martes, 22 de noviembre de 2016

Poema del lejano. Juan Carlos Mestre.

El que desterrado por la pobreza
vive sin corazón en lo lejano,
y a nada atiende como suyo
y es lóbrego y cansado bajo el cielo.
El que sale vencido de su casa
y lo arrastra la gente en su murmullo
y transcurre vacío por la calle
y se sienta delante de una máquina.
El doloroso de razón frente a la vida
que muere en la esperanza y no regresa.
A este que nadie ha despedido
y toma el tren un día hacia la aurora.
Nadie lo sabrá, su historia es triste
como un mar que nadie ha descubierto.
No ha querido mirar la primavera,
trabaja por volver, brotar un día
como el árbol florecido que en su huerto
daba sombra y destino a la mañana.
Pensaréis que el cielo habrá de perdonarlo,
pensaréis que el amor,
ciudad y pájaros y torres
sonará de nuevo campanas en sus ojos.
Pero él, que perdido en lo lejano
fue escombro de alameda, ha muerto.
No lo lloréis,
junto a aquel leño oscuro
brotaba un manantial honrado.

De "Antífona del otoño en el valle del Bierzo" 

Memoria de la noche. Juan Carlos Mestre.

Esta noche y no en otra noche más cercana o desnuda
voy a empezar a vivir
es que ha pasado un hombre alto como un eucalipto
y no soy yo
cuando pregunta por el dueño de las carnicerías
y entonces entra y clausura todas las sangres
y los clamores del mundo mugen tan gozosos
ya de la vida toda y de la muerte ninguna.
Esta noche y no en otra noche más doliente o profunda
voy a empezar a nacer
es que ha pasado un niño con más fusiles que risas
y no soy yo
cuando pregunta por el dueño del hambre
y la esperanza general de la tierra se conmueve
ya de venganza o de ira.
Esta noche y no en otra noche más triste y obscura
voy a empezar a creer
es que ha pasado una mujer parecida a mi madre
y yo también soy
cuando pregunta por mí y yo me reconozco
ya de dolor o vergüenza.
Esta noche y no en otra noche más cruel o suicida
voy a empezar a morir
es que me ha saludado el que me odia
y no soy yo
cuando pregunta mi oficio terrible de dulzura
y ya una bala me sueña.

Esta noche y no en otra noche más deseada y querida
voy a empezar a cantar
es que el silencio recorre mis cosas
y no soy yo
cuando se callan en el miedo las estrellas
ya sentencia o castigo.
Esta noche y no en otra noche más ciega y oculta
voy a aparecer de repente
es que a tantos han ido reduciendo a la sombra
que ni soy yo
cuando estábamos todos y ahora no existes
ya desolación y miseria.
Esta noche y no en otra noche más bella y sentida
voy a preguntar por el pan
es que ha pasado la muerte toda encendida de trigo
y no soy yo
cuando responde la lluvia cayendo en la nada
ya paciencia o trabajo.
Esta noche y no en otra noche más incierta o mentira
voy a confesarme del miedo
es que han encendido una hoguera
y soy también en la llama
cuando arde el deseo prohibido
ya diferencia o pecado.
Esta noche y no en otra noche más confiada y amiga
voy a rendirme con pena
es que una caricia me acusa
y no soy yo
cuando apuntan mi nombre en el aire
ya condenado o alegre.
Esta noche y no en otra noche más fría o ajena
voy a marcharme hacia siempre
es que nunca la muerte termina
y no soy yo
cuando maltratan el beso con ira
ya religión o fracaso.

Esta noche y no en otra noche más noche y eterna
voy a pensar que respiro
es que una palabra se ahoga en un libro
y no soy yo
cuando aplauden lo horrible del mundo
ya consagración o veneno.
Esta noche y no en otra noche más desolada y perdida
voy a escribir al tirano
es que pasa mi abuela con flores, con vida
y no soy yo
cuando llora vacía ante el cielo
ya letanía o milagro.
Esta noche y no en otra noche más escondida y lejana
voy a quedarme contigo
es que ocurre un monstruo en las selvas del alma
y no soy yo
cuando claman heridas y heridas
ya gobiernos o leyes.
Esta noche y todas las noches del día
voy a decirte mi amiga culpable
es que está pasando la vida
y yo no soy
cuando un hombre se sienta y nos habla
ya destrucción o poesía.

Lo que sé de mí. Juan Carlos Mestre.

Yo he nacido aquí junto a las altas lilas del verano
y los verdes racimos amargos de la aurora.

Yo he nacido entre las rosas que han muerto
y el mustio follaje de los jardines de un sueño.

En las transparentes alamedas que canta el ruiseñor
y abre el rocío con su cuchillo de cristal en la mañana.

Como la hoja que cae sobre un sepulcro
yo he pisado al nacer esta piedra y su luz me ha salpicado.

Como el que nace para la música y talla la madera o la roca
y escucha su voz crujir bajo el cincel y no pregunta.

Yo he nacido duro de corazón y equivocado,
pero vosotros me habéis dado la tierna mano de la primavera.

El que sopla las estaciones y hace reverdecer al árbol muerto
ha mirado esta rama joven que no ardía.

Al consumido en su luz y al que el amor destierra
mis días por igual se han parecido.

Como aquel que al entrar en su casa se encuentra con la mar
y goza y es feliz y se queda con ella para siempre.

Yo he nacido aquí antes de que mi corazón se diera cuenta
y una dulce mujer se acercara a mi sombra como madre.

Desde entonces he sido melancólico y triste
porque he contado los astros y la lluvia y la arena.

De lo ajeno he tenido la bondad de la tierra
y de lo mío la nada en su infinita certeza.

He visto a los hombres mirar hacia el cielo
como buscando la vida que junto a ti se les niega.

Y he padecido con el dolor entre todos
y no he cerrado la puerta al florecido en su odio.

Al que marcado con saliva se esconde de los muchos
lo he elegido más cerca de mi corazón que a los otros.

Y he contemplado a los pájaros
resolver en el vuelo el misterio del aire.

Yo he nacido aquí junto a la piedra de Cluny
donde brota el mirto su tallo en la maleza.

Pero no he sido feliz,
mi memoria se ha cansado de llover y esperarte.

Nada pudo la abundante espiga del dolor contra nosotros,
cuanto más me iba, más tu amor me aprisionaba.

Y así he sido claro bajo el sol y también fuente
donde vienen a beber desde el fondo del mundo las estatuas.

Y un día, un día como hoy resplandeciente y puro
rozado tal vez por el deseo se acercó a la ventana mi figura.

Y al ver todo transido de pétalo aquel cuerpo
salí como siguiéndola y me perdí en su calle.

Yo te he amado pequeño pueblo entre dos ríos
donde supo mi corazón el don de la palabra y las alondras.

Libélula. Juan Carlos Mestre.

Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria
a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente
las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos
en la perfección de los huesos. En aquel tiempo
yo tenía el sueño de una libélula entre los juncos del corazón.
Cansadas como paraguas cerrados recogía las maderas auditivas
de un mar inexistente y con ellas construía algo parecido a una casa.
En aquellos días algo parecido a una casa eran las conversaciones,
palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.
Yo desconocía los vínculos y toda oscuridad era para mí un obsequio,
un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a mi mano.
No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación
del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.
Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido
mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor prestado,
la cámara del que guarda su placer en ella.
Yo tenía la costura de una libélula en el corazón
pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro
en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.
Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos
que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.
Antes que me tomaran por un extraño ya que yo no era el dueño de esa invención
me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos
y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio vacío.
Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,
era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,
como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espíritu.
Yo solo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo
y llevan la aorta de las constelaciones acogida en sus sienes.
Está bien, las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
es probable que la invisibilidad y estos hechos
solo guarden relación con una libélula.

La nostalgia es un pájaro que enciende su rumor en la noche. Juan Carlos Mestre.

En una ciudad de provincia. En una ciudad con tiendas de ultramarinos y ángeles que cruzan el cielo en bicicleta.
       Es una tarde de domingo, a eso de la tibia luz del anochecer cuando aún no han dado las ocho.

Bajo la dulce curva de los soportales las muchachas como yedras fragantes ensueñan el melado torso de los jóvenes.

Mi memoria advierte esa dicha, el celeste vapor que los labios exhalan entre palabras secretas. Lo que recuerdo es
       hermoso, como el aceite que resbala de una tea encendida y fulgente se esparce sobre los cuerpos desnudos,
       sobre el súbito mármol de los amantes dormidos.

Lo que borda la ternura sobre los valles del Bierzo, lo que lentamente abolido aún palpita como un rubí en el melodioso
       pico de los pájaros. Así os he sentido, libres y gozosos días donde viví cansado por la luz, radiante, estremecido,
       hijo de la tristeza y los relámpagos.

En una ciudad de provincia. En una ciudad con escaparates y jardines y trenes silenciosos. En una oscuridad amenazada
       por el muro cinerario de la aurora.

El otoño era bello, nuestros pensamientos tenían la sonrisa del niño que se baña en el río. Como nacidos del puente o
       de la torre, como la piedra, despacio, el deseo de la aventura fue huyendo de nosotros, como la albahaca de los oteros
       de junio, como el jaspe que lanzado por la honda silba brillante hacia los cielos.

Llueve, esa gente que soy y que conozco ha salido a la calle, al céfiro suave de los dialectos del monte. La noche ha puesto
       lámparas apagadas en los nidos vacíos, solitarios pastores en las tristes cañadas del otoño.

Ya lo sabéis, como esa postal borrada por el sol que guarda en su zurrón un cartero celoso.

Hablo contigo. Juan Carlos Mestre.

Hablo contigo, ignoro dónde estás, hacia qué luz busca mi Ser el eco en que te escucho.

No hay usura en tu voz, yo sé que un aire limpio te respira, que algo redentor, alguna claridad que arrastra el río lleva
el pensamiento tuyo.

Hablo contigo, una intacta pasión vive en tu fósforo, una única luz que no se apaga mientras la muerte fluye, mientras
la muerte sufre esta palabra.

Y hablo, hablo contigo alrededor de un hueco, alrededor de mí como el que gira mutuo, como aquel que dentro de nosotros
es próximo y se acerca con su haz luminoso de pureza.

Hablo ante el destino que imagina el hombre, eso de desvalido, eso de delirante y turbio hablo contigo. Y es de noche,
es de noche en los dos como metal oscuro, y vemos como largamente la verdad extiende su único hilo de saliva,
un único alfabeto en el rumor de todos.

Hablo contigo, oh bondad compartida de quien es silencioso, sombra de esa sombra que aletea y es vuelo de semejante
elocuencia, el que escribe, el que escucha, el que lámina a lámina va enhebrando en el eco una voz que responde,
esa voz en mí mismo, la que nos alumbra y persuade desde más allá de la muerte.

De la tumba de Keats (fragmentos). Juan Carlos Mestre.

No me arrepiento de nada ni de nadie, la vida es un monólogo
entre la índole extinguida de una estrella y la natural semilla.
Mi alma crece silenciosa hacia un lugar incierto,
allí las fieras luctuosas, allí el sicario gótico y el infortunio ciego.
Brota el arco iris de los cálices que sostuvo Homero,
le brota su cuerno al fauno, el eco al precipicio, su luz al cielo.
Ésta es la frontera de mi vida, ésta la hora izquierda
exacta en el destino del corazón de un prófugo.
Yo iré donde tú vayas vida esquiva, en tempestad, de noche,
junto al fugitivo cazador de las lagunas, con el presidiario absuelto,
yo cruzaré los médanos con lumbre, yo abrasaré los remolinos ciegos.
He sido parcial con los vencidos, seguiré siendo parcial ante los muertos.
Recuerdo de mi infancia tres peligros,
recuerdo el mal, los ojos sin pretexto del maldito,
recuerdo el aire que había en las palabras,
recuerdo un sueño, su prodigio, recuerdo el asno blanco del lechero.
He vagado por ahí, irrevocable, alegre, desmedido,
he ofendido con voluntad a los jerarcas
y al atónito perpetuo en su torre de herrumbre.
Salgo de un lugar y voy a otro, me inspiran compasión las jaulas.
No soy distinto al péndulo en la cueva ni al nadador vendado,
mi mayor habilidad es la pereza de encontrarme con otros a menudo.
De lo mismo que me acusan yo me acuso, jamás mis amuletos me abandonan.
Siento ante la noche una curiosidad equívoca,
tengo ante lo súbito un poder magnético.
Hay un pretérito espectro que no olvido,
hay un rumor lejano del infierno,
hay un enigma hebreo junto al mito.
Mi cuadrilla es inhábil para todo, nada sabe.
Tengo un secreto según la estación del año,
un invariable encargo desde el primer aliento.
Me contradigo siempre, la certeza es la sombra de un delito.
De vez en cuando me asocio con proscritos,
encuentro a mi amigo en la revuelta, me hospedo en un lugar impenetrable.
Sé que existe en la belleza el bosque iluminado y la mujer mágica.
He oído la música del próspero océano y la ligera lluvia sobre el tambor de ébano,
he oído el tímpano y el arpa en las catedrales fúnebres,
la esquila del leproso y la irrevocable campana del jurista.
No he aprendido a sufrir, toda severidad es inhumana.
Yo era, yo fui lo que las manos de un padre ante la generación exhausta,
el encomendado a la mudez, el imprudente ileso.
Cada visión del hombre es una idea nueva que visita el mundo,
el silbato con que un cartero festeja la imitación de Dios.
La imaginación es una vivienda donde los herejes hacen ruido con el Apocalipsis,
la imaginación es insalubre para las lápidas y el asiento de los agónicos,
la imaginación hizo resucitar a Jesús al tercer día,
la imaginación es un túnel de tierra de colores ante los ojos del topo,
yo he visto el mundo real de la imaginación sobre la memoria de los errores,
yo he visto al turbulento y a su ferviente amiga salvados por la imaginación,
porque el cínico no ha ido al infierno gracias a la imaginación
y el infame no ha entrado en el deshonor de su propia verdad
                    gracias a la imaginación.
Yo me revelo contigo en la imaginación como el silencio en una amante inédita,
la conjetura indaga su resoplido entre la ruina, el árbol aborrece los valles,
ningún cautiverio dura eternamente en la brevedad de los labios de Horacio,
ninguna ciencia de rabinos descubrirá la amistad entre la poesía y el cielo,
los nómades no tienen campamento sino en la periferia donde algo amenaza,
Dante no tuvo campamento en los infalibles círculos,
yo tengo un aposento bajo el sombrero de paja y una estera de marfil
                    en el asilo de las nubes.
Mi nombre no dice nada a quienes me rodean, voluntariamente combato sus síntomas.
Concibo la memoria como el oficio de devolver a las aldeas su soberanía.
Algunas veces la juventud es una pasión enferma que ha huido del séquito,
su vanidad decora el orgullo como las sombras una caverna.
Todo lo inverosímil representa una verdad para alguien,
el unicornio es inverosímil, el ángel es inverosímil, la raya del horizonte
                   es inverosímil.
Lo imposible es indulgente con la maravilla,
llamo maravilla al pez de obsidiana y al vértigo de otro abismo
                   desde los puentes de mimbre.
La pesadumbre escolta los intentos como el desencanto la orfandad del logro.
El riesgo vive en el semblante de los supersticiosos, el crepúsculo tiene
                    las manos atadas.
El progenitor del artista es un mensajero que trae recados de la oscuridad.
En la provincia de las fábulas hay fábricas de pórfido para el ataúd de las estatuas.
Lo contrario al fallecimiento es una sonrisa inesperada, lo contrario al glaciar
                    la belleza del fuego.
Todo lo inmortal admite el mediodía, el girasol hace alianza con los páramos resecos.
El límite del hombre, el límite de la velocidad del pensamiento.
No han sido escritas estas palabras para el conocimiento de la razón
y no porque esa necesidad de conocer el sabor de los ruidos semánticos
no asista Como un deber al hombre y sea enfermedad de su inteligencia,
pero el que entra en una tumba blanca y prueba el blanco y duerme sobre el blanco
no debería ya manchar con otra elección el lugar de lo sagrado.
Yo he entrado en una tumba blanca y he comido en ella carne brillante de pez,
he bebido agua de cal como otros beben agua de Dios mezclada con lluvia,
Ya esa tumba la he llamado casa y he cerrado la puerta y me he quedado a vivir en ella.
Cuando llamó el lúcido le pregunté a qué venía, vengo para saber, eso dijo.
Cuando llegó el cobarde entró también el desconocido, traían aceite para las lámparas.
Nadie me ha ayudado a equivocarme, yo mismo he abolido mis derechos.




En la vida de un hombre siempre hay una mañana para la calamidad,
una mañana regida por las multiplicaciones del símbolo y la idolatría órfica
                     de la perduración.
En la vida de un hombre hay almacenes llenos de objetos y maderas con insectos,
hay tensos mundos artificiales y canales por los que discurre la sangre hasta los vasos,
hay fósforo y sonido del delirio del fósforo,
la respiración de un tigre y la mano del desobediente cortada,
hay calor entre un semejante y otro y hay destrucción
porque existe en ellos la proximidad y el imán que la ahuyenta.
En la vida de un hombre hay zapatos usados por un padre,
hay profusas noches que luego nos darán temor, hay cuerpos de adivina,
cuerpos por primera vez, espantosos labios con rencor, la voz que nos conoce
y se queda ahí mirándonos como una res moribunda en el estanque helado.
En la vida de un hombre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia,
lo que se resiste a desaparecer, la aparición de una ciudad, el cansancio de los viajeros,
lo que favorece la ambición y 10 que elogia la idea de abstenerse,
la duda moral de una vida solitaria, el descargo de multiplicarse en otros.




Nada de lo conocido, nada de ningún esplendor venidero
es comparable al paratruenos del cardenal moribundo,
ni la aguja de los jeroglíficos ni el diosecillo de oro en el follaje de pórfido,
ninguna ausencia es aquí más inalterable que esta ruina del paraíso
donde el dueño de Roma mira al albañil que ha hecho de la demolición su arte de vida,
al carpintero que con manos heridas por la garlopa talla una delgada arpía
                     en el bestiario del coro,
y por esa cicatriz mira el ojo pagano los peces cúbicos de la edad de Cristo.
Corre por las calles el rumor de la traición a Gramsci,
los índices remiten a páginas blancas, la soberbia hace frontera con la justicia.
Mis dudas han entrado en la embriaguez del cáñamo,
mi decisión en la fragilidad del vidrio.
Roma se hunde en el pudridero de las canteras latinas,
la luz entra en sus huecos como la cuchilla del descarnadero.
Oigo la oxidación de las bestias, oigo el mugido espeso de los feroces sátrapas,
al oferente en su caverna profunda ante el cuerno de Mitra.
Llamo veneno al aceite de la higuera de los ahorcados,
llamo flor crepuscular al cuajo de sangre de los mataderos.
Éste es el invierno hacia el que la lengua roja de los animales ruge,
ésta la boca infame en la bacanal de los regentes.
No la bisutería empañada por la decoración de los alquimistas,
no la dulce edad vencida de Adelaida Lindahl inmóvil bajo el barro de la felicidad,
no la tierra de ceniza de rosas, ni la llama lamida por el grito de la tierra mojada.
En cada ventana del mundo hay una mujer sentada, hay otro límite del hombre,
                    hay otra casa,
en cada combate con la muerte hay otro peligro, otro comensal de hormigas,
                    otro destino sucesivo,
hay manos irreconocibles que sostienen el decálogo de la ley de Moisés,
hay cirujanos que nadie conoce abriéndole con un alfiler la puerta al pájaro negro,
hay telegrafistas descifrando la ventura y el estrago de la desventura,
los mensajes de la injuria y el precio de los desechos,
hay por cada isla otra soledad de isla y por cada maltratado hay en mi piel
                      otro maltratado.
El que predica contra la compasión arroja un caldero de plomo
sobre la criatura salubre, se aleja de su hueso, abandona la temperatura.
El que obliga a su mano izquierda a empuñar la azada salva a la celosa carne
                       de lo inaccesible,
porque inaccesible es para el hombre aquello que le ha sido vedado durante el viaje,
desconocer el origen de su angustia, adivinar el espectáculo de las mariposas,
inaccesible es la verja que separa a Anne Pomerensky de su violín de palo,
la verdad que obliga a arrodillarse a Clemente Octavo príncipe de las lagartijas
y la coartada del amor ante la acusación de herejía.
Todo cementerio es una gruta de fatales huesos diluidos en leche de loba,
una hoguera estancada que atiza el íncubo de la codicia con un  gran abanico
                         de plumas de oca,
por las terrazas de los cementerios se oyen de noche los caballos
                          muertos del final de la vida,
por todas las columnas huecas retumban los zapatos del hombre extraviado,
el silbido de los amantes separados durante el descenso por láminas de granito,
los que no descansan llamándose y perviven en el endurecimiento
                           como huesos de jibia.
Nada le he dicho yo a esta mañana en que canta en el jardín de la Academia
                           el ruiseñor de Pound,
nada a la criatura alada del hético que se consume junto al literario sofisma,
nada tampoco a la mano del díscolo que al levantar su índice
señala el águila erguida sobre el mástil fascista.
Durante la visión del alcohólico ésta es la lengua de Trilussa y su mano de bronce
                            de la que brota humo de leña,
escritura obligada por las fechas de octubre junto a las alambradas
                            de la coronación del divino Claudio,
lo que enterrado en mayo acude ahora como el cauterio de un rayo a los ojos,
las marmitas de aceite donde hierve la lengua leprosa de Roma,
la oración estancada en los pantanos católicos, las religiosas serpientes.
Y así también los moribundos cisnes del romanticismo en el espeso
                            aljibe de agua verde de la filología,
el anillo con la salamandra, la podredumbre de algas bajo el puente del Pontífice Síxto,
la muchacha húngara que traduce a Leopardi con brillantes ojos de gata,
la que tiene un pez que nadie ha besado.
Y vosotros, últimos años de mi juventud en la estación nublada,
días ornamentales del poeta entregado como un reo a la especulación del espíritu,
al hábito de las bocinas y los grabados antiguos,
días ilusorios como una pasión de la infancia, el juego naval, la saña con los dóciles.
Abrupta vida del gesticulante, el que ante lo previsto vive el sueño de lo previsto,
ese que duerme contigo bajo las telas de lino y te mira terminante como un criado
                            mortificado por el insomnio,
tú, que conoces el cero y el valor del cero y la fascinación de su estéril refugio,
tú, que te has desterrado a la zona dividida por la inutilidad, efigie de los proverbios.
Oh merodeador de reliquias, convulso huésped de los lugares herméticos,
yo iré contigo junto al taumaturgo celeste, yo te acompañaré ante el Juez de las Esferas,
cruzaremos juntos los arenales de obsidiana y de níquel, los impetuosos valles de agua,
juntos cruzaremos los laberintos donde la humanidad vocifera a sus ídolos,
los arcos de la exclamación, los puentes que unen al imperio con el continente
                            indefenso ya las aldeas del desierto con las ciudades marítimas,
yo entraré contigo en el salón burgués donde lee el almirante
                            epigramas a la servidumbre,
destrozaremos las alacenas, arrojaremos por la ventana las estatuas nativas,
como bárbaros que saquean la ciudad, como furia monzónica,
                           como espontáneos malditos.
No hay tregua para los confinados, no hay abolición de penitencia para mis camaradas
                            heridos por la flor silenciosa,
los poetas consumen su vida alrededor de las viejas palabras, enloquecen
                            suavemente, empiezan a llamar alondra a todo lo que pretende volar,
los poetas alargan los cinco peldaños de su mano derecha para que descienda por ella
                            el violinista judío y la vendedora de albahaca,
los poetas levantan la cabeza para mirar una estrella cuando nos morimos,
luego guardan un poco de sol para el camino, visten de negro al cormorán,
                            florecen en los cerezos.
Nada se llama del mismo modo dos veces, Eugenia Borissenko a quien no conoce nadie
                             entró en la muerte,
ahora su rostro es indestructible en la oscuridad, su voz se llama lámpara de petróleo,
se llama Charles Patrick Dark bebiendo té un nueve de marzo a los diecinueve,
se llama Nils Gustaf Palin amigo de los escarabajos en el valle de las esfinges,
nada se llama del mismo modo dos veces, nadie para la fábula de lo mortal
                             es pómulos y cejas, sino astilla de Adán y armazón de navío,
                             agua domesticada en la habitación de la muerte.






Llueve, llueve sobre las cúpulas bruñidas por el beneficio,
sobre los estandartes empapados por la usura del comercio llueve,
llueve sobre los muros del Pontificado y los altares de lo Absoluto,
todo el día llueve bronce sobre las campanas, sangre sobre las espuelas,
llueven monedas de oro sobre el árbol de los abstinentes,
llueve saliva de óxido sobre la teogonía de los metales,
sobre las estatuas fundidas con la brevedad de los hombres,
llueve sobre las llagas barrocas de la fe y sobre la corona de espinas,
sobre San Sebastián según un modelo de Bernini atravesado por el acero,
llueve la polilla del psicoanálisis sobre las negras sotanas,
llueve en las afueras del hombre y en las cercanías del otro hombre que va en él,
llueve sobre una mujer, la lluvia deja de ser lluvia, la mujer deja de ser mujer,
llueve sobre lugares húmedos y el agua de los estanques favorable a la peste,
llueve sobre los puentes y sobre el jardín en la casa de las prostitutas,
llueve sobre los muchachos amenazados por el resplandor de la velocidad
y el reclinatorio de los que van a morir a la edad de los príncipes.
Aquí hay otra escritura, aquí amor y pájaros góticos contra la solemnidad del eco,
aquí las viejas semillas, la madera de cruz plantada por la mano del romano,
el burgo erigido hace ahora dos mil bajo las estrellas que inventó Copérnico,
el mausoleo en cuya avaricia vive predestinada Roma, desvalida y esclava,
el déspota que huye hacia otra ciudad que no existe en un caballo de hierro.
Este es el lugar donde el escéptico le da la mano al inmoral
y llamo inmoral a aquél que carece de la virtud de reconocerse en el otro,
el insumergible en su mina de talco, el que ejerce la jerarquía como innato derecho
y construye su tormento sobre la escoria de otros,
el obsesivo en la negación de los actos ajenos,
el impostor que muta, el himno con el que se alaba lo que se desprecia,
                           la cautela ante el gozo.
Hablad voces de la decrepitud, hablad bajo los párrafos inciertos
                           del que padece memoria,
lo que bajo las costillas del puente dedicado a la memoria de Umberto Primero
                           es escritura de la gran cloaca romana,
allí donde la deformación de la belleza conduce el pensamiento
                           del hombre a la embriaguez,
donde la persistencia de la hermosura abre su ojo de cíclope y extravía a los adúlteros
                           por un paisaje con niebla.
Toda la vida se parece a mi vida.
la cabeza de Minerva y la de San Juan Bautista.
el tributo con que paga el hijo la cripta de su padre.
el agua del Nilo con que hace su pan el herrero, la pasta de polvo con que imita
                           el albañil las piedras,
la destilación de la música en los pasadizos, la lengua del Tíber abriendo
                            las aldabas de la noche,
toda la vida se parece a mi vida.
el ojo del insubordinado se parece a mi ojo, la boca del inexistente se parece a mi boca,
el gusano pasta la yema del jaguar, la metafísica hace su aparición en la anestesia,
el convicto ha cancelado su pacto con la respiración, el papiro ha cerrado
                            su acuerdo con las lianas secretas,
la incinerada vocal de la náusea es inminente.





De la enumeración de los hechos el primero es la llaga de octubre,
la deportación de los hebreos durante el otoño del cuarenta y tres,
Emma Diveroli y Vittorio Lowenthal entre los ocho mil de Italia,
eso ve el descendiente que en las cercanías de Moisés no ha entrado en la sinagoga,
el nieto del sastre que a los cuarenta años reconoce a su tribu por los signos
                            de la desgracia
y llama a esta mañana mañana de lo fatídico,
manantial para la sed del infierno a la suma inexacta que pronuncia
                             el coro de víctimas,
la absorta multitud de inválidos que camina en fila y atraviesa los puentes,
la columna de los desvalidos que serán arrojados a la fosa común por el historiador
                             y el experto,
por el que sabe los siete nombres con que se denomina el canon de la hermosura
                             en los países que no tienen murallas,
el que desconoce el espejismo y llama limo al fuego y hoguera a la brasa de hielo,
el que ante las hornacinas saqueadas por las tropas de Napoleón
llama Imperio a la multitud de cadáveres y cabeza de hormiga a los datos de guerra.
Roma, Roma cubierta por la imperturbable pintura de los excrementos históricos,
el cráneo de Pedro frecuentado por el enjambre narcótico de los creyentes,
la asfixia del nitrato de plata,
los escalones magníficos, los peldaños que conducen a la alegoría del perro,
las catacumbas limadas por la horma del pie de los mendicantes,
los pasillos espléndidos de la paranoia verde del manierismo de mármol,
aquí donde el gran animal africano hace sonar la alarma de su bocina electrónica
y la pesadilla de Roma iluminada por un millar de teas humanas
es la rosa ardiente de la generación de la Tierra, la lúgubre soledad del césar,
la rosa de los libros que leyó Petrarca, el placer ante la crucifixión de una mujer joven.
Aquí donde la comparsa de los ridículos hace alianza con los mediocres
                              bajo el atuendo de lo necesario,
aquí donde la locura beatífica de las ocas decapitadas en los jardines botánicos
                              hace pacto con las fauces de la alimaña,
Roma pulida por el meteoro de los ultrajes,
el dolor de las lápidas sobre las que alguien ha dibujado la ofrenda de una paloma,
la sangrante conversión de los pies apostólicos bajo el agua abstracta de la herejía,
lo que leído como tragedia espiritual, como azar cerrado a la presencia de lo satánico,
es edad de los ángeles hermafroditas, ganzúa de carne en la tumba de los
                               patriarcas atléticos.
Llamas a esto visión sublimada de la grandeza de Dios nuestro señor de
                               las alucinaciones,
capilla de los durmientes decorada conforme al erotismo de la eternidad llamas a esto,
como llamas ilusión al diagnóstico de Toni Negri acerca del futuro de la clase obrera,
                               utopía a la quimera que devora a su enigma,
la metafísica de la crueldad escrita para Bogdan Bogunovich sobre su pizarra póstuma:
                               ni el propio amor conoce su profundidad si no es en el momento
                               de la separación,
como tampoco la separación conoce su profundidad sino es el momento del amor.






Bella rosa mortal escúchame bajo los harapos de tu vieja retórica,
las cunetas del mundo están llenas de animales sacrificados,
las canteras del Imperio han sido saqueadas por la broca cardenalicia,
a mí alrededor no existe otro idioma que el de tu enferma boca vacía,
no hay más blancura que el ladrido de los perros envejecidos en la avaricia,
ya no hay otro nicho que el de la criatura durmiente en su hueco de aire.
Bajo mis pies toca un simio el tambor en una tumba etrusca,
en mi corazón existe el mérito de una muchacha tras su aro de hielo.
Sueño con la incandescencia, sueño con las columnas de Bramante,
la noche ha impregnado con sustancia de ciprés el claustro de los monjes,
la noche ha sido tomada por una tribu de policías borrachos,
esta es ahora la guarida del inválido, la realidad del afecto
                            como una flor entre láminas,
esta es ahora la joya esbelta que se mira en los espejos y alimenta una feroz agonía,
los que se despiden bajo el óxido de las estaciones y ven alejarse como barco
                            ebrio su vida,
la noche del pájaro con abanico, la noche de los argonautas ciegos,
esta es la hora del adicto a un alma, la noche de los marcados con una cruz de tiza.
Empuja esa puerta,
entra muerte nupcial en tu carroza de zinc a recorrer los suburbios,
entre el ángel con los elementos, el íncubo de Sade bajo la rueda de la tortura,
sepa la incrédula su placer como sabe su nudo el lazo y el cereal su harina,
pues de ese pan amargo de la inteligencia no se hace la felicidad
como no se hace de la pasión de un vínculo ningún amor duradero,
sino del pavor de la compañía de los que se prestan la vida para cruzar un río,
de los que se enlazan en las afueras y atan con alambres su cuerpo a otro cuerpo.






Dad a Trajano miel y sangre, dadle licor de abejas después de comer palomas,
poned a la oscuridad un arco, una vela de lino a la congoja,
devolvedle a la locura su talismán de oro,
su gramo de miseria al precio, su utilidad al polvo,
llamad por su nombre al ignorado, ganancia de maleza a la ignorancia,
se acerquen unas a otras las palabras, se amen y se huelan,
se masturben delante del burgués sus próceres antiguos,
venga el palpitante apócrifo y los montaraces bichos,
dúdese del monarca y su invisible dios de paja,
reconózcase al demente el derecho a tener tres lenguas,
permítase al perdido vagar hasta encontrarse,
y tú emperador vencido, tú indivisible pájaro del cielo,
idioma de la muchedumbre y de los salmos,
sé de nuevo asno y criatura, timón del fugitivo,
sé de nuevo la trompeta y su metal, sé la lumbre y su ceniza,
sé la pasión ansiosa y su encendida duda.






Todo el tiempo que viví, toda la geografía de desavenencias, hierros, fechas,
todo el tiempo está aquí en el atardecer de este pájaro pintado por la mano del Giotto.
Soy el individuo, el adicto a la melancolía al cerrar una puerta,
el que se contradice y vacila, el que oye la aurora con voz de mujer que despierta,
me parezco al paraguas que llevan los revendedores en las regiones húmedas,
me parezco a la bruma que le brota de los ojos a las muchachas que
                            han nacido en el campo,
he dormido con la brevísima en el domicilio de la brevedad,
he escrito mi nombre en la arena, la marea ha subido, ha llegado el agua,
ahora puedo contemplarme en lo desaparecido hasta embellecer lo exhausto,
ahora igual que un aullido mi conciencia se debilita a lo lejos como luces
                            de una bahía,
soy el individuo.