viernes, 25 de noviembre de 2016

El cóctel de mundos. Damián Fryderup.

Nos dirigíamos hacia la ciudad después de un largo ejercicio a las piernas desgastadas; por tanto andar en bicicleta. Yo y mis dos fieles amigos, estábamos a tan sólo unos metros de la ciudad y decidimos recordar viejos tiempos, haciendo una carrera desde un punto inicial hasta la avenida principal.
Nos detuvimos en medio de la carretera para iniciar la competencia que por cierto, esta ruta era asechada por vastos territorios inundados por bosques que hacían apreciar lo radiante de la naturaleza. Antes de empezar la carrera mi mente recordó que había un viejo atajo por el bosque, (y tomando tal camino, llegaría como una bala hasta la ciudad dejando en el olvido a mis dos cofrades).
Bukan o más bien “Buk” (su nombre de pila), marcó la línea inicial de la carrera en el pavimento; con unas piedras que estaban a un costado de la carretera.
Una vez que todos estábamos listos para la gran carrera, con las piernas en la posición exacta. “Lotahin” -mi otro incondicional amigo-, comenzó con la cuenta progresiva.
-Uno…dos…tres…-al escuchar el número tres, mis piernas pedaleaban por sí mismas.
El único objetivo en mi mente era el de conseguir la victoria, me dispuse a tomar el atajo que estaba a tan sólo unos metros más de mi posición. Opté por el plan de rendición, dejando que ellos se alejaran y luego puse manos a la obra para cumplir mi meta-algo fraudulenta, pero efectiva-.
Una vez que me adentré por aquel atajo me di cuenta por qué los antiguos de la ciudad lo llamaban:-“El camino de la tristeza”-. Por razones que desconozco este camino era muy extraño. A medida que lo transitaba se iba tornado cada vez más y más lúgubre. Sus árboles perdían su hermoso color verdoso, cambiándolo por un tono gris como las nubes que anunciaban una inevitable tormenta.
Pero lo peor de esta situación era, que al mirar hacia mis espaldas no lograba ver el horizonte. Era como si al avanzar, todo lo que dejaba atrás desapareciera en abismos oscuros realmente fuertes para la vista trivial.
Para mi despreciable suerte, me di cuenta, que esa oscuridad abismal no sólo devoraba todo mientras yo transitaba sino que lo hacía en cualquier espacio y tiempo conocido. Al percatarme de esto, saqué fuerzas escondidas y pedaleé lo más rápido que pude por aquel camino del infierno.
A medida que lo transitaba, podía avistar unos bichejos en los árboles que asechaban mi persona. Unas pequeñas alimañas que tenían cara de barraco con colmillos del tamaño de un destornillador. Cuerpo de rata y cuatro alas plumíferas en sus espaldas. Pero lo que más me intrigó de aquellos diablillos fue, sus infinitos y pequeños ojos. Sin ser un buen calculador diría que tenían unos veinte ojos en sus rostros de cerdos tan contaminados como un cadáver pestilente, y tan enfermizos como un desquiciado proveniente de un hospital psiquiátrico.
En aquellos momentos de sensaciones terroríficas contaba como única amiga a mi fiel y digna bicicleta.
Mientras más pedaleaba, parecía que las sombras a mis espaldas más se enfurecían devorándolo todo vorazmente
El camino parecía eterno -pero todo cambió cuando pude avistar aquel puente-, un puente hecho de huesos humanos, (como sería lo notorio de esto, que yo era un hombre que carecía de buena vista).
La situación era más que obvia tenía que llegar hasta el puente para lograr despertar de mi pesadilla o mi condena.
Una vez que enardecí mi marcha logré llegar con éxito y con todas mis preciadas extremidades hasta el puente óseo.
Pero este puente no se encontraba solo en aquel lugar, y hacía notar su compañía, puesto que era custodiado por un ser bastante ominoso; algo muy común en aquel lugar. Un ser al que jamás había visto en toda mi vida, un ser que daba alergia a mis ojos color marrón, – al igual que las pequeñas criaturas de los árboles que me agazapaban en un principio-.
Al ver esta bestia me detuve y bajé de la bicicleta cerciorándome antes, de saber que las sombras no devoraban más la tierra a mis espaldas.
Una vez que estaba cara a cara, con aquel monstruo. Pude verlo detenidamente y darme cuenta de lo horrible que era mi pesadilla. Este vigilante tenía sus ojos cosidos con hilos gruesos, su boca viperina y dos ganchos sobresalían de sus pómulos, mientras que goteaba sangre desde su cuero cabelludo. Era como si esta criatura ominosa estuviese cansada por algo, demostrándolo con su transpiración compuesta por sangre. Por otro lado su cuerpo era colosal, pero no porque fuese dueño de músculos protuberantes sino que este engendro era de lo más obeso que jamás hubiese visto en mi vida. Sus rollos de grasa le colgaban como aros en una oreja y su papada era realmente preocupante. Parecía que tenía cinco mentones en lugar de uno. Como si toda esta descripción fuese asquerosa, este gordo inmundo también tenía algo que hacía llamar la atención -sus piernas-, lo bastante asquerosas como para provocar nauseas. Eran muy delgadas y con una especie de hongos que cubrían toda su carne consumida. Lo que también cabe describir de este monstruo era que estaba desnudo mostrando todo lo que tenía que mostrar, algo que aumentó aún más el grado de aberración hacia tal engendro de los valles del azufre.
Después de mirarnos mutuamente él, rompió el silencio sombrío e inquietante que azolaba aquel lugar.
-¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!-me decía trémulo y, con la voz bloqueada por tanta grasa en su garganta.
-¡Espera!-exclamé-¿Por qué quieres que corra?
-Porque si no, te atrapará. Y pasarás por lo mismo que yo.
-¡Aguarda! ¿Qué es lo que ocurre?
-Lo que ocurre es… que “él” no perdona a nada ni a nadie.
-Puedes ser más explicito-le dije, en un tono de voz bastante duro como para ser escuchado por muchos espectadores.
-En tiempos pasados yo, era como tú. Pero por perder el tiempo como tú lo estás haciendo “él” me deformó junto con el espacio tiempo y materia. De eso, es de lo que se encarga “él”.
-Está bien, te creo ¿Pero qué es lo que debo hacer?-le pregunté con una duda real-¿Seguir por el puente?
-Sí, sigue por el puente-afirmó-¡Rápido está por llegar!
Sin entrar en discusión con aquella bestia de la peste fui al puente de huesos y corrí lo más rápido que pude, dejando atrás a mi pobre y vetusta bicicleta que usaba para ejercitarme.
Pero a medida que cruzaba por el extenso puente de restos óseos, por muy debajo de mí en las profundidades del precipicio me lanzaban flechas color negro. Y las esquivaba sin tener comprensión de ello. Al parecer, estas flechas se formaban con la oscuridad de los agujeros negros que se encontraban bajo el puente.
Mientras seguía corriendo como un veloz corcel por aquel puente de la desolación, decidí, voltear un instante hacia mis espaldas y cuando lo hice pude ver algo que juro por mi vida, que provocó la defecación en mis pantalones.
Hordas y hordas de todo tipo de engendros de la mano con sombras arrasadoras, me seguían enardecidos y eufóricos, con una sed de sangre muy notoria. Bestias de todo tipo de colores, aspectos y tamaños. Desde bebés con alas de escarabajos y ganchos de carne enfilados en sus espaldas, perros con tres ojos y piernas humanas fusionadas a sus espaldas, hombres obesos con las tripas al aire libre y con sus cabezas siendo portadas por sus manos. Hasta sombras oscuras que se combinaban con las espesuras, hombres arácnidos con tres cabezas y árboles caminantes. Que más bien tenían la forma de árboles miniatura, pero con la diferencia que estos tenían carne viva en algunas partes de sus cuerpos.
Seguí corriendo con más rapidez sin que mis piernas me fallaran en momentos tan limitables, la adrenalina de mi cuerpo estaba por salirse de mis narices. Y en un mínimo transcurso del tiempo por fin, había logrado llegar hasta el final de aquel puente del fanatismo macabro.
Una vez que traspasé la línea, que dividía el puente de las afueras mi vista se nubló por una especie de bruma y sentí el impacto de mi cabeza al azotar contra el suelo del bosque.
Cuando logré despertar sentía como si hubiesen pasado cinco camiones por mi débil cuerpo. Tomando fuerzas ocultas, me puse de pie y noté muy rápidamente los rasguños en mi cuerpo. Luego encontré mi bicicleta a tan sólo unos metros, la cual estaba en compañía de mis fieles cofrades, que al verme se impresionaron de tal forma que Lotahin cayó tumbado al suelo.
-¿Qué es lo que ocurre?-exclamé-¿A qué se debe tal asombro?-pregunté cuajado.
Pero cuando les hice tal pregunta mis dos íntimos amigos se retiraron del lugar tomando sus bicicletas, y alejándose de manera presurosa como si hubiesen visto al mismo demonio en persona.
Sin comprender la situación, pensé en lo más simple, -mi aspecto-. Seguramente estaba tan machucado y desfigurado que estos dos cobardes se asustaron. Y recordé que a tan sólo unos metros, pasaba un arroyo de aguas cristalinas como un frágil espejo.
Una vez que llegué hasta él en cuestión de segundos mi vida cambió rotundamente; mi vida se había convertido en un calvario. Cuando me miré en las aguas puras del arroyo, me di cuenta que mi rostro juvenil había sido cambiado por un rostro deteriorado y anciano.
Nunca supe lo que sucedió en aquel lugar, y siempre desconoceré tal anomalía del destino. Seguramente cuando encuentren esta nota, también encontrarán mi cuerpo.
Dado que decidí pinchar mis venas, con unas ramas que hallé bajo la copa de uno de los tantos árboles del bosque.

-Pero dejo esta nota-, para algún viajero, y para advertirles que jamás tomen el viejo atajo por el bosque. Porque quizá puedan encontrarse con un cóctel de mundos y el trago a beber será la condena eterna.

Si este escrito perdido fue de su agrado, está invitado a los reinos de las sombras, la dirección es: http://almascondenadas-df.blogspot.com/
Aquí se toparan con nombres innombrables, seres abismales y escritos Hyperiónicos.

Viaje accidentado. Javier Fontenla.

Cuando María se sacó el carnet de conducir, invitó a David a dar un largo paseo en coche durante la tarde de su primer sábado como habilidosa conductora. Tras pasar varias horas contemplando paisajes tan espectaculares como agrestes, no se acordaron de volver a casa hasta bien avanzado el atardecer. Así pues, siendo ya noche cerrada aún no habían llegado a la ciudad. Era una noche sumamente tenebrosa, sin estrellas, apenas iluminada por la Luna menguante, gibosa y espectral. Y aun esta única luminaria desaparecía cada cierto tiempo, anegada por los oscurísimos nubarrones que atravesaban a gran velocidad el cielo nocturno, impulsados por las alas invisibles de un viento otoñal, frío y sibilante. Para colmo, se había levantado un banco de niebla bastante espeso, por lo que, pese a la potencia de las luces largas, María no se atrevía a acelerar demasiado con una visibilidad tan reducida. Por otra parte, la carretera, que atravesaba una zona montañosa y desolada, tenía muchas curvas y se hallaba en malas condiciones, con el asfalto resquebrajado por el continuo embate de los elementos, y con los arcenes medio invadidos por la maleza del monte, que crecía indómita, ansiosa por arrebatarle a la civilización el terreno que esta le había robado en otro tiempo. No había apenas tráfico. Durante los últimos diez minutos, solo habían visto otro coche, un Renault Megane negro, que los había adelantado a más velocidad de la aconsejable en tales condiciones.
Eran las 20:05. David, tras mirar la hora en el reloj del coche, le pidió a María que pusiera la radio, pues había partido del Madrid, adelantado al sábado porque era semana de Champions. María puso una cadena cualquiera y casi inmediatamente después ya se oía bramar la voz del locutor:
-¡GOOOOOOOOLLLLLLLLL del Madrid! Di María, a pase de Xabi Alonso, inaugura el marcador en el minuto cinco del partido. Ya gana el Madrid, ya manda el equipo local, minuto cinco, Real Madrid uno – Valencia cero, Di María.
En ese instante, tras una curva particularmente cerrada, apareció el Megane negro que los había adelantado pocos minutos antes. Estaba en el arcén, invadiendo inevitablemente buena parte de la calzada, con las luces de emergencia encendidas y el motor apagado. Sentado sobre el asfalto, con la espalda apoyada en el flanco izquierdo del coche, se hallaba un hombre de mediana edad, presumiblemente el propietario del vehículo. De no haber realizado una brusca parada en el último instante, María lo hubiera atropellado, pues el hombre, aunque tendría que haber oído que venía un coche, en ningún momento hizo el menor movimiento para despejar la calzada. Se diría que tanto su cuerpo como sus sentidos se hallaban paralizados. Al parecer, no se encontraba bien. De hecho, sus facciones lívidas delataban que se hallaba enfermo o extremadamente mareado. En todo caso, y pese a la imprudencia que había demostrado al adelantarlos a toda prisa, no parecía que hubiera sufrido ningún accidente, pues su coche se hallaba en buenas condiciones. Temerosa de que el desconocido necesitara ayuda de algún tipo, María apagó la radio, estacionó el coche cerca del Megane, puso a su vez las luces de emergencia, y tanto ella como David bajaron del vehículo. La sensación de frío, aumentada por el viento y la humedad de la niebla, era intensa. Alrededor no se veían casas ni luces, pues aquella era una zona salvaje y apartada, donde los móviles apenas tenían cobertura. María le preguntó al hombre:
-¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
El hombre, un individuo pálido y delgado, al que una barba de dos días le daba un aspecto desaliñado, torció su cuello hacia María, muy lentamente, como si ese insignificante movimiento supusiera un gran esfuerzo para él, y dijo en voz baja, moviendo apenas sus labios lívidos y agrietados:
-¡Agua… agua, por favor! Hace mucho tiempo que no bebo… Por favor…
David cogió una botella de agua y se la ofreció al extraño. Este hizo ademán de alzar la mano para cogerla, pero le faltaron las fuerzas y fue necesario llevarle el agua a la boca. Entonces, bebió con ansia durante un buen rato y luego pidió comida. Mientras David iba al coche en busca de un bocadillo que había sobrado, María le preguntó:
-Pero, ¿qué te ha pasado? En esta carretera hay sitios donde se puede comer y beber. Entonces, ¿por qué no has parado en alguno de ellos?
El hombre habló, con una voz algo más audible, pero a veces confusa, vacilante:
-No puedo llegar a ninguno de esos sitios. Estoy atrapado desde hace mucho en un aquí y un ahora que no se terminan nunca. He intentado escapar con el coche, por la carretera, también por pistas secundarias que se internan en el monte… Es inútil, por mucho que corra siempre vuelvo a este sitio. Ahora ya no puedo seguir intentándolo, se me ha acabado el gasoil. Tampoco sirve llamar para pedir ayuda, el teléfono se puede pasar la vida entera dando señal sin que nadie conteste. Mientras tanto, mi cuerpo nota el paso unas horas inexistentes, sufre hambre y sed, pero mi reloj no se ha movido ni un minuto desde que llegué aquí. Entonces era de noche, tendrían que haber pasado días enteros desde mi llegada, estoy seguro… y no he visto salir el Sol. Estoy atrapado en el espacio y en el tiempo… y quizás vosotros también lo estéis. Sé que parece una locura, pero os juro que es la pura verdad.
Tras unos minutos de estupefacción y duro esfuerzo para intentar asimilar las palabras entrecortadas de aquel extraño individuo, María y David empezaron a murmurar, mientras el dueño del Megane mordisqueaba el bocadillo, sin prestar atención a sus susurros:
-Este llevará mucho tiempo sin beber agua, pero lo que es el último cubata aún lo tiene en la garganta.
-Sí, claro, no me extraña que tenga sed, es lo que pasa si te tomas pastillas de esas que te hacen alucinar.
-¡Qué paranoia! Yo paso de él, voy a poner la radio para ver cómo va el Madrid.
Una vez puesta la radio del coche, tras unos segundos de interferencias, se pudo oír, con escalofriante claridad:
(interferencias)
-¡GOOOOOOOOLLLLLLLLL del Madrid! Di María, a pase de Xabi Alonso, inaugura el marcador en el minuto cinco del partido. Ya gana el Madrid, ya manda el equipo local, minuto cinco, Real Madrid uno – Valencia cero, Di María.
(interferencias)
Apagaron la radio. El reloj del coche, así como los de los móviles, marcaban las 20:05… la misma hora que marcaban cuando habían encendido la radio por primera vez, antes de ver el Megane aparcado en el arcén.
Durante un buen rato, nadie se atrevió a decir nada. El viento nocturno aullaba con fuerza y azotaba cruelmente los matorrales y arbolillos que crecían junto a los arcenes. Sin embargo, los jirones de niebla y los siniestros nubarrones que navegaban por el cielo nocturno se veían inmóviles, como congelados por el gélido resplandor lunar. Tras un buen rato de silencio y estupefacción, David murmuró, con una sombra de miedo en la voz:
-Desde que estamos aquí ha pasado mucho tiempo. Por muy solitario que sea este lugar, no es normal que desde entonces no haya pasado ni un solo coche.
María, aunque no se sentía mucho más tranquila que él, dijo:
-Alguno tendrá que pasar antes o después.
Entonces, el hombre, que llevaba un buen rato en absoluto silencio, como ensimismado, dijo, con una desesperanza no por más tranquila menos siniestra:
-Pasarán coches, pero no nos verán. Aunque nosotros sigamos aquí, no podrán vernos, porque ellos pasarán a las nueve, a las diez, a las once… Esas horas no existirán para nosotros, estamos atrapados en las ocho y cinco, fosilizados en el tiempo. Nuestras vidas serán un pasado desconocido para quienes pasen por aquí esta noche, es como si nuestro tiempo fluyese a un ritmo distinto que el del resto del mundo. Lo siento mucho, es culpa mía. Ellos me buscaban a mí, solo a mí, pero de paso os han atrapado también a vosotros. Si no os hubierais parado a ayudarme, incluso si me hubierais ayudado sin hacerme preguntas y luego os hubierais ido, quizás ahora (“ahora” es un decir) ya estaríais sanos y salvos, en algún sitio cualquiera, lejos de esta noche eterna.
María casi gritó de puro terror al formular estas preguntas:
-Pero, ¿quiénes son ellos? ¿Por qué te buscan?
-Es fácil contestar a la segunda pregunta: me buscan en primer lugar porque sé demasiado sobre ellos y sobre todo porque tengo algo que les interesa. Por ambos motivos pretenden quitarme de en medio. Y sé que, en ciertas condiciones, pueden manipular el espacio y el tiempo. No sé cómo lo consiguen, pero así es.
María, cada vez más asustada, no tardó en volver a la carga:
-¿Cómo? ¡Esto cada vez es más absurdo! ¡Así que, según nos estás diciendo tú ahora mismo, hay seres humanos que pueden hacer eso, es increíble!
-Es increíble, claro que sí. Pero ellos NO son seres humanos.
David y María gritaron al unísono:
-¿Qué???????????
-Dado que ya estáis tan atrapados como yo, creo que no empeoraré las cosas contándoos un esbozo de lo que sé. Me llamo J. F. Hace algunos años, yo era oficial del ejército de Tierra y estaba destinado en Afganistán. Allí, a raíz de unas circunstancias que no es necesario pormenorizar, conocí a un tal Mohamed Kabir, un anciano muy sabio, que me inició en la sabiduría prohibida del antiguo Oriente. Cuando falleció Kabir, que estaba solo en el mundo después de que toda su familia hubiera desaparecido en la guerra contra los talibanes, yo me apoderé de sus libros de magia. Poco después, volví a España, pasé a la reserva y me dediqué exclusivamente al estudio de aquellos libros malditos. La mayoría no hablaban más que de supersticiones sin fundamento, pero uno de ellos resultó ser nada menos que el terrible Al-Azif, el Necronomicón de los grecobizantinos: una especie de Biblia del Demonio escrita hace muchos siglos por un árabe loco llamado Abdul Alhazred. Ese libro habla de ellos, de los antiguos demonios que dominaron el mundo antes de la aparición del hombre y que quieren volver a dominarlo. Y también habla de los conjuros que les permitirían huir del Infierno donde están encerrados para volver a nuestro plano de la realidad, y extender el terror y la muerte entre los hombres. Por eso sus seguidores quieren apoderarse del libro, para así conocer los conjuros que podrían acelerar el Apocalipsis. Cuando descubrí que me perseguían, decidí esconder el libro en un lugar seguro (pues hubiera sido muy arriesgado llevármelo conmigo) y huir. Recorrí toda España, cambiando de coche siempre que llegaba a una ciudad importante y no permaneciendo nunca más de un día en el mismo sitio. Así logré burlar su persecución durante varios meses, pero ahora me han cogido gracias a los conjuros que les permiten manipular el espacio-tiempo… Lo que aún no sé es si simplemente piensan dejarme morir de hambre y sed, o si vendrán por mí para interrogarme respecto al paradero del libro. Esta última posibilidad me aterra más que la misma muerte, porque si llegan a apoderarse de él, solo Dios podrá salvar al mundo de la destrucción.
Aún no había acabado J. F. de pronunciar sus últimas palabras cuando todos sintieron que los deslumbraban las potentes luces de un tercer coche, que había aparecido de repente en aquel lugar, tan silenciosamente como si hubiera sido vomitado por la oscuridad. Era un enorme Mercedes, más negro aun que la misma noche. Al principio, David y María se alegraron de que hubiera aparecido aquel vehículo, pues aparentemente eso significaba que ya no estaban atrapados en el tiempo y que podrían volver a casa. Pero se quedaron de piedra cuando oyeron a J. F. emitir un gemido de profundo terror. Él conocía aquel coche y a sus ocupantes. Estos, que no tardaron en bajar del vehículo, eran dos jóvenes altos y bien plantados, impecablemente vestidos con trajes negros y que llevaban gafas de sol, pese a la oscuridad imperante. Uno de ellos, el que iba en el asiento del copiloto, habló con una voz fría, a la vez educada e inquietante, dirigiéndose a J. F. e ignorando completamente tanto a David como a Maruxiña:
-Capitán F., convendrá conmigo en que su injerencia en nuestros asuntos ha llegado a extremos intolerables. Con todo, aún podemos ser razonables si se resigna a decirnos lo que deseamos saber. ¿Dónde está el libro?
Con la voz entrecortada por el miedo, pero a la vez mostrando una resolución heroica, J. F. contestó:
-Nunca lo sabréis, cabrones. Podéis matarme, pero vuestros jefes seguirán pudriéndose en el Infierno.
-¿De veras? Quizás ya sepamos dónde se halla el libro. Creemos que lo ha depositado usted en cierta sucursal bancaria de la ciudad de … Nuestro problema es que atracar dicho banco podría llamar demasiado la atención sobre nuestras actividades, por lo cual preferiríamos que usted nos acompañara a esa sucursal y retirara el libro legalmente, para entregárnoslo a nosotros… por lo cual, claro está, le pagaríamos todo el dinero que usted nos pidiera. Ya sabe que somos gente de recursos. Y tampoco ignorará que la única alternativa que le queda es la muerte. Así pues, ¿cuál es su elección final?
-Cagarme en tu puta madre, cabrón. Idos al infierno.
-Usted primero, capitán.
Mientras pronunciaba esas palabras, el joven, siempre imperturbable, extrajo de su bolsillo una pequeña pistola automática y acabó con la vida de J. F. instantáneamente, mediante un certero disparo que le atravesó el cerebro sin darle tiempo a pronunciar un solo gemido de dolor. Mientras tanto, David y María habían permanecido mudos e inmóviles, paralizados tanto por el miedo como por una especie de aura maléfica y casi hipnótica, que emanaba de aquellos siniestros individuos. Solo cuando J. F. hubo terminado de desangrarse sobre el asfalto, el mismo joven que había hablado y asesinado al militar se dirigió hacia ellos, más concretamente hacia David:
-Ahora que ya estáis aquí, supondréis que no nos interesa dejar testigos de nuestras actividades. Con todo, aún podemos llegar a un acuerdo. Si alguien de nuestra organización atracara un banco, ciertas fuerzas policiales, que saben de nosotros más de lo que le cuentan al público, podrían interesarse en el caso y arruinar nuestro plan antes de que podamos pronunciar todos los conjuros necesarios para liberar a los Grandes Dioses Antiguos. Eso es algo que aun con el libro lleva tiempo, pues los conjuros son cuatro y cada uno de ellos debe ser pronunciado en una fase lunar diferente. Si la policía fuera por nosotros, seguramente nos faltaría tiempo para cumplir nuestra misión. Pero si el autor del atraco fuera un joven sin antecedentes, nadie pensaría en otra cosa distinta de un delito ordinario, ni relacionaría el robo con nuestros intereses, lo cual nos daría libertad y tiempo para realizar nuestros propósitos. Tú mismo, con la pistola y las instrucciones que te suministremos, podrías conseguir el libro para nosotros.
Antes de que David hubiera asimilado completamente las palabras de aquel joven, el compañero de este, que hasta entonces había permanecido quieto y silencioso como una estatua, se abalanzó sobre María, con los movimientos veloces y precisos de una pantera que se arroja sobre su presa. Sin darle tiempo a reaccionar, la agarró con una mano y le tapó la boca con la otra. Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que lleva contarlo. Luego, el hombre que llevaba la voz cantante volvió a dirigirse a David, con su voz gélida de siempre:
-Mientras tanto, nos quedaremos con tu amiguita como rehén. Si rehúsas aceptar nuestras órdenes o intentas traicionarnos de cualquier manera, creo que no hace falta decir que ella sufrirá las consecuencias. ¿Cuál es, entonces, tu respuesta a nuestra proposición?
Pero el otro hombre se había confiado, ignoraba que María, pese a su aspecto más bien frágil, era una chica valiente, además de una buena deportista. Gracias a un súbito movimiento que los cogió a todos desprevenidos, la chica pudo zafarse de su raptor y correr hacia David. Los hombres hicieron ademán de extraer sus pistolas, pero entonces, hablando atropelladamente, María abrazó a David y le dijo:
-David, no puedes aceptar sus órdenes, sería nuestro fin. Tienes que hacer lo único que puede salvarnos.
-Pero… ¿a qué te refieres? ¿Qué tengo que hacer?
-¡Despertarte!!!!
David se despertó. María conducía por la carretera que llevaba a la ciudad, adonde ya no tardarían mucho en llegar. Pasaban varios minutos de las ocho y la noche era muy oscura. Había un banco de niebla y no se veían casas por los alrededores. María conducía prudentemente, despacio y con calma. Cuando vio que David se había despertado, ella sonrió y le dijo:
-¿Qué tal, mi bello durmiente? ¡Vaya siesta te has echado!
-¡Uf, ya te digo! ¡Si te contara las paranoias que he soñado!
-Mejor cuéntamelas cuando estemos en la ciudad, que ahora tengo que concentrarme en la carretera. ¡Jo, solo hay curvas y más curvas! Parece que el tiempo no pasa, que no vamos a llegar nunca.
Entonces, un coche los adelantó a toda prisa. David se fijó en él. Era un Renault Megane negro. Tuvo un rápido vislumbre de su conductor, cuyo rostro pálido fue fugazmente iluminado por los faros del coche. Era un hombre delgado, alguien a quien, en principio, ni David ni María habían visto nunca. Sin embargo, y por algún motivo terriblemente extraño, a David su rostro no le resultó del todo desconocido.

Lágrimas de sangre. Damián Fryderup.

Cuando nos mudamos a casa de mi difunta tía “Ana”, presentía que algo iba a cambiar en mi vida, y que el colosal ejército de adicciones que se amoldaba en mí, por fin iba a ser derrotado satisfactoriamente por mi superación humana.

Los que nos mudamos éramos cuatro, mi hermana menor “Crisma”, mi hermano mayor “Rolo”, mi fiel esposa “Bella” y yo.
Una vez que nos asentamos, todo nos vino mejor que antes en aquel caserón antiguo; o al menos eso era lo que pensábamos. Siempre tuvimos una buena convivencia entre los cuatro; una convivencia de beatos.

Algunos pensarán que vivir con tu esposa y dos hermanos es algo bastante inapropiado para la privacidad de una pareja- pues no-, en mi caso no lo era. Puesto que mi hermano mayor sentía un profundo cariño hacia Bella. Por otro lado, mi hermanita sólo la aceptaba y no demostraba queja alguna en el asunto.

Pasaron los jubilosos días cargados con copas de pureza y alegría, dado que estábamos en plena primavera. La estación de la que se adueñaban los pajarillos, que no paraban un instante en dar a conocer sus divinas canciones. Una de mis estaciones favoritas-por cierto- donde las flores demuestran todo su esplendor al máximo y donde los amores surgen o renacen. En mi caso, quería hacer renacer mi amor con Bella ya que desde el viaje no habíamos tenido intimidad (algo a lo que estábamos muy acostumbrados).

Pero antes de llenar de mariposas mi alma con su hermoso y escultural cuerpo decidí, buscar entre unas cajas viejas y polvorientas, un retrato del que hablaba frecuentemente papá. Este retrato pertenecía a la difunta tía Ana. Según papá, en el retrato se podía apreciar lo bella que era nuestra tía en su plena y viva juventud.

Después de una minuciosa búsqueda en el segundo piso, logré encontrar el famoso retrato del que tanto alardeaba papá. Y sin dudas tenía razón, porque tía Ana se veía realmente radiante. Si no hubiese sido mi pariente y si hubiese sido de mi misma edad, no habría perdido tiempo alguno en acortejarla, ofreciéndome como su primer pretendiente.

En el transcurso de mi exitosa búsqueda, el tiempo no había perdonado a nadie y ya era de noche. La hora indiscutible de ir a recomponer energías, con una suculenta comida que era más que seguro que estaba en la mesa de la sala principal; en el primer piso.

Cuando llegué hasta la mesa no encontré a nadie, ni Bella, ni Rolo, ni Crisma. Como si la tierra se los hubiese tragado y jamás los hubiese digerido.

Desconcertado por la ausencia de todos, me dirigí al refrigerador para picar algo y engañar a mi estómago. Algo que logré con éxito. Luego me dispuse a buscar a todos mis cercanos, como un constructor de familias dispersas.

Subí al segundo piso y me dirigí sin control alguno de mi cuerpo hasta mi habitación, para encontrar a mi queridísima Bella,-mi hermosa mujer, mi divina y fiel señora-.

Pero cuando llegué hasta la habitación mis ojos vieron lo más repugnante y traicionero que jamás hubiesen querido avistar. Era mi fiel esposa con mi único y despreciable hermano. En pleno acto sexual, transpirados como cerdos y con los ojos dados vuelta por tanto placer.

Cuando me vieron se taparon, y dijeron lo más insulso que había escuchado en toda mi puta vida.

-¡No, es lo que tú piensas!-dijo mi querido hermano mayor; el ejemplo de la traición, el primogénito.
-Es cierto…-afirmó mi infiel y arpía esposa.

Y al ver y escuchar esto no les dije nada y sólo me retiré del lugar como un perro con el rabo entre las piernas.

Después de lo vivido tenía que tomar un poco de aire puro de las afueras. Me retiré de la casa de la discordia, tomé el auto y me dirigí al bar más cercano donde conocí a una ramera de la zona y descargué toda mi furia con ella.

Después de todo lo mal vivido llegué a mi casa, aproximadamente a las tres de la madrugada. Con una borrachera considerable y con una furia extrema que anidaba en mis entrañas. Decidí acostarme en el sofá. Pero cuando estaba a punto de sentarme en su suave tapizado, escuché la única voz en toda aquella maldita casa. Una voz que provenía del segundo piso, una voz a la que nunca hubiese querido oír.
-Andrón… Andrón… Andrón…-se escuchaban los susurros angelicales y suaves ante los oídos humanos.

Por una curiosidad realmente humana, decidí ir al segundo piso y averiguar quién era el dueño o dueña de esta voz.

Una vez que logré subir las eternas escaleras que conducían al segundo piso, la voz siguió musitando para guiarme hasta su ubicación. Y en un corto espacio del tiempo pude darme cuenta de dónde provenía. Pero algo en mi mente adecuada a lo cordial me decía que esto no podía ser cierto. Y con un elevado grado de pavor me dirigí hasta las cajas donde estaba el retrato de tía Ana; la cual era dueña de la voz.

-Pero… esto, no puede ser cierto-le dije al retrato; sin dudas lo vivido era una locura. Muchas veces pasó por mi mente que todo esto era efecto del alcohol, pero después me di cuenta que no era así.

-Hola, querido mío-me dijo el retrato.
Este retrato demostraba unos signos de viveza aterradora, era como un ser carnal sólo que atrapado dentro de un cuadro. Tía Ana demostraba a leguas gestos exactos de un humano banal, a diferencia que su rostro era más pálido al de un mortal. Era como si ella jamás se hubiese ido y como si siempre hubiese estado atrapada en aquella pintura.

-Hola, tía-le contesté, amablemente y con mucho temor.
-Veo… que tienes muchas penas.
-Pues no sólo lo ves, sino que realmente tengo muchas penas-le dije.
-¿Quizá… yo pueda ayudarte?-me dijo, con un tono de voz cargado de picardía.
-No, lo creo tía-le dije desganado-Lo que he sufrido, no tiene cabida a ninguna ayuda.
-Pues al no saber con exactitud qué es lo que has sufrido, entonces… ¿cómo sabré si puedo ayudarte?-aportó con razón, propia a su argumento.
-¡Está bien!-exclamé-Lo que sucedió fue…bueno…encontré a mi esposa con Rolo.
-Vaya… esto sí que es algo triste-trató de consolarme.
-Pues sí.
-¿Quieres que te ayude?-me preguntó con un tono de voz extraño.
-Por supuesto-le contesté, sabiendo que lo mío no tenía solución o al menos desde mi punto de vista.
-Entonces… te ayudaré- dijo-Mañana amanecerás encontrando una gran sorpresa, una sorpresa radiante, despampánate e inimaginable.
-Está bien…confío en ti-le dije, reacio a que pueda solucionar mi problema.
Una vez que quedamos en acuerdo con mi tía o más bien con su retrato, volví a mi objetivo principal. Ir al sofá y pegar los ojos hasta el otro día; que sólo anhelaba que sea mejor al vivido.

Los pajarillos me despertaron con sus cantillos, en el radiante día sábado. Pero si hubo algo que llamó toda mi preciada atención en aquella mañana fue, el no haber visto a mi hermana preparando el desayuno dado que esto era costumbre en ella.

Pasaron unos minutos después de que me estirara como los felinos y de que bostezara vagamente.

Sin acordarme por efecto de la borrachera, de ninguna toma de la película de la noche anterior me dirigí al baño a lavarme y a despedir todos los desperdicios de mi cuerpo, que rebalsaba en fortaleza.

Una vez que llegué al enorme baño que se encontraba en el segundo piso, (como casi todos los lugares de la casa) lavé mi lagañoso rostro y cepillé mis careados dientes. Pero en ese ínterin los recuerdos de la noche anterior, habían vuelto como si alguien me hubiese dado un golpe en la cabeza. Recuerdos que me incitaban a averiguar cuál había sido la solución del retrato de tía Ana, ante mis notables problemas.

La primera persona a la que fui a visitar fue a mi hermanita menor. Cuando llegué a su habitación propicié unos tres golpecillos en la puerta antes de entrar, porque le molestaba mucho mi presencia en su cuarto; siempre era mejor avisar de mi llegada.

Pero tras tocar vagamente sin rumbo alguno por las corrientes sónicas, nadie atendió a la puerta. Sin titubear la abrí irrumpiendo en su cuarto. Y cuando ingresé a la habitación vi lo más aterrador y morboso que jamás había visto en mi asquerosa vida. Era mi hermana menor ensartada con clavos ferroviarios contra la pared, en posición de crucifixión completamente desnuda con tres estacas apuñalando su vagina y dejando que la sangre fluyera de su genital corrompido. Los pechos desgarrados con los pezones pendiendo de un hilo de piel, ojos y boca cosidos a la perfección impidiendo la vista por la eternidad y obstruyendo todo tipo de alimento. Y su cuerpo pálido y virginal tenía precisas incisiones que formaban inscripciones paganas e intimidantes de las cuales desconocía totalmente. Inscripciones en un idioma, al parecer lo bastante extraño y desconocido por la humanidad.

Después de llorar un considerable momento, sollocé y salí de la habitación que demostraba el lado más oscuro de la muerte y de la ayuda del retrato.
Al ver esto me imaginé que es lo que les había tocado a mis verdaderos traidores. Lo que no comprendía aún, era el por qué de la muerte de mi preciada hermana. Además tenía mucho miedo por aquel retrato del demonio. Que sin dudas, tenía una forma muy aterradora de solucionar los problemas.

Cuando abrí la puerta de la habitación de Bella los encontré -a ellos- asesinados, torturados, ultrajados, de forma macabra y sádica para la mente de un humano.

Bella estaba con un palo ensartado en su vagina el cual hacía notar su otra extremidad saliendo de su enorme boca que lo tragaba todo. Le faltaba el cuero cabelludo, no tenía sus hermosos ojos negros y tenía incrustadas en cada oído palancas de metal. Pero lo que más hurtó mi atención fue lo que tenía escrito en sus senos, algo que decía lo siguiente:

“Soy una puta, me encantan las pijas enormes”

Esto, no mentía por ninguna razón. A veces pensaba que todo lo sucedido se lo tenía bien merecido y que mi persona tenía un cierto grado de goce en tal situación.

Pero aún faltaba otra de las víctimas o condenados, una persona de lo más despreciable e inmunda. Una ser capaz de engañar a su propia sangre; del cual era mejor alejarse que acercarse.

Mi excelso hermano “el primogénito” no se había escapado del trágico castigo por parte del retrato. Él estaba a tan sólo un cuerpo de Bella y de la peor manera se encontraba sin signos de vida.

Rolo carecía de sus extremidades, las cuales estaban clavadas en las paredes del cuarto con unos clavos de tamaño considerable. Por otro lado, tenía estacas introducidas en su carne que enfilaban desde su cuello hasta su pene. Como si todo esto no hubiese sido suficiente, sus ojos estaban salidos hacia afuera, sus oídos estaban rasgados y su boca faltante de sus tan preciados labios; los cuales usaba para besar a mi difunta mujer.

Después de ver las torturas que habían sufrido mis seres cercanos, que alguna vez fueron queridos. Me decidí ir en busca del truculento retrato de tía Ana.

Una vez que llegué hasta mi objetivo abrí la caja de cartón donde estaba el tan anhelado retrato y lo tomé, en un movimiento de tal rapidez que mi alma no lo notó.

Tía Ana se encontraba firme, fusionada al retrato, llorando como nunca. Pareciendo una verdadera chiquilla remilgada. Pero lo que realmente me dejó cuajado, no fue el haber visto llorar al retrato,-sino lo que lloraba el retrato-. No eran lágrimas comunes, eran lágrimas de sangre; tan roja como los ríos del infierno.

Esta imagen me causaba un cierto y considerable grado de terror, tristeza, angustia y hasta furia. No lograba comprender qué era lo sentido en aquellos momentos; tan torturadores para mi existir.

El retrato seguía impetuoso en su posición, sin dejar de llorar. Y en su momento de pena eterna decidí hacerle una pregunta que atormentaba mi ser a cada minuto que pasaba.

-¡Ana!-exclamé, para hacer que vuelva en sí; algo que resultó con mucho éxito.
-¿Qué quieres Andrón?-me preguntó después de sollozar.
-Sólo quiero saber… ¿Por qué matasteis a Crisma?
-Porque ella también era una pecadora-me contestó con mucha confianza de sí misma.
-¿Y cuál fue, el pecado que cometió hacia mi persona?-le pregunté, atónito.
-Cuando tu hermano y tu mujer, te engañaban ella lo sabía todo. Sólo que callaba, porque estos dos le pagaban un dinerillo-contestó a mi gran pregunta.
Sin dudas todos mis seres queridos eran unas verdaderas mierdas humanas. Personas de lo más despreciables y traicioneras, que se vendían al mejor postor o al que tenga el pene más grande, (en el caso de mi mujer).
-Esto, no es una pesadilla-dudé en aquel momento-¿Verdad?
-No, todo es real-apaciguó mi alma.
-¿Sabes qué tía?
-¿Qué hijo?
-Eres la única persona o más bien el único ser, del que puedo fiarme y del que nunca me separaré-le dije, con toda la franqueza del mundo.
-Gracias… mi amor, tus palabras me han aliviado. De tal forma que estoy lista para solucionar tus otros, tan inquietantes problemas ¿Acaso lo deseas?-el retrato de tía Ana me volvió hacer la misma pregunta de un principio. Y yo volví a contestarle con mucho entusiasmo.
-Hay un hombre… un tal “Boldín”-le dije-Es el dueño de un restaurante de las cercanías. Me encantaría que me ayudaras con este tipo.

Mi conocimiento era voraz, respecto a cuál sería la ayuda que iba a recibir nuevamente de parte del retrato. Y decidí junto a tía Ana, convertirme en un castigador etéreo de mis enemigos hasta el fin de mi vida o hasta el principio de la eternidad

El nombre prohibido. Javier Fontenla.

Básicamente sólo soy un profesor de Literatura miope y debilucho, pero a veces tengo sueños que me permiten vivir otras existencias más emocionantes, aunque en la mayor parte de los casos poco agradables. Y a veces convierto los recuerdos de esos sueños, debidamente manipulados, en relatos fantásticos semejantes a los que me gusta leer.

Una noche soñé que era un intrépido explorador anglosajón de finales del siglo XIX, que un buen día (es un decir) emprendía la búsqueda de una legendaria ciudad maya, perdida en las profundidades de la selva mexicana. La presunta ciudad nunca sería hallada, y, tras numerosas penalidades, entre ellas la muerte o deserción de todos sus acompañantes, el explorador llega (¿o debería decir “llego”?) a una aldea india, habitada por gentes extrañas que ninguna crónica ha mencionado jamás.

Los indios que habitan el poblado, aunque semejantes a los mayas o a los quichés en sus rasgos y atuendos, parecen vivir permanentemente inmersos en un sonambulismo eterno e incurable. Durante las horas que el explorador pasa en el pueblo, alimentándose del maíz que crece libremente en huertas abandonadas, nunca los ve dormir ni alimentarse, sólo vagar silenciosamente de un lugar a otro, sumidos en el absurdo deambular de los sonámbulos, indiferentes a todos los intentos del recién llegado para comunicarse con ellos. Sus ojos vidriosos, que nunca parpadean, parecen ajenos a las imágenes del mundo exterior, el tacto de sus carnes resulta duro y frío como el de la madera helada, sus labios resecos no emiten ningún sonido y sus rostros no expresan ni la menor sombra de emoción. En cierta ocasión, un viejo indio es mordido en la pantorrilla por una serpiente de cascabel, pero el anciano sigue caminando con la misma parsimonia de siempre, sin mostrar síntomas de envenenamiento, ni siquiera de dolor. En otra ocasión, un puma despedaza literalmente a un niño, el cual no profiere un solo gemido ni deja de caminar hasta que ambas piernas le son arrancadas a mordiscos.

El explorador, convencido de que todos los habitantes del pueblo no son otra cosa que “muertos que caminan”, como aquellos de los que hablan las leyendas caribeñas, abandona asustado el lugar y vuelve a la selva. Poco después, encuentra en medio de la vegetación las ruinas de un antiguo templo, cuya extraña arquitectura no responde a los cánones del arte precolombino. Armándose de valor, y guiado por un impulso que ni él mismo se siente capaz de comprender, el explorador penetra en el interior del templo y allí se encuentra con un anciano indio, semejante a los habitantes del pueblo, pero lo suficientemente vivo como para recibirlo con una sonrisa perversa. El explorador se queda paralizado por la hipnótica mirada del hechicero, que durante algún tiempo se limita a contemplar al recién llegado, como la fiera que estudia a su presa antes de matarla. Después, el indio pronuncia una palabra, una sola palabra, y el explorador cae fulminado. Algunos minutos más tarde, el explorador recobra el movimiento y se levanta lentamente, pero ya no es un hombre vivo. Ha escuchado el Nombre Prohibido, el Nombre Que Mata, y se ha convertido para siempre en un no-muerto, semejante a los desdichados habitantes de la aldea, e igualmente condenado a vagar eternamente, por la maldición del Dios Oscuro, aquel cuyo Nombre quita la vida y sumerge el espíritu en una Nada imperecedera. Sólo el Gran Hechicero, por gracia especial del Dios, puede pronunciar el Nombre, y su misión es destruir mediante la Palabra Prohibida a todos los infieles que osan acercarse al templo sagrado, para que sus espíritus vitales sirvan de alimento a la insaciable voracidad del Dios. Su Nombre es… No lo voy a mencionar aquí, pero sí diré que decidí escribir un relato basado en mis desventuras oníricas, en el cual sí menciono, al final, el Nombre del Dios Oscuro, tal como lo oí en mi sueño.

Una vez escrito el cuento, lo imprimí y decidí mostrárselo únicamente a unas pocas personas muy queridas: mis compañeras y alumnas del Club de Lectura de mi instituto. Pero pronto descubrí que había cometido un grave error y que resulta sumamente peligroso trasladar al papel las palabras prohibidas que a veces oímos en los sueños. Aquella misma tarde empezaron los problemas que voy a relatar a continuación.

Poco después de haber distribuido entre mis amigas las copias del relato, me acordé de que tenía que imprimir un examen para el día siguiente, y las dejé en la biblioteca (que es donde se suelen celebrar las reuniones semanales del Club los jueves por la tarde) para ir a la sala de profesores y aprovechar alguno de sus ordenadores. Después de imprimir el examen en cuestión, pasé un rato, quince o veinte minutos, navegando por Internet, buscando en la Wikipedia datos sobre la naturaleza y las culturas indias de América central, por si mi relato no estaba bien ambientado y hacía falta reelaborarlo.

Pasados esos minutos, decidí volver a la biblioteca, pero cuando llegué vi, sorprendido, que allí, aunque las luces y el proyector seguían encendidos, no había absolutamente nadie. Me parecía extraño que se hubieran ido tan pronto, pues aún quedaba tiempo para las seis, que es cuando suelen acabar las sesiones del Club, y todavía más extraño era que se hubieran marchado dejando todo encendido y sin decirme nada, más aún teniendo en cuenta que ellas sabían dónde estaba. Temiendo que acaso hubiera sucedido algo anormal, empecé a buscar a mis amigas por los largos y solitarios pasillos del instituto, a los que la penumbra y el silencio de aquella tarde otoñal empezaban a dar una atmósfera un tanto siniestra, que pesaba sobre mi alma como la sombra indefinible de un mal presagio. Bajé a conserjería para preguntarle a la conserje si sabía algo de ellas, pero allí tampoco había nadie (esto ya no era tan raro, pues a aquellas horas la conserje siempre estaba tomando su café en el bar de enfrente, y todos sabíamos que para ella esta costumbre era algo absolutamente sacrosanto e inviolable).

Cuando estaba registrando la planta baja, me pareció escuchar sonidos extraños (algo así como gemidos o palabras ahogadas) procedentes del salón de actos, cuya puerta se hallaba abierta (otra anormalidad, pues aquella tarde no había exámenes ni ensayos del grupo de teatro). Me asomé tímidamente para ver lo que pasaba dentro del salón, procurando al mismo tiempo que nadie me viera a mí, y lo que observé me dejó paralizado de terror.

Todas mis amigas –Isa, Antonia, Marita, Lara, Claudia- estaban sentadas en los asientos de la primera fila, atadas y amordazadas, y con ellas había tres desconocidos de aspecto inquietante. Dos de ellos, aunque iban vestidos al estilo europeo, presentaban en sus rostros rasgos indios o mestizos, aunque más llamativas que sus caras (bastante siniestras, por cierto) eran las amenazadoras armas automáticas que portaban. El tercer hombre era un encapuchado que parecía ser el líder de aquella misteriosa banda y que, por su forma de hablar, no debía de ser extranjero. De hecho, su voz me resultaba familiar, aunque no fui capaz de identificarla. Al igual que los otros, iba armado con una especie de sub-fusil, aunque, no sé por qué, me dio la impresión de que no estaba tan acostumbrado como sus secuaces al manejo de armas de fuego. El encapuchado fue el único hombre al que oí hablar. En primer lugar, se dirigió a los otros dos y les dijo:

-Registren todo el edificio y encuentren al profesor J. F. Una vez que lo hayan encontrado, disparen contra él y mátenlo. Él fue quien soñó con el Nombre Prohibido y, por tanto, el Dios Oscuro exige que sea el primero en morir.

Como indudablemente aquel individuo estaba refiriéndose a mi humilde persona, y como tampoco se podía dudar de que sus amigos serían muy capaces de cumplir sin miramientos sus órdenes respecto a mi ejecución, resulta superfluo decir que un miedo atroz invadió mi alma hasta dejarme al borde del desvanecimiento. Si aquellos personajes eran capaces de amenazar a Isa, Marita y Antonia (las mejores compañeras que he tenido nunca, tanto en lo profesional como en lo humano), y también a unas chicas inocentes como Lara y Claudia, ¡Dios sabe qué serían capaces de hacerle a un tipo tan lamentablemente prescindible como yo! Por suerte, pude reaccionar a tiempo y ocultarme en un aula cercana cuando los dos sicarios salieron del salón de actos. También tuve la suerte de que pasaran de largo, pues sin duda pensaban encontrarme en la sala de profesores o en la biblioteca. Luego, una vez que hube perdido de vista a tan espantosos personajes, volví a la puerta del salón de actos y escuché lo que el encapuchado les decía a mis aterrorizadas amigas. Sin duda, hubiera sido mucho más razonable permanecer en el aula y usar mi móvil para pedir ayuda policial, pero la extrañeza y el horror de la situación eran demasiado grandes para permitirme pensar con claridad, del mismo modo que nadie puede razonar eficazmente mientras está teniendo una pesadilla. Lo que les decía el encapuchado a las chicas, por otra parte, me dejó atónito por sus enloquecedoras implicaciones:

-No os quejéis, mis hermosas amigas, y agradecedle a vuestra belleza femenina el que sigáis vivas… por ahora. ¿Queréis que os cuente por qué hacemos esto? No tengo inconveniente en contaros nuestros secretos, pues nunca tendréis la oportunidad de repetírselos a nadie. Nosotros somos los adoradores del Dios Oscuro, el Innombrable, Aquel cuyo Verdadero Nombre provoca la muerte del alma, y debemos impedir que este se difunda entre los impíos. En sí mismo, el Nombre no da la muerte, sólo los grandes hechiceros, como mi Maestro, pueden darle la entonación adecuada que permite convertir a los hombres vivos en “muertos que caminan”. Pero de todas formas no podemos permitir que se divulgue fuera de los círculos secretos de nuestra fe ancestral. A veces el perverso dios Cthulhu, hermano y adversario del Dios Oscuro, hace soñar a los impíos y les revela el Nombre Prohibido para que este sea profanado por labios indignos. Sin embargo, el Dios Oscuro también hace soñar a mi Maestro, y de ese modo le indica los nombres de aquellos a los que Cthulhu ha revelado el Nombre, para que así podamos eliminarlos antes de que hayan tenido tiempo para divulgarlo en círculos amplios. Vuestro amigo, el profesor J. F., habrá de morir, pues ha soñado cosas prohibidas y tanto el Dios como mi Maestro exigen su pronta muerte. En cuanto a vosotras, también conocéis el Nombre Prohibido a través de la lectura de su relato, pero os aguarda un destino algo distinto. Fuera nos esperan un par de furgonetas donde hay sitio para vosotras. Una vez que hayamos matado a J. F., os llevaremos ante la sublime presencia de mi Maestro, el sumo sacerdote del Dios Oscuro. Él os hará escuchar el Nombre con la entonación adecuada y os convertirá en cadáveres andantes. Así, durante una eternidad de muerte sin quietud ni corrupción, serviréis a mi Maestro, de día con vuestra fidelidad… y de noche, acaso, con vuestra belleza.

No pude aguantar más. Ardiendo de furia ante un plan tan perverso, me arrojé sobre el encapuchado con un ímpetu del que nunca me hubiera creído capaz. Aunque no soy, ni mucho menos, un hombre fuerte, logré derribarlo (me dio la impresión de que él, aunque pareciera amenazador con su capucha y su arma, tampoco se hallaba en una forma física demasiado buena) y luego seguimos luchando en el suelo. Gracias a un par de golpes certeros, conseguí noquearlo y arrebatarle su sub-fusil, con el cual me sentía capaz de enfrentarme a los otros dos sicarios, olvidando en la excitación del momento que yo no tengo ni idea manejar armas de fuego. Pero antes de liberar a mis amigas y culminar mi papel de héroe novelesco (cumbre y clímax de todos mis sueños), no pude resistir la tentación de quitarle la capucha a mi enemigo para verle la cara. Entonces, lo que llegó a su cumbre y a su clímax de pesadilla y locura no fue otra cosa que mi horror, cuando descubrí en el rostro de mi inconsciente adversario… ¡mi propia cara en todos sus rasgos!

En aquel momento de supremo espanto sentí que mi cordura se resquebrajaba, pero por suerte me desperté inmediatamente después, lo cual me salvó, gracias al Cielo, de la mayor de las locuras. ¡Todo había sido una pesadilla! Sin duda, mis deseos subconscientes de heroísmo triunfante, incapaces de hallar su cauce en la vulgaridad de mi vida ordinaria, habían urdido un sueño extraordinariamente realista, en el cual pretendía otorgarme a mí mismo el romántico (y un tanto machista) papel de salvador de damas en apuros. Sin embargo, algún impulso maligno procedente de las simas inferiores de mi yo se había recreado, a su vez, en el papel de malvado satánico y sin escrúpulos, con ansias sadomasoquistas de deleitarse tanto en mi propio sufrimiento como en el de las personas que me son más queridas. Así pues, mi lado oscuro me vedaba ser un héroe completo incluso en mis fantasías nocturnas, y me recordaba que en mí también existen puertas cerradas que es mejor no abrir. Esta ambivalencia de mi yo me resultó sumamente turbadora cuando me desperté de mi pesadilla. Sin embargo, ahora es otro pensamiento el que más me inquieta. Mientras duró mi sueño, yo no dudé en ningún momento de estar viviendo una experiencia completamente real. Y ahora mismo, mientras creo estar despierto… ¿cómo sé que no estoy soñando de nuevo? Y por otra parte… ¿cómo puedo estar seguro de que mi verdadera existencia es esta en la que soy profesor de instituto, y no otra que me toca vivir en alguno de mis presuntos sueños? Quizás soy en realidad aquel explorador decimonónico que halló una muerte en vida durante su infausta expedición a la selva centroamericana, y que ahora se consuela de su atroz destino soñando que es un pacífico profesor del futuro. Tal vez, ahora mismo estoy soñando -¿por qué no han de poder soñar los muertos, especialmente si son muertos vivientes?- mientras camino, con la carne fría y la mirada perdida, por aquella aldea de zombis donde comí maíz antes de hallar el templo del Dios Oscuro. ¡Quizás mi destino sea soñar y caminar sin rumbo ni sentido por toda la eternidad, o al menos hasta que un puma me haga el impagable favor de arrancarme las piernas a mordiscos!

Estás sola, ¿verdad? S.B.

Estas sola ¿verdad?, delante del computador,abrazando una almohada contra tu pecho,leyendo atentamente una historia,¿como lo se?, pues ahora mismo te estoy viendo,una brisa fría que anuncia mi presencia te llega, te giras mirando extrañada hacia atrás,el silencio es lo único que reina en la sala, veo como tu cuerpo se estremece, al parecer, me has notado, te giras y me ves, quieres cerrar las páginas para salir huyendo,pero te detengo, poniendo una mano contra la tuya, abres tus ojos espantada y unas lágrimas amenazan con salir, te las seco, una mano aprieta mas fuerte la almohada y la otra se aferra al ratón de computadora, tienes miedo, de mi, de la muerte, todos nos temen, veo como abres tu boca pero tienes la garganta tan seca que no puedes hablar, tus pensamientos están demasiado revuelto para saber que me quieres decir, por fin logras articular un mínimo susurro.

-Rápido, por favor-me ruegas

Por primera vez tengo lástima, a pesar de que lo llevo haciendo por décadas, debo admitir, que desde hace mucho te vigilo, tu vida tan inocente y dulce te ha condenado a la muerte, no se como o porque, pero tienes que ir al infierno, escucho la puerta abrirse, es tu novio, ahora empieza mi trabajo, dejo tu mano y te tranquilizas unos minutos después, lo suficiente para posesionar el cuerpo de tu amado y ponerme detrás de ti con un cuchillo, te giras primero con una sonrisa y luego espantada, te agarro de los cabellos, suaves y de un color chocolate, posiciono el cuchillo en tu cuello, blanco como la nieve, y en rápido pero profundo corte tus ropas se manchan de sangre y veo como lentamente te desangras y mueres, tus ojos brillantes ahora son como una vela que se extingue, tus labios rosados pasaron a morado y luego a azul, hasta que al final ya nada hay en ti, salgo del cuerpo y te beso en tus labios fríos, robándote el alma, me voy antes de que el chico se de cuenta, en la calle de noche, te llevo hasta el infierno, miro como te torturan, no lo soporto y me voy, caminando junto con el viento, hacia otra casa, otra víctima, vacía y hermosa como tú, una perfecta muñeca de porcelana mas para la colección, el silencio inmunda la calle y la oscuridad reina, opacando la sutil luz de luna, mientras que las hojas se mueven por la brisa, simplemente, estoy solo.