jueves, 1 de diciembre de 2016

Memoria. Ana Pelayo.

«Porque tus palabras
son disfraz de sombra
De lo que te callas.»
José Bergamín



Perdí la memoria,
gané otro suelo.
La blancura aquí
en esta hoja que escribo.

El polvo lo llevo dentro,
sólo cambia el vecino.

La cal me sirve de alimento.
Lejana,
la memoria está más viva,
menos tormento.

Me basta por ahora
con saber lo que no digo
y callar lo que no sé.

Valor solitario
del que se cree valiente
por haber desenmascarado la sombra
del doble sentido de las palabras.

Mar de septiembre. Ana Pelayo.

Hoy el mar está solo,
como un enemigo insistente,
se acerca y chupa la arena,
malvadamente.

Como un ave de presa
las mojadas olas vigilan
los bordes metálicos de
un mar desconocido.

Protegiendo su profundidad,
extendiéndose su oscuridad,
como una amenaza,
sobre la arena
en forma
de un viento invisible.

A pleno sol. Ana Pelayo.

Abrir bien los ojos y ver
el malentendido en tu mirada.
Las manos tirando la tierra,
arrancando raíces
eternamente,
separando profundidades.

Las yemas de los dedos
separando la humedad
debajo de las uñas.
La piel estirando
las arrugas del mañana,
la calentura de la fuerza y la fatiga.

Ayer la brisa
era un aullido de luz.
La arena apenas polvo,
el mar un millón de escamas y gritos.
Figuras, colándose una a una,
aterrizaban en la playa
con el peso inflado
de un mediodía en moción de arrastre.

Poemas (II). Ana María Narvales (1939-2009)

Y ahora, abundante de ensueños y de grises,
con esa eterna impotencia que no limpia el lenguaje,
el miedo que se hace palabra para no ser miedo,
todo lo que enciende luces y no se nombra por si muere,
el resquicio de libertad que terco asoma;
brazo roto, abril marchito, luna falsa,
también falso el dolor que se vuelve costumbre;
los labios en dudosas fuentes,
los ojos todavía sedientos de estrellas, calandrias, mitos
y otras delgadas inutilidades que los dioses derraman,
la sonrisa en ayuno para que no traicione
y una mentirosa amnesia de rechazos y deseos;
con ruiseñores y congojas,
o sea con nada, sólo con uno mismo dentro y fuera,
dispuesto a que cada cosa recupere su alcurnia,
su medida y su precio,
se emprende la huida adonde aún no ha llegado el futuro.

Poemas (I). Ana María Narvales (1939-2009)

Mi ventana se asoma a Regent's Park.
Soy esa piedra que nace junto al hombre,
un ojo tras otro por el camino
de luciérnagas estériles. Gotea su llanto
sobre el césped oscuro de mi piel,
y muere en la curva del día
a las puertas del infierno.
Perdidos estamos en la mirada de la fuente,
abriendo en el agua estelas de palabras.
Extraños, moribundos,
pájaros secos entre hileras de sombras,
dóciles al oleaje del vino y al recuerdo
que adorna la tarde de frágiles tormentas.
El viento derriba biombos y nombres
desencadena las hojas, despeina el río,
corre hacia mí, enamorado y solo,
aulla lenguajes clandestinos. Arranca mi vida
y deposita en el horizonte su fuego
de sedientas palomas olvidadas.

Tu mano recoge de mi piel el tiempo... Ana María Narvales (1939-2009)

Tu mano recoge de mi piel el tiempo,
incansable borra todo viejo amor
y regresa de la caricia como una alondra
que se debate en lo oscuro
sin encontrar la luz de la mañana
Después, serena mi cabello
en algún odio enmarañado
y llama a esa niña que enciende sus ojos
con tu boca y reza silencios
cuando los labios se acercan a tu nombre.

Antes de escribir el poema... Ana María Narvales (1939-2009)

Antes de escribir el poema,
con el lápiz en la mano
y el silencio hecho palabra,
me pregunto a quién demonios
interesa si este mar
ya no es azul ni si mi vida
de hoy es la que antes era.
Y si es lamento
o violín lo que suena
ahora en mi casa.
O a quién irán estos versos
y quién se aventurará conmigo
buscando esa luz inútil
que conduzca a una salida.
Éste es un viaje
sin más brújula que el viento
ni más compañía
que este miedo y esta noche.