lunes, 28 de noviembre de 2016

Un nuevo cuento de Navidad. Arthur Machen (1863-1947)

Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido. Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruín y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.

Y, sin duda alguna, los viejos estaban acertados. Ebenezer Scrooge había sido un entrometido. Siempre había estado huroneando en los asuntos de los demás; así que pudo descubrir las consecuencias de sus actos sobre los demás. Muchos hombres de negocios duros se suavizaban ante la idea de Scrooge rondando en sus despachos, creyendo que la ruina se les acerca.

"Mi estimado Sr. Hardman," decía el viejo Scrooge, "ni una palabra más. Tome este giro de 300 libras y úselo como mejor sepa. Usted lo podrá duplicar por mí en el plazo de 6 meses."

Podría irse riendo de ello, y Charles el camarero, en la vieja taberna de la ciudad, donde Scrooge cenaba, siempre decía que Scrooge le traía suerte a él y a la taberna. Todos ordenaban una buena ración de brandy caliente cuando su alegre y sonrosada cara aparecía en el lugar. Estaban en Navidad. Scrooge estaba sentado frente a su crujiente fuego, bebiendo algo tibio y confortable y discurriendo la mejor manera de llevar la felicidad al resto de la gente.

"No voy a soportar la obstinación de Bob," se decía a sí mismo - la firma de la empresa era Scrooge & Cratchit ahora - "él hace todo el trabajo, y no es justo que un viejo inútil como yo tome más que un cuarto de los beneficios."

Un lúgubre sonido resonó a través de la vieja casa. El aire resopló heladamente y lo cálido y confortable se tornó en frío y incómodo. Scrooge bebió nerviosamente. La puerta se abrió y una forma vaga y espantosa surgió en el umbral.

"Sígueme," dijo.

Scrooge no supo con seguridad que pasó luego. Estaba en la calle. Recordaba que quería comprar algunas golosinas para sus pequeños sobrinos y sobrinas, y fue a una tienda.

"Disculpe, pero pasadas las ocho," dijo el encargado, "no podemos atenderlo, señor."

Vagó a través de otras calles que parecían extrañamente alteradas. Se dirigía hacia el lado oeste, y comenzó a sentir frío y debilidad. Creyó que sería conveniente tomar una pequeña copa de brandy con agua, y justo estaba doblando la esquina de la vieja taberna cuando salían las últimas personas y le cerraban las metálicas puertas prácticamente en la cara.

"¿Qué es lo que pasa?" preguntó débilmente al hombre que cerraba las puertas.
"Las diez pasadas," dijo secamente el tipo, y apagó las últimas luces.

Scrooge ya creía que la segunda porción de pastel de carne le había dado indigestión, y que todo aquello era una mera pesadilla. Le parecía como que había caído en un profundo abismo de oscuridad en el que todo le era negado. Cuando volvió en sí, era el día de Navidad, y la gente estaba caminando por las calles. Scrooge se encontró en esa calle y la gente se sonreía y saludaba entre sí con calidez, pero era evidente que no eran felices. Había señales de preocupación en sus rostros, señales que evidenciaban problemas del pasado y ansiedades futuras. Scrooge escuchó a un hombre suspirar al siguiente instante de desearle Feliz Navidad a un vecino. Había lágrimas en el rostro de una mujer que caminaba frente a una iglesia, toda de negro.

"¡Pobre John!" murmuraba ella. "Estoy segura que lo que lo mató fueron los problemas de dinero. Ahora está en el cielo. Pero el vicario dijo en el sermón que el cielo era un mero cuento de hadas." Ella gimió nuevamente.

Todo esto perturbó la paz de Scrooge. Algo parecía estar pujando en su corazón.

"Pero," dijo él, "debo olvidar todo esto cuando me siente a cenar con mis sobrinos y sus jóvenes hijos."

Eran las últimas horas de la tarde; las cuatro en punto y caían las sombras. Era la hora de la cena. Scrooge encontró la casa de su sobrino. Ni una ventana tenía luces y todo estaba oscuro. El corazón de Scrooge se heló."

Golpeó una y otra vez, y jaló la campana que resonó tan lánguidamente que parecía tener un pie en el sepulcro. Al final, una vieja mujer de aspecto miserable, abrió la puerta solo unas pulgadas y miró con desconfianza.

"¿El sr. Fred?" dijo. "Él y sus señora salieron al Hotel Splendid, y no volverán hasta medianoche. Los chicos están fuera, en Eastbourne."
"¡Cenando en una taberna el día de Navidad!" murmuró Scrooge. "¿Qué terrible sino es ese? ¿Quién es tan miserable y tan desolado como para cenar en una taberna en Navidad? ¡Y los niños en Eastbourne!"

El aire se tornó pesado y le pareció escuchar desde una gran distancia la voz de Tiny Tim, diciendo "¡Dios nos ayude, a todos y a cada uno de nosotros!"

De nuevo, el Espíritu apareció. Scrooge cayó de rodillas.

"¡Terrible Fantasma!" exclamó. "¿Quién eres y que quieres? Habla, te lo suplico."
"Ebenezer Scrooge," replicó el Fantasma en un timbre abominable. "Soy el fantasma de las Navidades de 1920. Conmigo traigo la nota del Impuesto sobre la Renta."

El cabello de Scrooge se erizó ante esa visión. Pero se sintió peor cuando vio que la Aparición tenía huellas como las de un gigantesco gato.

"Mi nombre es Pussyfoot. También me llaman Ruina y Desesperanza," dijo el Fantasma, y desapareció.

Luego de esto Scrooge despertó y descorrió los cortinados de su cama.

"¡Gracias a Dios!" exclamó de corazón. "¡Solo fue un sueño!"

La nueva catacumba. Arthur Conan Doyle (1859-1930)

Escuche, Burger: yo quisiera que usted tuviera — confianza en mí —dijo Kennedy.

Los dos célebres estudiosos que se especializaban en las ruinas romanas estaban sentados a solas en la confortable habitación de Kennedy, cuyas ventanas daban al Corso. La noche era fría, y ambos habían acercado sus sillones a la imperfecta estufa italiana que creaba a su alrededor una zona más bien de ahogo, que de tibieza. Del lado de fuera, bajo las brillantes estrellas de un cielo invernal, se extendía la Roma moderna, con su larga doble hilera de focos eléctricos, los cafés brillantemente iluminados, los coches que pasaban veloces y una apretada muchedumbre desfilando por las aceras. Pero dentro, en el interior de aquella habitación suntuosa del rico y joven arqueólogo inglés, no se veía otra cosa que la Roma antigua. Frisos rajados y gastados por el tiempo colgaban de las paredes, y desde los ángulos asomaban los antiguos bustos grises de senadores y guerreros con sus cabezas de luchadores y sus rostros duros y crueles. En la mesa central, entre un revoltijo de inscripciones, fragmentos y adornos, se alzaba la célebre maqueta en que Kennedy había reconstruido las Termas de Caracalla, obra que tanto interés y admiración despertó al ser expuesta en Berlín. Del techo colgaban ánforas y por la lujosa alfombra turca había desparramadas las más diversas rarezas. Y ni una sola de todas esas cosas carecía de la mayor inatacable autenticidad, aparte de su insuperable singularidad y valor; porque Kennedy, a pesar de que tenía poco más de treinta años, gozaba de celebridad europea en esta rama especial de investigaciones, sin contar con que disponía de esa abundancia de fondos que en ocasiones resulta un obstáculo fatal para las energías del estudioso, o que, cuando su inteligencia sigue con absoluta fidelidad el propósito que la guía, le proporciona ventajas enormes en la carrera hacia la fama. El capricho y el placer habían apartado frecuentemente a Kennedy de sus estudios; pero su inteligencia era agresiva y capaz de esfuerzos largos y concentrados, que terminaban en vivas reacciones de laxitud sensual. Su hermoso rostro de frente alta y blanca, su nariz agresiva y su boca algo blanda y sensual, constituían un índice justo de aquella transacción a que la energía y la debilidad habían llegado dentro de su persona.

Su acompañante, Julius Burger, era hombre de un tipo muy distinto. Llevaba en sus venas una mezcla curiosa de sangre: el padre era alemán, y la madre italiana y le trasmitieron las cualidades de solidez propias del norte, junto con un mayor atractivo y simpatía característicos del sur. Unos ojos azules teutónicos iluminaban su rostro moreno curtido por el sol y se elevaba por encima de ellos una frente cuadrada, maciza, con una orla de tupidos cabellos rubios que la enmarcaban. Su mandíbula de contorno fuerte y firme estaba completamente rasurada, dando con frecuencia ocasión a que su acompañante comentase lo mucho que hacía recordar a los antiguos bustos romanos que acechaban desde las sombras en los ángulos de su habitación. Bajo su dura energía de alemán se percibía siempre un asomo de sutileza italiana; pero su sonrisa era tan honrada, y su mirada tan franca, que todos comprendían que aquello era sólo un índice de su ascendencia, sin proyección real sobre su carácter. Por lo que se refiere a años y celebridad se encontraba a idéntico nivel que su compañero inglés, pero su vida y su tarea habían sido mucho más difíciles. Llegado doce años antes a Roma como estudiante pobre, vivió desde entonces de pequeñas becas que la Universidad de Bonn le otorgaba para sus estudios. Lenta, dolorosamente y con tenacidad porfiada y extraordinaria, guiado por una sola idea, había escalado peldaño a peldaño la escalera de la fama, llegando a ser miembro de la Academia de Berlín, y tenía, en la actualidad, toda clase de razones para esperar verse pronto elevado a la cátedra de la más importante de las universidades alemanas. Ahora bien; lo unilateral de sus actividades, si por un lado lo había elevado al mismo nivel que el rico y brillante investigador inglés, había hecho que quedase infinitamente por debajo de éste en todo lo que caía fuera del radio de su trabajo. Burger no dispuso nunca en sus estudios de un paréntesis que le permitiese cultivar el trato social. Únicamente cuando hablaba de temas que caían dentro de su especialidad, el rostro de Burger adquiría vida y expresión. En los demás momentos permanecía silencioso y molesto, con excesiva conciencia de sus propias limitaciones en otros temas más generales, y sentía impaciencia ante la cháchara sin importancia, que es un refugio convencional para todas aquellas personas que no tienen ninguna idea propia que expresar.

A pesar de todo eso, Kennedy y Burger mantuvieron trato por espacio de algunos años, y al parecer ese trato maduró poco a poco hasta convertirse en una amistad de los dos rivales, de personalidad tan diferente. La base y el arranque de esa situación residían en que tanto el uno como el otro eran, dentro de su especialidad, los únicos de la generación joven con saber y entusiasmo suficientes para valorarse mutuamente. Su interés y sus actividades comunes los habían puesto en contacto, y ambos habían sentido la mutua atracción de su propio saber. Este hecho se había ido luego completando con otros detalles. A Kennedy le divertían la franqueza y la sencillez de su rival, y Burger, en cambio, se había sentido fascinado por la brillantez y vivacidad que habían convertido a Kennedy en uno de los hombres más populares entre la alta sociedad romana. Digo que le habían convertido, porque, en ese preciso momento, el joven inglés estaba algo oscurecido por una nube. Un asunto amoroso, que nunca llegó a saberse con todos sus detalles, pareció descubrir en Kennedy una falta de corazón y una dureza de sentimiento que sorprendieron desagradablemente a muchos de sus amigos. Ahora bien, dentro de los círculos de estudiosos y de artistas solterones, en los que el inglés prefería desplazarse, no existia, sobre estos asuntos, un código de honor muy severo, y aunque más de una cabeza se moviese con expresión de desagrado o más de unos hombros se encogiesen al referirse a la fuga de dos y al regreso de uno solo, el sentimiento general era probablemente de simple curiosidad y quizá de envidia, más bien que de censura.

—Escuche, Burger: yo querría que usted tuviese confianza en mí —dijo Kennedy, mirando con dura expresión el plácido semblante de su compañero.

Al decir estas palabras con un vaivén de su mano señaló hacia una alfombra extendida en el suelo. Encima de ella había una canastilla, larga y de poca profundidad, de las que se usan en la campaña para la fruta y que están hechas de mimbre ligero. Dentro de la canastilla se amontonaha un revoltijo de cosas: baldosines con rótulos, inscripciones rotas, mosaicos agrietados, papiros desgarrados, herrumbrosos adornos de metal, que para el profano producían la sensación de haber sido sacados de un cajón de basura, pero en los que un especialista habría reconocido rápidamente la condición de únicos en su clase. Aquel montón de objetos variados contenidos en la canastilla de mimbre, proporcionaba justo uno de los eslabones que faltaban en la cadena del desenvolvimiento social, y ya es sabido que los estudiosos sienten vivísimo interés por esa clase de eslabones perdidos. Quien los había traído era el alemán, y el inglés los contemplaba con ojos de hambriento. Mientras Burger encendía con lentitud un cigarro, Kennedy prosiguió:

—Yo no quiero inmiscuirme en este hallazgo suyo, pero sí que me agradaría oírle hablar sobre él. Se trata, evidentemente, de un descubrimiento de máxima importancia. Estas inscripciones producirán sensación por toda Europa.
—¡Por cada uno de los objetos que hay aquí se encuentran allí millones! —dijo el alemán—. Abundan tanto, que darían materia para que una docena de sabios dedicasen toda su vida a su estudio y se crearan así una reputación tan sólida como el castillo de St. Angelo.
Kennedy permaneció meditando con la frente contraída y los dedos jugueteando en su largo y rubio bigote. Por último dijo:
—¡Burger, usted mismo se ha delatado! Esas palabras suyas sólo pueden referirse a una cosa. Usted ha descubierto una catacumba nueva.
—No he dudado ni por un momento de que usted llegaría a esa conclusión examinando estos objetos.
—Desde luego, parecían apuntar en ese sentido; pero sus últimas observaciones me dieron la certidumbre. No existe lugar, como no sea una catacumba, que pueda contener una reserva de reliquias tan enorme como la que usted describe.
—Así es. La cosa no tiene misterio. En efecto, he descubierto una catacumba nueva.
—¿Dónde?
—Ese es mi secreto, querido Kennedy. Basta decir que su situación es tal, que no existe una probabilidad entre un millón de que alguien la descubra. Pertenece a una época distinta de todas las catacumbas conocidas, y estuvo reservada a los enterramientos de cristianos de elevada condición, y por eso los restos y las reliquias son completamente distintos de todo lo que se conoce hasta ahora. Si yo ignorara su saber y su energía, no vacilaría, amigo mío, en contárselo todo bajo juramento de guardar secreto. Pero tal como están las cosas, no tengo más remedio que preparar mi propio informe sobre la materia antes de exponerme a una competencia tan formidable.

Kennedy amaba su especialidad con un amor que llegaba casi a la monomanía, con un amor al que se mantenía fiel en medio de todas las distracciones que se le brindan a un joven rico y disoluto. Era ambicioso, pero su ambición resultaba cosa secundaria, frente al simple gozo abstracto y al interés en todo aquello que guardaba relación con la vida y la historia antigua de Roma. Anhelaba ya el ver con sus propios ojos este nuevo mundo subterráneo que su compañero había descubierto, y dijo con vivacidad:

—Escuche, Burger; le aseguro que puede tener en mí la más absoluta confianza en este asunto. Nada será capaz de inducirme a poner por escrito cosa alguna de cuanto vean mis ojos hasta que usted me autorice de una manera explícita. Comprendo perfectamente su estado de ánimo y me parece muy natural, pero nada puede temer realmente de mí. En cambio, si usted no me explica el asunto, esté seguro de que realizaré investigaciones sistemáticas al respecto, y de que sin la menor duda, llegaré a descubrirlo. Como es natural, si tal cosa ocurriese y no estando sujeto a compromiso alguno con usted, haría de mi descubrimiento el uso que bien me pareciera.

Burger contemplaba reflexivo y sonriente su cigarro y le contestó:
—Amigo Kennedy, he podido comprobar que cuando me hacen falta datos sobre algún problema, no siempre se muestra usted dispuesto a proporcionármelos.
—¿Cuándo me ha planteado alguna pregunta a la que yo no haya contestado? Recuerde, por ejemplo, cómo le proporcioné los materiales para su monografía referente al templo de las vestales.
—Bien, pero se trataba de un tema de poca importancia. No estoy seguro de que usted me contestase si yo le hiciera alguna pregunta sobre asuntos íntimos. Esta catacumba nueva es para mí un asunto de la máxima intimidad, y a cambio tengo yo derecho a esperar que usted me dé alguna prueba de confianza.
El inglés contestó:
—No veo adónde va usted a parar; pero si lo que quiere dar a entender es que responderá a mis preguntas relativas a la catacumba si yo contesto a cualquiera de las suyas, puedo asegurarle que así lo haré.
Burger se recostó cómodamente en su sofá, y lanzó al aire un árbol de humo azul de su cigarro. Luego dijo:
—Pues bien; dígame todo lo que hubo en sus relaciones con miss Mary Saunderson.
Kennedy se puso de pie de un salto y clavó una mirada de irritación en su impasible acompañante. Luego exclamó:
—¿Adónde diablos va usted a parar? ¿ Qué clase de pregunta es ésa? Si usted ha pretendido hacer una broma, de verdad que jamás se le ha ocurrido otra peor.
—Pues no, no lo dije por bromear —contestó Burger con inocencia. La verdad es que tengo interés por conocer el asunto en detalle. Yo estoy en la más absoluta ignorancia en todo cuanto se refiere al mundo y a las mujeres, a la vida social y a todas esas cosas, y por eso un episodio de esa clase ejerce sobre mí la fascinación de lo desconocido. Lo conozco a usted, la conocía de vista a ella. Llegué incluso en una o dos ocasiones a conversar con esa señorita. Pues bien, me agradaría muchísimo oír de sus propios labios y con toda exactitud, cuanto ocurrió entre ustedes.
—No le diré una sola palabra.
—Perfectamente. Fue solo un capricho mío para ver si usted era capaz de descubrir un secreto con la misma facilidad con que esperaba que yo le descubriese el de la catacumba nueva. Yo no esperaba que usted revelase el suyo, y no debe esperar que yo revele el mío. Bueno, el reloj de San Juan está dando las diez. Es ya hora de que me retire a mi casa.
—No, Burger. Espere un poco —exclamó Kennedy—. Es verdaderamente un capricho ridículo suyo el querer saber detalles de un lío amoroso que acabó hace ya meses. Ya sabe que al hombre que besa a una mujer y lo cuenta, lo consideramos como el mayor de los cobardes y de los villanos.
—Desde luego —dijo el alemán, recogiendo su canastilla de antigüedades—, y lo es cuando se refiere a alguna muchacha de la que nadie sabe nada. Pero bien sabe usted que el caso del que hablamos fue la comidilla de Roma, y que con aclararlo no perjudica en nada a miss Mary Saunderson. De todos modos, yo respeto sus escrúpulos. Buenas noches.
—Espere un momento, Burger—dijo Kennedy, apoyando su mano en el brazo del otro—. Tengo un interés vivísimo en el asunto de esa catacumba y no renuncio así como así. ¿Por qué no me pregunta sobre alguna otra cosa? Sobre algo que no resulte tan fuera de lugar.
—No, no. Usted se ha negado, y no hay más que hablar—contestó Burger con la canastilla bajo el brazo—. Tiene usted mucha razón en no contestar, y yo también la tengo. Buenas noches, pues, otra vez, amigo Kennedy.

El inglés vio cómo Burger cruzaba la habitación; pero hasta que el alemán no tuvo la mano en el picaporte no le gritó, con el acento de quien se decide de pronto a sacar el mejor partido de algo que no puede evitar.

—No siga adelante, querido amigo. Creo que eso que hace es una ridiculez; pero, puesto que es usted así, veo que no tendré más remedio que pasar por su exigencia. Me repugna hablar acerca de ninguna muchacha; pero, como usted bien dice, el asunto ha corrido por toda Roma, y no creo que usted encuentre novedad alguna de cuanto yo pueda contarle. ¿Qué es lo que quería saber?
El alemán volvió a aproximarse a la estufa, y dejando en el suelo la canastilla, se arrellanó nuevamente en su sofá, diciendo:
—¿Puedo servirme otro cigarro? ¡Muchas gracias! Nunca fumo mientras me dedico al trabajo; pero saboreo mucho más una charla si saboreo al mismo tiempo un cigarro. A propósito de esa señorita con la que tuvo su pequeña aventura, ¿qué diablos ha sido de ella?
—Está en Inglaterra, con su familia.
—¡Vaya! ¿De modo que en Inglaterra y con su familia?
—Sí.
—¿En qué parte de Inglaterra? En Londres, quizá.
—No, en Twickenham.
—Mi querido Kennedy, tendrá que saber disculpar mi curiosidad, y atribúyala a mi ignorancia del mundo. Desde luego que resulta asunto sencillo el convencer a una señorita joven de que se fugue con uno durante tres semanas y entregarla luego a sus familiares de.... ¿cómo dijo que se llama la población?
—Twickenham.
—Eso es; Twickenham. Pero es algo que se sale tan por completo de todo lo que yo he hecho, que no consigo imaginarme siquiera cómo se las arregló usted. Por ejemplo, si hubiese estado enamorado de esa joven, es imposible que ese amor desapareciese en tres semanas, de modo que me imagino que nunca la amó. Pero si no la amaba, ¿para qué levantó usted semejante escándalo, que ha redundado en su propio daño y que ha arruinado la vida de ella?
Kennedy contempló malhumorado el rojo de la estufa y dijo:
—Desde luego que hay lógica en esa manera de encarar el problema. La palabra amor es de mucha envergadura y corresponde a muchísimos matices distintos del sentimiento. La muchacha me gustó. Ya sabe todo lo encantadora que podía parecer, puesto que la conoció y le habló. La verdad es que, volviendo la vista hacia el pasado, estoy dispuesto a reconocer que nunca sentí por ella un verdadero amor.
—Pues entonces, mi querido Kennedy, ¿por qué lo hizo.
—Por lo mucho que la cosa tenía de aventura.
—¡Cómo! ¿Tanta afición tiene usted a las aventuras?
—¿Qué es lo que quita monotonía a la vida sino ellas? Si empecé a galantearla fue por puro afán de aventura. Hubo tiempos en que perseguí mucha caza mayor, pero le aseguro que no hay caza como la de una mujer bella. En este caso estaba también la pimienta de la dificultad, porque, como era la acompañante de lady Emily Rood, resultaba casi imposible entrevistarse con ella a solas. Y para colmo de obstáculos que daban atractivo a la empresa, ella misma me dijo a la primera de cambio que estaba comprometida.
—Mein Gott!¿Con quién?
—No dio el nombre.
—Yo no creo que nadie esté enterado de ese detalle. ¿De modo que fue eso lo que dio mayor fascinación a la aventura?
—La salpimentó, por lo menos. ¿No opina usted lo mismo?
—Le vuelvo a decir que yo estoy en ayunas en esos asuntos.
—Mi querido camarada, usted puede recordar por lo menos que la manzana que hurtó del huerto de su vecino le pareció siempre más apetitosa que la del suyo propio. Y después de eso, me encontré con que ella me quiso.
—¿Así? ¿De sopetón?
—¡Oh, no! Me llevó por lo menos tres meses de labor de zapa y ataque. Pero la conquisté, por fin. La muchacha comprendió que el estado de separación judicial en que me encuentro con respecto a mi esposa, me imposibilitaba para entrar con ella por el camino legal. Pero se fugó conmigo, a pesar de todo, y mientras duró la aventura lo pasamos estupendamente.
—Pero ¿y el otro?
Kennedy se encogió de hombros, y contestó:
—Yo creo que es un caso de supervivencia de los mejores. Si él hubiese sido el mejor de los dos, ella no lo habría abandonado. Pero basta ya del tema, porque ha llegado a hastiarme.
—Sólo otra pregunta: ¿cómo se desembarazó de ella a las tres semanas?
—En ese tiempo, como usted comprenderá, ya había bajado un poco nuestra temperatura. Ella se negó a regresar a Roma, no queriendo reanudar el trato con quienes la conocían. Pues bien; Roma es una cosa indispensable para mí, y ya me dominaba la nostalgia de volver a mis tareas. Como verá, existía una razón potente para separamos. Aparte de eso, y cuando estábamos en Londres, su anciano padre se presentó en el hotel, y tuvimos una escena desagradable. Total, que la aventura tomó el peor cariz, y yo me alegré de darla por terminada, aunque al principio eché terriblemente de menos a la muchacha. Bien, ya está. Cuento con que usted no repetirá ni una palabra de lo que acabo de contarle.
—Ni en sueños se me ocurriría tal cosa, Kennedy. Pero todo eso me ha interesado mucho, porque me proporciona una visión de las cosas completamente distinta dc la que yo acostumbro, debido a que conozco poco la vida. Y después de eso, querrá que yo le hable de mi catacumba nueva. No merece la pena de que yo trate de describírsela, porque con mis datos verbales jamás llegaría usted a encontrarla. Lo único que viene al caso es que le lleve a ella.
—Sería una cosa magnífica.
—¿Cuándo le gustaría ir?
—Cuanto antes, mejor. Me muero por visitarla.
—Pues bien; hace una noche espléndida, aunque un poquitín fría. Podemos emprender la excursión dentro de una hora. Es preciso que adoptemos toda clase de precauciones para que el descubrimiento no trascienda de nosotros dos. Si alguien nos viera salir en pareja a explorar, sospecharía que algo está en marcha.
—Desde luego—contestó Kennedy—. Toda precaución es poca. ¿Queda lejos?
— A unas millas de aquí.
—¿No será mucha distancia para hacerla a pie?
—Al contrario, podemos ir paseando sin dificultad.
—Entonces, eso es lo mejor. Si un cochero nos dejara a noche cerrada en algún sitio solitario, le entrarían recelos.
—Así es. Creo que lo mejor que podemos hacer es citarnos para las doce de la noche en la Puerta de la Vía Appia. Yo necesito regresar a mi domicilio para proveerme de cerillas, velas y todo lo demás.
—¡Magnífico, Burger! Es usted verdaderamente amable en acceder a revelarme este secreto, y le prometo no escribir nada al respecto hasta después de que haya publicado su memoria. ¡Hasta luego, pues! A las doce me encontrará en la puerta.

Cuando Burger, embozado en un capote de estilo italiano y con una linterna colgando de su mano derecha, llegó al lugar de la cita, vibraban por la fría y clara atmósfera de la noche, las notas musicales de las campanas de aquella ciudad de los mil relojes. Kennedy salió de la oscuridad y se le acercó. El alemán le dijo riendo:

—Es usted tan apasionado para el trabajo como para el amor.
—Tiene razón, porque llevo esperándolo casi media hora.
—Espero que no habrá dejado ninguna clave que permita a otros suponer a qué lugar nos dirigimos.
—No soy tan estúpido como para eso. Además, el frío se me ha metido hasta los huesos. Vamos andando, Burger, y entremos en calor con una rápida caminata.

Las pisadas de ambos resonaban ágiles sobre el tosco pavimento de piedra de la lamentable vía, único resto que queda de la carretera más célebre del mundo. No tuvieron mayores encuentros que el de un par de campesinos que marchaban de la taberna a su casa, y algunos carros de otros que llevaban sus productos al mercado de Roma. Avanzaron, pues, con rapidez por entre las tumbas colosales que asomaban de entre la oscuridad a uno y otro lado. Cuando llegaron a las Catacumbas de San Calixto y vieron alzarse frente a ellos, sobre el telón de fondo de la luna naciente, el gran bastión circular de Cecilia Metella, se detuvo Burger, llevándose la mano a un costado.
—Sus piernas son más largas que las mías y está más acostumbrado a caminar—dijo riéndose—. Me parece que el sitio en que tenemos que desviarnos queda por aquí. Sí, en efecto, hay que doblar la esquina de esa trattoria. El sendero que sigue es muy estrecho, de manera que quizá sea preferible que yo marche adelante.

Había encendido su linterna. Alumbrados por su luz pudieron seguir por una huella angosta y tortuosa que serpenteaba por las tierras pantanosas de la campaña. El enorme Acueducto de Roma se alargaba igual que un gusano monstruoso por el claro de luna, y su camino pasaba por debajo de uno de los descomunales arcos, dejando a un lado la circunferencia del muro de ladrillos en ruinas de un viejo anfiteatro. Burger se detuvo, al fin, junto a un solitario establo de madera, y sacó de su bolsillo una llave. Kennedy, al verlo, exclamó:

—¡No es posible que su catacumba esté dentro de una casa!
—La entrada sí que lo está. Eso es precisamente lo que evita el peligro de que nadie la descubra.
—¿Está enterado el propietario?
—Ni mucho menos. Él fue quien hizo un par de hallazgos por los que yo deduje, casi con seguridad, que la casa estaba construida sobre la entrada de una catacumba. En vista de eso, se la alquilé y realicé yo mismo las excavaciones. Entre usted, y cierre luego la puerta.
Era una construcción larga y vacía, con los pesebres de las vacas a lo largo de una de las paredes. Burger depositó su linterna en el suelo y la tapó con su gabán, salvo en un solo sentido, diciendo:
—Podría llamar la atención, si alguien viese luz en un lugar abandonado como éste. Ayúdeme a levantar esta plataforma de tablas.

Entre el suelo y las tablas había, en el ángulo, algo de holgura, y los dos sabios fueron levantándolas una a una y colocándolas de pie, apoyadas en la pared. Se veía en el fondo una abertura cuadrada y una escalera de piedra antigua, por la que se descendía a las profundidades de la caverna.

—¡Tenga cuidado! —gritó Burger, al ver que Kennedy, aguijoneado por la impaciencia, se lanzaba escaleras abajo—. Es una verdadera madriguera de conejos, y quien se extravíe en su interior, tiene cien probabilidades contra una de quedarse dentro. Espere a que yo traiga la luz.
—Si tan complicada es, ¿cómo se las arregla para orientarse?
—Pasé al principio verdaderos momentos de angustia, pero poco a poco he aprendido a ir y venir con seguridad. Las galerías están construidas con cierto sistema, pero una persona desorientada y sin luz no sabría salir. Aun ahora llevo mis prevenciones hasta el punto de que, cuando me adentro mucho, voy soltando un rollo de cable fino. Usted mismo puede ver, desde donde está, que la cosa es complicada. Pues bien, cada uno de esos pasillos se divide y subdivide en una docena más antes de las próximas cien yardas.

Habían bajado unos veinte pies desde el nivel de los establos y se encontraban dentro de una cámara cuadrada, excavada en la blanda piedra caliza. La linterna proyectaba sobre las agrietadas paredes una luz oscilante, intensa en el suelo y débil en lo alto. De este centro común irradiaban negras bocas en todas las direcciones. Burger dijo:

—Sígame de cerca, amigo mío. No se entretenga mirando nada de lo que se ofrece en nuestro camino, porque en el sitio al que lo conduzco encontrará todo lo que por aquí pueda ver y otras muchas cosas. Ahorraremos tiempo marchando hasta allí directamente.

Avanzó Burger con resolución por uno de los pasiIlos, y detrás de él Kennedy, pisándole los talones. De trecho en trecho, el pasillo se bifurcaba; pero era evidente que Burger seguía algún propio sistema suyo de señales secretas, porque nunca se detenía ni dudaba. Por todas partes, a lo largo de las paredes, los cristianos de la antigua Roma yacían en huecos que recordaban las literas de un buque de emigrantes. La amarilla luz se proyectaba vacilante sobre los arrugados rasgos faciales de las momias, resbalando sobre las redondeces de los cráneos y de las canillas, largas y blancas, de los brazos cruzados sobre los descarnados pechos. Kennedy miraba con ojos ansiosos, sin dejar de avanzar, las inscripciones, los vasos funerarios, las pinturas, las ropas y los utensilios que seguían en el mismo sitio en que los colocaron manos piadosas muchos siglos antes. Comprendió con toda claridad, sólo con esos ojeadas que lanzaba al pasar, que aquella catacumba era la más antigua y la mejor, y que encerraba una cantidad de restos romanos superior a todo lo que hasta entonces se había podido ofrecer en un mismo lugar a la observación en los investigadores.

—¿Que ocurriría si se apagara la luz? —preguntó, mientras avanzaba apresuradamente.
—Tengo de reserva en el bolsillo una vela y una caja de cerillas. A propósito, Kennedy, ¿tiene usted cerillas?
—No, sería bueno que usted me diese algunas.
-¡Bah!, no es necesario, porque no hay ninguna posibilidad de que nos separemos el uno del otro.
—¿Vamos a penetrar muy adentro? Creo que llevamos ya avanzado por lo menos un cuarto de milla.
—Yo creo que más. La verdad es que el espacio que ocupan las tumbas no tiene límites o, por lo menos, yo no he encontrado todavía el final. Este sitio en que ahora entramos es muy complicado, de modo que voy a emplear nuestro rollo de cuerda fina.

Ató una extremidad de la soga a una piedra saliente y puso el rollo en el pecho de su chaqueta, dando cuerda a medida que avanzaban. Kennedy comprendió el requerimiento, porque los pasillos eran cada vez más complicados y tortuosos, formando una perfecta red de galerías cortadas entre sí. Desembocaron, por fin, en un amplio salón circular en el que se veía un pedestal cuadrado de toba, recubierta en la parte superior con una losa de mármol. Burger hizo balancear su linterna sobre la superficie marmórea, y Kennedy exclamó como en un éxtasis:

—¡Por Júpiter! Éste es un altar cristiano. Probablemente el más antiguo de cuantos existen. He aquí, grabada en un ángulo, la crucecita de la consagración. Este salón circular sirvió sin duda de iglesia.
—¡Exactamente! —dijo Burger—. Si yo dispusiera de más tiempo, me gustaría enseñarle todos los cuerpos enterrados en los nichos de estas paredes, porque son de los primeros papas y obispos de la iglesia, y fueron enterrados con sus mitras, báculos y todas sus insignias canónicas. Acérquese a mirar ése que hay allí.
Kennedy cruzó el salón y se quedó contemplando la fantasmal cabeza, que quedaba muy holgada dentro de la mitra hecha jirones y comida por la polilla.
—Esto es interesantísimo —exclamó, y pareció que su voz resonaba con fuerza en la concavidad de la bóveda—. En lo que a mí concierne, es algo único. Acérquese con la linterna, Burger, porque quiero examinar todos estos nichos.
Pero el alemán se había alejado hasta el lado contrario de aquel salón, y estaba de pie en el centro de un círculo de luz.
—¿Sabe usted la cantidad de vueltas y más vueltas equivocadas que hay desde aquí hasta las escaleras? —preguntó—. Son más de dos mil. Sin duda, los cristianos recurrieron a ese sistema como medio de protección. Hay dos mil probabilidades contra una de que, incluso disponiendo de una luz, consiga una persona salir de aquí; pero si tuviese que hacerlo moviéndose entre tinieblas, le resultaría muchísimo más difícil.
—Así lo creo también.
—Además, estas tinieblas son cosa de espanto. En una ocasión quise hacer un experimento para comprobarlo. Vamos a repetirlo ahora.

Burger se inclinó hacia la linterna, y un instante después Kennedy sintió como que una mano invisible le oprimía con gran fuerza los dos ojos. Hasta entonces no había sabido lo que era oscuridad. Esta de ahora parecía oprimirlo y aplastarlo. Era un obstáculo sólido, cuyo contacto evitaba el avance del cuerpo. Kennedy alargó las manos como para empujar lejos de él las tinieblas, y dijo:

—Basta ya, Burger. Encienda otra vez la luz.
Pero su compañero rompió a reír, y dentro de aquella habitación circular, la risa parecía proceder de todas partes al mismo tiempo. El alemán dijo después:
—Amigo Kennedy, parece que se siente usted inquieto.
—¡Venga ya, hombre, encienda la luz! —exclamó Kennedy con impaciencia.
—Es una cosa extraña, Kennedy, pero yo sería incapaz de decir en qué dirección se encuentra usted guiándome por la voz. ¿Podría usted decir dónde me encuentro yo?
—No, porque parece estar en todas partes.
—Si no fuese por esta cuerdecita que tengo en mi mano, yo no tendría la menor idea del camino que debo seguir.
—Lo supongo. Encienda una luz, hombre, y dejémonos ya de tonterías.
—Pues bien, Kennedy, tengo entendido que hay dos cosas a las que es usted muy aficionado. Una de ellas es la aventura, y la otra, el que tenga obstáculos que vencer. En este caso, la aventura ha de consistir en que usted se las arregle para salir de esta catacumba. El obstáculo consistirá en las tinieblas y en los dos mil ángulos equivocados que hacen difícil esa empresa. Pero no necesita darse prisa, porque dispone de tiempo en abundancia. Cuando haga un alto de cuando en cuando para descansar, me agradaría que usted se acordase precisamente de miss Mary Saunderson, y que reflexionara en si se portó usted con ella con toda decencia.
—¿A dónde va usted a parar con eso, maldito demonio?—bramó Kennedy.

Había empezado a correr de un lado para otro, moviéndose en pequeños círculos y aferrándose con ámbas manos a la sólida oscuridad.

—Adiós—dijo la voz burlona, ya desde alguna distancia—. Kennedy, basándome en su misma exposición del asunto, la verdad es que no creo que usted hizo lo que debía en lo relativo a esa muchacha. Sin embargo, hay un pequeño detalle que usted, por lo visto, no conoce, y que yo estoy en condiciones de proporcionárselo. Miss Saunderson estaba comprometida para casarse con un pobre diablo, con un desgarbado investigador que se llamaba Julius Burger.

Se oyó en alguna parte un rozamiento, un vago sonido de un pie que golpeaba en una piedra, y de pronto cayó el silencio sobre aquella iglesia cristiana de la antigüedad. Fue un silencio estancado, abrumador, que envolvió por todas partes a Kennedy, lo mismo que el agua envuelve a un hombre que se está ahogando.

Unos dos meses después corrió por toda la prensa europea el siguiente relato: El descubrimiento de la catacumba nueva de Roma es uno de los más interesantes entre los de los últimos años. La catacumba se encuentra situada a alguna distancia, hacia el Oriente, de las conocidas bóvedas de San Calixto. El hallazgo de este importante lugar de enterramientos, extraordinariamente rico en interesantísimos restos de los primeros tiempos del cristianismo, se debe a la energía e inteligencia del joven especialista alemán doctor Julius Burger, que se está colocando rápidamente en primer lugar como técnico en los temas de la Roma antigua. Aunque el doctor Burger haya sido el primero en llevar al público la noticia de su descubrimiento, parece que otro aventurero con menos suerte se le adelantó. Unos meses atrás desapareció repentinamente de las habitaciones que ocupaba en el Corso, el conocido investigador inglés míster Kennedy. Se hicieron conjeturas asociando esa desaparición con el escándalo social que tuvo lugar poco antes, suponiéndose que se habría visto por ello impulsado a abandonar Roma. Por lo que ahora se ve, dicho señor fue víctima del fervoroso amor a la arqueología, que lo había elevado a un plano distinguido entre los investigadores actuales. Su cadáver ha sido descubierto en el corazón de la catacumba nueva, y del estado de sus pies y de sus botas se deduce que caminó días y días por los tortuosos pasillos que hacen de estas tumbas subterráneas un lugar peligroso para los exploradores. Por lo que se ha podido comprobar, el muerto, llevado de una temeridad inexplicable, se metió en aquel laberinto sin llevar consigo velas ni cerillas, de modo que su lamentable desgracia fue un resultado lógico de su propia precipitación. Lo más doloroso del caso es que el doctor Julius Burger era íntimo amigo del difunto, por lo que su júbilo ante el extraordinario descubrimiento que ha tenido la suerte de hacer se ha visto grandemente mellado por el espantoso final de su camarada y compañero de trabajos.

Los nuevos Adán y Eva. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Nosotros, que hemos nacido dentro del sistema artificial del mundo, nunca podremos saber adecuadamente lo poco que hay de natural en nuestro estado y circunstancias presentes, y cuánto se debe simplemente la interpolación de la mente y el corazón pervertidos del hombre. El arte se ha convertido en una segunda naturaleza, más potente; es una madrastra cuya ternura astuta nos ha enseñado a despreciar los servicios bondadosos y sanos de nuestros padres auténticos. Sólo mediante la imaginación podemos debilitar esos grilletes de hierro, a los que llamamos verdad y realidad, y darnos cuenta aunque sólo sea parcialmente de hasta qué punto somos prisioneros. Por ejemplo, supongamos que se ha demostrado cierta la interpretación que de las profecías hacía el buen padre Miller. El día del Juicio Final ha estallado sobre el globo barriendo por completo la raza de los hombres. En las ciudades y en los campos, en las costas y en las regiones montañosas del interior, en los vastos continentes y hasta en las islas más remotas de los océanos han desaparecido todos los seres vivos. Ningún aliento de un ser creado turba esta atmósfera terrenal. Pero las moradas del hombre y todo lo que éste ha logrado, las huellas de sus andaduras y los resultados de su trabajo, los símbolos visibles de su esfuerzo intelectual y su progreso moral —en resumen, todo lo físico que puede dar prueba de su posición actual— permanecerá sin ser tocado por la mano del destino. Entonces, para que hereden y vuelvan a poblar esta tierra desértica y vacía, supongamos que han sido creados un nuevo Adán y una nueva Eva con pleno desarrollo de la mente y el corazón, pero sin el conocimiento de sus predecesores ni de las circunstancias enfermas que se han incrustado a su alrededor. Esa pareja distinguiría enseguida entre arte y naturaleza. Su instinto e intuición reconocerían inmediatamente la sabiduría y simplicidad de la última; mientras que la primera, con sus perversidades elaboradas, les ofrecería una continua sucesión de enigmas.

Intentemos, mitad como diversión y mitad seriamente, seguir a esos herederos imaginarios de nuestra mortalidad a lo largo de su experiencia del primer día. Sólo ayer se extinguió la llama de la vida humana; una noche entera ha transcurrido sin aliento; y ahora se acerca otra mañana esperando encontrar la tierra tan desolada como en la tarde anterior.

Ha amanecido. El este adopta su rubor inmemorial aunque ningún ojo humano lo esté contemplando; pues todos los fenómenos del mundo natural se renuevan a pesar de la soledad que se extiende ahora por el globo. Todavía hay belleza en la tierra, el mar y el cielo, por la belleza misma. Pero pronto habrá espectadores. Exactamente cuando el primer rayo de sol cubre de oro las cumbres de las montañas de la tierra, cobran vida dos seres, pero no en un edén que ha florecido para dar la bienvenida a nuestros primeros padres, sino en el corazón de una ciudad moderna.

Descubren que existen y se miran a los ojos. Su emoción no es asombro; tampoco se sienten perplejos por el esfuerzo de descubrir qué son, de dónde vienen y por qué están ahí. Cada uno se satisface con el hecho de ser, porque el otro existe igualmente; y su primera conciencia es de calma y gozo mutuo, que no les parece haber nacido en ese mismo momento, sino prolongarse desde una eternidad pasada. Así, contentos con una esfera interior que habitan conjuntamente, de inmediato el mundo exterior no les turba en esa observación.

Sin embargo, muy pronto sienten la necesidad invencible de esta vida terrenal y empiezan a reconocer los objetos y circunstancias que les rodean. Quizás el paso más decisivo que tengan que dar se produzca cuando por primera vez se apartan de la realidad de su mirada mutua para pasar a los sueños y sombras que les confunden en todos los otros lugares.

—Dulcísima Eva, ¿dónde estamos? —pregunta el nuevo Adán, pues el lenguaje, o algún modo de expresión equivalente, ha nacido con ellos y se produce tan naturalmente como la respiración—. Creo que no reconozco este lugar.

—Tampoco yo, querido Adán —contesta la nueva Eva—. ¡Y qué extraño es! ¡Permite que me acerque a tu lado para contemplarte sólo a ti; pues todo lo demás que veo turba y confunde mi espíritu!
—No, Eva —contesta Adán, que parece tener una tendencia más fuerte hacia el mundo material—. Será bueno que aprendamos un poco de estas cosas. Aquí nos encontramos en una situación extraña. Observemos lo que nos rodea.

Seguramente lo que ven es suficiente para colocar a los nuevos herederos de la tierra en un estado de perplejidad sin esperanza. ¡Las largas líneas de edificios, con las ventanas brillando en el amanecer amarillo, y la calle estrecha en medio, con su pavimento vacío que había sido recorrido y golpeado por ruedas que ahora traquetean en un pasado irrevocable! ¡Las señales, jeroglíficos ininteligibles! ¡La deformidad cuadrada y fea, regular o irregular, de todo lo que encuentra el ojo! ¡Las marcas de desgaste y de decadencia y falta de renovación que distinguen las obras del hombre del crecimiento de la Naturaleza! ¿Qué hay en todo esto que sea capaz de producir el más ligero significado en unas mentes que no saben nada del sistema artificial implicado en cada farol o en cada ladrillo de las casas? Además, la soledad y el silencio absolutos en un escenario que originalmente surgía del ruido y el ajetreo tiene que producir necesariamente un sentimiento de desolación incluso en Adán y Eva, que no pueden sospechar que pertenecen a la existencia humana recientemente extinta. En un bosque, la soledad sería vida; pero en una ciudad es muerte.

La nueva Eva mira a su alrededor con una sensación de duda y desconfianza, lo mismo que una dama de ciudad, hija de innumerables generaciones de ciudadanos, experimentaría si de pronto se viera transportada al jardín del Edén. Finalmente, bajando la mirada descubre una pequeña mata de hierba que empieza a brotar entre las piedras del pavimento; la coge ilusionada y se da cuenta de que esa pequeña mata de hierba despierta alguna respuesta dentro de su corazón. La Naturaleza no encuentra ninguna otra cosa que ofrecerle. Adán, tras mirar la calle arriba y abajo sin detectar un solo objeto que pueda entender, vuelve finalmente su r frente hacia el cielo. Allí hay, ciertamente, algo que su alma interior reconoce.

—Mira allí, Eva mía —grita—. Seguramente deberíamos habitar entre esas nubes de tonos dorados o en el azul profundo que hay tras ellas. No sé cómo ni cuándo, pero evidentemente nos hemos alejado de nuestra casa; pues aquí no veo nada que parezca pertenecemos.
—¿Y no podremos subir allí? —pregunta Eva.
—¿Por qué no? —contesta Adán con esperanza—. Pero no; hay algo que nos sujeta aquí abajo a pesar de nuestros esfuerzos. Quizás después podamos encontrar un camino.

Con la energía de la nueva vida la ascensión al cielo no parece una hazaña imposible. Pero ya han recibido una triste lección que puede acabar por reducirles al nivel de la raza desaparecida, cuando reconozcan la necesidad de seguir los caminos de tierra batida. Comienzan a pasear por la ciudad con la esperanza de encontrar la salida de esa esfera desagradable. A pesar de la elasticidad reciente de sus espíritus, han descubierto ya la idea del aburrimiento. Les observamos entrar en algunas tiendas y edificios públicos o privados; pues todas las puertas, ya sean de un concejal o de un mendigo, de una iglesia o de un edificio estatal, han quedado totalmente abiertas por el mismo agente que acabó con quienes en ellas vivían.

Sucede entonces que hacen la primera visita a unos almacenes de artículos de moda, lo que es afortunado pues Adán y Eva siguen llevando unos vestidos más convenientes para el Edén. No hay dependientes corteses pero inoportunos que se apresuren a recibir sus pedidos; no hay una multitud de damas revolviendo entre las elegantes telas parisinas. Todo está desértico; el comercio se ha detenido y ni siquiera un eco del santo y seña nacional, el «¡pasen ustedes!» perturba la tranquilidad de los nuevos clientes. Pero hay muestras de las últimas modas terrenales, sedas de todos los tonos, y lo que hay de más delicado o espléndido para la decoración de la forma humana esparcido por alrededor con la misma abundancia que las hojas brillantes del otoño en un bosque. Adán examina algunos artículos, pero los aparta descuidadamente con cualquier exclamación que en el nuevo vocabulario de la Naturaleza corresponda a un «¡puaf!» o un «¡bah!». Sin embargo Eva —y dicho sea esto sin ofender a su pudor original— examina estos tesoros de su sexo con un interés más pronunciado. Sobre el mostrador había un par de corsés; los examina con curiosidad, pero no sabe qué puede hacer con ellos. Coge luego una seda de moda mientras en la oscuridad se mueven a tientas anhelos oscuros, pensamientos que van de aquí para allá, instintos.

—En general no me gusta —comenta ella dejando sobre el mostrador la tela brillante—. Pero es muy extraño, Adán. ¿Qué pueden significar estas cosas? Seguramente debería saberlo; es como si me introdujeran en un laberinto.
—¡Bah! Mi querida Eva, ¿por qué inquietar tu cabecita con esas tonterías? — pregunta Adán en un ataque de impaciencia—. Vayámonos a otra parte. Pero un momento... ¡fíjate qué hermoso! ¡Mi queridísima Eva, qué encanto has dado a esa túnica sólo con ponértela por encima de los hombros!

Pues Eva, con el gusto que la Naturaleza había introducido en su composición, se ha envuelto en unos restos de esa exquisita gasa plateada, produciendo un efecto que da a Adán su primera idea acerca del embrujo del vestido. Contempla a su esposa bajo una luz nueva y con una admiración renovada; pero difícilmente se acomodaba con algo que no fuera los cabellos dorados de Eva. No obstante, emulando el ejemplo de ésta coge un manto de terciopelo azul y se lo pone tan pintorescamente que podría parecer que le había caído desde el cielo sobre su imponente figura. Así vestidos, salieron en busca de nuevos descubrimientos.

Entraron después en una iglesia, pero no para exhibir sus hermosas ropas, sino atraídos por su aguja que señalaba hacia el cielo, al que deseaban ya ascender. Al cruzar la puerta un reloj, al que había dado cuerda el sacristán en su último acto terrenal, dio la hora con tono profundo y reverberante; pues el tiempo ha sobrevivido a su anterior progenie y con la lengua de hierro que le dio el hombre está hablando ahora a sus dos nietos. Ellos le escuchan, pero no le entienden. La Naturaleza mediría el tiempo por la sucesión de pensamiento y actos que constituyen la vida real, y no por las horas de vaciedad. Ascienden por la nave lateral de la iglesia y elevan la mirada al techo. Si nuestro Adán y Eva hubieran sido mortales de alguna ciudad europea y se hubieran perdido en la amplitud y en lo sublime de una catedral antigua, habrían reconocido el propósito con el que la levantaron sus fundadores de almas profundas. Lo mismo que el horror oscuro de un bosque antiguo, su misma atmósfera les habría incitado a rezar.

Pero no podía darse esa influencia dentro de las pequeñas paredes de una iglesia metropolitana. Sin embargo, alguna fragancia de la religión permanece todavía allí, el legado de las almas piadosas que recibieron la gracia de disfrutar de un anticipo de la vida inmortal. Quizás alentaron la profecía de un mundo mejor para sus sucesores, aunque les habrían resultado detestables todas las preocupaciones y calamidades del mundo presente. Eva, hay algo que me impulsa a mirar hacia arriba; pero me inquieta ver ese techo entre nosotros y el cielo. Sigamos avanzando y quizás vislumbremos un Gran rostro mirándonos.

—Sí; un Gran rostro con un haz de amor brillante sobre él, como la luz de sol. —respondió Eva—. Seguramente hemos visto ese semblante en alguna parte.

Salieron de la iglesia y, arrodillándose en el umbral, dieron salida al natural instinto de adoración del espíritu hacia un Padre benefactor. Pero en realidad su vida había sido hasta entonces una oración continua. La pureza y la simplicidad mantienen una conversación constante con su Creador.

Les vemos entrar ahora en un Tribunal de Justicia. Pero ¿pueden tener la más remota concepción de los propósitos de tal edificio? ¿Cómo puede ocurrírseles la idea de que sus hermanos humanos, de naturaleza semejante a la de ellos, e incluidos originalmente en la misma ley del amor que es la única norma de su vida, hubieran necesitado alguna vez un refuerzo exterior de la verdadera voz interior de sus almas? ¿Y qué podrían enseñarles los tristes misterios del crimen salvo una experiencia triste, resultado oscuro de muchos siglos? ¡Ay, Sede del Juicio, no fuiste establecida para los puros de corazón, ni para la simplicidad de la Naturaleza, sino para los hombres duros y llenos de arrugas, y para el montón acumulado de los errores terrenales. Tú eres el símbolo mismo del estado pervertido del hombre.

En un paseo vano, nuestros caminantes visitan después una Cámara Legislativa, y Adán coloca a Eva en la silla del portavoz, sin darse cuenta de la moral que de ese modo ejemplifica. ¡El intelecto del hombre moderado por la ternura y el sentido moral de la mujer! Si de esa manera se legislara el mundo no habría necesidad de cámaras legislativas, capitolios, parlamentos y ni siquiera de esas pequeñas asambleas de patriarcas que se celebraban bajo la sombra de los árboles y por medio de las cuales la libertad fue interpretada por primera vez a la humanidad en nuestras costas nativas.

¿Adónde fueron después? Un destino perverso parece confundirlos presentándoles uno tras otro los acertijos que la humanidad plantea al universo errante, y deja sin resolver tras su propia destrucción. Entran en un edificio de severa piedra gris que está aislado en medio de los otros, triste incluso bajo la luz del sol, a la que apenas deja penetrar a través de las ventanas enrejadas. Es una prisión. El carcelero ha abandonado el puesto al ser llamado por una autoridad superior a la del comisario. Pero ¿y los prisioneros? ¿Cuando el mensajero del destino abrió todas las otras puertas respetó la advertencia del magistrado y la sentencia del juez, y dejó que los internos de los calabozos fueran entregados para que siguiera su curso la ley terrenal? No; un juicio nuevo se había celebrado en un tribunal superior, que puede poner juntos al juez, al jurado y al prisionero, quizás encontrando que ninguno de ellos es menos culpable que los otros. La cárcel, como la tierra entera, es ahora soledad, y así ha perdido parte de su lóbrega tenebrosidad. Pero están allí las celdas estrechas como tumbas, aunque más resecas y mortales, porque en ellas el espíritu inmortal fue enterrado con el cuerpo. En las paredes aparecen inscripciones garabateadas con un lápiz o rascadas con una uña sucia; breves palabras de dolor, quizás, o el desafío desesperado del culpable contra el mundo, o simplemente el registro de una fecha con la que el autor se esforzaba por mantener la cuenta de la marcha de la vida. Ya no existe una mirada viva que pueda descifrar esos recuerdos.

Y salidos tan recientemente de la mano de su Creador, los nuevos habitantes de la tierra, y también sus descendientes durante mil años, no pueden descubrir que ese edificio fue un hospital para la peor enfermedad que podía afligir a sus predecesores.

Sus pacientes llevaban las marcas externas de esa lepra con la que todos estaban infectados en mayor o menor medida. Estaban enfermos, y eran los más puros de sus hermanos, con la plaga del pecado. ¡Una enfermedad ciertamente mortal! Sintiendo sus síntomas dentro del pecho, los hombres los ocultaban con miedo y vergüenza, mostrándose más crueles con aquellos desgraciados cuyas llagas pestíferas eran evidentes para el ojo común. Nada, salvo un vestido rico, podía ocultar la plaga. En el curso de la vida del mundo, se intentaron todos los remedios para curarla y extirparla, salvo el único, la flor que crecía en el cielo y era soberana sobre todas las miserias de la tierra. ¡El hombre no había intentado nunca curar el pecado por medio del AMOR! Si sólo una vez hubiera hecho ese esfuerzo, quizás no habría habido necesidad de ese lazareto oscuro por el que deambulaban Adán y Eva. ¡Apresuraos en vuestra inocencia para que las manchas húmedas de estas paredes todavía conscientes no os infecten y se propague así otra raza caída!

Pasando del interior de la prisión al espacio existente dentro de su muro exterior, Adán se detiene bajo una estructura de lo más simple, pero que para él es totalmente inexplicable. Se compone sólo de dos postes erguidos que sirven de apoyo a una viga transversal de la que cuelga una cuerda.

—¡Eva, Eva! —grita Adán estremeciéndose con un horror inexpresable— ¿Qué puede ser esto?
—No lo sé —responde Eva—. ¡Pero Adán, mi corazón se siente enfermo! ¡Parece como si no existiera ya el cielo... no hubiera luz del sol!

Bien podía Adán estremecerse, y la pobre Eva sentirse enferma, pues ese objeto misterioso era el símbolo del sistema de la humanidad para enfrentarse a las grandes dificultades que Dios le había dado para que solucionara: un sistema miedo y venganza, que nunca tuvo éxito pero que fue seguido hasta el final. A en la mañana de la cita final, un criminal —un criminal, cuando no había nadie que careciera de culpa—había muerto en la horca. Si el mundo hubiera oído los pasos que se acercaban de su propio destino, no habría sido inapropiado cerrar así, registro de sus actos con uno tan característico.

Los dos peregrinos se alejaron entonces presurosamente de la cárcel. Si hubieran sabido que los antiguos habitantes de la tierra estaban encerrados en un error artificial, inmovilizados y encadenados por sus perversiones, habrían comparado todo el mundo moral con una prisión, y habrían considerado que la eliminación de la raza era una libertad general en las cárceles.

Entraron después sin anunciarse, aunque habrían podido tocar en vano en el timbre de la puerta, en una mansión privada, una de las más majestuosas de Beacon Street. Unos compases musicales salvajes y quejumbrosos tiemblan por la casa, elevándose a veces como un sonido solemne de órgano, y otras disminuyendo hasta, convertirse en el más débil murmullo, como si algún espíritu interesado por la familia desaparecida se quejara en la soledad del salón y la cámara. Quizás una virgen, la más pura de la raza mortal, ha quedado atrás para cantar un réquiem por toda la humanidad. No es así. Son los tonos de un arpa eólica a través de la cual la Naturaleza vierte la armonía que yace oculta en cada aliento, ya sea una brisa veraniega o una tempestad. Adán y Eva se pierden en un embeleso que no se mezcla con la sorpresa. El viento pasajero que agitó las cuerdas del arpa se ha callado antes de que puedan pensar en examinar los muebles espléndidos, las alfombras vistosas y la arquitectura de las habitaciones. Estas cosas distraen sus ojos carentes de práctica, pero no evocan nada en sus corazones. Ni siquiera los cuadros que hay sobre las paredes excitan apenas un interés más profundo; pues en la pintura hay algo radicalmente artificial y engañoso con lo que no pueden simpatizar las mentes de simplicidad primigenia. Los huéspedes sin invitación examinan una fila de retratos familiares, aunque demasiado sombríos para reconocerlos como hombres y mujeres bajo el disfraz de un ropaje absurdo, y con los rasgos y la expresión degradados que han heredado a través de generaciones de decadencia física y moral.

Sin embargo el azar les presenta cuadros de belleza humana recién salidos de la mano de la Naturaleza. Al entrar en un magnífico apartamento se sorprenden, sin asustarse, al ver dos figuras que avanzan hacia ellos. ¿No resulta horrible imaginar que en el ancho mundo quedara alguna vida que no fuera la de ellos?

—¿Cómo es esto? —exclama Adán—. Mi hermosa Eva, ¿estás en dos sitios al mismo tiempo?
—¡Y tú también, Adán! —responde Eva, con vacilación, pero encantada—Seguramente esa forma noble y encantadora es la tuya. Y sin embargo, estás aquí a mi lado. Me contento con uno. Creo que no debería haber dos.

El milagro lo ha producido un espejo alto cuyo misterio enseguida descubren, pues la Naturaleza crea un espejo para el rostro humano en cada estanque de agua, y para sus propios y amplios rasgos en los lagos tranquilos. Complacidos y satisfechos de mirarse a sí mismos, descubren ahora en una esquina del salón la estatua de mármol de un niño tan exquisitamente idealizado que casi es digno de asemejarse proféticamente a su primer hijo. La escultura en su más alto grado de excelencia es más auténtica que la pintura y puede parecer que ha evolucionado de un germen natural, por la misma ley que una hoja o una flor. La estatua del niño impresiona a la pareja solitaria como si se tratara de un compañero; asimismo sugiere secretos del pasado y del futuro.

—¡Esposo mío! —susurra Eva.
—¿Qué dices, queridísima Eva? —pregunta Adán.
—Me pregunto si estaremos solos en el mundo —contesta ella con una sensación semejante al miedo al pensar en otros habitantes—. ¡Qué cuerpo tan pequeño y encantador! ¿Respiró alguna vez? ¿O es sólo la sombra de algo real, como nuestras imágenes en el espejo?
—¡Resulta extraño! —contesta Adán apretándose la frente con la mano—. Todo está lleno de misterios a nuestro alrededor. Hay una idea que pasa continuamente ante mí: ¡ojalá pudiera agarrarla! Eva, Eva ¿estamos pisando las huellas de seres que se asemejaban a nosotros? Si es así, ¿adónde han ido? ¿Y por qué su mundo es tan poco adecuado para que nosotros vivamos en él?
—Sólo nuestro gran Padre lo sabe —contesta Eva—. Pero algo me dice que no siempre estaremos solos. ¡Y qué dulce sería que otros seres nos visitaran en la forma de esa bella imagen!

Recorren después la casa y encuentran por todas partes señales de la vida humana, que ahora, con la idea que recientemente se les ha sugerido, provoca una curiosidad más profunda en sus pechos. La mujer ha dejado allí rastros de su delicadeza y refinamiento, y de sus amables trabajos. Eva registra una cesta de trabajo e instintivamente introduce en un dedal la punta rosácea de su dedo. Coge una pieza de encaje, en el que resplandecen flores de imitación, en una de las cuales ha dejado su aguja una hermosa dama de la raza desaparecida. ¡Qué pena que el Día del Juicio se hubiera anticipado a la finalización de una tarea tan útil! Eva se siente casi consciente de la habilidad para terminarla. Un piano ha quedado abierto. Pasa la mano descuidadamente sobre las teclas y toca repentinamente una melodía no menos natural que los compases del arpa eólica, pero gozosa con la danza de su vida todavía sin carga alguna. Cruzando una oscura entrada encuentran una escoba tras la puerta; y Eva, que comprende toda la naturaleza de la feminidad, tiene una idea oscura de que es un instrumento apropiado para su mano. En otra estancia ven una cama con dosel, y todos los instrumentos de un lujoso reposo. Un montón de hojas del bosque les serviría para ello más adecuadamente. Entran en el cuarto de los niños y se quedan perplejos al ver los pequeños batines y gorras, los zapatos diminutos y una cuna entre cuyos ropajes todavía puede verse la impresión de la forma de un bebé. Adán apenas si se da cuenta de esas menudencias, pero Eva entra en una especie de reflexión muda de la que apenas es posible sacarla.

Por una situación de lo más desafortunada iba a darse una gran fiesta en esa mansión el mismo día en el que toda la familia humana, incluyendo los invitados, fueron convocados a las desconocidas regiones del espacio ilimitado. En el momento fatal la mesa estaba ya puesta y el grupo a punto de sentarse. Sin que les hubieran invitado, Adán y Eva acuden al banquete; lleva ya algún tiempo frío, aunque les proporciona muestras espléndidas de la gastronomía de sus predecesores. Es difícil imaginar la perplejidad de esa pareja no pervertida al tratar de encontrar alimentos adecuados para su primera comida en una mesa en la que el apetito cultivado de un grupo selecto iba a ser gratificado. ¿Les enseñará la Naturaleza el misterio de un plato de sopa de tortuga? ¿Les dará la audacia de atacar una pata de carne de venado? ¿Les iniciará en los méritos de la pastelería parisina traída en el último vapor que cruzó el Atlántico? ¿O más bien no les hará apartarse con desagrado del pescado, las aves y la carne, que para su olfato puro exhalan un desagradable olor de muerte y corrupción?

¿Comida? El menú de ésta no contiene nada que ellos reconozcan como tal. Afortunadamente, sin embargo, el postre está preparado en una mesa vecina. Adán, en quien el apetito y los instintos animales son más rápidos que los de Eva, descubre ese banquete apropiado.

—Aquí, querida Eva —exclama—. Aquí hay comida.
—Estupendo —responde ella con el germen de un ama de casa agitándose en su interior—. Hemos estado tan atareados hoy que cualquier cosa nos servirá para la cena.

Eva se acerca a la mesa y recibe de la mano de su esposo una manzana roja como compensación del regalo fatal de su predecesora a nuestro antepasado común. La come sin pecado, y esperemos que sin consecuencias desastrosas para sus descendientes futuros. Toman una comida abundante aunque moderada de frutas, que si bien no han sido recogidas en el Paraíso, derivan legítimamente de las semillas que allí se plantaron. Su apetito principal ha quedado satisfecho.

—¿Qué beberemos, Eva? —pregunta Adán.

Eva mira entre algunas botellas y frascos que, al contener líquidos, piensa que es natural que resulten adecuados para apagar la sed. Pero jamás antes el clarete, el vino del Rin y el de Madeira, de ricos y raros perfumes, provocaron tal desagrado como ahora.

—¡Puah! —exclama tras oler varios vinos—. ¿Qué es lo que contendrán? Los seres que estuvieron antes que nosotros no debían poseer la misma naturaleza que la nuestra: pues ni su hambre ni su sed eran como las nuestras.
—Por favor, pásame esa botella —dice Adán—. Si un mortal puede beberla, humedeceré con ella mi garganta.

Tras algunas protestas, ella coge una botella de champán, pero se asusta por la explosión repentina del corcho y la deja caer al suelo. Allí efervece el licor que aún no han probado. De haberlo bebido habrían experimentado ese breve delirio con el que, excitado por causas morales o físicas, el hombre trataba de recompensarse por los placeres tranquilos y largos que había perdido al rebelarse contra la Naturaleza. Finalmente, en un refrigerador Eva encuentra una jarra de cristal de agua tan pura, fresca y brillante como la que salió nunca de una fuente entre las colinas. Los dos beben, y tan refrescados se sienten que se preguntan el uno al otro si ese líquido precioso no será idéntico al de la corriente de la vida que hay dentro de ellos.

—Y ahora tenemos que intentar descubrir qué tipo de mundo es éste, y por qué hemos sido enviados aquí —comenta Adán.
—¿Por qué? Para amarnos el uno al otro —contesta Eva—. ¿No es ésa tarea suficiente?
—Cierto que lo es —responde Adán besándola—. Pero aun así... no sé... algo nos dice que hay un trabajo que hacer. Quizás la tarea que se nos ha asignado no sea otra que la de ascender al cielo, que es mucho más hermoso que la tierra.
—Entonces estaríamos ya allí —murmura Eva—. ¡Esa tarea o deber habremos de realizarlo entre nosotros!

Abandonan la hospitalaria mansión y les vemos bajar por State Street. El reloj de la Cámara Legislativa marca más del mediodía, cuando la Bolsa debería estar en su gloria y presentar el símbolo más vivo de lo que era la única empresa de la vida, tal como la consideraban una multitud de personas mundanas desaparecidas. Ya ha pasado. El Sabat de la eternidad ha cubierto la calle con su quietud. Ni siquiera un vendedor de prensa asalta a los dos viandantes solitarios con un periódico extra de un penique recién salido de las oficinas del Times o el Mail, que contiene un relato completo de la terrible catástrofe de ayer. De todos los tiempos oscuros que han conocido comerciantes y especuladores, éste es el peor; pues por lo que a ellos concierne la creación misma ha optado por el beneficio de la bancarrota. Al fin y al cabo, es una pena. ¡Todos esos poderosos capitalistas que acababan de alcanzar la riqueza ansiada! ¡Esos perspicaces hombres del comercio que habían dedicado tantos años a la más intrincada y artificial de las ciencias, y apenas la habían dominado cuando la bancarrota universal fue anunciada con toque de trompeta! ¿Pudieron ser tan poco precavidos como para no proporcionar moneda del país adonde habían ido, ni facturas de cambios ni cartas de crédito de los necesitados en la tierra a los cajeros del cielo?

Adán y Eva entran en un banco. ¡No os sobresaltéis, los que tenéis allí atesorados vuestros fondos! Ahora ya no los necesitaréis nunca. No llaméis a la policía. Las piedras de la calle y las monedas de la bóveda valen igual para esa simple pareja. ¡Qué visión tan extraña! Cogen el oro brillante a puñados y lo arrojan por diversión al aire sólo para ver eso que brilla y que carece de valor descender de nuevo como si fuera lluvia. No saben que cada uno de esos pequeños círculos amarillos fue en otro tiempo un hechizo mágico, potente para influir en los corazones de los hombres y engañar su sentido moral. Dejémosles detenerse aquí en la investigación del pasado. Han descubierto la fuente principal, la vida, la esencia misma del sistema que se había convertido en vital para la humanidad, sofocando con su apretón mortal la naturaleza original de aquella.

¡Y qué falto de poder sobre estos jóvenes herederos de las riquezas acaparadas en la tierra! Y allí hay también enormes paquetes de billetes de banco, esas hojas de papel como talismanes que en otro tiempo tenían la eficacia de construir palacios encantados como exhalaciones, y fabricar todo tipo de maravillas peligrosas, y sin embargo no eran más que fantasmas del dinero, las sombras de una sombra. ¡Cómo se asemeja esa bóveda a la cueva de un mago cuando la varita de poder se ha roto, el esplendor visionario ha desaparecido, y el suelo se ha cubierto con los fragmentos de encantamientos despedazados y de formas sin vida que en otro tiempo estaban animadas por demonios!

—Por todas partes, mi querida Eva, encontramos montones de basura de un tipo u otro —comenta Adán—. Estoy convencido de que alguien se esforzó por coleccionarlas, ¿pero con qué propósito? Quizás más tarde nosotros hagamos lo mismo. ¿Es posible que sea ésa nuestra tarea en el mundo?
—¡Oh no, no, Adán! —responde Eva—. Sería mucho mejor sentarnos tranquilamente y mirar hacia el cielo.

Salen del banco, y a tiempo, pues si se hubieran retrasado más probablemente se habrían encontrado con algún duende viejo y gotoso de un capitalista cuya alma ya no podía estar en otra parte que no fuera la cámara acorazada en donde estaba su tesoro. Entran después en el taller de un joyero. Les gusta el brillo de las gemas; Adán entrelaza una cuerda de hermosas perlas alrededor de la cabeza de Eva, y se cierra su manto con un magnífico broche de diamantes. Eva se lo agradece y se mira con placer en el espejo más cercano. Poco después, observando un ramo de rosas y de otras flores brillantes en un jarrón con agua, tira las valiosísimas perlas y se adorna con esas gemas de la Naturaleza, más atractivas. Éstas satisfacen su sentimiento tanto como su belleza.

—Seguramente son seres vivos —comenta a Adán.
—Así lo creo —responde éste—. Y parecen encontrarse tan poco a gusto en el mundo como nosotros.

No debemos intentar seguir cada paso de estos investigadores, a quien su Creador ha encargado, sin que lo sepan, que juzguen las obras y los modos de la raza desaparecida. Para entonces, como están dotados de percepciones rápidas y precisas, empiezan a entender el propósito de muchas cosas que les rodean. Por ejemplo, conjeturan que los edificios de la ciudad fueron levantados no por la mano inmediata que hizo el mundo, sino por seres similares a ellos que buscaban abrigo y comodidad.

Pero ¿cómo explicarán la magnificencia de una morada en comparación con la miseria escuálida de otra? ¿Por qué medio podrá entrar en su mente la idea de la servidumbre? ¿Cuándo comprenderán el hecho importante y desgraciado —cuyas evidencias apelan a sus sentidos en todas partes— de que una parte de los habitantes perdidos de la tierra vivían en el lujo mientras la multitud se afanaba por conseguir una comida escasa? Ciertamente deberá producirse un desafortunado cambio en sus corazones antes de que puedan concebir que el mandato primordial del amor había sido eliminado de tal manera que un hermano podía necesitar lo que tenía otro. Cuando su inteligencia llegara tan lejos, la nueva progenie de la tierra tendría pocas razones para haber triunfado sobre la rechazada.El paseo les llevó ahora a los barrios exteriores de la ciudad. Están en el borde cubierto de hierba de una colina, al pie de un obelisco de granito que señala con su enorme dedo hacia arriba, como si la familia humana estuviera de acuerdo, por un símbolo visible que ha permanecido mucho tiempo, en ofrecer un gran sacrificio de acción de gracias o súplica. La altura solemne del monumento, su profunda simplicidad y la ausencia de ningún uso vulgar o práctico potencian su efecto sobre Adán y Eva, que les lleva a interpretarlo con un sentimiento más puro del que creyeron expresar los constructores.

—Eva, es una oración visible —comentó Adán.
—Y nosotros también rezaremos —contesta ella.

Perdonemos a estos pobres hijos que no tuvieron padre ni madre por tomar equivocada y absurdamente el propósito del monumento memorial que el hombre fundó y la mujer terminó en la famosísima Bunker Hill. La idea de la guerra no existe en sus almas. Tampoco sienten simpatía acerca de los valientes defensores de la libertad, puesto que la opresión es uno de los misterios que no han averiguado. Si pudieran averiguar que la hierba verde sobre la que se encuentran tan pacíficamente en otro tiempo estuvo cubierta de cadáveres humanos y enrojecida por su sangre, les sorprendería igualmente que una generación de hombres perpetrara esa carnicería y que la generación siguiente la conmemorara triunfalmente.

Con un sentimiento de placer pasean ahora por los campos verdes y por la orilla de un río tranquilo. Dejamos de vigilarlos estrechamente y después los encontramos entrando en un edificio gótico de piedra gris en el que el mundo desaparecido dejó lo que consideraba digno de quedar registrado en la importante biblioteca de la Universidad de Harvard. Ningún estudiante disfrutó nunca de tanta soledad y silencio como el que existe ahora en sus profundos nichos. Poco entienden los visitantes presentes las oportunidades que tienen ahora. Pero Adán examina ansioso las largas filas de volúmenes, esas alturas almacenadas del conocimiento humano, que suben una encima de otra desde el suelo hasta el techo. Coge un voluminoso infolio. Lo abre en sus manos como si espontáneamente se comunicara el espíritu de su autor con el intelecto todavía sin desgastar ni teñir del mortal recién creado. Permanece en pie absorto en las columnas regulares de caracteres místicos, aparentemente en un estado de ánimo estudioso; pues el pensamiento ininteligible de la página tiene una relación misteriosa con su mente y se hace sentir como si fuera una carga sobre él. Se siente incluso dolorosamente confundido, tratando vanamente de captar no sabe qué. ¡Ay, Adán, es demasiado pronto, será demasiado pronto al menos durante cinco mil años, para ponerte gafas y enterrarte en los huecos de una biblioteca!

—¿Qué podrá ser esto? —pregunta finalmente con un murmullo—. Eva, me parece que no hay nada tan deseable como descubrir el misterio de este objeto grande y pesado con sus mil delgadas divisiones. ¡Fíjate! ¡Me mira al rostro como si fuera a hablar!

Con instinto femenino Eva se sumerge en un volumen de poesía de moda, con seguridad la producción del más afortunado de los bardos terrenales, puesto que su trova sigue de moda cuando todos los grandes maestros de la lira han pasado al olvido. ¡Pero no dejemos que su fantasma se alegre demasiado! La única dama del mundo arroja el libro al suelo y se ríe con alegría del semblante abstraído de su esposo.

—Mi querido Adán, pareces pensativo y sombrío. Deja ese objeto estúpido; pues aunque te hablara no merecería la pena escucharle. Hablemos el uno con el otro, y con el cielo, con la tierra verde y sus árboles y flores. Nos enseñarán cosas mejores que las que podemos encontrar aquí.
—Sí, Eva, quizás tengas razón —contesta Adán con un suspiro—. Pero no puedo dejar de pensar que la interpretación de los enigmas entre los que hemos caminado todo el día podría descubrirse aquí.
—Puede que sea mejor no buscar la interpretación —insiste Eva—. Por lo que a mí respecta, el aire de este lugar no me place. ¡Si me amas, vámonos!

Ella prevalece y le rescata de los peligros misteriosos de la biblioteca. ¡Feliz influencia la de la mujer! Si se hubiera quedado él allí el tiempo suficiente para obtener una pista de sus tesoros —lo cual no era imposible, pues siendo su intelecto de estructura humana, aunque con una agudeza y un vigor sin transmitir—, allí mismo se habría convertido en una estudioso, y el analista de nuestro pobre mundo habría registrado pronto la caída de un segundo Adán. Habría comido la manzana fatal de otro Árbol del Conocimiento. Todas las perversiones, engaños y falsa sabiduría que tan perfectamente remedan la verdad; toda la verdad estrecha, tan!, parcial que se vuelve más engañosa que la falsedad; todos los principios y prácticas equivocados, los ejemplos perniciosos y las reglas falsas de la vida; todas las teorías., falaces que convierten la tierra en nubes, y a los hombres en sombras; toda la triste experiencia que acumuló durante tanto tiempo la humanidad, y de la que nunc extrajo una moral para su guía futura: todo el montón de conocimientos desastrosos habría caído al mismo tiempo sobre la cabeza de Adán. No le habría quedado otro remedio que el de aceptar el experimento ya abortado de la vida allí donde la habíamos dejado y hacerlo avanzar un poco más.

Pero, bendito en su ignorancia, podía todavía disfrutar de un mundo nuevo en el mismo que para nosotros se había gastado. Si no alcanzaba el bien, lo mismo que nos pasó a nosotros, al menos tiene la libertad, valiosísima, de cometer sus propios errores. Y su literatura, cuando la cree el progreso de los siglos, no será el eco interminablemente repetido de nuestra poesía y la reproducción de las imágenes que fueron moldeadas por nuestros antepasados de la canción y la ficción, sino una melodía que no se había oído todavía nunca sobre la tierra, y formas intelectuales que no estaban contaminadas por nuestras ideas. Dejemos por tanto que el polvo de los siglos se recoja sobre los volúmenes de la biblioteca, y que a su debido tiempo el techo del edificio se desmorone sobre el resto. Cuando los descendientes del segundo Adán hayan recogido suficiente basura propia, será el momento de excavar nuestras ruinas para comparar el progreso literario de dos razas independientes.

Pero estamos yendo demasiado lejos. Ése parece ser el vicio de los que tienen tras ellos un largo pasado. Regresemos junto a los nuevos Adán y Eva, que como no tienen recuerdos salvo visiones oscuras y pasajeras de una existencia previa, se sienten contentos de vivir y felices de hallarse en el presente. El día está a punto de terminar cuando esos peregrinos que no deben su ser a unos progenitores muertos llegan al cementerio del Monte Auburn. Con el corazón ligero —pues la tierra y el cielo se alegran ahora el uno al otro con su belleza— recorren senderos serpenteantes entre columnas de mármol, réplicas de templos, urnas, obeliscos y sarcófagos, deteniéndose a veces a contemplar esas fantasías del crecimiento humano, y otras veces a admirar las flores con las que la Naturaleza ha convertido la decadencia en atractiva. ¿Puede la muerte, en medio de sus viejos triunfos, hacerles sentir que han aceptado la pesada carga de la mortalidad que una especie entera había tirado? El polvo de los suyos no ha caído nunca en la tumba. ¿Reconocerán entonces ellos, tan pronto, que el Tiempo y los elementos tienen una reivindicación sobre sus cuerpos que no podrá quedar desatendida? No es improbable que lo hagan. Debe haber sombras suficientes, incluso en medio de la primera luz de su existencia, para sugerir el pensamiento de que el alma no es congruente con sus circunstancias. Han aprendido ya que algo hay que dejar a un lado. La idea de la muerte está en ellos, o no muy lejana.

Pero si hubieran de buscarle un símbolo sería el de la mariposa ascendiendo, o el ángel brillante llamándoles desde lo alto, o el niño dormido, con amables sueños que resultan visibles a través de su pureza transparente.

Han encontrado a ese Niño, en el mármol más blanco, entre los monumentos del Monte Auburn.
—Dulcísima Eva, tu sol nos ha abandonado, y todo el mundo está desapareciendo de nuestra vista —observa Adán mientras cogido de la mano de ella contemplan ese hermoso objeto—. Vamos a dormir, como duerme esta hermosa figurita. Sólo nuestro Padre sabe cuáles de las cosas exteriores que hemos poseído hoy nos serán arrebatadas para siempre. Pero aunque nuestra vida terrenal nos abandonara con la luz que se va, no podemos dudar de que otra mañana nos encontrará en algún otro lugar bajo la sonrisa de Dios. Siento que ha decidido que no se reanude el beneficio de la existencia.

—Y no importará dónde existamos —contesta Eva—. Pues siempre estaremos juntos.

Nuestros primos lejanos. Lord Dunsany (1878-1957)

Fui elegido miembro del club al que pertenece Jorkens. El Club del Billar se llama, aunque allí no se juega mucho al billar. Fui allí mucho antes de volverme a encontrar con Jorkens; y escuché muchas historias después del almuerzo, cuando nos sentábamos alrededor de la lumbre; mas, de una forma u otra, en todas ellas parecía faltar algo, sobre todo para quien esperara una de las de Jorkens. Uno ha oído relatos de muchos países y de muchos pueblos, algunos de ellos bastante extraños; y, sin embargo, en el preciso momento en que la historia promete captar tu interés, echas en falta algo. O tal vez haya demasiadas cosas; demasiados hechos, un excesivo respeto a la veracidad e imparcialidad, que conduce a muchos a meter todo en sus cuentos, con independencia de su interés, simplemente porque es verdad.

Con esto no quiero decir que los relatos de Jorkens no sean verídicos, circunstancia que, hasta cierto punto, su biógrafo sería el último en sugerir; sería injusto con un hombre con el cual me he divertido tanto. Ofrezco sus palabras tal y como salieron de sus labios, hasta donde puedo recordarlas, y dejo al lector que juzgue por sí mismo. Bien, sería la quinta vez que iba al club cuando comprobé con gran alegría que se encontraba presente Jorkens. No estuvo muy comunicativo durante el almuerzo, ni durante algún tiempo después; y hasta que no estuvo un buen rato sentado en su sillón habitual, con su whisky con soda a mano sobre una mesita, no empezó a hablar entre dientes. Yo, que me había creído en la obligación de sentarme a su lado, era uno de los pocos que podían oírle.

-Existe mucha charla insustancial -estaba diciendo- en los clubes. La gente cuenta cosas, mas no las precisa.
-Sí -dije-. Supongo que hay bastante de eso. No debería ser así.
-Por supuesto que no -dijo Jorkens-. Voy a ponerle un ejemplo. Hoy mismo, antes de que usted llegara, oí que un hombre le decía a otro (ahora se ha ido, por tanto no importa quiénes fueran): "No hay nadie que cuente historias más increíbles que Jorkens". Simplemente porque no ha viajado, o, si lo ha hecho, se ha limitado a las carreteras, caminos y ferrocarril, simplemente porque nunca se ha apartado de las sendas trilladas, cree que las cosas que yo puedo haber visto centenares de veces sencillamente no existen.
-¡Oh!, en realidad no es posible que haya querido decir eso -añadí.
-No -dijo Jorkens-, pero no debería haberlo dicho. Para probarle, pues da la casualidad de que puedo hacerlo, que ese comentario es rotundamente inexacto, podría mostrarle a un hombre que vive a menos de una milla de aquí, que cuenta historias más increíbles que las mías; y da la casualidad de que son completamente verídicas.
-¡Oh!, de eso estoy seguro -dije yo, pues Jorkens estaba claramente enojado.
-¿Le importaría venir conmigo a verle? -dijo Jorkens.
-Bueno, francamente preferiría oír una de sus propias historias sobre cosas que ha visto -dije-, si es que usted quiere contarme alguna.
-No hasta haber aclarado esa afirmación inexacta -dijo Jorkens.
-Bueno, en ese caso iré con usted -añadí yo.
De manera que abandonamos juntos el club.
-Tomaría un taxi -dijo Jorkens-, pero da la casualidad de que me he quedado sin cambio.

Aunque en otra época Jorkens había sido un gran paseante, no estaba muy seguro de que en aquel momento estuviera capacitado para caminar una milla. Así es que llamé a un taxi, insistiendo Jorkens en que le prestara el dinero con que pagarlo, ya que era él, dijo, el que me llevaba a mí. Fuimos hacia el este y pronto llegamos a nuestro destino, donde Jorkens, generosamente, quedó en deuda conmigo al pagar el importe del taxi. Era una pequeña casa de huéspedes más allá de Charing Cross, y una criada nos hizo subir hasta una habitación sin alfombrar. Allí estaba Terner, el amigo de Jorkens, un hombre probablemente en la treintena todavía, aunque obviamente fumaba demasiado y eso le hacía parecer un poco mayor; además, tenía el pelo completamente blanco, lo que le daba un extraño aspecto venerable a su rostro, que por alguna razón parecía inadecuado a él. Se saludaron mutuamente y fui presentado.

-Ha venido a escuchar su historia -dijo Jorkens.
-Usted sabe que nunca la cuento -respondió Terner.
-Lo sé -dijo Jorkens-, no la cuenta a los estúpidos que se ríen de todo. Pero él no es uno de ésos. Él puede notar cuándo un hombre está diciendo la verdad.

Se miraron el uno al otro, pero Terner todavía parecía indeciso, todavía parecía aferrarse a la reticencia de un hombre del que a menudo se había dudado.

-No se preocupe -dijo Jorkens-. Le he contado montones de historias propias. No es uno de esos estúpidos que se ríen de todo.
-¿Le ha contado la de Abu Laheeb? -preguntó de repente Terner.
-¡Oh, sí! -respondió Jorkens.
Terner me miró.
-Una experiencia muy interesante -añadí yo.
-Bueno -dijo Terner, cogiendo otro cigarrillo entre sus sucios dedos-, no importa que se la cuente. Tome una silla.
Encendió su cigarrillo y comenzó a hablar.
-Ocurrió en 1924; cuando Marte estaba más cerca de la Tierra. Despegué del aeródromo de Ketling y estuve fuera dos meses. ¿Dónde se imaginan que estuve? desde luego no tenía gasolina suficiente para volar más de dos meses. Si caí, ¿en qué lugar ocurrió? Es asunto suyo averiguarlo y probarlo; y, si no, creerse mi historia.

1924 y el aeródromo de Ketling. Ahora me acordaba. Sí, un hombre pretendió haber volado hasta Marte. Al principio había sido reacio a hablar del asunto, a causa del horror que había presenciado; no había concedido entrevistas frívolas, estuvo terriblemente solemne, y de esa manera alentó dudas de que otro modo se habría evitado y que le amargaron el carácter y le abrumaron con insistencia.

-Sí, lo recuerdo, desde luego -dije yo-. Usted voló a...

Me enviaron por correo miles de cartas llamándome embustero -dijo Terner-. De manera que después de eso me negué a contar mi historia. En cualquier caso no me habrían creído. Marte no es realmente lo que creemos. Bien, eso es lo que sucedió. Había pensado en el asunto desde que me di cuenta de que los aeroplanos podían hacer la travesía. Pero comencé mis cálculos hacia 1920, cuando Marte se aproximaba a la Tierra, convencido de que en 1924 sería posible el vuelo. Trabajé ininterrumpidamente en ellos durante tres años; todavía guardo las cifras: no le pediré que las lea, la única base de mi trabajo era que solamente existía una fuerza motriz capaz de llevarme hasta Marte antes de que se me acabaran las provisiones: el propio movimiento de la Tierra. Un aeroplano puede hacer más de doscientas millas por hora, y el mío casi alcanzaba las trescientas sólo con la hélice; además, tenía un sistema de propulsión que aumentaba progresivamente su velocidad en grado sumo; la Tierra, que está a noventa y tres millones de millas del Sol, da una vuelta a su alrededor en un año, y nada de lo que conocemos sobre su superficie ha alcanzado nunca semejante velocidad. Mi gasolina y mis cohetes de propulsión eran simplemente para vencer la atracción de la Tierra; lo que impulsaría mi vuelo sería la misma fuerza que en este momento le traslada a usted en su silla a razón de unas mil millas por minuto. Ese impulso no se pierde al abandonar la Tierra; permanece con uno. Y, con mis cálculos, yo trataba de dirigirlo, comprobando que ese impulso únicamente me llevaría a Marte cuando Marte se encontrara frente a nosotros. Desgraciadamente Marte nunca está realmente enfrente, sino un poco a la derecha, y tuve que calcular bajo qué ángulo a la derecha de nuestra órbita debía despegar mi avión para que el empuje combinado de mi pequeño aparato y de los cohetes, y el considerable impulso de la Tierra, me proporcionaran la dirección correcta. Para conciliar todas las fuerzas que se oponían a mi viaje, tenía que ser tan preciso como si apuntara con un rifle. Con una ligera ventaja por mi parte: el objetivo atraería cualquier proyectil que se desviara de su trayectoria.

Pero, ¿cómo regresar? Eso redobló la complejidad de mis cálculos. Si el movimiento propio de la Tierra me lanzaba hacia adelante, igual haría el de Marte. Únicamente debía esperar a que estuviera otra vez frente a la Tierra. ¿Adónde me llevaría ese impulso de Marte?

Observé un conato de duda en el rostro de Jorkens.
-Pero era bastante simple -continuó Terner-. Como nuestro planeta se encuentra más cerca del Sol (a unos noventa y tres millones de millas, mientras que Marte está a unos ciento treinta y nueve millones), su órbita alrededor de aquél es menor. En consecuencia, pronto debía pasar otra vez por delante de su vecino, y de la misma manera que en la primera conjunción pensaba lanzarme de la Tierra a Marte, eligiendo la hora adecuada podría igualmente regresar de Marte a la Tierra. Como dije, estos cálculos me llevaron tres años, y por supuesto mi vida dependía de ellos. No había dificultad en que llevara alimentos para dos meses. El agua era más difícil; de manera que corrí el riesgo de llevarme agua sólo para un mes, confiando en encontrarla en Marte. Después de todo, hemos observado que allí existe. Aunque parecía cosa segura, no obstante me inquieté todo el tiempo, y bebí tan frugalmente que resultó que todavía me quedaba provisión para diez días cuando llegué a Marte. Mucho más complicado fue mi abastecimiento de aire comprimido en cilindros, mi método de extracción para su uso, y mi utilización del aire exhalado hasta el máximo posible.

Iba a preguntarle acerca de los cilindros cuando interrumpió Jorkens.
-¿Conoce mi teoría sobre Julio Verne y la llegada del hombre a la Luna? -dijo.
-No -repliqué yo.
-Muchas de las cosas que él escribió se han verificado después convirtiéndose en lugares comunes -dijo Jorkens-. Zepelines, submarinos y otras muchas cosas; y él las describió con tanto detalle, tan gráficamente. No sé lo que usted pensará al respecto, pero yo sostengo la teoría de que en realidad esas cosas las conocía por experiencia, especialmente el viaje a la Luna, y luego las convirtió en ficción.
-Jamás había escuchado semejante teoría -dije.
-¿Y por qué no? -dijo Jorkens-. Existen innumerables formas de registrar los acontecimientos. Existe la historia, el periodismo, las baladas y muchas más. La gente no se cree ninguna de ellas muy sinceramente. Es posible que tampoco se crea la ficción, de cuando en cuando. Pero considere cuán a menudo se oye decir: "Esta es la casa de la pequeña Dorrit", "Aquí vivió Sam Weller", "Esta es la Casa Desolada", y así sucesivamente. Eso demuestra que se creen la ficción más que la mayoría de las demás cosas. De manera que ¿por qué no podría haber dejado él constancia de esa forma? Pero le he interrumpido. Discúlpeme.
-No importa -dijo Terner-. Otra cosa que me dejó bastante perplejo y me ocasionó una inmensa preocupación fue la pérdida de presión de la atmósfera, a la cual estamos acostumbrados. Siempre la consideraré el mayor de todos los obstáculos al que debe enfrentarse cualquiera que viaje desde la Tierra. En efecto, si no vendáramos minuciosamente nuestro cuerpo con el mayor de los cuidados, seríamos aplastados por la presión que hay en el exterior cuando el peso del aire ha desaparecido. Habría divulgado detalladamente todas estas cosas de no haber sido por los brotes de incredulidad; los cuales no se habrían producido si hubiera dispuesto de agente publicitario.
-¡Qué fastidio! -dijo Jorkens.

Terner se levantó y paseó por la habitación, fumando como siempre. Desde luego se habían producido algunos brotes de incredulidad. Ocurrió como con esas cosas que la gente simplemente no acepta, como la Rima de Epstein , sólo que mucho más. Algunas personas tienen mala suerte. En gran parte la culpa es suya. Ocurrió como él había dicho; si hubiera tenido un buen agente publicitario, no se habría producido ningún brote de incredulidad. Le habrían creído sin que les preocupara en absoluto que hubiera realizado o no el viaje. Se paseó en silencio de un lado a otro, a grandes zancadas.

-Gasté todo el dinero que tenía -prosiguió- en el aeroplano y el equipo. No tenía a nadie a mi cargo, y, si mis cálculos estaban equivocados y no daba con el planeta rojo, no necesitaría dinero en efectivo. Por el contrario, si lo encontraba y regresaba sano y salvo a la Tierra, imaginaba que no me sería difícil ganar lo necesario. En eso me equivoqué. Bueno, nunca se sabe. El éxito en sí mismo no basta. La gente necesita que su éxito sea reconocido. No había pensado en eso. Y cuanto mayor es el éxito, menos dispuesta está la gente a admitirlo. Lear fue reconocido más rápidamente que Keats.

Encendió otro cigarrillo, como hizo a lo largo de toda su historia cada vez que terminaba uno.
-Bueno, el planeta cada vez se aproximaba más. Cada noche parecía más grande e inequívocamente de color. Más bien naranja que rojo. Solía salir a mirarlo de noche. Más de una vez se me ocurrió la espantosa idea de que aquel resplandor anaranjado podía proceder de restos de desiertos de arena amarilla sin una gota de agua; pero me consolaba pensar en los vastos canales que había visto con nuestros telescopios, pues creía como cualquier otro que se trataba de canales. En el invierno de 1923 había terminado mis cálculos y Marte, como ya dije, se aproximaba cada vez más. Según se acercaba la fecha, mi tranquilidad iba en aumento. Todos mis cálculos habían concluido y me parecía que cualquier riesgo que pudiera amenazarme estaba ya decidido meses antes, de una manera u otra. Los peligros parecían quedar atrás; los había tenido en cuenta en mis cálculos. Si éstos eran correctos, me llevarían directo; si me había equivocado, estaba condenado de antemano desde hacía dos o tres años. Lo mismo ocurría con los desiertos rojizos que creía haber visto. Dejé también de preocuparme por ellos. Había decidido que el telescopio podía ver mejor que yo, de manera que ahí acabó todo. No podía decirle a nadie que me iba; odio hablar de las cosas que voy a hacer. Aparentemente se debe hacer cuando se trata de una proeza semejante. De todos modos no lo hice. Había una chica a la que solía ver bastante en aquellos días. Se llamaba Amely. Ni siquiera se lo conté a ella. Si lo hubiera hecho, se habría sabido en seguida. Y me habría convertido en el ridículo héroe de una aventura de la que hasta entonces únicamente me había limitado a hablar. Le dije que iba a emprender un largo viaje en avión. Ella pensó que me refería a América. Le dije que estaría fuera dos meses y eso la desconcertó; pero no le dije nada más.

Todas las noches echaba una ojeada a Marte. Cada vez parecía más grande y más rojizo, de manera que todos reparaban en él. Pienso en el diferente interés con que era observado Marte: unos sentían admiración por su belleza brillante con aquel vivo color; otros, desenfadada curiosidad e indiferencia; los científicos esperaban una oportunidad que no volvería a repetirse en años; los hechiceros realizaban sortilegios; los astrólogos vaticinaban portentos; los periodistas escribían artículos; y yo únicamente observaba a solas a aquel lejano vecino, imbuido de unas ideas que nadie más compartía en nuestro planeta. Pues, como ya dije, ni siquiera Amely tenía la menor idea acerca de mis planes. La noche que partí, Marte no se encontraba en su posición más próxima a la Tierra; todavía estaba a más de cuarenta millones de millas. Ya le dije la razón: tenía que despegar cuando Marte estuviera frente a nosotros. En 1924 llegó a estar a treinta y cinco millones de millas. Pero yo me puse en camino antes.

Naturalmente partí cuando era de noche en la Tierra, y ésta se interponía entre el Sol y Marte, lo que me permitió alcanzar certeramente mi objetivo. Regresar fue mucho más complicado. Cuando digo que alcancé mi objetivo, por supuesto me refiero a que no me aparté demasiado de él. Eso lo entenderá cualquiera que haya volado alguna vez. Bueno, la noche en cuestión fui al aeródromo de Ketling, donde se encontraba mi avión. Había allí uno o dos tipos a los que conocía, y desde luego mi indumentaria les asombró.

-Va usted muy abrigado -recuerdo que me dijo uno de ellos.
-En efecto, lo iba. Pues además de mi sistema de vendas para protegerme de la pérdida de presión de nuestra atmósfera, debía abrigarme contra el rotundo frío del espacio. Tendría aquel inconfundible frío de cara, mientras que a la vuelta necesitaría toda la ropa que pudiera llevar a fin de protegerme del Sol, pues esa ropa sería la única protección que tendría cuando dejara atrás nuestras cincuenta millas de aire. La insolación y la congelación podían superarme a la vez muy fácilmente. Bueno, en Ketling eran muy aficionados a que nadie partiera sin tomar por lo menos algo. Ya sabe usted: es mejor comer algo. De manera que empezaron haciéndome preguntas acerca de mi indumentaria. Yo no podía decirles adónde iba. En realidad, hasta que no saqué el avión, no informé a los mecánicos para que quedara constancia de mi partida. Uno de ellos pensó sencillamente que yo estaba de broma y se rió, no exactamente de mí, sino para mostrar su aprecio porque yo bromeaba con él. Simplemente pensó que era gracioso, aunque no pudiera saber exactamente por qué. El otro también se rió, pero al menos sabía de qué le estaba hablando.
-¿Cuanta gasolina lleva, señor? -dijo.
-Quince galones -respondí, hecho que él ya conocía-. Es suficiente para trescientas millas, con lo que me sobrará una cantidad suficiente por si quiero darme un paseo por Marte.
-¿Ida y vuelta en tres horas, señor? -preguntó.
Estaba en lo cierto. Eso es lo que se puede volar con quince galones.
-Me voy -dije.
-Bien, buenas noches, señor -contestó él.
Se lo conté también a un tercero.
-A Marte, ¿eh, señor? -dijo. Le fastidiaba que estuviera tomándole el pelo, como él creía.

Entonces nos fuimos. Yo tenía un sistema de visión que me permitía enfocar perfectamente mi objetivo todo el tiempo que pasé en la oscuridad de la Tierra y dentro de su atmósfera, y en ningún momento perdí de vista a Marte ni abandoné los mandos. Antes de abandonar nuestra atmósfera, aceleré con mi sistema de cohetes y, tras una docena de explosiones, escapé a la atracción de nuestro planeta. Desconecté los motores y dejé de disparar cohetes; el más atroz silencio nos envolvió. El Sol brilló y Marte y las estrellas desaparecieron de nuestra vista; nos quedamos completamente en silencio, en medio de aquella quietud absoluta. No obstante me desplazaba, como usted ahora mismo, a mil millas por minuto. El mutismo era asombroso, las molestias indescriptibles; las dificultades de comer solo, sin congelarse ni sentirse abrumado por el espantoso vacío del espacio, que no hemos hecho habitable, bastaban para hacer retroceder al hombre más resuelto, sólo que no es posible dar la vuelta ni seguir el rumbo sin aire.

Estaba seguro de lograr mi propósito: según mis cálculos, la última vez que vi Marte, la trayectoria era bastante certera. Tenía mucha confianza en llegar; pero pronto empecé a dudar de mi capacidad para resistir un mes en aquellas condiciones. Los días y las noches pueden pasar a veces demasiado despacio, incluso en la Tierra; pero aquel día fue interminable. El aire comprimido funcionó bien: por supuesto, había practicado con él en la Tierra. Pero el mecanismo que permitía dosificar continuamente la cantidad exacta de aire mediante una especie de casco metálico era tan complicado, que nunca logré dormir más de dos horas seguidas sin tener que despertarme y atenderlo. Por esa razón tuve que poner un despertador muy cerca de mi oído. Mis preocupaciones, supongo, no serían más interesantes que el historial de una larga y penosa enfermedad. Pero, para abreviar, poco después de haber recorrido la mitad del camino, me superaron, y cuando me disponía ya a abandonar y morir, de pronto avisté Marte. En el claro resplandor del amanecer vi un pálido círculo, parecido a la más pequeña de las lunas, casi enfrente de mí, un poco a la derecha. Eso fue lo que me salvó. Lo miré fijamente y olvidé mis grandes preocupaciones.

No era más visible que la pluma de un pajarillo, en lo alto del cielo, a la luz del Sol. Pero era Marte, sin lugar a dudas, y precisamente en la posición correcta para posarme en él. Sin otra cosa que mirar en todo aquel interminable día, no dejé de contemplar a Marte. Pero no por eso se aproximó más; y descubrí que si quería hallar consuelo a mi hastío en la contemplación del planeta, debía apartar la mirada de él por un rato. No era empresa fácil al no haber nada más que mirar; pero, cuando aparté la mirada durante una hora o algo así y volví a mirar, pude ver un cambio. Me di cuenta entonces de que no estaba enteramente iluminado, que el costado derecho estaba a oscuras, y que su luminosidad era como la de la Luna en su undécimo día, tres antes del plenilunio. Aparté de nuevo la mirada y luego volví a contemplarlo; así me pasé unas doscientas horas de aquel agotador día. Poco a poco aparecieron los canales, como nosotros los llamamos, y los mares. Aumentó de tamaño hasta alcanzar el de nuestra Luna, y luego siguió creciendo hasta ofrecer un espectáculo como nunca había visto anteriormente ningún ojo humano. A partir de entonces olvidé mis preocupaciones. Ahora distinguía claramente las montañas y poco después los ríos: un brillante panorama se extendía ante mí, revelando secretos que nuestros astrónomos habían imaginado hace más de un siglo. Llegó la hora en que, tras dormir un rato, miré de nuevo a Marte, descubriendo que ya no tenía el aspecto de un planeta, o de un cuerpo celeste, sino que parecía un paisaje. Poco después tuve la sensación de que, aunque mi rumbo no había cambiado, Marte ya no se encontraba frente a mí, sino debajo. Y entonces empecé a notar la atracción del planeta. Todo se balanceaba en mi avión: los barriles, las latas y cosas parecidas; y comenzaban a desplazarse, hasta donde lo permitían sus ligaduras. También sentía la atracción en mi asiento. Entonces me preparé para entrar en la atmósfera.

-¿Y qué tuvo que hacer? -dijo Jorkens.
-Tuve que estar atento -dijo Terner-. Si no, me habría abrasado como un meteorito. Desde luego estaba rebasando Marte, en lugar de confluir con él, de manera que en gran medida nuestras velocidades respectivas se neutralizaban mutuamente. Por fortuna, la atmósfera está enrarecida sólo al principio, como la nuestra, de manera que no te golpea ninguna detonación. Pero para eso necesitaba pilotar un poco el avión. Una vez estabilizado el aparato, volar es muy parecido a como es aquí. Por supuesto puse en marcha los motores tan pronto como penetré en la atmósfera de Marte. Descendí en línea recta, pretendiendo no dejarme ver en una zona demasiado extensa a fin de no excitar demasiado la curiosidad de cualquiera que pudiese haber allí. Puedo decir que esperaba encontrar habitantes, no porque lo supiera o lo hubiera investigado, sino porque la mayoría de la gente así lo cree. No quiero decir con esto que estuviera persuadido de ello, sino que lo que vagamente les había persuadido a ellos, igualmente me había persuadido a mí. Aterricé en una región cubierta casi por completo de bosques, aunque con abundantes claros. El lugar elegido era un claro en un valle, que ofrecía un excelente abrigo a mi avión, pues no quería que se notara demasiado. Esperaba encontrar seres humanos, pero pensaba también no dejarme ver, si podía; no siempre son tan amistosos como los de aquí. En poco más de diez minutos a partir de que encendiera mis motores, aterricé en ese valle. Según mis cálculos, había estado fuera de la Tierra un mes. Cuando salí del aparato, el paisaje no era tan diferente del de la Tierra. Los árboles eran distintos y por supuesto sus ramas fueron lo primero que quise traerme. En realidad cogí un manojo de cinco diferentes especies y lo deposité en el piso de mi aeroplano. Pero lo primero que hice fue reponer mi provisión de agua y beber un trago de un riachuelo que había divisado antes de descender, y que, atravesando el bosque, bajaba por el valle. El agua estaba buena. Había temido que fuera salada, o que contuviera alguna sustancia química completamente desconocida; pero estaba buena. Y lo siguiente que hice fue quitarme aquel vendaje infernal y el casco para respirar, y tomar un baño en el riachuelo, el primero que tomaba en un mes. No me los volví a poner, sino que los dejé en el avión y me vestí decorosamente, como si quisiera mostrar a los habitantes de Marte algo humano. Después de todo, sería el primero de los nuestros que ellos verían, y no quería que pensaran que éramos como orugas en su capullo. Cogí también un revólver del calibre 45.

Bueno, a veces hay que hacer eso. Luego comencé a buscar a esos primos lejanos nuestros. Me crucé con flores maravillosas, pero no me detuve a coger ninguna: únicamente buscaba hombres. Mientras descendía, no había visto ningún rastro de edificios. Sin embargo, cuando no había recorrido todavía ni una milla a través del bosque, llegué a campo abierto, y allí, al borde mismo de los árboles, muy cerca de mí, vi lo que evidentemente era un edificio construido por algún ser inteligente; y bien extraño que era el edificio. Era un largo rectángulo de apenas quince pies de altura y unas diez yardas de anchura. En uno de sus extremos cuatro paredes sin ventanas y un techo plano tapaban toda la luz en unas veinte yardas, pero el resto se extendía unas cincuenta yardas, protegido por techo y paredes de tela metálica poco tupida, formando una robusta malla del mismo material en que estaba construido todo el edificio. Y en seguida descubrí que los sueños de nuestros científicos eran reales, pues vislumbré un numeroso grupo de personas pertenecientes a la raza humana, paseando por aquel recinto tan cuidadosamente protegido.

-¡Humanos! -exclamé yo.
-Sí -respondió Terner-, humanos. Gente como nosotros. Y no sólo eso, sino bastante más refinados que los mejores de nosotros, debido probablemente a que el planeta, como yo había deducido a menudo de los libros, se enfriaba más pronto que el nuestro y, de esa manera, en él comenzó la vida antes.

Jamás había visto nada más elegante; la edad les había conferido un refinamiento que nosotros todavía no hemos alcanzado. Nunca vi nada más delicado que la belleza de sus mujeres. Había una impresionante simplicidad en sus paseos solitarios, que eran más deliciosos de contemplar que nuestros bailes.

Dicho esto, se puso a recorrer la habitación, arriba y abajo, a grandes zancadas, manteniéndose en silencio durante un rato y fumando frenéticamente.

-¡Oh!, es un planeta odioso -dijo de pronto, y siguió fumando ávidamente.
Iba a decirle algo para que siguiera contando su historia, pero Jorkens se dio cuenta y levantó la mano. Evidentemente él conocía ese aspecto de la historia, así como el poderoso efecto que había ejercido en Terner. De manera que le dejamos un momento con sus paseos y sus cigarrillos. Y después de un rato prosiguió tranquilamente, como si no hubiera habido ninguna pausa.

-Cuando vi aquella malla preparé mi revólver, pues lo consideraba una protección obvia contra cualquier animal poderoso. Por lo demás, pensé, ¿por qué no pasearse al aire libre en lugar de en aquel angosto recinto? Había unas treinta personas, vestidas con sencillez y elegancia, aunque con un toque un poco oriental desde nuestro punto de vista. Todo era atractivo a su alrededor a excepción de aquella casa uniforme de aspecto sórdido. Me acerqué a la malla y les saludé. Sabía que quitarme el sombrero no significaría probablemente nada para ellos, pero lo hice mediante un movimiento amplio del brazo y una inclinación. Era lo mejor que podía hacer, y esperaba con ello poder transmitir mis sentimientos. Y así ocurrió. Fueron amables y comprensivos, y cada señal que les hacía la entendían inmediatamente, salvo que fuera demasiado torpe. Y cuando no comprendían algo parecían reírse de sí mismos, no de mí. Así eran ellos. Comparado con ellos yo era completamente basto y grosero, medio salvaje; pese a ello, me trataron con toda la cortesía que mi pobre juicio era capaz de entender. ¡Cómo me gustaría regresar allí con un millar de los nuestros!... Pero es inútil, no me creerán. Bien, permanecí allí con las manos en la malla, y comprobé que era de un metal resistente aunque de bastante menos de media pulgada de espesor: podía meter el pulgar fácilmente por sus aberturas, de manera que nos era posible vernos mutuamente con total nitidez. Permanecí allí cuanto pude hablando con ellos, o como usted quiera llamarlo, recordando todo el tiempo que debía haber algo bastante detestable en aquellos bosques para que fuera necesario aquella espesa tela metálica. Jamás logré adivinar de qué se trataba.

Señalé al cielo, en la dirección que probablemente habrían visto brillar la Tierra de noche; en seguida me entendieron. Imagínese entender una cosa así a partir únicamente de mis torpes gestos; obviamente lo lograron. Pero no me creyeron. Y, a continuación, trataron de contarme todo lo referente a su mundo, aunque, desde luego, yo no entendí nada. Me pareció que el mayor obstáculo no era mi desconocimiento de su idioma, sino mi espantosa carencia de cualquier tipo de refinamiento, en comparación con aquellas afables y gentiles criaturas, que tanto pesó sobre mí todo el tiempo que permanecí allí. Una cosa fui capaz de entender. ¿Les gustaría oír hablar de los canales?

-Sí, mucho -repliqué.
-Bueno, en realidad no son canales -respondió él.
-Desde nos encontrábamos podía ver uno de ellos, una inmensa extensión de agua debidamente encauzada. Señalándolo con el dedo, les pregunté por él.

Ellos a su vez me señalaron algo: una pequeña luna de Marte, iluminada y brillante como la nuestra, bien que no me sugería nada. Sabía que Marte tiene dos lunas, pero no veía su relación con los canales. De manera que señalé de nuevo la extensión de agua, y ellos volvieron a señalarme la luna. Como seguía sin entender absolutamente nada, me señalaron el extremo más alejado del canal, perdido en la llanura; y por fin, al cabo de un rato, pude ver que el agua se movía, que era lo que trataba de explicarme con señas. Luego volvieron a hacer hincapié en su luna. Y al final pude entenderlos. Aquella luna pasa tan cerca de la marisma que su atracción arrastra el barro tras ella u el agua entra a raudales en su lugar. Cuando se ha visto una vez parece bastante simple. Nadie excavaría un canal de cincuenta millas de ancho, y esas extensiones de agua tienen por lo menos esa anchura. Mientras que arrastrar agua es precisamente el cometido de una luna.

-¿De veras son tan anchos esos canales? -dije.
-No podrían verse desde la Tierra si no lo fueran -contestó Terner.
Jamás había pensado en ellos.
-Había allí una chica extraordinariamente hermosa -prosiguió Terner-. Pero para describir a cualquiera de ellos se necesitaría el lenguaje de un amante, y además convertirlo en poesía. Nadie me creerá. Hablé con ella, aunque por supuesto mis palabras no le decían nada. Confiaba tanto en su brillante inteligencia que casi esperaba que entendiera cada una de mis palabras, y así lo hizo a menudo. Extrañas aves volaban sobre nosotros, yendo y viniendo del bosque, y ella me reveló sus nombres en la extraña lengua marciana. Mpah y Nto son dos de los que puedo recordar y deletrear; y además estaba Ingu, ave de color naranja vivo y negro, con una larga cola como nuestras urracas. Cuando trataba de contarme algo referente a Ingu, quien en ese preciso momento volaba sobre nosotros, graznando lejos de los árboles, súbitamente me hizo una señal. Yo miré y efectivamente algo salía del bosque.

Durante algún tiempo, Terner resopló en silencio.
-No puedo describírselo. Aquí no tenemos nada parecido. Por lo menos sobre la tierra. Un pulpo tiene una ligera semejanza con eso en cuanto a su cuerpo obeso y sus largas y delgadas patas, aunque éste sólo tenía dos, y dos brazos igualmente largos y delgados. Pero la cabeza y la inmensa boca no se parecían a nada de lo que conocemos. Nunca he visto nada tan horrible. Venía derecho a la alambrada. Inmediatamente me escabullí antes de que me viera, como me había advertido que hiciera aquella encantadora chica. No tenía ni idea de que el grueso alambre había sido entrelazado para protegerse precisamente de aquella bestia. Me escondí en una especie de matorral florido. Todavía puedo recordar su perfume: un aroma dulzón que no se parece a ningún otro de nuestro planeta. No tenía ni idea de si ellos estarían completamente a salvo de la bestia. Y entonces vino directamente hacia nosotros, acercándose a la alambrada. La vi de cerca, completamente desnuda y flácida, a excepción de aquellos miembros cimbreantes. Antes de que me diera cuenta de lo que estaba haciendo, la bestia levantó una tapadera en el techo y metió uno de sus horribles y largos tentáculos. Anduvo a tientas con extraordinaria rapidez y, cogiendo a una chica, la sacó por la tapadera. Yo me encontraba lejos de la alambrada y no podía disparar. La bestia le retorció el pescuezo a la chica en un momento y la arrojó al suelo, volviendo a meter su brazo. Salí corriendo de mi refugio, pero antes de que llegara a su lado había atrapado a otra joven y la había sacado por la tapadera; y cuando doblé la esquina, le estaba retorciendo el pescuezo. Aquellos hombres habían hecho pocos esfuerzos para huir de la espantosa mano, esquivándola únicamente cuando pasaba a su lado; aunque, cuando escogía a alguno, había poca posibilidad de esquivarla, como ellos parecían reconocer. Y ahora, cuando llegué junto a ellos, estaban todos de pie en un rincón con una solemne resignación en sus rostros.
-¿No podían hacer nada? -pregunté yo. Pues la idea de que una parte de la raza humana estuviera completamente desamparada ante semejante horror era tan nueva para mí que no podía aceptarla. Pero él lo había notado, y lo comprendía.

-No era más que un gallinero -dijo él-. ¿Qué otra cosa podían hacer? Pertenecían a esa bestia.
-¡Que pertenecían a eso! -exclamé yo.
-¿No lo entiende? -dijo Jorkens-. El hombre allí no es el gallito.
-¿Qué? -dije con voz entrecortada.
-No -dijo Terner-, así es.
-Es otra raza, ¿lo entiende? -añadió Jorkens.
-Sí -admitió Terner-. Es un planeta más viejo, ¿sabe? Y, por alguna razón, en todo este tiempo se ha adelantado a ellos.
-Y ¿qué hizo usted? -pregunté yo.
-Corrí hacia la bestia -contestó él-. No sé por qué pensé que, por la forma en que los trataba, un hombre no la asustaría fácilmente; de manera que no me molesté en seguirle los pasos, sino que simplemente corrí tras ella según se alejaba llevando colgados por los tobillos a aquellas dos jóvenes. Entonces la bestia se volvió hacia mí y alargó un brazo, y yo le disparé un tiro con mi revólver del calibre 45. La bestia giró en redondo y dejó caer los cuerpos, dando un traspiés mientras agitaba los brazos y gimoteaba por su gran boca. Evidentemente no estaba acostumbrada a ser lastimada. Se alejó gimoteando y yo la seguí; y le disparé dos o tres veces más, y la dejé muerta o moribunda, me daba igual. El ruido de mis disparos había despertado a todo el bosque. Los pájaros volaron chillando y piando, y animales que hasta entonces no había visto comenzaron a ulular en las sombras. Entre el clamor general creí detectar unos sonidos que podían proceder de bocas como la de la bestia que acababa de matar. Evidentemente era hora de irse. Regresé a la jaula, donde todos contemplaban en silencio y con curiosidad a la criatura muerta. Ninguno de ellos me dirigió la palabra. Entonces comprendí que había cometido un error. Al parecer no se debe matar a esas bestias. Únicamente se volvió hacia mí la chica con la que había hablado de los pájaros, la cual me señaló rápidamente al cielo, en dirección a la Tierra. El clamor en el bosque iba en aumento. La chica llevaba razón: era hora de irse. Me despedí de ella. Me pregunto qué le diría con los ojos. Me despedí con mayor tristeza que antes. Estuve a punto de quedarme. De no haber sido por lo mucho que tenía que contar a nuestra propia gente, me habría quedado allí y habría repartido mis dos docenas de cartuchos entre aquellas repugnantes bestias. Pero pensé que debía volver a la Tierra para llevar noticias. ¡Y al final no me creyeron!

Según pasaba al lado de aquel horrible cuerpo le arrojé una piedra, prefiriendo no utilizar otro cartucho, a causa del clamor del bosque. Pero aquella pobre gente metida en el gallinero no lo aprobó. En seguida podía uno darse cuenta. Su destino era ser devorados por aquella bestia, y ninguna interferencia les parecía buena. Regresé a mi avión lo más rápido que pude. Nadie lo había descubierto. Todavía estaba en el valle, intacto. Es posible que momentáneamente lamentara un poco el no haber encontrado ningún obstáculo en mi retirada a la Tierra. Eso hubiera facilitado las cosas. Y sin embargo nunca debí haberlo hecho. En cualquier caso, allí estaba mi avión; me subí a él y empecé a envolverme en aquellos vendajes, sin los cuales es imposible sobrevivir en aquel desolado vacío que existe entre nuestra atmósfera y la suya. Alguien asomó por el bosque al oírme entrar en el avión. Me miró como si fuera un zorro, pero yo seguí adelante con mis vendajes. Los ruidos del bosque parecían estar muy próximos. Entonces pensé de pronto: ¿y si fuera un perro y no un zorro? ¿De qué lado estaría un perro en Marte? Difícilmente podía imaginarme que un perro no estuviera del lado del hombre. Pero había visto tantas cosas horribles que dudé. iría a avisarles de que estaba allí. Me di prisas con los vendajes. Pero sentía que estaban pisando la maleza muy cerca de mí. Entonces vi agitarse unas ramas. Y un grupo de ellos salió en tropel del bosque, apresurándose hacia su gallinero. Se encontraban a menos de cien yardas y me vieron. Entonces, aquellas asquerosas criaturas se dieron la vuelta y vinieron hacia mí. Les disparé y puse en marcha los motores del avión. Al parecer alcancé a una de ellas, pero no podía oír nada a causa del estruendo de los motores. Por un momento el disparo pareció desconcertarlas; luego se dirigieron hacia mí, con una extraña mirada en sus asquerosos rostros y las manos extendidas. Únicamente las dispersé. Con su elevada estatura casi podrían haber agarrado mi avión cuando pasé por encima de ellas. Y me fui con todos los vendajes ondeando. Por supuesto así no podía enfrentarme al espacio. Pero tampoco podía vestirme y al mismo tiempo pilotar correctamente el avión. Si me equivocaba en un solo grado, nunca daría con la Tierra. Tampoco tenía más gasolina. Obviamente la había economizado.

Pues no me servía más que para una millonésima parte de mi viaje, durante los aterrizajes. No se puede remover el espacio. Bueno, recorrí unas veinte millas y descendí en la amplia llanura en la que aquella luna estaba dragando su canal de barro para que nosotros pudiéramos verlo a través de nuestros telescopios. Y tuve que ascender y descender varias veces hasta asegurarme de que aterrizaba en un lugar donde no me quedara atascado, como me sucedió más tarde. El caso es que descendí y seguí vistiéndome. Y mientras tanto se me ocurrió pensar que Marte estaba más consciente de mi presencia allí que lo que yo hubiera esperado. Las aves parecían inquietas, demasiado escurridizas. En todo caso, me encontraba al aire libre y podía ver a quien se acercara. No obstante, me habría gustado haber ido unas cien millas más lejos, si no fuera por la preocupación que sentía de quedarme sin reserva de gasolina más allá de donde sabía que la necesitaría. De manera que me quedé allí y ahorré gasolina, y menos mal que lo hice. Bueno, acabé de vendarme y, mientras observaba el Sol a fin de encontrar el camino de regreso a casa, vi a lo lejos a algunas de aquellas espantosas criaturas. Nunca supe de verdad si me estaban persiguiendo, pero el caso es que apresuraron mis cálculos y me impidieron recoger muestras de rocas y de la flora de Marte, lo cual evidentemente habría impedido la vehemente incredulidad con que fui acogido a mi regreso. Además, las muestras de cinco árboles diferentes, que había recogido en el bosque, desaparecieron cuando me fui precipitadamente la primera vez.

-¿Y no se trajo nada de Marte? -pregunté yo. Pues la historia me parecía cierta y confiaba en que se pudiera probar.
-Nada, excepto una caja de cerillas, rota de una forma muy peculiar. Y sin haber visto al ser que la rompió, tampoco ella le probará nada. Más tarde se la mostraré.
-¿Quién la rompió? -pregunté yo.
-Ya me lo dirá usted cuando llegue a eso -dijo él-. Se la mostraré y usted mismo lo descubrirá.
Jorkens asintió con la cabeza.
-Bueno, lo cierto es que no recogí flores ni ninguna otra cosa, excepto esas ramas que perdí. Sé que debería haberlo hecho. Y tal vez me apresuré demasiado en irme cuando vi ese segundo grupo en la lejanía. Pero había contemplado los rostros de las bestias y únicamente pensaba en ellas. Tenía una cámara fotográfica y saqué unas cuantas instantáneas del paisaje, que deberían haber sido concluyentes. Pero no me la traje a mi regreso. Después le contaré lo que sucedió. Lo último que hubiera pensado era toda esa incredulidad a mi regreso. Además, las bocas de aquellas bestias repugnantes ocupaban toda mi imaginación. Me apresuré en mis cálculos y regresé en dirección al Sol. Vi varios de esos gallineros, pero poco más aparte del bosque y las llanuras de barro. Muy pronto Marte adquirió un hermoso color azul cobalto, cuya belleza me puso todavía más triste. Entonces comenzó de nuevo otro día largo y agotador, en que tanto el Sol como el avión parecían estar inmóviles. Con los motores apagados, sin ningún ruido, inmóvil, sin viento, las semanas transcurrieron lentamente sin señal alguna del paso del tiempo. Era un lugar espantoso; el tiempo parecía haberse detenido.

Había empezado otra vez a desesperarme mortalmente cuando, de pronto, descubrí frente a mí, como una pluma de cisne solitaria en el espacio, la conocida forma curva de un mundo iluminado en su cuarta parte por el Sol. Inconfundiblemente era un planeta. Y sin embargo, y pese a estar contento por aproximarme a casa, una cosa me dejó extraordinariamente perplejo: me pareció que me había anticipado diez días a lo previsto. "Qué asombrosa suerte", pensé, "parte de mis cálculos deben estar equivocados, y sin embargo no he perdido el rastro de la Tierra". No lo había descubierto tan pronto como descubrí Marte, a causa de su situación tan próxima al Sol. En consecuencia, cuando lo vi era ya bastante grande. Según aumentaba más y más de tamaño, traté de calcular a qué continente me estaba acercando, aunque no importaba demasiado pues disponía de suficiente gasolina para realizar un buen aterrizaje, a menos que tuviera mala suerte. Sin embargo, no podía tratarse del mismo lugar en donde yo esperaba aterrizar, ya que me había anticipado tanto a mis previsiones. El caso es que no pude vislumbrar nada, pues la mayor parte del orbe estaba a oscuras. Y cuando me metí en aquellas tinieblas fue como una bendición después del deslumbramiento del Sol en aquel interminable día. Pues en realidad no hay allí luz, sólo deslumbramiento. En aquella espantosa soledad por ninguna parte entra la luz; únicamente pasa a tu lado como un resplandor. Por fin me metí en la oscuridad y encendí los motores; y volé hasta llegar al primer limbo del crepúsculo, que me suministraba suficiente luz para aterrizar, ya que estaba cansado de mirar el Sol. Y así fue como llegué a hacer un mal aterrizaje y mis ruedas se hundieron en un pantano. No fue eso lo que encaneció mi cabello. Sentí que se me helaba el cuero cabelludo y mi pelo se encaneció, pero no fue por haberme atascado en un pantano. Fue al comprobar, en el mismo momento del aterrizaje, que me había equivocado de planeta. A pesar de la oscuridad, debería haberme dado cuenta antes, cuando descendía: era demasiado pequeño. Mas ahora lo descubría: me había equivocado de planeta y ni siquiera sabía en cuál estaba. La espantosa soledad provocada por el accidente paralizó al principio mis pensamientos. Y cuando empecé a pensar, todo era desconcierto. ¿Qué planetas había entre Marte y el Sol?

Solamente la Tierra, Venus y Mercurio. El tamaño apuntaba a Mercurio. Pero había que tener en cuenta que me había anticipado a mis previsiones, no atrasado. O ¿acaso funcionaba mal mi cronómetro? Sin embargo, el Sol, que había surgido hacía unos cinco minutos, no parecía mayor que desde la Tierra. De hecho parecía bastante menor. Tal vez, pensé, era Venus a pesar de todo; aunque era demasiado pequeño incluso para Venus. Y los asteroides los tenía todos detrás de mí, más allá de Marte. Lo que no sabía entonces era que Eros (y tal vez también otros), a causa de la inclinación de algunos de los asteroides, llegaba a estar a veces a menos de catorce millones de millas de nosotros. De manera que, aunque gira alrededor del Sol más allá de Marte, al que llega a aproximarse hasta una distancia de unos treinta y cinco millones de millas, Eros a veces está más cerca de la Tierra que ningún otro asteroide. De esto nada sabía yo; y, sin embargo, cuando empecé a pensar con sensatez, los hechos acabaron por hablar por sí mismos: me encontraba en un asteroide perdido o desconocido. Debería ser más fácil examinar un cuerpo celeste cuando realmente está uno posado en él, rodeado por sus continentes, que cuando aparece en un telescopio no mayor que una cabeza de alfiler. Mas la tranquilidad, la seguridad, sobre todo ese sentimiento hogareño que tiene cualquier astrónomo, constituyen inestimables ayudas al pensamiento preciso. Comprendí que había cometido un error al partir de Marte, equivocándome en los cálculos por las prisas, y que tenía la suerte de haber llegado a cualquier otra parte. ¿Quién puede decir, al pensar en lo que podía haberme convertido, quién puede decir mejor que yo que casi me convertí en un cometa?

-Muy cierto -dijo Jorkens.
Terner dijo todo aquello con la mayor gravedad. Evidentemente el peligro le había rondado.
-Cuando me di cuenta de dónde debía encontrarme -continuó Terner-, me puse a trabajar para sacar el avión del pantano, metiéndome en el barro hasta las rodillas. Fue más fácil de lo que pensé. Y cuando lo saqué, lo elevé por encima de mi cabeza y cargué con él unas nueve millas por tierra firme.
-¿Cargó usted solo con un aeroplano? -pregunté yo-. ¿Cuánto pesaba?
-Alrededor de una tonelada -dijo Terner.
-¿Y fue usted capaz de cargar con él?
-Con una sola mano -respondió-. La atracción de esos asteroides es insignificante para cualquiera que está acostumbrado a la de la Tierra. En Marte me sentía muy fuerte, pero eso no era nada comparado con lo que podía hacer allí, en Eros, o dondequiera que me encontrara.

Llegué a la linde de un bosque de diminutos robles achaparrados, del tamaño de los ejemplares enanos de los japoneses. Estuve atento a la presencia de cualquier bestia repugnante como las de Marte, pero no vi nada de ninguna especie. Unas pocas mariposas nocturnas, o al menos eso creí yo, salieron volando de los árboles; aunque, al recordarlo ahora, creo que fueron pájaros. Entonces me dediqué a realizar nuevos cálculos. Me encontraba ahora tan cerca de la Tierra, que podría alcanzarla si era capaz de despegar del asteroide; eso, suponiendo que fuera acertada mi conjetura (y no lo podía ser más) acerca de la rotación del asteroide. No podía considerar más que una conjetura, pues ni siquiera sabía en qué pequeño planeta me encontraba, y las conjeturas son mala cosa para los cálculos. Pero deben utilizarse cuando no se tiene otra cosa a mano. Conocía al menos cuáles eran las órbitas que seguían los asteroides, de manera que sabía la distancia que tenían que recorrer; pero el tiempo que tardarían en recorrerlas sólo podía conjeturarlo a partir del que empleaban sus vecinos, que yo sabía. Si hubiera estado más lejos de la Tierra, esas conjeturas habrían echado a perder mis cálculos y nunca habría encontrado la forma de volver a casa.

Bien, me senté sin que me perturbara nada salvo mi propia respiración, y realicé esos cálculos con la mayor precisión de que fui capaz. Debía respirar tres o cuatro veces más rápido que en la Tierra, pues no parecía haber allí tanto aire como aquí. Desde luego no debería haberlo en un planetoide como Eros. Más que la respiración, lo que me preocupó fue el pensar que sólo disponía de mis motores para despegar, ya que había usado el último de mis cohetes al abandonar Marte, y nunca supuse que los volvería a necesitar. Imagínense que un pasajero de Southampton a Nueva York desembarcara súbitamente en una isla del Atlántico. Estaría mucho menos sorprendido que yo al aterrizar aquí; no estaba preparado. La atracción de Eros, o quienquiera que fuera el planetoide, no era demasiado como para no poder superarla; pero la cantidad de atmósfera en la que tendría que despegar seguramente sería también escasa, como el planeta que envolvía. Sabía que podría alcanzar bastante velocidad para despegar de Eros únicamente si disponía de tiempo suficiente para hacerlo y la atmósfera llegaba lo suficientemente lejos. Sabía aproximadamente hasta dónde llegaba la atmósfera, pues la había notado en las alas de mi avión durante el descenso. Pero ¿llegaría lo suficientemente lejos? Ese fue el pensamiento que me inquietó mientras elaboré mis números, respirando como si tuviera mucha fiebre. Mientras afuera hubiera algún tipo de atmósfera que respirar, no necesitaba usar el aire comprimido. Pues las horas de vida que me quedaban antes de llegar a la Tierra dependían de mi suministro de aire comprimido. Bueno, mientras el planetoide giraba hacia el Sol y amanecía en donde yo había aterrizado al atardecer, hice proyectos y fijé mi objetivo en la Tierra, sin prisas, cosa que no había hecho en Marte. Tuve tiempo entonces de inspeccionar el bosque de robles, cuyas ondulantes copas se bamboleaban debajo de mí. Dirigí una última mirada a esa caja de cerillas. Trátela con cuidado. ¿Cuál diría usted que fue la causa de ese agujero que presenta?

Cogí de su mano una caja de cerillas Bryant & May, considerablemente destrozada; rota por dentro; con un agujero lo bastante grande como para que pasara un ratón.

-Parece como si algo la hubiese traspasado con mucha fuerza -dije yo.
-No la traspasa -contestó él-. El agujero solamente existe por un lado.
-Se mete dentro -dije yo.
-No del todo. Mire de nuevo -dijo Terner.

Efectivamente se abría hacia fuera. Pero no podía imaginarme cómo se había hecho. Y así se lo hice saber a Terner. Entonces él llevó la caja de cerillas hasta la repisa de la chimenea, en donde había dos diminutas cabañas de porcelana, y la puso entre las dos, y le colocó un techo de paja que le había hecho a medida. Las pequeñas cabañas tenían aproximadamente el mismo tamaño.

-¿Qué piensa usted de esto? -preguntó Terner.
No sabía nada y así se lo dije, pero tenía algo más que añadir.
-Parece como si un elefante se hubiera escapado de una de las cabañas -dije yo.
Terner se volvió hacia Jorkens, que asentía con la cabeza, con bastante benevolencia aunque con cierto disimulo. No comprendí aquel intercambio vehemente de miradas.
-¿Qué? -pregunté.
-Eso mismo -dijo Terner.
-¿Un elefante? -pregunté yo.
-Había rebaños enteros en el bosque de robles -dijo Terner-. Cuando al amanecer me incliné a coger una rama de uno de los árboles para traérmela a la Tierra, los vi de repente. Se precipitaron hacia mí y atrapé uno de ellos, un magnífico ejemplar adulto; pero ninguno de ellos era mayor que un ratón. Comprendí que eso debía ser una prueba irrevocable. Tiré la rama; después de todo no era más que un puñado de hojas de roble enano; y metí el elefante en esa caja de cerillas, poniéndole alrededor una goma para que no se abriera. La caja de cerillas la arrojé al interior de una mochila que llevaba encima de los vendajes. Bueno, podía haber recogido muchas más cosas; pero, como dije, tenía una prueba rotunda y la había llevado colgada a mis espaldas todo el tiempo, oprimiéndome con su peso y haciéndome sentir que me había equivocado de planeta. Es éste un sentimiento del que nadie que lo haya experimentado puede librarse ni por un solo momento. Usted, Jorkens, ha viajado también bastante; ha estado en desiertos y en lugares extraños.

-Sí, las marismas de papiro, por ejemplo -susurró Jorkens.
-Pero -prosiguió Terner- ni siquiera allí, ni más lejos en el corazón del Sahara, puede usted haber experimentado tan irresistible, tan incesantemente, ese sentimiento del que le hablo. No se trata de simple nostalgia, es una abrumadora y omnipresente sensación de estar en un lugar inadecuado; tan fuerte que sirve de aviso amenazador que te repites en tu fuero interno con cada latido del pulso. Es algo que no puedo explicar a aquellos que no se hayan perdido alguna vez en Oriente, una emoción que no puedo compartir con nadie.
-Muy natural -dijo Jorkens.
-Bueno, así que lo tenía todo preparado -prosiguió Terner-, no sólo para mí, sino también para el pequeño elefante. Disponía de un bote de hojalata en el que tenía la intención de meterlo antes de abandonar la atmósfera de Eros, y hallé una forma de renovar el aire en su interior mediante mi propia respiración, que era suficiente para mantener con vida a la bestia. Tenía un trozo de tela verde, ramas de roble, como se hace con las orugas; y agua, y todo era para él. Luego abandoné todo aquello de lo que podía prescindir, a fin de aligerar el avión para el despegue de Eros. Arrojé al pantano mi revólver y los cartuchos, y también fue allí a parar mi cámara fotográfica. Luego me puse en camino y volví a volar por la noche hacia una región de Eros desde donde podía verse la Tierra, colgando por encima del horizonte de su pequeño vecino. En la noche de Eros brillaba una especie de pequeña luna, como una bola de cricket de color turquesa pálido engastada en plata. Apunté con precisión, con todas las tolerancias que había calculado, y me lancé de vuelta a casa volando bajo donde la atmósfera de Eros era más densa. A aquella altura tan escasa, el aparato simplemente adquirió velocidad. Luego llegó el momento crucial en que viré hacia arriba en dirección a mi objetivo. ¿Sería la atmósfera lo suficientemente pesada para que las alas de mi avión siguieran funcionando? Lo era: me dirigía exactamente en la dirección correcta, mientras me alejaba de la noche y la Tierra palidecía a lo lejos. ¿Podría mantener la velocidad? No podía hacer mucho más en aquella tenue atmósfera. Me preguntaba si alguien de la Tierra encontraría mis huesos, o si Eros me atraería de nuevo junto a mi avión. Mas no me olvidaba de mi elefante, y traté de alcanzar la caja de cerillas para arrojarla en el bote; entonces descubrí lo que le he mostrado.

-¿Se había ido el elefante? -pregunté.
-Había embestido, como haría cualquiera de su especie -dijo Terner-. Debió de irse antes de que yo abandonara Eros. Vea por usted mismo, ahora que conoce las proporciones adecuadas, que esta caja de cerillas no sería para él más que una chabola para un elefante de los nuestros. Y contaba con poderosos colmillos. A nadie se le ocurriría encerrar a un elefante en una choza de tablas tan delgadas. Mas nunca pensé en ello. Usted lo comprendió en seguida. Pero yo puse esas cabañas a su lado para proporcionarle a usted la escala exacta. Bueno, por el momento envidié su libertad. No tenía ni idea de la amarga incredulidad contra la que tendría que enfrentarme. Pensaba más en la lucha decisiva de la que dependía mi vida: la velocidad de mi avión contra la atracción de Eros. Y de pronto lo conseguimos. Hubo una ligera sacudida de todos mis barriles y botes cuando despegué de Eros. Luego comenzó una vez más un largo día. En su mayor parte lo pasé pensando en todo lo que iba a contar a nuestras doctas sociedades acerca de Marte y de ese asteroide que yo creo que era Eros. Pero estaban demasiado ocupados con su erudición como para considerar una nueva verdad. Sus oídos estaban vueltos al pasado; eran sordos al presente. Bien, bien...

Y fumó en silencio.
-¿Alcanzó usted su objetivo? -preguntó Jorkens.
-Desde luego -dijo Terner-. Por supuesto me ayudó la atracción de la Tierra. De repente la vi brillar a la luz del día, y no parecía estar muy alejada. ¡Oh, qué emoción la de estar volviendo a casa! Al principio la Tierra palideció, luego lentamente se tornó plateada; y creció más y más. Después adquirió un ligero tono dorado, un enorme creciente dorado en el cielo; a simple vista una visión de lo más hermosa, pero que sugiere algo a todo el ser que el entendimiento no logra asir. Tal vez uno se dé cuenta después de todo, mas aun así nunca puede transmitirlo, nunca puede hablar a nadie de aquella dorada belleza. Las palabras no bastan. La música tal vez podría, pero yo no sé tocar ningún instrumento. Me gustaría componer una melodía, ya me entienden, acerca de la Tierra llamándole a uno a casa, con toda esa luz cambiante; sólo que sería condenadamente impopular, ya que no se parecería en nada a lo que la gente suele escuchar a diario. Bien, logré mi objetivo. Con la ayuda de la gran atracción que la Tierra ejerce, volví de nuevo a casa. El Atlántico era lo único que temía, y lo evité con creces. Tomé tierra en el Sahara, que podía haber sido sólo algo mejor que el Atlántico. Pero descendí del avión y caminé un poco, y cuando llevaba unos cinco minutos de inspección encontré una moneda de cobre del tamaño de una pieza de seis peniques, que llevaba grabada la efigie de Constantino. Había reconocido inmediatamente el Sahara, pero después supe que me encontraba en la parte norte, donde había estado el antiguo Imperio romano, y comprobé que tenía suficiente gasolina para llegar a las ciudades. Me puse de nuevo en camino en dirección norte y volé hasta divisar un grupo de árabes con un rebaño de ovejas o cabras: no es posible especificarlo hasta que uno se aproxima mucho más. Aterricé cerca de ellos y les dije que había venido de Inglaterra. No era mi deseo asombrarles, cosa que habría conseguido contándoles la pura verdad, de manera que les dije que había volado desde Inglaterra. Y me di cuenta de que no me creyeron. Fue como un anticipo de la futura incredulidad del mundo.

Bien, volví a casa y conté mi historia. La prensa no fue hostil al principio. Me hicieron varias entrevistas. Pero pretendieron que fueran frívolas. Exigían alguna foto mía despidiéndome con el pañuelo de los amigos que dejaba en Marte. Pero ¿cómo podía yo ser frívolo después de ver lo que había visto? Incluso ahora se me hiela la sangre en las venas cada vez que pienso en ello. Y pienso en ello siempre. ¿Cómo hubiera podido agitar mi pañuelo a esa pobre gente, sabiendo que uno a uno iban a ser devorados por una bestia más horrible de lo que nuestra imaginación puede describir? Ni siquiera sonreí cuando me fotografiaron. Insistí en suprimir los pequeños chistes de las entrevistas. Me convertí en un ser irritable. Taciturno, dijeron ellos. Bueno, era cierto. Y después se volvieron en contra mía. Lo peor de todo fue que Amely no me creyera. ¡Cuándo pienso lo que éramos el uno para el otro! Debería haberme creído.

-Aunque sólo fuera por simple cortesía -dijo Jorkens.
-¡Oh!, fue bastante cortés -apostilló Terner-. Le pregunté sinceramente si me creía, y ella me contestó: "Te creo rotundamente".
-Bien, ahí lo tiene -dijo Jorkens con alegría-. Por supuesto que le cree.
-No, no -precisó Terner, fumando más que nunca-. No, no me creyó. Cuando le conté lo de aquella encantadora chica de Marte no me hizo ni una sola pregunta. Eso no era propio de Amely. Ni una sola palabra acerca de ella.

Durante un buen rato recorrió la habitación de arriba a abajo, fumando con rápidas bocanadas. Estuvo tanto tiempo callado y ajeno a nuestra presencia que Jorkens me hizo una seña y, dejándole solo, nos marchamos de la casa.