jueves, 8 de diciembre de 2016

Oda XV. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

 De mis niñeces

Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
   de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
   Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
   Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
ya mí de sólo hablarla
también me daba risa.
   Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.
   Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas
   y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.
   Alentónos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;
   y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas...

Oda IX (fragmento). Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

¿Qué espalda tan airosa!
¡Qué cuello!  ¡Qué expresiva
volverlo un tanto sabe
si el rostro afable inclina!
¡Ay! ¡Qué voluptuosos
sus pasos! ¡Como animan
al más cobarde amante,
y al más helado irritan!
Al premio, al dulce premio
parece que le brindan,
de amor, cuando le ostentan
un seno que palpita.
¡Cuán dócil es la planta!
¡Qué acorde a la medida
va el compás! Las Gracias
la aplauden y la guían;
y ella, de frescas rosas
la blonda sien ceñida,
su ropa libra al viento,
que un manso soplo agita.
Con timidez donosa
de Cloe simplecilla
por los floridos labios
vaga una afable risa.
A su zagal, incauta,
con blandas carrerillas
se llega, y vergonzosa
al punto se retira.
Mas ved, ved el delirio
de Anarda en su atrevida
soltura: ¡Sus pasiones
cuán bien con él nos pinta!
Sus ojos son centellas,
con cuya llama activa
arde en placer el pecho
de cuantos, ¡ay!, la miran.
Los pies cual torbellino
de rapidez no vista,
por todas partes vagan,
y a Lícidas fatigan.
¡Qué dédalo amoroso!
¡Qué lazo aquel que, unidas
las manos con Menalca,
formó amorosa Lidia!
¡cuál andan! ¡cuál se enredan!
¡Cuán vivamente explican
su fuego en los halagos,
su calma en las delicias!
¡Oh pechos inocentes!
¡Oh unión! ¡Oh paz sencilla,
que huyendo las ciudades,
el campo solo habitas!
¡Ah! ¡Reina entre nosotros
por siempre, amable hija
del Cielo, acompañada
del gozo y la alegría!

Oda VII. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.
Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.
¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.
¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.
Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sosténme, ¡oh Venus!
sosténme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.

Oda VI. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra frágil vida!
La vejez luego viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Si esto, pues, nos aguarda,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra frágil vida?
Para juegos y bailes
y cantares y risas
nos los dieron los cielos,
las Gracias los destinan.
Ven ¡ay! ¿qué te detiene?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do leve el viento aspira;
y entre brindis süaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.

Oda III. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.

Los besos de amor. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos,
y mil veces me besa;
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta;
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas;
y ella entre dulces ayes
se mueve más, y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua;
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela.
Entonces ¡ay! si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.

La partida. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

En fin, voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieron... En mi labio
la queja bien no está; gime y suspira;
no a culpar tu rigor de los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros.

¡Qué proyectos formábamos!... Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce!, ¿qué pretendes?
¿Sabes do quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré; tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora, ¡irme!, ¡dejarte!  Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?
ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto; me huyes;
sola te asustas y de todo tiemblas.
tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz y alguna lágrima...,  ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay!, otros eran; me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
de alentar libres de mordaz censura?
¡Qué sitio no halló allí nuestras ternezas!
¿No ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos y escucha
tu blando corazón: si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio y parto. Pero en vano,
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel,,, Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... Yo cansarte,
a ti, que me idolatras...no: la pluma
se deslizó; mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios!, yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
sé que me adoras; no lo dudo; humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo,
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco y parto.
Adión, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.

La noche de invierno. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

¡O! ¡quan hórridos chocan
Los vientos! ¡o que silbos,
Que cielo y tierra turban
Con soplo embravecido!
Las nubes concitadas
Despiden largos ríos,
Y aumentan pavorosas
El miedo y el conflicto.
La luna en su albo trono
Con desmayado brillo
Preside a las tinieblas,
En medio de su giro;
Y las menores lumbres,
El resplandor perdido,
Se esconden a los ojos
Que observan sus caminos.
Del Tormes suena lejos
El desigual ruido,
Que forman las corrientes
Batiendo con los riscos.
¡O invierno! ¡o noche triste!
¡Quan grato a mi tranquilo
Pecho es tu horror! ¡tu estruendo
Quan plácido a mi oído!
Así en el alta roca
Cantando el pastorcillo,
Del mar alborotado,
Contempla los peligros.
Tu confusión medrosa
Me eleva hasta el divino
Ser, adorando humilde
Su inmenso poderío;
Y ante él absorto y ciego
Me anego en los abismos
De gloria, que circundan
Su solio en el empíreo.
Su solio desde donde
Señala los lucidos
Pasos al sol, y encierra
La mar en sus dominios.
¡O ser inmenso! ¡o causa
Primera! ¿dónde altivo
Con vuelo temerario
Me lleva mi delirio?
¡Señor! ¿quien sois? ¿quien puso
Sobre un eterno quicio
Con mano omnipotente
Los orbes de zafiro?
¿Quién dixo a las tinieblas:
Tened en señorío
La noche; y vistió al alba
De rosa el manto rico?
¿Quién suelta de los vientos
La furia, o llevar quiso
Las aguas en sus hombros
Del ayre al gran vacío?
¡O providencia! ¡o mano
Suave! ¡o Dios benigno!
¡O padre! ¡do no llegan
Tus ansias con tus hijos!
Yo veo en estas aguas
La mies del blondo estío,
De abril las gayas flores,
De octubre los racimos.
Yo veo de los seres
En número infinito
La vida y el sustento
En ellas escondido.
Yo veo... no sé como,
Dios bueno, los prodigios
De tu saber explique
Mi pecho enternecido.
Qual concha nacarada,
Que abierta al matutino
Albor, convierte en perlas
El cándido rocío;
La tierra el ancho gremio
Prestando al cristalino
Humor, con él fecunda
Sus gérmenes activos.
Y un día el hombre ingrato
Con dulce regocijo
Las gotas de estas aguas
Trocadas verá en trigo.
Verá el pastor que el prado
Da yerbas al aprisco,
Saltando en pos sus madres
Los sueltos corderillos
Y en las labradas vegas
Tenderse manso el río,
Los surcos fecundando
Con paso retorcido.
Los vientos en sus alas,
Qual ave que en el pico
El grano a sus polluelos
Alegre lleva al nido;
Tal próvidos extienden
A términos distintos
Las fértiles semillas
Con soplo repetido.
Las plantas fortifican
En recio torbellino,
Del ayre desterrando
Los hálitos nocivos,
Y en la cansada tierra
Renuevan el perdido
Vigor, porque tributo
Nos rinda más opimo.
¡O de Dios inefable
Bondad! ¡o altos designios,
Que inmensos bienes causan
Por medios no sabidos!
Do quiera que los ojos
Vuelvo, Señor, yo admiro
Tu mano derramando
Perenes beneficios.
¡Ay! siéntalos mi pecho
Por siempre; y embebido,
En ellos te tribute
Mi labio alegres himnos.

El pronóstico. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

No en vano, desdeñosa, su luz pura
Ha el cielo a tus ojuelos trasladado,
Y ornó de oro el cabello ensortijado,
Y dio a tu frente gracia. y hermosura.

Esa encendida boca con ternura
Suspirará: tu seno regalado
De blando fuego bullirá agitado,
Y el rostro volverás con más dulzura.

Tirsi, el felice Tirsi tus favores
Cogerá, altiva Clori, su deseo
Coronando en el tálamo dichoso,

Los Cupidillos verterán mil flores,
Llamando en suaves himnos a Himeneo,
Y Amor su beso le dará gozoso.

El despecho. Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

Los ojos tristes, de llorar cansados,
Alzando al cielo su clemencia imploro;
Mas vuelven luego al encendido lloro,
Que el grave peso no los sufre alzados.

Mil dolorosos ayes desdeñados
Son ¡ay! tras esto de la luz que adoro;
Y ni me alivia el día, ni mejoro
Con la callada noche mis cuidados.

Huyo a la soledad, y va conmigo
Oculto el mal y nada me recrea;
En la ciudad en lágrimas me anego.

Aborrezco mi ser y aunque maldigo
La vida, temo que la muerte aún sea
Remedio débil para tanto fuego.