pasos; que no te vayas a encontrar con la llorona…”. Ahora el niño se llevaba una mano a la frente, y se agobiaba por creer cuán estúpido había sido, al no tener este recuerdo cuando la intriga había dominado su mente y sus pasos se condujeron solos hacia el bosque. Ahora ya estaba allí dentro. Y esos gritos, ¿eran de la llorona? Tuvo más temor que nunca en su vida, y se congeló, con terror a avanzar.

-Estoy muy asustado… -murmuró lastimosamente.

Pero entonces volvió a escuchar el grito, tan claro que se internó en su mente, que fue como una nueva señal de luz, luego del recuerdo de su abuelo: Ahora estaba más seguro; no supo por qué, pero el grito le causó una sensación conocida, como si fuera la voz, de su propia madre, que hacía unos días se había perdido… “Es mi madre” pensó entonces, y dejando de lado todos los peligros y guiándose por un único instinto, el joven pequeño se adentró al bosque casi corriendo, siguiendo el rastro perdido de su madre guiado por su fuerte intuición.

Pero aunque seguramente nunca llegaría a verlo, dentro de la casona donde estaban ahora Víctor y Vaslav torturando a la joven Katia, en los pisos inferiores, había un cadáver abandonado. Tan putrefacto y descomponiéndose, que ya se estaba pareciendo más a un esqueleto. Y éste, era el cadáver de una mujer. Una de las víctimas de Vaslav; desgraciado el día en que Vaslav la había atrapado, entonces le trajo la muerte de una forma horrible, rompiéndole el cráneo a martillazos con frenesí, hacía sólo unos días, cuando Víctor había salido, y Vaslav había estado solo en la casa, con su víctima, descargando todas aquellas energías macabras que guardaba. Hubiese sido para el horror del niño ver aquel cadáver, pero para su suerte nunca se llegó a enterar, y si es que hubiera visto el cuerpo fallecido de todos modos, por haber sido sólo una composición de huesos no lo hubiese llegado a reconocer, pero aquel montón de carne vencida y evidencia de terribles torturas, era nada menos que el cadáver de su madre. Por lo que la intuición que ahora guiaba al niño, no era más que una crueldad del destino.

En el sótano de la casa entonces, permanecía el cadáver de su madre volviéndose nauseabundo, y una sustancia de fluidos y huesos poniéndose amarillos, hasta que con los años finalmente se secaría y llegaría a ser polvo. El niño mientras, continuaba su búsqueda, sin saber que no llegaría a su objetivo. Sus ojos llorosos, tan indefensos, soltaban pequeñas lágrimas temerosas, y caminaba, inseguro. Pero había algo que no lo dejaba detenerse, y los gritos de Katia, que él desconocía de quién procedían, y que pensaba que eran de su madre, continuaban llegando a sus oídos. Y esto le daba un extraño impulso para avanzar. Recorrió los pinos, que se extendían como una muralla, y volvió a sentirse perdido tantas otras veces. Ya después de mucho avanzar por las fértiles tierras bajo los pinos, donde se le hundían los pies, vio los contornos de la enorme casona. Atemorizado por su aspecto de abandono, y de siniestra casa, avanzó lentamente, con inseguridad, hasta que estuvo cerca a sus murallas. Y dudó algunos segundos en buscar una entrada, pero era tan grande el temor que le había entrado, que mejor había decidido no hacerlo, y se había conformado solamente, con acercarse a una ventana, a comprobar qué había dentro.
Había una especie de sótano, vacío, sepultado en oscuridad.

-Vaya –dijo el niño, y entonces se trasladó. Fue hacia la parte trasera del hogar.

Por fin había encontrado una gran puerta de entrada, pero estaba asegurada firmemente. Los dos psicópatas que estaban dentro obteniendo placer de las torturas, la habían sellado, para evitar la entrada a cualquier intruso o para distraer a la policía. El niño, invadido por una curiosidad peligrosa, amenazado por ella pues sabía los posibles males de sus consecuencias, igualmente continuó recorriendo, guiado por aquel instinto maternal que imaginaba, lo llamaba a la distancia. Había una especie de pequeña colina, formada por tierra, algo elevada, hasta la cual llegó y subió. Estando en la punta del cúmulo de tierra seca, pudo contemplar más ventanas, que eran las correspondientes al segundo piso. Entonces tuvo una vista más clara, y a través de los cristales, comenzó a registrar lo que había dentro de la casona.

Mientras, Vaslav, lanzaba una carcajada de demencia, mientras tenía la boca manchada en sangre después de haber recorrido con sus labios, las nuevas heridas abiertas que había hecho sobre la piel de Katia con su cuchilla, y ahora le ardían punzantemente. Vaya, el dolor de una herida abierta, qué placentera sensación para él por causarla, y para su víctima, como agujas sangrientas que se le clavaban en la piel, con un intermitente dolor que venía a ratos sintiéndose fuertemente. Katia se retorcía. No podía evitar que el cuchillo le hiciera ligeros cortes en las carnes. Por más fuerza que acumulara para impulsar todo su cuerpo, en un intento por zafarse, las correas estaban tan firmemente aseguradas, que acababan con todas sus esperanzas, y la hacían entregarse a una tortura hasta la muerte. Una posible muerte, que se terminaría haciendo realidad cuando su cuerpo no aguantase más la fatiga de resistir el dolor, y sus ojos se entrecerraran por la debilidad. Vaslav, sintiéndose en todo el control, se daba el tiempo incluso para jugar a dibujar de alguna forma, todas sus crueldades en la piel de Katia con la cuchilla. Como si se tratase de un cuadro, dirigía el cuchillo con maestría, disfrutaba el proceso, abría caminos de sangre, exploraba el cuerpo de la Katia, conducía el cuchillo por un mar de carnes que se iban separando a su paso, lo hundía profundo, veía la sangre salir desde el interior como si una fuente hubiese sido abierta…

Entonces llegaba el momento de volverse todavía más perverso, si es que era posible, y ceder a sus deseos más animalescos, más bestiales. Le había quitado ya la ropa interior de la parte inferior a Katia, y fue bajando, con su olfato, hasta llegar a su parte íntima, en la entrepierna. Le hizo las piernas a un lado, y [….], entre los olores de las heridas abiertas, el sudor, y la sangre en su boca. Katia se estremecía, se retorcía, cerraba sus ojos con fuerza, ansiosa porque la muerte llegase luego a arrebatarle todo aquel dolor, toda aquella tortura, mental, y del cuerpo. Vaslav le aferraba las piernas con fuerza, y hundía firmemente, movido por un deseo constante, de querer dañarla. Entonces, de un momento a otro, una repentina furia lo poseyó, algo habitual en su carácter que estallaba, y tomó el cuchillo, subió por el cuerpo de Katia, y lo clavó con fuerza, desgarrándole el pecho. Los gritos de dolor parecían atravesar la espesura del bosque, y lugares mucho más allá.

Víctor miraba por el lente de la cámara, y lo que sobraba de su rostro al lado del aparato, mostraba su sonrisa. Complacido también, porque aunque la mayoría del tiempo era indiferente, a veces llegaba a ser seducido por la intensidad de las escenas que contemplaba; despertaban también sus emociones más maliciosas. También su instinto despertaba, como el de un animal. Ambos eran, como dos animales. Reaccionaba ante la sangre, disfrutaba de la crueldad que podían ver.

Vaslav decidió que era tiempo de usar las otras herramientas que tenía para torturar. Se quitó de encima de Katia, que ya estaba desangrándose, y era increíble observar que todavía le quedasen fuerzas para respirar, resistiendo todavía su vida. Vaslav sólo esperaba que no muriera pronto. Deseaba torturarla más. Si ella moría ahora, habría sido demasiada poca entretención.

-Ahora, viene más. Mira, usaré estas –decía Vaslav, mostrando sus herramientas al lente de la cámara. Eran el martillo con cabeza de piedra, y el desatornillador de paleta que había traído. Víctor volvió a sonreír, mostrándose que estaba entusiasmado con el proceso.

-Muy bien –le respondió-, ésta será una buena cinta. Nos darán buen dinero por ella.

-Sí –respondió Vaslav, sonriendo y volviendo a lo suyo-. Y me recrea hacerla…
Volvió a subirse encima de Katia, presionándole el vientre. Katia estaba llena de sangre y jamás en su vida había mostrado tanta expresión de sufrimiento. Ya desesperada, al ver a su verdugo volver a ella, exclamó, ya como última opción, intranquila por librarse:

-¡Déjame ir, hazlo, y te prometo que te daré todo el dinero que he ahorrado! Y te daré todas mis pertenencias, y…

No sabía qué más decir, se mostró dudosa, porque no tenía demasiado. Pero Vaslav rápidamente la interrumpió, dándole una bofetada bastante cruel que le volvió a un lado el rostro:

-No quiero lo poco y nada de basura que tienes. Ahora vas a morir, que ese es el único propósito con el que nos puedes servir. Ese era el objetivo en tu vida, morir en nuestras manos; en las mías, ensangrentada.

Tomó el desatornillador de paleta, y se preparó a hacer una atrocidad con él. Lo levantó, y estaba listo para dejarlo caer. Mientras por la ventana, se asomaba una mirada curiosa, también llena de terror. Mal momento, pésimo, desgraciado momento había elegido el niño para asomarse a observar a la ventana que daba al segundo piso, justo en la cual estaban los dos dementes, los dos psicópatas, Vaslav y Víctor. Sus pueriles ojos, llenos de lágrimas, habían llegado justo para observar el instante, en que la rabiosa figura de Vaslav, dejaba caer el desatornillador con todo el peso de su furia, con su brazo endiablado, cuya punta del desatornillador se clavó en el ojo de Katia, destrozándoselo por completo, haciéndolo estallar en fluidos viscosos. La esfera del ojo saltó disparada, y el acero ensangrentado del desatornillador se quedó incrustado en la cavidad abierta. La expresión y el grito de dolor de Katia fueron inmensamente desgarradores; uno de los más desgarradores que incluso como asesinos, y aunque no se conmovían, habían llegado a escuchar.

Se había incrustado directamente el acero del destornillador, manchándose y pudriéndose en sangre. Era repugnante, inmensamente repulsivo a la vista. Un líquido viscoso se escurrió por los rasgos del ojo herido de Katia, recorriendo, y fue resbalando por sus mejillas mezclándose con un fino hilo de sangre roja, nueva; de sangre inocente. Aunque Katia no se consideraba alguien inocente discriminándose a ella misma por el trabajo que ejercía, y siempre había tenido el estigma de que ella misma se sentía como un desperdicio. Pero su sangre, cruel e infundadamente derramada, hacía ver que ella aquí era realmente la inocente, y también el par de ojos pueriles del niño, que observaban por la ventana.

En ese destello de momento fugaz, en que se le había quedado marcada la imagen ante sus ojos del brazo bajando descontroladamente hacia el ojo de la víctima, haciéndolo estallar en una mezcla de líquidos viscosos y fundiéndose en un grito de dolor que desgarraba hasta el alma, el chico permaneció estático, sacudido por un escalofrío, observando. Y entonces sus ojos no resistieron más, y comenzó a gemir y a sollozar con fuerza. Fue apenas un momento, y Víctor que registraba, y Vaslav, el ejecutor, voltearon. Casi distraídos, por lo enardecidos que estaban en el desenfreno de sangre desparramada que tenían en la habitación, contemplaron al chico, se extrañaron pero no le prestaron mayor atención, y volvieron a sus asuntos. “Mira, sólo un chiquillo; le costará borrarse de la mente lo que ha visto, seguro no lo olvida nunca, pero sólo un chiquillo” comprobaba Vaslav.

-¿Y si trae a la policía? –preguntó desconfiado Víctor. Pero Vaslav sin distraerse de la concentración en la que se encontraba ahora, ante el sufrimiento que lo dejaba inmerso en su arte, le contestó, llanamente:

-Pues si lo encontramos por ahí afuera lo matamos. Pero es muy difícil que salga del bosque.

Pero no estaban dispuestos a dedicarle más atención al chiquillo. Era sólo un niño después de todo, y tras haber visto la perturbadora e instalada imagen en su angustiada mente, se había retirado de la ventana corriendo, con desesperación, turbado, sudando. Pero efectivamente era muy difícil que saliera del bosque. Se supo días después, por medio del periódico, que a través de la policía le habían revelado a la familia, que se había encontrado al niño muerto, enredado entre los brazos de una planta espinosa, con signos de herida, después de haberse desmayado, y haber muerto de causas naturales, como por sed, hambre, o haber sido atacado por un animal salvaje. Pero nunca había podido salir del bosque.

Vaslav continuaba agitado, por la emoción que le generaba, el sentimiento de destrozar, desgarrar, abrir carnes. El cadáver de Katia estaba en un estado lamentable. A ese punto seguramente ya estaría muerta, pero ambos parecían percibir una ligera, sutil respiración todavía procedente de ella. Vaslav se cansó entonces, asqueado por su respirar, y se levantó de un salto, y cruzó la habitación con furiosos pasos que parecían irían a echar abajo el piso. Trajo un cuchillo. Como una bestia descontrolada, lo dirigió directamente a la garganta de la prostituta, y comenzó a desgarrársela, con descontrol, haciendo que con cada corte la carne se le fuera volviendo más débil, hasta que sólo unas cuantas fibras de ella le estaban manteniendo la cabeza todavía unida al cuerpo. La sangre fluyó desaforadamente. Manchó todo el colchón. Cubrió los suelos. Vaslav dio un resoplido de furia; le sudaba la frente. Y su compañero seguía registrado todo el explícito momento, sin dar ninguna interrupción. Vaslav entonces a la segunda vez, trajo su martillo. Se sentó encima del cadáver cruentamente mutilado, alzó sus brazos, y le dejó caer el martillo con la parte de piedra superior, con todas sus fuerzas, sobre la cabeza. Le rompió el cráneo. El rostro desgarrado de Katia difícilmente expresaba algún rastro de emoción por lo desfigurado que estaba, pero la última de ellas había sido sufrimiento lamentable, sin límites. Vaslav se manchó toda la ropa con sangre. Hizo el martillo a un lado, y sonrío, observando a su víctima. Sólo para estar seguro, volteó hacia Víctor y le preguntó:

-¿Has registrado eso? –Le costaba controlar su entusiasmo. Era como un niño sorprendido y maravillado. Víctor asintió. Entonces Vaslav añadió:

-Ahora registra esto, hay que darle un final todavía más sangriento.

Lentamente, con habilidad, con destreza, con delicadeza, tomó el cuchillo que había dejado sobre el colchón. Entonces, como alguien que practicaba con la suma lentitud y precisión un proceso que conocía bien, fue deslizando cuidadosamente la hoja por el cuello de la ya muerta Katia, rebanándoselo con una pausa llena de paciencia, hasta que abrió los labios del placer, cuando la cabeza cayó cuidadosamente por el borde de la cama, hasta producir un sonido al llegar al suelo, y quedó encima de un charco de sangre. Vaslav entonces vio el colchón, cubierto a más no poder de sangre también, y los suelos, y toda la habitación era una habitación de tortura ahora, aunque antes también lo había sido, pero ahora volvía a estar manchada. Víctor tras el lente, le hizo una seña, para hacerle saber que todo estaba en la cinta. Vaslav sonrío, se levantó del colchón, y comenzaron a retirar las el equipo y el preciado registro. Katia había muerto. Ambos habían conseguido su propósito.

Una noche en un sitio web, el video que ambos habían grabado salió publicado. Se habían hecho algún dinero, y los usuarios que habían contemplado los minutos del sacrificio real de la prostituta grabado, habían quedado altamente marcados y perturbados. Los comentarios entonces habían llegado enseguida, sobre que era uno de los videos más atroces que se había visto, sin duda.

Pero el susurro del acecho de la policía volvió a sentirse con los días. Alguien por ahí había dicho, que la policía había capturado a dos tipos que se parecían demasiado a quienes habían cometido el asesinato, y los asesinatos pasados, pues llevaban un amplio registro de crímenes. Pero aunque los tipos eran enormemente parecidos, no eran Víctor ni Vaslav. Con el tiempo los siguieron buscando, pero no se les había encontrado. El juicio que les esperaba, habría de continuar sin realizarse. Mientras, los dos psicópatas andarían recorriendo las veredas con total libertad y normalidad, en pleno día, buscando nuevas desdichadas víctimas para más videos del mismo tipo por publicar.

Diario de un caníbal. Andrés Lara.

La mayoría de la gente hace todo lo que está a su alcance para evadir a la soledad. Por mi parte, considero que la compañía superficial es más aborrecible. Risas y juegos, son placenteros, pero… solo por poco tiempo. Apenas tus amigos y tú se despiden, de repente te encuentras solo, y te das cuenta que, pese a todo, siempre lo estuviste. Por ese motivo, nos encanta enamorarnos, aunque la mayoría de nuestras aventuras románticas suelan fracasar. El amor proyecta una realidad ilusoria donde súbitamente, dejamos de sentirnos solos.

Por mi parte, he sido un solitario desde que tengo memoria. A la temprana edad de cuatro años, en la guardería, los niños se me burlaban constantemente a raíz de mi extrema gordura. En poco tiempo “El gordo Gonzales” se consumó como mi sobrenombre legendario; incluso los profesores, tan acostumbrados a oír las burlas de los niños, adoptaron tal denominación para referírseme. “El gordo Gonzales” me persiguió hasta la secundaria, donde debido a mi adolescencia, la opresión social resultó más dura. Expulso carcajadas trágicas al pensar que, si mi autoestima fuese un pez, sin dudas se ahogaría en el agua. Jamás salí con chicas; de hecho, nunca disfruté el privilegio de la compañía femenina, siquiera bajo el marco de la amistad.

Tampoco fui exitoso entre los camaradas varones. Mi carácter débil en suma con mi titánica gordura siempre me llevaban a ser el hazme reír del grupo. En definitiva, soy inmensamente solitario; motivo por el cual disfruto al pasar incontables horas sentado en mi sofá filosofando respecto a la psicológica humana. Si no puedo ser feliz viviendo la vida, al menos quiero ser feliz comprendiéndola, incluso en sus profundidades más abstractas; y en mi opinión, la naturaleza humana es el tema metafísico más complejo.

Me traslado por los pasillos de mi escuela mientras observo a la multitud de adolescentes. Siempre caminan en pares, tríos, o cuartetos, quizá porque la compañía de una manada les infunde seguridad. Ninguno se atreverá jamás a proyectar su verdadera personalidad frente al grupo. Le temen al rechazo colectivo; a las catástrofes que podrían ocurrir si uno dice la palabra equivocada, una opinión estúpida, o simplemente un chiste malo. El sentido del ridículo es autóctono del ser humano, es como una barrera invisible que nos impide socializar con auténtica naturalidad. En otros términos, tememos decir lo que realmente pensamos; por tanto, exponemos al resto únicamente nuestra faceta superficial, bajo la cual nos sentimos más seguros.

Llego a mi salón de clase, y opto por sentarme junto a la chica más atractiva de la escuela: Jennifer Claros. Apenas tomo asiento, ella me observa de arriba hacia abajo, con el exquisito disimulo que caracteriza al género femenino. Soy negro, grande, y gordo; por añadidura, mi ropa dice “clase baja”. La situación mejoraría si llevase gorra de rapero, cadenas llamativas, o siquiera un miserable brazalete; no obstante, ese no es el caso. A manera de reprobación, Jennifer Claros se levanta de la silla y dirige su petulante caminar hacia el extremo opuesto del salón, donde sus amigas llenas de risotadas aguardaban el retorno de la matriarca. Escuché a una de ellas decir:

– ¡Jenny! El gordo Gonzales se sentó a tu lado… ¿No tuviste miedo?

– No te preocupes, querida, es inofensivo. Aunque no creo que su silla piense lo mismo…

Ante tal comentario, el aula fue invadida por una bandada de cuchillos disfrazados en forma de risas. Desafortunadamente, nadie salió herido; salvo uno, por supuesto. Este tipo de hechos me da luz verde para extender mis interminables reflexiones filosóficas respecto a la naturaleza humana (femenina, en este caso) pero dada mi condición de escritor, temo aburrir a mi audiencia. Por tanto, permítanme trasladaros a la parte emocionante de esta historia.

Sucedió una tarde de mayo, pocas semanas antes de la finalización del calendario escolar. Sufrí extremo deleite al constatar que la oficina de correos había facturado “los paquetes” hasta la puerta de mi hogar en la fecha prevista. Tras analizar la calidad del contenido, corrí como loco hacia el teléfono de mi hogar. Precisaba llamar a Jorge.

– ¿Hola?

– ¡Jorge! ¡No puedo creerlo! Las trajeron…

– ¿En serio?

– Ya las revisé, están en perfectas condiciones…

– ¡Genial!

Al día siguiente, mientras transitábamos a través del campo escolar, ningún docente advirtió la temeridad de nuestro cargamento; ocultado dentro nuestras mochilas, por cierto. Una vez que llegó la hora del almuerzo, Jorge y yo nos instalamos en la mesa central de la cafetería. Al tiempo que esta estuvo repleta de estudiantes, sacamos las metralletas de los morrales y empezamos a disparar como poseídos a la mayor porción de humanidad posible. Fueron los mejores momentos de mi vida: Años de años permanecí cabizbajo ante las incesables burlas y desprecios de aquellos inmisericordes jovenzuelos; pero tanto Dios como Lucifer sabían que la hora de pagar les había llegado.

Desde el instante en que acogí al odio, juré jamás abandonarlo. Puesto que el dinero era un componente esencial para mi plan, los últimos tres años he estado trabajando como loco en el almacén de mi tío. Mi salario era escaso, pues al ser estudiante no trabajaba tiempo completo, sin embargo, nunca permití que el desánimo envenenase mis venas. Mes tras mes, dólar tras dólar, eventualmente ahorré la cantidad que necesitaba. Además del dinero, el proyecto requería la participación de un nerd inteligente, condición que me impulsó a cultivar mi amistad con Jorge. Una vez que había ganado su simpatía, le revelé mis maléficos e intrépidos proyectos, frente a los cuales él manifestó natural oposición. No obstante, años filosofando sobre psicología humana habían hecho de mí un auténtico erudito en el arte de la manipulación. Admito que persuadirlo no fue tan difícil, después de todo, él también era un chico abusado y oprimido por la burocracia social juvenil; los fulgores de venganza estaban presentes en su corazón, tan solo faltaba avivar las brazas. Cortesía de sus soberbios conocimientos computacionales, compramos aquellas preciosas metralletas ilegalmente vía Internet, todo a expensas de mis bolsillos, por supuesto.

Cuando el 95% de nuestras municiones bélicas se habían agotado, la cafetería contaba con medio centenar de muertos. La policía tardaría milimétricos minutos en acudir al rescate de la escuela, así que nos apresuramos a ejecutar la última fase del plan. Semanas atrás, Jorge había conseguido hackear el sistema del colegio; de esta forma averiguamos los horarios de Jennifer Claros y sus amigas, y por consiguiente, conocíamos con exactitud el aula donde estaban refugiadas durante la masacre en la cafetería. Apenas llegamos a susodicha aula matamos al profesor y a los alumnos; no obstante, a ellas las dejamos vivas. Jorge quería violarlas, pero justo cuando él se dirigía hacia Jennifer Claros, pistola en mano y dispuesto a saborearla, aproveché su temporal descuido para estampar una bala sobre su nuca.

– Debía ser así, amigo mío. Era incapaz de permitir que ensuciases tu cuerpo con las pestilencias de estas putas –recité al cadáver de Jorge, con lágrimas en los ojos.

Acto seguido, deposité mi mirada en las cinco jovencitas sentadas sobre el suelo de un rincón. Lloraban y temblaban de miedo mientras se abrazaban, lo cual me encantó- Les ruego que disculpen los malos modales de mi compañero, señoritas. Lo cierto es que tengo otros planes para ustedes ajenos a la sexualidad forzada… Aun así, deberán desvestirse.

Diez minutos después, la policía llegó a la escuela y empezó a evacuar fuera del edificio a los 1000 estudiantes que estaban refugiados dentro sus respectivas aulas. Tardaron veinte minutos en encontrarme, pues yacía escondido en el depósito del conserje; un habitáculo aislado que era difícil de ubicar para cualquiera que no conociese bien el colegio. Cuando los oficiales dieron conmigo, entregué mi libertad pacíficamente. Ahora, tres meses después, gozo de la hermosa oportunidad de narrarle todos estos sucesos al pediatra del manicomio donde estoy encerrado. Conversamos durante varias horas, en las cuales él ejercitó su paciencia. Sin embargo, eventualmente no resistió su curiosidad, y optó por lanzarme su verdadera inquietud, la cual distaba mucho de concernir con mi salud mental.

– ¿Qué hizo con Jennifer Claros, señor Gonzales?

– Disculpe, doctor, no entiendo su pregunta.

– Se lo explicaré. De acuerdo con mis informes, luego de arrestarlo, los policías inspeccionaron el aula donde usted estuvo tras finalizar con la masacre de la cafetería. Encontraron desnudas a las amigas de Jennifer, asesinadas a cuchillazos. Sin embargo, el cuerpo de la jovencita Claros en particular jamás fue encontrado; ni en el aula, ni en ningún otro rincón del colegio. El único rastro que quedó de ella fueron sus ropas y cierta cantidad de sangre, todo esto en el mismo lugar donde descansaban sus amigas. Repetiré mi pregunta. ¿Qué hizo usted con Jennifer?

– Bueno doctor, como dije anteriormente, la mayor enfermedad del ser humano es la soledad. No importa si usted es amiguero o famoso, en el fondo, su corazón siente un profundo aislamiento, como un dedo amputado.

– Ya hablamos del significado de la vida, señor Gonzales. Ahora vaya al grano con mi consulta, por favor. ¿Qué le hizo a Jennifer Claros?

– ¿De quién se tratan todos sus sueños? De Usted. ¿Quién es la primera persona en la que piensa cuando se despierta? Usted. ¿Qué es lo que más anhela en el mundo? La felicidad. ¿De quién? De usted. Todos los seres humanos solo pensamos en nosotros mismos, por eso, tarde o temprano, nos sentimos solos.

– Señor, se lo suplico ¡Dónde está Jennifer Claros!

– Eso explica porque nos encanta estar enamorarnos. El enamoramiento es el único estado mental y emocional del ser humano donde este, repentinamente, deja de pensar solo en sí mismo…

– ¡Maldito infeliz! ¡Dígame que hizo con mi Jenny!–el psiquiatra, con los nervios en punta, jalaba ferozmente el cuello de mi chaqueta con ambas manos. Inmediatamente, Hank Jefferson, el director general del manicomio, irrumpió en la sala.

– Basta ya, doctor Claros. Está muy claro que, por más que tenga mil doctorados en psiquiatría, es incapaz de lidiar profesionalmente con este muchacho –rugió Jefferson, evidenciando severa molestia.

– ¡Pero tengo que averiguar dónde está! ¿No lo entiende? ¡Quizá mi hija siga viva!

– Los psicólogos forenses más diestros no le sacaron una palabra, dudo mucho que en su delicado estado anímico usted pueda triunfar donde ellos fracasaron.

Hank Jefferson hizo caso omiso a los ruegos desesperados del doctor Claros, y se lo llevó del brazo fuera del salón. Una vez que quedé solo, sonreí y empecé a acariciar dulcemente mi estómago.

– No te preocupes, mi querida Jennifer… Papi jamás podrá encontrarte.