sábado, 3 de diciembre de 2016

Sandman.


En la saga de Sandman han participado grandísimos artísticas visuales y  ofrece algunas viñetas de una gran belleza, pero es realmente su guión el que la ha convertido en un referente de la historia del cómic.

A modo de sinopsis, The Sandman narra unos 70 años en la existencia del Señor de los Sueños (conocido por, entre otros, los nombres de Morfeo, Sandman, Kai'chul o, simplemente, Sueño), desde que es capturado por unos ocultistas que pretendían encerrar a su hermana, la Muerte, hasta que se se ve obligado a tomar una decisión trascendental que afectará por completo al mundo de los Sueños. En este tiempo tienen lugar una serie de acontecimientos que, de una forma o de otra, afectan al mundo de los Sueños o al mismo Morfeo, y que a menudo tienen que ver con su familia: Los Eternos.

Aunque se puede clasificar dentro del género fantástico, existen muchas  variaciones de género, atmósfera y estilo a lo largo del desarrollo de  la saga: es frecuente las incursiones en los géneros terroríficos, históricos y dramáticos, además de constantes pinceladas de comedia. A pesar de esto, hay un elemento de cohesión narrativa en todo el relato: el sueño, entendido tanto como un estado mental de los personajes como un espacio real en el que se desenvuelven los acontecimientos. Con la excepción de algunos álbumes fuera de la serie regular, prácticamente todo el argumento se desarrolla, o tiene que ver, con Morfeo, al mismo tiempo señor del reino de los sueños y representación antropomórfica del sueño mismo, o sus dominios.


Para descargar este cómic en formato CBR, hacé click en los siguientes enlaces:

01 - Preludios y nocturnos

02 - La casa de muñecas

03 - País de sueños

04 - Estación de nieblas

05 - Un juego de ti

06 - Fábulas y reflejos

07 - Vidas breves

08 - El fin de los mundos

09 - Las Benévolas

10 - El velatorio


El puma negro. Javier Fontenla.

Aunque descendiente de una estirpe aristocrática cuyos orígenes se remontaban a la Edad Media y propietario de una arrogante mansión señorial que levantaba sus sombríos muros en los verdes campos bretones, el joven Armand de C… distaba mucho de ser un hombre rico. Por una parte, largos siglos de indiferencia hacia los negocios burgueses, así como una absoluta incapacidad para adaptarse a los cambios que solían traer consigo los nuevos tiempos, habían ido consumiendo paulatinamente la fortuna familiar. Por otra parte, Armand, como buen aristócrata, no era especialmente devoto del Dios Trabajo, de modo que, una vez concluida la carrera de Filosofía con las más brillantes calificaciones, había optado por encerrarse en su casa, sin más oficio ni beneficio conocidos que sus esporádicas (y poco lucrativas) incursiones en la literatura fantástica. Para sus vecinos, Armand no era más que un soñador excéntrico y solitario, que consumía su juventud recluido entre las telarañas de su vetusta casa familiar. Huérfano desde la infancia, no se le conocían amigos íntimos y su servidumbre se limitaba a un viejo mayordomo llamado Antoine, el cual se ocupaba tanto de las tareas domésticas como de cultivar un pequeño huerto próximo a la mansión, cuyos excedentes vendía en las aldeas cercanas. Hay que decir que Antoine permanecía en la casa por pura fidelidad hacia su joven amo, pues este rara vez tenía dinero para pagarle y, de no haber sido por el dinero que daban los productos del huerto, señor y criado lo habrían pasado bastante mal en más de una ocasión.

Sin embargo (y esto era un secreto incluso para los vecinos más chismosos), Armand no era tan sedentario como se solía pensar. De hecho, siempre que tenía algún dinero en el bolsillo (y a veces sin tenerlo), abandonaba su casa, dejándola en las leales manos de Antoine, y se embarcaba en largos viajes que lo llevaban a tierras lejanas y peligrosas. El afán que lo movía a realizar esos viajes no era la afición al turismo, ni siquiera la mera sed de aventuras, sino la poderosa atracción que ejercían sobre su alma lo misterioso y lo siniestro. Cuando llegaba a sus oídos alguna noticia relacionada con hechos insólitos y terroríficos, Armand hacía todo lo posible, cuando no lo imposible, por visitar el lugar donde se habían producido tales hechos, con el fin de investigarlos por su cuenta y riesgo. Sus viajes, además de deudas, le habían causado numerosos conflictos con las autoridades de distintos países (e incluso con las embajadas de su propio país), y en más de una ocasión habían puesto su vida en grave peligro. Pero Armand, con afán digno de mejor causa, seguía en sus trece. A fin de cuentas, la única persona en el mundo que hubiera podido hacerle alguna reconvención al respecto era el bueno de Antoine… y este conocía demasiado bien a su amo como para esperar que se detuviese a escuchar consejos prudentes cuando el misterio llamaba a su puerta.

Teniendo en cuenta la personalidad de Armand, no deberíamos preguntarnos cuál fue su reacción cuando su tía materna, la condesa viuda Anna de B…, lo invitó a pasar unos días en sus propiedades sudamericanas, donde últimamente se habían producido hechos sangrientos que habían llenado de terror a los lugareños. Armand no simpatizaba demasiado con su tía, una mujer bella y elegante, pero de carácter más bien agrio y arrogante. En cambio, sentía una profunda simpatía (si no “otra cosa”) por su prima Monique, la hija de la condesa, una muchacha tan hermosa como su madre, pero mucho más amable y capaz de interesarse por temas trascendentes. Anna y Monique vivían normalmente en París, donde la primera se ocupaba de administrar sus negocios y la segunda estudiaba Derecho en la Sorbona, pero durante el verano dedicaban algunas semanas a visitar una hacienda propiedad de la familia, situada en el lejano Brasil. Y aquel verano la hacienda recibiría también la visita de un ansioso Armand.

Una vez allí, el joven aristócrata se encontró con que los indios y mestizos que trabajaban en los campos de la hacienda se hallaban horrorizados por las sangrientas fechorías de un extraño felino. Este animal, al que los supervivientes describían como un puma de gran tamaño y pelaje negro como el carbón, surgía de la selva en las primeras horas de la noche y mataba a la primera persona –hombre, mujer o niño- que se ponía delante de sus fauces, pero luego no devoraba a su víctima, sino que se limitaba a beber su sangre y a desaparecer velozmente entre las tinieblas de la espesura. Al parecer, era una fiera mucho más robusta y feroz que los verdaderos pumas, y tan escurridiza que todos los intentos de las autoridades y de los peones armados para acabar con ella habían resultado completamente infructuosos. Su fuerza era tan grande que le permitía derribar las puertas de las cabañas donde dormían los aldeanos, y hasta los perros más feroces no podían hacer otra cosa que huir o ser destrozados por sus zarpas. Nadie la había visto de día y muchos pensaban que no era una fiera normal, sino un espíritu maligno, engendrado por las tinieblas.

La aparición del puma negro y sus numerosos crímenes habían traído a la memoria de los indios más ancianos ciertas leyendas casi olvidadas, referentes en su mayoría a demonios nocturnos, que habitaban en las profundidades de la selva desde tiempo inmemorial y que se alimentaban de sangre humana. Según la leyenda, los antepasados de los indios antiguamente habían vivido en medio de la gran selva, en un lugar donde la caza era abundante y donde no hacía falta roturar la tierra para alimentarse de sus frutos. Durante muchas generaciones, todo fue bien, pero un buen día (es un decir) varios jóvenes audaces, desoyendo los consejos de los ancianos, decidieron adentrarse en cierta zona de la selva, donde esperaban encontrar nuevos territorios de caza. Según ciertas tradiciones de origen desconocido, en aquella zona vivía uno de aquellos demonios hematófagos, que castigaba con la muerte a quienes osasen penetrar en su territorio, pero los muchachos, acostumbrados a no hallar nada sólido tras las leyendas que los ancianos susurraban por la noche, desoyeron las advertencias de sus mayores y entraron en la zona prohibida. Sólo uno regresó, tambaleante y ensangrentado, para morir poco después, entre convulsiones y delirios de terror.

Pero eso no fue todo. Al parecer, el demonio de la selva decidió devolverles la visita a los pobres indios y, a la noche siguiente, un horror sin nombre se abatió sobre la aldea. Cuando el alba despejó las tinieblas nocturnas, casi una tercera parte de los aldeanos habían sido despedazados o desangrados en sus propios lechos, sin que ni puertas ni paredes hubieran podido detener a su asesino. Las pocas personas que habían visto al demonio y vivido para contarlo no coincidían en sus testimonios respecto a su apariencia. Para algunos, era un gran gato, semejante a un puma, mientras que para otros era como una serpiente gigante y tampoco faltaban quienes le atribuían una apariencia humana. Claro que, según los ancianos de la tribu, aquella diversidad de testimonios no debía ser sorprendente, pues es bien sabido que los demonios pueden cambiar de apariencia a voluntad. Fuera como fuera, estaba claro que era un ser terrible y que podía volver la noche siguiente, por lo cual todos los habitantes de la aterrorizada aldea estuvieron de acuerdo en abandonar el pueblo donde habían nacido y buscar un nuevo hogar, lejos de las fauces del demonio. Sólo un hechicero, cuyo nombre ha sido olvidado, optó por quedarse en el pueblo, pues deseaba enfrentarse al demonio cuando este, presumiblemente, volviera al pueblo tras la puesta del sol. Lo cierto es que los demás habitantes de la aldea, tras varios días y noches de penosa marcha por la selva, se establecieron en el lugar donde actualmente se hallaría la hacienda de los B… y nunca volvieron a saber nada del demonio nocturno ni del osado hechicero que se había quedado en el pueblo viejo para hacerle frente. Sin embargo, ahora muchos estaban empezando a pensar que el puma negro que salía de la selva en plena noche para atacar a los durmientes era aquel mismo demonio, que, tras una larga búsqueda, había hallado a los descendientes de los indios y estaba dispuesto a culminar su atroz venganza.

Madame de B… decía que aquella leyenda india no era más que una estúpida superstición, propia de gentes primitivas, y que el puma asesino no era más que eso, un puma. Armand, en cambio, sí creía (o, al menos, “quería creer”) en lo sobrenatural, mientras que Monique, acaso la más cauta e inteligente de la familia, “se reservaba su opinión”, aunque tendía más bien hacia el escepticismo de su madre que hacia el misticismo de su primo. Con todo, accedió a enseñarle a este la aldea maldita donde, según la leyenda, había empezado todo. En realidad, de dicha aldea ya no quedaba casi nada, pues, una vez abandonadas, las frágiles cabañas de los indios no habían podido resistir la furia de los elementos, de modo que sólo unos cuantos maderos, podridos por la lluvia y medio devorados por la maleza, denunciaban el lugar donde antes se había alzado el viejo poblado. Antes ir del territorio ocupado por la hacienda de los B… a la aldea hubiera exigido varios días de penosa marcha por las espesuras de la selva. Pero en la actualidad es posible acercarse en un vehículo todo-terreno, usando la pista de tierra que comunica la plantación con el embarcadero del río, y que pasa muy cerca del claro donde en tiempos se levantó la aldea maldita. Así pues, una mañana, Armand y Monique, equipados con sendas viseras y gafas oscuras para protegerse del fuerte sol tropical, cogieron un Land Rover y se dirigieron a las cercanías de la aldea. Armand llevaba consigo un rifle, pues, aunque el puma nunca había atacado a nadie antes del crepúsculo, pensaba que en plena selva toda precaución era poca, y seguramente no le faltaban razones para pensarlo. Una vez que hubieron llegado al punto de la pista más próximo al viejo poblado, ambos jóvenes dejaron el vehículo aparcado en el arcén para hacer a pie el resto del camino. Durante cerca de media hora caminaron trabajosamente por una angosta senda medio devorada por la maleza. Aunque las ramas de los árboles protegían el suelo de los rayos solares, hacía un calor infernal y en la atmósfera reinaba un silencio opresor. Armand murmuró, inquieto:

-Este silencio me trae mala espina. Algo ha asustado a los animales.
Monique le dedicó una sonrisa casi maternal y respondió, tranquilizadora:
-Tú ves muchas películas, Armand. Este silencio sólo quiere decir que los animales están dormidos. Si conocieras la selva como yo, sabrías que los animales sólo hacen ruido al amanecer y al anochecer, no durante el mediodía.
-¿Sí, cariño? ¡Pues me parece que uno de tus animales debe de padecer insomnio! ¡He oído algo!

En efecto, el eco de un gemido había asaltado bruscamente el fino oído de Armand. En realidad, parecía un sonido más bien humano que animal, pero parecía imposible que alguien siguiese viviendo en aquella zona que los mismos indios evitaban. Con el rifle preparado para disparar, y seguido por Monique (que ya no parecía tan tranquila), Armand se sumergió entre los matorrales, buscando el origen de aquel extraño sonido. Tras un par de minutos de búsqueda, llegaron a lo que parecía la boca de una gruta, medio cubierta por las inmensas hojas de los arbustos. Antes de entrar en la cueva, Armand se agachó para agarrar un curioso objeto que yacía sobre el fangoso suelo de la selva. Era una especie de amuleto de oro, una figura grotesca en la cual, echándole imaginación, uno podía adivinar la figura distorsionada de un felino. Monique la cogió y la examinó durante un instante. Luego murmuró:

-Una vez, siendo niña, un viejo indio con fama de hechicero me enseñó un objeto parecido. Me dijo que era un amuleto para espantar a los malos espíritus. Pero…

Un grito infantil procedente del interior de la gruta interrumpió las palabras de Monique. Armand, con un dedo en el gatillo del rifle, se adentró en la cueva y no tardó en encontrar dentro de la misma a una niña de unos doce años, que estaba acurrucada sobre un montón de hierba seca. Aunque el sol tropical había dorado su piel, era claramente una niña de raza blanca, cuyos grandes ojos azules miraban, entre ansiosos y asustados, al estupefacto Armand. La pobre criatura ofrecía un lamentable aspecto de desamparo, estaba sumamente delgada y su rostro, cuyas facciones no carecían de hermosura, presentaba un desagradable tinte amarillento, que delataba privaciones y sufrimientos. Sin embargo, no parecía herida ni enferma, aunque sí agotada y hambrienta. Una vez atendida y tranquilizada por Armand y Monique, que le dieron agua fresca y un par de bocadillos (los cuales fueron devorados con avidez casi animal), la niña les contó su historia, con voz trémula y a veces vacilante:

-Yo me llamo Elsa, Elsa Capistrano. Mis padres vivían en Sao Paulo, pero murieron en un accidente de coche y yo me vine a vivir con mi tío Hélder, que tiene una hacienda cerca del río. Al principio, él era muy bueno conmigo, pero luego su mujer y sus dos hijos murieron por las fiebres y todo cambió. Empezó a beber, a decirme cosas como que yo era una bruja que le había traído la desgracia, me pegaba y… Una… una noche –él había bebido mucho- me agarró y me llevó a su cuarto, quiso… quiso hacerme una cosa muy mala… Pero yo me revolví y conseguí escapar. Durante días y noches caminé sin rumbo por la selva, tenía mucho miedo, pero prefería cualquier cosa antes que volver con tío Hélder. Así, bebiendo agua de lluvia y comiendo frutas silvestres y huevos de pájaros, logré sobrevivir. Pero una noche una fiera grande y negra, como un gato enorme, empezó a perseguirme. Yo escapé y llegué a esta cueva. Como no sabía qué hacer, me metí en ella, pensando que quizás tuviera otra salida. No la tenía, pero el puma, o lo que fuera, no entró. Algo le hizo dar media vuelta cuando ya estaba a punto de entrar. Pasé toda la noche en la cueva, temblando de miedo y sin poder dormir, pensando que en cualquier momento volvería el puma y me mataría. Pero no volvió. A la mañana salí de la cueva, pues, aunque tenía mucho miedo, necesitaba buscar comida. Entonces vi el amuleto –el mismo amuleto que llevas en la mano (dijo dirigiéndose a Monique)- y lo comprendí todo. Alguien había dejado un amuleto junto a la entrada de la cueva, y por eso el puma no podía entrar. Porque no era un puma normal, sino un demonio, y los demonios les tienen miedo a los amuletos. Mientras estuviera dentro de la cueva, el demonio-puma no podría hacerme daño. Por eso me quedé aquí. Pasaba las noches en la cueva y de día –cuando los demonios no tienen poder- salía a buscar comida, aunque siempre estaba de vuelta antes del anochecer. Y así hasta que oí vuestras pisadas y os llamé.

Monique, que también estaba empezando a creer en el demonio de la selva, dijo:
-¡Pobre niña! Pero, si el amuleto te protege de ese monstruo, ¿por qué no lo cogiste para ir en busca de ayuda? Antes o después, hubieras llegado a un lugar habitado y habrías estado mejor que en esta cueva.
-El amuleto protege de los malos espíritus, pero no puede nada contra las fieras de carne y hueso. Y tampoco me hubiera protegido de mi tío, si él estuviera buscándome por al selva. Yo sola nunca habría llegado viva a ningún sitio.
-Tienes razón. Pero ahora no te preocupes, ya estás a salvo. Este chico y yo te llevaremos a la casa de mi mamá, donde nada ni nadie te hará daño.
En efecto, Armand y Monique desistieron de visitar la aldea maldita, pues era mucho más importante llevar a la pobre Elsa a un lugar seguro. Por cierto, Monique se llevó consigo el amuleto, pues, pese a su escepticismo, estaba empezando a creer en su eficacia contra el ser que acechaba en la selva.

Cuando Armand y Monique llegaron a la hacienda con su joven protegida, ya se había puesto el sol y Madame B… estaba furiosa, pues Dog, su perro, no aparecía por ningún lado. Y no es que ella sintiese especial cariño hacia el animal (que, en cambio, había sido el favorito de su difunto esposo). Realmente, la buena señora sólo sentía cariño en el mundo por su hija y por su colección de vestidos de noche. Sin embargo, un perro chow-chow era una mascota demasiado cara para permitir que se extraviase y su ausencia la había puesto tan nerviosa que apenas reparó en Elsa cuando su hija hizo las presentaciones. Estaba Anna de B… a punto de iniciar una andanada verbal contra el pobre Dog cuando un ladrido estridente la dejó callada y paralizada de puro espanto, al mismo tiempo que sus mejillas palidecían bajo la capa de cosmético parisino que las cubría. En el mismo jardín de la casa, a escasos metros de la puerta de cristal que comunicaba la sala de estar con el exterior, los días del desgraciado Dog habían terminado entre las fauces del puma negro. Este apenas se demoró algunos segundos para absorber la sangre del perro y, dando un salto inverosímil, se sumergió en la maleza que rodeaba el jardín. Armand, sintiendo en sus venas el salvaje valor que en un siglo lejano les había otorgado un título feudal a sus ancestros, agarró el rifle y abrió la puerta para perseguir a la fiera, con la esperanza de capturarla antes de que pudiera llegar a las honduras de la selva. Pero antes de que saliera, Monique le entregó el amuleto y le rogó que lo llevara consigo, “por si acaso”. Armand lo agarró con fuerza y se lo metió en el bolsillo de sus tejanos. En efecto, si aquella fiera era realmente un demonio, aquel pedazo de metal podría serle mucho más útil que el rifle.

Pocos segundos después, Armand se había adentrado en la espesura, siguiendo la pista de ramas rotas que delataba el paso del puma. Sin embargo, la pista desaparecía en el punto donde los arbustos empezaban a ser sustituidos por los árboles. Armand se detuvo un momento, vacilante. Y entonces, como si una parte del dosel de negrura que cubría la selva se hubiera fragmentado, una sombra negra cayó sobre Armand, arrojándolo al suelo y haciéndole perder su rifle.
Cuando el joven cazador fue consciente de su situación, esta no podía ser más desesperada. Armand se hallaba en el suelo, desarmado y con los colmillos del puma a escasos centímetros de su garganta. Unos centímetros que se reducían inexorablemente cada décima de segundo. Incapaz de recuperar su arma, con el pecho y los hombros atrozmente desgarrados por las garras de la fiera, medio ahogado por la presión de las zarpas delanteras sobre su pecho, Armand estuvo, durante un instante, resignado a sufrir una muerte cruel. Al parecer, el amuleto que aún guardaba en el bolsillo había perdido toda su virtud, si alguna vez la había tenido, y el pobre joven no se sentía con fuerzas para enfrentarse a su adversario. Sin embargo, ese instante de resignación sólo fue un destello fugaz. La sangre ardiente de Armand, señor de C…, descendiente de guerreros y cazadores de osos, no aceptaría fácilmente convertirse en el manjar de una fiera. Armand dejó de ser un joven tímido y soñador para convertirse en una bestia bípeda que luchaba por su vida contra su semejante de cuatro patas. Convirtiendo todo su miedo en valor y haciendo acopio de una fuerza bárbara que latía dormida en su interior, ajeno a las garras que le laceraban tronco y brazos hasta bañárselos en sangre, Armand agarró con ambas manos el cuello del puma y, mediante un esfuerzo volcánico, logró rechazar la presa de su enemigo. Este gruñó rabioso, pero, cuando pudo reaccionar, Armand ya se había deslizado hacia su rifle y lo había agarrado con sus manos ensangrentadas. El puma intentó atacar de nuevo, pero una bala le destrozó la cabeza cuando ya creía sentir las venas de Armand crujiendo entre sus dientes.

Tras tomarse un momento de descanso para recobrar fuerzas y calmar su excitación nerviosa, Armand se levantó a duras penas y, enfocándolo con su linterna de bolsillo, estudió el cadáver de la fiera. Era ciertamente un animal impresionarte, aunque quizás los espantados nativos habían cargado las tintas en su descripción. Su tamaño, aunque superior al de la mayoría de sus congéneres, no llegaba a excepcional. Armand, a ojo, le calculó unos dos metros de longitud y más de cincuenta kilos de peso. Su pelo no era negro, sino marrón oscuro, y se trataba de un macho, aún fuerte pero ya algo viejo. Desde luego, nunca había sido ningún demonio, sino un cazador de hombres, como los tigres de Corbett o los leones del Tsavo. Por tanto, Madame de B… tenía razón y Armand se sintió un imbécil por haber creído en los delirios de unos indígenas supersticiosos y de una niña asustada. Aquel amuleto no valía para nada…

Entonces, Armand pensó. ¿Cómo habría llegado el amuleto a la entrada de la gruta? Elsa no lo había traído. Acaso aquel hechicero que se había quedado en la aldea para enfrentarse al presunto demonio de la selva hubiera podio decirle algo al respecto, pero… Había que guiarse por conjeturas. Era posible que el hechicero se hubiera refugiado en la gruta y hubiera colocado el amuleto protector en la entrada, para no ser atacado por el demonio de marras. Aunque también era posible, e incluso más probable que lo anterior, que el hechicero, mediante alguna estratagema, hubiera logrado encerrar al monstruo en aquella gruta y hubiera dejado allí el amuleto para impedirle la salida. Entonces, el hombre habría ganado la partida, aunque luego algún accidente le hubiera impedido reunirse con los suyos. Y, aunque pareciera absurdo, Armand no pudo evitar un escalofrío al recordar que, según la leyenda, el demonio de la selva podía adoptar distintas formas, tanto animales como humanas.

A pesar de sus heridas y del dolor que estas le producían, Armand abandonó el cuerpo del puma y se encaminó hacia la casa a toda prisa.
Cuando entró, vio a Madame B… y a Monique sobre el sofá de la sala, atadas y amordazadas, y con las caras blancas de puro terror. Estaban asustadas, pero habían tenido suerte, pues la providencial llegada de Armand, con el amuleto protector en el bolsillo, las había salvado “in extremis” de sufrir una muerte atroz. Elsa había desaparecido y, por la ventana abierta, entraron los ecos de una risa siniestra, que empezó siendo la de una niña para convertirse en la de un demonio, antes de desvanecerse para siempre, en las tinieblas de la noche y de la selva.